Política Educativa - Written by Archivo Calasanz on Sábado, Septiembre 13, 2008 1:17 - 0 Comments

LA NUEVA EDUCACIÓN CRISTIANA EN UNA SOCIEDAD PLURAL

(Comunicación a final de Simposio)
Jesús María Lecea, escolapio
Padre General
Analecta Calasanctiana; 99, enero – junio 2008, 169 - 181

Durante unos días hemos estado disfrutando de este Simposio, que sin duda marca un jalón en las celebraciones del 450 aniversario del nacimiento de Calasanz. Hemos apreciado la relevancia de Calasanz hoy, este “santo viejo”, así llamado cariñosamente por los alumnos de las Escuelas Pías de San Pantaleón en la Roma de aquel tiempo, que a los cuatro siglos y medio de edad tiene aún tanta juventud por delante. El discurso ha seguido después sobre las necesidades de una nueva educación en una sociedad nueva y sobre la especificidad de la educación cristiana en una sociedad plural. Para todos nosotros han sido unos días enriquecedores, en tantos sentidos. Ya a punto de finalizar, la organización del Simposio me pidió decir unas palabras, como Padre General, con las que clausurarlo.

Finalizamos, efectivamente, el simposio de Cullera, para abrirlo en la vida del día a día allí donde estamos, porque la resonancia de su temática no queda clausurada. Mis palabras, en este sentido, pueden revestir un significado de envío: de vuelta a los lugares en los que estáis trabajando, en primer lugar, y al mismo tiempo de camino hacia los horizontes nuevos que aquí juntos hemos ido descubriendo y que, sin duda, seguiremos descubriendo en el futuro desde la práctica del servicio educativo.

Permitidme, para comenzar, que evoque cuatro puntos que han rondado por mi mente, durante estos días, y que al mismo tiempo están presentes en mi preocupación al servicio de la Orden.

1 LAS NECESIDADES EDUCATIVAS HOY

Los que, por razones de edad, hemos conocido de cerca la transición española, tenemos motivos para llenarnos de admiración ante los cambios que han sucedido en los últimos 30 o 40 años. No quiero extenderme en ello, porque no es ese mi objetivo. Pero considerad por un momento cuántos elementos han cambiado en nuestro país: en la sociedad, en la Iglesia, en la economía, en la manera de vivir. Y todos esos cambios se han ido reflejando en la escuela. Si comparáramos una fotografía (en blanco y negro) de una clase de entonces con otra (digital) de una clase de ahora, encontraríamos más diferencias que parecidos. En el número de alumnos, en las relaciones dentro de la comunidad educativa, en la tecnología y métodos, en las metas de la educación … Es cierto que los resultados de estos cambios no han sido siempre todo lo satisfactorios que sería de desear, y que a menudo nos hemos sentido desconcertados, sin rumbo. Las directivas gubernamentales han ido cambiando, y nos han exigido siempre una rápida adaptación. Y, para colmo, nosotros como escolapios nos hemos tenido que ir adaptando también aprisa a los cambios de la propia institución, que ha experimentado en estos años dos cambios mayores: por un lado la disminución en número y el envejecimiento de los religiosos, y por otro la integración mayor de los laicos en el carisma escolapio.

Los cambios van a continuar. Hay quien dice que no han hecho más que empezar. Vivimos un cambio de época. Si no estamos atentos a leer los signos de los tiempos, corremos el riesgo de perder el tren. Quizás el tren, saliendo a la hora, llegue tarde a su destino; pero es casi seguro que, si nosotros llegamos tarde a la estación, nos quedaremos en tierra, perdiendo así la oportunidad de este viaje hacia el futuro.

Muchas de las necesidades que padecimos hace cuarenta años han sido satisfechas, pero han aparecido otras nuevas. Hoy, como entonces, parte de la solución a estas necesidades pasa por la escuela. Voy solamente a enumerar tres necesidades, que considero importantes, y que advierto en la sociedad española, pero que podrían extenderse a la sociedad europea en su conjunto:

* La primera, es una educación para vivir en un mundo altamente tecnificado y materializado.
La relación del hombre con la máquina ha adquirido un relieve nuevo, y seguirá ganando importancia en el futuro. En todas las profesiones se prepara a la gente para que aprendan a usar de manera más eficiente máquinas cada vez más sofisticadas. Emerge en la sociedad un “alma digital” que a veces trata de desplazar la vieja alma humanista. Es decir, corremos el riesgo de un desarrollo deshumanizado. Bastaría echar una mirada limpia al mundo de la pobreza. Son sobre todo los más jóvenes, nacidos con el ordenador navegando en internet y un móvil en la mano, los más presionados hacia un estilo de vida tan discutible. Imaginad por un momento al genial Charles Chaplin volviendo a rodar su película Tiempos Modernos en clave de modernidad informática. Nuestra escuela potencia un desarrollo personal y social humanista, en el pleno sentido del término: el valor supremo es la persona humana, a cuyo servicio está todo lo demás. En esta visión humanista se incluye, con el respeto debido a la libertad de la persona, la apertura a la trascendencia, primer signo de humanización que encontramos en el libro del Génesis. Dios nos quiere libres frente a las cosas, frente a las otras personas e incluso frente a Él mismo.

* Una segunda necesidad es la educación para aceptar la diversidad y enriquecernos con ella.
La diversidad étnica hoy es una realidad en nuestros colegios. Debemos estar preparados para acoger a los que vienen de fuera, facilitándoles también el que puedan apreciar lo positivo de nuestra cultura y de nuestra fe. En su historia, nuestro país ha sido un lugar de paso y de permanencia para muchas etnias. Hoy podemos estar reviviendo de manera acentuada este aspecto de la historia. Adoptar posturas cerradas, defensivas y exclusivistas, nos priva de la oportunidad de enriquecernos en los hechos diferenciales que ya tenemos entre nosotros y también de las aportaciones de las gentes de otras culturas que vienen de fuera a establecerse aquí. La reforma de la sociedad, horizonte soñado por Calasanz a través de la escuela, supone preparar a los ciudadanos para esa nueva sociedad que viene. Pero la educación para la diversidad va más allá de lo étnico. Una característica de nuestra sociedad postmoderna es la fragmentación ideológica. Muchas, y a veces contrastantes, son las maneras de pensar y de vivir dentro de nuestro país: la educación pide respeto, sentido crítico y la tolerancia como paso al diálogo y al encuentro.

* La tercera necesidad está relacionada con las dos anteriores:
una educación para la solidaridad, dentro y fuera de nuestras fronteras. La solidaridad es la respuesta al individualismo exacerbado y al etnocentrismo ciego. Reconocer al otro y amarlo es el mandamiento único y fundamental que aparece en el evangelio y que es algo que inspira a todo cristiano y, desde otra perspectiva, a muchas personas y organizaciones hoy en el mundo. Este mandamiento se amplía sobre todo en el amor al pobre por encontrarse en necesidad de ayuda y atención. Calasanz concibió prioritariamente su escuela para los niños pobres. Quizás no somos aún plenamente conscientes del alcance de esta necesidad. También en este punto hay que educar y educarnos. El proceso de reestructuración que lleva la Orden apunta hacia esa meta originaria y necesaria todavía hoy día. Se es solidario si se quiere educar para la solidaridad. Nuestra presencia educativa en el mundo tiene la ventaja de estar en muchos ambientes sociales y humanos. Lo cual representa una magnífica oportunidad para poder practicar la solidaridad, a nivel local y a nivel global.

2 LA ESCUELA CALASANCIA

Como institución educativa, la Orden escolapia quiere ofrecer un servicio útil a la sociedad y a la Iglesia. S. José de Calasanz sintetizó esta voluntad en su lema, que él aplicaba a toda acción humana: ésta debe ser “para gloria de Dios y utilidad del prójimo”. En tal perspectiva, lo primero a hacer es estar seguros de que nuestros esfuerzos responden a las necesidades reales educacionales de la gente. Para ellos necesitamos hacer un esfuerzo de constante adaptación, con un sentido de fidelidad creativa. Fidelidad porque el servicio viene ofrecido desde unas referencias, algunas de ellas irrenunciables en lo que respecta a la visión integral de la persona humana. Creatividad porque los destinatarios son siempre diferentes, sometidos igualmente a los cambios epocales. Nuestros colegios y otras instituciones educativas quieren ser un espacio en el que religiosos y laicos, hombres y mujeres, grandes y chicos, puedan colaborar en la transformación de un mundo más justo y más feliz, en el que la persona está dignificada y Dios está presente, como garante de la libertad e interlocutor de gratuidad y de gracia.

Por ello:

* Frente a una visión del desarrollo “sin alma”,
intentamos descubrir el rostro humano de la tecnología y del progreso. El saber, que siempre es apreciado y cultivado, es para el hombre: para su dignificación y para su solidaridad. El cristiano ve en todo esto una colaboración a la acción creadora de Dios.

* Frente a una visión circunscrita a sólo lo material,
intentamos abrir las mentes y los corazones de nuestros alumnos a la dimensión espiritual, que nos muestra la belleza de lo simple, la pureza de lo natural, el gozo de lo humano, el anhelo insaciable del absoluto.

* Frente al miedo ante el diferente de nosotros y la desconfianza,
tratamos de acogerlo, apoyarlo y respetarlo. Es un ser humano que necesita de nuestra ayuda como nosotros necesitamos de la suya.

* Frente al individualismo excluyente y competitivo,
intentamos desarrollar el valor de la solidaridad, del compartir, como único medio de crear un mundo justo y humano.

* Frente a la estrechez de miras de quien mide a los demás desde su identidad diferenciada,
tratamos de abrirnos a otras culturas, a otros valores y relaciones que nos permitan comprender mejor la universalidad del hombre y el designio “sin acepciones” (Rm 2, 11) de Dios para todos los hombres.

La escuela no puede resolver el tema global de la educación y satisfacer todas las necesidades de la sociedad, pero este es el instrumento que, sabiéndolo usar, consigue logros significativos en esa línea de mejora y transformación.

3 EL EDUCADOR ESCOLAPIO

El educador es pieza clave del edificio educativo calasancio. El niño es el centro de toda atención en la escuela. Pero el motor para la instrucción y la formación es el maestro; éste es la columna” del colegio, quien lo mantiene como institución de calidad educativa. Ciertamente en la educación entran muchos otros factores: la familia, la sociedad, los compañeros, ambientes donde se pasa el tiempo libre y de diversión, los medios de comunicación social … Su control se escapa a la escuela; la desborda. Como prefecto o responsable de sus escuelas, Calasanz prestó una atención especial a los profesores. Al leer sus cartas podemos comprender hasta qué punto valoraba la importancia de los profesores para el éxito de la misión educativa. No tengamos miedo a las palabras. Él quería profesores santos, porque entendía que lo santos eran los mejores profesores. Junto a la formación académica de los maestros debía estar la práctica de la oración y el testimonio. Si Calasanz pudiera hablar hoy, imagino que diría “no por ser seglar el profesor y el maestro escolapio debe ser menos santo”, y por supuesto, menos competente. Calasanz seguiría animando hoy a todos los profesores, laicos y religiosos, a esforzarse en el camino de la excelencia, que comprende a la vez competencia profesional, calidad humana y espiritual, en todos los sentidos. Es lo que he querido resumir con la palabra “santidad”.

Nuestra sociedad no valora debidamente a los profesores. Otros profesionales tienen un status económico y hasta social más elevado. Ahora bien, yo os invito a ver esta realidad con ojos cristianos, desde el evangelio. Desde el espíritu de las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas no son simplemente un mensaje religioso: tienen un alcance humano que muchos grandes hombres, no cristianos, han captado. Son una invitación a entender la vida de otra manera, y a experimentar de este modo una felicidad insospechada.

Religiosos y laicos escolapios compartimos un mismo deseo por transformar la realidad desde la escuela. Vemos ahí, en este empeño, la misma acción evangelizadora, sin dualismos ni superposiciones artificialmente añadidas. Ambas vocaciones, la laical y la religiosa tratan de integrarse en una relación de corresponsabilidad educativa. Hemos recibido un carisma, un don del Espíritu a su Iglesia, del que nos sentimos responsables. Este carisma no es monopolio del religioso; ha sido dado al pueblo de Dios” para compartirlo en distintas vocaciones. La escuela escolapia, que se hace también casa, acoge a todos cuantos quieran compartir. Por lo demás, resulta obvio que hoy las Escuelas Pías necesitan una presencia seglar más que nunca. En algunos casos, toca a los seglares mantener vivo el espíritu de Calasanz en nuestras obras educativas. Esto es una novedad en nuestra historia, pero es al mismo tiempo la puerta hacia el futuro. Un signo de los tiempos” que nos da alegría y fundamenta una esperanza.

4 “PIEDAD Y LETRAS”, HOY

Nuestro Fundador quiso que nuestro lema fuese “Piedad y Letras”. Tres palabras que describen el estilo de las Escuelas Pías y que concentran la esencia de nuestro quehacer. Muchas cosas cambian, pero no nuestro lema; las palabras no varían con el paso del tiempo: lo que varía es el significado de las palabras utilizadas. Por eso los escolapios nos esforzamos, de vez en cuando, en redefinir el sentido de nuestro lema, tratando de ser fieles a la inspiración calasancia.

Piedad
es un término que se asocia a veces al pasado, a prácticas religiosas de otras épocas o a las devociones. Calasanz escogió esa palabra, que conocía bien. Piedad le convencía más que otras expresiones que hacen relación a la religión. Tratemos de entender por qué, y de entender el significado de la Piedad para nuestro mundo, hoy. Uno es piadoso no porque realice una serie de prácticas cúlticas, en público o en privado, sino porque vive toda su vida orientada hacia Dios y comprometido en el mundo. Un hombre “piadoso” es un hombre “bueno”, si no nos da miedo usar esta palabra. Piedad significa una vida inspirada en Dios, gastada en su presencia y orientada hacia su gloria. Dedicada al servicio del prójimo, empeñada en conseguir el bien de todos. Marca a la globalidad de la persona: una vida piadosa no es una vida marcada por el ritmo de múltiples oraciones, sino una vida transida por el amor de Dios y del prójimo, que intenta comunicarse a los demás. Calasanz reivindica una piedad profunda, madura, vertebradora de toda la persona. No nos da miedo proponer esta Piedad como uno de los ejes de nuestra actividad educativa, en cualquier ambiente. Queremos educar hombres y mujeres buenos, piadosos en el buen sentido, orientados a Dios y al servicio de la gente. Educar en la piedad significa desarrollar las cualidades innatas, el potencial de la persona, para que todos lleguen a ser lo que Dios quiere que sean.

Letras
es la otra palabra elegida por Calasanz. Tal como él la entiende, significa todo lo que los alumnos pueden adquirir de fuera para dotarse de los medios necesarios que les permitan desarrollarse como personas y ocupar su lugar en el mundo. La razón hace juego con la fe, pero, como ella, puede quedarse en mero instrumento. Cultura es un término ambiguo, que tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Letras resume el proceso del aprendizaje, con todos sus elementos. Contenidos, métodos, habilidades, actitudes… todo está ahí. A largo plazo, significan la manera como uno se relaciona con el mundo. Nos relacionamos principalmente por medio de la palabra, del lenguaje, de la escritura. Poseer letras significa tener un bagaje cultural que permite a la persona ubicarse en el mundo, alcanzando las metas que se ha propuesto. Rechazamos unas letras que fueran simple erudición, o instrumento para medrar. Reivindicamos unas letras que permiten a los hombres y mujeres alcanzar una mejor relación entre ellos, con las cosas y con Dios.

Decía que las palabras eran tres: la tercera es la “y”.
La conjunción que une las otras dos palabras: piedad y letras. Significa que las dos son igualmente importantes. Una educación que privilegia la piedad en detrimento de las letras, o viceversa, no es escolapia. La escuela escolapia no es una escuela aséptica o una catequesis parroquial; es otra cosa. La letra “y” es la que marca la diferencia y la que da carácter propio a la misión y carisma calasancios. Esta es la Piedad y las Letras que las Escuelas Pías reivindican hoy. Esta es la escuela que hemos heredado de Calasanz y de la que nos sentimos orgullosos y responsables.

Un segundo razonamiento aún, añadido a la evocación hecha de los cuatro puntos anteriores. Lo hago en clave de perspectiva, mirando hacia delante. Después de una contextualización, entraré directamente en otros tres puntos que componen este segundo el razonamiento, que quiero compartir con vosotros.

La primera idea sugerida por el título del simposio (“… en una sociedad plural”) tiene que ver con el sistema social y es la de configurarnos como una escuela más para ser ofrecida libremente en el mercado plural de las escuelas; y eso, dentro del marco posible para los ciudadanos del actual sistema sociopolítico vigente en nuestro país. Un sistema demócrata, liberal y consumista, (por anotar sólo tres rasgos más al de “plural”).

Pero si, en un segundo momento, nos fijamos bien en el título del simposio, advertimos que los adjetivos (educación cristiana en este caso) no garantizan el sustantivo al que acompañan, ni logran modificarlo sustancialmente. Un precioso documento vaticano sobre La escuela católica de 1977 nos avisa de ello: “conviene partir de una reflexión sobre el concepto de escuela, teniendo presente que si no es escuela y no reproduce los elementos característicos de ésta, tampoco puede aspirar a ser escuela católica”. (1) Así que conviene asegurarnos, primero, de haber entendido lo que, hoy, significan la educación y la escuela en nuestra sociedad, así como los objetivos, contenidos y métodos que les asigna el actual sistema occidental, tan complejo y tan difícil de sintetizar en una breve exposición como ésta. Sin duda, el sistema occidental hodierno no es completamente malo ni tampoco bueno, ni indiferente respecto de instituciones como la educativa.

A lo anterior me atrevo a añadir una observación desde el punto de vista teológico y pastoral. Tratándose del adjetivo cristiano, no hay que dejarse engañar, porque, en realidad, más que un adjetivo, es un sustantivo personal (que lo primero que denota es a un seguidor de Jesús, el Cristo). “Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos recibieron el nombre de cristianos” (Hech, 11,26). Sería más fácil adoptar el adjetivo calasancio o escolapio, por ejemplo, que —como un genitivo de posesión— designa los rasgos didácticos de la escuela “de Calasanz”. Esta es fácilmente reconocible por la historia. Cuando entramos en lo cristiano hay que ahondar más. Calasanz es una mediación en la relación que nos une con Jesucristo Nuestro Señor. Si su experiencia personal es referencia para nosotros, también es cierto que tiene algo de irrepetibilidad y, en consecuencia, no es igual a la nuestra aquella relación con Jesucristo que tuvo el fundador. La fe la suscita el Espíritu del Resucitado y cada cristiano la materializa, o la vive, en esperanza y amor concretos, según su época y su circunstancia. Por eso, no todo ¡o que realizamos los cristianos se convierte, sin más, en algo cristiano. Al contrario, sólo nos hace cristianos nuestra fe personal, al acoger a Jesús y confesar que él es el Señor, por obra y gracia del Espíritu de Dios (1 Cor 12,3). Pero nuestras obras siguen siendo humanas. ¡No digamos nuestros pecados y nuestra falta de fe! También nuestros pensamientos, nuestras costumbres, nuestras instituciones, nuestros edificios, nuestro comer y beber; aunque todo lo hagamos para gloria de Dios (1 Cor 10,31) serán fruto de nuestra razón y nuestro enclave. “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36) y ni siquiera la fe aniquila la naturaleza ni produce panteísmo alguno.

Así que es muy difícil pensar lo cristiano al margen de las personas concretas que la profesan. Lo demuestra la historia del cristianismo a lo largo del tiempo. No hay un único modelo de pensamiento ni de filosofía, de política ni de estado, de comportamiento ni de valores. ¡Qué diferencias y qué riqueza de acciones y de estilos, según los tiempos y las geografías! ¡Hasta de unos santos a otros! Todos los cristianos que nos preceden han hecho como San Pablo: “Con los judíos me hago judío; con los que están bajo la ley, como quien está bajo ella, sin estarlo, para ganar a los que están bajo la ley… Con los débiles en la fe me hago débil para ganar a los débiles; me hago todo para todos, para salvarlos a todos” (1 Cor 9, 20-22). Es un riesgo, el que tenemos de que se profane el nombre del Señor entre las gentes por comprometer el Evangelio con nuestras acciones. Sería confundir el escándalo de la cruz (Gal 5,11) —y el que Jesús suscitó con su misericordia— con el nuestro, por no saber leer los signos de los tiempos.

Podemos, pues, deducir que para asegurar el objetivo de este simposio el único camino es asegurar personalmente nuestra fe en el Señor. Y, en cada una de nuestras instituciones educativas, revisar una y otra vez si, por el Evangelio, sabemos hacernos acomodaticios con todos, para salvarlos a todos. (2)

Esto nos lleva a introducir una clave y perspectiva pedagógicas. Atentos al enclave actual de nuestra sociedad, tan compleja, queremos actualizar nuestro carisma calasancio. Es el aggiornamento del que habló el Concilio Vaticano II y que no se hace de un día para otro, ni es igual en unas regiones del mundo que en otras. Afortunadamente seguimos convencidos de que la forma de seguir a Jesús que Calasanz encontró en loma, sigue siendo un buen camino para los cristianos con vocación de enseñar.

Según lo dicho, me parece que para actualizar nuestro seguimiento del Señor en la tarea educativa —al menos— hemos de atender siempre a tres cuestiones. Una, analizar la realidad de nuestras obras; dos, mirar al ideal educativo al que hoy podemos llegar con nuestra razón y en nuestro entorno, iluminados por la fe; y tres, acometer la innovación posible de nuestras escuelas antiguas y nuevas.

Después de esta contextualización, a modo de composición de lugar, paso ya a los otros tres puntos de este segundo razonamiento.

1. Analizar la realidad de nuestras obras como cristianos que somos —y que queremos serlo cada día más— no significa sólo ver su realidad empresarial, legal y jurídica, estadística, etc. A tales análisis debemos, sin duda, recurrir; muchas veces obligados y orientados por las autoridades educativas (tipo informe PISA, por ejemplo). Pero lo que pretendemos, como cristianos, es saber si se da, y cómo, en nuestros centros el seguimiento de Jesús, vivo y resucitado. Él permanece siempre con nosotros, aunque le ignoremos o estorbemos. Y, sin duda, la cuestión nos afecta en primera persona del singular y del plural. A cada uno de nosotros, los escolapios y a aquellos maestros y profesores que se confiesen creyentes; hombres y mujeres, mayores y jóvenes.

La cuestión también afecta a nuestros alumnos y alumnas. En segunda persona, dada nuestra cercanía con ellos. Pero también en tercera, ellos y ellas, si no los conocemos tanto. Mala búsqueda sería -respecto de nosotros y ellos— si tal seguimiento de Jesús, lo diéramos falsamente por supuesto (uno), por anónimo o impresentable, en cuanto íntimo y secreto (dos), o (tres) lo que sería mucho peor, si lo exigiéramos como condición previa y excluyente de quienes no se digan cristianos entre nosotros.

Nos sorprendería comprobar las dimensiones ocultas de esa expresión, tan conocida y usada entre nosotros, que la dificultad del gerundio castellano hace ambigua: “evangelizar educando”. No debe instrumentalizarse la educación ni siquiera para evangelizar. Educar es buen fin en sí mismo y la Gracia de Dios hace que educar a los pobres sea evangelizar a cuantos lo contemplen y a ellos mismos (Lc 7,22), a pesar de nuestra falta de fe. No hace falta añadir ni explicitar los riesgos concretos que conllevaría en nuestras obras una previa exigencia de la fe (o de disponerse a adquirirla), ya sea en el profesorado o en el alumnado. Lo mismo que darla por supuesta o hacer de ella un tabú innombrable suscitaría apaño ideológico o cesión a la presión ambiental, en vez de fe religiosa personal. En esta búsqueda de la acción salvadora de Dios en nuestras obras, con la que cooperamos o en la que estorbamos, hay muchos puntos concretos que analizar. Ya se ve que no es cuestión de un simple examen de conciencia sobre las actitudes internas, sino también sobre las estructuras marco de nuestro trabajo. Es más difícil lo segundo, pero más necesario. Por ejemplo, la misma escuela que en otras épocas ha podido ser una palanca de liberación personal y social —el escolapio Salvador López Ruiz definió la escuela calasancia como ”educar es liberar”—, puede ser hoy un instrumento de homologación social, al margen de nuestras buenas intenciones personales.

Otro ejemplo: la educación de los niños pobres. Los escolapios, nacidos para educar a los niños pobres principalmente, nunca meditaremos bastante la advertencia que encontramos en un texto, mencionado anteriormente, de la Congregación para la Educación Católica. Por una parte, nos recuerda sin ambages quiénes son los verdaderos destinatarios de toda escuela católica y, por otra, los riesgos de preterirlos y perjudicarlos, a ellos precisamente. (3) “La Iglesia ofrece su servicio educativo en primer lugar a aquellos que están desprovistos de los bienes de fortuna, a los que se ven privados de la ayuda y del afecto de la familia, o que están lejos del don de la fe (Vaticano II, GE 9). Porque, dado que la educación es un medio eficaz de promoción social y económica para el individuo, si la Escuela Católica la impartiera exclusiva o preferentemente a elementos de una clase social (seguramente también pueda leerse: o región del mundo) ya privilegiada, contribuiría a robustecerla en una posición de ventaja sobre la otra, fomentando así un orden social injusto” (N. 58).

Al analizar la realidad, desde la fe, caben también todos los datos aportados por los estudios sociológicos y pedagógicos ya mencionados en el Simposio. Por ejemplo, el fracaso escolar y el apoyo que se merecen los más desfavorecidos, las motivaciones para el estudio que presenta cada centro y cada profesor, los contenidos (saberes, procedimientos y valores) privilegiados por cada centro, los métodos, las actividades complementarias … Y es que sería incompleto, y hasta equivocado, en línea con lo afirmado anteriormente, centrar exclusivamente en lo que solemos denominar “pastoral educativa” nuestra nota principal como escolapios, cristianos educadores. Se cumplen este año el 5O aniversario del nacimiento de Revista de Pastoral Juvenil, cuya novedad, el P. Enrique Iniesta y otros jóvenes escolapios de la época, lograron introducir en nuestros colegios de entonces. El acento de la revista sobre actividades religiosas explícitas, como los sacramentos, la dirección y los ejercicios espirituales, los grupos de revisión de vida, etc. era sólo un aspecto -por cierto, hasta entonces muy olvidado— de la acción educativa y eclesial de los escolapios. El encuentro con Dios en el aula, en el descubrimiento del mundo y de la historia, en su sentido y orientación trascendente, través de las materias escolares y tiza en mano —¡símbolo de grandes escolapios que formaron a muchos de nosotros!- sigue siendo objeto de análisis desde la fe. ¿Para cuándo otro simposio y más estudios para escuchar el mundo y oír a Dios; (4) para estudiar los puntos de ruptura en que esas materias dejan percibir el Absoluto “en el que existimos, nos movemos y somos” (Hech 17,27)? Si un error sería la dedicación exclusiva de los cristianos de un centro colegial a “la pastoral”, aún más lo sería preferir exclusivamente a los alumnos que participen voluntariamente en ella. ¿Relegar a los otros en atención y afecto personal? Todo lo contrario: con ellos ha de ser aún mayor (cf. Mt 18, 12). Basta ahora con recomendar entre nosotros este ojo clínico avizor para descubrir la Gracia de Dios que en nuestro trabajo diario se ignora o se celebra, como cooperadores, que somos, de la Verdad, como definió hermosamente Calasanz al maestro escolapio.

2. Confrontarnos con el ideal educativo al que hoy se llega racionalmente y con la luz de la fe constituye el segundo punto de nuestra revisión. Es también el segundo momento del célebre método pastoral “ver, juzgar y actuar”, sobre todo, si el ver ya se ha hecho también desde la fe. No esperemos encontrar en la Biblia y en la Tradición cristiana un concepto o un método revelado de educación. Más bien, aplicamos nuestra razón a esta realidad humana y secular —el proceso de maduración personal que llamamos educación— y profundizamos en él a la luz del evangelio. De esta manera, sin perder nuestra fe, podemos leer y compartir los avances y aportaciones de las ciencias de la educación y respetarlas en su integridad. Las “semillas del Verbo” fecundan la investigación y la tarea diaria de muchos educadores no cristianos, a los que respetamos y estudiamos. Pero en nuestro campo, nos alegra mucho que hayan sido cristianos algunos de los más relevantes críticos e innovadores de la educación actual.

El educador brasileño Paulo Freire, fallecido en 1997 y a quien tuve la satisfacción grande de hospedar en el antiguo Juniorato “P. Felipe Scío” de Salamanca, propuso un principio pedagógico de gran proyección educativa. Valdría la pena atenderlo para superar el individualismo disgregador con que demasiadas veces transcurre en el ejercicio de la tarea educativa de los colegios: “Nadie educa a nadie sino que nos educamos en comunión, mediatizados por el mundo”. Educar no es una donación fallida, ni un trasvase de quien tiene a quien carece, sino una relación común con el mundo, que nos llama y al que respondemos -o no- juntos. En ese proceso crecemos (o nos deterioramos) maestros y discípulos, profesores y alumnos. Es urgente distinguir con claridad y decisión en nuestras obras el proceso de enseñanza-aprendizaje del proceso de crecimiento humano, social, moral, inacabable, en el que estamos implicados. El sacerdote educador Lorenzo Milani, italiano, fallecido en1967 (acaban de celebrarse los cuarenta años de su muerte) y a quien conocí en los años de estudiante en Florencia, ponía como resorte del éxito de la escuela el hacer pasar el mundo actual por el aula y por la enseñanza (eso sí, en manos del maestro). Todo al servicio del desarrollo educativo común (éste sí, por el contrario, en los ojos y voz de los pobres): “No les daremos cuanto hemos construido y se nos está cayendo por todas partes, sino la herramienta del oficio (la lengua, las lenguas…) para que construyan sus cosas, diferentes de las nuestras y no bajo nuestro patrocinio ni complacencia”. (5) Una sintonía magnífica con la intuición de Calasanz.

3. Un tercer y último punto: innovar en lo posible nuestras escuelas antiguas y nuevas. Redimensionar la tarea educativa y revisar el concepto mismo de educación -de la que se da y se recibe, todos quieren adueñarsenos permitirá, por una parte, poner a su servicio la información (típica del aprendizaje escolar); y, por otra, nuestra complicidad con los pobres, aun en nuestras obras frecuentadas por quienes no lo son. Éstos —y nosotros siempre— deben tener ante los ojos la situación, las causas, los mecanismos de La fábrica de la pobreza, Norte-Sur. (6) Frecuentar un colegio escolapio en el mundo económicamente rico debe asegurar para toda la vida el conocimiento y la sensibilidad hacia el Sur empobrecido. El sentido social es clave para la educación integral ofrecida en un colegio escolapio. Cómo me gustaría -he visto casos así— que todo exalumno se planteara su vida no sólo como progreso en la escala social sino también en el ejercicio de la solidaridad con los pobres. Lo recibido no es sólo para el disfrute y el medrar social y económicamente, sino para ser útiles también a los demás.

Entre los escolapios, ningún eufemismo debe paliar el uso de la palabra “pobres”, para los que se fundó el instituto de las Escuelas Pías, como tanto repite Calasanz en sus cartas. En todo caso, somos sus cómplices en la denuncia de las “estructuras de pecado” y en el anuncio del Evangelio de Jesús. Cada obra escolapia vea cómo realizar los cambios posibles a su alcance, para poder ofrecer en esta sociedad una escuela significativa, ante todos (los de dentro y los de fuera), de la fe cristiana profesada por sus promotores y responsables. Algunos cambios son funcionales, con incidencia en las estructuras y la organización; otros son actitudinales. Me parece esencial la motivación dominante que se ofrece a los alumnos y a sus padres. La escuela católica “no transmite la cultura como un medio de potencia y de domino, sino como un medio de comunión y de escucha de la voz de los hombres, de los acontecimientos y de las cosas. No considera el saber como un medio de crearse una posición, de acumular riquezas, sino como un deber de servicio y de responsabilidad hacia los demás”. (7)

Tres motivaciones suelen ser frecuentes entre nuestros alumnos: su buen porvenir laboral y personal (con el que pretendemos atraerlos a nuestras enseñanzas); su más honda situación familiar, personal y social (que nosotros tratamos de averiguar para contribuir a su mejora); y la solidaridad que de ellos —y de nosotros- esperan los más necesitados. Las dos primeras, centradas en la escuela y en el alumno respectivamente, necesitan la complementación de la tercera, verdaderamente digna de cristianos y capaz de ser ofrecida a todos en una sociedad de egoísmo tan plural como la nuestra.

Con esta escuela queremos, religiosos y seglares en relación mutua de corresponsabilidad, seguir trabajando para mayor gloria de Dios y utilidad de los demás, nuestro prójimo. Que Dios nos permita seguir trabajando en esta “viña” específica de la educación calasancia, como colaboradores de la Verdad, y que de este modo podamos aportar lo mejor a las nuevas generaciones, que ya están presentes y que se proyectan con fuerza hacia el futuro, para una sociedad renovada, justa y pacífica. Muchas gracias.

Jesús María Lecea, Sch. P
Padre General
Cullera, 26 de enero 2008

APÉNDICE

En el documento de la Conferencia Episcopal Española sobre la Escuela Católica del 27 de abril 2007 encontramos una referencia muy explícita al respecto: “El acceso, sobre todo, de los más pobres a la educación es un compromiso que han contraído en los diversos niveles las instituciones educativas católicas. Ello exige enfocar la obra educativa en función de los últimos, independientemente de la clase social de los alumnos presentes en la institución escolar” (N. 56). Y cita, en su apoyo, otro párrafo no menos explícito (el 69, pero vale la pena leer el 70 y más) del documento “Las personas consagradas y su misión en la escuela” (Congregación para la Educación Católica: 28 de octubre 2002). Estos son los párrafos tan explícitos:

69. La presencia de las personas consagradas en la comunidad educativa concurre a afinar la sensibilidad de todos por las pobrezas que afligen, también hoy, a los jóvenes, las familias y pueblos enteros. Esta sensibilidad puede llegar a ser origen de profundos cambios en sentido evangélico, induciendo a transformar las lógicas de excelencia y superioridad en las del servicio, de la preocupación por los demás, y formando un corazón abierto a la solidaridad.

La opción preferencial por los pobres lleva a evitar todo tipo de exclusión. En el ámbito escolar, a veces está presente una planificación del proyecto educativo en función de grupos sociales más o menos acomodados, mientras que la atención a los más necesitados se encuentra claramente en segundo plano. En muchos casos las circunstancias sociales, económicas o políticas no dejan una alternativa mejor. Pero esto no debe impedir el tener claro el criterio evangélico e intentar aplicarlo a nivel personal y comunitario y en las propias instituciones escolares.

70. Cuando la opción preferencial por los más pobres está en el centro del proyecto educativo, los mejores recursos y las personas más preparadas son puestos ante todo al servicio de los últimos, sin excluir por ello a cuantos tienen menores dificultades y carencias. Éste es el sentido de la inclusión evangélica, tan lejana de la lógica del mundo. En efecto, la Iglesia quiere ofrecer su servicio educativo “ante todo, en atender a las necesidades de los pobres en bienes temporales, de los que se ven privados del auxilio y del afecto de la familia o no participan del don de la fe” (GE 9). Situaciones injustas dificultan en algunas ocasiones plasmar esta opción. Pero a veces son las instituciones educativas católicas las que se han alejado de esa opción preferencial, que caracterizó los inicios de la mayoría de los institutos de vida consagrada dedicados a la enseñanza.

Por tanto, esta opción que cualifica a la vida consagrada hay que cultivarla desde la formación inicial, para que no llegue a ser tenida como reservada únicamente a los más generosos y audaces.

Notas

1 congregación para la Educación Católica, La escuela católica, Roma 1977, n° 25.

2 Dice Julián Marías: cuando se habla de una sociedad cristiana, una nación cristiana, unas leyes, unos usos o una cultura cristianos, se desliza un equivoco, inofensivo si es advertido, pero muy peligroso cuando no se repara en él. Ninguna realidad social puede recibir sacramentos, salvarse o condenarse; sólo los hombres individuales. Por esto, no es ni mucho menos evidente que sea un mal, sin más, que el ‘mundo” no sea cristiano”. Introducción a la Filosofía, en Obras completas, II (Rev. De Occidente, Madrid 1982, 11947) p. 64-5.

3 ver el texto en apéndice.

4 Es el titulo de una obra colectiva: J.L. corzo (ed), Escuchar el mundo, oír a Dios. Teólogos y educación, PPC Madrid 1997.

5 L. Milani, A Meucci 2.3.1955: Lettere del Priore di Barbiana, Mondadori Milán 1970, p. 34.

6 Es el título de un magnífico análisis del sistema económico mundial del centro Nuevo Modelo de Desarrollo (dirigido por Francesco Gesualdi, alumno de Barbiana): Norte-Sur, la fábrica de la pobreza, Ed. Popular Madrid 2007).

7 Cong. para la Educación católica, oc. n2 56, cf. también 57 y 58.



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