Educación, Política Educativa - Written by Archivo Calasanz on Miércoles, Octubre 8, 2008 1:04 - 0 Comments

DECÁLOGO PARA UNA NUEVA ESCUELA CRISTIANA

Xosé Manuel Domínguez Prieto
Simposio ¨Una nueva educación cristiana en una sociedad plural¨, 2008
Analecta Calasanctiana, 49 (I/VI, 2008) 151 -

1. La Escuela Cristiana entiende la educación como tarea antropológica, y no como cuestión técnica o de capacitación. No persigue como objetivo primordial la productividad sino la promoción de la persona y la propuesta del ideal.

2. La Escuela Cristiana pretende una educación integral y no sólo la intelectual. Por ello tiene presente quién es la persona.

3. La Escuela Cristiana toma en consideración que el alumno es un ser llamado.

4. La Escuela Cristiana toma en consideración que el docente es un ser llamado.

5. La Escuela Cristiana promueve la identidad del profesor cristiano.

6. La Escuela Cristiana cuida la vida educativa cristiana.

7. La Escuela Cristiana es lugar de encuentro, de estudio y de oración.

8. La Escuela Cristiana es comunidad de docentes que viven su fe como Acontecimiento.

9. La Escuela Cristiana cultiva su fe, que se hace cultura.

10. La Escuela Cristiana, lugar del nuevo Logos cristiano.

1 La Escuela Cristiana entiende la educación como tarea antropológica, y no como cuestión técnica o de capacitación. No persigue como objetivo primordial la productividad sino la promoción de la persona y la propuesta del ideal

En algún momento de su actividad educativa, quizás todo docente debiera preguntarse sobre lo que está haciendo cada día, cuál es su principal objetivo y motivación: ¿Ganarse la vida? (si es así tendríamos un docente que reduce su misión a su función), ¿guardar niños o jóvenes? (si es así, tendríamos una docencia puramente lúdica y cosificante), ¿promocionar el éxito académico de los mejores alumnos? (en este caso, tendríamos una docencia pragmática y productivista), ¿trasvasar datos a la siguiente generación? (sí así fuere, estaríamos ante una docencia bancaria).

También resulta interesante preguntarse cómo, de facto, se entiende la actividad docente desde las autoridades políticas competentes’, habida cuenta de que si hay fracaso escolar, se señalan como causas suyas las deficiencias del sistema educativo o incluso la impericia técnica del profesorado. Si hay que formar al docente, se pretende enseñarle técnicas pedagógicas. Si hay que revisar el sistema educativo, se analizan los protocolos de actuación, cómo se presentan los contenidos, la adecuación de estos a las edades, los modos de evaluación, etc. Parece que la educación sería un proceso de aplicación de técnicas adecuadas, de las asignaturas adecuadas o los protocolos adecuados de actuación para actuar mecánicamente sobre el problema, a modo de bálsamo de Fierabrás.

Sin embargo, lo que le conviene a las personas, por ser personas, no son técnicas, pues la techné es lo que se aplica a las cosas para producirlas o para arreglar- las y la persona es justo lo que no es cosa. A fortiori, la educación no puede ser una cuestión tecnológica. No se trata primordialmente de evaluar el contexto social, psicológico y establecer sistemas pedagógicos adecuados. No se trata de capacitación, de preparar a los alumnos para que sean piezas eficaces en el entramado productivo del mercado laboral, en amaestrar mentes para lograr un buen rendimiento. La educación es, ante todo, una cuestión antropológica.

La educación es comunicación de lo que es, vive y piensa el educador y la comunidad educativa, al servicio de la promoción integral de la persona de modo que, en conexión con lo real, pueda realizarse en plenitud. Significa esto, además, que la educación puede tener un doble signo, pues no es indiferente lo que se haga y lo que se pretenda ya que no todo acerca a la plenitud de la persona. La educación, por tanto, puede ser personalizante o despersonalizante. Por ello creemos que un primer paso para aclarar qué pretendemos en educación consiste en el análisis de lo que entendemos por persona. Sólo ello nos permitirá estar en guardia frente a formas de vida despersonalizantes:

* Frente a la cosificación, pues la persona nunca debe ser tratada como una cosa, nunca puede ser etiquetada, utilizada, empleada como instrumento. Y en nuestros días no sólo es esto frecuente, sino también que la persona se conciba a sí misma como instrumento en función de una empresa, un sistema económico, una actividad lucrativa, etc.
* Frente a la reducción de la persona a alguno de sus papeles o personajes: a mero consumidor, a ciudadano, a burgués de vida acomodada, tranquila y sin tensiones.
* Frente a las formas degradadas de comunidad, sobre todo a su masificación, pues la masa es el reino de lo impersonal, del ‘se’, de lo irresponsable.
* Frente al economicismo capitalista y neoliberal y el modo de vida que traen consigo: afán de posesión y consumo, despilfarro y la lógica del dinero.

La Escuela Cristiana no puede estar al servicio de fines espurios o de finalidades distintas a la promoción de la plenitud de la persona porque sólo ésta es el objetivo que resulta personalizante y, por tanto, evangelizador. El objetivo básico de la Escuela Cristiana no puede ser la mera capacitación, ni la socialización, ni mucho menos la expenduría de títulos, sino la personalización. Si la educación no es esto, será adiestramiento, entrenamiento, preparación técnica. Pero no será educación. Podrá ser habilitación para conseguir un título, mercancía para consumo, pasaporte para entrar con ventaja en la sociedad del conocimiento. Pero no educación. La educación tiene un sentido ético y remite a la persona. No sólo a la persona del alumno como si la educación fuese algo que ‘hace’ el docente para que la persona del alumno crezca: también la educación debe contribuir al crecimiento de la persona del maestro. Si no son estos los objetivos últimos de la educación, tendrá cualquiera otros de los mencionados, quizás no explícitamente, quizás como ‘currículum oculto”, pero no hay enseñanza que sea aséptica ni ayuna de un ‘para qué’. De ahí la importancia de esclarecerlo. sajo esta perspectiva, educar es cooperar a que la persona lleve a plenitud todas sus dimensiones: espiritual, intelectual, afectiva, volitiva, corporal, comunitaria. Y esto no ocurre sino a través de acontecimientos antropológicos: el encuentro entre personas, la acogida y la donación mutua.

Por todo ello, el profesional docente en una Escuela Cristiana no persigue sobre todo eficacia práctica y buenos resultados académicos, sino otros fines más altos:

* El crecimiento de la persona del alumno.
* El crecimiento de la persona del docente.
* La instauración de una sociedad y una cultura mejor y más justa, esto es, personalista y comunitaria.

2. La Escuela Cristiana pretende una educación integral y no sólo la intelectual. Por ello tiene presente quién es la persona

Si la educación en la Escuela Cristiana busca ser integral, no puede promocionar sólo la calidad de los procesos de enseñanza-aprendizaje, la dimensión cognitiva del alumnado o los resultados académicos. Ha de procurar promocionar a la persona como un todo. Para ello resulta imprescindible tener una idea clara de quién es la persona.

Desde una experiencia elemental, descubrimos que la persona es indefinible, porque sólo son definibles las cosas, y la persona es precisamente aquello que no es una cosa: es la antítesis de una cosa.

a. Que la persona sea un modo de existencia opuesto al de una cosa, significa, en primer lugar, que la persona es aquella realidad que no puede ser tratada como objeto. Por tanto, la persona nunca puede ser utilizada.
b. Por otra parte, se descubre que mientras que la cosa, cuando ya no es útil, cuando ya no sirve, es eliminada o desechada, la persona es aquel ser no eliminable.
c. En tercer lugar, las cosas siempre son de una persona, siempre son de otro. Pero la persona es aquel ser que se pertenece a sí misma, es suya.
d. La persona nunca puede ser un medio sino un fin en sí, esto es, que la persona es valiosa por sí misma: que la persona tiene una dignidad. Por ser digna, la persona merece siempre un respeto absoluto al margen de su edad, condición, coeficiente intelectual, género e, incluso, actuación moral.
e. Mientras que la cosa es pura exterioridad, la persona es exterioridad e interioridad. Esto significa que la persona ha tomado conciencia de que es, y, frente a lo real, ha tomado con ciencia de lo que es. Justamente por esto es posible la antropología filosófica: porque la persona ha sido capaz de tomar distancia de sí y de lo real y se ha descubierto como problema.
f. Que la persona sea justo lo que no es cosa implica además que, frente a lo ya acabado o construido, la persona es un ser inacabado. Tiene que construirse. Pero, ¿quién llevará a cabo esta tarea?: ella misma. La persona es una tarea para sí misma. Nunca está determinada y le queda siempre la responsabilidad última sobre su futuro. La persona tiene que decidir quién quiere ser.
g. Sin embargo esto no significa que seamos autosuficientes. La persona tiene que hacer su vida pero apoyado en la realidad, esto es, en las cosas y, sobre todo, en las otras personas. Frente a las cosas, que son realidades cerradas en sí, es la persona una realidad abierta: a sí misma, a las cosas, a los demás y a Dios.

Esta primera descripción de quién es la persona por contraste con qué es una cosa, nos permite hacer cuatro afirmaciones sobre sus dinamismos esenciales, que habremos de tener en cuenta en todo proceso educativo:

En primer lugar,
la persona es una constelación de capacidades y dones.
A diferencia de las cosas, que tienen componentes, podemos decir que la persona consiste en un conjunto de capacidades que forman una unidad, que son capacidades-de- esta-persona. Dado que la persona es un exterior y un interior, la persona tiene, de modo ‘natural’ un conjunto de capacidades corporales, intelectuales, afectivas y de voluntad. Pero no unas independiente de otras, sino formando una unidad. Así, por ejemplo, podemos decir que la inteligencia es afectuosa y que el cuerpo, por su parte, es afectuoso e inteligente. Pero cada uno tiene estas capacidades de una determinada manera, con sus originalidades, límites y con su orientación a ciertos tipos de acción: La identidad de cada persona es irrepetible.

Pero, además de las capacidades que podríamos llamar ‘naturales’, hay otras muchas que vamos adquiriendo: los conocimientos, las virtudes (como la prudencia, fortaleza, la humildad, el humor, la templanza, el respeto, la tolerancia, la misericordia…). También son dones que se nos ponen a disposición las cosas que tenemos, la educación recibida…. Pero, sobre todo, los principales dones que recibimos a lo largo de la vida son las otras personas especialmente significativas con las que nos vamos encontrando: padres, hermanos, profesores, amigos, sacerdotes, escritores, terapeutas… Nuestra biografía está tejida con la presencia de muchos de ellos. No seríamos quienes somos sin lo que nos aportaron esas personas: posibilidades, orientación, conocimientos, impulso, ánimo, bienes materiales, etc. Cada una despertó en nosotros parte de lo que estamos llamados a ser.

Sin embargo, no somos simplemente lo que señalan estas potencias o estos dones, sino lo que permiten estas potencias: somos lo que estamos llamados a ser y podemos ser. Los propios dones y capacidades nos llaman, nos reclaman su puesta en acción. Es decir: cada uno de nosotros ha recibido unas cartas. Pero el juego depende de cada persona. Cada uno juega su partida de ajedrez con las fichas que se le han dado. Por supuesto, no controla todo el juego, porque no sabe lo que hará el otro. Pero su suerte dependerá de cómo responda a lo que el otro le va proponiendo. Este es el primer compromiso que el ser humano tiene que asumir: no ser un mero actor de su vida sino ser el autor de la misma. Y, para ello, estos dones y estas capacidades deben ser acogidas, alentadas, valoradas y puestas en juego. Es esta precisamente la enseñanza evangélica de la Parábola de los Talentos: somos responsables de hacer fructificar los talentos que nos han sido confiados.

En segundo lugar,
este dinamismo de poner en juego lo que la persona es se orienta hacia un límite: hacia la plenitud.
Una de las respuestas más comunes cuando se pregunta a cualquier persona qué es lo que, en el fondo, busca en la vida, es señalar que lo que se quiere haciendo lo que se hace es ser feliz. Si atendemos a su raíz etimológica, el término ‘felicidad’ nos ofrece sus secretos y nos comienza a revelar algo de lo que pueda realmente significar la felicidad. Así, ‘felícitas’ procede del adjetivo ‘felix’ que quiere decir ‘fecundo, fértil, fructífero’. Por tanto, parece que la felicidad tiene que ver, en la persona, con cierta fertilidad personal, con una cierta forma de fecundidad, de ir-a-más. Parece, por tanto, que la persona es un ser dinámico y que uno de los dinamismo más íntimos de la persona es el de crecer hacia su plenitud, dar-de-sí, ir siempre a más, aspirar a existir en plenitud o voluntad de ser más. No es cierto que la persona sólo aspire a ser o a mantenerse en la existencia o en equilibrio homeostático. La persona es siempre querer ir a más. Y esto ocurre en la medida en que va actualizando sus potencialidades.

Lo tercero que constatamos es que la propia vida, y cada circunstancia dentro de ella, tienen un sentido, tienen siempre un para qué que se puede descubrir.
La persona va hacia su plenitud pero desde un sentido que va descubriendo. No se trata de lo que meramente se propone (que, sin duda, podrá tener sentido). El ser humano hace proyectos para vivir. Pero sus proyectos sólo serán personalizantes si responden al sentido que descubre en su vida. Si no se abre a este sentido, si no lo descubre o silo ignora, terminará por asumir el sentido de lo que se propone en la sociedad, en ese momento histórico, que le propongan otros o que proponga su mero interés material. Así, ahora, el sentido socialmente impuesto puede ser el éxito profesional o económico, la posesión sin límite de objetos y bienes de consumo o la continua diversión. Sin embargo, ninguno de estos sentidos impuestos son personalizantes. Antes bien, son impersonalizantes. De ahí la importancia de abrirse a ese sentido global, personal pero no subjetivo (porque no depende de la imaginación, o de la voluntad o de la inteligencia personal). Este sentido es el para qué de la vida. Y este horizonte es importante descubrirlo porque lo que desea la persona, más allá del placer, la riqueza, el poder, es un sentido desde el que poder caminar hacia su plenitud. Y es que la persona está llamada y orientada a algo más allá de sí misma, está orientada a algo que le trasciende. No es ella misma su sentido: tiene que realizar su vida pero desde un sentido para su existencia en el mundo.

Además de lo anterior, la persona descubre (y experimenta desde sus primeros latidos), que todo crecimiento hacia la plenitud sólo ocurre en el encuentro con los otros, y con el Otro. Se trata de la constatación de la esencial apertura a la trascendencia y a la fraternidad, a los otros y al compromiso con ellos. Sólo a través del encuentro con otros la persona puede realizarse como tal. La persona, más que un ser social, es un ser comunitario, es decir, un ser que ha de hacer su vida acogiendo y dándose a otros, siendo acogido y siendo objeto de don, de modo que en este contexto cada uno tome al otro como un fin en sí y nunca como un medio. Por el encuentro, un ‘yo’ y un tú’ se convierten en un nosotros.

3. La Escuela Cristiana toma en consideración que el alumno es un ser llamado

Frente a lo que ha proclamado el pensamiento occidental desde la modernidad, la persona no tiene la última palabra sobre su vida, sino la penúltima. Para reconocer este hecho quizás haga falta desenmascarar un prejuicio al que nos ha llevado toda nuestra cultura occidental: concebir a los humanos como seres absolutamente autónomos (idea ilustrada) omnipotentes, dueños y señores de su propia vida, de su destino y del destino del mundo. A lo largo de la historia de la filosofía occidental, la mayor parte de los pensadores han supuesto que lo definitorio del ser humano era su actividad, el ejercicio de su función propia: su actividad racional, o su capacidad para actuar, su voluntad de poder o su voluntad de placer. Siempre se ha presentado al ser humano como agente, actor o autor de su vida. Y lo es. ¿Pero, acaso, de modo absoluto?

Lo que pretendemos ahora investigar es si no sería más adecuado para entender quién es la persona considerar que, previo al hecho de ser autora de su vida, la persona es un ser llamado, siendo la acción y la vida de la persona la respuesta a esta llamada. Es más, creemos que esta llamada constituye el gozne que permite diferenciar el concepto de ser humano del de persona. La actividad personal está asentada en una pasividad radical: la de ser llamados. El horno sapiens es, ante todo, ‘homo vocatus’, llamado, vocado, con-vocado. La persona no es quien es sino quien está llamada a ser. La persona como ser llamado. La llamada es la interpelación a una persona concreta, por su nombre, como invitación para que realice algo.

La llamada es la forma en que se concreta para cada uno el camino para ser plenamente persona. Por eso, la llamada personal es fuente de sentido, orientadora de la biografía personal, pues por ella la persona se descubre a sí misma, como alguien que está invitado a mucho más que simplemente mantenerse en la existencia: se descubre llamada a actualizar y perfeccionar todo lo que es.

Descubrir esta llamada es descubrir una vida nueva que se le promete. El modo concreto por el cual descubre que puede ir perfeccionándose constituye, si quiere, la ley de su obrar, su canon biográfico. Es la vocación, la manera concreta en que la persona está llamada a tomar posesión de sí, allí donde se encuentra.

Esta llamada o vocación se experimenta como aspiración, como orientación personal. De este modo, la persona sólo se despliega desde la toma de conciencia de su vocación y desde el compromiso con ella. Desde ella, cabe la posibilidad de volver al exterior sin correr el peligro de quedar encerrados fuera de nosotros mismos. La vocación es por tanto, fuente de sentido para orientar la vida personal.

La llamada constituye el acontecimiento fontanal de la vida personal. Ignorar esta llamada es permanecer en la somnolencia de lo cotidiano como horizonte último. Lo que nos llama es lo que nos nombra. Y tener nombre es estar ya siempre llamados a tener un rostro. La vocación es, por tanto, el principio de personalización. En fin, el quién de la persona viene dado por su llamada, por la misión a la que está llamado. Y es que la llamada implica una respuesta que abarca toda la vida. No se trata de algo que se le propone a su vida de modo accidental, sino algo que afecta radicalmente al ser personal, que ejerce predominio sobre su vida.

La Escuela Cristiana promociona la plenitud de la persona del alumno despertando en ella el descubrimiento de su llamada y, en la medida en que la va descubriendo, acompañándola. Esta llamada se va descubriendo a través del conocimiento de las propias capacidades (que llaman a ser puestas en acción), a través de lo que se descubre como valioso, como importante (que se constituye en guía de la existencia), a través de los acontecimientos y a través de la presencia de los otros. Por ello, acompañar y educar desde la llamada es permitir que los alumnos despierten a sí mismos, descubran su vida como aventura, que descubran la importancia de navegar mar adentro. Y es que la llamada es el factor más importante de dinamización de la vida personal.

Por supuesto, hay que mostrar que la llamada tiene diversas mediaciones. La realidad es elocuente. Ante todo, me llama aquello en lo que creo, en lo que espero y a lo que amo. Y a ello respondo. Y esto, a su vez, es recibido a través de lo que soy, de lo que me acontece y de los otros que se hacen presentes en la vida. Pero en última instancia, si superamos el nivel de lo inmanente, surge el problema de quien llama. Porque la llamada, de modo eminente, ocurre a través de las demás personas que aparecen en mi vida.

Nadie es una entidad aislada. Somos siempre en referencia a otros. Somos ahora lo que vamos siendo gracias a otros que me han cuidado, que me quieren, que me han educado, que me han abierto horizontes, que me han acompañado, que me han proporcionado formas de pensar, de sentir, de actuar. Somos gracias a los que otros han despertado en nuestro ser más profundo. Esas personas significativas son para mí llamada, pues hacen vibrar lo más auténtico de mí mismo. Los otros que nos impactan desvelan nuestro ser más profundo, despiertan por empatía lo que nosotros queremos ser.

Más que cualquier otro tipo de llamada, estas propuestas explícitas exceden mis previsiones, mis cálculos, pues van más allá de la lógica puesta en marcha de mis dones o de lo que exige mi situación actual. Se trata de momentos en los que se me presentan horizontes que van más allá de mis prudencias y que son promesas de colmar mi deseo de plenitud. Son tiempos de pura gracia.

Pero la Escuela Cristiana enseñará que todas estas mediaciones remiten a la llamada de Dios. Desde la experiencia religiosa, la llamada se presenta como Voz que no se confunde con la propia voz ni con la voz de otra persona. Es voz con identidad propia. La llamada religiosa se percibe como auténtica llamada. Y se percibe llamada de Otro, no de algo. Sin embargo, quien llama, en este caso, oculta su Rostro. Se escucha una voz, una voz que no se confunde con la propia, una voz que llama y descentra, que recrea y enamora. Pero no se percibe a quién llama. Esta llamada se percibe como proviniendo de alguien que no soy yo. Se trata, evidentemente, de una presencia apelante, que me llama. Y me llama aunque yo no quiera. Lo que se experimenta se experimenta como llamada de Otro. Por prejuicios o por ceguera, se puede negar la idiosincrasia de la llamada, que se trate de la llamada de Otro. Pero no puedo negar esa conmoción interna en la que se me llama a algo. La llamada la percibirán todos. Aceptar que sea llamada de Otro, sólo aquellos que estén abiertos al fenómeno religioso, aquellos que no estén ahogados por sus prejuicios y aquellos a los que les sea concedido entenderlo así.

Pero, en segundo lugar, esta llamada religiosa es elección personal. Al ser llamado, soy elegido por Alguien para ser alguien, para tener un rostro concreto. Descubrir que soy llamado y soy elegido confiere a la vida personal su dinamismo más hondo y fecundo. Educar en la llamada y acompañar la llamada, es decir, educar en el itinerario vocacional, es tarea prioritaria en la Escuela Cristiana.

4. La Escuela Cristiana toma en consideración que el docente es un ser llamado.

En la Escuela Cristiana no sólo el alumno es concebido como alguien llamado, sino que también lo es el docente. Es llamado a ser persona y a serlo a través de la docencia. Su tarea docente no sólo es trabajo, ocupación, puesto laboral: es, sobre todo, misión.

La llamada docente es un anuncio personal: se me anuncia a mí que soy llamado a recorrer mi camino a través del servicio docente. Por eso, la llamada es elección: al llamárseme, se me elige. Como se dijo de San José de Calasanz en su 450 aniversario, el docente es una persona ‘nacida para educar’.

Por ser el docente ‘tocado’ personal e intransferiblemente merced a la llamada a ser educador, se siente aludido. No se recibe una voz, sin más, no se recibe una palabra, sino una palabra que le dice: “A ti te lo digo”. Por eso, la llamada es envío. Quien que me llama, me envía. Se me anuncia que soy enviado. Y soy enviado a unos alumnos. Y es que la vocación docente no lo es para uno mismo sino para la misión, una misión que transfigura lo cotidiano, que me catapulta a una vida imprevista, a una abundancia interior nunca vista, aunque presentida. Y adonde me envía es a la escuela, al encuentro con los alumnos y con los otros docentes. Ante esta misión que se recibe se puede eludir, actuando con mínimos o decir ‘fiat’ y concebir es para la misión. Y esto es así porque ha sido llamado, esto es, elegido.

La docencia es la llamada a poner la propia persona al servicio de la promoción integral del otro. Esta llamada a ocuparse de la promoción de la persona es la que dota de identidad al docente, pues su ser se hace responsable de la promoción del otro poniéndose a su servicio. Por ello, la vocación docente o educativa es, así, diaconía responsable: servicio al otro que responde a su presencia menesterosa. Pocas tareas más hermosas y más ilusionantes.

Pero no se trata, en este servir y acompañar al alumno, de olvidarse de uno mismo. Al revés: es también camino de crecimiento personal. Poner la vida al servicio de otros trae consigo el propio crecimiento. Y, por otro lado, el crecer como persona es esencial al docente, pues la mejor pedagogía es el propio maestro. La mayor riqueza que puede recibir el alumno es la propia persona del maestro. La calidad de la enseñanza no depende de la cantidad de ordenadores por alumno o de los medios técnicos a su alcance, sino de los quilates personales del profesor. Creciendo como persona, será mejor maestro. Pero, además, es que la llamada a ser docente es una llamada a hacerse don, a entregarse personalmente al alumno. De lo contrario, será informador, funcionario, instructor o domador, pero nunca maestro.

La Escuela Cristiana pone medios para que los docentes vivan en estado de vigilia personal, esto es, para que vivan despiertos a su propia vocación, a su identidad. ¿Despertar, de qué? A veces, de su comodidad, de su conformidad con el estado de cosas que le lleva a no percibir la realidad que le circunda y, sobre todo, a quienes les circundan, que no son números ni casos, sino personas. Pero, sobre todo, se trata de despertar al docente que vive en la superficie de su vida, que ha sustituido su vida por los personajes o cargos o papeles que desempeña, diluyéndose en ellos. Especialmente a quien, desde sus papeles, cargos o personajes, renuncia a vivir comunitariamente, prefiriendo el cómodo y neoliberal individualismo. También despertar al docente de la creencia de que ya ha dado con el buen método, con la buena práctica docente, sin revisar ni evaluar nunca su propia actividad. En definitiva, lo que se le propone al docente es que despierte para recuperar su vida personal, la conciencia de su vocación. Y esto supone la invitación a que se recupere a sí mismo y viva unificadamente desde su vocación. Sólo así podrá vivir con pasión su tarea, que es parte esencial de su propia identidad. Sólo tras esta conversión, el docente tendrá despierta la genialidad y recuperada la ilusión necesaria para la inmensa y apasionante tarea que tiene entre manos.

5. La Escuela Cristiana promueve la identidad del profesor cristiano

Hablar de ‘profesor cristiano’ supone identificar una de las formas específicas de vivir la vocación cristiana. No se trata, por tanto, de que un bautizado imparta clases como modus vivendi, ni consiste en que un profesional de la enseñanza, en su vida personal privada, sea creyente. Se trata de un cristiano para quien el Evangelio constituye el eje de su actividad de enseñante, y de que esta actividad se conforma corno un tipo de vida. Se trata de un cristiano que ha descubierto que su vocación religiosa, su modo de ser cristiano, pasa por encarnar su fe en su acción docente. Se trata, por tanto, de una vocación laical y un carisma eclesial. Y es así en la medida en que se trata de una misión eclesial orientada y enraizada en el mundo, un modo de instaurar el Reino de Dios en el mundo. Por ello, su docencia la quiere vivir explícitamente desde el Evangelio y como camino de santidad.

De esta manera, el docente es testigo vivo del Evangelio ante sus alumnos. Pero, por ser testigo, necesita tener sus raíces en Cristo. Es un docente que vive su docencia desde la fe, sin cálculos sin reservas, sin detenerse ante el dolor, el fracaso o las contradicciones. Es el docente que ha descubierto, como decía San José de Calasanz, que educar es amar.

La identidad del docente es una identidad recibida de Dios. Por eso ha de escuchar a Dios: quien no quiere escuchar primero a Dios, nada tendrá que decir al mundo. Se afanará en sus programaciones, se agobiará en las evaluaciones, corregirá mil y un ejercicios, pero no será transmisor de Vida, no será compañía que haga más pleno a otros, no será evangelizador. No construirá el Feino sino su reino particular.

La Escuela Cristiana cuida excelentemente la selección de sus colaboradores: no basta con que sean buenos profesionales, no basta un currículum académico con suficiente solvencia científica. Hace falta un requisito mucho más importante: que haya descubierto su vocación docente como modo de vivir su vida cristiana, su relación con Cristo. Sólo así su tarea docente será, en el mismo acto, educativa y evangelizadora. Con menos no nos podemos conformar.

Además, la Escuela Cristiana no sólo procurará la formación continua de su profesorado en el ámbito pedagógico y científico, sino también en el ámbito cristiano. Sólo así el claustro de profesores se podrá acercar a la constitución de una comunidad cristiana, una comunidad que trabaja y ora, un lab-oratorio.

6. La Escuela Cristiana cuida la vida educativa cristiana

El educador sabe que su tarea es la promoción de las personas. Y como cristiano sabe que la persona es el camino de la Iglesia, y que tiene que ser en el aula, donde se de la buena noticia para su alumnado. Para ello no basta con ser un profesor ilustrado y sesudo. El ‘cogito, ergo sum’ no puede ser su última palabra, sino el ‘amo, ergo sum’: soy amado, y amo, luego existo. Y esto se concreta, en su caso, en hacerse disponible para los alumnos, acogerlos y darse a ellos en tanto que personas, en el aula y fuera de ella. No actúa, pues, estando ‘a mínimos’, sino siempre disponible para hacer crecer a las personas como tales. Encarna en su vida la propuesta del Evangelio.

El educador cristiano está así comprometido con la promoción integral de las personas, de su vida intelectual, afectiva, relacional o espiritual. Pero esto sólo ocurre en el encuentro personal con sus alumnos. Mediante el encuentro, el profesor, con su palabra y su presencia, despierta lo valioso en la persona del alumno, invitándole a crecer. La palabra sola, pues, no basta. El docente cristiano comunica su forma de ver la realidad, hace su propuesta evangélica, sobre mediante su propio ser. Y, en segundo término, con lo que hace y dice. Por eso su identidad debe ser clara y propositiva, patente e inequívoca.

Comunicar es, ante todo, hacer a otro partícipe de lo que uno tiene o es. Este término procede del latín ‘communicare’ que significa ‘compartir’. En segundo lugar, y de modo derivado, significa también descubrir o manifestar algo a alguien.

Ante todo, el docente cristiano ha de tener en cuenta que lo que se comunica a las personas de los alumnos es, sobre todo, quién es él mismo. Lo que seamos como personas y profesores, lo que seamos como comunidad educativa eso es lo que sobre todo, comunicamos. No basta con que la Escuela tenga ‘inspiración’ cristiana si ese ideal ha ‘expirado’ en la práctica. Es de total importancia encarnar en la práctica el ideal y la propuesta cristiana, procurar la máxima coherencia entre lo que decimos vivir y lo que de hecho se vive. Tanto el docente cristiano como la Escuela Cristiana, se transmite más que lo que se dice, lo que se vive, el ‘éthos’ colectivo es decir, aquellos modos de comportamiento, aquellos valores y virtudes vividos realmente en la escuela. Éste será el ‘estilo’ real del centro educativo, no es el que está sobre el papel sino el que los docentes, personal y comunitario, transmiten. Así, podría pasar que el mensaje teórico anunciado será católico y calasancio, pero lo que se transmite en la práctica puede ser escepticismo, pragmatismo, ética del éxito y la competitividad, incredulidad o minusvaloración de la fe, desilusionado. Por ello, nunca está de más analizar si los valores vividos realmente son evangélicos o responden, por el contrario, a la moral del éxito y el bienestar, a la moral burguesa, relativista, escéptica y economicista.

En segundo lugar, también transmite el educador a través de lo que hace. Lo que es, se manifiesta en su modo de actuar, en los comportamientos en clase, en las actividades extraescolares, en el modo de tratar a alumnos y padres. Si se propone una actitud y se comporta de otra, se invalida lo que se dice. Así, el profesor cristiano actuará sin juzgar a la persona —sino sólo sus actos—, (1) cumplirá sus promesas, (2) no será vengativo, (3) amará a todos los alumnos incluido a aquellos que le disgusten o le hayan incluso hecho mal, (4) vivirá intensamente el momento presente sin angustiarse por lo material, (5) vive serenamente confiando en Dios, (6) atiende a los más pequeños y necesitados, (7) perdona siempre (8) es condescendiente con todos y corrige con dulzura, (9) pacífico, amable, afable, (10) controla su lengua, (11) de su boca no salen malas palabras, sino que su hablar es bueno, constructivo y oportuno, pues así hace bien a los que le oyen. No se dejará llevar por rencores, enfados, cólera, voces ni insultos. Antes bien, será servicial y compasivo, (12) no busca figurar ni los primeros puestos, (13) pone en juego todo lo que es, (14) está siempre alegre (15) hace, en fin, del amor, la norma de su vida. (16)

1 cfr. Mt 5,21 - 26; 7, 1-6
2 cfr. Mt 5, 33-37
3 cfr. Mt 5,38-42
4 cfr. Mt 5, 43-48
5 cfr. Mt 6, 25-33; 19, 16-30
6 cfr. Mt 6, 7-12; 8, 23-27
7 cfr. Mt 9, 6-14
8 cfr. Mt 18, 21-35
9 cfr. 2 Tim 2, 24- 25
10 cfr. Tito 3, 2
11 cfr. Sant 3,1 -12
12 cfr. Ef.4, 29-32
13 cfr. Mt 23,1 -36
14 cfr. Mt 25,14-30
15 cfr. Flp 4,4
16 cfr. Ef 5,2

En tercer lugar, también el docente cristiano comunica por lo que dice. Por ello no hay que tener reparos en anunciar claramente lo que se cree. Ni tampoco en corregir, en alabar o desaprobar. El educador cristiano no elude, cuando sea menester, declarar explícitamente su identidad cristiana y anunciar explícitamente el Evangelio. Por ello resulta de especial relevancia la orientación que se le den explícitamente a los ámbitos educativos humanísticos: filosofía, ética, historia, literatura, economía, etc. Ahí hay que ser muy cuidadosos en la orientación, dado que son materias especialmente formativas. El profesorado de estas áreas debería estar especialmente escogido y bien formado, pues aunque todo docente transmite una cosmovisión, estos lo hacen de un modo especial. Y podría fácilmente transmitirse una cosmovisión no cristiana e, incluso, anticristiana.

7. La Escuela Cristiana es lugar de encuentro, de estudio y de oración

La Escuela Cristiana es un espacio con tres lugares centrales: el ágora, que son los lugares en los que ocurre el encuentro con el alumnado; la biblioteca, donde se estudia y se incrementa el saber, pues nadie da de lo que no tiene; el oratorio, donde la mirada y el brazo se alzan a lo Alto, hacia Aquel que es Luz.

En primer lugar,
la Escuela Cristiana consta de un ágora de encuentro.
Puede ser el aula, o el salón de actos, o el patio de recreo o todos aquellos lugares donde se produce el acontecimiento personalizante por antonomasia: el encuentro. Sin duda, este acontecimiento es el más importante en el proceso de acompañar el crecimiento de las personas. Es un acontecimiento que no se basa en la simpatía ni en la empatía, sino en la inclusión mutua, en implicarse mutuamente. Y esto ocurre en un doble plano: el de la acogida y en el de la donación al otro. Y esto de modo recíproco (aunque, evidentemente, no de modo igual en alumno y profesor). Para ello, es necesario el descubrimiento del otro como persona, lo cual sólo ocurre cuando uno mismo es tratado como tal, y no como socio o como cosa. El acontecimiento del encuentro en educación es disimétrico, siendo primero el acompañante -el docente- el que acepte al otro como es, le comprenda, le afirme, le llame por su nombre, le ofrezca su propio rostro (no el que de facto tiene sino el que está llamado a tener) y le muestre que le incumbe. En segundo lugar, se da una fundamentación personal: uno se hace para el otro apoyo (material, afectivo…), posibilitante (siendo la principal posibilidad que se le ofrece la propia persona del acompañante) y, en tercer lugar, impulso para la vida. Por ello, el lugar educativo por excelencia es la comunidad, contexto en el que se producen todos los encuentros.

En segundo lugar,
la Escuela Cristiana debe contar con una biblioteca.
La sabiduría, el amor a la verdad, a la belleza y a la bondad es virtud esencial en el docente cristiano, pues sin sabiduría no hay educación. Quien ha encontrado un atisbo de verdad no puede guardársela para sí, sino que desea ardientemente comunicarla para encender en otros el deseo de verdad. Este amor por la verdad y la sabiduría se concreta en que el docente tiene que ser un experto en su materia: si puede ser un sabio, no se le disculpa que no lo sea. Nadie ayuda a otros sin esfuerzo, sin horas delante del libro, vivido como deber alegre. No hay docente sin estudio, ni estudio sin cansancio, que debe ser asumido con alegría. Y esto incluye, primero, el estudio de la antropología, para profundizar en la imagen de la persona que tiene y que quiere promocionar. Sólo así promocionará no sólo inteligencias, sino la afectividad, la voluntad, la dimensión comunitaria y relacional, todo desde la vocación de sus alumnos, así como su apertura a los otros y su apertura a la trascendencia. De este modo, el educador no educa para el éxito ni para saber, sino para la vida y vida plena. También deberá conocer la Sagrada Escritura, pues el Evangelio será criterio de actuación y de interpretación de la realidad Y, por último, deberá estar actualizado en su propia materia.

De todas formas, saber no es pedantería academicista no es mera erudición, archivo de datos, de citas. Tampoco el saber por saber es sapiencial, si no va unido al ideal, sin la adhesión a una escala de valores que dimanan del Evangelio.

En tercer lugar,
la Escuela Cristiana debe contar con un oratorio.
El profesor cristiano, consciente de su vocación, sabe que su misión es superior a sus fuerzas y por eso es persona de oración. Sólo en el Espíritu puede encontrar la fuerza y la luz que exige la misión de educar. Descubre, además, que educar no es sino evangelizar. Para no perderse en la desmesura de dicha misión, es necesario pedir la ayuda de Dios y vivir una vida de oración intensa. No puede ser un profesor cristiano maduro profesionalmente e infantil en el ámbito de la fe. El educador cristiano no puede ser simplemente bueno: tiene que ser santo.

Así es posible transmitir a los alumnos que la oración y la vida interior son tan esenciales -o más- que el estudio de las asignaturas. Esto rompe con la lógica del mundo, pero es esencial en la lógica de una Escuela Cristiana. No basta una Misa optativa al mes para cumplir el expediente. No basta un minutito opcional de silencio (o de recitativo distraído) antes de empezar la jornada. Hace falta cultivar la vida interior como elemento central del crecimiento personal y como camino de santidad.

8. La Escuela Cristiana es comunidad de docentes que viven su fe como Acontecimiento

En muchas ocasiones, si se pregunta a un cristiano qué es ser cristiano, le resulta una pregunta obvia. Pero si se le insta a precisar en qué consiste serlo, muchas veces comprobamos que no es capaz de expresarlo adecuadamente. Y es que suele suceder que no llegamos a conocer de verdad aquello que ya creemos conocer.

Ante todo, habría que aclarar que el cristianismo no es un conjunto de normas, una mera tradición, un conjunto de leyes e ideas morales. Si se redujese a esto seria mero moralismo. El cristianismo no es tampoco un conjunto de ritos y prácticas. Si se redujese a esto sería mero ritualismo. El cristianismo no es tampoco un tipo de discurso, una cosmovisión articulada en discurso interpretativo. No es mera palabra. Si se redujese a esto sería dogmatismo.

El cristianismo es un Acontecimiento Es un acontecimiento histórico (vida y anuncio de Cristo) y personal (experiencia personal y comunitaria de Cristo como salvador de la propia contingencia, de las propias pobrezas, heridas, indolencias). Y este acontecimiento se propicia mediante el anuncio de un hecho que puede ser experimentado. Esto es el Evangelio: la buena noticia de Cristo. Se trata del anuncio de un hecho objetivo, histórico, que puede ser experimentado por cada hombre. Y este hecho lo encontramos en la comunidad de los creyentes, es decir, en la ecclesia. Pero la persona ha de estar dispuesta a recibir el anuncio (Ecce) y, luego, a admitir y adherirse a lo anunciado (fiat).

Es el encuentro con la Iglesia, con sus creyentes, con sus comunidades, con los sacramentos, con la Palabra, y mediante la oración como se hace experiencia de este Acontecimiento. Y este es un acontecimiento de gracia, un don, recibido no por esfuerzo sino abriéndose a él en la Iglesia. En la Iglesia, el cristianismo sigue siendo una experiencia posible y presente. Por tanto, no cabe un docente cristiano que viva al margen de la Iglesia y al margen de cualquier comunidad.

Para el docente, como para cualquier creyente, este acontecimiento es un hecho totalizante, es decir, implica a toda la persona. Supone una forma y una actitud concretas de percibir, afrontar, valorar y actuar en la vida docente. Se trata de una nueva perspectiva desde la que se mira toda la realidad con nuevos ojos. Es un nuevo criterio para mirarlo todo y quedarse con lo que vale. Como este acontecimiento revela a la persona la verdad sobre sí misma se convierte en fundamento educativo básico.

Mas no se trata de una mera postura intelectual. Para situarse en esta nueva perspectiva es necesaria la centralidad de Dios en la vida del docente, de modo que ahora todo gire afectiva y efectivamente entorno a El. Cristo se convierte así en la Presencia real que afecta a todo lo que hay en la vida: inteligencia, voluntad, afecto, proyectos, relaciones y vida docente. Esta perspectiva, por tanto, no permite el dualismo vital, en la que la religión se vive por un lado y la docencia por otro. La experiencia religiosa, para el docente, no puede ser nunca algo estrictamente privado y que sólo atañe a él: se trata de un modo de vivir.

La misión de la Escuela Cristiana será, pues, el desarrollo personal y comunitario de la conciencia de la pertenencia a la Iglesia, es decir, a Cristo, y del desarrollo del estilo de vida cristiano. Y esto implica un nuevo horizonte cultural, una nueva creatividad desde el criterio del Evangelio.

La educación supone, en este sentido, ayudar a las personas a que descubran la posibilidad real de salvación, de liberación y de promoción integral de sus personas. La educación cristiana invita a la persona a nacer de nuevo, a dejarse recrear por el Espíritu. Cuando se hace esta experiencia, todo, hasta lo más pequeño y cotidiano, cobra un nuevo gusto, una nueva dignidad, porque se sitúa en función de Aquel que descubrimos como lugar de pertenencia y de destino. El valor de cada cosa dimana entonces de la función que cumple en esta pertenencia.

9. La Escuela Cristiana cultiva su fe, que se hace cultura

En la Escuela Cristiana la educación consiste en la propuesta de sentido y un criterio para vivir y leer lo real, el acontecimiento de Cristo es el criterio totalizante para llevar a cabo esta propuesta. Desde esta perspectiva, todo cobra su particular sentido y valor. De este modo se entiende mejor qué es la educación desde parámetros cristianos: la promoción de la persona y de su capacidad crítica y creativa. Se trata de proporcionar un esquema interpretativo de lo real desde el que valorar todo.

Pero para que sea posible esta capacidad de juicio sobre las cosas no es suficiente conocer el Evangelio, no es suficiente su anuncio. Es imprescindible adherirse a la presencia de Cristo de modo total (en esto consiste la fe). Se trata de afrontar todo, de modo real, desde el hecho de esta adhesión. No basta descubrir la Presencia: hace falta el compromiso con ella. Pero este compromiso no es meramente interior, sino que se trata de una adhesión a la Iglesia: a alguna comunidad, a la Palabra, a los sacramentos, al obispo. Repetimos: el docente cristiano no puede ser religiosamente un francotirador.

La adhesión a Cristo a través de la comunidad debe ser total total: intelectual y afectiva. Para ello es necesario abandonar los propios proyectos voluntaristas para vincularse en lo más íntimo al proyecto de Otro, en el que encuentro la propia plenitud, la propia totalidad. Si no se da la adhesión total, si nuestro corazón, que está hecho para lo absoluto, se quiere contentar con lo contingente, la inquietud por nuestra realización y nuestra felicidad será asfixiante y terminará, inexorablemente, en desilusión, frustración y anestesia.

Juzgar lo real, tener un criterio sobre lo real, sobre las circunstancias históricas y sociales es el primer modo en que la fe se hace cultura. Pero que la fe se haga cultura no consiste sólo en tener un juicio crítico sobre lo real, sino también desarrollar una creatividad: una fe que se hace cultura es una fe que se encarna en acciones en el mundo que revelan y realizan el Evangelio. Se trata, así, de que la fe sea criterio de análisis de la realidad y criterio de acción. Pero no sólo criterio, sino fuerza que impregne, impulse y confiera una dirección a la acción. Pero no se trata de una acción ‘confesional’, sino de una realización ‘laical’, en el mundo, de ideales evangélicos. Así, la fe ha llevado a construir catedrales y grandes obras musicales, obras literarias e instituciones sanitarias, escuelas filosóficas y partidos políticos, normas morales y políticas y asociaciones vecinales.

Reiteramos que se trata de instituciones y obras movidas por a fe, orientadas por la fe, pero independientes de la Iglesia (por lo mismo, la Iglesia tampoco puede vincularse en exclusiva a ninguna forma cultural concreta). Son obras en el mundo, en el ámbito social e histórico, plenamente humanas, pero realizadas desde un logos cristiano. Sin embargo, su proyección es extra-eclesial, para utilidad de todos los hombres sin excepción en la sociedad. Desde el espíritu evangélico se responde a las necesidades del mundo, de la sociedad, y se pone en juego la creatividad personal y su manifestacion más plena. (17)

Así, pues, una Escuela Cristiana no sólo procurará transmitir cultura y proponer un juicio crítico sobre formas culturales impersonalizantes, sino que ella misma creara cultura, será promocionante de actos, obras, instituciones, productos, investigaciones, que se pongan al servicio de la sociedad, que manifiesten lo que es la persona en su crecimiento hacia la plenitud y que lleven a plenitud la misma comunidad humana. La Escuela Cristiana ha de ser en cada ciudad y en cada sociedad un motor de cultura, motor autónomo y creativo, definido sobre todo por la responsabilidad hacia los otros.

10. La Escuela Cristiana, lugar del nuevo Logos cristiano

Las bienaventuranzas constituyen una biografía interior de Jesús. También muestran el camino de la Iglesia y, también, el de la Escuela Cristiana y el de cada persona. Ser Iglesia, ser Escuela Cristiana y ser persona sólo es posible haciéndolo desde Dios, desde su llamada, desde su presencia… ¡y desde su lógica! Esta lógica es contraria a la del mundo, contraria a la dirección espontánea, o a la dominante. Exigen conversión. Pero disponen a la persona para lo más elevado, despojando al ser humano de la hybris, del querer ser como dioses, de la autosuficiencia.

a. Primera bienaventuranza:
dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos (frente a la lógica del éxito, del ‘escalafón’, del ‘ser importante’).

Consiste en reconocer la propia menesterosidad y abrirse al otro para que nos ayude. El que se descubre menesteroso pide ayuda y la brinda. Pero también se puede la persona hacer menesterosa, diciendo ‘adiós’ a lo que le ata para poder abrirse a la luz, al don, dejando así todas sus seguridades. El rico, por el contrario, es el que se adormece (en sus bienes: salud, bienestar, alta renta, éxito). El exceso de pertenencias adormece, haciendo creer a la persona que es propietaria de algo y que en ello descansa su identidad. Difícilmente el rico, el saciado, el que ríe, aquel de quien todos hablan bien, (18) puede descubrirse necesitado. Quien está absorbido por sus cosas, difícilmente se descubre necesitado de Dios. En estos casos, el ser humano queda atado a lo provisional, a lo aparente, a lo menos valioso.

b Segunda bienaventuranza:
Dichosos los afligidos porque ellos serán consolados (frente a la lógica hedónica y anestésica).

No hay explicación al dolor. No es un problema sino un misterio. Pero un misterio apelativo. La cuestión no es ¿por qué tengo que sufrir? sino, ¿qué hago con el sufrimiento? (con el propio o con el del otro que sufre a mi lado). En todo caso, el dolor me descubre quién soy. Por eso hay que acogerlo y vivirlo con esperanza. El dolor es llamada a la acción. ¿Cómo acompañar y consolar al que sufre? Siendo presencia disponible, diciéndoles con nuestra presencia ‘Aquí estoy, a tu lado’. Huir del dolor (del cansancio, del fracaso, del esfuerzo, de la contrariedad, de la lucha) es huir de la propia vida. Buscar el placer como fin es ahogar la propia vida. El dolor nos despierta, nos hace más humanos, más abiertos al otro.

c Tercera bienaventuranza:
Bienaventurados los mansos (sufridos) porque poseerán la tierra (frente a la lógica del poder y la violencia).

Se trata de aplicar el principio de ruptura: no devolver el mal recibido, romper la cadena del mal, del pasado. Acoger el dolor sin infringirlo, no defenderme. La palabra ‘praeis’ viene de ‘praos’: suave, manso, dulce, afable, tranquilo, pacífico. Cristo habla de sí como manso y humilde de corazón (Mt 11, 29). El Reino no es de poder político o militar, sino humilde, manso. En esto Cristo se contrapone a los otros reyes (entró en Jerusalén a lomos de una borrica). Renuncia a toda violencia.

d Cuarta bienaventuranza:
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados (frente a la lógica relativista).

Consiste en ajustarse a la verdad: la verdad de uno mismo, de los que nos rodea: ajustarse a la luz, a la realidad. Esta bienaventuranza propone la búsqueda de lo grande, de la justicia, del bien, porque no se conforman con la realidad tal y como la encuentran ni huyen o tratan de desentenderse de ella, sino que tratan de dar respuesta. Están atentos a la injusticia, a lo que no se ajusta al plan de Dios, a la dignidad de las personas. Descubren que ‘no todo vale’ porque no todo se ajusta a la verdad del hombre. Se trata, por tanto, de mantener el corazón despierto, sensible, tanto a las necesidades ajenas como, sobre todo, a que se instaure el Reino, a que la salvación llegue a todos.

e Quinta bienaventuranza:
Bienaventurados los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos (frente a la dureza de corazón).

El otro no es algo que pasa sino algo que me pasa. No es evento sino acontecimiento. Por eso, el otro sólo me dinamiza si me duele. Para ello hace falta no inmunizarse ante el otro. El modelo: el buen samaritano. Parábola del buen samaritano. Ante el dolor ajeno, el samaritano no echa cálculos: se le rompe el corazón, se le conmueven las entrañas, no considera peligros ni considera si es de los suyos, sino que se hace prójimo (se hace él de los del otro). No hay igualdad sino desigualdad, conmoción amorosa que abre al otro.

f Sexta bienaventuranza:
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (frente a lógica de la idolatría y del prometeísmo).

El limpio no sólo es el que no piensa, quiere ni siente mal de otros sino que piensa, siente y quiere rectamente, esto es, no cae en los ídolos, en la absolutización de lo que son medios. Se trata de abrirse a la realidad tal cual es, sin hacer de un aspecto un dios. Para percibir a Dios hace falta armonía personal, pues no se le percibe sólo con la razón. Es el corazón el que es capaz del bien, capaz de Dios, Y esto supone ser fuente de acciones rectas respecto de sí y de los demás: el amor. Se trata de asimilar la propia vida a lo que le pide Dios, a la voluntad de Dios para cada uno.

g. Séptima bienaventuranza:
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hilos de Dios (frente a la lógica de la violencia y también frente a la lógica de la ataraxia estoica).

Construir la paz es un compromiso. Pero se refiere sobre todo a la paz interior, que procede de descubrirse amados. Sin embargo, esto no significa apatía, indiferencia, sino posición firme y confiada, activa. En todo caso, no hay paz sino desde la filiación divina, vivir desde Dios. “Sólo el hombre reconciliado con Dios y consigo mismo puede crear paz a su alrededor y en todo el mundo”. (19) La paz en la tierra es tarea de todo hombre

h Octava bienaventuranza:
bienaventurados los perseguidos por razón de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (frente a la no implicación, a vivir en la masa, sin comprometerse).

Quien se atreve a nadar contracorriente desde esta nueva lógica, se ha sacudido los ídolos y vive según su llamada. Pero entonces es cuando el mundo no se lo perdona y surgen las críticas, la incomprensión, la burla, la persecución. Se trata de ser perseguidos por la fidelidad al Evangelio, a la palabra, por seguir los caminos de Dios. El que se ha ajustado al camino al que ha sido llamado, será perseguido. Vivir de la justicia de Dios equivale a decir que vive de la fe. Pero este no querer emanciparse de Dios, este antiprometeísmo resulta molesto al mundo, al poder dominante, por lo que será perseguido. Es una invitación a seguir al Crucificado, a tomar la propia cruz. Y lo que se promete es alegría y júbilo a quien sea así perseguido o calumniado. Estar de parte de Jesús es el criterio de justicia.

Conclusión:

Ante los ojos del mundo, la Escuela Cristiana irá más allá de lo razonable en su propuesta educativa. Cristo va más allá de lo razonable: no sólo no matar sino amar al enemigo y salir al encuentro del hermano para buscar la reconciliación; no divorcio sino fidelidad por vida; no sólo igualdad de derechos sino dejarse pegar sin devolver el golpe. Frente a aplicar venganza o represalia al agravio, propone el perdón. La lógica del Logos amoroso va más allá de la lógica y la justicia humana. Este es el Logos que ha de regir la Escuela Cristiana. Y esto será, permanentemente, una novedad.

17 cfr. Gaudium et spes, 53.
18 cfr. Lc 6, 24-26.
19 Idem. P. 114.



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