Documentos Orden, Liturgia en nuestras comunidades y obras - Written by Archivo Calasanz on Viernes, Octubre 24, 2008 20:18 - 0 Comments

La liturgia en nuestras comunidades y obras - 2. Orientaciones prácticas

ÍNDICE

2. Algunas orientaciones prácticas

Las consideraciones anteriores son el sustrato que apoya las orientaciones que a continuación presento. Tener claro todo lo antes dicho, sin que eso afecte nuestra forma de celebrar y cuidar los signos, tanto en la práctica privada, como en las celebraciones comunitarias y en la liturgia con los alumnos y con los feligreses, sería quedarnos a mitad de camino. Sobre el espacio celebrativo: Sin ostentación ni lujo, debemos garantizar que los lugares destinados al culto y a la celebración litúrgica sean dignos, evocadores y evangelizadores por sí mismos. Entre los primeros cristianos, entre los cuales no abundaban los que tuvieran la capacidad de leer y escribir, la arquitectura, los signos y las pinturas, eran medios catequéticos usados por la Iglesia para llevar a las personas al encuentro con Dios y a un mayor conocimiento de su fe.

Nosotros que trabajamos con niños y jóvenes, muchos de ellos nimios en cuestión religiosa, debemos cuidar los signos y formas de los espacios destinados a la liturgia, pues a través de tales signos los vamos iniciando en la fe.

Así pues, procuraremos:
– Que los lugares de culto y espacios litúrgicos de nuestras comunidades y obras sean bellos, tengan delicadeza estética y estén siempre limpios y ordenados.
– Que, salvo situaciones de emergencia o de necesidad pastoral —por ejemplo debido al número de fieles—, no se destinarán para el culto o la celebración litúrgica, espacios que en la práctica están destinados para otros fines (salones múltiples, teatros, bibliotecas, etc.).
– Que los lugares de culto estén ornamentados con iconos bellos y en buen estado, evitando la redundancia simbólica (esto es, dos, tres o más imágenes de la Virgen, por ejemplo).
– Que las capillas, especialmente las destinadas a la celebración de la Eucaristía con los alumnos o con la feligresía en general, tengan claramente diferenciados los grandes lugares litúrgicos:
* el lugar para el Santísimo Sacramento (que no necesariamente tiene que quedar en el centro de la Capilla),
* el altar (que no debería ser una simple mesa),
* la sede (que debe ser una silla que se destaque con relación a las demás sillas usadas por los concelebrantes o ministros),
* el lugar de la Palabra (el cual sólo debería ser usado para proclamar la Sagrada Escritura).
– Que, especialmente para los domingos y solemnidades, las capillas estén adornadas con flores —flores verdaderas—, ojalá de acuerdo al tiempo litúrgico (en este sentido, no olvidar que durante la Cuaresma, no debe haber arreglos florales a excepción del domingo de la alegría).
– Que la imagen que presida el lugar litúrgico —como es tradición de la Iglesia desde la reforma conciliar— sea el Crucifijo o, al menos, una imagen de Cristo Salvador (no se debe olvidar que en la fe, y siguiendo sobre todo el Cuarto Evangelio, el Cristo de la Cruz es el Cristo Vivo).
– Que el espacio litúrgico, especialmente si está destinado a la celebración de los sacramentos con los alumnos o con la feligresía en general, tenga un buen equipo de amplificación (con posibilidad para poner música para la meditación) y cuente, además, con un juego de luces adecuado. Sobre los objetos dedicados al culto y a la liturgia: Los objetos dedicados a la liturgia —como todos los objetos del mundo—, se estropean y deterioran con el paso del tiempo y necesitan mantenimiento y atención. Lo anterior debe ser un principio que no deberíamos olvidar, pues algunos creen que unas albas adquiridas hace veinte años, tienen que permanecer para siempre y que unos libros sin cintas separadoras y con las páginas manchadas por el mucho uso, deben seguir siendo utilizados indefinidamente.

Por eso procuraremos:
– Que las capillas y lugares de culto tengan su estructura física en muy buen estado (bien pintadas las paredes y limpias; limpios y pulidos los pisos o con alfombras en buen estado).
– Que el mobiliario de las capillas y sus imágenes e iconos estén en buen estado.
– Que los manteles —tanto los del altar como los de la credencia— estén limpios, sin manchas, ni rotos, ni signos de deterioro.
– Que las albas estén en buen estado y permanezcan limpias (evitar los cuellos manchados y sucios y los malos olores por falta de lavado). En este sentido, considero que cada sacerdote (o ministro), debería tener su propia alba, acorde con su estatura y complexión física.
– Que haya estolas suficientes —al menos para todos los sacerdotes de la casa u obra— de los cuatro colores litúrgicos (evitar las estolas bicolores y buscar un diseño uniforme para todas, sobre todo de cara a las concelebraciones de las solemnidades).
– Que haya al menos cuatro casullas (una morada, una blanca, una verde y una roja), aunque es recomendable que haya alguna más de color blanco para las grandes solemnidades.
– Que se cuente con la dotación completa de libros litúrgicos limpios y en buen estado:
* Misal Romano (debería adquirirse el nuevo misal de la Conferencia Episcopal de Colombia)
* Rituales (especialmente Bautismo, Matrimonio, Confirmación, Unción de los Enfermos y Exequias)
* Leccionarios (los tres de cada ciclo dominical, el cotidiano del tiempo ordinario, el ferial propio del tiempo y el propio de los santos)
– Que haya al menos dos juegos de vasos sagrados (uno para las celebraciones cotidianas y otro para las solemnidades y grandes fiestas).
– Que se cuente con un número suficiente de purificadores y corporales de manera que se puedan renovar cotidianamente.
– Que haya una custodia digna, sobre todo si se va a usar en la adoración del Santísimo con los alumnos o la feligresía.
– Que se cuente con el juego completo de óleos sagrados bendecidos por el Obispo en la Misa Crismal (óleo de los catecúmenos, óleo de los enfermos y santo crisma).

Nosotros no estamos facultados para bendecir los santos óleos, a menos que se trate de una celebración de tipo pastoral, catequética, y no sacramental. Sobre las celebraciones, especialmente de la Eucaristía:

Termino dando algunas orientaciones para la adecuada celebración de la liturgia, especialmente de la Eucaristía:
– Debemos preparar bien las celebraciones litúrgicas evitando la improvisación. En este sentido, algo fundamental es leer el ritual antes de celebrar un sacramento, preparar el Misal antes de la Eucaristía señalando las páginas que han de usarse, y conocer y meditar las lecturas que se van a proclamar.
– Siempre procuraremos revestirnos para la celebración de los sacramentos según las rúbricas, a menos que el calor extremo nos lo impida. Esto implica alba, estola y casulla para la celebración de la Eucaristía.
– Prepararemos con cuidado los lugares litúrgicos de tal forma que estén bien dispuestos y bellos para la celebración. En este sentido no debemos olvidar que sobre el altar sólo deben estar los vasos sagrados y el Misal (y el micrófono). En la medida de lo posible, las velas deben estar en candelabros independientes del altar. No debemos dejar hojas, folletos u objetos personales sobre el altar o sobre otros lugares destinados al culto.
– La música en las celebraciones debe tener un doble sentido: por una parte es una alabanza al Señor y, por ende, debe ser bella y de otra parte es un espacio de participación de la asamblea y, por eso, debe ser asequible a todos o, al menos, a la mayoría.
La música grabada es una buena estrategia como fondo para la meditación o la oración; pero como recurso para las celebraciones litúrgicas anula la participación de la asamblea. Así mismo, los cantos que sólo se sabe el coro o el cantante, por bellos que sean, marginan a la asamblea de participar más activamente en la celebración. En este punto hay que buscar un equilibrio entre la belleza de la música y la posibilidad de participación de los fieles, sobre todo si se trata de nuestros alumnos. Pero, de otra parte, no podemos caer en el extremo contrario de nunca cantar o cantar siempre el mismo canto lamentoso de siempre.
– Debemos usar los libros y rituales aprobados por la Iglesia y no nos inventaremos nuestros propios rituales, a menos que sean fieles a los rituales oficiales.
– Respetaremos el ritmo propio de la liturgia, especialmente de la Eucaristía, sin interpolar excesivamente signos o gestos adicionales o reflexiones nuestras en diversos momentos de la celebración. En este sentido hay que tener en cuenta lo siguiente:
* Que las moniciones
deben ser cortas y concretas y no pequeñas homilías;
* Que la monición
antes de las lecturas no debe ser un resumen de las mismas ni una homilía adelantada, sino una exhortación a escuchar con atención la Palabra de Dios;
* Que el acto penitencial
al comienzo de la Eucaristía no debe convertirse en una liturgia penitencial (si se ve necesario tener un momento amplio para la penitencia, es preferible preparar una celebración penitencial ad hoc);
* Que hemos de seguir una de las diversas opciones que el Misal ofrece para hacer el acto penitencial de la Eucaristía, sin omitirlo y sin reemplazarlo por el simple rezo del “Señor ten piedad” , ni menos aún, por un canto;
* Que el Kyrie,
a pesar de su forma ternaria, no está dirigido a la Trinidad, sino al Señor Jesucristo;
* Que la oración de los fieles
es el momento adecuado para la participación orante de la asamblea, pero sin prolongar excesivamente este momento;
* Que el Prefacio
no debe ser reemplazado por una liturgia de acción de gracias;
* Que hay que guardar los momentos de silencio
que pide el ritmo litúrgico (después de la invitación a reconocer los pecados, después del “Oremos… ”, al terminar la homilía, terminada la comunión), sin caer en excesos que desconcierten a la asamblea;
* Y que quien preside debe evitar caer en la tentación de explicarlo todo y hacer una pequeña homilía para cada momento de la celebración.
– Procuraremos seguir los textos y el lenguaje oficial que está en los rituales y en el Misal Romano evitando la creatividad que muchas veces nos lleva al error (debido a la improvisación) o a convertir en lenguaje litúrgico nuestro estilo personal. En este sentido, es posible que en la piedad personal uno llame a Cristo “mi Amado” o a Dios “mi papito”; pero eso no conlleva que en la liturgia donde dice “Cristo” yo diga “mi amado” y donde diga “Dios” o “Padre”, yo diga “mi papito”. Un valor de la liturgia es su unidad. Fabricar nuestro propio lenguaje, por significativo que creamos que es, implica resquebrajar tal unidad y suele desconcertar a los fieles. En este punto vale la pena hacer dos salvedades: la primera, que la opción del Episcopado Latinoamericano en el nuevo Misal ha sido transformar al “ustedes” todas las fórmulas dialógales y los textos bíblicos; y la segunda, que la Conferencia Episcopal de Colombia consideró que para conservar la unidad de los hispanohablantes en las palabras de la Consagración, éstas continuarían aludiendo a la forma “vosotros” (“Tomad y comed…, tomad y bebed”). El cambio “ …por muchos” que aparece en la consagración del vino, ha sido una opción del Episcopado Latinoamericano, pues se considera más fiel al texto latino y a la tradición sinóptica de las palabras del Señor.
– Proclamaremos la Palabra de Dios de los leccionarios oficiales (aunque esto suponga adaptar el texto al español latinoamericano a medida que leemos) o de textos bien preparados de manera digna en carpetas sólidas que den la apariencia de ser libros. En este sentido, evitaremos leer la Palabra de Dios a partir de hojas sueltas, folletos o misalitos de viaje. No hay que olvidar que el libro mismo es signo de la solidez de la enseñanza transmitida.
– Aprovecharemos la homilía
para realizar una adecuada catequesis
y para formar la conciencia religiosa de nuestros alumnos o fieles. Lo anterior implica que la debemos preparar adecuadamente.
Tres aspectos son importantes en la homilía:
la conexión con la Palabra proclamada,
la relación con la realidad y vida de las personas y
la vinculación con el resto de la celebración.

En este punto vale la pena insistir en que, sin quitar la posibilidad de la participación de los fieles, sobre todos de los alumnos a través de preguntas y respuestas, la homilía como tal es un servicio y una responsabilidad de quien preside y no debe ser suprimida o reemplazada por un silencio o por las posibles participaciones de los asistentes.
– Procuraremos recuperar el valor de las oraciones que en secreto debe decir el sacerdote (antes y después de proclamar el Evangelio, al presentar las ofrendas, al lavarse las manos, antes de comulgar…).
– Seremos muy observantes en el cuidado de los vasos sagrados, utilizando siempre purificadores y corporales limpios, en buen estado y en suficiente número (si se trata de una concelebración). Al respecto vale la pena recordar que siempre debe purificarse el cáliz con suficiente agua y secándolo bien con el purificador, pues de otra forma podría sufrir un grave deterioro. La purificación la puede hacer un ministro en la credencia; pero si no hay ministro o si existe el riesgo de pasar por alto la purificación, debe hacerla el sacerdote en el altar.
– En las concelebraciones procuraremos:
* Ponernos de acuerdo en la forma de llegar al altar, hacer genuflexión o venia y adorar el altar (al comienzo de la celebración todos los sacerdotes y diáconos veneran el altar; al final lo hace sólo el que preside);
* Estar revestidos de la manera más armónica posible;
* Guardar armonía y uniformidad en los gestos externos (estar de pie, sentarse, hacer genuflexión, etc.). Ha de tenerse en cuenta que la norma para los ministros —y en Colombia incluso para el diácono—, es que éstos deben estar de rodillas durante la consagración.
* Decir la Plegaria Eucarística en voz muy baja, casi inaudible, para que prevalezca la voz de quien preside;
* Extender las manos en oración en la parte común después de la consagración: “Así pues, al celebrar ahora… ”;
* Determinar con anterioridad cuál o cuáles de los concelebrantes dirá los diferentes mementos para que no haya desconciertos ni silencios innecesarios durante la celebración;
* Seguir las siguientes orientaciones para la comunión de sacerdotes y ministros:

si los concelebrantes son pocos
y están alrededor del altar, quien preside, después de rezar en secreto la oración de antes de la comunión y habiendo hecho genuflexión ante el pan y el vino, reparte (él mismo o mediante un diácono) el pan a los concelebrantes y, luego de comulgar él, pasa el cáliz a los concelebrantes.

Si el número de concelebrantes es relativamente alto,
quien preside comulga y deja sobre el altar la patena con el pan y el cáliz con el vino, para que los concelebrantes pasen a comulgar. La costumbre que el Episcopado colombiano tiene, es que los concelebrantes, al acercarse al altar deben hacer genuflexión. El que preside da la comunión a los diáconos y a los ministros. Si hay diácono, éste prepara el altar (en el ofertorio) y puede purificar, pero no comulga como lo hacen los sacerdotes concelebrantes, sino que recibe la comunión de manos del que preside.
– Aprovecharemos las diversas opciones que el Misal nos ofrece de misas votivas, por diversas circunstancias o rituales y también las diferentes posibilidades de plegarias eucarísticas, bendiciones solemnes y oraciones sobre el pueblo.
En este punto de la bendición vale la pena hacer dos observaciones:
en primer lugar que se debe decir “el Señor ESTÉ con ustedes… ” y no “está”; y
la segunda, que jamás se debe dar la bendición diciendo que “descienda sobre NOSOTROS”, pues la bendición es un servicio que se presta a los demás y no algo que uno se da a sí mismo: debe decirse, “que descienda sobre USTEDES”.

A propósito, está bien decir que la bendición proviene de Dios que es amor o que es misericordioso; pero no hay que olvidar que Dios todavía es Todopoderoso. “Dios todo lo puede”, “nada es imposible para Dios”, son afirmaciones del Evangelio y, de hecho, Dios se hizo hombre, se abajó haciéndose un esclavo y dio su vida en una cruz, porque todo lo puede, porque es capaz de todo por amor. Suprimir por sistema la expresión “Todopoderoso”, empobrece el lenguaje sobre Dios.

De otra parte, al dar la bendición hay que evitar cometer el error de decir “la bendición de Dios Padre… ”, pues, la bendición no es sólo del Padre, es de Dios Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Hay que decir: “la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo”.
– Por último, y considerando que son muy pocas las familias que hoy educan a los hijos en materia religiosa, aprovecharemos la liturgia para la catequesis y, al mismo tiempo, haremos catequesis para introducir a los alumnos en la liturgia y en la celebración digna, respetuosa y participativa del culto cristiano.

Ahora, con la publicación del nuevo misal, habría que considerar la necesidad de imprimir para los fieles, sobre todo para nuestros alumnos, el Ordinario de la Misa, para que conozcan las respuestas y aclamaciones y se adapten a los pequeños cambios que se han introducido.

Hoy en día no podemos dar por supuesto que un niño sabe ingresar piadosamente al templo o conoce las oraciones propias de nuestra fe o sabe cómo estar en la Misa.

En la evangelización de nuestros alumnos,
cada vez más tendremos que partir de cero.



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