Documentos Orden, Liturgia en nuestras comunidades y obras - Written by Archivo Calasanz on Viernes, Octubre 24, 2008 20:13 - 0 Comments

Liturgia en nuestras comunidades y obras - 1 Sentido de la liturgia

ÍNDICE

1 Sobre el Sentido de la Liturgia

Como occidentales tenemos la tendencia a creer que el discurso racional, las ideas claras y distintas, lo doctrinal y lógico prevalecen sobre lo simbólico y afectivo. Lo anterior tal vez explique por qué solemos tener un cierto desprecio o desinterés por lo litúrgico. Normalmente solemos preparar bien los mensajes que vamos a transmitir a la gente, especialmente a los alumnos; pero no siempre preparamos con la misma calidad y dedicación lo simbólico, lo estético, lo sacramental. De hecho, mientras en lo discursivo no ahorramos palabras, en el aspecto litúrgico y simbólico se nos despierta un sentido extraño del ahorro que pretende justificar nuestro descuido con argumentos de pretendida pobreza. Eso explica por qué hay religiosos que se indignan cuando se compran vasos sagrados bellos o cuando después de años de usar los mismos ornamentos, el Superior compra un ajuar nuevo para las celebraciones. Lo que hay de fondo no es pobreza ni sencillez de vida. Lo que hay realmente es descuido, negligencia y desinterés por la dimensión simbólica y estética de nuestra fe. Obviamente no se trata de caer en la ostentación y la suntuosidad; pero sí es necesario que seamos considerados con los signos religiosos y que celebremos la sagrada liturgia con toda la dignidad que ésta requiere. Por eso, quiero plantearles algunas orientaciones sobre el sentido profundo de la liturgia. La voz de nuestro Padre: Nuestro Santo Fundador, a pesar de la precariedad de medios que había en los orígenes de nuestra Orden, hace énfasis en dos elementos fundamentales con relación a la liturgia: celebrar bien los sacramentos, a conciencia y sabiendo lo que se realiza en ellos; y mantener el ajuar de la capilla y de la sacristía ordenado y en buen estado.

Dice él:

«Desearía que celebrase la misa después de haber aprendido muy bien las ceremonias, que da pena ver el poco cuidado que se tiene en saberlas como se debe. Y si comienza uno a celebrar la misa sin haberlas aprendido bien, toda la vida las hace mal.» (Epistolario 604)

«Atienda con mayor diligencia a la perfección religiosa, más aún desde que es sacerdote, porque está mucho más obligado. Aprenda ahora a celebrar muy bien la misa, con las ceremonias y gestos debidos, y después le mandaré yo el permiso. Y porque conoce poco tan gran misterio y sacramento, conviene que ante todo lo estudie bien, para que no se le pueda decir que no discierne el cuerpo del Señor (1 Cor 11,29).» (Epistolario 453)

«Ahora que han construido el oratorio y un altar adecuado para celebrar la misa, ténganlo todo lo limpio que se pueda. Para que corresponda al sacrificio que debe celebrarse en él cada día, e incluso, para que si algún sacerdote desea celebrar allí, quede satisfecho de la decencia con que se tiene dicho oratorio.» (Epistolario 3008).

«Los objetos de la sacristía y los cuadros guárdense bien. Y haya un encargado que se preocupe especialmente de tener todas las cosas limpias y bien dobladas y guardadas.» (Epistolario 1263).

«Los objetos de la iglesia ténganse con aquella reverencia que es debida.» (Epistolario 1068).

En coherencia con lo que nos pide Nuestro Santo Padre, debemos esforzarnos por preparar muy bien las celebraciones litúrgicas —muy especialmente la celebración de la Eucaristía— y debemos prestar atención a la dignidad y limpieza de los objetos religiosos de nuestras capillas y lugares de culto.

La Sagrada Liturgia:
El Concilio Vaticano II comenzó la reflexión sobre la forma como la Iglesia debía actualizarse a los nuevos tiempos, mediante la Constitución sobre la Liturgia. Antes de tratar el misterio de la Revelación y el de la Iglesia, e incluso antes de preguntarse sobre la postura de la Iglesia ante los nuevos tiempos, los padres conciliares consideraron que la renovación de la Iglesia comenzaba por aquello que constituye el núcleo esencial, la fuente y el culmen de la vida de fe: la liturgia.

Dice el Concilio:

«La Liturgia, por cuyo medio “se ejerce la obra de nuestra Redención” , sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida, y manifiesten a los demás, el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia.» (Sacrosanctum Concilium 2).

«Con razón, pues, se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo Sacerdote y de su Cuerpo que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia.» (Sacrosanctum Concilium 7).

«La Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza. Pues los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se reúnan para alabar a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor. Por su parte, la Liturgia misma impulsa a los fieles a que, saciados “con los sacramentos pascuales”, sean “concordes en la piedad”; ruega a Dios que “conserven en su vida lo que recibieron en la fe”, y la renovación de la Alianza del Señor con los hombres en la Eucaristía, enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo. Por tanto, de la Liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin.» (Sacrosanctum Concilium 10).

¿Somos conscientes de la excelsitud de la sagrada liturgia? ¿Hemos caído en la cuenta de que más allá de celebrar rutinariamente unos gestos y repetir unas palabras, al vivir la liturgia estamos en el corazón mismo de la fe, en la fuente y cumbre de ésta y en la plena identificación con Cristo Sacerdote? Si la liturgia es cumbre y fuente de la fe, la superficialidad con la que muchas veces la vivimos, explica por qué no pocas veces se nos seca el manantial interior y perdemos de vista la cumbre hacia la cual nos dirigimos y hacia la que nos hemos comprometido a llevar a nuestros niños y jóvenes.

El documento del Episcopado Latinoamericano reunido en Aparecida nos dice:

«A Jesucristo lo encontramos de modo admirable en la Sagrada Liturgia. Al vivirla, celebrando el Misterio Pascual, los discípulos de Cristo penetramos más en los misterios del Reino y expresamos de forma sacramental nuestra vocación de discípulos y misioneros. (250).

La liturgia es lugar de encuentro con Cristo vivo, con Cristo experiencia personal. El peligro de lo simplemente doctrinal y discursivo, es que puede reducir a Cristo a una realidad conceptual, a ser simplemente un personaje de la historia sobre el cual se pueden decir cosas; pero al que no se le descubre interiormente, existencialmente, hecho sentimiento vivo del ser humano. En la liturgia nos encontramos con Cristo, y al encontrarlo, nos encontramos a nosotros mismos como discípulos de Él, enviados como misioneros por Él.

Por ello, la liturgia es lugar de encuentro con el Señor; pero, al mismo tiempo, es lugar de encuentro con nosotros mismos, con nuestra propia vocación.

Y, claro está, esto es válido también para nuestros alumnos, quienes en la liturgia pueden vislumbrar el rostro de Cristo e intuir aquello más alto a lo que están llamados por Dios.

Un bello documento de la Comisión Pontificia para la Cultura titulado “¿Dónde está tu Dios?”, que plantea todo el problema de la no creencia y la crisis religiosa actual, dice:

«La belleza es una vía privilegiada para acercar a los hombres a Dios y saciar su sed espiritual. La belleza, como la verdad, pone alegría en el corazón de los hombres, es fruto precioso que resiste la usura del tiempo, que une las generaciones y las hace comulgar en la admiración. La belleza, con su lenguaje simbólico, es capaz de hacer que hombres y mujeres de culturas diferentes se encuentren en valores comunes, que, radicándolos en su propia identidad antropológica y en la experiencia original de su humanidad, permitan al hombre mantener el corazón abierto a la fascinación del misterio y el absoluto. En este contexto, la Iglesia se abre a una nueva epifanía de la belleza, es decir, se introduce en una nueva vía pulchritudinis que amplía el concepto de belleza de la filosofía griega. Las Escrituras revelan al Mesías, “el más bello de los hijos de los hombres”, que se ha abajado por nosotros y se presenta como el “varón de dolores” (cfr. Is 53,3). En una cultura de la globalización, donde el hacer, el obrar y el trabajar ocupan un lugar fundamental, la Iglesia es llamada a fomentar el ser, el alabar y el contemplar para desvelar la dimensión de lo bello.

(…) La vía de la belleza aparece con especial importancia en la liturgia. Cuando la dimensión de lo sagrado, según las normas litúrgicas, se manifiesta a través de las representaciones artísticas, el misterio celebrado logra despertar a los indiferentes e interpelar a los no creyentes. La via pulchritudinis se convierte así en el camino del gozo que se manifiesta en las fiestas religiosas celebradas como encuentros de fe.

(…) El Cardenal Newman, en su “Gramática del Asentimiento”, subraya la importancia del doble canal de la evangelización, el corazón y la cabeza, es decir, el sentimiento y la razón. Hoy día, la dimensión emocional de la persona adquiere importancia creciente y numerosos cristianos llegan por este medio al gozo de la fe. En una cultura de irracionalismo dominante, experimentan la necesidad de profundizar sus razones para creer mediante una formación apropiada, donde la Iglesia se hace samaritana de la razón herida.

La sagrada liturgia no es sólo la actividad celebrativa propia de los creyentes, es, además, un lugar de evangelización, de introducción en el misterio, de intuición de ese Otro, de ese Alguien más, a quien el hombre anhela sin conocerlo. El descuido en la liturgia, el desprecio por lo bello —como si lo bello por sí mismo fuera opulento y contrario a la sencillez evangélica—, constituye para muchas personas alejadas de la fe, una muralla adicional que levantamos entre ellas y Dios. Quienes hayan conocido la experiencia de Taizé, pueden dar fe de cómo la belleza de los cantos, de la iluminación con velas, de los iconos y de los gestos, son para multitud de jóvenes provenientes de muchos países, un lugar privilegiado para conocer a Dios, para plantearse que, a pesar de todo, éste tiene un lugar en sus corazones. En síntesis: Los invito a todos a vivir una conversión en el aspecto litúrgico, simbólico y estético. A pesar de nuestra formación racionalista y gnoscional, es necesario que descubramos el profundo valor y las grandes posibilidades evangelizadoras de la liturgia y de sus signos. En medio de un pueblo que es más simbólico que racional, en una época mucho más emocional que intelectual, la vía de la belleza, la vía simbólica, la sagrada liturgia, es una oportunidad para vivir más intensamente la fe y para anunciarla a una juventud a la que el discurso le dice poco, pero que tiene aterradoramente aporreado el corazón. Para una juventud a la que el dolor de la vida la lleva a hundirse en la emocionalidad gris y depresiva y que reacciona optando por el mal gusto y tiende a afearse, la belleza es un anuncio de otra manera de entender la existencia, es, de hecho, un anuncio del Otro, de ese Otro diferente a todo lo que ofrece este mundo, que le llama, le ama y le espera. Para una juventud bombardeada por millones de imágenes que le llegan por los medios de comunicación, los signos de la fe, los gestos y símbolos, mucho más que los conceptos doctrinales, le abren a una experiencia que sólo intuye oscuramente, la experiencia del Misterio, de eso de lo que ha prescindido; pero que —no sabe por qué—, sigue anhelando cada vez que anhela ser feliz y encontrar sentido a la vida.

“¿Quiénes son esos?”,
me preguntaron unos alumnos de décimo viendo el icono de la Trinidad. Les dije que eran el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y les expliqué el sentido del icono. Y aquellos jóvenes que usan iPod, que ya no reciben instrucción de fe de sus familias, que no suelen asistir a la Eucaristía, se quedaron maravillados viendo aquella pintura. Les añadí que si uno se paraba delante del cuadro, podía ver que había un puesto libre en la mesa. Les dije que ese puesto era para cada uno de ellos. Una niña se me acercó después y me dijo que ella deseaba estar sentada ahí, en ese puesto, para sentir que después de tanta soledad, al fin tenía una casa y al fin era amada de verdad.

Unos iconos
pueden ser una ventana al Misterio.

Una luz encendida
en la capilla puede abrir a la pregunta de ¿quién vive ahí?

Unos ornamentos bellos
pueden hablar de una fiesta en la que se celebra algo más grande que lo que creemos grande.

Unos vasos sagrados
tratados con respeto y devoción pueden hablar de algo más que pan y vino, de aquello maravilloso que creemos realmente presente ahí en esos signos.

Un evangeliario hermoso
puede remitir a la belleza de una Palabra diferente de nuestras palabras, una Palabra que salva, que da sentido, que enseña a vivir.

Una profunda postración
delante del Santísimo puede revelar el sentido de la unión interior con Alguien que es Amigo, pero que al mismo tiempo es Maestro y Señor y más alto que todas las alturas de este mundo.

Una música
bien interpretada eleva el espíritu, unas luces bien dispuestas generan una atmósfera de oración y una celebración litúrgica preparada con cariño y delicadeza, puede estremecer las fibras más profundas del alma.

Por el contrario, el descuido, la negligencia, el desaseo, el desorden, hablan de que lo grande no es tan grande, que lo bello no es tan bello, que Aquél a quien amamos no es realmente nuestro Amado y que, a la postre, lo sagrado no es tan sagrado. Si la celebración de los misterios de nuestra fe no amerita ponernos nuestras mejores galas —como hacen los pobres cuando reciben una visita importante—, si no amerita sacar los mejores vasos —como hacen los pobres cuando dentro de su precariedad celebran una fiesta para alguien que aman—, si no amerita ordenar, barrer, limpiar lo externo como signo de lo que también hacemos interiormente, es porque en el fondo no consideramos que tales misterios nos hayan salvado y sean, por ende, la clave de que nuestra vida sea realmente vida. Una capilla cerrada, un mantel sucio, unas albas viejas y manchadas por mil sudores, unos iconos deteriorados, unas flores artificiales llenas de polvo, unos vasos sagrados que perdieron el brillo hace décadas, unos sacerdotes y religiosos que no se postran ante el Santísimo ni se molestan en cambiarse de ropa para celebrar la liturgia, son para los niños y jóvenes un terrible mensaje: ahí, en ese lugar que dicen que es la casa de Dios, ya no vive nadie y si alguien vive, ya no vale nada.

Sí, los invito a una conversión:
vivamos la liturgia con la sencillez propia de la Escuela Pía, pero con hermosura y delicadeza. De esta forma, muchos niños y jóvenes descubrirán que sí hay una casa de Dios en medio de nosotros y que esa casa de Dios es signo de otra casa que queda en sus corazones y de una casa definitiva que les aguarda en la Eternidad; esa casa en la que ha de haber una mesa en la que, desde el lugar más triste de sus almas, anhelan tener un puesto en el que al fin sean recibidos por un amor que no les falle jamás.



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