Como Grano de Trigo, S. José Calasanz - Written by Archivo Calasanz on Miércoles, Noviembre 12, 2008 16:40 - 0 Comments

C.G.T. - C. 05 - La conspiración

Calasanz acogiendo

Calasanz acogiendo

ÍNDICE

¨Para agradar a Dios se necesita que, a imitación suya, nos humillemos y sepa-mos soportar las tribulaciones y adversidades que nos suceden, en satisfacción por nuestros pecados. No puede hacer cosa más grata a Dios que, cuando se en-cuentre más afligido y atribulado, humillarse y reconocer que toda aflicción y tribulación las manda Dios, para que aprenda de El como maestro, la santa humildad. En estas acciones consigue el religioso más honor, sin comparación, que si defendiese con muchos argumentos su opinión¨. (Calasanz: 24-3-1640)

En un despacho se encuentra el P. Mario conversando con el P. Cherubini.

P. Mario:
¡Por fin en Roma! Bien sabe usted lo mal que lo pasé en Florencia. Esos religio-sos lombardos se negaron a obedecerme y aunque el Padre Calasanz les llamó a la obediencia, encontré muchas resistencias y desavenencias. Al final “mo-vieron los hilos” para que fuera desterrado de Florencia por el mismísimo GranDuque. ¡Ja!. Ahí donde lo ve, el P. Calasanz, “viejo y arrugado” - aunque ya no ejerce de General sigue teniendo la Orden entera bajo su poder. ¡No sa-be usted la responsabilidad que la Iglesia ha cargado sobre mis espaldas: go-bernar una Orden que acaba de nacer y ya está próxima a su ruina!

P. Cherubini:
Ha de tener en cuenta que el Santo Oficio y el mismo Monseñor Albizzi le apo-ya incondicionalmente. Debe estar usted tranquilo.

P. Mario:
Le he de confesar que lo intento pero no encuentro la paz que anhela mi cora-zón. A veces pienso que, quizá hemos ido un poco lejos. Padre Esteban (en to-no confidencial). Me da vértigo toda esta situación.

P. Cherubini:
¡Venga Padre…! No se haga el blando. Las Escuelas Pías necesitan un gobierno fuerte y claro como el que personas prácticas como nosotros podemos darle.

P. Mario:
Si es verdad ¿qué estaba diciendo?, tiene razón Padre, no hemos de ser blan-dos ahora.

Entra el P. Juan Castilla, que hace las funciones de secretario.

P. Juan Castilla:
Padre General, ha llegado un correo urgente del Santo Oficio.

P. Mario:
Gracias, gracias (en tono frío y distante), puede marcharse…

(mientras va abriendo la carta…)

P. Mario: (A. P. Cherubini)
Será una comunicación de Monseñor Albizzi. Le escribí la semana pasada pi-diéndole consejo y protección frente a esos religiosos que sospechan e incluso, cuestionan abiertamente mi autoridad como Vicario General de las Escuelas Pías.

P. Cherubini:
Bien sabe que el responsable de todo es el viejo Calasanz. Bajo la apariencia de una falsa docilidad a la Iglesia apoya a los herejes; Galileo, Campanella. Ya sabía yo que estas relaciones no iban a traer nada bueno. Y si no, mire usted cómo han acabado esos religiosos de Florencia.

P. Mario:
Sí, sí, soy testigo. Incluso permitió a algunos religiosos cuidar al anciano cien-tífico ¡en su propia casa!

P. Cherubini: (intrigante)
Es nuestro deber conseguir lavar la imagen de las Escuelas Pías y que el Santo Oficio vuelva a mirarnos con buenos ojos.

P. Mario:
Tenemos una grave responsabilidad. ¡Una gran tarea…! Enderezar las Escuelas Pías y hacerla una fiel servidora de la Iglesia. (Señalando la carta). El mismo Monseñor Albizzi nos lo pide y confía en nuestro gobierno.

P. Cherubini:
El P. Calasanz escribe cartas contradictorias sobre un mismo tema. Crea desor-den y confusión en la religión y es incapaz de resolver los problemas.

P. Mario:
Además, obra por sí mismo sin admitir consejos de nadie. El primer día de mi gobierno ya le prohibí escribir cartas a los religiosos con los que se carteaba a menudo.

P. Cherubini:
El caso es que todos le adoran. Es considerado un santo y siguen consultándole cuestiones importantes.

P. Mario:
Es verdad, lo reconozco. El P. José hizo su labor buena, no en vano él comenzó las Escuelas Pías… Pero todos saben que a su edad no puede gobernar la Or-den, debe dejar paso a los jóvenes (Se mira en un espejo, se arregla el pelo). Pronto vendrá un Visitador del Santo Oficio; se han tomado nuestro asunto muy en serio…

Mientras se están mirándose al espejo y autocomplaciéndose entra el P. Juan Castilla y los hace bajar de su estado de ensimismamiento.

P. Juan Castilla:
Perdón padres… Si no es una indiscreción. ¿Me pueden dedicar unos segundos? Aunque el P. Calasanz me lo ha impedido; no puedo reprimirme. Toda la comu-nidad de San Pantaleo estamos muy preocupados por los sucesos que están pa-sando. Hay descontento general y los más perjudicados de todo son los niños.

P. Mario: (en tono despectivo)
¿Y qué quiere que hagamos? Pronto vendrá un Visitador: el P. Pietrasanta, un padre jesuita muy docto y capaz. El juzgará lo más conveniente para las Es-cuelas Pías.

P. Juan Castilla:
Le voy a ser sincero. Ha de saber que bastantes esperamos que el P. José de Calasanz sea restablecido como General y cesen así las intrigas y calumnias que tanto mal nos están haciendo. Bien es cierto que “el viejo” -como lo llama usted- acata obedientemente los mandatos de sus superiores y de usted, como Ministro general. No se ha lamentado públicamente, pero ni entiendo ni apruebo que le sean quitadas las cartas que le llegan defuera. ¡Dios hará justi-cia y desvelará a los verdaderos responsables! (Mirando en tono de recrimina-ción a los dos…)

P. Cherubini:
¡Qué atrevimiento!, ¿Esta es la clase de religiosos de los que se rodea “el vie-jo”?

P. Mario: (ofuscado y humillado)
No ve usted; esta conversación confirma mi teoría. ¡Dejadme sólo…!

Se retira el P: Cherubini (mirándose al espejo..)

Estoy confuso. El Santo oficio ha confiado en mí para sacar las Escuelas Pías adelante, el viejo Calasanz acepta mi autoridad pero … los religiosos se están rebelando. ¿Qué debo hacer Dios mío?, ¿Cómo me elegiste para semejante mi-sión…?

Entra el P. Calasanz.

P Calasanz:
¿Se puede? Padre Mario. Deme su bendición.

P: Mario:
¿Qué desea?, Ya vino antes uno de sus “dirigidos” a convencerme que le dejara enviar correspondencia. ¿No vendrá a pedirme lo mismo?

P. Calasanz:
No, no. (en actitud humilde). Un noble me ha enviado cerca de cien escudos. Es mucho dinero y creo que las escuelas lo necesitan. Están a su disposición.

Coge la bolsa con avidez y alegría sin ofrecerle un céntimo

P. Calasanz:
Algunos de los nuestros de fuera me suelen pedir estampas muchas veces. Si le pareciera bien darme algo para comprar algunas, pues ya no tengo ni siquiera un céntimo.

P: Mario:
Tomad (le va contando) “Uno, dos, tres, cuatro…

P. Calasanz:
¡Basta!

P. Mario:
Y luego para que digan que no soy generoso. Pero cambiando de conversación padre: He recibido cartas de algunos superiores defuera de Roma. No me quie-ren obedecer, no reconocen mi autoridad. Quiero que les escriba convencién-doles de que soy el nuevo general y me deben obediencia de corazón.

P. Calasanz:
Le aseguro Padre que les he rogado que le obedezcan, pero volveré a escribir-les si así lo desea.

P. Mario. (subiendo el tono)
¡Viejo chocho, viejo alocado! Sabe bien que los superiores de las casas no me quieren y para más colmo, vos los aquietáis.

P. Calasanz: (muy firme)
Estos los habéis elegido vos. No os los he dado yo. Guardaos del castigo de Dios, por el daño que hacéis a la Orden; que no os llegue pronto su ira… ¡Dios juzgará entre nosotros!

El P. Mario se marcha enojado…

P. Calasanz (sólo).
Dios se lo perdone. El P. Mario está ofuscado pero, ¿y los niños?, ¿las escuelas? Seguro que Dios, que ha comenzado esta obra buena, la llevará a buen térmi-no. El nos remediará.



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