Documentos Iglesia - Written by Archivo Calasanz on Viernes, Noviembre 14, 2008 0:10 - 0 Comments

CARTA PASTORAL DEL OBISPO DE LEON CON MOTIVO DE LA MISION CONTINENTAL Y DEL SEGUNDO SINODO DIOCESANO

León, 1 de noviembre de 2008
Solemnidad de todos los Santos

AVE MARÍA PURISIMA

Hermanos y hermanas:

Hace ya muchos años que nuestra Diócesis Leonesa en Nicaragua, realizó su Primer Sínodo buscando la manera de iluminar, desde el Evangelio, las realidades de aquellos tiempos.

No hay duda que actualmente las situaciones han cambiado muchísimo desde aquellos días y de que los problemas a los que nos enfrentamos para tratar de resolverlos a la luz de la Palabra de Dios, son, muchos de ellos, totalmente nuevos y desafiantes para la fe de la Iglesia Católica. Los Católicos no solamente debemos evaluar y hasta asumir la cultura actual con un lenguaje comprendido por nuestros contemporáneos, sino que también debemos, desde la misma fe, “engendrar nuevos modelos culturales alternativos para la sociedad actual.” (Cf. Doc. Apar. 480).

Vistas así las cosas, el Segundo Sínodo Diocesano de León nos parecerá no solo conveniente, sino también necesario. Más aún, para quienes formamos esta Iglesia Particular bendecida por innumerables gracias a través de sus casi cinco siglos de presencia en Nicaragua, el Sínodo deberá ser una experiencia fuerte de revitalización y entusiasmo misionero bajo la acción del Espíritu Santo para que todos filialmente unidos a la Purísima Virgen María, nuestra Madre y Patrona, podamos ver realizados también ahora los prodigios de Pentecostés. (Cf, Hch. 1, 14)

I PARTE: REALIDAD DIOCESANA

Quienes vivimos en los Departamentos de León y Chinandega (y municipio de San Nicolás de Estelí), si somos personas mayores en edad, experimentamos dramáticamente (y quiera Dios que con serenidad y esperanza), las trasformaciones (y hasta trastornos) en las costumbres y los cambios (a veces rápidos y desapacibles) en nuestras expresiones culturales. La experiencia es diferente para los jóvenes que nacieron y crecen en estos tiempos de alteraciones sociales, políticas, económicas y hasta religiosas. Es posible que muchos jóvenes (hombres y mujeres) no perciban en toda su trascendencia lo que acontece actualmente ya que no tienen puntos de referencia con el pasado y, en consecuencia, caminan desorientados y despreocupados tratando de vivir el presente sin más cuidado que el no quedarse atrás en la experimentaciones de los placeres de los sentidos y en la posesión de cosas materiales, que llegan a ser para ellos indispensables ya que así lo afirman los poderosos medios de comunicación y las ideologías hedonistas y materialistas que pretenden regir la economía y toda actividad humana. Las consecuencias de actitudes como estas, son la desilusión y la amargura espiritual, el cansancio y desesperanza ante las caídas morales y una búsqueda de paz y de dicha que se vuelve espejismo. Un ambiente así no es propicio para actitudes y acciones serias y para compromisos definitivos.

Sin embargo, es posible constatar que aun ahora, gracias a la labor de padres y madres de familias responsables y gracias al testimonio de sacerdotes y de católicos laicos que se esfuerzan en ser coherentes en su fe, hay una juventud que descubre su dignidad y que se da cuenta que su capacidad de amar y ser feliz es ilimitada; es así como estos muchachos y muchachas no se satisfacen con gozos y bienes pasajeros y (sin despreciar lo legitimo que pueden ser estos gozos y bienes) saben relativizarlos, es decir, comprenden que la dicha absoluta y la realización plena como seres humanos solo se encuentran en Dios, y que con Dios y su ayuda son posibles compromisos definitivos en la vida religiosa y en la formación de hogares cristianos.

a) Necesidad de Jesucristo

Pero este “secreto” que es la perla preciosa de la que habla el Evangelio (cf. Mt. 13, 44-46) debe descubrirse a todos los hombres y mujeres sin distinción alguna. Es la Iglesia, la que tiene la misión de dar a conocer el tesoro que es JESUCRISTO y es a la vez, la llamada a señalar el camino para encontrarlo. La Iglesia además debe testimoniar el modo de unirse, por el amor y la fe, a El, que es Camino, Verdad y Vida. (Jn. 14, 6)

La Iglesia que sin ser del mundo esta en el mundo y ama al mundo en cuanto criatura de Dios y en cuanto lugar de habitación de los seres humanos redimidos por Cristo, sabe que “el Evangelio es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rom. 1, 16) y que “en todas las cosas interviene Dios para bien de los que lo aman” (Rm. 8,28); por eso no debe haber dificultad que la desanime ni dureza de corazón que ella (la Iglesia) considere incurable ya que ante la fuerza del amor del Señor y el poder de la misericordia divina toda salvación es posible (cf. Lc.15,11-31; 19, 1-10; Lc. 23, 39-43)

Por lo tanto, que no decaiga nuestro animo al considerar los retos y desafíos que tenemos que enfrentar victoriosamente apoyados en la “demostración del Espíritu y de su poder”. (1 Cor. 2, 4)

Si nos revestimos de las armas de Dios, podremos resistir las acechanzas del demonio y mantenernos firmes después de haber vencido en todo. (Cf. Ef. 6,10-13)

b) Situación de pecado

No serán motivos que detengan la misión eclesial, sino más bien razones para trabajar con mayor interés y con firme esperanza en la evangelización, la frialdad espiritual de muchos, la falta de interés en la formación religiosa que manifiestan otros; la desintegración familiar (que, junto con el crimen del aborto es posiblemente la enfermedad más grave de nuestra sociedad); la codicia de católicos que utilizan solo para sacar provecho personal o familiar la gracia que para ellos ha sido el capacitarse profesionalmente; la pobreza y extrema necesidad en la que viven familias enteras en el campo y en los alrededores de nuestras ciudades, pobreza y necesidad que son consecuencias muchas veces del egoísmo y de la falta de sensibilidad humana de quienes pudiendo, por el cargo y lugar de poder que tienen en la sociedad, no ponen el Bien Común como prioridad de su oficio del que tendrán que dar cuenta a Dios (Cf. Sab 6, 1-11).

Y, para oscurecer más aún el panorama social, ahí están la violencia domestica y social, la proliferación de drogas y el expendio y consumo del alcohol con todas las secuelas de corrupción, de llanto, de dolor y de daño que ocasionan principalmente a los familiares y seres queridos.

Desgraciadamente ante una situación tan difícil no hay aparentemente (en quienes detentan el poder) interés en buscar salida adecuada mediante el dialogo y, más bien se dan actitudes de intolerancia y de inducción al temor, incluso haciendo uso para ellos, de instituciones que, de por si, son para fomentar y establecer la justicia y la convivencia pacifica de los ciudadanos.

c) Alentar nuestra esperanza

Si no podemos predecir el futuro, nos consuela el saber que el amor de Dios no nos abandona nunca y que su poder es capaz de sacar bienes aún de los males.

Por lo demás, Dios, según nos enseña Jesús, es un Padre que no da una piedra a un hijo que le pide pan, ni pone una víbora en la mano a su hijo que le pide un pescado. (cf. Lc. 11, 9-13) Una sociedad humana sin amor es una especie de infierno que hace que el ser humano se endurezca en el mal y se convierta en mentiroso y hasta en homicida como el demonio. EL AMOR (DIOS ES AMOR), es el que salva al mundo y es la fuerza que renueva desde adentro al corazón humano.

En casos sumamente difíciles como el que vivimos, cuando los males se multiplican, debe alentar nuestra esperanza en el triunfo del bien, el saber que junto a nuestra cruz esta la Madre de Jesús y Madre nuestra, María Santísima, para fortalecernos con su auxilio poderoso y, si es el caso, para adelantar con su oración la hora de la liberación. (Cf. Jn. 2, 12; 19, 25-27)

Con la mirada puesta en Nuestra Señora, la Virgen María, realización perfecta de la criatura humana acorde totalmente con el deseo y la voluntad de Dios, quiero invitarles a todos ustedes, hermanos y hermanas, a renovar la gracia del Bautismo que hemos recibido (y que nos hace algo parecidos a la Virgen) y a afianzar efectivamente el don del Espíritu Santo, recibido en la Confirmación y que también a nosotros (como a la Madre de la Iglesia) nos ha sido dado por el Padre y por los méritos infinitos del Verbo Encarnado.

II PARTE: HACIA DONDE CAMINAMOS

El Segundo Sínodo Diocesano, que vamos a realizar providencialmente en el tiempo bendito de la Gran Misión Continental de América, tiene como objetivo anunciar a JESUCRISTO con mayor ardor hasta lograr que el mismo Señor sea encontrado con el entusiasmo de quien descubre un tesoro, mejor aún, con la alegría desbordante de quien se sabe amado por Alguien que es totalmente AMOR y que tiene una Personalidad irresistible por su Bondad y Belleza.

Todo ser humano, hombre o mujer, cualquiera que sea su condición o estado social, económico o moral debe tener la oportunidad de encontrarse con el Salvador y Redentor. Lograr presentar a JESUS de manera llamativa y viva, de tal manera que llene de amorosa admiración el corazón agobiado y triste de quien está hastiado de una vida vacía y de pecado, debe ser la ilusión de todo cristiano o cristiana que han tenido la dicha de experimentar la alegría del perdón y de sentir que las cargas y los sufrimientos de la existencia humana se convierten en llevaderos y livianos si son llevados desde el Corazón de Cristo. (Cf. Mt. 11, 28-30).

a) Espíritu de las Bienaventuranzas

Desde la reconciliación con Dios, y como señal de que esta reconciliación es sincera, se trabajará por la reconciliación verdadera entre todos los seres humanos.

Así demostraremos a los alejados (y a los que no tienen fe en el verdadero Dios) que el Evangelio de Cristo es un auténtico cambio y una transformación que se constata sensiblemente, y, por lo tanto, puede ser visible ante los ojos de los demás , tal como lo confirma la vida de los Santos y Santas de la Iglesia Católica a través de los siglos; santos y santas que han iluminado al mundo, que han sembrado la esperanza en ambientes difíciles y que, incluso, han iniciado verdaderas transformaciones sociales mediante el ejercicio de la caridad y la puesta en práctica de las Bienaventuranzas predicadas por Cristo, (cf. Mt.5, 2-10) llegando muchos de estos hombres y mujeres de toda edad a entregar generosamente hasta su propia vida en fidelidad de amor a quien nos amó primero y nos elevó con su muerte y resurrección a la dignidad de Hijos del Padre.

Aquí vuelvo a recordar a Santa María Virgen y Madre, modelo de entrega amorosa a Jesucristo. Mujer de oración constante, profetisa que denuncia al mal y que proclama la misericordia divina para los sencillos y pequeños; Socorro, Auxiliadora y Medianera que con su intercesión maternal nos consigue las gracias que nos hacen agradables al Señor; Madre de Dios que como luminosa estrella nos orienta hacia nuestra patria definitiva que es el cielo. (Cf. Lc. 1, 39-45; Mt. 2, 11; Lc. 1, 26-55; Lc. 2, 15-17)

b) La Palabra y los Sacramentos de la Iniciación Cristiana

Será necesario, para motivarnos a una participación entusiasta en la tarea evangelizadora y catequética y en toda actividad pastoral o ministerio de servicio y de caridad, el acudir a las Sagradas Escrituras, sobre todo a los Santos Evangelios. En la Biblia encontramos el Plan de Salvación de Dios sobre cada uno de nosotros. A ese Dios Amor, Padre nuestro, lo hemos conocido y hemos hecho una Alianza amorosa con El, el día de nuestro Bautismo y hemos confirmado nuestra fe cristiana al recibir la unción del Espíritu Santo en la Confirmación. En la Eucaristía, al unirnos con JESUCRISTO real y verdaderamente hasta darle todo nuestro ser para que El lo haga suyo, más aún, para que El nos transforme en El; en la Eucaristía, repito, es donde la Alianza Bautismal llega a su cumbre.

III PARTE: RENOVAR TODO EN CRISTO

Pero ahora podemos preguntarnos la manera de lograr un encuentro con Cristo Vivo Resucitado; ¿Cómo es posible llegar a amarlo si no lo vemos con los ojos de nuestra cara y no le oímos con nuestros oídos, ni le tocamos con nuestras manos?

También podría inquietarnos el modo mediante el cual podemos tener la certeza de darle gusto a Jesús y servirlo efectivamente. Desde este momento les digo, hermanos y hermanas, que debemos aceptar con humildad el no poder en esta tierra llegar a comprender plenamente el insondable misterio de Jesucristo y el no poderlo ver en su gloria con nuestros ojos carnales. Ese conocimiento y la visión cara a cara nos están reservados para la fiesta en la Jerusalén del cielo. (Cf. 1. Cor. 13 9-13; 1 Jn. 3, 1-2; Apoc. 21, 2)

a) En la Oración

Comienzo por recordar aquellas palabras de Jesús: “todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre; ni al Padre lo conoce nadie sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Cf. Mt. 11, 27).

A Simón Pedro que confiesa a Jesús, como Mesías y como Hijo del Dios Vivo, le dice el Señor: “Bienaventurado eres tú Simón, hijo de Jonás, lo que has dicho no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que esta en los cielos.”(Mt. 16, 17)

Se nos enseña en estos textos de la Biblia que el conocer a Cristo y confesarlo como Hijo de Dios es un don del Padre.

Si sabemos además que Dios revela sus secretos a los humildes,(Cf. Mt. 11, 25) tenemos indicado aquí un camino seguro para llegar al conocimiento de Jesús: La oración confiada y humilde, perseverante (sin cansarse nunca) implorando el perdón de nuestros pecados para que así, purificados, se nos haga posible ver gozosamente a Cristo con ojos de fe.(Cf. Lc. 18, 18; Lc. 10. 39, 41-42)

Les puedo decir que la gracia de la oración es regalo que Dios no niega a nadie.

b) En la Cruz

Acompañante de la oración debería ser la oferta hecha a Dios de nuestro propio ser, oferta manifestada en la penitencia, en la mortificación, que además de purificar con la acción del Espíritu Santo nuestra vida entera nos abrirá las puertas del Corazón de Jesucristo. Por penitencia entiendo también y principalmente el Sacramento de la Reconciliación y por mortificación el esfuerzo para luchar con la ayuda divina contra la tentación y acechanzas del diablo (Cf. I S. Pedro, 5, 6-9) sobre todo esforzándonos por cumplir nuestros deberes y obligaciones inherentes a nuestra vocación y estado.

Recordemos la enseñanza de Jesús: “si alguno quiere venir conmigo que se niegue a si mismo, tome su cruz y me siga” (Mt. 16, 24-26). Es en la cruz, dice el Papa Benedicto XVI, donde se puede contemplar la verdad de Dios Amor. (Cf. Deus C. E., 12)

c) En la Biblia

Se ha dicho, y yo creo que con verdad, que las épocas de frialdad espiritual en el corazón humano y en las comunidades se han dado porque la palabra de Dios no se ha escuchado claramente ni se ha proclamado y ofrecido con la abundancia y la generosidad requeridas.

La Misión y el Sínodo vienen en ayuda nuestra para que todos acudamos gustosos a la escucha de la Palabra, a la lectura y meditación de la Escrituras y para que los sacerdotes especialmente, tengamos la Palabra de Dios como indispensable para nuestro crecimiento espiritual y para hacer más vivo y eficaz nuestro apostolado. Será posible encontrar al Señor Jesucristo si lo buscamos en las Sagradas Escrituras.

Tenemos que corregir la mentalidad (si es que existe en nuestras familias y comunidades parroquiales) de que la Palabra de Dios es patrimonio de algunas sectas y de algunas comunidades e iglesias protestantes. En realidad ha sido la Iglesia Católica la que ha guardado celosamente el tesoro bíblico y la que ha ayudado a través de los siglos a comprenderla mejor con sus Catequesis y haciendo uso del poder magisterial que el mismo Cristo le dió. (Cf. Mc. 16. 15, 2 Pe. 3, 16-18; Hch.8, 31; Mt. 16, 18-19).

No olvidemos que quien, como la Virgen Santísima es fiel oyente de la Palabra se convierte en discípulo fiel de la misma Palabra que es Jesucristo. (cf. Lc.1. 45; 11. 27-8)

d) En la Iglesia y su Magisterio

Al hablar del Magisterio de la Iglesia debo agregar que precisamente la Iglesia es ella misma un signo o señal que nos conduce al conocimiento de Jesucristo.

Esa Vida del Señor Jesús se nos pone al alcance de nuestra mano en los sacramentos. Le debemos a la Iglesia el haber sido bautizados ya que recibimos el sacramento (los que lo recibimos de niños) en la fe de la Iglesia misma. Y, quienes se bautizan adultos, nacen como hijos de Dios también por la maternal intervención de la Iglesia.

Es la Iglesia la que nos perdona con el poder que Cristo le dio (Cf. Jn.20. 19-22) y es la Iglesia la que hace posible que tengamos un encuentro con Cristo vivo en la Eucaristía y en los demás sacramentos.

Me queda por decir que es necesaria la fe para creer y aceptar la presencia y la acción vivificante de Cristo en su Iglesia. Así como fue necesaria la fe para que los contemporáneos de Jesús lo reconocieran como Dios al verlo como un ser humano pobre y humilde, así también nosotros necesitamos la fe para descubrir su Divina (e invisible) presencia en la debilidad y pequeñez de su Iglesia.

e) En el Pobre

El ejercicio de la caridad sobre todo con los pobres y marginados, la misericordia con los pecadores y alejados de Dios, son caminos privilegiados no solo para encontrar al Señor, sino también para tener la dicha de ofrecer algo al Señor de nuestra parte. Ese algo que le damos al Señor es el servicio que hacemos a nuestros prójimos; es la misericordia que tratamos de usar con los demás; es el perdón que concedamos a quien nos ha ofendido; es, en fin, el amor que entregamos sin esperar nada a cambio, con la intención de hacer felices a otros y así glorificar al Buen Dios. (cf. Mt. 25, 31-46)

f) La Virgen

Me queda por señalar un camino seguro y santo para llegar al feliz encuentro personal con Jesucristo: su Purísima Madre.

La experiencia de la Iglesia, (experiencia que yo avalo desde mi condición de pecador perdonado) es que la voluntad de Dios que quiso dar el Salvador por medio de la Virgen María es también la de conceder por su mediación maternal todas las gracias y principalmente la gracia de las gracias que es la del conocimiento (con sentido bíblico) de la persona adorable de Jesús. Hermanos y hermanas: porque les quiero en Cristo permítanme aconsejarles que se acostumbren a mirar con amor y respeto a la Madre del Señor, que le ofrezcan homenajes de veneración y amor, que la invoquen con confianza filial sobre todo en las pruebas y tentaciones. Estoy seguro que, si así lo hacen, tarde o temprano se verificará el abrazo amoroso con Cristo. El estar en el Corazón Purísimo de Nuestra Madre es facilitarle a Ella que desarrolle en nosotros la vida de Jesús.

IV PARTE: PASTORAL DEL CARIÑO Y DEL AMOR EN CRISTO

No pretende la Iglesia en su misión apostólica humillar y esclavizar a los seres humanos mediante la fuerza de leyes ni bajo amenaza de castigos y sanciones. Tampoco la acción pastoral de la Iglesia va encaminada a hacer que todo los que forman el Pueblo de Dios sean iguales en todo.

Ya lo dijo S. Pablo: “Hay diversidad de dones pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios pero un mismo Señor; hay diversidad de actuaciones pero un mismo Dios que obra todo en todos”. (1 Cor. 12 1-30)

a) La Santidad

La Iglesia, pues, cumple su Misión mediante un trabajo planificado acorde a las enseñanzas del Evangelio y, bajo la acción del Espíritu Santo. Ayuda, (mediante normas, consejos y orientaciones) a que los hombres y mujeres que han respondido al anuncio del Evangelio, se integren a la comunidad eclesial y así conozcan al Señor Jesucristo y vayan relacionándose con EL hasta lograr la santidad, o vida en el AMOR. “La santidad, es hoy más que nunca, una urgencia pastoral”. (Juan Pablo II, NMI, 30)

Es verdad que la santidad no puede ser propiamente programada. Sería como encadenarnos con normas y leyes que por si mismas no pueden salvarnos ni renovar el corazón. Seria contradecir al apóstol San Pablo que nos dice que ya por la fe y el bautismo somos hijos de Dios y estamos liberados de toda ley y así debemos regirnos en adelante por el amor, (ley fundamental). (Cf. Gal. 4, 1-6)

Esto es tan cierto que es el mismo Espíritu Santo, el que ha puesto en nosotros los cristianos los sentimientos de hijos que nos hacen llamar a Dios con el nombre de PADRE (cf. Gal. 3, 10, 29; 4, 1 -7; 5. 1; Rm. 8, 14-17) y que derriba todas las murallas que nos separan a los seres humanos unos de otros.(Cf. Gal. 4, 1-6)

Así como en toda familia y en toda sociedad hay distribución de responsabilidades y normas que rigen y hacen más feliz la convivencia, así también en la Iglesia, Dios ha querido que tengamos como ley suprema y norma segura de vida la Caridad. Esta caridad inspira, motiva y muchas veces urge el cumplimiento de reglas de acción y de comportamiento, así como también corrige y hasta sanciona todo aquello que de palabra o de obra, lesiona o traiciona el amor.

Es por eso que puedo decir que todo proyecto o plan pastoral en la Diócesis debe expresar la bondad de Dios que nos ha comunicado su vida en el Bautismo, y debe igualmente motivarnos a cumplir los compromisos Bautismales, (la Alianza contraída con el Señor); debe invitar a consagrar a Dios todas nuestras acciones humanas (aún las más pequeñas, o que nos parezcan tales); debe iluminar el dolor y el sufrimiento humano y también la muerte con la luz de la cruz gloriosa del Señor; debe entregar los dones y ayudas espirituales que necesita todo bautizado para vencer el mal con el bien y para perseverar en la caridad; debe implorar siempre el socorro de la Virgen María y de los santos (y también de aquellos seres queridos y personas a quienes conocimos en la tierra y que ya han muerto para este mundo, pero que viven en Dios y para Dios).

b) Autoridad en la Iglesia

Lo dicho anteriormente sobre la libertad de los hijos de Dios no se opone a la autoridad en la Iglesia.

Jesucristo ha querido que su Iglesia cuente con personas constituidas por El con Autoridad (Cf. Mt. 16,13-19;19,27-29; Mc.16,15-16; Jn..20,19-23). Siendo la autoridad de la Iglesia la misma autoridad del Señor, el ejercicio de dicha autoridad debe de ser disposición humilde, como la de Cristo, (Cf. Jn.13,1-16) para servir hasta el sacrificio de la propia vida en beneficio de todo ser humano que esté en riesgo de perderse, e incluso, del que se encuentre esclavizado por los vicios y el pecado. (Cf.Lc. 10, 29-37 ) “Quien a ustedes oye a mi me oye” (Lc. 10, 16) afirmó Jesús.

c) Piedad Popular

En lo que respecta a la piedad popular, que para la inmensa mayoría de nosotros en la Diócesis ha sido el primer peldaño para disponernos al encuentro vivo con Cristo, afirmo que recibe su VALIDEZ y VIRTUD de la acción del Espíritu Santo, que asiste con sus mociones (y hasta con sus dones) a quienes con humildad y sencillez, buscan unirse con el Señor mediante sus sacrificios y sufrimientos, con ejercicios piadosos y oraciones sencillas, muchas de ellas (el Padre Nuestro, el Ave María), enseñadas por FAMILIARES y CATEQUISTAS que tuvieron la caridad de ponernos en el camino del Señor y en el de la Santísima Virgen. No nos podremos imaginar como se multiplicaría el mal en el mundo y como se destruirían tantas vidas humanas si actuando irresponsablemente dejamos desprotegida a la niñez y a la juventud destruyendo estas fuerzas espirituales de la Piedad Popular que vienen en auxilio de quienes fueron bautizados y confirmados y que (muchas veces) sin culpa propia no han sido instruidos y Catequizados en su fe.

En la Piedad Popular valorada y (si es el caso), corregida y sanada con paciencia y amor, tenemos un camino válido para la deseada inculturación del Evangelio.

d) Catequesis

La pastoral de la Iglesia deberá ayudar a crecer en la fe, esperanza y caridad a quienes ya están bautizados y confirmados mediante la catequesis sistemática en las Parroquias, pero también deberá la escuela católica apoyar y acompañar a los padres de familia para que no falte a sus hijos la instrucción religiosa.

e) Visita a hogares

En este momento vuelvo a rogarles, hermanos y hermanas que busquemos la mejor manera de lograr que quienes estén lejos y no les es posible acercarse a nosotros, sean visitados por nosotros llevándoles a sus propias casas el calor de la familia eclesial, acompañándoles en sus alegrías y dolores, para orar con ellos, para meditar la palabra de Dios junto con ellos, para darles el pan de la doctrina católica en la catequesis y, (de acuerdo a nuestras posibilidades), ofrecerles humildemente nuestro apoyo material.

Afirmo que es la voluntad de Dios que presentemos a la Iglesia como un hogar en el cual ningún ser humano se debe sentir extraño o rechazado. Esto requiere de nuestra parte, esfuerzos y hasta heroísmo, ya que, en más de una ocasión, tenemos que actuar contradiciendo nuestros gustos, nuestras comodidades y hasta inclinaciones de nuestra naturaleza que busca la estima, la satisfacción de los placeres de los sentidos, el interés económico, etc.

Como vemos, una pastoral así, que podría llamarse del cariño, de la ternura y del amor, jamás podrá interpretarse como sensiblería, espíritu apocado ni cobardía. Es todo lo contrario: Fuerza del Espíritu Santo.

f) Servicio de la Caridad

La práctica de la caridad pertenece a la esencia de la Iglesia, como el servicio de los Sacramentos y el Anuncio del Evangelio. Por eso la Iglesia debe aportar al mundo fuerzas espirituales en pro de la justicia y la paz. Las organizaciones caritativas son, pues, expresiones de la caridad eclesial y deben manifestar el amor del mismo Cristo. (Cf. Deus C. E. 22 y 29)

CONCLUSIÓN

Hermanos y hermanas: ciertamente que el ideal de vida cristiana y de la Misión Pastoral de la Iglesia, que les he presentado, es difícil y (a pesar de lo apasionante que es), seria hasta desalentador si solo nos fijamos en nosotros mismos y en nuestras fuerzas y capacidades; pero debemos recordar que “todo lo podemos con Cristo que nos fortalece” (Fil. 4, 13 ) y que El es nuestra Esperanza que no nos dejará burlados (Cf.Rm.5, 3-5). Si así lo hacemos yo les aseguro que “veremos la gloria de Dios” irradiar en nuestra oscurecida sociedad humana. (Cf. Jn. 11, 40; Mc. 9, 23; Jn. 1, 51)

Poco lograríamos creando estructuras, y elaborando leyes, en el Sínodo Diocesano, sin la conversión personal y comunitaria, sin la Comunión Eclesial, sin la decisión de ponernos al servicio humilde de la causa de la verdadera Reconciliación trabajando por el dialogo, la solidaridad y ejercitando las obras de misericordia, así como también luchando (con los medios del Evangelio) por la verdad, la justicia, el amor y la paz en nuestras familias y en la sociedad general.

Quiero, pues, con esta Carta animar, en primer lugar, a los Sacerdotes y Diáconos Diocesanos, que llevan conmigo la responsabilidad de administrar las cosas de Dios. No defraudemos, hermanos, al Señor que nos ha amado y que ha confiado en nosotros.

A los Religiosos y Religiosas deseo invitarles a encender más en sus corazones el fuego del Amor hacia Aquel que les ha elegido para que den testimonio de El en los colegios, hospitales, Hogares de niños, de jóvenes, de ancianos, en las Parroquias y en las diversas instituciones eclesiales de la Diócesis. Recuerdo de manera especial a las Religiosas Contemplativas agradeciéndoles su amor alegre y sacrificado por la Iglesia.

Me siento impulsado por la caridad de Cristo a animar con especial cuidado a todos los hermanos y hermanas laicos que están en movimientos y asociaciones y a los que laboran en las Parroquias y que cumplen con la Misión de la Iglesia como Catequistas, Delegados de la Palabra de Dios, ministros de la caridad con los enfermos, con los privados de libertad, etc. A los hermanos y hermanas comprometidos en la transformación social acorde a la doctrina de la Iglesia; a quienes particularmente defienden la vida humana y la familia; a quienes trabajan en las Comisiones de Justicia y Paz; a quienes trabajan en Nuestra Radio Magnificat y demas medios de comunicación social, en Caritas de León y en Centros Culturales de la Iglesia. Sepan todos, hombres y mujeres, que Cristo bendice amorosamente sus trabajos, con los que llevan la Buena Nueva a todos los sectores de la Diócesis y ayudan a acortar la distancia que pudiera haber entre fe y ciencia, entre evangelización y cultura.

No me queda más que anunciar oficialmente que la fecha de apertura o inauguración oficial de los trabajos sinodales será el jueves 20 de Noviembre de 2008. Trabajaremos en etapas durante los meses siguientes hasta culminar el Sínodo bajo el signo de la Cruz, el día 3 de Mayo del año 2009.

Adjunto a esta carta irá la lista de las personas que deben participar por derecho o por invitación especial o por representación de los Sacerdote y Religiosos. A todas estas personas les recuerdo la obligatoriedad de esta convocatoria.

En el Corazón Inmaculado de Nuestra Señora, la Madre de Dios , pongo todo el trabajo Sinodal y todo lo que el Señor tenga a bien inspirarnos en el Sínodo para fortalecer en adelante, con el Espíritu Santo a nuestra Diócesis.

Que desde el Corazón de la Purísima, Madre nuestra, y bajo la acción del Divino Espíritu, tengamos el valor y el gozo de anunciar a JESUCRISTO, Muerto y Resucitado como el Único Salvador del mundo y de la humanidad para gloria de Dios Padre. Amén.

León, 01 de Nov. 2008
Solemnidad de todos los Santos
Mons. Bosco Vivas Robelo
50º Obispo de León



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