Documentos Iglesia, Ecclesia in América (J. Pablo II) - Written by Archivo Calasanz on Miércoles, Enero 28, 2009 19:09 - 0 Comments

ECCLESIA IN AMERICA (Juan Pablo II) II - El encuentro con Jesucristo en el hoy de América

ÍNDICE


CAPITULO II
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO EN EL HOY DE AMERICA

“A quien se le dio mucho, se le reclamará mucho” (Lc 12, 48)

Situación de los hombres y mujeres de América y su encuentro con el Señor

13. En los Evangelios se narran encuentros con Cristo de personas en situaciones muy diferentes. A veces se trata de situaciones de pecado, que dejan entre-ver la necesidad de la conversión y del perdón del Señor. En otras circunstan-cias se dan actitudes positivas de búsqueda de la verdad, de auténtica con-fianza en Jesús, que llevan a establecer una relación de amistad con Él, y que estimulan el deseo de imitarlo. No pueden olvidarse tampoco los dones con los que el Señor prepara a algunos para un encuentro posterior. Así Dios, haciendo a María “llena de gracia” (Lc 1, 28) desde el primer momento, la preparó para que en ella tuviera lugar el más importante encuentro divino con la naturaleza humana: el misterio inefable de la Encarnación.

Como los pecados y las virtudes sociales no existen en abstracto, sino que son el resultado de actos personales, (31) es necesario tener presente que Amé-rica es hoy una realidad compleja, fruto de las tendencias y modos de proce-der de los hombres y mujeres que lo habitan. En esta situación real y concre-ta es donde ellos han de encontrarse con Jesús.

Identidad cristiana de América

14. El mayor don que América ha recibido del Señor es la fe, que ha ido forjando su identidad cristiana. Hace ya más de quinientos años que el nombre de Cristo comenzó a ser anunciado en el Continente. Fruto de la evangelización, que ha acompañado los movimientos migratorios desde Europa, es la fisono-mía religiosa americana, impregnada de los valores morales que, si bien no siempre se han vivido coherentemente y en ocasiones se han puesto en discu-sión, pueden considerarse en cierto modo patrimonio de todos los habitantes de América, incluso de quienes no se identifican con ellos. Es claro que la identidad cristiana de América no puede considerarse como sinónimo de identidad católica. La presencia de otras confesiones cristianas en grado ma-yor o menor en diferentes partes de América, hace especialmente urgente el compromiso ecuménico, para buscar la unidad entre todos los creyentes en Cristo. (32)

Frutos de santidad

15. La expresión y los mejores frutos de la identidad cristiana de América son sus santos. En ellos, el encuentro con Cristo vivo “es tan profundo y comprome-tido [...] que se convierte en fuego que lo consume todo, e impulsa a cons-truir su Reino, a hacer que Él y la nueva alianza sean el sentido y el alma de [...] la vida personal y comunitaria”. (33) América ha visto florecer los frutos de la santidad desde los comienzos de su evangelización. Este es el caso de santa Rosa de Lima (1586-1617), “la primera flor de santidad en el Nuevo Mundo”, proclamada patrona principal de América en 1670 por el Papa Cle-mente X. (34) Después de ella, el santoral americano se ha ido incrementan-do hasta alcanzar su amplitud actual. (35) Las beatificaciones y canonizacio-nes, con las que no pocos hijos e hijas del Continente han sido elevados al honor de los altares, ofrecen modelos heroicos de vida cristiana en la diver-sidad de estados de vida y de ambientes sociales. La Iglesia, al beatificarlos o canonizarlos, ve en ellos a poderosos intercesores unidos a Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, mediador entre Dios y los hombres. Los Beatos y Santos de América acompañan con solicitud fraterna a los hombres y mujeres de su tie-rra que, entre gozos y sufrimientos, caminan hacia el encuentro definitivo con el Señor. (36) Para fomentar cada vez más su imitación y para que los fie-les recurran de una manera más frecuente y fructuosa a su intercesión, con-sidero muy oportuna la propuesta de los Padres sinodales de preparar “una colección de breves biografías de los Santos y Beatos americanos. Esto puede iluminar y estimular en América la respuesta a la vocación universal a la san-tidad”. (37)

Entre sus Santos, “la historia de la evangelización de América reconoce nu-merosos mártires, varones y mujeres, tanto Obispos, como presbíteros, reli-giosos y laicos, que con su sangre regaron [...] [estas] naciones. Ellos, como nube de testigos (cf. Hb 12, 1), nos estimulan para que asumamos hoy, sin temor y ardorosamente, la nueva evangelización”. (38) Es necesario que sus ejemplos de entrega sin límites a la causa del Evangelio sean no sólo preser-vados del olvido, sino más conocidos y difundidos entre los fieles del Conti-nente. Al respecto, escribía en la Tertio millennio adveniente: “Las Iglesias locales hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufri-do el martirio, recogiendo para ello la documentación necesaria”. (39)

La piedad popular

16. Una característica peculiar de América es la existencia de una piedad popu-lar profundamente enraizada en sus diversas naciones. Está presente en to-dos los niveles y sectores sociales, revistiendo una especial importancia como lugar de encuentro con Cristo para todos aquellos que con espíritu de pobre-za y humildad de corazón buscan sinceramente a Dios (cf. Mt 11, 25). Las ex-presiones de esta piedad son numerosas: “Las peregrinaciones a los santua-rios de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos, la oración por las almas del purgatorio, el uso de sacramentales (agua, aceite, cirios…). Éstas y tan-tas otras expresiones de la piedad popular ofrecen oportunidad para que los fieles encuentren a Cristo viviente”. (40) Los Padres sinodales han subrayado la urgencia de descubrir, en las manifestaciones de la religiosidad popular, los verdaderos valores espirituales, para enriquecerlos con los elementos de la genuina doctrina católica, a fin de que esta religiosidad lleve a un compromi-so sincero de conversión y a una experiencia concreta de caridad. (41) La piedad popular, si está orientada convenientemente, contribuye también a acrecentar en los fieles la conciencia de pertenecer a la Iglesia, alimentando su fervor y ofreciendo así una respuesta válida a los actuales desafíos de la secularización. (42)

Ya que en América la piedad popular es expresión de la inculturación de la fe católica y muchas de sus manifestaciones han asumido formas religiosas au-tóctonas, es oportuno destacar la posibilidad de sacar de ellas, con clarivi-dente prudencia, indicaciones válidas para una mayor inculturación del Evan-gelio. (43) Ello es especialmente importante entre las poblaciones indígenas, para que “las semillas del Verbo” presentes en sus culturas lleguen a su ple-nitud en Cristo. (44) Lo mismo debe decirse de los americanos de origen afri-cano. La Iglesia “reconoce que tiene la obligación de acercarse a estos ame-ricanos a partir de su cultura, considerando seriamente las riquezas espiri-tuales y humanas de esta cultura que marca su modo de celebrar el culto, su sentido de alegría y de solidaridad, su lengua y sus tradiciones”. (45)

Presencia católico-oriental en América

17. La inmigración a América es casi una constante de su historia desde los co-mienzos de la evangelización hasta nuestros días. Dentro de este complejo fenómeno debe señalarse que, en los últimos tiempos, diversas regiones de América han acogido a numerosos miembros de las Iglesias católicas orienta-les que, por diversas causas, han abandonado sus territorios de origen. Un primer movimiento migratorio procedía, sobre todo, de Ucrania occidental; posteriormente se ha extendido a las naciones del Medio Oriente. De este modo, ha sido necesaria pastoralmente la creación de una jerarquía católica oriental para estos fieles inmigrantes y para sus descendientes. Las normas emanadas por el Concilio Vaticano II, que los Padres sinodales han recordado, reconocen que las Iglesias orientales “tienen derecho y obligación de regirse según sus respectivas disciplinas peculiares”, ya que tienen la misión de dar testimonio de una antiquísima tradición doctrinal, litúrgica y monástica. Por otra parte, dichas Iglesias deben conservar sus propias disciplinas, ya que és-tas “son más adaptadas a las costumbres de sus fieles y resultan más adecua-das para procurar el bien de las almas”. (46) Si la Comunidad eclesial univer-sal necesita la sinergia entre las Iglesias particulares de Oriente y de Occi-dente para poder respirar con sus dos pulmones, en la esperanza de lograr hacerlo plenamente a través de la perfecta comunión entre la Iglesia católica y las orientales separadas, (47) hay que alegrarse por la reciente implanta-ción de Iglesias orientales junto a las latinas, establecidas allí desde el prin-cipio, porque de este modo puede manifestarse mejor la catolicidad de la Iglesia del Señor. (48)

La Iglesia en el campo de la educación y de la acción social

18. Entre los factores que favorecen la influencia de la Iglesia en la formación cristiana de los americanos, debe señalarse su amplia presencia en el campo de la educación y, de modo especial, en el mundo universitario. Las numero-sas Universidades católicas diseminadas por el Continente son un rasgo carac-terístico de la vida eclesial en América. Así mismo, en la enseñanza primaria y secundaria el alto número de escuelas católicas ofrece la posibilidad de una acción evangelizadora de alcance muy amplio, siempre que vaya acompañada por una decidida voluntad de impartir una educación verdaderamente cris-tiana. (49)

Otro campo importante en el que la Iglesia está presente en toda América es el de la asistencia caritativa y social. Las múltiples iniciativas para la aten-ción de los ancianos, los enfermos y de cuantos están necesitados de auxilio en asilos, hospitales, dispensarios, comedores gratuitos y otros centros socia-les, son testimonio palpable del amor preferencial por los pobres que la Igle-sia en América lleva adelante movida por el amor a su Señor y consciente de que “Jesús se ha identificado con ellos (cf. Mt 25, 31-46)”. (50) En esta ta-rea, que no conoce fronteras, la Iglesia ha sabido crear una conciencia de so-lidaridad concreta entre las diversas comunidades del Continente y del mun-do entero, manifestando así la fraternidad que debe caracterizar a los cris-tianos de todo tiempo y lugar.

El servicio a los pobres, para que sea evangélico y evangelizador, ha de ser fiel reflejo de la actitud de Jesús, que vino “para anunciar a los pobres la Buena Nueva” (Lc 4, 18). Realizado con este espíritu, llega a ser manifesta-ción del amor infinito de Dios por todos los hombres y un modo elocuente de transmitir la esperanza de salvación que Cristo ha traído al mundo, y que resplandece de manera particular cuando es comunicada a los abandonados y desechados de la sociedad.

Esta constante dedicación a los pobres y desheredados se refleja en el Magis-terio social de la Iglesia, que no se cansa de invitar a la comunidad cristiana a comprometerse en la superación de toda forma de explotación y opresión. En efecto, se trata no sólo de aliviar las necesidades más graves y urgentes mediante acciones individuales y esporádicas, sino de poner de relieve las raíces del mal, proponiendo intervenciones que den a las estructuras socia-les, políticas y económicas una configuración más justa y solidaria.

Creciente respeto de los derechos humanos

19. En el ámbito civil, pero con implicaciones morales inmediatas, debe señalar-se entre los aspectos positivos de la América actual la creciente implantación en todo el Continente de sistemas políticos democráticos y la progresiva re-ducción de regímenes dictatoriales. La Iglesia ve con agrado esta evolución, en la medida en que esto favorezca cada vez más un evidente respeto de los derechos de cada uno, incluidos los del procesado y del reo, respecto a los cuales no es legítimo el recurso a métodos de detención y de interrogatorio —pienso concretamente en la tortura— lesivos de la dignidad humana. En efecto, “el Estado de Derecho es la condición necesaria para establecer una verdadera democracia”. (51)

Por otra parte, la existencia de un Estado de Derecho implica en los ciudada-nos y, más aún, en la clase dirigente el convencimiento de que la libertad no puede estar desvinculada de la verdad. (52) En efecto, “los graves problemas que amenazan la dignidad de la persona humana, la familia, el matrimonio, la educación, la economía y las condiciones de trabajo, la calidad de la vida y la vida misma, proponen la cuestión del Derecho”. (53) Los Padres sinoda-les han subrayado con razón que “los derechos fundamentales de la persona humana están inscritos en su misma naturaleza, son queridos por Dios y, por tanto, exigen su observancia y aceptación universal. Ninguna autoridad humana puede transgredirlos apelando a la mayoría o a los consensos políti-cos, con el pretexto de que así se respetan el pluralismo y la democracia. Por ello, la Iglesia debe comprometerse en formar y acompañar a los laicos que están presentes en los órganos legislativos, en el gobierno y en la administra-ción de la justicia, para que las leyes expresen siempre los principios y los valores morales que sean conformes con una sana antropología y que tengan presente el bien común”. (54)

El fenómeno de la globalización

20. Una característica del mundo actual es la tendencia a la globalización, fe-nómeno que, aun no siendo exclusivamente americano, es más perceptible y tiene mayores repercusiones en América. Se trata de un proceso que se im-pone debido a la mayor comunicación entre las diversas partes del mundo, llevando prácticamente a la superación de las distancias, con efectos eviden-tes en campos muy diversos.

Desde el punto de vista ético, puede tener una valoración positiva o negati-va. En realidad, hay una globalización económica que trae consigo ciertas consecuencias positivas, como el fomento de la eficiencia y el incremento de la producción, y que, con el desarrollo de las relaciones entre los diversos países en lo económico, puede fortalecer el proceso de unidad de los pueblos y realizar mejor el servicio a la familia humana. Sin embargo, si la globaliza-ción se rige por las meras leyes del mercado aplicadas según las convenien-cias de los poderosos, lleva a consecuencias negativas. Tales son, por ejem-plo, la atribución de un valor absoluto a la economía, el desempleo, la dis-minución y el deterioro de ciertos servicios públicos, la destrucción del am-biente y de la naturaleza, el aumento de las diferencias entre ricos y pobres, y la competencia injusta que coloca a las naciones pobres en una situación de inferioridad cada vez más acentuada. (55) La Iglesia, aunque reconoce los valores positivos que la globalización comporta, mira con inquietud los as-pectos negativos derivados de ella.

¿Y qué decir de la globalización cultural producida por la fuerza de los me-dios de comunicación social? Éstos imponen nuevas escalas de valores por doquier, a menudo arbitrarios y en el fondo materialistas, frente a los cuales es muy difícil mantener viva la adhesión a los valores del Evangelio.

La urbanización creciente

21. El fenómeno de la urbanización continúa creciendo también en América. Desde hace algunos lustros el Continente está viviendo un éxodo constante del campo a la ciudad. Se trata de un fenómeno complejo, ya descrito por mi predecesor Pablo VI. (56) Las causas de este fenómeno son varias, pero entre ellas sobresale principalmente la pobreza y el subdesarrollo de las zonas ru-rales, donde con frecuencia faltan los servicios, las comunicaciones, las es-tructuras educativas y sanitarias. La ciudad, además, con las características de diversión y bienestar con que no pocas veces la presentan los medios de comunicación social, ejerce un atractivo especial para las gentes sencillas del campo.

La frecuente falta de planificación en este proceso acarrea muchos males. Como han señalado los Padres sinodales, “en ciertos casos, algunas partes de las ciudades son como islas en las que se acumula la violencia, la delincuen-cia juvenil y la atmósfera de desesperación”. (57) El fenómeno de la urbani-zación presenta asimismo grandes desafíos a la acción pastoral de la Iglesia, que ha de hacer frente al desarraigo cultural, la pérdida de costumbres fami-liares y al alejamiento de las propias tradiciones religiosas, que no pocas ve-ces lleva al naufragio de la fe, privada de aquellas manifestaciones que con-tribuían a sostenerla.

Evangelizar la cultura urbana es, pues, un reto apremiante para la Iglesia, que así como supo evangelizar la cultura rural durante siglos, está hoy llama-da a llevar a cabo una evangelización urbana metódica y capilar mediante la catequesis, la liturgia y las propias estructuras pastorales. (58)

El peso de la deuda externa

22. Los Padres sinodales han manifestado su preocupación por la deuda externa que afecta a muchas naciones americanas, expresando de este modo su soli-daridad con las mismas. Ellos llaman justamente la atención de la opinión pública sobre la complejidad del tema, reconociendo “que la deuda es fre-cuentemente fruto de la corrupción y de la mala administración”. (59) En el espíritu de la reflexión sinodal, este reconocimiento no pretende concentrar en un sólo polo las responsabilidades de un fenómeno que es sumamente complejo en su origen y en sus soluciones. (60)

En efecto, entre las múltiples causas que han llevado a una deuda externa abrumadora deben señalarse no sólo los elevados intereses, fruto de políticas financieras especulativas, sino también la irresponsabilidad de algunos go-bernantes que, al contraer la deuda, no reflexionaron suficientemente sobre las posibilidades reales de pago, con el agravante de que sumas ingentes ob-tenidas mediante préstamos internacionales se han destinado a veces al en-riquecimiento de personas concretas, en vez de ser dedicadas a sostener los cambios necesarios para el desarrollo del país. Por otra parte, sería injusto que las consecuencias de estas decisiones irresponsables pesaran sobre quie-nes no las tomaron. La gravedad de la situación es aún más comprensible, si se tiene en cuenta que “ya el mero pago de los intereses es un peso sobre la economía de las naciones pobres, que quita a las autoridades la disponibili-dad del dinero necesario para el desarrollo social, la educación, la sanidad y la institución de un depósito para crear trabajo”. (61)

La corrupción

23. La corrupción, frecuentemente presente entre las causas de la agobiante deuda externa, es un problema grave que debe ser considerado atentamen-te. La corrupción “sin guardar límites, afecta a las personas, a las estructuras públicas y privadas de poder y a las clases dirigentes”. Se trata de una situa-ción que “favorece la impunidad y el enriquecimiento ilícito, la falta de con-fianza con respecto a las instituciones políticas, sobre todo en la administra-ción de la justicia y en la inversión pública, no siempre clara, igual y eficaz para todos”. (62)

A este propósito, deseo recordar cuanto escribí en el Mensaje para la Jornada mundial de la Paz de 1998, que la lacra de la corrupción ha de ser denuncia-da y combatida con valentía por quienes detentan la autoridad y con la “co-laboración generosa de todos los ciudadanos, sostenidos por una fuerte con-ciencia moral”. (63) Los adecuados organismos de control y la transparencia de las transacciones económicas y financieras previenen ulteriormente y evi-tan en muchos casos que se extienda la corrupción, cuyas consecuencias ne-fastas recaen principalmente sobre los más pobres y desvalidos. Son además los pobres los primeros en sufrir los retrasos, la ineficiencia, la ausencia de una defensa adecuada y las carencias estructurales, cuando la administración de la justicia es corrupta.

Comercio y consumo de drogas

24. El comercio y el consumo de drogas son una seria amenaza para las estructu-ras sociales de las naciones en América. Esto “contribuye a los crímenes y a la violencia, a la destrucción de la vida familiar, a la destrucción física y emocional de muchos individuos y comunidades, sobre todo entre los jóve-nes. Corroe la dimensión ética del trabajo y contribuye a aumentar el núme-ro de personas en las cárceles, en una palabra, a la degradación de la perso-na en cuanto creada a imagen de Dios”. (64) Este nefasto comercio lleva también “a destruir gobiernos, corroyendo la seguridad económica y la esta-bilidad de las naciones”. (65) Estamos ante uno de los desafíos más apre-miantes a los que deben enfrentarse muchas naciones del mundo. En efecto, es un desafío que hipoteca gran parte de los logros obtenidos en los últimos tiempos para el progreso de la humanidad. Para algunas naciones de Améri-ca, la producción, el tráfico y el consumo de drogas son factores que com-prometen su prestigio internacional, porque limitan su credibilidad y dificul-tan la deseada colaboración con otros países, tan necesaria en nuestros días para el desarrollo armónico de cada pueblo.

Preocupación por la ecología

25. “Y vio Dios que estaba bien” (Gn 1, 25). Estas palabras que leemos en el primer capítulo del Libro del Génesis, muestran el sentido de la obra realiza-da por Él. El Creador confía al hombre, coronación de toda la obra de la creación, el cuidado de la tierra (cf. Gn 2, 15). De aquí surgen obligaciones muy concretas para cada persona relativas a la ecología. Su cumplimiento supone la apertura a una perspectiva espiritual y ética, que supere las acti-tudes y “los estilos de vida conducidos por el egoísmo que llevan al agota-miento de los recursos naturales”. (66)

Incluso en este sector, hoy tan actual, es muy importante la intervención de los creyentes. Es necesaria la colaboración de todos los hombres de buena voluntad con las instancias legislativas y de gobierno para conseguir una pro-tección eficaz del medio ambiente, considerado como don de Dios. ¡Cuántos abusos y daños ecológicos se dan también en muchas regiones americanas! Baste pensar en la emisión incontrolada de gases nocivos o en el dramático fenómeno de los incendios forestales, provocados a veces intencionadamente por personas movidas por intereses egoístas. Estas devastaciones pueden conducir a una verdadera desertización de no pocas zonas de América, con las inevitables secuelas de hambre y miseria. El problema se plantea, con es-pecial intensidad, en la selva amazónica, inmenso territorio que abarca va-rias naciones: del Brasil a la Guayana, a Surinam, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. (67) Es uno de los espacios naturales más apreciados en el mundo por su diversidad biológica, siendo vital para el equilibrio am-biental de todo el planeta.



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