Documentos Iglesia, Ecclesia in América (J. Pablo II) - Written by Archivo Calasanz on Jueves, Enero 29, 2009 0:03 - 0 Comments

ECCLESIA IN AMERICA (Juan Pablo II), IV - Camino para la comunión

ÍNDICE

CAPÍTULO IV
CAMINO PARA LA COMUNIÓN
“Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros” (Jn 17, 21)

La Iglesia, sacramento de comunión

33. “Ante un mundo roto y deseoso de unidad es necesario proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión, Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidad en la dis-tinción, el cual llama a todos los hombres a que participen de la misma co-munión trinitaria. Es necesario proclamar que esta comunión es el proyecto magnífico de Dios [Padre]; que Jesucristo, que se ha hecho hombre, es el punto central de la misma comunión, y que el Espíritu Santo trabaja constan-temente para crear la comunión y restaurarla cuando se hubiera roto. Es ne-cesario proclamar que la Iglesia es signo e instrumento de la comunión queri-da por Dios, iniciada en el tiempo y dirigida a su perfección en la plenitud del Reino”. (97) La Iglesia es signo de comunión porque sus miembros, como sarmientos, participan de la misma vida de Cristo, la verdadera vid (cf. Jn 15, 5). En efecto, por la comunión con Cristo, Cabeza del Cuerpo místico, en-tramos en comunión viva con todos los creyentes.

Esta comunión, existente en la Iglesia y esencial a su naturaleza, (98) debe manifestarse a través de signos concretos, “como podrían ser: la oración en común de unos por otros, el impulso a las relaciones entre las Conferencias Episcopales, los vínculos entre Obispo y Obispo, las relaciones de hermandad entre las diócesis y las parroquias, y la mutua comunicación de agentes pas-torales para acciones misionales específicas”. (99) La comunión eclesial im-plica conservar el depósito de la fe en su pureza e integridad, así como tam-bién la unidad de todo el Colegio de los Obispos bajo la autoridad del Sucesor de Pedro. En este contexto, los Padres sinodales han señalado que “el forta-lecimiento del oficio petrino es fundamental para la preservación de la uni-dad de la Iglesia”, y que “el ejercicio pleno del primado de Pedro es funda-mental para la identidad y la vitalidad de la Iglesia en América”. (100) Por encargo del Señor, a Pedro y a sus Sucesores corresponde el oficio de confir-mar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 32) y de pastorear toda la grey de Cristo (cf. Jn 21, 15-17). Asimismo, el Sucesor del príncipe de los Apóstoles está llamado a ser la piedra sobre la que la Iglesia está edificada, y a ejercer el ministerio derivado de ser el depositario de las llaves del Reino (cf. Mt 16, 18-19). El Vicario de Cristo es, pues, “el perpetuo principio de [...] unidad y el fundamento visible” de la Iglesia. (101)

Iniciación cristiana y comunión

34. La comunión de vida en la Iglesia se obtiene por los sacramentos de la inicia-ción cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. El Bautismo es “la puerta de la vida espiritual: pues por él nos hacemos miembros de Cristo, y del cuerpo de la Iglesia”. (102) Los bautizados, al recibir la Confirmación “se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza espe-cial del Espíritu Santo, y con ello quedan obligados más estrictamente a di-fundir y defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra juntamente con las obras”. (103) El proceso de la iniciación cristiana se per-fecciona y culmina con la recepción de la Eucaristía, por la cual el bautizado se inserta plenamente en el Cuerpo de Cristo. (104)

“Estos sacramentos son una excelente oportunidad para una buena evangeli-zación y catequesis, cuando su preparación se hace por agentes dotados de fe y competencia”. (105) Aunque en las diversas diócesis de América se ha avanzado mucho en la preparación para los sacramentos de la iniciación cris-tiana, los Padres sinodales se lamentaban de que todavía “son muchos los que los reciben sin la suficiente formación”. (106) En el caso del bautismo de niños no debe omitirse un esfuerzo catequizador de cara a los padres y pa-drinos.

La Eucaristía, centro de comunión con Dios y con los hermanos

35. La realidad de la Eucaristía no se agota en el hecho de ser el sacramento con el que se culmina la iniciación cristiana. Mientras el Bautismo y la Confirma-ción tienen la función de iniciar e introducir en la vida propia de la Iglesia, no siendo repetibles, (107) la Eucaristía continúa siendo el centro vivo per-manente en torno al cual se congrega toda la comunidad eclesial. (108) Los diversos aspectos de este sacramento muestran su inagotable riqueza: es, al mismo tiempo, sacramento-sacrificio, sacramento-comunión, sacramento-presencia. (109)

La Eucaristía es el lugar privilegiado para el encuentro con Cristo vivo. Por ello los Pastores del pueblo de Dios en América, a través de la predicación y la catequesis, deben esforzarse en “dar a la celebración eucarística domini-cal una nueva fuerza, como fuente y culminación de la vida de la Iglesia, prenda de su comunión en el Cuerpo de Cristo e invitación a la solidaridad como expresión del mandato del Señor: “que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 13, 34)”. (110) Como sugieren los Padres sinoda-les, dicho esfuerzo debe tener en cuenta varias dimensiones fundamentales. Ante todo, es necesario que los fieles sean conscientes de que la Eucaristía es un inmenso don, a fin de que hagan todo lo posible para participar activa y dignamente en ella, al menos los domingos y días festivos. Al mismo tiem-po, se han de promover “todos los esfuerzos de los sacerdotes para hacer más fácil esa participación y posibilitarla en las comunidades lejanas”. (111) Habrá que recordar a los fieles que “la participación plena en ella, conscien-te y activa, aunque es esencialmente distinta del oficio del sacerdote orde-nado, es una actuación del sacerdocio común recibido en el Bautismo”. (112)

La necesidad de que los fieles participen en la Eucaristía y las dificultades que surgen por la escasez de sacerdotes, hacen patente la urgencia de fo-mentar las vocaciones sacerdotales. (113) Es también necesario recordar a toda la Iglesia en América “el lazo existente entre la Eucaristía y la caridad”, (114) lazo que la Iglesia primitiva expresaba uniendo el ágape con la Cena eucarística. (115) La participación en la Eucaristía debe llevar a una acción caritativa más intensa como fruto de la gracia recibida en este sacramento.

Los Obispos, promotores de comunión

36. La comunión en la Iglesia, precisamente porque es un signo de vida, debe crecer continuamente. En consecuencia, los Obispos, recordando que “son, individualmente, el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares”, (116) deben sentirse llamados a promover la comunión en su propia diócesis para que sea más eficaz el esfuerzo por la nueva evangeliza-ción de América. El esfuerzo comunitario se ve facilitado por los organismos previstos por el Concilio Vaticano II como apoyo de la actividad del Obispo diocesano, los cuales han sido definidos más detalladamente por la legisla-ción postconciliar. (117) “Corresponde al Obispo, con la cooperación de los sacerdotes, los diáconos, los consagrados y los laicos [...] realizar un plan de acción pastoral de conjunto, que sea orgánico y participativo, que llegue a todos los miembros de la Iglesia y suscite su conciencia misionera”. (118)

Cada Ordinario debe promover en los sacerdotes y fieles la conciencia de que la diócesis es la expresión visible de la comunión eclesial, que se forma en la mesa de la Palabra y de la Eucaristía en torno al Obispo, unido con el Colegio episcopal y bajo su Cabeza, el Romano Pontífice. Ella en cuanto Iglesia parti-cular tiene la misión de empezar y fomentar el encuentro de todos los miem-bros del pueblo de Dios con Jesucristo, (119) en el respeto y promoción de la pluralidad y de la diversidad que no obstaculizan la unidad, sino que le con-fieren el carácter de comunión. (120) Un conocimiento más profundo de lo que es la Iglesia particular favorecerá ciertamente el espíritu de participa-ción y corresponsabilidad en la vida de los organismos diocesanos. (121)

Una comunión más intensa entre las Iglesias particulares

37. La Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos, la primera en la historia que ha reunido a Obispos de todo el Continente, ha sido percibida por todos como una gracia especial del Señor a la Iglesia que peregrina en América. Esta Asamblea ha reforzado la comunión que debe existir entre las Comunidades eclesiales del Continente, haciendo ver a todos la necesidad de incrementarla ulteriormente. Las experiencias de comunión episcopal, fre-cuentes sobre todo después del Concilio Vaticano II por la consolidación y di-fusión de las Conferencias Episcopales, deben entenderse como encuentros con Cristo vivo, presente en los hermanos que están reunidos en su nombre (cf. Mt 18, 20).

La experiencia sinodal ha enseñado también las riquezas de una comunión que se extiende más allá de los límites de cada Conferencia Episcopal. Aun-que ya existen formas de diálogo que superan tales confines, los Padres sino-dales sugieren la conveniencia de fortalecer las reuniones interamericanas, promovidas ya por las Conferencias Episcopales de las diversas Naciones ame-ricanas, como expresión de solidaridad efectiva y lugar de encuentro y de es-tudio de los desafíos comunes para la evangelización de América. (122) Será igualmente oportuno definir con exactitud el carácter de tales encuentros, de modo que lleguen a ser, cada vez más, expresión de comunión entre todos los Pastores. Aparte de estas reuniones más amplias, puede ser útil, cuando las circunstancias lo requieran, crear comisiones específicas para profundizar los temas comunes que afectan a toda América. Campos en los que parece especialmente necesario “que se dé un impulso a la cooperación, son las co-municaciones pastorales mutuas, la cooperación misional, la educación, las migraciones, el ecumenismo”. (123)

Los Obispos, que tienen el deber de impulsar la comunión entre las Iglesias particulares, alentarán a los fieles a vivir más intensamente la dimensión comunitaria, asumiendo “la responsabilidad de desarrollar los lazos de co-munión con las Iglesias locales en otras partes de América por la educación, la mutua comunicación, la unión fraterna entre parroquias y diócesis, planes de cooperación, y defensas unidas en temas de mayor importancia, sobre to-do los que afectan a los pobres”. (124)

Comunión fraterna con las Iglesias católicas orientales

38. El fenómeno reciente de la implantación y desarrollo en América de Iglesias particulares católicas orientales, dotadas de jerarquía propia, ha merecido una especial atención por parte de algunos Padres sinodales. Un sincero de-seo de abrazar cordial y eficazmente a estos hermanos en la fe y en la comu-nión jerárquica bajo el Sucesor de Pedro, ha llevado a la Asamblea sinodal a proponer sugerencias concretas de ayuda fraterna por parte de las Iglesias particulares latinas a las Iglesias católicas orientales existentes en el Conti-nente. Así, por ejemplo, se propone que sacerdotes de rito latino, sobre todo de origen oriental, puedan ofrecer su colaboración litúrgica a las comunida-des orientales carentes de un número suficiente de presbíteros. Igualmente, respecto a los edificios religiosos, los fieles orientales podrán usar, en los ca-sos que sea conveniente, las iglesias de rito latino.

En este espíritu de comunión son dignas de consideración varias propuestas de los Padres sinodales: que allí donde sea necesario exista, en las Conferen-cias Episcopales nacionales y en los organismos internacionales de coopera-ción episcopal, una comisión mixta encargada de estudiar los problemas pas-torales comunes; que la catequesis y la formación teológica para los laicos y seminaristas de la Iglesia latina, incluyan el conocimiento de la tradición viva del Oriente cristiano; que los Obispos de las Iglesias católicas orientales par-ticipen en las Conferencias Episcopales latinas de las respectivas Naciones. (125) No puede dudarse de que esta cooperación fraterna, a la vez que pres-tará una ayuda preciosa a las Iglesias orientales, de reciente implantación en América, permitirá a las Iglesias particulares latinas enriquecerse con el pa-trimonio espiritual de la tradición del Oriente cristiano.

El presbítero, signo de unidad

39. “Como miembro de una Iglesia particular, todo sacerdote debe ser signo de comunión con el Obispo en cuanto que es su inmediato colaborador, unido a sus hermanos en el presbiterio. Ejerce su ministerio con caridad pastoral, principalmente en la comunidad que le ha sido confiada, y la conduce al en-cuentro con Jesucristo Buen Pastor. Su vocación exige que sea signo de uni-dad. Por ello debe evitar cualquier participación en política partidista que dividiría a la comunidad”. (126) Es deseo de los Padres sinodales que se “desarrolle una acción pastoral a favor del clero diocesano que haga más só-lida su espiritualidad, su misión y su identidad, la cual tiene su centro en el seguimiento de Cristo que, sumo y eterno Sacerdote, buscó siempre cumplir la voluntad del Padre. Él es el ejemplo de la entrega generosa, de la vida austera y del servicio hasta la muerte. El sacerdote sea consciente de que, por la recepción del sacramento del Orden, es portador de gracia que distri-buye a sus hermanos en los sacramentos. Él mismo se santifica en el ejercicio del ministerio”. (127)

El campo en que se desarrolla la actividad de los sacerdotes es inmenso. Conviene, por ello, “que coloquen como centro de su actividad lo que es esencial en su ministerio: dejarse configurar a Cristo Cabeza y Pastor, fuente de la caridad pastoral, ofreciéndose a sí mismos cada día con Cristo en la Eu-caristía, para ayudar a los fieles a que tengan un encuentro personal y comu-nitario con Jesucristo vivo”. (128) Como testigos y discípulos de Cristo mise-ricordioso, los sacerdotes están llamados a ser instrumentos de perdón y de reconciliación, comprometiéndose generosamente al servicio de los fieles se-gún el espíritu del Evangelio.

Los presbíteros, en cuanto pastores del pueblo de Dios en América, deben además estar atentos a los desafíos del mundo actual y ser sensibles a las an-gustias y esperanzas de sus gentes, compartiendo sus vicisitudes y, sobre to-do, asumiendo una actitud de solidaridad con los pobres. Procurarán discer-nir los carismas y las cualidades de los fieles que puedan contribuir a la ani-mación de la comunidad, escuchándolos y dialogando con ellos, para impul-sar así su participación y corresponsabilidad. Ello favorecerá una mejor dis-tribución de las tareas que les permita “consagrarse a lo que está más estre-chamente conexo con el encuentro y el anuncio de Jesucristo, de modo que signifiquen mejor, en el seno de la comunidad, la presencia de Jesús que congrega a su pueblo”. (129)

El trabajo de discernimiento de los carismas particulares debe llevar también a valorizar aquellos sacerdotes que se consideren adecuados para realizar ministerios particulares. A todos los sacerdotes, además, se les pide que presten su ayuda fraterna en el presbiterio y que recurran al mismo con con-fianza en caso de necesidad.

Ante la espléndida realidad de tantos sacerdotes en América que, con la gra-cia de Dios, se esfuerzan por hacer frente a un quehacer tan grande, hago mío el deseo de los Padres sinodales de reconocer y alabar “la inagotable en-trega de los sacerdotes, como pastores, evangelizadores y animadores de la comunión eclesial, expresando gratitud y dando ánimos a los sacerdotes de toda América que dan su vida al servicio del Evangelio”. (130)

Fomentar la pastoral vocacional

40. El papel indispensable del sacerdote en la comunidad ha de hacer conscien-tes a todos los hijos de la Iglesia en América de la importancia de la pastoral vocacional. El Continente americano cuenta con una juventud numerosa, rica en valores humanos y religiosos. Por ello, se han de cultivar los ambientes en que nacen las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada e invitar a las familias cristianas para que ayuden a sus hijos cuando se sientan llamados a seguir este camino. (131) En efecto, las vocaciones “son un don de Dios” y “surgen en las comunidades de fe, ante todo, en la familia, en la parroquia, en las escuelas católicas y en otras organizaciones de la Iglesia. Los Obispos y presbíteros tienen la especial responsabilidad de estimular tales vocaciones mediante la invitación personal, y principalmente por el testimonio de una vida de fidelidad, alegría, entusiasmo y santidad. La responsabilidad para reunir vocaciones al sacerdocio pertenece a todo el pueblo de Dios y encuen-tra su mayor cumplimiento en la oración continua y humilde por las vocacio-nes”. (132)

Los seminarios, como lugares de acogida y formación de los llamados al sa-cerdocio, han de preparar a los futuros ministros de la Iglesia para que “vi-van en una sólida espiritualidad de comunión con Cristo Pastor y de docilidad a la acción del Espíritu, que los hará especialmente capaces de discernir las expectativas del pueblo de Dios y los diversos carismas, y de trabajar en co-mún”. (133) Por ello, en los seminarios “se ha de insistir especialmente en la formación específicamente espiritual, de modo que por la conversión conti-nua, la actitud de oración, la recepción de los sacramentos de la Eucaristía y la penitencia, los candidatos se formen al encuentro con el Señor y se pre-ocupen de fortificarse para la generosa entrega pastoral”. (134) Los formado-res han de preocuparse de acompañar y guiar a los seminaristas hacia una madurez afectiva que los haga aptos para abrazar el celibato sacerdotal y capaces de vivir en comunión con sus hermanos en la vocación sacerdotal. Han de promover también en ellos la capacidad de observación crítica de la realidad circundante que les permita discernir sus valores y contravalores, pues esto es un requisito indispensable para entablar un diálogo constructivo con el mundo de hoy.

Una atención particular se debe dar a las vocaciones nacidas entre los indí-genas; conviene proporcionar una formación inculturada en sus ambientes. Estos candidatos al sacerdocio, mientras reciben la adecuada formación teo-lógica y espiritual para su futuro ministerio, no deben perder las raíces de su propia cultura. (135)

Los Padres sinodales han querido agradecer y bendecir a todos los que consa-gran su vida a la formación de los futuros presbíteros en los seminarios. Así mismo, han invitado a los Obispos a destinar para dicha tarea a sus sacerdo-tes más aptos, después de haberlos preparado mediante una formación espe-cífica que los capacite para una misión tan delicada. (136)

Renovar la institución parroquial

41. La parroquia es un lugar privilegiado en que los fieles pueden tener una ex-periencia concreta de la Iglesia. (137) Hoy en América, como en otras partes del mundo, la parroquia encuentra a veces dificultades en el cumplimiento de su misión. La parroquia debe renovarse continuamente, partiendo del principio fundamental de que “la parroquia tiene que seguir siendo prima-riamente comunidad eucarística”. (138) Este principio implica que “las pa-rroquias están llamadas a ser receptivas y solidarias, lugar de la iniciación cristiana, de la educación y la celebración de la fe, abiertas a la diversidad de carismas, servicios y ministerios, organizadas de modo comunitario y res-ponsable, integradoras de los movimientos de apostolado ya existentes, atentas a la diversidad cultural de sus habitantes, abiertas a los proyectos pastorales y superparroquiales y a las realidades circunstantes”. (139)

Una atención especial merecen, por sus problemáticas específicas, las parro-quias en los grandes núcleos urbanos, donde las dificultades son tan grandes que las estructuras pastorales normales resultan inadecuadas y las posibilida-des de acción apostólica notablemente reducidas. No obstante, la institución parroquial conserva su importancia y se ha de mantener. Para lograr este ob-jetivo hay que “continuar la búsqueda de medios con los que la parroquia y sus estructuras pastorales lleguen a ser más eficaces en los espacios urba-nos”. (140) Una clave de renovación parroquial, especialmente urgente en las parroquias de las grandes ciudades, puede encontrarse quizás consideran-do la parroquia como comunidad de comunidades y de movimientos. (141) Parece por tanto oportuno la formación de comunidades y grupos eclesiales de tales dimensiones que favorezcan verdaderas relaciones humanas. Esto permitirá vivir más intensamente la comunión, procurando cultivarla no sólo “ad intra”, sino también con la comunidad parroquial a la que pertenecen estos grupos y con toda la Iglesia diocesana y universal. En este contexto humano será también más fácil escuchar la Palabra de Dios, para reflexionar a su luz sobre los diversos problemas humanos y madurar opciones responsa-bles inspiradas en el amor universal de Cristo. (142) La institución parroquial así renovada “puede suscitar una gran esperanza. Puede formar a la gente en comunidades, ofrecer auxilio a la vida de familia, superar el estado de ano-nimato, acoger y ayudar a que las personas se inserten en la vida de sus ve-cinos y en la sociedad”. (143) De este modo, cada parroquia hoy, y particu-larmente las de ámbito urbano, podrá fomentar una evangelización más per-sonal, y al mismo tiempo acrecentar las relaciones positivas con los otros agentes sociales, educativos y comunitarios. (144)

Además, “este tipo de parroquia renovada supone la figura de un pastor que, en primer lugar, tenga una profunda experiencia de Cristo vivo, espíritu mi-sional, corazón paterno, que sea animador de la vida espiritual y evangeliza-dor capaz de promover la participación. La parroquia renovada requiere la cooperación de los laicos, un animador de la acción pastoral y la capacidad del pastor para trabajar con otros. Las parroquias en América deben señalar-se por su impulso misional que haga que extiendan su acción a los alejados”. (145)

Los diáconos permanentes

42. Por motivos pastorales y teológicos serios, el Concilio Vaticano II determinó restablecer el diaconado como grado permanente de la jerarquía en la Iglesia latina, dejando a las Conferencias Episcopales, con la aprobación del Sumo Pontífice, valorar la oportunidad de instituir los diáconos permanentes y en qué sitios. (146) Se trata de una experiencia muy diferente no sólo en las dis-tintas partes de América, sino incluso entre las diócesis de una misma región. “Algunas diócesis han formado y ordenado no pocos diáconos, y están plena-mente contentas de su incorporación y ministerio”. (147) Aquí se ve con gozo cómo los diáconos, “confortados con la gracia sacramental, en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al pueblo de Dios en el ministerio de la li-turgia, de la palabra y de la caridad”. (148) Otras diócesis no han emprendi-do este camino, mientras en otras partes existen dificultades en la integra-ción de los diáconos permanentes en la estructura jerárquica.

Quedando a salvo la libertad de las Iglesias particulares para restablecer o no, consintiéndolo el Sumo Pontífice, el diaconado como grado permanente, está claro que el acierto de esta restauración implica un diligente proceso de selección, una formación seria y una atención cuidadosa a los candidatos, así como también un acompañamiento solícito no sólo de estos ministros sagra-dos, sino también, en el caso de los diáconos casados, de su familia, esposa e hijos. (149)

La vida consagrada

43. La historia de la evangelización de América es un elocuente testimonio del ingente esfuerzo misional realizado por tantas personas consagradas, las cua-les, desde el comienzo, anunciaron el Evangelio, defendieron los derechos de los indígenas y, con amor heroico a Cristo, se entregaron al servicio del pue-blo de Dios en el Continente. (150) La aportación de las personas consagradas al anuncio del Evangelio en América sigue siendo de suma importancia; se trata de una aportación diversa según los carismas propios de cada grupo: “los Institutos de vida contemplativa que testifican lo absoluto de Dios, los Institutos apostólicos y misionales que hacen a Cristo presente en los muy di-versos campos de la vida humana, los Institutos seculares que ayudan a resol-ver la tensión entre apertura real a los valores del mundo moderno y profun-da entrega de corazón a Dios. Nacen también nuevos Institutos y nuevas for-mas de vida consagrada que requieren discreción evangélica”. (151)

Ya que “el futuro de la nueva evangelización [...] es impensable sin una re-novada aportación de las mujeres, especialmente de las mujeres consagra-das”, (152) urge favorecer su participación en diversos sectores de la vida eclesial, incluidos los procesos en que se elaboran las decisiones, especial-mente en los asuntos que les conciernen directamente. (153)

“También hoy el testimonio de la vida plenamente consagrada a Dios es una elocuente proclamación de que Él basta para llenar la vida de cualquier per-sona”. (154) Esta consagración al Señor ha de prolongarse en una generosa entrega a la difusión del Reino de Dios. Por ello, a las puertas del tercer mi-lenio se ha de procurar “que la vida consagrada sea más estimada y promovi-da por los Obispos, sacerdotes y comunidades cristianas. Y que los consagra-dos, conscientes del gozo y de la responsabilidad de su vocación, se integren plenamente en la Iglesia particular a la que pertenecen y fomenten la comu-nión y la mutua colaboración”. (155)

Los fieles laicos y la renovación de la Iglesia

44. “La doctrina del Concilio Vaticano II sobre la unidad de la Iglesia, como pue-blo de Dios congregado en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, subraya que son comunes a la dignidad de todos los bautizados la imitación y el seguimiento de Cristo, la comunión mutua y el mandato misional”. (156) Es necesario, por tanto, que los fieles laicos sean conscientes de su dignidad de bautizados. Por su parte, los Pastores han de estimar profundamente “el testimonio y la acción evangelizadora de los laicos que integrados en el pue-blo de Dios con espiritualidad de comunión conducen a sus hermanos al en-cuentro con Jesucristo vivo. La renovación de la Iglesia en América no será posible sin la presencia activa de los laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la responsabilidad del futuro de la Iglesia”. (157)

Los ámbitos en los que se realiza la vocación de los fieles laicos son dos. El primero, y más propio de su condición laical, es el de las realidades tempora-les, que están llamados a ordenar según la voluntad de Dios. (158) En efecto, “con su peculiar modo de obrar, el Evangelio es llevado dentro de las estruc-turas del mundo y obrando en todas partes santamente consagran el mismo mundo a Dios”. (159) Gracias a los fieles laicos, “la presencia y la misión de la Iglesia en el mundo se realiza, de modo especial, en la diversidad de ca-rismas y ministerios que posee el laicado. La secularidad es la nota caracte-rística y propia del laico y de su espiritualidad que lo lleva a actuar en la vida familiar, social, laboral, cultural y política, a cuya evangelización es llamado. En un Continente en el que aparecen la emulación y la propensión a agredir, la inmoderación en el consumo y la corrupción, los laicos están llamados a encarnar valores profundamente evangélicos como la misericordia, el per-dón, la honradez, la transparencia de corazón y la paciencia en las condicio-nes difíciles. Se espera de los laicos una gran fuerza creativa en gestos y obras que expresen una vida coherente con el Evangelio”. (160)

América necesita laicos cristianos que puedan asumir responsabilidades di-rectivas en la sociedad. Es urgente formar hombres y mujeres capaces de ac-tuar, según su propia vocación, en la vida pública, orientándola al bien co-mún. En el ejercicio de la política, vista en su sentido más noble y auténtico como administración del bien común, ellos pueden encontrar también el ca-mino de la propia santificación. Para ello es necesario que sean formados tanto en los principios y valores de la Doctrina social de la Iglesia, como en nociones fundamentales de la teología del laicado. El conocimiento profundo de los principios éticos y de los valores morales cristianos les permitirá hacerse promotores en su ambiente, proclamándolos también ante la llama-da “neutralidad del Estado”. (161)

Hay un segundo ámbito en el que muchos fieles laicos están llamados a tra-bajar, y que puede llamarse “intraeclesial”. Muchos laicos en América sienten el legítimo deseo de aportar sus talentos y carismas a “la construcción de la comunidad eclesial como delegados de la Palabra, catequistas, visitadores de enfermos o de encarcelados, animadores de grupos etc.”. (162) Los Padres sinodales han manifestado el deseo de que la Iglesia reconozca algunas de estas tareas como ministerios laicales, fundados en los sacramentos del Bau-tismo y la Confirmación, dejando a salvo el carácter específico de los minis-terios propios del sacramento del Orden. Se trata de un tema vasto y com-plejo para cuyo estudio constituí, hace ya algún tiempo, una Comisión espe-cial (163) y sobre el que los organismos de la Santa Sede han ido señalando paulatinamente algunas pautas directivas. (164) Se ha de fomentar la prove-chosa cooperación de fieles laicos bien preparados, hombres y mujeres, en diversas actividades dentro de la Iglesia, evitando, sin embargo, una posible confusión con los ministerios ordenados y con las actividades propias del sa-cramento del Orden, a fin de distinguir bien el sacerdocio común de los fieles del sacerdocio ministerial.

A este respecto, los Padres sinodales han sugerido que las tareas confiadas a los laicos sean bien “distintas de aquellas que son etapas para el ministerio ordenado” (165) y que los candidatos al sacerdocio reciben antes del presbi-terado. Igualmente se ha observado que estas tareas laicales “no deben con-ferirse sino a personas, varones y mujeres, que hayan adquirido la formación exigida, según criterios determinados: una cierta permanencia, una real dis-ponibilidad con respecto a un determinado grupo de personas, la obligación de dar cuenta a su propio Pastor”. (166) De todos modos, aunque el aposto-lado intraeclesial de los laicos tiene que ser estimulado, hay que procurar que este apostolado coexista con la actividad propia de los laicos, en la que no pueden ser suplidos por los sacerdotes: el ámbito de las realidades tempo-rales.

Dignidad de la mujer

45. Merece una especial atención la vocación de la mujer. Ya en otras ocasiones he querido expresar mi aprecio por la aportación específica de la mujer al progreso de la humanidad y reconocer sus legítimas aspiraciones a participar plenamente en la vida eclesial, cultural, social y económica. (167) Sin esta aportación se perderían algunas riquezas que sólo el “genio de la mujer” (168) puede aportar a la vida de la Iglesia y de la sociedad misma. No reco-nocerlo sería una injusticia histórica especialmente en América, si se tiene en cuenta la contribución de las mujeres al desarrollo material y cultural del Continente, como también a la transmisión y conservación de la fe. En efec-to, “su papel fue decisivo sobre todo en la vida consagrada, en la educación, en el cuidado de la salud”. (169)

En varias regiones del Continente americano, lamentablemente, la mujer es todavía objeto de discriminaciones. Por eso se puede decir que el rostro de los pobres en América es también el rostro de muchas mujeres. En este sen-tido, los Padres sinodales han hablado de un “aspecto femenino de la pobre-za”. (170) La Iglesia se siente obligada a insistir sobre la dignidad humana, común a todas las personas. Ella “denuncia la discriminación, el abuso sexual y la prepotencia masculina como acciones contrarias al plan de Dios”. (171) En particular, deplora como abominable la esterilización, a veces programa-da, de las mujeres, sobre todo de las más pobres y marginadas, que es prac-ticada a menudo de manera engañosa, sin saberlo las interesadas; esto es mucho más grave cuando se hacer para conseguir ayudas económicas a nivel internacional.

La Iglesia en el Continente se siente comprometida a intensificar su preocu-pación por las mujeres y a defenderlas “de modo que la sociedad en América ayude más a la vida familiar fundada en el matrimonio, proteja más la ma-ternidad y respete más la dignidad de todas las mujeres”. (172) Se debe ayu-dar a las mujeres americanas a tomar parte activa y responsable en la vida y misión de la Iglesia, (173) como también se ha de reconocer la necesidad de la sabiduría y cooperación de las mujeres en las tareas directivas de la socie-dad americana.

Los desafíos para la familia cristiana

46. Dios Creador, formando al primer varón y a la primera mujer, y mandando “sed fecundos y multiplicaos” (Gn 1, 28), estableció definitivamente la fami-lia. De este santuario nace la vida y es aceptada como don de Dios. La Pala-bra, leída asiduamente en la familia, la construye poco a poco como iglesia doméstica y la hace fecunda en humanismo y virtudes cristianas; allí se cons-tituye la fuente de las vocaciones. La vida de oración de la familia en torno a alguna imagen de la Virgen hará que permanezca siempre unida en torno a la Madre, como los discípulos de Jesús (cf. Hch 1, 14)”. (174) Son muchas las in-sidias que amenazan la solidez de la institución familiar en la mayor parte de los países de América, siendo, a la vez, desafíos para los cristianos. Se deben mencionar, entre otros, el aumento de los divorcios, la difusión del aborto, del infanticidio y de la mentalidad contraceptiva. Ante esta situación hay que subrayar “que el fundamento de la vida humana es la relación nupcial entre el marido y la esposa, la cual entre los cristianos es sacramental”. (175)

Es urgente, pues, una amplia catequización sobre el ideal cristiano de la co-munión conyugal y de la vida familiar, que incluya una espiritualidad de la paternidad y la maternidad. Es necesario prestar mayor atención pastoral al papel de los hombres como maridos y padres, así como a la responsabilidad que comparten con sus esposas respecto al matrimonio, la familia y la edu-cación de los hijos. No debe omitirse una seria preparación de los jóvenes antes del matrimonio, en la que se presente con claridad la doctrina católi-ca, a nivel teológico, espiritual y antropológico sobre este sacramento. En un Continente caracterizado por un considerable desarrollo demográfico, como es América, deben incrementarse continuamente las iniciativas pastorales di-rigidas a las familias.

Para que la familia cristiana sea verdaderamente “iglesia doméstica”, (176) está llamada a ser el ámbito en que los padres transmiten la fe, pues ellos “deben ser para sus hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la pa-labra y el ejemplo”. (177) En la familia tampoco puede faltar la práctica de la oración en la que se encuentren unidos tanto los cónyuges entre sí, como con sus hijos. A este respecto, se han de fomentar momentos de vida espiri-tual en común: la participación en la Eucaristía los días festivos, la práctica del sacramento de la Reconciliación, la oración cotidiana en familia y obras concretas de caridad. Así se consolidará la fidelidad en el matrimonio y la unidad de la familia. En un ambiente familiar con estas características no se-rá difícil que los hijos sepan descubrir su vocación al servicio de la comuni-dad y de la Iglesia y que aprendan, especialmente con el ejemplo de sus pa-dres, que la vida familiar es un camino para realizar la vocación universal a la santidad. (178)

Los jóvenes, esperanza del futuro

47. Los jóvenes son una gran fuerza social y evangelizadora. “Constituyen una parte numerosísima de la población en muchas naciones de América. En el encuentro de ellos con Cristo vivo se fundan la esperanza y la expectativas de un futuro de mayor comunión y solidaridad para la Iglesia y las sociedades de América”. (179) Son evidentes los esfuerzos que las Iglesias particulares realizan en el Continente para acompañar a los adolescentes en el proceso catequético antes de la Confirmación y de otras formas de acompañamiento que les ofrecen para que crezcan en su encuentro con Cristo y en el conoci-miento del Evangelio. El proceso de formación de los jóvenes debe ser cons-tante y dinámico, adecuado para ayudarles a encontrar su lugar en la Iglesia y en el mundo. Por tanto, la pastoral juvenil ha de ocupar un puesto privile-giado entre las preocupaciones de los Pastores y de las comunidades.

En realidad, son muchos los jóvenes americanos que buscan el sentido verda-dero de su vida y que tienen sed de Dios, pero muchas veces faltan las condi-ciones idóneas para realizar sus capacidades y lograr sus aspiraciones. La-mentablemente, la falta de trabajo y de esperanzas de futuro los lleva en al-gunas ocasiones a la marginación y a la violencia. La sensación de frustración que experimentan por todo ello, los hace abandonar frecuentemente la bús-queda de Dios. Ante esta situación tan compleja, “la Iglesia se compromete a mantener su opción pastoral y misionera por los jóvenes para que puedan hoy encontrar a Cristo vivo”. (180)

La acción pastoral de la Iglesia llega a muchos de estos adolescentes y jóve-nes mediante la animación cristiana de la familia, la catequesis, las institu-ciones educativas católicas y la vida comunitaria de la parroquia. Pero hay otros muchos, especialmente entre los que sufren diversas formas de pobre-za, que quedan fuera del campo de la actividad eclesial. Deben ser los jóve-nes cristianos, formados con una conciencia misionera madura, los apóstoles de sus coetáneos. Es necesaria una acción pastoral que llegue a los jóvenes en sus propios ambientes, como el colegio, la universidad, el mundo del tra-bajo o el ambiente rural, con una atención apropiada a su sensibilidad. En el ámbito parroquial y diocesano será oportuno desarrollar también una acción pastoral de la juventud que tenga en cuenta la evolución del mundo de los jóvenes, que busque el diálogo con ellos, que no deje pasar las ocasiones propicias para encuentros más amplios, que aliente las iniciativas locales y aproveche también lo que ya se realiza en el ámbito interdiocesano e inter-nacional.

Y, ¿qué hacer ante los jóvenes que manifiestan comportamientos adolescen-tes de una cierta inconstancia y dificultad para asumir compromisos serios para siempre? Ante esta carencia de madurez es necesario invitar a los jóve-nes a ser valientes, ayudándoles a apreciar el valor del compromiso para to-da la vida, como es el caso del sacerdocio, de la vida consagrada y del ma-trimonio cristiano. (181)

Acompañar al niño en su encuentro con Cristo

48. Los niños son don y signo de la presencia de Dios. “Hay que acompañar al ni-ño en su encuentro con Cristo, desde su bautismo hasta su primera comu-nión, ya que forma parte de la comunidad viviente de fe, esperanza y cari-dad”. (182) La Iglesia agradece la labor de los padres, maestros, agentes pas-torales, sociales y sanitarios, y de todos aquellos que sirven a la familia y a los niños con la misma actitud de Jesucristo que dijo: “Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos” (Mt 19, 14).

Con razón los Padres sinodales lamentan y condenan la condición dolorosa de muchos niños en toda América, privados de la dignidad y la inocencia e inclu-so de la vida. “Esta condición incluye la violencia, la pobreza, la carencia de casa, la falta de un adecuado cuidado de sanidad y educación, los daños de las drogas y del alcohol, y otros estados de abandono y de abuso”. (183) A es-te respecto, en el Sínodo se hizo mención especial de la problemática del abuso sexual de los niños y de la prostitución infantil, y los Padres lanzaron un urgente llamado “a todos los que están en posiciones de autoridad en la sociedad, para que realicen, como cosa prioritaria, todo lo que está en su poder, para aliviar el dolor de los niños en América”. (184)

Elementos de comunión con las otras Iglesias y Comunidades eclesiales

49. Entre la Iglesia católica y las otras Iglesias y Comunidades eclesiales existe un esfuerzo de comunión que tiene su raíz en el Bautismo administrado en cada una de ellas. (185) Este esfuerzo se alimenta mediante la oración, el diálogo y la acción común. Los Padres sinodales han querido expresar una vo-luntad especial de “cooperación al diálogo ya comenzado con la Iglesia orto-doxa, con la que tenemos en común muchos elementos de fe, de vida sacra-mental y de piedad”. (186) Las propuestas concretas de la Asamblea sinodal sobre el conjunto de las Iglesias y Comunidades eclesiales cristianas no cató-licas son múltiples. Se propone, en primer lugar, “que los cristianos católicos, Pastores y fieles, fomenten el encuentro de los cristianos de las diversas con-fesiones, en la cooperación, en nombre del Evangelio, para responder al cla-mor de los pobres, con la promoción de la justicia, la oración común por la unidad y la participación en la Palabra de Dios y la experiencia de la fe en Cristo vivo”. (187) Deben también alentarse, cuando sea oportuno y conve-niente, las reuniones de expertos de las diversas Iglesias y Comunidades ecle-siales para facilitar el diálogo ecuménico. El ecumenismo ha de ser objeto de reflexión y de comunicación de experiencias entre las diversas Conferencias Episcopales católicas del Continente.

Si bien el Concilio Vaticano II se refiere a todos los bautizados y creyentes en Cristo “como hermanos en el Señor”, (188) es necesario distinguir con clari-dad las comunidades cristianas, con las cuales es posible establecer relacio-nes inspiradas en el espíritu del ecumenismo, de las sectas, cultos y otros movimientos pseudoreligiosos.

Relación de la Iglesia con las comunidades judías

50. En la sociedad americana existen también comunidades judías con las que la Iglesia ha llevado a cabo en estos últimos años una colaboración creciente. (189) En la historia de la salvación es evidente nuestra especial relación con el pueblo judío. De ese pueblo nació Jesús, quien dio comienzo a su Iglesia dentro de la Nación judía. Gran parte de la Sagrada Escritura que los cristia-nos leemos como palabra de Dios, constituye un patrimonio espiritual común con los judíos. (190) Se ha de evitar, pues, toda actitud negativa hacia ellos, ya que “para bendecir al mundo es necesario que los judíos y los cristianos sean previamente bendición los unos para los otros”. (191)

Religiones no cristianas

51. Respecto a las religiones no cristianas, la Iglesia católica no rechaza nada de lo que en ellas hay de verdadero y santo. (192) Por ello, con respecto a las otras religiones, los católicos quieren subrayar los elementos de verdad don-dequiera que puedan encontrarse, pero a la vez testifican fuertemente la novedad de la revelación de Cristo, custodiada en su integridad por la Iglesia. (193) En coherencia con esta actitud, los católicos rechazan como extraña al espíritu de Cristo toda discriminación o persecución contra las personas por motivos de raza, color, condición de vida o religión. La diferencia de religión nunca debe ser causa de violencia o de guerra. Al contrario, las personas de creencias diversas deben sentirse movidas, precisamente por su adhesión a las mismas, a trabajar juntas por la paz y la justicia.

“Los musulmanes, como los cristianos y los judíos, llaman a Abraham, padre suyo. Este hecho debe asegurar que en toda América estas tres comunidades vivan armónicamente y trabajen juntas por el bien común. Igualmente, la Iglesia en América debe esforzarse por aumentar el mutuo respeto y las bue-nas relaciones con las religiones nativas americanas”. (194) La misma actitud debe tenerse con los grupos hinduistas y budistas o de otras religiones que las recientes inmigraciones, procedentes de países orientales, han llevado al suelo americano.



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