Documentos Iglesia, Ecclesia in América (J. Pablo II) - Written by Archivo Calasanz on Jueves, Enero 29, 2009 0:17 - 0 Comments

ECCLESIA IN AMERICA (Juan Pablo II), V - Camino para la solidaridad

ÍNDICE

CAPÍTULO V
CAMINO PARA LA SOLIDARIDAD
“En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13, 35)

La solidaridad, fruto de la comunión

52. “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40; cf. 25, 45). La conciencia de la comunión con Jesucristo y con los hermanos, que es, a su vez, fruto de la conversión, lleva a servir al prójimo en todas sus necesidades, tanto materia-les como espirituales, para que en cada hombre resplandezca el rostro de Cristo. Por eso, “la solidaridad es fruto de la comunión que se funda en el misterio de Dios uno y trino, y en el Hijo de Dios encarnado y muerto por to-dos. Se expresa en el amor del cristiano que busca el bien de los otros, espe-cialmente de los más necesitados”. (195)

De aquí deriva para las Iglesias particulares del Continente americano el de-ber de la recíproca solidaridad y de compartir sus dones espirituales y los bienes materiales con que Dios las ha bendecido, favoreciendo la disponibili-dad de las personas para trabajar donde sea necesario. Partiendo del Evange-lio se ha de promover una cultura de la solidaridad que incentive oportunas iniciativas de ayuda a los pobres y a los marginados, de modo especial a los refugiados, los cuales se ven forzados a dejar sus pueblos y tierras para huir de la violencia. La Iglesia en América ha de alentar también a los organismos internacionales del Continente con el fin de establecer un orden económico en el que no domine sólo el criterio del lucro, sino también el de la búsqueda del bien común nacional e internacional, la distribución equitativa de los bienes y la promoción integral de los pueblos. (196)

La doctrina de la Iglesia, expresión de las exigencias de la conversión

53. Mientras el relativismo y el subjetivismo se difunden de modo preocupante en el campo de la doctrina moral, la Iglesia en América está llamada a anun-ciar con renovada fuerza que la conversión consiste en la adhesión a la per-sona de Jesucristo, con todas las implicaciones teológicas y morales ilustra-das por el Magisterio eclesial. Hay que reconocer, “el papel que realizan, en esta línea, los teólogos, los catequistas y los profesores de religión que, ex-poniendo la doctrina de la Iglesia con fidelidad al Magisterio, cooperan direc-tamente en la recta formación de la conciencia de los fieles”. (197) Si cree-mos que Jesús es la Verdad (cf. Jn 14, 6) desearemos ardientemente ser sus testigos para acercar a nuestros hermanos a la verdad plena que está en el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado por la salvación del género humano. “De este modo podremos ser, en este mundo, lámparas vivas de fe, esperanza y caridad”. (198)

Doctrina social de la Iglesia

54. Ante los graves problemas de orden social que, con características diversas, existen en toda América, el católico sabe que puede encontrar en la doctrina social de la Iglesia la respuesta de la que partir para buscar soluciones con-cretas. Difundir esta doctrina constituye, pues, una verdadera prioridad pas-toral. Para ello es importante “que en América los agentes de evangelización (Obispos, sacerdotes, profesores, animadores pastorales, etc.) asimilen este tesoro que es la doctrina social de la Iglesia, e, iluminados por ella, se hagan capaces de leer la realidad actual y de buscar vías para la acción”. (199) A este respecto, hay que fomentar la formación de fieles laicos capaces de trabajar, en nombre de la fe en Cristo, para la transformación de las realida-des terrenas. Además, será oportuno promover y apoyar el estudio de esta doctrina en todos los ámbitos de las Iglesias particulares de América y, sobre todo, en el universitario, para que sea conocida con mayor profundidad y aplicada en la sociedad americana.

Para alcanzar este objetivo sería muy útil un compendio o síntesis autorizada de la doctrina social católica, incluso un “catecismo”, que muestre la rela-ción existente entre ella y la nueva evangelización. La parte que el Catecis-mo de la Iglesia Católica dedica a esta materia, a propósito del séptimo mandamiento del Decálogo, podría ser el punto de partida de este “Catecis-mo de doctrina social católica”. Naturalmente, como ha sucedido con el Ca-tecismo de la Iglesia Católica, se limitaría a formular los principios generales, dejando a aplicaciones posteriores el tratar sobre los problemas relacionados con las diversas situaciones locales. (200)

En la doctrina social de la Iglesia ocupa un lugar importante el derecho a un trabajo digno. Por esto, ante las altas tasas de desempleo que afectan a mu-chos países americanos y ante las duras condiciones en que se encuentran no pocos trabajadores en la industria y en el campo, “es necesario valorar el trabajo como dimensión de realización y de dignidad de la persona humana. Es una responsabilidad ética de una sociedad organizada promover y apoyar una cultura del trabajo”. (201)

Globalización de la solidaridad

55. El complejo fenómeno de la globalización, como he recordado más arriba, es una de las características del mundo actual, perceptible especialmente en América. Dentro de esta realidad polifacética, tiene gran importancia el as-pecto económico. Con su doctrina social, la Iglesia ofrece una valiosa contri-bución a la problemática que presenta la actual economía globalizada. Su vi-sión moral en esta materia “se apoya en las tres piedras angulares fundamen-tales de la dignidad humana, la solidaridad y la subsidiariedad”. (202) La economía globalizada debe ser analizada a la luz de los principios de la justi-cia social, respetando la opción preferencial por los pobres, que han de ser capacitados para protegerse en una economía globalizada, y ante las exigen-cias del bien común internacional. En realidad, “la doctrina social de la Igle-sia es la visión moral que intenta asistir a los gobiernos, a las instituciones y las organizaciones privadas para que configuren un futuro congruente con la dignidad de cada persona. A través de este prisma se pueden valorar las cuestiones que se refieren a la deuda externa de las naciones, a la corrup-ción política interna y a la discriminación dentro [de la propia nación] y en-tre las naciones”. (203)

La Iglesia en América está llamada no sólo a promover una mayor integración entre las naciones, contribuyendo de este modo a crear una verdadera cultu-ra globalizada de la solidaridad, (204) sino también a colaborar con los me-dios legítimos en la reducción de los efectos negativos de la globalización, como son el dominio de los más fuertes sobre los más débiles, especialmente en el campo económico, y la pérdida de los valores de las culturas locales en favor de una mal entendida homogeneización.

Pecados sociales que claman al cielo

56. A la luz de la doctrina social de la Iglesia se aprecia también, más claramen-te, la gravedad de “los pecados sociales que claman al cielo, porque generan violencia, rompen la paz y la armonía entre las comunidades de una misma nación, entre las naciones y entre las diversas partes del Continente”. (205) Entre estos pecados se deben recordar, “el comercio de drogas, el lavado de las ganancias ilícitas, la corrupción en cualquier ambiente, el terror de la violencia, el armamentismo, la discriminación racial, las desigualdades entre los grupos sociales, la irrazonable destrucción de la naturaleza”. (206) Estos pecados manifiestan una profunda crisis debido a la pérdida del sentido de Dios y a la ausencia de los principios morales que deben regir la vida de todo hombre. Sin una referencia moral se cae en un afán ilimitado de riqueza y de poder, que ofusca toda visión evangélica de la realidad social.

No pocas veces, esto provoca que algunas instancias públicas se despreocu-pen de la situación social. Cada vez más, en muchos países americanos impe-ra un sistema conocido como “neoliberalismo”; sistema que haciendo refe-rencia a una concepción economicista del hombre, considera las ganancias y las leyes del mercado como parámetros absolutos en detrimento de la digni-dad y del respeto de las personas y los pueblos. Dicho sistema se ha conver-tido, a veces, en una justificación ideológica de algunas actitudes y modos de obrar en el campo social y político, que causan la marginación de los más débiles. De hecho, los pobres son cada vez más numerosos, víctimas de de-terminadas políticas y de estructuras frecuentemente injustas. (207)

La mejor respuesta, desde el Evangelio, a esta dramática situación es la promoción de la solidaridad y de la paz, que hagan efectivamente realidad la justicia. Para esto se ha de alentar y ayudar a aquellos que son ejemplo de honradez en la administración del erario público y de la justicia. Igualmente se ha de apoyar el proceso de democratización que está en marcha en Améri-ca, (208) ya que en un sistema democrático son mayores las posibilidades de control que permiten evitar los abusos.

“El Estado de Derecho es la condición necesaria para establecer una verda-dera democracia”. (209) Para que ésta se pueda desarrollar, se precisa la educación cívica así como la promoción del orden público y de la paz en la convivencia civil. En efecto, “no hay una democracia verdadera y estable sin justicia social. Para esto es necesario que la Iglesia preste mayor atención a la formación de la conciencia, prepare dirigentes sociales para la vida publi-ca en todos los niveles, promueva la educación ética, la observancia de la ley y de los derechos humanos y emplee un mayor esfuerzo en la formación ética de la clase política”. (210)

El fundamento último de los derechos humanos

57. Conviene recordar que el fundamento sobre el que se basan todos los dere-chos humanos es la dignidad de la persona. En efecto, “la mayor obra divina, el hombre, es imagen y semejanza de Dios. Jesús asumió nuestra naturaleza menos el pecado; promovió y defendió la dignidad de toda persona humana sin excepción alguna; murió por la libertad de todos. El Evangelio nos mues-tra cómo Jesucristo subrayó la centralidad de la persona humana en el orden natural (cf. Lc 12, 22-29), en el orden social y en el orden religioso, incluso respecto a la Ley (cf. Mc 2, 27); defendiendo el hombre y también la mujer (cf. Jn 8, 11) y los niños (cf. Mt 19, 13-15), que en su tiempo y en su cultura ocupaban un lugar secundario en la sociedad. De la dignidad del hombre en cuanto hijo de Dios nacen los derechos humanos y las obligaciones”. (211) Por esta razón, “todo atropello a la dignidad del hombre es atropello al mis-mo Dios, de quien es imagen”. (212) Esta dignidad es común a todos los hom-bres sin excepción, ya que todos han sido creados a imagen de Dios (cf. Gn 1, 26). La respuesta de Jesús a la pregunta “¿Quién es mi prójimo?” (Lc 10, 29) exige de cada uno una actitud de respeto por la dignidad del otro y de cuida-do solícito hacia él, aunque se trate de un extranjero o un enemigo (cf. Lc 10, 30-37). En toda América la conciencia de la necesidad de respetar los de-rechos humanos ha ido creciendo en estos últimos tiempos, sin embargo to-davía queda mucho por hacer, si se consideran las violaciones de los derechos de personas y de grupos sociales que aún se dan en el Continente.

Amor preferencial por los pobres y marginados

58. “La Iglesia en América debe encarnar en sus iniciativas pastorales la solidari-dad de la Iglesia universal hacia los pobres y marginados de todo género. Su actitud debe incluir la asistencia, promoción, liberación y aceptación frater-na. La Iglesia pretende que no haya en absoluto marginados”. (213) El re-cuerdo de los capítulos oscuros de la historia de América relativos a la exis-tencia de la esclavitud y de otras situaciones de discriminación social, ha de suscitar un sincero deseo de conversión que lleve a la reconciliación y a la comunión.

La atención a los más necesitados surge de la opción de amar de manera pre-ferencial a los pobres. Se trata de un amor que no es exclusivo y no puede ser pues interpretado como signo de particularismo o de sectarismo; (214) amando a los pobres el cristiano imita las actitudes del Señor, que en su vida terrena se dedicó con sentimientos de compasión a las necesidades de las personas espiritual y materialmente indigentes.

La actividad de la Iglesia en favor de los pobres en todas las partes del Con-tinente es importante; no obstante hay que seguir trabajando para que esta línea de acción pastoral sea cada vez más un camino para el encuentro con Cristo, el cual, siendo rico, por nosotros se hizo pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9). Se debe intensificar y ampliar cuanto se hace ya en este campo, intentando llegar al mayor número posible de pobres. La Sagrada Escritura nos recuerda que Dios escucha el clamor de los pobres (cf. Sal 34 [33],7) y la Iglesia ha de estar atenta al clamor de los más necesita-dos. Escuchando su voz, “la Iglesia debe vivir con los pobres y participar de sus dolores. [...] Debe finalmente testificar por su estilo de vida que sus prio-ridades, sus palabras y sus acciones, y ella misma está en comunión y solida-ridad con ellos”. (215)

La deuda externa

59. La existencia de una deuda externa que asfixia a muchos pueblos del Conti-nente americano es un problema complejo. Aun sin entrar en sus numerosos aspectos, la Iglesia en su solicitud pastoral no puede ignorar este problema, ya que afecta a la vida de tantas personas. Por eso, diversas Conferencias Episcopales de América, conscientes de su gravedad, han organizado estudios sobre el mismo y publicado documentos para buscar soluciones eficaces. (216) Yo he expresado también varias veces mi preocupación por esta situa-ción, que en algunos casos se ha hecho insostenible. En la perspectiva del ya próximo Gran Jubileo del año 2000 y recordando el sentido social que los Ju-bileos tenían en el Antiguo Testamento, escribí: “Así, en el espíritu del Libro del Levítico (25, 8-12), los cristianos deberán hacerse voz de todos los pobres del mundo, proponiendo el Jubileo como un tiempo oportuno para pensar en-tre otras cosas en una notable reducción, si no en una total condonación, de la deuda internacional que grava sobre el destino de muchas naciones”. (217)

Reitero mi deseo, hecho propio por los Padres sinodales, de que el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, junto con otros organismos competentes, como es la sección para las Relaciones con los Estados de la Secretaría de Estado, “busque, en el estudio y el diálogo con representantes del Primer Mundo y con responsables del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, vías de solución para el problema de la deuda externa y normas que impidan la repetición de tales situaciones con ocasión de futuros préstamos”. (218) Al nivel más amplio posible, sería oportuno que “expertos en economía y cues-tiones monetarias, de fama internacional, procedieran a un análisis crítico del orden económico mundial, en sus aspectos positivos y negativos, de modo que se corrija el orden actual, y propongan un sistema y mecanismos capaces de promover el desarrollo integral y solidario de las personas y los pueblos”. (219)

Lucha contra la corrupción

60. En América el fenómeno de la corrupción está también ampliamente exten-dido. La Iglesia puede contribuir eficazmente a erradicar este mal de la so-ciedad civil con “una mayor presencia de cristianos laicos cualificados que, por su origen familiar, escolar y parroquial, promuevan la práctica de valores como la verdad, la honradez, la laboriosidad y el servicio del bien común”. (220) Para lograr este objetivo y también para iluminar a todos los hombres de buena voluntad, deseosos de poner fin a los males derivados de la corrup-ción, hay que enseñar y difundir lo más posible la parte que corresponde a este tema en el Catecismo de la Iglesia Católica, promoviendo al mismo tiempo entre los católicos de cada Nación el conocimiento de los documentos publicados al respecto por las Conferencias Episcopales de las otras Nacio-nes. (221) Los cristianos así formados contribuirán significativamente a la so-lución de este problema, esforzándose en llevar a la práctica la doctrina so-cial de la Iglesia en todos los aspectos que afecten a sus vidas y en aquellos otros a los que pueda llegar su influjo.

El problema de las drogas

61. En relación con el grave problema del comercio de drogas, la Iglesia en Amé-rica puede colaborar eficazmente con los responsables de las Naciones, los directivos de empresas privadas, las organizaciones no gubernamentales y las instancias internacionales para desarrollar proyectos que eliminen este co-mercio que amenaza la integridad de los pueblos en América. (222) Esta co-laboración debe extenderse a los órganos legislativos, apoyando las iniciati-vas que impidan el “blanqueo de dinero”, favorezcan el control de los bienes de quienes están implicados en este tráfico y vigilen que la producción y co-mercio de las sustancias químicas para la elaboración de drogas se realicen según las normas legales. La urgencia y gravedad del problema hacen apre-miante un llamado a los diversos ambientes y grupos de la sociedad civil para luchar unidos contra el comercio de la droga. (223) Por lo que respecta espe-cíficamente a los Obispos, es necesario —según una sugerencia de los Padres sinodales— que ellos mismos, como Pastores del pueblo de Dios, denuncien con valentía y con fuerza el hedonismo, el materialismo y los estilos de vida que llevan fácilmente a la droga. (224)

Hay que tener también presente que se debe ayudar a los agricultores pobres para que no caigan en la tentación del dinero fácil obtenible con el cultivo de las plantas de las que se extraen las drogas. A este respecto, las Organiza-ciones internacionales pueden prestar una colaboración preciosa a los Go-biernos nacionales favoreciendo, con incentivos diversos, las producciones agrícolas alternativas. Se ha de alentar también la acción de quienes se es-fuerzan en sacar de la droga a los que la usan, dedicando una atención pasto-ral a las víctimas de la tóxicodependencia. Tiene una importancia fundamen-tal ofrecer el verdadero “sentido de la vida” a las nuevas generaciones, que por carencia del mismo acaban por caer frecuentemente en la espiral perver-sa de los estupefacientes. Este trabajo de recuperación y rehabilitación so-cial puede ser también una verdadera y propia tarea de evangelización. (225)

La carrera de armamentos

62. Un factor que paraliza gravemente el progreso de no pocas naciones de Amé-rica es la carrera de armamentos. Desde las Iglesias particulares de América debe alzarse una voz profética que denuncie tanto el armamentismo como el escandaloso comercio de armas de guerra, el cual emplea sumas ingentes de dinero que deberían, en cambio, destinarse a combatir la miseria y a promo-ver el desarrollo. (226) Por otra parte, la acumulación de armamentos es un factor de inestabilidad y una amenaza para la paz. (227) Por esto, la Iglesia está vigilante ante el riesgo de conflictos armados, incluso, entre naciones hermanas. Ella, como signo e instrumento de reconciliación y paz, ha de pro-curar “por todos los medios posibles, también por el camino de la mediación y del arbitraje, actuar en favor de la paz y de la fraternidad entre los pue-blos”. (228)

Cultura de la muerte y sociedad dominada por los poderosos

63. Hoy en América, como en otras partes del mundo, parece perfilarse un mo-delo de sociedad en la que dominan los poderosos, marginando e incluso eli-minando a los débiles. Pienso ahora en los niños no nacidos, víctimas inde-fensas del aborto; en los ancianos y enfermos incurables, objeto a veces de la eutanasia; y en tantos otros seres humanos marginados por el consumismo y el materialismo. No puedo ignorar el recurso no necesario a la pena de muerte cuando otros “medios incruentos bastan para defender y proteger la seguridad de las personas contra el agresor [...] En efecto, hoy, teniendo en cuenta las posibilidades de que dispone el Estado para reprimir eficazmente el crimen dejando inofensivo a quien lo ha cometido, sin quitarle definitiva-mente la posibilidad de arrepentirse, los casos de absoluta necesidad de eli-minar al reo “son ya muy raros, por no decir prácticamente inexistentes”. (229) Semejante modelo de sociedad se caracteriza por la cultura de la muerte y, por tanto, en contraste con el mensaje evangélico. Ante esta deso-ladora realidad, la Comunidad eclesial trata de comprometerse cada vez más en defender la cultura de la vida.

Por ello, los Padres sinodales, haciéndose eco de los recientes documentos del Magisterio de la Iglesia, han subrayado con vigor la incondicionada reve-rencia y la total entrega a favor de la vida humana desde el momento de la concepción hasta el momento de la muerte natural, y expresan la condena de males como el aborto y la eutanasia. Para mantener estas doctrinas de la ley divina y natural, es esencial promover el conocimiento de la doctrina so-cial de la Iglesia, y comprometerse para que los valores de la vida y de la familia sean reconocidos y defendidos en el ámbito social y en la legislación del Estado. (230) Además de la defensa de la vida, se ha de intensificar, a través de múltiples instituciones pastorales, una activa promoción de las adopciones y una constante asistencia a las mujeres con problemas por su embarazo, tanto antes como después del nacimiento del hijo. Se ha de dedi-car además una especial atención pastoral a las mujeres que han padecido o procurado activamente el aborto. (231)

Doy gracias a Dios y manifiesto mi vivo aprecio a los hermanos y hermanas en la fe que en América, unidos a otros cristianos y a innumerables personas de buena voluntad, están comprometidos a defender con los medios legales la vida y a proteger al no nacido, al enfermo incurable y a los discapacitados. Su acción es aún más laudable si se consideran la indiferencia de muchos, las insidias eugenésicas y los atentados contra la vida y la dignidad humana, que diariamente se cometen por todas partes. (232)

Esta misma solicitud se ha de tener con los ancianos, a veces descuidados y abandonados. Ellos deben ser respetados como personas. Es importante po-ner en práctica para ellos iniciativas de acogida y asistencia que promuevan sus derechos y aseguren, en la medida de lo posible, su bienestar físico y es-piritual. Los ancianos deben ser protegidos de las situaciones y presiones que podrían empujarlos al suicidio; en particular han de ser sostenidos contra la tentación del suicidio asistido y de la eutanasia.

Junto con los Pastores del pueblo de Dios en América, dirijo un llamado a “los católicos que trabajan en el campo médico-sanitario y a quienes ejercen cargos públicos, así como a los que se dedican a la enseñanza, para que hagan todo lo posible por defender las vidas que corren más peligro, actuan-do con una conciencia rectamente formada según la doctrina católica. Los Obispos y los presbíteros tienen, en este sentido, la especial responsabilidad de dar testimonio incansable en favor del Evangelio de la vida y de exhortar a los fieles para que actúen en consecuencia”. (233) Al mismo tiempo, es preciso que la Iglesia en América ilumine con oportunas intervenciones la toma de decisiones de los cuerpos legislativos, animando a los ciudadanos, tanto a los católicos como a los demás hombres de buena voluntad, a crear organizaciones para promover buenos proyectos de ley y así se impidan aque-llos otros que amenazan a la familia y la vida, que son dos realidades insepa-rables. En nuestros días hay que tener especialmente presente todo lo que se refiere a la investigación embrionaria, para que de ningún modo se vulnere la dignidad humana.

Los pueblos indígenas y los americanos de origen africano

64. Si la Iglesia en América, fiel al Evangelio de Cristo, desea recorre el camino de la solidaridad, debe dedicar una especial atención a aquellas etnias que todavía hoy son objeto de discriminaciones injustas. En efecto, hay que erra-dicar todo intento de marginación contra las poblaciones indígenas. Ello im-plica, en primer lugar, que se deben respetar sus tierras y los pactos contraí-dos con ellos; igualmente, hay que atender a sus legítimas necesidades socia-les, sanitarias y culturales. Habrá que recordar la necesidad de reconciliación entre los pueblos indígenas y las sociedades en las que viven.

Quiero recordar ahora que los americanos de origen africano siguen sufriendo también, en algunas partes, prejuicios étnicos, que son un obstáculo impor-tante para su encuentro con Cristo. Ya que todas las personas, de cualquier raza y condición, han sido creadas por Dios a su imagen, conviene promover programas concretos, en los que no debe faltar la oración en común, los cua-les favorezcan la comprensión y reconciliación entre pueblos diversos, ten-diendo puentes de amor cristiano, de paz y de justicia entre todos los hom-bres. (234)

Para lograr estos objetivos es indispensable formar agentes pastorales com-petentes, capaces de usar métodos ya “inculturados” legítimamente en la catequesis y en la liturgia. Así también, se conseguirá mejor un número ade-cuado de pastores que desarrollen sus actividades entre los indígenas, si se promueven las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada entre dichos pueblos. (235)

La problemática de los inmigrados

65. El Continente americano ha conocido en su historia muchos movimientos de inmigración, que llevaron multitud de hombres y mujeres a las diversas re-giones con la esperanza de un futuro mejor. El fenómeno continúa también hoy y afecta concretamente a numerosas personas y familias procedentes de Naciones latinoamericanas del Continente, que se han instalado en las regio-nes del Norte, constituyendo en algunos casos una parte considerable de la población. A menudo llevan consigo un patrimonio cultural y religioso, rico de significativos elementos cristianos. La Iglesia es consciente de los problemas provocados por esta situación y se esfuerza en desarrollar una verdadera atención pastoral entre dichos inmigrados, para favorecer su asentamiento en el territorio y para suscitar, al mismo tiempo, una actitud de acogida por parte de las poblaciones locales, convencida de que la mutua apertura será un enriquecimiento para todos.

Las comunidades eclesiales procurarán ver en este fenómeno un llamado es-pecífico a vivir el valor evangélico de la fraternidad y a la vez una invitación a dar un renovado impulso a la propia religiosidad para una acción evangeli-zadora más incisiva. En este sentido, los Padres sinodales consideran que “la Iglesia en América debe ser abogada vigilante que proteja, contra todas las restricciones injustas, el derecho natural de cada persona a moverse libre-mente dentro de su propia nación y de una nación a otra. Hay que estar atentos a los derechos de los emigrantes y de sus familias, y al respeto de su dignidad humana, también en los casos de inmigraciones no legales”. (236)

Con respecto a los inmigrantes, es necesaria una actitud hospitalaria y aco-gedora, que los aliente a integrarse en la vida eclesial, salvaguardando siem-pre su libertad y su peculiar identidad cultural. A este fin es muy importante la colaboración entre las diócesis de las que proceden y aquellas en las que son acogidos, también mediante las específicas estructuras pastorales previs-tas en la legislación y en la praxis de la Iglesia. (237) Se puede asegurar así la atención pastoral más adecuada posible e integral. La Iglesia en América de-be estar impulsada por la constante solicitud de que no falte una eficaz evangelización a los que han llegado recientemente y no conocen todavía a Cristo. (238)



Leave a Reply

Comment

Índice Documental Mensual

PERALTA - Jul 8, 2011 10:22 - 0 Comments

PERALTA

More In Noticias


PERALTA - Jul 8, 2011 10:22 - 0 Comments

PERALTA

More In Noticias


PERALTA - Jul 8, 2011 10:22 - 0 Comments

PERALTA

More In Noticias