Documentos Iglesia, Ecclesia in América (J. Pablo II) - Written by Archivo Calasanz on Jueves, Enero 29, 2009 0:27 - 0 Comments

ECCLESIA IN AMERICA (Juan Pablo II), VI - Nueva evangelización

ÍNDICE

CAPÍTULO VI
LA MISIÓN DE LA IGLESIA HOY EN AMÉRICA: LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
“Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20, 21)

Enviados por Cristo

66. Cristo resucitado, antes de su ascensión al cielo, envió a los Apóstoles a anunciar el Evangelio al mundo entero (cf. Mc 16, 15), confiriéndoles los po-deres necesarios para realizar esta misión. Es significativo que, antes de dar-les el último mandato misionero, Jesús se refiriera al poder universal recibi-do del Padre (cf. Mt 28, 18). En efecto, Cristo transmitió a los Apóstoles la misión recibida del Padre (cf. Jn 20, 21), haciéndolos así partícipes de sus poderes. Pero también “los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la inicia-ción cristiana y por los dones del Espíritu Santo”. (239) En efecto, ellos han sido “hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo”. (240) Por consiguiente, “los fieles laicos —por su participación en el oficio profético de Cristo— están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia”, (241) y por ello deben sentirse llamados y enviados a proclamar la Buena Nueva del Reino. Las palabras de Jesús: “Id también vosotros a mi vi-ña” (Mt 20, 4), 242 deben considerarse dirigidas no sólo a los Apóstoles, sino a todos los que desean ser verdaderos discípulos del Señor.

La tarea fundamental a la que Jesús envía a sus discípulos es el anuncio de la Buena Nueva, es decir, la evangelización (cf. Mc 16, 15-18). De ahí que, “evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda”. (243) Como he manifestado en otras ocasiones, la singularidad y novedad de la situación en la que el mundo y la Iglesia se encuentran, a las puertas del Tercer milenio, y las exigencias que de ello se derivan, hacen que la misión evangelizadora requiera hoy un programa tam-bién nuevo que puede definirse en su conjunto como “nueva evangeliza-ción”. (244) Como Pastor supremo de la Iglesia deseo fervientemente invitar a todos los miembros del pueblo de Dios, y particularmente a los que viven en el Continente americano —donde por vez primera hice un llamado a un compromiso nuevo “en su ardor, en sus métodos, en su expresión” (245)— a asumir este proyecto y a colaborar en él. Al aceptar esta misión, todos deben recordar que el núcleo vital de la nueva evangelización ha de ser el anuncio claro e inequívoco de la persona de Jesucristo, es decir, el anuncio de su nombre, de su doctrina, de su vida, de sus promesas y del Reino que Él nos ha conquistado a través de su misterio pascual. (246)

Jesucristo, “buena nueva” y primer evangelizador

67. Jesucristo es la “buena nueva” de la salvación comunicada a los hombres de ayer, de hoy y de siempre; pero al mismo tiempo es también el primer y su-premo evangelizador. (247) La Iglesia debe centrar su atención pastoral y su acción evangelizadora en Jesucristo crucificado y resucitado. “Todo lo que se proyecte en el campo eclesial ha de partir de Cristo y de su Evangelio”. (248) Por lo cual, “la Iglesia en América debe hablar cada vez más de Jesucristo, rostro humano de Dios y rostro divino del hombre. Este anuncio es el que realmente sacude a los hombres, despierta y transforma los ánimos, es decir, convierte. Cristo ha de ser anunciado con gozo y con fuerza, pero principal-mente con el testimonio de la propia vida”. (249)

Cada cristiano podrá llevar a cabo eficazmente su misión en la medida en que asuma la vida del Hijo de Dios hecho hombre como el modelo perfecto de su acción evangelizadora. La sencillez de su estilo y sus opciones han de ser normativas para todos en la tarea de la evangelización. En esta perspec-tiva, los pobres han de ser considerados ciertamente entre los primeros des-tinatarios de la evangelización, a semejanza de Jesús, que decía de sí mis-mo: “El Espíritu del Señor [...] me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva” (Lc 4, 18). (250)

Como ya he indicado antes, el amor por los pobres ha de ser preferencial, pero no excluyente. El haber descuidado —como señalaron los Padres sinoda-les— la atención pastoral de los ambientes dirigentes de la sociedad, con el consiguiente alejamiento de la Iglesia de no pocos de ellos, (251) se debe, en parte, a un planteamiento del cuidado pastoral de los pobres con un cierto exclusivismo. Los daños derivados de la difusión del secularismo en dichos ambientes, tanto políticos, como económicos, sindicales, militares, sociales o culturales, muestran la urgencia de una evangelización de los mismos, la cual debe ser alentada y guiada por los Pastores, llamados por Dios para atender a todos. Es necesario evangelizar a los dirigentes, hombres y muje-res, con renovado ardor y nuevos métodos, insistiendo principalmente en la formación de sus conciencias mediante la doctrina social de la Iglesia. Esta formación será el mejor antídoto frente a tantos casos de incoherencia y, a veces, de corrupción que afectan a las estructuras sociopolíticas. Por el con-trario, si se descuida esta evangelización de los dirigentes, no debe sorpren-der que muchos de ellos sigan criterios ajenos al Evangelio y, a veces, abier-tamente contrarios a él. A pesar de todo, y en claro contraste con quienes carecen de una mentalidad cristiana, hay que reconocer “los intentos de no pocos [...] dirigentes por construir una sociedad justa y solidaria”. (252)

El encuentro con Cristo lleva a evangelizar

68. El encuentro con el Señor produce una profunda transformación de quienes no se cierran a Él. El primer impulso que surge de esta transformación es comunicar a los demás la riqueza adquirida en la experiencia de este encuen-tro. No se trata sólo de enseñar lo que hemos conocido, sino también, como la mujer samaritana, de hacer que los demás encuentren personalmente a Jesús: “Venid a ver” (Jn 4, 29). El resultado será el mismo que se verificó en el corazón de los samaritanos, que decían a la mujer: “Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdade-ramente el Salvador del mundo” (Jn 4, 42). La Iglesia, que vive de la presen-cia permanente y misteriosa de su Señor resucitado, tiene como centro de su misión “llevar a todos los hombres al encuentro con Jesucristo”. (253)

Ella está llamada a anunciar que Cristo vive realmente, es decir, que el Hijo de Dios, que se hizo hombre, murió y resucitó, es el único Salvador de todos los hombres y de todo el hombre, y que como Señor de la historia continúa operante en la Iglesia y en el mundo por medio de su Espíritu hasta la con-sumación de los siglos. La presencia del Resucitado en la Iglesia hace posible nuestro encuentro con Él, gracias a la acción invisible de su Espíritu vivifican-te. Este encuentro se realiza en la fe recibida y vivida en la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Este encuentro, pues, tiene esencialmente una dimensión eclesial y lleva a un compromiso de vida. En efecto, “encontrar a Cristo vivo es aceptar su amor primero, optar por Él, adherir libremente a su persona y proyecto, que es el anuncio y la realización del Reino de Dios”. (254)

El llamado suscita la búsqueda de Jesús: “Rabbí —que quiere decir, “Maes-tro”— ¿dónde vives? Les respondió: “Venid y lo veréis”. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día” (Jn 1, 38-39). “Ese quedarse no se reduce al día de la vocación, sino que se extiende a toda la vida. Seguirle es vivir como Él vivió, aceptar su mensaje, asumir sus criterios, abrazar su suerte, participar su propósito que es el plan del Padre: invitar a todos a la comunión trinitaria y a la comunión con los hermanos en una sociedad justa y solidaria”. (255) El ardiente deseo de invitar a los demás a encontrar a Aquél a quien nosotros hemos encontrado, está en la raíz de la misión evangeliza-dora que incumbe a toda la Iglesia, pero que se hace especialmente urgente hoy en América, después de haber celebrado los 500 años de la primera evangelización y mientras nos disponemos a conmemorar agradecidos los 2000 años de la venida del Hijo unigénito de Dios al mundo.

Importancia de la catequesis

69. La nueva evangelización, en la que todo el Continente está comprometido, indica que la fe no puede darse por supuesta, sino que debe ser presentada explícitamente en toda su amplitud y riqueza. Este es el objetivo principal de la catequesis, la cual, por su misma naturaleza, es una dimensión esencial de la nueva evangelización. “La catequesis es un proceso de formación en la fe, la esperanza y la caridad que informa la mente y toca el corazón, llevan-do a la persona a abrazar a Cristo de modo pleno y completo. Introduce más plenamente al creyente en la experiencia de la vida cristiana que incluye la celebración litúrgica del misterio de la redención y el servicio cristiano a los otros”. (256)

Conociendo bien la necesidad de una catequización completa, hice mía la propuesta de los Padres de la Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos de 1985, de elaborar “un catecismo o compendio de toda la doctrina católica, tanto sobre fe como sobre moral”, el cual pudiera ser “punto de re-ferencia para los catecismos y compendios que se redacten en las diversas regiones”. (257) Esta propuesta se ha visto realizada con la publicación de la edición típica del Catechismus Catholicae Ecclesiae. (258) Además del texto oficial del Catecismo, y para un mejor aprovechamiento de sus contenidos, he querido que se elaborara y publicara también un Directorio general para la Catequesis. (259) Recomiendo vivamente el uso de estos dos instrumentos de valor universal a cuantos en América se dedican a la catequesis. Es desea-ble que ambos documentos se utilicen “en la preparación y revisión de todos los programas parroquiales y diocesanos para la catequesis, teniendo ante los ojos que la situación religiosa de los jóvenes y de los adultos requiere una catequesis más kerigmática y más orgánica en su presentación de los conte-nidos de la fe”. (260)

Es necesario reconocer y alentar la valiosa misión que desarrollan tantos ca-tequistas en todo el Continente americano, como verdaderos mensajeros del Reino: “Su fe y su testimonio de vida son partes integrantes de la cateque-sis”. (261) Deseo alentar cada vez más a los fieles para que asuman con va-lentía y amor al Señor este servicio a la Iglesia, dedicando generosamente su tiempo y sus talentos. Por su parte, los Obispos procuren ofrecer a los cate-quistas una adecuada formación para que puedan desarrollar esta tarea tan indispensable en la vida de la Iglesia.

En la catequesis será conveniente tener presente, sobre todo en un Conti-nente como América, donde la cuestión social constituye un aspecto relevan-te, que “el crecimiento en la comprensión de la fe y su manifestación prácti-ca en la vida social están en íntima correlación. Conviene que las fuerzas que se gastan en nutrir el encuentro con Cristo, redunden en promover el bien común en una sociedad justa”. (262)

Evangelización de la cultura

70. Mi predecesor Pablo VI, con sabia inspiración, consideraba que “la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo”. (263) Por ello, los Padres sinodales han considerado justamente que “la nue-va evangelización pide un esfuerzo lúcido, serio y ordenado para evangelizar la cultura”. (264) El Hijo de Dios, al asumir la naturaleza humana, se encarnó en un determinado pueblo, aunque su muerte redentora trajo la salvación a todos los hombres, de cualquier cultura, raza y condición. El don de su Espí-ritu y su amor van dirigidos a todos y cada uno de los pueblos y culturas para unirlos entre sí a semejanza de la perfecta unidad que hay en Dios uno y tri-no. Para que esto sea posible es necesario inculturar la predicación, de modo que el Evangelio sea anunciado en el lenguaje y la cultura de aquellos que lo oyen. (265) Sin embargo, al mismo tiempo no debe olvidarse que sólo el mis-terio pascual de Cristo, suprema manifestación del Dios infinito en la finitud de la historia, puede ser el punto de referencia válido para toda la humani-dad peregrina en busca de unidad y paz verdaderas.

El rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe fue ya desde el inicio en el Con-tinente un símbolo de la inculturación de la evangelización, de la cual ha si-do la estrella y guía. Con su intercesión poderosa la evangelización podrá pe-netrar el corazón de los hombres y mujeres de América, e impregnar sus cul-turas transformándolas desde dentro. (266)

Evangelizar los centros educativos

71. El mundo de la educación es un campo privilegiado para promover la incultu-ración del Evangelio. Sin embargo, los centros educativos católicos y aquéllos que, aun no siendo confesionales, tienen una clara inspiración católica, sólo podrán desarrollar una acción de verdadera evangelización si en todos sus ni-veles, incluido el universitario, se mantiene con nitidez su orientación católi-ca. Los contenidos del proyecto educativo deben hacer referencia constante a Jesucristo y a su mensaje, tal como lo presenta la Iglesia en su enseñanza dogmática y moral. Sólo así se podrán formar dirigentes auténticamente cris-tianos en los diversos campos de la actividad humana y de la sociedad, espe-cialmente en la política, la economía, la ciencia, el arte y la reflexión filosó-fica. (267) En este sentido, “es esencial que la Universidad Católica sea, a la vez, verdadera y realmente ambas cosas: Universidad y Católica. [...] La ín-dole católica es un elemento constitutivo de la Universidad en cuanto insti-tución y no una mera decisión de los individuos que dirigen la Universidad en un tiempo concreto”. (268) Por eso, la labor pastoral en las Universidades Católicas ha de ser objeto de particular atención en orden a fomentar el compromiso apostólico de los estudiantes para que ellos mismos lleguen a ser los evangelizadores del mundo universitario. (269) Además, “debe estimular-se la cooperación entre las Universidades Católicas de toda América para que se enriquezcan mutuamente”, (270) contribuyendo de este modo a que el principio de solidaridad e intercambio entre los pueblos de todo el Continen-te se realice también a nivel universitario.

Algo semejante se ha de decir también a propósito de las escuelas católicas, en particular de la enseñanza secundaria: “Debe hacerse un esfuerzo espe-cial para fortificar la identidad católica de las escuelas, las cuales fundan su naturaleza específica en un proyecto educativo que tiene su origen en la per-sona de Cristo y su raíz en la doctrina del Evangelio. Las escuelas católicas deben buscar no sólo impartir una educación que sea competente desde el punto de vista técnico y profesional, sino especialmente proveer una forma-ción integral de la persona humana”. (271) Dada la importancia de la tarea que los educadores católicos desarrollan, me uno a los Padres sinodales en su deseo de alentar, con ánimo agradecido, a todos los que se dedican a la en-señanza en las escuelas católicas: sacerdotes, hombres y mujeres consagra-dos, y laicos comprometidos, “para que perseveren en su misión de tanta im-portancia”. (272) Ha de procurarse que el influjo de estos centros de ense-ñanza llegue a todos los sectores de la sociedad sin distinciones ni exclusi-vismos. Es indispensable que se realicen todos los esfuerzos posibles para que las escuelas católicas, a pesar de las dificultades económicas, continúen “impartiendo la educación católica a los pobres y a los marginados en la so-ciedad”. (273) Nunca será posible liberar a los indigentes de su pobreza si antes no se los libera de la miseria debida a la carencia de una educación digna.

En el proyecto global de la nueva evangelización, el campo de la educación ocupa un lugar privilegiado. Por ello, ha de alentarse la actividad de todos los docentes católicos, incluso de los que enseñan en escuelas no confesiona-les. Así mismo, dirijo un llamado urgente a los consagrados y consagradas pa-ra que no abandonen un campo tan importante para la nueva evangelización. (274)

Como fruto y expresión de la comunión entre todas las Iglesias particulares de América, reforzada ciertamente por la experiencia espiritual de la Asam-blea sinodal, se procurará promover congresos para los educadores católicos en ámbito nacional y continental, tratando de ordenar e incrementar la ac-ción pastoral educativa en todos los ambientes. (275)

La Iglesia en América, para cumplir todos estos objetivos, necesita un espa-cio de libertad en el campo de la enseñanza, lo cual no debe entenderse co-mo un privilegio, sino como un derecho, en virtud de la misión evangelizado-ra confiada por el Señor. Además, los padres tienen el derecho fundamental y primario de decidir sobre la educación de sus hijos y, por este motivo, los padres católicos han de tener la posibilidad de elegir una educación de acuerdo con sus convicciones religiosas. La función del Estado en este campo es subsidiaria. El Estado tiene la obligación de “garantizar a todos la educa-ción y la obligación de respetar y defender la libertad de enseñanza. Debe denunciarse el monopolio del Estado como una forma de totalitarismo que vulnera los derechos fundamentales que debe defender, especialmente el de-recho de los padres de familia a la educación religiosa de sus hijos. La fami-lia es el primer espacio educativo de la persona”. (276)

Evangelizar con los medios de comunicación social

72. Es fundamental para la eficacia de la nueva evangelización un profundo co-nocimiento de la cultura actual, en la cual los medios de comunicación social tienen gran influencia. Es por tanto indispensable conocer y usar estos me-dios, tanto en sus formas tradicionales como en las más recientes introduci-das por el progreso tecnológico. Esta realidad requiere que se domine el len-guaje, naturaleza y características de dichos medios. Con el uso correcto y competente de los mismos se puede llevar a cabo una verdadera incultura-ción del Evangelio. Por otra parte, los mismos medios contribuyen a modelar la cultura y mentalidad de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, razón por la cual quienes trabajan en el campo de los medios de comunicación so-cial han de ser destinatarios de una especial acción pastoral (277)

A este respecto, los Padres sinodales indicaron numerosas iniciativas concre-tas para una presencia eficaz del Evangelio en el mundo de los medios de comunicación social: la formación de agentes pastorales para este campo; el fomento de centros de producción cualificada; el uso prudente y acertado de satélites y de nuevas tecnologías; la formación de los fieles para que sean destinatarios críticos; la unión de esfuerzos en la adquisición y consiguiente gestión en común de nuevas emisoras y redes de radio y televisión, y la coor-dinación de las que ya existen. Por otra parte, las publicaciones católicas merecen ser sostenidas y necesitan alcanzar un deseado desarrollo cualitati-vo.**Hay que alentar a los empresarios para que respalden económicamente producciones de calidad que promueven los valores humanos y cristianos. (278) Sin embargo, un programa tan amplio supera con creces las posibilida-des de cada Iglesia particular del Continente americano. Por ello, los mismos Padres sinodales propusieron la coordinación de las actividades en materia de medios de comunicación social a nivel interamericano, para fomentar el co-nocimiento recíproco y la cooperación en las realizaciones que ya existen en este campo. (279)

El desafío de las sectas

73. La acción proselitista, que las sectas y nuevos grupos religiosos desarrollan en no pocas partes de América, es un grave obstáculo para el esfuerzo evan-gelizador. La palabra “proselitismo” tiene un sentido negativo cuando refleja un modo de ganar adeptos no respetuoso de la libertad de aquellos a quienes se dirige una determinada propaganda religiosa. (280) La Iglesia católica en América censura el proselitismo de las sectas y, por esta misma razón, en su acción evangelizadora excluye el recurso a semejantes métodos. Al proponer el Evangelio de Cristo en toda su integridad, la actividad evangelizadora ha de respetar el santuario de la conciencia de cada individuo, en el que se de-sarrolla el diálogo decisivo, absolutamente personal, entre la gracia y la li-bertad del hombre.

Ello ha de tenerse en cuenta especialmente respecto a los hermanos cristia-nos de Iglesias y Comunidades eclesiales separadas de la Iglesia católica, es-tablecidas desde hace mucho tiempo en determinadas regiones. Los lazos de verdadera comunión, aunque imperfecta, que, según la doctrina del Concilio Vaticano II, (281) tienen esas comunidades con la Iglesia católica, deben ilu-minar las actitudes de ésta y de todos sus miembros respecto a aquéllas. (282) Sin embargo, estas actitudes no han de poner en duda la firme convic-ción de que sólo en la Iglesia católica se encuentra la plenitud de los medios de salvación establecidos por Jesucristo. (283)

Los avances proselitistas de las sectas y de los nuevos grupos religiosos en América no pueden contemplarse con indiferencia. Exigen de la Iglesia en es-te Continente un profundo estudio, que se ha de realizar en cada nación y también a nivel internacional, para descubrir los motivos por los que no po-cos católicos abandonan la Iglesia. A la luz de sus conclusiones será oportuno hacer una revisión de los métodos pastorales empleados, de modo que cada Iglesia particular ofrezca a los fieles una atención religiosa más personaliza-da, consolide las estructuras de comunión y misión, y use las posibilidades evangelizadoras que ofrece una religiosidad popular purificada, a fin de hacer más viva la fe de todos los católicos en Jesucristo, por la oración y la meditación de la palabra de Dios. (284)

A nadie se le oculta la urgencia de una acción evangelizadora apropiada en relación con aquellos sectores del Pueblo de Dios que están más expuestos al proselitismo de las sectas, como son los emigrantes, los barrios periféricos de las ciudades o las aldeas campesinas carentes de una presencia sistemática del sacerdote y, por tanto, caracterizadas por una ignorancia religiosa difusa, así como las familias de la gente sencilla afectadas por dificultades materia-les de diverso tipo. También desde este punto de vista se demuestran suma-mente útiles las comunidades de base, los movimientos, los grupos de fami-lias y otras formas asociativas, en las cuales resulta más fácil cultivar las re-laciones interpersonales de mutuo apoyo, tanto espiritual como económico.

Por otra parte, como señalaron algunos Padres sinodales, hay que preguntar-se si una pastoral orientada de modo casi exclusivo a las necesidades mate-riales de los destinatarios no haya terminado por defraudar el hambre de Dios que tienen esos pueblos, dejándolos así en una situación vulnerable ante cualquier oferta supuestamente espiritual. Por eso, “es indispensable que to-dos tengan contacto con Cristo mediante el anuncio kerigmático gozoso y transformante, especialmente mediante la predicación en la liturgia”. (285) Una Iglesia que viva intensamente la dimensión espiritual y contemplativa, y que se entregue generosamente al servicio de la caridad, será de manera ca-da vez más elocuente testigo creíble de Dios para los hombres y mujeres en su búsqueda de un sentido para la propia vida. (286) Para ello es necesario que los fieles pasen de una fe rutinaria, quizás mantenida sólo por el am-biente, a una fe consciente vivida personalmente. La renovación en la fe será siempre el mejor camino para conducir a todos a la Verdad que es Cristo.

Para que la respuesta al desafío de las sectas sea eficaz, se requiere una adecuada coordinación de las iniciativas a nivel supradiocesano, con el obje-to de realizar una cooperación mediante proyectos comunes que puedan dar mayores frutos. (287)

La misión “ad gentes”

74. Jesucristo confió a su Iglesia la misión de evangelizar a todas las naciones: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28, 19-20). La conciencia de la universalidad de la misión evangelizadora que la Iglesia ha recibido debe permanecer viva, como lo ha demostrado siempre la historia del pueblo de Dios que peregrina en América. La evangelización se hace más urgente respecto a aquéllos que vi-viendo en este Continente aún no conocen el nombre de Jesús, el único nombre dado a los hombres para su salvación (cf. Hch 4, 12). Lamentable-mente, este nombre es desconocido todavía en gran parte de la humanidad y en muchos ambientes de la sociedad americana. Baste pensar en las etnias indígenas aún no cristianizadas o en la presencia de religiones no cristianas, como el Islam, el Budismo o el Hinduismo, sobre todo en los inmigrantes pro-venientes de Asia.

Ello obliga a la Iglesia universal, y en particular a la Iglesia en América, a permanecer abierta a la misión ad gentes. (288) El programa de una nueva evangelización en el Continente, objetivo de muchos proyectos pastorales, no puede limitarse a revitalizar la fe de los creyentes rutinarios, sino que ha de buscar también anunciar a Cristo en los ambientes donde es desconocido.

Además, las Iglesias particulares de América están llamadas a extender su impulso evangelizador más allá de sus fronteras continentales. No pueden guardar para sí las inmensas riquezas de su patrimonio cristiano. Han de lle-varlo al mundo entero y comunicarlo a aquéllos que todavía lo desconocen. Se trata de muchos millones de hombres y mujeres que, sin la fe, padecen la más grave de las pobrezas. Ante esta pobreza sería erróneo no favorecer una actividad evangelizadora fuera del Continente con el pretexto de que todavía queda mucho por hacer en América o en la espera de llegar antes a una si-tuación, en el fondo utópica, de plena realización de la Iglesia en América.

Con el deseo de que el Continente americano participe, de acuerdo con su vitalidad cristiana, en la gran tarea de la misión ad gentes, hago mías las propuestas concretas que los Padres sinodales presentaron en orden a “fo-mentar una mayor cooperación entre las Iglesias hermanas; enviar misioneros (sacerdotes, consagrados y fieles laicos) dentro y fuera del Continente; forta-lecer o crear Institutos misionales; favorecer la dimensión misionera de la vi-da consagrada y contemplativa; dar un mayor impulso a la animación, forma-ción y organización misional”. (289) Estoy seguro de que el celo pastoral de los Obispos y de los demás hijos de la Iglesia en toda América sabrá encontrar iniciativas concretas, incluso a nivel internacional, que lleven a la práctica, con gran dinamismo y creatividad, estos propósitos misionales.



Leave a Reply

Comment

Índice Documental Mensual

PERALTA - Jul 8, 2011 10:22 - 0 Comments

PERALTA

More In Noticias


PERALTA - Jul 8, 2011 10:22 - 0 Comments

PERALTA

More In Noticias


PERALTA - Jul 8, 2011 10:22 - 0 Comments

PERALTA

More In Noticias