Documentos, Documentos Iglesia, La familia - Written by Archivo Calasanz on Jueves, Febrero 26, 2009 22:09 - 0 Comments

La familia, escuela de justicia y paz - 3. El dinamismo de la justicia y de la paz

ÍNDICE

Hemos dicho anteriormente que la justicia y la paz son elementos fundamen-tales del bien común que la sociedad debe procurar y que la familia puede dar y construir. Porque en la familia es donde se da el don de la justicia y de la paz y donde al mismo tiempo se “construye” como tarea propia la justicia y la paz. Detengámonos un momento a considerar un poco más de cerca ambos va-lores y la relación entre ellos[7].

La paz es uno de los valores transmitidos en ambos Testamentos. Es mucho más que la ausencia de la guerra. La paz representa la plenitud de la vida (cf. Ml 2, 5); es el efecto de la bendición de Dios sobre su pueblo (cf. Nm 6, 26); produce fecundidad, bienestar (cf. Is 48, 18-19) y alegría profunda (cf. Pr 12, 20). Al mismo tiempo, la paz es la meta de la convivencia social, como apare-ce de forma extraordinaria en la visión mesiánica de la paz, descrita en el li-bro del profeta Isaías (cf. Is 2, 25). En el Nuevo Testamento, Jesús afirma ex-plícitamente: “Bienaventurados los pacíficos porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). Él no sólo rechazó la violencia (cf. Mt 26, 52; Lc 9, 54-55), sino que fue más allá cuando dijo: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calum-nian” (Lc 6, 27-28).

Junto a la luz que proviene de la Escritura, la historia del pensamiento nos muestra que la cultura de la paz supone un orden. Precisamente, según la de-finición de san Agustín y de Boecio, recogida por santo Tomás de Aquino, la paz se define como la tranquilidad que brota del orden[8]. A su vez, el orden su-pone la equidad. Santo Tomás define el orden como la disposición de las cosas conforme a un punto de referencia. Pues bien, el “punto de referencia” del or-den del que brota la paz es la justicia.

3.1. La justicia, condición para la paz

La justicia es un valor fundamental de la vida del hombre. Se trata además de una realidad imprescindible para la convivencia humana. La justicia va ligada a la estructura de toda persona independientemente del tiempo, de su edad o cultura. La justicia constituye, junto al bien y a la verdad, la trilogía de los grandes valores y realidades humanas. Por el contrario, la injusticia está rela-cionada con el mal y la mentira. Por tanto, la plenitud del hombre y la mejora de la sociedad están en relación al bien, a la verdad y a la justicia. La convi-vencia social pierde su sentido si vence el mal, el error y la injusticia. La jus-ticia nos remite directamente al ius (derecho), y es que sólo se puede hablar de justicia si existen derechos. Por ello, la justicia consiste en dar a cada uno su derecho, lo que le es debido.

La triple distinción entre justicia conmutativa, legal y distributiva, cubre to-dos los aspectos de la persona, pues aúnan por igual sus derechos y deberes como individuo, a la vez que exigen y protegen sus deberes y derechos que de-rivan de la sociabilidad radical, que es un constitutivo esencial de su persona. En este sentido, la justicia ha sido el anhelo y la tarea de todos los tiempos. Escribe Platón: “Engendrar justicia es establecer entre las partes del alma una jerarquía que las subordine unas a otras de acuerdo con su naturaleza; siendo, por el contrario, engendrar la injusticia el establecer una jerarquía que some-te unos a otros de modo contrario al natural”[9].

Por su parte, la tradición cristiana sostiene la dimensión religiosa innegable de los conceptos de justicia y justo respecto a la conducta del hombre frente a Dios, y señala la relación de la justicia con el orden social.

En este contexto, podemos preguntarnos: ¿hay una doctrina bíblica que de-mande el valor de la justicia en la sociedad? La respuesta es sí. Abundan los testimonios en el Antiguo y en el Nuevo Testamento que inculcan el precepto de cumplir los deberes de justicia en la convivencia social. El mensaje de Je-sús contempla diversos aspectos de la convivencia justa entre los hombres, especialmente en los sinópticos. Como dice la Congregación para la doctrina de la fe, en un documento suyo, “en el Antiguo Testamento, los profetas no dejan de recordar, con particular vigor, las exigencias de la justicia y la solida-ridad y de hacer un juicio extremamente severo sobre los ricos que oprimen al pobre (…). La fidelidad a la alianza no se concibe sin la práctica de la justi-cia. La justicia con respecto a Dios y la justicia con respecto a los hombres son inseparables. Esta doctrina está aún más radicalizada en el Nuevo Testamento como lo demuestra el discurso sobre las Bienaventuranzas”[10].

En nuestros días, la palabra “justicia” es uno de los términos más usados en la vida socio-política. En muchos casos es la palabra “clave” o “comodín” de de-claraciones políticas, económicas y sociales en múltiples foros nacionales e internacionales. Este uso continuo, y el abuso que se ha podido hacer de él por parte de algunas ideologías, ha llevado a que el término “justicia” reciba diver-sas acepciones.

A pesar de la claridad de la definición de justicia, “lo suyo” debe ser bien in-terpretado y defendido en cada caso como objeto primario. Si no se hace así, la realización de la justicia estará sometida a la arbitrariedad de los poderosos del momento y puede ocurrir que la justicia, que debería ser camino para al-canzar la paz, al perder su verdadero sentido, sea ocasión de violencia incluso extrema.

De la injusticia brota siempre la violencia. En la actualidad, las injusticias so-ciales, económicas y políticas generan numerosas guerras, tensiones y conflic-tos. Frente a la guerra, se presenta la paz que es fruto de la justicia y de la solidaridad. “Superando los imperialismos de todo tipo y los propósitos por mantener la propia hegemonía, las naciones más fuertes y más dotadas deben sentirse moralmente responsables de las otras, con el fin de instaurar un ver-dadero sistema internacional que se base en la igualdad de todos los pueblos y en el debido respeto de sus legítimas diferencias. Los países económicamente más débiles, o que están en el límite de la supervivencia, asistidos por los de-más pueblos y por la comunidad internacional, deben ser capaces de aportar a su vez al bien común sus tesoros de humanidad y de cultura, que de otro modo se perderían para siempre”[11]

Pero la paz se realiza también a base de cosas pequeñas, en la vida ordinaria y en el pequeño entorno de cada uno. Los cristianos debemos lanzarnos por to-dos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Ninguna otra realidad como la familia es capaz de construir día a día con su perseverancia la paz que es fruto de la ma-nifestación del orden interior de las familias y también de los pueblos.



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