Documentos, Documentos Iglesia, La familia - Written by Archivo Calasanz on Jueves, Febrero 26, 2009 22:20 - 0 Comments

La familia, escuela de justicia y paz - 5. Familia: escuela de justicia, de amor y de paz

ÍNDICE

Diversos datos sociológicos indican que la familia, además de ser la institución más valorada (84% - 97%)[15] y referencial para las personas, es la que contri-buye de manera decisiva a la cohesión social. En efecto, las relaciones que se establecen dentro de las familias (relaciones paterno-filiales, relaciones fra-ternales, relaciones intergeneracionales)[16] fomentan la responsabilidad so-cial del grupo familiar.

¿Cómo procura la familia la cohesión social? Según distintos indicadores socio-lógicos[17], la familia aporta la cohesión social a través de la fecundidad, que es la que asegura la continuidad generacional y donde se aprende la “identi-dad” (soy hijo porque tengo un padre, soy padre porque tengo un hijo), que consolidan el “arraigo identitario” como elemento configurador de la persona-lidad.

Por otra parte, la familia, debido a la gratuidad que impera en su naturaleza y dinamismo, puede transmitir los valores morales y procurar una asistencia in-tegral, ya que la familia es uterus spirituale. En estas condiciones, la familia está posibilitada para realizar lo que le es propio (principio de subsidiariedad) y que consiste en su papel educador de las nuevas generaciones. Otras instan-cias e instituciones no deben arrogarse funciones que no le son propias. La fa-milia, en cambio, debido a su vocación de permanencia en el tiempo, es el re-cinto donde se desarrollan, forjan y transmiten los valores sustanciales de la persona, que no son sólo los técnicos, sino también y fundamentalmente los valores espirituales.

En efecto, la complementariedad de los padres y el compromiso estable de los esposos posibilitan el papel de la educación integral que reclama constancia, entrega y dedicación duradera. Nunca termina ese proceso educativo, de tal forma que la referencia familiar es imprescindible para la forja de una perso-nalidad madura que aporte a la sociedad los valores que le han sido transmiti-dos en el núcleo familiar. Como bellamente ha expresado Margarita Dubois “los hijos no crecen bajo sus padres, sino a su lado. No bajo su sombra sino a su luz”.

La familia es escuela de justicia y de paz porque educa en y para la ver-dad[18], en y para la libertad, en y para la vida social. La actividad genuina-mente educativa de la familia es “sentar las raíces de la verdad en las alas de la libertad”. En este círculo entre verdad y libertad es donde se pueden trans-mitir original y creativamente los valores del diálogo, el seguimiento, la res-ponsabilidad, la exigencia, la disciplina, el respeto, el sacrificio y el equili-brio. ¿Está convencida la sociedad de que estos y otros valores hacen falta pa-ra construir entre todos una sociedad justa y pacífica? He aquí, pues, la linfa oxigenada que la familia puede aportar a la sociedad. El capital social que la familia aporta es de indudable valor, ya que permite desplegar en plenitud las dimensiones individuales y sociales que tiene todo ser humano. De aquí que el sentido común y la lógica apuesten por robustecer cada día más la familia co-mo verdadero manantial de justicia y de paz.

Por encima de las amenazas y dificultades que hoy se presentan de tantas formas contra la convivencia y las relaciones entre las personas y entre los pueblos, la familia está llamada a ser protagonista de la paz. Es el lugar en el que cada persona es ayudada a alcanzar su plena madurez que le permita construir una sociedad de armonía, solidaridad y de paz[19]. En efecto, en una vida familiar sana se experimentan algunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad ma-nifestada por los padres, el servicio afectuoso a los más débiles, a los ancianos y a los enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibili-dad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo. Por eso, la fa-milia es la primera e insustituible educadora de la paz[20]. La experiencia muestra suficientemente que los valores cultivados en la familia son un ele-mento muy significativo en el desarrollo moral de las relaciones sociales que configuran el tejido de la sociedad. De la unidad, fidelidad y fecundidad de la familia, como fundamento de la sociedad, dependen la estabilidad de los pue-blos.

Cuantos integran la familia han de ser conscientes de su protagonismo en la causa de la paz mediante la educación en los valores humanos en su interior, y hacia fuera con la participación de cada uno de sus miembros en la vida de la sociedad. Y también ha de serlo el Estado que, reconociendo el derecho de la familia a ser apoyada en esa función, debe procurar que las leyes estén orien-tadas a promoverla, ayudándola en la realización de las tareas que le corres-ponden. “Frente a la tendencia cada vez más difundida a legitimar, como su-cedáneos de la unión conyugal, formas de unión que por su naturaleza intrín-seca o por su intención transitoria no pueden expresar de ningún modo el sig-nificado de la familia y garantizar su bien, es deber del Estado reforzar y pro-teger la genuina institución familiar, respetando su configuración natural y sus derechos innatos e inalienables. Entre éstos, es fundamental el derecho de los padres a decidir libre y responsablemente en base a sus convicciones morales y religiosas y a su conciencia adecuadamente formada cuándo tener un hijo, para después educarlo en conformidad con tales convicciones”[21]. Apoyar a la familia en los diversos ámbitos en los que desarrolla su existencia es contribuir de manera objetiva a la construcción de la paz. Y “quien obstaculiza la institu-ción familiar, aunque sea inconscientemente, hace que la paz de toda la co-munidad, nacional e internacional, sea frágil, porque debilita lo que, de hecho, es la principal ‘agencia’ de paz”[22].

Si la quiebra de la familia es una amenaza para la paz y signo del subdesarrollo moral y económico de la sociedad, su salud, en cambio, se mide en gran me-dida por la importancia que se da a las condiciones que favorecen la identidad y misión de las familias. No se puede ignorar que las ayudas a la familia con-tribuyen a la armonía de la sociedad y de la nación, y eso favorece la paz en-tre los hombres y en el mundo. Proteger y defender los derechos de las fami-lias como un tesoro es tarea que corresponde a todos. En primer lugar, a las familias como protagonistas de su propia misión. Pero también a otras institu-ciones, de manera particular a la Iglesia y al Estado. El futuro de la sociedad, el futuro de la humanidad pasa por la familia.



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