sJC - Maestro y Fundador - Written by Archivo Calasanz on Miércoles, Abril 8, 2009 0:36 - 0 Comments

sJC - C05 - Teología y ordenaciones

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CAPÍTULO 5
TEOLOGIA Y ORDENACIONES

El curso 1577-78 había concluido y, según costumbre, el clérigo José Calasanz volvió a Peralta a pasar sus vacaciones de verano con sus padres. Había termina-do cuarto de Derecho, probablemente sin título alguno. A primeros de septiem-bre cumplía veintiún años.

En aquellas largas jornadas calurosas, cuando al anochecer habían cesado ya los ruidos de bronce en la fragua y llegaba el tiempo de la conversación familiar, más de una vez expondría José sus proyectos para el curso siguiente. Habría cambios. No quería seguir estudiando Derecho, es decir, por el momento renun-ciaba a los cursos complementarios para el doctorado, pero en realidad los cua-tro que había terminado eran los fundamentales de la carrera. No se trataba, pues, de una interrupción, sino más bien de una urgencia: seguía decidido a ser sacerdote y debía empezar, por tanto, la teología. No era ninguna sorpresa para su familia; todos sabían que era su vocación, al menos desde sus trece años.

Lo más difícil de explicar era por qué quería ir a Valencia. ¿No había Facultad de Teología en Lérida? Entonces ¿por qué irse tan lejos? Y el caso es que se explicó tan bien que convenció a todos. Y a principios de octubre emprendió el camino hacia la ciudad del Turia. El curso empezaba por San Lucas.

1. La Valencia que conoció Calasanz

En diciembre de 1585, terminadas las Cortes Generales de Monzón, emprendía Felipe II viaje hacia Valencia. Su notario y arquero de la Guardia Real, Enrique Cock, describió con detalle el itinerario, que seguía prácticamente la línea des-cendente del Cinca desde Monzón a Mequinenza y desde aquí, la del Ebro hasta Tortosa, desde la cual, por la antigua ‘Vía Augusta’ de la costa, llegaba hasta Va-lencia. (1) Era el camino más corto y más fácil. Y probablemente fue el mismo que recorrió José Calasanz siete años antes, con la añadidura de la etapa de Pe-ralta a Monzón, bordeando el río Sosa. El Rey pernoctó en el castillo de Mequi-nenza y siguió luego el viaje navegando por el Ebro hasta Tortosa, mientras gran parte de sus acompañantes iban por tierra, como era normal. Desde Tortosa el camino real iba por Ulldecona y al cruzar el río Cenia se entraba en el Reino de Valencia. En Vinaroz sintió Calasanz la impresión inédita de contemplar por pri-mera vez la maravilla del Mar Mediterráneo.

Viniendo del norte, la entrada obligada a Valencia era la puerta de Serranos, grandiosa, monumental, enmarcada por las torres góticas de finales del siglo XIV. En cierto modo era como el rostro simbólico de la gran ciudad. «Valencia —escribía Cock— es en nuestros tiempos muy célebre y entre todas las [ciudades] de la provincia Tarraconense fácilmente la más principal». (2) En realidad era la tercera de España, con 60.000 almas, sólo superada por Granada y Sevilla. (3) Mantenía su recinto amurallado, con cuatro grandes puertas principales situadas en los cuatro puntos cardinales, de las que perduran hoy las de Serranos y Cuart. Cock menciona cinco puentes sobre el Turia, (4) de los cuales los dos más impo-nentes y de sólida cantería eran el de Serranos y el de la Trinidad con sus diez arcos apuntados. El interior de la ciudad conservaba su estructura medieval, con calles angostas, y alguna que otra arteria importante, como la calle de Caballe-ros, en que abundaban las mansiones o palacios de la aristocracia. Los edificios más famosos, entonces como ahora, eran la Seo con su altísima Torre del Mica-let, la Lonja de mercaderes y el Palacio de la Generalidad. Aún podía admirarse el Palacio Real junto al río, fuera de las murallas. (5)

Naturalmente, no existía la Basílica de la Patrona de Valencia, cuya imagen era venerada desde 1489 en una diminuta capilla abierta en el exterior de la cate-dral, y que daba a la actual Plaza de la Virgen. Desde 1494 se la llamaba Verge Maria dels Inocents e Desamparats. (6) Allí la tuvo que ver y venerar muchas ve-ces el clérigo José Calasanz, estudiante de teología.

2. La Universidad, entonces

Si como ciudad era Valencia la tercera de España, no le andaba a la zaga su Uni-versidad, considerada como una de las más prestigiosas de la Península, junto con Alcalá y Salamanca . «Creado al nacer el siglo el ‘Studi General’ acuñaría un sistema didáctico, caracterizado por una fuerte impronta municipal que se fue consolidando hasta convertirse en uno de los centros docentes capitales del siglo XVI, que podría codearse dignamente con Salamanca y Alcalá e incluso superarlas en algunas materias como Medicina. En el ámbito de la Corona de Aragón tuvo una trascendencia mucho más acusada que Huesca, Zaragoza, Lérida y Barcelo-na». (8)

Si en Medicina iba a la cabeza , no era menos su prestigio en la Facultad de Artes y Filosofía, que superaba también a las dos célebres universidades castellanas según parece. (10) Y este extraordinario florecimiento de cultura clásica llegaba a su apogeo precisamente en aquella época en que Calasanz vivió en Valencia. (11) Más todavía, no falta quien considere que el período de 1566-1580 en gene-ral fue precisamente aquel «en que la Universidad vive sus años de mayor es-plendor». (12) Lo admirable es que alcanzara esos niveles ya en el primer siglo de su existencia. Y una de las razones de su constante superación fue sin duda la frecuente renovación de sus estatutos. Los más cercanos a la época que histo-riamos fueron los de 1561, 1563, 1569 y 1581, (13) sin olvidar la breve visita-reforma de 1570, hecha por el Canciller de la Universidad y Arzobispo de Valen-cia, San Juan de Ribera.

Algunas estadísticas pueden completar la idea de lo que significaba la Universi-dad valentina como centro cultural de atracción de estudiantes de los diversos reinos de España. Son números relativos solamente a los graduados, tanto bachi-lleres como doctores o Maestros en Artes, que quedan lógicamente muy por de-bajo del número total de estudiantes, de los cuales muchos no llegaban a gra-duarse o frecuentaban las aulas universitarias sólo durante algún curso, como fue el caso de José Calasanz en el 1578-79. Además, llama poderosamente la atención el crecido número de estudiantes de Castilla, si se piensa que Alcalá y Salamanca estaban en tierras castellanas.

En los treinta y cinco años que median entre 1526 y 1561 (14) se concedieron 1.074 títulos, de los cuales 601 en Artes; 215 en Medicina; 107 en Derecho Civil; 79 en Derecho Canónico y 72 en Teología. Divididos por «naciones», correspondí-an: 436 graduados a Valencia; 400 a Castilla; 88 a Aragón; 67 a Cataluña y 83 de otras procedencias. (15) Otra estadística exclusiva de la Facultad de Artes enu-mera 211 graduados en el período de 1540-1549; 527 para 1566-1580; 583 para 1600-1611 y 287 para 1621-1631. Y concretamente, en el período 1600-1611 re-parte los 583 graduados así: 345 de Valencia; 78 de Castilla; 52 de Aragón; 34 de Baleares y 47 de otras procedencias (16)

Esta afluencia de estudiantes hacia la Universidad de Valencia, procedentes de toda España, nos hace comprender que no tenía nada de anormal el hecho de que también José Calasanz dejara las aulas universitarias de Lérida, turbulentas, poco frecuentadas y poco prestigiadas, sobre todo en teología, para ingresar en las de Valencia.

3. La Facultad de Teología

No sin cierto justificado orgullo escribía en 1730 Ortí y Figuerola en su historia de la Universidad de Valencia, comparando su Facultad de Teología con la de Al-calá: «Argüid (decía el erudito P. Melchor de la Çerda en la ‘Descripción de la Insigne Universidad de Alcalá’) por el número de las Cáthedras Theológicas, que son seis, el de las demás Facultades. Mucho mejor pudiéramos argüirlo assí en esta Universidad [de Valencia], en que las Cáthedras de Theología son diez y lo que es más, eran ya nueve el año 1598, en que este sabio jesuita escrivía». (17) El analista Cock, que pasó por Valencia en 1585, anotaba: «cáthedras que leen Teología hay ocho». (18) En un memorial de los jesuitas al virrey de Valencia, hacia 1569, se lee «attento que en este Estudio [General de Valencia] hay más cátredas (sic) de Theología que en ninguna otra Universidad, como a todos es manifiesto…»; y más adelante: «bien claro está que si siete cháthredas (sic) de Theología ay en el Estudio, una en pos de otra…». (19) Y ése era exactamente el número establecido por las Constituciones de 1561 con las siguientes materias: dos cátedras de Sagrada Escritura, una del Antiguo Testamento y otra del Nuevo; dos cátedras de la doctrina de Santo Tomás; otras dos del Maestro de las Senten-cias o Pedro Lombardo y una de Durando sobre los cuatro libros de las Senten-cias. (20) Sin embargo, las Constituciones de 1563 añadieron una cátedra más a las dos de Santo Tomás, especificando las cuestiones que tenía que exponer cada uno de los tres catedráticos en cada uno de los cuatro años de teología, necesa-rios para graduarse de bachiller. Con esta normativa podemos saber al detalle cuestiones concretas de la Suma de Santo Tomás que pudo estudiar Calasanz en la Universidad de Valencia, durante su primer curso de Teología en 1578-79. (21)

No exageraban, pues, quienes afirmaban que la Universidad de Valencia tenía más cátedras de teología que las celebérrimas de Salamanca y Alcalá en este pe-ríodo de la segunda mitad del siglo XVI. En efecto, la de Salamanca contaba con seis permanentes: la de Prima y la de Vísperas, dedicadas al Maestro de las Sen-tencias; una de Sagrada Escritura; una de Santo Tomás, otra de Scoto y otra de Nominales, a las que hay que añadir los cursos especiales o catedrillas de Dogma o Sagrada Escritura para los aspirantes a bachilleres o doctores. (22)

En Alcalá hubo una cátedra de Biblia y tres cátedras mayores de teología, una para cada una de las tres vías o escuelas teológicas principales, Santo Tomás, Scoto y Nominales. A ellas se añadían otras tres cátedras menores o duplicadas de las tres escuelas. Pero de todas ellas, la Mayor de Nominales, llamada de Biel, se dedicó al Maestro de las Sentencias desde 1573 y la Menor de Scoto fue su-primida en 1550, siendo, por tanto, sólo seis en la segunda mitad del siglo. (23) Comparando las cátedras de teología de las tres universidades de Salamanca, Al-calá y Valencia en las décadas de fin del siglo XVI, se deduce claramente que el tomismo predominaba en la última, tanto más si se añade que desde 1548 se prescribía a los catedráticos de Artes que leyeran en sus clases los textos de Aris-tóteles con los comentarios de Santo Tomás. (24) Lo cual tiene su importancia para descubrir las raíces de tomismo en la mentalidad teológica del Fundador de las Escuelas Pías.

Este predominante tomismo de las aulas de teología y filosofía, con la consi-guiente imposición de la «Suma» y los comentarios a Aristóteles del Angélico, nos da idea de la transformación operada en la Universidad valentina, particular-mente en la enseñanza de teología, que se inserta en el movimiento contempo-ráneo de reforma de otras universidades españolas. «El movimiento se produce casi simultáneamente en todas las ramas del saber teológico, en varios centros universitarios: Alcalá, Valladolid, Valencia, Baeza, Gandía… y en un grupo nume-roso de teólogos. No es, pues, obra solamente de Francisco de Vitoria y de la Universidad de Salamanca, como tantas veces se repite. Vitoria y Salamanca han monopolizado en exceso la gloria de la renovación teológica española». (25)

4. Los jesuitas y la Universidad

En las Constituciones universitarias del 1563 se dieron disposiciones contra los alumnos que salieran a oír lecciones fuera de las aulas del Estudio General en las horas en que tenían las suyas los catedráticos, y también contra los profesores que impartieran tales lecciones. Pues desde hacía cierto tiempo solían los uni-versitarios abandonar sus aulas para ir a escuchar a otros profesores en los con-ventos de franciscanos, agustinos y carmelitas, como ocurría también en Sala-manca con el convento de dominicos de San Esteban. (26)

En 1544 los jesuitas fundan en Valencia el Colegio de San Pablo, el primero que tuvieron en España. El edificio —hoy Instituto «Luis Vives»— quedó prácticamen-te terminado en 1564. Y en 1567, con el beneplácito de la Ciudad, abrieron es-cuelas públicas de teología tanto para sus propios estudiantes como para los de fuera. La iniciativa partió seguramente del P. Gil González Dávila, nombrado Vi-sitador por San Francisco de Borja, General de la Compañía. En agosto de 1567 escribía el P. Gil al Provincial de Aragón: «Las escuelas de teología de Valencia me desagradan muchísimo. Más parece aquello interpretar a Terencio, que ense-ñar teología y explicar a St. Tomás». (27) Este juicio crítico iba contra la Univer-sidad por su marcado aire humanista, reflejo del tiempo, pero tal vez fuera in-justo, pues en ninguna otra universidad española se daba tanta importancia ni había tantas cátedras tomistas como en Valencia, como acabamos de constatar comparándolas con las universidades señeras de Salamanca y Alcalá. No obstan-te, consecuente con su juicio, y para obviar el inconveniente señalado, el P. Gil llamó a «dos buenos maestros de teología, el P. Juan de Ribera y el P. Pedro Ruiz, los cuales debían empezar su enseñanza el día de San Lucas, 18 de octubre de 1561… Estas clases de teología levantaron mucho el mérito de la Compañía en Valencia», (28) y los alumnos universitarios tuvieron otro colegio más para acudir a oír lecciones de teología, desertando de las aulas del Estudio General.

La reacción no se hizo esperar mucho. En 1569, un nuevo estatuto renovaba las disposiciones de 1563 contra quienes leyeran públicamente teología fuera de la Universidad, declarándoles inhábiles para ocupar cátedras en la misma; y a los alumnos que oyeran tales lecciones en horas en que impartieran las suyas los ca-tedráticos de la Universidad fueran también inhabilitados para obtener grados académicos. (29) Y empezó un drama.

Los alumnos de San Pablo, y de otros conventos religiosos, formularon protestas oficiales, reclamando la facultad de elegir profesores y lecciones. En cierto mo-do era una campaña por la libertad de enseñanza. (30) Los jesuitas salieron tam-bién por sus fueros con un largo memorial dirigido al Virrey de Valencia o al Vi-cecanciller de Aragón, apelando por una parte a sus privilegios pontificios de im-partir clases públicas y conceder grados académicos a propios y extraños, aun en ciudades en que hubiera Universidad; por otra parte, mal se podrían cumplir los estatutos, pues en la Universidad había clases todo el día, desde la mañana a la noche, y ni los jesuitas ni otros religiosos podían leer en sus casas en horas en que no se leyera en la Universidad, y por ello, los jesuitas habían puesto «sus dos lecciones a horas que menos dañan al Estudio». De todos modos, intentan a la vez una solución pacífica, proponiendo diversas iniciativas, como la concesión de dos cátedras de teología en la misma Universidad sin estipendio alguno. (31) No hay, sin embargo, en todo el memorial palabra alguna que intente rebajar el ni-vel científico de las aulas universitarias como razón del absentismo de los alum-nos, ni tampoco éstos apelan a otros motivos que no sean la libertad de elección de cátedras y la conveniencia de oír variedad de opiniones.

Catedráticos y jurados de la ciudad formaron frente común, especialmente co-ntra los jesuitas del San Pablo, en defensa del prestigio del Estudio General, que sentían menospreciado. Y en esta contienda intervino el recién llegado arzobispo de Valencia, Juan de Ribera, complicando todavía más el conflicto.

5. El Patriarca Ribera y la Universidad

El 20 de marzo de 1569 hacía su ingreso oficial en Valencia el nuevo arzobispo. Y ya desde el primer momento manifestó claramente sumo aprecio por los jesuitas y su colegio. (32) Siendo el arzobispo Canciller nato de la Universidad, los cate-dráticos y jurados de la ciudad temieron con sobrada razón que se pusiera deci-didamente de parte de los jesuitas, de quienes se empezó a decir que «querían excluir a los Maestros y alzarse con el Estudio». Y, según opina Robres Lluch, es probable que ésa fuera la idea del Patriarca, al menos respecto a la facultad de Teología, que estaba en el centro del litigio. (33)

Los jurados de Valencia recurrieron a Felipe II en defensa de los estatutos uni-versitarios, y el Arzobispo, con más moderación y diplomacia, se dirigió al Conse-jo de Aragón en enero de 1570, lamentando que «los jurados de Valencia toman-do por color favorecer a su Universidad, han querido impedir que no se oiga en algunas casas de religión (donde con más aprovechamiento de la facultad y de la virtud se lee teología), de lo cual resultaría mucho daño de los estudiantes … de que me ha parecido avisar a y. Sría., porque me han dicho que ocurren por re-medio deste negocio a Su Magestad…». (34)

El recurso del arzobispo tuvo efecto, pues una Real Orden de Felipe II, firmada el 31 de marzo de 1570, encargaba a Ribera que efectuara una Visita de reforma a la Universidad para resolver la contienda. No se trataba, pues, de una reforma a fondo de estatutos y constituciones porque se considerara la Universidad en decadencia y necesitada de cambio profundo, sino que la razón de la visita era sencillamente el conocido conflicto de la competencia de cátedras. Y rápida de-bió ser la visita-reforma, pues a principios de septiembre ya tenía el Rey en sus manos las actas de la visita del Estudio, cuyo contenido se ignora por haberse perdido, (35) pero que se puede conjeturar que fuera favorable a la libertad de enseñanza de los jesuitas y demás religiosos.

Efectivamente, las decisiones del Patriarca tropezaron con una cerrada resisten-cia de los catedráticos del Estudio General que provocó la reacción violenta del joven arzobispo: el 10 de agosto de 1570 fueron presos y encerrados en la cárcel episcopal el rector de la Universidad Pedro Monzó y los catedráticos de teología Lubiela, Mijavila y Cavaller, todos sacerdotes. Otro de los condenados era Blas Navarro, catedrático también y futuro rector, que se libró de la cárcel por haber sido comisionado por los Jurados para informar al Rey y al Consejo Supremo de Aragón.

Valencia entera se conmocionó. Y al estupor inicial siguió el alboroto y la decla-rada campaña contra el Patriarca, con una rapidez increíble. Al amanecer del día 11 aparecieron pasquines denigrantes contra el arzobispo en diversos lugares de la ciudad, incluso en la puerta de su propio palacio, en la de los Apóstoles de la catedral, en la del colegio de los jesuitas, en la del Rector de la Universidad… En uno de los pasquines, los estudiantes arremeten violentamente contra el ar-zobispo, protestando por el encarcelamiento de los catedráticos y presentando como «supuestos móviles secretos que impulsaron al Patriarca a la reforma de la Universidad: la ambición de los jesuitas por alcanzar cátedras y la pasión del Canciller [Ribera] contra los valencianos doctos [los catedráticos presos]». (36)

A estas primeras algaradas estudiantiles siguieron otras acusaciones denigrantes contra la moralidad del arzobispo, que franquearon las murallas de la ciudad y se esparcieron por la diócesis entera. Y no fue menos rápida la reacción obligada del arzobispo, que el 12 de agosto abrió proceso inquisitorial contra sus calum-niadores y los supuestos inspiradores de toda aquella infame conspiración. Los encartados fueron más de cincuenta.

Hubo dudas sobre la legitimidad de tales procesos, pero al fin Gregorio XIII, con breve del 17 de julio de 1572, los aprobó. De resultas de ellos, los catedráticos que el arzobispo hubiera querido eliminar volvieron a ocupar sus cátedras. En 1573 fue nombrado rector Blas Navarro, manteniendo su cátedra de Durando, Lubiela obtuvo la de Nuevo Testamento, Mijavila la del Maestro de las Sentencias y Monzón, Ex-rector, la de Antiguo Testamento. El intento de reforma, querido por el Patriarca Ribera, fue prácticamente un fracaso, que sirvió indirectamente para probar su humildad, su caridad con los adversarios y su santidad, reconoci-da al fin por todos.

Lo cierto es que el conflicto entre la Universidad y los jesuitas quedó sin resol-ver. El 20 de agosto de 1578 —Calasanz llegaría a Valencia mes y medio más tar-de para empezar el curso 1578-79— el General de la Compañía escribía al P. Ibá-ñez: «Dei collegio de Valencia me avisan que a los estudiantes nuestros de fuera ponen los maestros de la Universidad scrúpulo diziéndoles que no pueden oyr las lectiones de nuestro colegio con buena consciencia, ni quieren graduar a los que las oyen. Y que para el remedio desto sería necesario mostrarles nuestras bullas y privilegios que para este fin se impetraron». (37) Y que era cierta esta actitud nos lo insinúa Mosén Cristóbal Gaçull, que el 10 de marzo de 1586 ruega a los ju-rados del Consejo de la Ciudad que le permitan recibir grados académicos, dis-pensándole del impedimento de haber oído diez u once años atrás ‘algunes li-çons en lo Collegi dels enyeguistes [jesuitas] y en alguns monestirs de la present ciutat’. (38) La Universidad mantuvo sus viejos estatutos por más de cien años y los jesuitas siguieron apoyándose igualmente en sus privilegios pontificios de es-cuelas públicas y colación de grados académicos.

6. Supuestos desórdenes en la Universidad

Pasada la tormenta de los pasquines y los procesos inquisitoriales, el Patriarca Ribera —escribe Robres Lluch— «como Canciller, seguía afirmando que las cien-cias sagradas estaban en miserable decadencia en el Estudio y que era menester no oprimir a los religiosos que enseñaban competentemente la teología en sus colegios». (39) Probablemente la segunda afirmación —sin duda por la estima que profesaba el arzobispo a los jesuitas— le hizo exagerar desmesuradamente la primera. Y dada la inflexibilidad de la Universidad y los jurados en mantener los estatutos, no es de extrañar que siguiera viva la actitud adversa de los perjudi-cados, y su interés en acusar desórdenes, reales o supuestos, ante las supremas autoridades.

En efecto, en diciembre de 1583 escribía Felipe II a los jurados de Valencia: «Al Conde de Aytona, nuestro lugarteniente [Virrey] y Capitán General en esse rey-no, scrivimos que tracte con vosotros y juntos mireys el remedio que os pares-ciere convenir para atajar los grandes desórdenes havemos entendido hay en el Studio y Universidad de essa nuestra ciudad, como más largamente lo entende-reys del…». (40) Tales desórdenes son sin duda los contenidos en un Memorial anónimo, que llegó a manos del Rey y simultáneamente —es muy significativo— a las del General de los Jesuitas. (41) En síntesis, éstos serían los supuestos desór-denes: «favoritismo en la provisión de cátedras, absentismo grave de los profe-sores, poca utilidad de los estatutos, descuido de los jurados en hacerlos cum-plir, falta de vigilancia sobre la moralidad de los escolares y muchas casas públi-cas vecinas al Estudio». (42)

Es interesante el primer párrafo del Memorial: «En el Studio o Universidad de Va-lencia hay muy grandes y dañosos desórdenes para el bien común del Reyno y aún de un pedaço de Castilla y Aragón de donde acuden allí a estudiar». (Entre los de Aragón, en aquellos años, había ido José Calasanz.) Y en el párrafo final se lee esta grave acusación: «Al fin, dicha Universidad sta de manera que ni se aprende en ella buenas letras ni virtud ni criança; antes lo contrario, con grandí-simo detrimento desse Reyno y aún de otras partes». (43)

El 16 de mayo de 1584 escribían los Jurados al Monarca que, después de tratar la cuestión con los abogados, el canciller (o sea, el patriarca) y los catedráticos de la Universidad, se vio que «en moltes coses de les contengudes en dit memorial, han informat a Vostra Magestat diferent del que passa. Lo que havia de reformar se ha fet com Vostra Magestad manará veure per lo memorial que justament ab esta enviem». (44) Y en dicho memorial respondían adecuadamente en 13 apar-tados a las acusaciones del memorial mandado por el Rey.

Respecto a la teología, una de las acusaciones decía que «gradúan de doctores con ligeríssimo examen a los que han oydo quatro años, sin saber comúnmente lo que un mediano studiante sabe en otras partes» Y entre otras cosas respondían los jurados: «En lo que toca als examens dels doctors en Theulogía, lo que passa es que lo major y més rigurós examen ques fa en tota Spaña es lo desta Universi-tat». (46) Y describían minuciosamente todo el proceso de dichos exámenes.

Contra la última acusación respondían con este párrafo, que traducimos del va-lenciano, en que está escrito todo el Memorial:

«En dicha Universidad no sólo se aprenden letras, como muestra la expe-riencia, sino también mucha virtud, habiendo maestros que la profesan y la enseñan a sus discípulos no sólo de palabra, sino también en obras… Y por experiencia se ha visto y se ve que en esta Universidad, tal como se ha go-bernado hasta hoy, han salido muchas personas de letras, virtud y vida ejemplar que han dado lustre y han sido de gran provecho en otras universi-dades, ciudades y reinos y han sido tenidas y reputadas por personas princi-pales y muy señaladas en su profesión, letras y virtud». (47)

Aunque estos supuestos desórdenes se denuncian a finales de 1583, su carácter generalizado y ambiguo los proyecta hacia atrás, refiriéndolos a un pasado in-mediato que fácilmente puede llegar hasta el curso 1578-79, en que Calasanz, a sus veintiún años, estudiaba teología en la Universidad.

Y a estas quejas o acusaciones siguieron otras similares, provocando al fin una nueva Visita-reforma, que tras muchas vicisitudes la llevó a cabo don Alonso Co-loma, valenciano, canónigo Magistral de Sevilla, durante los años 1598-1599. Pe-ro hacía ya veinte que había pasado por Valencia el estudiante teólogo José Ca-lasanz Gastón.

7. Calasanz en Valencia

Desde el primer esbozo de biografía calasancia con la ‘Breve Notizia’ de 1648 hasta nuestros días corre ininterrumpidamente la tradición, avalada por analis-tas, historiadores y biógrafos con sus obras inéditas o impresas, de que San José de Calasanz estudió Teología en la Universidad de Valencia. (48) Hay una primera tradición que queda ya consignada por escrito en la referida ‘Breve Notizia’, y que nombra a Valencia, junto con Lérida y Alcalá, como las tres universidades españolas en que estudió el Santo Fundador, sin especificar qué estudió en cada una.

Esta primera tradición fue confirmada luego con más detalles por don Ascanio Simone —que había sido escolapio con el nombre de Jerónimo de Santa Inés— en una declaración firmada el 6 de octubre de 1659 ante el notario Vicente Marco Perrone, de Campi Salentina, en la que decía:

«Habiendo ido una vez a dar cuenta de conciencia al Venerable Siervo de Dios, después de haber discurrido de muchas cosas referentes al espíritu, me dijo que estando él a los veintiún años de edad en Valencia cuando estu-diaba la Sda. Teología, fue invitado por una dama a pecar y que por gracia de Dios bendito y de su excelsa Madre eludió el lazo que le había sido tendi-do por el diablo, abandonando a la mujer que al pecado le incitaba». (49)

La intimidad que supone esta confidencia, la sobriedad del relato y la seriedad notarial que lo avala son razones válidas para aceptar la verdad de la declara-ción. El último gran biógrafo, P. Bau, sin embargo, se empeñó en negar la pre-sencia de Calasanz en Valencia, contra la evidencia de los testimonios documen-tales, contra la ininterrumpida y unánime tradición de tres siglos y contra su propia opinión, manifestada en su gran obra anterior. (50) Y probablemente el motivo de su cambio de opinión lo expresó al confesar de sí mismo: «en Valencia alguien se ha desojado hojeando catálogos y papeles, con resultado absoluta-mente negativo». (51)

Ya hicimos notar que el silencio en los libros oficiales no es razón apodíctica para negar la presencia de ciertos estudiantes en las aulas universitarias. (52) Y con-cretamente, respecto a Valencia, leemos —y traducimos— en el art. primero de las Constituciones revisadas de 1581:

«Primeramente, por cuanto que, por las Constituciones de la presente Uni-versidad y Estudio General de la presente ciudad de Valencia, los estudian-tes tienen obligación de matricularse y dichas constituciones no se han ob-servado de la manera que convenía para probarlo, por tanto se establece y ordena que se tenga un libro, que esté en poder del Escribano de la sala, y en él se matriculen todos. Y que para la prueba de los cursos no se admitan sino los que estarán matriculados…». (53)

Ateniéndonos a la declaración de don Ascanio Simone, José Calasanz estaba es-tudiando Teología en Valencia a sus veintiún años de edad, que cumplió a prime-ros de septiembre de 1578. Por tanto, su primer curso de Teología en Valencia fue el 1578-79, dos años antes de la citada Constitución.

Para poder empezar los cursos de Teología en Valencia «se exigía que el alumno hubiera cursado los tres años de Artes y obtenido el Bachillerato en las mismas». (54) Así lo debió hacer Calasanz en el Estudio General de Lérida, y probablemen-te presentó el certificado acreditativo en la cancillería de la Universidad de Va-lencia. Este reconocimiento de estudios anteriores se daba solamente entre uni-versidades mutuamente «aprobadas», como eran, entre otras, Lérida, Alcalá y Salamanca respecto a Valencia. (55)

Durante el curso 1578-79 fue rector de la Universidad Andrés Tarazona, (56) y catedráticos de la Facultad de Teología los siguientes: Miguel Juan Lubiela (1551-79), Juan Blas Navarro (1551-94), Joaquín Mijavila (1551-86), Pedro Juan Monzó (1574-89), Jaime Ferruz (1547-94), Juan Bta. Burgos (1558-82), Luis Istella (1566-84), Gaspar Aldana (1576-93), Miguel Bartolomé Salom (1569-98). (57) De ellos, los cuatro primeros nos son conocidos como víctimas de los procesos inquisitoria-les promovidos por el Patriarca Ribera.

Calasanz pudo asistir, como otros, a las lecciones de la Universidad y a la vez a las del Colegio de San Pablo, tanto más si no tuvo que graduarse, pues sólo estu-vo un curso, al parecer. Efectivamente, los jesuitas decían en un memorial de 1569 que:

«… los estudiantes que oyen en nuestro collegio no faltan del Estudio sino dos horas, lo demás assisten y oyen allá, de suerte que no se impide que puedan allá oyr una, dos, tres, quatro o cinco liciones, con no tener obliga-ción para el curso de theología que a una o dos liciones, como se haze en todas las demás Universidades…». (58) Y dado que en la Universidad había clases «desde la mañana a la noche, y no pudiendo el collegio, ni las religio-nes por esta razón dexar de leer a hora que no se lea en el Estudio, ha pues-to el collegio sus dos liciones a horas que menos dañan al Estudio…». (59)

Y dado el sumo aprecio que siempre manifestó Calasanz a los jesuitas «desde su juventud», es lógico suponer que asistiera a las dos clases de teología en el San Pablo, como hacían otros de sus compañeros, desafiando la actitud adversa de los catedráticos del Estudio. Más aún, precisamente en 1578, el General de los jesuitas, muy interesado por el buen nombre del Colegio de Valencia, escribía al Rector P. Domenech:

«Por cartas que V. R. me ha escrito, he entendido el buen suceso de los es-tudios de theología en esse Collegio y que sólo faltava la lectión de Escriptu-ra…, yo tenía señalado al P. Baptista Ferrer para hazer este officio en Nápo-les, mas offreciéndose la necessidad de ese Collegio le he preferido a la de acá… Quanto a venir estudiantes de fuera o no, V. R., pues sabe lo que con-viene para la paz con la Universidad y con la ciudad, hará lo que viere ser más conveniente». (60)

Ni era menos positivo el juicio que en agosto de ese mismo año 1578 daba el Vi-sitador, P. Baltasar Alvarez, sobre los estudios de Teología, tanto del Colegio co-mo de la Universidad: «Aquí van bien las cosas de los estudios y por este medio se hace fruto en la Universidad, que han introducido los nuestros en ella buenas letras y los maestros de ella dicen que leen por los escritos nuestros». (61) Y co-menta el P. Astrain, evocando el juicio peyorativo y personal que había dado en 1567 otro visitador: «Los estudios no yacían en la postración en que once años antes los había encontrado el P. Gil González Dávila». (62)

Es interesante constatar que el famoso director espiritual de Santa Teresa, P. Baltasar Alvarez, empezó su visita al Colegio de Valencia en agosto de 1578 y que el 25 de marzo del año siguiente abría la Casa profesa de la Compañía. (63) José Calasanz llegaría a Valencia en octubre de 1578 —a sus veintiún años—, y si fre-cuentó las aulas del Colegio San Pablo, pudo ciertamente conocer al P. Baltasar Alvarez. Mas sería excesivo suponer —no se puede tampoco excluir— que preci-samente a él confiara su «histórica tentación».

8. La tentación de una dama

Es casi una pregunta obligada: ¿dónde residía Calasanz en Valencia? Mientras él estuvo había tres colegios para teólogos becarios. El primero, fundado por Santo Tomás de Villanueva en 1550, se llamaba de la Presentación de la Virgen, y aco-gía a diez colegiales que, además de ser pobres, tenían que ser de la diócesis de Valencia. El segundo, llamado de la Asunción o de «Na Monforta», por el nombre de la fundadora, surgió en 1554, y podía tener todos los colegiales que permitie-ran las rentas, pero debían ser de la familia de la fundadora o bien naturales de Valencia o de su Reino. El tercero, llamado de la Purificación, fue fundado en 1572 y estaba destinado a acoger parientes del fundador, mosén Pedro Rodríguez de la Vega. Y parece ser que nunca tuvo alumnos. Dadas las condiciones de in-greso, a ninguno de los tres pudo aspirar José Calasanz. El cuarto en orden cro-nológico, más famoso y mejor dotado, fue el de Corpus Christi, fundado por el Patriarca Ribera e inaugurado en 1610, lejos ya de la experiencia valenciana del estudiante de Peralta. (64)

La amistad de Calasanz con el valenciano Antonio de Gallart y de Mongay, con quien estudió en Lérida antes de trasladarse a Valencia, y con quien volvería a encontrarse de nuevo en Lérida y más tarde en la Curia episcopal de Seo de Ur-gel, podría hacer pensar en una acogida de Calasanz en casa de los familiares del valenciano. (65) Pero no hay indicio alguno que lo avale.

La sobriedad de la declaración del P. Ascanio Simone no permite tampoco ningu-na conjetura. Pero el relato de la tentación, dado en la ‘Breve Notizia’, añade nuevos detalles:

«Le ocurrió ser requerido a desempeñar oficio de secretario de una nobilísi-ma señora, la cual al observar su modestia y costumbres se le aficionó de tal manera, que habiendo distribuido a sus damas por otros quehaceres, quedó sola en la alcoba y llamó a nuestro Calasanz, al cual descubrió sus lascivos deseos, pero él, a guisa de otro José de Egipto, huyó de aquella casa en busca de su confesor y allí determiné no querer ya en adelante entrar en la casa de aquella señora, como lo hizo». (66)

Podría conjeturarse que vivía en aquella casa, y el oficio de secretario justifica-ba su presencia y compensaba sus gastos de pensionista. Cabe también suponer que era una ocupación bien retribuida, pero que residía en otro lugar. De todos modos, ambos testimonios no se preocupan de detalles accesorios, sino de refe-rir el hecho ejemplar de la tentación vencida. Hubo un tercer testigo —el H.° Lorenzo Ferrari— que confesó haber recibido también él la confidencia del Fun-dador, y dijo:

«Insistiendo una vez en el cuidado con que se debe huir del mal, me contó lo sucedido a una persona, que él no nombraba, pero que yo sé que era él, porque en otra ocasión se había declarado con no sé quién de nuestros Pa-dres; (67) y aun una vez en confianza y por amaestrarme me lo contó a mí; y fue que estando fuera de aquí, en su Patria, cuando era joven con un em-pleo ventajosísimo, de grandísimo interés y ganancia suya en aquel lugar, una mujer lo solicitó al mal; y él por huir de la ocasión de pecar partió se de aquel lugar, sin atender al provecho que allí abandonaba». (68)

No sabe dónde ocurrió, como tampoco lo dijo la ‘Breve Notizia’, pero la alusión al otro confidente, Ascanio Simone, sitúa implícitamente la escena. Al mismo testigo alude también el P. Berro en sus memorias y nombra expresamente Va-lencia, añadiendo al final del relato que «para no incurrir otra vez en tan grave peligro, partió también de la Ciudad». (69) No sólo abandona, pues, a la dama y su casa, sino incluso la ciudad de Valencia. La huida en estos casos —dice la as-cética tradicional— es el mejor remedio. Y el joven Calasanz, de veintiún años floridos, fue en esto radical.

Esta tentación hubiera podido suceder en cualquier parte. (70) Pero ocurrió pre-cisamente en Valencia, cuyas mujeres eran admiradas por propios y extraños por su belleza, sus atavíos y… su lascivia. (71)

La ‘Breve Notizia’ baja al detalle de que el joven «huyó de aquella casa en busca de su confesor y allí determino…» La insinuación hace pensar que tenía «su» con-fesor, o director espiritual. Y si asistía a las clases de San Pablo cabe suponer que fuera uno de los jesuitas «su confesor», y que le aconsejara la huida de Valencia y el traslado a Alcalá, donde encontraría también, junto a la Universidad, un co-legio de jesuitas con teología. Es probable, sin embargo, que la huida no fuera precipitada, y que la prudencia y buen sentido del director y del dirigido deci-dieran terminar el curso.

Y antes de abandonar Valencia pasaría una última vez por la plaza de la Seo, pa-ra saludar amorosamente a la Virgen, Madre de Inocentes y Desamparados. Y desde el fondo de los recuerdos de su infancia quizá afloraran versos de Berceo:

«Tú, Madre gloriosa, siempre seas laudada…
Líbranos del diablo de la su çancaiada…
Tú nos guía, Sennora, enna derecha vida…
Guárdanos de mal colpe e de mala caída…»

Y tal vez le pareciera oír de labios de la Señora:

«Yo cerca ti estando, tu non ayas pavor…»

9. En Alcalá de Henares

Es obligado recordar de nuevo que la tradición unánime e ininterrumpida de los historiadores y cronistas, a partir de los contemporáneos y confidentes del Santo Fundador, testifica que hizo sus estudios superiores en las tres universidades de Lérida, Valencia y Alcalá. (72) Es cierto que existen otros testimonios que con-firman su presencia en las aulas universitarias de Lérida y Valencia, mientras que respecto a Alcalá sólo podemos apoyarnos en esa unanimidad de voces que inde-fectiblemente repiten el trinomio Lérida-Valencia-Alcalá. Ni es óbice para admi-tir esta tradición escrita el fracasado intento de encontrar el nombre de Cala-sanz en los libros oficiales de matrícula de la Complutense. Lo mismo ocurre en las de Lérida y Valencia. Más todavía, precisamente en Alcalá estudiaron una lar-ga serie de personajes históricos de nuestra cultura nacional, cuyos nombres tampoco constan en los libros oficiales, como ya hicimos notar. (73) No hay, pues, razón alguna que nos fuerce a negar la presencia del clérigo de Peralta de la Sal en la Universidad cisneriana.

El curso académico solía empezar en todas las universidades el día de San Lucas (18 de octubre) y terminar el día de San Juan (24 de junio). Es natural que el universitario José Calasanz pasara en su casa los cuatro meses de vacaciones ofi-ciales cuando estudiaba en la cercana Lérida. Pero ya no es tan lógico suponer que volviera a Peralta desde la lejana Valencia en aquel verano de 1579. Pudo ocurrir que en aquellos meses vacíos buscara una ocupación retribuida y la en-contrara en casa de aquella dama anónima, de la que tuvo que salir después de la tentación, decidiendo incluso abandonar Valencia. En realidad, pues, no po-demos asegurar si llegó a Alcalá de Henares procedente de Valencia o de Peralta de la Sal.

Graduarse en las Universidades de Alcalá y Salamanca era una de las aspiraciones de todo estudiante español de los Siglos de Oro. La literatura de la época y aun el refranero reflejan una mentalidad generalizada de exaltación y mitificación de las dos insignes universidades castellanas. Y hacia Alcalá dirigió sus pasos, ilu-sionado también, José Calasanz.

La ciudad, comparada con la gran urbe del Turia, era como un pueblo grande. Pero el edificio de la Universidad era realmente espléndido. Su hermosa fachada plateresca, obra del genial Rodrigo Gil de Hontañón, estaba ya casi terminada, como lo estaba completamente el patio central herreriano, llamado «trilingüe». Del primitivo edificio cisneriano se conservaba intacto el Paraninfo, con su arte-sonado mudéjar y su tribuna plateresca. En la contigua iglesia de San Ildefonso podía admirar el suntuoso sepulcro del cardenal fundador, una de las joyas más apreciadas de la escultura renacentista española, y en la cripta de la Iglesia Ma-gistral veneraría alguna vez las reliquias de los dos hermanos mártires Justo y Pastor, que muchos años después recordaría al proponerlos como ejemplo a los niños de sus Escuelas Pías.

Una tardía tradición habla de la amistad contraída entre José Calasanz y el futu-ro cardenal Ascanio Colonna en las aulas complutenses, como valioso dato para explicar la acogida del primero, apenas llegado a Roma, en el palacio principes-co del segundo. (74) Todavía el P. Bau recogía la noticia en su ‘Biografía Crítica’, diciendo que el Colonna y Calasanz «en el trienio de 1578 a 1580 estudiaron jun-tos en Alcalá la Sda. Teología». (75) Pero en los libros oficiales de la Universidad de Alcalá consta que en mayo de 1577 el Sr. Ascanio Colonna pide que se le con-ceda el grado de bachiller en Artes. (76) Y a principios de 1578 se inscribe en el libro de Matrículas de la Universidad de Salamanca como «estudiante legista», y sigue matriculado hasta el curso 1581-82. (77) Por tanto su permanencia en Alca-lá fue muy corta, y no pudo encontrarse con Calasanz, que suponemos estuvo en aquella Universidad durante el curso 1579-80.

10. La Universidad y sus Colegios

Como en Lérida y en Valencia, también en Alcalá tenía sus problemas la Univer-sidad. Y por ello, precisamente en 1578 había terminado su Visita de reforma el obispo de Cartagena, Gómez Zapata. (78)

En el curso 1579-80, en que suponemos estudió Calasanz su segundo de Teología, los catedráticos eran los siguientes: la cátedra de Prima, de Santo Tomás, la re-gentó el Dr. Juan Ruiz de Villarán durante los años 1571-87. Luego fue nombrado obispo de Lugo. La de Escoto la tuvo el Dr. Juan Calderón desde 1570 hasta abril de 1579, y desde entonces hasta 1591 la ocupó el Dr. Lorenzo Asensio de Otadui, que fue luego Magistral de Cuenca y obispo de Lugo y Ávila sucesivamente. La tercera cátedra mayor, que había sido de Nominales o de Gabriel Biel hasta 1573, pasó a ser del Maestro de las Sentencias y la regentó el P. Jerónimo de Al-monacir O. P. desde 1573 hasta noviembre de 1580, sucediéndole el Dr. Martín de Garnica, que la mantuvo desde noviembre de 1580 hasta 1587. La de Sagrada Es-critura la ocupó el Dr. Juan Cantero desde 1570 hasta noviembre de 1580, en que le sucedió el mencionado P. Almonacir. Durante el curso 1579-80 se dio Antiguo Testamento.

De las tres cátedras menores, la de Escoto había sido suprimida en 1550; la de Santo Tomás la ocupó el P. Tomás de Guzmán O. P. durante los años 1577-87, y la de Durando la ocupó el Dr. Martín de Garnica desde marzo de 1578 a febrero de 1581. (79)

Para ser admitido al segundo año de Teología el estudiante José Calasanz tenía que certificar que había cursado ya el primero en una universidad «aprobada», como era la de Valencia respecto de Alcalá. Por ello, antes de salir del Estudio General valentino, tuvo que obtener el correspondiente certificado, en que se especificaban los estudios hechos y los profesores respectivos, avalado por dos testigos. (80)

Como todas las Universidades, también la de Alcalá tenía Colegios Mayores y Me-nores para residencia de estudiantes becarios. Las condiciones indispensables de admisión eran las comunes: que fueran clérigos y que fueran pobres. (81) Y esta última exigencia es la que probablemente impidiera la admisión de Calasanz. De todos modos, en caso de que consiguiera beca, hubiera sido o en el Colegio Ma-yor de San Ildefonso o en el Menor de la Madre de Dios, pues eran entonces los dos únicos para teólogos. (82) Junto a ellos había otros para gramáticos y otros para filósofos, además de los propios de cistercienses, dominicos, agustinos, tri-nitarios, mercedarios, carmelitas descalzos y jesuitas. Sin embargo, la inmensa mayoría de estudiantes, tanto clérigos como laicos, residían en pensiones, como debió hacer José Calasanz.

11. Los jesuitas y la Universidad

Llegó a ser frecuente que los jesuitas, en algunos colegios más señalados, insti-tuyeran «dos lecciones de Teología» para sus propios estudiantes religiosos. Ya vimos el caso en el Colegio de San Pablo de Valencia, en 1567. Ese mismo año, las ponen también en Plasencia, (83) en 1573 ocurre lo mismo en el Colegio Im-perial de Madrid, (84) en 1586 las ponen igualmente en Salamanca. (85)

No hubo dificultades especiales en las ciudades en que no había Universidad. Pe-ro en las que sí la había, provocaron a veces conflictos muy serios cuando abrie-ron las puertas para que pudieran oír las lecciones los alumnos que frecuentaban la Universidad. Ya vimos el que surgió en Valencia en 1567 y que duró práctica-mente un siglo.

Casi veinte años después de declararse el de Valencia, empezó otro similar en Salamanca en el curso 1586-87, que duró diecisiete años. Como ocurrió en Va-lencia, los derechos y privilegios de los jesuitas chocaban con los estatutos de la Universidad. (86)

Parece ser que la primera experiencia se tuvo en Alcalá, pero la comprensión y aun admiración mutua mantuvieron la concordia y la paz entre Colegio y Univer-sidad. Escribe el P. Alcázar:

«… en el Colegio de Alcalá florecían a maravilla nuestros Estudios y crecían a su emulación en las demás Familias Religiosas. No avía exemplar en aque-lla Universidad de tenerse fuera de ella Lecciones ni Actos algunos, hasta que començó a leer en nuestro Collegio el P. M. Deza [P. Maestro Alonso De-za] el año 1559… Teníanse desde entonces cada día Conferencias privadas… y cada ocho días conclusiones públicas, que presidía el P. Deza… Diose prin-cipio a los Actos mayores por uno general de todas las Artes el año 1563 pre-sidido por el P. M. Gil Gonzá lez. En el mismo curso, entrado ya el año de 64, presidió otro Acto mayor de Theología el P. M. Deza al H. Alonso de Mon-toya, a que fueron también convidados los Cathedráticos y Doctores, los quales no menos admirados de la novedad que de las grandes letras de los Nuestros ensalçaban a la Compañía, cuyo exemplo començaron a seguir las demás Religiones, introduciendo Lecciones y Actos en sus Collegios. (87) En el nuestro el año adelante de 65 se añadió la lección de Vísperas a que dio principio el P. Juan de Lobera… hasta ahora [1568] que el P. Gil González, pasando a la Visita de Aragón, se lo llevó consigo, para que leyesse theología en Valencia: y le succedió en su Cátedra el P. Juan Azor, que leía de una a dos por no concurrir con la Universidad. La hora del P. M. Deza era de diez a onze y coincidía con la Lección de Escritura de la Universidad… El año de 67, aviendo entrado en la cátedra de IEscritura el Doctor Don Alonso de Mendoza, como la Universidad se despoblaba en aquella hora por oír al P. M. Deza en nuestra casa, (88) acudió a quexarse a la Corte y ganó una Provisión de el Consejo, para que el P. Deza mudase de hora… [Hubo protestas de los estudiantes, pero...] los nuestros, ‘no queriendo dessazonar a la Universi-dad’, negociaron con los estudiantes… y en ‘obsequio de la Universidad mudaron la hora’ de el P. Deza de siete a ocho de la mañana… y con ser tan desacomodada, especialmente en hibierno, no era menos frequentada de Religiosos, de Collegiales Theólogos y de Estudiantes; antes fue menester ensanchar el Aula, añadiendo otra pieza vezina, y aun no bastaba; porque todo el zaguán se llenaba de oyentes: y porque algunas mañanas apenas a aquella hora avia amanecido, llevaban todos sus velas, con que alumbrar-se». (89)

Seguimos creyendo como muy probable que en el curso 1579-80 el estudiante teólogo José Calasanz fuera uno más entre los muchos universitarios que acudían al Colegio de jesuitas con su velón en la mano para aquella lección de «antepri-ma», al rayar el alba. Y volviera luego, de una a dos, para la lección de Vísperas.

Esta lección de Vísperas la tuvo durante diez años el P. Azor, hasta fines de fe-brero de 1578 en que fue nombrado Rector de aquel Colegio de Alcalá, «passan-do a leer su Cáthedra de Escritura el P. Alonso de Sandoval». (90) La otra cátedra de escolástica la ocupó «al principio de el curso de 79» el célebre teólogo Ga-briel Vázquez, «leyéndola a los de Casa, y por el 83 la començó a explicar a los de fuera» (91). Y nos quedamos sin saber —si las cosas fueron exactamente así— quién leyó para los de fuera en el curso 1579-80 y siguientes. Tal vez siguió el anciano P. Deza, junto a su ínclito discípulo Vázquez, hasta el otoño de 1580, en que fue elegido Vocal para la Congregación General, en la Congregación Provin-cial celebrada en Alcalá. (92)

Tuvo de nuevo ocasión nuestro estudiante teólogo de Peralta de tratar al P. Bal-tasar Alvarez, pues habiendo sido nombrado Provincial «començó con el año [1580] su Visita, dándola principio en la Casa Profesa de Toledo, de donde pasó al Collegio de Alcalá». (93)

Había sucedido en el cargo al P. Antonio Cordeses, que lo ejerció desde finales de 1573 hasta las mismas fechas de 1579, por lo que fácilmente pudo conocerle personalmente José Calasanz en el primer semestre de su curso complutense 1579-80. De este santo varón volveremos a hablar, pues saldrá de nuevo en la experiencia religiosa de Calasanz en sus primeros años romanos. De él escribió el P. Alcázar: «Fue este V. Padre uno de los Varones más perfectos y consumados en todo género de virtudes, que ha tenido Nuestra Religión, adornado de sabiduría, zelo de las almas, charidad y amor de Dios y de quanto se puede desear en un perfecto Religioso y cabal Superior». (94)

Las circunstancias históricas hicieron posible que el joven Calasanz conociera personalmente a estas dos egregias figuras de la Compañía, cuyo recuerdo influ-yó en el aprecio, estima y veneración que sintió por los jesuitas toda su vida. De ambos escribió el P. Astrain: «dos hombres verdaderamente santos y de los más insignes que entonces honraban a la Compañía en España, cuales eran los PP. An-tonio Cordeses y Baltasar Alvares. Pocos religiosos igualaban a estos dos hombres en fervor de espíritu, en humildad, en prudencia y en todas las virtudes». (92)

12. Las inquietudes de Ribagorza

Un día de 1579 recibió Calasanz la inesperada noticia de que había muerto su hermano Pedro. ¿Qué había pasado?

Era una vieja historia que se sabía ya de años en Peralta, aunque no le afectaba directamente. Las relaciones entre el conde de Ribagorza y sus vasallos se habí-an puesto muy tensas en los últimos años del reinado de Carlos V, hasta el ex-tremo de que el Consejo General del Condado dictaminó la extinción del señorío feudal. En la corte se examinó jurídicamente la legitimidad de los títulos de los condes y en junio de 1554 se llegó a la conclusión de «que el feudo del Condado de Ribagorza estaba en directo dominio y alodial señorío de su Majestad». (96) El desposeído Conde de Ribagorza, don Martín de Gurrea y Aragón, Duque de Villa-hermosa, presentó querella ante el Justicia de Aragón, en defensa de sus legíti-mos derechos. El tribunal se incautó del señorío en espera de sentencia definiti-va que fue dada en 1567, favorable a don Martín.

Eran ya tiempos de Felipe II, quien no acogió muy resignadamente la sentencia del Justicia de Aragón tan contraria a sus pretensiones. La incorporación a la Co-rona del extenso Condado de Ribagorza fue, en efecto, una de sus obsesiones políticas y no cejará hasta conseguirlo. Era una amplia zona fronteriza con Fran-cia, por la que se temía incluso una invasión; por ella penetraban hugonotes; se introducían clandestinamente libros heréticos; desplegaban una intensa activi-dad los contrabandistas; y se fomentaban por intereses bastardos o a la fuerza las acciones delictivas de los bandoleros. Y todos estos peligros y desmanes no se evitarían mientras mantuvieran los condes sus derechos señoriales que limitaban el poder absoluto de la monarquía.

El afán manifiesto de incorporación a la Corona del histórico Condado tenía, además, otro poderoso valedor: el Conde de Chinchón, Tesorero General del Su-premo Consejo de Aragón, hombre de confianza de Felipe II. Doña Luisa Pacheco, hermana de su mujer, había casado en 1564 con don Juan de Gurrea y Aragón, hijo primogénito del Conde de Ribagorza y Duque de Villahermosa, en quien había resignado sus títulos y señoríos su padre don Martín. Pero en 1572, por gra-ves sospechas de adulterio, fue asesinada doña Luisa por su propio marido, quien huyó a Italia. Fue capturado en Milán y llevado a Torrejón de Velasco, cerca de Madrid, donde en 1573 fue procesado y condenado a garrote vil en la plaza de la villa. Sus títulos y señoríos volvieron otra vez a su padre, pero de todo ello «le vino [al Conde de Chinchón] su odio contra el Condado de Ribagorza». (97)

En los años sucesivos se fue enrareciendo el ambiente, acrecentándose las pro-testas contra el conde y sus representantes, bajo pretexto de que no se les res-petaban los privilegios, pero en el fondo latía una actitud de revuelta para con-seguir la emancipación del poder señorial. Don Martín intentó satisfacer en lo posible a sus vasallos, pero eran tales las reivindicaciones, que imposibilitaban cualquier solución pacífica. «La negativa señorial, hasta cierto punto buscada y forzada por los vasallos, suponía, tal como estaban los ánimos, la definitiva rup-tura entre las partes y el inicio de la rebelión». (98) Y no tardó en estallar.

Al convocar el conde de nuevo al Concejo General en su castillo de Benabarre, los asistentes impidieron su celebración, cercaron el castillo y obligaron al conde y a sus dos hijos a salir de la villa. (99) Con esta dramática escena empezaba «el movimiento antiseñorial más importante de Aragón y con él la primera “guerra civil” de Ribagorza. Los intereses dominantes dividieron a los ribagorzanos en dos bandos antagónicos que durante años se enfrentaron encarnizadamente». (100) Pero no era sin más un movimiento antiseñorial de vasallos contra señores, ni tampoco de fuerzas leales a los condes y elementos favorables a los intereses de la monarquía. Era una revuelta muy compleja, en la que miembros de la pe-queña nobleza simpatizaban con los rebeldes, aunque mayoritariamente apoya-ban al conde. El clero andaba también dividido en ambos bandos. Y en uno y otro participaban delincuentes, asesinos, bandoleros, incluso contratados como mer-cenarios.

Apenas expulsados el conde y sus hijos, los amotinados de Benabarre formaron un gobierno propio, nombrando como síndicos representantes a Juan de Ager, An-tonio Calasanz y Juan Gil de Macián. El primero era un infanzón de Calasanz que acaparó el poder en sus manos y bajo el pretexto de hacer justicia y limpiar el territorio de toda clase de maleantes impuso su voluntad como criterio único pa-ra justificar sus venganzas personales y sus desmanes de delincuente. De sus fe-chorías dicen los escritores y testigos contemporáneos: «Juan de Ager mató y asesinó los más que no seguían su rebelión»; «so color de justicia [ha] vengado algunas injurias particulares. Y mostró esto siempre más con los de Benabarre»; «justició más de 20 y aun 30 personas en ella [la villa de Graus] sin ponerse im-pedimento»; «en diez años que duró el tener la tierra alborotada, prendía y ma-taba a los que juzgaba que lo merecían, sin hacer otro ni más proceso que decir que su ánimo estaba satisfecho». (101)

Diez años, pues, duró este régimen de terror, y como Juan de Ager murió en 1587, la sublevación empezaría en 1577. (102) A José de Calasanz, estudiante primero y sacerdote después, interesaban estos hechos probablemente mucho más que las andanzas de los tercios de Flandes y de Sicilia por los caminos de Europa, los avances de las conquistas en tierras de América o las batallas navales y nuevos descubrimientos en casi todos los mares del mundo.

13. La muerte de su hermano Pedro

Desde Benabarre se fue extendiendo la rebelión, como onda expansiva, por todo el condado y traspasó también sus límites, penetrando en tierras de la Casa de Castro. En su Relación escribía el Prior de Roda, don Luis de Villalpando, con-temporáneo de los hechos:

«… los síndicos han prendido a muchos en Ribagorza y sus límites y los han condenado a muerte, a otros a azotes y a otros a destierro. En el lugar de Calasanz han ahorcado a dos o tres hombres y azotado a otros tantos, que no sé como se llaman, en Benabarre. A otros en Cornudella, Areny, Vall de Lierp, etc. Como no ven castigo, cada día hazen más… y agora la ‘tierra de Castro está medio levantada’, porque tomando el Procurador de la Casa de Castro dos hombres del lugar de Aler… los quales traxo pressos a Estadilla, los Síndicos fueron con mucha gente, ‘ansí del condado de Ribagorza como de la tierra de Castro’, y por fuerça hubieron de soltar dichos pressos y ago-ra van con los dichos síndicos, etc. Todo lo sobredicho ha sido perpetrado en los años 1579, 1580 y 1581». (103)

Como puede verse, también en tierras de Castro había partidarios de «los seño-res» y partidarios de los sublevados. En este largo conflicto los Señores de Cas-tro, Barones de la Laguna, estuvieron siempre de parte de los Condes de Riba-gorza, Duques de Villahermosa, hasta la extinción del Condado y su incorpora-ción a la Corona, a finales de siglo. (104) Es lógico, pues, suponer que la familia Calasanz de Peralta fuera partidaria de los Señores de Castro, que la habían dis-tinguido, depositando su confianza en Pedro, cabeza de familia, que estuvo al frente de la baronía de Peralta durante más de trece años (15 59-1572), como bayle local y general. (105) Es probable que en uno de los reclutamientos de fuerzas en tierras de Castro para combatir a los amotinados acudiera Pedro Cala-sanz, el hijo y heredero de la familia, y que muriera en alguna refriega; o tam-bién que fuera víctima de los insurrectos por venganza, o por odiosidad a los partidarios de los Señores de Castro. El caso es que murió en 1579 en estas alte-raciones de Ribagorza.

En efecto, el P. Luis Cavada, en su visita a Peralta en 1677, recogió muchas noti-cias de la familia del Santo, y entre ellas, ésta, que recordaba por escrito en 1690: «El mayor [hijo de Pedro Calasanz y María Gastón] se llamó Pedro Cala-sanz… y fue muerto en los años del Señor 1579 sin dejar sucesión, viviendo su padre». (106) En una relación contemporánea de hechos ocurridos en 1579, se lee:

«Han muerto a Pedro Ballonga, el sastre de Montañana, a uno de Peralta de la Sal, a un hijo del señor de Blancafort; a Pallargas lo arcabucearon y mata-ron dentro de la cárcel y ansí mismo al sastre de Benabarre y a un fustero y a otro hombre de Fontova. Mataron también al Vicario de Santa Liestra. En el lugar de Vacamorta mataron un clérigo, llamado mosén Collada y lo echa-ron por una peña después de muerto. En Benabarre dieron un arcabuzazo a un clérigo, llamado mosén Spinosa y ha quedado muerto. En la villa de Cala-sanz ahorcaron dos hombres sin hacerles proceso… Los curas y predicadores no osan reprenderles los insultos y muertes y daños que hacen en la tierra los síndicos…». (107)

Sin poderlo afirmar a ciencia cierta, parece posible que ese uno de Peralta de la Sal fuera Pedro Calasanz Gastón, cuyo hermano José estudiaba teología ese año en Valencia o en Alcalá de Henares.

14. Regreso a Peralta y enfermedad providencial

La triste noticia conmovió sin duda a José. Mas no era simplemente una tragedia por las circunstancias violentas de la muerte, sino que era una especie de cata-clismo familiar: había muerto el heredero universal sin sucesión. El padre volvía a plantearse de nuevo la cuestión del testamento. Sólo le quedaba un hijo varón de los tres que había tenido. Y sólo él podría perpetuar la descendencia, el ape-llido, la hacienda familiar. Pero ese hijo último estaba estudiando teología para hacerse sacerdote. Probablemente, nunca se habían opuesto, ni él ni su esposa, a la vocación temprana del hijo José. Incluso, en el primer testamento que hizo en 1571 al morir su primogénito y heredero Juan, había manifestado su esperan-za de que el pequeño José fuera sacerdote y había dispuesto, «confiando sea clérigo, le sea dado patrimonio suficiente para subir a las órdenes sacras, si ya beneficio alguno no hubiere». (108)

Pero ahora las cosas habían cambiado. Lo consultó con su mujer, que por lo visto también estuvo de acuerdo en llamar al hijo a Peralta, tronchando su carrera y sus ilusiones sacerdotales, para hacerle heredero universal de toda su hacienda y forzarle casi a que se casara para perpetuar la línea masculina, el apellido Cala-sanz. Esta decisión debió de llegar a conocimiento de José junto con la amarga noticia de la muerte de su hermano y la petición de que volviera a casa. Pero la actitud de José fue inquebrantable: renunciaba a la herencia, si incluía necesa-riamente la boda y consiguiente renuncia del sacerdocio. Así lo testificaron con juramento en 1651 dos ancianos labradores de Peralta de la Sal, parientes de los Gastón. Juan Gaseu dijo: «habiendo muerto pedro Calasanz su hermano y here-dero de la casa y hazienda de sus padres sin hijos, los dichos sus padres le qui-sieron hazer heredero al dicho Joseph Calasanz de sus bienes y hazienda, y que el no la quiso y esto es verdad». Y Juan Lajanuy, de setenta y un años, dijo: «que los dichos sus padres después que fue muerto el dicho Pedro Calasanz su herma-no, quisieron hazer heredero de su hazienda al dicho Doctor Calasanz y que no quiso serlo y esto es verdad». (109) El P. Cavada, en sus recuerdos de 1690 ya citados, (110) aludía expresamente a la proyectada boda diciendo que su padre «trató por ello de casar en seguida a N. Ven. Padre».

No sólo hubo rechazo de boda y herencia, sino que continuó en la Universidad, con la intención de terminar aquel curso 1579-1580, o quizá toda la carrera. Pe-ro al poco tiempo le llegó una segunda noticia, más amarga que la primera: su madre había muerto. Nuevas instancias de su padre le movieron a abandonar Al-calá de Henares y emprender el camino de Peralta.

Los antiguos testimonios concuerdan en relacionar tres elementos que deben en cierto modo romper el nudo de este drama, y son: el regreso de Calasanz a Pe-ralta, una gravísima enfermedad que le lleva casi a la tumba, y un voto condi-cionado de hacerse sacerdote si sale del peligro, aceptado por su padre que le daría su pleno consentimiento. Los tres elementos escuetos deben provenir de confidencias del ya anciano Fundador a sus hijos, curiosos y preguntones. Pero no hay Unanimidad al barajarlos. El primero que habló de ello fue el P. Buena-ventura Catalucci, en la famosa Breve Notizia. Después de hablar de Lérida, Va-lencia y Alcalá y de narrar la tentación de la dama (sin decir dónde ocurrió), empieza nuevo párrafo diciendo: «Volvió a la patria»; lo tacha y escribe: «Antes de volver»; lo tacha también y sigue: «enfermó gravemente y con hacer voto de hacerse sacerdote, de repente recobró la salud y vuelto a su patria se ordenó de menores». (111) Las dudas iniciales reflejan las de los testigos primitivos. En efecto, Berro y Fedele siguen esta versión de Catalucci, mientras Mussesti y Bi-anchi, entre otros, decían que volvió a su patria, enfermó gravemente, hizo voto y curó. (112) Otros se contentan con recordar que en una grave enfermedad hizo voto de hacerse sacerdote y sanó. (113) La insistencia de tantos testimonios en estos hechos da la medida de la importancia que les atribuyeron.

Teniendo que escoger entre tales versiones, la más lógica nos parece la segunda: José acaba el segundo curso de teología y se vuelve a su pueblo. Su padre, y tal vez sus hermanas también, siguen insistiendo en que renuncie a su carrera sa-cerdotal, se case y dé herederos y descendencia a los Calasanz, a su padre. La tensión psicológica en el pobre joven de veintitrés años, acrecentada por la muerte de su madre y su hermano, origina una enfermedad grave. El enfermo aprovecha la situación providencial para plantear a su padre una especie de di-lema: o un hijo muerto o un hijo vivo, pero sacerdote, y en ambos casos sin es-peranza de descendencia. Y el padre acepta: mejor un hijo vivo sacerdote. Y acertó.

Aquella noche, al mirar el cielo de Peralta debió de oír en su alma el eco de una antiquísima promesa divina: «Mira el cielo y cuenta las estrellas, si puedes con-tarlas… Así será tu descendencia». (Gn 15, 5) Y durante casi cuatro siglos, miles y miles de adultos y centenares de miles de niños llamarían Padre al hijo de Pe-dro Calasanz, que temió acabara con él su descendencia.

15. De nuevo en Lérida

La larga enfermedad le hizo perder curso. Pero en aquel año de inactividad en su casa se dio cuenta de la situación angustiosa en que se vivía, debido a dos facto-res prácticamente compenetrados: el bandolerismo y la subversión o «guerra ci-vil». Su propio hermano había sido una de las víctimas y nadie podía asegurarle que un buen día no lo fuera también su padre, por su estrecha relación con los Señores de Castro durante sus largos años al frente de la bailía de Peralta.

Su padre le había dado el consentimiento para seguir la carrera eclesiástica, pe-ro pudo pedirle también —o comprenderlo él mismo— que, dada su avanzada edad y el ambiente revuelto que se respiraba, no se alejase demasiado de Peral-ta para poder acudir rápidamente en el momento oportuno. Es una hipótesis, pe-ro sin ella, apenas si podemos explicamos por qué no volvió a Alcalá para acabar la teología y doctorarse. Decidió, sin embargo, irse a Lérida, a una jornada de camino de Peralta, resignándose a concluir los dos años de teología que le falta-ban en aquella Universidad que en un principio había excluido para tales estu-dios. Más aún, cuando se ordene de sacerdote, en vez de incorporarse a su pro-pia diócesis de Urgel, buscará ocupaciones en las diócesis de Lérida y Barbastro, que le permitan moverse un radio de moderada cercanía de su pueblo, hasta que muera su padre. Y sólo luego cortará las amarras y se pondrá al servicio de su diócesis, lejos de Peralta.

Acabó el verano de 1581 y a mediados de octubre tomó el camino de Lérida. Lo conocía bien. El día de San Lucas empezaba —como siempre— el nuevo curso. Tuvo que presentar los certificados de los estudios hechos en las universidades «aprobadas» de Valencia y Alcalá incluso el título de Bachiller en Artes por Léri-da, y se inscribió en el tercer curso de teología.

Lérida nunca se había distinguido por su facultad de teología. Todavía en 1557 sólo tenía dos cátedras: la llamada «Conchillos», con fondos propios que no de-pendían de la Pahería, (114) y otra. Como en otras universidades, se llamaban respectivamente Cátedra de Prima, que empezaba a las ocho de la mañana, y Cátedra de Vísperas, a las cuatro de la tarde, a las que se añadió una tercera en mayo de 1560. (115)

Cuando en 1585 pasó por Lérida el holandés Enrique Cock, anotó en su agenda: «Tiene una Academia muy célebre en la cual hay cuatro profesores teólogos». (116) En 1565 efectivamente eran ya cuatro las cátedras de Teología, es decir, Prima, Vísperas, Santo Tomás y Durando. (117) Las dos primeras se dedicaban probablemente al Maestro de las Sentencias, según tradición española, mientras las otras dos al Doctor Angélico, incluso la última, a pesar del nombre. (118) No hubo ninguna de Sagrada Escritura hasta 1603. (119)

Después de su experiencia universitaria en Valencia y Alcalá, tuvo que notar el contraste tanto en el número de cátedras —ocho en Valencia y seis en Alcalá, más las «dos lecciones» optativas del Colegio respectivo de los jesuitas— como en el de alumnos, que pasaban de dos mil en dichas ciudades, mientras en Lérida había sólo unos centenares, según vimos. Sin embargo, también aquí era patente la importancia dada a la doctrina de Santo Tomás, como lo había constatado en Valencia y Alcalá.

En el Estudio General de Lérida cursó, pues, José Calasanz los dos últimos años de teología que le faltaban, es decir, los cursos académicos de 1581-82 y 1582-83. Probablemente durante el primer semestre del curso 1583-84 hizo los ejerci-cios académicos requeridos para graduarse de “bachiller en Teología”, que fue el único título que consiguió entonces en esa facultad, (120) sin que sepamos por qué no siguió hasta doctorarse. En el segundo semestre, exactamente el día 10 de febrero de 1584, lo encontramos ya situado como «familiar» del obispo de Barbastro, don Fray Felipe de Urríes y Urríes, (121) a cuyo servicio empieza su actividad sacerdotal. Su larga y agitada carrera universitaria había terminado.

16. Peldaño a peldaño hasta el sacerdocio

Habían pasado ya siete largos años desde aquel 17 de abril de 1575 en que el es-tudiante de leyes José Calasanz, a sus diecisiete años, recibía la primera tonsura clerical. Había cumplido ya los veinticinco y estaba cursando cuarto y último de Teología en el Estudio General de Lérida.

Su nítida trayectoria de estudiante nos mueve a pensar que jamás dudó de su vocación sacerdotal, desde aquel primer indicio documentado en el testamento de su padre, del 8 de marzo de 1571, cuando apenas tenía trece años y medio, en que expresamente se habla de «subir a los órdenes sacros». (122) Por añadi-dura, tenemos constancia de dos momentos graves de su vida joven en que se ve acosado fuertemente por el amor y la carne en Valencia, y por la paternidad y la vida asegurada al morir su hermano. Y en ambas ocasiones supera el peligro, convencido y decidido por su vocación sacerdotal.

Toda su larga carrera de estudios aparece sólidamente estructurada, casi pro-gramada, sin altibajos ni demoras innecesarias: un trienio de Gramática y Huma-nidades, otro trienio de Artes y Filosofía, cuatro años de Leyes y cuatro más de Teología. La única interrupción de un año está plenamente justificada por la gra-ve enfermedad en Peralta que le hizo perder curso.

Digamos de nuevo que no hay indicio alguno de oposición de su padre a la voca-ción sacerdotal del hijo, salvo el momento dramático de la muerte del heredero Pedro. Las suposiciones de antiguos biógrafos de que el padre quería desde un principio que siguiera la carrera militar son fantasías indocumentadas, fruto del montaje barroco con que envolvieron al heredero de Peralta, creyéndole de alta alcurnia y descendiente de reyes. Seguramente soñó desde un principio, él y su piadosa mujer, María, en ver sacerdote al benjamín de la familia, sobre todo cuando le veían repetir con un cierto tono personal las estrofas de Berceo que le enseñaba de memoria su madre:

«Sennores e amigos, muévanos esta cosa,
amemos e laudemos todos a la Gloriosa,
non echaremos mano en cosa tan preciosa
que tan bien nos acorra en ora periglosa».

En aquellos tiempos en que los viajes eran muy pesados, cuando los clérigos cur-saban sus estudios universitarios fuera de sus propias diócesis, parece ser que «después de la tonsura de manos del obispo propio, se les otorgaba permiso para recibir oportunamente las órdenes menores, el subdiaconado y el diaconado a beneplácito del obispo en cuya diócesis cursaban los estudios, hasta que termi-nada la carrera retornaban al ordinario u obispo propio para recibir de él el sa-cerdocio». (123) Y así fue para José Calasanz. La primera tonsura la recibió en Balaguer, diócesis de Urgel, de manos de su propio obispo, don Juan Dimas Loris (17-4-1575), aunque estaba estudiando ya en la universidad de Lérida.

Al solicitar la recepción de órdenes menores y subdiaconado, está de nuevo en Lérida, a cuya Curia episcopal recurre para las oportunas dimisorias, a pesar de que no está vacante la sede episcopal de su propia diócesis de Urgel, ocupada por Hugo Ambrosio de Moncada (1580-1586), que será quien le confiera el sacer-docio. La que está vacante es la sede de Lérida (desde el 21 de octubre de 1581 al 11 de mayo de 1583), por lo cual tendrá que recurrir a algún obispo cercano que celebre ordenaciones. Pero quien le da las dimisorias es el Vicario General de Lérida, Jaime Mahull, exigiéndole el debido examen previo. (124)

Y se fue a Huesca, cuyo obispo, don Pedro del Frago, celebraba ordenaciones ge-nerales en las Témporas de Adviento. En las dimisorias se le concedía dispensa de intersticios, y era necesaria, pues en dos días consecutivos recibió las cuatro órdenes menores y el subdiaconado: las primeras, el viernes, día 17 de diciem-bre de 1582, en el oratorio privado del obispo, y el subdiaconado, al día siguien-te, sábado, en la catedral. (125) Para la recepción del subdiaconado era necesa-rio especificar los medios de subsistencia futura o «título». Los religiosos lo reci-bían «a título de pobreza», es decir, dado su voto de pobreza, era la Orden la que respondía de la subsistencia; los clérigos no religiosos aducían el «título» de propio patrimonio o el de servicio a la diócesis o el de algún beneficio eclesiásti-co. José Calasanz adujo como título el beneficio de S. Pedro en la iglesia de San Esteban de Monzón (hoy desaparecida), que pertenecía a la diócesis de Lérida. Lo cual nos induce a pensar que efectivamente no había aceptado la herencia paterna al morir su hermano Pedro, y por tanto no tenía patrimonio personal. Sólo en 1585 volverá su padre a hacer testamento, al hallarse gravemente en-fermo, y le nombrará heredero. (126)

A mediados del segundo semestre del mismo curso 1582-83 volvió a solicitar di-misorias a la misma Curia leridana para ordenarse de diácono. Tuvo que exami-narse de nuevo, según las normas canónicas, siendo los examinadores los docto-res y beneficiados de la Seo, Domingo Manyes, Francisco Vidal y Antonio Mani, nombrados expresamente en sesión capitular del 13 de noviembre de 1582. (127) Como seguía sede vacante, aprovecharon los canónigos la oportunidad de la es-tancia en Fraga, su ciudad natal, de don Gaspar Juan de la Figuera, obispo de Jaca y destinado a Albarracín, para darle licencia de ejercer cualquier acto pon-tifical y conferir órdenes sagradas en toda la diócesis de Lérida, a la que perte-nece todavía hoy la ciudad de Fraga. (128) Y a última hora alguien suscitó la du-da sobre la competencia del Cabildo para dar dimisorias y dispensar de intersti-cios a los ordenandos. Se nombró una comisión para estudiar el asunto, la cual dio su veredicto positivo con fecha del 6 de abril de 1583. (129)

Poco después debió de extender las dimisorias el Vicario General, Mahull, haciendo constar que el ordenando José Calasanz había sido «examinado, apro-bado y dispensado de intersticios», y el día 9 del mismo mes, Sábado Santo, Mons. de la Figuera le ordenó de diácono en la «iglesia o capilla de San Sebas-tián, de la villa de Fraga», hoy desaparecida. (130)

Terminó el curso 1582-83, cuarto de Teología. Vino el verano, Calasanz pasaría las vacaciones —desde el 24 de junio hasta el 18 de octubre— en Peralta, con su padre, hermanas y sobrinos. De nuevo comenzó el curso siguiente, y ya cerca de las Navidades, hizo los trámites prescritos, esta vez directamente en la curia de su diócesis de Urgel, y el día 17 de diciembre de 1583, sábado de Témporas, se ordenó de sacerdote en el Castillo de Sanahuja, residencia de invierno de los obispos de Urgel, de manos de su propio prelado Fray Hugo Ambrosio de Monca-da. (131) Hoy apenas si queda un paredón almenado de lo que fue el castillo episcopal. Pero su silueta debió de permanecer en el recuerdo de aquel joven de veintiséis años hasta el final de su larguísima vida, pues siempre consideró que «mi sacerdocio —decía— es la mayor dignidad que he podido conseguir». (132)

No perdió nunca esa estima profunda, y aun ese temor y temblor por el sacerdo-cio, y así lo expresó innumerables veces. A sus setenta y tres años, por ejemplo, decía a uno de sus religiosos que iba a ordenarse: «para ser sacerdote no sólo basta tener la edad de veinticinco año, sino también la ciencia necesaria, y lo que más importa, una gran humildad para saber tratar un ministerio tan alto y tremendo». (133) Y dos años más tarde escribía a otro: «Procure humillarse y re-conocerse indigno de un oficio tan grande, para que Dios le conceda la disposi-ción interna necesaria para tal dignidad». (134) Y así hasta el fin, hasta veinti-cinco días antes de morir, en que todavía escribía: «El Señor le recompense con bienes espirituales y le dé la gracia de conocer la dignidad sacerdotal y la humil-dad y reverencia que se deben a un ministerio y sacramento tan altos». (135)

Con sus casi noventa y un años todavía se notaba en la mano que esto escribía la fragancia del óleo de su ordenación sacerdotal, a pesar de que habían pasado ya sesenta y cuatro desde el día memorable de Sanahuja: el 17 de diciembre de 1583.

Y en aquellas Navidades el repique de las campanas de Peralta anunció la prime-ra misa cantada de José de Calasanz.

Notas

1 Cf. E. COCK, ‘Anales del año ochenta y cinco’; J. GARCÍA MERCADAL, ‘Viajes de extranjeros por España y Por-tugal’ (Aguilar, Madrid 1952) vol.I, p.1374-1399; J. VILLUGA, Repertorio de todos los caminos de España (Me-dina del Campo 1546) sin p.
2 Ib.,p.1403.
3 He aquí una estadística de fines del siglo XVI de las siete ciudades más pobladas: Sevilla, 18.000 vecinos; Gra-nada, 13.757; VALENCIA, 12.327; Toledo, 10.935; Valladolid, 8.112; Madrid, 7.500; Barcelona, 6.432 (cf. A. BLÁNQUEZ, ‘Geografía Española del s. XVI’: Boletín de la Real Sociedad Geográfica, 51 [1909] 246).
4 Cf. E. COCK, o.c., p.14O8.
5 Para más detalles cf. M. SANCHÍS GUARNER, ‘Aspecte urbá de Valéncia al s. XVI’: VIII Congreso de Historia de la Corona de Aragón, III, I.
6 Cf. E. M. APARICIO OLMOS, ‘Santa María de los Inocentes y Desamparados, de su iconografia original y sus pre-supuestos históricos’, Univ. Literaria de Valencia (Valencia 1967).
7 El célebre filólogo holandés Andrés Schott, jesuita, estudió teología en Valencia en los años 1587-92 y dejó escrito en su obra de 4 vols., ‘Hispania illustrata’, este elogio de Valencia y su Universidad: «Quae Urbs Ede-tanorum Provinciae citerioris Hispaniae ad internum mare sita, praestantium ferax est ingeniorum, quae et acumine et facundia caeteris non concedant atque etiam latina eloquentia superent. Sic etiam Academia inter quatuor Hispaniae Principes post Complutensem, ubi Theologia viget, Salmanticensem ac Conimbricensem, unde Juri Consulti fere existunt» (cit. en C. AJO Y SAINZ DE ZÚÑIGA, ‘Historia de las Universidades Hispáni-cas’, vol. II, p.26S, n.866).
8 S. GARCÍA MARTÍNEZ, ‘Los estudios clásicos en Valencia durante el s. XVI’: VIII Congreso de Historia de la Coro-na de Aragón, III, II, p.119-120.
9 Palanca Pons considera también la Facultad de Medicina de Valencia, entonces, como «la mejor de España» (cf. A. PALANCA PONS, ‘Historia de la Universidad [de Valencia] durante los reinados de Carlos I y Felipe II’ (1515-1588): ib., p. 199).
10 «Sería injusto no reconocer el florecimiento extraordinario de pensadores relevantes que definen y explican totalmente el esplendor de la facultad de Artes de Valencia, muy superior al que observamos en las faculta-des de Artes de Salamanca y Alcalá en el s. XVI» (F. J. GALLEGO SALVADORES, ‘La enseñanza de la metafísica en la Univ. de Valencia durante el s. XVI’: Analecta Sacra Tarrac. 45 [1972] 158). Menéndez y Pelayo elogia la universidad de Barcelona en el siglo XVI, reconociendo, empero, que «no arrebató a Lérida el monopolio de los estudios jurídicos, que tenía desde el tiempo de Jaime II, ni a Valencia, verdadera Atenas de la Corona de Aragón, la palma que siempre tuvo en Humanidades, en Filosofía y en Medicina» (cit. en J. REGLÁ, ‘Els virreis de Catalunya’, Ed. Vicens Vives [Barcelona 19703] p.73).
11 «El incremento de las cátedras de latinidad durante la segunda mitad de la centuria se acusa en las cuatro de oratoria dotadas en las décadas de los sesenta y setenta, que señalan el apogeo del latín ciceroniano en la Universidad. En 1581 fueron reorganizadas, fijándose en siete el número de aulas de gramática y retórica» (S. GARCÍA MARTÍNEZ, o.c, p.125).
12 F. MIRALLES VIVES, ‘La Facultad de Artes entre 1600-1611: provisión de Cátedras y graduados en la Univ. de Valencia’: Saitabi, 32 (1982) 48.
13 Cf. A. GALLEGO BARNES, La Constitución de 1561. Contribución a la Historia del Estudi General de Valencia’: Estudis, 1 (1973); A. FELIPO ORTS, ‘Las Constituciones de la Universidad de Valencia de 1563’: Escritos del Vedat 13 (1983).
14 En realidad, se trata sólo de treinta y un años, pues faltan datos de los años 1557-1560.
15 Cf. J. GALLEGO-A. FELIPO, ‘Grados concedidos por la Univ. de Valencia durante la primera mitad del s. XVI’: Anal. Sacra Tarrac. 51-52 (1978-79) 377-378. Es lástima que no haya otro estudio semejante, referente a la segunda mitad del siglo.
16 Cf. F. MIRALLES VIVES, o.c., p. 48.
17 F. ORTÍ y FIGUEROLA, ‘Memorias históricas de la fundación y progreso de la insigne Univ. de Valencia’ (Madrid 1730) p.107.
18 E. COCK, oc., p.1407.
19 Cit. en R. ROBRES LLUCH, ‘San Juan de Ribera’ (Barcelona 1960) p.136.
20 Const. de 1561, n.133, cf. J. GALLEGO SALVADORES, ‘La Facultad de Teología de la Univ. de Valencia durante la primera mitad del s. XVI’: Escritos del Vedat, 5 (1975) 123. A estas cátedras hay que añadir dos más de hebreo, complementarias e indispensables para el estudio del Antiguo Testamento (cf. A. PALANCA PONS, oc., p.188).
21 «se statueix… hi haja tres lisons de Sant Thomas y que la primera… començe lo curs y lixga la primera part de aquella dins un any del principi finsa la qüestió cinquanta “De Angelis”. Y en aquell mateix any un altre dels lectors de Sant Thomas començe la Secunda Secundae en lo mateix any comensant y legint fins a la qüestió setanta set “De Justitia et Jure”. Y altre legirá en lo mateix any la tercera part, de la primera ques-tió fins a la xixantena dels “Sacramentis”» (Art. XX de las Const. de 1563) (A. FELIP0, ‘Las Constituciones de la Univ. de Valencia de 1563’: Escritos del Vedat 13 [1983] 246).
22 M. ANDRÉS, ‘Las facultades de Teología españolas hasta 1575. Cátedras diversas: Anthologica Annua 2 (1954) 147-149.
23 Cf. ib., p.150-151; V. BELTRÁN DE HEREDIA, ‘La teología en la Univ. de AlcaIá: Rey. Esp. de Teol. 5 (1945) 501-527.
24 Cf. J. GALLEGO SALVADORES, ‘La enseñanza de la metafísica…’, p.165.
25 M. ANDRÉS, ‘La teología española en el siglo XVI’ (BAC, Madrid 1977) vol. II, p.348.
26 Cf. R. ROBRES LLUCH, o.c., p.131.
27 Cf. A. ASTRAIN, ‘Historia de la Compañía de Jesús en su Asistencia de España’ (Madrid 1902-1925) vol. I, p.262. El autor aclara en nota a pie de página: «Habla de las escuelas de la universidad, pues los Nuestros no tenían aún clases de teología.»
28 Ib., p.263.
29 Cf. R. ROBRES LLUCH, o.c., p.133-134.
30 En uno de los memoriales de los estudiantes se decía: «De justicia los dits studiants habent liberum arbitrium, facultat e electió en les llisons que ouhen e poden hoyr hon los par. E de aquella persona de qui millor con-cepte tenen. E no poden ne deuen esser necessitats a haver de hoyr en la Universitat e Studi General, si fora de aquell y ha llisons que mes los convinguen en los monestirs o altres qualsevol parts, com etiam per que es etiam interés de aquells que y haja multiplicats lectors e multiplicades llisons en una mateixa facultat…» (ib., p. 134, n.67).
31 Cf. ib., p.134-137.
32 A los tres días de su llegada, el P. Santander, Rector del Colegio de San Pablo, escribía al P. General, Francis-co de Borja: «El arzobispo es venido tres días ha no más… y según la gran afición que a la Compañía tiene… me ha dicho que el principal consuelo que tuvo cuando le hicieron aceptar este cargo, fue saver que había en Valencia un collegio de la Compañía.» Otro jesuita escribe al mismo Santo General en septiembre del mismo año: «El arzobispo… es muy grande amigo del rector [P. Santander] y muy afficionado a la Compañía.» Y el propio Francisco de Borja escribe al Patriarca el 29 de octubre de 1569: «El P. Santander me escrive la mer-ced que siempre él y su collegio reciven de V.Sría Illma.» (cf. ib., p.133, n.6).
33 Cf. ib., p.133.
34 Cf. ib., p.140.
35 Cf. ib., p.141 y 189-190.
36 Cf. ib., p.142-143.
37 Cf. ib., p.153, n.60. En medio del furor de la contienda los jesuitas habían pedido al Papa la confirmación de sus privilegios anteriores (de Pablo IV y Pío IV) sobre conferir grados en sus colegios, incluso a estudiantes ex-ternos, y Pío V los confirmaba en Breve de 10 de marzo de 1571, amenazando con censuras a quienes se opu-sieran (cf. ib., p.153).
38 Cf. ib., p.171.
39 Cf. ib., p.170. El autor no aduce textos para probar estas ideas del Patriarca.
40 Cf. F. MIRALLES VIVES, ‘Nuevos documentos para la historia de la Universidad: los desórdenes de 1580-1590’: Saitabi 35(1985)117-118.
41 A este memorial se refiere Robres Lluch (o.c., p.171). No da su texto, pero la síntesis de su contenido —que citamos luego— coincide exactamente con el «Memorial sobre el Estudio» que publica íntegro F. Miralles Vi-ves (o.c., p.118-119).
42 Cf. R. ROBRES LLUCH, o.c., p.171.
43 Cf. F. MIRALLES VIVES, o.c., p.118-119.
44 Ib., p.120.
45 Ib., p.119.
46 Ib., p.123.
47 Ib., p.124. Robres Lluch desconoce este memorial, que forzosamente atenúa la mala impresión que produce la lectura del que lo provocó.
48 Cf. lo dicho en el Cap. 4, n. 1 de esta obra.
49Cf. BAU, RV, p.40-41. Texto original italiano en RegCal 28,60.
50 Cf. BAU, BC, p.1OO-1O7. La fantasía del P. Bau se desborda en la increíble interpretación que da de la decla-ración de D. Ascanio Simone (cf. BAU, RV, p.39-42; 321-324).
51 Cf. BAU, RV, p.42. Los meticulosos, sólidamente documentados y casi exhaustivos estudios hechos sobre la Universidad de Valencia durante la primera mitad del siglo XVI por Jordán Gallego Salvadores y Amparo Feli-po, particularmente el titulado ‘Grados concedidos por la Universidad de Valencia durante la primera mitad del s. XVI’: Anal. Sacra Tarrac. 51-52 (1978-79) 323-380; 55-56 (1982-83) 7-105, dejan abierta la puerta a la esperanza de que pueda encontrarse todavía algo referente al estudiante José de Calasanz, aunque no consi-guiera ningún grado académico. Para ello, cabe esperar otro estudio similar, dedicado a ‘la segunda mitad del s. XVI’.
52 Cf. cap. 4, n.24. Si fuera válido ese argumento tendría que aplicarse igualmente —en el caso de Calasanz— a las demás universidades en que se cree que estudió, es decir, al trío completo de Lérida-Valencia-Alcalá, y a cualquier otra posible. Pero entonces ¿cómo pudieron darle el título incuestionable de ‘Doctor en Teología’?
53 Cf. F. MIRALLES VIVES, o.c., p.115-116. Lo mismo se advierte en el Estudio General de Lérida, pues en los Estatutos reformados por el Rector F. Capdevila en 1579 leernos: «nullus pro scholari habeatur et reputetur nisi in Libro Matriculae huius Universitatis fuerit adscriptus…» (cf. J. LLADONOSA, ‘Humanisme i reformes a l’Estudi General de Lleida durant el s. XVI’: VIII Congreso de Historia de la Corona de Aragón, III, II [Valencia 1973] p.103).
54 Así lo exigían las Constituciones de 1561, art. 148 (cf. J. GALLEGO SALVADORES, ‘La facultad de Teología en la Univ. de Valencia durante la primera mitad del s. XVI’: Escritos del Vedat, 5 [1975] 97).
55 He aquí la lista de las reconocidas por Valencia: Roma, Bolonia, Padua, Siena, Pisa, Perusa, Pavía, Nápoles, Ferrara, Turín, Lovaina, París, Montpellier, Avignon, Burdeos, Huesca, Lérida, Salamanca, Alcalá, Valladolid, Sigüenza, Toledo, Sevilla, Granada, Osuna y Coimbra (cf. A. PALANCA PONS, ‘Historia de la Univ. durante los reinados de Carlos I y Felipe II (1515-1588)’: VIII Congreso de la Corona de Aragón, III, II, p.192). En las Cons-tituciones o estatutos de 1581 (art. 14) fueron añadidas las de Barcelona y Méjico (cf. F. MIRALLES VIVES, o.c., p.117).
56 Cf. A. PALANCA PONS, o.c., p.187.
57 Ib., p.203.
58 Las Constituciones de la Universidad de Valencia de 1561 prescribían, en efecto, que: «qualsevol studiant que voldrá que lo temps que oyrá Theologia se li prenga en compte de curs per’a graduar-se en la present Univer-sitat, o per’a que se li done certificatoria de com ha oyt en dita facultat, sia obligat tots los quatre anys que dura lo curs de Theologia a oir cada dia una lliçó de Sant Thomas e una lliçó dels quatre llibres de les Senten-cies per lo Mestre o per Durando e los darrers anys cada dia una lliçó de la Scriptura» (cf. J. GALLEGO SALVA-DORES, ‘La facultad de Teología en la Univ. de Valencia…’, p.124).
59 Cf. R. ROBRES LLUCH, o.c., p.135.
60 Ib., p.191.
61 Cf. A. ASTRAIN, o.c., III, p.89.
62 Ib., y n.27 de este cap., con su texto correspondiente. No es muy evidente que tanto este juicio como el del Visitador anterior se refieran a la Universidad, como dice el P. Astrain expresamente en la citada n.27. En ambos casos parecen más bien referirse a los estudios internos del Colegio.
63 Ib., p.45-46.
64 Sobre estos Colegios de Valencia cf. R. ROBRES LLUCH, o.c., p.127-128; F. ORTÍ Y FIGUEROLA, o.c., p.69-74; A. PALANCA PONS, o.c., p.200-2O1; V. CÁRCEL ORTÍ, ‘Notas sobre la formación sacerdotal en Valencia desde el s. XIII al XIX’: Hispania Sacra, 27 (1974) 151-199.
65 Cf. J. POCH, ‘Don Antonio de Gallart y de Mongay «bachiller en Derecho Canónico» por el Estudio General de Lérida’: Ilerda, 27 (1963) 7-12. La hipótesis la propone Poch, ‘Espiritualidad del clérigo José Calasanz, cur-sante de Teología en Valencia’: PanEs 25-26 (1972) 282.
66 Cf. BAU, RV, p.11.
67 Sin duda, se refiere al P. Jerónimo de Santa Inés, alias Ascanio Simone. Y es interesante constatar que la de-claración del H.° Ferrari es de diciembre de 1652, mientras que la deposición notarial de D. Ascanio es de oc-tubre de 1659. El P. Picanyol escribió equivocadamente (cf. Rass 1 [1937] 58) que el P. Silvestre Bellei hizo también una declaración similar, conservada en el Arch. Gen., cuya signatura no indica. Pero en dicha larga declaración (RegCal 14,62.6), nada se dice al respecto. Poch alude al testimonio citado de Picanyol, acep-tándolo buenamente (cf. RevCal 12 [1957] 82, n.9).
68 Cf. BAU, BC, p.105.
69 «Studiando (per quanto mi raccordo haver inteso da uno de nostri sacerdoti, che dall’istessa bocca del nostro Padre haveva sentito con occasione di essortatione, che a lui in privato faceva) in Valenza prese honesta ser-vitú come segretario con una nobile et honorata Signora… ma il nostro casto studente in etá di 21 o poco piú anni… per non incorrere un altra volta in un si grave pericolo si parti anche dalla cittá» (BERRO I, p.56-57) En esta trascripción se lee ‘primi’ en vez de ‘nostri’ y ‘24 en vez de 21’, por error.
70 Y el P. Bau, al borrar Valencia de la vida de Calasanz, tuvo que trasladar la escena con la dama a otra parte y habló de Barbastro, Jaca, Lérida… (cf. BAU, RV, p.39; ID., ‘¿Estudió en la Universidad de Valencia San José de Calasanz?’: Ruta 25 [1962] 16-19; ID., ‘La Carrera Universitaria de San José de Calasanz’: Ruta 27 [1963] 26-30)
71 He aquí un ramillete de alabanzas: Alonso de Proaza, en el ‘Cancionero General (1511)’, dice de Valencia: «De damas lindas, hermosas / En el mundo muy loada» (cf. ‘Valencia. Antología’, Taurus [Madrid 1969], p.18); Cervantes, en ‘Trabajos de Persiles y Segismunda’: «hermosa y rica [Valencia] sobre todas las ciudades, no sólo de España, sino de toda Europa; y principalmente les alabaron la hermosura de sus mujeres» (ib., p.18); «a la vista las damas son las más bellas y más lujosas y agradables que pueden verse» (A. DE LALAING, ‘Pri-mer viaje de Felipe el Hermoso a España en 1501’: J. GARCÍA MERCADAL, ‘Viajes de extranjeros por España y Portugal, I, p.477); «las mujeres [de Valencia], aunque son las más retozonas y lascivas de España, son ami-gas de polideza y con su brío tienen cierta hermosura…» (E. COCK, o.c., en ib., p.1408); «las damas se ven allí [en Valencia] soberbiamente vestidas, adornadas, pintadas, que parecen diosas» (B. YOLY, ‘Viaje por Es-paña’: ib., II, p.74); «las mujeres [de Valencia], que gozan fama de ser, a causa del clima, de complexión muy amorosa» (ib., p.75).
72 Cf. cap. IV, n.1
33 Cf. cap. IV, n.23 y 24.
34 Cuando en 1710 se edita la ‘Vita’ de Armini, no se alude todavía al dato (cf. o.c., p.16-19). Pero aparece ya en la ‘Vita’ de Talenti, en 1753: “Allora vi era a tal fine, tra gli altri, D. Ascanio Colonna, poi Cardinale e Vi-ce-re d’Aragona, e ben presto si fece amico a Giuseppe per le rari doti che in lui vedeva”. (o.c, p.12)
75 Cf. BAU, BC, p.109. En su posterior Revisión, no sólo eliminó Valencia como Centro de estudios de Calasanz, sino también Alcalá, haciendo caso omiso de los testimonios unánimes que van desde la ‘Breve Notizia’ de 1648 hasta la ‘Vita’ de Armini, de 1710 (cf. BAU, RV, p.39).
76 Y aduce como razón que «él a oydo tres cursos de artes en tres años, que son desde Sanct Lucas de setenta y tres asta Sanct Lucas de setenta y seis» y «en los dichos tres años oyó muchas lectiones en la Sapientia de Roma» (cf. R. M. DE HORNEDO, ‘Lope en los Estudios de la Compañía de Jesús en Madrid’: Razón y Fe, 108 [1935] 60-61, n. 14).
77 Cf. ib. En esos libros de matrículas hay anomalías, pues ha desaparecido el de 1580-81 y en el de 1582-83 falta la hoja correspondiente a los nobles, en la que debería figurar el Colonna. En el de 1583-84 ya no aparece en-tre los matriculados. Él mismo asegura que estudió en Salamanca teología y derecho pontificio e imperial. Cf. también para más datos sobre este personaje a J. LÓPEZ NAVÍO, ‘Ambiente histórico y social en que vivió San José de Calasanz’: AnCal 26 (1971) 240-253. Cita y aporta datos del mencionado estudio de Hornedo.
78 Cf. C. AJO Y SAINZ DE ZÚÑIGA, ‘Historia de las Universidades Hispánicas’, II, D.298.
79 Cf. V. BELTRÁN DE HEREDIA, ‘La teología en la Universidad de Alcalá’: Rev.Esp. de Teol., 5 (1945) 501-527.
80 Por ejemplo, con fecha del 23 de junio de 1546 se certifica que Gonzalo Muñoz ha estudiado dos años de Teo-logía bajo la enseñanza de Juan de Celaya y Jerónimo Pérez. Y como éste, pueden verse otros 52 certificados en J. GALLEGO-A. FELIPO, ‘Grados concedidos por la Universidad de Valencia durante la primera mitad del s. XVI’: Anal.Sac. Tarrac., 55-56 (1982-83) 79-83.
81 Cf. F. MARTIN HERNÁNDEZ, ‘La formación clerical en los Colegios universitarios españoles’, p.89-94.
82 Cf. ib., p.XLVIII; C. AJo Y SAINZ DE ZÚÑIGA, o.c., II, p.303.
83 Cf. B. ALCÁZAR, ‘Chrono-Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia de Toledo’ (Madrid 1710) vol. II, p.159.
84 Cf. R. M. DE HORNEDO, o.c, p.63, n.16.
85 Cf. J. BARRIENTOS GARCÍA, ‘Pleito de la Compañía de Jesús con la Universidad de Salamanca (1586-1603)’: Studia Zamorensia, VIII (1986) 466. En todos estos casos se habla expresamente de «dos lecciones de Teolo-gía».
86 En el documentadísimo estudio citado en la nota anterior se sigue paso a paso todo el engorroso conflicto, tan similar al de Valencia.
87 Quizá fue así en Alcalá, pero en Valencia los Estatutos de 1563 ya prohibían a los universitarios salir a oír lec-ciones en los monasterios de franciscanos y agustinos, antes de que los jesuitas abrieran al público sus aulas en 1567 (cf. R. ROBRES LLUCH. o.c., 131). Y en Salamanca, los universitarios acudían también a los dominicos de San Esteban en la década de los cincuenta (ib.).
88 Cuando en 1586 surge el conflicto en Salamanca «eran ya más de 150 los estudiantes teólogos que acudían a escuchar las lecciones del Colegio de la Compañía» y se temía que se quedara «la escuela despropriada de es-tudiantes» (cf. J. BARRIENTOS GARCÍA, o.c., p.467).
89 B. ALCÁZAR, oc., p.201-202.
90 Ib., p.548. En octubre de 1580 asiste a la Congregación Provincial, en Alcalá. como rector de Murcia (cf. ib., p.641). No sabemos el tiempo exacto que ocupó la cátedra de Escritura.
91 Cf. ib., p.243. En 1570 había empezado sus estudios de teología en aquel mismo colegio de Alcalá, y de él dice Alcázar: «oía una lección en la Universidad y las demás en nuestro Collegio, en el que tuvo por Maestros a los PP. Alonso Deza y Juan Azor, dignos de tan insigne discípulo» (ib., p.242).
92 Cf. ib., p.641-642.
93 Ib., p.62O. A mediados de julio estaba en Belmonte y moría ese mismo verano
94 Ib., p.447.
95 Cf. A. ASTRAIN, o.c., III2, p.185.
96 Cf. MARQUES DE PIDAL, ‘Historia de las alteraciones de Aragón en el reinado de Felipe II’ (Madrid 1862) vol. I, p.121.
97 Ib., p.74-80.
98 Cf. G. COLAS-J. A. SALAS, ‘Aragón en el siglo XVI. Alteraciones sociales y conflictos políticos’ (Zaragoza 1982) p.128.
99 cf. V. BLASCO DE LANUZA, ‘Historias eclesiásticas y seculares de Aragón’ (Zaragoza 1662) t.II, p.53.
100 Cf. G. COLAS-J. A. SALAS, o.c., p.129.
101 Cf. ib., p.132-133.
102 «Durante muchos años (entre 1578 y 1589 aproximadamente) venganzas, muertes, asesinatos e injusticias de todo tipo dominaron en Ribagorza» (ib., p. 132).
103 Cf. J. POCH, ‘El Fundador de las Escuelas Pías en la Historia Eclesiástica de la Corona de Aragón’: AnCal 20 (1968) 256, n.
104 En un informe de 1588, recibido en la Corte, se lee: «en quanto a lo de Ribagorça, que el duque de Villaher-mosa [Conde de Ribagorza] en 7 deste de Benavarre a donde estaba, himbió 400 ombres cuyos caudillos eran el de Concas, el de La Pinilla, ‘el varón [Barón] de La Laguna’ [Señor de Castro], el capitán Agut, francés, y Lupercio Latrás a cercar y combatir cien hombres de la parcialidad de la tierra…» (cf. G. COLASJ. A. SALAS, o.c., p.146).
105 Cf. J. POCH, ‘Aportación documental a la historia de la Univ. de Huesca durante la segunda mitad del s. XVI’: AnCal 15 (1966) 236, n.
106 Dice literalmente: «fu amazzato ‘nelle sortite’ di Ribagorza nell’anni del Signore 1579» (RegCal 13,6.2). Es curioso que recordara y tradujera literalmente la palabra «salidas» que usaron ya los contemporáneos de los hechos, como en este párrafo, uno más, referido a Juan de Ager: «el mostrarse apassionado contra algunos particulares que por pretensiones suyas con título del gobierno castigaba y quitaba las vidas a muchos sin culpa y en particular hizo ‘fuertes sallidas’ con algunos de la villa de Benabarre, movido por una parte por-que defendían el drecho del duque y por otra por pretensiones particulares y así unos padescieron muerte, otros destierro, otros pérdida de sus bienes u haciendas y al fin començó entonçes la disensión y bandos y la inquietud de aquella villa» (cf. G. COLAS - J. A. SALAS, o.c., p. 132).
107 Cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.255, n.
108 Cf. J. POCH, ‘Tres testamentos…’, p.446.
109 Cf. RegCal 13,6-8. Sobre el parentesco de ambos testigos cf. J. POCH, ‘Tres testamentos…’, p.455. El texto aducido por Poch (ib., p.456) y el que cita Bau (BC, p.114) no son precisos.
110 Cf. n. anterior 106.
111 Cf. BAU, RV. P.11 y fotocopia del doc. Original en BAU, BC. P.117
112 Cf. estos testimonios y otros más en BAU, RV, p.343-348.
113 Cf. BAU, BC, p.113.
114 Jaime Conchillos fue obispo de Lérida (1513-1542) y fundó una cátedra de teología con un capital de mil du-cados de oro (cf. J. LLADONOSA, ‘Humanisme i reformes a l’Estudi General de Lleida durante el s. XVI’: VIII Congreso de Historia de la Corona e Aragón, III, II, p.89).
115 Cf. P. SANAHUJA, OFM, ‘La universidad de Lérida y los franciscanos’: Archivo Ibero Americano 7 (1947) 205-206.
116 Cf. J. GARCÍA MERCADAL, ‘Viajes de extranjeros por España y Portugal, vol. I, P.1342.
117 Cf. M. ANDRÉS, ‘La teología española en el s. XVI’ (BAC, Madrid 1976), vol. I, p.40.
118 Cf. ib., p.32 y 40.
119 En un documento del Supremo Consejo de Aragón (ACA, leg. 345) fechado el 7 de abril de 1603, se lee: «hace poco que se enseña escritura en Lérida».
120 En documentos oficiales de 1589 y 1590 se le da este título o el similar de «profesor en sacra teología», por ejemplo, al nombrársele Oficial Eclesiástico de Tremp el 1 de julio de 1589 se le califica: «Rdum. Josephum Calaçans, Sacre Theologie baccalaureum» (P. PUJOL I TUBAU, Obra completa, p.335, doc. IX); al nombrárse-le Visitador de Tremp, Sort, Tirvia y Cardós, el 5 de mayo de 1590, se lee: «Josepho Calaçans presbitero et professori sacre Theologie» (ib., p.336, doc. XII). El mismo Calasanz en su visita pastoral a Durro hizo exten-der al notario que le acompañaba unas 25 escrituras en las que se le nombra a él con las iniciales «S. T. B.» [Sacrae Theologiae Baccalaureus] (cf. J. MIR DURÁN, ‘S. José de Calasanz gloria de la diócesis de Urgel y honor de su clero’. [C. RABAZA] Memorias de un cronista [Valencia 1912] p.347). No obstante, en un docu-mento fechado el 12 de octubre de 1585 en Barbastro se le nombra así: «muy Rdo. y muy magnífico mossen Jusepe Calasanz, graduado en Sacra Teología» (cf. J. P0CH. ‘Aportación documental a la Historia de la Univ. de Huesca…’, p.211).
121 Cf. J. POCH, o.c., p.210-211.
122 Cf. texto correspondiente a la n.108 de este cap.
123 Cf. J. POCH, ‘Las órdenes sagradas del universitario José Calasanz (1575-1583)’: AnCal 50 (1983) 259-260. Y que había excepciones en esta norma lo prueba el caso de don Antonio de Gallan y de Mongay, valenciano y estudiante en Lérida que recibió la Primera tonsura y el sacerdocio fuera de su diócesis (cf. J. POCH, ‘Don Antonio de Gallart i de Mongay, «bachiller en Derecho Canónico» por el Estudio General de Lérida’: Ilerda 27 [1963] 7-9).
124 «Die duodecima mensis decembris MDLXXXII (12 de diciembre de 1582) per dominum Vicarium Generalem Mahull fuit facta licentia Josepho Calassans loci de Peralta de la Sal, dioecesis Urgellensis, beneficiati bene-ficii Scti. Petri martyris in ecelesia Sti. Stephani ville Montissoni ad quatuor minores et Subdiaconatus ordi-nes, cum dispensatione» (de intersticios) (cf. J. POCH, ‘Aportación documental a la historia de a Univ. de Huesca…’, p.198).
125 Cf. las llamadas «cartillas» de ordenaciones de Menores y Subdiaconado, en AnCal 50 (1983) 269-270. Hay que advertir que ese año de 1582 se impuso la reforma del calendario por el papa Gregorio XIII y fueron su-primidos los días del 5 al 14 de octubre, ambos incluidos, pero los días de la semana siguieron su orden nor-mal: el dia 4 había sido jueves y el 15 fue viernes y no lunes como hubiera tenido que ser. Así pues, hasta final de año los lunes fueron viernes y los martes, sábados, etc. En efecto, la «cartilla» de las órdenes me-nores de Calasanz dice que las recibió «die veneris… decinla septima Decembris anni 1582», que en los Ca-lendarios Perpetuos aparece como lunes, la «cartilla» del subdiaconado dice «dic sabbati… decima octava mensis Decembris» mientras en tales calendarios el 18 de diciembre es martes (cf. A. CAPELLI, ‘Cronologia Cronografia e Calendario Perpetuo’, Hoepli [Milán 19302], p.85). El 31 de diciembre de 1582 fue viernes y el 1 de enero de 1583, sábado.
126 Cf. J. POCH, ‘Tres testamentos…’, p.457-458.
127 Cf. J. POCH, ‘Aportación documental…’, p.201-202.
128 «Concediren licentia o territori al Rdm. sor. Bisbe de Jaca don Gaspar Figuera pera exercir qualsevol acte ponifical (sic) y donar qualsevol ordes en la diocesis Leyda» (ib., p.202-203). Don Gaspar había sido presen-tado por Felipe II, con fecha de, 17 de enero de 1583, para obispo de Albarracín, al papa Gregorio XIII, quien lo nombró el 28 de marzo de 1583. La licencia del cabildo de Lérida lleva fecha del 26 de febrero de 1583, y por ello no le llaman todavía electo de Albarracín.
129 Cf. J. POCH, ‘Aportación documental…’, p.203.
130 Cf. el texto latino de la «cartilla» del diaconado en ib., p.203.
131 Cf. el texto de la «cartilla» de presbítero en J. POCH, ‘Las órdenes sagradas…’, p.271.
132 C.2162. Sobre el aprecio y rica ideología que del sacerdocio tenía Calasanz, cf. S. GINER, ‘Ideas sobre el sa-cerdocio en el epistolario de San José de Calasanz’: AnCal 50 (1983) 337-368. Este volumen 50 de ‘Analecta Calasanctiana’ es conmemorativo del IV Centenario de la ordenación sacerdotal del Santo.
133 C.1588.
134 C.1948.
135 C.4572.



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