sJC - Maestro y Fundador - Written by Archivo Calasanz on Miércoles, Abril 8, 2009 0:45 - 0 Comments

sJC - C12 - Roma, pobreza, caridad y devoción

ÍNDICE

CAPÍTULO 12
LA ROMA DE LA POBREZA, LA CARIDAD Y LA DEVOCIÓN

No sólo fueron los santos y los hombres de Dios los que ayudaron a Calasanz a cambiar de rumbo en aquellos años decisivos, últimos de un siglo y primeros del siguiente, sino también el ambiente de devoción —tan lejos del consabido y falso adagio de Roma veduta, fede perduta— y la abundancia de instituciones de cari-dad, particularmente las que habían nacido o estaban en auge al declinar el siglo XVI.

Fue una experiencia nueva en su vida. Y la generosidad con que se entrega a ese nuevo mundo de cofradías y devociones nos da la medida de la seriedad con que emprendió decididamente el camino de la santidad hasta sus cimas más subli-mes. Roma, con sus hombres y sus cosas, le ganó el alma.

1. Pobreza, caridad y cofradías

En realidad, no habían faltado nunca en Roma hermandades o cofradías desde los siglos más lejanos del medievo, con su doble finalidad de socorrer por amor de Dios a los necesitados y de atender a la vez a la propia perfección de vida cristiana. En los últimos tiempos anteriores al Concilio de Trento, en plena efer-vescencia renacentista y paganizante, habían surgido corporaciones, como el Oratorio o más exactamente Compañía del Divino Amor, a la que pertenecieron laicos y eclesiásticos de todos los niveles, que aspiraban a una reforma personal mediante la piedad y la beneficencia (1). Estas Compañías, Hermandades o Co-fradías proliferaron durante todo el siglo XVI, superando el número de sesenta, abarcando todo el campo de las miserias y necesidades públicas en una especie de dedicación especializada a niños huérfanos, expósitos o abandonados; pere-grinos y extranjeros; pobres en general o vergonzantes en particular; enfermos en hospitales o en sus propias casas, y convalecientes; presos, condenados a muerte, moribundos; prostitutas, mendigos, apestados, etc.

Todo este fervor de caridad pública se acrecentó después del Concilio de Trento, como exigencia de la efectiva reforma de la Iglesia, particularmente en Roma, pues en las últimas décadas sufrió durísimas calamidades, como las epidemias de 1576, 1590-91 y 1596; las inundaciones del Tíber de 1547, 1557, 1571, 1589 y so-bre todo la de 1598, en que murieron 1.400 víctimas, o 4.000 según otras esta-dísticas; ni fueron menos catastróficas las carestías de grano, con el consiguiente aumento de precios, al que aludía Calasanz en noviembre de 1592 (2).

Roma, sin embargo, no fue una excepción en el conjunto de calamidades públi-cas. Pestes, inundaciones, hambre, carestía y guerras hacían estragos en todas partes, y aun la llamada «revolución de los precios», en la que el proceso de in-flación monetaria no correspondía al aumento de salarios, llenó Europa de in-mensas regiones de pobres, que llegaban quizá al 20 o 25 por 100 de la población total. No deja de ser significativo que precisamente España, en estos siglos de oro de su riqueza, cultura y hegemonía, creara uno de sus personajes más típicos y representativos: el pícaro. Y son los pobres, los vagabundos, los mendigos, los que pueblan las páginas de nuestros grandes clásicos.

En 1601 escribía un observador: «Por Roma no se ve otra cosa que pobres mendi-gos, y en tan gran número, que no se puede estar ni ir por las calles sin que con-tinuamente se vea uno rodeado de ellos, con gran descontento del pueblo y de los mismos pordioseros» (3). Pero es probable que semejante observación pudie-ra hacerse también en París, Londres o cualquiera de las grandes ciudades de Eu-ropa. Y más probable, por otra parte, que los mendigos o pobres tuvieran más atenciones, limosnas y buen trato en Roma que en cualquier otro lugar, si se piensa que la beneficencia pública en todos sus aspectos estaba entonces casi absolutamente en manos de la Iglesia, y en ninguna otra parte se palpaba tanto su presencia como en la capital del orbe católico. Los papas se esforzaron por crear en su ciudad centros públicos de asistencia a toda clase de necesitados. Y allí surgieron hospitales y hospicios, asilos y orfanatos, reformatorios y casas de acogida, todo a expensas del erario público y de la generosidad de los altos dig-natarios de la curia romana y de la caridad heroica de tantos santos fundadores de Ordenes religiosas; pero sobre todo de la pléyade anónima de clérigos y laicos que calladamente recorrían todos los días los catorce barrios o distritos de la ciudad y subían y bajaban sus siete colinas, como miembros de las múltiples co-fradías o compañías de caridad, en busca del dolor, el abandono, la miseria y la pobreza del prójimo (4).

Estas cofradías, además de su específica dedicación benéfica, exigían a sus afi-liados ciertas prácticas de piedad y mortificación, con lo que podían considerar-se como verdaderos centros de espiritualidad y escuelas de perfección cristiana.

En términos generales, escribía Berro que Calasanz, «llegado a Roma, se dio con mucha devoción y consuelo a visitar los santos lugares de esta ciudad… y aten-día a toda obra de caridad, tanto en los hospitales y cárceles y en toda obra de piedad, como en huir de todas las malas costumbres de los cortesanos» (5). Y concretamente recordaba que perteneció a cuatro cofradías, a saber: la de la Doctrina Cristiana, la del Sufragio o del Refugio, como él dice; la de las Llagas de San Francisco y la de los Doce Apóstoles. Al margen del manuscrito añadió una mano posterior que perteneció también a la Cofradía de la Santísima Trinidad de Peregrinos y Convalecientes (6). A raíz de la beatificación de Calasanz (1748), el postulador de la Causa pidió un certificado notarial a cada una de las Cofradías romanas a las que había pertenecido, según tradición, y las cinco mencionadas extendieron el atestado, además de una sexta: el Oratorio de Santa Teresa, de los carmelitas de la Scala (7). Estudios recientes han confirmado y aclarado la pertenencia y actividades de Calasanz en cada una de ellas, aunque no todas con la misma abundancia de datos. Veamos.

2. Cofradía de los Doce Apóstoles

Fue instituida en tiempos de Pablo III (1534 - 49) por San Ignacio de Loyola y otros padres de la Compañía en la iglesia del Gesú con el fin de que doce de sus socios recogieran limosnas con ocasión de los sermones solemnes que se tenían en dicha iglesia, y las distribuyeran luego a los pobres. Pero ya antes de 1565 cambió de sede, a raíz de que el P. Félix Peretti (futuro Sixto V), gran predica-dor, atraía multitudes en la propia iglesia de los conventuales, la basílica de los Doce Apóstoles. Y una vez papa, elevó la Compañía a Archicofradía, uniéndola a la del Smo. Sacramento, que existía ya en dicha basílica, y en 1588 se compusie-ron y editaron sus Estatutos (8).

Según ellos, su particular finalidad consistía, además de honrar y venerar al Smo. Sacramento, en «proveer con toda piedad, honestidad y secreto posible a las personas pobres, y más aún a las familias que sufren enfermedad, miseria y ne-cesidad y ni pueden valerse por sí mismas ni merecen verse mendigando, sobre todo las que estuvieron otrora en mejor estado y han venido a menos y están en peligro de lo peor, de modo que, según indicaciones del prior, se les procure y distribuya limosnas tanto espirituales como corporales, animándolas a la pacien-cia y al bien vivir, apartándolas del vicio y encaminándolas a la virtud, disipando las discordias y recuperando la paz entre los parientes» (9).

No era tan sencilla, pues, la misión. Ni se trataba sólo de repartir limosnas, que en realidad es halagador y dignificante. Ni eran todos los pobres «fáciles» de so-correr, y quizá lo más pesado era escuchar sus lamentaciones, sus quejas, sus recuerdos de días mejores, sus desesperanzas. Más todavía, tenían que estar dis-puestos a pedir limosnas los mismos cofrades para distribuirlas luego, con las consiguientes humillaciones, burlas y desplantes (10).

Cada año se elegían doce visitadores o diputados que debían visitar dos veces por semana a los pobres o enfermos de su barrio, acompañados de uno o dos coadjutores. Y debían asistir también a las reuniones semanales de los dirigentes y a la general de cada mes. Calasanz fue visitador ininterrumpidamente durante seis o siete años (11). La última vez que se le nombra en los libros de la cofradía es el 2 de agosto de 1601. Luego era ya visitador al menos en 1596 o 1595. Efec-tivamente, la primera vez que se le nombra como tal es el 27 de mayo de 1596. No aparece, sin embargo, en el Registro de Inscripciones que comprende los años 1560-1595 por indudable y lamentable descuido. Puede suponerse que pasara al menos un año entre la fecha de inscripción y la elección para visitador, dada la diligencia y esmero con que se hacían esos nombramientos, con lo que es muy probable que ingresara en la Cofradía en la primera mitad de 1595 (12). Los li-bros nos aseguran que Calasanz asistió como visitador a 239 reuniones de la Co-fradía y repartió 539 escudos en las 157 visitas realizadas, cuya frecuencia dis-minuye progresivamente y aun drásticamente los últimos años —como veremos— porque le absorbe su nueva ocupación: las Escuelas Pías (13).

Esta fue la primera Cofradía en que se inscribió, cuando andaba todavía preocu-pado y esperanzado por conseguir una canonjía. Fue una experiencia única y ri-quísima, pues le puso en contacto directo con la cruel realidad de la pobreza y la miseria, cuya solución —en una intuición genial— creyó encontrar en las escue-las gratuitas populares.

3 Cofradía de la Doctrina Cristiana

Procedente de Milán, llegó a Roma en 1560 Marco de Sadi Cusano y estableció las primeras escuelas de la Doctrina Cristiana al amparo de las iglesias. Contó muy pronto con colaboradores, sacerdotes y laicos, entre los que sobresalió el P Enri-que Pietra, gran amigo y compañero de San Felipe Neri. Ya en 1563, un grupo de estos catequistas empieza a vivir en comunidad, y en 1575 el papa Gregorio XIII les cede la iglesia de Santa Agueda, en el Trastevere, por lo que se llamaron «agatistas». Paralelamente, otro grupo formaba la Cofradía.

En 1593, el papa Clemente VIII nombró al cardenal Alejandro de Medici protector de ambas corporaciones, que siguieron regidas conjuntamente por cuatro defini-dores hasta 1598 en que se separaron, eligiendo cada una sus propios órganos de gobierno. Los agatistas o Congregación de la Doctrina Cristiana mantuvieron co-mo sede propia la iglesia de Santa Agueda y siguieron su propia trayectoria hasta fundirse definitivamente con los Padres Doctrinarios de Aviñón en 1747. Por su parte, la Cofradía de la Doctrina Cristiana eligió su presidente e instaló su sede definitiva en la iglesia de San Martín, junto al Monte di Pietá (14).

Ambas instituciones tenían como finalidad específica la enseñanza del catecismo a niños y niñas los domingos y días festivos, e incluso incidentalmente a algunos de ellos se les enseñaba a leer, escribir y contar (15). La semejanza de tales es-cuelas con la que instituyó Calasanz exige un análisis comparativo para determi-nar las mutuas influencias, partiendo del hecho histórico de la pertenencia del Santo a esta Cofradía y de los motivos que le impulsaron a inscribirse en ella y desarrollar una actividad intensa, a pesar de las otras ocupaciones y compromi-sos que llevaba entre manos. Lo cual lo iremos viendo a su debido tiempo en el curso de nuestra exposición.

Por el momento interesa determinar la fecha de ingreso de Calasanz en la Cofra-día. Los antiguos autores, más o menos expresamente tuvieron la idea de que el Santo se inscribió a las Cofradías romana apenas llegó a Roma. Talenti creyó to-davía que ingresó en ésta en 1592 y que a los pocos meses le eligieron presidente (16). Bau, sin embargo, propuso el 1595 (17). Sántha se inclinó por el verano de 1597 principios de 1598 (18). Vilá prefiere el 1599 (19). Quien tuvo en sus manos los libros oficiales de la Cofradía fue Sántha, pero no convencen plenamente sus conclusiones. Por de pronto, en ninguno de los tres libros consultados consta la fecha de inscripción de Calasanz (20). La primera vez que se le nombra es a principios de 1600, en que asiste a una «congregación secreta» y desde entonces multiplica su presencia en congregaciones secretas y generales, desempeña los cargos de visitador ordinario de enfermos, visitador extraordinario de escuelas catequéticas de niñas, diputado para concertar catequesis con gitanos. Todo ello en 1600. Y en 1601 aumenta su actividad como visitador ordinario de escuelas de niños y niñas, enfermero y encargado de otros varios asuntos. En años posterio-res solamente acepta el oficio de provisor espiritual hasta 1606, en que ya no aparece su nombre en los libros (21).

Si, como cree Sántha, Calasanz pertenecía a la Cofradía desde mediados de 1597 o principios de 1598, es inexplicable que no aparezca su nombre hasta principios de 1600 en los libros oficiales. Son dos años o dos y medio de absoluto silencio. La alusión del propio Calasanz a los orígenes de las Escuelas Pías y su relación con los cofrades de la Doctrina Cristiana no fuerzan a admitir que él lo fuera ya en esas fechas (22). Y ése parece el sentido obvio del texto de Berro al afirmar que antes de 1597, en que Calasanz fundó las Escuelas Pías en Santa Dorotea, el párroco ya hacía escuela, ayudado por dos cofrades de la Doctrina Cristiana (23).

Uno de estos cofrades fue Marco Antonio Arcangeli, a quien encontraría allí Cala-sanz cuando descubrió aquella escuela que cambiaría para siempre el rumbo de su vida. En junio de 1599 dicho Marco Antonio propone en congregación secreta a la Cofradía que ayude y proteja la «escuela cotidiana» de Santa Dorotea, y lo mismo vuelve a hacer ante la congregación general del 1 de agosto (24). Y es ló-gico pensar que lo hace por sugerencia de Calasanz, el cual si ya era miembro de la Cofradía tenía la obligación de asistir a la reunión general del primero de agosto (25). Parece ser, sin embargo, que por esas fechas estaba en Asís, como veremos luego. Lo cual sugiere que no se sentía obligado a acudir a dicha reu-nión general, porque aún no era cofrade. En ella se dieron buenas palabras, pero los hechos subsiguientes no fueron muy satisfactorios.

Dejando ulteriores detalles para más adelante, todo esto nos hace suponer que sólo entonces, en la segunda mitad del año 1599, se decidió Calasanz a dar su nombre a la Cofradía de la Doctrina Cristiana para hacer méritos en ella y conse-guir plenamente su propósito: que aceptara como suyas las que luego se llamarí-an Escuelas Pías. De aquí que a principios de 1600 aparece ya presente en una congregación secreta y empieza desde entonces una actividad excesiva, si se tienen en cuenta sus múltiples obligaciones en otras Cofradías, en el palacio Co-lonna y sobre todo en las escuelas, cuya plena responsabilidad acaba de asumir.

En el ámbito de esta Cofradía encontró Calasanz, además, a algunos que fueron sus primeros colaboradores en las Escuelas Pías, como Juan Francisco Fiammelli, Francisco de Rustici y Gelio Ghellini (26). Y es interesante notar también la pre-sencia de españoles, con quienes compartió las tareas propias de la Cofradía, como fueron Francisco Villoslada, Jerónimo Sánchez y Santiago de Avila (27).

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4. Cofradía de las Llagas de San Francisco

El 18 de julio de 1599 se inscribía en esta Archicofradía «D. José Calasanz, Sa-cerdote de la diócesis de Urgel, [que reside] en Casa del Illmo. Cardenal Colon-na» (28). Llevaba ya más de siete años en contacto con los franciscanos conven-tuales, sus vecinos, y unos cinco como socio de la Cofradía de los Doce Apósto-les. El trato con los primeros particularmente con sus amigos Bagnacavallo y La-rino, le introdujeron en la espiritualidad franciscana; su actividad le hizo palpar la mucha pobreza real que había en Roma. Remediar a los pobres era muy distin-to de vivir la pobreza y enamorarse de ella. Y necesitó años para dar ese cambio en su vida. En ese lento proceso de conversión debieron influir sin duda todos aquellos santos varones que hemos recordado, particularmente los del cenáculo de la Scala. La inscripción en esta Cofradía de las Llagas manifiesta madurez es-piritual y sinceros deseos de perfección, y aun cierta aspiración inconsciente a la vida religiosa.

Había sido fundada en 1594, y a pesar de sus pocos años alcanzó tal fama que se la llamaba «Escuela de mortificación» (29). Naturalmente, el modelo a imitar y punto central de referencia era San Francisco de Asís. He aquí algunos puntos característicos de sus Estatutos:

«Queremos que nuestros cofrades observen ante todo los mandamientos de Dios y de la Santa Iglesia, asistan a Misa todos los días o visiten al menos el Smo. Sacramento y hagan algún acto de devoción particular, practiquen la caridad y la misericordia, visiten a los enfermos, entierren a los muertos y rueguen por ellos, socorran a los pobres, obedezcan y respeten al Prior y a los Guardianes y a todos los demás Superiores nuestros… Dios busca en nuestras obras la humildad no sólo interior, sino también la exterior en el vestir, como dice nuestro glorioso Seráfico P. S. Francisco, nuestro Protector y Abogado. Por ello, ordenamos que el hábito de la Compañía que deben usar los cofrades en las Procesiones y otros actos solemnes sea un saco de sayal de Cremona, el más grueso que se encuentre, de color ceniciento, y ceñidos con una cuerda gruesa llevando colgado a dicho cordón un rosario del Señor, de madera, con un capuchón por sombrero, y descalzos con san-dalias a la apostólica» (30).

Quizá fuera esta Cofradía la que imponía mayor abundancia de rezos en común y en privado, pues además de la misa o visita diaria al Smo. Sacramento, mandaba rezar cada día los Laudes del Oficio de las Llagas de San Francisco (los analfabe-tos seis padrenuestros, avemarías y glorias), comulgar al menos una vez al mes a los no sacerdotes, llevar siempre el cordón franciscano (31), ayunar la vigilia de San Francisco, rezar en común el Oficio todos los domingos y fiestas de precep-to, asistir a las frecuentes procesiones, frecuentar las XL Horas, etc. (32).

No han faltado autores antiguos y modernos que han afirmado que Calasanz fue «celador de la observancia» y aun “maestro de novicios” o principiantes de esta Cofradía (33). Pero nada de esto consta en los libros oficiales, sobre todo en el que se consignan los nombres de los maestros de novicios y de otros cargos de la Cofradía, desde su fundación hasta la muerte del Santo (1594-1648). Sí que apa-rece expresamente su inscripción en la fecha exacta que hemos dado, así como el funeral que se le hizo, pues permaneció inscrito hasta su muerte (34). Y esta permanencia en la Cofradía durante casi medio siglo influyó poderosamente en la devoción profunda que sintió por el Santo de Asís, quizá más que su amistad y su trato con los conventuales. Volveremos a esta iglesia de las Llagas, donde tendrá Calasanz una de las revelaciones que le pondrán en contacto con el au-téntico espíritu franciscáno de Madonna Povertá.

5. Cofradía de la Sma. Trinidad de Peregrinos y Convalecientes

En 1548, siendo todavía seglar, fundó esta Cofradía Felipe Neri, con miras al Año Santo de 1550, ya proclamado por Pablo III. Su finalidad principal consistía en recibir y albergar por algunos días a los peregrinos pobres que llegaban a Roma a visitar los santos lugares particularmente durante el Año Santo. Asimismo, aten-der y cuidar a los convalecientes que tenían que dejar los hospitales y no tenían recursos adecuados a sus necesidades. Como prácticas especiales de devoción, debían rezar diariamente ciertas oraciones fáciles, asistir a misa todos los días y a algunas procesiones y reuniones prescritas, así como a una función pública so-lemne cada mes en honor del Smo. Sacramento y orar también por los bien-hechores y cofrades difuntos (35).

En dos de los libros propios de la Cofradía consta la inscripción de Calasanz el día 10 de julio de 1600 (36). En otros, aunque no se le nombre, es fácil suponer su presencia y actividad, como en un Diario referente al Año Santo 1600, en que por dos veces se mencionan los Padres de la iglesia de Santa Dorotea, junto con los de San Juan de la Malva y de Santa Agueda, de la Doctrina Cristiana, los cua-les, el 27 de diciembre de 1599 y el 12 de enero de 1600, prestan su ayuda a la Cofradía para enseñar a los peregrinos la Doctrina Cristiana y el modo de ganar las indulgencias del Jubileo. Y es interesante observar que entre tales peregrinos hay algunos «herejes alemanes», como los hubo también en el anterior Año San-to (37). Más todavía, el 5 de agosto —y debe ser un ejemplo entre muchos— esta misma Cofradía llevó al papa cuarenta protestantes convertidos, el cual les dio hospitalidad (38). En esa fecha, Calasanz ya estaba inscrito en la Cofradía. No lo estaba, sin embargo, en las otras dos mencionadas de diciembre de 1599 y enero de 1600, pero pertenecía a los Padres de Santa Dorotea, pues sus escuelas —como veremos luego— siguieron allí hasta la muerte del Párroco don Brandini, ocurrida el 26 de febrero de aquel año (39). Tanto Calasanz como sus colabora-dores de Santa Dorotea pertenecían también a la Cofradía de la Doctrina Cristia-na, y los de Sta. Agueda o «agatistas» a la Congregación de la Doctrina Cristiana (40).

Se calcula que durante este Año Santo llegaron a Roma 1.200.000 peregrinos, de los cuales el hospicio de la Trinidad de los Peregrinos procuró alojamiento y sus-tento en total a medio millón (41). Y tanto el papa como los cardenales y la no-bleza dieron abundantísimas limosnas para sufragar los ingentes gastos de esta benemérita Cofradía (42). Tales cifras pueden darnos una idea aproximada de la incansable labor de estos cofrades, que tenían que preocuparse del servicio ma-terial de recepción, alojamiento y sustento de tantísima gente y a la vez asistir-les con predicadores, catequistas, confesores y acompañantes. Añádase otro da-to: los peregrinos italianos solían llegar ordenados por hermandades o cofradías que hacían su entrada en solemnes procesiones y muchas veces eran recibidos por la Cofradía de la Sma. Trinidad. Hasta julio se contaron 408 hermandades, y en total se calcula que fueron más de 600 en todo el año, mientras en el anterior Año Santo de 1575 fueron sólo 400 (43).

¿Por qué Calasanz se inscribe a esta Cofradía el 10 de julio, mediado ya el Año Santo, y no al principio del mismo? No es fácil responder. Quizá su prudencia y su honestidad le aconsejaron no comprometerse, pues sabiendo más o menos la in-gente labor que exigiría la Cofradía durante el Año Santo, temía no poder cum-plirla, dadas sus tareas en las cofradías de los Apóstoles y de la Doctrina Cristia-na y sobre todo su dedicación cada vez más absorbente a las Escuelas de Santa Dorotea. No obstante, el servicio pastoral o catequético que le pidió la Cofradía a él y a sus compañeros de Santa Dorotea, ya desde diciembre de 1599, le fue introduciendo cada vez más en aquel campo especial de los peregrinos, en el que la pobreza y la ignorancia exigían idéntica caridad a la que él desplegaba como miembro de las cofradías de los Apóstoles y de la Doctrina Cristiana (44). Era, además, una situación de emergencia que no se podía marginar. Y si estaba ya cumpliendo las obligaciones sin ser cofrade, ¿por qué no dar el nombre y te-ner así la posibilidad de ganar tantas indulgencias que estaban reservadas a los socios de aquella Cofradía? Por otra parte, la protección y estima que dispensa-ban a dicha Compañía el papa, los cardenales, prelados de curia y nobleza ro-mana aconsejaban sin duda inscribirse y buscar apoyos para la obra personal que llevaba entre manos: sus Escuelas. En efecto, Clemente VIII había sido cofrade antes de ser papa, y cofrades eran entonces los cardenales Camilo Borghese, fu-turo Pablo V, y Peretti-Montalto, que pronto se distinguirán como máximos pro-tectores de las Escuelas Pías (45).

Quizá también fue motivante la advocación trinitaria de la Cofradía. No se puede olvidar el influjo que tuvieron los trinitarios en la educación cristiana del adoles-cente Calasanz en Estadilla. Precisamente en los años 1598 - 1599 vuelve a re-frescar sus recuerdos juveniles al encontrarse en la Scala de Trastevere con el reformador de los trinitarios, San Juan Bautista de la Concepción. Y es muy signi-ficativo que en las dos devociones que definen la espiritualidad católica —y, por tanto, también la suya de modo especial—, es decir, la misa-eucaristía y la Madre de Dios, haya acentuado su directa relación con la Santísima Trinidad. La bellísi-ma Corona de las doce estrellas, compuesta por Calasanz, es un himno de acción de gracias a la Santísima Trinidad por los dones y privilegios que concedió a Ma-ría, y comienza expresamente así: «Alabemos y demos gracias a la Sma. Trini-dád…» (46). «La insistencia en la reverencia debida a la Santísima Trinidad en el sacrificio de la Misa es como una obsesión en sus consejos a los demás y como un reflejo espontáneo de su experiencia cotidiana». «Los sacerdotes —escribía Cala-sanz— deben tratar de parte de la Iglesia negocios gravísimos con el Padre Eter-no y la Santísima Trinidad»; «Prepárense para celebrar la Misa con aquella reve-rencia con que se debe hablar con Dios bendito y con la Santísima Trinidad»; «Los nuevos sacerdotes estén bien instruidos y sepan que deben hablar con gran devoción con el Padre Eterno y con la Santísima Trinidad para que puedan sacar de la Misa el debido provecho para sí mismos…» (48).

6. Cofradía de la Sma. Virgen del Sufragio

Apenas pasados dos meses desde su ingreso en la Cofradía de la Sma. Trinidad, pide Calasanz la admisión en la de Santa María del Sufragio, por mediación de su amigo, colaborador en las escuelas y cofrade de esta Cofradía y de la de la Doc-trina Cristiana, el sacerdote florentino Juan Francisco Fiammelli, quien hizo la petición en la congregación del domingo 17 de septiembre de 1600 y fue acepta-da. El domingo siguiente, día 24, se consignaba en el mismo libro oficial la en-trada de varios cofrades, y entre ellos el «Rdo. Signore Giuseppe Calasani Urge-llensis dioeces.» (49).

La cofradía nació en 1592 con la aprobación del Cardenal Vicario y fue confirma-da oficialmente por Clemente VIII con bula del 9 de septiembre de 1594, el mis-mo año en. que había sido instituida también la Cofradía de las Llagas de San Francisco. No parece probable que fuera Calasanz uno de los fundadores, como dijo Berro (50) y repitió Talenti, añadiendo que ayudó al Cardenal Baronio a componer los estatutos (51), ya terminados en 1594. Es inverosímil que, acabado de llegar en 1592, tuviera tanto predicamento, y, por otra parte, esperara hasta septiembre de 1600 para formar parte de ella. También se dice que intervino de-cisivamente para conseguir de Clemente VIII para la Cofradía el privilegio de li-brar un preso cada año, como efectivamente lo concedió el papa con una bula del 10 de marzo de 1603 (52). Por esas fechas el papa conocía personalmente a Calasanz, pues las Escuelas Pías estaban instaladas en casa de Mons. Vestri, se-cretario de breves del papa. Es posible, pues, pero no hay confirmación docu-mental.

El hecho de que Baronio fuera uno de los fundadores y el autor de los estatutos de la Cofradía, da pie para pensar que perteneciera también a ella el cardenal Bellarmino, gran amigo de Baronio; y, por tanto, en el ambiente fraterno de la misma pudo entablar Calasanz relaciones amistosas con ambos purpurados (53), contando además con la intervención de los comunes amigos, los PP. Francisco Soto y Juan de Jesús Maria.

La finalidad primordial de la Cofradía era, naturalmente, rezar por los difuntos. Para ello, «mantiene varios sacerdotes para el culto de la Iglesia, construida a expensas de la misma Cofradía (54)…, los cuales continuamente celebran misas y oficios por los difuntos. Todos los días festivos recitan con voz distinta y alta, pero no cantando, el Oficio de Difuntos… Llevan a la sepultura a sus cofrades… y si son pobres les pagan los funerales, recitando por ellos en el primer día festi-vo un Oficio solemne. Durante la octava de los difuntos van en procesión todos los días a S. Gregorio y el Viernes Santo a S. Pedro del Vaticano» (55). Pero, además de ello, celebraban las 40 horas cuatro veces al año, en las Témporas; tenían otras procesiones solemnes llevando siempre el propio estandarte con la imagen de Cristo por un lado y San Gregorio por otro; tenían un médico para atender a sus enfermos, a quienes visitaban también los encargados de la cofra-día para socorrerles con limosnas, según su pobreza; asistían también a los mori-bundos (56).

La cofradía tuvo una aceptación extraordinaria, pues en Pocos años multiplicó sus afiliados, ganándose además la simpatía de los devotos romanos y peregri-nos, como lo prueba el hecho de que en 1600, en la visita oficial a las cuatro ba-sílicas jubilares, contaba con 300 cofrades varones y otras tantas mujeres, y le acompañaron 40,000 fieles (57). Roma tenía en 1600, según los datos estadísti-cos de las parroquias, 109,729 habitantes, sin contar 1,200,000 peregrinos que acudieron para ganar el Jubileo (58).

La particular devoción que se tenía en esta Cofradía a San Gregorio Magno se ex-plica por la relación que la piedad cristiana puso tradicionalmente entre este papa y los sufragios por las almas del purgatorio, cuya expresión característica eran las misas gregorianas. En este ambiente nació, o se acrecentó sin duda, la devoción personal de Calasanz por San Gregorio, de la que hablan los contempo-ráneos (59).

7. El Venerable Oratorio de Santa Teresa

La amistad que mantenía Calasanz con los carmelitas descalzos de Trastevere le abrió las puertas de otra especie de cofradía, llamada propiamente Oratorio de Santa Teresa. En uno de sus libros, de actas consta que en la junta general teni-da el 22 de diciembre de 1763 se decidió lo siguiente: «No encontrándose el Ca-tálogo antiguo de los cofrades del Oratorio y habiendo memoria y tradición de que el B. José de Calasanz de la Madre de Dios, antes de fundar su Religión, fre-cuentó nuestro Oratorio, se decretó que se registre en el Catálogo de los cofra-des…» (60). Y, efectivamente, así se hizo. He aquí la constancia:

«Habiendo el B. José de Calasanz de la Madre de Dios, Fundador de los Clé-rigos Regulares de las Escuelas Pías, frecuentado nuestro Oratorio antes de fundar su Religión, por ser amigo de nuestro Ven. P. Domingo de Jesús María, Fundador de dicho Oratorio, y de los otros Religiosos, que por el concepto que tenían de él, lo hicieron pintar secretamente en un lienzo y lo colocaron en el pasillo que lleva al mismo Oratorio, sobre la puerta de dentro que co-rresponde al altar del mismo, y en ocasión de su Beatificación los Padres de las Escuelas Pías lo pidieron y se les prestó para sacar una copia siendo el verdadero retrato al vivo; y luego se colocó en el oratorio en medio de la pared, del lado de la epístola del altar bajo el cuadro grande con la siguien-te inscripción [latina:] B. José de Calasanz de la Madre de Dios, Fundador de los Clérigos Regulares Pobres de la Madre de Dios [omite: de las Escuelas Pí-as,] en otro tiempo adscrito entre los cofrades de este Oratorio de S. Tere-sa…» (61)

Y lo mismo se dice en un tercer libro de la misma época (62). Esta triple consta-tación es ciertamente muy tardía, más de un siglo y medio después del hecho testimoniado, pero se basa en una tradición que parece comprobada por el men-cionado cuadro, sacado al vivo y «secretamente», es decir, sin que se enterara el Siervo de Dios (63). Hay, sin embargo, un testimonio contemporáneo, que es el del P. Anibale Angelini (1571-1630), secretario y confesor del P. Domingo Ruzola, de quien escribió una biografía, en la que dice que Calasanz fue uno de los pri-meros que frecuentaron el Oratorio (64).

Quien dio a conocer en Roma a la Madre Teresa de Jesús fue principalmente el P. Juan de Jesús María, que desde 1602 hasta 1614 predicó en la Iglesia de la Scala trece famosos panegíricos al celebrarse con toda pompa la fiesta de la Beata Madre Teresa, como la llamaban todos aun antes de su beatificación, que tuvo lugar el día 24 de abril de 1614, durante el Capítulo General, en que dicho P. Juan dejaba de ser General de la Congregación italiana de Carmelitas Descalzos (65). Y es muy probable que a tales panegíricos asistiera José de Calasanz.

No obstante, quien fundó el Oratorio fue el P. Domingo Ruzola, como expresa-mente se dice en los libros oficiales que hemos citado (66). Lo que no hemos po-dido comprobar es el año de la fundación (67). Lógicamente, después del 26 de octubre de 1604 en que llega a Roma el P. Domingo; probablemente durante los años en que era Prior del convento de la Scala, es decir, desde 1608 a 1617; y más probable aún, después de la beatificación de Santa Teresa (1614), pues pa-rece más apropiado que sólo entonces pudiera formarse una asociación piadosa bajo su advocación. Por consiguiente, esas fechas condicionan el ingreso de Ca-lasanz en el Oratorio, que ocurrió antes de que fundara su Religión de las Escue-las Pías, siendo todavía sacerdote secular, es decir, antes de 1617 (68).

Ignoramos cuál era concretamente la finalidad de la asociación. No es una simple cofradía con fines benéficos, pues el nombre de oratorio sugiere más bien una especie de escuela de espiritualidad, basada en instrucciones, charlas, exposi-ciones eruditas referentes a la perfección espiritual ascético-mística, siguiendo las enseñanzas de la Doctora Mística y recomendando la lectura de sus obras. A todo ello había contribuido sobremanera el P. Juan de Jesús María en sus céle-bres trece panegíricos de 1602-1614.

Lo cierto es que Calasanz fue muy devoto de Santa Teresa toda su vida y no sólo era asiduo lector de sus obras, como dijeron los testigos procesales (69), sino que recomendaba su lectura a sus religiosos, como dice en este párrafo de una carta de 1638:

«Si los sacerdotes de nuestra Religión supieran cuánto importa trabajar por amor de Dios, no estarían ni un instante de tiempo ociosos. Y si el tiempo que no pudieran emplear en ayudar a los niños conforme ordena nuestro Ins-tituto, lo emplearan en leer el Camino de perfección de Santa Teresa, verían cómo se inflamaría su corazón, pues las palabras de dicha santa tienen una gran eficacia para quien las lee con devoción» (70).

Prueba de su devoción particular a la Santa es el libro que conservó toda su vida entre los pocos que tenía en su habitación, cuyo largo título es ‘Compendio de las Solenes (sic) fiestas que en toda España hicieron en la Beatificación de N. B. M. Teresa de Jesús fundadora de la Reformación de Descalzos y Descalzas de N. S. del Carmen, en prosa y verso’ (71).

Pero más interesantes son los atestados de algunos testigos procelales sobre cierta aparición de Santa Teresa a Calasanz, gravemente enfermo, a quien mila-grosamente curo y en agradecimiento hizo voto de dedicarle la primera iglesia que se construyera en la Orden después de estos hechos, que fue la del Colegio de Porta Reale en Nápoles. Pero de ello trataremos luego más despacio (72).

Debió, pues, sin duda, penetrar muy honda en el alma de Calasanz la influencia de la Santa Madre Teresa de Jesús tanto por sus doctrinas como por la venera-ción que sintió por ella, además de las valiosas aportaciones de los venerables carmelitas de Santa María de la Scala a su espiritualidad personal y a la de la Or-den por él fundada.

8. Visitas a las siete iglesias

Es Berro, de nuevo, quien escribe que Don Gioseppe Calasanz, “llegado a Roma, se dio con mucha devoción y consuelo a visitar los santos lugares de esta ciu-dad… Sentía tan gran consuelo al visitar estos santuarios y particularmente las siete iglesias, que empezó a frecuentarlas muy a menudo [molto spesso]” (73). Y dos capítulos más adelante vuelve al tema con más detalles:

«… a media noche se levantaba para rezar maitines con la devoción que se puede suponer, y luego se encaminaba a las siete iglesias, en una de las cua-les, al despuntar el alba, celebraba la Sta. Misa con tal devoción que em-pleaba algunas horas, y esto solía ser en la capilla de la Columna [de la fla-gelación] del Señor, en Sta. Práxedes, o en Sta. María Mayor o en la dei Mon-ti, y en todo este peregrinaje, sólo Dios sabe los santos afectos que Dios le concedía y la meditación y la contemplación en que llenaba aquel tan largo y nocturno viaje…» (74)

El P. Catalucci había escrito quince años antes en su ‘Breve Notizia’ simplemen-te: «era muy asiduo en visitar las siete iglesias de Roma» (75). Y con esa misma imprecisión redactó Berro uno de los artículos del interrogatorio de testigos para el proceso de Beatificación de 1651 diciendo: «visitaba los lugares piadosos [de Roma] y sobre todo las siete iglesias con gran devoción, durante el día, si podía, y si no, de noche» (76). De los treinta y cuatro deponentes en este primer proce-so sólo cinco conocen el hecho, dos de los cuales por haberlo oído decir (77) y otro por haberlo leído (78), pero no dicen más de lo propuesto en el interrogato-rio. Los dos restantes oyeron hablar del asunto al P. José mismo, ambientando incluso la confidencia, que queda así justificada. El P. Morelli dijo: «las siete iglesias las visitaba casi todos los días [quasi ogni giorno] y volvía a tiempo para hacer la escuela, y esto lo decía exagerando la buena complexión que Dios le había dado, y se lo he oído decir más de una vez» (79).

El quinto testigo, H°. Lorenzo Ferrari, desvió el tema, pues, en vez de referirse a las siete iglesias, habló del Año Santo (1600) y de las basílicas jubilares, que son sólo cuatro y no siete, precisando que «cada día visitó las iglesias para ganar el Jubileo, y esto lo sé por habérselo oído decir a él, alabando a ciertos señores y ciertas ancianas que nunca lo dejaban, pues todos los días había encontrado las mismas personas, y nos lo decía para persuadirnos a que frecuentáramos la visita a dichas iglesias, y decía que él, para tener tiempo de hacer otras tareas, gran parte las hacía de noche» (80).

Fuera de proceso, dejó escrito en 1652 otro testigo, P. Santiago Bandoni, apo-yándose en el testimonio de los Padres conventuales, amigos de Calasanz: «mientras vivía en casa Colonna, oí decir como [atestiguado] por el P. Bagnaca-vallo y otro Padre de la Religión de los SS. Apóstoles… que el P. José, antes de que fuera Congregación, durante catorce años, cada mañana antes de hacerse de día hacía las siete iglesias de Roma, dejando la de S. Pedro la última, donde dicen que solía estarse horas enteras, abajo en la cripta, es decir, en el sepul-cro» (81). Y el mismo testigo, treinta y ocho años más tarde, en 1690, ya viejísi-mo, volvió a recalcar la misma declaración, añadiendo que mantuvo luego esa práctica, siendo ya religioso (82). Otra variedad del tema la introdujo el P. Sil-vestre Bellei, que declaraba en 1678: «el día de vacación iba a las siete iglesias siempre a pie aunque lloviese a cántaros» (83).

De todo ello sacó resumen Talenti y dijo que en 1606, al haber llegado ya los alumnos a 900, el P. José «sacrificó a su bien las horas que todavía dedicaba a la cotidiana visita de las siete iglesias durante 14 años [1592-1606]… continuándola solamente todos los días de vacación» (84). Y el gran divulgador de la biografía calasancia, P. Tosetti, habló simplemente de «la cotidiana visita de las siete igle-sias» (85).

La versión tradicional —prácticamente hasta Bau (86) - quedó en visita cotidiana durante catorce o muchos años. Era un elemento más, grandilocuente, para ex-altar las obras extraordinarias de este hombre, que en estos años que nos ocu-pan parece disponer de veinticinco o treinta horas cada día para llevar a cabo sus muchas tareas. Por otra parte, la abundancia de testimonios que coinciden en recordar estas visitas, con tendencia a exagerar su frecuencia, nos induce a admitir que efectivamente algo había de anormal o extraordinario, aunque de-ntro de cierta moderación.

Ante todo hay que distinguir entre visitas jubilares del Año Santo y visitas a las siete iglesias. Las jubilares se reducen a cuatro visitas: San Pedro, San Pablo, San Juan de Letrán y Santa María Mayor. Las siete iglesias comprenden las cuatro mencionadas más las de San Sebastián ad Catacumbas (87), Santa Cruz de Jeru-salén y San Lorenzo extramuros, cuyo recorrido total llega a unos veinte kilóme-tros.

Para ganar el jubileo del Año Santo estaba prescrito entonces —desde Bonifacio VIII que lo instituyó en 1300— que los romanos debían visitar las cuatro basílicas treinta días y los forasteros quince, sin necesidad de que fueran días seguidos. Las cuatro basílicas debían visitarse en un día, aunque se podía hacer también de noche (88). Y lo mismo se diga para las siete iglesias, añadiendo que para fa-cilitar su visita el papa Sixto V había abierto nuevas calles y había restaurado la costumbre de que en ellas se celebrara «capilla papal» cuando la liturgia las in-dicaba como «estaciones» (89). Esta devoción, tan romana, fue vigorizada so-bremanera por San Felipe Neri desde mediados del siglo XVI, particularmente en Carnaval y Cuaresma y —hace notar un autor— «les ocupaba todo el día» (90)

A Calasanz ciertamente no podían ocuparle todo el día, y por ello saldría todavía de noche, con su farolillo en mano quizá. Es, Sin duda difícil de admitir el testi-monio tan abundante y convergente de la asiduidad con que practicaba estas vi-sitas. Pero, por mucho que se reduzcan, no pueden minimizarse demasiado, so pena de perder el carácter extraordinario que provoca la admiración de los de-clarantes. Lo más verosímil es que durante el Año Santo quisiera ganar el jubileo unas cuantas veces, y si cada jubileo exigía treinta días de visitas a las cuatro basílicas, podía quedarse con la impresión de que las hacía casi a diario. Quizá los días de fiesta o vacación completaba el recorrido de las siete iglesias, y los días de escuela visitara dos basílicas por la mañana antes del alba y otras dos al atardecer.

Fuera del Año Santo, lo más probable es que la verdad se reduzca a lo dicho por Berro y la Breve Notizia, es decir, que visitaba las siete iglesias muy a menudo, pero no diariamente o casi todos los días como dice alguno, ni menos aún que las visitas fueran cotidianas durante catorce años continuos, como aseguraba su ex secretario P. Santiago Bandoni en dos ocasiones distintas.

9. La tullida andariega

Hay cosas que no se olvidan nunca. Y Calasanz tenía muchas. En su ancianidad le tiraban de la lengua sus religiosos, sobre todo algunos, como Berro y Caputi, que se convirtieron en los primeros historiadores, o más bien recolectores de memo-rias, más escueto y veraz Berro, más prolijo y a veces novelesco Caputi. Respec-to a las visitas a las siete iglesias ambos recogieron un relato del anciano Funda-dor, y cada uno lo contó a su modo. Al final nos quedamos sin saber cuál de las dos versiones es la verdadera. Pero cada una tiene su encanto. He aquí la conci-sa versión de Berro:

«A los pobres no sólo les proveía del sustento corporal, sino también del es-piritual, enseñándoles a soportar con paciencia y mérito la enfermedad y la pobreza, haciéndoles exhortaciones caritativas, y a quien consideraba capaz le enseñaba a hacer la oración mental y actos muy grandes de virtud. Hubo entre tantas una pobre tullida, hija de un cantero, en la que vio mucha pre-sencia de Dios, y le enseñó a visitar cada día mentalmente las Siete Iglesias, la Scala Santa y otras estaciones de Roma y con la gracia del Señor llegó a tan alto grado de oración mental y a tan gran amor de Dios que no teniendo libre ningún otro sentido más que la lengua por estar tullida en todo lo de-más, le pidió poder afligir todavía más su cuerpo con cilicios y cadenillas de hierro. Nuestro D. José se las concedió y notó muy pronto gran mejoría en todo el cuerpo, de modo que al verlo otras enfermas le pedían cilicios y ca-denillas, y la tullida se convirtió en Maestra de perfección» (9I).

El largo relato de Caputi, aligerado por la traducción libre de Bau y todavía abreviado por nosotros, dice:

«Hallándome un día, precisamente el 31 de diciembre del año 1646, con el P. General [Calasanz], hablábamos de diversas materias. Mas como yo tenía siempre deseo de oírle hablar de sus cosas para saber detalles de su vida, le iba haciendo preguntas de tiempos pasados, hasta que para enseñarme a proceder en todo con santa simplicidad empezó el relato siguiente…

Era el año 1600. Iba el venerable Padre recorriendo los tugurios de Roma pa-ra dejar las limosnas de la Cofradía de los Doce Apóstoles. Al pasar por la Via dei Chiavari, le salió una pobre mujer de detrás de la iglesia de San Carlos ai Catinari, invitándole a pasar a su mísera vivienda para que viese a su hija enferma y se moviese a dejarle alguna limosna. Pasó Calasanz, bondadoso, y se encontró su avizor espíritu con un espectáculo corriente de enfermedad y miseria, pero que en su parte psicológica era una maravilla imponente… Era una pobre joven, baldada y casi paralítica, que llevaba, no obstante, una vida inte¬rior de abrumadora riqueza. Quince años ya soportaba paciente su desgracia, complejo de múltiples enfermedades que la habían conducido a la quietud absoluta de su esquelético cuerpo, pero que no habían logrado quitarle la paz, la agilidad y aun la alegría del alma. Vestía como podía to-das las mañanas la madre a su hija Victoria y la depositaba en un viejo sillón de enfermos. Lo demás corría a de cuenta de la propia paciente, cerraba los ojos, se santiguaba y comenzaba invariablemente su itinerario espiritual. Iba mentalmente a S. Pedro y a la puerta se humillaba con el acto de contri-ción; hacía luego la visita de los siete altares y terminaba postrándose ante la Confesión, hacía el acto de fe y se despedía del Príncipe de los Apóstoles. Emprendía luego la marcha hacia S. Pablo y rezaba durante el camino el Smo. Rosario. Cumplía sus devociones en aquella Basílica y peregrinaba lue-go con la imaginación hacia Santa María Mayor rezando efectivamente más misterios del Rosario. En una de las paradas estacionales oía misa devota-mente y a la comunión del sacerdote se acercaba al comulgatorio y practi-caba la comunión espiritual con su normal acción de gracias. Terminaba la vuelta de las iglesias predilectas y, por fin, abría los ojos a la mísera y triste realidad circundante…

El Visitador había entrado en la estancia y se había sentado a la vera de la enferma. Inició algunas preguntas para ver cómo estaba de Doctrina Cristia-na, con ánimo de infundirle alguna noción fundamental. Cuál no sería su maravilla al oír de labios de la propia doncella el relato minucioso de cómo empleaba su tiempo y cómo se valía de la imaginación para arraigarse en la práctica de la virtud. A las visitas siguientes la joven, ansiosa de más sufri-miento, llegó a pedirle un cilicio para su mortificación… recibió del P. José el cilicio y con él lentamente recuperó el movimiento y la salud…» (92)

¿Encontró Calasanz a esta muchacha maravillosa, émula ya de sus asiduos reco-rridos por las siete iglesias, como quiere Caputi? ¿O fue más bien él, Maestro in-comparable de almas sencillas, quien le enseñé ese ejercicio original de piedad romana?

10. Predilección por ciertas iglesias de Roma

Son muchas las iglesias romanas por las que hemos visto ya pasar y detenerse devotamente a José de Calasanz. Sin duda, las siete iglesias son las basílicas más famosas de Roma para todos, especialmente las cuatro patriarcales o jubilares: San Pedro, San Pablo, San Juan de Letrán, Santa María Mayor. Esta última tendrá particular resonancia en años posteriores de la vida del Santo y de su Orden.

A estas siete hay que añadir otras tantas, relacionadas con las cofradías a que perteneció: los Doce Apóstoles, San Jerónimo de la Caridad y el desaparecido San Martín al Monte di Pietá (ambas conexas con la Doctrina Cristiana), las Llagas de San Francisco, la Trinidad de los Peregrinos, Santa María del Sufragio y Santa María de la Scala Y hemos oído a Berro nombrar otras dos predilectas, donde iba a decir Misa a veces al terminar su pía caminata por las siete iglesias: la basílica de Santa Práxedes, por su capilla de la supuesta columna de la flagelación del Señor, y la Madonna dei Monti.

Hay una escena famosa, con su fondo de milagro primerizo, recordada por testi-gos procesales y biógrafos, cuyo escenario es Santa Práxedes y la Capilla de la Columna. Berro asegura que el mismo Santo se lo contó a él y a «otro de los nuestros» de este modo:

«Son extraordinarias las gracias y el bien que se recibe de Dios diciendo to-dos los días la Misa con la debida devoción. Y añadió: a mí me sucedió que habiendo dicho Misa en Sta. Práxedes, como otras veces, y vuelto a la igle-sia, vi que un grupo de gente quería hacer entrar en la Capilla donde está la Santa Columna del Señor a una mujer endemoniada y no podían con todas sus fuerzas. Movido de caridad y fe me acerqué y cogí con dos dedos, el ín-dice y el pulgar solamente, a la endemoniada diciéndole “entrad, entrad”, y obedeció en seguida y con mucha tranquilidad se confesó y comulgó» (93).

Mas no fue único el caso, aunque esta segunda vez no sitúa concretamente la es-cena. Dice:

«Otra vez, volviendo de las Siete Iglesias, le sucedió casi lo mismo con sólo ponerle la mano en la cabeza, y si antes resistía a muchos, en seguida entró en la iglesia como una corderita, se confesó y comulgó, y se vio que fue li-berada. Pero él no atribuía nada a sí mismo, sino al poder de la Sta. Misa y al carácter sacerdotal» (94).

Probablemente no son dos casos distintos, pues hay algunos detalles en el fondo y en la forma tan idénticos entre ambas descripciones de Berro y la que da el P. Castelli, que parecen reducirlo todo a uno solo, aunque Berro supone que son dos mujeres y Castelli un hombre. Berro dice que el Santo se lo contó a él y a otro, y este otro es ciertamente Castelli, que dice haberle pedido personalmente explicaciones del caso. Por otra parte, Castelli hizo sus declaraciones en 1652, que ciertamente leyó Berro cuando escribía hacia 1663 (95). He aquí el breve relato de Castelli:

«Siendo todavía cura secular… y yendo un día a San Juan de Letrán se en-contró con mucha gente que se esforzaba por hacer entrar en la iglesia a un endemoniado [spiritato] y no lo conseguían. Acercándose el Padre, armado de viva y verdadera fe, cogió con los dos dedos de la mano derecha con que se alza la Sma. Hostia la mano de dicho energúmeno que se dejó llevar co-mo si fuera un corderillo. Siendo yo luego religioso le pregunté si era verdad y cómo había ocurrido el caso y me respondió: “Y ¿no sabes la fuerza que tienen estos dos dedos consagrados?”» (96).

Ambos testigos recibirían la confidencia del anciano Fundador, pero quizá Berro, habiendo leído más tarde la declaración procesal de Castelli, creyó que era un caso distinto al que él sabía por los detalles diferenciantes, y lo duplicó (97).

Entre todas las iglesias romanas sentía Calasanz particular predilección por la Madonna dei Monti, una de las advocaciones marianas más recientes de la Urbe, cuya imagen gozaba de inmensa veneración popular por su fama de milagrosa (98). Y ésa debía ser la razón de su devoción personal, ampliamente testimonia-da por sus contemporáneos. En el proceso de 1651-53 declaró el P. Scassellati: «Sé que era devotísimo de esta imagen de la Madonna dei Monti y he oído decir que iba a visitarla cada sábado y luego, siendo religioso, lo más frecuentemente que podía» Y el P. Castelli: «Tenía grandísima devoción a la Madonna dei Monti» (100). En el proceso de 1690-92 insistieron otros dos testigos en la misma idea. El P. Quarantotto dijo: «Siendo particularmente devoto de la imagen de la Sma. Virgen llamada dei Monti, iba frecuentemente a hacer allí sus devociones» (101). Y el P. Armini: «Conviene saber que el Siervo de Dios iba con frecuencia a visitar aquella imagen sagrada [Madonna dei Monti] y algunas veces celebraba allí la mi-sa, como yo mismo he oído decir a sus compañeros y es pública voz y fama» (102)

Esta especialísima devoción por la milagrosa Madonna dei Monti tendría una re-compensa no menos especialísima, pues en el lecho de muerte revelará el «San-to viejo» haber recibido de ella una visita de consuelo, devolviéndole con deli-cada cortesía las muchas visitas que él le hizo durante más de medio siglo.

Otra iglesia romana, indudablemente frecuentada por Calasanz, era la de la Vir-gen de Montserrat «de los españoles de la Corona de Aragón». Entre los papeles personales del Santo, conservados en su habitación, había un folio impreso en Roma en 1633 con las letanías lauretanas y los siete dolores y gozos de María, en su misterio de la Asunción al cielo, que se cantaban en latín todos los días en di-cha iglesia «por las presentes necesidades de la Iglesia Católica Militante» (I03) Y es muy probable que este breve formulario en sencillos versos latinos de los do-lores y gozos de la Virgen perteneciera a las devociones diarias de Calasanz.

Nos parece muy extraño que no perteneciera a la cofradía que tenía sede en esa iglesia con el nombre de «Venerable cofradía de la gloriosa siempre Virgen María de Montserrat, de la Corona de Aragón, de la Urbe». Estaba presidida por un prior, cuatro guardianes y un clavario, que se elegían cada año en diciembre. Más de una vez fue prior aquel Antonio Calasanz, cantor y decano de la capilla papal, de que hemos hablado (104). Pero ni la tradición biográfica calasancia ni la minuciosa búsqueda en los libros del rico archivo de esa iglesia permiten apo-yar la hipótesis de la inscripción de nuestro Santo en dicha cofradía (105).

Aunque no consta por referencias documentales, no se puede dudar que tuviera también predilección por otras dos iglesias, muy cercanas a la que será luego su sede definitiva de San Pantaleón: la ‘Chiesa nova’, cuyo sepulcro de Felipe Neri visitó indudablemente antes y después de su canonización, dada su reconocida devoción al santo; y la iglesia de Santiago de los españoles, de la Plaza Navona, por obvias razones de nacionalidad.

11. Peregrino por los santuarios de Italia

Llevaba ya siete largos años en Roma. Conocía sus iglesias y sus basílicas. Había practicado y seguía practicando las devociones típicamente romanas, pero que-ría algo más. Y en carta del 27-6-1599, la última que le escribió —que sepamos—, decía a su párroco de Peralta: “Yo he deseado ver algunos lugares de gran devo-ción que hay por la Italia, como son la Sma. Casa de Loreto, el Monte de la Verna donde Francisco recibió las llagas, el Monte Cassino y Monte Vergine y otros y bolverme a Roma para el año Santo y no me ha sido possible hasta agora, todavía pienso hazerlo con el favor de Dios” (106). Y lo hizo.

El recorrido propuesto es largo y para realizarlo necesitaba muchas semanas, que por lo visto no tuvo hasta entonces. Las obligaciones que le imponía la Co-fradía de los Doce Apóstoles no eran tan vinculantes que le impidieran salir de Roma a su antojo. Quizá una de las razones que más le habían atado era el pleito por la canonjía de Barbastro que quedó resuelto con el breve de 27 de mayo de 1598 en que se aprobaba la concordia pactada entre los tres contendientes Y to-davía anduvo a rastras de la desidia de sus parientes, despreocupados de las úl-timas diligencias para el cobro de los frutos del beneficio, todo el año ultimo, como se ve en la carta citada. A ello se unía la nueva tarea de la escuela coti-diana de Santa Dorotea.

En los libros oficiales de la Cofradía de los Doce Apóstoles se constata que desde el 27 de mayo de 1596, en que por primera vez se le nombra como visitador, has-ta el mes de julio de 1599 no tuvo, de hecho, tres semanas seguidas para ausen-tarse de Roma, y la primera vez que aparece un largo paréntesis vacío es desde el 24 de julio hasta el 7 de septiembre de ese mismo año 1599 (107). Añádase que precisamente el día 18 de julio de 1599 se inscribe en la Cofradía de las Lla-gas de San Francisco, que probablemente organizaría una peregrinación a Asís para ganar el jubileo de la Porciúncula el inmediato 2 de agosto (108). Berro afirma: «Sé que más de una vez fue a visitar a la Virgen de los Ángeles, de Asís, para el perdón del 2 de agosto» (109). Y su gran amigo el obispo de Potenza, fray Buenaventura Claver, en una declaración jurada ante notario, del 27 de septiem-bre de 1658, dice que el Santo le hizo una extraordinaria revelación —de la que hablaremos luego— sobre lo que le ocurrió «en Asís, habiendo ido él para ganar la indulgencia plenaria por la fiesta del 2 de agosto, en Sta. María de los Ánge-les» (110)

De todo ello se deduce con suma probabilidad que Calasanz llevó a cabo efecti-vamente la ansiada peregrinación en el mes de agosto de 1599, como lo anun-ciaba. Es cierto que no cita expresamente Asís, ni tampoco Nursia (Norcia), pa-trias de San Francisco y de San Benito, pero es obvio que entran en el recorrido al añadir a los sitios nombra dos «y otros». De los cuatro citados, dos son santua-rios marianos (Loreto y Monte Vergine) y los otros dos (La Verna y Monte Cassino) se relacionan con los santos Francisco y Benito, cuyos pueblos Asís y Nursia eran casi paso obligado para quien iba de Roma a Loreto.

De Nursia habla Calasanz treinta años después con absoluta precisión, recordan-do este primer peregrinaje. Con fecha del 23 de febrero de 1630 escribía al rec-tor del Colegio escolapio de Nursia: «Dígame si los seglares recitan el oficio de la Virgen Sma., como solían hacer cuando yo estuve ahí, hace más de 30 años» (111). Es decir, antes del año santo de 1600.

En la citada carta empezaba hablando del señor vicario, «que es muy devoto y obligado a Santa Teresa». Era don Julio Geggi, gran amigo de Calasanz e intro-ductor de las Escuelas Pías en Nursia, a quien los escolapios —escribía el Funda-dor al vicario en 1634— debían tenerle «como Padre y Protector en aquel lugar» (112). Don Julio Geggi, pues, confirma el paso de Calasanz por Nursia, Loreto y Asís por esas fechas indicadas, añadiendo el valioso detalle de que en esa pere-grinación iban juntos Calasanz y él. La noticia la dio bajo juramento el P. Bene-detto Quarantotto, en el proceso de 1690, con estas palabras:

«Me acuerdo bien que cuando yo estaba en Nursia, siendo todavía un mu-chacho y estudiante, tuve la ocasión de hablar muchas veces con cierto sa-cerdote, llamado Don Julio Geggi, primera dignidad de la colegiata de Nur-sia y Vicario foráneo del mismo lugar… y me solía contar con frecuencia, que conocía a dicho Siervo de Dios y que habían estado juntos en la Santa Casa de Loreto, en Asís y en otros lugares de devoción antes de que dicho siervo de Dios empezara nuestro Instituto y hablaba de él dicho Geggi con grandísima estima» (113).

La referencia al principio del Instituto de las Escuelas Pías puede entenderse perfectamente «antes de 1600», año en que Calasanz se responsabiliza plena-mente de las escuelas, que todavía no se llaman ‘pías’, y las saca de Santa Doro-tea trasladándolas por su cuenta al barrio de San Andrea della Valle (114).

La coincidencia de todos estos datos sitúa, por tanto, esta larga peregrinación en el mes de agosto de 1599, al menos hacia el norte, pues se habla concretamente de Nursia, Loreto y Asís, sin que podamos concretar si llegó también por el sur hasta Monte Cassino y Monte Vergine. Por otra parte, no hay por qué excluir que volviera a Asís alguna otra vez, como hemos oído afirmar a Berro (115).

12. En las moradas místicas

Cuando a finales de junio de 1599 anunciaba a su párroco la intención de visitar «algunos lugares de gran devoción», firmó la carta simplemente así: «Joseph Ca-lasanz» (116). Hasta la última de finales de septiembre de 1594, se había firma-do «El Doctor Joseph Calasans» (117). El José Calasanz de fin de siglo y Año San-to de 1600, inscrito en tantas cofradías romanas con los compromisos sociales y religiosos que implicaban, conmovido profundamente por la pobreza y miseria del pueblo bajo de todos los barrios de Roma y entregado a su servicio, ganado por la idea de pobreza franciscana, inmerso en las devociones populares típicas de la piedad romana, está ya muy lejos de aquel doctor José Calasanz que llegó a Roma en 1592 con aires de conquistador, dispuesto a conseguir a toda costa y rápidamente una canonjía española. Todas aquellas pretensiones acabaron en agua de borrajas.

Había cambiado también de amigos. Aquellos primeros a quienes se acercó en demanda de influencias y recomendaciones para conseguir beneficios, quedaron al margen y aparecieron otros que le empujaron suavemente con su palabra y su ejemplo al encuentro íntimo con Dios. Este cambio llamativo ocurre en esos años, en que se va desprendiendo de sus pretensiones, como lo dicen tantos tes-tigos. Ya los hemos citado antes, pero volveremos a escuchar sus frases más inci-sivas. Berro dijo: «se dedicaba a toda obra de caridad, dándose perfecta cuenta de que para mayores cosas le había llevado Dios a Roma, que no para medrar en dignidades eclesiásticas». Y don Francisco Motes: «como Dios le tenía destinado para cosas mayores… determinó abandonar sus pretensiones y darse de todo co-razón a Dios». Y el sencillo pintor Gutiérrez: «luego, tocado por Dios, y recono-ciendo que todo lo de este mundo es vanidad, dejó el siglo». Y el hostiero Tomás Simón: «luego, se resolvió a otro tenór de vida.., y por ello se entregó total mente al espíritu» (118).

Y es que estaríamos tentados a creer que en tan corto espacio de tiempo —unos siete años— no pudo llegar a la altura a que llegó. Las experiencias místicas que le atribuyen los testigos declarantes cabría suponerlas mucho más tarde, cuando las tribulaciones le llevan al culmen del heroísmo, y no en estos años en que apenas ha terminado de preocuparse por dignidades y canonjías. Está rondando aún sus cuarenta años y le quedan todavía unos cincuenta por delante. Y las ex-periencias místicas parecen más propias de la plena madurez de la vida. No obs-tante, no cabe dudarlo. A las palabras de los testigos citados hay que añadir el recuerdo del ambiente de alta espiritualidad en que se mueve, tanto en perso-nas de santidad declarada oficialmente por la Iglesia, o de reconocido magisterio en doctrina mística, como en la entrega total al servicio del prójimo más necesi-tado y a una vida intensa de piedad y devociones.

He aquí, pues, la declaración firmada por el obispo de Potenza, Fray Buenaven-tura Claver, que conoció, trató y estimó a Calasanz muchos años, siendo conven-tual del Convento de los XII Apóstoles, como otros tantos religiosos, hermanos suyos:

«Comunicándole yo un día en S. Pantaleón, en Roma, algunos sentimientos míos, él me confió que habiendo ido a Asís a ganar la indulgencia plenaria en la fiesta del 2 de agosto en Santa María de los Ángeles [la Porciúncula], se le apareció el Padre San Francisco dos veces y en una de ellas lo desposó con tres doncellas, que significaban y representaban los tres votos de obe-diencia, castidad y pobreza, y en la otra le mostró la grandísima dificultad que hay para ganar indulgencia plenaria, y me aseguró que no sabía expli-carlas, aunque las había entendido por iluminación interior» (119)

No concretó Mons. Claver si las dos visiones las tuvo en la misma visita o en dos viajes distintos. El P. Berro, aludiendo a esta declaración, dijo por una parte: «sé que más de una vez [piú volte] fue a visitar a la Virgen de los Ángeles para el perdón del 2 de agosto. Y aunque no se sabe el año en que recibió tales favores y gracias, se sabe de cierto que le ocurrió antes de cambiar de hábito de cura se-cular». Y repitió antes de narrar la segunda visión: «no sé si fue el mismo día y año de la primera visión o en otro tiempo» (120).

Hubo otra visión, íntimamente relacionada con el desposorio con las tres donce-llas, pero más confusa todavía, pues cada uno de los declarantes la coloca en un lugar distinto o la define de diversa manera coincidiendo todos, no obstante, en el hecho sustancial. El P. Silvestre Bellei la cuenta así:

«Estando en la Iglesia de las Llagas en Roma, se le apareció una doncella medio vestida de harapos y llorando, a la que dijo el Siervo de Dios: ¿Quién eres? Ella respondió: Yo soy la Pobreza. Todos me rehúyen. Entonces el Sier-vo de Dios le dijo: Ven aquí, que yo te quiero cubrir. Y al querer ponerle en-cima su manteo, ella desapareció. Y esto lo sé de la propia boca del P. José» (121).

De todas estas declaraciones diríamos que lo más verosímil es que se trate de tres experiencias distintas, habidas en estado de contemplación, como fenómeno sobrenatural: la primera ocurrida en Asís, en que se le revela la dificultad de ga-nar el jubileo de la Porciúncula y que pudo ocurrir en la larga peregrinación del mes de agosto de 1599. La segunda pudo ocurrir igualmente en Asís, pero mucho más tarde, durante el período de la unión con los luqueses, y sería la visión del desposorio con las tres doncellas, como una invitación a hacerse religioso con la profesión de los tres votos. La tercera experiencia sería el encuentro con la Po-breza, igualmente en visión interior a él solo durante la oración, y no en la calle o coqueteando en la iglesia. Y pudo ocurrir probablemente en la iglesia de las Llagas y aun quizá en la fiesta del 17 de septiembre, en tiempo en que exige a los luqueses suma pobreza, en 1615. Estas dos últimas visiones, por su referencia expresa a la vida religiosa y a la pobreza suma, no tendrían sentido en aquellos años de fin de siglo en que no piensa absolutamente en ser religioso; y sería ab-surdo que sólo después de diecisiete años largos diera oídos a aquella invitación interior. Tienen, por el contrario, plena explicación si se las sitúa en los años en que vive la necesidad de exigir suma pobreza, y madura la decisión de ser no só-lo religioso, sino directa-…

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… mente fundador de una nueva congregación. Los textos en conjunto permiten esta explicación.

Admitir simplemente el hecho de que en el verano de 1599 tuviera en Asís la vi-sión-aparición de San Francisco, hablándole del jubileo, es suficiente para reco-nocer que había llegado ya Calasanz a las últimas moradas místicas.

NOTAS

1 Cf. entre otros a A. BIANCONI, L’opera delle compagnie del Divino Amore nella Riforma cattolica (Cittá di Cas-tello 1914); P. PASCHINI, Tre ricerche sulla storia della Chi esa nel Cinquecento (Roma 1947).
2 Cf. texto citado en n.5 del cap. 10.
3 C. FANUCCI, Trattato di tutte le opere pie dell’alma cittá di Roma (Roma 1601), p.67. Más noticias sobre el estado social y de beneficencia de la Roma de entonces en C.L. MORICHINI, Degli istituti di caritá per la sus-sistenza e l’educazione dei poveri e del prigionieri in Roma libri tre (Roma 1870); P. PECCHIAI, Roma nel cin-quecento (Bolonia 1948); C. PIAZZA, Opere pie di Roma (Roma 1679); J. DELUMEAU, Vie Economique et Socia-le de Rome dans la seconde moitié du XVI siécle (Paris 1957-59) 2 vols.
4 Battista Ceci da Urbino, en una Relatione de 1605 sobre Roma, dice que el papa repartía 400 escudos de oro a pobres vergonzantes, conventos y hospitales; 2.000 por Navidad, Pascua, San Pedro y San Pablo y aniversario de su coronación, además de mil escudos en limosnas extraordinarias. Describe también los numerosos centros de beneficencia de Roma, «todos los cuales estaban excelentemente organizados y servidos por hermandades. Aquí se cuidaba a las más diversas clases sociales y a enfermos de todo genero… [los hospitales] estaban tan hábilmente distribuidos por todos los barrios, que no faltaba asistencia en ninguna parte… En total, el núme-ro de los hospitales y hospicios subía a cuarenta» (PASTOR, o.c., vol. 24, p.344-345).
5 BERRO I, p.65-66. Lo mismo afirmó la Breve Notizia: «Y además de los oficios que tenia en dicha corte [del palacio Colonna], se ejercitaba en toda obra de piedad, visitando prisiones y hospitales, ayudando en toda necesidad con caridad grandísima» (BAU, RV. p.12).
6 Cf. BERRO I, p.68-69. La Breve Notizia sólo alude a tres cofradías: de los Apóstoles, de las Llagas y de la Doctri-na Cristiana (cf. BAU, RV, p. 12).
7 Cf. RegCal XIII, 8-13.
8 Cf. G. SÁNTHA, De S. Fundatoris nostri in Archiconfraternitate SS. XII Apostolorum praesentia et opera: EphCal 7 (1958) 179.
9 Cf. A. GARCÍA-DURÁN, Itinerario espiritual…, p.62-63.
10 «Per tener essercitati et humiliati Ii fratelli nell’opera della caritá, et accioché si possa sovvenire alli bisogni delli poyen, che continuamente occorrono, si ordina che siano tenuti andar cercando per la cittá eiemosine quante volte dal Priore et Congregationesará ordinato…» (ib., p.62, n.395).
11 «… conóscendo la povertá grande che vi era [en Roma] per haver jo visitato essendo della compagnia delli SS. Apostoli sei o sett’ anni tuttj i rioni di Roma» (Calasanz a Berro, 20 de mayo de 1644, c.4185).
12 Cf. G. SÁNTHA, oc., p.181. Recuerda Sántha que los antiguos biógrafos Berro, Caputi, Armini y Talenti tienden a adelantar el ingreso de Calasanz en las cofradías romanas. Pero, aun siendo ésta la primera a que se adhirió, no es probable que lo hiciera antes de 1595.
13 Ib., p.182-183.
14 Cf. Dizionario degli Istituti di Perfezione. vól. III. Ed. Paoline (Roma 1976) col.978-979; C. VILÁ PALA, Fuentes inmediatas de la pedagogía calasancia, p.261-264. En 1747 fue destruida la iglesia de San Martín y la sede de la cofradía pasó a «Sta. Maria del Pianto a piazza Giudea» (cf. TALENTI, Vita, p.38).
15 Las primeras Reglas de la cofradía, impresas en Milán en 1555, decían: «Questa é la Regola della Compagnia dei Servi dei Puttini in caritá, che insegna le feste a puttini e puttine, legere, scrivere et u buoni costumi christiani gratis et amore Dei, principiata a Milano in l’anno 1536». Y en otro escrito, hoy perdido, se leía: «Et perché la principal intentione nostra -é che se insegni la vita christiana, la qual s’imparerá nell’lnterrogatorio [o catecismo breve], peró si ordina che quelli che vorranno imparare a scrivere et abbaco, prima diligente-mente habbiano a imparare et essercitars nell’Interrogatorio, altrimenti siano sclusi» (cf. C.VILÁ PALA, o.c., p.262). Las Reglas de Milán de 1555 tuvieron varias ediciones (1568,1569, 1595) y otras más en las ciudades donde se implantaron sus escuelas (cf. A. GARCÍA-DURÁN, oc., p.79, n.443).
16 Cf. TALENTI, p.39.
17 Cf. BAU, BC, p.264; BAU, RV.p.84-85.
18 Cf. G. SÁNTHA, De S. Fundatoris nostri in confraternitate doctrinae christianae urbispraesentia, industria, muneribus: EphCal 6 (1958)151. García-Durán se atiene a lo dicho por Sántha, prefiriendo el 1597 (o.c., p.76).
19 Cf. C. VILÁ PALA, o.c., p.265.
20 Los tres libros son: 1. Dottrina Cristiana. Congregationi, Catalogo de’Fratelli ed altro dal 1595 al 1602. 2. Dot-trina Cristiana. Congregazioni dall 1599 al 1607. 3. Pianto. Giornale dal 1596-1599 (cf. O. SÁNTHA, o.c., p.150).
21 Cf. O. SÁNTHA, o.c., p.151-153.
22 En 1644 escribió Calasanz a Berro: «Quanto il principio delle scuole io mi ritrovai con altri dui o tre della dot-trina cristiana secolari che andavano in Trastevere a fare certe scuole che si facevano in Sta. Dorotea» (c.4185). Y en 1623 había escrito «L’istituto delle Scuole Pie hebbe principio nella Chiesa di Sta. Dorotea in Trastevere… da alcuni fratelli della dottrina cristiana secolari tra quali vive di presente Gioseppe della Madre di Dio» (EGC II, p.170). El primer texto puede entenderse así: «… me encontré con otros dos o tres que eran de la Doctrina Cristiana e iban al Trastevere…» Es decir, que él todavía no lo era. En el segundo texto cabe entender que las Escuelas Pías nacieron en Santa Dorotea y las empezaron algunos cofrades de la Doct. Crist. No pretende especificar el momento exacto de la creación. Y lo cierto es que Calasanz se hizo cofrade antes de salir de Sta. Dorotea.
23 Calasanz «deliberó di aprire le scuole… nel 1597 in Trastevere nelle proprie Stanze della parochia di S. Doro-tea (il Paroco di detta chiesa giá faceva scuola pagato dalla maggior parte et ad alcuni della sua Parochia gra-tis perché lo servivano) aggiutandolo due sacerdoti secolari operarii della Dottrina Christiana in S. Martino al Monte della Pietá, se bene non venivano continuamente…» (BERRO I, p.73. Corregido el texto editado acu-diendo al original ms.). Y Berro interpreta la citada carta 4185 de Calasanz, que responde a la de Berro del 12 de mayo de 1644, en que le pedía precisamente tales informes.
24 Cf. G. SÁNTHA, o.c., p.158, n.12 y 13. En 1597 la Cofradía tenía escuelas de doctrina cristiana en 22 iglesias, entre las cuales no figura Sta. Dorotea (cf. A. GARCÍA - DURÁN, o.c., p.87, n.465). Por tanto, los cofrades que la atendían lo hacían voluntariamente.
25 El acta de la sesión empieza así: «1 agosto 1599. Nella Congregatione della prima Domenica del mese in S. Girolamo della Caritá, nella quale devono intervenire tutti i ratelli…» (cf. G. SÁNTHA, o.c., p.158, n.13). El 1 de agosto de 1599 fue domingo.
26 Cf. G. SÁNTHA, o.c., p.l54.
27 Ib., p.159, n.17; A. GARCÍA - DURÁN, o.c., p.71, n.420. De ellos, Rustici, Villoslada y Santiago pertenecían también a la Cofradía de los Doce Apóstoles, pero no M. A. Acangeli, como a veces se ha escrito (cf. O. SÁNTHA, De S. Fundatoris nostri in Archiconater. SS. XII Apost…, p.183 y 187; A. GARCÍA - DURÁN, 1.c.).
28 Cf. G. SÁNTHA, Operositas atque industria Calasanctii in Archiconfraternitatibus SS. Stigmatum, SS. Trinitatis Peregrinorum atque Convalescentium et B. Mariae suffragii de Urbe: EphCal 9-10 (1959) 328-329.
29 Cf. A. GARCÍA-DURÁN, o.c., p.82, n.457.
30 Ib., p.83-84. Es traducción de la primera redacción manuscrita, del 20 de octubre de 1596, que leería Cala-sanz. Su título es: Statuti della Vener. et Serafica Compagnia delle Sacre Stigmate di S. Francesco (ib., p.83, n.458).
31. Entre los objetos personales de Calasanz, conservados en su habitación después de su muerte (25-8-1648), fueron inventariados en 1649 estos dos: «139. Cordoncino di S. Francesco con 4 nodi, il quale portava il P. Ge-nerale per la figliolanza di detta Religione». Y «113. Una figliolanza del P. Generale Bagnacavallo data al nos-tro Padre Generale perché godesse de’beni della Religione di S. Francesco» (R. PUIGDOLLERS, texto y actuali-zación del Inventario de 1688 de las reliquias de S. José de Calasanz y del Ven. Glicerio Landriani que se con-servan en la casa de S. Pantaleo: Archivum 11 [1982] 167 - 168). En el inventario de 1688 tanto el cordón co-mo la Figliolanza (Carta de hermandad) se dan por desaparecidos (cf. ib., p.150-151, n.21 y 24). En el Inven-tario de 1649, además del «cordoncino di S. Francesco» y de la «corda sopra il letto…», se mencionaban otros dos cordones: «31. Cordone rapezzato antico della sua veste». Y “90 Cordone di corda coperto di panno usato per uso del Padre» (ib., p.163,166). En el inventario de 1688 sólo se habla de uno: «18. Cordone di panno ne-ro, del Ven. Padre» (Ib., p. 124). Estos dos cordones formaban parte del hábito escolapio primitivo, como puede verse en antiguos grabados (cf. EcoCen 13-14 [1949] tav. VII, XIV, XLIX, LI). Quizá el «cordoncino di S. Francesco» no tuviera que ver con la «figliolanza» que le dio Bagnacavallo, sino con la Cofradía de las Llagas, como exigían los Estatutos.
32 A. GARCÍA-DURÁN, o.c., p.84, n.459.
33 Cf. G. SÁNTHA, Operositas atque industria…, p.328; C. VILÁ PALA, Calasanz en la Iglesia y convento de las SS. Llagas de S. Francisco en Roma: EphCal 2 (1983) 66-68.
34 En el Libro del Proveditore dei Morti (f.166v), el año 1648 se lee: «A dí 30 agosto fu detto l’offizio e la messa al fratello Don Giuseppe, fondatore di le scole pie-scudi 5» SÁNTHA, o.c., p.338, n.14). En la Iglesia titular se le dedicó una capilla a raíz de la beatificación (1748), presidiendo el altar un precioso cuadro de Marco Capri-nozzi. En el convento anejo hay otro gran lienzo de Roberto Bompiani (+ 1908), en que aparece San Francisco con un grupo de cofrades, entre los que destaca Calasanz con un libro abierto en el que se lee: «Ego sum Jo-seph frater vester» (véanse fotografías de ambos lienzos y artículo explicativo en C. VILÁ PALA, o.c., p.64-71). La actual iglesia es reconstrucción de 1708-1721.
35 Cf G. SÁNTHA, o.c., p.331 y 339, n.25. En la Vita di S. Filippo Neri, que tenía Calasanz en su habitación, se describe así esta cofradía: «L’istituto di questa confraternitá era, como é al presente, di dar ricetto per alcu-ni glorni a poveri pellegnini, che vengono giornalmente a Roma a visitare i luoghi santi… provedendo loro di mangiare accomodando i letti, lavando loro i piedi, consolandoli con parole e finalmente facendo a tutti com-pitissima caritá…» (cf. cit. en A. GARCÍA-DURÁN, O.C., p.89, n.471).
36 Son dos libros con los nombres de los cofrades, el primero desde 1579 hasta 1625 y el segundo desde 1588 hasta 1726. La inscripción del primero parece de mano de Calasanz, y dice: «R. Gioseppe Calasans, sacerdote Urgellensis dioec. die 10 julii 1600» (cf. G. SÁNTHA, o.c., p.331-332).
37 «A dí 27 dic. vene sono stati mille e cento e nove pellegrini conputatovi 59 donne e l’altro Anno Santo 246 e questa sera vi sono stati quattro sgarbati Todeschi, che é statp detto per cosa certa alli Guardiani, che sono Eretici, a quali sono state fatte molto accoglienze e trattati nel mangiare e dormire molto meglio dell’altri, che cosi si fa quanti ne vengono con l’esempio dell’altro Anno Santo, che se ne convertirono molti; e il giorno vi vengono Ii Padri di Santa Dorotea e di S. Giovanni della Malva di Trastevere della Dottrina Christiana e qual-che Padre Gesuita, a far sermoni a 30 e 40 per volta nei cortile, nell’Oratonio e insegnandoli la Dottrina Chris-tiana et in particolare in che modo devono pigliare il Giubileo e a molti sino a fare il segno della SS. Croce». Y luego: «A dí 22 Gennaro vi sono stati 103 Pellegrini… Et anco seguitano di venire li Padri di Santa Dorotea e S. Ágata di Trastevere, della Dottrina Christiana…» (cit. en G. SÁNTHA, o.c., p.338, n.19).
38 Cf. PASTOR, o.c., vol. 24, p.156, n.1. El Diario de Grimaldi enumera a 122 herejes convertidos ese año, hos-pedados a expensas del papa (ib.).
39 Cf EGC II. t,.47.
40 En los dos textos de la n.37 anterior no queda claro si el inciso della Dottrina Christiana se refiere sólo a su inmediato S. Giovanni della Malva y S. Ágata o también a li Padri di S. Dorotea. De todos modos, pertenecían de hecho a la Cofradía o a la Congregación, y todos son llamados a colaborar con la Cofradía de la SS. Trini-dad.
41 Cf. PASTOR, o.c., vol.24, p.157. Algunos datos concretos: el 22 de marzo hay «tantos peregrinos, que la Trini-dad de los Peregrinos no basta»; el 1 de abril (Sábado Santo) «la Trinidad sustenta a más de 6.000 peregri-nos»; el 30 de mayo, «en la Trinidad cerca de 2.500 mujeres»; en junio «todas las noches en la Trinidad más de 13.000 personas; hasta ahora la hermandad ha gastado 30.000 escudos»; 27 de septiembre «en la Trinidad 2.500 personas» (ib., p.156, n.4). La iglesia fue reconstruida en 1603-1616 y reformada en 1853. El hospicio contiguo fue también reconstruido para el jubileo de 1625, en que acogió a 600.000 peregrinos (cf. TCI, Guida d’Italia. Roma e dintorni [Milano 1965,] p.248).
42 Cf. PASTOR, o.c., p.151, 157. En un Avviso del 8 de abril se dice que el papa da diariamente en la Trinidad de los Peregrinos extraordinarias limosnas (ib., p.153, n.7).
43 Ib., p.154 y 158, n.5.
44 Incluso la cofradía de las Llagas, como tantas otras seguramente, ya en diciembre de 1599 consta que recibió dinero para acoger a peregrinos necesitados (ib., p.151). Y es probable que prestara servicios durante todo el Año Santo.
45 Cf. G. SÁNTHA, o.c., p.334. También pertenecía a esta cofradía el ya recordado Francisco Rustici, cofrade igualmente de las de los SS. Apóstoles y Doctrina Cristiana.
46 El Santo la explicaba así: «… contiene 12 Ave María in onore delle 12 gratie che la SS. Trinitá le concesse, cioé, quattro il Padre Eterno, quattro il Fligio e quattro lo Spirito Santo» (EGC III, p.206).
47 S. GINER, Ideas sobre el sacerdocio en el epistolario de S. José de Calasanz: AnCal 50 (1983) 349; A. SAPA, Teologia spirituale pedagogica di San Giuseppe Calasanzio (Firenze 1951), p.83-84, 114-116.
48 C.3647, 3459, 3669.
49 La primera dice: «Domenica, 17 Settembre 1600. Si fece la congretatione et furono dal Rdo. Gio. Francesco Fiammelli, nostro fratello, proposti l’infrascritti per esser de’nostri fratelli, et fra gli altri cioé Don Giuseppe Calesano, quali tutti come religiosi e persone di buona vita et fama per relatione di diversi fratelli furono ammessi viva voce et accettati per nostri fratelli». Ambas notas fueron sacadas del llamado Libro primo della Banca, lettera A, por un notario con fecha del 26 de octubre de 1698, y su atestado consta en el RegCal XIII, 13. El archivo completo de la cofradía desapareció al ser vendidos sus libros y papeles a peso, por lo que no se pueden comprobar las ulteriores noticias que dieron los testigos y escritores referentes a Calasanz y la cofra-día (cf. G. SÁNTHA, o.c., p.334-335, 339, n.26).
50 Cf. BERRO I, p.68.
51 Cf. TALENTI, Vita, p.74.
52 Ib. y G. SÁNTHA, o.c., p.335.
53 Cf. O. SÁNTHA, I.c.
54 Se halla desde entonces en Via Giulia, pero la actual fue erigida en 1669 por C. Rinaldi (TCI, Guida d’Italia. Roma e dintorni, p.242-243).
55 C. PIAZZA, Opere Pie di Roma (Roma 1679), p.455-457.
56 f G. SÁNTHA, o.c. p.334; A. GARCÍA-DURÁN, o.c., p.9O.
57 Cf. G. SÁNTHA, o.c., p.334-335.
58 Cf. PASTOR, o.c., vol. 30, p.325; ID., o.c., vol. 24, p.157-158.
59 Cf. n.56 del cap. anterior.
60 Cf. RegCal XIII, 13’. Es uno de tantos atestados de las diferentes cofradías a que perteneció Calasanz. El texto se dice sacado del Libro delle Congregationi.
61 Ib., del Catalogo de Fratelli secolari del Ven. Oratorio di S. Teresa dei RR. PP. Carmelitani Scalzi della Madon-na della Scala, incominciato nel 1689, nella lettera G. Además de la inscripción latina, puesta debajo del cua-dro, se dice que «nel sudetto Quadro da capo vi sono le seguenti lettere: Ven. Ser. Dei Joseph a Matre Dei Re-lig. Schol. Piar. Fundator. Nel libro aperto si vede scritto nella prima facciata Sub tuum praesidium, nell’altra: Constitutione Cleric. Regul. Paup. Matris Dei Scholarum Piarum» (ib.).
62 Este es su título: Distinta ed esatta relazione del Ven. Oratorio di Sta. Teresa in S. Maria della Scala de PP. Carmelitani Scalzi, fondato dal nostro Ven. P. Domenico di Gesú Maria (ib.). Véase traducido el párrafo que interesa en BAu, BC, p.226.
63 El Santo se opuso siempre a que le hicieran retratos. Pero en 1644 el obispo de Malta, Miguel Juan Balaguer, muy amigo suyo, estando en Roma, le invitó a comer y mientras tanto un pintor escondido le sacó un retrato (cf. CAPUTI, Notizie Istoriche, t.III, parte VI, n.120), que el obispo se llevó a Malta. Y con fecha de 6 de febre-ro de 1646 escribía al Santo: «Le aseguro que io le vivo muy servidor y todos los días me alegro con ver su re-trato que lo tengo mui bueno y he savido ser buen ladrón y otro tengo para imbiar a su patria» (EHI, p.156). En 1660 mandó el obispo el retrato original al rector del colegio escolapio de Mesina, guardándose una copia. En Mesina sacó dos copias el P. rector G. de Carolis y mandó una a Florencia en 1802, sacada por el pintor Cri-safullo, y la otra a Roma al P. General Beccaria, en 1805, del pintor Carlo Minaldi. En 1864 sacó otra copia el Rector de Mesina, P. S. Amato, por el pintor Giuseppe Mazzarese, y la mandó al P. General Perrando. Al dejar forzosamente el Colegio de Mesina los escolapios en 1866 el cuadro original quedó allí, sin que se sepa hoy su paradero (cf. EphCal 4 [1932], 154-155; EcoCen 6 [1946], 20-21; EphCal 7-8 [19671, 308-311). Hoy se conser-van todavía la copia de Florencia y las dos de Roma. Nadie, sin embargo, se ha preocupado de buscar la pista de este segundo retrato en el convento de la Scala o de su copia en la casa de S. Pantaleón. Ni puede identifi-carse —por falta de detalles— en el inventario publicado por C. VILÁ PALA, Iconografla calasancia en la casa de S. Pantaleo: EphCal 4 (1984), 169-174.
64 «...frequentó fra i primi secolari il nostro Oratorio» (cit. en G. SÁNTHA, S. José de Calasanz y su amistad con los PP. Carmelitas Descalzos: RevCal 2 [19551, 192).
65 cf P. FLORENCIO DEL NIÑo Jesús, El Ven. P. Fr. Juan de Jesús María, p.215.
66 Cf. n.62 anterior y el texto correspondiente a la n.61. A. García-Durán afirma que el fundador fue el P. Pedro de la Madre de Dios, basándose en un texto de Isidoro de S. José. Pero la Congregación de que se habla allí no es el Oratorio de Sta. Teresa, sino más bien parece tratarse de terciarios carmelitas, pues se habla del «sa-crum Scapulare» de la Virgen del Carmen (cf. A. GARCÍA-DURÁN, Itinerario..., p.92).
67 Antes de 1763 en que la junta general del Oratorio decide reinscribir en su libro de cofrades al B. José de Calasanz, los biógrafos escolapios parecen ignorar el hecho. Ni se menciona tampoco el Oratorio en obras de carmelitas como la de fr. A. AGUSTÍN, ob. de Albarracín, Epítome de la vida... del Ven. P. Fr. Domingo de Je-sús María (Zaragoza 1669), o la del P. FLORENCIO DEL NIÑO JESÚS, o.c., ni en la del P. SILVERIO DE S. TERESA, o.c., vol. VIII.
68 Cf. n.64 anterior; «prima di fondare la sua Religione», se dice en los tres libros oficiales del Oratorio citados en las notas anteriores 60, 61 y 62.
69 Cf. BAU, BC, p.661. El P. Scassellati depuso: «era partiale devoto di Santo Gregorio Magno et di Santa Tere-sa... et peró legeva l’opere di detti Santi per suo profito et ne referiva per l’altrui le sententie a proposito» (Procln, p.12O-121).
70 C.2860.
71 Su autor, fray Diego de San José. Impreso en Madrid por la viuda de Alonso Martín, en 1615 (cf. R. PUIGDO-LLERS, Texto y actualización del Inventario de 1688..., p.99). En el citado Inventario de 1688 se lee que dicho libro fue «spesso letto dal V. Padre per devozione che portava a detta Santa, del che trovasene piú memoria» (ib.). Equivocadamente dice que tales fiestas se hicieron «per la Canonizatione di S.Teresa».
72 Cf. BAU, BC, p.549 y 562. El caso de Porta Reale fue el primero, pero no el único, como puede verse en esta carta de 1630 al rector de Norcia (Nursia), donde quiere que se introduzca la devoción a la Santa: «Trattará con il Sig. Vicario il quale é molto divoto et obligato alla Sta Teresa che aiuti al particolare del titolo della detta Sta acció costi vi si innovasse la sua divotione et io procurarei di haveme alcuna reliquia» (c. 1331).
73 BERRO I, p.65-66.
74 Ib., p.70, completado con el texto reimpreso en BERRO III, p.243.
75 Cf. BAU, RV, p.12. Recordemos que la Breve Notizia fue un esbozo biográfico para la oración fúnebre del San-to, tenida en septiembre de 1648, al cumplirse el mes de su muerte. Y que Berro repasaba su primer tomo manuscrito en 1663 (cf. BERRO I, p.5O).
76 Cf. A. GARCÍA-DURÁN, o.c., p.85-86, n.463.
77 “ «...e che visitasse li luoghi Pii, le Sette Chiese, tanto di giorno, come di notte, come mi é stato detto», dijo Scassellati (cf. ib., p.86). Y Victoria Gracchi «ho inteso dall Padri delle Scuole Pie che il P. Giuseppe della Ma-dre di Dio visitava le sette Chiese di notte» (ProcIn, p.393).
78 P. Salazar Maldonado dijo: «queste opere di visitare le chiese io ho letto da una relatione» (ib., p.677).
79 Cf. A. GARCÍA-DuRÁN, o.c., p.86, n.463.
80 Ib.
81 Cf. EcoCen 3 (1945) 15-16.
82 «... et stando per teologo col Card. Colonna per anni 14 continui ogni mattina avanti giorno faceva le sette chiese di Roma, come ancora quelle ha seguitato a fare essendo religioso» (ib.). Cf. BAU, BC, p.232. Ese mis-mo año 1690 declaraba el P. Armini en el proceso, aludiendo al Año Santo: «... dopo haver ogni giorno la mat-tina visitate le Chiese» (A. GARCÍA-DURÁN, l.c.). En su Vita se refirió a las Siete Iglesias, diciendo que las visi-taba «quasi ogni giorno» (ARMINI, Vita, p.45).
83 RegCal 14, 62.6.
84 TALENTI, p.91.
85 U TOSETTI, Compendio Storico... (Florencia 1927), p.47.
86 Cf. BAU, BC, p.232-233.
87 El P. Picanyol aseguró que en San Sebastián «fino ad alcuni anni fa vedevasi esposto un bel quadro raffiguran-te il Calasanzio in preghiera nelle catacombe romane» (EcoCen 13-14 [1949] 22).
88 Cf. PANCIROLLI, I tesori nascosti dell’alma cittá di Roma (Roma 1600), p.7-8 (cit. en A. GARCíA-DURÁN, o.c., p.86-8l, n.463).
89 Cf. Bull. Roman., VIII, p.663-666 (fechada el 13 de febrero de 1586).
90 Cf. M. TREVOR, San Felipe Neri, apóstol de Roma (Santander 1986) p.74. El papa Clemente VIII, en el Año San-to de 1600, en vez de treinta visitas hizo sesenta para ganar el jubileo «y además hizo frecuentemente la visi-ta a las 7 iglesias» (cf. PASTOR, O.c., vol. 24, p.152).
91 BERRO I, p.70 (completado con otra versión inédita).
92 BAU, BC, p.236-237. Las palabras subrayadas son retoques nuestros. Cf. texto original de Caputi, Frammenti di Notizie Historiche (RegCal 82, p.26).
93 BERRO I, p.71.
94 Ib.
95 La primera copia del proceso ordinario, en que declaró Castelli, fue sacada por orden de Caputi para el Archi-vo de la Casa Generalicia en agosto de 1659 (cf. RegCal 31, primera guarda de dicha copia). Berro repasaba ya su escrito en 1663 (cf. BERRO I, p.50).
96 ProcIn, p.448 y BAU, RV, p.80.
97 Armini mantuvo dos escenas también, una en Santa Práxedes y otra en San Juan de Letrán, referidas a dos «personas» (cf. ARMINI, Vita, p.183). Talenti propuso tres: dos «energúmenas» en Santa Práxedes y un «ener-gúmeno» en San Juan de Letrán (cf. TALENTI, Vita, p.41).
98 Es una imagen de la Virgen sentada en un trono con el Niño en brazos, rodeada por los diáconos y mártires Esteban y Lorenzo de pie y los Santos Agustín y Francisco arrodillados. La composición al fresco, de escuela umbro-sienesa, se remonta probablemente a principios del siglo XV, y fue descubierta en 1579 en un edificio ruinoso, convertido en henil, que perteneció a un convento de clarisas, fundado —se dice— en tiempos de San Francisco y abandonado a principios de 1500. El 26 de abril de 1580 una ciega se curó invocando a la Virgen ante aquella imagen y a éste siguieron otros prodigios, creciendo rápidamente la veneración por aquella pin-tura del henil. Gregorio XIII decidió erigir una iglesia para acoger aquella imagen y la encomendó al gran ar-quitecto de la época, Giacomo della Porta, que la llevó a cabo. Apenas si ha tenido reformas hasta hoy. En 1623 el Capítulo vaticano coronó solemnemente la imagen (cf. C. VILÁ PALA, La Madonna dei Monti e il Cala-sanzio: EphCal 9-10 [1980] 386-387).
99 Ib., p.390.
100 Ib.
101 Ib., p.388.
102 Ib., p.389. Al celebrarse el cuarto centenario de este santuario mariano fue colocada en su interior una lápi-da de mármol, conmemorativa de la gran devoción que por esta imagen sintió San José de Calasanz, cuyo texto dice: «O glorioso figlio della cattolica Spagna, S. Giuseppe Calasanzio, tu che visitando frequentemen-te fin dal 1592 questa miracolosa immagine della Madre di Dio fosti ispirato a dedicare la tua vita all’educazione della gioventú povera, tu che prima di morire nell’agosto del 1648 avesti la sua apparizione con la promessa che le Scuole Pie sarebbero rinate, prega la Madonna dei Monti tua celeste Protettrice per noi suoi figli che nel quarto centenario di questo Santuario ci consacriamo a Lei nostra Mamma e Regina. Roma 25-III-1981». Respecto a las solemnidades que acompañaron esta conmemoración, cf. EphCal 2 (1981) 56-57; 5 (1981) 198-200, 232-233, Iam. Volveremos a comentar el contenido de esta lápida.
103 He aquí el título completo: «Mariae Dei Genitricis semper Virginis in coelum Assumptae: Litaniae, Gaudia, Dolores, quae pro dierum Temporum diversitate, et pro presentibus Ecclesiae Militantis Catholicae necessita-tibus, quotidie decantantur in Ecclesia eiusdem Beatae Mariae de Monteserrato Hispanorum Coronae Arago-niae Almae Urbis Romae». Y el pie de imprenta: «Romae. Typis Gullelmi Facciotti. MDCXXXIII» (RegCal 13,23’).
104 Véase este párrafo: «(3 de diciembre de 1568)… convocata venerabili confraternitate gloriosae semper Vir-ginis Marie de Monte Serrato corone Aragonum de urbe, de mandato Rdi. Dom. Antonii Calasanz, prioris anno presenti…» (Archivo de dicha Iglesia, Libro 1213, a la fecha).
105 «En los libros de la Iglesia de Montserrat de Roma busqué con interés todos los años de la estancia de nuestro Fundador, por si encontraba su admisión de socio de la Congregación de la misma, pero no aparece por nin-gún lado, aunque debió acudir muchas veces a los cultos y fiestas que los naturales de la Corona de Aragón celebraban su iglesia» (J. LÓPEZ NAVÍO, Ambiente histórico…, p.226). En las notas inéditas del P. L. Navío se leen nombres de aragoneses, valencianos, catalanes y mallorquines entre elegidos para priores y demás oficiales de la congregación.
106 EGC II, c.7.
107 Cf. G. SÁNTHA, De S. Fundatoris nostri in Archiconfr. SS. XII Apost. praesentia et opera, p.184.
108 ID., Operositas atque industria Calasanctii in Archiconfr. SS. Stigmatum…, p.329.
109 BERRO I, p.89.
110 Cf. BAU, BC, p.247 (RegCal 28, p.71-72 y 75-76).
111 C.1331.
112 C.2277. De su mutua correspondencia se conservan tres cartas de Calasanz a Geggi (c.1779, 1812 y 2277), además de otras en que alude a él (c.559, 565, 1331), y de Geggi a Calasanz otras tres (cf. EHI, p.1254-1256).
113 Cit. en C. VILÁ PALA, Calasanz visita Asís en 1599 y luego se enrola en la escuelita de S. Dorotea: EphCal 1 (1981) 21. En archivos romanos halló el P. Vilá que Julio Geggi se doctoró en ambos derechos en Roma el 30 de octubre de 1601, y como tales estudios duraban al menos cinco años, Geggi estaba en Roma en 1599, y por tanto lo más probable es que conociera a Calasanz entonces y que juntos emprendieran la peregrinación (ib., p.26, n.22). Su amistad, pues, no empezó en 1619, como se suponía (cf. EHI, p.1255, n.1).
114 También el P. Armini declaró en 1692: «Prima che il detto Servo di Dio s’accingesse all’opera della Fondatio-ne, andó ad Assisi al perdono degl’Angeli. . .» (cit. en VILÁ PALA, o.c., p.2O). Pero quizá la referencia se la dio el P. Quarantotto, que depuso dos años antes en el mismo proceso.
115 A. García-Durán cree que esta peregrinación tuvo lugar en 1614 y no en 1599 (cf. A. GARCÍA-DURÁN, o.c., p.131-133). Además de lo que hemos escrito, cf. C. VILÁ ALA, o.c., p. 16-20. El P. Caputi, por su cuenta, dijo que en 1595 y 1597 ya había ido Calasanz a Asis a ganar el jubileo de la Porciúncula (cf. EcoCen 13-14 [1949] 27).
116 EGC II, c.7
117 Ib., c.3, 4, 5 y 6.
118 Cf. cap. II, n.2-5.
119 Cf. A. GARCÍA-DURÁN, o.c., p.131-132. En el Arch. Gen, de Roma hay tres declaraciones firmadas y selladas por el obispo Claver: la primera, toda autógrafa y sin fecha, reduce la declaración a lo transcrito (RegCal 28, p.67-68); al perderse, el P. Caputi volvió a pedirla al mismo declarante, quien la repitió en dos copias, am-bas firmadas por él, aunque no escritas, y fechadas en Potenza el 27 de septiembre de 1658, en que literal-mente se repite la primera declaración y se añaden otras líneas antes y después (RegCaI 28, p.71-72 y 75-76). Por lo visto, la primera declaración volvió a aparecer.
120 BERRO I, p.9.
121 Cf. G. SÁNTHA, Operositas atque industria Calasanctii…, p.337, n.11. El P. Castelli dice que Calasanz «una volta mi conferi un secreto, che li era successo dormendo, che essendoli apparse tre donzelle, una delle quali piangeva…» y era la Pobreza, etc., y al día siguiente, que era la fiesta de las Llagas de S. Francisco, fue a la iglesia homónima y se le reveló el significado del sueño (cf. A. GARCÍA-DURÁN, o.c., p. 135, n.638). Berro coloca la visión en S. Andrea della Valle o en S. Lorenzo in Dámaso, en tiempos de la unión con los lu-queses (1614-1617) y dice que le ocurrió estando en oración o en contemplación (BERRO I, p.88). Caputi lo sitúa en 1611, en un callejón, yendo juntos Calasanz y el P. Castilla, y viendo ambos la aparición de la Po-breza (cf. BAU, BC, p.25O-251). Talenti, como otras veces, sumó los casos: en 1596 el sueño narrado por Castelli y al día siguiente la visión de Bellei (TALENTI, Vita, p.45-46); en agosto de 1597, el desposorio en Asís (ib., p.46); en 1611 la aparición, per quarta volta a Calasanz y a Castilla a la vez, en la calle (ib., p.100); en 1617 «en contemplación en la iglesia de S. Andrea della Valle», nueva aparición (ib., p.120).



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