sJC - Maestro y Fundador - Written by Archivo Calasanz on Miércoles, Abril 8, 2009 0:28 - 2 Comments

sJC - C4 - En Lérida: artes y leyes

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CAPÍTULO 4
EN LÉRIDA: ARTES Y LEYES

Vana pretensión sería presentar como definitivas lo que simplemente son las úl-timas suposiciones en algunos aspectos de la biografía de San José de Calasanz. La falta de documentación no permite zanjar de una vez por todas ciertas cues-tiones controvertidas, entre las cuales todo el período de sus estudios, particu-larmente su distribución cronológica. Y que no es un problema de fácil solución queda de manifiesto por los varios tanteos propuestos por autores críticos de los últimos tiempos. Compárense, por ejemplo, los diversos esquemas presentados por el P. Bau, desde su ‘Biografía crítica’ de 1949 hasta la Revisión de la misma en 1963, (1) y cotéjense luego con el que propone el P. Poch en 1966 y sus co-rrecciones posteriores hasta 1980. (2) Las aportaciones archivísticas y consi-guientes replanteamientos en torno a los años universitarios de Lérida, debidos al P. Poch, han aclarado el panorama y resuelto definitivamente algunas cuestio-nes. Pero no está dicha la última palabra.

1. Una tradición insegura

Como en otros aspectos biográficos, el primer documento escrito que nos da re-ferencias de los estudios universitarios de Calasanz es la ‘Breve Notizia’, de sep-tiembre de 1648, que dice: «Después de haber estudiado Gramática retórica con mucho aprovechamiento en verso y prosa, fue mandado a las Universidades de Lérida, Valencia y Alcalá, y se doctoró en Sagrada Teología, en leyes civil y canó-nica». (3) Este es el núcleo de la tradición que se mantendrá durante siglos en sus dos aspectos, es decir, en el nombre de las tres Universidades de Lérida, Va-lencia y Alcalá, incluso en ese orden, y en lo referente a los dos doctorados de Teología y ambos derechos. No obstante, no faltan autores o testigos procesales de primera hora que añaden o quitan algún nombre de Universidad o varían tam-bién el número de láureas doctorales, manteniendo la imprecisión que ha durado hasta nuestros días.

El fervor panegirista explicaría las exageraciones oratorias de las dos oraciones fúnebres tenidas en Roma a las pocas semanas de la muerte del Santo: la ‘Breve Notizia’ sirvió de pauta expresamente para la primera de ellas, la del carmelita descalzo P. Jacinto de S. Vicente, pero le parecieron pocos dos doctorados y le concedió otro en Filosofía; (4) al segundo orador sagrado, el escolapio y futuro General, P. Camilo Scassellati, le parecerían igualmente pocas las tres Universi-dades y lo dejó en indefinido, dando la impresión de que eran más. (5) La mayor parte de los contemporáneos, sin embargo, mantuvieron o confirmaron la tríada de Lérida, Valencia y Alcalá en sus obras manuscritas, como Berro, (6) Fedele, (7) Bianchi, (8) Chiara, (9) y lo mismo hicieron en sus impresas los tres máximos biógrafos italianos Armini, (10) Talenti, (11) y Tosetti. (12)

Hubo alguno que citó Lérida tan sólo y aludió a otras sin nombrarlas, (13) o vice-versa, nombró Valencia y Alcalá y silenció Lérida. (14) Otros añadieron Salaman-ca (15) o Perpiñán (16) a las tres tradicionales. Pero el trinomio de Lérida, Va-lencia y Alcalá se impuso, gracias sin duda al peso de los tres biógrafos mencio-nados, cuyas obras, traducidas al castellano, (17) fueron durante siglos las bio-grafías más leídas y apreciadas en España —como en Italia— particularmente por los escolapios, hasta la ‘Biografía crítica’ del P. Bau, de 1949, que todavía se mantiene fiel a la tradición en este punto. (18)

En 1957, el P. Picanyol puso en duda la presencia de Calasanz en Alcalá y presen-tó como «noticia sensacional» su estancia en la Universidad de Huesca, basado en una carta —que ya conocemos— del P. Cavada, en que nombra a Lérida, Va-lencia y Osca (Huesca). (19) El P. Bau, en su última biografía, no sólo eliminó Al-calá, sino también Valencia, sacando al joven clérigo de las aulas universitarias y haciéndole estudiar toda la teología por libre en Barbastro, y presentándolo a exámenes en la Universidad de Huesca. (20)

El problema presenta, pues, dos aspectos controvertidos, a saber: en qué univer-sidades estudió y en qué años frecuentó respectivamente sus aulas, dejando para más adelante otro aspecto complementario del tema, es decir, dónde y cuántos doctorados obtuvo.

2. Un esquema aceptable

¿Para qué tanta universidad? ¿No podía estudiarlo todo en una sola? Cierto. Y en Lérida, a pocas millas de su casa, hubiera podido estudiar la Gramática y Retóri-ca, Humanidades y Filosofía, Leyes y Teología. Y hay que reconocer que ignora-mos las razones últimas y definitivas por las que nuestro estudiante tuvo que hacer tantos cambios, aunque intentaremos dar explicaciones. No obstante, se podrían aducir ejemplos de personajes del siglo XVI que no sólo recorren algunas de las Universidades de su propia nación, sino que incluso frecuentan otras en el extranjero. Baste citar a San Ignacio de Loyola, que empieza a estudiar latines a sus treinta y dos años y a sus treinta y cuatro se lanza a recorrer las universida-des de Alcalá de Henares, Salamanca, París, Bolonia y Venecia. (21) Y a don Pe-dro Cerbuna y del Negro (1538-1597), natural de Fonz, junto a Peralta, fundador de la Universidad de Zaragoza y Obispo de Tarazona, que estudia Gramática con los Trinitarios en Monzón, y luego Artes, Filosofía y Teología en las universidades de Huesca, Valencia, Salamanca y Lérida. (22)

En nuestro caso parece que no hay razón suficiente para desechar la tradición de las tres universidades de Lérida, Valencia y Alcalá, ni tampoco para aceptar Sa-lamanca, Perpiñán y Huesca. Estas tres últimas, como hemos visto, sólo las nom-bran algunos y no los que normalmente constituyen las fuentes de la biografía calasancia. Ni encuentran confirmación en otras noticias, testimonios o docu-mentos. Lérida y Valencia gozan de mayor seguridad documental: la primera por las declaraciones referentes a la actuación personal de Calasanz en aquella Uni-versidad y por la documentación relativa a sus ordenaciones; Valencia por la múltiple testificación del lance de la dama enamorada. Y el paréntesis cronoló-gico que sigue entre la fuga de Valencia y los acontecimientos posteriores, rela-tivos a la muerte de su hermano, junto con las normales exigencias de la carrera teológica, se armonizan con la estancia en Alcalá, avalada por la tradicional co-nexión nominal con las otras dos ciudades de la tríada universitaria. Dejamos la explicación de los hechos para su momento oportuno.

En las tres mencionadas universidades se han hecho más de una vez pesquisas para encontrar en libros de matrícula y otros similares el nombre de José Cala-sanz Gastón. En vano. (23) Pero ello no es razón válida para negar su presencia en tales centros, pues lo mismo ocurre con otros personajes de nuestra historia nacional. (24) La certeza de que José Calasanz era doctor en Teología exige que hiciera sus estudios en alguna universidad, aunque no conste todavía su nombre en libros oficiales. Y lo lógico es admitir el nombre de las universidades que nos ha transmitido la tradición documentada.

Más complicado es proponer el esquema cronológico de su carrera completa, en el que hay que insertar acontecimientos personales y familiares que llenen ade-cuadamente los años. Sin pretender dar la explicación definitiva y ateniéndonos a los datos que aduciremos a su tiempo, nos parece que la trayectoria de todos los estudios de Calasanz pudo ser la siguiente:

3 cursos de Gramática en Estadilla: 1568-69 a 1570-71.
3 cursos de Artes y Filosofía en Lérida: 1571-72 a 1573-74.
4 cursos de Leyes en Lérida: 1574-75 a 1577-78.
1er. curso de Teología en Valencia: 1578-79 (tiene 21 años).
2°. curso de Teología en Alcalá: 1579-80 (muere su hermano).
En su casa de Peralta, un curso: 1580-81 (enfermedad).
3er. curso de Teología en Lérida: 1581-82.
4°. curso de Teología en Lérida: 1582-83.

A mediados de diciembre de 1583 se ordenó de sacerdote y en febrero de 1584 lo encontramos ya empleado de curia junto al Obispo de Barbastro. Había termina-do su carrera universitaria, aunque por el momento no hubiera conseguido la láurea doctoral. Recordemos, pues, una a una las distintas etapas de su larga trayectoria universitaria.

3. En la Facultad de Artes y Filosofía de Lérida

Con sus catorce años recién cumplidos sale otra vez de Peralta José Calasanz, hacia mediados de octubre de 1571. El día siguiente a San Lucas empieza el cur-so. En casa han quedado, junto a sus padres, sus hermanas Esperanza e Isabel y el hermano mayor, Pedro. Va hacia el sur, a Lérida, que está a unas diez o doce leguas, hoy unos 60 kms. Por primera vez deja las tierras de Castro y cruza los linderos del Reino de Aragón para entrar en Cataluña.

Acostumbrado a las colinas y secarrales de su baronía natal, debió de quedar atónito ante la extensa llanura, verde y ubérrima, que rodea Lérida. La misma sensación de admiración manifestaba el rey Jaime II al justificar, en las actas fundacionales de 1300, la elección de esta ciudad para sede de la primera y úni-ca universidad de todos sus reinos de la Corona de Aragón, pues a la vez que la elogiaba como «huerto cerrado de fertilidad y fecundidad, y fuente sellada de delicias», la veía la más apropiada por ser «casi el lugar intermedio de sus tie-rras y sus reinos». (25)

Con admirable precisión, casi notarial, escribió el flamenco Enrique Cock, «nota-rio apostólico y archero de la Guardia del Cuerpo Real», que en 1585 acompañó a Felipe II por tierras de Aragón, Cataluña y Valencia, este párrafo sobre el Estudio General de Lérida:

«Tiene una Academia muy célebre en la cual hay cuatro profesores teólogos, tres en Derecho canónico y tres en civil; tres en Medicina; dos que leen ar-tes y dos que a los estudiantes menores enseñan gramática. Las cátedras de todos ellos son de dos años, el cual término pasado, se ganan otra vez por oposición. El rector, a cuyo gobierno está [sometida] toda la Academia, se elige con votos. Es menester que este sea un año catalán, el segundo arago-nés y el tercero valenciano, porque de esta manera lo han acordado estas naciones. Hay en la ciudad dos colegios: el uno hecho del arcediano Pons, barcelonés; el otro de la Concepción, que fundó el Obispo de Lérida Puig, de buena memoria». (26)

Era norma común en todas las universidades, particularmente en las llamadas aprobadas, es decir, las que mutuamente se reconocían los estudios y los títulos, exigir tres años ‘in grammaticalibus’ o escuelas menores que podían cursarse en la misma universidad o fuera de ella, en cuyo caso era necesario un examen pre-vio para ingresar en la Facultad de Artes. Y es lo que tuvo que hacer Calasanz por haber estudiado gramática en Estadilla.

A sus catorce años es probable que tuviera ya criterio suficiente para constatar que había sido un acierto el cursar gramática y latín en Estadilla, pues estas es-cuelas menores se hallaban física y culturalmente en un lamentable y endémico estado de postración en la Universidad de Lérida. Ya Carlos V desde Monzón había decretado el 18 de julio de 1528 la radical supresión, hasta una ulterior enmienda, de las cátedras leridanas de Gramática ‘tamquam a notorio mutiles, infructuosas et quasi nullius efficaciae et momenti’, el obispo Antonio Agustín Albanell, visitador y reformador de aquella Universidad, había intentado en 1570 levantarlas de su postración, pero en vano; en 1574 se lamentaba el profesor Bartolomé Sampsó, en términos más generales, del estudio «cuya ruina y miseria le apenan con gran dolor»; el licenciado Burgués en 1581 escribía que «los gra-máticos pasan a estudiar artes sin previo examen de suficiencia; que no obede-cen al Rector y se burlan del bedel; que de sesenta estudiantes que salen al cur-so, no hay diez hábiles para poder oyrlo y después dan la culpa a los docto-res…»; y de su estado material se queja también, comparando las aulas de Gramática con una «cueva de pescadores y peor, por causa de que se cae y no miran por él» y «la renta del rey no bastaría para adobar el estudio de Gramáti-ca». Por ello en 1605 los jesuitas se hicieron cargo de las escuelas universitarias de Gramática. (27)

Igualmente se requerían en todas las Universidades tres años para el título de Bachiller en Artes, indispensable para ingresar en las facultades de estudios su-periores, particularmente Derecho y Teología, pues la Facultad de Artes tenía carácter propedéutico, algo similar al actual BUP y COU en España. Las materias centrales eran de filosofía, y concretamente, ‘súmulas’ el primer año, Lógica mayor el segundo y Filosofía natural el tercero. (28)

Casualmente, se conservó un dato, al parecer insignificante, que sitúa a Cala-sanz en este período de sus estudios universitarios. El día 19 de septiembre de 1573, durante las vacaciones estivales, se hallaba en el vecino pueblo de Gaba-sa, en casa de los Ager, muy amigos de su familia, junto con otro amigo y estu-diante como él, Martín de Carpi, del pueblo de Alcampel. El dueño de la casa, don Miguel de Ager, compró dos heredades y en las escrituras notariales hizo fir-mar a ambos como testigos. Quien encontró este documento en 1750 fue don An-tonio de Ager y Ferrer, descendiente directo del comprador, quien al comunicar el hallazgo decía: “las escrituras son del año 1573 en el día 19 de septiembre, que corresponde cuando [Calasanz] estudiaba Filosofía y aún no había entrado en el curso de aquel año. El notario fue Juan Ferrer, infançon de la villa de Benaba-rre, y trae por testigos a los magníficos y honorables Martín de Carpi, de Alcam-pel, Maestro en Artes y a Joseph Calasanz estudiante, natural de Peralta de la Sal. Hecho en Gavassa”. (29’

Junto al título académico de Maestro en Artes, que luce Martín de Carpi, José Calasanz sólo puede poner «estudiante», y lógicamente hubiera escrito «bachi-ller en Artes» de haberlo sido, pero aún no lo era. Y lleva ya dos cursos en el Es-tudio General de Lérida (1571-72, 1572-73). El título de bachiller debió, pues, conseguirlo al terminar el curso siguiente (1573-1574). Y una vez bachiller en Ar-tes, se inscribió en la Facultad de Derecho. Tenía diecisiete años.

4. Estudiante de Leyes

Si en algo se distinguía el venerable Estudio General de Lérida desde el tiempo de su fundación era en Leyes. Los estatutos exigían al menos cuatro años para el título de bachiller, siete para doctorarse en Derecho Civil y cinco para Derecho Canónico, pero podían simultanearse. La tradición biográfica, ya desde la tem-prana ‘Breve notizia’ de 1648, concedía a Calasanz el título de doctor en ambos derechos, junto al de Teología y aun al de Filosofía. Pero ni este último ni menos el doble de derecho, «U.J.D.» (‘Utriusque Juris Doctor’), aparece en documento alguno. Y apenas si sería explicable que en la larga contienda por conseguir una canonjía o en otra ocasión no adujera jamás José Calasanz sus títulos de Filoso-fía y más aún el de ambos derechos, silos hubiera tenido, como adujo el de «Maestro en Sacra Teología» o Doctor en Teología. (30)

Lo más probable es que estudiara cuatro años de Leyes, empezando en el curso 1574-1575 y concluyendo en el 1577-1578. Y es también probable que terminara estos estudios sin el título de bachiller, por las mismas razones con que exclui-mos el título de doctor. Lo normal es que aparezcan tales títulos en los docu-mentos, ya sea el de U. J. D. o el más sencillo de U. J. B. (‘Utriusque Juris Bac-chalaureus’) si se tienen. Y la abundancia de documentos en que se nombra a Calasanz es tal que sería inexplicable que no usaran alguna vez las siglas de U. J. B, mientras aparecen las referentes a su bachillerato en teología (S. T. B.). (31)

De todos modos, con título o sin él, no faltan testimonios sobre su pericia en de-recho canónico, (32) y es probable que fuera ésta una de las razones por las que, desde que se ordenó de sacerdote hasta que fue a Roma, encontró fácil acogida como «familiar» y hombre de confianza sucesivamente de los obispos de Barbas-tro, Lérida y Urgel. Mas sus dotes de jurista las puso de manifiesto particular-mente como legislador de la Orden que fundó luego, y como cabeza responsable de la misma durante sus larguísimos años de Superior General. Pero volvamos a su juventud.

También es casual que aparezca su nombre con el simple calificativo de «estu-diante», durante este período de sus estudios de derecho, en circunstancias si-milares a las mencionadas en su época de estudiante de filosofía. En este caso, se hallaba en su pueblo, y el 9 de septiembre de 1577 avala con su firma de tes-tigo un «Instrumento público de imposición de censal, etc., en favor de la vene-rable Comunidad de los senyores rector y benefficiados de la yglesia parrochial del lugar de Peralta de la Sal…». Y termina: «presentes testigos fueron a las so-bredichas cosas, llamados y rrogados los honorables Josepe Calasanz y Joan Sala, studiantes, habitantes en el dicho lugar de Peralta de la Sal, en la nota original del cual stan las firmas y subscripciones que de fuero del presente reyno de Ara-gón se requieren»

Entre sus condiscípulos en las aulas de Derecho no podemos menos de mencionar a Antonio de Gallart y de Mongay, nacido en Valencia en 1559. Desde 1577 está en Lérida, cursando Leyes, y no es improbable que hubiera cursado también un trienio de Artes (1574-1577). Obtuvo el título de bachiller en Derecho Canónico el 3 de octubre de 1584. Durante el curso 1577-78 Calasanz y Gallart estudiaron juntos en la misma facultad de Derecho. Y llevaban ya en la misma Universidad tres años más de compañeros si Gallart estudió allí Artes. Cuando vuelva Cala-sanz a Lérida a terminar sus dos últimos años de Teología (1581-83), aún estará allí Gallart y volverán a encontrarse todavía en Urgel.

5. El enigmático título de «Prior»

Canónigo penitenciario de la catedral de Lérida era don Miguel Jiménez Barber, quien el 20 de julio de 1651, a sus treinta y ocho años, declaraba en el Proceso de Beatificación algo más que la simple noticia de que el P. José Calasanz había estudiado en la Universidad de Lérida. Con ello daba unas pinceladas al cuadro del estudiante universitario, similares a las que él mismo había dado al estudian-te de gramática en Estadilla. Y si para estas últimas referencias adujo el testi-monio de un condiscípulo del Santo, el señor Francisco de Ager, no fue menos cuidadoso respecto al período leridano, aportando el testimonio de otro condis-cípulo y sacerdote, don Mateo García. He aquí el texto completo de sus recuer-dos:

«… estudiando en la Universidad de Lérida en su juventud, me ha contado el Sr. Mateo García sacerdote y condiscípulo suyo en Lérida, de la misma edad del P. José, siendo este Mateo muy díscolo y metiéndose a menudo en asuntos por los que luego se encontraba en apuros, el mismo Mateo recurría al P. José, quien con su consejo y ayuda le libraba de apuros, y solía decir que para él era el Espíritu Santo, no teniendo a otro más que a él en sus apuros, y además me añadió que toda la juventud de nuestro país de Aragón le habían elegido a él Prior de la nación (per Priore della natione) y era de ayuda para todos y por todos era estimado como hombre de toda virtud y bondad, y esto, como digo, era en su juventud, en el Estudio de Lérida». (35)

La intención primordial del declarante es poner de relieve las cualidades morales del P. José y su don de consejo y aun cierto matiz de director espiritual. Si en Estadilla le apodaban «el santet», aquí, en Lérida, hay quien le llama «su Espíri-tu Santo». Pero Mateo García no es un caso aislado, pues no sólo él reconoce las dotes personales de su consejero, sino que «era de ayuda para todos y por todos estimado como hombre de toda virtud y bondad». Y como prueba de este reco-nocimiento público, los de Aragón le eligen Prior de su nación. Pero ¿qué quiso decir el canónigo leridano con este título?

Los grandes biógrafos italianos que forjaron la tradición hagiográfica interpreta-ron el título según el contexto moralizante de la declaración procesal, diciendo que ‘los aragoneses le eligieron su Príncipe, según costumbre de aquella univer-sidad’. (36) Curiosamente, al traductor castellano de Armini, ya en 1726, no le convenció mucho esta versión y propuso la suya personal:

«Calasanz en la ciudad de Lérida se grangeó de tal manera los ánimos y afecto de los estudiantes sus condiscípulos y en particular de los Aragone-ses, que de común assenso de los que en ello tenían voto, fue elegido por su Rector y Cabeza, según el antiguo uso y estatuto que allí se observaba». (37)

Esta versión era totalmente distinta de la de Armini y aunque repetía la misma fuente documental, es decir, el testimonio de Jiménez Barber, es obvio que se informó debidamente sobre lo que podía significar ese título en el ambiente his-tórico de la Universidad de Lérida, y habló de Rector, de estatuto y de quienes en ello tenían voto para elegirle.

Nadie, sin embargo, hizo caso de esta precisión histórica, pues tanto los siguien-tes biógrafos italianos (38) como sus respectivos traductores españoles y otros hagiógrafos continuaron repitiendo el título de Príncipe, sin dar más explicacio-nes sobre su significado o dándole atribuciones de guardián del orden y celador de las buenas costumbres. (39) A finales del siglo XIX vuelve a aparecer cierta relación con el Rector, haciendo del llamado ‘Príncipe de estudios’ una especie de delegado del Rector en el ámbito del orden o moralidad pública. (40) Y casi por inercia siguió imperando la denominación honorífica de Príncipe hasta me-diados de nuestro siglo en las hagiografías calasancias.

6. ¿Rector de la Universidad de Lérida?

Indudablemente, parecía inadmisible que un simple estudiante pudiera ser nom-brado Rector de la Universidad. El P. Ginés, traductor de Armini, parece haber conocido ya los estatutos. Y efectivamente: por fundación, Jaime II había deci-dido que el Rector del Estudio General de Lérida sería un estudiante de Leyes, elegido por los estudiantes mismos, y duraría en el cargo un año. En un princi-pio, confiando en que los estudiantes afluyeran de varios países de Europa, se estableció que el cargo fuera rotativo en doce turnos, formados por las diversas naciones de la Corona de Aragón, por otros reinos de España y de Italia, Francia, Alemania, Inglaterra, Escocia, etc. Pero fue una utopía. Lérida no llegó a ser nunca como París, Oxford o Bolonia, ni siquiera pudo compararse con Salamanca o Alcalá de Henares. Y aun siendo por largo tiempo la única Universidad de toda la Corona de Aragón, sus rectores fueron alternativamente catalanes y aragone-ses. Desde mediados del siglo XIV se lamentaban los valencianos de ser margina-dos, pero no se les hizo justicia hasta la tercera década del siglo siguiente. Es-cribe Escolano: «En el [año] de 1427 procuró [el Magistrado Secular de la ciudad de Valencia] introducir a los Valencianos en el Rectorado de la Universidad de Lérida, hasta entonces alternativo entre Aragoneses y Catalanes, siendo de los nuestros el primero que lo obtuvo D. Nicolás Monsoriu, cavallero de uno de los más ilustres apellidos de esta ciudad». (41) Desde entonces, se mantuvo ininte-rrumpidamente el ritmo ternario entre catalanes, aragoneses y valencianos.

Por estatuto fundacional, la elección se tenía en la iglesia de S. Martín, el día 1 de febrero, y el elegido tomaba posesión al día siguiente, festividad de la Purifi-cación. (42) Pero desde 1544, la elección tenía lugar el 1 de abril y se tomaba posesión el 1 de mayo. (43) Los estudiantes legistas eran, pues, los privilegiados. Ellos solos podían elegir y ser elegidos rectores. Cada una de las tres «naciones» (catalanes, aragoneses y valencianos) elegía a dos consejeros o compromisarios y los seis designados elegían al rector de la nación en turno. (44) Y otro detalle importante: la abundante lista de rectores conocidos comprueba las exigencias estatutarias de que sólo podían ser elegidos los doctores o bachilleres. (45).

A la luz de estos datos, se explica que el P. Ginés de San Medardo o Dr. Aquenza, al traducir a Armini, creyera interpretar correctamente el testimonio procesal aducido por Jiménez Barber: el estudiante legista José Calasanz fue elegido Rec-tor de la Universidad por quienes tenían derecho de voto, según los estatutos. Parecía la versión más lógica de aquel «Prior de su nación», pues, dados los tur-nos alternantes y el hecho de que había estudiado la carrera de Leyes, podía haber sido elegido Rector pro Aragonentium natione, como se decía. (46)

A la misma conclusión llegó también el investigador catalán P. Antonio Vidal, se-ñalando incluso «la fecha de la elección, que para nosotros —escribe— fue el 1° de febrero de 1575 y tomó posesión del rectorado el siguiente día, fiesta de la Purificación de Nuestra Señora». Pero, contra toda evidencia estatutaria, el P. Vidal sustituyó el concepto de «naciones» por el de «diócesis», con lo que Cala-sanz hubiera sido elegido en el turno de los catalanes, y no por la «nación» de Aragón, como había dicho el que nos transmitió la noticia, el canónigo leridano Jiménez Barber. He aquí su conclusión: «El año 1575, como puede cualquier lec-tor calcular, correspondía turno a los estudiantes de las diócesis catalanas, y fue el primero de febrero de este año elegido rector del Estudio General el santo fundador de las Escuelas Pías». (47)

En todo caso, pues, hubiera sido elegido en años en que el turno correspondía a la «nación» de Aragón, como admitió Bau. (48) El cuatrienio en que Calasanz es-tudia leyes va desde el curso 1574-75 hasta el 1577-78, según hemos conjetura-do. (49) En todo este período los turnos de rectores aragoneses fueron los años 1573-74 y 1576-77, de mayo a mayo respectivamente. Pero en tales cursos no era aún Bachiller de Leyes, condición indispensable para ser Rector. El Bachillerato pudo conseguirlo, en todo caso, al acabar el curso 1577-78, después de cuatro años académicos de legista. Añádase, además, que el Rector era elegido por los compromisarios o consejeros de las tres «naciones», y no por los de la que esta-ba de turno. Por tanto, no encaja tampoco la hipótesis del Rectorado en las de-claraciones de Jiménez Barber, que dijo: «toda la juventud de nuestro país de Aragón le habían elegido a él por Prior de la nación». Hay que concluir, pues, forzosamente que no fue Rector del Estudio General de Lérida. (50)

Más concorde con el testimonio aducido sería la hipótesis de haber sido elegido Consejero del Rector, pues efectivamente cada una de las tres «naciones» (Ara-gón, Cataluña y Valencia) elegía por votación a dos consejeros entre los legistas, y entre los seis elegían al Rector. (51) continuando luego junto a él asesorándole y —en cierto modo— defendiendo los intereses de su propia «nación». Sin embar-go, parece ser que se exigía también que los consejeros (consellers), como el Rector, fueran Bachilleres en Derecho. (52) Lo cual sería una objeción contra la candidatura de Calasanz, quien, apenas consiguió el título —si es que lo consi-guió—, dejó Lérida para empezar la teología en Valencia.

7. ¿Prior del Colegio de la Asunción?

A las razones aducidas contra la posible candidatura del estudiante legista José Calasanz para el nombramiento de Rector o Conseller del Estudio General de Lé-rida habría que añadir otra de mucho peso. Toda la cuestión se basa en el testi-monio procesal de don Miguel Jiménez Barber, quien a su vez refiere lo que le dijo el sacerdote don Mateo García, que fue de la misma edad y condiscípulo de Calasanz en las aulas leridanas. Como canónigo penitenciario de la Seo de Léri-da, don Miguel debía conocer perfectamente las estructuras académicas de la Universidad, en la que incluso cabría suponer que se graduó. El cabildo catedra-licio tenía ciertas relaciones con el Estudio General, del que era Canciller uno de los canónigos. Y lo mismo hay que decir de don Mateo García, por haber sido alumno. Ninguno de los dos podía usar la palabra «Prior» para designar al Rector o a uno de sus Consejeros. Y ambos sabían perfectamente las normas estatuta-rias para el nombramiento de estos cargos. Por otra parte, era mucho más inteli-gible para los miembros del tribunal romano, ante el que declaró Barber, decir que el P. José Calasanz había sido «Rector de la Universidad» o «Consejero del Rector», que usar la palabra «Prior», que podía sonar a monasterio o a cofradía. Por tanto, si dijo «Prior», lo lógico es suponer que era un término exacto, aun-que quedara sin explicación conveniente. Pero dicho título era totalmente ajeno a la nomenclatura académica leridana.

Había, sin embargo, un colegio universitario, llamado de la Asunción o de Do-mingo Pons, por el nombre de quien lo fundó hacia 1372. Fue el primer Colegio Universitario unido a un Estudio General en España y el precedente más antiguo de los que llamarían «Seminarios conciliares» después del Concilio de Trento, pues sus alumnos debían ser clérigos. El fundador en un principio lo destinó para doce estudiantes becarios, pero más tarde redujo el número a nueve y así fue hasta su traslado a Cervera, al instalarse en esta ciudad la suprimida Universidad de Lérida por orden de Felipe V.

El fundador determinó también quiénes deberían elegir o presentar candidatos para becarios, designando nueve personas o entidades, una para cada candidatu-ra. Cinco de ellas eran parientes del fundador y debían preferir a miembros de la familia, luego a naturales de Benabarre, de donde era Domingo Pons, y a falta de éstos, a quienes fueran súbditos del condado de Ribagorza. Los otros cuatro patronos, entre los que se contaban el Obispo y cabildo de Lérida para una beca y los Paheres y prohombres de la misma ciudad para otra, tenían libertad de elección, con tal que los candidatos fueran clérigos, aptos para el estudio y po-bres. Esta última condición era sustancial y, para evitar abusos, se determinó en los estatutos que se considerara pobre el estudiante cuyas rentas no llegaran a 30 libras. (53)

Y es el caso que el director, rector o cabeza de este Colegio se denominaba ofi-cialmente «Prior», y lo elegían los mismos colegiales, siguiendo el modelo —como tantos otros en España de tiempos posteriores— del Colegio español de San Clemente de Bolonia. Los estatutos del fundador decían que la elección del «Prior» debía hacerse cada año al empezar enero o en otro tiempo si era necesa-rio, y el elegido debía ser del gremio mismo de los colegiales o ‘de fuera’, si en-tre ellos no había nadie apto, pues se requería que tuviera veinticinco años y fuera ejemplar en vida y costumbres. El estatuto fundacional añadía que el Prior elegido se incluyera en el número de los nueve becarios, si no formaba parte de ellos, (55) pero en una reforma de 1430 se corrigió esta norma, excluyéndose del número. (56)

Ante estos datos, es lícito proponer la hipótesis de que el estudiante José Cala-sanz fuera elegido Prior del Colegio de la Asunción, o Domingo Pons o ‘Col-legi Vell’, pero no durante su primer período (1571-78), mientras estudiaba Artes y Leyes, pues no tenía aún veinticinco años, sino en el segundo (1581-83), y con-cretamente a partir de septiembre de 1582, en que los cumplía. Como veremos luego, lo más probable es que Calasanz no fuera nunca becario del Colegio Pons, y si le nombraron Prior tuvo que ser por reunir las condiciones propuestas para el caso de tener que elegir ‘uno de fuera’, es decir, tener veinticinco años y es-tar adornado de ciertas dotes de ejemplaridad que concuerdan perfectamente con los elogios testificales de Miguel Jiménez Barber en boca de Mateo García. La mayoría eran ribagorzanos por exigencia de estatutos del fundador benaba-rrés, y por consiguiente del mismo «país» y «nación» de Aragón que Calasanz, cuyo pueblo, además, aunque estrictamente hablando no perteneciera al Conda-do de Ribagorza, sí que formaba parte de la comarca ribagorzana. Y ya se sabe la fuerza cohesiva que tienen estas cercanías o paisanajes en ambientes pluri-rregionales o «internacionales».

Cabe añadir también que el testimonio proviene de Mateo García, «sacerdote», lo cual hace suponer que fuera «clérigo» cuando acudía a su «espíritu santo». Y a falta de documentos, nada impide suponer que fuera uno de los becarios del Co-legio Pons que intervino en la votación para elegir a Calasanz «Prior» del mismo.

8. El ambiente estudiantil de Lérida

También él se acordaba alguna vez de sus tiempos mozos, y no sólo Mateo Gar-cía. A la altura de sus ochenta y dos años evocaba Calasanz el ambiente bullan-guero, tumultuoso, levantisco y perturbador de la Universidad leridana. Y como entonces con su compañero Mateo, también ahora, en abril de 1639, se sentía movido a dar consejos, aunque con mucha más experiencia que en los años de su lejana juventud.

«Su hermano Joaquín —escribía al P. Fedele, residente en Nápoles— es tan ardiente que ha vuelto a reñir con algunos escolares al volver del colegio, y con un cuchillo que le vino a las manos, con otros compañeros, hirió a uno por la espalda y dicen que está gravemente enfermo…, le he aconsejado que vaya a Nápoles… y si no sale de Roma y le cogen, sería difícil librarlo porque ‘est solitus delinquere’ [suele delinquir]».

Y en junio volvía a escribir al P. Fedele:

«En cuanto a su hermano Joaquín, V. R. hágale confesarse y comulgar todos los domingos, pues haciéndolo con devoción se irán apagando los humores juveniles, de lo contrario encontrará alguien que tal vez le hiera sin poderse confesar. Y Dios suele permitir tales cosas a los que hacen el bravo, como tantas veces se vio en mi tiempo». (57)

¡Tantas veces!, dice. Muchas debieron ser, sin duda, pero no sólo en su tiempo, sino en todos los tiempos. Y Lérida no era una excepción; lo que pasaba en su recinto universitario ocurría también en cualquier otro de España y de Europa, desde Heidelberg hasta París y desde Oxford a Salamanca o Bolonia, en siglos medievales o en los del renacimiento y el barroco. (58) Pero es indudable que el sistema de gobierno del Estudio General de Lérida se prestaba a mayores abusos y desórdenes que en otras partes por ser estudiantes el Rector y sus consejeros, que por muy responsables que fueran, no dejaban de sentir el ardor y apasiona-miento propios de la juventud. Y no hay que minimizar los poderes efectivos del Rector, pensando que era simplemente una figura decorativa. Aunque el verda-dero dueño y señor del Estudio General era la ‘Pahería’ o Municipio, por ser el que «conducía», asalariaba a los catedráticos y respondía de los gastos, el Rector y su consejo gozaban por estatutos de plenos poderes en el régimen interior académico y de jurisdicción sobre catedráticos y estudiantes en la «zona univer-sitaria», o sea, que ellos decidían sobre cuestiones del foro escolar, comporta-miento académico de unos y otros, horarios, provisión de cátedras, etc., y todo lo referente a orden público, con penas incluso de encarcelamiento en su zona de jurisdicción.

La ambición del mando y del honor se dejaba sentir en la política de elecciones, creando bandos con sus consiguientes amenazas y sobornos, acrecentados por el hecho de ser anuales. Añádase a ello otra fuente de conflictos: frente a los po-deres omnímodos del Rector del Estudio General chocaba muchas veces la auto-ridad del obispo o el cabildo, que defendían sus derechos jurisdiccionales de foro eclesiástico sobre sus clérigos. Y hay que notar que muchos estudiantes, para acogerse a los privilegios del clero, particularmente el del Foro, recibían la ton-sura —se llamaban «coronados»— sin vocación ni intención alguna de llegar al sacerdocio. No es de extrañar, por tanto, que en los voluminosos ‘Libres de crims’ del Archivo Municipal aparezcan muchos delincuentes que pertenecían ju-rídicamente al clero. En 1443 escribían los Paheres al Obispo «quejándose de que en la ciudad muchos sujetos, bajo el amparo de las inmunidades eclesiásticas y de sus privilegios, cometían toda clase de excesos y liviandades». (59)

Para complicar todavía más la situación de inmunidad, existía la Cofradía de San Salvador de la Seo, fundada en 1318, a pocos años del nacimiento del Estudio General, de la que formaron parte eclesiásticos de todo grado y jerarquía: car-denales, arzobispos, obispos, dignidades canónigos y toda clase de clérigos de la ciudad y diócesis de Lérida. Los cofrades de San Salvador gozaban desde tiempo inmemorial del privilegio de ser liberados de las cárceles episcopales a los tres días de haber entrado, salvo por delitos excepcionales, si el Prior y consejeros de la cofradía lo pedían al oficial eclesiástico bajo fianza. (60) Y a esta cofradía, naturalmente, procuraban inscribirse —y lo conseguían— aun quienes sólo tenían de clérigos la «corona».

He aquí un caso sonado que sin duda alguna conoció Calasanz a sus diecisiete años, siendo legista, aunque dada la fecha —3 de septiembre— lo más probable es que estuviera en Peralta de vacaciones. Se trataba nada menos que del Rector de la Universidad, y era el Cabildo quien lo comunicaba al rey Felipe II, en de-manda de protección y defensa de los derechos e inmunidades eclesiásticas. Di-ce:

«Sacra Cattolica Real Magestad. Viernes a 3 de este mes, dadas las dos horas, el official del Obispo, nuestro Prelado [D. Antonio Agustín Albanell], prendió a un Juan Bautista Boil [valenciano], y como clérigo, lo llevó a la cárcel episcopal y en la misma hora dizen que porque este clérigo o estu-diante había sido elegido Rector para este año [1574-1575], y suspendídole el mismo Obispo, como visitador de V. Magestad, la ciudad de Lérida sacó su pendón y van dera, y juntamente con Çaportella, que agora sirve aquí de Veguer, ayuntó mucha gente con diversos géneros de armas y otros instru-mentos, contra el dicho nuestro Prelado, dando grandes gritos y alaridos, de modo que el Obispo amedrentado de sus amenazas les dio el preso por es-torvar y pacificar su furia. De lo qual por ser vecino este Obispado de Gas-cuña, y correr el tiempo que corre, y ser el hecho tal que dello podría salir mucho daño, nos ha parecido avisar a V. Magestad y suplicarle que se sirva con su real mano, como defensor que Dios le ha hecho de la Iglesia y como se lo encarga el Santo Concilio de Trento, de remediar este gran mal en es-tos tiempos y lugar peligroso. De manera que la Iglesia y su inmunidad y li-bertad y la norma y reputación de un tan equo, justo y santo Prelado, como el nuestro, sean restituydas… De Lérida a 10 de sept. 1574». (61)

En este caso, el Veguer se pone al frente de los insurrectos en defensa del Rector encarcelado, pero en 1544, el día 1 de mayo, el recién elegido Rector, Francisco de Loris, con un grupo de quince estudiantes salió en defensa de sus propios de-rechos jurisdiccionales y dio muerte al Veguer en la plazuela llamada del Peu del Romeu, junto a la muralla de la judería. (62) Por esta fecha no había nacido aún nuestro estudiante, pero el hecho refleja el ambiente contemporáneo, como también el caso sonado de 1608 en que la víctima fue otro Rector, defendiendo, de nuevo, los derechos del Estudio General. En el libro de difuntos de la Parro-quia de San Juan, se lee esta noticia, que, traducida al castellano, dice:

«A 20 de septiembre del año 1608 murió el Dr. Mateo Martí, natural de Ta-marite del Campo, Rector de la Universidad de Lérida, a quien mataron re-pentinamente de una escopetada, defendiendo el Estudio; se le dio la ex-tremaunción y fue llevado por la ciudad con pompa funeraria, con las mazas enlutadas y el vicerrector y los bedeles de luto ‘ad futuram rei memoriam’. Su cuerpo fue depuesto en la Seo». (63)

La razón fue que unos soldados detuvieron a dos estudiantes bajo pretexto de que llevaban las espadas al desnudo. Al conducirles presos a la cárcel, se inter-puso el Rector exigiendo que los soltaran por estar bajo su jurisdicción en virtud de los privilegios del Estudio. Pero un soldado disparó contra el Rector, que cayó súbitamente muerto al tiempo de exclamar: «Jesús, confesión». (64) El hecho ocurrió en 1608, pero ese final dramático debió de darse varias veces, como re-cordaba aún en 1639 el octogenario Calasanz: «… encontrará alguien que tal vez le hiera ‘sin poderse confesar…’ como tantas veces se vio en mi tiempo».

9. «Lo que se fue para siempre»

En 1707 el primer rey Borbón, Felipe V, entre tantos atropellos cometidos en re-presalia contra sus oponentes, los defensores de los Austrias, descargó sus furias sobre Lérida, arrancándole su famosa y cuatro veces secular Universidad que trasladó a Cervera y «convirtió en cuartel su magnífica Catedral, admiración de todos los artistas, siendo profanada del modo más inicuo aquella estupenda Seo, el monumento románico-gótico más notable de Cataluña». (65) Afortunadamen-te, hoy va despertando de su sueño de muerte, tras una lenta pero prodigiosa labor de restauración, y puede ya admirarse de nuevo en todo su esplendor el grandioso claustro, único tal vez en Europa por sus extraordinarias medidas, so-bre todo por el tramo de dobles arcadas caladas que se abre sobre la ciudad y el Segre como mirador fabuloso.

Toda la colina ha quedado desierta, cruzada en todas direcciones por murallas viejas y nuevas, sin que quede rastro de los edificios, calles y plazas que la cu-brían, salvo La Zuda o Palacio real y la Seo. Ni tuvo mejor fortuna la zona uni-versitaria que se asentaba en su vertiente occidental, en la que sólo queda en pie la venerable iglesia de San Martín, el templo parroquial que durante tantos siglos «fue el centro espiritual de las Escuelas. Bajo su nave románica se cele-braban solemnes fiestas y funciones religiosas: elección de Rector, aniversarios, inauguración y clausura de curso, etc.». (66)

Desde el nacimiento del Estudio General en 1300 se sintió la necesidad de asig-nar a los estudiantes una zona delimitada de la ciudad para aislarles del bullicio callejero y alejarles de los barrios industriales y mercantiles por una parte; y por otra, facilitar el control del orden público reduciendo el área de movimientos de los universitarios, dada su propensión natural al bullicio y a las pendencias calle-jeras. De hecho «se observa leyendo los procesos de crímenes, en cada delito cometido por estudiantes era cosa relativamente fácil a los encargados de hacer justicia, de buscar delincuentes por las casas y albergues de la Azuda, San An-drés o San Martín». (67)

Desde 1300 hasta la desaparición de la Universidad, apenas si cambió el períme-tro del territorio escolar, que abarcaba toda la actual ciudadela amurallada y la zona contigua a occidente que correspondía aproximadamente al espacio com-prendido hoy entre la iglesia de San Martín, plaza de Cervantes y plaza del Semi-nario, uniendo estos tres puntos con la Ronda de San Martín, calle de Boteros, Galera, Caballeros y Compañía. En el centro de esta zona estaba situado el edi-ficio del Estudio General con las Escuelas Mayores o facultades y las escuelas de gramática formando un conjunto que podría situarse entre las calles Murcia, Cuarteles, San Martín y plaza del Depósito, quedando en el centro la justamente llamada hoy calle de la Universidad. (68)

El más famoso, sin embargo, era el barrio alto de la Azuda, en el que los estu-diantes hacían sentir su predominio excepcional. Léase este expresivo párrafo de Lladonosa: «la mayor parte de las refriegas entre estudiantes y oficiales de la Pahería que se leen en los procesos de Crímenes ocurrían con asidua periodicidad en el barrio de la Azuda y esta circunstancia se explica por las inmunidades que aquéllos gozaban en dicha zona y porque dada la solidaridad reinante entre la clase estudiantil podrían ayudarse más fácilmente en una zona donde las casas eran residencia, en su mayoría, de ellos. Incluso la gran cantidad de viviendas del personal eclesiástico les favorecía, pues la mayor parte de beneficiados de la Seo eran por regla general cursantes de las Escuelas de Leyes o de Cánones». (69)

Y he aquí una magnífica evocación de la monumentalidad de aquel barrio des-aparecido, cuya arteria central, partiendo del edificio de la Universidad, pene-traba en el recinto amurallado hasta llegar a la escalinata que daba acceso al Pórtico de los Apóstoles, entrada central del claustro catedralicio: «Sería la calle Mayor de la Ciudad alta y sin lugar a dudas la más monumental de toda Lérida. En línea ascendente y a la derecha tenía las casas de la ‘Cartoixa’, los Arcedia-natos de Ribagorza y Benasque y el palacio del ‘Ardiaca’ o Arcediano Mayor. En la izquierda daban perspectiva urbana a la espléndida calzada, el Colegio de la Asunción, la Sacristía y Cámara de la Seo. Armonioso conjunto entre arquerías lobuladas del románico gotizante del siglo XIII, ventanales en ojiva y rectangula-res del más puro gótico florido, puertas con dovelas mayestáticas y bordaduras, blasones y armas heráldicas en las mansiones de los próceres, hornacinas con las imágenes titulares en las casas de las capellanías; barbacanas, torres almenadas y restos de edificaciones sarracenas y tal vez más antiguas. Todo un poema en piedra que la obra de las más diversas culturas serviría de marco áureo al mara-villoso Pórtico de los Apóstoles con su triple bóveda, artístico arrejado y poli-cromías en oro, azur y gules. Y si a éstos añadimos los restantes edificios de los alrededores de la Catedral antigua, el Palacio del Obispo, los caserones de los Moncada, Requesens, Cardona, la Cancillería del Estudio, etc., nos convencere-mos que Lérida con su parroquia de la Azuda perdió lo mejor, lo más grande y lo más glorioso de su pasado esplendor. Sólo la vetusta y mutilada Seo permanece en pie como testimonio perenne de lo que se fue para siempre». (70)

Y por esa calle, subiendo y bajando la preciosa colina monumental, paseó su ju-ventud, limpia de pendencias y aventuras picarescas, José de Calasanz.

10. Primera tonsura y bodas en familia

A mediados del curso escolar 1574-1575, mientras estudiaba primero de leyes, a sus diecisiete años y medio, dio su primer paso serio y decidido hacia el sacerdo-cio, pidiendo a su propio obispo de Urgel la primera tonsura, con la que se incor-poraba al clero diocesano. El obispo, don Juan Dimas Loris, dio su consentimien-to. Y a mediados de abril, siguiendo el camino real que bordeaba el Segre, salió Calasanz de Lérida hacia Balaguer, antigua capital del Condado de Urgel, cruzó el gran puente gótico de siete arcos, todavía en pie, y subió a la colina en que surgía el Santuario del Cristo de Almatá, del siglo XIV. El templo actual fue cons-truido a fines del siglo XVIII, habiendo sido destruido el anterior en 1787. El ve-nerable Crucifijo titular pereció en las llamas iconoclastas de 1936 y sólo queda un pie del original, perfectamente incrustado en la nueva imagen. (71)

En aquel santuario, el domingo 17 de abril de 1575, el citado obispo, don Juan Dimas Loris, confirió la tonsura clerical a treinta y seis candidatos, todos ellos de la diócesis de Urgel y del clero secular, salvo dos trinitarios. Quizá fue elegida la ciudad de Balaguer en atención a los muchos pretendientes de la comarca, pues había dieciocho de Balaguer y al menos otros seis de parroquias de su oficialato, como Peralta de la Sal, representada en el lugar 33 de la larga lista por José Ca-lasanz. (72) Cuatro años antes, el 8 de marzo de 1571, había escrito su padre en el testamento refiriéndose a él: «confiando sea clérigo, le sea dado patrimonio suficiente para subir a las órdenes sacras, si ya beneficio alguno no hubiere». (73) Ya era clérigo. Sobre su cabeza lucía la blanca tonsura, con el gozo interior de la novedad y la esperanza del futuro sacerdocio. Y Segre abajo, se volvió a Lérida.

Hacía ya un año largo que se había casado su hermana Esperanza con Juan Carpi Abella, del cercano pueblo de Alcampel. Las capitulaciones matrimoniales están firmadas el 25 de enero de 1574. Lo más probable es que no asistiera José, pues no se le nombra entre los presentes, ni aparece entre los firmantes. Junto a Es-peranza están, dando su consentimiento a la boda, «maese Pedro Calasanz y Ma-ría Gastón, padres suyos, y Pedro Gastón y maese Pedro Juan Agustín, cunyado y tío suyo», es decir, el primero, hermano de su madre, y el segundo, marido de su hermana Juana, casada en Benabarre.

Junto al novio aparecen sus padres y «M°. [Mosen] Martín Carpi hermano suyo», llamado luego «reverendo M°. Martín Carpi». Firman las capitulaciones M°. Mar-tín Carpi y Pedro Calasans y además «el honrado Migel de Ager, mercader del lu-gar de Gavasa», que dice: «Yo Miguel de Ager soy testigo de lo sobredicho y me firmo por Juan Carpi padre y fijo y Madalena Abela, Speranza Calasans y Maria Gastón que dijeron no sabían scrivir y por lotro testigo». Y en un época adjunta vuelve a firmar, con su hijo: «ts [testigos] los honrados Migel de Ager y Migel de Ager studiante fijo del lugar de Gavassa».(74)

Unos meses antes estaban presentes en casa de los Ager de Gabasa y firmaban un documento de compraventa del «mercader» don Miguel, como testigos, «los magníficos y honorables Martín de Carpi, de Alcampel, Maestro en Artes y Joseph Calasanz estudiante, natural de Peralta de la Sal», exactamente el día 19 de septiembre de 1573. (75) Lo cual manifiesta las estrechas relaciones de amistad —y luego de parentesco— entre los Calasanz de Peralta, los Carpi de Alcampel y los Ager de Gabasa. Más todavía, entre los tres jóvenes entonces estudiantes y quizá condiscípulos en Lérida, hubo sin duda una relación especial, pues los tres fueron sacerdotes. (76)

Poco duró la felicidad en el nuevo hogar Carpi-Calasanz de Alcampel, pues la es-posa Esperanza murió, probablemente del primer parto, dejando una hija llama-da Catalina. (77) El viudo Juan Carpi casó de nuevo con María Segarra, pero no tuvieron hijos, de modo que Catalina Carpi Calasanz quedó heredera universal de todos los bienes de la casa Carpi de Alcampel. (78)

En enero de 1574, pues, fue la boda de Esperanza; en abril del 1575, la primera tonsura de José; en febrero de 1576, la boda de Pedro, el heredero. Boda y capi-tulaciones tuvieron lugar en Peralta, el 20 de dicho mes. Por parte del novio se aduce la intervención de sus padres y la «del Rvdo. Mosen Matheo Calasanz del lugar de Juseo y de Juan de Lujuanes del Pla de Castellón y de Pedro Gastón en Peralta, parientes y propinquas personas del dicho Pedro Calasanz», y por parte de la novia, que era Jerónima Paúl Coli, del pueblo de Juseu, intervienen su hermano Juan Paúl (sus padres habían muerto) y, entre otros parientes, el Rdo. Mosén Miguel Paúl y el Rdo. Mosén Pedro Coll, que con el mencionado Mateo Ca-lasanz son tres los sacerdotes asistentes, muy probablemente tíos de los contra-yentes. No sabemos si el joven clérigo José Calasanz estaría presente. (79)

Estas capitulaciones equivalen a un testamento o institución del mayorazgo o heredero universal en la persona del hijo mayor contrayente. Por ello, «el dicho Pedro Calasanz menor trae y los dichos Pedro Calasanz y María Gastón sus padres le dan y mandan en ayuda y por contemplación del presente matrimonio y dona-ción pura perfecta e irrevocable que es dicha entre vivos…, todos los bienes de los dichos Pedro Calasanz y María Gastón». Pero, además de las reservas hechas para sí mismos, dan la legítima a cada uno de los hijos vivos, que nombran uno a uno, omitiendo a Esperanza, que había muerto por estas fechas. Dicen: «asignan de los dichos bienes de la presente donación a dicho Pedro Calasanz hijo suyo contrayente matrimonio, a Josepe Calasanz, María Calasanz, Juana Calasanz, Madalena Calasanz y Isabel Calasanz fijos suyos a cada uno dellos y dellas cada cinco sueldos dineros jaqueses por bienes muebles y en lugar de aquellos y otros cada cinco sueldos dineros jaqueses por bienes sitios y en lugar de aquellos…».

De todos los hijos sólo quedan solteros José e Isabel, y por ello hacen todavía una salvedad: «Y más reservándose los dichos donantes que de los dichos bienes de la presente donación puedan dar a los dichos Josepe Calasanz y Isabel Cala-sanz hijos suyos en patrimonio y en dotes todo lo que a los dichos donantes les pareciere y bien visto será conforme a la facultad de su casa y bienes y costum-bre del dicho lugar de Peralta entre semejantes personas de su estado y condi-ción». (80)

Por estas fechas era ya clérigo tonsurado desde hacía casi un año el benjamín de la casa, José, con patrimonio asegurado de nuevo en estas capitulaciones. Y la última hija soltera, Isabel, casó probablemente este mismo año de 1576, con un señor de apellido Seix, del pueblo de Arén, donde residió hasta su muerte, ocu-rrida en 1591. (81)

En el hogar de los Calasanz-Gastón de Peralta quedaban sólo Pedro y su mujer, Jerónima Paúl, junto a los viejos padres. Todas las hijas habían salido para for-mar su propia familia: María y Magdalena vivían en Peralta, Juana en Benabarre, Esperanza había ya muerto en Alcampel, donde quedaba su hija Catalina, y por fin, la última, Isabel, se fue a Arén. Y el otro hijo, José, seguía estudiando en Lérida.

11. La residencia del clérigo universitario

No existían todavía los verdaderos seminarios, prescritos por el Concilio de Tren-to hacía sólo unos pocos años, ni los clérigos estudiantes tenían obligación de vivir juntos en colegios apropiados. En Lérida, sin embargo, además de los con-ventos en que se formaban los propios aspirantes al sacerdocio que frecuentaban el Estudio General, había dos colegios de clérigos becarios que asistían a las au-las universitarias. Y eran: el Colegio de la Asunción o de Domingo Pons o Collegi Vell, el más antiguo de este género en toda España, fundado en el 1372, del que ya hemos hablado, y el Colegio de la Purísima o Inmaculada Concepción, fundado en 1556 por el obispo de Lérida, don Miguel Despuig. Naturalmente, cabe pre-guntarse si pudo residir en alguno de estos dos centros nuestro estudiante uni-versitario de Peralta.

Respecto al de la Asunción, hubo quienes en un primer momento aceptaron la plena probabilidad. (82) Pero un examen minucioso de sus estatutos parece re-ducir aun la posibilidad, sobre todo por la estricta exigencia de que los candida-tos, incluso los parientes del fundador mismo, fueran realmente pobres, deter-minando en los mismos estatutos fundacionales que se entiende por tales quie-nes no llegan a treinta libras de renta. (83) Y la familia del bayle y herrero de Peralta no vivía ciertamente en tal penuria. Más aún, hemos constatado la pre-ocupación del padre por asegurar «el patrimonio suficiente» del pequeño José, «confiando sea clérigo», en su testamento de 1571, y de nuevo en 1576, ya ton-surado, en las capitulaciones matrimoniales del heredero. No pudo, por tanto, pasar como pobre. (84)

En cuanto al Colegio de la Purísima, la primera condición para la admisión era también la pobreza de los becarios, como en el de la Asunción. Tanto estos dos Colegios leridanos como en general todos los que fueron surgiendo luego en otras universidades españolas, eran fundaciones benéficas para ayudar y promover a los pobres con talento y con vocación eclesiástica. (85) Las plazas solían ser muy limitadas, de acuerdo con los no muy abundantes bienes fundacionales. Domingo Pons propuso 12 becas en un principio, pero luego tuvo que reducirlas a nueve. Y el Obispo Despuig fundó su colegio para 12 estudiantes solamente. Además del número reducido, solían estar también determinados los pretendientes. En el Colegio Pons se exigía para casi todos que fueran oriundos del Condado de Riba-gorza; para el Colegio de la Purísima, que se escogieran tres del Obispado de Lé-rida, tres del de Barcelona, tres del de Urgel, dos del de Elna y uno de la familia del fundador. (86) Pero, aunque en uno y otro hubiera podido ser admitido Cala-sanz desde que fue clérigo tonsurado, la exigencia estricta de la pobreza fami-liar excluye casi categóricamente la posibilidad de que se le admitiera.

¿Dónde residían, pues, los clérigos estudiantes sin beca, por no considerarse po-bres? Naturalmente, si los estudiantes laicos tenían que vivir en pensiones, lo mismo tenían que hacer los clérigos, entre los que —no hay que olvidarlo— algu-nos estaban «coronados» para aprovecharse de las inmunidades, privilegios y aun beneficios del clero sin vocación decidida para el sacerdocio. Además «la mayor parte de beneficiados de la Seo eran por regla general cursantes de las Escuelas de Leyes y Cánones» y tenían sus propias viviendas en la zona universitaria. Tan-to éstas como las de algunos canónigos y otros eclesiásticos servían de «alber-gues» o pensiones pagadas para estudiantes en general y particularmente cléri-gos. (87)

Entre el alto clero de la diócesis de Lérida no faltaron en esta época canónigos y otras dignidades eclesiásticas con apellido Calasanz, (88) probablemente parien-tes de los de Peralta, que pudieron recibir en sus casas o colocar en las de otros eclesiásticos conocidos al estudiante y luego clérigo José Calasanz. (89)

Acostumbrados a la idea actual de lo que es un «seminarista», nos es difícil com-prender la situación en que vivió nuestro clérigo estudiante. Quizá se nos haga más asequible si recordamos que su condiscípulo Mateo García era clérigo, como él, y declaraba que «siendo muy díscolo y metiéndose a menudo en asuntos por los que luego se encontraba en apuros, el mismo Mateo recurría al P. José, quien con su consejo y ayuda le libraba de apuros y solía decir que para él era el Espí-ritu Santo, no teniendo a otro más que él en sus apuros». (90)

Probablemente, este clérigo no tenía otro «director espiritual» más que Cala-sanz. No sabemos cuáles serían sus «apuros» o sus fecho rías pero leyendo los Estatutos del Colegio de la Asunción, propuestos por su fundador hacia 1372 y reformados diversas veces hasta 1567, encontramos vigentes aún ciertos detalles que pueden reflejar el «ambiente espiritual» en que vivían sus clérigos: el fun-dador prescribe que los colegiales deben confesarse dos veces al año, a saber, el día de San Miguel o San Lucas y el día de Pascua, y deben presentar al Prior el certificado del confesor. En la reforma de 1553 se mantiene la norma ampliando simplemente las fechas, de modo que puedan confesarse la primera vez desde San Miguel a San Lucas y la segunda desde el miércoles de ceniza hasta el do-mingo después de Pascua. (91) Hay pena de excomunión contra quienes blasfe-men contra Dios, la Virgen o los santos, o hieran a alguno del Colegio con espa-da, bastón o algo parecido o le peguen simplemente con las manos. Quedan igualmente excomulgados y se amenaza con la expulsión a quienes jueguen a los dados o provoquen riñas o sediciones; los que salgan o entren por las ventanas, sobre todo de noche, por lo que en la reforma de 1553 se añade que no se abran las puertas, una vez cerradas por la noche, y que se pongan rejas de hierro en todas las ventanas para evitar escándalos y diversiones nocivas. (92) Con las mismas penas de excomunión y expulsión se castiga a los reos de violación, so-domía, adulterio y concubinato, (93) o a quienes simplemente introdujeran en el Colegio a mujeres sospechosas. Y en la reforma de 1553 se castiga también a quienes, sabiéndolo, no denuncian la entrada de tales mujeres e igualmente se excomulga a quienes en el colegio dieren abrazos o besos «venéreos» a cualquier clase de mujeres. (94) Ninguno de estos estatutos queda abolido o modificado en la reforma de 1567, lo cual sugiere que no eran casos puramente hipotéticos ni fuera de lo posible.

12. La reforma del Estudio General

Estaban ya muy lejos los tiempos en que el Estudio General de Lérida, por volun-tad de su fundador Jaime II, era el único para toda la extensa Corona de Aragón. Los privilegios que defendían su exclusividad duraron sólo cincuenta años. En 1350 fue creado el Estudio General de Perpiñán, y en 1354 el de Huesca. En el siglo siguiente surgieron los de Gerona (1446), Barcelona (1450) y Mallorca (1483). Y en el siglo XVI nacen los de Valencia (1500), Zaragoza (1542-1583) y Ta-rragona (1572-1588). Cada nueva Universidad es un recorte de influencia y de clientela que repercute en la vitalidad y el prestigio del viejo y pionero Estudio leridano. A finales del siglo XVI había nueve Universidades en el ámbito geográfi-co de la Corona de Aragón en el que había nacido solitaria la de Lérida en 1300. Era lógico que la competencia se notara, particularmente al surgir Universidades en las grandes ciudades, capitales de cada uno de los reinos de la confederación (Barcelona, Valencia y Zaragoza), con las que tampoco podía competir en impor-tancia y densidad de población. (95)

A ello hay que añadir el irresistible atractivo que ejercían no ya sólo en España, sino también en Europa entera, las dos celebérrimas universidades de Salamanca y Alcalá de Henares por su indiscutible y consolidada fama, a la que había con-tribuido sin duda la adaptación a los nuevos aires del Renacimiento y el Huma-nismo. La emigración de estudiantes de toda la Corona de Aragón hacia las dos famosas Universidades de Castilla era constante, sobre todo desde que Felipe II, en su pragmática del 22 de noviembre de 1559, prohibió que «ningún natural de sus reinos vaya a estudiar fuera dellos». Cervantes escribió respecto a Salaman-ca: “Hay también aquí una masa de aragoneses, valencianos y catalanes…”. (96)

La verdadera crisis de Lérida, sin embargo, empezó concretamente a mediados del siglo XV. «La decadencia definitiva del Estudio de Lérida… el desplome verti-cal se precipita con las guerras de Cataluña contra Juan II… la rendición de Léri-da a las fuerzas de Juan II (6 de julio de 1464) parte en dos mitades la historia del Estudio. Arruinado y lleno de miseria espantosa, el Estudio de Lérida pierde su mejor clientela de los tres reinos confederados… Las miradas se dirigen ahora hacia la Universidad de Salamanca». Esta emigración escolar empieza en el rei-nado de Fernando el Católico y sigue luego acentuándose con la fundación de las ya recordadas universidades de Alcalá en Castilla y de Valencia y Zaragoza de-ntro de la Corona de Aragón.

Algunas estadísticas en un arco de cuarenta años pueden darnos una idea con-creta de la vitalidad de estas universidades. La de Salamanca se lleva la palma, pues en 1546 tiene 5.150 alumnos, que suben a 6.778 en el curso 1584-85. (98) La de Alcalá tenía en 1548 «más de dos mil alumnos». (99) La de Valencia, en 1564 en que fue ofrecida a los Jesuitas, que la rechazaron, contaba con «dos o tres mil estudiantes». (100) La de Zaragoza en 1583 tenía «harto número de oyentes, porque de Teología son 200; de cánones y leyes 60; de Medicina 10; de Artes 250; de Gramática más de 800». (101) En ese mismo documento de 1583 se alude a la Universidad de Huesca y a los aragoneses que estudian en Lérida y en Castilla, diciendo: «En Huesca, todos los estudiantes assi de: gramática como de todas las facultades no llegan jamás a 400, de leyes son diez o doce y la metad del año ninguno; en Lérida estudiantes aragoneses no llegarán a 50 y en Sala-manca y Alcalá no se hallarán 40». (102)

Respecto de Lérida, en 1581, había unos 60 estudiantes gramáticos. (103) Y en los dieciocho años que median entre 1607-1624 se matricularon 560 legistas, cu-yo promedio anual sería de 25 matriculados De ellos, 297 eran catalanes, 35 va-lencianos, 30 de Rosellón-Cerdaña, 26 aragoneses, 12 mallorquines, 5 de otras regiones y 155 cuya procedencia no consta. (104) Aunque las fechas sean poste-riores a la época del estudiante José Calasanz, los datos son suficientemente in-dicativos, sobre todo si se tiene en cuenta que se trata de legistas, que fueron siempre el mayor contingente de universitarios leridanos, y que por esas fechas se habían llevado a cabo las reformas adecuadas para dar nuevo impulso al Estu-dio General.

El que más interés manifestó por esa reforma y revitalización fue el rey Felipe II, quien en la promulgación de los nuevos estatutos, el 27 de julio de 1575, mani-festaba sin ambages su ardiente deseo de que la Universidad de Lérida descolla-ra entre todas las de España, haciendo honor a su glorioso historial, pues tantos ilustres doctores habían salido de sus aulas, sirviendo a los Reyes con suma inte-gridad, ciencia y prestigio. (105)

El mismo año en que dicho Rey subió al trono (1556), fue elegido obispo de Léri-da don Miguel Despuig. Por esas fechas —precisa Josep Lladonosa— «el Estudio se encontraba en plena decadencia y con unas disciplinas docentes anticuadas. A causa del predominio, cada día en aumento, de los hugonotes en el sur de Fran-cia, buena parte de estudiantes católicos procedentes de Gascuña y de Langue-doc venían a Lérida y al darse cuenta de la pobreza de las aulas y del poco pres-tigio de sus maestros, se marchaban». (106)

Esta deplorable situación movió a la Pahería o Municipio ilerdense a tomar la ini-ciativa de la reforma del Estudio General y con fecha del 18 de mayo de 1557 escribieron a la Princesa y Gobernadora General, Isabel de Austria, recordando las antiguas glorias e innegables méritos del Estudio General y lamentando a la vez su actual postración, por lo que pedían que se nombrara al obispo don Miguel Despuig visitador y reformador del mismo, pues confiaban plenamente en que pondría el remedio adecuado. (107) Y, efectivamente, al concluir su visita, pu-blicó Despuig nueve estatutos de reforma que entregó al Rector Jeroni Morell y a su consejo el 3 de junio de 1559. En ellos proponía estas medidas: prohibición de doctrinas peligrosas; impresión de conclusiones y su revisión; reglamentación de la graduación de bachilleres, de las conclusiones y consejos semanales y del ves-tido de los escolares; prohibición de toda clase de armas en poder de los estu-diantes bajo pena de cárcel, cuestión muy vidriosa en todas las épocas; antigüe-dad y precedencia en la elección de las horas de clase y de títulos de los bachi-lleres. (108) Pero la muerte prematura del reformador, ocurrida cinco meses después (21 de noviembre de 1559), dejó en letra muerta sus estatutos.

Su sucesor, don Antonio Agustín Albanell (1561-1576), asistió a la tercera y última convocatoria del Concilio Tridentino (1562-1563), y apenas reincorporado a su diócesis fue nombrado visitador del Estudio General por Felipe II (8 de abril de 1564), a ruegos del Canciller de la Universidad y síndico de la ciudad. En la carta de nombramiento expresaba el Rey su deseo de enderezar y conservar «tan im-portante y antigua Universidad, teniendo en cuenta que por los hijos que de ella salen son regidas y gobernadas muchas provincias, tierras y consejo nuestros». (109)

Un decenio completo (1565-1575) dedicó este obispo a la visita- reforma de la Universidad, aunque su actividad y celo de reformador se ocuparon a la vez de toda la diócesis, pues desde un principio quiso imponer enérgicamente las re-formas de Trento, incluso celebrando un sínodo diocesano. Por ello chocó violen-tamente con el cabildo y con la Pahería. Los canónigos le acusaban de absolutis-ta y los paheres lamentaban su poco respeto a los usos y costumbres de la ciu-dad. La tirantez le obligó a ausentarse una larga temporada, refugiándose en Monzón. Ni faltaron tampoco desacuerdos y escenas tumultuosas al enfrentarse con la Universidad, como en el caso ya recordado del encarcelamiento del Rec-tor Boil y consiguiente amotinamiento de la ciudad contra el obispo en septiem-bre de 1574. (110)

Los nuevos estatutos —de clara influencia salmantina— fueron promulgados y aprobados por Felipe II el 27 de julio de 1575. Los puntos más importantes de la reforma reglamentaban la provisión de cátedras (que serían trienales) para doc-tores y «catedrillas» (que serían bienales) para bachilleres, exigiendo que todas fueran adjudicadas por oposición. Los candidatos debían tener alguna lección pública y los estudiantes debían dar su voto decisivo. Se daban también normas taxativas sobre las ausencias y suplencias de los profesores, y se prescribía que los catedráticos dejaran el método anticuado de dictar las lecciones y emplearan todo el tiempo disponible en interpretar y explicar las lecciones”. (111)

Las reformas no fueron aceptadas pacíficamente en el seno de la Universidad, por lo que tanto Felipe II como el virrey de Cataluña, don Fernando de Toledo, tuvieron que urgir su cumplimiento. (112)

Según dijimos, José de Calasanz entró en las aulas del Estudio General de Lérida en el otoño de 1571, y las abandonaría en el verano de 1578. Por consiguiente, durante este período vivió las inquietudes provocadas por la reforma de estatu-tos del obispo Antonio Agustín Albanell, y se acomodó también a sus exigencias, participando, por ejemplo, con su voto en todas las provisiones de cátedra de la Facultad de Derecho desde la promulgación de la reforma (27 de julio de 1575) hasta que se fue de Lérida.

13. Los primeros encuentros con los jesuitas

El prestigioso obispo don Antonio Agustín, desde que volvió de Trento, se había esforzado por implantar la reforma conciliar en su diócesis, chocando contra el Cabildo y la Pahería, como ya vimos. La reforma de los estatutos de la Universi-dad entraba también en cierto modo en sus aspiraciones y planes reformadores, aunque la iniciativa no había sido suya. Y en esa atmósfera espiritual de renova-ción conciliar llamaban la atención los jesuitas por sus misiones populares, parti-cularmente en las grandes ciudades. Reunían a la gente a son de campanilla y predicaban en las plazas y en los templos sobre el esquema doctrinal de los Ejer-cicios Espirituales de San Ignacio.

En la cuaresma de 1575 fueron llamados a Lérida los PP. Ayala y Montpalau, pro-cedentes del Colegio de Barcelona. Era la primera misión popular que se predi-caba en la ciudad del Segre. Los cronistas de la época, para poner de relieve el extraordinario fruto de esta misión, nos dan como telón de fondo esta descrip-ción tenebrosa —y sin duda exagerada— de la depravación de costumbres y la-mentable estado de la vida cristiana:

«La virtud estaba tan desterrada y hollada que hazían burla y escarnio de los buenos; la bandolina avía llegado a tanto que ninguno se tenía por seguro ni en su casa; los logros y usuras estaban en su punto; los juramentos, maldi-ciones y blasfemias se avían tan apoderado de los coraçones que apenas hablaban sin ellos; la ignorancia de los misterios de nuestra santa fe era tan grande que hombres, muchísimos con canas, los ignoraban; los eclesiásticos vivían tan dissolutos que no tenían por afrenta tener la amiga en casa con sus hijos». (113)

El efecto de esta misión fue extraordinario, tanto entre la gente del pueblo llano como entre el clero y los estudiantes. Aquello fue, dicen los cronistas, «la re-dempción de la tierra». Y al año siguiente fue llamado el P. José de Ayala para predicar de nuevo la cuaresma, «con lo cual creció y se aumentó más el fruto de las misiones». Todavía en las sucesivas cuaresmas desde 1577 a 1580 fue llamado a predicar en la parroquia de San Juan el P. Pedro Prado, varón de gran elocuen-cia y «recias austeridades», que mereció ser llamado «el apóstol de Lérida». (114)

Recordemos que el 17 de abril de 1575, terminada la primera cuaresma predica-da en Lérida, recibió la primera tonsura José Calasanz. Y no es aventurado supo-ner que siguió y aprovechó la predicación de las cuaresmas desde 1575 a 1578. En su ancianidad recordaba algunas veces los primeros encuentros con los jesui-tas, cuando él era «jovencito» (giovanetto), confesando expresamente el aprecio y admiración que siempre les había tenido, y sin duda entre sus mejores recuer-dos juveniles debían figurar estas cuaresmas leridanas. He aquí una preciosa car-ta, fechada el 14 de agosto de 1641, a sus ochenta y cuatro años:

«No podrá V.R. darme mayor consuelo que dando satisfacción y gusto a los PP. de la Compañía, como lo ha hecho en el caso del muchacho músico, que quería ir a la clase de V.R. Conserve, pues, V.R. la debida reverencia y servi-cio a dichos Padres, a los que yo desde muchacho he respetado como Padres mandados por Dios al mundo para iluminarlo con la doctrina y el ejemplo tan eficaces, como claramente se ve hoy, sobre todo a aquellos que recuer-dan algo la antigua relajación. Y yo con afecto particular ruego al Señor que aumente el espíritu y el fervor de los PP. de la Compañía para que en este segundo siglo dupliquen el fruto del siglo primero a mayor utilidad y amplia-ción de la santa fe católica. Y a los Padres de ese convento nuestro dígales que en toda ocasión muestren la reverencia que se debe y que yo deseo a dichos Padres». (115)

En otra carta más tardía, fechada el 5 de noviembre de 1644, recomienda los mismos sentimientos de afecto y honor para con los Jesuitas que dice haber co-nocido desde hace ochenta años. (116) Y si el cálculo es exacto, nos remonta-ríamos a la temprana edad de sus siete años, cuando todavía no había salido de Peralta. No es fácil adivinar dónde y cómo pudo conocer a los jesuitas hacia el año 1564. Pudo ocurrir que desde Zaragoza, donde habían fundado casa en 1555, o desde Barcelona, cuya fundación se remontaba al año 1545, (117) se hubieran desplazado algunos Padres para predicar misiones en alguna de las poblaciones grandes cercanas a Peralta, como Barbastro, Monzón, Benabarre, y allá acudiría José con alguien de su familia. No es improbable, por otra parte, que en vez de ochenta años debiera haber dicho setenta, con lo que llegaríamos casi exacta-mente al año 1575, el de la primera misión de jesuitas en Lérida. De todos mo-dos, es indudable que en los años 1575-78 tuvo la oportunidad de conocerlos y calibrar el enorme influjo que ejercían en la reforma de la sociedad cristiana.

Y a pesar de las amarguras que le hicieron probar en su ancianidad, siguió admi-rándoles y estimándoles profundamente.

Notas

1 Cf. BAU, BC, p.92-93; ID., ‘La carrera universitaria de S. José de Calasanz: Ruta 27’ (1963) 26-30; BAU, RV, p.42.
2 Cf. J. POCH, ‘Aportación documental a la historia de la Universidad de Huesca, durante la segunda mitad del siglo XVI’: AnCal 15(1966)240-241, lám. 1; ID., ‘Calassanç a l’Estudi General de Lleida’: Cat 174(1975)1-8; ID., ‘Les ordenacions sagrades de l’universitari Josep Calassanç’: Cat 231(1980)3-8, trad. castellana en AnCal 50(1983)257-271.
3 BAU, RV, p.11.
4 «Si portó, dico, all’universitá di Lerida, Valenza e di Alcalá d’Enares, dove in breve fu promosso alla laurea et al Dottorato di Filosofia, Teologia, legge Civile e Canonica» (Fr. GIACINT0 DI S. VINCENZO, ‘Oratio infunere’ [Varsovia 1649] s.p.).
5 «in celeberrimas ea tempestate totius Hispaniae Academias proficiscitur» (C. SCASSELLATI, ‘Oratio infunere’ [Roma 1651]).
6 «Voleva il Padre del nostro Gioseppe in questo tempo impiegarlo nella militia come esso, et era antica gran-dezza di sua casa, pensó il nostro Gioseppe di sfugire questo con l’andata alli studii delle Universitá piú insigni delia Spagna, e fu a queste: Lerida per le Leggi Civile e Canonica nelle quali avendo fatto grandissimo profito si adottoró con massimo honore e poi per la Sacra Theoloia in quella di Valenza et Alcalá d’Henares, neila qua-le ancora doppo Ii dovuti studii similmente si adottoró» (BERRO I p.55).
7 Cf. BAU, BC, p.108.
8 «Finiti li suoi studi deile lettere humane passó ben presto all’universita di Lerida, di Valenza e d’Alcalá d’Henares» (G. BIANCHI, ‘Vita del Ven. Servo di Dio Gioseppe Calasantio della Madre di Dio’, ms: RegCal 91, p.7).
9 Cf. C. CHIARA, ‘Vita del Ven. P. Giuseppe della Madre di Dio’, ms.: RegCal 83, f. 1Or.
10 CI ARMINI, ‘Vita’, p.13,19.
11 Cf. TALENTI, ‘Vita’, p.8-13.
12 Cf. TOSETTI, ‘Compendio’ (Firenze 1927) 9-11.
13 Cf. P. MUSSESTI, ‘Vita del Ven. P. Giuseppe della Madre di Dio’, ms: RegCal 85, p.5.
14 Cf. E. DE SOTO REAL, ‘Vida del Bienaventurado P. y Ven. Siervo de Dios Joseph Calasanz de la Madre de Dios’ (Madrid 1675), p.13.
15 H°. Lorenzo Ferrari (Cf. BAU, BC, p.94); J. F. BISCHETTI, ‘Vita’, ms: RegCal 15,81.
16 Cf. F. M. MAGGI, ‘De Vitae gestis Ven. Dei Servi P. Josephi a Matre Dei Aragonensis’ (Nápoles 1680) p.5; D. MARCHESI, ‘Vita del Ven. Giuseppe Calasanzio della Madre di Dio’, ms: RegCal 90, f.5. Es curioso que en los Artículos para el interrogatorio de los testigos del proceso de Beatificación (1651-53) se preguntara: «Tertio desideratur, quod iuvenis factus [Calasanz] Universitates Perpinianensem, Valentinensem et Complutensem frequentavit et in utroque jure ac in Sacra Theologia magisterium accepit» (Procln, p. 16). Los escribió el P. Berro, Postulador de la Causa, quien en sus ‘Annotazioni’ cita a Lérida, Valencia y Alcalá y no alude a Perpi-ñán (cf. n.6 anterior).
17 La del P. Armini (1710) fue traducida por el P. Antonio Ginés de San Medardo, con el pseudónimo de DR. PE-DRO AQUENZA, ‘Vida del Ven. Siervo de Christo P. Joseph de la Madre de Dios’ (Madrid 1726); el Compendio del P. Talenti (1735) fue traducido por el P. Antonio Caxón de Cristo, ‘Compendio histórico-chronológico de la vida, virtudes y milagros del B. P. Joseph de Calasanz’ (Madrid 1748); la ‘Vita grande’ de Talenti (1753) fue traducida y reformada por el canónigo de Marsella TIMON DAVID, ‘Vie de S. Joseph Calasant’ (Marsella 1884), traducida a su vez al castellano por el P. D. FIERRO GASCA, ‘Vida de San José de Calasanz’ (Zaragoza 1905); el Compendio de Tosetti (1767) fue traducido por el P. J. JERICÓ, ‘Compendio histórico de la vida de San Joseph Calasanz de la Madre de Dios’ (Valencia 1768).
18 Cf. BAU, BC, p.94-110.
19 Cf. Rass 26-27 (1957) 55-56 y texto de la n.61 del cap. anterior.
20 Cf. BAU, RV, p.35-43, 321-324, n.42.
21 Cf. R. GARCÍA-VILLOSLADA, ‘San Ignacio de Loyola. Nueva Biografía’ (BAC Madrid 1986), p.270, 294-295, 398-402.
22 Cf. M. JIMÉNEZ CATALÁN-J. SINUÉS y URBIOLA, ‘Historia de la Real y Pontificia Universidad de Zaragoza’ (Za-ragoza 1923) t.I, p.121-122.
23 Sobre Alcalá y Valencia cf. BAU, RV, p.41-43; 321-324; Rass 26-27 (1957) 54-55; AnCal 15 (1966) 198, n.123. Ni ha tenido mejor suerte J. Poch en su búsqueda en los papeles de la Universidad de Lérida.
24 Y no es corta la lista. Junto a los genios Cervantes y Lope de Vega cabe colocar entre otros a Juan Ginés de Sepúlveda, Juan de Ávila, Card. Gaspar de Quiroga, Cristóbal de Rojas y Sandoval, Bartolomé de Carranza, Ig-nacio de Loyola, Jerónimo Zurita, Francisco López de Gómara, Ambrosio de Morales, etc. Y éstos sólo respecto a la Complutense (cf. J. URRIZA, La preclara Facultad de Artes y Filosofía de la Univ. de AlcaIá de Henares en su siglo de oro 1509-1621, CSIC [Madrid 1924], p.238-241, 257-258).
25 “… ad civitatem Ilerdae velut hortum fertilitatis et fecunditatis conclusum ac fontem deliciarum signatum, qui quasi quoddam intermedium terrarum ac regnorum nostrorum existit, oculos nostrae considerationis super hoc vigiles duximus dirigendos» (carta fundacional de Jaime II, fechada el 1 de septiembre de 1300, cit. en A. VIDAL, ‘El Canciller y el Rector en el Estudio General de Lérida:’ La Academia Calasancia, 765 [1922], 521).
26 E, COCK, ‘Anales del año 1585’. Viajes de extranjeros por España y Portugal, ed. J. GARCÍA MERCADAL (Agui-lar, Madrid 1952) I, p.1342.
27 Cf. R. GAYÁ MASSOT, ‘Los jesuitas en la Universidad de Lérida’: Miscelánea de trabajos sobre el Estudio Gene-ral de Lérida, vol. III (Lérida 1949-54) p.35-36.
28 Cf. M. ANDRÉS, ‘Las facultades de Teología españolas hasta 1575. Cátedras diversas’: Anthologica Annua 2 (1954) 123-178; F. MARTÍN HERNÁNDEZ, ‘La formación clerical en los Colegios universitarios españoles’ (1371-1563) (Vitoria 1961) p.162; C. AJO Y SAINZ DE ZÚÑIGA, ‘Historia de las Universidades Hispánicas’ (CSIC, Ma-drid-Alcalá 1957-58) vol. II: ‘El siglo de oro universitario’, p.33-34; F. JORDÁN GALLEGO, ‘La enseñanza de la metafísica en la Universidad de Valencia durante el s. XVI’: Analecta Sacra Tarrac. 45 (1972) 149; J. POCH, ‘Calassanç a l’Estudi General de Lleida’: Cat 174 (1975) 1.
29 Cf J POCH. ‘Aportación documental biográfico-calasancia: AnCal 22 (1969) 279-280.
30 Cf. G. SÁNTHA, ‘De canonicatu barbastrensi a S. Josepho Calasanctio obtento’: EphCal 6 (1957) 147-148; ID., ‘Quinque instrumenta…’: EphCal 6 (1959) 223-225.
31 Cf. J. POCH, ‘Aportación docum. a la historia de la Univ. de Huesca…’: AnCal 15 (1966) 223, n.168; EphCal 2 (1932) 57, n.2 y 3; EphCal 4(1911)119-120.
32 M. Jiménez Barber declaró en 1651: «Io so che il P. Giuseppe é stato Vicario Generale del Vescovato d’Urgello diocesano suo, dove oltre l’eccellenza del suo valore particolarmente nel Jus Canonico si mostró prudente et destro in negotiati difficilissimi» (Procln, p.214-215).
33 Cf. J. POCH, ‘Aportación doc. a la historia de la Univ. de Huesca…’: AnCal 15 (1966) 197, n.122.
34 Cf. J. POCH, ‘Don Antonio de Gallan y de Mongay, bachiller en Derecho Canónico por el Estudio General de Lérida’: Ilerda 27 (1963); ID., ‘Otro título de doctor en leyes por el Estudio General de Lérida: D. Antonio de Gallart y de Mongay’: Ilerda 36 (1975).
35 ProcIn, p.213-214.
36 Los aragoneses «lo elessero per loro Principe, secondo l’usanza di quell’Universitá» (ARMINI, ‘Vita’, p.15); «gli studenti Aragonesi ben presto lo elessero come é costume di quella Universitá in lor Principe» (TALENTI, ‘Vi-ta’, p.9); «i giovani Aragonesi lo elessero loro Principe, come ivi é costume presso la scolaresca» (TOSETTI, ‘Compendio’, p.9).
37 P. AQUENZA, ‘Vida del Ven. Siervo de Christo Padre Joseph de la Madre de Dios, Fénix Aragonés’ (Madrid 1726), p.15. Cita, como Armini, el testimonio procesal de Barber.
38 Particularmente Talenti y Tosetti.
39 El P. J. JERICÓ, por ejemplo, que tradujo a Tosetti, dejó la frase intacta: «los jóvenes aragoneses le eligieron por su Príncipe, según era costumbre entre los estudiantes» (cf. ‘Compendio de la Vida’ [Valencia 1768] p.11). Timon David, en su remodelación de la obra de Talenti, dijo: «los que eran de la misma provincia, ele-gían en junta general al que llamaban Príncipe, encargado de velar por el orden de los del mismo país, de terminar las diferencias y de vigilar por sí mismo su conducta y las costumbres de todos» (o.c., p.10).
40 Después de citar por extenso una larga página del tradicional Tosetti, se dice que «los estudiantes formaban como ciertas colonias que vivían en barrios determinados donde sólo ejercía autoridad extraordinaria el Rec-tor de la Universidad y ordinaria y delegada el ‘Príncipe de estudios’… [que] debía contener a los escolásticos en el cumplimiento de sus deberes; debía celar su conducta moral y cristiana…» (cf. ‘Escolapios insignes’ [Madrid 1899] I, p.23-24).
41 G. ESCOLANO, cit. en F. ORTÍ y FIGUEROLA, ‘Memorias históricas de la fundación y progressos de la insigne universidad de Valencia’ (Madrid 1730) p.17-18. Cf. también V. DE LA FUENTE, ‘Historia de las Universidades, colegios y demás establecimientos de enseñanza en España’ (Madrid 1884) t.I, p.228; R. GAYÁ MASSOT, ‘Can-cilleres y Rectores del Estudio General de Lérida’ (Lérida 1951) p.49-50; BAU, BC, p.96-97.
42 «Jubemus quod annuatim in vigilia Purificationis B. Mariae rector, qui pro tempore fuerit, teneatur universita-tem scolarium in utroque jure dumtaxat studentium evocare in ecclesia Beati Martini… teneantur rectorem concorditer eligere ex seipsis» (VILLANUEVA, ‘Viaje literario’, t.XVI, p.211).
43 En un informe del 3 de febrero de 1582 se dice: «Statuimus et ordinarnus quod electio Rectoris fiat quolibet anno die prima mensis aprilis et rursus prima die mensis maii proxime sequentis possessio accipiet in loco con-sueto» (J. LLADONOSA PUJOL, ‘La antigua parroquia de San Martín de Lérida’ [Lérida 1944] p.91, n.3). Gayá Massot opina que el cambio empezó el año 1544 (cf. R. GAYÁ MASSOT, ‘Cancilleres y Rectores del Estudio Ge-neral de Lérida’ [Lérida 1951] p.51).
44 Un documento de 22 de mayo de 1573, estando ya Calasanz estudiando leyes en Lérida, dice: «Constat etiam in dieta universitate [Lérida] super electione rectoris fuisse statutum ut rectoris electio fiat videlicet per sex consiliariis, eius nationis ad quam pro eo anno rectoris electio spectabit, etc. Instantes privationem Egidii Gi-ronça et Joannis Leonardi consiliariorum ex tunc dictae Universitatis pro natione Aragonensi, etc.» (cf. J. POCH, ‘El Fundador de las Escuelas Pías en la Historia Eclesiástica de la Corona de Aragón’: AnCal 20 [1968] 268, n.39).
45 Cf. R. GAYÁ MASSOT, oc.; A. HERNÁNDEZ PALMÉS, ‘Matriculatio legistarum Universitatis Generalis Studii Iler-densis (1607-1624)’. Miscelánea de trabajos sobre el Estudio General de Lérida (Lérida 1950) vol.II, p.71-184.
46 Cf. A. HERNÁNDEZ PALMÉS, oc.
47 Cf. A. VIDAL, ‘Fecha probable del Rectorado de San José de Calasanz en la Universidad de Lérida:’ La Acade-mia Calasancia 764 (1922) 478-480. La transposición de conceptos resulta extraña, incluso porque en ese mis-mo contexto habla de nacionalidades y naciones citando, además, un texto catalán que dice de los consejeros «quiscun per la sua nació, aragonesa, catalana y valenciana». Nada tenían que ver aquí las diócesis. Además, según Gayá Massot, no pudo ser elegido el 1 de febrero, sino el 1 de abril (cf. n.43 anterior).
48 Cf. BAU, BC, p.97. Sin embargo, en su obra posterior, al «revisar» la primera, se limitó a repetir que fue «Prior de los de su nación aragonesa», sin más explicaciones (cf. BAU, RV, p.37).
49 Si a los 21 años estudiaba teología en Valencia, según declaración ante notario (cf. BAU, BC, p.104), y los cumplió en septiembre de 1578, lógicamente el curso 1578-79 lo pasó en Valencia.
50 Cf. R. GAYÁ MASSOT, ‘San José de Calasanz no fue Rector del Estudio de Lérida:’ Ciudad 9 (1957). Comparten también esta tesis los especialistas en la materia PP. J. POCH (‘Cuatro cartas inéditas de D. Ramón Gayá Mas-sot’: Ilerda 37 [1976] 300, n.8) y L. PICANYOL (Rass 26-27 [1957] 53).
51 Cf. n.44 anterior.
52 «los consejeros siempre aparecen graduados de Bachiller en un ramo de Leyes. Es comprensible que tanto el Rector como sus Consejeros se designen de entre los cursantes que se hubieran graduado» (J. POCH, carta personal del 30 de abril de 1963).
53 Para estas y otras noticias pertinentes, cf. R. GAYÁ MASSOT, ‘Apostillas monográficas al Colegio de Domingo Pons’: Ilerda 4 (1945) 7-17; V. BELTRÁN DE HEREDIA, ‘Domingo Pons (1330-1417), fundador del Colegio de la Asunción, en Lérida’: Hispania Sacra 9 (1956) 281-318. Para los Estatutos y sus reformas posteriores cf. J. MA-TEU IBARS, ‘Statuta Domus Collegii S. Mariae Civitatis Ilerdae (Lérida 1973).
54 «En cuanto al régimen interior [de los Colegios], copiamos de Bolonia la democratización, que favorece en gran manera la vida del estudiante teólogo, aunque ofrezca también sus desventajas. En S. Clemente [de Bo-lonia, el Colegio creado por el Card. Albornoz] es elegido el Rector de entre los mismos colegiales y se hace siempre por votación… El Rector con los Consiliarios —cuatro en Bolonia, tres ordinariamente en España— re-suelve los graves negocios de la casa, cuida de la disciplina de las puertas, impone castigos y al Rector, sobre todo se le ha de obedecer siempre «in licitis et honestis», extendiéndose su jurisdicción a todos los colegiales, a quienes juzga dentro del Colegio en cualquier causa que sea, criminal, civil o mixta» (F. MARTÍN HERNÁN-DEZ, ‘La formación clerical en los Colegios universitarios españoles’, p.74).
55 «ante omnia in eius electione fienda missa de Sancto Spiritu devote celebretur in capela in principio mensis Januarii vel alio tempore ubi necessitas elligendi Priorem inmineat, qua celebrata studentes collegiati qui ta-men XIV annurn etatis adimpleverint secundum Deum et eorum conscientiam ad electionem omni amore… procedant… eligendo de gremio unum ex ipsis aut aliunde si ibidem reperiri ad hoc idonei non possint quem credent suficientem moribus et vita decoratum et XXV annum habentem et talem ex se ipsis electum sub nu-mero novem studentium includere intendimus» (J. MATEU IBARS, o.c., p.59-60).
56 «intelligimus quod si contigerit ipsum [priorem] extra dictum collegium elligi in numero novem studentium minime computetur» (ib., p.66).
57 C.3071 y 3091.
58 Es interesante constatar que en los tiempos que historiamos hay una cierta opinión general que relaciona es-pontáneamente el concepto de universidad con el de ‘estudiantes delincuentes’. El Virrey de Aragón era con-trario al establecimiento definitivo de una Universidad en Zaragoza, y en 1581 escribe un alegato a Felipe II, en el que dice: «En tierra donde las leyes son tan cortas y aun contrarias para castigar delinquentes, no puede ser conveniente el ayuntamiento de semejante gente, favorecida no solo de las leyes universales, pero de las particulares que tienen los estudios y señaladamente en donde la naturaleza de los hombres es tan aparejada e inclinada a cometer delictos y assi serían infinitos los que se cometerían en la ciudad de Zaragoza si en ella huviese Universidad por los estudiantes que a ella concurrirían…, la Universidad será una cassa de reffugio de todos los delinquentes a donde se receptarán todos los de la tierra y aun de donde saldrán a cometer otros delitos. Que siendo como son los estudiantes gente libre, moça y briosa, tendrán aparejo muy a la mano los que quieran vengar sus injurias o damnificar a otros de tener personas aptas para hazerlo» (cf. M. JIMÉNEZ CATALÁN-J. SINUÉS y URBIOLA, Historia de la Real y Pontificia Universidad de Zaragoza, t. III, p.55-56).
59 J. LLADONOSA PUJOL, ‘La zona universitaria de Lérida’: Miscelánea de trabajos sobre el Estudio General de Lérida, vol. II (Lérida 1950) p.19. Léase el principio de dicha carta: «A la vostra Reverent Senyoria e Paterni-tat notificam com en aquesta Ciutat molts sots sperança que auran de les corones seran favorits e deffesos se allentexen de comoure rumors e bregues hoch hi cometre altres delictes e crims car tots jorns manifestada-ment se veu que com algu dels dits coronats malfeytos sia trobat e pres per los Officials Reals prestament per rahó de les corones ab letra de vostre honorable Official o de son lochtinent son demanats e per conseguent son forçadament sotmesos a llur judici. E a cap de tres o quatre jorns sens punició ne castich que nos fa, van palesament per la Ciutat, de ques seguexen dans e inquenyents [inconvenients] grans…» (ib., p.48, n.21).
60 Curiosamente, este privilegio fue violado el año 1546 por el Dr. Bernardo Calasanz, Vicario General y Oficial de Lérida por el obispo Fernando de Loazes, que mantuvo en prisiones al cofrade mosén Juan Riera, Benefi-ciado de San Andrés de Lérida. El prior y consejeros de la Cofradía invocaron el privilegio y propusieron fian-za, pero el Dr. Calasanz no cedió (cf. J. ALTISENT, ‘Llibre apellat Speculum Prioris’: Analecta Sacra Tarrac. I [1925] 359-360). Sin duda, el canónigo Miguel Jiménez Barber debió conocer esta Cofradía, pero no es proba-ble que pensara en su Prior al aplicar este título al estudiante José Calasanz, pues dados sus miembros parece que la dirección, que era bienal, recaía en personas de mayor dignidad y no en simples estudiantes. El referi-do artículo gira en torno a lo que puede considerarse como estatutos de la cofradía, cuyo texto íntegro publi-ca.
61 J. VILLANUEVA, ‘Viaje literario’, vol. 17, p.285-286
62 Cf. R. GAYÁ MASSOT, ‘Cancilleres y Rectores del Estudio Gen. de Lérida’, p.51.
63 E. RIBERA, ‘Figuras del Estudio Gen. de Lérida en el Archivo parroquial de S. Juan Bta.’: Miscelánea de traba-jos…, vol.I, p.69.
64 Deferencia del P. Poch, sin cita. El P. A. Vidal insinúa la fuente en el Archivo Municipal de Barcelona, ‘Dieta-ri’, sin más datos, con fecha del 3 de octubre de 1608, en que el Vicerrector del Estudio y tres Consejeros fue-ron a Barcelona a informar del asesinato (cf. La Academia Calasancia, 764 [1922] 480)
65 J. ALTISENT, o.c., p.361.
66 J LLADONOSA, o.c., p.30.
67 Ib.,p.12.
68 El citado artículo de J. Lladonosa expone con toda riqueza de detalles y abundantísima documentación el plano completo de toda la zona universitaria.
69 Ib., p.19.
70 Ib., p.28-29.
71 Cf. P. SANAHUJA, ‘Historia de la Ciutat de Balaguer’ (Ed. Seráfica, Barcelona 1965).
72 Tanto la cartilla de la tonsura como las de las órdenes menores y mayores se las llevó consigo Calasanz a Roma y las conservó hasta la muerte. Hoy son preciosas reliquias. Véanse editadas en su texto latino original en J. POCH, ‘Las órdenes sagradas del universitario José Calasanz’: AnCal 50 (1983) 269-271. La lista de tonsurados y el Acta correspondiente en Arch. Episc. Urgel, reg. 33 (1575-1579) f.35v-36v. El párrafo referente a Calasanz fue publicado por P. PUJOL I TUBAU, ‘Sant Josep de Calassanç, Oficial del Capitol d’Urgell’ (Barcelona 1921) p.82. Y dice: «Josephum Calasans, filium legitimum et naturalem Petri Calasans, ‘fabri fe’… et Marie Gastona conjugum, loci Peralte de la [Sal, Ur]gellensis dioecesis». En esa misma lista hay otro apellido, que por homo-nimia me complazco en recordar: «Matheum Giner, filium legitimum et naturalem Joannis Giner, agricolae, et Speransiae, conjugum civitatis Balagarii».
73 Cf. J. POCH, ‘Tres testamentos…’: AnCal 40(1978) 446.
74 Cf. Doc. Merigó: RegCal 74, n° 53
75 Cf. J. POCH, ‘Aportación docum. biográfico-calasancia’: AnCal 22 (1969) 279-280.
76 Estando Calasanz, ya sacerdote, en la Curia episcopal de Urgel, interviene como Procurador del honorable Miguel de Ager, Patrón de un Beneficio, para que se lo concedan «a Miguel de Ager, hijo de éste, y el dicho Patrón era padre de Juan y de Miguel» (ib., p.278). Ya este Juan escribe Calasanz el 12 de enero de 1588, comunicándole la colación de ese beneficio (cf. EGC, II, e. 1). Respecto a Martín Carpi, leemos un documento fechado el 9 de octubre de 1596 en que su madre «Madalena Abella viuda del q° Juan Carpi», se declara «heredera universal que soy de todos los bienes…, que fueron y pertenecieron al q° Martí Carpi, hijo mío, ca-nónigo que fue de la Iglesia Colegial de la villa de Tamarite de Litera…» (Doc. Merigó: RegCal 74, n.220).
77 No se sabe exactamente el año de su muerte. Poch propone el 1575 y 1576 (cf. J. POCH, ‘Tres testamentos…’, p.441 y 451) y Picanyol el 1578 (cf. Rass 26-27 [1957] 54).
78 Juan Carpi aparece ya casado con María Segarra en un acta de venta del 18 de enero de 1580 (cf. Doc. Merigó: RegCal 74, n°.55). Con fecha del 7 de septiembre de 1597 se firman las capitulaciones matrimoniales entre Jaime Giró «mancebo», sus padres y un hermano por una parte y «Madalena Abella viuda, Juan Carpi hijo de dicha Madalena Abella y María Segarra conyuges y Catharina Carpi doncella hija del dicho Juan Carpi y de Spe-rança Calasans q° su primera mujer vezinos del lugar del Campell de otra parte…» y «trahe la dicha Catharina Carpi doncella en ayuda…, y los dichos Juan Carpi su padre y María Segarra conyuges y su aguela Madalena Abella le dan y hazen donación propter nuptias de todos sus bienes muebles y sitios…» (ib., n°.65).
79 El Rdo. Mateo Calasanz de Juseu nos da pie para aducir esta referencia: «Die 26-7-1579 per dominum Vicarium Generalem Denia [de Lérida] fuit concessa licentia Petro Calasanz filio Antonii Calasanz et Margaritae Aler oppidi de Juseu recipiendi Primam clericalem tonsuram a Rmo. Dom. Urgelli episcopo» (J. POCH, ‘El Fundador de las Escuelas Pías…’, p.303, n.83). Si le dan dimisorias en Lérida, lo lógico es suponer que estudiaba en su Universidad y que fuera, por tanto, condiscípulo de José Calasanz. Pudo también ser pariente suyo y que su padre Antonio Calasanz fuera el mismo de quien dijo el canónigo Miguel Jiménez Barber: «la nostra famiglia… era congionta con la casa Calasantia in terzo grado di affinitá, cioé Antonio Calasantio idalgo… figlio d’un fra-tello del nonno del P. Gioseppe per quanto il medemo Padre mi ha detto» (Procln, p.21O). Dicho Antonio se-ría, pues, primo hermano de Pedro Calasanz, padre del Santo.
80 Cf. J. POCH, ‘Referencias genealógico-calasancias en la prov, de Huesca’: AnCal 5 (1961) 143-146. Hay ciertas correcciones del texto en vista del original del archivo (RegCal 13,6-8).
81 Cf. ARMINI, Vila, p.9; L. GRACIA, ‘Arén’ (Zaragoza 1973), p.135; J. POCH, ‘Tres testamentos…’, p.452, n.10.
82 Cf. L. PICANYOL, Rass 26-27 (1957) 52; J. POCH, ‘San José de Calasanz y seis obispos españoles’: RevCal 12 (1957) 106-107.
83 «Non praesumant cLericum quemcumque eciam de parentela habentem pacifice in annualibus reditibus trigin-ta libras importatis nominare et praesentare» (J. MATEU IBARS, o.c., p.42). Por esta característica el colegio se llamaba también ‘Collegium pauperum studentium civitatis Ilerdae’ (ib., p. 101).
84 A esta conclusión llegan también Gayá Massot y el P. Poch (cf. J. POCH, ‘Cuatro cartas inéditas de D. R. Gayá Massot’: Ilerda 37 [1976] 302).
85 Cf. F. MARTÍN HERNÁNDEZ, ‘La formación clerical…’, p.89-94.
86 Cf. C. PÉREZ PÉREZ, ‘Cartas con motivo de la fundación del Colegio de la Inmaculada desde 1557 a 1560’: VIII Congreso de Historia de la Corona de Aragón, III, I, p.169.
87 Cf. J. LLADONOSA, ‘La zona universitaria de Lérida’, p.19 y 28.
88 Cf. J. POCH, ‘El Fundador de las Escuelas Pías…’, p.304-3O6, n.84; 390-391; J. LÓPEZ NAVÍO, ‘Testamento de Micer Juan Calasanz’, p.26-27.
89 Adoptan esta hipótesis Gayá Massot y Poch (cf. J. POCH, ‘Cuatro cartas inéditas…’, p.3O2).
89 ProcIn, p.213-2I4 cf. BAU, BC, p.88.
91 Cf. J. MATEU IBARS, ‘Statuta Domus Collegii…’, p.55 y 93.
92 Ib., p.46-47 y 85.
93 «qui sacrarum monialium aut virginum defloraciones aut vicia contra naturam vel adulteria perpetraverint, vel qui publice concubinam detinuerint…» (ib., p.47).
94 Ib., p.50 y 83. «Item, quia ad adulterium et fornicationem devenitur per preparatoria, illa amputantes, exco-mun. sententiam ferimus in eos qui in collegio mulieribus ibi quomodocumque venientibus venereos amplexus vel oscula prebuerint» (ib., p.92).
95 Lérida tenía 1.109 «fuegos» en 1553 (5.545 habitantes) (cf. J. IGLESIES, ‘El fogatge de 1553’, I, p.67); Barce-lona, 6.432 (32.160 hab.) (ib., p.27); a finales de siglo, Zaragoza tenía 4.954 (24.770 hab.) y Valencia 12.327 (61.635 hab.) (cf. A. BLÁZQUEZ, ‘Geografía Española del s. XVI’: Boletín de la R. Soc. Geográfica, 51 [1909] 246).
96 Cit. en C. AJO Y SAINZ DE ZÚÑIGA, o.c., p.246, n.805.
97 R. GAYÁ MASSOT, ‘Influencia de la Univ. de Salamanca en la de Lérida’: Anal. Sacra Tarrae. 31 (1958) 103.
98 Cf. C. AJO Y SAINZ DE ZÚÑIGA, o.c., p.247.
99 Ib., p.3O7.
100 A. ASTRAIN, ‘Historia de la Compañía de Jesús en su Asistencia de España’, vol. II (Madrid 1905), p.222, n. 1. El número lo da el P. Cordeses, Provincial de Aragón, que era partidario de aceptarla.
101 M. JIMENEZ CATALÁN-J. SINUÉS Y URBIOLA, o.c., vol. III, p.88.
102 Ib.,p.86; Se trata de un «Alegato de la Ciudad de Zaragoza, en 1583, al Rey felipe II». Cabe hacer notar que precisamente en ese año 1583, entre esos 50 aragoneses que estudiaban en Lérida, estaba José Calasanz.
103 En un informe de 1581 del licenciado Burgués se lee: «de sesenta estudiantes [de gramática] que salen al curso…» (cf. R. GAYÁ MASSOT, ‘Los jesuitas en la Universidad de Lérida’: Miscelánea de trabajos…, vol. III [Lérida 1949-1954], p.36).
104 Cf. A. HERNÁNDEZ PALMÉS, ‘Matriculatio legistarum…’, p.79.
105 «Nos Philippus Rex… Vehementer optamus omnes Hispaniarum achademias esse quam auctissimas et floren-tissimas, sed in primis Ilerdensem ex qua tantum numerum doctorum hominum prodisse scivimus: qui et no-bis et clarissimis nostris progenitoribus in regnorum nostrorum gubernatione summa integritate et doctrina ac laude inservierunt» (cf. C. AJO Y SAINZ DE ZÚÑIGA, o.c., p.593).
106 J. LLADONOSA, ‘Humanisme i reformes a l‘Estudi General de Lleida durant ,el segle XVI’: VIII Congreso de Historia de la Corona de Aragón. III. La Corona de Aragón en el s. XVI. II, p.90. También Juan Reglá está de acuerdo en que «la universitat de Lleida va entrar en un procés de decadéncia des de mitjan segle XVI… Els principals problemes plantejats sembla que eren els següents: la benevoléncia excesiva en els examens, l’exacerbació passional dels estudiants i els conflictes rnotivats per la provisió de les cátedres» (J. REGLÁ, ‘Els virreis de Catalunya’, [Ed. Vicens-Vives, Barcelona 19703], p.71).
107 Cf. C. PÉREZ PÉREZ, o.c., p.170-171.
108 Cf. P. SANAHUJA, ‘La universidad de Lérida y los franciscanos’: Archivo Íbero Americano 7 (1947) 208.
109 Cf. texto completo en J. POCH, ‘Calassanç a l‘Estudi General de Lleida’: Cat 174 (1975) 7.
110 Cf. texto correspondiente a la n.61 de este capítulo.
111 Los Estatutos del obispo Albanell los publicó Villanueva (cf. ‘Viaje literario’, XVI, doc.X, p.240-246). En ellos ve Gayá Massot «la fuente más auténtica donde podría alumbrarse la influencia salmantina» (cf. R. GAYÁ MASSOT, ‘Influencia de la Univ. de Salamanca en la de Lérida’, p.115). Véase también ID., ‘Provisión de cá-tedras en el Estudio Gen. de Lérida’: Anal. Sacra Tarrac. 30 (1958) 40; J. LLADONOSA, ‘Humanisme refor-mes…’, p.91-93; C. AJO y SAINZ DE ZÚÑIGA, o.c., p.312-313.
112 Cf. dos cartas de Felipe II al Rector y Consejo de la Univ. fechadas el 14 de abril de 1576 y 14 de noviembre de 1576 en J. LLADONOSA, o.c., p.1O1-1O3, y otras dos del Virrey en J. POCH, o.c.. p.3-4.
113 Cf. R. GAYÁ MASSOT, ‘Los jesuitas en la Univ. de Lérida’, p.11.
114 Ib., p.11-12; A. ASTRAIN, ‘Historia de la Compañía de Jesús en la Asistencia de España’, vol.III2 (Madrid 1925) p.231.
115 CS, II, c.539. El 13 de diciembre de 1642 escribía a los de Polonia: «advierta a los nuestros que procuren con todo cuidado no dar disgusto alguno a los PP. Jesuitas, a los que respeto con grandísima humildad y afecto desde que era jovencito, y deseo que los nuestros hagan lo mismo» (ib., c.599).
116 «la prego quanto posso a tenersi amorevoli Ii Pdri Giesuiti e l’honori in ogni occasione perché sono degni di tal ossequio come io ho conosciuto sempre da 80 anni in qua” (c.4232).
117 Cf. R. GARCÍA-VILLOSLADA, ‘San Ignacio de Loyola. Nueva Biografía’ (BAC, Madrid 1986) p1027.



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