sJC - Maestro y Fundador - Written by Archivo Calasanz on Viernes, Mayo 1, 2009 0:42 - 0 Comments

sJC - C06 - Primeros años de sacerdocio

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San José de Calasanz, maestro y fundador
Severino Giner Guerri, escolapio
BAC, 1992

CAPÍTULO 6
PRIMEROS AÑOS DE SACERDOCIO FUERA DE SU DIOCESIS

Resulta casi apasionante remontar la corriente historiográfica que intenta definir la figura de San José de Calasanz y constatar el proceso de clarificación de datos, a veces lento, a que se ha sometido su biografía por falta de documentos fehacientes. Una de las épocas más enigmáticas para los biógrafos y de mayor zarandeo del paciente biografiado es quizá la que sigue a su ordenación sacerdotal hasta su incorporación definitiva a su propia diócesis de Urgel. Es la que trataremos en este capítulo.

1. Desorientación de biógrafos

El primer esbozo de biografía calasancia que pergeñó el P. Buenaventura Catalucci, en la ya mencionada ‘Breve Notizia’, (1) refleja las dudas que envolvían los datos comunes en la Comunidad escolapia de San Pantaleón al morir el Santo Fundador, particularmente los referentes al lejano período de su vida en España. Y estaban presentes los que habían recibido más confidencias y serían luego, muchos de ellos, o testigos en los procesos de beatificación o primeros historiadores de la Orden y su Fundador, como los PP. Berro, Caputi, Scassellati, Fedele, Morelli… y los Hnos. Ferrari y Stiso.

He aquí, pues, el párrafo que se refiere a los años que van desde el final de sus estudios en Alcalá —donde dice que se doctoró en Teología— hasta la visita a Montserrat:

«… enfermó gravemente y con hacer voto de hacerse sacerdote, de repente recobró la salud y vuelto a su patria se ordenó de Menores y después del sagrado orden del Subdiaconado; siendo de edad de veintidós años fue elegido para ayudante de estudio por aquel gran literato e insigne Prelado Obispo de Balbasaro (sic), del cual fueron discípulos Báñez y Medina, de los primeros doctores de Salamanca. Estuvo junto a este Prelado hasta la edad de veinticinco años y ordenado en seguida de sacerdote fue elegido para confesor suyo por el obispo de Lérida y siendo Prelado Visitador de la Santa Casa de Montserrat, ayudó a dicho Obispo en dicha Visita por espacio de seis meses…». (2)

El análisis de este párrafo nos permite distinguir estos pasos en su trayectoria:

1) (Después de su doctorado en Alcalá), enfermedad, voto y curación.

2) Regreso a su pueblo y ordenaciones de menores y subdiaconado.

3) No después de ordenarse de subdiaconado, sino desde los veintidós años hasta los veinticinco de su edad está al servicio del obispo de «Balbasaro» («Balbastro», como decían también en España, en vez de Barbastro).

4) Ordenación de sacerdote.

5) Inmediata adscripción al servicio del obispo de Lérida y visita a Montserrat.

Lo más interesante es que distingue el servicio a dos obispos, cuyos nombres no menciona, y que la ordenación sacerdotal (17 de diciembre de 1583) es la que divide ambos períodos.

Apenas transcurrido un mes del solemne funeral, para cuyo panegírico se había escrito la ‘Breve Notizia’, el P. Camilo Scassellati quiso celebrar también solemnemente honras fúnebres al Santo Fundador en el Colegio Nazareno del que era rector, siendo él mismo quien pronunció un discurso en elegantísimo latín y precisó que el insigne prelado, maestro de Báñez y Medina, que había elegido a Calasanz como «ayudante de estudio», había sido «obispo de Jaca» y se llamó «Juan de la Figuera». (3) Con ello empezaba un proceso de lamentable confusión, cuyas últimas sombras acaban de disiparse hace sólo unos años.

Medio siglo más tarde, el P. Armini recompone los hechos de esta manera:

1) (Después de doctorarse en Alcalá) va a Jaca, sin pasar por Peralta, llamado por don Gaspar Juan de la Figuera (el famoso prelado, «que había sido uno de los Lectores primarios en la celebérrima Universidad de Salamanca») para ser ayudante de estudio.

2) Vuelve a Peralta: enfermedad, voto y curación.

3) Desde Peralta, durante un año, recibe todas las ordenaciones «con dimisorias y dispensa de intersticios dadas por su propio obispo de Urgel».

4) Ya sacerdote, acepta la invitación del nuevo obispo de Lérida, que le nombra su confesor y teólogo y le acompaña a la visita de Montserrat. (4)

Armini, pues, acepta la versión de Scassellati y llama al primer prelado Gaspar Juan de la Figuera, obispo de Jaca, desapareciendo el nombre de Barbastro. Sin embargo, ignora el nombre del segundo obispo, el de Lérida, que hizo la visita a Montserrat, y que era precisamente don Gaspar Juan de la Figuera.

Cuando se publicó la ‘Vita’ de Armini en 1710 hacía quince años que había muerto el autor (27 de febrero de 1695), y veinticinco que la tenía ya escrita. El P. Agustín Passante, que la editó, dice que no la quiso corregir o ampliar, sino que la dejó «tal cual». (5) No obstante, sí que hubo añadiduras. Y una de ellas fue una larga declaración que escribió y firmó el Fundador el año 1637, afirmando que en 1585 asistió a las Cortes de Monzón y se puso al servicio de «Don Gaspar de la Higuera natural de Fraga, Obispo de Albarracín y ya electo Obispo de Lérida», a quien acompañó a la visita de Montserrat «como confesor y Examinador». (6) Este documento enriqueció las noticias sobre el período español del Santo, y fue a la vez motivo de nuevas confusiones, al añadir que el mismo don Gaspar Juan de la Figuera había sido obispo de Albarracín antes que de Lérida, sin olvidar que lo fue de Jaca antes que de Albarracín.

Efectivamente, medio siglo más tarde, el P. Talenti, primero en su ‘Compendio’ de 1735 y luego en su voluminosa ‘Vita’ de 1753, completó la versión de la ‘Vita’ de Armini de 1710, con retoques personales. He aquí la síntesis:

1) (Después de doctorarse en Alcalá) es llamado a Jaca por el obispo Gaspar Juan de la Figuera para ser «ayudante de estudio» y con él está un año entero.

2) A los veinticinco años de edad, deja Jaca y se vuelve a Peralta: enfermedad, voto y curación.

3) Recibe las órdenes menores y mayores, en las fechas que indican las «cartillas».

4) Después de uno o dos meses de increíble actividad pastoral en Peralta, (7), le vuelve a llamar a su lado don Gaspar Juan de la Figuera a su nueva diócesis de Albarracín.

5) De Albarracín acompaña a don Gaspar a las Cortes de Monzón y de aquí parten para la visita de Montserrat, (8)

La versión dada por Talenti fue exactamente acogida y sintetizada por el P. Tosetti en su ‘Compendio’ de 1767, que, con más de treinta ediciones italianas y diversas traducciones a otras lenguas, mantuvo casi intacta esta especie de «tradición» hasta nuestra época. (9)

Dos siglos después de la obra de Talenti, el P. Bau acomete una revisión a fondo de la biografía calasancia y al llegar a esta época reconoce lealmente que «el historiador de San José de Calasanz debe confesar honradamente que hasta ahora no se sabe cuándo acabó los estudios teológicos de Alcalá; ni dónde estaba antes de la enfermedad providencial que le hizo pronunciar el voto de sacerdocio; ni a dónde se dirigió inmediatamente después de ordenado. La estancia en Jaca y en Albarracín no son hechos comprobados». (10) De hecho, a duras penas se desprende de Jaca; deja sin aclarar el enigma de la residencia del Santo antes de ordenarse de sacerdote; sigue arrastrando la idea de que sus ordenaciones fueron permitidas por las dimisorias de su obispo de Úrgel; una vez ordenado sacerdote, le lleva con cierta resignada indolencia a Albarracín con La Figuera en 1583 y allí permanece hasta trasladarse a Monzón y luego a Montserrat. Pero, al fin, todavía vuelve a dejarlo todo en el aire: «Barbastro, Jaca, Albarracín figuran tal vez sin derecho en las vidas antiguas de Calasanz». (11) Así quedaban las cosas en 1949, año de la edición de la Biografi’a Crítica.

2. Nuevos documentos y aclaraciones

En 1950 el obispo de Barbastro y luego Cardenal don Arturo Tabera halló constancia documental en el archivo diocesano de la presencia del presbítero José Calasanz en aquella ciudad como familiar de don Fray Felipe de Urríes, entonces obispo de Barbastro (1572-1585). Los documentos llevaban fecha del 10 de febrero de 1584 y 24 de marzo de 1584, (12) Más tarde fueron encontrados algunos otros con fecha del 28 de mayo de 1584 y 12 de octubre de 1585 13, en el último de los cuales se le considera ya «absente». Pero constaba ya que por esas fechas estaba en las Cortes de Monzón.

Con ello se comprobaba documentalmente la primitiva afirmación de la ‘Breve Notizia’, de un período de servicio de Calasanz al obispo de Barbastro como «ayudante de estudio», pero no había sido antes de su ordenación de presbítero, sino después. Se excluía a la vez la hipótesis de la adscripción al servicio del obispo de Lérida inmediatamente después de la ordenación sacerdotal, como también la presencia en Albarracín con La Figuera hasta la llegada a Monzón en el verano de 1585. La trayectoria quedaba ya claramente documentada desde la ordenación hasta la visita a Montserrat: ordenación sacerdotal(17 de diciembre de 1583), presencia en Barbastro (10 de febrero de 1584) junto al obispo Urríes, presencia en Monzón (agosto-septiembre de 1585), durante las Cortes, al servicio de La Figuera, obispo de Lérida, y visita a Montserrat.

¿Dónde estuvo, sin embargo, en los años inmediatamente anteriores a su ordenación sacerdotal? ¿En Jaca, en Barbastro, en Peralta? A pesar de la aclaración documentada de la permanencia de Calasanz en Barbastro después de su ordenación sacerdotal, el P. Bau siguió fiel a la versión de la ‘Breve Notizia’, que le había situado junto al obispo de Barbastro durante un trienio antes de ordenarse. Sin nuevos documentos fue recomponiendo los datos en sucesivas publicaciones hasta llegar a la Revisión de la Vida de San José de Calasanz (1963), en la que hizo desaparecer no sólo Jaca y Albarracín, sino también Valencia y Alcalá, de la biografía calasancia, de modo que de Lérida lo llevó a Barbastro, es decir, «que el período de formación teológica de San José de Calasanz desde que dejó las Leyes hasta que se ordenó de presbítero gravitó en torno de la figura de Urríes»; «lo cierto de la carrera universitaria de San José de Calasanz es que estudió para legista en Lérida de 1574 a 1578, y que de 1579 a 1583 estudió Teología en Barbastro y en la Sertoriana de Huesca, bien como alumno libre, bien como estudiante oficial, pues ya de ello no hay dato seguro». (14)

Pero estos últimos planteamientos resultaron insostenibles no sólo por sus mismas dificultades internas, (15) sino, sobre todo, por la nueva documentación encontrada por el P. Poch en los archivos diocesanos de Lérida, con la que quedaba fuera de duda que Calasanz estaba en Lérida el año de sus ordenaciones de minorista, subdiácono y diácono, o sea, al menos el curso 1582-83, como ya vimos. (16) ¿Y qué podía hacer en Lérida, sino concluir sus estudios de Teología en la Universidad, dado que, por las razones poderosas que conocemos, había tenido que interrumpirlos primero en Valencia y luego en Alcalá de Henares?

Definitivamente, pues, quedaban orilladas las referencias a Jaca y Albarracín y adquirían solidez documental las relaciones personales del joven sacerdote Calasanz con el obispo de Barbastro primero, don Felipe de Urríes, y con el de Lérida después, don Gaspar Juan de la Figuera.

3. Por qué fuera de su diócesis

Quizá la lógica preocupación de hagiógrafos y biógrafos por situar al personaje en los años inmediatamente anteriores y posteriores a su ordenación sacerdotal les impidió plantearse otras cuestiones paralelas. Intentaron responder al dónde e incluso al cuando, pero no llegaron a preguntarse siquiera el ‘por qué’, y sólo últimamente se ha intentado responder al ‘cómo’.

Los últimos hallazgos documentales han resuelto definitivamente las dos primeras cuestiones, como acabamos de ver, colocando en Lérida al estudiante durante el curso 1582-83 mientras recibe las órdenes menores y mayores, y al recién ordenado sacerdote al servicio de dos obispos consecutivos, el de Barbastro y el de Lérida (1584-86). Pero no se puede menos que seguir preguntando por qué decide ponerse al servicio de ambos obispos y no del suyo propio, el de Urgel, don Hugo Ambrosio de Moncada (1580-86), el que le ordenó de sacerdote en Sanahuja. Igualmente hay que intentar explicarse cómo logró entrar al servicio de Urríes y luego al de La Figuera, después de muerto el primero, mucho más tratándose de un servicio de tanta confianza e intimidad como es el de «familiar».

Dejando para su momento oportuno la respuesta al último interrogante, intentemos resolver el primero. Y la explicación ya la hemos propuesto en parte, al hablar de la decisión de terminar la carrera teológica en Lérida y no volverse a Alcalá. Hay que dejar sentado, además, que en toda esta intrincada cuestión de desplazamientos, decisiones y compromisos a primera vista desconcertantes no podemos dejar solo al joven Calasanz, disponiendo de sí mismo sobre sus andanzas y obligaciones sin contar con su legítimo superior, que era el obispo de Urgel. Desde que se tonsuró se convirtió en ‘clericus urgellensis dioecesis’, y no pudo decidir por su cuenta y riesgo sobre sus estudios, su carrera, sus ordenaciones y futuras ocupaciones sacerdotales sin contar con su obispo, que desde mayo de 1580 era Mons. Hugo A. de Moncada. Tampoco es el obispo quien traza los caminos de su clérigo o sacerdote sin contar con sus problemas o situaciones personales.

A nosotros, sin embargo, nos interesan precisamente esas situaciones o problemas personales que movieron al obispo a dar su con sentimiento para los planes que le propuso su clérigo primero respecto a los estudios, y su sacerdote después, para ofrecer sus servicios a otros obispos. Y la razón suprema de todos los movimientos o andanzas de José Calasanz desde que murió su hermano Pedro, en 1579, hasta la muerte de su padre, a finales de 1586, creemos que fue su sentido de responsabilidad filial. De haber vivido por muchos años su hermano mayor, otra hubiera sido probablemente la trayectoria de su vida, pues hubiera terminado sus estudios en Alcalá, se hubiera ordenado de sacerdote y hubiera pasado inmediatamente al servicio de su diócesis, sin demoras innecesarias. Eso era, al menos, lo más lógico.

La prematura e inesperada muerte del heredero trastornó realmente su vida. No quiso ser heredero, pero, como único hijo varón superviviente, sintió la obligación de cuidarse de su padre y la llevó a cabo hasta su muerte. Su hermano había muerto víctima de los trastornos sociopolíticos de Ribagorza, y su propio padre no podía considerarse libre de represalias de los mismos asesinos de su hijo, por sus claros antecedentes de servicio a los Señores de Castro en la bailía de Peralta. Y este ambiente inseguro, mezcla de insurrección social, de intereses políticos encontrados y de despiadado bandolerismo, seguirá vivo y operante hasta que Calasanz se vaya a Roma en 1592.

Ya lo dijimos antes, Calasanz deja Alcalá porque ha muerto su hermano y reanuda luego sus estudios en Lérida, y no en Alcalá, por estar cerca de su padre. Ahora, ordenado sacerdote, no se va a Seo de Urgel, sino que busca ocupaciones adecuadas a sus estudios y posibilidades, pero cerca de Peralta: en Barbastro y en Lérida, las dos sedes episcopales más cercanas a Peralta. Cuando en Monzón se ofreció al servicio de La Figuera, nada se sabía aún de la visita al lejano monasterio de Montserrat, sino sólo que era el obispo de Lérida.

Estando en Monzón, escribe Jericó, «interin que [José] disponía el viaje a Montserrate, parece se trasladó a Peralta de la Sal, su patria, en donde enfermó gravemente su padre y el día 12 de septiembre de 1585 ordenó otro testamento cerrado, en el qual… dexa por heredero executor de su testamento y exonerador de su alma y conciencia a su amado hijo Mossén Joseph Calasanz Presbítero, habitante en el lugar de Peralta». (17) No sólo se advierte la delicada salud del anciano y la actitud del hijo que acude rápidamente a su lado desde la cercana Monzón, sino el detalle de que se considera a José como «habitante en el lugar de Peralta», y no en Barbastro, Monzón o Lérida. Y sigue diciendo el testamento que «si al tiempo de su muerte estuviera ausente…». Lo cual parece significar que el anciano supone que el hijo estará presente, pero por si acaso no lo estuviera… Tiene conciencia de que estará siempre cerca.

Partió luego Calasanz para Montserrat por el compromiso contraído con La Figuera de servirle, antes de saber nada de este viaje. Pero declarará por escrito él mismo en 1637: «el dicho obispo murió en dicha visita y yo me volví ami patria». (18) La Figuera murió el 12 de febrero de 1586, y Calasanz seguía aún en su pueblo el 7 de noviembre del mismo año, en que su padre, otra vez gravemente enfermo, otorgó su último testamento, (19) muriendo poco después. Y sólo entonces decide Calasanz incorporarse a su diócesis de Urgel, pues documentalmente consta que el 12 de febrero de 1587 empezó a ejercer su oficio de secretario del Cabildo. (20) Pero todo ese año, más o menos completo (12 de febrero de 1586 a 12 de febrero de 1587), lo pasa Calasanz en su pueblo, junto a su padre, sin otra ocupación, que sepamos.

Podrá, quizá, parecer excesiva esta larga digresión aclaratoria, pero la juzgamos necesaria para librar a nuestro personaje de esa sensación que produce de desorientación, de no saber lo que quiere, de moverse demasiado sin rumbo fijo e incluso, lo que es peor, de querer medrar a la sombra de protectores seguros, buscando una vida fácil y bien retribuida, sin compromisos ni tareas absorbentes. Y esto, apenas ordenado sacerdote.

Dicho lo cual, reanudemos el hilo de nuestra historia.

4. Hacia Barbastro

A principios de 1584 estaba ya residiendo en Barbastro José de Calasanz. Un año más tarde nuestro conocido «cicerone» Enrique Cock, notario y arquero de la guardia de Felipe II, consignaba en su agenda de viajes estos datos referentes a Barbastro: «Después que fue trasladada la silla a Lérida, vacó hasta nuestros tiempos y la erigió otra vez Pío V en catedral y la separó de Huesca año 1571 y fue su primer obispo don Felipe de Urríes, fraile de la Orden de Santo Domingo, nombrado por su Majestad…». (21) En esta nueva sede habían sido creados los siguientes oficios y dignidades: «Después del obispo es la mayor dignidad la del deán al cual siguen los arcedianos… Hay después arcipreste, chantre, capellán mayor y sacristán; entre quince canonicatos hay una prebenda doctoral y otra magistral y tiene cada canónigo cinco mil sueldos cada año poco más o menos. Hay asimismo doce racioneros y un mediano número de capellanes que cada día vienen a las horas». (22) Con todos estos eclesiásticos convivió el joven sacerdote de Peralta, trabando con algunos de ellos verdadera amistad, como recordará diez años después en Roma, en donde, por otra parte, ofrece sus servicios al cabildo entero en sus pleitos pendientes. (23)

No pasaron desapercibidos tampoco al curioso analista holandés Cock los conventos y ermitas que había en Barbastro en 1585: «monasterios —dice— tiene cuatro: San Francisco en el arrabal, hacia el Norte; San Cosme y Damián, que son trinitarios, hacia Poniente; Santo Domingo, que son mercenarios [mercedarios], hacia Mediodía, y Santa Lucía, doncellas de la regla de Santa Clara, a la puerta oriental donde se va a Monzón. Tiene un hospital general dedicado a Santiago apóstol de España… Entre las ermitas, es la más importante la de Na. Sra. del Pueyo…», y sigue luego nombrando las del Santo Sepulcro, San Juan Bta., Santiago, San Eloy, San Gil, San Marcos, Na. Sra. de Figuerolas y San Juan de la Almunia. (24)

Y sigue anotando Cock: «vecinos hay mil y ciento y los más son labradores… (25) Entre la ciudad y el arrabal hay dos puentes con que se pasa el río Vero: la que está frontera de San Francisco es más frecuentada… otra puente hay fuera de la ciudad, llamada de Santa Fe». (26)

Documentalmente sabemos que José Calasanz estaba ya en Barbastro el 10 de febrero de 1584, (27) pero es probable que llegara algunas semanas antes, tal vez después de Navidades, procedente de su pueblo, donde había cantado su primera Misa.

Tanto en esta ocasión como luego, al pasar al servicio de La Figuera, la ‘Breve Notiziá’ dice que «fue elegido para ayudante de estudios por…», y «fue elegido para confesor suyo por…» los obispos respectivos. (28) Los hagiógrafos posteriores, menos moderados y más glorificantes, acuñaron la versión de que era tal el prestigio y los méritos del joven sacerdote recién doctorado, que ambos obispos le rogaron encarecidamente que aceptara ser su familiar, consejero, confesor, etc. Es decir, que la iniciativa salió de ellos, y no de él, con lo que en cierto modo se respondía al interrogante de cómo consiguió entrar a su servicio el todavía inexperto Calasanz. (29)

Las cosas, sin embargo, debieron ser más sencillas y normales. No hay indicio alguno de fama ni de méritos excesivamente prematuros. No era entonces ni siquiera doctor. La iniciativa, por tanto, no partió de los obispos receptores, sino de otros. Y puestos a pensar, lo más probable es que el obispo de Urgel, Fray Hugo Ambrosio de Moncada, camaldulense, presentara a su joven sacerdote Calasanz al obispo de Barbastro, el dominico Fray Felipe de Urríes, y al morir éste, volviera a encomendar a Calasanz al obispo de Lérida, el canónigo regular de San Agustín don Gaspar Juan de la Figuera. Y las razones de esta situación transitoria debió comunicárselas confidencialmente Calasanz a su propio obispo Moncada. Y las aceptó.

Pudo, no obstante, haber medios para entrar al servicio de Urríes. El P. Poch insinuó la intervención de los Señores de Castro, pues la abuela paterna de don Felipe de Urríes fue doña Beatriz de Cervellón y Castro, hija del Barón de la Laguna, Señor de la casa de Castro y de Peralta. Y don Pedro Calasanz fue bayle de Peralta, adictísimo vasallo de los Señores de Castro… (30) Pudo influir también otro personaje muy cercano al obispo. En dos documentos firmados por Calasanz en Barbastro el día 28 de mayo de 1584, aparecen juntos con nombre y firmas: «Testes el Rdo. mossén Joan de Abella pbro. capellán mayor. Barbastri, y mossén Josephe Calasanz pbro. Barbastri habitantes». (31) Y la madre de Juan Carpi, casado con Esperanza, hermana de Calasanz, se llamaba Magdalena Abella. (32) Cabe suponer parentesco cercano entre ambos Abella. Mas con esas o con otras referencias y recomendaciones necesarias partió ya de Peralta el novel sacerdote, cruzó el Cinca y el Vero, entró por una de las puertas amuralladas de Barbastro y fue a instalarse, bien recibido, en el palacio episcopal. Empezaba una nueva época de su vida.

5. Familiar del obispo Urríes

Uno de los clásicos historiadores dominicos del siglo XVII nos da brevemente este ‘curriculum’ del prelado:

«… después de ayer servido a la Orden muy religiosamente en los oficios de Regente de San Gregorio de Valladolid, Definidor de Capítulo General en Roma, donde dio grandes muestras de sus prendas, después de ayer servido a la Iglesia en el Santo Concilio de Trento con mucha satisfacción y honra del hábito, fue obispo de la Iglesia de Valbastro en la corona de Aragón». (33).

Entre los elogios que se le tributan, quizá éste sea el más completo: «noble a lo humano y de la mayor nobleza y más castiza de las Asturias de Oviedo, (34) y nobilísimo a lo divino por ser grande religioso y docto, santo y sabio Obispo». (35) Dejando aparte la nobleza de su estirpe, los dos calificativos que mejor lo definen son docto y santo. En cuanto al primero, se hace notar que mantuvo la pasión por el estudio aun siendo obispo; (36) en cuanto al segundo, se exalta entre sus virtudes la pobreza y desprendimiento por los pobres, y también la fidelidad a su vocación religiosa, cuyo espíritu y ambiente comunitario impuso en palacio. (37)

Conocemos algunos de los que formaron esa pequeña comunidad religiosa junto a Urríes. He aquí dos nombres: «Tuvo por compañeros, cuando fue obispo, a Fray Andrés de Medina, dominico, natural de Burgos, hombre muy agradecido… Fue también testigo de vista de las acciones de dicho Prelado el doctor D. Jaime Arroyos, quien estuvo en su casa y compañía desde el día en que se consagró en Obispo hasta que falleció, siendo canónigo y arcipreste de Barbastro». (38) Al primero de los dos, Fray Andrés de Medina, administrador y limosnero del obispo, se refieren otros textos como el siguiente: «Tenía [Urríes] un religioso santo en su casa y éste tenía a su cargo repartir las limosnas a los que venían, enseñando primero a los pobres la doctrina christiana». (39)

Junto a estos dos hay que colocar a los «familiares» del obispo que vivían también en palacio y compartían, por consiguiente, el mismo género de vida. Al menos desde el 10 de febrero de 1584 consta que eran familiares nuestro José Calasanz, presbítero, y Jerónimo Agustín Diago, que firman como testigos en un mismo documento. (40) Al año siguiente aparece otro familiar junto a Calasanz, llamado Bernardo Villarich. (41)

La mano limosnera y generosa del obispo Urríes era, sin duda, Fray Andrés de Medina, pero es interesante advertir la mentalidad previsora del obispo, que no se satisface simplemente con dar limosna, sino que busca el mejor medio para que los necesitados se valgan por sí mismos con su trabajo. He aquí la anécdota aleccionadora: «Con serlo [pobre] también el Obispado, hazía muchas limosnas y queriéndole persuadir un religioso muy aficionado que arrendasse las rentas de su Iglesia, que la mayor parte dellas consistía en pan, respondió: “Nunca Dios tal quiera, que siempre que el grano está en las paneras y en los lugares donde se recoge, con mucha facilidad mando que se reparta el trigo con los pobres para que siembren, coman y remedien sus necesidades, y si las rentas estuviessen en dinero no sé si se repartirían con esta liberalidad”». (42) Probablemente se trataba de ciertas rentas que poseía el Obispado en Navarra, de cuya administración se encargaba Fray Medina, y de las que incluso llegó a interesarse Calasanz desde Roma, en 1594, cuando hacía ya casi diez años que habían desaparecido de Barbastro tanto Urríes como su fiel administrador Fray Andrés de Medina. (45)

Hemos hecho referencia expresa a esta peculiar manera de socorrer a los pobres repartiéndoles grano y no dinero, porque José Calasanz, antes de partir para Roma, hará también algo parecido con los pobres de los dos míseros pueblecitos, Claverol y Ortoneda, de los que había sido plebano. Y entre los muchos ejemplos de santidad que recibió del obispo Urríes y de su compañero Medina, merece la pena evocar también esta peculiar preocupación por los pobres.

6. Calasanz en Barbastro… «maestro sacerdote»

El P. Catalucci en su célebre esbozo de 1648 nos dio la primera noticia de las relaciones del joven Calasanz con el obispo de Barbastro, escribiendo: «fue elegido para ayudante de estudio por aquel gran letrado e insigne Prelado Obispo de Barbastro, del que fueron discípulos Báñez y Medina, de los primeros doctores de Salamanca». (46)

No es fácil interpretar el significado de ese oficio que se atribuye a Calasanz: ayudante de estudio. Parece ser típicamente italiano, o al menos romano, pues lo hemos visto aludido expresamente en 1684 por el cardenal Albizzi, como equivalente a bibliotecario y amanuense o secretario Los biógrafos italianos no aclararon mucho la cuestión, pues Armini repitió simplemente el término, Talenti habló de «compañero y ayuda de los propios estudios», y Tosetti dijo «compañero de habitación, mesa y estudio». (48) Pero el P. José Jericó, contemporáneo de Talenti y Tosetti, había escrito ya a mediados del siglo XVIII: «Dicen comúnmente nuestros escritores que [Calasanz] había sido Maestro de Pages del Ilmo. Sr. D. Gaspar Juan de la Figuera, hallándose obispo de Jaca este Prelado…». (49) Otras voces repitieron la idea relacionándola siempre con el obispo de Jaca, La Figuera. (50)

Sin embargo, tenía razón Catalucci al decir que el joven Calasanz había sido ayudante de estudio no del obispo de Jaca, sino del de Barbastro, es decir, don Felipe de Urríes y Urríes. Y lo curioso del caso es que ya en vida del mismo Calasanz, a principios del siglo XVII, al escribirse y editarse algunos esbozos biográficos del «santo y docto» obispo dominico, junto a su administrador y limosnero Fray Andrés de Medina, empezó a figurar otro personaje anónimo, encargado de la educación de los pajes de palacio, definido incluso expresamente como maestro sacerdote, y que cabría identificar con el enigmático ayu da te de estudio, es decir, José Calasanz. Léase:

«Obligaba [el obispo Urríes] a estudiar a sus pajes, criándolos desocupados, para que, cuidadosos, se ocuparan en el estudio y ejercicios escolásticos, decentes a personas principales de quienes se servía. Asistíales con un capellán, ‘maestro sacerdote’, a quien diesen cuenta y los enseñaba con toda disciplina y buenas costumbres». (51)

Probablemente este autor había leído a Fray Juan López, que editó su obra ya en 1613, y en ella, al hablar del obispo y «Padre Maestro fray Felipe de Urríes», decía: «Tenía pages hijos de hombres nobles y ‘un sacerdote de buenas prendas’ que les enseñasse Gramática y virtud y los criasse en buenas costumbres y mandava que les enseñassen otros exercicios propios de hombres nobles christianos». (52)

Esta escuela de palacio no era un caso excepcional, pues no faltan testimonios de su existencia en otros palacios episcopales de la época. Así, por ejemplo, al proponer Felipe lila desmembración de Albarracín y Segorbe del Arzobispado de Zaragoza, escribía hacia 1577: «Assimismo… en su casa [del Prelado] se enseñarían y adoctrinarían los hijos de muchos principales, que sería causa para que todos le tuviessen más respeto». (53) De mayor interés es la referencia a la escuela de pajes del palacio episcopal de Plasencia, por tratarse de un manuscrito de finales del siglo XVII, intitulado: ‘Orden que ha de observar el «Maestro de Pages» en casa del Obispo de Plasencia’, compuesto en tiempos del obispo Fray José Jiménez Samaniego, O. F. M. (1683-1692).

Dada la indudable semejanza de las obligaciones y quehaceres del Maestro y alumnos de las escuelas episcopales de Plasencia y Barbastro, véanse estos párrafos en los que podemos adivinar al joven José de Calasanz en sus funciones de Maestro de niños en Barbastro:

«Acabada la Misa el Maestro de pages los ha de llevar a su cuarto y darles lección de Gramática, que durará una hora. Y luego se les dará el desayuno, etc. En la antesala [del Sr. Obispo] ha de estar el Page de Guarda, sentado junto a un bufete, estudiando en su Arte [quizá el Arte de Nebrija], o leyendo en algún libro devoto… En el ínterin, los demás Pages han de estar recogidos en su cuarto estudiando, leyendo o escribiendo; y a todos los que no fueren de Guarda hará el Maestro que escriban una plana por la tarde o mañana, para que se vayan habituando a escribir… Uno de ellos leerá a la mesa [del Sr. Obispo] en el libro que el Prelado señale, para lo cual tendrá la lección bien aprendida. Al toque de la «Avimarías» (sic) en invierno y en verano, han de acudir todos a la Capilla o Oratorio a rezar la Corona de la Virgen, que dirán a coros con devoción y pausa. Acabada la Corona irán al cuarto del Maestro, donde les dará la segunda lección por el espacio de otra hora, etc. Cuidará el Maestro de que sepan muy bien la Doctrina Christiana, con conveniente intelligencia, y los instruirá en la vida devota y de oración, etc.». (54)

Es verosímil que la expresión «ayudante de ‘estudio’» (‘aiutante di studio’), recogida en la ‘Breve Notizia’, saliera de labios del anciano Calasanz evocando su «magisterio» en Barbastro, o que al menos usara la palabra «estudio» en sentido de «escuela». En Barbastro, en aquellos años, existía una escuela de Gramática, (55) que llamaban normalmente «estudio mayor». (56) Calasanz no fue maestro de esta escuela, sino de la de palacio, restringida a los pajes, pero el término «estudio» en este caso parece más probable que se refiriera, por analogía, a «escuela de gramática» y no a los estudios privados del obispo, como entendieron los antiguos biógrafos calasancios. Es sugestivo imaginar a José de Calasanz a sus veintiséis y veintisiete años como «maestro sacerdote» en el palacio episcopal de Barbastro, aunque sus alumnos fueran nobles y de gramática y no pobres y de leer y escribir, como serán más tarde los de Santa Dorotea en el Trastíber romano.

7. Otras experiencias en Barbastro

En el año y medio que vivió Calasanz junto al obispo Urríes tuvo que presenciar y compartir situaciones problemáticas o simplemente enterarse de conflictos y pleitos que no faltan nunca en las curias episcopales. Eran experiencias nuevas, casos y cosas de la vida eclesiástica de su época, algunas relacionadas con la vida religiosa en su aspecto menos ejemplar y agradable, pero real. No todo era virtud, santidad, piedad profunda, pobreza, caridad como se transparentaba en la conducta del dominico Urríes y demás frailes que le acompañaban. Pero todos los aspectos, los buenos y los malos, empezaban a acumularse como experiencias en el alma de quien un día sería fundador de una Orden religiosa.

La primera firma que estampó Calasanz como familiar del Obispo de Barbastro, el 10 de febrero de 1584, nos lo presenta como testigo fehaciente de la sentencia definitiva, dada por Urríes, a un largo pleito monástico. El 9 de octubre de 1576 había sido depuesta la priora del Monasterio de Alguayre, doña Jerónima de Mongay, y encerrada en una celda por orden del Gran Prior de la Orden de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, en Cataluña, fray Agustín de Argensola. Se la había acusado de graves irregularidades en la administración de las rentas del monasterio, de faltas de observancia, de complicidad con los bandoleros que por aquellos años merodearon por Alguayre y por las cercanías de Lérida. Estaba también complicado en estos conflictos particularmente en las batidas y componendas con los bandoleros, el hermano de la Priora, mosén Juan de Mongay, Procurador del Monasterio.

Intervinieron en el asunto varios jueces eclesiásticos y se sucedieron diversas apelaciones, interesándose también las jerarquías civiles de Cataluña, por orden de Felipe II. Al fin apeló la Priora al Nuncio Apostólico, quien encomendó la causa al Obispo de Barbastro, don Felipe de Urríes. Y «el dicho Obispo de Barbastro por su auto o sentencia repuso todo lo hecho y attentado por el dicho Prior de Cataluña y mandado restituir a la dicha Priora en la possessión del dicho su Priorato de que había sido desposeída». (57) Y al pie de esa sentencia firmó como testigo José Calasanz.

La creación de la diócesis de Barbastro en 1571 se hizo a expensas de las de Huesca y Lérida y parte de las rentas de los monasterios de Montearagón y San Victorián. Concretamente de este último se anexionaron a la nueva diócesis 51 pueblos, cuya jurisdicción tanto espiritual como temporal había pertenecido a la famosa abadía. (58) Todo ello no se hizo sin protestas, apelaciones, pleitos y demás complicaciones. Y siendo Fray Felipe de Urríes el primer obispo de la nueva diócesis, tuvo que arrastrar durante su pontificado las consecuencias de todo ello. Todavía en los años 1584 y 1585, cuando Calasanz era su familiar, continuaban los pleitos con el Abad y Monasterio de San Victorián, con intervención personal de Felipe II, que fue el promotor de este y otros nuevos obispados, como el de Jaca, Albarracín, Solsona, etc.

En 1610 escribía Labaña concretamente de la Villa de Graus: «la jurisdicción civil es del obispo y la criminal es de Ribagorza, porque siendo toda de San Victorián, los abades encomendaron la criminal a los condes de Ribagorza y la civil quedó ahora al obispo, cuando se hizo la separación». (60) Tuvo Urríes particular predilección por esta Villa, en la que se había fundado a mediados de siglo el Santuario de Nuestra Señora de la Peña, cuya iglesia empezó a construir él mismo, y la terminó hacia 1650 el obispo de Huesca don Esteban de Esmir, hijo de la Villa. (61)

En los últimos años de su vida, precisamente aquellos en que era su familiar José de Calasanz, aquejado de dolorosa enfermedad, se desentendía del ministerio de la predicación y se retiraba con frecuencia a Graus. Y esta situación provocó las quejas del cabildo, que recurrió a sus procuradores en Roma, en carta del 6 de diciembre de 1584, acusándole no sólo de que descuidaba la predicación, sino también de otras cosas referentes a las rentas y primicias de la diócesis; que «residiendo casi siempre en su villa de Graus, no dejaba poderes bastantes al Vicario general para administrar justicia…; que intentaba la omnímoda jurisdicción y punición sobre los canónigos y que daba beneficios sin contar con el cabildo…». (62)

Particular interés presenta la última acusación, de la que luego se dice: «Sus desavenencias con el cabildo acerca de la provisión de dignidades y canongías vacantes en los meses ordinarios, se arreglaron por medio de una concordia, en que se dispuso que el Obispo y el cabildo las proveyesen alternativamente, concurriendo ambos a la colación… Sixto V confirmó esta concordia por su bula dada en Roma en las calendas de mayo de 1585». (63)

El joven sacerdote de Peralta fue testigo de estas «desavenencias», y, a pesar de la concordia confirmada por la bula papal, volverán a surgir en años posteriores, precisamente cuando el mismo José Calasanz desde Roma intentará conseguir una canonjía vacante en la catedral de Barbastro. Afortunadamente no la consiguió.

Como familiar que fue, es lógico pensar que acompañara a veces a su obispo en sus frecuentes visitas y permanencias en Graus, y concretamente en el Santuario de Nuestra Señora de la Peña, uno de los primeros de la larga lista que irá formando en España y en Italia, acrecentando con ello su profunda devoción mariana.

8. De Barbastro a Monzón

El 18 de junio de 1585 murió santamente Fray Felipe de Urríes (64) y Calasanz comprendió que con su muerte había terminado la razón de su permanencia en Barbastro. Pero ¿adónde ir? Mientras vivía su padre no quería alejarse demasiado de Peralta. Y Urgel estaba excesivamente lejos. Es cierto que desde su ordenación de subdiácono (18 de diciembre de 1582) gozaba de un beneficio eclesiástico en la Colegiata de San Esteban de Monzón, de la diócesis de Lérida, pero era exiguo y no residencial. Y quien probablemente intervino en su concesión podría terciar otra vez o al menos aconsejarle en esta nueva encrucijada. Era el Dr. don Bartolomé Calasanz, Oficial Eclesiástico y prior de la Iglesia parroquial de Santa María del Romeral de la Villa de Monzón desde 1582. (65) Y todo nos hace pensar que era pariente de los Calasanz de Peralta. (66)

Precisamente, en la iglesia de Santa María del Romeral de Monzón iban a celebrarse las Cortes de la Corona de Aragón, presididas por Felipe II, y estaba fijado el día de su solemne inauguración para el 28 de junio, exactamente diez días después de la muerte del obispo Urríes. Allí debían acudir todos los obispos de Aragón, Cataluña y Valencia o sus procuradores, junto con los representantes de los cabildos catedralicios, abades y otros miembros del clero que formaban el «brazo eclesiástico». Era, pues, una ocasión propicia para encontrar benévola acogida junto a algún prelado de sede cercana a Peralta, mientras durara la situación familiar de Calasanz.

No sabemos las fechas en que dejó Barbastro y llegó a Monzón. Lo lógico es suponer que estuviera presente en las honras fúnebres de su prelado protector y preparara luego sus cosas para su traslado definitivo de Barbastro, sin excluir que pasara unos días en Peralta con su padre y familia, mientras decidía su futuro inmediato.

Por esas mismas fechas Barbastro era un hervidero de gentes que venían a buscar alojamiento durante las Cortes Generales de Monzón. «En esta ciudad —escribía Cock en sus anales—, haciéndose Cortes en Monzón, está alojada la guarda de los arqueros [a la que pertenecía Cock]; aquí tienen sus casas los trompeteros de su majestad. Todos los embajadores de los príncipes que siguen la Corte de su majestad tienen aquí las mejores casas…». Y nombra al nuncio apostólico y los embajadores del emperador, de Francia, Polonia, Venecia, Florencia, Ferrara, Mantua, Urbino, Parma, Génova, Saboya y Lorena. (67) El aire festivo de los arqueros y trompeteros reales y la pompa cortesana de los embajadores, debió contrastar con la atmósfera callada y de luto, impuesta por la muerte y funerales del obispo Urríes.

La grandiosidad del momento histórico, y la particular solemnidad de la llegada del rey Felipe II y la apertura de las Cortes, era un espectáculo digno de verse. Y seguramente no se lo quiso perder Calasanz. Y desde Barbastro, siguiendo el camino junto al Cinca —«dos leguas grandísimas», anotaba Cock (unos dieciocho kilómetros)—, o desde Peralta, por la ribera del Sosa —unos veintidós kilómetros—, llegaría a Monzón, para asistir puntualmente a aquella hora histórica. «El viernes 28 de junio —precisaba Cock—, a las cuatro, después de comer salió su majestad en público en Santa María, para proponer las Cortes que habían de celebrar los grandes del reino». (68)

9. Monzón y las Cortes de 1585

En 1611 escribía J. B. Labaña en su Itinerario del Reino de Aragón: «Monzón es una villa de 500 vecinos, asentada al pie de unas peñas en lo alto de las cuales hay un castillo antiguo arruinado… Es noble lugar por razón de las Cortes que en ella acostumbraban tener los reyes de los tres reinos de Aragón, Cataluña y Valencia… siendo las últimas que tuvo en ellas el rey don Felipe II en el año 1585… la iglesia colegial fue erigida en el agosto pasado de 1610. Había otra colegial antigua en la villa, en la iglesia de San Esteban, la cual se suprimió y levantó ésta, que es la mayor de Santa María y muy antigua, según su fábrica». (69) Glosemos.

Todavía hoy puede admirarse la imponente mole del castillo de origen moro, que desde el siglo XII perteneció a los templarios y sirvió de «prisión» a Jaime I en su infancia. Al suprimirse los templarios, pasó a la Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, formando una Encomienda que perduró hasta el siglo XIX, aunque el castillo estaba ya en ruinas en la época de las Cortes de 1585. Debido a su carácter políticamente neutral, por ser Encomienda eclesiástica, (70) fue elegida ya en tiempos de Jaime I para sede de las Cortes Generales de la Corona de Aragón.

En 1610, dice Labaña, la iglesia de Santa María del Romeral, sede de las Cortes, fue convertida en Colegiata, que lo era entonces la de San Esteban. Y así lo constataba Cock en 1585: «En su colegial iglesia, dedicada a San Esteban —dice—, se sustentan doce canónigos, cuyas prebendas hicieron y fundaron los mismos vecinos». (71). Y de esa colegiata era beneficiado desde 1582 —si no antes— nuestro protagonista José de Calasanz. (72) Hoy no queda ni rastro de esa antigua colegiata, mientras la nueva de Santa María del Romeral sigue todavía en pie, con su espléndida torre mudéjar y su interior gótico, recientemente restaurado con admirable maestría y buen gusto.

Si como señorío o encomienda eclesiástica estaba territorialmente enclavada —entonces como ahora— en el Reino de Aragón, sin embargo, como bien hacía notar Cock, «todo lo eclesiástico pertenece al obispo de Lérida, en cuya diócesis está la villa». (73) Y esto, tanto ahora como entonces.

En aquellos primeros días del verano de 1585, cuando José Calasanz merodeaba por las viejas calles de Monzón, podía encontrar fácilmente personajes ya conocidos, como el obispo de Barcelona, don Juan Dimas Loris, que presidía las Cortes de los catalanes por delegación del Arzobispo de Tarragona, ausente por enfermedad, que siendo obispo de Urgel le había conferido la primera tonsura clerical diez años antes en el Santuario del Santo Cristo de Balaguer; los canónigos de Lérida Pedro Margalef, Vicario General y canciller de la Universidad, y Baltasar Rajadell, representante del cabildo; don Guillermo Juan de Iborra, procurador de don Felipe de Castro y Cervelló, barón de la Laguna y señor de Peralta de la Sal; don Gaspar Juan de la Figuera, obispo de Albarracín y electo de Lérida, que le había ordenado de diácono en Fraga el sábado santo de 1583; y probablemente conocidos también, los infanzones Juan de Bardaxí, señor de Ramastué, de la villa de Benabarre, como Bernardo de Puy, vecino también de Benabarre; Jaime de Barber, de Binéfar; Francisco Claramunt, de Estadilla; Francisco de Ager, de Tamarite, etc. (74)

Conocería también a otros con quienes más tarde tendría que convivir, como Fray Andrés Capilla, Prior de la Cartuja tarraconense de Scala Dei y futuro obispo de Urgel; los canónigos Luis Esquerrer y Miguel Aymerich, procurador del obispo de Urgel, Fray Ambrosio de Moncada, impedido, y Sebastián Moles, representante del Cabildo urgelitano. (75) Con ellos volvería a encontrarse pronto cuando se incorporara a su diócesis de Urgel, precisamente al servicio directo del Cabildo.

Pero entre todos los personajes presentes en Monzón, quien más excitó su curiosidad y conmoción profunda fue indudablemente el rey Felipe II, a quien acompañaba su hijo y sucesor el «príncipe de España don Felipe, siendo ya de siete años y medio», como precisaba Cock, (76) y su hermana la Infanta Isabel Clara Eugenia, con todo el amplio séquito de damas y caballeros de la Corte.

Aquella magna asamblea, tan heterogénea en su composición, sólo tuvo en común el acto solemne de la inauguración, en el que el Rey hizo leer su discurso inicial. En los días sucesivos cada una de las naciones o reinos de Aragón, Cataluña y Valencia tenían sus propias sesiones y seguían su propio ritmo, divididas a su vez en tres brazos o estamentos, distribuidos en el interior de la Iglesia o en su claustro adjunto. (77)

No sin cierto realismo pesimista resumía el cronista Cock en pocas líneas lo ocurrido en las Cortes durante los primeros meses: «Desde el principio de las Cortes hasta el mes de octubre no hicieron otra cosa ninguna en ellas, sino todo se pasó en cuestiones y porfías sobre los asientos, solicitándolos para cosas importantes los señores: el conde de Chinchón, por el rey; el conde de Sástago, por el reino de Aragón; el conde de Miranda, por Cataluña, y por el reino de Valencia, don García de Mendoza». (78)

Naturalmente, no todo se redujo a «cuestiones y porfías» entre los condes representantes del rey y sus reinos de la Corona de Aragón para solicitar la atención del Monarca en los graves asuntos de cada uno de ellos. Con mayor o menor calma se trataron los muchos y espinosos problemas que afectaban a cada una de las tres «naciones», o los que eran de interés general. (79) Pero son temas que van más allá de nuestro marco histórico, salvo los «sucesos de Ribagorza» y el bandolerismo, y el amplio programa de reforma monástica que preocupaba al Rey. De ambos temas seguiremos hablando.

10. Al servicio del Obispo de Lérida

De la presencia de José Calasanz en Monzón, durante las Cortes Generales de 1585, nadie supo nada entre los escolapios hasta que en 1690 el P. Armini —que tenía concluido el manuscrito de su ‘Vita del Servo di Christo P. Giuseppe della Madre di Dio…’, ya en 1686— tuvo referencias de su intervención en cierta reforma de los agustinos españoles y pidió informes al P. Agustín Passante, que se encontraba en Barcelona. El P. Passante hizo sus pesquisas y mandó a Roma la carta del prior de los agustinos de Toledo en que se copiaba una declaración personal del Fundador de las Escuelas Pías, hecha en 1637, que había sido editada en 1664. (80) He aquí el texto íntegro de esta interesantísima declaración, en la que el anciano Calasanz, a sus ochenta años y a cincuenta y dos después de los hechos, recuerda con admirable precisión fechas, nombres y sucesos de que fue testigo:

«El año de mil quinientos y ochenta y cinco, bolviendo el Rey Felipe Segundo de Barcelona, hasta donde acompañó a la Alteza del Duque de Saboya y a la Infanta de España, mujer de la dicha Alteza, vino el dicho Rey a Monçón a tener las Cortes o Estado para los tres Reynos de la Corona de Aragón. Hallóse allí, entre otros Prelados, don Gaspar de la Higuera, natural de Fraga, Obispo de Albarracín y electo ya de Lérida: a cuyo Palacio vino a posar un Padre llamado Aguilar, del Orden de San Agustín, gran predicador y pequeño de cuerpo: y me parece que era de aquellas partes de Sevilla y estuvimos ambos en compañía en Monçón, en servicio del dicho Obispo. Este Padre Aguilar comenzó a tratar con el dicho Obispo de la Reforma de su Religión y el dicho Obispo con el Confesor del Rey Phelipe Segundo, llamado el Padre Chaves del Orden de Santo Domingo, trató desta Reforma y por este medio se comunicó después con el Rey: el qual diputó una Congregación para ajustar este negocio y hallávanse en ella el dicho Obispo, el dicho Confessor del Rey y el Conde de Chinchón, el Justicia de Aragón y el dicho Padre Aguilar: y aviéndose juntado diversas vezes, resolvieron, al último, el modo que se devía tener y Yo fui llamado, como Secretario, para hazer los despachos, que se avían de embiar a Roma: y esto fue el mes de Agosto o setiembre del dicho año de 1585: y los papeles fueron embiados por orden del Rey a su Embaxador. El dicho Obispo fue entonces electo con Breve Apostólico Visitador del Convento o Santuario de la Santísima Casa de Monserrate, y Yo fui con él por su Confessor y Examinador. El dicho Obispo murió en dicha visita y Yo me bolví a mi patria: y no he sabido otra cosa deste negocio, hasta tanto que vide la Reforma començada, a la qual Dios dé continuo aumento de espíritu y de fervor. Yo Joseph de la Madre de Dios, Ministro General de las Escuelas Pías, afirmo averme hallado en el sobredicho tiempo en Monçón y ayer escrito de mi mano los papeles referidos y por ser verdad he firmado la sobredicha relación en Roma, a catorze de Diziembre de mil seiscientos y treinta y siete». (81)

De este largo informe parece desprenderse que Calasanz entró al servicio de La Figuera junto con el P. Aguilar, a raíz de la propuesta de reforma agustiniana y que ocurrió en agosto o septiembre. Es probable que dicho obispo estuviera ya presente en el acto solemne de la apertura de las Cortes, en la tarde del 28 de junio. Documentalmente consta que el 13 de dicho mes escribía desde Huesca (de cuya Universidad era Visitador) al cabildo de Lérida, comunicándole su nombramiento y su próxima partida para Monzón, (82) y que el 8 de julio le volvía a escribir, ya en Monzón. (83) Calasanz tuvo, pues, al menos todo el mes de julio para conseguir entrar al servicio del electo obispo de Lérida.

Quizá confiaba encontrar en las Cortes a su Obispo para solucionar la situación de «desempleo» en que le había dejado la muerte de Urríes. Pero fray Hugo Ambrosio de Moncada no acudió a Monzón. Hubo, pues, de tratar el asunto con sus procuradores, tal vez presentándoles ya la solución de su adscripción al servicio del obispo de Lérida. Pero ¿quién intervino para conseguirle este puesto?

La respuesta no parece muy difícil. Cabría suponer, en primer lugar, una recomendación directa de los procuradores del obispo de Urgel, o una carta personal de dicho obispo, ausente e impedido. No es inverosímil que el P. Aguilar, admitido en el palacio de La Figuera por el asunto de la reforma, presentara al joven Calasanz como apto colaborador, cuyas dotes pudo conocer muy bien en el Estudio General de Lérida, en que fue catedrático de Sagrada Escritura en los años en que Calasanz terminaba su carrera eclesiástica. (84) La expresión «estuvimos ambos en compañía, en Monçón, en servicio del dicho Obispo», da un matiz de relaciones personales, que avala la hipótesis propuesta. Pudo también tener su importancia el recuerdo cariñoso del obispo de haberle ordenado de diácono en Fraga, como también posibles relaciones familiares o de simple amistad entre La Figuera y los Agostí de Fraga, emparentados con el cuñado de Calasanz, de Benabarre. (85) No hay que olvidar la posible recomendación del doctor Bartolomé Calasanz, prior de Santa María del Romeral y Oficial Eclesiástico de Monzón.

Tenemos, pues, a José de Calasanz familiar de otro obispo, a cuyo servicio estará por poco tiempo, pero hasta su muerte, como le ocurrió con el de Barbastro.

11. Mons. de La Figuera y la reforma monástica

Una de las personalidades más relevantes entre el numeroso clero titulado, reunido en las Cortes de Monzón, era sin duda don Gaspar Juan de la Figuera (1537-1586). De él escribió fray Ramón de Huesca el siguiente elogio:

«Este Prelado nació de familia noble en la villa de Fraga, en el Reino de Aragón. Desde la primera edad, manifestó ingenio sublime y grande inclinación a las ciencias y a la virtud; los progresos que hizo en ambas líneas le merecieron una Canongía y el Arcedianato de Teruel en la Iglesia Metropolitana de Zaragoza cuando aún era Regular [Canónigo Regular de San Agustín]. Fue predicador insigne y uno de los sujetos más acreditados de su tiempo. Informado de sus méritos, el Rey Católico Don Felipe II le nombró Obispo de Jaca, de que tomó posesión el año 1578 y en el mismo comenzó la Visita de su diócesis». (86)

Hizo en verdad mucho aprecio de sus dotes y méritos el rey Felipe II, que le eligió sucesivamente para obispo de Jaca (1578-1583), Albarracín (1583-1585) y Lérida (1585-1586), y le encomendó, además, la visita-reforma de la Universidad de Huesca (1584-1585). Como obispo, visitó su diócesis de Jaca y celebró un sínodo en la de Albarracín. No pudo hacer nada en Lérida por su prematura e inesperada muerte a sus cuarenta y nueve años, en pleno vigor de sus fuerzas.

Pero de todas sus incumbencias la que más interesa a nuestro propósito es su peculiar dedicación a la reforma de religiosos, y ello por expresa voluntad también de Felipe II, que tanto se preocupó durante su larguísimo reinado de la reforma de regulares. La primera experiencia de La Figuera, siendo obispo de Jaca, fue la Visita-Reforma del célebre Monasterio benedictino de San Juan de la Peña, que llevó a cabo en septiembre de 1581. (87) La segunda le fue encomendada durante las Cortes de Monzón, referente a los agustinos. Y la tercera y última la tuvo en Montserrat, donde acabó sus días, pero no la visita. Y en las dos últimas tuvo a su lado, como colaborador, a José de Calasanz en sus todavía jóvenes veintiocho años.

Las tres intervenciones de La Figuera en cuestiones de reforma monástica no son algo aislado, ni siquiera en la política religiosa de Felipe II, sino que se encuadran en una corriente mucho más vasta y de carácter general.

Todo comenzó en el siglo anterior, en Italia, con las llamadas «Congregaciones de observancia» que emprendieron la reforma de la vida religiosa, volviendo a la austeridad de las Reglas primitivas. En España fue acogido este movimiento y particularmente fomentado por el cardenal Cisneros y los Reyes Católicos. La reforma dio lugar en el seno de cada Orden a una división de sus conventos o monasterios en «observantes» y «claustrales o conventuales»: los primeros habían aceptado la reforma y los segundos se mantuvieron fieles a sus normas y costumbres, tal como se habían ido transformando a través de los siglos. Esta división interna produjo no pocos conflictos y desavenencias.

En España, la reforma prendió con pujanza en el reino de Castilla, de donde pasó a la Corona de Aragón, no sin las oposiciones consiguientes al hecho mismo de la reforma por sus austeridades y exigencias, y excitando además una no disimulada actitud de hostilidad por parte de los de la Corona de Aragón, que sentían herida su sensibilidad nacionalista por lo que juzgaban injerencia centralista y subterfugios de castellanización. El fenómeno fue común a todas las Ordenes antiguas, como benedictinos, canónigos regulares, cistercienses, franciscanos, dominicos, ermitaños de San Agustín, carmelitas, trinitarios, mercedarios… (88)

Felipe II dio un impulso extraordinario a este movimiento de reforma, y precisamente en las Cortes de Monzón de 1585 manifestó su interés y preocupación, (89) en especial por los agustinos y los benedictinos de Montserrat, cuya reforma encomendó a La Figuera, quien se valió para ello de los servicios de José de Calasanz.

12. La reforma de los agustinos

Los agustinos tenían tres provincias en nuestra Península: Castilla, Portugal y la Corona de Aragón. La primera acogió con éxito la reforma, pero las otras dos se mostraron reacias. Felipe II estaba decidido a introducir la «observancia» en la Corona de Aragón y para ello se fijó en una de las figuras más egregias de la Provincia de Castilla para que fuera Reformador y Vicario General de la Provincia de la Corona de Aragón. Era el P. Fray Rodrigo de Solís, prior de Sevilla y definidor de la provincia castellana.

Debiendo contar siempre con el beneplácito de la Santa Sede, escribía Felipe II a su embajador, con fecha del 9 de marzo de 1568, solicitando las bulas o breves pertinentes:

«Será necesario se tomen para este officio, de los frayles reformados de la provincia de Castilla, pues en ella havrá el cumplimiento de frayles que se requiere, etc. Al P. Fray Rodrigo de Solís se le dará particular y expressa facultad [en el Breve pontificio] que pueda llevar de acá de Castilla tantos frayles de buena y exemplar vida y entre ellos tantos predicadores como fueren menester para que sean elegidos priores y en otros officios necesarios a la reformación de aquellas casas y monasterios [de la Corona de Aragón]». (90)

Entre los cincuenta religiosos castellanos elegidos por el P. Solís para esta empresa (91) figuraban los PP. Francisco Mansilla, Francisco Castroverde, Diego de Orellana, Rodrigo de Ayala, Hernando de Peralta, Juan de Tolosa, Gaspar de Sama y Francisco de Aguilar. Este último fue elogiado por Calasanz como «gran predicador», garantizando con ello que se cumplían los deseos del Rey que pedía que fueran predicadores.

Al morir el P. Solís a principios de 1583, todos los conventos que tenía la Orden en la Corona de Aragón habían sido reformados. Le sucedió como Reformador y Vicario General el P. Francisco Mansilla, primer Provincial de la Observancia en Aragón, quien reunió Capítulo Provincial en Valencia, en mayo de 1583. Fue elegido nuevo Provincial el P. Juan Gregorio Satorre —antes «claustral»—, siendo exonerado de su cargo el P. Mansilla al ser abolido por Roma el título y oficio de Reformador y Vicario General. El P. Mansilla se volvió a su Provincia de Castilla. Más todavía, poco a poco, el nuevo Provincial, acuciado por los oriundos de la Corona aragonesa, fue desplazando a los castellanos «observantes» de sus puestos de mando y sustituyéndolos por «ex claustrales» de la Corona de Aragón. (92) No hubo brusquedades, ni provocaciones, ni alardes de represalias, pero lo cierto es que el arrinconamiento de los «castellanos» pareció que llevara consigo implícitamente el de la «observancia», y en cierto modo así era. (93) Cundió la alarma entre los que quedaban del grupo de «reformadores», cuyo representante —el P. Aguilar, prior de Lérida— se llegó a Monzón para conseguir de Felipe II un frenazo a lo que se creía el fin de la reforma por él promovida.

No pretendía el P. Aguilar presentar su problema como asunto para tratarse en las Cortes. No lo trataron de hecho. Quiso sencillamente aprovechar la coyuntura de que en Monzón, que “está de Lérida a seis leguas” (94) —y el P. Aguilar residía en la ciudad del Segre como prior del convento de agustinos y catedrático de la Universidad—, se hallaban algunos personajes muy interesados desde un principio por la reforma agustiniana en la Corona de Aragón. Y eran, además del rey, Juan de Lanuza, Justicia de Aragón, y el nuevo obispo de Lérida, Mons. La Figuera. (95) Ambos le aconsejaron que hablara con el confesor del rey, el dominico P. Diego de Chaves, a quien presentó un Memorial, escrito por Calasanz; (96) el P. Chaves —escribe el P. Aguilar al Rey— «me embió al conde de Chinchón al qual yo he dado cuenta de todo lo que en este memorial digo y del medio por el qual me pareze a mí que se podrá bien reparar el daño y es muy necessario que por esta razón o por otra vía que fuere del gusto de Vuestra Magestad se ponga remedio en él para el capítulo venidero que se celebrará en esta provincia a 22 de abril del año siguiente de 1586». (97)

El Rey —precisaba Calasanz en su atestado de 1637— «diputó una congregación para ajustar este negocio y hallábanse en ella el dicho Obispo, el dicho Confesor del Rey, y el Conde de Chinchón, el Justicia de Aragón y el dicho Padre Aguilar», y hubiera podido añadir con Dante: «si ch’io fui sesto tra cotanto senno», (98) aunque no como miembro deliberante, sino que «yo fui llamado —añade— como secretario para hazer los despachos, que se avían de embiar a Roma. Y esto fue el mes de Agosto o Setiembre del dicho año de 1585. Y los papeles fueron embiados por orden del Rey a su Embaxador». (99)

Estos despachos autógrafos de Calasanz aún no se han encontrado, a pesar de las pesquisas, pero su contenido nos es perfectamente conocido, pues junto con ellos y con fecha del 21 de septiembre mandaba el Rey una carta a su embajador Olivares, en la que «ofrece la síntesis de las resoluciones o acuerdos de la congregación por su mandato adunada para repristinar la observancia agustiniana en los monasterios de la Corona de Aragón». (100) Además, el secretario de la embajada romana hizo a su vez una síntesis de las peticiones, que expresaba al Rey en la referida carta de Olivares. Léase:

«Sumario: Su Magestad 21 septiembre 1585.
Monçon. Secretario Gassol.

Que se nombre por Vicario General de la Provincia de Aragón en la Orden de San Agustín a frai Francisco Mansilla de la dicha Orden, natural de Córdova, con la misma autoridad i poder que tuvo frai Rodrigo de Solís en el tiempo que la reformó. O a frai Gaspar de Saona que está en Barcelona. O a frai Hernando de Peralta. Con declaración que si antes que se acabe la reforma muriese el que fuere nombrado por Vicario General, pueda su Magestad nombrar uno de los otros dos para que la acabe, a al que la provincia de Castilla le pareciere. Que tenga el Vicario General facultad de unir monasterios de los que por su pobreza no pueden guardar observancia. Que pueda tomar dos Religiosos de la Provincia de Castilla, los que quisiere. Que todo se haga con recato y secreto». (101)

Eso fue todo lo tratado y decidido en Monzón por aquella comisión especial, nombrada por el rey, pero que nada tuvo que ver con la temática que se agitaba en las Cortes. Ni parece acertado reducir la intervención de Calasanz a la escueta redacción de los «despachos» que se enviaron a Roma y que fueron la conclusión de la junta, pues su colaboración empieza antes de la designación de sus miembros, al redactar la «Suma del Memorial» que se dio al P. Chaves en la etapa preparatoria. (102) Además, su oficio de secretario exigía lógicamente una presencia normal y continua en todas las sesiones de la junta.

ÍNDICE

13. Otra confusión histórica

La relación firmada por Calasanz el año 1637 terminaba así: «El dicho obispo [La Figuera] murió en dicha Visita [de Montserrat] y Yo me bolví a mi patria; y no he sabido otra cosa deste negocio, hasta tanto que vide la Reforma començada». (103) Quien publicó por primera vez esta relación en 1664 fue fray Andrés de San Nicolás en su ‘Historia General de los Religiosos Descalzos de la Orden de los Hermitaños… de San Agustín’, creyendo que «lo tratado en la citada junta de Monzón se refiriese a la Descalcez o Recolección Agustiniana. Como, por lo mismo, es muy natural que los autores que, después de dicho cronista, han escrito sobre la fundación de la Recolección e igualmente los biógrafos del Santo Fundador de las Escuelas Pías, interpretaran del mismo modo este documento…». (104)

La confusión, en efecto, era fácil, pues tres años después de la junta de Monzón, en 1588, se celebró en Toledo un Capítulo de la Provincia de Castilla, presidido por el P. General fray Gregorio Petrochini, en el que se decidió el nacimiento de los conventos de Recoletos. Como en Monzón y en Toledo se habló de «reforma agustiniana», se creyó que estaban ambas en estrecha relación de dependencia. Tanto los recoletos como los escolapios, según su punto de vista, sentían justificada satisfacción por la intervención de San José de Calasanz en el origen de dicha reforma agustiniana. (105) Eran, sin embargo, dos reformas totalmente distintas e independientes.

En efecto, mientras el correo real llevaba a Roma los «despachos calasancios» y demás cartas de Felipe II, y el embajador Olivares, el general de los agustinos, P. Espíritu Vicentino, y el papa Sixto V trataban el asunto de la reforma en la Corona de Aragón, el obispo Gaspar Juan de la Figuera y José Calasanz dejaban Monzón y se encaminaban hacia Montserrat a últimos de octubre del mismo año 1585, despreocupándose por el momento de aquel problema, pues otros más serios les esperaban en el monasterio benedictino.

No hubo Breve papal. La solución quedó en manos del General de la Orden, quien escribió a Felipe II, con fecha del 4 de noviembre, manifestándole en primer lugar su extrañeza de que en dos años y medio que llevaba de Provincial el P. Satorre no hubiera llegado a sus oídos ninguna queja de inobservancia, ni por parte de castellanos ni de aragoneses. Se proponía visitar personalmente las provincias de España para aplicar el remedio oportuno. Recordaba al rey que había recibido muchas quejas, años atrás, de los de Aragón y Cataluña, pues después de tantos años de reforma, tenían que estar sometidos, como niños inmaduros, al dominio de los castellanos, con infamia y deshonor, pues, siendo una provincia «reformadísima», era insoportable estar bajo el yugo de los castellanos, dado que en Castilla no había más observancia que en la Corona de Aragón. (106)

A pesar de estas quejas, el General daba su solución, no exactamente como la pedía el Rey, pero sumamente prudente: de la terna presentada escogía al P. Saona, razonando la exclusión de los otros dos; le nombraba Comisario y no Reformador y Vicario General, como pedía el Rey, y sólo hasta el próximo Capítulo Provincial, para el que faltaban unos meses. No se aludía a los omnímodos poderes que tuvo el P. Solís, ni se nombraba para nada ni Castilla ni castellanos. (107)

Al celebrarse el anunciado Capítulo, fue elegido Provincial el P. Saona, cesando el cargo de Comisario. Y a este trienio de Provincialato (1586-1589) siguió luego otro (1592-1595). Esta continuidad en el cargo supremo de la Provincia de la Corona de Aragón es garantía de que se mantuvo en vigor la «observancia», uno de cuyos principales promotores había sido desde los principios el P. Saona. Por otra parte, el P. Aguilar siguió en su convento de Lérida de prior, al menos en el trienio de 1586-1589, y en él murió en 1613. (108) Pero ni Saona ni Aguilar pasaron a la «reforma de la Recolección», surgida en Toledo en 1588, sino que se mantuvieron en la «observancia» hasta su muerte.

En los años en que Calasanz estuvo en su diócesis de Urgel (1587-1592), tuvo ocasión de comprobar la vitalidad de la «Reforma» agustiniana, pues en la misma ciudad de La Seo y en Puigcerdá había conventos de agustinos. Y parece absurdo pensar que no supiera distinguir entre los recoletos y los agustinos «observantes», cuyos problemas íntimos había conocido en Monzón. (109)

14. Una escapada urgente a Peralta

En uno de sus inapreciables apuntes históricos dejó escrito el P. Jericó:

«Interin que [José Calasanz] disponía el viage a Montserrat, parece se trasladó a Peralta de la Sal, su patria, en donde enfermó gravemente su padre, y el día 19 de septiembre de 1585 ordenó otro testamento cerrado, en el qual se llama Maestre Pedro Calasanz, y después de varias mandas y legados, dexa por heredero executor de su testamento y exonerador de su alma y conciencia a su amado hijo Mossén Joseph Calasanz Presbítero, habitante en el lugar de Peralta. Y añade que si al tiempo de su muerte estuviera ausente, se encarguen los testamentarios, que nombra, de dar las providencias necessarias para el cumplimiento y seguridad de sus bienes». (110)

Esta enfermedad grave de su padre, en Peralta, encaja perfectamente con una especie de peste que se declaró en Monzón y alrededores por los meses de septiembre y octubre, como anota Cock en sus ‘Anales del año ochenta y cinco’. Empieza por sí mismo diciendo: «Yo, como cayese al principio de septiembre en un tabardillo del cual no pude convalecer hasta el fin de octubre…». Y sigue: «a 10 de octubre murió el doctor Juan Fonch, presidente de Flandes…». Y el rey: «poco después [del 21 de septiembre] cayó su majestad en una calentura que le tuvo por algunos días del mes de octubre. Con todo esto, vuelto en su salud la víspera de Todos los Santos con grande gozo de todos…». Y continúan las víctimas: «El arzobispo de Zaragoza… murió el 12 de octubre con mucho espanto de todos…». Y vuelve a recordar «que habíase muerto el arzobispo, como he dicho, casi de repente, aunque tenía parecer de llegar a mucha más edad». Y añade a continuación: «Habíase muerto asimismo, mientras que durante (sic) las Cortes, muchos hombres graves…, dicen que el número de todos los muertos, así cortesanos como ‘gente de la tierra’ excedió de mil quinientas personas… En Barbastro había asimismo cada día cinco, seis o siete muertos por algunos días…». (111)

Si hubo tantas víctimas mortales no pudo menos José Calasanz que remontar los veintidós kilómetros siguiendo la ribera del Sosa y llegarse a Peralta apenas pudo, al enterarse de que su padre estaba enfermo. Hizo testamento el día 19 de septiembre y el día 21 firmaba el rey las cartas que debían acompañar «los despachos» preparados por Calasanz. No es posible concretar, por tanto, si el día 19 estaba ya en Peralta o se encontraba todavía en Monzón redactando los despachos.

La noticia nos cerciora de que en estos años Calasanz estaba al acecho, temeroso de la quebrantada salud de su padre, y por ello muy cercano a Peralta. Pocos meses después volverá presuroso a su pueblo, donde permanecerá ya casi un año hasta que muera en sus brazos. Ya hemos hecho notar, además, que en este testamento se nombra a José como «habitante en el lugar de Peralta», pues parece que no quería fijar su residencia en parte alguna mientras viviera su padre.

Este testamento nos confirma, además, el hecho de que Calasanz, al morir su hermano Pedro, no quiso ser «heredero», como dijeron los testigos. Y por ello su padre no hizo testamento hasta ahora en que se encuentra ante la muerte. Y sólo ahora le constituye heredero universal.

Era testamento «cerrado», por lo cual seguramente Calasanz no supo su contenido, ni tuvo ocasión de aceptar o renunciar —por segunda vez— a su condición de heredero universal.

Maese Pedro Calasanz salió del peligro y su hijo volvió a Monzón.

15. Camino de Montserrat

A finales de julio de 1585 había llegado a manos del rey un Breve de Sixto V por el que designaba Visitador Apostólico del Monasterio de Montserrat al obispo de Albarracín, Mons. de La Figuera, y al de Vich, Juan Bta. Cardona, con amplios poderes de decisión. (112) Ambos estaban presentes en las Cortes, como miembros del brazo eclesiástico. El de Albarracín se sabía que había sido propuesto por el rey para la sede de Lérida, pero las Bulas de nombramiento llegaron hacia mediados de septiembre. (113) Felipe II sentía preferencia por él, pues había comprobado ya sus dotes de Visitador en la Universidad de Huesca, sobre todo en el monasterio benedictino de San Juan de la Peña, y en esos meses de Cortes de Monzón llevaba entre manos la reforma de agustinos. Por tanto, el rey eligió entre los dos propuestos visitadores de Montserrat a La Figuera, a quien presentó el Breve pontificio el 21 de agosto. (114)

El Rey ‘Prudente’ quiso atar bien los cabos en todos estos trámites preparatorios y «para mayor seguridad…, y para que a los que dessean embaraçar dicha visita y la execución de ella, se les quite la ocasión de bazerlo» —como decía a su embajador Olivares—, pidió al Papa que expidiera otro Breve nombrando Visitador expresamente a don Gaspar Juan de la Figuera, (115) a quien precisamente con miras a esta Visita de un Monasterio catalán le había hecho trasladar de la sede aragonesa de Albarracín a la catalana de Lérida. (116) Cuando Sixto V firmó el nuevo nombramiento (4 de noviembre de 1585), el obispo de Lérida había empezado ya la escabrosa visita.

Diez días estuvo La Figuera madurando su decisión de aceptar el nombramiento de Visitador de Montserrat. Y no había para menos. La lectura misma del Breve pontificio que le habían entregado daba ya una idea de la gravedad del asunto, pues además de recordar la muerte del Visitador anterior hablaba de graves altercados y discordias entre los religiosos, de escándalos y delitos atroces y enormes. (117) Pero aceptó el riesgo,

A finales de agosto mandaba el rey al archivero real de Barcelona que entregara la documentación referente a la Visita de Montserrat interrumpida por la muerte del anterior Visitador y obispo de Lérida fray Benito de Tocco. El Consejo de Ciento se opuso a que dicha documentación, encerrada bajo dos llaves en un arca de pino, saliera de los límites de Cataluña, pero se cumplió la voluntad del rey, y a fines de septiembre llegaba a Monzón y se ponía en manos del nuevo Visitador, La Figuera. (118)

En las tres semanas justas que todavía permaneció en Monzón tuvo tiempo para leer despacio todos los informes, interrogatorios, cartas, alegatos y demás documentos secretos que guardaba aquella valiosa arca de pino. Y también tuvo ocasión para dialogar con el rey, con el omnipotente conde de Chinchón y demás regentes del Supremo Consejo de Aragón, sobre el intrincado problema monástico y las posibles vías de solución. Y en las horas de calma y silencio del palacio en que residía acudiría, sin duda, a hablar y comentar todo aquello con su joven confidente José de Calasanz, cuyas personales dotes le merecieron ser nombrado por el obispo visitador no sólo «familiar», junto con el diácono Miguel Juan Castanesa, (119) sino —como testificó él mismo en 1637— «su confesor y Examinador». (120)

El 20 de octubre escribía desde Monzón al cabildo de Lérida Mons. La Figuera: «Iltres Señores… Después de mañana martes [22] con el favor de Dios pienso partir para Montserrat y llegar a Balaguer el miércoles o jueves…». 121 Al salir de Monzón formaban su séquito los dos jóvenes «familiares» Calasanz y Castanesa, el secretario de la visita, don Jerónimo Pérez, (122) y los dos seglares: don Iván de Bardají, asesor del gobernador de Aragón y delegado regio para los negocios político-civiles de la visita, (123) junto con Mateo Ferro, delegado regio también, para cuestiones económicas. (124) Atrás quedaban las Cortes con todos sus problemas, y allí seguirían hasta el 2 de diciembre, en que el rey y su séquito salieron hacia Binéfar, donde se celebrarían las últimas sesiones de catalanes y aragoneses. (125)

La comitiva del Visitador pasó también por Binéfar, pero en vez de seguir el camino real hacia Lérida se desvió para entrar en Cataluña por Alfarrás, dirigiéndose a Balaguer. (126) Sin duda visitó Calasanz el Santuario del Cristo de Almatá, evocando la ceremonia de su primera tonsura clerical, hacía ya diez años. Desde Balaguer, por Bellcaire de Urgel y Fuliola, empalmarían en Vilagrasa con el camino real Lérida - Barcelona, siguiendo por Tárrega, Cervera e Igualada, (127) llegando finalmente a Montserrat el 28 de octubre, después de seis días de viaje. (128)

16. Antecedentes remotos: Valladolid y Montserrat

El problema de Montserrat tenía cierta semejanza con la reforma de los agustinos, tratada en Monzón. Ambos casos entraban en las preocupaciones del rey Felipe II por mantener el movimiento de reforma monástica, promovido por las «Congregaciones de Observancia». Y concretamente, en ambos casos los conflictos habían surgido por la reacción de los religiosos de la Corona de Aragón frente a la actitud dominadora y abusiva de los que procediendo de la Corona de Castilla habían introducido «la observancia». En Monzón se trataba de los agustinos, en Montserrat de los benedictinos.

Hacía ya casi dos siglos que había surgido en Valladolid el monasterio de San Benito con la finalidad de volver a la estricta observancia de la Regla. Y con el apoyo de los papas y de los reyes fue transformando otros cenobios benedictinos con su nueva visión de reforma, haciéndolos girar en su propia órbita hasta conseguir la creación de una Congregación independiente, cuya cabeza fue el abad del monasterio de Valladolid, por lo que se llamó «Congregación de San Benito de Valladolid». (129)

Los Reyes Católicos quisieron introducir la reforma de Valladolid en la Corona de Aragón en que había unos treinta monasterios que formaban la Congregación Claustral tarraconense, pero a pesar de sus esfuerzos sólo consiguieron su propósito en el de Montserrat (1493) y en San Felíu de Guíxols (1512). (130) Y no fue fácil. En Montserrat, el abad Juan de Peralta fue nombrado obispo de Vich, y los monjes que no quisieron aceptar la reforma fueron expulsados. Sólo quedaron tres.

A finales de junio de 1493 llegó al monasterio el Prior General fray Juan de San Juan de Luz con catorce monjes de Valladolid y tomó posesión en nombre propio y del monasterio de San Benito de Valladolid, a cuya jurisdicción quedaba sometido, como todos los de la Observancia. Y el 3 de julio fue elegido primer prior reformador fray García de Cisneros, sobrino del famoso cardenal.

La gran personalidad de fray García logró crear un ambiente de observancia ejemplar, favorecida, sin duda, por el hecho de que su comunidad venía ya reformada y no había elementos discordantes. Pero medio siglo más tarde fue impuesto como abad el ex general fray Alonso del Toro, en 1544, y al no ser aceptado benévolamente por la comunidad, renunció a su cargo y se volvió a Castilla, quejándose al general de la actitud hostil con que había sido tratado.

El general, fray Diego de Sahagún, reaccionó irritado y descargó sus iras contra los culpables, inhabilitando para cargos de abad y prior a los ’monjes de la Corona de Aragón’, y dispersándolos luego a todos por diversos monasterios de la Corona de Castilla y priorato montserratense de Nápoles. La indignación ante semejante castigo desproporcionado conmovió a los obispos y jerarquías civiles de Cataluña. Incluso el todavía príncipe Felipe (II), airado también, escribió al general el 12 de agosto de 1545 una larga y enérgica carta, en que decía:

«Vos dezimos, encargamos y mandamos que, para quitar todo escándalo hagáys volver todos los monjes y Religiosos que de aquellos Reynos estaban en la dicha Casa y sacar de allí los extranjeros y volverlos a sus Casas o en otros lugares que os pareciera de vuestra Religión y que los officios de la Casa sean administrados por los hijos de aquella y naturales de la tierra y no por extranjeros; y aquellos, ni alguno dellos, ni los que de aquí adelante entrarán por ningún tiempo saquéys ni permitáys vos ni vuestros sucessores se saquen de aquella contra su voluntad…» (131)

Las aguas volvieron a su cauce. Hubo paz. Pero probablemente no se cumplieron exactamente los deseos y mandatos del Príncipe, que hubieran evitado futuros conflictos. La solución propuesta era dejar el monasterio en manos de los monjes «naturales» de la Corona de Aragón, no precisamente catalanes, y sacar de allí a todos «los extranjeros». No se insinúa siquiera la cuestión de la independencia del monasterio, sino que se admite tácitamente que siga formando parte de la Congregación de Valladolid, a cuyo abad general seguirá sometido.

17. Antecedentes próximos: visita apostólica

Durante el segundo mandato del abad fray Felipe de Santiago (1575-158 1) hubo quejas por «su modo de portarse en la administración de la hacienda» (132) y fue depuesto. Le sucedió fray Andrés de Intriago (1581-1584), pero tampoco terminó su sexenio de gobierno.

En efecto, en 1582 llegaron de Valladolid dos visitadores, Bellorado y Flandes, que perturbaron imprudentemente la ya precaria paz del monasterio. Fray Juan Fuentes declaraba el 24 de agosto de 1584 que «andando las cosas de la última Visita [de 1582] se alborotaron las pasiones que hay entre los naturales de la Corona de Aragón y los de Castilla». (133) Y el eco de estos alborotos llegó a oídos de la jerarquía eclesiástica y civil del Principado de Cataluña, a la corte de Felipe II y a la curia romana. Desde Barcelona el Consejo de Ciento mandó diputados suyos al monasterio, pues «como asunto que es de esta tierra», quería intervenir creyéndolo de su incumbencia. El virrey de Cataluña envió un emisario, queriendo evitar la intromisión de los diputados de Barcelona «y procurar que no passassen delante». A la vez advertía al abad y visitadores lo que debían hacer o dejar de hacer, como soltar a unos monjes que tenían presos «y que por agora no sacassen monges del monasterio, naturales de la Corona de Aragón contra su voluntad». Su enviado redactó una amplia relación, y el virrey la remitió a Felipe II junto con una carta personal en junio de 1582. (134)

En la carta que algún mes antes habían escrito al rey los monjes de la Corona de Aragón, le suplicaban que mandara cuanto antes un visitador apostólico. (135) A últimos de enero del año siguiente pedía el rey a Gregorio XIII que designara como tal a fray Benito de Tocco, actual obispo de Gerona y por dos veces abad del monasterio de Montserrat (1556-59, 1562-64), a quien con la misma fecha presentaba para la sede vacante de Lérida. (136) El Papa accedió, nombrándolo obispo de Lérida (11 de mayo de 1583) y visitador de Montserrat (25 de junio de 1583) y al referirse a los desórdenes del monasterio aludía a los abusos cometidos en la administración y en el gobierno. (137)

El obispo de Lérida retrasó casi un año el principio de su visita, pues estaba entonces ocupado en otra, también apostólica, a los mercedarios de Cataluña. Estas demoras exacerbaban los ánimos de los monjes, pero de modo particular al Consejo de Ciento y aun al virrey de Cataluña. (138)

Finalmente, el 9 de mayo de 1584, fray Benito de Tocco dio comienzo a la deseada visita apostólica. De la abundante documentación contemporánea se deduce que los desórdenes principales eran: «mala administración y pésimo empleo de cantidades del Monasterio por los últimos abades y Mayordomos castellanos; exportación de diversas entradas monetarias y de limosnas a la Abadía benedictina de Valladolid. Administración incontrolada. Clandestina exportación de oro hacia Castilla, que motivó la intervención de la Generalidad de Cataluña. Reclutamiento entre los estudiantes castellanos de nuevos miembros para la Comunidad de Montserrat, prohibiendo el ingreso de los de la Corona de Aragón. Tenencia, por monjes y donados, de pedreñales y arcabuces». (139)

Lenta y penosamente procedió la visita. El 6 de diciembre, siete meses después de haber comenzado, escribía el visitador una carta al papa, dándole sus impresiones. Antes de referirse a los problemas, trazaba un cuadro edificante de la vida regular del monasterio, en el que había setenta monjes, que atendían «laudable y reverentemente» a sus obligaciones de coro día y noche con aplauso de los peregrinos y observaban la vida común según su profesión monástica, salvo pocas excepciones. (140)

Sus disensiones internas giraban en torno al gobierno del monasterio y a la administración de sus bienes, y el buen visitador las resumía así: los oriundos de la Corona de Aragón, junto con los diputados de Cataluña y consejeros de Barcelona, se quejan de los monjes castellanos, sintiéndose oprimidos por muchos abusos, como son, entre otros, el verse excluidos del gobierno y de la administración de los bienes temporales los monjes de dicha Corona (con cuyas limosnas se mantiene en su mayor parte el monasterio); no admiten al hábito a jóvenes de dicha Corona, que son perfectamente idóneos; los ecónomos no administran debidamente las rentas y limosnas, de modo que el monasterio se encuentra adeudado. (141) Las acusaciones coinciden con las ya mencionadas. Pero el obispo de Lérida y ex abad del monasterio suavizó el cuadro con excesiva benevolencia.

Inesperadamente, el 31 de enero de 1585 murió el visitador, no sin sospechas de haber sido envenenado… Y no era el primero. He aquí el acta del Consejo de Ciento, fechada la víspera de la muerte de Tocco:

«Habida cuenta del estado en que al presente se halla la Casa del Monasterio de Na. Sra. de Montserrat y los peligros y escándalos que pueden derivarse si no se aplica conveniente y oportuno remedio, se acuerda por ello que se suplique a su Excelencia [el virrey de Cataluña] que por la providencia que estime mejor procure que el Rmo. Señor Obispo de Lérida [Tocco] nombre Presidente de dicho monasterio. Por lo que se sabe de la muerte de algunos frailes de dicho monasterio, así como de otros sucesos, sin dilación, por vía del Breve apostólico, según juzgue su Excelencia mande proveer lo necesario. Se acuerda también suplicar a su Excelencia se sirva mandar personarse en Montserrat a algún oficial preminente a fin de que no se promuevan nuevos escándalos en dicha casa de Montserrat». (142)

Las alarmantes noticias del acta anterior vuelven a aparecer en la carta que los mismos «concellers de Barcelona» mandan al rey, al día siguiente de la muerte de Tocco, cuya actuación enjuician negativamente, pidiendo con urgencia un nuevo visitador. (143) Indudablemente, el Consejo de Ciento y la Generalidad seguían paso a paso el curso de la visita montserratina, «como asunto que es de esta tierra», y a pesar de los esfuerzos de la Corte y sus representantes por impedir su injerencia, el Rey Prudente tuvo en cuenta sus peticiones: consiguió otro Breve, nombró visitador a La Figuera, pasándole a la sede de Lérida para que fuera «Prelado de este Principado», y le hizo acompañar por un delegado real, don Juan de Bardaxí. Toda precaución y miramiento era poco en aquella delicada y gravísima situación.

18. Intervalo dramático

Con toda la pompa del ceremonial monástico fue enterrado el visitador apostólico y pusieron sobre su tumba un espléndido epitafio en sonoro latín, que empezaba con este dístico:

«Inclita marmoreo sita sunt hoc ossa sepulcro Eximii monachi, pontificisque pii”. (144)

La muerte sospechosa del visitador precipitó los acontecimientos. La intranquilidad y desasosiego de los monjes de la Corona de Aragón les forzaron a tomar una dramática solución: huir del monasterio… Pero es más emotivo leer la relación con que el Supremo Consejo de Aragón —a ruegos del rey— informaba al nuevo papa Sixto V de los hechos, al pedirle un Breve para continuar y concluir la visita interrumpida. Después de recordar todo lo sucedido hasta la muerte de Tocco, decía:

«… como la cassa quedasse sin cabeça y con la passión que entre ellos avía se perdiesse el respecto que se devía a los superiores, los que tubieron intento de acabar de destruir la hermandad que entre ellos havía de ayer, se valieron de la ocassión y perseveraron en decir que o los castellanos havían de salir del Monasterio o ellos lo avían de dexar; yéndose los
de estos Reynos sin licencia del Prior…, se fueron a la casa de la Ciudad representando en presencia del Consejo sus miserias y lo que avían inventado y pidieron que fuessen amparados por ellos…» (145)

Efectivamente, con fecha de 21 de marzo, los diputados de la Generalidad de Cataluña mandaron un emisario para que informase de los últimos sucesos a Felipe II, y en una de las cartas firmadas por ellos le decían:

«Han aumentado cada día los males y escándalos de la casa de Na. Sra. de Montserrat… particularmente después de la muerte del obispo de Lérida que la estaba visitando. La mayoría de los frailes, monjes y hermitaños de esta Corona de Aragón, de edad madura, santidad y religiosidad ejemplar, afirman con lágrimas que han tenido justa causa para salir del monasterio de Montserrat y venirse al cenobio de S. Pablo del Campo de esta ciudad de Barcelona. (146) Dícese que muchos monjes forasteros van hacia Castilla por motivos que nosotros ignoramos, para no verse sometidos a la información que compete a nuestro cargo…». (147)

Y era cierto que un nuevo éxodo forzoso se había realizado en Montserrat, esta vez de castellanos, y que tiene visos de represalia por el exilio anterior de los de la Corona de Aragón. He aquí cómo lo relata el Supremo Consejo de Aragón en su informe a Sixto V:

«… tres donados de la misma casa [Monasterio de Montserrat] y por caudillo un fray Guillem de Nación francés, solicitado y instigado (a lo que se puede creer) de otros assí religiosos como seglares, haviendo hecho secretamente junta de número de gente y entrellos mucha facinerosa y perdida, a la media noche con ardid que tubieron de llebar por fuerça al traginero que les solía llevar el pescado, al qual constriñieron que llamasse para que le abriessen, entraron en la casa con violencia y fuerçadamente entraron por la Mayordomía y parte por la Iglesia rompiendo con las maças de hierro y otros instrumentos que trayan las puertas que no estavan abiertas, y de allí se fueron al dormitorio y cerrando con los cerrojos las puertas a todos los monjes, fueron después sacando con violencia a los castellanos que trayan por memoria que eran 27, dexando otros de la misma nación sin dezirles nada, a los quales 40 vandoleros con mal tratamiento y amenazas los sacaron del Monasterio, parte a pie y parte a cavallo y assí los llevavan para sacarlos fuera de Cataluña para que viniessen a Castilla; y llegados que fueron junto a Cervera, las personas que el Virrey avía embiado para que los detubiessen juntamente con el Veguer de la dicha Villa de Cervera los libraron huyendo sin que se les hallara huviessen sacado cosa de ningún momento del Monasterio, como han querido publicar, (148) y los bolvieron azia el Monasterio de Montserrate, si bien los Vandoleros que allí avían quedado no les consintieron que entrassen, excepto cinco o seys los más moços que tampoco quisieron después quedar en la casa por no tenerse por seguros, y los demás truxeron al priorato de St. Pablo desta ciudad de Barcelona y los Monjes Cathalanes de la Corona de Aragón mudaron todos los officios que tenían los castellanos y los repartieron entre sí». (149)

Es evidente que tanto la Generalidad de Cataluña como el Consejo de Ciento se interesan por el drama de Montserrat e intervienen con conciencia de que les corresponde «como asunto que es de esta tierra». (150) Más todavía, los monjes de la Corona de Aragón recurren a las autoridades civiles de Barcelona pidiendo protección y amparo. Y es evidente también que una de las obsesiones de Felipe II y los que le rodean es evitar las injerencias de tales estamentos catalanes, temiendo que su intervención complique aún más el ya enrevesado conflicto. (151) Por ello, al pedir al Papa nuevo visitador, suplica que en el mismo Breve «dicha comisión venga juntamente con la imposición de graves penas y censuras en las quales ipso facto incurran los seglares que directa ni indirectamente se entrometieren en dicha Visita, ni en las demás cosas que tocaren a aquella sancta Casa (aunque sea con voz y motivo de ayudarles) y assí mesmo que incurran en las mesmas censuras los frayles y eclesiásticos que procuren que seglares se entrometan directa ni indirectamente entre los religiosos, ni en cosa alguna tocante a la dicha Visita». (152)

Otro de los puntos fundamentales e intocables para el rey era que la reforma que llevaran a cabo los visitadores debía dejar a salvo la pertenencia del Monasterio de Montserrat a la Congregación de San Benito de Valladolid. (153) Ambas cuestiones tendría que afrontar el nuevo visitador: la injerencia de los estamentos civiles de Barcelona y el forcejeo para independizar Montserrat de Valladolid, sin que faltara tampoco el estrépito de los arcabuces en manos de los bandoleros.

De ésta y otras cosas parecidas, no muy halagüeñas por cierto, irían hablando el obispo visitador y sus acompañantes, desde que salieron de Monzón el 22 de octubre hasta el 28, en que vieron aparecer la imponente mole de la montaña de Montserrat, impresionante maravillosa en sus afiladas cresterías y su vegetación salvaje. y lomos de mulo emprendieron la subida, lenta y sosegada, conscientes en su silencio interior de que allá arriba les aguardaba una aventura inédita.

19. Llegada a Montserrat y principio de la visita de La Figuera

En las Actas de la visita apostólica se dice que el día 28 de octubre de 1585 el Sr. Obispo comisario y visitador don Gaspar Juan de la Figuera llegó al monasterio y fue recibido en las mismas puertas procesionalmente con la cruz por los monjes en hábitos corales, y entre ellos el preste, diácono y subdiácono llevaban ornamentos dorados. Una vez adorada la cruz, se dirigió a la iglesia en procesión, donde oró en la capilla de la Virgen y después de cantadas las preces usuales por el preste, el obispo dio su bendición a los presentes y cumplió con las ceremonias acostumbradas en tales casos. Y el relato termina con estas palabras, pero en latín, como está todo el texto: «Testigos, José Calasanz presbítero y Miguel Juan Castanesa diácono, familiares de dicho señor obispo, presentes en dicho monasterio». (154)

Ni la iglesia ni el monasterio eran como pueden admirarse hoy. En 1542, el portugués Gaspar Barreiros describía así lo que vio:

«La primera entrada es por un gran claustro, abierto en la parte Sur, por cuyas cubiertas hay muchas ofertas como grillos, gruesas cadenas, barcos, muchas tablas pintadas con diversos acontecimientos, armas de toda suerte, balas de bombardas y otras cosas que denotan los milagros que Na. Sra. hizo y hace cada día… En el medio de este claustro hay una gran cisterna… Desde este claustro se entra en la iglesia, la cual es muy pequeña y oscura, además de estar muy ocupada de avíos y lámparas que la hacen más pequeña, de cuyas lámparas contiene 93 de plata. De estas están continuamente encendidas 40, las otras se encienden en las fiestas… La imagen de Na. Sra. está en el medio del panel del altar mayor, con su precioso hijo en el brazo, e impresa en la fisonomía del rostro una cierta majestad que provoca en los corazones la devoción y causa mucha dulzura espiritual a los que la miran con la consideración de lo que en ella ven». (155)

Probablemente así estaba todo cuando llegó Calasanz con La Figuera, pero desde 1560 se había emprendido la construcción de la nueva iglesia que no terminaría hasta 1592. Mientras tanto, siguió siendo la «vieja iglesia» el lugar de oración litúrgica de los monjes y de veneración continua de peregrinos a la Virgen Morena. (156) A sus pies se habían postrado San Juan de Mata en 1209; San Pedro Nolasco en 1218; San Vicente Ferrer en 1410; San Ignacio de Loyola en 1522; San Francisco de Borja en 1533; San Salvador de Horta en 1540; San pedro Claver (?); San Luis Gonzaga en 1582 y ahora (1585) el futuro Santo y Fundador de las Escuelas Pías, José de Calasanz. (157)

La primera impresión recibida por el visitador La Figuera fue satisfactoria y optimista. (I58) Pero debió cambiar de opinión a medida que avanzaba la visita. Forzosamente tenía que averiguar la verdad cruda de todo lo que había ocurrido hasta entonces. Y que no iba con paliativos puede verse en el primero de los «26 interrogatorios» a que debían someterse todos los monjes, y que decía: «Primeramente sean interrogados si saben, han entendido o oydo dezir que algún monge, hermitaño, donado o otro ministro de la casa de Na. Sra. de Monserrate haya tenido o tenga culpa alguna en la muerte del Rmo. Obispo Tocco, y de los religiosos que en aquella ocasión murieron en dicho monasterio y casa». (159)

Es probable que en esta ingrata tarea de interrogar o examinar a los monjes interviniera el joven «familiar» del obispo, José Calasanz. Así parece insinuarlo el oficio de «examinador», que le confirió La Figuera para esta visita, según declaró en 1637 el octogenario Calasanz. (160) Todos los monjes —al menos— tenían que ser «examinados» o interrogados. Y no eran pocos. En un informe de mayo de ese año se dice que hay «agora más de 60 Monjes conventuales y 90 Donados». (161)

Entre los interrogados aparece Fray Diego de Marquina, de veintiocho años de edad y doce de hábito, natural de Estadilla, (162) que, por su procedencia e idéntica edad que Calasanz, es probable que se conocieran desde los tiempos de estudiantes de latines en el convento de trinitarios de Estadilla. Y si así fue, encontraría Calasanz en esta mistad no sólo compañía agradable en aquellas circunstancias, sino también confidencias sobre la realidad de los hechos ocurridos.

Pero la finalidad primaria de la visita apostólica no era poner en claro los sucesos y escándalos pasados y descubrir a los culpables, sino solucionar el problema del enfrentamiento entre vallisoletanos y oriundos de la Corona de Aragón en relación con el gobierno y administración del monasterio. Y respecto a esta última, el visitador depuso de su cargo a don Francisco de Boxadors, procurador general de los bienes del monasterio, y nombró en su lugar a don Guerao de Alentorn.

Desde el principio los «Consellers de Barcelona» dejan oír su voz, dando normas, consejos y apuntando soluciones al visitador. En una carta del 11 de noviembre le presentan a tres emisarios «síndicos nuestros», que «le dirán y advertirán algunas cosas importantes, referentes a la buena dirección de ‘lo que ahí se debe hacer…’». (163) Poco después le envían un «Memorial» firmado el 16 de noviembre, en el que escriben: «En opinión de personas doctas y de otras de calificado parecer, así religiosos como seculares, remedio estable no podrá hallarse sino haciendo que Cataluña, Aragón y Valencia formen una provincia benedictina de por sí y separada de la Congregación de Valladolid…» Y aludían a que esa misma idea había sido presentada por los diputados catalanes en las Cortes de Monzón, recién clausuradas. (164) Y que ése era el sentir de los monjes se ve en la carta que ocho de ellos escriben al Consejo de Ciento, en nombre de los de la Corona de Aragón, expresando su firme voluntad de atenerse a los mandatos del Consejo en contra de lo que diga el rey, y de estar dispuestos a perder mil vidas antes que desistir en su intento de formar provincia «catalana» independiente. (165)

No bastaba al Consejo de Ciento esta sumisión de los monjes, ni tampoco enviar cartas al visitador, o emisarios. Allí en Montserrat tenían sus representantes, como el Sr. Galcerán Cahors, a quien escriben el 28 de noviembre, alabándole por todo lo que hasta ahora ha hecho por conseguir la separación de Valladolid e instando de nuevo: «Lo que ahora urge es volver a pedir y recomendar encarecidamente a V. Mercedes que de todas las maneras y con todas las diligencias y vías posibles promuevan que se haga dicha separación…». (166)

20. Nuevos y graves disturbios

A mediados de diciembre vuelven a escribir a La Figuera, lamentando que el nuevo procurador general ha aprestado gente armada a defensa del monasterio, de lo que no había necesidad por estar la casa en paz, y otra vez instan en que «el perpetuo remedio de dicho monasterio está en que esta Corona haga Provincia separada de la Congr. de Valladolid, como se ha determinado por los tres estamentos las cortes generales celebradas últimamente en la Villa de Monzón». (167) A esta carta respondió el visitador duramente, diciendo:

«En lo que toca al particular de la Visita desta Santa Casa tengo yo el cuydado que me obliga entender lo que importa al servicio de nuestro Señor y de su bendita Madre y al beneficio deste Sanctuario… y considerando las censuras tan grandes que su Santidad en su Breve pone contra todos los seculares que se entrometieren en esta Visita como lo habrán referido a Vuestras Mercedes los señores Síndicos… y por otra parte se inquietan los ánimos destos religiosos pretendiendo que Vuestras Mercedes no sólo acuden a lo que con razón pueden y deven, sino que ‘fomentan y fomentarán siempre sus pasiones’ las cuales están tan encarnadas en sus corazones y prendido tanto el fuego dellas que… veo por experiencia que con qualquiere aliento que tienen dessa ciudad lo van abibando de manera que es grandíssima lástima.»

Y en cuanto a la gente armada de don Guerao de Alentorn, aclaraba que era «por orden de su Magestad». (168)

El constante acoso de los consellers de Barcelona movió a La Figuera a informar al Rey, quien desde Tortosa, el día 30 de diciembre, escribía al Consejo de Ciento con la misma claridad que el visitador:

«… como la experiencia muestra que la mayor parte de los desasosiegos y escándalos que ha avido en aquel Sanctuario han resultado de entrometerse entre los religiosos personas seglares que los inquieten… no avemos querido dexar de encargaros y mandaros que pues el dicho Obispo es persona de mucha entereza desapasionada qual conviene, no os entrometáys en cosa alguna tocante a dicha Visita ni reformación, sino que le dexéys libremente hazer su officio…». (169)

Los acontecimientos se iban precipitando. Cada día se veía más claro que la visita apostólica tomaba un rumbo contrario a las pretensiones de los monjes de la Corona de Aragón y de los consellers de Barcelona. Y la oposición contra La Figuera crecía y se encrespaba, no sólo por parte de los mismos monjes antivallisoletanos, sino también de los «vasallos» del monasterio, o sea de los pueblos que pertenecían «señorío de Montserrat», que eran La Guardia, El Bruch, Olesa, Collbató, Monistrol y Esparraguera, todos adversos a los administradores castellanos del monasterio. De aquí surgían partidas armadas de «bandoleros», azuzados incluso por algunos monjes o donados, como fray Guillén y fray Pau, que desde su hazaña del asalto nocturno al monasterio y destierro forzoso de castellanos en la primavera de 1585 hasta fines de 1586 fueron perseguidos por las fuerzas del virrey de Cataluña y condenados al fin. (170)

Otro nombre famoso era ‘el Vidrieret’, que con los suyos merodeaba de nuevo por la montaña en enero de 1586, sembrando el pavor en los moradores del monasterio y llenando las noches de explosiones broncas de arcabuces. Por algo se habían aprestado los grupos armados de Guerao de Alentorn. Y no sin cierta ironía comunicaba La Figuera el 14 de enero a los Consejeros de Barcelona las aventuras del Vidrieret en plena noche. (171)

El ambiente en torno al monasterio se agravaba de día en día. Y el mismo visitador se sentía «grandíssimamente espantado», al comprobar que había monjes que apoyaban y protegían al Vidrieret y sus bandoleros. No bastaba la vigilancia de la gente armada de Guerao de Alentorn. Y de ello se lamentaba el virrey escribiendo a La Figuera el día 2 de febrero, reconociendo que todos aquellos alborotos y turbulencias los llevaban a cabo los vasallos del monasterio. Por ello, a la vez que prometía al visitador reprimir con mano dura a los revoltosos, escribía a los jurados y bailes de los pueblos del señorío de Montserrat amenazando con castigar a los culpables, e igualmente daba órdenes muy concretas a su alguacil, Federico Pol, sobre lo que debía hacer en aquellos pueblos y en el mismo monasterio, de acuerdo con La Figuera y Alentorn, para informare, descubrir y apresar a los culpables. (172)

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21. Calasanz, testigo de la tragedia final

La ‘Breve Notizia’ dice que Calasanz «ayudó a dicho obispo en dicha visita…, queriendo siempre estar retirado y habitar en una estancia desde donde con mucho gusto espiritual oía la misa que en una capilla de enfrente se cantaba todos los días al amanecer», (173) La misma referencia nos da el P. Berro, pero no se contenta con ello. El dramatismo de la situación no podía dejar al joven Calasanz tranquilo, despreocupado y ensimismado en sus devociones personales. Y Si Berro baja a detalles, hay que concluir que son fruto de las confidencias del Santo, en cuya feliz memoria no se habían borrado todavía en sus últimos años aquellos hechos lamentables y trágicos. Añade, pues, Berro:

«… aunque hubiera sido fácil en aquellas circunstancias aprovechar la ocasión de ganarse grandes sumas con pequeños favores, no tuvo jamás otra mira que la gloria de Dios, la salud de las almas y el bien público de aquella santa casa. La fidelidad a su oficio fue su norma, sin ceder nunca al soborno por los donativos no pequeños que con frecuencia le proponían; y aun hubo de avisar muchas veces a su Prelado que anduviese con mucha cautela, sospechando serios males, por haberse descubierto graves delitos en el manejo de los cuantiosos intereses del Monasterio».

Y concluye:

«No bastaron los avisos de José para con el Monseñor, que no supo estar sobre sí. A los seis meses enfermó de improviso y en solos dos días pasó a la eternidad, con no escasa sospecha de haber sido envenenado, por las señales evidentes que de ello se percibieron». (174)

El mismo día de la muerte, 13 de febrero de 1586, el delegado real, don Iván de Bardaxí, daba la inesperada noticia al Cabildo de Lérida:

«Esta mañana, entre quatro y cinco horas, ha sido Dios servido de llevarse para sí al esposo dessa Iglesia, que nos ha dexado con el sentimiento que Vs. ms. pueden pensar; púsose en la cama con occasión de unas calenturillas haviendo dicho missa el día antes y no ha estado enfermo sino solos dos o tres días…». (175)

Con la misma diligencia escribió Bardaxí al virrey de Cataluña, comunicándole la ingrata nueva. Y el virrey, el mismo día, escribía al secretario de la visita, Jerónimo Pérez, mandándole que recogiera todos los papeles referentes a la visita y los llevara a Barcelona en el acto, acompañado por un comisario real. (176) Escribía de nuevo a los jurados y bailes de los pueblos vasallos del monasterio, exigiendo «mucha paz y quietud, sin congregaciones ni reuniones de gente, ni demostraciones de pasiones y haciendo que los inquietos y delincuentes sean perseguidos y castigados…». (177) Y una tercera carta mandaba todavía el virrey el mismo día al prior y monasterio de Montserrat, recomendándoles que «hasta que su Santidad provea otra cosa, deis testimonio interno y exterior de vuestra cristiandad…», conservando todos los cargos nombrados por el visitador, «no dando lugar a que gente inquieta cause los inconvenientes del pasado». (178) Y en las tres cartas aludía el virrey a «la repentina muerte», pero ni él, ni Bardaxí, ni en las actas o crónicas del monasterio, ni en la nota necrológica de la curia episcopal de Lérida, hicieron constar la sospecha de envenenamiento. (179) Más tarde, el abad de Montearagón, don Martín Carrillo escribió en 1615, que «Don Gaspar Juan de la Figuera… murió electo obispo de Lérida en Montserrat, adonde con el Doctor Ibán de Bardaxí, Asesor del Governador de Aragón, hacían la Visita de aquella casa y ‘murieron los dos con harta priesa y no sin sospecha…’». (180)

Esa gravísima sospecha de envenenamiento la vimos claramente formulada por Berro, en lo que al obispo La Figuera se refiere. Y, dados los otros detalles, como los dos días de enfermedad que apunta también Bardaxí en su carta, nos da la impresión inequívoca de que en todo ello no tuvo otra fuente de información más que las confidencias del anciano Fundador de las Escuelas Pías, testigo presencial de los hechos. Son, además, sospechas que concuerdan con lo que expresaba el primer punto del interrogatorio respecto de la muerte misteriosa del visitador anterior y de otros monjes. (181)

Y hubo otro solemnísimo funeral en la vieja iglesia venerable, menos oscura que de costumbre, pues para esa ocasión arderían sin duda las noventa y tres lámparas de plata. Y junto al féretro, como «familiares» del difunto, estarían el presbítero José de Calasanz y el diácono Miguel Juan Castanesa; el secretario Jerónimo Pérez y el delegado real, Juan de Bardaxí.

22. A modo de epílogo

La ‘Breve Notizia’ decía que, muerto el obispo de Lérida, «fue enviada la patente de Visitador, propuesto de antemano al Rey por el Residente [Bardaxí] y por nuestro Calasanz, quien fue en seguida comisionado a comunicar la nueva a dicho obispo». (182) Los biógrafos posteriores ampliaron los datos, diciendo que el nuevo visitador, una vez llegado a Montserrat, suplicó a Calasanz que siguiera de secretario de la visita, y que el delegado regio le insistía para que se quedara, prometiéndole que cuando acabara la visita se lo llevaría a Madrid para que fuese su confesor y director espiritual, pero Calasanz se excusó con uno y con otro y se fue a su pueblo, pues había recibido noticias de que su padre estaba de nuevo gravemente enfermo. (183)

Las propuestas de don Iván de Bardaxí pudieron ocurrir antes de que muriera el visitador. En las largas horas de convivencia desde finales de octubre hasta mediados de febrero había tiempo para conversar, comentar y proponer. Y es fácil que entre ambos surgiera cierta confianza y estima — incluso es posible que hubiera lazos de parentesco 184 —, y el viejo «delegado real», admirando las dotes del joven sacerdote, quisiera llevárselo consigo, no a la Corte, sino a Zaragoza, donde residía. (185)

Las cosas, sin embargo, ocurrieron de otra manera. El delegado regio Bardaxí y el secretario de la visita, Jerónimo Pérez, permanecieron en Montserrat en espera del nuevo visitador. Pero antes de que éste llegara murió repentinamente el 14 de mayo de 1586 don Iván de Bardaxí «con harta priesa y no sin sospecha», como diría luego el abad Carrillo. (186) El nuevo visitador fue el obispo de Vich, don Juan Bautista Cardona, (187) quien quiso mantener hasta el fin de la visita al antiguo secretario, Jerónimo Pérez. Calasanz, en efecto, declaró de sí mismo en 1637, con cierto laconismo: «El dicho Obispo [La Figuera] murió en dicha Visita, y Yo me bolví a mi patria». (188) Y así lo confirma el absoluto silencio de las actas de la visita del obispo de Vich respecto a la presencia de Calasanz.

Fray Gregorio de Argaiz, cronista de la Orden Benedictina, resumió así la actuación del último visitador: «Entró en 22 de junio de 1586, queriendo extinguir la ocasión de las disensiones, ‘vivae vocis oraculo’, el 8 de septiembre de 1586, después de Vísperas, nombró por abad de Montserrat al presidente, P. Fray Juan Campmany. En él se acabaron las diferencias que había entre monjes de las dos coronas de Castilla y Aragón y comenzó la alternativa que hoy [1677] dura, en esta forma: Que un trienio sea de la una, otro de la otra, con tal consideración que cuando el abad es de una corona, el prior sea de la otra». (189)

Lo que parece «sencillísima solución», (190) es decir, la independencia canónica de Montserrat respecto a la Congregación de Valladolid, no lo era entonces; ni fue tampoco problema y drama solamente para los benedictinos de Montserrat, sino para todas las órdenes antiguas, cuyas Congregaciones de Observancia habían surgido en la Corona de Castilla y habían penetrado, con mayor o menor oposición, en la Corona de Aragón. Y la forzada dependencia ocasionó litigios, disturbios y escándalos, de los que no fue Montserrat el único escenario. (191)

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Notas I

1 Cf. BAU, RV, p.9. Dicha ‘Breve Notizia’ fue valorada debidamente por el P. Bau que la publicó íntegra y traducida en ib., p.11-13.
2 Ib., p.11, con las correcciones, según el texto original (RegCal 14, n.62, 1), cuya primera página puede verse fotocopiada en BAU, BC, p.117.
3 Cf. texto latino en J. POCH, ‘Aportación documental a la historia de la Univ. de Huesca…’, p.193. Más como anecdótico que como dato serio, merece recordarse el arreglo disparatado del P. Efisio de Soto Real, de fantasía desbordada en toda su obra, que mezclando estos conocidos textos escribió que Calasanz «fue condiscípulo de aquellos grandes y famosos Maestros Báñez y Medina: fueron todos tres discípulos de aquel eminente Balbasor, dignísimo obispo que fue de Jaca…» (ib., p. 194).

4 Cf. A. ARMINI, ‘Vita’, p.19-26.
5 «Non mi é parso conveniente farmi o correttore o ampliatore delle fatiche altrui; ma darle a luce tali, quali I’Autore le compose» (ib., p.8 antes de la 1). Y al principio del prólogo dice que saca a la luz un libro librándolo de las sombras «tra le quali per 25 anni e piú ha giaciuto».
6 Cf. ib., p.27-28. El texto completo en BAU, BC, p.131-132. Que fue añadidura se deduce del hecho de que ni antes ni después de dicho documento da nombre al obispo de Lérida, a pesar de que el documento lo revela; dicha declaración viene inserida en la visita a Montserrat; no se habla de Monzón antes de la visita al monasterio, como debería hacerse.
7 La imaginación barroca y «hagiográfica» del autor se desborda al enumerar no sólo los heroicos actos ascéticos que deben practicar los santos, sino también la incansable actividad apostólica del novel sacerdote en su propio pueblo, que más que pueblo parece una urbe inmensa. Traducimos: «Hecho sacerdote…, es indecible cuánto aumentaron sus oraciones, contemplaciones, lecturas sagradas, vigilias, maceraciones, visitas de iglesias, instrucciones al pueblo, visitas a los enfermos y toda clase de obras de misericordia y piedad. Decía la Misa cada día con tal disposición y con tal devoción y fervor como si fuera siempre la primera que decía o la última que debía decir. Frecuentaba y ejercía todas las funciones eclesiásticas, escuchaba asiduamente confesiones sacramentales, era celosísimo en predicar la palabra de Dios, enseñaba la doctrina cristiana, visitaba, confortaba y aliviaba en los hospitales, en las cárceles y en las casas privadas a los enfermos y atribulados; en fin, llevaba a cabo todos los oficios que se pueden esperar de un santísimo sacerdote» (V. TALENTI, ‘Vita’, p.17-18). Sin duda, el P. Talenti no sabía que Peralta de la Sal tenía 62 vecinos (unos 280 habitantes) en 1542 y 87 en 1650 (unos 390 hab.) (cf. nota 10 del c.1). Y entre 1566 y 1606 había en su parroquia 13 beneficiados (cf. Arch. Episc. de Urgel, Reg. 36, años 1566 a 1606).
8 Cf. V. TALENTI, ‘Vita’, p.14-21.
9 Cf. U. TOSETTI, ‘Compendio storico della Vita di San Giuseppe Calasanzio’ (Firenze 1927), p.14-18. Añádanse las respectivas traducciones castellanas de las ‘Vidas’ de Armini, Talenti y Tosetti.
10 Cf. BAU, BC, p.121.
11 Ib., p.129.
12 Mons. Tabera comunicaba su hallazgo al P. Bau, en carta del 22 de mayo de 1950, quien hizo uso del mismo en la obra que estaba escribiendo, ‘Historia de las Escuelas Pías en Cataluña’ (Barcelona 1951), p.24-25. Una fotocopia de los documentos fue publicada en EphCal 4 (1950) 104-105.
13 Cf. J. POCH, ‘Aportación documental a la hist. De la Univ. de Huesca…’, p.210-211, con los textos en que aparece el nombre de Calasanz.
14 Cf. BAU, RV, p.39 y 42.
15 Si el P. Bau eliminó las universidades de Valencia y Alcalá por no aparecer en sus registros el nombre de Calasanz, no se comprende cómo propone la de Huesca, no constando tampoco en sus libros ese nombre. Inadmisible, además, que pudiera estudiar «por libre» en Barbastro y examinarse luego en la Universidad de Huesca (cf. J. POCH, ‘El Fundador de las Escuelas Pías en la Historia de la Corona de Aragón’, en AnCal 20 [1968] 295, n.76). Incomprensible que fuera a ordenarse a Huesca de menores y subdiaconado y luego fuese a Fraga para ordenarse de diácono, si tenía en Barbastro a su obispo protector que podía ordenarle. Incomprensible también que en la «cartilla» de diaconado se diga que las licencias para ordenarse se las dio el Cabildo de Lérida por «sede vacante» y que en las de subdiaconado se diga que es beneficiado de una iglesia de Monzón, de la diócesis de Lérida (cf. AnCal 50 [1983] 269-270). ¿No estaba en Barbastro?
16 Cf. cap. anterior y J. POCH, ‘Aportación documental a la Historia de la Univ. de Huesca…’, p.201-204.
17 Cf. J. POCH, ‘Tres testamentos…’, p.457-458.
18 Cf. BAU, BC, p.132.
19 Cf. J. POCH, o.c., p.459-460
20 Ib., p.468, n.27.
21 Cf. J. GARCÍA MERCADAL, o.c., vol.I, p.1368. La bula de Pío V en la que crea de nuevo la diócesis de Barbastro es del 18 de julio de 1571. Fray Felipe de Urríes fue nombrado obispo el 9 de febrero de 1573 y el 14 de agosto de 1573 hacía su ingreso en la ciudad (cf. ‘Dicc. de Hist. Eccles. de España’, vol.I [Madrid 1972] p.185 y 187; J. POCH, ‘El Fundador de las Escuelas Pías en la Historia Eclesiástica de la Corona de Aragón’, p.298).
22 E. COCK, o.c., p.1368.
23 «V. m. se servirá en tratar por medio del señor Canónigo [de Barbastro] Luis Torres y de otros que me hazen amistad, que me hagan presente hasta que yo vaya, pues aquí puedo ser de mucho provecho al Capítulo en la lite que tiene en Rota acerca de algunas rentas de Navarra» (27 de septiembre de 1594) (c.6).
24 Cf. E. COCK, o.c., p.1368-1369.
25 Es decir, unos cinco mil habitantes. En 1975, según datos oficiales, rondaba los 13.000.
26 Ib., p.1369.
27 Cf. n.12 y 13 de este capítulo.
28 Cf. BAU, RV, p.11.
29 «D. Gasparo Giovanni della Figuera, Vescovo di Jacca… avuta cognizione delle rare parti che concorrevano in Giuseppe, desideró averlo presso di se…» (A. ARMINI, ‘Vita’, p.20). Recuérdese que Armini suprimió Barbastro por Jaca, y luego habló de Lérida sin saber el nombre del obispo: «u nuovo vescovo di Lérida (…) bramando avere appresso di se suggetto qualificato in dottrina e spirito, che l’aiutasse nel buon governo cosi della propria persona come della sua Diocesi, rivolse l’animo al nostro Calasanzio, il di cui nome era molto celebre e stimato in Lérida. Per il che fattegliene quel buon Prelato replicate istanze con termini cosi cortesi ed efficaci, che Giuseppe si conobbe obligato di passare al di lui servizio» (ib., p.25-26). Y Talenti: «Mosso [La Figuera] dalia fama dell’alto sapere e della vasta capacitá di D. Giuseppe Calasanzio, s’invaghi d’averlo presso di se e l’invitó alla sua Cattedrale come per compagno ed aiuto de propri studi. Accetó egli subito un tale invito…» (TALENTI, ‘Vita’, p.14).
30 Cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.258, n.29.
31 Cf. J. POCH, ‘Aportación documental… Univ. de Huesca…, p.211.
32 Cf. Doc. Merigó, n.53. Otro hijo de Magdalena fue don Martín Carpi, aquel Maestro en Artes que firmó de testigo con José Calasanz «estudiante», en un documento hecho en Gabasa en 1573. (Cf. J. POCH, ‘Aportación doc. biográfico-calasancia: AnCal 22 [1969] 279-280.) En un documento del 9 de octubre de 1596 leemos: «Yo Madalena Abcha, viuda del q°. Juan Carpi del lugar de Alcampell, en nombre mío propio y assí como heredera universal que soy de todos los bienes… que fueron y pertenecieron al q°. Martí Carpi, hijo mío, canónigo que fue de la Iglesia Colegial de la villa de Tamarite de Litera…» (Doc. Merigó, n.220). La calidad de canónigo de Tamarite, además de su posible parentesco con el «capellán mayor» de Barbastro, Juan de Abella, sugiere posibles influencias tanto en Barbastro como en Lérida, a cuya diócesis pertenecía Tamarite.
33 Fray J. LÓPEZ, ‘Historia General de Sancto Domingo y de su Orden de Predicadores’. Tercera parte (Valladolid 1613), p.276. Por lo que diremos luego de sus relaciones con Báñez y Medina, interesa destacar su presencia en Valladolid y Ávila, de lo que escribe Arriaga: «Por el convento de Santiago de Galicia entró en el Colegio [de San Gregorio de Valladolid] a 23 de octubre de 1541… habiendo sido Consiliario, siendo actual Colegial fue enviado al Concilio Tridentino en lugar del obispo de Urgel… Regentó dos veces la lección de Teología de San Gregorio. Graduólo la Provincia. Presentado en el Cap. de Segovia en 1559. Aceptó la Presentatura el Cap. Gen. Aviñonense, año 1561; dióle la Provincia el lauro de Maestro en el Cap. Vallisoletano, año 1569 y algo después el mismo año a 28 de mayo se le aceptó el Cap. Gen, celebrado en Roma, al cual asistió Definidor primero por la Provincia de España. Sirvió más a la Provincia siendo Prior de Santo Tomás el Real de Ávila» (FR. G. DE ARRIAGA, ‘Historia del Colegio de San Gregorio de Valladolid’ [1634], vol.II [Valladolid 1930], p.129). Asistió a la tercera sesión del Concilio de Trento (1562-63) como procurador del obispo de Urgel, Pedro de Castellet (1561-1571) (cf. C. GUTIÉRREZ, ‘Españoles en Trento’ [Valladolid 1951] p.1014 y 1043).
34 Había nacido en Jaca, pero entró en la Orden de Predicadores en el convento de Oviedo: «natural de Jaca y de la nobilísima familia de los Urríes», se lee en un ms. de la R. Ac. de la Historia (cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.298); «Ex nobili genere Baronum de Vimes Lares et Ayerve in Urbe Jaca…» (cf. C. GUTIÉRREZ, o.c., p.1012).
35 G. DE ARRIAGA, o.c. p.128.
36 «Vivía retraído, cual si viviese en Oviedo, y estudioso, como si regentara el Colegio [de San Gregorio]» (G. DE ARRIAGA, o.c., p.129); «Era recogidísimo y cada día estudiava como si estuviera leyendo en el Colegio de San Gregorio» (J. LÓPEZ o.c.. p.276). Tuvo por maestros de teología a F. de Vitoria y D. de Soto, en Salamanca (cf. C. GUTIÉRREZ, o.c., p.1O14).
37 «… vivió siempre muy a las leyes de frayle… Era su casa como se puede imaginar el monasterio de Santo Domingo de Oviedo… con tanto recato vivió siempre y como nunca mudó hábito, ni en parte tampoco en el modo de proceder saltó al estilo con que vivió en la religión. A tal vida sucedió la muerte, acabando el obispo con opinión de santo» (J. LÓPEZ, o.c., p.276-277); «Gobernóla [su diócesis] algunos años [1573-15851 con maravilloso ejemplo, mostrándose con el porte de su persona, casa y familia, más fraile que obispo… Murió como vivió, aclamado por santo, dejando mucho que imitar a los sucesores» (G. DE ARRIAGA, o.c., p.129 y 131).
38 Cf. J. POCH, I.c.
39 J. LÓPEZ, o.c., p.276. Lo mismo escribe G. de Arriaga, o.c., p.130.
40 «Die decima mensis februarii anno computato a nativ. Domini 1584 presentibus ibidem testibus Josepho Calasanz pbro. et Hieronimo Agustino Diago familiaribus nostris. Barbastri» (cf. J. POCH, ‘Aportación documental…’ Univ. Huesca, p.210).
41 (20 de mayo de 1585). «Testes: El Rdo. mosen Josephe Calasanz pbro. y [Bernardo] Villarich familiares del dicho señor obispo. Fr. Philippus episcopus barbastrensis (manu propria). Yo Joseph Calasanz soy testigo de lo sobredicho» (cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.301, n.81 bis).
42 Cf. J. LÓPEZ, o.c., p.276. La misma anécdota recoge en su obra G. DE ARRIAGA, o.c., p.130.
43 Cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.297, n.78 y p.301, n.81 bis. En un ópoca del 18 de marzo de 1585, un carretero de Ejea de los Caballeros certifica «haber recibido de Ille y padre mío, el padre fray Andrés de Medina, compañero dell Ilmo. y Rmo. Señor Obispo de Barbastro son a saber 6.048 sueldos jaqueses, los quales son por razón de 54 carretadas de grano que he traydo de Nabarra a la presente ciudad…» (ib., p.301).
44 Con fecha de 27 de septiembre de 1594 escribe desde Roma al párroco de Peralta: «Aquí puedo ser de mucho provecho al Capítulo [de Barbastro] en la lite que tiene en Rota acerca de algunas rentas de Navarra» (EGC, c.6).
45 También fue testigo Calasanz de la preocupación de Urríes por conseguir del rey y del papa una pensión de 200 ducados para fray Andrés de Medina, después de terminar su gestión, como de hecho se consiguió en 1586 (cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.299-300).
46 Cf. BAU, RV, p.11. Se ha negado que Báñez y Medina, los famosos dominicos, catedráticos de Prima de la Universidad de Salamanca, hubieran sido discípulos de Urríes, como afirma Catalucci, sobre todo al constatar la presencia del P. Andrés de Medina junto al obispo de Barbastro (cf. J. POCH, o.c., p.302; BAU, RV, p.38). Sería una tergiversación —se dice— de supuestas confidencias del anciano Calasanz. Sin embargo, después de haber comparado fechas y andanzas de los tres dominicos, me parece muy probable que efectivamente Domingo Báñez y Bartolomé de Medina hayan sido discípulo le Felipe de Urríes en los Colegios de San Gregorio de Valladolid y Santo Tomás de Ávila. Urríes estaba en San Gregorio en 1541 y de allí fue llamado para ir al Concilio de Trento, y como fue procurador de Castellet, tuvo que ser en los años 1562-63 (cf. n.33 de este c.). Si su presencia en Valladolid no fue continua desde 1541 a 1562, se dice, al menos, que «regentó dos veces la lección de Teología de San Gregorio» (cf. ib.). Pero hay quien afirma expresamente: «Leyó después con aceptación filosofía y teología en su colegio de San Gregorio de Valladolid por espacio de 20 años» (‘España Sagrada’, vol. 48, p.47). Medina y Báñez fueron condiscípulos, como escribe el último hablando del primero: «Meus et in religione et in litteris condiscipulus» (D. BÁÑEz, ‘Comment. in 2am 2ae’, q.1, a.7, cit. En ‘Anthologica Annua’ 26-27 [1979-80] 237, n.3). Tanto de Báñez como de Medina se dice que estudiaron en Salamanca, Ávila y San Gregorio de Valladolid. Medina profesó en 1546 y Báñez en 1547, ambos en San Esteban de Salamanca. La carrera teológica para los dominicos de entonces duraba de diez a doce años (cf. M. ANDRÉS, ‘La teología en el siglo XVI’, BAC, 1, p.52). Consta la presencia de Medina en San Gregorio en 1555, al menos (cf. G. ARRIAGA, o.c., II, p.203). Luego los estudios de ambos caen dentro del período 1541-1562, de probable presencia de Urríes en Valladolid y Ávila (cf. ‘Dicc. Hist. Eccles. España’, biografías de Báñez [1, p.182] y Medina [III, p. 1453]. Sí que es tergiversación, sin embargo, la deducción del P. Efisio de Soto Real, que hizo a Calasanz condiscípulo de Báñez y de Medina (cf. n.3 de este c.).
47 Albizzi llama a Francisco Antonio Bucciarelli, en 1684, «mio bibliotecario et aiutante di studio», y será quien luego le redacte el testamento (cf. L. CEYSSENS, ‘Le cardinal François Albizzi (1593-1684). Un cas importani dans l’histoire du jansénisme’ [Roma 1977] p.238).
48 Cf. ARMINI, ‘Vita’, p.20; TALENTI, ‘Vita’, p.14; TOSETTI, ‘Compendio’, p.15. Naturalmente, dadas las confusiones ya comentadas, los tres autores hablan en este caso de don Gaspar J. de la Figuera, obispo de Jaca, y no de Urríes.
49 Cf. J. POCH, ‘Aportación doc. a la hist. de la Univ. de Huesca…’, p.189, n. 113. Sería interesante saber quiénes eran esos escritores, pues ni los que hemos nombrado ni sus traductores traen la noticia. Tampoco la incluyó en su obra Timon-David, ni aludió a ella su traductor (cf. TIMON-DAViD, ‘Vida de San José de Calasanz’ [Zaragoza 1905] p.16).
50 Cf. pasajes del P. Ramón Huesca en su ‘Teatro histórico’ (1802) y Latassa en su ‘Diccionario’ (1884), en J. POCH, o.c., p.189.
51 G. DE ARRIAGA, o.c., vol. II, p.129-130. Este vol. II se editó en 1930, pero el P. Arriaga, que murió en 1656, llegó en su historia hasta 1634 (cf. vol. III, p.172, en que pone FIN). Arriaga le llama «Don Fray Felipe de Viries», y entre paréntesis se añade «(lege Uría o Urías».
52 J LÓPEZ, o.c., p.276-277. Casi literalmente repetía este párrafo fray Alonso Fernández en su obra ‘Historia del Insigne Convento de San Esteban de Salamanca’, escrita entre 1616 y 1625: «servían en su casa pajes, hijos de hombres muy nobles y tenía un sacerdote ejemplar y discreto que les enseñaba gramática y virtud, criándoles en buenas costumbres. Mandaba también que les enseñasen otros ejercicios propios de hombres nobles cristianos» (cf. J. CUERVO, ‘Historiadores del Convento de San Esteban de Salamanca’, t.I [Salamanca 1914] p.38).
53 De un ms. de la Colección Salazar, de la Biblioteca de la Real Academia de la Historia (cf. J. POCH, ‘Aportación doc… Univ. Huesca…’, p.192-193, n.).
54 Cf. J. POCH, I.c., p.193 n.
55 En 1585 anotó Cock: «Al ocaso vernal del sol tiene [Barbastro] una escuela razonable de estudiantes» (cf. J. GARCÍA MERCADAL, o.c., 1, p.1369). Y J. B. Labaña, en 1611, decía: «Tienen también [en Barbastro] hospital para curar de fiebres y escuela de Gramática…» (cf. ID., o.c., II, p.232).
56 Cuando los primeros escolapios llegados a España quisieron fundar un colegio en Barbastro en 1677, en las Capitulaciones se leía: «Item assimismo los dichos Sres. Justicia, Prior, Jurados y consejo dan para dicha fundación las casas llamadas del estudio mayor (aulas de gramática)… Se hallan en calle y camino público que va a dicho ‘estudio mayor’», etc. (cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.295, n.76).
57 Cf. J. POCH, o.c., p.296; J. R. MONER, ‘San José de Calasanz y el bandolerismo en la Corona de Aragón’: AnCal 9 (1963) 117-119.
58 Cf. España Sagrada, 48, p.43-46.
59 Cf. J. POCH, o.c., p.3O2.
60 Cf. J. GARCÍA MERCADAL, o.c., II, p.221.
61 Cf. A. SANZ LAVILLA, ‘Santuarios y ermitas de la diócesis de Barbastro’ (Barbastro 1953).
62 Cf. ‘España Sagrada’, 48, p.49-50.
63 Ib., p.50.
64 Con frase acertada alguien escribió al consignar la fecha de su muerte: «Jacetque la presbyterio almae sponsae suae» (cf. C. GUTIÉRREZ, ‘Españoles en Trento’, p.1014).
65 En un documento de la curia episcopal de Lérida, fechado el 24 de junio de 1579, se lee: «… per dominum Vicarium Generalem [sede vacante] fuit concessa licentia domino Bartholomeo Calasanz Priori parrochialis ecclesiae Beatae Mariae del Romeral ville Montissoni dioces. Illerdensis, ad recipiendos omnes ordines, etc.» (cf. J. POCH, ‘El Fundador’ p.306, n.). Y en otro del 23 de noviembre de 1582, el mismo Cabildo (sede Vacante) le crea Oficial Eclesiástico: «… Bartholomeo Calasanç, Decretorum Doctori, Priori Ecclesiae Maioris Beatae Mariae del Romeral Villae Montissonj salutem, etc. facimus et constituimus, creamus et ordinamus vos dictum Bartholomeum Calasanç… Officialem et auditorem animarum dictae Villae et Offícialatus de Monçó…» (ib.).
66 El Dr. Bartolomé Calasanz fue sobrino y heredero de mosén Antonio Calasanz, que durante 40 años fue cantor de la Capilla papal y murió decano de la misma en Roma en 1577 (cf. J. LÓPEZ NAVÍO, ’Ambiente histórico y social en que vivió San José de Calasanz’. AnCal 26 [1971] 211). Este Antonio Calasanz obtuvo en 1563 un beneficio eclesiástico no residencial en la iglesia parroquial de Fraga, que pasó luego a Gaspar Agostí, quien lo mantuvo hasta su muerte, ocurrida en noviembre de 1592. Y el 20 de febrero de 1593 lo consiguió José Calasanz, un año después de su llegada a Roma (cf. G. SÁNTHA ‘Primum beneficium ecclesiasticum a S. Josepho Calasanctio in Urbem ingresso obtentum’: EphCal 11 [1960] 306-312). Este beneficio lo sufragaba la familia Agostí de Fraga, de la que formaba parte, al parecer, Pedro Juan Agostí, alias Blanch, que contrajo matrimonio en Benabarre con Juana, hermana del Santo de Peralta (cf. J. POCH, ‘El Fundador…, p.304, n.84).
67 Cf. E. COCK, o.c., p.1369-137O.
68 Ib., p.1365.
69 Cf. J. GARCÍA MERCADAL, o.c., II, p.23O.
70 Cock escribía en 1585: «Solía ser patrimonio de los caballeros templarios… y siendo los dichos templarios echados por toda la cristiandad vino [a] ser de los caballeros de Malta, de la Orden de San Juan, cuya encomienda es hasta el día de hoy… aunque se decía en la entrada de su majestad que con licencia del Sumo Pontífice… la quería su maJestad trocar con la dicha Orden. Hay debajo de su jurisdicción diez otros pueblos». (ib., I, p.1365).
71 Ib.
72 En su cartilla de ordenación de subdiácono se lee: «dilectum in Christo Josephum Calasanz Acolytum beneficiatum Sancti Stefani Montissoni Illerdensis dioecesis» (cf. AnCal 50 [1983] 270).
73 Cf. COCK, o.c., p.1366.
74 Cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.271-273, y COCK, oc., p.1372-1373.
75 Cf. J. POCH, I.c. p. 1371.
76 Cf. J. POCH o.c., p.1371.
77 Cf. J. POCH, o.c., p.269, n.40. «Los tres reinos tienen cada uno sus brazos, conviene a saber: el eclesiástico, militar y repúblico de las ciudades. Sólo Aragón tiene el cuarto brazo más, que es el de los hidalgos [infanzones]. Cada brazo tiene su aposento o en la iglesia o en el claustro» (E. COCK, o.c., p.1371).
78 Ib. Que este juicio no era fruto de ligereza o exageración del observador COCk prueba el Conde de Chinchón, que escribe el 27 de julio a Roma: «Las Cortes ha un mes que se començaron, pero estamos aún al primer passo y con mucha confusión» (cf POCH, ‘El Fundador…, p.316).
79 Cf. amplia bibliografía editada e inédita para el estudio de las Cortes de Monzón de 1585 en J. POCH, I.c., p.267, n.38.
80 Fue editada en ‘Historia General de los Religiosos Descalzos de la Orden de los Hermitaños … de San Agustín’, del P. Fray Andrés de San Nicolás (Madrid 1664) t.I, P.128. Véanse referencias de la correspondencia epistolar entre Armini, Passante y el Prior agustino de Toledo en J. POCH, I.c., p.23O-233. El P. Armini murió dejando manuscrita su obra, que publicó en Roma el P. Passante, en 1710, añadiendo al texto de Armini la mencionada declaración traducida al italiano, para probar simplemente que Calasanz había sido «secretario de la Visita a Montserrat» —cosa que no se afirma en este texto-, sin comentar absolutamente la intervención en la reforma agustiniana.
81 Cf. J. POCH, I.c., p.233-234.
82 (Monzón) «a donde pienso que havremos de acudir muy presto» (J. POCH, ib., p.291).
83 Cf. ib., p.310-311.
84 Con fecha del 10 de febrero de 1584 el P. Provincial de los agustinos da licencia para imprimir un libro escrito por el «Muy Rev. P. Maestro fray Francisco Aguilar, prior de nuestro monasterio de Lérida y cathedrático de Sda. Escritura de la Universidad de la dicha ciudad» (cf. J. POCH, o.c., p138). Al calificarle Calasanz de «gran predicador» debió evocarle en sus años leridanos de universitario, pues difícilmente en Monzón podría tener oportunidad el P. Aguilar de lucir sus dotes oratorias, dadas las propias ocupaciones y las de las Cortes.
85 Cf. n.66 de este cap. Esta última hipótesis y la siguiente fueron propuestas por J. Poch, ‘El Fundador…’, p.304-306, n.84.
86 FR. RAMÓN DE HUESCA, ‘Teatro histórico de las Iglesias del Reyno de Aragón’, vol. VIII (Pamplona 1802), p.152-154.
87 Cf. J. POCH, ‘D. Gaspar Juan de la Figuera, Obispo y Visitador. Sus relaciones con San José de Calasanz’: AnCal 8 (1962) 361-367.
88 Cf. ‘Historia de la Iglesia en España’, BAC, vol. III-1ª., p.329-330.
89 Jerónimo Gassol, secretario de Felipe II, escribía al embajador de Roma, conde de Olivares, desde Monzón, con fecha 22 de agosto de 1585: «Es lástima ver de la manera que están las Abadías [de canónigos regulares de San Agustín] en Cataluña. Es necessaríssimo que el Breve venga en la forma que se pide. Lo de la Merced [religiosos mercedarios] tiene no menos necesidad, especialmente porque conforme a la resolución que agora ha tomado su Magestad, el obispo de Vich a quien está cometido no se entrometerá en ello, y assí queda la Orden a discreción del Prior de Barcelona, que es de harto inconveniente». Y el P. Poch añade a esta cita: «Nótese que durante las Cortes de Monzón (1585) se tramitaron en Roma por el diestro Olivares una verdadera serie de Breves para la reforma y visita apostólica de instituciones monásticas de la Corona de Aragón» (J. POCH, ‘El Fundador…’, p.276, n.50).
90 Cf. J. POCH, o.c., p.336-337. Para todo este asunto de la reforma agustiniana véase el cap. 6 (p.319-356) del mencionado estudio del P. Poch, basado en documentos inéditos de primera mano.
91 En un Breve del 12 de septiembre de 1570 se lee: «Fratri Roderico de Solis, priori monasterii Scti. Augustini Hispalensis, conceditur facultas reformandi et ad observantiam redeundi fratres conventuales dicti Ordinis Coronae Aragonum, etc.» (ib., p.336).
92 En el Memorial que el P. Aguilar dirigió a Felipe II decía: «prometió el Provincial [P. Satorre] delante de muchos de ‘los naturales’, de hazer toda su posibilidad para echar desta provincia a los ‘castellanos’, y luego en la primera visita que hizo començó a cumplir su promesa, dexando mandatos en las cassas donde se pueden recevir novicios, que no se puedan recevir novicios castellanos. Començó también luego a quitar priores que le parecía que no estavan a su (…) o ha necessitarlos con malos tratamientos a que ellos dexassen officios, particularmente a los que eran castellanos, poniendo a otros que eran de su hu(…) de suerte que de 33 conbentos que hay en esta provincia apenas hallarán diez que conserven los priores por su manera» (ib., p.429-430).
93 En el citado Memorial, decía el P. Aguilar: «en solos quatro años que puede haber que el dicho fray Rodrigo de Solís murió ha desdicho tanto esta Reformación de sus buenos principios, que con mucha razón se deve temer que bolverá en breve a la ruyna y estrago primero si la mano piadossíssima de V. M. que le dio principio no la repara para que no caiga» (ib., p.428).
94 Cf. E. COCK, o.c., p.13. Hoy día cincuenta y un kilómetros.
95 En el recordado Memorial, el P. Aguilar decía respecto a La Figuera, que habia sido Canónigo Regular de San Agustín, «que dende los principios le ha mostrado [a la Reforma]… affición y hecho grandes favores» (J. PocH, o.c., p.43O).
96 Véase fotocopia en J. POCH, o.c., Iám. contigua a la p.341.
97 Cf. J. POCH, o.c., p.43O.
98 Cf. DANTE, ‘La Divina Commedia. Inferno’, canto IV, v.102: «de modo que yo fui el sexto entre tan digno consejo».
99 Cf. el texto correspondiente a la n.81 anterior.

ÍNDICE

NOTAS II

100 Así asegura Poch en o.c., p.344. Cf. la carta real, íntegra, en ib., p.431.433. A esta Carta añadía el rey otra, dirigida al Papa, para que atendiera a las súplicas que en su nombre le haría el embajador Olivares (cf. ib., p.434).
101 Ib., p347-348.
102 Así lo hace notar Poch, contra la opinión minimizante del P. Antonio Vidal, que negó la asistencia de Calasanz a las sesiones de la junta y limitó su actuación al redactado final de los despachos (cf. ib., p.364).

103 Ib., p.234.104 Cf. P. Fr. MANUEL CARCELLER (agustino recoleto), ‘Nueva luz sobre la Junta de Monzón del año 1585’: Boletín de la Provincia de San Nicolás de Tolentino 589 [1963] 4.
105 Talenti escribió: «nel 1588 portatosi nelle Spagne il R. P. Gregorio Petrochini Generale dell’Ordine di S. Agostino, per soddisfare a tali istanze del Re [Felipe II], adunó il capitolo provinciale di Toledo, e fu decretata la riforma, alla quale avea tanto conferito Giuseppe [Calasanz]…» (TALENTI, Vita, p.19). Y la tradición errónea continuo hasta nuestros días (cf. BAU, BC, p.130-132; BAU, RV, p.45-46). Las investigaciones del P. Poch, que hemos resumido, disiparon las confusiones, que él mismo aceptaba todavía en 1962 (cf. J. POCH, ‘D. Gaspar Juan de la Figuera, obispo y visitador…’, p.374-377).
106 Cf. J POCH, ‘El Fundador…’ p.436
107 Cf. ib., p.436-438.
108 Cf. ib., p.352.
109 Con razón rechaza Poch la opinión del P. Manuel Carceller que atribuye al mismo Calasanz la confusión, que fue obra de los historiadores: «No es extraño que [Calasanz], a esa distancia de tiempo (1585-1637) y viviendo en Roma desde 1592, pudiese creer una misma cosa la reforma de los conventuales agustinos de la Corona de Aragón y la Reforma o Recolección agustiniana, nacida en Toledo, en diciembre de 1588» (cf. ib., p.353, n.130).
110 Cf. J. POCH, ‘Tres testamentos …’, p.457-458
111 Cf. E. COCK, o.c., p.1371-1373.
112 El Breve respondía a la petición de Felipe II (28 de mayo de 1585) de que se nombrara «cualquier de los Prelados o personas constituidas en dignidad de estos Reinos de la Corona de Aragón, a quien yo señalare o eligiere» (cf. J. POCH, ‘Don Gaspar Juan de la Figuera…, p.388).
113 El 12 de septiembre de 1585 escribía La Figuera al Cabildo leridano: «las Bulas guardo por horas, porque me dicen que están ya en Çaragoça» (cf. J. POCH, ‘Aportación documental a la hist. de la Univ. de Huesca…’, p.229).
114 Cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.379.
115 Cf. la carta al embajador, fechada el 21 de septiembre de 1585 (el mismo día que firmaba las cartas que acompañaban los «despachos calasancios» sobre la reforma agustiniana), en J. POCH, ‘Don Gaspar Juan de la Figuera…’, p.391-392. Las dudas del rey se basaban en que el Breve de Visita estaba dirigido a «los obispos de Albarracín y Vich», sin nombrarlos, y en esa fecha (27 de junio de 1585) aún no había sido nombrado Figuera obispo de Lérida (12 de agosto de 1585), que es quien de hecho haría la visita, y no el de Albarracín, que quedaba «sede vacante».
116 Así lo explicaba el rey a Olivares: «Una de las cosas que me hizieron nombralle fue hazerle de [Albarracín] pasar a Lérida en Cataluña y no quedar en Aragón y assí conviene esto mucho» (ib., p.392).
117 «Sicut nuper intelleximus idem Benedictus [de Tocco] Episcopus more preventus munus hujusmodi [de Visitador] ut par erat obire et absolvere non potuerit, et post eius obitum graviores discussiones et discordias inter ipsos Religiosos procurante humani generis hoste disseminare, ac majora inde scandala secuta fuerint, ac nonnulli ex ipsis religiosis propriae salutis immemores atrocia et enormia facinora etiam adiunctis sibi in societatem sceleris aliquot perditis et facinerosis hominibus laicis perpetrarint» (ib., 433-434, n.91).
118 Cf. J. POCH, ‘El Fundador…, p.380-381.
119 Cf. ib., p.407.
120 Cf. ib., p.382, n.166.
121 Cf. ib., p.4O5-4O6.
122 Desde la ‘Breve Notizia’ de 1648 hasta nuestra época se ha mantenido otra falsa tradición, según la cual Calasanz ejerció el oficio de secretario de la visita montserratina, hasta que el P. Bau publicó la fotocopia del Acta de visita del 29 de octubre en que se lee: «… per relationem mihi dicto Hieronymo Pérez notario et secretario…» (cf. C. BAU, ‘Historia de las Escuelas Pías en Cataluña’, entre las p.32-33). Más datos sobre este eclesiástico véanse en J. POCH, ‘El Fundador…’, p.398-404.
123 Sobre este personaje véase J. POCH, o.c., p.385-398.
124 Cf. J. POCH, ‘Com un malentés configurá una tradició’: Cat 228 [1980] 8.
125 Cf. E. COCK, o.c., p.1374-1375.
126 La citada carta del 20 de octubre al Cabildo leridano era un saludo obligado, dada la intención de no pasar por Lérida y dirigirse a Balaguer, pues, aunque hacía ya un mes que había recibido la Bula de nombramiento, no había tomado posesión oficial de su sede, dados los compromisos en Monzón. Tomó posesión por procurador el 7 de noviembre de 1585, mientras estaba en Montserrat (cf. J. POCH, ‘D. Gaspar J. de la Figuera…’, p.410).
127 Es muy probable —y sugestivo— que al pasar por Igualada se hospedara la comitiva en el convento de Agustinos, dado que La Figuera había sido canónigo regular de San Agustín. Y ese convento es hoy Colegio de las Escuelas Pías. Los cronistas e historiadores igualadinos así lo sugieren (cf. J. POCH, o.c., p.435, n.98).
128 El 29 de octubre escribía La Figuera al Cabildo de Lérida: «Ayer llegué a esta Santa Casa de Montserrat…» (cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.4O7). Sobre el itinerario Monzón-Montserrat, cf. J. POCH, ‘D. Gaspar J. de la Figuera…’, p.435, n.99.
129 Sobre sus orígenes, cf. E. ZARAGOZA, ‘Los Generales de la Congregación de San Benito de Valladolid I. Los Priores’ (Silos 1973).
130 Cf. ID., o.c., II, ‘Los Abades Trienales’ (Silos 1976), p.66.
131 Ib., II, p.191-193. Cf. también J. POCH, ‘El Fundador…, p.439-441
132 F. DE P. CRUSELLAS, ‘Nueva historia del Santuario y Monasterio de Na. Sra. de Montserrat’ (Barcelona 1896) p.409.
133 Cf. J. POCH, o.c., p.36O.
134 La carta del virrey, don Carlos de Aragón Tagliavia, en ib., p.361-362.
135 Ib., p.362-363.
136 Cf. cartas de Felipe II al papa y al embajador Olivares en J. POCH, ‘D. Gaspar J. de la Figuera…’, p.378-379. En la Corte se quería impedir a toda costa la intromisión fiel Consejo de Ciento, como consta de nuevo en carta del secretario real Gassol (14 de marzo de 1583): «para que el daño no pase adelante conviene remediarlo por vía de Visita, que será fácil hazerlo, y con ella se atajará que los Diputados y la ciudad de Barcelona no salgan al negocio y se encone y vengan a tratar de cosas que es mejor que estén enterradas» (ib., p.379).
137 Cf. ib., p.428, n.52.
138 Cf. J. POCH, ‘El Fundador…, p.364.
139 Cf. J. POCH, ‘D. Gaspar de la Figuera…, p.428, n.55. Véase una larga «Relación» de hechos en ib., p.381-382.
140 Cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.448.
141 Ib.
142 Ib., p.366.
143 Ib., p.367.
144Cf. J. VILLANUEVA, ‘Viaje literario’, vol. 18, p.103.
145 Cf. doc. íntegro en J. POCH, ‘El Fundador…’, p.451-453.
146 Este monasterio benedictino, situado en el barrio antiguo de las Ramblas de Barcelona, fue anexionado en 1577 por Gregorio XIII a la abadía de Montserrat, pero la oposición de los monjes de San Pablo y de la Congregación Claustral, de la que había sido desgajado, hizo que en 1593 volviera a separarse de Montserrat (cf. ‘Gran Encicl. Catalana’, vol. 13, p.287).
147 Cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.370, n.151.
148 Tal vez tenga relación con esto un apunte del 27 de marzo de 1585 que dice: «Los Diputados de la Generalidad reclaman a los Diputados de Aragón dos cantidades (cargues) de moneda, que fueron incautadas a dos monjes vallisoletanos de Montserrat cuando las sacaban de Cataluña, con fraude» (cf. J. POCH, I.c.).
149 Cf. ib., p.452-453.
150 El mismo día 21 de marzo de 1585, la Generalidad manda a la Corte su emisario que informe al rey y lo mismo hacen los Consellers de Barcelona con otro mensajero. Incluso estos últimos informan el mismo día al virrey de Cataluña que «ha mandado a Montserrat al ‘Conseller Terç’ para ocupar el convento y pacificarlo» (cf. 3. POCH, ‘El Fundador…, p.369, n.151).
151 Cf. J. POCH, ‘Documents montserratins amb rerafons calassanci’: Cat 220 [1979] 4. Felipe II escribe al embajador romano el día 16 de marzo de 1585: «Y porque podría ser que los Diputados de Cataluña o los Concellers de Barcelona con otros fines quisiessen intentar con Su Santidad algunas cosas en esta materia, os lo havemos querido advertir para que lo estéys mucho en no dar lugar a que se provea cosa alguna sin darnos primero muy particular noticia de ella» (cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.371).
152 Cf. ib., p.373. La carta lleva fecha del 28 de mayo de 1585. El P. Poch comenta: «Los seglares intrusos a los que se refiere repetidamente Felipe II no son ciertamente los miembros de los estamentos o autoridades civiles del Principado… Los seglares aludidos por el rey eran notorias personas que, partidarias de los “monges de la Corona de Aragón”, atizaron el conflicto hasta el extremo de poner a su servicio algunas partidas armadas, apellidadas “bandoleros”» (ib., p.374, n.156). Los textos aducidos hasta ahora, como el de la nota anterior y otros más explícitos que citaremos luego, prueban con suficiencia que para la Corte «los seglares» en cuestión eran sobre todo los diputados y consejeros de Barcelona.
153 Cf. ib., p.372, 379, n.162, y p.384. El 23 de enero de 1585, antes de morir Tocco, Felipe II había conseguido ya de Gregorio XIII la «Revalidatio litterarum Alexandri VI circa unionem monasterii Montisserrati congregationi Vallisoletanae» (ib.). Y esto quizá porque el mismo Tocco, en un informe secreto de fines de 1584, había sugerido al Papa separar la abadía de Montserrat de la Congregación de Valladolid (ib., p.384, n.168).
154 Cf. J. POCH, ‘D. Gaspar J. de la Figuera…’, p.398.
155 Cf. G. BARREIROS, ‘Corografía de algunos lugares’, en J. GARCÍA MERCADAL, o.c., vol. I, p.1027-1028.
156 Cf. P. CRUSELLAS, o.c., p.67. El 2 de febrero de 1592 se consagró la nueva iglesia, pero la imagen permaneció en la vieja hasta el 11 de julio de 1599, en que se hizo el traslado en presencia de Felipe III (ib., p.72-75). La venerable iglesia antigua, donde estuvo la Santa Imagen 719 años, fue demolida el 3 de enero de 1755 (ib., p.479). Monasterio e iglesia fueron quemados por los franceses en 1811-12 y reconstruidos en 1817 (ib., p.312). El actual camarín, empezado en 1878, fue inaugurado en 1887 (ib., p.361).
157 Cf. ib., p.93-101.
158 Al día siguiente de llegar escribía al Cabildo de Lérida: «Ayer llegué a esta santa casa de Montserrat, donde me recibieron con señales de mucho contento y muestras de que dessean ver compuestas estas cosas: guíelas N. Señor a su servicio» (cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.407).
159 Cf. ib., p.4O8-409.
160 Cf. ib., p.234.
161 Cf. ib., p.451. El informe de Tocco del 6 de diciembre de 1584 decía que había 70 monjes (ib., p. 448). En el acta de la primera sesión capitular de la visita, tenida el 29 de octubre, se nombran a 27 monjes profesos, de los cuales 4 son ermitaños (cf. J. POCH, ‘D. Gaspar J. de la Figuera…, p.399). En la visita que hizo Cock en mayo del mismo año da los nombres y datos de 13 ermitaños (cf. E. COCK, oc., p. 1358).
162 Cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.4O9, n.201. Su nombre se lee también en el acta capitular mencionada en la nota anterior (“fratre Didaco Marquina”).
163 Cf. la carta íntegra en catalán en J. POCH, ‘Documents montserratins…’, p.6.
164 «… se acordó por los tres estamentos o “braços” de la Corte General de Catalunya [en Monzón] que es muy necesaria la antedicha separación y que conviene la erección de dicha provincia…» (cf, J. POCH, ‘El Fundador …’ p.383-384).
165 La carta es muy interesante, pues manifiesta el contacto constante que mantenía el Consejo con los monjes. Dice entre otras cosas: (Ja tenim avisat a Vostres Magnificéncies com sa Magestat nos escrigué una carta a la qual Ii responguérem donant-li grácies per la mercé nos feya del cuydado de esta santa Casa. De tot ne havem enviat cópia a Vostres Magnificóncies. Sols esta és perqué havem tingut avis que en dita lletra aprés de haverla firmada, s’hi ajustá una cláusula en que deya que tots estavem aparellats a fer lo que Sa Magestat manaría…, la cláusula és estada contra la nostra voluntat… ‘y no ens mourem un punt de lo que Vostres Magnificéncies y aquest savi Consell manará…’ Cal que aquest Monastir y ‘d’altres benedictins de Catalunya’ es fassen Provincia por sí, que es lo únic remey. Si no es fa així, els ánimos y conscéncies may estaríen quietes… Es la nostra determinació que antes patirem mil vides que no desistirem de aquest propósit’ de lo que convé tant per a benefici de tota la terra y honra de aqueixa Ciutat y augment desta santa casa» (27 de noviembre de 1585) (J. Poch, ‘Documents montserratins…, p.7).
166 Ib.
167 Ib., p.7-8.
168 Ib., p.8. La carta de los Consellers era del 14 de diciembre de 1585, y la del visitador, de dos días después.
169 Ib. Léase la n.152 anterior.
170 Cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.374-375, n.156 y 157.
171 Cf. J. POCH, ‘Documents montserratins…’, p.9.
172 Cf. carta al visitador (2 de febrero de 1585) en ib. y una larga «Instructió» al alguacil (3 de febrero de 1585), en J. POCH, ‘Montserrat i Calassanç, encara:’ Cat 252 [1982] 17-18.
173 Cf. BAU, RV, p.11. Véase el plano de la iglesia antigua en J. POCH, ‘El Fundador…’, lám. de p.405, en que se dice que la capilla de la Virgen era lateral. Sin embargo, según Barreiros, ya citado, «la imagen de N. Sra. está en el medio del panel del altar mayor…» (cf. n. 155 anterior y texto correspondiente).
174 Cf. BAU, BC, p.146-l47. «… in due soli giorni d’infermitá —dice el original italiano— passó all’altra vita, con non poco sospetto fosse stato tossicato per Ii segni che se ne vedevano assai evidenti» (BERRO I, p.59).
175 Cf. J. POCH, ‘Documents montserratins…’, p.10.
176 Ib.
177 Ib.
178 Ib., p.10—12.
179 Cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.410, n.203.
180 ‘Historia del glorioso San Valero…’ (Zaragoza 1615), p.379 (cit. en J. POCH, o.c. p.385.
181 Según F. Carreras Candí, hubo todavía un tercer visitador de Montserrat, anterior a Tocco y La Figuera, que como ellos «la muerte le impidió llevar a término su difícil cometido y las discordias se redoblaron», y esto ocurría en 1582 (cf. F. CARRERAS CANDÍ, ‘Visites dels nostres Reys a Montserrat (1268-1907)’ [Barcelona 1911] p.72).
182 Cf. BAU, RV, p.11.
183 Cf. ARMINI, ‘Vita’, p.29-30; TALENTI, ‘Vita’, p.20-21.
184 Cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.387-391; J. LÓPEZ NAVÍO, ‘Don Juan de Mercado y Calasanz’: AnCal 20 (1968) 464-466, 475-476; ID., ‘Ambiente histórico y social en que vivió San José de Calasanz’: AnCal 26 (1971) 212. Supuesto el parentesco, Navío atribuye a Bardají la mediación para entrar Calasanz al servicio de La Figuera.
185 Cf. J. LÓPEZ NAVÍO, ‘Don Juan de Mercado y Calasanz’, p.464. El P. Berro escribió: «El viejo Regente no sabía estar sin José y proponíale que, terminada aquella [visita], marchase con él a Madrid para tener ocasión de tratar de cosas espirituales. Durante el día atenderé a la corte —le decía— por el oficio que tengo; pero la tarde y la noche vacaremos a discursos y lecturas espirituales y os entregaré el gobierno de mi alma. En tan alto concepto de hombre de Dios tenía a nuestro .Calasanz» (cf. BAU, BC, p.146-147, trad. de BERRO I, p.59).
186 Cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.385 y 395-396.
187 P. CRUSELLAS, en ‘Nueva Historia de Montserrat’ (Barcelona 1896), además de confundir muchas fechas, dice que el visitador don Juan de Cardona, obispo de Vich, «trajo por secretario al que hoy es San José de Calasanz» (p.411), mientras en otro lugar dice: «D. Gaspar de la Figuera se llevó por secretario a San José de Calasanz» (p. 100). Y son dos confusiones más.
188 Cf. J. POCH, ‘El Fundador…’, p.234.
189 Fr. G. DE ARGAIZ, ‘La perla de Cataluña’ (Madrid 1677) p.209-211.
190 Cf. A. ALBAREDA, ‘Historia de Montserrat’ (Montserrat 19462), p.74-94.
191 Entre los dominicos ocurre también que la «reforma castellana» se impone en la Corona de Aragón en 1530 por Breve papal. Los «aragoneses» reaccionan fuertemente En 1531 es elegido Provincial de Aragón Fray Domingo de Montemayor, enérgico promotor de la reforma. Pero en 1534 tanto él como el Prior de Valencia, Amador Pi, fueron asesinados a puñaladas en una emboscada por dos frailes apóstatas dominicos que huyeron luego a África (cf. ‘Historia de la Iglesia en España’, BAC, vol. III-1°, p.306)



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