sJC (Biografía) - S. Giner - Written by Archivo Calasanz on Martes, Junio 2, 2009 1:07 - 0 Comments

S. JOSÉ DE CALASANZ (Severino Giner) - C14: Muerte y Glorificación

ÍNDICE

CAPÍTULO 14
MUERTE Y GLORIFICAClÓN

Esperanza heroica

El día 1 de abril de 1646 escribía a Calasanz su amigo y fiel admirador D. Miguel Ji-mé¬nez Barber desde Venecia: «La mala nueba presto corre, pues toda Benetia está llena de la mala determinación que se ha tomado cerca de las cosas de su santo instituto de V. Rma., pues todas las gacetas hablan dello, cómo ha mandado el Papa que no se vistan más y queden sujetos al Ordinario y también dicen los avi¬sos pú-blicos que todo ha sido a instancia de los buenos padres de la compañía de Jesús, de que aquí no poco murmuran de su ambición». (1)

En Venecia no había escolapios, pero la noticia llegó igualmente, confirmando las acusaciones contra los jesuitas de que expresamente se hace eco en Roma el mis-mo Santo Fundador repetidamente en sus cartas: «Este hermoso resultado ha dado a luz después de tres años la visita del M. R. P. Pietrasanta y se habrá cum¬plido el deseo de tantos PP. Jesuitas que ahí en Germania y en Polonia han publi¬cado que debería destruirse nuestra Religión dentro de poco tiempo. V. R. dé ánimo a todos los profesos, asegurándoles que mientras haya religiosos profesos de los hechos hasta ahora, no se deshará la Religión y yo espero que en breve tiempo resur¬girá a un estado mejor que antes. Y no faltará quien tome a pecho este asunto de devol-verla a su perfección. Mientras tanto V. R. dé aviso a esos Padres para que todos juntos rueguen a Dios por los RR. PP. Jesuitas que nos han procurado esta ca¬lamidad y mal nombre». (2) ¡Qué grandeza la de este hombre, que, junto a la queja y la acusación de los males recibidos, sabe añadir la súplica evangélica de «rogar por los que os persiguen» (Mt 5,44)! «Aquí —en Roma, desde donde escribe esta otra carta Calasanz— públicamente se dice que ha sido todo operación de los PP. Jesuitas, pues ya hace tiempo que algunos de ellos en varias provincias han dicho a los nuestros que la Religión de las Escuelas Pías se destruiría pronto. Que el Señor les dé a todos ellos su santa gracia y a nosotros paciencia y conformidad a su santí¬sima voluntad» (3)

La Santa Sede se esforzaba, sin embargo, para disipar estas acusaciones, que eran unánimes, sobre todo en los lugares en que había escolapios, como puede apre¬ciarse en esta carta del secretario de Estado al nuncio de Polonia: «Es grandísima vanidad el creer que en el negocio de las Escuelas Pías se haya atendido a las rela-cio¬nes de Mons. Albizzi o a las siniestras informaciones de los PP. jesuitas… Y es también certísimo que los PP. Jesuitas no han realizado ni de pensamiento cosa al¬guna contra dichos Padres… » (4)

El pobre Fundador se lamentaba expresamente de que aquella medida aciaga iba al fin de cuentas contra los pobres y contra el pueblo, y no acababa de comprender que se destruyera una obra tan apreciada por toda Europa: «Ruegue al Señor que se complazca en ayudar la causa de los pobres»; «manteniendo el Instituto en pie, el Señor pondrá orden oportuno a servicio del pueblo»; «hagamos oración para que todo resulte a mayor gloria de S. D. M. y a mayor utilidad del prójimo, sobre todo de los pobres»; «no puedo llegar a entender que un Instituto tan útil y requerido por toda Europa y alabado aun por los herejes pueda destruirlo tan fácilmente la malicia humana, y mientras viva tendré esperanza de verlo restablecido a su ser primitivo»; «mientras tanto rogamos aquí al Señor que S. D. M. supla en lo que fal¬tan los hombres y tenemos firme esperanza en que Dios bendito no permitirá que se pierda un Instituto tan requerido en toda Europa»; «aunque los adversarios son grandes y poderosos, hemos de esperar sin embargo que la bondad divina no per-mi¬tirá que se destruya totalmente un Instituto como el nuestro, aprobado por tres Sumos Pontífices y aplaudido y requerido por toda Europa y por los herejes, los cua-les Dios sabe lo que dirán cuando vean editado el breve. Aquí en Roma todos nos tienen compasión, pero nadie quiere ser el primero en tratarlo con el Papa» (5)

Si antes de que saliera el breve la esperanza de Calasanz era inquebrantable en que no se destruiría la Orden, después de leído llega a ser realmente heroica al confiar contra toda esperanza humana que el Instituto resurgiría de nuevo, llegando a un mayor esplendor. En los años largos que duró la angustia en torno a lo que decidiría la comisión pontificia, confió ciegamente en que al final quedaría en pie la Orden. Y esto hasta el momento mismo en que se leyó públicamente el breve. En enero de 1646 escribía: «Algunos dicen que con un Breve se reducirá la Orden a Congrega¬ción de votos simples o bien sujeta al Ordinario o bien que no enseñe latín. Esto van propalando algunos que quisieran la destrucción, pero lo cierto es que nuestra Reli¬gión tiene grandísimos y potentísimos adversarios, pero no perdemos la esperanza que deba quedar en pie». (6) En febrero insistía: «Estamos seguros que no se des¬truirá la Religión, como quisieran y han estado procurando los adversarios»; «aun¬que algunos van escribiendo malos pronósticos, espero no obstante en Dios bendito que la Religión quedará en pie y que crecerá todavía más para utilidad del prójimo». (7) El 3 de marzo dice: «Yo espero que todo cuanto han hecho y harán nuestros ad¬versarios, todo se deshará con la ayuda de Dios y podrá más la verdad que la envi¬dia, pero V. R. tenga buen ánimo como todos los que aman el Instituto, pues sin duda volverá a ser quizá más glorioso que antes». (8) El 18 de marzo comunica la fatal noticia con estas esperanzadísimas palabras: «Finalmente ha salido el breve que manifiesta claramente la ruina de nuestra Religión, pero yo espero que cuanto más la mortifiquen los hombres, tanto más la exaltará Dios» (9)

No todo eran palabras de consuelo y de esperanza. Ni se puede decir que hubo re-sig¬nación pasiva ante la decisión pontificia. Se aceptó con heroica obediencia, pero con la convicción íntima de que había sido una injusticia y que había que hacer todo lo humanamente posible para hacer cambiar de opinión y de decisión al Papa. Y se recurrió a todos los medios diplomáticos para conseguirlo. Y llovieron cartas y más cartas de las cortes de Polonia, de Toscana, de los virreinos españoles de Nápo¬les, Sicilia y Cerdeña, de la emperatriz Eleonora, de los magnates del Imperio relacio¬nados con fundaciones escolapias de Bohemia y Moravia. Todos pedían lo mismo: que se restablecieran las Escuelas Pías a su prístino estado. Particularmente fue no-table la insistencia del rey de Polonia en persona, además de sus nobles, su canciller Jorge Ossolinski, la Dieta del Reino en pleno con las firmas de todos los obis¬pos de Polonia y los representantes de la nobleza. Mas la actitud de Inocencio X fue irre-ductible. El 7 de agosto de 1647, ante las porfiadas instancias del rey polaco, le mandó el Papa un breve en que le decía: «… por tanto, habiéndose tratado y con¬cluido el asunto justísimamente, no hay lugar a nueva deliberación». (10) Si¬guió, no obstante, insistiendo en el tema el delegado del rey en Roma, Mons. Ronca¬lli, lle-gando ya a molestar al Papa, por lo que el Card. Panziroli, secretario de Estado, vol-vía a recordar al nuncio en Varsovia, en julio de 1648, que «estando termi¬nado aquel asunto, no hay razón para hablar más de él». (11) Durante el pontifi¬cado de Inocencio X, pues, fueron vanas las esperanzas de restauración.

Hubo, sin embargo, dos problemas gravísimos que hallaron solución, casi al margen de la campaña diplomática que pedía el restablecimiento de la Orden. El primero fue bloquear las nuevas Constituciones. Por lo visto, Mons. Albizzi encomendó su redac¬ción nada menos que al P. Cherubini, y de ello se quejaba Calasanz ya en junio de 1646: el P. Esteban «se gloría de haber recibido orden de S. S. de hacer él las Cons-ti¬tuciones de nuestra Religión, y se supone que es mandato de Mons. Asesor. Consi-dere V. R. qué Constituciones podrán salir por este medio, y se dice que sal¬drán con un Breve y quizá antes de que termine julio». (12) El 8 de septiembre esta¬ban ya terminadas, pero no firmadas por la comisión, según escribe Calasanz: «Se esperan las nuevas Constituciones con muchos disparates, contrarios todos al bien de nues-tro Instituto. Las han revisado algunos Prelados, pero nadie las ha que¬rido aprobar aún ni firmar, excepto el P. Pietrasanta». (13) Sin embargo, Caputi, en sus Memo-rias, dice que fueron firmadas por todos los miembros de la comisión, ex¬cepto el Card. Ginetti que se negó a hacerlo. Y sigue diciendo Caputi que dicho carde¬nal re-tuvo en su despacho la copia firmada de las Constituciones, prometiendo a instan-cias de Calasanz que de allí no saldrían, ni serían publicadas, ni vistas por nadie. (14)

El segundo problema grave era el de la admisión de novicios. Ya a principios de ene-ro de 1648 Mons. Albizzi había dado una interpretación benigna del breve de re¬ducción, permitiendo nuevas vesticiones, como anunciaba Calasanz en una carta del día 10: «He diferido escribir en los dos correos anteriores esperando saber la volun¬tad de Mons. Asesor, el cual anteayer dijo a dos de nuestros Padres que no tenemos prohibición de dar el hábito y que podemos vestir tal como estamos hoy, pero no dar la profesión sin nueva orden de S. Santidad». (15) En las manos del omnipo¬tente asesor del Santo Oficio, por lo que se ve, seguían todavía los destinos de las Escuelas Pías. Y esta concesión o señal de benevolencia era el último rayo de sol que podía alumbrar la heroica esperanza del viejo Fundador.

La muerte del justo

A mediados de julio de 1648 salió el santo anciano para ganar indulgencia plenaria visitando la hoy desaparecida iglesita de San Salvador, cercana a San Luís de los Franceses. Al regresar hacia casa tropezó con una piedra, lastimándose el pie des¬calzo. Apoyado en sus dos acompañantes llegó a casa. Ya no salió más a la calle. El 1 de agosto celebró su última misa, después de la cual se sintió indispuesto y se echó en la cama. Al día siguiente, domingo, no se atrevió a celebrar y esperó la hora de la misa de niños, y entre ellos recibió la comunión de manos del P. Vicente Berro. Fue su último acto público, inmortalizado por Goya en su famoso cuadro.

Aquel domingo lo pasó muy mal. Se llamó a tres médicos a distintas horas. Decían que eran cosas de vejez. El enfermo insistía en que los médicos no conocían su mal, que estaba en el hígado, del que siempre había padecido. Para calmar sus ardores usaba una piedra de mármol mojada en agua fresca que aplicaba a la parte dolo¬rida. «Los médicos —decía— no conocen mi mal. Cuando el Señor quiere llevarse a uno al cielo, quita a los médicos el conocimiento del mal, para que no apliquen los remedios oportunos. Tengo fiebre, me abraso de sed y me privo del agua cuanto puedo por amor de Dios. Rogad por mí para que sepa conformarme con su divino querer» (16)

La gravedad del enfermo iba en aumento. Los médicos le hicieron una sangría el día 11, pero los escalofríos que sentía después presagiaban lo peor. En la madrugada del día siguiente pidió la comunión. Se la llevó el superior, P. Juan García del Casti¬llo, y le acompañaban entre otros los PP. Berro, Caputi y Morelli. Al llegar el Señor —cuenta Caputi— no se pudo contener y exclamó: «Este es el tribunal de la ver¬dad»… Dos años antes había corrido un escrito incriminatorio y calumnioso contra él, compuesto de diez puntos, el primero de los cuales empezaba así: «Que él [Ca-la¬sanz] ha sido la causa total de nuestra destrucción…» Y a quien le mandó el do-cumento decía: «A todos respondo con una palabra, que pronto nos veremos to¬dos ante el tribunal de Cristo, donde se verá y sabrá la pura verdad y cada cual será juzgado según sus obras». (17) Ahora, en el lecho de muerte, recordaba esperan¬zado el tribunal que debía juzgarle… Y —sigue contando Caputi— «pidiendo perdón a cuantos hubiese ofendido, se explayó en exhortación conmovidísima, llena de re¬cuerdos y de consejos, hablándonos de la santa humildad, de la paciencia en los tra¬bajos, de la caridad fraterna, bendiciendo y llamando hijos queridísimos a los presentes y ausentes, a los de Roma y de las otras casas, y perdonando de corazón a cuantos a él le habían ofendido, repitiéndoles también el título de hijos amadísi¬mos. Y si nuestras lágrimas brotaban empujadas por la ternura y el amor que le profe¬sábamos, las de él no eran menos, pues había roto a llorar desorbitada- men-te, como si todos los afectos de su alma se le escaparan por los ojos y por aque¬llas expresiones de hijos queridísimos. » (18)

El día 15, solemnidad de la Asunción de María, quiso comulgar de nuevo, y como le llevaron la eucaristía después de haber llamado a la oración de la mañana, asistió toda la comunidad y él «con los ojos bajos y grandísima humildad hizo otro hermo-sí¬simo discurso, muy diferente del anterior, recomendando también las virtu¬des, pe-ro exhortando singularísimamente a la enseñanza y al amor del Instituto. Que estu-viésemos unidos como hermanos verdaderos, que siendo así, aunque se moviese el infierno, no habíamos de tener miedo alguno» (19)

Entre las muchísimas escenas y anécdotas que cuentan sus fidelísimos biógrafos Berro y Caputi, hay dos conmovedoras que manifiestan la inquebrantable adhesión del viejo moribundo a la fe católica. Muchísimos fueron los amigos que le visitaron en aquellos días, uno de ellos fue el inglés Tomás Cocchetti, muy favorecido por Ca-la¬sanz; uno de sus hijos murió siendo escolapio. El inglés había sido camarero en la corte de Londres y aconsejó al enfermo un remedio eficaz contra las mucosidades que entorpecían la respiración. Pero al decirle Cocchetti que la receta había sido in¬ventada por Enrique VIII de Inglaterra, el Santo la rechazó con energía, protestando que no quería recibir alivio del invento de un hereje. La otra anécdota es más humana, pero de mayor profundidad simbólica. Debió de ocurrir dos o tres días an¬tes de morir. Llamó a dos religiosos (Berro y Fedele) y les suplicó: «Hacedme esta caridad por el amor que os tengo. Id al Vaticano; ganad la indulgencia por mí; be¬sad el pie a la estatua de San Pedro; pedidle la bendición de mi parte, para que me impetre del Señor el perdón de mis pecados y agregad las devociones que os pa¬rezca. Id luego al Maestro de Cámara del cardenal Cecchini y rogadle me obtenga del Papa la Indulgencia Plenaria y la Bendición in articulo mortis». (20) A pesar de las tribulaciones y humillaciones que había recibido de la Santa Sede, no había en su alma rencor alguno y quería morir como hijo fiel de la Santa Iglesia romana y consolado con la bendición apostólica del Papa.

Fue siempre muy devoto de San Carlos Borromeo y San Felipe Neri, y por ello quiso que le trajeran antes de morir un cíngulo del primero y un bonete del segundo para ponérselos un momento, y fue también complacido. El domingo día 23 por la ma¬ñana pidió comulgar por viático y al anochecer quiso que le dieran la extremaun¬ción. El P. García, como superior de la casa, le administró ambos sacramentos ante toda la comunidad.

Indudablemente, lo más grandioso que ocurrió entre aquellas cuatro paredes desnu¬das de la pobre habitación del santo viejo en las últimas noches de su vida fueron dos visiones sobrenaturales. La primera la atestiguan bajo juramento los PP. Fran¬cisco Castelli y Camilo Scassellati, como oída contar personalmente de labios del Santo, y la corroboran Berro y Caputi, que también fueron confidentes del mismo. El P. Castelli dijo: «Creo que a la virtud de la esperanza en la Sma. Virgen se puede referir lo que oí de su propia boca los últimos días de su vida, estando en cama gra¬vemente enfermo pocos días antes de su muerte. Fui a visitarle y le dije: ‘Padre, me temo que queréis hacernos una mala pasada; queréis dejarnos. ; me da de ello mu¬cho miedo’. Respondióme: ‘Estoy en las manos de Dios; haga S. D. M. cuanto le plazca. Y al replicarle yo: ‘En todo caso V. P. no puede caer sino de pie’, él me res-pon¬dió bajito, confidencialmente ‘Sí, la Virgen me lo ha dicho, que esté contento y que no dude de nada’. Quedé yo suspenso ante aquella declaración, y para que la repitiera le dije: ‘¿Cómo, Padre; cómo está eso?’ Y él repitió lentamente: ‘La Virgen de los Montes me ha dicho que esté contento, que no dude de nada’. Y lo hice para que lo oyera el otro Padre que allí estaba (P. Scassellati). Y supe luego que el Siervo de Dios tenía grandísima devoción a la Madonna dei Monti». (21) (Esta Virgen tiene dedicada una iglesia detrás del foro de Augusto, en el barrio romano llamado ai Monti).

La segunda visión, tal como la cuenta Berro, consistió en que todos los escolapios hasta entonces difuntos fueron a visitarle. Unos estaban de pie y otros sentados. Fue a verle el P. Constantino Palamolla, barnabita, muy amigo suyo, y el enfermo le contó la visión, preguntándole qué significaría la diferencia entre sentados y de pie. Palamolla le preguntó con quién estaba el abate Glicerio Landriani, y el Santo res-pon¬dió que con los sentados, de lo que dedujeron que estos últimos estaban ya de¬finitivamente en la gloria. Estaban también en la habitación los PP. García y Berro. Y añade éste: «Yo me salí entonces y no oí más. Díjole todavía a D. Constantino que sólo faltaba uno, pero al preguntarle yo luego quién era el ausente, no quiso res-pon¬der» (22)

Y llegó el fin. La noche entre el 24 y 25 de agosto de 1648 velaban al enfermo los PP. Vicente Berro y Ángel Morelli. Pasada la medianoche advirtieron que el padre se moría. Mientras el P. Berro —que es quien lo cuenta— empezaba la recomendación del alma, el P. Morelli tocó la campana y acudió toda la comunidad… «Cedí la estola y el ritual al P. Castilla como superior de la casa. Prosiguió la recomendación, acom-pa¬ñándole todos y oyendo cómo el Venerable Padre contestaba a todo. Alzó el brazo derecho como para bendecir y en ese momento, sin movimiento ni estertor, sin ahogo ni torcimiento de labios, voló al cielo pronunciando tres veces Jesús, Je¬sús, Jesús. Eran las cinco y media. Quedó su cuerpo tan hermoso y bien parecido como si estuviera vivo, con color en el rostro y suave sonrisa en los labios… De to¬dos no-sotros se apoderó una singular e intensa alegría que nos tenía como fuera de senti-do y de tal manera consolados que nos parecía estar de fiesta en vez de luto, y en lugar de abatirnos por el dolor propio del caso, experimentábamos gozo común y universal. En ello estábamos, cuando el reloj de la Sapienza tocó los tres cuartos para las seis [las dos menos cuarto de la madrugada en el cómputo actual]». (23)

Al cabo de pocos días hubiera cumplido noventa y un años.

Primera glorificación: los funerales

El 25 de agosto era día de vacación escolar por ser la fiesta de San Bartolomé. Los niños no acudieron a las Escuelas Pías. En las primeras horas de la mañana se pre¬paró debidamente el cadáver y quedó expuesto en el oratorio doméstico, donde se le rezó el oficio de difuntos y se cantó la misa exequial a puertas cerradas. Acaba¬dos los ritos, se le sacó la mascarilla mortuoria, que tanto ha contribuido a mante¬ner uniforme la iconografía calasancia a través de los siglos. A primeras horas de la tarde fueron llamados tres médicos y un practicante, conocidos y amigos para que procedieran a la autopsia o vaciado del cadáver, en una especie de rudimentario em¬balsamamiento. En tarros de loza fueron colocados la lengua, el hígado y el bazo y en una copa de cristal se depositó el corazón. Todo ello se metió luego dentro de un cofre de nogal que se cerró con tres llaves y fue depositado en la que había sido habitación del Santo y no sería ya ocupada por nadie más. Un siglo más tarde, el 2 de agosto de 1748, se procedió a la apertura del cofrecillo y hubo que descerrajarle, porque se habían perdido las llaves. Y Todas aquellas vísceras permanecían inco-rrup¬tas. En 1752 se las encerró en un precioso relicario, pudiéndose admirar y ve¬nerar todavía hoy.

Terminada aquella carnicería, volvióse a vestir el cadáver y siguió expuesto en el oratorio privado. No se quiso publicar la noticia hasta el día siguiente, salvo los avi¬sos ligados a los Colegios de los pueblos vecinos a Roma y al cardenal vicario, Gi¬netti, superior jerárquico de las casas de Roma.

A las ocho de la mañana del día 26 se hizo el traslado del cadáver desde el oratorio doméstico hasta la iglesia. En impresionante silencio salió el cortejo fúnebre por la plaza de Mássimi, y dando la vuelta a la manzana por el callejón de la Cucaña, fue a entrar en el templo por la de San Pantaleón. Un niño de cinco años comenzó gritar espontáneamente al divisar el cadáver: «El Santo, el Santo, el Santo». Fue como una trompeta mañanera que empezaba a despertar el entusiasmo popular. No do-bla¬ron las campanas, porque alguien dijo que el duque de Bracciano estaba grave¬mente enfermo y podía molestarle el duelo. El féretro fue colocado sobre un humil-de catafalco en medio de la iglesia y empezaron los funerales. El templo es¬taba casi vacío.

Los niños no sabían nada de lo ocurrido, y al llegarse a San Pantaleón les dijeron que no había escuela porque había muerto el P. José. Y probablemente fueron ellos —y eran más de mil— quienes al volver a sus casas aquella mañana esparcieron por todos los barrios romanos la noticia de la muerte del Santo Fundador de las Escue¬las Pías. Hubo también a primera hora una simple mujer lisiada de un brazo que, confiando en la santidad del P. José y ayudándose con el brazo sano, logró tocar con el enfermo los pies del cadáver y sintió que el movimiento volvía y podía abrir y ce¬rrar la mano. Y empezó a clamar «¡Milagro! ¡Milagro!» Y cundió el revuelo en la igle¬sia, en la plaza, en las calles adyacentes, en toda Roma. Y a medida que avanzaba el día, crecía el desfile multitudinario. La iglesia era incapaz de contener a tanta gente. Acudieron obispos y monseñores de curia, embajadores y príncipes de la no¬bleza romana con sus esposas, religiosos y sobre todo gente del pueblo sencillo. Las dos plazuelas adyacentes a la iglesia estaban repletas de gentío que esperaba por horas enteras penetrar en el templo para poder ver y tocar el cadáver venerable. La abundancia de carrozas de la nobleza y corte aumentaba el tumulto y la confusión. En el interior del recinto la avalancha de la multitud atropelló los bancos que defen¬dían el túmulo. Para poner un poco de orden en aquella barahúnda de sacro entu¬siasmo acudieron unos soldados corsos de la guardia papal y se consiguió trasladar el catafalco al interior del presbiterio, mejor defendido, pero fue inútil, pues la ba-ran¬dilla de nogal cedió a la acometida de la multitud, que llegó incluso a penetrar en la clausura. Fue llamado también un piquete de guardias suizos para defender el cadáver.

Durante todo el día hubo unos ocho casos de curaciones prodigiosas, alguna muy notable, con lo que el fervor crecía y el afán de conseguir reliquias se contagiaba. Desapareció el bonete, el manípulo, trozos de casulla, del alba, de la sotana, e in¬cluso cabellos y uñas de los pies. A mediodía se logró trabajosamente cerrar las puer¬tas de la iglesia y se trasladó el cadáver al oratorio para revestirlo de nuevo. Por la tarde se volvió a bajar ante el insistente requerimiento de la gente, que en incensante romería siguió desfilando hasta bien entrada la noche. Al atardecer, el P. Caravita, famoso y popular jesuita, improvisó el primer panegírico ante la multitud, impresionado por aquel fervor que se había convertido en auténtica apoteosis.

Tanta glorificación espontánea, sellada al parecer con milagrosas curaciones, debió de sembrar temores en la comunidad, pues dado el estado de postración de la Es¬cuela Pía y el descrédito oficial en que había quedado relegado el pobre Fundador en vida, toda esta apoteosis póstuma podía parecer imprudente a la curia romana. Por ello optaron los padres por enterrar cuanto antes el cadáver cuando se cerraran las puertas de la iglesia, como efectivamente lo hicieron en la madrugada del día 27, antes de que pudiera reanudarse el desfile piadoso de los fieles. Pero el desfile con-ti¬nuó ante el sepulcro.

Segunda glorificación: restablecimiento de la Orden

Todo intento de restablecimiento de la Orden fue inútil durante el pontificado de Ino¬cencio X. Renació cierta esperanza al ser nombrado secretario de Estado en 1651 y luego cardenal Mons. Fabio Chigi, pues desde muchos años antes era íntimo ami-go del P. Carlos Mazzei, insigne latinista escolapio de San Pantaleón. Hizo vagas promesas, pero ni él ni otros cardenales, a quienes urgía con súplicas apremiantes la Corte de Polonia, creyeron oportuno insistir ya ante el Papa. A fin de cuentas, era pedir una retractación formal, y era una temeridad esperarla del papa Pamfili.

En 1655 murió Inocencio X y fue elegido Chigi con el nombre de Alejandro VII. La alegría de los escolapios fue inmensa, pues confiaban que hiciera como Papa lo que no pudo hacer como secretario de Estado. Y así fue. No obstante, en un principio, junto con sus promesas y buena voluntad, mantenía sus temores de empañar el pres¬tigio de la Santa Sede con aquella especie de retractación. Los escolapios vol-vie¬ron a mover los resortes de la diplomacia para decidir al Papa. Y las cortes de Polonia, de Toscana y de España escribieron a cardenales y monseñores amigos e influyentes, y aun al mismo Papa, para conseguir lo propuesto.

Finalmente se decidió Alejandro VII a encomendar el asunto a Mons. Fagnano. Mas al saberse que no tenía intención de contrariar la esencia del breve inocenciano, se intentó por todos los medios pasar el asunto a manos de los Mons. Farnese o Rospi¬gliosi (futuro Clemente IX). Toda la campaña diplomática se canalizó en ese sentido y se consiguió el intento: el Papa confió la cuestión a Farnese. Su proyecto elabo¬rado fue presentado a una comisión de cardenales, especialmente nombrada para ello. Y cuál sería el sobresalto de los escolapios al leer el nombre de Albizzi, ya nom¬brado cardenal, entre los que componían la comisión. Para congraciarse con él fue a visitarle una nutrida representación de escolapios. El encuentro fue muy cordial. Re¬cordó el cardenal todo el proceso lamentable que acabó con la reducción de la Or¬den y manifestó su estima por el Instituto y su Fundador, añadiendo esta elocuentí¬sima confesión: «Si la importunidad de algunos no hubiera puesto a prueba mi re-puta¬ción, el breve de Inocencio X jamás hubiera salido». (24) Era una excusa, pero a la vez una implícita autoacusación de que su honor personal prevaleció sobre la supervivencia de toda una Orden religiosa y el prestigio de su inocente Fundador.

La comisión pontificia tuvo una sola sesión, el día 1 de octubre de 1655, y el Papa tuvo la delicadeza de impedir que asistiera Albizzi, dándole una tarea urgente a la hora de la reunión. El proyecto de Farnese fue aprobado por la comisión y presen¬tado luego por cortesía a Albizzi, que lo aprobó también, como igualmente hizo Mons. Rospigliosi, que era ya secretario de Estado.

Nuevas complicaciones demoraron la redacción y publicación del breve, firmado por el Papa el 26 de enero de 1656. Y el 12 de marzo, en el mismo oratorio en que se había leído el breve de reducción diez años antes, se presentó el Card. Ginetti y an-te la comunidad hizo leer el nuevo, por el que las Escuelas Pías volvían a renacer como Congregación de votos simples, con superiores mayores, aunque sujeta a los ordinarios en muchos aspectos, con todos los privilegios de mendicantes de que go¬zaba antes y con cardenal protector, que era precisamente Ginetti. El último había sido Cesarini, muerto en enero de 1644, pero desde agosto de 1642, en que el San-to Oficio sustrajo de su jurisdicción a la Escuela Pía, quedó ésta sin cardenal pro¬tector en todos aquellos largos años aciagos en que más lo necesitaba. Fue Gi¬netti quien en todo este tiempo hizo las veces de protector sin serlo y como pudo.

Inmensa era la gracia concedida de volver a existir oficialmente, como Congregación de votos simples, pero el breve imponía muchas limitaciones que entorpecían el ritmo normal de la vida. Se consiguieron todavía soluciones parciales, pero el papa Chigi no quiso conceder el restablecimiento total por parecerle precipitada la aboli¬ción plena del breve inocenciano.

Al morir Alejandro VII, en mayo de 1667, le sucedió el Card. Rospigliosi con el nom¬bre de Clemente IX, con enorme satisfacción de los escolapios. En 1637 había presi¬dido el Capítulo general y admirado profundamente la santidad del P. Fundador, que¬dando desde entonces amigo y bienhechor. Más aún: durante el pontificado an-terior había manifestado su voluntad y su apoyo para restablecer la Orden.

Las primeras peticiones al nuevo Papa tendían a atenuar las limitaciones del breve de Alejandro VII. Y la condescendencia con que fueron atendidas animó al P. Gene¬ral Cosme Chiara a presentar una súplica formal para la reintegración plena de la Orden. El Papa aceptó la idea y encomendó el asunto a la Congregación de Obispos y Regulares. Pero pasaron meses, y entre tantos papeles y problemas parecía haberse olvidado la causa de las Escuelas Pías. Para salir de la situación, volvieron a moverse los hilos de la diplomacia. En este caso, fue la Corte de Toscana la que ac¬cionó los resortes y, de acuerdo con las iniciativas de los escolapios, se consiguió que Clemente IX designara una comisión especial, formada por tres prelados de cu¬ria, los tres toscanos. Esta comisión, con sutileza típicamente curialesca, consiguió probar que el fatídico breve inocenciano era inválido por falta de formalidades jurídi¬cas. El posterior de Alejandro VII, con que se reconocía a las Escuelas Pías como Congregación de votos simples, era igualmente nulo por ser una corrección del an-te¬rior. En consecuencia, para encontrar un documento papal válido, en que pu¬diera apoyarse jurídicamente la existencia del Instituto, había que remontarse al breve del 18 de noviembre de 1621, por el que Gregorio XV lo elevaba a Orden de votos solemnes. Y como los motivos por los que Gregorio XV aprobó la Orden persis¬tían todavía hoy, podía y debía confirmarse aquel breve y anularse expresa¬mente los de Inocencio X y Alejandro VII.

La propuesta de esta comisión particular fue presentada a la Congregación de Obis¬pos y Regulares por expresa voluntad del Papa y aprobada debidamente el 4 de oc-tu¬bre de 1669. Fue redactado el breve correspondiente, que firmó el Papa el 21 de octubre, Y el sábado siguiente, día 26, el notario del cardenal vicario lo leía públi¬camente en el histórico oratorio particular de San Pantaleón. Clemente IX quedó muy satisfecho «por haber resucitado una Orden ya muerta en su pontifi¬cado». Co-mo escribió Caputi.

Y los sagrados huesos de Calasanz debieron conmoverse de gozo en su tumba, pues aquello era otra glorificación de su memoria y de su inocencia.

Tercera glorificación: beatificación y canonización

Fue casi una osadía incoar el proceso de beatificación y canonización de un hombre que hacía sólo dos años había muerto en desgracia de la Santa Sede, depuesto de su cargo de general de una Orden religiosa prácticamente aniquilada. Un hombre que había estado luchando y arrostrando dificultades sin cuento durante cincuenta años para defender «su obra» y que parecía querer seguir enfrentándose con la ad-ver¬sidad después de muerto. Pero la apoteosis de sus funerales y los numerosos milagros que se le atribuían movieron a la comunidad de San Pantaleón a promover su causa de beatificación, empezando por el primero de los incontables procesos: el de non cultu. El Card. Ginetti dio complacido su consentimiento, así como también el Papa Inocencio X. El proceso duró un mes, a principios del Año Santo de 1650. El primer paso estaba dado felizmente.
Siguió luego el proceso ordinario informativo sobre las virtudes y milagros, que re-co¬gió las declaraciones juradas de quienes habían conocido al P. José Calasanz per-sonalmente. El interrogatorio de 34 testigos duró desde mayo de 1651 a octubre de 1653. Con ello terminaban los procesos ordinarios, todavía en el pontificado de Ino-cencio X.

Cumplidos los trámites reglamentarios, la causa fue introducida en la Congregación de Ritos en 1667, dando principio a los procesos apostólicos. De ellos, los dos pri-me¬ros sobre las virtudes en general y en especial, llevados a cabo desde 1669 hasta 1692, completaban las informaciones dadas en los procesos ordinarios, sobre las cuales se basaría el análisis y discusión de la heroicidad de las virtudes, que no po-día comenzar antes de los cincuenta años de la muerte del Siervo de Dios. Y así se cumplió.

En esta larga discusión intervino Próspero Lambertini, primero como abogado de-fen¬sor extraordinario, luego como vicepromotor de la fe, después como promotor o «abogado del diablo», más tarde dio su voto como cardenal miembro de la Congre¬gación de Ritos y, finalmente, elegido Papa con el nombre de Benedicto XIV, declaró Beato al Siervo de Dios. Desde un principio comprendió que la cuestión más seria giraba en torno a las tribulaciones que sufrió el Fundador y su Orden. En efecto, las disposiciones dadas contra él y su Instituto por la Santa Sede eran de tal gravedad que suponían en él culpabilidad notable. Y como no constaba en docu¬mento alguno oficial que la Santa Sede le hubiera absuelto o reintegrado en sus fun¬ciones de Ge-neral reconociéndolo inocente, no era posible pretender beatificarle. Ante tales difi-cultades propuestas —dijo Lambertini— «los postuladores de la causa pensaron mu-chas veces en abandonarla» (25)

No valieron las cartas de Calasanz, ni los testimonios de los contemporáneos que afirmaban que en la tercera sesión de la comisión pontificia se había reintegrado al viejo General en sus funciones, pues de hecho nunca fue reintegrado. Era indispen-sa¬ble encontrar las Actas de tal comisión. Se sabía por los cronistas Berro y Caputi que Mons. Albizzi, una vez convencido de la inocencia de Calasanz, había en¬tregado todos los papeles relacionados con aquellos hechos a los Padres de San Pan¬taleón, y entre ellos iban las Actas de aquella comisión de la que él había sido secretario. Pe-ro pocos años después de la muerte del Fundador, toda aquella valiosí¬sima docu-mentación fue quemada dolosamente.

A pesar de tales contratiempos probados, el propio Lambertini se desvivió rebus¬cando las preciosas Actas en archivos privados y públicos hasta que finalmente, en 1717, se encontró una copia entre los papeles personales del archivo del cardenal Francisco Paolucci, que de Monseñor había sido miembro de aquella comisión. Es¬taba, pues, resuelta la cuestión principal. Sin embargo, todavía hubo otras dificulta¬des y contratiempos hasta 1728, en que Benedicto XIII dio su aprobación a la heroi-ci¬dad de las virtudes.

Siguieron luego otros veinte años en que se llevó a cabo con desesperante lentitud el examen de los milagros, quedando aprobados los requeridos en mayo de 1748. Faltaban sólo unos meses para que se cumpliera el primer centenario de la muerte del Siervo de Dios y se quería celebrarlo dignísimamente con la Beatificación. Y cum¬plidos los últimos trámites, el 18 de agosto, en la Basílica Vaticana, el papa Be-nedicto XIV celebró la solemnísima ceremonia. Luego, por especial concesión de di-cho papa, la estatua del Fundador de las Escuelas Pías fue colocada en San Pedro en 1755, siendo todavía Beato, mientras las de todos los demás Fundadores, antes y después de él, se colocaron en sus hornacinas después de ser canonizados.

Siguió luego a su ritmo el proceso de los milagros para la Canonización, que fue ce-le¬brada por Clemente XIII el 16 de julio de 1767. Por segunda vez aparecía en la fastuosa gloria de Bernini la figura de Calasanz. Y —cuentan las crónicas— aquella noche se iluminaron con las típicas antorchas picas antorchas la cúpula, fachada y columnata de la Basílica Vaticana. Era la apoteosis final, la glorificación definitiva.

Una última corona de gloria le ofreció Pío XII al conmemorarse solemnemente en 1948 el tercer centenario de su muerte y segundo de su Beatificación, proclamán¬dole Celestial Patrono ante Dios de todas las escuelas populares cristianas del mun-do.

Hoy después de casi cuatro siglos de existencia, con glorias y miserias como cual¬quier historia, más protegidas y estimadas que perseguidas, con influjos innegables en la vida cultural del mundo, siempre inquietas y afanosas por continuar la obra de su Fundador, las Escuelas Pías siguen presentes en cuatro continentes y en 26 na-cio¬nes, con 189 casas y 1.650 religiosos.

Y además de la Orden escolapia, otras diez Congregaciones religiosas, viviendo su espíritu y su inspiración, reconocen e invocan como especial Protector y Patrono a San José de Calasanz.

Y —lo más importante— todas las naciones del mundo civilizado consideran un de¬ber del Estado proveer de escuelas populares gratuitas a todos los niños sin distin¬ción alguna. Y paralelamente, la Asamblea General de la ONU, en su Carta de las Naciones Unidas sobre los Derechos del niño, aprobada el 20 de noviembre de 1959, «considerando que la Humanidad debe al Niño lo mejor que puede darle», proclamaba que «el niño tiene derecho a recibir educación, que será gratuita y obli¬gatoria por lo menos en las etapas elementales…»

A esta idea —añadiendo cristiana a la palabra educación, para los hijos de la Igle¬sia— dedicó su vida y su obra San José de Calasanz.

P.E

ACABOSE DE IMPRIMIR ESTE VOLUMEN ¨SAN JOSÉ DE CALASANZ. DE LA BIBLIO¬TECA DE AUTORES CRISTIANOS. EL DÍA 11 DE JUNIO DE I985. FESTIVIDAD DE SAN BENITO. ABAD Y PATRONO DE EUROPA EN SELECCIONES GRÁFICAS. CARRE¬TERA DE IRUN. KM. 11.500. MADRID

LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI

CONTRAPORTADA

Desde la aparición de la voluminosa Biografía crítica de San José de Calasanz (1949) y su obra complementaria Revisión de la Vida de San José de Calasanz (1963), ambas debidas al P. Calasanz Bau, han sido muy abundantes los estudios críticos parciales sobre la biografía, pedagogía, teología, espiritualidad, etc., del Fun¬dador de las Escuelas Pías. Todas estas recientes investigaciones se han tenido en cuenta al redactar la presente obra, que, por ello, a pesar de su brevedad y con-ci¬sión, intenta ser una biografía nueva, puesta al día, del santo pedagogo espa¬ñol. Pero nada ha cambiado sustancialmente. Sigue siendo una historia apasio¬nante, ca-si de novela, en la que, frente a la genialidad de proclamar los derechos de los niños pobres a la enseñanza y a la cultura, surgen las contradicciones donde me¬nos cabría esperarlas.

Severino Giner Guerri,
escolapio desde 1945, nació en Murla (Alicante) en 1930. Doctor en Teología y en Historia de la Iglesia por la Pontificia Universidad Gregoriana (Roma). Profesor du¬rante diecisiete años en materias de su especialidad. Desde 1979 dirige la revista Comunidad Educativa y es jefe de redacción de la Revista de Ciencias de la Educa¬ción, ambas del ICCE (Madrid). Entre sus escritos, además de varios artículos sobre historia de la vida religiosa y sobre San José de Calasanz, se encuentran: El proceso de Beatificación de San José de Calasanz (1973); Alonso Ruiz de Virués en la con-tro¬versia pretridentina con los protestantes (1964); Juan Bautista de Toledo, segun-do arquitecto de la Basílica vaticana, junto a Miguel Ángel (1977). Obras en colabo-ración: Cartas selectas de San José de Calasanz (1977); Escuelas Pías. Ser e Histo-ria (1978); Diccionario Enciclopédico Escolapio (1983), etc.

Notas

1 EGC, IX, p.22O.
2 EGC, VIII, c.4337.
3 Ibid.,c. 4347.
4. …
5 EGC, VIII, c.4354.4347.4324.4341.4348.4366.
6 Ibid., c.4327.
7 Ibid., c.4333.4335.
8 Ibid., c.4336.
9 Ibid., c.4345.
10 ReV. Cal. 12 (1957) 345.
11 Eph. Cal. 5-6 (1958) 113.
12 EGC, VIII, c.4386.
13 Ibid., c.4401.
14 Eph. Cal. 4-5 (1972) 155-156; editadas en Anal. Cal. 50 (1983) 644-681.
15 EGC. VIII, c.4522.
16 BAU. BC, p.1166.
17 EGC. VIII. c.4400.
18 BAU. BC., p.1167.
19 Ibid., p.1168.
20 Ibid., p. 1171.
21 Ibid., p.1179.
22 Ibid., p.119O.
23 Ibid.
24 Anal. Cal. 40 (1978) 553, nt.12.
25 S GINER, O.C., p.248.



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