sJC (Biografía) - S. Giner - Written by Archivo Calasanz on Miércoles, Junio 3, 2009 0:52 - 0 Comments

S JOSÉ CALASANZ (Severino Giner) - C12: Los principios de la gran tribulación

ÍNDICE

CAPÍTULO 12.

LOS PRINCIPIOS DE LA GRAN TRIBULAClÓN

Los clérigos operarios

La Congregación General de 1627, de la que ya hemos habla o, en su sesión el 27 de octubre decretó lo siguiente: «Se concede llevar bonete clerical a todos aquellos hermanos operario que sean aptos para recibir la primera tonsura, y se llamarán en adelante Clérigos operarios, y no pueden pretender con esta concesión dedicarse a otras clases que las de leer escribir contar, y solamente aquellos que sean juzgados aptos por los Provinciales. Y si alguno de estos Clérigos operarios se negara abier-tamente o con escándalo a hacer todas las tareas manuales que le imponga la obe-diencia, quedará privado al instante de tal concesión». (1). Con este decreto se creaba en las Escuelas Pías una tercera clase de religiosos, intermedia entre los sa-cerdotes y los hermanos operarios: serían clérigos recibir por recibir la tonsura y llevar bonete, pero no podrían aspirar a recibir otras ordenes superiores como los clérigos normales, sino que permanecerían en la clase de los hermanos operarios y, por tanto, no podrían negarse a desempeñar oficios propios de ellos. Se dedicarían a las escuelas elementales, que eran realmente las más abundantes y aun caracte-rísticas de la Orden, y no deberían estudiar ni latín ni gramática, que por ser mate-rias e as escuelas superiores estarían reservadas a los sacerdotes y a los clérigos aspirantes al sacerdocio.

La creciente abundancia de niños, de clases y de fundaciones y la relativa escasez de personal para atender a tanta necesidad fueron causa de que desde, un principio se echara mano de los hermanos operarios más capaces para llevar las aulas de primaria. Y poca preparación requerían pues se limitaban a enseñar a leer, escribir y contar. Pero junto a los simples operarios estaban los clérigos, generalmente más jóvenes, que por llevar coronilla y bonete eran más respetados por los muchachos, mientras los operarios lo eran menos. Y estas nimiedades creaban malestar, envi-dias y lamentos en las filas de los hermanos. Por lo que en las Provincias Génova y de Nápoles, regidas respectivamente por los PP. Castelli y Casani, se empezó a con-ceder a los operarios que daban clase uso del bonete y de la tonsura. Así se expre-saba Calasanz en carta del 7 de enero de 1628: «En cuanto a llevar bonete los hermanos, me parece conveniente que todos los que son aptos para recibir la pri-mera tonsura, la reciban y lleven bonete y se llamen Clérigos menores, esto es, que no puedan ordenarse más que de primera tonsura, ni estudiar gramática, y así el nombre de Clérigos será conveniente al de Clérigos Pobres de la Madre de Dios, y así se ha introducido en Génova y en Nápoles». (2) Y tres meses antes de la Con-gregación general, en julio de 1627, ya se ve que el provincial de Génova había in-troducido esta novedad, como dice Calasanz escribiendo a un hermano de Savona: «En cuanto al haber mandado para mayor unión, que los hermanos operarios lleven bonete, no queriendo sin embargo que pasen más adelante de la primera tonsu-ra…». (3)

La iniciativa parece que hay que atribuirla al P. Casani, pues ya en 1616, cuando es-cribió las Constituciones, que llamó Pussilli gregis idea, para la proyectada reforma de la Congregación luquesa, había distinguido tres clases de religiosos:

a) los sacerdotes y clérigos aspirantes al sacerdocio;
b) «los hermanos escolásticos, cuyo oficio será enseñar en las escuelas a leer, escri-bir, contar, cantar, pintar, esculpir…»;
c) los hermanos operarios. (4).

Es cierto que entonces no les llamaba clérigos ni les concedía tampoco la tonsura y el bonete. Pero luego, a raíz de la visita apostólica de 1625, en el memorial que di-rige a los visitadores, pide que «todos los nuestros, aun aquellos que no han de re-cibir Ordenes mayores, dado que de ellos hay que elegir maestros, deben ser ads-critos al clero por la primera tonsura y honrarles con la coronilla y bonete clerical». (5) No sería, pues, de extrañar que también Casani en Nápoles, como Castelli en Liguria, introdujera esta novedad, que parece en él una idea fija. Y ambos provin-ciales y a la vez asistentes generales movieran a Calasanz y a los demás participan-tes de la Congregación general de octubre de 1627 a promulgar este ¨revolucionario¨ decreto.

Las turbulencias de los operarios.

Buena había sido la intención, pero absolutamente imprevisto el resultado. Y lo que parecía un medio de concordia, de paz, de respeto y acercamiento mutuo resultó un semillero de discordia, de inquietudes, de odiosidades que contribuyeron induda-blemente a provocar la gran tormenta final en que casi se hundió para siempre la Escuela Pía. Con una extrema confianza en la bondad de todos había escrito Cala-sanz: «No haber tenido nunca la idea de vestir a legos en la Religión sino a herma-nos religiosos: unos para ser coadjutores en la administración de las cosas tempora-les y domésticas, otros para el ejercicio de las escuelas, según el talento y la habili-dad de cada uno. Pero todos pensaron en recibirles por hermanos y compañeros, no por servidores y esclavos. Por ello procuraron en lo posible que fueran en todo se-mejantes a los sacerdotes y clérigos, sabiendo muy bien que con esta uniformidad se conserva y aumenta la concordia, unión y caridad fraterna». (6)

En el decreto de 1627 se decía que entre todos los hermanos solamente serían ad-mitidos a la tonsura y al bonete ¨los que fueran juzgados aptos por los Provincia-les». Y quienes habían empezado esta táctica y seguirían siendo sus promotores eran los provinciales Génova y Nápoles, PP. Castelli y Casani, que mucho debieron abrir la mano sin excesivas exigencias, si el P. General tuvo que la mentarse amar-gamente de ellos, según cuenta Berro: «Habiendo yo mismo ido una noche a su cuarto… el Ven. Fundador prorrumpió en estas palabras con amargo sentimiento: El P. N… en Génova el P. N… en Nápoles me están destruyendo la Religión (Yo suprimo los nombres por respeto —dice Berro—, pero él los nombró a los dos). Y replicándo-le yo: ¿De qué modo, Padre? Respondió él: Dando el bonete a los Hermanos¨. (7) La misma liberalidad se observa, al menos en Cassani en admitir novicios poco se-lectos, de lo que se quejaba con frecuencia Calasanz: «Advierta —dice—al p. Pro-vincial que sea muy cauto en vestir novicios, sobre «el P. Provincial no debía tan fá-cilmente vestir tan pronto a tales sujetos, pues sin duda los hubiera conocido mejor si hubiera esperado un poco más»; «he escrito ya que sea muy cauto en vestir, pues de los que vinieron el año pasado tuve que despachar a algunos que no tienen la humildad debida». (8)

El problema, sin embargo, no estaba sólo en la selección que dependía de los pro-vinciales. El bonete y la tonsura eran una promoción y dignificación de los herma-nos, que en la práctica cambiarían las ollas, los pucheros, las escobas y las alforjas de pedir limosna callejera por los libros y los encerados. Y con esta ambición se desató en gran parte de ellos el deseo de llenar a clérigos operarios. En realidad, eran mínimas las exigencias canónicas para la recepción de la tonsura. Por tanto, la actitud tan generalizada de hermanos que aspiraban a ella hizo abrir la mano con liberalidad, como se desprende de estas palabras del Fundador en carta del 27 de mayo de 1632: «En cuanto a llevar bonete, o me avengo a que lo lleven todos los Hermanos que sean aptos para recibir la primera tonsura, pero que no piensen en pasar más allá de la primera tonsura, y esto para que no se pueda decir que hay más Hermanos que clérigos, pues serán poquísimos los que no sean aptos para re-cibir la primera tonsura». (9)

Mas no acabó aquí la turbulencia. Los que ya habían recibido la tonsura empezaron a aspirar al sacerdocio. No les parecía justo que se les pusiera un límite a sus aspi-raciones, pues eran clérigos como los demás; daban clases como ellos; habían hecho la profesión religiosa como ellos, pues la fórmula era única para todos, tanto hermanos como clérigos, y en ella se incluía expresamente el cuarto voto de ense-ñar a los niños. Fue tal el clamor en todas las Provincias, que el P. General y sus asistentes examinaron cuidadosamente la cuestión, y con un decreto del 30 de abril de 1636 concedieron «facultad y licencia a todos los Clérigos Operarios de nuestra Religión para que puedan ser promovidos a las órdenes sagradas, incluso al sacer-docio, con tal que sean aprobados y admitidos con previo examen por los Examina-dores de Roma solamente». (10) Para mayor garantía, consiguieron que el papa Ur-bano VIII sancionara esta concesión con un breve del 19 de agosto del mismo año. Pero en este breve, puso el Papa una salvedad: «… con tal que dichos Clérigos Ope-rarios no hubieran pertenecido al estado de conversos [legos], ni hubieran desem-peñado como tales las tareas propias de conversos». (11) Esto complicaba enor-memente la cuestión, pues la mayor parte de ellos provenían de la clase de conver-sos, y en el decreto de 1627, en que se los creaba, se decía que no podrían negarse a realizar las tareas domésticas de los hermanos.

Aunque la intención del P. General era conceder a muy pocos la promoción al sacer-docio, cundió entre ellos el afán de estudiar para conseguir sus aspiraciones. Los simples hermanos operarios andaban revueltos, pues, para conseguir ser contados entre los clérigos operarios; éstos no descansaban tampoco estudiando gramáticas latines todo lo n c para conseguir su promoción al presbiterado. Por lo visto, en mu-chas casas, las tareas domésticas quedaban sin hacer, no sólo porque no tenían tiempo para ello, sino sobre todo porque las despreciaban, como propias de los «le-gos». De aquí las quejas del P. General con que a la vez manifestaba su profunda humildad: «En cuanto a lavar platos, no sólo lo he hecho yo, que no trabajo menos que los que hacen escuela, sino que he salido a mendigar el pan con alforja al hom-bro por las calles de Roma y salgo a acompañar a los niños y estoy siempre dis-puesto a hacerlo». (12). Y el provincial de Génova: «Aquí, desde que partió el H. Francisco, novicio, se ha de encargar de la cocina un sacerdote, y del refectorio, otro, y no me decido a mandárselo a ninguno de los referidos Hermanos porque en seguida dirían que lo hago para no dejarles estudiar». (13) Las turbulencias, por tanto, debieron de ser profundas si tenemos en cuenta que, según la estadística presentada en el Capítulo General de 1637, la Orden contaba entonces con 124 sa-cerdotes, 159 operarios entre simples hermanos y clérigos operarios, más 79 cléri-gos y 70 novicios.

Todavía hay que resaltar otra causa de perturbación: los sacerdotes y los clérigos veían con malos ojos toda ésta amplia promoción de los hermanos, pues tenían que ceder la precedencia a medida que quedaban igualados con los recién promovidos.

La situación de desorden llegó a tales extremos que el Capítulo general de 1637 propuso abolir esta tercera clase de clérigos operarios y legislar que en adelante só-lo darían clase los clérigos y los sacerdotes. Los prelados que presidían el Capítulo rechazaron estas propuestas, pero suspendieron la aprobación del Breve papal que concedía la ordenación sacerdotal a los clérigos operarios. Y contra esta última deci-sión «reclamaron» los interesados, insistiendo en que eran verdaderos clérigos y no se les podía negar el acceso al sacerdocio. Más todavía: quienes habían hecho la profesión antes de cumplir los veintiún años debían ser reconocidos clérigos o decla-rarse nula su profesión, dado que esa edad era la requerida para profesar los her-manos. Para resolver estas querellas de los «reclamantes» fue creada una comisión pontificia, que decidió en 1638 que todas las profesiones eran válidas y que eran clérigos quienes habían hecho la profesión antes de los veintiún años, pero no los otros.

No se aquietaron todavía los ánimos, pues los que habían profesado después de los veintiún años decían ser verdaderos clérigos y habían emitido también el cuarto Vo-to de enseñanza. Otra comisión pontificia, presidida por el Card. Cesarini, propuso una nueva fórmula de Profesión para los hermanos, en la que expresamente prome-tían renunciar a la tonsura y el bonete, y nada decía del voto de enseñanza y decla-raba que eran clérigos todos los que habían recibido la tonsura, aunque hubiesen profesado después de los veintiún años. Y ante la tan reiterada súplica, hecha por el Fundador, asistentes y Capítulos generales, de que el general tuviera la facultad de expulsar de la Orden a los delincuentes y perturbadores, tal como constaba en las Constituciones, finalmente Urbano VIII concedió que se podía obligar a tales indivi-duos a dejar la Orden y pasar a otra, aunque fuese más laxa.

A pesar de tales medidas de última hora, los ¨reclamantes¨ siguieron inquietando y enturbiando el ambiente, aun durante la visita apostólica que empezaría en 1643, con sus fatales consecuencias.

Un nuevo protagonista: P. Mario Sois

El P. Mario Sozzi es en la vida de San José de Calasanz como «el malo de la pelícu-la». Fatalmente, en las vidas de los santos no faltan nunca quienes les ayudan a serlo, llevándoles por la calle de la amargura, pero cargando luego con la odiosidad y condenación de la posteridad. Y eso sucedió, al menos, con cuatro personajes que van a entrar en escena en estos últimos capítulos de nuestra historia: los escola-pios, Sozzi y Cherubini, el jesuita Pietrasanta Mons. Albizzi. Pero Sozzi se lleva la palma, y tal vez por ello, toda su vida fue presentada por los historiadores bajo una luz siniestra. No obstante, hasta que en noviembre de 1639 llegó por segunda vez a Florencia, no parece que fuera un religioso reprobable. A sus veintidós años fue ad-mitido en el noviciado de Nápoles, habiéndose ordenado de sacerdote antes de ves-tir la sotana escolapia. Anduvo por varios colegios de Nápoles, Roma, Palermo, Poli, Frascati, siempre dedicado a labores pastorales en nuestras iglesias, sin dar nunca clase. Y que entonces fuera apreciado especialmente por el fundador nos lo prueba el hecho de que para preparar el Capitulo general de 1637 fue nombrado secretario de Visita y de los Capítulos provinciales celebrados en Génova, Narni, Mesina y Ná-poles sin provocar quejas de nadie.

Llegado a Florencia en noviembre de 1639 continuo sus habituales tareas de culto y confesionario en la propia iglesia de los escolapios. Y para su fortuna o desgracia se enteró en confesión de un escabroso asunto que él mismo definiría luego como «las enormidades de la Faustina». El caso era el siguiente: la rica viuda florentina Faus-tina Mainardi había recogido en su casa a un grupito de muchachas para educarlas y mantenerlas a expensas suyas. Era director espiritual y confesor de la casa el canó-nigo de la catedral, D. Pandolfo Ricásoli. Pero lo que empezó siendo una obra de ca-ridad admirable se había convertido en un sucio negocio de prostitución, cuyos prin-cipales usufructuarios eran Faustina y Pandolfo. El P. Mario se ingenió para que la penitente quisiera contarle de nuevo el asunto fuera del confesionario y con testigos que escucharan sin ser vistos. Con tales testimonios, denunció el hecho al inquisidor de Florencia, P. Juan Muzzarelli, fraile conventual, quien a su vez puso en conoci-miento de este escándalo a Mons. Francisco Albizzi, asesor del Santo Oficio de Ro-ma. Y se instruyó un proceso en toda regla contra los denunciados.

El P. Mario se convirtió de la noche a la mañana en una especie de héroe, defensor de la moralidad pública y de la ortodoxia ante la Santa Inquisición de Florencia y de Roma. En su propia comunidad escolapia empezó a vanagloriarse de su rápido en-cumbramiento, provocando entre los religiosos cierta reacción de molestia ante su actitud amenazante, pues parecía ver por todas partes casos denunciables al Santo Oficio. Acusó, en efecto, a su propio rector, y Muzzarelli se presentó un día inespe-radamente en la iglesia de los escolapios y sin miramiento alguno hizo salir del con-fesionario al P. Rector y le reprendió ante la gente, prohibiéndole confesar en ade-lante. El Rector, por su parte, ante las sospechas persistentes de que el P. Mario había convertido su habitación en una alacena la hizo registrar y repartió entre to-dos los de la casa las golosinas y repostería que se encontró. Y Mario se fue con sus quejas al inquisidor.

La broma más sonada ocurrió en carnaval de 1640. Los padres jóvenes hicieron creer a un padre anciano e ingenuo que por mediación del gran duque de Toscana el P. General le había nombrado provincial y antes de llegar la comunicación oficial de-bían celebrar el nombramiento. El anciano consiguió unos dineros para la celebra-ción y los bromistas redactaron un solemne pregón con fórmulas latinas con las que «se invitaba a todos a comparecer con gran hambre en el comedor bajo pena de excomunión». Tiempo le faltó a Mario, después de haber participado en la fiesta, para denunciar el hecho ante el inquisidor como una burla intencionada al Santo Oficio por las alusiones a excomuniones y comparecencias. Y lo increíble es que el inquisidor tomara las cosas tan en serio que abriera proceso canónico a los presun-tos reos de irreverencia con el consiguiente bochorno de toda la comunidad, que se veía como sospechosa de herejía ante el Santo Oficio.

El aire se hacía irrespirable en aquella casa y las quejas llegaron hasta el P. General, quien conminó P. Mario a dejar Florencia y trasladarse a Narni. Pero en vez de ir adonde le mandaba el P. General, se dirigió a Roma, llevando consigo cartas de re-comendación de Muzzarelli para Albizzi, en el que se le defendía de todos los ata-ques recibidos y se instaba en que su presencia era necesaria en Florencia por el incoado proceso de la Faustína. Albizzi tragó el anzuelo, ordenando a Mario que vol-viera como protegido del Santo Oficio; comunicó al P. General esa decisión y le exi-gió que no se molestara al P. Mario.

La. insolencia y las amenazas con que se presentó de nuevo en Florencia el iracundo Sozzi le hicieron más insoportable. Y estalló otra tormenta. Sucedió también en car-naval. Estando ausente un día el P. Rector a la hora de comer, recitó otro padre las preces de bendición y acción de gracias. La novedad de la voz y el tono u otra insig-nificancia hizo que alguien esbozara unas risitas mientras se rezaba. Al preguntar luego uno de los padres la razón de aquella hilaridad, contestó otro: «¡Pues qué! ¿Acaso reírse en el comedor es ya un caso del Santo Oficio?» El P. Mario, dándose por aludido, se revolvió como gato sobre ascuas. Se cruzaron palabras fuertes. In-tervino el P. Settimi, queriendo calmar al P. Mario, pero éste le asestó un sonoro tor¬tazo. El ofendido se cuadro dignamente, cruzó los brazos y dijo: «Ustedes son testi-gos: el P. Mario está excomulgado». (tal era la pena que imponía el derecho canóni-co a quien golpeara a un sacerdote). Ante aquella salida, el P. Mario guiso darle un segundo golpe pero se interpuso un hermano y propinó una soberana paliza al inso-lente y —lo cuenta el mismo Mario— «para salvar su vida tuvo que huir solo a me-diodía y refugiarse en casa del inquisidor de Florencia, y de tal manera le dejaron el rostro que estuvo ocho días sin salir de casa por las deformidades». (14)

Mizzarelli instruyó proceso contra los culpables y lo mandó a Roma, adonde fueron citados por el Card. Barberini, quien escribía al inquisidor florentino el 2 de marzo de 1641 exigiendo nada menos que «ahí se mande nueva familia, para que el P. Ma-rio pueda volver a casa y no ser molestado». (15) Pero tres semanas más tarde vol-vía a escribirle diciendo: «Hágale saber [al P. Mario] que se porte modestamente y reprima los ímpetus de su férvido temperamento, para que esta Sda. Congregación [del Santo Oficio] no tenga que quejarse de él». (16)

Uno de los llamados a Roma fue el P. Clemente Settimi. En aquel mes de abril se celebraba Capítulo general, y Calasanz, no sin cierta temeridad, nombró a dicho P. Settimi «Provincial de Toscana para el Capitulo», honrándole así, a pesar de haber sido citado ante el Santo Oficio. El 11 de mayo escribía el P. Settimi al príncipe Leo-poldo de Médicis: «Nuestra causa ha terminado con grandísima satisfacción y los Sres. de la Sda. Congreación se han dado cuenta de que fue una mera persecución frailuna y no celo del Santo Oficio». (17) Era ya el segundo proceso incoado en Ro-ma contra los adversarios del protegido P. Mario. Pero habían salido absueltos por segunda vez.

Mario debió de quedar indignado por este segundo fracaso, y ávido de venganza ideó una última denuncia, verdaderamente grave. Los miembros de aquella comuni-dad florentina eran de lo más selecto de la Escuela Pía, pues abundaban los discípu-los de Galileo, como lo eran Michelini, Settimi, Ambrosi, Morelli, Conti, etc. Y con toda la malicia redactó Mario un memorial acusándolos a todos, pero especialmente a Michelini y Settimi, de sostener, entre otras tesis, que «todas las cosas están compuestas de átomos, y, no de materia y. forma, como dice Aristóteles y todos los demás…, y que la tierra se mueve y el sol está quieto, teniendo de tal manera firme esta doctrina y otras del Sr. Galileo, que estiman que todas las demás son falsas…» Y de Michelini dijo que al defender esa doctrina «teniéndola por verdadera, aunque ha sido condenada por falsa, se le escapó de la boca que Santidad había cometido una injusticia çontra el. Sr. Galileo al condenarla…». (18) La delación no podía ser más malévola.

El Card. Barberini, secretario de Estado, mandó al inquisidor florentino que exigiera a los galileianos que se presentaran en Roma. Pero de todos ellos se consiguió que compareciera el P. Settimi, pues el P. Michelini residía en la Corte, defendido por el gran duque, que se oponía al traslado; el P. Ambrosi estaba en Nápoles y los demás habían procurado escapar de Florencia. Pedía, además, Barberini que Muzzarelli se informara sobre la verdad de las acusaciones de Mario contra los galileianos. Mas no se ha sabido nunca lo que hizo y pensó el inquisidor florentino sobre este asunto ni tampoco lo que pensaron en Roma los del Santo Oficio. Sí conocemos el interés que tanto el gran duque de Toscana como su hermano el príncipe Leopoldo se tomaron por la suerte del encausado P. Settimi, buscando influencias para sacarle de apuros.

El P. Mario, provincial de Toscaza

El 20 de octubre de 1641 había tomado posesión de su cargo el recién nombrado provincial de Toscana, P. Jacobo Tocco, pero a los pocos días tuvo que renunciar y salir de Florencia por enfermedad, se retiró a Carcare y murió en junio del año si-guiente. Quedaba, pues, vacante el cargo. El 28 de noviembre de 1641 había con-cluido el proceso contra la Faustina y sus cómplices con la abjuración pública y con-dena a cárcel perpetua de los encausados. Era a tiempo de recompensar a Mario los buenos servicios prestados al Santo Oficio. Por tanto, a últimos de noviembre o pri-meros de diciembre Mons. Albizzi exigió a Calasanz que nombrara provincial de Tos-cana al P. Mario. No valieron las objeciones del Fundador como tampoco las del car-denal protector Cesarini, que además era miembro del Santo Tribunal. Se impuso la voluntad de Albizzi. Por otra parte, pareció inútil retener en Roma por más tiempo al P. Settimi, único de los galileianos encausados, cuyas supuestas culpas debieron pa-recer inexistentes o irrelevantes, pues se le declaraba libre.

De todo ello escribía desde Roma el P. Settimi al príncipe Leopoldo con fecha del 14 de diciembre: «Ya notifiqué a V. A. S. que la Sda. Congregación del Santo Oficio dio al P. Mario de San Francisco el Provincialato de Toscana en recompensa de haber denunciado a la Faustina… queriendo que se vean ahí los honores que se dan a tales hombres que revelan al Tribunal la indignidad de los hombres. Y no han tenido con-sideración a nuestro Señor Cardenal [Protector] que se esforzó mucho para impedir a dicho Padre tal dignidad, alegando tales razones que debían no sólo impedirle el Provincialato, sino justamente eran bastantes para encarcelarlo. A las cuales pro-puestas respondían dichos Señores (como me lo han repetido a mí varias veces) que conocían muy bien a dicho Padre y sus cualidades, pero que pero por el mo-mento no se podía hacer otra cosa, importando mucho a la Sda. Congregación que este hombre sea reconocido y remunerado… Mons. Asesor me da a entender que yo no tengo nada que ver con el Santo Oficio, en fe de lo cual me dará una patente en que diga que no he sido inquirido y esto me protegerá ante quien haya sospechado de mi persona». (19)

Con la misma fecha de la carta anterior, escribía Calasanz al P. Apa, que estaba en Nápoles, comunicándole la noticia y añadiendo otros detalles interesantes: «V. R. debe saber que la Sda. Congregación del Santo Oficio, no suele saberlo el Papa que el P. Mario vuelva a Florencia como Provincial… y que se elija a los sujetos a su gus-to, a lo que yo he obedecido de buena gana y he dado órdenes a todos los que di-cho Padre tiene en lista, que vayan cuanto antes a Florencia, y a todos les mandaré rigurosa obediencia, para que se cumpla el mandato de la Sda. Congregación». (20) El nuevo provincial, tenía entonces treinta y tres años. En toda la Escuela Pía este nombramiento fue recibido con gran estupor. Todavía hoy no parece justificable esta intromisión del Santo Oficio, exigiendo al Fundador ese nombramiento, que fue fatal para la Orden y para el general. Pero una vez dado el primer paso, lo demás fue consecuencia necesaria para salvar el honor de la Sagrada Congregación…

El P. Mario, respaldado por el Santo Oficio, empezó a actuar desaforadamente en su provincia, pidiendo con inexplicable avidez al P. General que le mandara todos los sujetos que creía convenientes para sus planes de renovación, sin consideración al-guna al daño que estaba ocasionando a las otras casas y provincias. Y el pobre Fun-dador tiene que excusarse constantemente ante sus religiosos cuando les pide que vayan a Florencia y obedezcan al P. Mario. Así, como ejemplo, léase lo que escribe a un padre de Ancona: «Como la autoridad del P. Mario es tan grande con estos Sres. de la Sda. Congregación, no me parece que yo le deba contradecir en nada, sobre todo respecto a la Provincia de Toscana… A mí se me ha intimado que en manera alguna haga objeción respecto a los sujetos llamados por dicho P. Mario y V. R. sabe muy bien con cuanta puntualidad se debe obedecer a aquel Sdo. Tribunal…». (21) Y al P. Mario escribe: «Procuraré cumplir cuanto V. R. desea, dado que así lo ordena la Sda. Congregación del Santo Oficio, pues obedeciendo a tan alto Tribunal no erraré sino que por el contrario pienso merecer. El resultado de las cosas lo dejo en manos de la bondad divina». (22) «Le ruego mucho que considere el daño que puede aca-rrear a algunas casas al quitarles los sujetos necesarios, pero estoy dispuesto a cumplir todo lo que me ordene el Ilmo. Mons. Asesor». (23) Y esta otra con detalles conmovedores: «Respecto al P. Domingo Antonio, aunque aquí se pierda la escuela de los niños pobres, que con un poco de música que aprendían se ganaban, el pan, sin embargo, se lo mando, si bien manifestó gran deseo de irse a Nápoles para ver a su madre, pobre vieja, pero yo no se lo he querido conceder, sino que le he orde-nado que partiera cuanto antes para Florencia, en donde según el decreto del Capí-tulo General, no se puede tener escuela de música en otra casa de la Religión, fuera de la de Roma». (24)

A pesar de tanto cambio de personal, la oposición de la Provincia al P. Mario era ge-neral. Y el ambiente de disgusto y de insubordinación aumentaba. La casa de Pisa había sido fundada en 1641 por el gran duque, con trámites directos con el P. Gene-ral, y por ello tanto los religiosos que la habitaban como la Corte del gran duque se negaban a admitir la jurisdicción del P. Mario; pretendiendo depender directamente de P. General. Las casas de Fanano, Pieve di Cento y Guglia recibieron con disgusto la visita de Mario, y en un acto de rebelión se declararon «Provincia de Lombardía», nombrando un provincial propio y designando a tres procuradores para que defen-dieran su causa; uno de ellos tenía que trasladarse a Roma para tratarla con el ge-neral y el cardenal protector. A todo este ambiente de sublevación, procuró oponer-se el Santo Fundador escribiendo a todos e inculcando obediencia, sumisión y aca-tamiento al P. Mario y al Santo Oficio. Y el cardenal protector intervenía también an-te la Corte toscana para que redujera a la obediencia a los rebeldes, como recorda-ba el embajador de Roma al secretario del gran duque: «Vuelve S. Emcia. a suplicar con la mayor instancia al Serenísimo Señor nuestro, que compadeciendo con su acostumbrada piedad a estos pobres descalzos [los escolapios] se digne procurar su bien ordenándoles que obedezcan…». (25)

Debió de ser heroica la actitud del Santo Fundador inculcando la obediencia al P. Mario y al Santo Oficio, pero hubo partidarios del odiado y controvertido provincial que maliciosamente empezaron a propalar la calumnia de que toda la rebelión de Toscaza la fomentaba el P. General, y sin duda el propio P. Mario pregonaba lo mis-mo. Contra esta campaña de difamación insurgió el Fundador, como lo revela este párrafo de una de sus cartas a Florencia, que probablemente es la página más dura de todo su epistolario: «Respecto a la opinión falsísima e indigna de mi oficio, que ha inventado alguna pésima lengua de que yo deseo que por ahí estuvieran inquie-tos los nuestros para probar que el P. Mario no sirve para Provincial, respondo que deseo que todos tengan un solo corazón y una sola alma a servicio Dios y que el P Mario sea un Ministro que responda a su oficio, pues de ello me seguirá a mí utilidad y honor y de lo contrario reproche. Y pensar igualmente que yo tengo a esos religio-sos nuestros como miembros amputados del cuerpo de la Religión y como si no existieran y que quien no se rebela contra el P. Mario será reprobado por mí, esto me parece indigno que V. R. no sólo lo crea, sino que incluso lo escriba, pues ni V. R. ni nadie han visto jamás en mí cosas semejantes sino todo lo contrario». (26)

Amarga debió de ser la experiencia de Mario en su provincia en los pocos meses que la anduvo visitando. Los focos de rebeldía de Pisa y de los tres colegios «de Lom-bardía» seguramente le exasperaron y no confiando en conseguir mucho si se que-daba en Toscana, volvióse a Roma para arreglar allí las cosas a su modo.

La calle de la amargura

Cuenta el cronista P. Caputi que el Card. Cesarini. protector de la Orden. «había or-denado al P. José [Calasanz] que sacase de Roma al P. Mario de San Francisco por haber tenido reclamaciones contra él, por ser inobservante porque había dicho no sé que cosas contra el mismo cardenal¨. (27) Y esto se refiere a 1639, año en que Ma-rio se incorporó a la comunidad de galileianos florentinos. Poco después haría el descubrimiento del caso de la Faustina. Nos ha referido el P. Settimi que el Card. Cesarini se opuso al nombramiento de provincial para el P. Mario, con razones muy poderosas. Ahora, al llegar a Roma hacia mitades de julio de l642, para atajar la rebeldía de sus súbditos, intento entrevistarse con el cardenal Protector para que interviniera, pero —escribe otro cronista, el P. Bianchi— «las imposturas de Mario dieron no poco fastidio, entre otros, al cardenal protector de la religión, y por ello no quería darle audiencia, aunque muchas veces se la rogaba». (28)

En esta situación de rechazo e impaciencia, se le escaparon a Mario ciertas frases de amenaza contra el cardenal, asegurando que tenía algunos documentos que le podrían comprometer. Estas bravatas llegaron a oídos del purpurado, quien decidió que se registrara la habitación que ocupaba el P. Mario en San Pantaleón. Calasanz tembló, previendo las consecuencias del registro, y quiso disuadir al cardenal, pero este se mantuvo firme y el 7 de agosto de 1642 mandó al conde Corona para efec-tuarlo. En la sacristía de San Pantaleón, ante siete religiosos, exigió el conde al P. Mario que en nombre de Cesarini le entregara todos los documentos que llevara en-cima. Subió luego a su habitación y la registró minuciosamente. No encontró nada de interés, y el único documento relacionado con el Santo Oficio era un estado de cuentas de la casa rebelde de Pisa, firmado por el inquisidor local. A todo esto, el Card. Cesarini era también miembro del Santo Oficio. El conde Corona conminó al P. Mario que no saliese de casa bajo pena de excomunión.

Era por la tarde cuando ocurrieron estas cosas. Dos amigos del P. Mario, los PP. Es-teban Cherubini y Glicerio Ceruti, le aconsejaron que informara cuanto antes a Mons. Albizzi. Mario escribió un billete al asesor que por orden del P. General y sus asistentes se había perpetrado un registro en su habitación y se le habían sustraído documentos del Santo Oficio. La calumnia era gravísima. Pero Albizzi la creyó sin dudar absolutamente de la veracidad de Mario. A la mañana siguiente comunicó el hecho al Cardenal Nepote, Francisco Barberini, quien, indignado por semejante des-acato al Santo Oficio, informó a Urbano VIII. Las iras del Papa recayeron natural-mente sobre los presuntos reos. Y con gritos irreflexivos ordenó que Mons. Albizzi los cogiera presos y los encarcelara y los castigara ejemplarmente pues era una in-juria y una osadía imperdonable contra el temible Tribunal de la Inquisición romana.

Mons. Albizzi mandó un piquete de esbirros para que acordonaran a casa e iglesia de San Pantaleón, luego llegó él en carroza, se apeó a la puerta de la iglesia y se dirigió a la sacristía. Con voz autoritaria preguntó dónde estaba el P. General. El «santo viejo» estaba allí, sentado en una silla. Al oír que preguntaban por él, se le-vantó y reverentemente se presentó a Monseñor, quien sin atenuantes pronunció la fórmula ritual: «Sois prisionero del Santo Oficio». Preguntó luego por los otros miembros de curia general, y se le dijo que había en casa tres Asistentes Generales, de los que uno estaba enfermo en cama; el cuarto estaba en el noviciado. El secre-tario estaba diciendo misa, acabando de leer la epístola. Se le hizo entrar en la sa-cristía y despojarse de los ornamentos. Bajaron los asistentes. Todos tenían que ir hasta el palacio del Santo Oficio y eran: el P. General, José Calasanz; los dos Asis-tentes, PP. Pedro Casani y Juan García, y el secretario, P. Jacobo Bandoni. Todos pri-sioneros. Ninguno de los cronistas —ni Berro, ni Caputi, ni Bianchi, ni los testigos del proceso de beatificación— insinúa que Mons. Albizzi diera alguna razón de aquel prendimiento, ni tampoco que ninguno de los tres presos pidiese explicaciones.

Aquel 8 de agosto era precisamente viernes, el viernes más dramático de toda la larga vida de Calasanz, que entonces estaba en sus ochenta y cinco años. Un vier-nes, como aquel en que Cristo recorrió con la cruz a cuestas la calle de la Amargura. Y en ello pensaba el «santo viejo» cuando salió con sus compañeros por la puerta de la iglesia, como lo reveló expresamente al P. Jerónimo de Santa Inés: «El Siervo de Dios le contó que en aquel trance había hecho meditación sobre el camino de amargura que anduvo Cristo nuestro Señor al Calvario, al tiempo de su Pasión sa-crosanta». (29)

No se tuvo miramiento alguno por suavizar el bochorno humillante a aquel anciano venerable, conocido en toda Roma como Fundador de una Orden religiosa, y que llenaba sus calles todos los días con las interminables filas de niños que venían de sus escuelas. Hubiera podido esperarse a las horas del anochecer, o hacer el trasla-do ignominioso por callejas menos frecuentadas, o meterles en una pobre carroza para evitar las miradas de los curiosos. Nada de eso. El desfile infamante fue por la plaza del Pasquino, calle del Gobierno Viejo, calle de los Bancos, puente de Sant’Angelo y Borgo hasta el palacio del Santo Oficio, contiguo a la plaza de San Pedro. Era entonces uno de los itinerarios más frecuentados, la llamada «Vía papal» que unía el Vaticano con San Juan de Letrán. Y hora, hacia el mediodía, bajo el sol implacable del agosto romano. Los reos iban a pie, a cabeza descubierta, rodeados de esbirros, y les seguía en carroza monseñor asesor con sus acompañantes.

Llegó la comitiva al Santo Oficio. Monseñor se retiró a comer y luego a descansar, mientras los quedaron en una sala, esperando todavía que les explicaran la razón de su prendimiento. Cuentan las crónicas que el ¨santo viejo¨ sentado en un banco, se durmió, como quien tiene la conciencia tranquila. Y cuenta también Berro que desde una de las ventanas de un palacio de la «calle de la Amargura» contempló el desfile, con satisfacción incontenida, el P. Mario Sozzi. El mismo P. Berro escribió esta frase, refiriéndose al traslado: «Caminó este Triunfo de la Santa Humildad entre la admi-ración y estupor de los circunstantes». (30)

Era ya la tarde, reapareció Mons. Albizzi e increpó a los reos con estas palabras: ¨No saldréis de aquí hasta que no sean devueltas las escrituras que ayer tarde se sustrajeron al P. Mario.¨ Se excusaron los acusados diciendo que eran absolutamen-te ajenos al registro. Pero no bastaron sus palabras. Tuvieron que escribir un billete al Card. Cesarini en el que le decían ¨El General y Asistentes de las Escuelas Pías, forzados a ir al Santo Oficio y retenidos allí por muchas horas por el falso supuesto del P. Mario de haber instado con vehemencia para que se le hiciese el secuestro de las escrituras, no teniendo otro modo de probar a la Sda. Congregación la falsedad de tal supuesto a no ser con el testimonio de V. Emcia., suplican humildemente que se digne declarar como verdad¨ Y en el mismo papel escribió el cardenal«Los supli-cantes no han hecho nunca ni por sí mismos, ni por medio de otros instancia alguna ante mí para dicho secuestro. El Card. Cesarini». (31)

Leyó Albizzi el atestado de Cesarini y debió de quedar consternado. Todo había sido un patinazo imponente, tanto suyo como del Card. Barberini y del mismísimo Papa. Y uno esperaría que por justicia y por humildad y caridad evangélica el omnipotente Monseñor pidiera excusas a los inocentes y humillados e infamados reos y que des-cargara sus iras contra el calumniador y malévolo Mario Sozzi. Vana esperanza. No se le tocó ni un pelo. Al contrario, todavía se le dio un empujón para arriba. ¡Increí-ble! Quien reaccionó como un caballero fue el Card. Cesarini: mandó su carroza personal al Santo Oficio para que en ella fueran devueltos a su casa los pobres reos por las mismas calles que habían recorrido horas antes, presos y entre esbirros. Los cronistas añaden que el Santo suplicó que se cambiara el itinerario y que se bajaran las cortinillas, pero no fue atendido. Había que deshacer el entuerto por justicia.

La reacción de Albizzi fue inmediata. Este hombre sentía sobre sus hombros todo el peso imponente del Santo Oficio, cuyo honor había que defender, aunque en reali-dad lo que defendía era el suyo personal, humillado esta vez por su propio error y ofendido por el gesto magnánimo del Card. Cesarini. Y tuvo todavía la mezquindad de condenar a sus víctimas a que permanecieran por quince días encerrados en San Pantaleón, sin salir de casa para nada.

Notas

1. Positio p.564.
2. EGC, III, c.762.
3. Ibid., c.649.
4. Positio p.540.
5. Ibid., p.516.
6 Ibid., p.54l.
7. BAU, BC, p717.
8. EGC, IV, c.1315; 111 c.797; IV, c.1160
9. EGC, V, c.1793.
10. EGC, IX, p.108.
11. Ibid., p.109.
12. EGC, VI. c.2757.
13. BAU. BC. P.713.
14. Eph. Cal. 12 (1963) 401.
15. L. PICANYOL, Le Scuole Pie… p135.
16. Ibid., p.136
17. Ibid., p.137
18 Ibid., p.141-l43.
19. Ibid., p.147-l48.
20 EGC, VIII, c.3824.
21 Ibid., c.3966.
22 Ibid., c.3969.
23 Ibid., c.3980.
24 Ibid., c.3999.
25 L. PICANYOL, O.C., p.l58.
26. EGC. VIII. c.4028.
27. Positio p. 1136.
28. Ibid.
29 BAU, BC, p.921.
30 Ibid., p.915.
31. S. GINER, El proceso… p.211. nt.88.



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