sJC (Biografía) - S. Giner - Written by Archivo Calasanz on Miércoles, Junio 3, 2009 0:39 - 0 Comments

S. JOSÉ CALASANZ (Severino Giner) - C13: La gran tribulación

ÍNDICE

CAPÍTULO 13

LA GRAN TRIBULAClÓN

Suspensión del P. General

Apenas llegado a casa, el P. General tomó la pluma y escribió al Cardenal Nepote, Francisco Barberini: «El General de las Escuelas Pías con toda humildad y verdad expone a V. Emcia. que en el asunto de las escrituras quitadas al P. Mario de S. Fran¬cisco, ni el dicho General ni sus asistentes ni otro de los suyos han tenido culpa alguna, habiendo sido todo de propia iniciativa de su Emo. Protector. Todos sin em¬bargo están dispuestos a ejecutar con toda puntualidad cuanto les será ordenado por V. Emcia. o por cualquier Ministro del Sacro Tribunal del Santo Oficio…». (1) Pe-ro ni esta declaración, ni la inmediata anterior, hecha por mismo cardenal protec¬tor, consiguieron aplacar los ánimos de Albizzi, de Barberini, ni del Papa. La palabra del desmentido calumniador Sozzi o el orgullo ofendido de Albizzi tenían más peso.

Efectivamente, el jueves 14 de agosto hubo Congregación del Santo Oficio en el Quiri¬nal, presidida por Urbano VIII, en la que se trató el asunto de la sustracción de documentos al P. Mario y el consiguiente prendimiento del general y sus asistentes. Y no obstante las aclaraciones de Cesarini y de Calasanz, se decretó lo siguiente: «1º [El Papa] aprobó todo lo hecho por el Asesor [Albizzi] con las personas del Ge-ne¬ral y asistentes. 2° Mandó intimar a dicho P. General y Asistentes y a otros que el P. Mario de S. Francisco, provincial de la provincia de Toscaza está bajo la protec¬ción y jurisdicción de la Sda. Congregación y que ni el dicho P. General ni los demás ofi-ciales o ministros de dicha Religión tienen jurisdicción alguna sobre su persona has-ta que S. S. o la Sda. Congregación provean de otro modo, y, en cuanto sea nece¬sario, S. S. le exime de nuevo totalmente de la jurisdicción de dicho P. General. 3° Si hasta ahora se han hecho algunos procesos contra el P. Mario por el P. Gene¬ral, manda S. S. que se entreguen a la Sda. Congregación o al R. Sr. Asesor. 4º Mandó también S. S. al P. General y Asistentes en virtud de santa obediencia y bajo pena de la indignación de S. S. y de la Sda. Congregación que procuren absoluta¬mente y se empeñen en que los superiores y religiosos de las casas de la provincia Toscana obedezcan y acaten los mandatos del P. Mario, pues de lo contrario la Sda. Congre-gación procederá contra los desobedientes. 5° Mandó S. S. que en adelante no se reciban ni se abran ni funden casas en cualquier parte de la cristiandad, a no ser con licencia de S. S. y de la Sda. Congregación. 6° Su Santidad exonera al P. Gene-ral y a sus Asistentes del precepto de no salir de la casa de San Pantaleón». (2)

Este es el texto conocido hasta ahora por todos los historiadores, quienes no se ex-pli¬caban por qué ni en esta sesión ni en todo el largo calvario que esperaba a Cala-sanz y a su Orden hiciera valer sus atribuciones y responsabilidades de protec¬tor el Card. Cesarini. Su última intervención fue prestar su carroza y exigir que en ella fueran trasladados a su casa desde el Santo Oficio el general y sus acompañan¬tes. Después de este gesto temerario —con el que pública y ostentosamente se reco¬nocía el error cometido por Albizzi, el cardenal secretario de Estado y el mismo Pa-pa— desaparece Cesarini de escena, encerrándose en un misterioso mutismo. La explicación la encontramos en el documento original, recientemente aparecido y pu-bli¬cado. Por cuatro veces aparece tachado el nombre del Card. Cesarini, de cuya ex¬presa jurisdicción, junto con la del general, se desligaba al P. Marlo. (3)

Cesarini no estuvo presente en esta sesión, pues la primera tachadura dice que «se comunique al Rmo. Sr. Card. Cesarini Protector…» que no tiene ya jurisdicción al¬guna sobre el P. Mario. Las tachaduras debieron de hacerse con miras al documento que se entregó a Calasanz. Pero se comunicó personalmente al cardenal que en to-do este asunto cesaba su jurisdicción. Y el cardenal obedeció resignado. La Orden quedó, pues, sin protector oficial en estos gravísimos acontecimientos, en que más que nunca lo necesitaba.

No deja de ser sumamente extraño este decreto, por decir vergonzoso, pues sin te¬ner en cuenta la verdad los hechos, se ratifica la injusticia cometida por Mons. sor contra las víctimas, se silencia su inocencia, se exalta la persona del calumniador Sozzi, desligándole de a jurisdicción de la Orden y de su cardenal protector obli¬gando al general a que imponga la autoridad de Mario en su provincia de Toscana.

Con heroico espíritu de obediencia, el general y sus asistes firmaban el 30 de agosto un decreto para la Provincia de Toscana en que decían: «Habiéndonos sido intimado el Rmo. P. Comisario del Santo Oficio el decreto incluido, hecho por la Sda. Congre-ga¬ción, nosotros en ejecución y pronta obediencia a la misma, con la pre¬sente os ordenamos y mandamos en virtud de santa obediencia que reconozcáis al P. Mario de S. Francisco por verdadero Provincial de esa Provincia de Toscana y obe¬dezcáis sus órdenes sin réplica alguna, no obstante cualquier pretexto en contra¬rio…». (4) Y lo mismo siguió luego inculcando Calasanz en sus cartas personales. Pero el gran duque de Toscana exigía lo contrario, como escribía el comisario ducal de Pisa a la corte florentina: «He comunicado a estos Palas Escuelas Pías cuanto V. Sría. Ilma. me manda por orden de S. A. S. que no cumplan las órdenes que vienen de Roma y no reciban a los Superiores que llegaren sin avisar antes a S. A. S. por mi medio… y han respondido que están dispuestos a obedecer». (5) En todo este engorroso asunto aparece nítida la actitud regalista de la corte que manda y ordena en asun-tos eclesiásticos y ser obedecida por todos, incluso por la inquisición floren¬tina, aunque el proceso de la Faustina se llevó a cabo a espaldas del gran duque.

La situación de los escolapios de Pisa era crítica frente a las órdenes contrarias del gran duque por una parte y del general y Santo Oficio de Roma por otra. Pero a me¬diados de septiembre, el gran duque «les deja libres para aceptar o rechazar las ór-de¬nes llegadas, con tal que el mismo día den aviso de lo que pasa». (6) Lo que no estaba dispuesto a consentir era la presencia del P. Mario en Toscana. Pero a prime¬ros de noviembre de aquel año de 1642, confiando en la protección de Albizzi y del Santo Oficio, se presentó en Florencia el arrogante provincial. E inmediatamente el gran duque le intimó el destierro de sus Estados. El propio Mario dirá luego que «es-to se le hizo bajo pretexto de que fuese vasallo infiel, astuto, espía falso y re¬belde a su Príncipe, alegando que S. A. S. quiere ser amo y señor en su Estado de sus reli-giosos…»; y añadirá la acusación calumniosa: «El P. Mario fue obligado a obe¬decer, quedando burlado, avergonzado, vituperado e infamado, siendo todo hecho con el consentimiento del Emo. Protector, General y Asistentes…». (7)

Mons. Albizzi había hecho todo lo posible para que el P. Mario fuera recibido y obe-de¬cido en Toscana. El 8 de noviembre escribía el embajador del duque en Roma a la corte florentina que Mons. Albizzi le había rogado que su alteza ordenara a los pa-dres de la casa de Pisa que recibieran al P. Mario, y se lo pedía no sólo porque di¬cho padre llevaba órdenes del Santo Oficio, «sino porque siendo su amigo particular, le desea muchísimo dar esta satisfacción». (8) Pero no pudo dársela. El gran duque no dio marcha atrás y el P. Mario salió desterrado. Albizzi intenta todavía conseguir que se levante el destierro «a su amigo», y formula la primera siniestra amenaza, como comunicaba el embajador florentino con fecha del 17 de noviembre: «Mons. Albizzi, Asesor del S. Oficio, me comunica de nuevo que del destierro del P. Mario de las Es-cuelas Pías se prevé ya la ruina total de su Religión. Porque habiendo la Congre¬gación del S. Oficio tenido a bien sustraerle de la envidia de sus perseguido¬res que le molestaban por haber revelado la secta abominable de la Faustina, está hoy em-peñada en sostenerlo por propia dignidad y reputación. Lo cual si no lo puede con-seguir con la vuelta de gracia de S. A. y con su retorno a sus felicísimos Estados, lo conseguirá con la destrucción de la Orden». (9) Esta fatídica amenaza la convertiría en realidad el omnipotente Monseñor.

Sumamente irritado por la humillación recibida, volvió a Roma el P. Mario y recurrió a Mons. Albizzi para que consiguiera su vuelta a Florencia, pero a pesar de las ame-na¬zas del agraviado monseñor, no se consiguió nada. Mario, desilusionado y venga-tivo, buscó una compensación honorífica atacando directamente a Calasanz, acu-sándole de frecuente correspondencia epistolar diplomática con los adversarios de los Barberini, es decir, los Médicis de Florencia, enfrentados precisamente en aque¬llos años en la llamada «Guerra de Castro». Propaló además que la avanzada edad del viejo general le incapacitaba para seguir gobernando la Orden. Y Mons. Albizzi, engañado de nuevo, consiguió de Urbano VIII un breve por el que con fecha del 30 de diciembre de 1642 se nombraba a Mario vicario general de la Orden, pero el nombramiento debería mantenerse secreto por un tiempo. No obstante, la noticia se filtró pronto, y haciéndose eco de ella, la comunicaba Calasanz en carta a Floren¬cia del 10 de enero de 1643 con estas sencillas palabras: «Supongo que otros con más detalles escribirán sobre el Breve que ha obtenido el P. Mario de Vicario General de la Religión, el cual, cuando nos sea intimado, lo recibiremos y obedeceremos en se-guida». (10)

El nombramiento, aunque secreto, fue interpretado por muchos como simple título honorífico, y a manos de Mario llegaban cartas con el tratamiento de «Reverendí¬simo» y «Vicario General» antes de publicarse el breve, todo lo cual lo consideró como burla contra su persona y contra el Santo Oficio, acusando de esta campaña de deshonra al P. General, como decía expresamente: «Y esto ha sucedido porque el P. General ha escrito y publicado por toda la Religión que el P. Mario ha sido nom¬brado Vicario General por el Papa, para irritar mayormente los ánimos».(11) Res-que¬mado por esta nueva humillación, compuso el llamado Memorial calumnioso, en el que se presentaba como víctima inocente, injustamente perseguido y calum¬niado desde que descubrió el asunto de la Faustina, y acusaba sin pudor ni ver¬güenza al P. General, al Card. Cesarini y a todos sus adversarios, haciendo de su propio honor causa común con el de Mons. Albizzi y el del Santo Oficio. (12) Este engendro fue presentado a la Congregación del Santo Oficio y leído y discutido en la sesión del 15 de enero de 1643, en presencia de Urbano VIII. Lo lamentable fue que se aceptó como verdad incuestionable, a consecuencia de lo cual se expidió un graví¬simo de-creto, cuyos puntos esenciales fueron los siguientes:

1º Que se designara cuanto antes un visitador apostólico general para toda la Or¬den.
2º Que el P. Mario tuviera el gobierno supremo de la Orden en calidad de primer asis¬tente, junto con los otros tres que se nombrarían y con el visitador apostó¬lico.
3º Que en adelante no se fundasen nuevas casas ni se admitiesen más novicios sin licencia del Sumo Pontífice y del Santo Oficio.
4º Que Calasanz quedaba suspendido de su cargo de general, así como sus cuatro asistentes. (13)

Con este decreto lograba el P. Mario mucho más que con el anterior nombramiento de vicario general, y llegaba al ápice del poder y al colmo de sus ambiciones gracias al apoyo y las intrigas de su amigo el asesor del Santo Oficio, Mons. Albizzi. Y una vez más se condenaba al inocente P. General, sin darle oportunidad de defenderse.

La visita apostólica

El día 4 de marzo de 1643 se presentó en San Pantaleón Mons. Emilio Altieri, vice-ge¬rente de Roma, para comunicar oficialmente a la Curia general las disposicio¬nes del decreto del Santo Oficio del 15 del pasado enero, dando a la vez el nombre del visitador apostólico el somasco P. Agustín Ubaldini, cuyo breve de nombramiento fue firmado el 7 del mismo mes. Los cronistas primitivos ponen de manifiesto la sere¬nidad de espíritu con que recibió el anciano fundador estas noticias, la amabili¬dad con que trató al vicegerente y las inmediatas disposiciones dadas a los asisten¬tes y procurador general de abstenerse de cualquier injerencia en el gobierno.

Los nuevos asistentes, excepto el P. Mario, residían fuera de Roma, por lo que el vi-si¬tador apostólico esperó que llegaran para tomar posesión oficial de su cargo, como lo hizo el 22 de marzo. Resumiendo las Memorias de Berro y Caputi, escribe el P. Bau que el visitador, «cumplidas las formalidades de rigor, pidió inopinadamente las llaves de la habitación del P. Mario y con su propio secretario somasco, el P. Carac¬ciolo, entró y examinó cuanto en ella guardaba el interesado, quedando escanda¬lizado del dinero, pastas, confituras, golosinas y bebidas encontradas, así como guantes, alfileres, peinas, trenzas, bordados, puntillas, rosarios elegantes, objetos de devoción caros, etc., y de todo ello hizo inventario y se condolió con el P. General y el P. Casani, y de todo dio comunicada a Monseñor Asesor. La Visita perso¬nal co-menzóla por el Santo Fundador y duró su audiencia más de cuatro horas, quedando impresionado de su lucidez, memoria y lógica de su discurso, muy superiores a cuanto se podía esperar de un ochentón tan avanzado. Y más todavía de la pruden-cia y santidad que todas sus respuestas transpiraban». (14)

La inesperada visita y registro de la habitación del P. Mario fue un golpe audaz, y la detallada relación de toda aquella feria de vanidades no debió de sentar muy bien a Mons. Albizzi, pues era desenmascarar una vez el verdadero rostro de su favorecido amigo del alma. No hubo, sin embargo, recriminación alguna ni penas adecuadas contra el ya reincidente y caprichoso favorito del Santo Oficio, pero las represalias contra el temerario visitador aparecerían muy pronto.

A nadie se le oculta que había en la Orden graves problemas que resolver, y que desde el encumbramiento del Mario la situación había empeorado muchísimo. Cala¬sanz consideraba que la labor del visitador debía consistir sobre todo en arreglar los desórdenes provocados por Mario, como decía en sus cartas: «… para calmar algu¬nos disturbios nacidos en estas partes de nuestra Religión S. Santidad se ha dig¬nado darnos un Visitador Apostólico de la Religión Somasca, religioso de muchas cualidades, que espero lo calmará todo…»; «habrá tal vez oído V. R., que el Papa nos ha dado un Visitador Apostólico para calmar los disturbios que con ocasión del P. Mario se hallan al presente en nuestra Religión… ». (15) Sin embargo, el P. Mario pensaba nada menos que convertirse en una especie de reformador de la Orden, tal como se expresa en una carta al P. Berro: «Desde hace mucho tiempo he deseado que nuestra Religión se librase de tantas solicitudes que le impedían el servicio de Dios, de la misma Religión y del prójimo, y lo que más me destrozaba el corazón era ver cuán poco Espíritu reinaba en común y en particular, oprimiendo los ánimos en tal manera que se concluía que era necesario quitarla del mundo, pues de nada ser¬vía a la Santa Iglesia. A pesar de que el Instituto haya sido y es santo y bueno, pero no era bien gobernado. Ahora, con muchas fatigas mías espero que se cumplirán mis deseos, que son de dar forma a la Religión, pues nunca se le ha dado, y aun para conseguir lo que no se ha podido obtener en veinte años de Pontificados que es el establecimiento de nuestra Religión. Y en ocasión de esta Visita se dará arreglo y se acomodará todo mediante la Misericordia de Dios». (16)

El P. Ubaldini llevó a cabo la visita a la casa de San Pantaleón con minuciosidad, fir¬mando el 13 de abril dos decretos de prescripciones para aquella comunidad. Proba¬blemente hizo también un informe detallado para el Santo Oficio sobre sus impre-sio¬nes de visitador. Debía continuar luego la visita a las otras casas de Roma y de la Orden, pero ni a Mario ni a Albizzi debieron de satisfacer sus actitudes de decla¬rado respeto y consideración hacia el suspendido general y sus antiguos asisten¬tes, ni el registro preliminar a la habitación de Mario, ni su modo de concebir y enfocar la vi-sita, ni otros detalles irritantes. Los biógrafos tradicionales dijeron que el visitador somasco comprendió que no se le había llamado para ser juez imparcial, sino más bien para servir de juguete en manos de Albizzi y Sozzi como verdugo de inocentes. Y después de redactar su informe, presentó su dimisión, que fue acep¬tada en el ac-to. Pero la documentación nos fuerza a admitir la versión más grave de que Mario y Albizzi consiguieron que el P. Ubaldini fuera destituido de su cargo de visitador y en su lugar fuera nombrado el jesuita P. Silvestre Pietrasanta. (17) La labor, pues, del P. Ubaldini había terminado.

El 9 de mayo de 1643 firmaba el Papa el breve de nombramiento del nuevo visita¬dor, y ese mismo día, con inusitada rapidez, se presentaba en San Pantaleón para tomar posesión de su cargo, junto con los cuatro anteriores asistentes. Entraba así en escena otro de los protagonistas de este drama, que, aunque dignísimo miembro de la Compañía de Jesús y dotado de innegables cualidades y méritos, no tuvo la suficiente clarividencia para descubrir las intrigas y malevolencias de Sozzi y Albizzi, y se convirtió en instrumento flexible y complaciente en manos de ellos, sin que con ello queramos disminuir su responsabilidad y consciente colaboración en la heca¬tombe final.

La tarea del P. Pietrasanta era doble: visitar la Orden y gobernarla junto con los cua¬tro asistentes. Las primeras impresiones generales en toda la Orden ante el nombramiento del jesuita fueron favorables y esperanzadoras, aunque no faltaron quienes hablaron ya desde el principio de que el nuevo visitador tenía intenciones de destruir la religión.

Las casas de Roma fueron visitadas personalmente por el P. Pietrasanta, aunque pro¬bablemente sólo fueron interrogados unos treinta religiosos del centenar largo que había, pues repugnaba a la mayoría tener que hacer sus declaraciones juradas en presencia del P. Mario y del secretario de la visita, el P. Juan Antonio Ridolfi, ín¬timo amigo y protegido de Sozzi, un individuo siniestro, taimado, cuya influencia maléfica en toda la visita apostólica y en los gravísimos acontecimientos de la época le convierten en uno de los principales responsables. Para visitar las demás casas de Italia fueron nombrados los PP. Ceruti, Gavotti y el Provincial de Nápoles, elegidos expresamente por Sozzi, por ser amigos fieles, pero se hicieron odiosos, incluso por sus extravagancias personales. Las casas de Europa Central no fueron visitadas ofi¬cialmente.

A mediados de septiembre tenía ya Pietrasanta suficientes datos para presentar su primera relación oficial de la visita a la «Congregación deputada» de cardenales, nombrada a mediados de agosto expresamente para tratar los asuntos de las Es-cue¬las Pías, cuyo cerebro director era Mons. Albizzi.

Respecto a la tarea de gobierno, durante el primer mes fue normal, con reuniones periódicas para nombramientos y solución de problemas ocurrentes. Pero, ya a pri¬meros de junio, el modo despótico de proceder del P. Mario excitó las protestas de los otros tres asistentes, que intentaron renunciar al cargo. Pietrasanta pudo conte¬ner la situación. Pero un mes más tarde, nuevas intemperancias del primer asis¬tente provocaron otra reacción airada, pues había nombrado provincial de Roma y rector de San Pantaleón a dos de sus amigos antes de tratar la cuestión con los de¬más asistentes. Pietrasanta increpó a éstos como «rebeldes y refractarios al Santo Oficio» por contrariar al P. Mario. Los tres presentaron de viva voz su dimisión, que les fue aceptada también verbalmente, con lo que el supremo gobierno de la Orden quedaba en manos de Mario y Pietrasanta.

Bajo el gobierno de Mario y Cherubini.

Bastaría lo dicho hasta ahora —forzosamente resumido por las exigencias de esta publicación— para execrar la memoria de este hombre, Mario, indigno de tantos fa-vo¬res recibidos del Santo Oficio y de su intrigante asesor. Pero hay más. Sobre todo después de haber eliminado la participación de los otros tres asistentes en el go-bierno y haberse quedado él solo en contubernio con el P. Pietrasanta con las rien¬das del poder, dio la medida de su bajeza de alma con su actitud despótica frente al anciano y venerable Fundador. Miraba complacido que el «santo viejo» le pidiera de rodillas la bendición cada vez que salía de casa; le interceptaba, abría, quitaba, re-tardaba las cartas que escribía y las que le venían de fuera, diciéndoselo luego entre burlas; le quitó el secretario, indispensable para su frecuente correspon¬dencia; le sustrajo los libros públicos y privados de la Orden, rasgando incluso uno en que es-taban anotadas todas las profesiones hechas desde el tiempo de la funda¬ción; le arrebató el relicario en que se conservaba el corazón del Venerable Glicerio Landria-ni, cuya causa de beatificación estaba introducida; prohibía a los religiosos ir a su habitación y mortificaba y aun alejaba de Roma a los recalcitrantes…

Añadamos dos escenas más, la primera escrita por el P. Berro y la segunda debida al H. Lorenzo Ferrari, fidelísimo ayuda de cámara del anciano Fundador y testigo de los hechos que declaró bajo juramente en el proceso de beatificación. Berro escri¬bió: «Le envió un Príncipe cerca de cien escudos para que atendiese a su defensa, ofreciéndole generosamente cuantos más necesitase. Nuestro Venerable Fundador y General agradeció a Excia. la limosna y las ofertas y llevó inmediatamente o el di¬nero al P. Mario, quien lo tomó todo con alegre avaricia y no le ofreció ni un cua¬trino. El santo viejo humillándose le llegó a decir: ‘Algunos de los nuestros de fuera de Roma me han pedido estampas; si le parece en darme algo para comprarles al¬guna…’ Y el P. Mario contestó generoso: ‘Tomad’. Y le fue dejando caer en mano, uno a uno, algunos julios, contándolos en voz alta: uno, dos, tres, cuatro, etc. Cuando llegó a los 25, el sublime pordiosero dijo: ‘Basta’. Y sin ofrecerle ni uno más el P. Mario le despidió…». (18)

Y ésta es la escena descrita por el H. Lorenzo: «Recuerdo que una vez habían ve¬nido cartas de los Rectores las casas de fuera de Roma y andaba de cabeza el Mario con los Asistentes. Fue a buscar el P. Mario al General y le soltó palabras de poco respeto. ‘Viejo chocho —le dijo—, viejo fatuo; ésos no me quieren obedecer y vos no les domináis. He llevado la Orden a la ruina y no he de sosegarme hasta que la arranque de cuajo’. Y aún dijo más palabras de cólera. Entonces el P. General, con toda mansedumbre le respondió: ‘Esos superiores son hombres que os habéis ele¬gido vos. No os los he dado yo. Guardaos del castigo de Dios por el daño que hacéis a la Religión. Temed que os alcance demasiado pronto su ira’. Y el P. Mario se mar¬chó. Esta conversación se tenía en el oratorio, junto a la habitación del P. General. Ellos paseaban por fuera. Yo estaba dentro y lo oía todo. Y pude oírlo muy bien por¬que hablaban fuerte. Y fue esto dos meses antes de morir el P. Mario. Y el P. General volvió a la habitación afligidísimo y decía: ‘Dios se lo perdone. El sólo nos reme¬diará’. Y a los quince días le comenzó al P. Mario la famosa lepra». (19)

El día 7 de abril de aquel año de 1643 había cumplido Mario treinta y cinco años. ¡Quién le hubiera dicho que dos meses después de aquella conversación con el San-to Fundador le esperaba una muerte atroz! Y así fue. Al final de aquel verano cayó enfermo. Y la vergüenza de aquella enfermedad humillante, más que el mismo do-lor, le obligó a una reclusión absoluta y se hizo trasladar al Colegio Nazareno. Se dijo que era «fuego de San Antón» o lepra, con todo el significado bíblico de castigo de Dios, o «mal francés», es decir, sífilis… Los remedios que se le aplicaban eran inútiles todos, pero en su crudeza nos dan un matiz más de aquella tragedia impre¬vista. Se le dio vino viperato, o sea, condimentado con carne de víbora y aun ron¬chas fritas del mismo repugnante ofidio; se le sometió a vapores de azufre ardiente, encerrándolo en una especie de sauna portátil de la que sólo la cabeza sobresalía, quedando todo el cuerpo a merced de los efectos cáusticos del azufre para secar sus pústulas y tumores; se introdujo su cuerpo en la cavidad abdominal de una vaca recién abierta en canal, que se recosía rápidamente hasta que el frío de la muerte acababa con su calor vital… Todo inútil. El P. Mario se moría.

Por dos veces intentó Calasanz ver al enfermo, pero se lo impidieron. Y preocupado más por su alma que por su cuerpo, mandó al P. Casani para que le asistiera, como efectivamente lo hizo, aunque se ignore en qué consistió esa asistencia. Se dijo que el moribundo encargó al P. Casani que llevara al Fundador este mensaje: «Diga al P. General que si le he ofendido, me dispense». Quienes montaron guardia en aquellos días aciagos vigilándolo todo fueron los PP. Cherubini y Ridolfi, sus fieles amigos hasta el último momento. Ellos se encargaron de avisar a Mons. Albizzi y al P. Pie-tra¬santa, con quienes tenía sumo interés en hablar el P. Mario. A ambos suplicó que nombraran como sucesor suyo en el gobierno de la Orden al P. Cherubini. Y se lo prometieron. Y el 10 de noviembre de 1643 dejó de existir. Su cuerpo fue trasladado a la iglesia de San Pantaleón, en donde fue enterrado casi clandestinamente, sin que se expusiera al público, tal como él mismo había dispuesto.

Con inesperada rapidez, al día siguiente el P. Pietrasanta hizo leer en San Pantaleón una carta escrita el mismo día por Mons. Albizzi con la que comunicaba oficialmente que los cardenales de la comisión especial para los asuntos de las Escuelas Pías habían nombrado «para el gobierno de la citada Religión» al P. Esteban Cherubini, aclarando que «hasta otra provisión que hagan sus Emcias. dan al P. Esteban plena autoridad de poder para gobernar la dicha Religión…, juntamente con V. P. y en ab¬soluto sin intervención alguna del P. General cuya potestad continúa aún en sus¬penso a beneplácito de S. Santidad y sin intervención de los PP. Asistentes antiguos o nuevos». (20) El breve pontificio para dicho nombramiento, con el que se confir¬maba la decisión de los cardenales, no salió hasta abril de 1644, y llevaba fecha de 11 de noviembre de 1643, lo cual hizo sospechar que todo había sido un embrollo tramado por Albizzi y Pietrasanta.

Tiempo le faltó al P. Visitador para comunicar la noticia a todos los colegios, pues el mismo día 11 de noviembre escribía una carta circular notificando a la vez la muerte de Mario y el nombramiento de Cherubini. La indignación por esto último fue gene¬ral. Era una afrenta vergonzosa para toda la Orden la imposición de la persona del P. Cherubini como superior general. De todos era conocida su indignidad. Siendo rector del colegio napolitano de la Duquesca, en 1630, cedió más de una vez a sus inclinaciones morbosas de pederasta, con peligro de grave escándalo y desprestigio del colegio. Avisado Calasanz del asunto, lo sacó de Nápoles y lo llamó a Roma, dán¬dole cargo honorífico para disimular su posible descrédito «por respeto al honor de su familia», como dirá expresamente Calasanz, dado el aprecio y suma conside-ra¬ción de que gozaron en la curia romana su propio padre, Laercio, y su hermano Flavio. Pero ordenó al P. Provincial que levantara secretamente información oficial del hecho y se la remitiera. Desgraciadamente, el informe fue a parar a ma¬nos de Cherubini, quien lo enseñó a su hermano Flavio. «Viendo el caso descubierto —dice Calasanz—, y para evitar mayores inconvenientes si se divulgaba semejante asunto, redacté una escritura por respeto a su casa, en que declaraba que por dicho proceso no se molestase en manera alguna al dicho P. Esteban, o puse algo similar; mas de ningún modo afirmaba que fuera falso el contenido del referido proceso». (21)

¡Esa era, pues, la última jugada afrentosa de Albizzi! Y para evitar que aquel preci-pi¬tado y deshonroso nombramiento fuera confirmado por breve pontificio, empe¬zaron a llover memoriales sobre las cabezas de los cardenales de la Congrega¬ción diputada, protestando todos por la indignidad manifiesta del P. Cherubini y pi¬diendo que fuera restablecido en sus funciones el inocente P. General. Eran memoria¬les co-lectivos, firmados por comunidades enteras, entre las que no faltó la de San Panta-león, con 43 firmas encabezadas por la del propio Fundador, suplicando que «no permitieran que fuera elegido o confirmado el P. Esteban de los Ángeles… si antes no se toman informes de su vida y costumbres… como aseguran que jura¬rán del sobredicho padre ser indigno de tal cargo». (22) El P. Fundador hizo al res¬pecto una declaración jurada, que hemos citado antes en parte, declarando todo el escabroso asunto. Pero increíblemente todo fue inútil. Y Albizzi, Pietrasanta y la Con¬gregación especial permitieron que fuera confirmada la elección por breve pontifi¬cio. Lamenta-ble había sido la protección oficial de la Santa Sede al P. Mario mientras vivió, pero ¿a qué venía esta nueva protección al advenedizo Cherubini co¬ntra el sentir casi unánime de toda la Orden y a sabiendas de su personal indigni¬dad?

Un año más tarde, en el carnaval de 1645, no obstante las prohibiciones expresas de que asistieran religiosos a los desfiles, el P. Cherubini, junto con otros cinco com¬pinches, entre ellos los PP. Ridolfi y Gavotti, alquilaron una carroza, y en traje de máscaras participaron en el jolgorio. Pero quiso la mala fortuna que en un encontro¬nazo con otras carrozas se le rompiera el eje a la propia y entre rechiflas y alborotos de los curiosos les quitaron las caretas, quedando avergonzados. El P. Calasanz, al enterarse, hizo lo que pudo para que esa nueva aventura bochornosa no llegara a oídos de la comisión cardenalicia para salvar el honor de la Orden. No faltaron tam¬poco sospechas graves de dilapidación de miles de escudos a cuenta de la prodigali¬dad y enredos de Cherubini durante su mandato de superior general. Y lo que es peor, habiéndose incorporado al Colegio Nazareno después de su superiorato, tuvo que ser trasladado forzosamente a Frascati por haber recaído en su viejo pecado de pederastia.

Y en manos de este hombre, digno sucesor de Mario, pusieron la suprema autoridad de la Orden Albizzi y Pietrasanta.

La comisión cardenalicia: las dos primeras sesiones.

A mediados de agosto o primeros de septiembre de 1643 nombró Urbano VIII una comisión especial para solucionar los problemas de las Escuelas Pías, atendiendo a los resultados de la visita apostólica en curso. La formaban los cardenales Julio Ro-ma, Bernardino Spada, Lelio Falconieri, Marcio Ginetti y Juan Bautista Pamfili, y los monseñores Francisco Albizzi y Francisco Paolucci. Roma y Spada eran contrarios a la instrucción de los pobres, convencidos de que la cultura haría desaparecer la cla-se popular, en cuyas manos estaban los oficios y servidumbres en que se apo¬yaba la sociedad. Además, el Card. Roma era también adversario declarado de las órdenes religiosas, cuya existencia creía perjudicial para la Iglesia. Ginetti, Falco¬nieri y Pao-lucci fueron acérrimos defensores de las Escuelas Pías en todas las sesio¬nes. Pamfili, por razones que desconocemos, no asistió nunca a las reuniones, y al ser elegido luego Papa (Inocencio X) decidió drásticamente la solución fatal, impo¬niendo su vo-luntad a la comisión. Mons. Albizzi fue nombrado secretario de la comi¬sión, y no Paolucci, como se creía hasta hace poco. Probablemente se debió a Al¬bizzi la crea-ción de esta comisión, con la que el asunto quedaba desligado del Santo Oficio, pero no de la directa influencia e intrigas del asesor, en cuyas manos seguían los hilos de la madeja.

Antes de que la comisión pontificia tuviera su primera sesión oficial, llegó a conoci¬miento de Calasanz que en ella se trataría nada menos que de la extinción de la Or¬den o de remedios oportunos para salvarla. Y compuso un largo memorial inten¬tando parar el golpe. En cuanto a la extinción, decía que no constándole, por miseri¬cordia de Dios, que hubiera tales culpas que merecieran tan grave resolución, pedía que se dignaran escuchar a los asistentes antiguos y nuevos y a los provinciales, «y no encontrando cosa relevante, se la exima de la inculpación por la que merecería este castigo». (23) Y en cuanto a los remedios, daba el Fundador doce provisiones adecuadas. (24) Este memorial de Calasanz iba acompañado de otro compuesto por sus antiguos asistentes. Pero junto a ellos llegaba también otro memorial deplora¬ble, compuesto por Cherubini, entonces procurador general, con denuncias malicio¬sas de desórdenes y desprestigio de la corporación, que le hacían concluir que «las cosas han llegado a tal estado que es necesario darle remedios adecuados o bien extinguirla para que no perjudique a la Iglesia». (25)

El documento más importante, empero, era la relación oficial del visitador, P. Pietra¬santa. Reconocía lealmente que había «muchos miembros sanos del todo, siendo el P. General como otros religiosos, de virtud muy notable y de bondad no ordinaria», pero había otros que seguían perturbando la Orden con sus interminables reclama-cio¬nes de nulidad de votos o derechos de clerecía y sacerdocio. Estas pertur¬baciones provenían de la falta de selección y adecuada formación de los novi¬cios. A ello se unía la suma austeridad de vida que pugnaba con la fatiga suma que exigía el pro-pio ministerio. Por ello, «no veo que haya mejor remedio —decía—- que abrir las puertas y dejar salir la sangre pútrida e infecta, es decir, dar libertad de marcharse a los que no estén a gusto, quedando los buenos y voluntarios». Y esto sería fácil de realizar si se tiene en cuenta que la Orden, según opinión de algunos teólogos, no es verdadera religión canónica y, por tanto, todas las profesiones son nulas, porque el breve de Gregorio XV en que se confirma el Instituto y se aprueban las Constitu-ciones es nulo. (26)

El día 1 de octubre de 1643 se reunió la comisión cardenalicia y se puso a votación, después de leerse los memoriales, un único punto: si había lugar a la extinción de la Orden. Los cardenales Falconieri y Ginetti y los monseñores Albizzi y Paolucci vota¬ron que no, mientras los cardenales Roma y Spada votaron que sí. Albizzi aclaró que abogaba por la reducción a Congregación. La disparidad de votos hizo que siguieran discutiendo luego, llegando a la conclusión práctica de que se examinaran los bre¬ves de Gregorio XV y otros similares para constatar la legitimidad de la existencia de la Orden de las Escuelas Pías. (27)

El nombramiento del P. Cherubini como superior general de toda la Orden, a raíz de la muerte del P. Mario Sozzi, desencadenó una tormenta de críticas y memoriales a la curia romana, no sólo desvelando las indignidades del nuevo elegido, sino tam¬bién acusando expresamente al P. Pietrasanta de procurar la destrucción de la Or¬den, impedir la reintegración del viejo P. General y procurar breve pontificio para confirmar a Cherubini como vicario general. El cerrado ambiente de repulsa y pro-tes¬tas exacerbó al P. Visitador, quien con una circular a toda la Orden, firmada el 7 de febrero de 1644, intentó defenderse a sí mismo y también al P. Cherubini, y en-tre acusaciones y amenazas dejaba a salvo la persona del P. General, «que es un óptimo religioso de santísima intención y laudabilísimas costumbres». (28) Esta cir-cu¬lar fue ampliamente refutada, sobre todo por dos famosas «respuestas» una pro-veniente de la casa de San Pantaleón y otra de la de Nikolsburg. No es de extra¬ñar, pues, que profundamente excitado por tantos ataques escribiera el P. Pietra¬santa su segunda relación para la segunda sesión de la comisión pontificia, que se reunió el 10 de marzo de aquel mismo año 1644. Esta segunda relación ha sido califi¬cada de «documento siniestro» por algunos biógrafos de Calasanz, y merece el calificativo, pues olvidando lo que había dicho en su primera relación, cargó las tin¬tas sin escrú-pulo contra toda la Orden y contra el Santo General, acusándolos a to¬dos particu-larmente de desobedientes y refractarios a la Santa Sede y a sus tribuna¬les y con-gregaciones. De la Orden dice que tenía razón el cardenal Barberini al afirmar que «esta Religión ha crecido y se ha dilatado desobedeciendo siempre, y desobede-ciendo a la Sede Apostólica…» Y del P. General dice que «con todo y ser un óptimo religioso y de buena intención, no sabe abstenerse durante la suspensión de su car-go, de ejercitarlo, aun en cosas prohibidas por la Sda. Congregación del Santo Ofi-cio…». (29)

Es lamentable que precisamente este «documento siniestro», en el que se mezcla la calumnia con la insinuación maliciosa, las medias verdades y el sarcasmo, proponga soluciones que serán adoptadas definitivamente, como son el reducir la Orden a una Congregación similar al Oratorio de San Felipe Neri, sin votos, sin superior general, ni provinciales, ni asistentes, ni visitadores, con casas independientes sometidas al ordinario del lugar.

En la sesión del 10 de marzo, aclarada la cuestión de la validez de los breves ponti-fi¬cios, que había quedado en suspenso en la sesión del 1 de octubre, Falconieri, Gi-netti y Paolucci votaron por la continuación de las Escuelas Pías como religión, mo¬derando debidamente la austeridad extrema. Spada, Roma y Albizzi abogaron por la reducción a Congregación de votos simples, sometida a los obispos. Lo ex¬traño del caso es que al final del acta se dice que el P. Pietrasanta abogaba por la continua-ción como religión. Probablemente su relación fue discutida y controvertida hasta convencerle de que sus insinuaciones o consejos no eran concluyentes. Y vista la discrepancia de pareceres o empate de votos, se pidió al Papa que decidiera él o añadiera otro miembro a la Comisión.

La sesión tercera: gozos efímeros

Las cosas iban desesperantemente lentas, debido en parte a que los miembros de esta comisión lo eran también de otras, además de los problemas ordinarios de las congregaciones o dicasterios a que pertenecían. Para mayor complicación, el 29 de julio de 1644 murió el papa Urbano VIII, y el 15 de septiembre fue elegido Inocen¬cio X. En noviembre intentó Calasanz un cambio radical, pidiendo al Papa que enco¬mendara el asunto de las Escuelas Pías al Card. Ginetti y a algún otro monseñor amigo, o al menos que pasara a la Congregación de Obispos y Regulares (que hubiera sido lo lógico), de la que era prefecto el Card. Ginetti. Pero Pietrasanta y Cherubini, por su parte, pidieron también al Papa que mantuviera la misma comi¬sión. El Papa entregó las súplicas a Albizzi, quien naturalmente atendió la petición de Pietrasanta y Cherubini, rechazando la de Calasanz. A los cardenales Falconieri y Pamfili, ahora Inocencio X, les sustituyeron Colonna y Alfonso de la Cueva, aunque el primero no asistió nunca a las sesiones. Lo demás siguió igual.

Desde mediados de 1643 los escolapios de Polonia habían conseguido que se intere¬saran por el destino de la Orden tanto el rey Ladislao IV como el duque Jorge Osso¬linski, canciller del reino, quienes se valieron particularmente de sus representantes en la Corte romana para hacer llegar sus súplicas y sus cartas al Papa y a diversos cardenales influyentes. Lo mismo se consiguió de la Corte del gran duque de Tos¬cana. Estas intervenciones diplomáticas se hicieron apremiantes desde la elección del nuevo Papa. A ellas se añadieron los memoriales que provenían de San Panta¬león, particularmente valiosos y ricos de contenido los tres dirigidos respectiva¬mente a los cardenales Roma, Spada y otro anónimo, que probablemente era Panzi¬roli, secretario de Estado y muy adverso a las Escuelas Pías, como dice Berro: «Este hombre de tanta política y de puesto tan destacado ante el Papa había sido alumno de los jesuitas y tenía extraordinaria ojeriza contra nuestro instituto pareciéndole inútil en la Iglesia, puesto que ya enseñaban los jesuitas, y además nocivo por en-se¬ñar a los pobres». (30) En el último memorial escribía Calasanz: «Los pobres no deben ser abandonados… pues también ellos han sido redimidos por la sangre pre-ciosa de Cristo y tan apreciados por S. D. M. que dijo haber sido mandado al mundo por su eterno Padre para enseñarles: ¨Evangelizare pauperibus misit me.¨ De lo que se deduce cuán lejos esté de la piedad cristiana y sentimiento de Cristo la polí-tica que enseña ser nocivo a la sociedad el enseñar a los pobres por desviarlos, se dice, de las artes mecánicas…». (31) De este párrafo y de muchísimas cartas escri-tas por Calasanz en estas angustias se ve claramente que la lucha por la supervi¬vencia de las Escuelas Pías era también lucha por el derecho de los pobres a la edu-cación y aun por la libertad de enseñanza contra el monopolio de los jesuitas.

El día 28 de diciembre de 1644 consiguió Calasanz ser recibido por el Papa, y cali¬ficó esta audiencia como «gratísima», añadiendo que el Pontífice le dijo: «Contra V. no hay nada». (32)

El 17 de julio de 1645 se tuvo la tercera sesión de la comisión cardenalicia. En el largo año que la separaba de la segunda, tenida el 10 de marzo de 1644, la ofen¬siva diplomática de Polonia y Toscana y otras intervenciones valiosas (como la del antiguo colaborador de Calasanz y hombre de curia, Bernardino Panicola, obispo de Rayeib) hicieron cambiar radicalmente la situación. El cambio más espectacular fue el del P. Pietrasanta, quien en su relación oficial aparece como abogado defensor de la Orden y de su Fundador. No hay en toda ella ninguna acusación ni queja. Los pro¬blemas de los reclamantes y pretendientes los considera jurídicamente resueltos; «por singular misericordia de Dios N. S., en la Religión no ha ocurrido caso grave alguno de inobservancia o desorden público.., ni ha llegado a mis oídos algún ex¬ceso notable, ya sea en grave daño de la caridad o en perjuicio de los tres votos esen¬ciales de la Religión…»; (33); cree que reducir la Orden a Congregación de vo-tos simples sería destruirla; tienen derecho a enseñar humanidades y retórica y no limitarse a la lectura, escritura y cálculo; el enseñar a los pobres es prestar un gran servicio a la sociedad… Pide, además, que puedan fundar nuevas casas donde quie-ra haga falta y admitir novicios, dejando de parte las prohibiciones del Santo Oficio; que el general sea repuesto en sus funciones, dándole un vicario en atención a «sus ochenta y ocho años de edad»; que se modere el rigor de las Constituciones y se confirmen luego por la Santa Sede…

A pesar de haberse leído en pública sesión esta espléndida relación del visitador je¬suita, los cardenales Roma y Spada seguían tozudamente pidiendo la extinción total de la Orden, mientras Ginetti y Cueva se oponían. Mons. Paolucci, apoyándose en la relación de Pietrasanta, hizo una magnífica peroración contra la extinción, defen¬diendo la reintegración del general, con reformas del gobierno y moderación de las Constituciones, y otros detalles similares. Y estas propuestas «fueron aprobadas por el Rmo. Albizzi, luego por todos lo demás y así fue pedido». (34) Esta unanimidad de votos era un triunfo absoluto, una solemne declaración de la total inocencia de Calasanz y de su Orden.

La gran noticia trascendió rápidamente. Al día siguiente se lo comunicaba Mons. Pa-ni¬cola al P. Berro, que residía en Nápoles, y lo mismo hacía Calasanz en sus car¬tas de aquellos días, escritas a diversas partes. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: que en todas partes se celebró la noticia con grandes muestras de alegría, con Te Deum, con vuelos de campanas, con disparo de morteretes incluso…

Las dos sesiones últimas: la hecatombe

Cuentan los antiguos biógrafos que cuando Calasanz se disponía a salir de casa, ca¬mino del palacio del Card. Roma, para recibir oficialmente la noticia de su reintegra¬ción en el cargo de general junto con las instrucciones suplementarias, llegó a San Pantaleón un mensajero de dicho cardenal comunicándole que no fuera a la audien¬cia convenida hasta nuevo aviso. Pero ese aviso ya no llegó nunca. ¿Qué había su-ce¬dido?

Las muestras ruidosas de satisfacción y legítimo gozo se desbordaron también en la comunidad de San Pantaleón. Era muy normal. A alguien se le ocurrió llevar la noti¬cia a los Avisos de Roma, especie de gaceta diaria, y entre los comentarios a dichos Avisos leídos en público durante el recreo de la comunidad, no faltaron palabras im¬prudentes con que se atacaba o se zahería a todos los implicados en esta larga tri-bula¬ción sufrida por la Orden y su Fundador. El P. Berro recuerda este comentario, puesto en boca del imprudente H. Felipe Loggi: «Alabado sea Dios. Ahora se verá quién ha perseguido a N. P. General y se le pedirán cuentas de todos los atropellos que le han hecho tanto a él como a los PP. Asistentes. No sé si podrá ya tanto Mon-se¬ñor Asesor». (35) Y Judas salió del cenáculo… Tiempo le faltó al P. Juan Anto¬nio Ridolfi para ir a incriminar a sus hermanos ante Mons. Albizzi por las comprensi¬bles imprudencias cometidas. Y tiempo le faltó también al impulsivo y susceptible mon-señor para denunciar al Papa con palabras que ignoramos el imperdonable des¬acato de haber sido ofendido por quienes apenas acababan de librarse del aniquila¬miento. Parecía que toda la Santa Iglesia Católica Romana era víctima de los vitupe¬rios de un imprudente hermano lego de las Escuelas Pías… Y sin sentido de la equi¬dad, de la justicia y mucho menos de la misericordia, en vez de inculpar al impru¬dente o imprudentes, pasando por alto con increíble ofuscación el veredicto defini¬tivo que había dado la comisión cardenalicia en su tercera sesión, se descargó el golpe de la venganza sobre toda la Orden y su inocente Fundador.

Inocencio X consultó el asunto con Mons. Albizzi, con el Card. Roma, presidente de la comisión especial, y probablemente con el Card. Panziroli, secretario de Estado. La decisión última, sin embargo, fue exclusiva y personal del Papa, quien imponía así su propia resolución a la Congregación diputada, que tuvo su cuarta sesión el 8 de septiembre de 1645 en el palacio del Card. Roma, según costumbre. Estaban pre¬sentes Roma, Cueva, Spada, Ginetti, Paolucci y Albizzi. No hubo relación alguna de Pietrasanta, que no asistió siquiera. El Emmo. Roma dijo que, por expreso man¬dato del Papa, la Orden de las Escuelas Pías debía reducirse a Congregación y que no había que pensar ya más que en el modo de llevar a cabo esta reducción. Se con¬vocaba otra última sesión para decidir las peculiaridades de dicha reducción, de las que se dieron ya entonces ciertas ideas generales.

De esta cuarta sesión no tuvo ni la menor idea Calasanz ni nadie. Tal vez esperaron con infinita impaciencia que se publicara la sentencia de la reintegración del anciano general en sus funciones. Pero pasaron semanas y meses bajo el peso de un silencio impenetrable de los miembros de la comisión pontificia, y aquella espera se volvía desesperanza y se crispaban los nervios, empezándose a sospechar y a temer lo peor. En San Pantaleón seguían las cosas igual, bajo la autoridad pesada de Cheru¬bini y Pietrasanta. Pero el día primero del año 1646 ambos superiores dieron ciertas disposiciones en virtud de santa obediencia y bajo pena de excomunión sobre asun-to de limosnas y posesión de dinero. La protesta generalizada hizo que Cheru¬bini derogara el mandato, pero recurrió a Albizzi para que la comisión pontificia con¬firmara sus disposiciones, como efectivamente lo hizo, añadiendo las penas de cár¬cel y galeras a los transgresores.

Exacerbados por estas desproporcionadas amenazas y por la tensión constante en que se vivía, resolvieron apelar personalmente al Papa. Compusieron dos memoria¬les, firmando 25 religiosos el primero y 32 el segundo. En el primero se exponía el último caso y en el segundo se lamentaban de que «en tres años de visita apostó¬lica no se ha hecho nada de provecho y por ello pedían justicia y soluciones, acu¬sando también como sospechosos a Monseñor y a los dos Padres referidos» (Pietra¬santa y Cherubini). (36) Y la víspera de Reyes, un grupo de 25 religiosos entre pa¬dres y hermanos, capitaneados por el díscolo y declarado adversario de Cherubini, el H. Lucas Anfosso, se presentaron en San Pedro del Vaticano, y al salir el Papa de la función de Vísperas consiguieron reunirse todos en una de las salas del trayecto, y contra todas las normas ceremoniales y de etiqueta palatina, le abordaron, pidién¬dole que les escuchara. Los cardenales, monseñores y otros del séquito estaban asombrados. El maestro de ceremonias se oponía a aquella audiencia improvisada, pero el Papa hizo pasar a cuatro de los osados a una sala contigua, donde el H. Lu¬cas, sin eufemismos ni atenuantes, le dijo entre otras cosas: «Hace ya tres años que estamos tan angustiados por los Superiores, que ya no podemos más; por tan-to, suplicamos justicia y solución [de nuestros asuntos]». El Papa respondió: «Mar¬chad, que seréis atendidos cuanto antes». (37) Naturalmente, la impresión que re-cibió el Pontífice debió de ser pésima. Y la solución que les iba a dar no lo sería me-nos.

Para colmo de males, en aquellos primeros días del año fue acusado el P. Cherubini de haber incurrido en censuras canónicas por no haber publicado nunca el breve de su nombramiento, por haber enajenado ilegalmente bienes inmuebles de la Orden y por otras razones. El cardenal vicario había hecho saber que el Papa exigía que se aclararan los hechos. Y en este compás de espera, los acusadores y adversarios de Cherubini negaron obediencia al superior de la Casa de San Pantaleón, nombrado por él, y eligieron otro por su cuenta. Esta situación provocó las iras de Pietrasanta, quien escribió una fogosa circular a dicha comunidad, en la que de nuevo recordaba la vieja frase «que su Religión hubiese crecido desobedeciendo a la Sede Apostó¬lica». (38) No faltó quien propalara que el «santo viejo» incitaba a la rebelión. Y cuál sería el ambiente irrespirable en que se vivía, si el mismo Santo, aun negando la acusación, la justificaba en cierto modo con estas palabras: «En cuanto a lo que se dice que los Padres de Roma han sido incitados por mí en sus motines, V. P. no lo crea, pues todos estaban y están hartos hasta la garganta, como ellos mismos le han dicho, por un gobierno de tres años sin fruto y con mucho daño». (39)

Mientras tanto, desde la cuarta sesión de septiembre, se estaban estudiando los com¬plicados problemas que llevaba consigo la reducción de la Orden a Congrega¬ción o su extinción absoluta. Y después de largas y sutiles discusiones, repartió Al¬bizzi a los miembros de la comisión pontificia, mucho antes de su última sesión y recortando posibilidades, la minuta del futuro breve, en la que la Orden quedaba reducida a Congregación de votos simples sometida a los ordinarios, pero mante-nién¬dose válidos los votos solemnes ya emitidos. Era una solución muy be¬nigna y positiva comparada con la que al fin se impuso. El día 3 de febrero de 1646 se tuvo la quinta y última sesión de la comisión en el palacio del Card. Roma. Asistie¬ron Roma, Cueva, Ginetti, Spada, Paolucci, Albizzi y Pietrasanta. Poco antes de la reu-nión, se recibió un comunicado personal de Inocencio X en que, ya por se¬gunda vez, limitaba la libertad de decisión de la comisión, imponiendo su voluntad «de reducir la Religión a Congregación a la manera del Instituto de la Congregación de Santa María in Valicella de Roma, llamada de San Felipe Neri, sin que se emitan votos en adelante y con total sujeción a los Ordinarios». (40) Después de haber leído el se-cretario Albizzi el comunicado del Papa, habló Pietrasanta, sin que sepa¬mos lo que dijo. Y sobre estas bases se entabló la discusión hasta llegar por unanimi¬dad a estas conclusiones:

1. Se dará facultad a todos los religiosos para que puedan pasar a otra Orden cual¬quiera, si se les admite benévolamente.
2. Se renovará el decreto de no admitir a nadie en el noviciado o a la profesión de votos sin licencia de la Santa Sede.
3. Los religiosos con sus casas y escuelas quedarán sometidos totalmente a los ordi¬narios del lugar, quedando destituidos de toda autoridad y jurisdicción tanto el P. José Calasanz. «en otro tiempo Ministro General», como todos los demás superio¬res y visitadores apostólicos, de modo que toda esa autoridad y jurisdicción quede en manos de los ordinarios, que la podrán delegar. No habría, pues, superiores ge¬nerales ni provinciales, sino sólo locales.
4. La religión quedará reducida a Congregación sin votos, a la manera del Oratorio de San Felipe Neri.
5. Se harán nuevas Constituciones, cuya redacción se encomienda a los Mons. Al¬bizzi, Paolucci y Fagnano y a Pietrasanta y otro padre del Oratorio filipino.
6. El gobierno del Colegio Nazareno se confiará a Pietrasanta y Cherubini. (41)

Estas conclusiones fueron presentadas al Papa, quien las aprobó todas, excepto la sexta, disponiendo que del Nazareno se responsabilizaran los auditores de la Rota, según probable consejo de Ginetti, pues de ello se glorió algunas veces el cardenal. Sin embargo, hubo todavía un retoque de extrema gravedad en el breve definitivo, sin que sepamos si se debió a la iniciativa personal de Inocencio X o a la de Albizzi, en cuyas manos había quedado la responsabilidad de la redacción del breve, o a in-si¬nuación del Card. Roma o Panziroli. Era como la estocada final. Y fue que en el punto 2º se excluyó la posibilidad de que «con licencia de la Santa Sede» pudieran admitirse novicios o dar la profesión a los ya admitidos. La prohibición en ambos casos fue absoluta. Con ello se cerraba el último resquicio de vida nueva para el Ins¬tituto. Se abrían todas las puertas para dejar salir y se cerraban herméticamente todas para poder entrar. Aquello no era simplemente una «reducción» de la Orden a Congregación sin votos, sino más bien una supresión camuflada, una condena a muerte lenta, pero inexorable.

El 16 de marzo de 1646 firmó Inocencio X el breve y al día siguiente por la tarde el secretario del cardenal vicario lo leyó en el oratorio doméstico de San Pantaleón, ante toda la comunidad convocada. Al terminar la lectura, en el silencio embarazoso y dramático del momento, se oyó la voz del ya definitivamente destituido general, P. José Calasanz, que repetía las palabras de Job: «El Señor nos lo dio; el Señor nos lo quitó. Como plugo al Señor, así se hizo. Bendito sea su nombre». Era el final. La hecatombe.

Y este hombre, que con sobrehumana fortaleza soporta como otro Job el derrumba¬miento de la obra de su vida, aludió por dos veces al menos a la fuente misteriosa que le proporcionaba tanta energía. Su confidente P. Berro dejó escrito este párrafo, sin que sepamos exactamente la fecha de esa auténtica experiencia mística, que revela Calasanz con palabras sibilinas que remedan las de San Pablo hablando de sus éxtasis al tercer cielo. Escribe Berro que Calasanz dijo: «Sé de una persona que con una sola palabra que le dijo el Señor en el corazón, soportó con mucha pacien¬cia y alegría diez años continuos de trabajos y grandes persecuciones. Y después de muchos años dijo otra vez: sé de una persona que con una sola palabra que Dios le dijo en el corazón, padeció con inmensa alegría quince años de grandes trabajos que le sobrevinieron». (42)

Notas

1. Positio p.1170.
2 Ibid., ph88-1189.
3 Ibid., nts.278-281; EC, VI, p.3O7O-3O71.
4 positio p.1171.
5 L. Picanyol, O.C., p163.
6 Ibid., p.164.
7 Ibid., p.162.
8. Ibid., p.166.
9. Ibid., p.167.
10. EGC, VIII, c.4082.
11. Positio p.1165.
12. Ibid., p.1157-1166.
13. Ibid., p.1189-1190.
14. BAU, BC, p. 964.
15. EGC. VIII. c.4096 y 4103.
16. EC. p.2539.
17 Archivum 3 (1978) 61-66
18 BAU, BC, p.979.
19. Ibid., p.98l-982.
20 SÁNTHA, Ensayos p.226.
21 BAU, BC, p.998-999.
22 EGC, IX, p.160.
23 Positio, p.1235-1236.
24 EC, p.2110-2113.
25 Positio p.1234.
26 EGC, IX, p.125-134.
27 Ibid., p.134-135.
28 Ibid., p.168.
29 Ibid., p.178-179.
30 BAU, BC, p.1099.
31 Positio, p.13l2-1313.
32 EGC, VIII, c.4250 y 4400.
33 EGC, IX, p.207.
34 ibid., p.211.
35 V. BERRO, Memorie (ms), f.350.
36 EGC, IX, p.2l3.
37 Ibid.
38 Ibid., p.215.
39 EGC, VIII, c.4333.
40 Eph. Cal. 1 (1961) 28.
41 Ibid., p29.
42 A. GARCÍA -DURÁN, O.C., p.lO9, nt.556.



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