sJC (Biografía) - S. Giner - Written by Archivo Calasanz on Miércoles, Junio 3, 2009 1:02 - 0 Comments

S. JOSÉ CALASANZ (SG) - C11: Congregaciones y capítulos generales

ÍNDICE

CAPÍTULO 11
CONGREGACIONES Y CAPÍTULOS GENERALES

La Congregación general de 1627

Según las Constituciones, los Capítulos o Congregaciones generales debían reunirse cada seis años y, además, para elegir al nuevo superior general. En noviembre de 1621, las Escuelas Pías habían sido declaradas Orden religiosa. Seis años más tar-de, por consiguiente, debía celebrarse el primer Capítulo o Congregación general. Y así lo dispuso Calasanz, convocándolo para octubre de 1627. A él asistieron los re-presentantes de toda la Orden, a saber: P. José Calasanz, prepósito general; P. Pe-dro Casani, provincial de Nápoles; P. Francisco Castelli, provincial de Génova; P. Ja-cobo Graziani, provincial de Roma; P. Peregrino Tencani, simple sacerdote profeso; P. Glicerio Ceruti, rector de San Pantaleón y maestro de novicios, nombrado secreta-rio del Capítulo o Congregación general. En reconocimiento de los muchos méritos adquiridos en la Escuela Pía, fue llamado como presidente honorario el P. Domingo Ruzola.

Las sesiones fueron cuatro: los días 11, 12 y 27 de octubre y el 4 de noviembre. Las cuestiones que se trataron fueron las siguientes: se precisaron algunos puntos so-bre la pobreza, como el uso del dinero, la ayuda mutua entre las casas, la renuncia a legados y herencias, la incapacidad de recurrir a tribunales para defender los pro-pios Derechos, la facultad del P. General de despachar a ciertos delincuentes o inco-rregibles sin acudir a la Santa Sede, problemas de clausura y separación entre las escuelas y la residencia de los religiosos. Se examinaron y se dieron disposiciones sobre la situación especial y problemática de ciertas personas. Se propuso pedir al Papa una bula de confirmación de la Orden y sus Constituciones, tal como se había tratado ya con los visitadores de 1625. Se insistió en la necesidad de licencias espe-ciales de los religiosos para viajar a Roma. Y se emanó un importantísimo decreto por el que se creaba en la Orden una tercera clase de religiosos, llamados «clérigos operarios», de los que hablaremos expresamente en otro capítulo. Fue lo más tras-cendental de esta Congregación general.

El último día, después de agotados los temas, dicen las Actas que «habiendo el P. General interrogado a todos los Padres si tenían algo más que tratar y habiendo respondido que no… se dio fin a esta primera Congregación General el día de San Carlos, 4 de noviembre de 1627». (1) Se estaba todavía esperando los resultados de la visita de 1625, cuyos decretos llegarían a saberse sólo un año más tarde. Y es sumamente interesante que en esta ocasión, y a requerimiento expreso de Cala-sanz, ninguno de los presentes, representantes de todas las Provincias de la Orden, alegara queja alguna sobre el modo de gobernar del «santo viejo», y ninguno de los asistentes, que eran a la vez provinciales, se lamentara de que el general los tuviera alejados de Roma o que les dominara «como esclavos». Más todavía: a ninguno de los presentes, ni al propio general, se les ocurrió aludir siquiera a ninguna de las cuestiones «graves» sobre las que llamarían la atención los decretos de la visita apostólica. Lo cual hace suponer que nadie de los supremos responsables de la Or-den, incluido Calasanz, dieron a tales problemas la gravedad casi escandalosa que les dieron los visitadores o los redactores de los decretos, sino que los consideraron como cuestiones normales de la vida de la Orden, que no merecían siquiera ser tra-tadas en esta primera Congregación general.

El Capítulo general de 1631

El día 28 de abril de 1622, el papa Gregorio XV había nombrado prepósito general de las Escuelas Pías al P. José Calasanz para nueve años, en vez de por toda su vi-da, como prescribían Las Constituciones. Para la elección de su sucesor debía, pues, reunirse el Capítulo general al expirar el plazo del gobierno en abril de 1631. Y Cala-sanz lo deseaba ardientemente. A mediados de abril de 1630 escribía: «Yo espero, cuando tenga oportunidad, dejar bajo el gobierno de persona adecuada esta casa que está en presencia del Papa y de tantos cardenales, y si el Señor me da salud, tengo gran deseo de retirarme a Nápoles»; «Dios sabe el deseo que he tenido y tengo todavía de volver a Nápoles, pero esto debería ser cuando quede la casa de Roma con el gobierno adecuado, lo cual tal vez nos lo conceda el Señor». (2) Indu-dablemente, Nápoles le había ganado el corazón. Y no es menos cierto que estaba ya cansado de mandar y quería verse libre de las preocupaciones y problemas del cargo. En noviembre del mismo año escribía: «Infinitas veces he deseado ser más bien portero o enfermero en cualquier casa, que tener el oficio que tengo y Dios me es testigo que es así, el cual por su misericordia se digne no mirar mis faltas». (3)

El año 1630 se había declarado en gran parte de Italia una peste espantosa, mara-villosamente descrita por Manzoni en su inmortal novela I promessi sposi, y en los primeros meses de 1631 todavía no había desaparecido y continuaban, por tanto, las prohibiciones de traslados y viajes para evitar el contagio. Era, pues, imposible que se celebrara el Capítulo electivo en abril, por lo que se pidió y se obtuvo de la Santa Sede una prórroga de seis meses para el generalato de Calasanz y se recon-vocó el capítulo para octubre.

A su debido tiempo fueron llegando a Roma los provinciales de Nápoles y Génova, con sus respectivos vocales, y acudió también el P. Esteban Cherubini en calidad de visitador general, pero el provincial y vocales de Toscana no llegaban por estar blo-queados por la peste. El 31 de octubre expiraba la prórroga del gobierno del P. Ge-neral, y hasta el último momento se quiso evitar recurrir de nuevo al Papa pidiendo otra prórroga, confiando en que llegaran a tiempo los de Florencia y se hiciera la elección en Capítulo. Mas pasó el día 31 y se constató que la situación jurídica era embarazosa, pues la Orden se había quedado sin cabeza legítima. Se recurrió al cardenal vicario, Marcio Ginetti, y se trató con él del nombramiento del general y sus cuatro asistentes, delegando al P. Casani para que redactara una súplica al Papa pidiendo que Calasanz fuera confirmado general vitalicio, según las Constituciones.

En el memorial de Casani se pedía además lo siguiente: que el P. General «se elija cuatro Padres de los mejores… para sus Asistentes y que cada uno de ellos tenga a su cuidado una de las cuatro Provincias que tiene al presente dicha Orden. Que el General esté obligado a tenerlos siempre a su lado, residiendo en Roma, excepto cuando haya necesidad de visitar personalmente dichas Provincias, y con estos Pro-vinciales debe dicho General tomar consejo en todos los asuntos pertinentes a su oficio, declarándose írrito, nulo y de ningún peso y valor todo acto que intentara hacer sin el consejo de dichos Asistentes o al menos de la mayor parte de ellos. Y elija para su Monitor a uno de estos cuatro». (4) El párrafo, en su crudo redactado, parece una manifestación de desacuerdo y aun de crítica implícita respecto al modo independiente de gobernar de Calasanz. Si por una parte impone un control estricto a todos los actos de gobierno del general, mantiene a la vez la táctica usada por él de nombrar provinciales a los asistentes generales. Según el memorial, se exige la presencia de los asistentes en Roma para que controlen al general, mientras según el punto de vista de Calasanz, lo que se hizo sería exigir la presencia de los provin-ciales en Roma para ser controlados por el general. Dice, en efecto, Calasanz: «En cuanto al Gobierno, para quitar la autoridad de los Provinciales se ha ordenado ante el Sr. Vicario del Papa que los tres Provinciales que estaban fuera vengan a Roma con título de asistentes, y junto con el general atiendan al Gobierno común y alguno de ellos en tiempo oportuno vaya visitando los lugares más necesarios». (5)

Por el breve pontificio del 12 de enero de 1632 se nombraba general vitalicio al P. José Calasanz, «quien por otra parte —reconoce el Papa expresamente— ha desem-peñado laudablemente su oficio de Ministro General». Se nombraba también como asistentes o consultores a los PP. Pedro Casani, Francisco Castelli, Jacobo Graziani y Juan García, sin aludir lo más mínimo a su calidad de provinciales ni a ninguna de las demás peticiones del memorial y ni siquiera se dice que el nombramiento de asistentes sea vitalicio. (6)

En las conversaciones habidas entre el Card. Ginetti y los capitulares presentes se abordaron temas que probablemente se pensaba tratar en el Capítulo general, y que tenían de mira los problemas presentados por la visita apostólica de 1625, cu-yas actas se habían recibido en septiembre de 1628 y, por tanto, no habían sido consideradas en la Congregación general de 1627. He aquí cómo resume Calasanz todo lo tratado entonces con Ginetti: «En el mes de octubre próximo pasado se tuvo reunión de algunos Padres para hacer Capítulo General, pero al no poder venir algu-nos de los principales por causa del contagio, se trató en presencia del Emo. Sr. Vi-cario de la elección del General y Asistentes, lo cual se hizo y se confirmó con Breve Apostólico. Se trató y resolvió también que en adelante no se acepten nuevas fun-daciones sin licencia del Papa. Se trató también que hubiese un solo Noviciado en Roma donde se forme a los novicios según mandan las Constituciones y se ha cum-plido y se está cumpliendo, haciendo venir a los novicios a Roma de diversas par-tes… También se concluyó que se abriese estudio para los jóvenes de la Religión y se ha puesto en ejecución…». (7) Añádase a esto lo ya recordado respecto al go-bierno de la Orden.

No fue, pues, inútil la concentración de capitulares, aunque no se celebrara el capí-tulo: no obstante, el prudente Fundador aprovechó la ocasión para tratar y decidir en común y en presencia del Card. Ginetti las cuestiones más candentes del mo-mento.

Descontentos y delatores

Cuenta Berro en sus Memorias que al saberse la decisión papal de confirmar a Cala-sanz como general vitalicio «no hubo dificultad alguna entre los Padres en recibirlo por tal, como siempre habíamos hecho en el pasado, pues siempre lo habíamos te-nido por Superior y fundador. Pero disgustó a algunos el haber oído que uno de los nuestros, por cuenta propia y contra el sentir de los demás, dijo al Emo. Sr. Carde-nal Vicario, que si hubiera habido elección canónica, no hubiera sido confirmado nuestro Ven. P. Fundador, sino elegido otro». (8) Había en la Orden más de uno que pensaba lo mismo. Y no contentos con pensarlo y desearlo, intentaban conseguirlo con indignos memoriales dirigidos a la Santa Sede y a sus Congregaciones y jerar-quías, en los que mezclaban las verdades o medias verdades con chismes, exagera-ciones, tergiversaciones y aun calumnias, desprestigiando al pobre general y a la Orden entera.

Uno de esos memoriales debió de escribirse hacia mediados de 1631, con miras al Capítulo general. El Santo lo llamó Memorial de los inconvenientes, y probablemente sabía quién había sido el autor. En él se lamentaba del excesivo número de funda-ciones y de que la mayor parte de ellas estuvieran en pueblecitos insignificantes y muy alejados entre sí, desde las montañas de Génova hasta el extremo sur de Otranto y Calabria; como consecuencia de ello, se admitía a gente baja e inepta pa-ra aumentar el número, y se echaba mano para las escuelas de novicios y clérigos impreparados, descuidando su propia formación; también el gobierno de la Orden procedía sin criterios comunes y se elegían los superiores a capricho y se daba ex-cesiva autoridad a los legos, que superaban o al menos igualaban a los padres y clé-rigos juntos. A todos estos problemas proponía el delator soluciones adecuadas, prohibiendo nuevas fundaciones, suprimiendo todas las casas fuera de Roma, Nápo-les y Génova, y aun en estas ciudades debían reducirse las clases y concentrarse en ellas todos los religiosos para atender debidamente a su formación y preparación por un tiempo; requería igualmente que el general gobernara apoyándose en sus asistentes y que los provinciales se esmeraran más en la selección de candidatos. El memorial terminaba pidiendo al Papa un comisario apostólico que aplicara esos re-medios y gobernara la Orden durante algunos años hasta enderezarla, como se había hecho con otras religiones. (9)

La Santa Sede hizo remitir a Calasanz el memorial anónimo para que respondiera, como efectivamente hizo. Y en su respuesta advirtió las cuestiones que ya habían sido tratadas en las reuniones con Ginetti, como las referentes a fundaciones, for-mación de novicios y clérigos y lo relativo al gobierno de la Orden; tachó de false-dades algunas de las acusaciones y dio su explicación a otras, haciendo ver, por ejemplo, lo absurdo de cerrar casas y suprimir clases y concentrar tantos religiosos en tan pocos lugares. En cuanto al nombramiento de un comisario apostólico, decía que la Orden no estaba tan relajada que mereciera ese remedio, y concluía: «Es cierto que quien ha hecho el memorial necesita gran remedio por ser uno de los an-tiguos de la Religión, pero su soberbia y obstinación le hacen indigno de que se le confíe el cargo de Superior». (10)

Mucho más grave que el memorial anterior fue la campaña de denigración y calum-nias contra todos los superiores y contra la Orden, desencadenada desde principios de 1633 por el clérigo Juan Francisco Castiglia, quien empezó a cursar memoriales a varios cardenales, monseñores y hasta el mismo Papa, lamentando la excesiva difu-sión de la Orden, sacando a relucir los trapos sucios, reales o supuestos, de los su-periores y pidiendo una visita apostólica. El irresponsable delator confesó que «por un agravio que se me hizo, me decidí, aconsejado por persona prudente, a dar di-cho memorial», y que estimaba su propio honor «más que la misma vida». (11)

Calasanz juzgó el asunto de gran importancia, no sólo calificándolo de calumnioso e infame, sino también temiendo la reacción de la curia romana, que había acogido los memoriales y estaba dispuesta a comprobar la verdad de los hechos. El 26 de enero de 1633 escribía Calasanz que el clérigo Castiglia «había puesto en descrédito nuestra religión ante los cardenales San Onofre [Antonio Barberini], Ginetti aun el Papa y ha sido comisionado el vicegerente para que se informe de las cosas conte-nidas en dicho memorial, y ahora este miserable va buscando por casa testimonios para probar sus calumnias». (12) En otra del 29 de enero añadía: «Este infeliz no desiste de su pretensión, queriendo dar pruebas con diversos testimonios.., y estos señores Superiores [de la curia romana] le dan crédito y dicen que no se saben nunca los defectos de las Religiones si no es por los malcontentos; así que es nece-sario hacer ver a los Superiores que no es verdad lo que éste calumnia a la Reli-gión… Ya veremos lo que pasa y procuraremos defender el honor de la Religión». (13) El 19 de febrero escribía: «Estos relajados no cesan de dar memoriales… Con la ayuda del Señor defenderemos la Religión, que estos miserables dicen que la quieren destruir absolutamente para poder volver al siglo. Mientras tanto hago rezar por este asunto que contiene en sí la infamia más grave que jamás a sufrido la Reli-gión». (14)

Pocos días después, el clérigo Castiglia empezó a dar marcha atrás, arrepentido de sus delaciones y calumnias, como recordaba Calasanz: «Este infeliz, arrepentido de su error… se ha retractado en presencia de Mons. Vicegerente y espero que se pon-ga fin en seguida, sin que se llegue a probar cosa alguna». (15) Pero no fue así, pues los de la curia exigían pruebas de que todo habían sido calumnias, como mani-festaba Calasanz: «Me será necesario dar satisfacción a los Superiores sobre la ver-dad y probar ser calumnia todo lo que escribió este infeliz individuo, aunque él re-conociendo el error con un memorial público firmado por su mano, se haya retrac-tado de cuanto escribió, de modo que pienso no dejar en el ánimo de los Superiores ninguna mala impresión de nuestra obra». (16)

A raíz de todo este escabroso asunto, cuenta Berro la siguiente escena: «Mandó su Eminencia [el Card. Antonio Barberini] llamar a nuestro Ven. P. Fundador y apenas llegó a su presencia, aun cuando había en la sala y antecámara buen número de personas, tanto señores de su corte como forasteros, sin consideración a la edad ni a la dignidad de general y fundador de una religión, dirigióse hacia el anciano como un basilisco y le dijo palabras tales que ya no eran mortificación religiosa, sino más bien verdaderas injurias. Al oír aquello nuestro venerable y pacientísimo padre, hin-cóse de rodillas en el sitio en que se encontraba y con humildísima postura y rostro de ángel, sin proferir una sola palabra escuchó cuanto Su Eminencia le echaba en cara. Desagradó a todos los asistentes el proceder del cardenal para con el venera-ble padre… Terminado que hubo su Eminencia de reprenderle, pidióle José que qui-siera oírle en particular. Alzóle entonces el Barberini y le condujo a otra estancia. Con toda sumisión desengañó allí el venerable padre al cardenal… Con lo que su Eminencia quedó no sólo desengañado y satisfecho, sino además edificado de la pa-ciencia y humildad, al par que admirado de la prudencia de nuestro venerable fun-dador». (17)

El calumniador se retractó, el cardenal se desengañó, pero las consecuencias fueron negativas, pues en el fondo se dio oídos a los denigradores y se volvió a prohibir con mayor rigor no sólo nuevas fundaciones, sino que se mandaran religiosos a las casas ya fundadas, particularmente a las de Moravia, para las que el Card. Die-trichstein pedía más religiosos. Respecto a la fundación ya comenzada en Ancona, decía Calasanz: «Habiendo hecho todo lo que puedo para obtener el permiso ponti-ficio para mandar a Ancona los Padres prometidos, que ya hace tiempo están prepa-rados para partir, no sabría qué hacer, naciendo esta dificultad del memorial hecho por aquel Hermano, que afirmaba entre otras cosas, que se admitían y abrían tantas Escuelas Pías de nuevo, que no se podía proveer las antiguas de suficientes sujetos y de buena calidad como sería conveniente, ni encaminar debidamente las nuevas. Y los Superiores se han convencido de ello extraordinariamente». (18) Al Card. Die-trichstein le decía con mayor crudeza: «La carta que V. Emcia. ha escrito a la Sda. Congregación de Propaganda Fide me parece obra del Espíritu Santo, pues en el ánimo de algunos Superiores ha surgido cierta aversión contra nuestro Instituto y se ha oído decir que el mandar gente de los nuestros a países extranjeros no es aprobado por todos, siendo tan pocos en número y por no tener sujetos a propósito y como en otras Religiones… Yo vivo más que nunca dispuesto a proseguir la obra comenzada y tengo por seguro que no prevalecerán para abatirnos los ímpetus fu-riosos del infierno, que teme sufrir gran pérdida por medio de nuestra pobre familia en esos y otros países». (19)

A pesar de estas restricciones, a primeros de julio del mismo año 1633 parecía que la tormenta provocada por los memoriales había amainado ya, como dice Calasanz:
«El Señor nos ha librado del mal concepto en que la malicia y astucia del diablo nos había puesto ante los Superiores Mayores». (20) Pero sería por poco tiempo. ¡Y pensar que aquel hombre delator y calumniador de la Orden tuvo luego que ser echado de dos colegios por sus escándalos con mujeres y que en 1640 abandonó las Escuelas Pías…!

El Capítulo general de 1637

Pasados seis años desde la convocatoria del anterior Capítulo general de 1631, que no pudo celebrarse por la peste, intimó Calasanz el siguiente para el 15 de octubre de 1637, respetando fielmente el sexenio exigido por las Constituciones. En el de-creto de convocatoria decía que quien tuviera algún asunto que interesara al bien de la Orden, de la Provincia, de la casa o del individuo mismo «lo puede notificar al P. Provincial o a los vocales de la Provincia por escrito con su firma, asegurando a cada uno que su propuesta sería presentada en el Capítulo». (21) Con ello daba plena libertad a todos para expresar sus deseos e ideas sobre la reforma adecuada de cualquier aspecto de la Orden.

El Capítulo fue presidido por tres prelados de la Congregación de la Visita Apostóli-ca, entre ellos Mons. Julio Rospigliosi, joven todavía de treinta y siete años, que se-ría con el tiempo el papa Clemente IX, especial protector de las Escuelas Pías. Les acompañaba en la presidencia un capuchino. Estaban presentes al inaugurarse la primera sesión 20 capitulares y en la última eran 24. Una asamblea así no se había visto todavía en la historia de las Escuelas Pías. Era, en realidad, el primer Capítulo general efectivo, con todos los requisitos legales y con plena representatividad. Y fue también muy largo, pues habiendo empezado el 15 de octubre, terminó el 24 de noviembre.

En aquel año de 1637 la Orden contaba ya con seis provincias, 27 casas, 362 reli-giosos y 70 novicios.

Algunos recientes historiadores han presentado este Capítulo y el inmediato de 1641 como una especie de ataque frontal contra el anciano general Calasanz y su modo personal de gobernar y de concebir la Orden. Pero leyendo con serenidad las actas oficiales, la impresión que causan no es precisamente ésa. Naturalmente, siendo la primera reunión masiva de los representantes de la corporación, que lle-vaban por añadidura las propuestas de las provincias, las casas y los individuos, no es de extrañar que se trataran muchos problemas, algunos de los cuales se resuel-ven contra la opinión de Calasanz y sus asistentes, como la cuestión espinosa de los clérigos operarios, de que hablaremos. Pero son pocas las veces en que tal oposi-ción se trasluce. Quizá el debate directo fuera más vivo y aun hiriente.

Se revisaron las actas de la Congregación general de 1627 y la de 1631, que en cierto modo habían querido ser capítulos generales. Y vuelven a tratarse las cues-tiones principales de entonces y de siempre: problemas relacionados con la pobreza suma; prohibición o limitación de nuevas fundaciones; preparación del personal a partir del noviciado; residencia de los asistentes junto al general y obligación de és-te de consultarles, pero, a la vez, obligación de los provinciales de residir en sus provincias, con la coletilla de que no deben depender de los asistentes, sino del ge-neral mismo; vuelve a pedirse la confirmación de la Orden con breve apostólico, y lo mismo se pide de las Constituciones, que se desea que se confirmen en todos sus puntos, lo cual no deja de ser un reconocimiento solemne de la sabiduría del código legislativo, debido exclusivamente al Fundador. Se pide que todos los clérigos y sa-cerdotes se dediquen a la escuela y que den preferencia especial a la enseñanza de la doctrina cristiana. Entre los numerosísimos decretos, por más de treinta veces se dejan en manos del general o de él y sus asistentes las decisiones pertinentes a problemas examinados, las penas que se deben imponer a los culpables, las licen-cias necesarias para determinados actos, con lo que se acentúa el carácter centra-lista del Gobierno, en vez de reprocharlo.

No obstante, la abundancia de detalles legislados y las posturas del Capítulo contra-rias a la opinión de Calasanz o a las personas por él estimadas y favorecidas, debie-ron hacerle sufrir mucho, como recuerda Berro en sus Memorias: «En este Capítulo nuestro Ven. P. Fundador y General dio de sí tales señales de perfección, paciencia y caridad en toda contrariedad que se le hizo, que fueron muchas, que los presidentes del Capítulo y Mons. Rospigliosi, ahora Cardenal, dijo: No sé cuándo tendréis otro Padre de tanta perfección y santidad como éste». (22) Y sin duda debió dolerle, en-tre otras cosas, que no se examinaran debidamente las Declaraciones a las Consti-tuciones, que él había presentado al Capítulo. (23)

El Capítulo general de 1641

El Capítulo general de 1637 había prescrito que por esta vez el próximo se celebra-ría en 1641 y no al cabo de seis años. En agosto de 1640, pensando en su celebra-ción, manifiesta Calasanz expresamente su intención de renunciar al cargo y nom-brar sustituto, y piensa en el P. Casani, que está entonces de visita por Moravia. Di-ce, en efecto, al P. Conti, provincial de Germania: «Si el P. Pedro [Casani] se com-place en venir, tengo intención de nombrarle Vicario General y retirarme a un lugar solitario para prepararme a comparecer ante el tribunal de Dios Bendito». (24) Al cabo de un mes, responde Conti: «En cuanto a admitir el cargo de Vicario General que V. P. me dijo, [el P. Casani] se muestra muy reacio, y si no fuera por enferme-dad, difícilmente se le hubiera podido convencer de que abandonara esta Provincia». (25)

Efectivamente, el P. Casani había resuelto volver a Italia, pues en tierras germanas no encontraba remedio a sus dolencias físicas, pero estaba totalmente resuelto a no aceptar el nombramiento, como le escribía a Calasanz a mediados de octubre de 1640: «Agradezco a V. P. de todo corazón, con el mayor afecto posible, la mucha confianza que en una carta al P. Onofre (Conti) declara tener en mi persona… [pe-ro] V. P. quítese de la cabeza absolutamente esos pensamientos, pues no los podrá efectuar en manera alguna… [y] obligado por la obediencia a V. P., no dudaré en apelar al cardenal Protector y de él al Papa. Pero estoy seguro que no hará falta lle-gar a estas odiosas medidas, pues V. P. encontrará insuperable oposición de muchas otras partes». (26) El «santo viejo» contaba ya ochenta y tres años y aún estaban por venir los peores de su vida. Casani tenía sólo 68.

El día 15 de abril se inauguró el Capítulo general, bajo la presidencia del Card. Ale-jandro Cesarini, quien desde julio de 1639 era el protector de la Orden. Los capitu-lares fueron 24, como en el Capítulo anterior. Además de las cuestiones especiales nuevas, se revisaron las actas del Capítulo de 1637, confirmando, aprobando o abo-liendo las disposiciones de aquél, en un examen minucioso de todo. También se examinaron las Observaciones sobre las Constituciones, que por mandato del car-denal protector había hecho el P. General de los Conventuales, Juan Bautista Berar-dicelli de Larino. Esta revisión fue aprobada por los capitulares, pero no aconsejaba ningún cambio de interés, y tales correcciones nunca pasaron al texto de las Consti-tuciones. También fueron leídas y revisadas las actas de los Capítulos provinciales y las instancias de los individuos, dejándose estas últimas en manos del general y sus asistentes para que proveyeran lo conveniente. Se encomendó igualmente al gene-ral y a SUS asistentes la redacción de las Reglas y ritos comunes y los cánones pe-nitenciales. Y el 30 de abril de 1641 se dio por concluido el Capítulo, cuya última sesión presidió de nuevo el Card. Cesarini, pues las sesiones de trabajo fueron pre-sididas por Mons. Sebastián Gentili, que figuraba como vicepresidente.

Estos dos Capítulos generales de 1637 y 1641 fueron los únicos auténticos que se celebraron en vida del Santo Fundador.

Notas

1. Positio p.562-565.
2. EGC, IV, c.1359.1361.
3. Ibid., c.1516.
4. Positio p841.
5. EGC, V. p.24.
6. EC. VI, p.3054.
7. EGC. V, p. 23.
8. Positio p.81O.
9. Ibid. p.763-765.
10. EGC. V. p.23-23.
11. EC. P.666-667
12. EGC, V, c.1957.
13. Ibid., c.1959.
14. Ibid., c.1974.
15. Ibid., c.1977.
16. Ibid., c.1984.
17. BAU. BC. p.726.
18. EGC. V. c.2011.
19. Ibid., c.2049.
20. Ibid., c.2071.
21 Archivum 13 (1954) 36.
22. Positio p.931.
23. Anal. Cal. 50 (1983) 570-631.
24. EGC, VII, c.3491.
25 EEC. p. 158.
26 Ibid., p143.



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