sJC (Biografía) - S. Giner - Written by Archivo Calasanz on Sábado, Junio 6, 2009 17:52 - 0 Comments

S. JOSÉ CALASANZ (Severino Giner) - C10: La visita apostólica de 1625

ÍNDICE

CAPÍTULO 10
LA VISITA APOSTÓLICA DE 1625

Antecedentes y consiguientes

A finales de marzo de 1624 decretó el papa Urbano VIII una visita general a todas las iglesias, conventos, monaste¬rios y lugares píos de Roma. Dio principio en la ba-sílica de San Juan de Letrán a mediados de 1624 y terminó en mayo de 1632. Fue-ron visitados 335 lugares entre iglesias, mo¬nasterios, conventos y demás institucio-nes pías. Entre to¬das ellas, el día 27 de octubre de 1625 le tocó el turno a la iglesia de San Pantaleón y a la casa y comunidad de las Es¬cuelas Pías. La comunidad esta-ba compuesta por 28 religio¬sos y en el noviciado del Quirinal había 28 novicios. En las escuelas de San Pantaleón se acogía a 900 alumnos y en las de la casa del Bor-go, junto al Vaticano, otros 200, según las actas de la visita.

Probablemente hubiera sido una visita sin pena ni gloria, más preocupada por el es-tado de la iglesia que de la comu¬nidad, y menos todavía de la Orden entera y sus proble¬mas, que eran de incumbencia propiamente de la Congrega¬ción de Obispos y Regulares. Pero no fue así. Y el causante de que las cosas tomaran otro cariz fue el P. Pablo Ottonelli, asistente general, quien a mediados de 1625, no sin cierto despe-cho manifiesto por el poco caso que le hacía el P. General, dado que él era asistente o consejero, y el mucho que parecía prestarle al P. Melchor Alacchi, escri¬bió al Papa pidiendo que se hiciera una visita secreta a la comunidad de San Pantaleón y a la del noviciado, donde Alacchi ejercía de maestro de novicios. Pedía también que los visitadores fueran solamente dos: Mons. Séneca y el P. Ferretti, capuchino. Y ningu-no de los dos era visitador ofi¬cial, pues su nombramiento fue hecho en abril de 1626. El Papa encargó el asunto, efectivamente, a Mons. Antonio Séneca. Ottonelli fue a informarle personalmente sobre la situación de la casa y de la Orden con la buena intención de remediar lo que él juzgaba abusos e inobservancias. Mons. Sé-neca le pidió que le entregara sus quejas por es¬crito, y allí mismo, en su palacios pergeñó Ottonelli un me¬morial, que lleva la fecha del 5 de agosto de 1625. Todo él es una acusación contra el P. General y una denigración del P. Alacchi. Y éstas eran las acusaciones:

1. La suma pobreza obliga a vivir exclusivamente de li¬mosna, pero el P. General piensa fundar un Colegio con la herencia del Card. Tonti; cobra el alquiler de al-gunas tiendas; se ha aceptado una casita con un campo, que se ha sembrado, y sus frutos se han vendido; se usan or¬namentos de seda y oro en la Iglesia, co-ntra las Cons¬tituciones; se quiere comprar una casa en Frascati, me¬dio en ruinas, y se ha obligado a pagarla a plazo fijo, me¬diante un Breve, con penas de exco-munión a los Pa¬dres si no se paga a tiempo.

2. Los Asistentes Generales deberían estar en Roma para ayudar y aconsejar al P. General, pero él los tiene aleja¬dos, y uno de ellos (el P. Ottonelli) ha venido a Roma con su permiso para ganar el jubileo del Año Santo, y no se le consulta ni en las cosas graves ni en las leves, que¬riendo hacer todas las cosas por sí mis-mo, como Prín¬cipe absoluto, como si los súbditos y los mismos Compañeros o Asistentes suyos fueran esclavos.

3. Sin embargo, el P. General se deja dominar y subyugar insolentemente por el P. Alacchi, un siciliano que —se¬gún dicen— fue expulsado del noviciado de los capu-chi¬nos como poseso, y cuando era novicio nuestro no ha obedecido nunca a los Superiores y ha hecho muchas ex¬travagancias… (1)

No es que fueran totalmente falsas las acusaciones, pero expuestas así, sin más ex-plicaciones y justificaciones de la conducta y modo de proceder del general, eran sin más una indigna delación, sobre todo partiendo de un asistente general. Y, por lo visto, debió arrepentirse de ello, pues el 17 de septiembre escribía Calasanz a Fras-cati: «El P. Pablo [Ottonelli] ayer noche se arrodilló a pedir per¬dón reconociendo su soberbia y error pasado». Y en otra carta del 20 decía lacónicamente: «El P. Pablo ha ido a hacer ejercicios al convento de la Scala». (2)

Al cabo de un mes llegaron los visitadores. Eran Mons. Sé¬neca y dos acompañantes. La tarde del 27 de octubre escri¬bía Calasanz: «Esta mañana hemos tenido la visita de los Prelados… y han sido examinados todos los de casa con un examen brevísi-mo». (3) Efectivamente, debió de ser muy breve el interrogatorio personal a cada uno si pensamos que eran 28 religiosos y en una sola mañana tuvieron que ser in-terrogados todos, además de visitar minuciosamente la iglesia y las escuelas. Y da-da la abundancia de detalles y problemas que presentan las actas y decretos de la visita, no se puede menos de sospechar que además de la dela¬ción escrita de Otto-nelli hubo otras verbales, anteriores y posteriores, con cuya parcialidad e impreci-sión dejaron en mal lugar al General y a la Orden. Sin embargo, la impre¬sión de Ca-lasanz debió de ser satisfactoria a juzgar por lo que escribía cuatro días más tarde: «He hablado con Mons. Séneca después de la visita, de la que no sólo él, sino tam¬bién todos los demás quedaron muy satisfechos, pues no encontraron ni división ni perturbación alguna en el exa¬men de todos… ni hay en la Orden nada que necesite reme¬dio… Dicho Mons. Séneca me dijo que nuestro Insti¬tuto no puede ser mejor de lo que es y que es necesario que se observe gran pobreza y se vista bastamente y que se atienda a los pequeñines y en manera alguna a sermo¬nes y confesiones co-mo hacen otras Ordenes y quiere que hablemos los dos otras veces para ver los in-convenientes que pudieran perturbar la obra en el porvenir, a fin que con ocasión de esta visita se confirme el Instituto con una bula Apostólica». (4)

Seguramente se tuvieron nuevas conversaciones, pues a finales de año escribía Ca-lasanz a Alacchi: «Entre las cau¬sas que él [Séneca] cree que pueden relajarlo [nuestro Instituto una es el aceptar demasiadas fundaciones, pues para atenderlas tendríamos que servirnos de sujetos no preparados aún para maestros y luego me dijo que sin la licencia de ellos no aceptemos más fundaciones, sino que procuremos formar buenos sujetos… Me avisó también de otras cosas que podrían ser causa de relajación y me dijo que le diera yo otras si se me ocurrían, para que se incluye¬ran en la bula, y yo le di cinco que le gustaron muchí¬simo». (5)

Tres documentos complementarios de la visita

En ambas cartas afirma Calasanz que fue Mons. Séneca quien le propuso esos pun-tos concretos de observancia o peligros de relajación, y que él le dio cinco «que le gusta¬ron muchísimo». Pero, naturalmente, quien conocía bien la Orden era Calasanz y no Séneca, y en las conversaciones tenidas entre ambos tuvo que ser Calasanz quien concre¬tara esos puntos y no Monseñor, que los debió aprobar como muy acer-tados, pidiendo que los presentara por es¬crito a modo de memorial, como efectiva-mente así lo hizo Calasanz. La identidad de los cinco puntos de Calasanz y los que, tal vez por humildad, atribuye a Monseñor en las dos cartas citadas, corroboran nuestra explicación. En su memorial pide Calasanz: «Dicho Instituto será de grandí¬sima utilidad en la sociedad cristiana si es administrado por personas apostólicas, y así se suplica humildemente a Vues¬tras Señorías Ilimas. que se dignen prestarle su ayuda al presente previniendo y remediando los inconvenientes que con el tiempo podrían relajar dicho Instituto a fin que siempre se conserve en su primitivo fervor y ejercicio. Los puntos principales que con el tiempo pueden ser causa de relajación son los siguientes:

1º no observar la pobreza en todo su rigor;
2º querer ir calzado y bien vestido, sendo así que el Insti¬tuto exige mucha mortifi-cación;
3º aceptar más fundaciones no teniendo sujetos aptos para mantenerlas;
4° no querer acoger a los pequeñines de la ‘Santa Cruz’;
5° querer los religiosos dedicarse a enseñar otras ciencias mayores y querer ser lec-tores, confesores o predicadores, como hacen otras Religiones». (6)

Los cinco puntos, salvo el segundo, que formaba parte del primero, son ideas fijas del Fundador, repetidas machaco¬namente en sus cartas; por tanto, lo que pretendía era que con una nueva bula pontificia se ratificara el instituto y se insistiera concre-tamente en esas cinco ideas fundamenta¬les. Más todavía: respecto al punto 3º, aunque Calasanz deseaba ardientemente propagar su Instituto por todo el mundo y le halagaban las constantes peticiones de funda¬ción, comprendía que no las podía atender todas por falta de personal preparado, pero era difícil negarse sistemática¬mente a toda petición. Por ello, en mayo de 1627 se pre¬sentó al Papa esta súplica: «En beneficio del Instituto de las Escuelas Pías, que con grandes instancias viene pedido en muchas ciudades y lugares, que lo necesitan, importaría mucho que Vuestra Santidad se dignara ordenar al P. Gene¬ral de dichas Escuelas Pías que por espacio de dos años no aceptara ninguna fundación, para que en este tiempo se prepararan sujetos hábiles y profesos para ejercer dicha obra con la perfección que se debe…». Y la Congregación de Religiosos expidió un decreto el 21 de mayo de 1627 concediendo lo pedido“. (7)

Séneca y Calasanz hablaron de una bula pontificia de confir¬mación de la Orden en que se incluyeran esos puntos fundamentales para la conservación del Instituto. Y la idea debió de correr entre los escolapios. El P. Pedro Casani, asistente general, diri-gió un memorial a los visitadores pro¬poniéndoles algunas ideas para que las inclu-yeran en dicha bula. Posiblemente procedió por propia iniciativa y sin cono¬cimiento de Calasanz, pues algunos puntos intentan corregir las Constituciones del Fundador y resucitar ideas que el propio Casani había incluido en aquel proyecto de Constitu-ciones, llamado Pussilli gregis idea, que quedó arrin¬conado al negarse los de la Congregación luquesa a transformar sustancialmente su instituto. No hay, sin em-bargo, en todo este limpio memo¬rial de Casani ningún atisbo de crítica o acusación contra nadie, sino sólo la exposición de ideas personales suyas. En resumen, pide una mejor formación filosófico- teológica, pero prohibiendo que tales materias las enseñen fuera de nuestras casas de formación; la Orden debería poder expul¬sar por sí misma a los reos de herejía y de otros peca¬dos gravísimos especiales; la cura de almas debía restringirse a los niños, o declararse que era fin secundario del Institu-to, siempre subordinado a las necesidades de los alumnos; negaba a la Orden la fa-cultad de poseer no sólo bienes inmuebles en general, sino también las casas, igle¬sias y demás locales en que se vivía; bajaba a detalles ni¬mios sobre la pobreza, que debía brillar en ornamentos y utensilios de culto; los libros editados debían indicar simple¬mente que el autor era escolapio; todos debían lla¬marse y firmarse siempre «pobres»; todos los miembros de la Orden debían ser clérigos, y llevar, por tanto, tonsura y bonete; se debería prohibir incluso el tocar el dinero físi¬camente, bajo pe-na de excomunión. (8) De todos estos pun¬tos, ninguno fue tenido en cuenta por los visitadores, pero Casani consiguió luego que Calasanz aceptara los dos últi¬mos y se impusieran a la Orden. Y en cuanto al antepenúl¬timo, Casani se firmó toda su vida así: «Pedro pobre».

Hubo todavía otro documento, redactado por Calasanz y entregado a Mons. Séneca, en el que se describía sucinta¬mente el modo de vivir escolapio, y en resumen era éste: además de los trabajos y las horas que exigían las escuelas y los niños, y las limitaciones derivadas de la pobreza suma que profesaban respecto a la incapacidad de poseer bienes inmuebles, se hace notar que viven de limosna mendigada o bien ofrecida, por lo que solían ir a pedir durante el tiempo de las cosechas para almace-nar provisiones para todo el año y no entorpecer el ejercicio de las escuelas, pi¬diendo todos los días. Visten sotana como los sacerdotes, pero de paño vil; llevan camisa de ‘ana y pies descalzos con sandalias; duermen sobre un Jergón de paja con man¬tas suficientes, pero sin sábanas, y pueden estar en cama siete horas; en la mesa usan servi¬lletas sin manteles y comen lo suficiente, «pero sólo lo que suelen comer los pobres de aquel lugar»; los domin¬gos, martes y jueves pueden comer carne, pero los miérco¬les y viernes ayunan; los lunes, miércoles y viernes tienen disciplinas, los viernes capítulo de culpas y los domin¬gos programación de mortifica-ciones para la semana siguiente; todos los días por la mañana tienen una hora de oración mental en común; antes de comer, el examen de conciencia; después de comer, las letanías de la Virgen y la «corona de cinco salmos»; antes de cenar, otra media hora de meditación; antes de irse a dormir, las letanías de los Santos y exa-men de conciencia. (9) Sin duda, era un sistema de vida extremadamente austero y exigente, que el tiempo se encargó de suavizar.

Las actas y decretos de la visita

Los coloquios con Mons. Séneca parece ser que dieron con¬fianza a Calasanz de que las cosas irían bien, pero lo que efectivamente se consignó en las actas oficiales no le hubiera gustado nada. No las leyó nunca, porque a sus ma¬nos sólo llegaron los decretos, y muy tarde. Y es de lamen¬tar que entre los 335 lugares visitados en toda Roma, sólo en las actas y en los decretos correspondientes a la iglesia de San Pan-taleón y sus Escuelas Pías se entrometan los visitadores en tantos detalles de per-sonas, de cosas, de problemas, especialmente los relacionados con la vida in¬terna de la Orden, y los traten con una acritud desproporcio¬nada. Se adivina, además, que se ha dado oídos a delatores, que han desfigurado los hechos y las si¬tuaciones. Prescindamos de lo referente a la iglesia y vea¬mos lo que dicen de la Orden:

1. La mayor parte de los maestros son ineptos para ense¬ñar, y entre ellos hay novi-cios inexpertos, despreciados por los niños.
2. Estos inexpertos no tienen ni un maestro que les pre¬pare.
3. Abundan en la Orden los legos y las personas ineptas para el gobierno.
4. Desde la fundación no se ha celebrado ninguna congrega¬ción general o particular, sino que todo lo ha de¬terminado el P. General a su gusto.
5. Los enfermos carecen de lo necesario; este año han muerto 15 padres, y en ocho años, más de 40.
6. El excesivo afán de extender a. Orden que tiene el general la ha puesto en peli-gro de disolución por no tener personal adecuado para gobernar y atender las casas.
7. El general se sirve de un lego (hermano operario) para secretario, pudiendo dis-poner de algún sacerdote o clérigo.
8. Algunos de los padres procuran dedicarse al estudio de la filosofía, teología y otras ciencias y a la predicación, o quieren tener iglesias populares, o fundar nuevas casas y aumentar la religión con personal inepto y no necesario.
9. No reciben fácilmente a los pequeñines de primeras le¬tras. (10)

De todas estas quejas y acusaciones, sólo la del número 4 había sido ya presentada por Ottonelli. Todas las demás tienen otro origen, y de ellas sólo los números 6, 8 y 9 fue¬ron expresamente considerados en los coloquios entre Sé¬neca y Calasanz.

Pasaban los meses, largos. y no llegaban los decretos de la visita. El P. Ottonelli mu-rió el 18 de febrero de 1626, y en agosto del mismo año murió también Mons. Sé-neca. Es cierto que en junio, tras muchas dilaciones, estaban ya re¬dactados los de-cretos referentes a San Pantaleón y las Es¬cuelas Pías, pero no sabemos si Mons. Séneca intervino en ellos, pues desde principios de año estaba ya enfermo. Hubo además una grave equivocación: los decretos se mandaron a la iglesia de San Pan-taleón ai Monti, donde residían los monjes basilios, y algo más debió de suceder, pues sólo el 10 de septiembre de 1628 llegaron finalmente a manos de Calasanz. Habían pasado casi tres años desde que se hizo la visita, y en ese tiempo habían cambiado ya algunas cosas.

El decreto constaba de 17 puntos numerados, de los Cuales los 10 primeros se refe-rían a la Iglesia, sin importancia particular, y en los siete restantes se daban dispo-si¬ciones taxativas referentes exclusivamente a los nueve pun¬tos de las actas que hemos resumido antes. Lo cual quiere decir que de nada sirvieron las conversacio-nes entre Séneca y Calasanz. De todos modos, estos problemas eran propiamente de incumbencia de la Congregación de Regula¬res y no de la visita. Además no faltan amenazas de excomunión, suspensión y otras penas contra el P. General si no cum-ple lo que se prescribe. Una de las disposiciones más acres era la referente al punto 4 de las actas, que lle¬vaba en el fondo la delación del P. Ottonelli, y mandaba que dentro de quince días el P. General debía exponer a la Con¬gregación de la Visita las causas por las que durante los ocho primeros años de su gobierno no había convo-cado nin¬guna Congregación general ni particular; debía también presentar una lista de las personas más aptas para el go¬bierno de la Orden. De particular importancia tenía tam¬bién la disposición referente al número 6 de las actas, y mandaba que ni el P. General ni los demás superiores fun¬daran nuevas casas «fuera de Roma» sin li-cencia del Papa o de la Congregación. (11)

Respuesta de Calasanz

El decreto de la visita fue leído en el oratorio de San Panta¬león ante toda la comuni-dad, y al comentarlo luego el pro¬pio Calasanz, cuenta Berro que dijo: «Si el Papa, con esta visita, conociendo mis faltas, me mandara a galeras en pe¬nitencia, lo acep-taría como gracia particular del Señor y me sentiría feliz de sufrir en esta vida lo que debería sufrir en la otra». (12) Y sin duda era sincero, reconociendo que en to-das aquellas acusaciones había algo de verdad. Pero como general de la Orden tenía el deber de defenderse y la obligación de responder a lo que se le pedía. Por ello, con suma brevedad, respondió a cada uno de los puntos lo si¬guiente:

«Al 11: los maestros que enseñarán humanidades y retórica habrán oído humanida-des antes de enseñarlas.
Al 12: Ya se ha provisto de un padre que enseñe a los que deben ser maestros.
Al 13: No se dará el hábito a nadie, si no es conforme a las Constituciones.
Al 14: Los padres de las Escuelas Pías no enseñan ciencias mayores, pues sería co-ntra su instituto.
Al 15: El general suplicó al Papa que le hiciera un decreto prohibiendo abrir Escuelas Pías en parte alguna durante dos años, y se lo hizo, para que en este tiempo pueda pre¬parar sujetos aptos.
Al 16: Los muchachos pobres se reciben a los seis o siete años para las primeras letras, y no de menor edad, pues son incapaces de aprender y estorban a los demás. En cuanto a los enfermos, no les falta nada de lo que prescribe el mé-dico, como tampoco el servicio y la asistencia necesa¬ria.
Al 17: En cuanto a la Congregación general, se hizo el año sexto de la Orden, que fue en 1627, según las Constitucio¬nes aprobadas en 1622, y tres años des-pués de la primera se ha convocado otra Congregación general, que será en 1630, y así se ve que no ha sido bien informada la Sagrada Congregación de la Reforma sobre este particular.

El general no ha tenido nunca un secretario lego…». (13)

A esta respuesta algo dura añadió la lista pedida de personas aptas para el gobier-no, que fueron: Casani, Castelli, Gra¬ziani, Tencani, Pizzardo Baldi, Busdraghi, Bian-chi, Vitali y Galletti. Y al final de esta lista decía: «… responde el Gene¬ral que son más aptos e idóneos que él mismo». (14)

Además de enviar la respuesta a la Congregación, fue perso¬nalmente a hablar con el vicegerente de Roma, que había sido juez y secretario de la visita, exponiendo las difi¬cultades para la aplicación estricta del decreto. Y el Vicegerente le dijo «que no eran preceptos, sino avisos so¬lamente» Pero, en realidad, tanto si fueron preceptos como simplemente avisos, lo cierto es que por primera Vez se llamaba la atención al P. General sobre una serie de proble¬mas que necesitaban atención y remedio, y que seguir vi¬vos más o menos todos ellos durante su vida, aflorando de nuevo en otras visitas y en Capítulos generales posteriores. Podremos lamentar la injerencia des-me¬surada de esta visita en asuntos internos de la Orden, la dureza de expresión en los decretos, las delaciones y exa¬geraciones de los declarantes, etc., pero todo ello contri¬buyó a dar un diagnóstico certero de la situación de la Or¬den y de ciertos pro-blemas que seguirían siendo casi endé¬micos. Por ello hemos dado tanto realce a es-ta famosa Vi¬sita apostólica de 1625.

Tales problemas endémicos serían: necesidad de un centro de estudios en donde sistemáticamente se prepararan los futuros educadores con tiempo suficiente; la selección de las vocaciones; la dedicación exclusiva a las escuelas; la insistente pe-tición de nuevas fundaciones; la actitud de Cala¬sanz de gobernar la Orden por sí mismo, prescindiendo de sus colaboradores oficiales e imponiendo su autoridad a provinciales y rectores. Sin embargo, no siempre hay que considerarlo a él como responsable, pues actuó forzado por las circunstancias, ineludibles en muchos ca-sos, y lamentó con impotencia los abusos cometidos por otros, aun supe¬riores. Es innegable, por otra parte, que tenía un carácter autoritario; que estaba acostum-brado a mandar y disponer, pues desde la escuela de Santa Dorotea hasta que sea de¬puesto de general, mantendrá en su mano el gobierno de «su obra», sin conse-guir librarse del mando y de la respon¬sabilidad; que vivió en una época en que im-peraba el abso¬lutismo en autoridades civiles y eclesiásticas; que la concep¬ción del gobierno en las órdenes religiosas tenía unos matices más monárquicos que demo-cráticos. Final¬mente, hay que reconocer que estaba rodeado de persona¬jes medio-cres y a los pocos que sobresalían por sus dotes de iniciativa y de mando los zaran-deó de provincia en provin¬cia y de casa en casa, nombrándolos a la vez asisten¬tes generales, provinciales, visitadores, rectores locales, encomendándoles nuevas fun-daciones, pues su avanzadísima edad apenas si le permitía a él moverse. Y esos ta-les, en quienes confiaba y sobrecargaba de responsa¬bilidades, no podían lógicamen-te permanecer quietos en Roma junto al general, que por fuerza tenía que actuar en solitario. Pero le acusaron de déspota, de prín¬cipe absoluto, de señor de esclavos, de tirano, etc.

Y soportó impávido las recriminaciones de los de dentro y las decisiones y decretos que le venían de fuera, de la Santa Sede. Y en los momentos de tribulación, en los días grises, se daba una vuelta por aquella clase de pequeñines, sus predilectos, para enseñarles a hacer la señal de la cruz y deletrear tal vez un nombre:

M-A-R-I-A.

Notas

1. EC, IV, p.1977, nt.2.
2. EGC, II, c318.319.
3. Ibid., c.346.
4. Ibid., c.349.
5. Ibid., c.380.
6. Ibid., c.380a.
7. Eph. Cal. 4 (1959) 199, nt.38.
8. EC, VI, p.2744-2749.
9. Eph. Cal, le., p.l94-l95. nt.32.
10. Ibid., p.166-169, nt.24.
11. Ibid., p.200-201, nt.41.
12. Ibid., p202
13. Ibid. p.201-202.
14. Ibid… p.192.



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