sJC (Biografía) - S. Giner - Written by Archivo Calasanz on Sábado, Junio 6, 2009 17:59 - 0 Comments

S. JOSÉ CALASANZ (Severino Giner) - C9: Piedad y Letras

ÍNDICE

CAPÍTULO 9
PIEDAD Y LETRAS

Interrumpamos el ritmo cronológico de nuestra narración y detengámonos a examinar el sistema educativo aplicado por Calasanz a sus Escuelas Pías. Tratándose de un pedagogo, quedaría incompleta su figura si no habláramos expresamente de su pedagogía.

Una Orden nueva para un ministerio nuevo

Calasanz tuvo desde el principio la idea clara de que su Orden de las Escuelas Pías era totalmente nueva en la Iglesia de Dios, porque su finalidad o ministerio específico era absolutamente nuevo. Todas las órdenes religiosas de todos los tiempos coinciden en una finalidad: la perfección cristiana mediante los consejos, evangélicos, que se resumen sustancialmente en los tres votos de pobreza, castidad y obediencia. Pero cada familia o congregación se ha trazado un camino distinto para conseguir esa perfección evangélica. Entre las dedicadas al apostolado directo, muchas de ellas no tenían otro ministerio qué la cura de almas, es decir, la labor realizada en las parroquias. Otras especificaron más su acción dedicándose a los enfermos, a los huérfanos, a la predicación, a la redención de cautivos, etc. Ninguna hasta el momento había considerado como ministerio propio y específico la enseñanza y educación de los niños, aunque algunas se dedicaran también a ello, siendo una más de sus actividades, como los jesuitas o dominicos.

El largo alegato al Card. Tonti no era más que una prueba incuestionable de la novedad del ministerio específico de las Escuelas Pías en toda la historia de la Iglesia. Y el cardenal se convenció de ello. Con mayor conci¬sión lo tenía ya escrito Calasanz en los dos primeros puntos de sus Constituciones, que dicen: ¨En la Iglesia de Dios y bajo la guía del Espíritu Santo, todas las Ordenes religiosas tienden a la plenitud de la caridad como su meta genuina mediante el ejercicio de su ministerio específico. Y eso mismo se propone conseguir nuestra Congregación reali¬zando el ministerio que le ha o confiado por Su Santidad Pablo V de feliz memoria, Vicario de Cristo en la tierra. Con¬cilios Ecuménicos, Santos Padres, filósofos de recto cri¬terio afirman con unanimidad que la reforma de la sociedad cristiana radica en la diligente práctica de tal misión. Pues si desde la infancia el niño es imbuido diligentemente en la Piedad y en las Letras, ha de esperarse con fundamento un feliz curso de su vida entera». (1)

No hay que olvidar que Calasanz vive en el ambiente de reforma tridentina; por ello considera que el ministerio de su Orden contribuye o debe contribuir como ningún otro para conseguir esa reforma de la sociedad cristiana. Y ese ministerio venía especificado claramente en el breve funda¬cional de Pablo V, en que se dice que las Escuelas Pías habían sido instituidas en Roma «para la instrucción y edu¬cación de los pobres», y, por tanto, «Nos, en la medida de nuestras posibilidades ante el Señor, deseamos proveer para que no sufra menoscabo alguno obra tan piadosa y provechosa, especialmente para la instrucción y educación de los niños pobres». Y seguía diciendo que los que ingre¬sen en esta Congregación «deben trabajar, esforzarse y comprometerse a enseñar a los niños los primeros rudimen¬tos, la gramática, las cuentas y sobre todo los prin¬cipios de la fe católica e imbuirles en las buenas y san¬tas costumbres y en educarlos cristianamente, gratis, sin sueldo, sin salario ni honorarios». (2)

Los escritos personales de Calasanz, sobre todo sus innu¬mera es cartas, reiteran machaconamente ese doble as¬pecto de la función educadora de la Escuela Pía: instruir y educar, enseñar y formar cristianamente, piedad y letras. Más todavía: el santo pedagogo es muy explícito al concretar que lo que más importa en la tarea educacional e as Escuelas Pías es la formación cristiana de los niños. Léanse los siguientes párrafos suyos como ejemplo de los innúmeros que se podrían aducir:

Ya en los primeros años de fundada la Congregación pau¬lina redactó el Santo, en castellano, una descripción de la misma, que empezaba así: «La Congregación Paulina de los Pobres de la Madre dé Dios de las escuelas pías… tiene por su instituto la pía educación y diligente erudición de los niños enseñándoles por sola charidad con orden Y división de clases de escrivir, contar y toda la lengua latina y en particular la dottrina cristiana y Santo temor de Dios¨. (3) En las Constituciones deja también muy claro el ministerio específico de la Orden, diciendo: «Será propio de nuestro Instituto enseñar a los niños desde los primeros rudimentos a leer, escribir y contar correctamente la lengua latina y sobre todo la piedad y doc¬trina cristiana, y realizarlo todo con la mayor habilidad posible»; «la meta que pretende nuestra Congregación con la práctica de las Escuelas Pías es la educación de los niños en la piedad cristiana y en las letras humanas para que así instruidos puedan conseguir a vida eterna». (4) Y en sus car¬tas repite el concepto hasta la saciedad. Véase este rami¬llete de expresiones: «procure con toda diligencia que las escuelas vayan bien en letras y piedad, por ser éste nues¬tro ministerio»; «atiendan con toda diligencia a las escue¬las, que es nuestro principal ministerio, no sólo en las le¬tras, sino también en el temor de Dios»; «me maravillo que se haya vuelto, por no decir negligente, tan avaro de su talento, que no consiste en celebrar misa, sino en ense¬ñar a los alumnos las y el santo temor de Dios»; «le reco¬miendo a V. y a todos los de casa que atiendan con todo empeño al ejercicio de las escuelas y principalmente a la piedad y santo temor de Dios en los alumnos, que es nues¬tro Instituto»; «deseo mucho que todos los sacerdotes en particular y aun todos los de casa atiendan con mucha con¬cordia y diligencia al ejercicio de la enseñanza de las letras y Principalmente en la frecuencia de los santos sacramentos, pues éste es nuestro ministerio»; «procure sacar buenos alum¬nos en letras y en piedad» «nuestro ministerio no son sólo las escuelas de letras, sino el santo temor de Dios, que im¬porta más» «ponga toda diligencia en hacer que los alum¬nos aprendan con las letras el santo temor de Dios, que es el fin de nuestro Instituto»… (5)

Quiso Calasanz que sus religiosos, además de los tres vo¬tos comunes de pobreza, castidad y obediencia, añadieran el de enseñanza, condicionado al de obediencia, con lo que el ejercicio de las escuelas, en su doble aspecto de instruc¬ción y formación cristiana, quedaba dignificado y en cierto modo sacralizado. A este cuarto voto se refirió muchas ve¬ces el Santo Fundador recordando a los escolapios que esta¬ban obligados a dar clase por fuerza del voto especial: «procuren todos con diligencia ser observantes de las cons¬tituciones y atender al ejercicio de las escuelas, con¬forme al voto que han hecho»; «he leído su opinión sobre el voto enseñar a los niños que, bien considerado, no es absoluto, como los otros tres, sino consecuente del voto de obediencia, de modo que si el superior quiere que uno en¬señe, éste debe enseñar, y si el superior no quiere que otro enseñe, no le obliga el voto de enseñar»… (6)

El ministerio de la enseñanza no sólo se convierte en obliga¬ción sagrada por constituir el cuarto voto, sino que es un auténtico camino de salvación. «No puedo dejar de recor¬dar en todas mis cartas —escribe Calasanz— que se atienda con todo cuidado a la enseñanza, aunque deban dejarse alguna vez otros ejercicios, porque éste de las es¬cuelas es nuestro ministerio específico y cuando éste no va bien, nos desviamos del verdadero camino de nuestra s1ión»; «espero que el Señor dé a todos, aquí y ahí, un verdadero sentimiento de la profesión del Instituto en el que consiste nuestra salvación»; «anime de mi parte a to¬dos los de la casa a salvar sus almas ejercitando nuestro ministerio que es la verdadera senda por la que debemos llegar al cielo»… (7) Tiene conciencia también de ese ministerio es una verdadera misión encomendada por la iglesia, y así lo expresa: «no sería poco saber humillar¬nos hasta la capacidad de los alumnos, a cuya instrucción nos ha enviado la santa Iglesia¨. (8) Pero la exaltación ma¬yor de este ministerio que exige tanta humildad está sin duda en estas palabras del «santo viejo»: «si aquellos de los nuestros que han ido a esas regiones consideraran que lo que se hace a un niño pobre lo recibe Jesucristo en su propia persona, estoy seguro de que pondrían mayor diligen¬cia en ello». (9) Y no podía faltar esta evocación sacra por la que el cuarto voto específico respiraba aires de con¬sejos evangélicos.

La formación de los maestros religiosos

La vocación escolapia fue compleja desde un principio, por estar compuesta de tres elementos sustancialmente necesa¬rios, según la mentalidad del Fundador: se debe ser a la vez religioso, sacerdote y maestro. Como Orden de clérigos regulares, admitió dos clases de religiosos, cosa común ya entre monjes y frailes: los sacerdotes y los her¬manos, entonces llamados legos. Estos últimos se dedica¬ban normalmente a oficios de servicio doméstico, mientras que los sacerdotes atendían al apostolado específico de cada orden. En nuestro caso, Calasanz destinó ya desde el principio a algunos hermanos más capacitados al ejercicio de las escuelas y el Capítulo General de 1637 propuso que en adelante sólo darían clase los sacerdotes y los clérigos, pero los Prelados que presidían el Capítulo no admitieron esta propuesta y, de hecho, siempre hubo hermanos dando clase, incluso hasta nuestra época.

Calasanz es plenamente consciente de que su corporación no es una simple asociación cultural de maestros, sino pri¬mordialmente una Orden religiosa, con todo lo que ello im¬plica, y, por tanto, legisla y exige todo aquello que es carac¬terístico de la vida religiosa, empezando por los votos y abarcando luego todas aquellas prácticas de oración, mor¬tificación y vida común, que definen el estado religioso. Su amplísimo epistolario está sembrado de constantes exhortaciones a la santidad, a la perfección religiosa, a la observancia de las Constituciones, a la prác¬tica de la oración, de la mortificación, de cada uno de los votos religiosos, etc. Más todavía: con claridad meridiana afirma que para el religioso lo primero y principal es la pro¬pia salvación: «el fin primero del religioso, después de la gloria de Dios —dice—, es la propia salvación y el segundo fin es la salvación del prójimo»; «sepa V. guiar la navecilla de su alma por el camino de la perfección religiosa al puerto de la felicidad eterna, pues éste es el primero y prin¬cipal negocio que debe tratar cada uno de nosotros»; «atiendan todos primero al provecho de la propia alma y luego a servir a la Religión y a los pobres alumnos» Y todas estas ideas de perfección deben inculcarse desde el novi¬ciado, cuya importancia en la vida de los individuos y de la corporación se complace en resaltar: «el fundamento de la Religión consiste en el buen progreso del noviciado»; «en educar a los novicios consiste el todo de la Religión»; «ten¬gan particular esmero en educar bien a los novicios, que es el fundamento de nuestra Religión». (11)

La profesión de maestros de escuelas elementales no era entonces tan honrosa como ahora. Y Calasanz lo sabía. Y tanto menos si los alumnos no eran simplemente peque¬ños, sino además pobres, pobrísimos; tan pobres como se trasluce en este párrafo del Santo: «el prefecto debe reci¬bir con toda caridad a los pobres, aunque estén descalzos o con vestidos rotos y sin capilla». (12) Era una profesión des¬preciable, humillante. Una cosa era escribir páginas brillan¬tes de pedagogía y otra muy distinta consumir la vida entre los críos. El gran humanista y pedagogo Luís Vives escribía a Erasmo en una ocasión: «Siento tal repugnancia por las escuelas, que haría cual¬quier cosa antes que volver a esas inmundicias y tratar con críos». (13) Y el Card. Silvio Antoniano, otro gran peda¬gogo del siglo XVI, decía que los maestros de las escuelas romanas de barrio eran con harta frecuencia «perso¬nas vagabundas e inestables.., habiendo resultado por todo ello, aunque sin razón, el enseñar a los niños, ejer¬cicio vil y despreciable». (14)

Calasanz lo reconoce también, y por ello exige a sus religio¬sos mucha humildad, necesaria para poder soportar ese peso: «que aprendan a humillarse cuanto puedan inte¬riormente a fin que sean aptos para una tarea tan alta como es la de enseñar a los niños (y que al mundo, nuestro enemigo, parece tan baja y vil) , «espero que no falte en nuestra religión quien tenga por gran beneficio humillarse, no sólo a enseñar caligrafía y aritmética, sino incluso a ense¬ñar a leer a los pequeñines»; «estamos obligados a dar mejor ejemplo que los demás religiosos, sea porque somos los últimos aprobados, sea porque tenemos el minis¬terio más bajo de todos y por consiguiente de mayor humildad que los otros». (15)

No sólo la humildad era condición preciosa para tales educa¬dores, sino igualmente la sencillez, la paciencia, la pobreza vivida, la castidad, el espíritu de sacrificio, que solamente podían justificar el amor a Dios y un efectivo amor al prójimo. Todo esto eran cualidades y virtudes que se procuraba inculcar desde el noviciado a los futuros educa¬dores.

Esos futuros educadores tenían que ser también, en su ma¬yor parte, sacerdotes. Y esto era ya más problemático, pues exigía una preparación especial. En realidad, el Conci¬lio de Trento no había exigido demasiados estudios a los futuros sacerdotes. Prescribía: «estudiarán gramática, canto, cómputo eclesiástico y otras artes; aprenderán Sda. Escritura, literatura eclesiástica, homilética, administración de los Sacramentos, sobre todo lo que parezca oportuno para oír confesiones, y las formas de los ritos y ceremo¬nias». (16) Y a pesar de tan pocas exigencias, jamás se cumplieron del todo. En Roma, los exámenes para el sacer¬docio solían exigir que supieran recitar y entender el Oficio Divino y el Misal, saber el Catecismo Romano, editado por Pío V, y lo imprescindible para el uso, rito y administración de los sacramentos. Si se trataba de religiosos no dedicados a la cura de almas, se les exami¬naba tan sólo sobre su capacidad de leer y entender el Breviario y el Misal, al menos en lo gramatical, y conocer los ritos y rúbricas. Y algo más si querían obtener licencias para confesar.

No era mucho más lo que exigía Calasanz a los suyos, pero sí urgía que supieran todos aquellos casos morales en que suelen incurrir los niños. Por otra parte, aconsejado por el Card. Giustiniani y por al P. Juan de Jesús María, carmelita, al principio no fue partidario de que sus religiosos estudia¬ran filosofías y teologías de alto rango, por miedo de que se negaran luego a la humilde tarea de enseñar rudimentos a los pequeños y quisieran dedicarse a enseñanzas superio¬res. No faltan, sin embargo, muchos testimonios de que luego no se opuso a tales estudios y que incluso los de¬seaba y fomentaba, particularmente en los jóvenes clérigos de Alemania.

Mayor preparación exigía la misión de maestros, no sólo respecto a las ciencias que debían aprender, sino también a los métodos y ejercicios didácticos. Y en ese campo llegó Calasanz hasta el límite de La temeridad, deseoso siempre de que sus hijos acudieran a los mejores especialistas de su época. Baste recordar su interés en que los jóvenes estu¬diantes y padres de Florencia asistieran a Galileo, pros¬crito por el Santo Oficio, y se aprovecharan de sus ense¬ñanzas. Y lo mismo hicieron en Génova con Antonio Santini, en Nápoles con Camilo Gloriosi y en Roma con Bene¬detto Castelli, los tres matemáticos célebres y discípu¬los de Galileo. En cuanto al latín, mandó a algunos a Milán para que aprendieran la nueva metodología pro¬puesta por el célebre humanista Gaspar Scioppio, y en San Pantaleón alojó hasta su muerte a otro famoso gramático portugués, llamado Andrés Baiano. Para maestro de caligra¬fía, tanto para los niños como para los jóvenes cléri¬gos y demás religiosos, se sirvió del incomparable Ventura Sarafellini. Incluso para formar a sus jóvenes en la filosofía no dudó tampoco en mandarles un verano a Frascati, en donde tenía hospedado al controvertido y tantísimos años prisionero del Santo Oficio, el célebre dominico Tomás Cam¬panella.

Los pocos catálogos que nos quedan de los libros conserva¬dos en las bibliotecas de las casas escolapias de entonces son un testimonio elocuente de la preocupación que se sen¬tía en todas partes por la cultura contemporánea, pues hay obras de matemáticas, clásicos y humanidades, teolo¬gía, filosofía, catequética, pedagogía, música, etc. Y algu¬nas de esas obras se pedían al extranjero. La variedad y abundancia de tales libros son tanto más de admirar si se piensa en los escasos recursos económicos y aun la miseria en que se vivía. Incluso los libros que se editaron entonces, en vida del Fundador, o poco después, de escolapios, deno¬tan también el alto nivel científico que consiguieron, fruto indudable del interés común que se sentía por dignificar el propio ministerio y del empeño que puso en ello el propio Fundador.

Hay que reconocer, sin embargo, que las prisas por cubrir puestos en las aulas y en las casas entorpecieron no poco la sólida y sistemática formación de los jóvenes, así como las peticiones incesantes de fundaciones fueron también causa de que no se pudieran realizar los planes que tenía el Fundador de establecer centros de estudios para el perso¬nal joven. No sabemos, por otra parte, hasta qué punto el pobre Calasanz fue víctima del egoísmo de cardenales, obis¬pos, príncipes y señores, que le obligaban a atender sus peticiones indiscretas de nuevas fundaciones.

Las letras o la formación intelectual de los niños.

Calasanz fue el fundador de la primera escuela popular gra¬tuita de Europa, de la que eran elementos indispensables la instrucción o formación intelectual, la educación o forma¬ción humana, moral y religiosa, la absoluta gratuidad de la enseñanza y la apertura a toda clase de niños, pero espe¬cialmente los pobres. Con ello afirmaba un principio básico de nuestra sociedad actual de que todos los niños, especial¬mente los pobres y desheredados de la fortuna, tienen derecho a la enseñanza y a la cultura, lo cual no ten¬dría efecto si la enseñanza básica no fuera completa¬mente gratuita. Y siglos tardaron las naciones en comprender que el Estado tiene el deber de ofrecer gra¬tuitamente a todos los niños esa escuela.

Es también mérito de Calasanz el haber comprendido que la instrucción no sería efectiva sin la obligatoriedad de la asistencia a clase de los niños, cosa que él exigió aun recu¬rriendo a las autoridades civiles locales para que forzaran a ir a la escuela a los niños que vieran jugando o vagabun¬deando por las calles, y en caso de ausencias no justifica¬das y repetidas, se les expulsaba del colegio. Esta asisten¬cia asidua era necesaria para que tuviera efecto la ense¬ñanza metódica y sistemática de todas las materias que componían el programa, a lo que daba Calasanz suma im¬portancia.

Al hablar de la escuela popular gratuita tal vez se piense tan sólo en su ciclo elemental. Pero con justicia hay que reconocer que Calasanz fue el fundador de la primera es¬cuela elemental gratuita y también de la primera escuela media popular gratuita. El último ciclo de escuela superior de humanidades era el propio de los jesuitas. y Calasanz se esforzaba en ciertas ocasiones en hacer ver que los escola¬pios no suponían una competencia con los jesuitas, pues acogían en sus escuelas a los niños que no podían todavía ingresar en los colegios de jesuitas. No obstante, ya desde un principio no quiso renunciar a la libertad de dar a sus alumnos todo el ciclo de estudios de humanidades, requeri¬das para el ingreso en la universidad. Fue una auténtica lucha por la libertad de enseñanza contra el monopolio que entonces y en siglos posteriores quisieron conservar los jesuitas respecto a las escuelas superiores.

El reducido número de alumnos que frecuentaba las escue¬las de barrio y el hecho de que un solo maestro tuviera que darles todas las pocas materias de enseñanza, hacía innece¬sario un sistema organizado de clases, asignaturas, número de alumnos, coordinación de enseñanza individual con la simultánea, etc. Sin embargo, Calasanz tuvo que ingeniarse para encontrar soluciones a los nuevos proble¬mas pedagógicos: tuvo que dividir en grupos homogéneos aquella muchachada que fue creciendo hasta llegar a 1.200 y 1.500; tuvo que dosificar la enseñanza en etapas. ciclos y clases distintas, individuando las materias que debían enseñarse en cada una de las aulas; sentar unas bases para el progresivo ascenso o promoción de los alumnos desde la clase de los pequeñi¬nes hasta la de retórica o última; buscar textos para cada una de las asignaturas, etc. Para todo ello se valió, lógica¬mente, tanto de lo que se hacía en las escuelas de barrio en Roma como de la organización y métodos pedagógicos y didácticos que usaban los jesuitas en el famoso Colegio Ro¬mano, teniendo que adaptarlo todo al nuevo campo de la enseñanza elemental y media, desbordado por la ingente masa de alumnos.

En toda su labor pedagógica y didáctica hay que destacar su valoración nueva de la enseñanza de las matemáticas como campo apropiado a las posibilidades laborales de los pobres y como ciencia del futuro, en contraposición a la formación humanística, típica de los jesuitas. Igualmente supo valorar la enseñanza de la lengua vulgar, en contraste con la exclusividad del latín en las aulas de la Compañía de Jesús. Ni es menos admirable su actitud en buscar afanosa¬mente lo esencial en la enseñanza, en una época en que se respira y se vive el barroco. La preocupación social impregna en este caso la mentalidad pedagógica de Cala¬sanz. Piensa en que sus alumnos son pobres y que deben dejar pronto las aulas, la mayor parte de ellos para ga¬narse la vida y ayudar a sus padres. No pueden perder tiempo en la escuela. Deben saber lo indispensable, pero con la solidez y amplitud adecuada. De aquí la necesidad de un método intuitivo en todas las escuelas, en el que pre¬domine la brevedad, la sencillez y la claridad, tres cuali¬dades totalmente antibarrocas. Todo ello no le impide abrir los ojos para captar con amplitud y sensibilidad los progre¬sos de la ciencia, de la didáctica y de la pedagogía para apli¬carlos a sus escuelas, renunciando a encerrarse en méto¬dos fijos al dejar sentado en sus Constituciones el si¬guiente principio: «En la enseñanza de la gramática y en cualquier otra materia, es de gran provecho para el alumno que el maestro siga un método sencillo, eficaz y, en lo posi¬ble, breve. Por ello se pondrá todo empeño en elegir el mejor entre los preconizados por los más doctos y expertos en la materia». (17)

El ciclo completo de estudios lo dividió Calasanz en nueve clases, numeradas en orden inverso, o sea, que la novena era la ínfima y la primera era la superior o última. Empezaba, pues, el ciclo con la escuela novena o «de la Santa Cruz» porque en ella se enseñaba a santiguarse a los niños, que eran pequeñines y que no podían tener menos de seis años. Aprendían a conocer las letras y las sílabas. Era, sin duda, la escuela más pesada y menos deseada por todos, excepto por Calasanz, que sentía por ella una predi¬lección «maternal». Es admirable que llegara Calasanz a expresar tan elocuentemente el amor a su instituto, a su vocación personal y al carisma de la Orden al preferir esta escuela ínfima. Había fundado las Escuelas Pías para los niños y sobre todo para los pobres, y hasta el final de su vida sintió predilección por los más niños y los más pobres, como reconocen sus contemporáneos: «He visto que con gran caridad enseñaba a los pobres, y en particular a los más pobres y más pequeños»; «aun siendo General, casi no dejaba pasar un día sin visitar todas las escuelas y parti¬cularmente las más inferiores y en ellas escogía a los niños más miserables y les instruía con gran afecto tanto en las letras como en la vida espiritual». (18)

Las otras ocho clases podrían dividirse en dos ciclos de cua¬tro cada uno, de modo que las cuatro primeras consti¬tuían el ciclo o escuela primaria y las cuatro segundas la escuela secundaria.

El ciclo primario era común a todos; de modo que al terminarlo muchos podían ya abandonar la escuela y ponerse a trabajar, mientras los que seguían pasa¬ban al ciclo secundario. Las cuatro clases del ciclo pri¬mario eran: la octava o «del salterio», en que aprendían a leer mecáni¬camente distinguiendo las sílabas, y usaban para ello el Salterio o Breviario latino, que no debían entender. La sép¬tima era de lectura corrida en lengua vernácula y la sexta era otra sección de la anterior, pero de grado superior, de modo que acababan leyendo y comprendiendo lo leído a la perfección. La quinta estaba dividida en tres secciones: a) para principiantes de escribir: h) de «ábaco» o de cuentas o aritmética: c) de nominativos. Todos debían pasar por la sección a) y luego se dividían, de modo que los que tenían que dejar la escuela para ponerse a tra¬bajar pasaban al ábaco, para aprender las cuatro operacio¬nes fundamentales aritméticas, con enteros y con quebra¬dos, y la regla de tres; también se perfeccionaban en la lectura y por las tardes se les daba caligrafía, como medio para poder emplearse. Los que tenían que seguir estu¬diando pasaban a la sección de nominativos, donde apren¬dían las declinaciones latinas y primeras nociones de gramá¬tica, y por las tardes daban caligrafía. Años después se creó la clase de música, como complementaria a la quinta, con lo que se ampliaban las posibilidades de em¬pleo de los niños, particularmente en Roma, en que abunda¬ban las «capillas» musicales. Tuvo también mucha aceptación en Europa Central.

El segundo ciclo o escuelas secundarias estaba concebido igualmente para ampliar posibilidades de empleo a los ni¬ños, dejando la puerta abierta para pasar a las aulas univer¬sitarias inmediatamente. Y constaba de las cuatro clases siguientes: la era de (latina), en que se completa¬ban las declinaciones y se añadían las conjugaciones y con¬cordancias. La tercera era de gramática media: verbos pasi¬vos, formación de frases y conversación en latín; apren¬dían de memoria los Diálogos de Luís Vives. La se¬gunda era de gramática superior, en que aprendían el resto de la gramática y leían las cartas de Cicerón. Terminada esta escuela, podían ingresar directamente en el Colegio Romano de los jesuitas. Pero para que pudieran terminar los estudios preuniversitarios en las Escuelas Pías añadió Calasanz una última clase, llamada «la primera», en que se daba retórica. Era la clase superior de latín.

Esta distribución de clases regía en San Pantaleón y en los colegios mayores, pero en otros con menor número de alum¬nos se reducían todos los ciclos a siete clases o a cinco o, incluso, a dos.

Los exámenes fueron en un principio cuatrimestrales, con paso a la escuela superior, de modo que un chico normal, en menos de dos años, podía terminar los cinco cursos de escuela primaria y en año y medio los cuatro de escuela secundaria. Más tarde se pasó a cursos semestrales.

Las horas diarias de clase eran seis. Era norma común. En invierno empezaban a las ocho y terminaban a las once, y por la tarde se tenía de dos a cinco. En verano solían ade¬lantarse por la mañana y retrasarse por la tarde, para evitar las horas de calor en clase.

El curso empezaba el 2 de noviembre y terminaba a prime¬ros de octubre para los mayores, disminuyendo los días de vacaciones progresivamente por clases hasta los pequeñi¬nes que terminaban el curso el 15 de octubre. Por ello, las vacaciones entre dos cursos se llamaban justamente «oto¬ñales» y no «de verano». Durante el año escolar había más o menos 194 días completos de clase, unos 55 solo con cla¬ses por la mañana y 116 días de vacación completa, con¬tando domingos, fiestas y vacaciones.

No eran muchos los libros de texto. Para la lectura se usa¬ban Salterios; para el latín era común entonces la gramá¬tica del jesuita español Manuel Álvarez, aunque el P. Drago¬netti usó siempre la de Nebrija. Hubo también otra famosa que en cierto modo revolucionó todas las existentes, de¬bida también a otro español, Francisco Sánchez, llamado «el Brocense», a quien seguía otro célebre gramático, Gas¬par Scioppio. Calasanz estuvo muy interesado durante años y años en que se compusiera una gramática latina breve, sencilla y clara para los alumnos y encomendó la tarea a algunos escolapios, hasta que por fin puso y editó el P. Juan Francisco Apa con la absoluta novedad entonces de que el texto estaba en italiano y no en latín.

Por lo demás, hay que reconocer que siendo las Escuelas Pías una Orden dedicada exclusivamente a la enseñanza, sobre todo en las escuelas elementales y medias, de los estudios públicos en las naciones en que ejerció con genero¬sidad su ministerio fue innegable, y en alguna de ellas fundamental. Y los principios e ideas pedagógicas par¬tían sustancialmente de las experiencias y decisiones del propio fundador, que fue sin lugar a dudas uno de los peda¬gogos más relevantes de la historia de Occidente.

La piedad o la formación moral y cristiana

En el sistema educativo de Calasanz habría que distinguir tres aspectos: la metódica y regular instrucción catequé¬tica; las prácticas de piedad o vida cristiana; la educación moral, cívica y social. En cuanto a la instrucción catequé¬tica, el cuerpo de doctrina que debían saber los niños de memoria consistía en el padrenuestro, avemaría, credo, decálogo, ángelus y los misterios de la Santísima Trinidad, encarnación, pasión de Cristo, juicio final, paraíso, infierno, pecado original y actual, modo de orar y de disponerse bien para recibir los sacramentos. Todo ello mediante el consabido método de preguntas y respuestas como se expo¬nía en los catecismos. Todos los días debían recitar de memoria siete u ocho líneas del librito, que solía ser el Cate¬cismo de Belarmino en Italia y el de Pedro Canisio en Europa Central. Para los más pequeños había compuesto Calasanz uno apropiado que titulo Algunos misterios de la vida y pasión de Cristo Señor nuestro para enseñarse a los alumnos de las clases ínfimas de las Escuelas Pías. Un día a la semana explicaba el maestro el catecismo, que luego tenían que memorizar los niños. Todos los días, el último cuarto de hora de la mañana y de la tarde se dedicaba a catequesis en las mismas aulas. Además, todos los días había otra clase de exhorta¬ciones en la llama «oración continua», y los domin¬gos y fiestas solía haber en la iglesia los llamados «orato¬rios», en los que se combinaban las exhortaciones, la recita¬ción pública del catecismo, cantos y plegarias en co¬mún.

Las prácticas de piedad eran diarias, semanales y mensua¬les. Las diarias eran las siguientes: antes de empezar las clases de la mañana, en un principio, se tuvo la santa misa y las letanías a la Virgen. pero luego se pasó la misa al fi¬nal de la mañana, y no debía exceder de media hora. y las letanías al final de las clases de la tarde, que solían ser can¬tadas. Al hacerse estos cambios, se empezaba la ma¬ñana con ciertas oraciones de ofrecimiento de las obras del día y oraciones especiales al Espíritu Santo, a la Virgen, todo ello en común y en las mismas aulas.

Durante el tiempo de las clases, mañana y tarde, se tenia la llamada ¨oración contínua¨ que consistía en reunir en el oratorio, por grupos de nueve, a todos los niños, que se sucedían por turnos ininterrumpidamente. Más tarde se elevó el número de niños de cada turno a diez o doce. Du¬rante media hora o un cuarto, un sacerdote les enseñaba a orar y a prepararse a recibir los sacramentos, y además de otras exhortaciones piadosas, rezaban todos juntos. Proba¬blemente para estos momentos de oración de los niños o para variar con el rezo o canto de las letanías lauretanas, compuso Calasanz la Corona de las doce estrellas en honor de la Virgen María, de la que escribió él mismo: «Esta devo¬ción hacia la Virgen Santísima deseo que se diga todos los días por nuestros alumnos…». (19) Entre los detalles preciosos de esta plegaria mariana vale la pena recordar el espíritu de universalidad eclesial que se refleja en el último punto, al invitar a todos los niños a rezar «por la Santa Igle¬sia católica, la… propagación de la fe, la paz entre los Príncipes cristianos la extirpación de las herejías»; y el acertado recuerdo de la Virgen Madre, en cuyas manos puso Dios «la educación de Jesús en su infancia».

Además de estas oraciones cotidianas en común, se reco¬mendaba también otras en particular al levantarse y acos¬tarse, el examen de conciencia diario y otros actos de fe, esperanza, caridad, humildad y contrición para diversas ocasiones, compuestos por el mismo Santo.

Las prácticas semanales consistían en la misa dominical o festiva, a la que debían asistir todos los alumnos en las mis¬mas Escuelas Pías. Se dividían en dos grupos: los mayo¬res recibían una especia exhortación preliminar y reza¬ban el Oficio Parvo de la Virgen; pequeños, en otra aula u oratorio, tenían igualmente una exhortación prelimi¬nar adecuada y rezaban el rosario. Luego, todos juntos, se reunían en la iglesia para la misa. En un principio se tuvo también los martes y sábados por la tarde media hora de plática espiritual en el oratorio, en dos grupos, pequeños y mayores. Luego se redujo a media hora sólo los sábados.

Cada mes tenían qua confesarse todos y recibían la comu¬nión los ya iniciados. La intención de Calasanz era intensifi¬car la frecuencia de sacramentos, por lo que permitía que se comulgara cada quince días y aun cada semana, según la devoción y disposiciones de los niños.

Con solicitud especial miraba Calasanz a los maestros de matemáticas de la quinta ciase y a los de ¨la primera¨ o retórica, pues eran momentos o cursos decisivos para los niños, dado que ambas clases eran las últimas que frecuen¬taban los niños antes de incorporarse al trabajo de la vida; por ello quería el Santo que dichos maestros fueran selecto., para que pudieran inculcar a los muchachos, en las mismas clases, el temor de Dios, la piedad, además de todas las prácticas y exhortaciones que tenían junto con los otros del colegio.

La educación moral de los niños estaba basada en lo que con el tiempo se llamó «sistema preventivo». Calasanz insis¬tió siempre en la importancia de los sacramentos y la oración en la formación de los muchachos, como medio efi¬caz para evitar el pecado. Incluso se lee en sus escritos con frecuencia la idea de que los niños que han faltado y merecen un castigo sean mandados al confesor, pues es más provechosa la confesión que los castigos. Léase: «Orde¬nará que ningún maestro pueda dar otro castigo que dos palmetazos o cinco azotes sobre la ropa. Si alguno me¬rece mayor castigo, mándenlo a usted y ordene entonces el castigo que debe darse, y que, en principio, debe ser be¬nigno. Si recae, auméntesele el castigo. Pero, sobre todo, empléese el recurso e la confesión frecuente, que produce mucho mejor efecto» «en cuanto al castigo de los alumnos, procure que siempre que el confesor pida que se perdone a uno para que se confiese, se le perdone, porque produce mayor efecto el sacramento que los azotes»; «mejor es que haga frecuentar los sacramentos a los alumnos, aun en el momento en que deberían ser castigados, que darles unos azotes». (20)

No era de menor importancia para prevenir faltas y formar el espíritu de los muchachos el proponerles modelos de imi¬tación, empezando, naturalmente, con el ejemplo de Cristo y de su que impregnaban la piedad diaria de las Es¬cuelas Pías. Pero de modo especial se proponían las vidas de niños santos, dignos de ser admirados e imitados. Entre ellos fueron particularmente venerados los dos mártires de Alcalá de Henares, Santos Justo y Pastor, y los tres niños, mártires también, Santos Alfio, Filadelfio y Cirino, sicilia¬nos, de Leontino, la patria del venerando anciano P. Gaspar Dragonetti. Con esta finalidad compuso un libro el P. Juan Francisco Apa con este título: Centuria de ejemplos notables de algunos divi¬dida en diez distinciones según el orden de los diez manda¬mientos de la ley divina…

De los varios Reglamentos u Ordenes que debían observar los alumnos de las Escuelas Pías, deducimos que se for¬maba a los muchachos y se les acostumbraba al respeto a sus padres, maestros y personas mayores; a la disciplina, puntualidad, trabajo, orden, buenos modales, limpieza; se les prohibía la asistencia a espectáculos públicos, come¬dias, charlatanes callejeros, juegos de cartas, dados, etc.; se les prohibía también ir a nadar a los ríos, salvo si les acompañaban sus padres o maestros; se les prescribía que se retiraran a sus casas después del toque del avemaría del atardecer. Todo ello implica que la educación no quedaba cerrada entre las paredes de la escuela, sino que iba más allá, abarcando todos los tiempos y lugares de la vida de los muchachos. El acompañamiento en filas a sus casas era una medida de control y precaución.

Si en un principio restringió Calasanz, sus escuelas a los pobres con absoluta exclusividad, cuando se estableció ofi¬cialmente la Congregación paulina de las Escuelas Pías ya no fue exigida esa exclusividad y empezaron a ser admiti¬dos pobres y ricos, nobles y plebeyos, aunque se mantu¬viera siempre la preferencia por los pobres. Esta promiscui¬dad en las aulas, en la iglesia y oratorio, en las filas callejeras y en todos los momentos de la vida escolar, creaba en todos los niños una atmósfera de igualdad y fra¬ternidad, cuyas consecuencias en la vida social debieron de ser duraderas. Y Calasanz insistía en sus Reglamentos en la idea de que por encima de la y la nobleza había otros valo¬res merecían ser respetaos. Véase: «Nadie pretenda en nuestras escuelas ninguna preeminencia o supremacía so¬bre los demás que no sea por la integridad de costumbres o mayor diligencia y provecho en el estudio»; «en la es¬cuela nadie pretenda preeminencia o primacía sobre los demás por ningún otro título que no sea por el valor del ingenio y la integridad de costumbres». (21)

Era un orden de valores totalmente distinto al que impe¬raba en aquella Roma barroca y ceremoniosa, en la que más de una vez ocurrían tumultos gravísimos, no ya entre pobres y ricos o entre nobles y plebeyos, sino incluso entre embajadores de las grandes potencias de la época por el simple prurito de defen1er sus precedencias. Y a la vez que se elevaba el nivel cultural de los pobres hijos del pueblo y se defendía su derecho a la cultura, recordaba a los ricos y a los nobles que ni la riqueza ni la alcurnia podían conside¬rarse valores superiores a la inteligencia, a la integridad de costumbres y a la cultura. Y eso era educar.

Notas

1. Const. n.1-2.
2. EC, VI, p.3044-3047.
3. EGC II p.55-56.
4. Const. n.5 y 203.
5. D. CUEVA, Calasanz. Mensaje espiritual y pedagógico (Madrid 1973) n. 1210. 1213. 1231. 1235. 1237.1254.1390.1394.
6. Ibid. n.679.676.
7. Ibid. n.1207. 1234; EGC. VJII. c.4318.
8. Ibid. n.1236.
9. EGC, VI. c.2441.
10. EGC, VIII, c.4120.3858; EGC, VII, c.3198.
11. EGC, VI, c.2947.2616; EGC, VII. c.3087.
12. D. CUEVA, oc., n.1426.
13. ALLEN. Opus epistolarum Des. Erasmis, V, 113.
14. SÁNTHA, (BAC) p. 41.
15. EGC, IV, c.1160; VIII, c.4276; III, c.678.
16. Conc. Trid. sesión XXIII, canon 18.
17. Const. n.216.
18. Anal. Cal. 39 (1975) 209.
19. EGC. III. p206.
20. D. CUEVA, OC.. n.1340. 1342. 1343.
21. SÁNTHA (BAC) p.4O3, nt.27.



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