sJC (Biografía) - S. Giner - Written by Archivo Calasanz on Lunes, Junio 8, 2009 15:44 - 0 Comments

S. JOSÉ CALASANZ (Severino Giner) - C8: La expansión

ÍNDICE

CAPÍTULO 8
LA EXPANSIÓN

La subida a Liguria

Entre las once casas fundadas antes de que las Escuelas Pías fueran elevadas a Or-den religiosa, la más alejada de Roma y situada en Liguria era Cárcare, a pocos ki-lómetros de Savona. Le seguía en lejanía Fanano, en Toscana. Para visitar estas dos casas y la de Narni e introducir en ellas la observancia de las Constituciones, recien-temente aprobadas por el Papa, fue designado a primeros de mayo de 1622 el P. Pedro Casani. Terminada su misión y vuelto a Roma, halló perplejo a Calasanz por-que le pedían fundación para Savona y no tenía personal preparado. Pero cedió fi-nalmente a los ruegos y envió nada menos que a dos de sus asistentes generales, los PP. P. Casani y F. Castelli, con el H. Francisco Michelini, que sería luego famoso matemático y amigo de Galileo. La fundación fue un hecho en septiembre del mismo año 1622.

Como ejemplo de las condiciones exigidas y compromisos adquiridos por los escola-pios al aceptar fundaciones, Léase este párrafo del acta fundacional de Savona: «Se suplica humildemente a la Muy Ilustre Comunidad [Municipio] de Savona que se obligue por amor de Dios a pagar cada año 400 liras, o bien proveer de casa, pa-gando al menos el alquiler por los M. RR. PP. de las Escuelas Pías, para su vivienda y escuelas según las necesidades, si decidiesen quedarse en Savona para ponerse en-seguida a enseñar a leer, escribir, contar, gramática humanidades y retórica y otras cosas, según su instituto. a toda clase de niños y escolares de dicha ciudad y aleda-ños. sin salario alguno, y esto por todo el tiempo que estuvieren desempeñando es-te ejercicio, o bien hasta que se les provea de otro modo de las dichas cosas; que por ser cosa útil para el bien público instruir a los muchachos, sobre todo a los po-bres, no sólo enseñándoles dichas ciencias, sino también a vivir con el temor de Dios, se confía que serán de mucha ayuda, espiritual celebrando misas, confesando, predicando y haciendo Otros ejercicios¨. (1)

A instancias de los patrocinadores y fundadores de aquellas dos lejanas casas de Liguria, se decidió Calasanz a visitarlas. Llegó por tierra hasta Livorno, en cuyo puerto embarcó, y a vela y remo navegó hasta Savona. Hacía ya treinta y un años que había surcado aquel mar de poniente a levante, ahogando luego la esperanza de volverlo a cruzar en sentido inverso. Y en esta segunda Travesía, más breve, tal vez con emoción, miraba a babor la línea del horizonte tras la que se ocultaba su patria. Pisó tierra en Savona el día 7 de abril de 1623. Tres días más tarde marcha-ba para Cárcare, cuyas gentes le conocían y veneraban, sin haberle visto hasta en-tonces, por la fama que habían divulgado los escolapios. Todo el pueblo salió a reci-birle procesionalmente. Cuentan las crónicas que resplandeció su don de profecía al predecir a un muchacho que sería un buen religioso de las Escuelas Pías, y su poder sobre los energúmenos librando a un poso de demonio mudo, conocido en toda la comarca. Y ‘tu sólo las crónicas, sino él mismo dejaba escrito en una carta del 19 de abril, desde Cárcare, lo siguiente: «En estos días con la ayuda del Señor hemos conseguido que hicieran las paces los primeros de este pueblo, que estaban con tanto odio y peligro de llegar a las manos por momentos, que el Sr. Gobernador D. Pedro de Toledo, que está en Finale, apenas lo supo, corrió —según dicen— a su oratorio a rezar de rodillas el Tedeum. Después de la paz los he invitado a todos a comer con nosotros en dos de estos días festivos para mantenerlos en unión con gran alegría y común satisfacción. Han enviado de antemano tantas “randas, que se ha podido preparar todo cumplidamente. Quiera el Señor mantener esta paz y unión» (2).Y evocaría, sin duda, otras paces conseguidas en algún pueblo del Piri-neo en aquellos años de sus andanzas apostólicas, como visitador de arciprestazgos en su diócesis de Urgel.

De Cárcare bajó a Savona, donde el 22 de abril vistió la sotana escolapia a tres jó-venes ilustres: uno era el heredero del marquesado de Monesiglio; otro era hijo de los marqueses de Gorzegno, y el tercero pertenecía a la noble familia savonesa de los Baroni. Eran las primicias de una mies abundante de vocaciones, cuidadas con esmero por el P. Casani. En su primer año de existencia, la casa de Savona llegó a tener 18 novicios, para los cuales fue necesario abrir otra apropiada.

Con estas dos casas de Savona y la de Cárcare creó Calasanz la Provincia de Ligu-ria, nombrando superior provincial al P. Casani con fecha de 10 de julio de 1623. Era el primer provincial de la historia de la Orden. Al año siguiente fue trasladado el no-viciado a Oregina, barrio periférico de Génova, y un año después se fundó otra casa en el interior de la ciudad. Todavía, en vida de Calasanz, la Provincia de Liguria fun-dó una casa en Carmagnola en 1638, pero debido a las guerras fue cerrada al año siguiente.

La bajada a Nápoles

En torno a la figura central del Fundador de las Escuelas Pías se mueven otros per-sonajes —sus colaboradores más íntimos—, cada uno con sus características, sus dones y sus defectos. Componen como una larga galería de cuadros que no nos es posible pararnos a examinar. Pero de algunos de ellos hay que esbozar cuatro ras-gos, al menos para comprender mejor el ambiente en que actúa Calasanz, las fuer-zas vivas de que dispone y su rara habilidad de aprovechar al máximo las cualida-des de cada individuo. Y todo ello sea dicho para presentar en escena a uno de los protagonistas más singulares: el P. Melchor Alacchi.

Es un siciliano inquieto, voluntarioso, decidido, indomable, excéntrico, emprende-dor… y andariego. Es el primero que intenta fundar en Nápoles, en Sicilia, en Cer-deña, en Venecia, en España. Realiza una peregrinación a Santiago de Compostela y emprende otra a tierra Santa, pero la peste le para los pies en Venecia. Calasanz le conocía bien, le apreciaba y le admiraba en el fondo y supo o intentó aprovechar sus innegables dotes positivas encomendándole misiones de fundador, maestro de novicios, superior de varias casas, visitador y comisario general, presidente de Capí-tulos locales y provinciales, provincial de su amada Sicilia.

Un buen día de octubre de 1625 firmaba Calasanz una extraña licencia: se legitima-ban las andanzas del P. Alacchi por toda Italia, especialmente por Nápoles y Sicilia, comisionándole para fundar casas donde creyera conveniente; admitir como novi-cios a cuantos juzgara aptos; organizar, en suma, la vida escolapia sin precisar lu-gares ni condiciones, con sólo la obligación de comunicarlo luego al P. General. Esta decisión puede parecer descabellada, o bien una prueba de la confianza extrema en las aptitudes del P. Alacchi. No va solo. Se le asignan como compañeros a un sacer-dote, dos profesos y nueve novicios. Y empieza la aventura.

En Nápoles les recibe D. Carlos Tapia, marqués de Belmonte, regente de la Cancille-ría del Virrey, quien había pedido fundación a Calasanz. Pero el arzobispo de Nápo-les, Card. Caraffa, no quiere nuevas fundaciones ni cede a los requerimientos. Tras muchos días de vanas esperanzas, la transhumante comunidad escolapia abandona Nápoles y prosigue su viaje hacia el sur, por tierra y mar. Pasan el estrecho y se de-tienen en Mesina a primeros de diciembre de 1625, porque la peste les impide llegar hasta Palermo, que era la meta de la expedición.

En Mesina se ingenia el P. Alacchi para conseguir casa y permisos legales de las au-toridades civiles y eclesiásticas, pero las comunidades religiosas de la ciudad, sobre todo los jesuitas, se oponen a la fundación. Y era necesario para cualquier nueva fundación el consentimiento de todos los conventos y casas religiosas ya instaladas en la población. Al enterarse Calasanz de la situación, ordena la retirada. El P. Alac-chi, sin embargo, sospechando que el P. General ha sido mal informado, decide de-jar en Mesina la mitad del grupo y partir él para Roma con la otra mitad. Hace esca-la en Nápoles y se entera de que ha muerto el Card. Caraffa y que el nuevo arzobis-po. Card. Buoncompagni, no se opone a la fundación.

Al llegar Alacchi a Roma, Calasanz está gravemente enfermo, y tan cercano a la muerte, que recibe el viático y la extremaunción. Pero inesperadamente se recupe-ra. Sus confidentes aseguraban haberle oído decir que la Virgen y Santa Teresa le habían curado. Esto ocurría en la primavera de 1626.

Ya en marzo, el P. Casani había sido enviado a Mesina como rector de la comunidad que allí había quedado. La situación propicia de Nápoles hizo que se llevaran a feliz término los trámites para la fundación. Todavía tuvo ánimos y coraje el P. General para emprender, a sus sesenta y nueve años cumplidos, el largo viaje en litera, en cortas etapas, en la segunda mitad de octubre de 1626, acompañado de dos o tres padres. El P. Alacchi, con un nutrido grupo de profesos y novicios, llegaba también a Nápoles por mar en los mismos días.

El recibimiento fue cordialísimo por parte del marqués de Belmonte y del vicario ge-neral. Las cartas que escribe Calasanz en aquellos días reflejan un entusiasmo ex-traordinario por todo lo que les está ocurriendo. He aquí un ramillete de expresiones y noticias. El 25 de octubre escribe: «Llegamos aquí el jueves pasado todos con sa-lud, gracias a Dios, y hasta hoy domingo han venido a ofrecernos tres sitios todos óptimos para abrir escuelas y dos para noviciado, sin gasto alguno nuestro, y aquí donde desmontamos hemos hallado casa acomodada con 20 camas a nuestro estilo y todos los demás utensilios necesarios… Se muestran tan amables y deseosos de nuestra obra, que si fuéramos muchos podríamos abrir en tres o cuatro sitios las Escuelas Pías». (3) Una semana más tarde escribía: «Aquí nos piden todos los días que tomemos sitios en esta o en aquella parte de la ciudad, proveyéndonos de casa y de iglesia, y se pasmaría de la competencia que hay entre los barrios y el disgusto que muestran algunos porque hemos tomado el barrio de la Duquesca por estar en un extremo de la ciudad y ser de gente pobre o muy ordinaria. Pero ésa es la volun-tad del Sr. Regente Tapia, Marqués de Belmonte, y también del Sr. Vicario General que quiere que el primer sitio sea el de la Duquesca». (4) El 13 de noviembre dice: «Si tuviéramos cien sujetos, podríamos tomar cuatro Sitios en lo mejor de Nápoles, porque nos han ofrecido más y también para noviciado. Y en menos de ocho días vienen ya más de 400 alumnos de los parajes más próximos». (5) El 21 escribe: «En tan poco tiempo serán ya 500 alumnos y si hubiera lugar serían más de 700». (6)

¿Adónde fueron a parar? Ya nos lo ha dicho: a uno de los barrios más pobres y po-pulares de la ciudad. Pero había algo más. Léase: «Aquí hemos abierto las escuelas en el barrio de la Duquesca, y para entrar nosotros, han hecho salir a más de 600 meretrices que vivían aquí. y nos han dado para iglesia un edificio grande que ser-vía para hacer comedias, de modo que donde antes tanto se ofendía a Dios, ahora es alabado por más de 600 muchachos». (7)

Los aires de Nápoles debieron de rejuvenecer sus muchos años. Y no por la maravi-lla de su espléndido paisaje de tierra, cielo, mar y Vesubio, que una vez vistos pue-de ya uno morirse. Lo que al «santo viejo» le conmovía era la infinidad de niños que llenaban todos los barrios altos y bajos de aquella inmensa metrópoli. Y todos nece-sitaban escuelas y más escuelas. «En Nápoles —decía— creo que hay tres o cuatro veces más niños que en Roma, y no bastarían tres ni cuatro lugares de los nuestros para dar satisfacción a la ciudad… En [el barrio] Ciaia también nos ofrecen otro lu-gar donde son infinitos los niños pobres de aquellos pescadores». (8)

Como ocurrió en Liguria, también en Nápoles dejó huellas de sus dotes de tauma-turgo curando unas llagas a uno de sus patrocinadores. Pero sus prodigios mayores fueron de otra índole: hizo cambiar de vida a un sobrino descarriado del citado pro-tector y convirtió también a tres personajes que habían acudido a él protestando por haber ocupado el teatro de la Duquesca y forzado así la expropiación de los lo-cales. Eran el propietario de los mismos y dos comediantes, los tres afectados por el desahucio.

La fundación de Mesina tuvo que cerrarse por la oposición irreductible del nuevo ar-zobispo, y Calasanz llamó a Nápoles al P. Casani y a su comunidad expulsada. Y con la esperanza puesta en el progreso imparable de la fundación napolitana y en la fu-tura abundancia de vocaciones, nombró rector del colegio y provincial de Nápoles al P. Casani y partió hacia Roma a finales de abril de 1627. Su estancia en Nápoles había durado seis meses y medio.

Pocos meses después se abría otra casa en Nápoles, en el barrio de Caravaggio, junto a la Puerta Real, y allí se instaló el noviciado. Antes de acabar el año 1627 se fundó otra casa en Bisignano; en 1628, en Campi Salentina; en 1630, otra en el pueblecito de Somma, que el Vesubio obligó a abandonar el año siguiente por una erupción; en 1631 se fundó en Cosenza y se dejó después del terremoto de 1638; en 1633 se abrió una tercera casa en Nápoles para residencia de enfermos en Posí-lipo; en 1636 se fundó en Chieti, y ésta fue la última casa de la Provincia Napolitana creada en vida del Santo Fundador.

La bajada a Nápoles fue el último largo viaje de su vida. En adelante sólo montará en sus asnillos para trasladarse alguna que otra vez a los pueblecitos cercanos a Roma, como Poli, Moricone y Frascati. Este último gozó siempre de sus preferencias. Allí solía pasar unos días durante las vacaciones otoñales, pero raras veces, como fueron en los años 1628, 1634 y 1636. Su avanzadísima edad le impidió desplazarse para fundar o visitar las casas que iban surgiendo por toda Italia y por Europa. Pero desde su minúscula habitación de Roma dirigió una por una todas las nuevas funda-ciones y mantuvo las riendas del gobierno de la Orden con una entereza y minucio-sidad incluso extremada. Y para ello se valió de la correspondencia epistolar, inter-viniendo en todos los problemas de carácter provincial, local y personal casi hasta el límite de lo increíble. Debió de escribir de 10.000 a 12.000 cartas, a juzgar por las que se han conservado y por las alusiones suyas o de sus corresponsales a otras desaparecidas. Hasta ahora han sido editadas cerca de 4.700. No abundan los per-sonajes históricos de quienes se conserve tan copioso epistolario.

En la Italia central

Pocos años estuvo junto a Calasanz su colaborador de principios de siglo, Juan Francisco Fiammelli, pero se mantuvo fiel a su idea toda la vida. Hacia 1617 fundó en su Florencia natal, por su cuenta, unas escuelas pías, en todo similares a las de Roma, después que en 1616 habrá hecho una fundación idéntica en Bolonia. La atendían sacerdotes y laicos. Pero al llegar a los setenta y seis años, sintiéndose ya incapaz de continuar su labor y queriendo perpetuarla, se puso en contacto con los escolapios para encomendarles sus escuelas. He aquí el acta de cesión: «Yo, Juan Francisco Fiammelli, Prefecto de las Escuelas Pías de la ciudad de Florencia, consi-derando la caducidad de la vida, y deseando en esta mi avanzada edad, que ya ha alcanzado los setenta y seis años, ver perpetuada después de mi muerte la obra de mis escuelas pías, reconozco que a nadie las puedo confiar mejor que a los religio-sos del nuevo Instituto de Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, puesto que tienen por finalidad propia, según sus Constituciones, vivir de la limosna espon-tánea o pedida, sin poseer nada en particular e instruir a la juventud, principalmen-te la pobre, en el temor de Dios y en las primeras letras, es decir, en lectura, escri-tura, aritmética, gramática y retórica, gratuitamente, sin retribución, por sola cari-dad y celo de la salud de los prójimos. Por lo cual… les entrego gustoso la casa y derechos de mis escuelas pías de Florencia, a 30 de abril de 1630». (9)

Calasanz encomendó el asunto al P. Francisco Castelli, hasta entonces provincial de Liguria, y una vez formalizadas las cosas, le nombró primer superior de la casa flo-rentina y primer provincial de Toscana, pues a la recién fundada casa añadió la de Fanano, existente desde 1621 en el Ducado de Módena. Entre los miembros que componían la primera comunidad florentina destacaba el H. Francisco Michelini, ilus-tre matemático, que Castelli consiguió traerse consigo de Génova. Y desde aquellos primeros años fundacionales se fue formando en torno a Michelini un grupo de esco-lapios, que cultivaron con éxito creciente las matemáticas, abriendo incluso una es-cuela pública de álgebra para adultos, única entonces en Florencia, por no decir en Europa.

Esos mismos escolapios matemáticos fueron admiradores y seguidores de Galileo Galilei, y algunos mantuvieron con él relaciones personales de discípulos y amigos, particularmente Michelini, desde su llegada a Florencia en 1629, y el P. Clemente Settimi, quien le servía de secretario en su residencia de Arcetri, cuando ya ciego no podía valerse por sí mismo. Calasanz aprobó siempre estas relaciones de sus hijos con el gran científico, aun consciente de lo que aquello podía provocar después del famoso proceso y condenación que sufrió del Santo Oficio. Y es admirable la com-prensión de Calasanz cuando escribía al superior de la casa florentina con fecha del 16 de abril de 1639: «… y si acaso el Sr. Galileo pidiese que alguna noche quedase con él el P. Clemente, concédaselo V. R., y quiera Dios que sepa sacar de ello el pro-vecho que debería». (10)

En 1638 se creaba en la casa florentina la llamada «Escuela de Nobles», dedicada expresamente a los alumnos de la alta sociedad. Fueron los PP. Castelli, como pro-vincial, y Francisco Apa, como director y responsable de la idea, quienes convencie-ron a Calasanz para que accediera a las instancias de la nobleza florentina, con las promesas de que esas familias harían posible la subsistencia del noviciado y garan-tizarían la subvención de los clérigos que fueran dedicados a los estudios. Con esta iniciativa, a fin de cuentas, no se iba contra la finalidad de la Orden, que admitía a toda clase de muchachos, ricos y pobres, nobles y del pueblo, aunque mantuviera siempre su preferencia por los pobres.

Por estas y otras razones, como el admirable espíritu de caridad heroica que mani-festaron durante la peste de 1630, los escolapios gozaron muy pronto de la estima de todas las clases sociales de Florencia, desde los ambientes de alta cultura y de la nobleza hasta las capas ínfimas de la sociedad, sin olvidar el aprecio y la protección que les dispensó siempre la corte del gran duque de Toscana.

En vida de Calasanz, a las casas mencionadas de Florencia y Fanano se añadieron luego una segunda en la capital, llamada del Pellegrino, en 1638; otra en Pieve di Cento, en 1641; otra en Guja o Guglia, también en 1641, que fue abandonada en 1646, y una última en Pisa, del mismo año 1641, suprimida en 1656.

Al constituirse la Provincia Toscana y quedarle adjudicadas las casas que acabamos de nombrar, todas las demás, prácticamente pertenecientes a los Estados Pontifi-cios, formaron la Provincia Romana, cuyo primer provincial titular fue el P. Jacobo Graziani, nombrado en 1626. Pero en realidad el superior efectivo fue el mismo Fundador mientras vivió. Ella fue, por derecho, la primera Provincia de la Orden. Hasta la muerte de Calasanz, además de las casas ya mencionadas en San Panta-león, el noviciado y la del Borgo en Roma, las de Frascati, Narni, Mentana, Morico-ne, Magliano y Nursia, se fundaron las siguientes: Poli y San Salvador Mayor, en 1628: el Colegio Nazareno de Roma, en 1630, y Ancona en 1632.

Las islas de Sicilia y Cerdeña

En diciembre del año 1625 había llegado a Mesina el P. Alacchi con su grupo de ex-pedicionarios, y en abril de 1627 abandonaban la ciudad los que quedaban, con su superior al frente, el P. Casani. El arzobispo se había mantenido impertérrito en su negativa de dar los debidos permisos para la fundación.

Pasaron seis años. Y en septiembre de 1633 el P. General enviaba a Sicilia al P. Mel-chor Alacchi para tratar algunos asuntos de importancia para la Orden, entre los cuales, el siguiente: «Si se encuentra vestido con nuestro hábito a Juan Bautista Massimi, romano, que suele peregrinar como Procurador General de nuestra Reli-gión con dimisorias falsas y que, con nombre fingido, engaña a muchos, debes qui-tarle todas las cartas patentes, pues están falsificadas; para lo cual, si te parece, podrás invocar el brazo eclesiástico o el secular si fuere necesario, para que no siga sonsacando dinero a muchos fraudulentamente». (11)

El caso era ya viejo, pues se remontaba a 1625, cuando llegó a Roma el sacerdote Mateo Millini, que se hacía llamar Juan Bautista Massimi. Simulando tener vocación escolapia, frecuentó mucho el noviciado del Quirinal, consiguiendo falsificar la cali-grafía y firma de Calasanz y el sello oficial de la Orden, emprendiendo luego una gira por toda Europa, presentándose como representante o enviado del general con credenciales falsificadas para fundar Escuelas Pías, con lo que conseguía dinero aun de los más sagaces, como el mismísimo Card. Richelieu. En muchas de sus cartas habla Calasanz de este embaucador, «que ha recorrido la Germania, Flandes, Fran-cia y dos veces España y la Lombardía y el Piamonte, sacando dinero de todos con promesas de mandar Padres de las Escuelas». (12) «En cuanto a la tentación de aquel pobre sacerdote que con falso nombre ha querido ir por España fundando Es-cuelas Pías… pienso escribir a España al Sr. Regente del Consejo Supremo de Ara-gón, llamado Navarro, paisano mío —escribe Calasanz en 1627—, para que impida semejantes intentos». (13)

El 12 de octubre desembarcó en Mesina el P. Melchor Alacchi con un acompañante, y el 20 llegaba a Palermo, y una de sus primeras visitas de cortesía fue al virrey de Sicilia, D. Fernando de Ribera, duque de Alcalá, anteriormente virrey de Nápoles, gran protector de las Escuelas Pías, admirador y amigo de Calasanz. El virrey pro-puso en seguida la posible fundación de Escuelas Pías, lo cual halagaba muchísimo al P. Alacchi, que confiaba plenamente en conseguirlo después del primer fracaso. Y comunicó al P. General los deseos del virrey. Pero el prudente general, ya desde pri-meros de diciembre, le escribe queriéndole disuadir de tales propósitos por estas razones: «Tenemos orden de Nuestro Señor y de la Sagrada Congregación de Pro-paganda Fide, intimándonos por el Exmo. Sr. Cardenal Ginetti… que no nos exten-damos más hasta que estemos aquí bien fundados en noviciado y casa de estudios, y V. R. piensa que no hay más que hacer que tratar de fundar en ciudades grandes como Palermo. Aunque fuéramos llamados a la vez por el Exmo. Sr. Cardenal D’Oria (arzobispo de Palermo y por el Exmo. Sr. Virrey, no podríamos darles satisfacción, pues tampoco se la hemos podido dar al Sr. Duque de Saboya, ni al Sr. Cardenal hermano suyo, a pesar de las muchas cartas e instancias de su embajador, ni al Sr. Cardenal Dietrichstein, ni al Sr. Cardenal Colonna, Arzobispo de Bolonia. Así que V. R. dé las gracias a esos Señores y vuélvase a Nápoles». (14)

El P. Alacchi no sólo encontró excusas para no salir de Palermo, sino que consiguió que el virrey diera todos los pasos necesarios, convenciendo incluso al cardenal ar-zobispo para que se instalaran las Escuelas Pías en la capital del virreino. Incluso debieron conseguirse licencias de la curia romana. Así que a finales de diciembre se refleja en las cartas del Fundador que lo de Sicilia es ya un hecho, como en ésta di-rigida al P. Graziani: «El Virrey de Sicilia no sólo ha admitido nuestra obra, sino que incluso ha hecho escoger un sitio en lo mejor de la ciudad y ha pagado por él tres mil escudos contantes de su bolsillo y ofreciéndose a hacer más. Quiere dos o tres sujetos para dar principio a la obra y yo pienso mandárselos en el próximo mes de marzo». (15) Pero no las tiene todas consigo, pues recuerda la gran oposición de los jesuitas al primer intento de fundación en Mesina, y temiendo otro fracaso en Pa-lermo, recomienda al P. Alacchi: «Debe hacer comprender que nuestro instituto no será de estorbo al de los PP. Jesuitas, porque la mayor parte de nuestros alumnos son de leer, contar y escribir y unos pocos de latín, que son iniciados entre nosotros y luego van a su colegio». (16)

El inquieto P. Alacchi, antes de que llegara la expedición mandada por el P. General, abrió las escuelas con colaboradores seglares, acogiendo pronto a unos 1.200 mu-chachos. Puso también la primera piedra de la nueva iglesia, y en Semana Santa ya celebraba en ella los oficios litúrgicos. Y no contento con la fundación de Palermo, consiguió por medio del virrey que a finales de diciembre de aquel mismo año 1633 el arzobispo de Mesina, que nueve años antes les había prácticamente expulsado, diera su autorización para abrir las Escuelas Pías en la ciudad, licencia que aprove-chó Alacchi, pues antes del verano siguiente ya estaba abierta la casa de Mesina.

Podía estar satisfecho el P. Alacchi, pues las dos únicas fundaciones llevadas a feliz término en su patria siciliana durante la vida del Fundador fueron Palermo y Mesina, ambas fruto de sus afanes.

Antes de protagonizar estas fundaciones de Sicilia, el P. Melchor Alacchi, regresando de su peregrinación penitencial a Santiago de Compostela, embarcó en Barcelona, y a finales de 1628 o principios de 1629 hizo escala en Cáller, la capital de la isla de Cerdeña. Y aprovechó la ocasión para entrevistarse con el virrey, D. Jerónimo Pi-mentel y Zúñiga, marqués de Bayona, y con los Conselleros de la ciudad y hacerles el elogio de las Escuelas Pías. Todos aceptaron complacidos la idea de una inmediata fundación. Los consejeros escribieron a Calasanz una cumplida carta en castellano, en que decían: «Con la venida que el P. Melchior de todos los Santos hizo a esta Ciudad hemos tenido la noticia del gran provecho, que así en lo tocante a Virtudes, como también a letras humanas hace la S. Religión de V. P. Rma. en essa Ciudad de Roma y demas de la Christiandad, en donde tiene Convento, con gran servicio de Dios Nuestro Señor. Y deseosa esta Ciudad de participar de tan gran thesoro para bien de los que viven en ella, ha suplicado a Su Exza. el Señor Birrey de este Rey-no… se sirviese interceder para que se sirva.., honrar esta Ciudad, con hazerla dig-na de tan S. Religión… De esta ciudad de Caller al 31 de henero de 1629. Los con-selleros de Caller». (17), Y el virrey escribió también a Calasanz, recomendando la petición de la ciudad, diciendo: «hágolo con todas veras y con ellas se lo suplico a V. P. R., asegurándole que será particular Merced, pues estaré desbanecidísimo de que en mi tiempo se consiga cosa tan del servicio de entrambas Magestades. La Divina guarde a V. P. como deseo». (18)

Por el momento no pudo complacerse esta petición por las restricciones impuestas por la Santa Sede. Pero once años más tarde, a mediados de 1640, los consejeros de Cáller volvieron a insistir en sus deseos de fundación y fueron atendidos. En no-viembre de aquel año llegaron al puerto de Cáller el P. Pedro Francisco Salazar Mal-donado, napolitano de origen español, que hablaba perfectamente el castellano, acompañado de cuatro escolapios más. Los de Cáller pedían que les mandara «Su-jetos españoles, los que pudiere… por ser la [lengua] castellana la que se explica en las Escuelas». (19). No hay que olvidar que el reino de Nápoles, el de Sicilia y el de Cerdeña eran parte integrante de la monarquía española.

Al llegar, pues, los primeros escolapios a Cáller, los Conselleros escribieron una vez más al Santo Fundador agradeciéndole la fundación, y empezaban su carta con es-tas palabras: «Agradecida queda perpetuamente esta ciudad de Caller a V. P. Rma. y a toda essa Sta. Religión en haverse mostrado tan liberal con ella en la merced qual suplicó de que la honrrase con la educación y enseñanza de sus hijos». (20)

En 1645 se abrió otra casa para noviciado cerca de Cáller, en lo que había sido con-vento de franciscanos. El noviciado, sin embargo, funcionaba ya desde 1642 en la casa de Cáller. Al morir el Santo Fundador, sólo había en Cerdeña esas dos casas, y no fue declarada Provincia hasta 1661, mientras que la de Sicilia lo fue ya en 1637.

Más allá de los Álpes

En agosto de 1630 recibía el P. General una carta que empezaba así: «Recordará V. P. Rma. que hace cosa de cinco años le escribí comunicándole que con el conoci-miento y aprobación, según parecía, del P. Provincial y Rector de los jesuitas de Vie-na, traté con las autoridades municipales vienesas de introducir a los Padres de vuestra Orden en la escuela de San Esteban de dicha ciudad. Pero mientras creía yo que estaba llegando a feliz término por haber obtenido el consentimiento municipal, los PP. Jesuitas lo desbarataron todo con la intervención de la autoridad imperial. Y hace tres años más o menos, cierto religioso, asegurando ser de vuestra Orden (aunque luego se supo que no lo era), vino a ver al Príncipe Cardenal Dietrichstein, Obispo y Gobernador de esta Provincia, y trató con él de introducir en la ciudad de Nikolsburg (su residencia ordinaria) a vuestros Padres, asignándoles lugar conve-niente, pero dicho religioso, habiendo recibido una limosna considerable, desapare-ció». (21)

La carta la escribía Mons. Juan Bautista Gramay, quien en 1625, efectivamente, había tratado de la fundación de Escuelas Pías en Viena, según los deseos del car-denal arzobispo Melchor Klesl. Desde 1629 estaba al servicio del Card. Francisco Dietrichstein, obispo de Olmuz, consejero del emperador y capitán general del mar-quesado de Moravia, nacido en Madrid, mientras su padre era embajador imperial. Su madre era española, Margarita Cardona, hija del virrey de Cerdeña. Este prínci-pe- obispo fue el fundador o introductor de las Escuelas Pías en Europa Central, y uno más de los cardenales bienhechores y profundamente encariñados por la obra de Calasanz, como Montalto, Torres, Lancillotti, Giustiniani, Tonti, Ginetti, Cesarini, etc.

En su ciudad residencial de Nikolsburg, hoy llamada Mikulov, había erigido un Gim-nasio o colegio junto con una Academia de Nobles o Seminario-Internado que llamó Lauretano. Al frente de estos colegios había puesto en 1629 a Mons. Gramay. Hacia 1627 apareció por allí el ya mencionado trotamundos y embaucador Mateo Millini, llamado falsamente Juan B. Massimi, rememorando en el cardenal el recuerdo de Calasanz y sus escuelas, ya conocidas en Roma. Pero hasta 1630 no se puso en contacto con los escolapios para pedirles fundación. Y esto ocurrió en junio de dicho año, cuando en un viaje de vuelta hacia Nikolsburg se entrevistó en Génova con el P. Juan Esteban Spinola, provincial de Liguria. Mons. Gramay escribió a Calasanz la carta de ofrecimiento con que hemos comenzado este apartado, aludiendo además a las peticiones de los jesuitas: «Aunque los Padres de la Compañía deseaban mu-chísimo tener aquí un Colegio —decía—, sin embargo, tanto el Príncipe como yo, por razones de no poca importancia, preferiríamos a los Padres de vuestra Orden». (22)

Tras no pocas vicisitudes, y con la licencia expresa del Card. Marcio Ginetti, vicario del Papa, llegaron a Nikolsburg los primeros siete escolapios a principios de junio de 1631. Y a esta expedición siguieron otras. En 1632 se decidió la construcción del nuevo edificio para las Escuelas Pías y se confió también a los escolapios el cuidado y régimen del Seminario Lauretano. Dos años más tarde fundó el cardenal nueva casa en Leipnik para noviciado. Pero no quedaba nunca satisfecho y pedía insisten-temente nuevos religiosos a Calasanz, quien si al principio se lamentaba de no po-der complacerle plenamente por la escasez de personal preparado, luego hubo otros impedimentos más graves, pues desde 1633 la Sagrada Congregación de Propagan-da Fide prohibió al P. General mandar más religiosos a Europa Central, «advirtiendo que la Religión confirmada por Gregorio XV aún no abundaba en sujetos idóneos con que poder extenderse y propagarse a las Provincias, a las que a diario era llamada». (23) No obstante, el Card. Ginetti, que como vicario y miembro de dicha Congrega-ción era en cierto modo el responsable de la aplicación de estas restricciones, fue generoso en su interpretación y gracias a él pudo continuar con prudencia la expan-sión de las Escuelas Pías por Europa Central.

Dietrichstein no sólo favoreció las fundaciones en sus propios territorios moravos, sino que fue el intermediario para que otros altos personajes de Germania obtuvie-ran o intentaran obtener fundaciones. Así, el príncipe Gundaker de Lichtenstein, ya desde 1631, había pedido fundación para Kromau, pero no pudo ser atendido hasta 1644, aunque aquella casa se cerró en 1646 debido a la reducción del papa Inocen-cio X; en 1633 la pidió también el famosísimo general duque de Vallenstein, quien además de sus Estados de Bohemia y Silesia quería introducirlas en otros lugares de Germania, mas sus peticiones no fueron aceptadas; tampoco pudieron atenderse las que formulaba el obispo de Gurg en 1634, a pesar de las instancias de Dietrichstein. Sí que fueron escuchadas, sin embargo, las súplicas del conde Francisco Magni. En su carta de recomendación escribía el cardenal a Calasanz: «Le recomiendo eficaz-mente a V. P. para que sea preferido a los otros. No dudo absolutamente que V. co-mo Cabeza suprema y Fundador y español, corresponderá en esto a mis instancias, pues también yo soy español». (24) A principios de febrero de 1633 mandó el P. General un grupo de siete escolapios para abrir casa en Straznitz, capital del conda-do. Y en 1641 se puso la primera piedra de otra fundación en Litomysl, a petición de la baronesa Febronia de Pernstein, que fue la primera casa escolapia de Bohemia.

En estos años, las demandas de fundaciones debieron de ser incesantes, como se refleja en las cartas de Calasanz. En una del 29 de abril de 1633 escribía: «Si tuvie-ra en estos momentos diez mil religiosos, los podría distribuir todos en un mes por aquellos sitios en que me los piden con grandísimas instancias, de modo que nues-tra religión no es como muchas otras que con medios diversos procuran introducirse en las ciudades, pues la nuestra la buscan y procuran muchos Sres. Cardenales, Obispos, Prelados, grandes Señores y ciudades importantes como puedo mostrar con muchas cartas… y apenas tenga sujetos idóneos, me han ofrecido Iglesia y Convento en Praga y en más de diez lugares…». (25)

Se estaba entonces en la Guerra de los Treinta Años. En junio de 1642, después de la derrota de los imperiales de Schweidnitz, entraron los suecos en Moravia a sangre y fuego y los escolapios tuvieron que dejar sus casas y marcharon a Viena con la intención de seguir camino de Italia. Pero el nuncio Gaspar Mattei los acogió cor-dialmente y convenció al P. Provincial, Onofre Conti, que dirigiera sus pasos hacia Varsovia, pues la corte polaca hacía ya años que estaba pidiendo al P. General una fundación de Escuelas Pías. En efecto, ya en 1639 empezaron seriamente los trámi-tes fundacionales el duque Jorge Ossolinski y el canónigo Mateo Juan Judicki. El rey Ladislao IV empieza a suplicar personalmente por carta a Calasanz ya en junio de 1640, con promesas de protección y expansión en todo el reino. Pero por las cir-cunstancias de siempre, es decir, falta de personal y prohibición de la Santa Sede, no pudo atenderse en seguida a las peticiones reales.

El P. Conti hizo caso al nuncio Mattei y cambió su rumbo hacia la capital de Polonia. Y fue un acierto. En Varsovia fue recibido este primer grupo de escolapios con gran satisfacción, y aquel mismo año 1642 se fundaba la primera casa escolapia de Polo-nia. Eran sólo seis religiosos, y al comunicarle Calasanz al rey su llegada, se excu-saba de que fueran tan pocos, y terminaba su carta diciendo: «Pero también las semillas pequeñas producen mies abundante». (26) Y así fue, pues las Escuelas Pías influyeron en la historia cultural y sobre todo pedagógica de Polonia más que en ninguna otra nación. Por su parte, el rey Ladislao, respondiendo a esa carta del Fundador le decía: «Le manifestamos la óptima disposición que tenemos hacia V. y toda su Religión, como podrá ver signos de su agrado si nos da ocasión de ello». (27) y también fue así. El rey de Polonia fue uno de los más tenaces defensores del Fundador y de su Orden en los años aciagos que estaban por venir.

Además de la casa de Varsovia, se fundó para el noviciado la de Podolinec, también en 1642, debida a la munificencia del conde Estanislao Lubomirski: Y no hubo más fundaciones en vida de Calasanz porque ese mismo año se habían ya complicado las cosas en Roma dramáticamente.

Dos intentos fracasados: Venecia y España

No había pasado todavía un año desde que el P. Melchor Alacchi había regresado de su peregrinación a Santiago de Compostela cuando, atendiendo a su petición, fir-maba Calasanz el 29 de noviembre de 1629 las licencias debidas para que pudiera peregrinar a Tierra Santa, y «si se ofreciese la ocasión, a las Indias Orientales». Y terminaba el documento con estas palabras: «Y si algunos Señores o Comunidades pidieran nuestro Instituto, nos lo comunicarás inmediatamente por carta, para que te mandemos compañeros de nuestros Hermanos». (28) Y con estas licencias en el bolsillo y dos compañeros de viaje, emprendió esta nueva aventura. Tuvo que ir al puerto de Ancona para zarpar desde allí a Venecia, donde podría encontrar alguna nave que partiera para Oriente. Pero su estancia en Ancona se prolongó algunas semanas, que aprovechó para ponerse en contacto con las autoridades municipales y proponerles la fundación de un colegio de Escuelas Pías. Y su propuesta fue acep-tada, pero los trámites se complicaron hasta 1633, en que se abrieron las escuelas.

En marzo de 1630, por fin, dejó el puerto de Ancona con sus compañeros y llegó a Venecia. Pero, debido al peligro de la peste y a otras dificultades que surgieron, no pudo continuar el proyectado viaje. Y un mes después de su llegada estaba ya tra-tando de fundar una casa escolapia en la ciudad de las lagunas. Pero, no obstante lo contenido en las licencias de viaje, Calasanz le escribía el 19 de abril: «Le digo que en cuanto a pretender nosotros querer introducir ahí nuestro Instituto, no es posible porque no tenemos sujetos para poder dar satisfacción a tal ciudad, y en esto hay que andar con mucha consideración y no emprender cosa que no podamos cumplir con honor». (29) Pero Alacchi siguió allí, contemporizando y tratando de conseguir la fundación y de convencer al P. General para aceptarla.

Se pasó en Venecia más de tres años. Calasanz estaba ya ilusionado por aquella po-sible fundación. Pero las imprudencias y excentricidades de Alacchi y otras causas más graves impidieron coronar con éxito la empresa. Una de las razones más pode-rosas fue la aversión política que sentía la Serenísima República por España y por todo lo español. Y español era el Fundador de la Orden, y por ello creían en Venecia que muchos de los escolapios serían españoles. Para disipar estos recelos, escribió Calasanz a Alacchi: «Excepto yo, que entro ahora en los 74 años, 40 de los cuales los he pasado en Roma, sólo hay otro español que está en Moravia, llamado P. An-tonio del Smo. Sacramento; todos los demás son italianos, franceses y alemanes; hay otro en vísperas de ir a España, de forma que, muerto yo, no hay más memoria de españoles en nuestra Religión». (30) Y un año más tarde, en agosto de 1632, volvía a insistir en los mismos temores: «Le escribí para que se informara ahí sobre el modo de obtener franquicia postal, aunque dudo todavía que la podamos obtener sobre todo mientras yo viva, por ser aragonés de nación, aunque de sentimientos y costumbres romano, dado que son ya más de 40 años que vivo en Roma, olvidado prácticamente de la Patria». (31)

Y no hubo nada que hacer. A primeros de mayo de 1633 tuvo que abandonar Vene-cia el P. Alacchi con sus compañeros.

En noviembre de 1637 recibía el P. Melchor otras licencias de viaje, esta vez para Cerdeña y España «para tratar algunos asuntos de gran importancia». Partió en se-guida, acompañado de un clérigo, y después de tres meses transcurridos en Sassa-ri, llegó a Barcelona el 10 de marzo de 1638. Parecía que esta vez la fundación en España iba en serio. La había pedido para su diócesis el obispo de Urgel, D. Pablo Durán, quien había conocido y tratado mucho a Calasanz durante su larga estancia en Roma como auditor de la Rota desde 1626 a 1634, en que fue nombrado obispo.

La fundación se hizo en Guissona, que era señorío de la mitra, y la primera piedra la puso el propio obispo el 2 de mayo de 1638. Durante tres años estuvo el P. Alacchi trabajando en la obra y pidiendo refuerzos a Calasanz, que no se los mandó nunca por las razones de siempre. A esto se añadió la guerra dels segadors, en la que el obispo era partidario del poder central, contra el que iban los insurrectos. La confis-cación de los bienes episcopales trajo consigo la agonía de aquel colegio incipiente, que de ellos se sustentaba. Para colmo de males, el P. Alacchi cayó gravemente en-fermo y se trasladó a Barcelona en agosto de 1641, desde donde escribió a Cala-sanz comunicándole la situación y su propia enfermedad. El P. General le ordenó que volviera a Roma inmediatamente. Alacchi cerró las puertas de la casa de Guis-sona y le llevó las llaves a Calasanz, quien las guardó como una reliquia (y pueden verse todavía hoy entre sus objetos personales conservados), esperando la ocasión de poder mandar a alguien a reabrir aquella casa. Pero el «santo viejo» murió sin que se realizara el sueño de ver las Escuelas Pías establecidas en su propia patria. Se había quedado con las ganas de ir él personalmente a fundar en su diócesis de Urgel, como se lo comunicó al P. Alacchi, a los pocos meses de llegar: «Si no tuviera 80 años como tengo, iría gustoso a esa fundación». (32)

Ya en 1614 le había pedido fundación el marqués de Ariza, en los tiempos en que la Congregación de Lucca se hizo cargo de las Escuelas Pías. Era demasiado pronto aún para pensar en tales expansionismos. La última petición que recibió fue la del Consejo Supremo de Aragón en los primeros meses de 1648. Y entonces era dema-siado tarde, por la dramática situación en que se hallaba la Orden, pues ya ni Orden era. Y en el verano de aquel mismo año moría el fundador. La hora de España llega-ría mucho más tarde.

En 1646, dos años antes de la muerte de Calasanz, su Orden contaba con seis Pro-vincias. 37 casas y unos 500 religiosos.

Notas

1. Positio p 432.
2. EGC, II, c.148.
3. EGC, III, c.547.
4. Ibid., c.550.
5. Ibid., c.554.
6. Ibid.. c.556.
7. Ibid.. c560
8. Ibid.. c.563.
9. BAU,RV,p.181.
10. EGC, VII, c.3074.
11. Eph. Cal. 3 (1943) 71
12. G L. MONCALLERO, II codice calasanziano palermitano (Roma 1965) p. 197.
13. EGC, III, c.573.
14. G. L. MONCALLERO, OC., p190.
15. EGC, V, c.2164
16. E G. L. MONCALLERO, o.c., p.l94.
17. EHI, p461.
18. Ibid., p.l693.
19. Ibid., p.463.
20. Ibid., p.464.
21. EEC, p.481.
22. Ibid.
23. SÁNTHA,Ensayos p.162.
24. FEC, p.362.
25. EGC. V, c.2027.
26. EGC, VIII, c.3996*.
27. EEC, p.l2l9.
28. Eph. Cal. 2 (1941) 38.
29. EGC, IV, c.1365.
30. Ibid., c.1662.
31. EGC, y, c.1849.
32. EGC. VI. c.29O2.



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