sJC (Biografía) - S. Giner - Written by Archivo Calasanz on Lunes, Junio 8, 2009 16:03 - 1 Comment

S. JOSÉ CALASANZ (Severino Guiner) - C6: Génesis de las Escuelas Pías

ÍNDICE

CAPÍTULO 6
GÉNESIS DE LAS ESCUELAS PIAS

La gran idea

Con la adscripción a la Cofradía de los Santos Apóstoles, en 1595, emprendió José Calasanz una extraña peregrina¬ción por el interior del corazón de Roma, de efectos im¬previsibles, muy distinta de las pías visitas a las siete igle¬sias romanas o a los más famosos santuarios de Italia. El cofrade limosnero recorrió todos los barrios de Roma, subiendo y bajando las siete colinas en busca de la po¬breza y la miseria. Y la encontró en abundancia. Pero no sólo era miseria material, pobreza que laceraba los cuer¬pos, sino también miseria moral, ignorancia del míni-mo indispensable de conocimientos religiosos. Y se preguntó por las causas. Particu¬larmente debió comprobar la igno¬rancia de los niños en aquellos ambientes. Ni siquiera sa¬bían las ora-ciones más simples de un cristiano: el padre¬nuestro, el avemaría, el credo. Ni tampoco habían apren¬dido a leer, escribir, contar. No obs¬tante, en cada barrio había una escuela con maestro pagado por el ayunta¬miento, cuyos exiguos salarios eran redondeados por la aportación obli-gatoria de los alumnos. Había también por toda Roma gentes que se dedicaban a enseñar el cate¬cismo a los niños, sobre todo en catequesis dominicales. ¿Por qué, pues, tantos niños en la ignorancia? La res¬puesta se la daban repetidamente los pa¬dres: eran dema¬siado pobres y no podían pagar a los maestros de las es¬cuelas de barrio. Por otra parte, para aquellas turbas calle¬jeras de muchachos pobres, las ca¬tequesis dominica¬les no tenían alicientes para atraerles en los días festi¬vos. La solución, pues, era que todos los niños pobres tu¬vieran la posibilidad de ir a la escuela sin tener que pagar nada. Y era una lástima que así no fuera, porque había chicos muy inteligentes cuyas dotes quedaban malgasta¬das por falta de instrucción escolar. (1)

Esta era, sin duda, la gran idea nueva: abrir escuelas gra¬tuitas para todos los niños pobres, en las que se enseñara a leer, escribir, contar e incluso latines, junto con la doc¬trina cristiana. Con esta solución —conscientemente revo¬luciona¬ria— emprendió otra clase de peregrinaje, bus¬cando quién podría llevar a cabo su nueva idea. Y empezó por la base, por los maestros asalariados de las escue¬las de barrio, a quienes pidió que admitieran a los niños po¬bres que no podían pagar. Le respondieron, como escribe Berro, que ¨no tenían gratis a más de seis u ocho cada uno, excusándose en que el Senado y pueblo romano (S.P.Q.R.) no daba paga para tener a mayor número¨. (2) Pidió recomendaciones al cardenal Colonna y muy con¬fiado subió la co-lina del Capitolio para entrevistarse con los senadores y conservadores de Roma y les pidió que aumentaran el sueldo de los maestros de barrio para que pudieran admitir gratis en sus escuelas a los más pobres. Pero no consiguió nada. Y sin descorazonarse fue a hablar con los jesuitas del Colegio Romano, pero le dijeron que no podían admitir a niños, pobres o ricos, que no supie¬ran ya muy bien los primeros elementos hasta los verbos impersonales del latín. Otra negativa en redondo. A unos pasos del Colegio Romano estaban los dominicos de la Mi-nerva. Debió recordar la escuela o colegio que tenían en Tremp, la Schola Christi, con la espe-ranza que atendie¬ran aquí, en Roma, su petición. Pero también se negaron. Su escuela de la Minerva no era para eso.

Todas estas idas y venidas sin éxito alguno le angustiaban el alma. Y pensaba en ello mientras continuaba sus tareas de visitador de pobres por los tugurios de todos barrios de Roma.

La escuela de Santa Dorotea en el Transtíber.

El 9 de abril de 1597, miércoles de Pascua, pasó el puente Sixto, y por primera vez en calidad de visitador de la Cofradía de los Santos Apóstoles, acompañado de otro cofrade español, en-tró en el Trastévere. He aquí cómo nos lo cuenta el P. Caputi: «Por la mañana lo fue a llamar el Sr. Santiago de Ávila, caballero de mu¬cha pie¬dad, cofrade de la Compañía de los Santos Apóstoles y de la Doctrina Cristiana, para ir al barrio de Trastévere para hacer la visita a los pobres vergon¬zantes y enfermos, y por la calle empezó [Calasanz] a comunicarle que había hecho muchas diligencias para que alguien enseñara a los niños pobres las cosas de la fe, y no había encontrado a nadie que quisiera abrazar esta obra tan pia¬dosa y tenía intención de hacer él mismo lo que pudiera, y aprobando Santiago de Ávila su pensamiento, se fueron al Trastévere a hablar al párroco para que les diera la lista de los enfer¬mos de la parroquia de Santa Dorotea…». (3) Induda¬blemente, Calasanz debió de explicar a su compa¬ñero la idea completa, de la que ya ha hablado antes Ca¬puti, pues si solamente se hubiera preocupado de la en¬se¬ñanza del catecismo, su propio acompañante le hubiera indicado que de ello ya se inte-resaba la Cofradía de la Doctrina Cristiana. Por otra parte, sea por lo que le dijera su amigo Santiago o por otros informes y experien¬cias, el caso es que Calasanz se inscribió en dicha co-fra¬día precisamente en el otoño de ese mismo año 1597 o a principios de 1598, después de esta y otras visitas posterio¬res a la parroquia de Santa Dorotea.

3 Ibid., p.71, nt.420.

El párroco D. Antonio Brandini había abierto una escuelita para los niños de su parroquia, en la que además del cate¬cismo se les enseñaba a leer, escribir y quizá cuentas también. El am-biente moral y la instrucción religiosa en las escue¬las de barrio dejaban mucho que desear, y para obviar esas deficiencias el buen párroco había fundado esa escuela, idéntica a las de ba-rrio, pero con dichas ga¬rantías morales. Los niños tenían que pagar, como paga¬ban a los maes-tros asalaria¬dos, pero había algunos que asistían gratis, compensándose así los servi¬cios que presta¬ban a la parroquia. Además del párroco, atendían a esta escuela algunos miembros de la Cofradía de la Doc¬trina Cristiana por su cuenta y no como tarea oficial, pues entre las 22 es-cuelas de niños y niñas que tenía di¬cha Cofradía en Roma no aparece mencionada la de Santa Dorotea en un documento de 1597. (4)

Tal como funcionaba no podía satisfacer plenamente a Calasanz, pues el pro¬blema quedaba sin solucionar: los niños pobres no podían asistir porque también aquí se pagaba. Y es muy sig-nificativo el constatar que después de la primera visita al Transtíber el 9 de abril de aquel año 1597, no vuelve por allí hasta el 29 de mayo y luego pasan siete meses largos hasta enero de 1598 en que reapa¬rece, y durante aquel mes hace siete visitas, siem¬pre como miembro la Co-fradía de los Santos Apóstoles. (5) Este cambio de actitud sugiere que el barrio del Trans¬tíber empezó a interesarle mucho a principios de 1598, y la razón de este marcado interés no puede ser otra que la escuela de Santa Dorotea.

Si al principio no le convenció, al inscribirse luego a la Cofradía de la Doctrina Cristiana empe-zó a frecuentar la escuelita acompañado de otros cofrades, y conci¬bió la esperanza de trans-formarla. Lo que no había conseguido en el Capito¬lio, ni en el Colegio Romano, ni en el de la Minerva, podría conseguirlo aquí en Santa Dorotea. Habló con D. Brandini y le convenció de que se aceptaran sola¬mente a los niños pobres gratuitamente, y no sólo a los del Transtíber, sino a todos los que quisieran venir. El pá¬rroco aceptó. El gran paso estaba dado. En 1622 es-cribía Calasanz un Memorial en el que recordaba los orígenes de las Escue¬las Pías con estas palabras: «El Instituto de las Escuelas Pías tuvo su princi¬pio en la Iglesia de Santa Doro¬tea en el Trastévere, cerca de la puerta Septi¬miana…, y como allí se enseñaba comúnmente a ricos y pobres, el dicho José [Cala¬sanz] consiguió que se ense¬ñara solamente a los pobres que no en-contraban quién les enseñara los principios». (6) Poco a poco se convierte Cala¬sanz en el di-rector y responsable de la escuela.

La noticia de la existencia de una escuela gratuita para los niños pobres debió de extenderse rápidamente por toda Roma, pues empezaron a afluir a Santa Doro¬tea tal cantidad de niños, que fue necesario alquilar un local con¬tiguo a la parro¬quia, pues ya no bastaban las dos sali¬tas que les prestaba el párroco. Esta masiva afluencia de muchachos es prueba evidente de la no-vedad absoluta de la escuela de Santa Dorotea. Y con plena razón histórica se la debe conside-rar como la pri¬mera escuela popular gratuita de Europa, como recordó L. von Pastor en su mo¬numental ¨Historia de los Papas¨.

No era, sin embargo, una mera «obra social», sino funda¬mentalmente una «obra de Iglesia», para la que se reque¬ría una especial vocación divina. Y así la pre¬sentó el P. Berro: «Visto que en Roma, entre tantas obras de cari¬dad, no había manera de hacer nada en favor de los po¬bres pequeños, pensó [Calasanz] que Dios le había dejado a él tal encargo. Y confiado en su Divina Majestad, se so¬metió a su divino querer con tal afecto, que creyó sería lo más acepto a Dios y más provechoso para los niños amaestrarlos en la piedad cristiana con el cebo de las le¬tras. Y por lo mismo se resolvió a abrir las escuelas, como lo hizo efectiva¬mente». (7) No po-dían faltar, empero, quienes vieran ese momento vocacional envuelto en un halo místico, y dejaran oír de nuevo la misteriosa voz que ya en España le había dicho: «José, ve a Roma». Y esta vez es el P. Castelli quien pintó esta sugestiva escena: ¨Para obedecer al impulso divino se vino a Roma, y des¬pués de algunos días, pasando por una plaza, que no re¬cuerdo cuál fue-se, vio una multitud de muchachos extra¬viados que hacían mil diabluras, incluso lan¬zando pie-dras a los transeúntes, y oyó como si una voz le dijera: Mira, mira. Y resonando más y más en su conciencia, mientras miraba, buscando el sentido de la voz misteriosa, le vino al pensa-miento la siguiente reflexión, que venían ru¬miando sus labios secretamente: Quizá el Señor quiere que me haga yo cargo de estos muchachos. Y desde aquel instante no pensó sino en prestar ayuda a aque¬llos niños tan mal educados. Y crecíale de día en día aquella preocu¬pación, hasta que la plasmó en su Instituto¨. (8)

La vigilia de Navidad de 1598, el Tíber se salió de madre ocasionando una de las más catastró-ficas inundaciones de la historia de Roma. El número de víctimas mortales fue de 1.400 según unos y de 4.000 según otros. Los daños se calcularon en dos millones de escudos de oro. Y quienes sufrieron las consecuencias más amargas fueron sin duda los pobres, muchas de cuyas casas se las llevó la co¬rriente enloquecida. Uno de los barrios más afectados fue el Tras¬tévere. A dos pasos del río está Santa Dorotea, cuya escuela sintió igualmente los bandazos de la inundación. Y restauradas de nuevo las aulas, después de la tormenta, continua¬ron normal-mente las escuelas.

El número de alumnos, los gastos que ocasionaba todo aquello, la necesidad de una mayor re-gularidad y asisten¬cia de los maestros, desbordaba ya las previsio¬nes de Cala¬sanz, que sentía gran preocupación por la continui¬dad y estabilidad de la obra. Uno de sus más incondiciona¬les colaboradores era Marco Antonio Arcan¬geli, miembro de la cofradía de la Doctrina Cristiana, como lo era Cala¬sanz. Pero como este último no partici¬paba en las congregaciones o asam-bleas, encargó a su amigo Arcangeli que propusiera la conveniencia de que la cofradía tomara bajo su protección como cosa propia la escuela de Santa Dorotea. El 10 de junio de 1599 la congre¬gación secreta acogió la idea favorablemente, pero remitió la decisión definitiva a la congregación pú¬blica, la cual, en su reunión del primero de agosto, prome¬tió ayudar en lo po-sible aquella «obra de tanta caridad», pero no quiso aceptarla como cosa propia a causa del reducido número de socios. (9)

El 26 de febrero del Año Santo 1600 murió D. Antonio Bran¬dini, párroco de Santa Dorotea, y antes de que nom¬braran al nuevo, tomó Calasanz la decisión de trasla¬dar las escuelas al inter-ior de Roma. La razón más poderosa de este tras¬lado la expresaba en una carta de 1644 Con estas palabras: «Me decidí, cuando murió el Párroco que nos prestaba una salita y una habita-ción [en la planta] baja, a meterlas en Roma, conociendo la gran pobreza que había por haber visi¬tado yo, siendo de la Cofradía de los Santos Apóstoles, durante seis o siete años todos los barrios de Roma». (10) La procedencia de los niños le hicieron ver que para comodidad de to-dos ellos era mejor instalar las escuelas hacia el centro de la ciudad y no man¬tenerse en el barrio periférico del Transtíber, pues no sólo había pobres allí, sino en toda Roma.

Las nuevas escuelas fueron instaladas en una casa «junto a la fonda llamada del Paraíso», cer-ca de la popular plaza de ‘Campo dei Fiori’. Y de todos los colabora¬dores que había tenido en Santa Dorotea, sólo le siguió uno: Marco Anto¬nio Arcangeli. Ni la parroquia de Santa Dorotea como tal ni la Cofradía de la Doc¬trina Cristiana intervienen en este traslado. Lo efectúa Cala-sanz sintiendo la plena res¬ponsabilidad y paternidad de aquella obra nueva de las escuelas, que todavía no tienen nombre propio.

Las «Escuelas Pías»

De la permanencia de las escuelas en la llamada todavía hoy plaza del Paraíso dejó escrito Calasanz lo siguiente: «Al principio del Año Santo próximo pasado de 1600, desde Santa Doro-tea fueron cambiadas las escuelas de¬ntro de Roma en una casita junto a la fonda del Paraíso, por la que se pagaba de alquiler 56 escudos al año, y como los alumnos crecían en número, fue necesario coger otra cercana de 100 escudos anuales de alquiler, en la que concurrían cerca de 500 alumnos, y en estas dos ca¬sas permanecieron las escuelas casi dos años». (11) Los niños cier¬tamente no pagaban nada, pero Calasanz debía preocuparse de pagar no sólo el alquiler, sino también los materiales para las clases y también el salario de algu¬nos de los maestros, pues no todos colaboraban gratuita¬mente en esta tarea. Los fondos debían aumen-tar, pues no bastaban ni podían durar siempre los que prove¬nían de su propio peculio y patri-monio. Estas dificultades le ani¬man a intentar por segunda vez que la Cofradía de la Doc¬trina Cristiana acoja como obra propia las escuelas. Y recurre de nuevo a su amigo y fiel colabora-dor Marco Anto¬nio Arcangeli, quien en la congregación secreta del 27 de marzo de 1601 pro-pone que si la cofradía asume bajo su protección las escuelas, proveyéndolas de todo lo nece-sario, la escuela «se llamaría Obra de la Doctrina Cris¬tiana, y no de otro modo, a lo que res-pondió dicha congregación no querer asumir el tal asunto por no encon¬trar el modo de poder hacerlo, pero que la ayudaría en todo lo que estuviera en su mano». (12)

Era ya la segunda intentona y había fracasado de nuevo. Desde la primera nega¬tiva había in-tensificado Calasanz su actividad en la archicofradía para poder ga¬narse con¬fianza y el agra-decimiento de todos y a la vez merecer ser elegido para altos cargos. De hecho, desde princi-pios de 1600 forma parte de la congregación secreta y desem¬peña los cargos de visitador de enfermos seglares; se le encarga el cuidado de catequizar a los gitanos; se le nom¬bra visitador ordinario de las escuelas de niños y ni¬ñas que tenía la cofradía, etc. Y tres meses después de la segunda negativa, presenta su candidatura para presi¬dente de la archicofradía, con la in-tención de hacer que se acepten sus escuelas como obra propia en caso de ser elegido. La vo-tación se tuvo el día primero de julio de 1601, pero obtuvo el tercer puesto.

Todo parecía haber sido inútil, mas en realidad fue provi¬dencial, pues de haber conseguido su intento, no hubie¬ran surgido nunca «las Escuelas Pías», dado que aquellas escuelas de la plaza del Paraíso hubieran sido Simple¬mente una obra pía de la Archicofradía de la Doctrina Cris¬tiana, cuyos avatares históricos hubiera seguido. Sin embargo, al fracasar por tercera vez su intento de enco¬mendar aque¬llas escuelas a dicha cofradía, comprendió que la única manera de conservar¬las era encargarse él personalmente de ellas. Y así lo hizo. A raíz de esta ter¬cera negativa, pensó en dar nombre propio a la obra cuya paternidad sentía en el alma, y las llamó «Escuelas Pías». La primera vez que aparece este nombre, que sepamos, es el 4 de abril de 1602, en que el colaborador de Cala¬sanz, el sacerdote florentino Juan Francisco Fiammelli, al editar su obra ¨Il Principe Cris¬tiano Guerriero¨, se llama a sí mismo «Hermano de la Congrega-ción de las Escue¬las Pías». Pero, naturalmente, no empieza a serlo en esa fe¬cha, sino antes. Proba¬blemente la creación de esta «Con¬gregación» tuvo lugar en la segunda mitad del año ante¬rior, es decir, después del fracaso de la candidatura de Cala¬sanz para presidente de la Cofradía de la Doctrina Cristiana. En un decreto del Consejo Secreto Capitolino del 26 y 27 de agosto de 1602 se habla también de las «Es¬cuelas Pías», a las que se conceden 25 escudos de limosna. Las actas oficiales de la mencionada Archicofra¬día de la Doctrina Cristiana, en 1603, hablan de «los Pa¬dres de las Escuelas Pías». (13) Algo nuevo había surgido ya en la Iglesia de Dios, con matices distintos de lo que fuera la escuela gratuita de Santa Dorotea.

Protectores y contratiempos

El continuo aumento de alumnos hizo de nuevo insuficien¬tes los locales y fue necesario otro traslado de las escuelas. Por 200 escudos anuales alquilaron la casa de Mons. Vestri, contigua a la iglesia de San Andrés della Valle. Este monse¬ñor era secretario de Breves y tiempo le faltó para informar al Papa Clemente VIII de la maravi¬llosa obra de las Escuelas Pías que tenía ins-taladas en su propia casa. Interesado por la noticia, el Papa encargó a dos cardenales para que visita¬ran las escuelas y le informa¬ran ampliamente. Los comisionados fueron el carde¬nal Baronio, uno de los hombres más cultos de su época y discípulo fiel de San Felipe Neri, y el cardenal Silvio Antoniano, cuya obra impresa ¨Tres libros de la edu¬cación cristiana de los hijos¨ (1584) le acreditaban como uno de los más exi¬mios pedagogos de su tiempo. El informe de la visita debió de ser muy elogioso, pues el Papa ordenó a su limosnero que pagara todos los años los 200 escudos de alquiler de las Escuelas Pías.

El primer gran bienhechor fue, pues, Clemente VIII, cuyo ejemplo siguieron otros. El P. Berro escribe: «Los Bien¬hechores principales eran los Emos. Card. Aldobrandini, que daban cuantio-sas limosnas, y particularmente el Sr. Card. de San Cesario y el Sr. Card. Montalvo, nepote de Sixto V, que asignó doce escudos mensuales, el de San Jorge y muchos otros Sres. Cardenales… y Titulados roma¬nos y forasteros». (14) Se consiguió igualmente una ayuda de los conservado-res del Capitolio.

La benevolencia y protección de Clemente VIII fue más allá de la simple limosna, pues quiso recibir en audiencia particular a Calasanz, y al menos de viva voz aprobó lo que había empe-zado ya a llamarse «Congregación de las Escuelas Pías». Se intentó también conseguir un bre-ve apostólico de aprobación oficial, pero parece ser que no llegó a obtenerse. No obstante, la documentación poste¬rior consideró que las Escuelas Pías, como congregación, había surgido y había sido aprobada por Clemente VIII. Y fue, sin duda, en este período de la residen¬cia en casa de Mons. Vestri cuando el grupo de colaboradores de Cala¬sanz em¬pezó a organizarse co-mo miembros de una congre¬gación religiosa, aunque sin votos El director nato de todo el gru-po fue Calasanz desde el principio. En un Me¬morial de 1622 escribió: «Y para que dichas es-cuelas fueran guiadas con orden y provecho de los pobres alum¬nos, apenas fueron introducidas en el interior de Roma fue elegido por todos los operarios superior el dicho José [Calasanz] de la Madre de Dios». (15) En 1602, aprove¬chando tal vez la marcha del cardenal Asca¬nio Colonna a España al ser nombrado virrey de Aragón, abandonó su palacio el P. José Calasanz y se tras-ladó a vivir a la recién adquirida casa de monseñor Vestri, li¬gando así su vida definitivamente a la suerte de sus escuelas. De esta época son también una especie de «Reglas comunes», lla¬madas «Órdenes que deben obser¬var los Operarios», en las que se trazan las líneas generales de la convivencia, reconociendo como superior al «Prefecto», cuya licencia deben pedir para salir a la calle, para visitar a algún alumno en su propia casa, para recibir regalos, etc.-. Se habla de oración mental y otros ejercicios en común, así como de la misa diaria y comunión dominical para los no sacerdotes.

Estas «Reglas» brevísimas forman parte de un amplio in¬forme en el que se descri¬ben las prác-ticas, métodos y en¬señanzas que se tenían en las escuelas y pone de mani¬fiesto la madurez de organización conseguida en tan po¬cos años y la plasmación de los ideales educativos de la nueva institución. Del éxito de la empresa nos dan fe los 700 niños que acudían a las escuelas ya en julio de 1602, como afirma uno de los colaboradores. (16) Por él sabe¬mos también que en ese año se bendijo y colocó una cam¬pana para regular el horario de clases. Y un día de 1603 subió a arreglarla el P. José Calasanz, y dando un traspié sufrió una muy aparatosa caída, rompiéndose una pierna, de cuya fractura se resintió toda la vida. Según el P. Berro, la caída hubiera debido ser mortal «y, como afir¬maron los vecinos, fue visiblemente cogido por una sombra y lanzado a plomo al patio de las escuelas». (17) De nuevo aparece sobre esta espada-ña romana la sombra maléfica del demonio, que quiso acabar con su vida en el olivar de Peral-ta. Y en ambos casos salió derrotado, como símbolo de la otra derrota de orden espiritual que sufriría el maligno con la institución de las Escuelas Pías. Son dos pinceladas hagiográficas que se complementan. Las conse¬cuencias de la caída, sin embargo, fueron tangibles, pues Cala-sanz tuvo que guardar reposo durante algunos meses y nombró prefecto provisional a D. An-drés Basso.

Nuevo traslado de las escuelas: «De dicha casa —escribe Calasanz en 1622— que hoy tienen dichos Padres de San Andrés della Valle, se cambiaron las Escuelas Pías a la Plaza de San Pan-taleón, a la casa del Sr. Octavio Mannini, el día 1º de noviembre de 1605, por la que pagaban 350 escudos de alquiler, donde habitaron casi siete años, y Su Santidad Pablo V, de feliz me-moria, ayudó siempre en dicho alquiler». (18) En esta nueva residencia llegaron a 800 los alumnos.

El aumento de alumnos multiplicaba también los gastos, y los fondos parecen dis¬minuir nota-blemente, hasta el extremo de que tienen que pedir en 1606 licen¬cia al Papa para mendigar limosnas para las Escuelas Pías. Por lo visto, la munificencia de los antiguos bienhechores ha menguado y empiezan tiempos nue¬vos de escasez y po¬breza, que prácticamente durarán ya siempre. Y lejos de sentir esa pobreza como una desgracia, se considerará luego, al fundarse la Or¬den, como elemento distintivo y venerable. A fin de cuentas, los pobres eran la razón de su existencia y era necesario participar de su pobreza.

La afluencia masiva de muchachos a las Escuelas Pías y la fama que habían conse¬guido éstas ante la curia romana excitaron la envidia y los intereses de los maestros de barrio, que veían vaciarse sus escuelas y mermar sus entra¬das men¬suales. Por otra parte, la perfecta organiza¬ción didáctica de las Escuelas Pías dejaba en la sombra los métodos y posibilidades de las es-cuelas de barrio. Por todo ello, los maestros, resentidos, junto con ¨otras es¬cuelas¨, desenca-denaron una campaña de denigración contra las Escuelas Pías, llegando sus memoriales calum¬niosos hasta las más altas esferas vaticanas. Pablo V se conmovió, te¬miendo que tantas acusa-ciones pudieran te¬ner fundamento, y nombró a los carde¬nales Peretti Mon¬talto y Aldobrandini para que visitaran las Escuelas Pías y le informaran debidamente. Ambos purpurados eran ami¬gos y bienhechores desde hacía años. La visita de inspec¬ción disipó las dudas del Pontífice, como también debió de influir mucho a favor de las calumniadas escuelas con sus bue¬nas pa-labras el P. Juan de Jesús y María, carmelita descalzo, gran amigo de Cala¬sanz y admirador de su labor educativa, que escribió también una obra pedagó¬gica, inspirada por Calasanz y sus escuelas, y que tituló ¨Liber de pia educatione sive cultura pueritiae¨. La tormenta, pues, había pasado; pero muy serio llegó a ser el peligro si todavía en 1625 lo mencionaba Calasanz como el princi¬pal aconte¬cimiento ocurrido a las Escuelas Pías desde su entrada en Roma, di-ciendo: «El Instituto de Es¬cuelas Pías, introducido en Roma al principio del Año Santo de 1600, tuvo su origen en la iglesia de Santa Doro¬tea, junto a la puerta Septi¬miana, y no obstante las perse¬cuciones e impedimentos que le procuraron los maes¬tros de los barrios y otras escuelas, ha ido siempre creciendo y avanzando al servicio y para la erudición de los pobres mucha-chos». (19) Por esta y otras razones se pidió al papa Pablo V que nombrara un cardenal pro-tector de las Escue¬las Pías, y con breve del 24 de marzo de 1607 fue designado el cardenal Ludovico Torres, que murió dos años más tarde.

Los colaboradores de primera hora

Los años en que Calasanz actuó como cofrade de la Doc¬trina Cristiana (1597-1605) le sirvieron como valiosa expe¬riencia para aprender métodos y prácticas catequéti¬cas, que luego aplicó tanto en la enseñanza del catecismo como en otras materias didácticas de sus escue¬las de po-bres. Pero también fueron años fecundos para su naciente institución por la colaboración y ayuda de muchos cofra¬des, algunos de los cuales dieron su nom¬bre a la nueva Congregación, como fueron el ya recor¬dado sacerdote florentino Francisco Fiammelli, que vol¬verá a aparecer relacionado con la fundación de las Escue¬las Pías en Florencia, y otro sacerdote de Vicenza, D. Gellio Ghellini, cuya santidad de vida admiró Calasanz los pocos años que lo tuvo en su com-pañía (1602-1605).

Uno de los problemas más serios y que preocupó profun¬damente a Calasanz hasta la elevación de su Instituto a Orden religiosa fue la inestabilidad de sus cola¬boradores. Para unos se hacía insoportable el ambiente de pobreza y casi miseria que se respiraba en aquella naciente con-grega¬ción; para otros, lo insopor¬table era el ministe¬rio de la enseñanza en sí mismo, agravado por la especial calidad de los alumnos, todos ellos pobres y a los que se exigía incluso un certi-ficado de sus párrocos en que cons¬taba la auténtica pobreza de los pa¬dres; otros abandona¬ban la obra, pues, como lamentaba años más tarde Cala¬sanz, «muchos después de haber aprendido bien el modo de enseñar, se iban a hacer escuela por interés a otras partes, dado que en di-chas escuelas pías no les daba más que la comida y la habitación». (20) Por estas y otras razo¬nes, durante los años 1604-1612 hubo 73 colaborado¬res, de los que murieron ocho o nueve, fieles a su voca¬ción, y abandonaron las Escuelas Pías unos 54. (21) De esta época primitiva, anterior a la llegada a San Panta¬león, sólo tres permanecieron junto a Calasanz hasta la muer-te, cuando el Instituto era ya Congregación Reli¬giosa, canónicamente aprobada, y fueron: Lo-renzo Santi¬lli. Gaspar Dragonetti y Glice¬rio Landriani. Digamos algo de los dos últimos.

De Gaspar Dragonetti decía Calasanz en 1622: «Desde el año 1603 vino a ayudar a dicha obra un viejo venerando de mucho espíritu, el cual había tenido escuela de gramá¬tica y humanida-des en Roma quizá durante más de años y ahora se en¬cuentra en sus 110 años de edad y ha perseverado siempre y persevera teniendo escuela con las mismas fuerzas como si fuese joven con gran provecho de los alum¬nos. Se llama Gaspar Dragonetti, y es de Leon¬tino, en Sicilia». (22) Nunca se decidió a entrar en la con¬gregación y luego Orden de las Escuelas Pías, ni pasó tam¬poco de la categoría de simple clérigo, pero fue consi¬derado como un reli¬gioso más, su-mamente apre¬ciado por todos, especialmente por Calasanz. Se distin¬guió entre otras cosas, por su sincera devoción a la Virgen y su infantil vene¬ración por el misterio de la Navidad. Res¬pecto a la primera, todavía hoy se conserva una pre¬ciosa imagen, por él adquirida, junto al oratorio interno de la casa romana de San Pantaleón; y respecto a lo se¬gundo, a él se debía un artístico belén instalado en la igle¬sia, junto al cual quiso ser enterrado.

Entre las anécdotas más deliciosas de su vida se cuenta que al pasar un día el papa Urbano VIII por delante de la iglesia de San Pantaleón, le llamó la atención la venera¬ble figura de un an-ciano mezclado en un grupo de niños y preguntó quién era. Le respondieron que era el P. Gas-par Dragonetti, que daba clase de latín en las Escuelas Pías. El Papa le hizo llamar y se intere-só por probar sus conoci¬mientos humanísticos, pidiéndole que fuera a palacio para exponer algún pa¬saje de Virgilio. Se presentó el viejo en el Vaticano y en presencia del Papa y de otros curiosos empezó, como si estuviera ante sus alumnos: «¡Atención, mucha¬chos!»

No estuvo nunca de acuerdo con la extrema pobreza en que se vivía, y tal vez por ello se re-sistió a emitir los vo¬tos religiosos. Durante los tiempos heroicos en que se em¬pezó a pedir li-mosna pública para las Escuelas Pías, el pobre viejo manifestó cierto día sus protestas man-dando a casa a todos sus alumnos. Pre¬guntó Calasanz lo que había pasado y el P. Gaspar le respondió que aquello no podía seguir así; todo eran deudas; no podía soportar tanta pobreza. Calasanz hizo poner en público un cepillo con esta inscripción: «Limosna para las Escuelas Pí-as». Al fin de la jornada, llamó Calasanz al anciano Dragonetti y abrieron con emoción la caja: encontraron 40 escudos de moneda corriente y un póliza de dos¬cientos para cobrarla en el Banco Bonanni. No se pudo averiguar el nombre del donante, pero sí admirar conmovidos la mano de la Di¬vina Providencia.

Lleno de méritos y llorado por todos murió el venerable anciano a la increíble edad de ciento quince años en 1628.

En abierto contraste con este anciano hubo otro perso¬naje famoso, muy joven de edad pero que superó en santi¬dad a todos aquellos que fueron los primeros compa¬ñeros de Calasanz: fue Glicerio Landriani, a quien solían llamar «el P. Abad», por ser efectivamente abad comenda¬tario de San Antonio de Piacenza. Era milanés, de noble familia, emparentada con San Carlos Borromeo. Al llegar a Roma entró en el círculo piadoso del extrava¬gante sacerdote portugués Francisco Méndez, quien enco¬mendó a todos sus seguidores, cuando se volvió a España, al P. Domingo Ruzola, carmelita descalzo, español, confe¬sor y admirador de Cala¬sanz. Y por ese medio llego Lan¬driani con cinco compañeros a conocer e ingresar en la Escuelas Pías. Fue un catequista extraordinario, cuya acti¬vidad no se limitó a las escuelas propias, sino que trascen-dió a muchas parroquias de Roma. Fue un alma angelical, sumamente enamorado de la pobre-za; en sus méritos y excelen¬tes dotes puso su esperanza Calasanz, pero murió durante el novi-ciado en 1618 en olor de santi¬dad. Su causa de beatificación fue introducida ya por mismo Santo Fundador oficialmente.

Hubo otro colaborador de primera hora, seglar y casado, que se llamaba Ventura Sarafellini. Fue un calígrafo ge¬nial, al que se deben las monumentales letras que compo¬nen la inscripción en el anillo interior de la cúpula de San Pedro, que dice: «Tu es Petrus, etc.» En 1618 firmó Calasanz un contrato de trabajo, exigiéndole que «deba servir dando clase de escritura por todo el tiempo de su vida en las escuelas de nuestra Congregación … sin exigir nada a los alumnos que vienen a nuestras escuelas» y fijando el salario y los beneficios, incluso espiritua-les, que le concedía, dado que ¨ha servido en lugar desde el principio que empezó esta bendi-ta obra de las Escuelas Pías con grandísima perseverancia y amor¨. (23) Fue, efec¬tivamente, maestro de los alumnos y de los religio¬sos, probablemente también del Fundador, cuya cali-gra¬fía, ya excelente desde España, debió perfec¬cionar. El Sr. Sarafellini se mantuvo fiel a sus compromisos con los esco¬lapios hasta su muerte, ocurrida en 1664. Su caso constituye uno de los ejemplos elocuen¬tes del espíritu amplio y providente de Calasanz, que buscó para sus es¬cuelas y sus religiosos a los mejores maestros que pudo encontrar, como hará luego con las dos controvertidas figuras de Galileo, como maestro de matemáti¬cas, y de Tomás Campanella, como profesor de filosofía. Y tan grande como ellos en su propio campo, fue Ventura Sarafe¬llini.

Traslado definitivo: San Pantaleón

No era muy plausible que las Escuelas Pías cambiaran de sede con tanta frecuen¬cia y siempre en locales alquila¬dos, dando a la obra un sentido de inestabilidad e interini¬dad. Era necesario decidirse a comprar una sede fija, propia y cómoda. El P. Ruzola, siempre preocupado por el bien del Instituto, persuadió a Calasanz de esta idea y se encargó él mismo de buscar una nueva casa, que encontró muy cerca, a la otra parte de la plaza, conti¬gua a la iglesia de San Pantaleón. La vende¬dora fue D. Victoria Cenci, marquesa de Torres, y los compradores «el Rec¬tor, los Padres y Hermanos de la venerable Congre¬gación de las Escuelas Pías de la Urbe», esto es: «el R. P. José Calasanz, presbítero de la diócesis de Ur¬gel, Rector; R. P. Lorenzo San-tilli, presbítero de la dióce¬sis de Spoleto; R. P. Escipión de Santis, presbítero de la misma dió-cesis; R. P. Virgilio Marcelli, presbítero de la diócesis de Firmio; R. P. Gaspar Dragonetti, clé-rigo de la diócesis de Leontino; R. D. Glicerio Landriani, Abad de San Antonio de Piacenza; y los Hermanos Juan Gar¬cía del Castillo, clérigo de la diócesis de Segovia; Tomás de Victo¬ria, clérigo de la diócesis de Sevilla; Diego López, clérigo de París; Francisco Franchi, clérigo de la diócesis de Spoleto y Juan Martín o Martini, foriense». (24) Eran, pues, cua¬tro sacerdotes, seis clérigos y otro no califi¬cado, y esos once formaban «toda la Congregación», como se dice ex-presamente. (25) De todos ellos, además de Cala¬sanz, formarán parte de la futura Congrega-ción paulina de las Escuelas Pías, canónicamente erigida, Santi¬lli, Landriani, García del Casti-llo (que será el se¬gundo General de la Orden y sucesor de Calasanz), Victo¬ria y en cierto modo Dragonetti.

La casa de San Pantaleón, como se la empezó a llamar entonces, costó diez mil escudos, que fueron pagados gracias a la generosidad de los cardenales Giusti¬niani y Lancellotti y otras ayudas, entre ellas la aportación patri¬monial de Glice¬rio Landriani, que si directamente no se empleó para extinguir esas deudas, se destinó a los no pocos arreglos que tuvieron que hacer-se, pues el inmue¬ble era viejo y muy necesitado de reparaciones y adapta¬ciones para sus nue-vas finalida¬des.

La iglesia adjunta era parroquia cuando se adquirió la casa, pero en 1614 se conce¬dió a las Escuelas Pías el uso perpetuo, conservando la dedicación parro¬quial. En 1615 se abrió una puerta para que los alumnos y religiosos, sin tener que salir a la calle, pudieran pasar a la iglesia direc¬tamente desde el patio de las escuelas. Finalmente, en 1623, Gregorio XV supri-mió la cura de almas en dicha iglesia y la concedió a las Escuelas Pías en uso perpetuo.

En los bajos de la casa mantuvo Calasanz el alquiler e dos tiendas, que ya exis¬tían cuando los marqueses de Torres adquirieron el edificio. Los demás locales estaban dedica¬dos a escuelas. Con todo, es difícil admitir que, conociendo hoy la capacidad del inmueble y no teniendo en-tonces tantos pisos como ahora, pudiera acoger en sus aulas a 1.200 alumnos en 1614 y 1.500 en 1619. (26)

Este venerable conjunto histórico de la casa e igle¬sia de San Pantaleón sería el escenario de muchos acontecimientos felices e infaustos, de gloria y de calvario, tanto para el Santo Fun-da¬dor como para su Orden. Por todo ello se converti¬ría con el tiempo en el símbolo y centro espiri¬tual de toda la corporación y en santuario entrañable de los re¬cuerdos y de la presencia sen¬tida de Calasanz a través de los siglos.

Notas

1 BAU BC, p.265-266.268-272.276-278; A. GARCÍA-DURÁN, O.C., p.68-70, nt.409 y 412.
2 GARCÍA-DURÁN, o.c., p.7O, nt.412.
3 Ibid., p.71, nt.420.
4 Ibid., p87, nt.465.
5 SÁNTHA, Ensayos p.55.
6 EGC, II, c.132a.
7 BAU, BC, p.277-278.
8 Ibid., p.268
9 SÁNTHA, Ensayos p.42.
10 EGC, VIII, c.4185.
11 EGC, II, c.132a.
12 A. GARCÍA-DURÁN, oc., p.91, nt.476.
13 Eph. Cal. 6 (1958) 159, nota 18.
14 A. GARCÍA-DURÁN, o.c., p98, nt.497.
15 EGC, II, c.132a.
16 EC, p.1552 (Gellio Ghellini).
17 A. GARCÍA-DURÁN, o.c., p.110. nt.559.
18 EGC, II, c.132a.
19 Ibid., c.380a.
20 Ibid., c.132a.
21 SÁNTHA, Ensayos p.136-137.
22 EGC, II, c.132a.
23 SANTHA (BAC) p.144, nt.17.
24 SÁNTHA, Ensayos p.257.
25 A. GARCÍA-DURÁN, oc., p.118, nt.587.
26 SÁNTHA. Ensayos p.263 EGC, VIII, p.451.



1 Comment

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April Cluster
May 8, 2012 18:59

I’m writing to you today because through Gods grace i’ve been able to read so many great things about Calasanz. This is due to the fact that i own or should i say unknowingly bought his cross he wore around his neck. This is his true small cross which contains is Ex.Ossibus (small pieces of his bones from after his death)- Siervo dela Divinia Misericordia Beato. Hopefully this is spelled correctly. I am also poor but would love to speak in greater depth on the subject. I have so many questions. I hope to be hearing from someone soon. With much gratitude…….. April

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