sJC (Biografía) - S. Giner - Written by Archivo Calasanz on Lunes, Junio 8, 2009 15:52 - 0 Comments

S. JOSÉ CALASANZ (Severino Giner) - C7: De congregación secular a orden religiosa

ÍNDICES

CAPÍTULO 7
DE CONGREGAClÓN SECULAR A ORDEN RELIGIOSA

La unión con la Congregación de Lucca

En estos años cruciales en que «la venerable Congregación de las Escuelas Pías de la Urbe» va ahondando sus raíces en suelo romano y pasando lentamente de su estado de simple congregación secular o asociación piadosa sin votos hasta el de Orden religiosa de votos solemnes, tuvo una influencia decisiva el P. Domingo Ruzola, prior del convento trasteverino de la Scala. Ya le vimos dirigiendo los pasos de Glicerio Landriani y sus compañeros hacia las Escuelas Pías y también interviniendo en la adquisición de la casa de San Pantaleón para sede definitiva de las escuelas. A finales de 1612 consigue que el Card. Benedicto Giustiniani, de quien era confesor y director espiritual, aceptara ser el protector de las Escuelas Pías, sucediendo en el cargo al Card. Torres, que había muerto en 1609. Pablo V firmó el nombramiento el 12 de enero de 1613. La protección de Giustiniani dejó huella profunda y memoria imperecedera en las Escuelas Pías.

Apenas nombrado protector, pidió a los padres de la iglesia de Santa María in Portico que designaran a alguien como confesor de los niños de las Escuelas Pías, añadiendo: «Estas escuelas caerán un día sobre vuestras espaldas, porque el P. Prefecto es de edad e indispuesto y si él muriese antes de que se proveyera a esta obra, habría peligro de disolverse». (1) Pertenecían a la Congregación llamada de Lucca por la ciudad toscana en que ha surgido. Su fundador, Juan Leonardi, había sido muy apreciado por Giustiniani y también por Calasanz, quien intervendrá como testigo en su proceso de beatificación de 1639 diciendo «haberle conocido en tiempo de Clemente VIII con quien tuvo trato íntimo mientras estuvo en Roma hasta su muerte»; más todavía, «me acuerdo – añade - que [Clemente VIII] lo eligió para apaciguar ciertas diferencias y pretensiones que habían surgido entre ciertos gentiles hombres seglares y los maestros de las Escuelas Pías, lo cual fue de mucha utilidad en aquella ocasión para la obra de las Escuelas Pías». (2) Estos antecedentes sirvieron de base para el mutuo entendimiento entre ambas congregaciones.

Calasanz se sentía viejo a sus cincuenta y seis años cumplidos y la perpetuidad de sus escuelas le volvía a preocupar seriamente. Por segunda vez en su vida buscaba una corporación ya sólidamente establecida para encomendarle su obra. La primera vez, apenas nacida, intentó entregarla a la Cofradía de la Doctrina Cristiana, y fracasó. Desde entonces habían pasado unos doce años y desfilado por sus aulas cerca de 80 colaboradores, la mayor parte de los cuales había abandonado la obra por diversas razones. En aquel verano de 1613 eran once los que formaban la Congregación de las Escuelas Pías, pero ni Calasanz ni el P. Ruzola, ni el Card. Giustiniani debían concebir muchas esperanzas en la continuidad y estabilidad de aquel grupo, y la avanzada edad de Calasanz dejaba todavía más incierto el futuro. Después de mucho cavilar llegaron a la conclusión de que debían tratar con los padres luqueses para encomendarles las Escuelas Pías. Y así se lo comunicó personalmente Giustiniani a los de Santa María ‘in Portico’.

El general de la congregación, P. Alejandro Bernardini estaba en Lucca, y al tener noticia de la propuesta del cardenal, la comunicó a sus compañeros, «a los cuales – dice — agradó muchísimo y de común acuerdo juzgaron que no se debía dejar perder aquella ocasión, parecía mandada por Dios para sacar la congregación del fango y servidumbre». (3) En términos más realistas, así se expresaba Calasanz: «El año 1614 los Padres de la Congregación de Lucca, viendo que por espacio de 40 años su congregación no había crecido a más de 40 o bien 50 personas, pensaron que para hacer Religión [Orden de votos solemnes] a su congregación no había medio más oportuno que unirse con el instituto de las Escuelas Pías juzgándolo el más útil y necesario de todos los otros…». (4) La fama y el aprecio universal de que gozaban ya las Escuelas Pías sería un trampolín para elevar de rango a la Congregación de Lucca.

A principios de octubre el P. Bernardini se puso en camino hacia Roma para tratar el asunto personalmente. En sus entrevistas con Giustiniani y Ruzola expuso claramente los motivos que le impulsaban a aceptar la unión, como recuerda en sus memorias: «Hablamos… con el Sr. Card. Giustiniani y con el P. Domingo y les expusimos nuestro deseo de llevar la congregación al estado de religión formada. Todos ellos nos animaron mucho y se nos dieron grandes esperanzas de conseguir este intento de religión porque considerando ellos cuán útil era este instituto [de las Escuelas Pías] en la santa Iglesia… decían que este cuidado sería un medio óptimo para obtener ese estado… Se tuvo el mismo consejo de otros prelados y religiosos de calidad e inteligencia y sabiendo que la obra [de las Escuelas Pías] era estimada por el Sumo Pontífice, por varios cardenales y señores de la corte y que era deseada por ciudades principales de Italia y fuera de Italia, se juzgó que con este medio la congregación podía ser elevada desde el polvo de la tierra en que había estado envuelta tanto tiempo a un estado bueno y perfecto para mayor servicio de Dios». (5)

En aquel invierno de 1613 se reunieron en el convento trasteverino de la Scala, en presencia del P. Ruzola, los representantes de la Congregación de Lucca junto con el P. General Bernardini y los de las Escuelas Pías, que fueron concretamente Calasanz, Landriani y Dragonetti, «en los que descansaba —dice Bernardini— toda la autoridad de la Congregación de las Escuelas Pías». (6) Y llegaron a un acuerdo, cuyo resultado fue dirigir al Papa una súplica para que uniera ambas congregaciones. Es curioso que como motivación de esta unión se ponga el acento en la «vejez» de Calasanz, que haría peligrar la perpetuidad de su obra, y nada se diga de la inconstancia sus colaboradores o del deseo de promoción de los luqueses. Admirable, además, es constatar el «juvenil» entusiasmo de Calasanz, que espera que su obra se difunda en todo el mundo», a pesar de que en este momento cuenta con una sola casa en Roma. Léase: «El Prefecto de las Escuelas Pías y el General de Santa María ‘in Portico’ humildísimos siervos de Vuestra Santidad, exponen que habiendo dicho Prefecto visto por experiencia de muchos años la suma utilidad y fruto de dichas escuelas, deseoso de perpetuarlas y aumentarlas no sólo en la ciudad de Roma, sino incluso en todo el mundo, y viéndose ya viejo, después de haber elevado muchas oraciones a Dios Nuestro Señor y tratado muchas veces con el P. Prior de la Scala, finalmente se ha convenido, con la voluntad y consentimiento del Ilmo. y Rvmo. Sr. Cardedenal Gustiniani Protector de dichas Escuelas Pías, con el predicho General y Padres de dicha Congregación, de encargarles este ejercicio y unirles las Escuelas Pías…». (7)

Esta unión se estipulaba con estas condiciones: 1) Calasanz seguiría siendo hasta su muerte el prefecto de las escuelas, viviendo él y sus compañeros según las Reglas propias que tenían, pero los que fueren admitidos en adelante seguirían las Constituciones de los de Lucca; 2) las Escuelas Pías de Roma se seguiría exigiendo a los niños el certificado de pobreza dado por sus párrocos, fuera de Roma no se exigiría dicho certificado; 3) que en todas partes se debería enseñar en las Escuelas por caridad y amor de Dios, sin recompensa ni donativo alguno; 4) en adelante la Congregación se llamaría ¨congregación de la Madre de Dios¨, en la que seguirían en vigor las Constituciones propias, salvo lo que estuviera en contra de este acuerdo. Y expresamente se pedía que quedara derogado un artículo de dichas Constituciones por el que se prohibía enseñar gramática y humanidades a los niños. (8)

Pablo V expidió el deseado breve el 14 de enero de 1614, concediendo todo lo pedido, pero evitando aludir a futuras fundaciones fuera de Roma, insinuadas en la súplica. El 17 del mismo mes aceptaban el breve oficialmente los padres luqueses y el 21 era nombrado rector de las Escuelas Pías de San Pantaleón el P. Pedro Casani, de las que tomó posesión el P. Bemardini el primer día de febrero, en presencia del Card. Giustiniani. Era sin duda un día feliz e histórico para todos. El nuevo rector escribía a su padre con fecha del 25 de enero, y entre otras muestras de entusiasmo le decía que el Card. Mellini, vicario del Papa, había dicho que las Escuelas Pías «si no es la obra buena número uno de Roma, con toda seguridad es la segunda»; y que el Card. Giustiniani decía que «de esta obra saldrá la reforma de la Iglesia»; y concluía Casani diciendo que «se precisan hombres de talla para esta obra altísima y sobre todo utilísima no sólo para Roma, sino para el mundo entero». (9)

Entre la ilusión y el desencanto

Todos respiraban satisfacción y optimismo: los unos por la esperanza de que su abatida congregación cobraría fama universal con aquellas Escuelas Pías, tan apreciadas en las altas esferas vaticanas, y llegaría así a conseguir muy pronto el rango de Orden religiosa; los otros al ver acrecentarse el número de los maestros comprometidos en aquella tarea, tan necesitada de nuevos brazos y confiando en la perpetuidad de las Escuelas Pías, asegurada por aquella joven congregación.

El nuevo rector, acompañado de un grupo de clérigos y hermanos, se instaló en San Pantaleón probablemente a primeros de febrero, después de la toma oficial de posesión. A mediados de mes se adquirió una casita situada entre la iglesia y las escuelas. Estos nuevos locales, y sobre todo el grupo de los recién llegados, hicieron concebir la esperanza de que podrían ser admitidos muchos más niños. Y, efectivamente, dice con satisfacción el P. Bernardini: «Cuando nosotros aceptamos las escuelas había cerca de 800 niños, pero al correrse por Roma la fama del buen orden, en poco tiempo aumentó el número a 1.200, de modo que las aulas resultaban pequeñas y los maestros no podían soportar tanta tarea». (10) No obstante, de todos los recién llegados, apenas si hubo alguno que se dedicó a dar clase. Su colaboración debió notarse particularmente en actividades de carácter pastoral como anota Bernardini: «Se constituyeron varias congregaciones de los alumnos según su edad, en las cuales se ejercitaban en los días festivos en varias devociones con mucho provecho». (11)

Aquel verano de 1614 se tuvo por primera vez una procesión a Santa María Mayor, en torno a la fiesta titular de las Nieves, en la que participaron unos 800 niños cantando por las calles las letanías y otros cantos marianos. Debió de ser un acontecimiento. Y no lo era menos el espectáculo que se repetía todos los días, mañana y tarde, al terminar las clases los niños eran acompañados a sus casas en filas bajo la tutela de alguno de sus maestros para preservarles de los peligros de la calle, no precisamente del tráfico. Con crudeza dicen los cronistas que «hombres viciosos, de los que está lleno el mundo tenían la osadía de intentar llevarlos a cosas feas y nefandas». (12) Todos aquellos 800 a 1.200 niños, pobres y mal vestidos, se aglomeraban en las plazuelas adyacentes a las Escuelas Pías y de allí salían en cinco largas y ordenadas filas hacia sus casas. Estos cinco itinerarios nos cercioran de que los niños provenían de todos los barrios de Roma: uno pasaba por el Panteón y llegaba hasta ‘Trinitá dei Monti’, o plaza de España; otro por el ‘Campo dei Fiori’ hasta el Transtíber; otro por el ‘Gesú’ a Santa María Mayor; otro por la calle ‘dei Banchi’ hasta San Pedro, y el último por la calle de la ‘Scrofa’ hasta la puerta o plaza del ‘Popolo’.

La iniciativa de esta práctica fue de Glicerio Landriani y empezó a realizarse en junio de 1615. El P. Prefecto Calasanz la recomendó vivamente a todos, pidiéndoles que ¨acogieran de buen grado este acto de caridad de acompañar a aquellos pobrecillos, haciendo el oficio de ángeles custodios y ejercitándose en la humildad de Cristo pues tendría gran mérito ante Dios¨. (13) Glicerio dirigía el grupo del Trastévere y Calasanz el que iba a la plaza de España. Tal vez peque de exagerado, como otras veces pero el cronista Caputi dice que Calasanz «acompañó siempre a los niños hasta el año 1642», (14) es decir, hasta sus ochenta y cinco años. Tanto Caputi como Berro recuerdan en sus Memorias que pasando un día por el Panteón o Rotonda el papa Pablo V en litera, se cruzó con la fila de niños que dirigía Calasanz, y parando el cortejo le llamó y se entretuvo con él en larga conversación.

Esta práctica pedagógica fue muy estimada por nuestro Santo, que la incluyó en las Constituciones de la Orden. (15) En algunas ciudades españolas no hace muchos años que los escolapios seguían todavía esta costumbre, hasta que el complicado tráfico moderno acabó con ella.

El 13 de marzo de aquel año 1614 escribía el marqués de Ariza una carta a Calasanz pidiéndole que fueran «a fundarse en su tierra las escuelas pías de Roma». Y al responderle en mayo, le decía el Santo: «Plegue a su Divina Majestad que encamine las cosas de tal manera que presto en su tierra de V. Illma. se vea fundada esta santa obra y en el entretanto yo no faltaré de hazer rogar al Señor a todos estos niños que passan ya el número de mil y dozientos». (16) Era — que nos conste expresamente — la primera petición de fundación que recibía Calasanz, y precisamente para su tierra de Aragón. Recibiría mucho más tarde peticiones nuevas para fundar en su diócesis de Urgel, y lo intentaría, pero murió sin ver realizado su sueño. Todavía en aquellos meses de 1614 llegaban noticias de que pedían Escuelas Pías en Milán y en Pescia, y se comentaba que «cuando quiera Dios darnos hombres, no faltará modo ni lugar de emplearlos». (17) La fama, pues, era un hecho, y las esperanzas enormes.

En junio de 1614 se consiguió el uso perpetuo de laiglesia adjunta de San Pantaleón para servicio de los niños, aunque seguía todavía con funciones parroquiales. Un año más tarde se compraron otras dos casitas que formaban bloque con las escuelas e iglesia. En el verano de 1616 obtuvieron también que se les instalara una fuente en el patio para uso de los niños, como concesión gratuita y para siempre, respetada hasta 1979.

Pero… las cosas, francamente, no iban bien. En octubre de 1614 hubo Dieta General en Santa María ‘in Pórtico’, y uno de los temas obligados fue la situación de las Escuelas Pías. Como no tenían datos suficientes, nombraron una comisión para que las visitara y diera un informe. Calasanz, como prefecto, les llevó de clase en clase y les expuso las necesidades más urgentes.

Ante todo, notaron que los alumnos habían bajado a 1.015 mientras en mayo se hablaba de 1.200. Este fuerte bajón a se debía probablemente al hecho de que los pocos luqueses que habían sido designados para maestros no habían aguantado hasta el final del curso, y fue necesario despedir a sus alumnos o incorporarlos a otros grupos. Con todo, de las once aulas o clases había cuatro con más de cien alumnos, mientras el ideal de Calasanz era que no pasaran de 50. Total, que hacían falta 25 maestros y otros tres auxiliares. Sólo había once en la brecha y de ellos ninguno era luqués.

Durante aquel curso «se oyeron con frecuencia, por parte de muchos externos [no luqueses] y aun a veces también de los de la congregación, quejas contra el estado de pobreza y contra el instituto de las escuelas». (18) En efecto, el aumento de alumnos no sólo había multiplicado las fatigas, sino también exigido la ocupación de nuevos locales, relegando a los moradores a ocupar celdas estrechísimas e incómodas, sobre todo en el calor insufrible del verano. La comida escaseaba también. Y todo ello fue causa, sin duda, de que muchos cayeron enfermos. Añádase la nota trágica de que murieron dos novicios y que uno de los clérigos que había dado clase tubo que retirarse enfermo a Lucca, donde murió a principios de 1615. Desde Lucca escribía alguien al P. Bernardini que «se sentía horror y espanto con sólo recordar Roma por las enfermedades que había habido, por los muertos y otras penas y fatigas sufridas». (19)

Para colmo de males, las limosnas empezaron a escasear y la casa de San Pantaleón estaba sobrecargada de deudas y gastos, pues además de los censos anuales que arrastraba desde su adquisición, debía pagar el papel plumas, tinta, libros, premios y demás material escolar que daba gratis a los alumnos; debía también abonar el sueldo al único maestro asalariado que se tenía, y era Sarafellini; debía alimentar y vestir no sólo a los que residían en San Pantaleón, sino también a los de la casa noviciado, recién abierta por los luqueses en el barrio de Trevi, etc. Todo lo cual suponía una suma ingente para aquella economía de pobres, sin rentas ni entradas fijas.

Lo que más debió de preocupar a Calasanz hacia finales de aquel curso fue el bajón sensible del alumnado y la escasísima o nula contribución de los luqueses en las tareas estrictamente escolares. Informó de ello al Card. Giustiniani, quien a finales de septiembre notificó a todos los luqueses, en vista del próximo Capítulo o Dieta General de octubre, que «tomaran muy a pecho las necesidades de las Escuelas Pías». (20) El informe dado por los visitadores movió la Dieta a aumentar el número de destinados a la casa de San Pantaleón, que fueron tres sacerdotes, cinco clérigos y cinco hermanos, confirmando al P. Casani como rector de la casa. Era un esfuerzo muy considerable, aunque probablemente no todos ellos fueron dedicados a las escuelas.

Si hubo desencanto para Calasanz al ver qué poca había sido la ayuda efectiva para sus escuelas, no lo hubo menos para los luqueses en su esperanza de conseguir el rango de religión. Durante aquel año 1614, el P. Bernardini logró que todos los religiosos aceptaran ciertas exigencias de pobreza, pues no era posible pretender ser Orden religiosa sin el voto de pobreza, que ellos hasta entonces no emitían. La Dieta General de octubre, mediante el Card. Giustiniani, dirigió al Papa un memorial pidiendo la elevación a Orden, pero el Papa se negó a ello, alegando cánones conciliares que prohibían la creación de nuevas órdenes religiosas. No obstante, encomendó el asunto a una comisión de cardenales. Pero falló también en contra. Bernardini recurrió con nuevos alegatos mas ante la perspectiva de una nueva negativa, cambio de táctica, pidiendo que se les concediera emitir eI voto simple de pobreza y poder ordenarse todos «a título de pobreza». La comisión cardenalicia aprobó esta nueva petición, pero Pablo V concedió sólo el voto y redujo la segunda parte a sólo cuatro individuos. Algo se había conseguido, pero nuevas reflexiones les hicieron la inconveniencia de que unos se ordenaran a título pobreza y otros a título de patrimonio, lo cual crearía odiosas diferencias en la congregación. Además, esas distinciones parecían invalidar el breve. Recurrieron a alguno de los cardenales de la comisión para que arreglara el asunto personalmente con el Papa. Pero nadie quiso. Y entonces delegaron al P. José Calasanz para que, como hombre estimado por el Papa, fuera a Frascati, donde veraneaba el Pontífice, y le informara debidamente. Y Calasanz aceptó la comisión.

Audaz intento de reforma

Pablo V recibió en audiencia privada a Calasanz en la villa o palacio veraniego de Mondragone, situado sobre espléndidas colinas de Frascati. Era el mes de septiembre de 1615. En realidad, quien se entrevistaba con el Papa era más bien el prefecto de las Escuelas Pías que el comisionado de la congregación luquesa. Sin duda debió de hablar del asunto del breve sobre la pobreza, recientemente expedido. Pero aquello era un detalle del problema de conjunto, mucho más serio y grave. La consistencia de las Escuelas Pías estaba en peligro. Los luqueses no daban la debida importancia a las tareas escolares. Y Calasanz sabía el interés sincero que sentía el Papa por sus escuelas. Y aprovechó el momento: sacó un memorial que llevaba escrito y lo puso en manos del Pontífice. Y el Papa leyó: «… véase si no sería conveniente para mayor perfección de la obra de las Escuelas Pías que los padres de dicha congregación [luquesa] tengan un solo instituto, esto es, el de las escuelas, o bien de qué modo puedan ejercer su antiguo instituto sin peligro de que por ello se debilite la obra de las Escuelas Pías…». (21) La propuesta era indudablemente audaz, tanto más si se piensa que la hizo sin contar para nada con el P. Bernardini al menos, quien en sus Memorias la calificó de «no conveniente ni razonable», comprendiendo, no obstante, que «aquella opinión del prefecto procedía de celo inmoderado por la obra de las Escuelas Pías, teniendo ardentísimos deseos de que se propagara con toda suerte de perfección». (22) También el Papa quedó extrañado y le preguntó por qué no podían los luqueses atender a las dos cosas, como hacen los jesuitas. Pero Calasanz debió de insistir razonando su punto de vista, por lo que Pablo V y nombró una comisión con los cardenales Giustiniani, Lancellotti y Soana y les entregó el memorial para que lo estudiaran y decidieran.

Sin pérdida de tiempo, a los pocos días presentaba Calasanz a la comisión cardenalicia otro memorial, cuyos dos puntos sustanciales eran los siguientes: 1) «que el instituto principal de la Congregación de la Madre de Dios sea el Instituto de las Escuelas Pías, de tal manera que por él sea denominada la congregación y se distinga de todas las demás, y siendo éste el principal instituto, desea que los principales padres de dicha congregación deban atender, si no al ejercicio literario, al menos al ejercicio espiritual…»; 2) «en cuanto a la perfección, a fin que este instituto de las escuelas pueda admitirse con facilidad no sólo entre los católicos, sino también entre infieles, es conveniente que todos los padres de dicha congregación profesen suma pobreza, contentándose con las cosas necesarias, sin querer poseer bienes estables y superfluos». (23) Estos dos puntos eran gravísimos, pues con ellos se cambiaba radicalmente el carácter de la congregación, no sólo porque desaparecía el ministerio propio de la cura de almas, sustituyéndolo por el de las escuelas en su doble aspecto literario y espiritual, sino porque se imponía un género de pobreza no común a todos los religiosos, sino propio de las órdenes más severas. Y su fundador, Juan Leonardi, les había prohibido expresamente enseñar a los niños e impuesto los votos de castidad, obediencia y perseverancia, excluyendo el de obediencia.

Calasanz informó de los pasos dados al P. Bernardini, quien lo comunicó a su vez a sus consejeros. Y al correrse la voz hubo protestas en toda la congregación, aumentando la oposición que ya se sentía hacia las Escuelas Pías. Querían mantenerse fieles a la mentalidad de su Fundador y librarse también de los trabajos y sudores que les proporcionaban las escuelas. Quienes seguían convencidos de la conveniencia de mantenerse unidos con las Escuelas Pías eran los PP. Bernardini y Casani. E hicieron lo posible por defenderla.

Hubo algunas entrevistas de Bernardini con el Card. Giustiniani y el P. Ruzola. Pero éstos estaban plenamente decididos a mantener el punto de vista de Calasanz. Cuenta Bernardini que en una de estas visitas el cardenal les dijo: «Padres, es necesario que decidáis si las Escuelas Pías os convienen o no; si no os van, dejadlas, pues las daremos a otros. Pero si las queréis tener, deberéis aceptarlas como principal instituto, y todas las casas fundéis en adelante las aceptaréis con el peso de las Escuelas Pías, y en estado de pobreza, sin bienes estables rentas fijas» (24) A esa misma conclusión había llegado la comisión cardenalicia, de la que formaba parte Giustiniani, es decir, «que el instituto principal de dicha congregación fuese el ejercicio de las escuelas pías, manteniendo, sin embargo, libremente el instituto de predicar y confesar en sus iglesias» (25) La gravedad de estas declaraciones obligó a Bernardini a convocar Dieta general para principios de 1616.

Como el asunto principal de la Dieta seria intentar hallar una fórmula de concordia que respetara los intereses de los de Lucca y las pretensiones de Giustiniani y Calasanz “fue necesario —escribe Bernardini— que muchas veces nos reuniéramos con el P. Prefecto para ver de entrar el modo de redactar una escritura que diera satisfacción a él y al cardenal y no quebrantara nuestro primer instituto, ni lo subordinara a aquel otro» (26)

Y tras largas y engorrosas negociaciones se llegó a una fórmula, que fue presentada y aprobada por la Dieta, pero que no acababa de gustar a Calasanz ni tampoco a Giustiniani, aunque en realidad coincidía con la propuesta por la comisión cardenalicia. Pero temían que la dedicación a su antiguo ministerio les excusara de atender debidamente a las escuelas. La Dieta concluyó a mediados de abril, y al divulgarse entre los luqueses el contenido de la fórmula de conciliación, hubo alborotos y tumultos en la casa de Lucca y en las de Roma también, protestando que no querían escuelas ni someterse a las exigencias de la pobreza propuesta.

La aprobación oficial, dada por la Dieta general a la fórmula de concordia, dio a Calasanz la confianza de que, en resumidas cuentas, la congregación quedaba comprometida a mantener las Escuelas Pías y considerar su instituto como principal. Las inquietudes se irían calmando poco a poco. Más todavía: en la citada fórmula se hablaba de «componer nuevas constituciones según la fórmula predicha, manteniendo, sin embargo, en su vigor las antiguas en todo aquello que no contradijera lo sobredicho» (27)

Y, efectivamente, el P. Pedro Casani debió encargarse de redactarlas, llevando a cabo su cometido en el escrito que intituló Pussilli gregis idea.

Calasanz tenía conciencia de que estaba surgiendo una nueva congregación distinta de la luquesa, y que el P. Bernardini era prácticamente el fundador. He aquí lo que le escribía a Lucca, adonde se había trasladado para tranquilizar los ánimos: «Siendo que Dios bendito ha llamado a V. P. Rma. para cabeza de la Congregación de la Madre de Dios que debe fundar en su Iglesia el nuevo instituto de las Escuelas Pías extremamente necesario en ella, quisiera que, a imitación de otros antiguos Padres fundadores de nuevos institutos, tuviese el corazón amplio, los cuales en los principios hicieron con pocos hombres cosas grandes en su servicio, confiando más en el auxilio del cielo que en los consejos humanos» (28)

Si las cosas hubieran seguido por ese camino, es indudable que José Calasanz no hubiera sido propiamente fundador de ninguna congregación, pero nadie le negaría el mérito de haber transformado la congregación fundada por Juan Leonardi en la de las Escuelas Pías. A este extremo le llevó el afán desmesurado e asegurar la perpetuidad de sus Escuelas Pías a costa de la identidad de la congregación luquesa. Pero todo fue una utopía. Los luqueses reaccionaron con pleno derecho, queriendo seguir siendo lo que eran.

La aceptación del propio destino: ser fundador

Las cosas fueron de mal en peor. A las quejas, protestas, murmuraciones y tumultos en Lucca y en Roma se añadieron otros hechos preocupantes: los de Lucca aceptaron la dirección del seminario diocesano y los de Roma el oficio de confesores de ciertas monjas, lo cual era comprometerse deliberadamente en tareas que les impidieran dedicarse a las escuelas. Algunos de los luqueses de San Pantaleón dejaron de atender a sus obligaciones escolares, solidarizándose con los que rehusaban el ministerio de las Escuelas Pías, por lo que fue necesario recurrir a seglares asalariados para suplir a los de brazos caídos. Incluso el ejercicio de la oración continua, al que Calasanz había destinado siempre un sacerdote ejemplar para adoctrinar a los niños en la práctica de la oración y sacramentos, había quedado en manos de un lego novicio que apenas sabía leer.

Pero no acababan aquí los males. El Cardenal Giustiniani estaba disgustadísimo por lo que ocurría y amenazaba con negar su protección y sus subsidios pecuniarios a las Escuelas Pías. Incluso Glicerio Landriani hablaba también de retirar sus aportaciones personales y de negarse a buscar limosnas en adelante. Todo ello era poner una soga al cuello. Bernardini había hecho lo posible para calmar las aguas, sinceramente deseoso de continuar manteniendo las Escuelas Pías. Pero la situación se hacía ya insostenible, por lo cual Calasanz, a finales de 1616, presentó a Pablo V un memorial exponiendo la grave situación, concluyendo: «Las cosas están de tal manera que en breve se espera que esta santa obra de las Escuelas Pías de Roma, en mano de estos padres, con tales desavenencias, quede o relajada o abandonada. Por lo cual se suplica a y. Santidad se digne mandar que los nuevos profesos que se han de ordenar a título de pobreza observen la formulada por los Sres. Cardenales, o bien dichos padres acojan este instituto como se debe, o bien que lo dejen, pues no faltarán sujetos aptos para llevar dichas escuelas con toda diligencia y perfección» (29) Y no mucho tiempo después, hacia finales de enero de 1617, el P. Bernardini, convencido ya de la inutilidad de sus esfuerzos por mantener las Escuelas Pías, habló claramente con Calasanz para que se pidiera al Papa la separación definitiva.

Calasanz expuso la situación a Giustiniani y a Ruzola. El cardenal había insinuado más de una vez que había otros religiosos a quienes se podría encomendar la obra de las Escuelas Pías. Pero en estos últimos momentos debió de cambiar de idea. El rector de San Pantaleón, P. Pedro Casani, había manifestado su propósito de continuar en las Escuelas Pías en caso de que los luqueses se retiraran, y sabía que con él quedaría un grupito de clérigos y hermanos. Esta actitud nos hace pensar que en estos momentos críticos pesó también su opinión junto a la del P. Ruzola y la del cardenal protector para proponer con crudeza y decisión la solución más obvia del problema: formar una nueva congregación y ponerle al frente a su cabeza indiscutible, el P. José Calasanz.

No debió de ser muy difícil convencer a Calasanz de ambas cosas: fundar una congregación y designarle a él como P. General, pues a finales de enero todavía el P. Bernardini habló con él para proponerle la separación definitiva y el 15 de febrero se había presentado ya a Pablo V la minuta del breve para la creación de la nueva Congregación de las Escuelas Pías. Total, menos de quince días. Es cierto que por dos veces había intentado renunciar en cierto modo a la paternidad de su obra encomendándola a la Cofradía de la Doctrina Cristiana y a la Congregación de Lucca. Pero no lo había conseguido. Se sentía ya viejo y tenía razón, pues dentro de meses iba a cumplir sesenta años. Pero no sabía que le quedaban todavía unos treinta más de vida. Y ¿quién más preparado que él para ponerse al frente de su propia obra, convertida en congregación religiosa?

En efecto, era un hombre de una sólida formación universitaria, con estudios completos de derecho y título de doctor en teología. Tenía amplia experiencia de trato con las jerarquías eclesiásticas, a cuyo servicio directo había dedicado sus primeros años sacerdotales en España, y desde que llegó a Roma no había dejado de relacionarse con los más altos cargos y dignidades de la curia, empezando con los cardenales Colonna y siguiendo con todos los purpurados y curiales que se movían en torno a las archicofradías a las que él había dado su nombre. Desde que empezó con su obra de las Escuelas Pías, su fama y su estima había cautivado a muchos cardenales y hasta a los papas Clemente VIII y Pablo V. Era, en realidad, un personaje famoso. Y no era menor su experiencia personal con ambientes y personas religiosas: desde su infancia estuvo en contacto con religiosos, como fueron los trinitarios en Estadilla, los jesuitas en Lérida, Valencia y Alcalá; convivió con dominicos en el palacio episcopal de Barbastro y con cartujos en el de Seo de Urgel; intervino en la reforma de los agustinos en Monzón y de los benedictinos de Montserrat; mantuvo un trato familiar con los franciscanos conventuales de la basílica de los Doce apóstoles, cuyo espíritu captó también profundamente la Cofradía de las Llagas de San Francisco; influencia decisiva ejercieron en su alma los carmelitas descalzos de amigos, protectores, consejeros y confesores se relacionó con dos fundadores, cuales fueron San Juan Leonardi y San Camilo de Lelis, y probablemente con un tercero, a quien estimó y admiró sinceramente: San Felipe Neri; llevaba ya tres años de conviven con los luqueses y unos dieciséis viviendo con sus compañeros de la Congregación secular de las Escuelas Pías, con un régimen de vida similar al de la vida religiosa. Y por encima de todo ello, él era el padre de la atura: sus Escuelas Pías.

Sus afanes de suma pobreza, propia de congregaciones extrema austeridad y observancia, van mucho más allá la pobreza que pudiera exigir su dedicación a los niños pobres. Y su empeño en imponerla a los luqueses, junto con el cambio de su propio instituto por el de las Escuelas Pías, le configuran como reformador antes de fundador. En esta atmósfera de exigencia de pobreza suma encaja coherentemente una visión de la que hablan ya los primeros cronistas y testigos procesales, sin ponerse plenamente de acuerdo. Según unos, la visión ocurrió en sueños; según otros, en una callejuela de Roma; otros todavía la sitúan en la iglesia de las Llagas de San Francisco, sin indicarnos tampoco concretamente el tiempo. He aquí la versión dada por el P. Silvestre Bellei bajo juramento: «Estando en la Iglesia de las Llagas e Roma, se le apareció una doncella mediovestida de harapos y llorando, a la que dijo el Siervo de Dios: ‘¿Quién eres?’ Ella respondió: ‘Yo soy la Pobreza. Todos me rehúyen’. Entonces el Siervo de Dios le dijo: ‘Ven aquí, que yo te quiero cubrir’. Y al querer ponerle encima su manteo, ella desapareció. Y esto lo sé de la propia boca del mismo P. José» (30) No faltan testigos que confunden esta aparición con la de las tres doncellas que vio en Asís, representando los tres votos. Más todavía: hay quien cree que el viaje y la visión de Asís ocurrió también en estos años, concretamente en verano de 1614. Tal vez hubo un segundo viaje a Asís con la visión de Las tres doncellas, además del de 1599, ya aludido. Lo cierto es que tanto la visión de las tres doncellas como esta última de la Pobreza sola encajan mejor en estos momentos en que es inminente la fundación de la Congregación de las Escuelas Pías y, por tanto, su decisión personal de abrazar el estado religioso.

La Congregación paulina de las Escuelas Pías

En el recordado memorial de finales de 1616 pedía Calasanz al Papa que los luqueses aceptaran como principal instituto el de las Escuelas Pías o que las dejaran totalmente. Pero cuando a finales de enero de 1617 el P. Bernardini hizo saber a Calasanz que lo mejor era conseguir del Papa la separación, se presentó otro memorial en el que se expresaba con claridad el resultado de las conversaciones tenidas entre Calasanz, Giustiniani, Ruzola y tal vez Casani, en que habían proyectado la creación de la nueva Congregación de las Escuelas Pías. Efectivamente, se dice que los padres luqueses rechazan totalmente dedicarse a la tarea de las escuelas como instituto principal y no quieren renunciar a la posesión de bienes estables, etcétera. Por tanto, «previendo que este pío instituto irá disminuyendo día a día y en poco tiempo quedará reducido a la nada», suplican que el Papa anule el breve de unión y «restituya las Escuelas Pías, libres y sin compromisos, al ya citado Rdo. P. José y a sus socios y erija y funde de nuevo con este instituto (o fin primordial) de las escuelas pías una Congregación que se llamará Congregación Paulina de los Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías» (31)

El memorial es en realidad un anteproyecto del breve fundacional, y, por tanto, en él aparecen los rasgos principales de la nueva Congregación. Para su redacción se tuvo delante la famosa fórmula capitular, concordada entre Calasanz y Bernardini, por la que se quería transformar la congregación luquesa, cambiando lógicamente lo que ya no tenía sentido. Así, por ejemplo, no se aludía para nada al ministerio de la cura de almas en el que se quería incrustar el de las escuelas; al dar facultad para imponer nuevas constituciones, no se alude a las antiguas de los luqueses, dado que ya nada tendrá que ver la nueva congregación con la de Lucca; no se menciona el voto de perseverancia, y al hablar de la pobreza se dice que tiene que ser «suma».

Muy rápidos fueron los trámites, pues el 15 de febrero de 1617 aprobaba el Papa la minuta o proyecto del breve, que fue firmado y datado el 6 de marzo, y que empezaba con las palabras ¨Ad ea per quae¨. Era el acta de nacimiento oficial de la Congregación paulina de las Escuelas Pías.

Ya en el primer párrafo afirmaba el Papa que con este breve quería «que la pía y tan laudable obra de enseñar y educar a los pobres sea promovida cada día más para gloria de Dios», y volvía luego a insistir en la misma idea: «queriendo Nos proveer que esta obra tan piadosa y tan provechosa para la cristiana educación e instrucción, sobre todo de los niños pobres, no sufra deterioro alguno…» Y al determinar más concretamente la finalidad de la nueva congregación, dice: «Los que en ella ingresen trabajarán, se esforzarán y se comprometerán en enseñar a los niños los primeros rudimentos, la gramática, el cálculo y, sobre todo, los principios de la fe católica, en imbuirlos en las buenas y piadosas costumbres y en educarlos cristianamente, gratis, sin sueldo, ni paga, ni salario, ni honorarios» (32) Ni en el memorial que dio pie al breve ni en el breve mismo vuelve a aparecer la restricción de que se enseñe solamente a los niños pobres, que deberían probar su pobreza con un certificado de su párroco, tal como todavía apareció en el breve anterior de unión con los luqueses. Pero en el contexto del breve fundacional se dice expresamente que la obra de las Escuelas Pías nació para los niños pobres, y a ellos principalmente se dirige su ministerio educacional. Con ello, pues, quedaban abiertas las puertas de las Escuelas Pías, desde este primer momento de su fundación oficial, a toda clase de niños pobres y ricos, pero preferentemente los pobres.

Hablaba también el breve de los tres votos simples, y de la pobreza «suma», tanto personal como colectiva; de dos años de noviciado; en todas las casas que se fundaran debía haber escuelas excepto en los noviciados, etc. Y expresamente se nombraba al P. José Calasanz superior general de la nueva congregación a beneplácito del Pontífice, con plenas facultades para promulgar constituciones, reglas y estatutos y toda clase de leyes y decretos necesarios.

No se incluyó en el breve fundacional, pero se concedió también lo que se pedía en el memorial: que en el espacio de veinte días pudieran pasar a las Escuelas Pías todos los religiosos de la Congregación luquesa que lo desearan. No sabemos exactamente cuántos dieron este paso, pues entre los cronistas escolapios contemporáneos hay quien dice que fueron media docena (Castelli) Y quien dice que fueron once o doce (Caputi); entre los luqueses hay también quien habla de diez o doce (Erra) y otros aseguran que fueron solamente dos hermanos legos (Fiorentini y Marracci), además del P. Pedro Casani. Por otra parte, los compañeros de Calasanz que seguían fieles formando grupo aparte eran, todavía en septiembre de 1618, once o quizá algunos pocos más (33)

Llegó el día histórico de la primera vestición o toma de hábito de los nuevos religiosos. Calasanz, en 1622, la recordaba escuetamente así: «El día 25 de marzo del mismo año [1617] el Sr. Card. Giustiniani hizo a sus expensas los hábitos que hoy se usan para 15 personas y vistió de su mano en su capilla al dicho P. José [CalaSanz] y luego dicho Padre a otros 14 el mismo día en el oratorio de las Escuelas Pías», y siguen los nombres de los catorce, de los cuales sólo el primero era sacerdote: el P. Pedro Casani (34) Quedaban todavía otros compañeros de Calasanz que no vistieron el hábito aquel día, sino después de meses y aun de años. Tales fueron: Glicerio Landriani, el 2 de julio del mismo año; Lorenzo Santilli y Escipión Taccioni, el 10 y 15 de agosto, respectivamente, de 1618; el P. Juan García, en diciembre de 1631. Gaspar Dragonetti nunca ingresó oficialmente en la congregación, pero en ella vivió y murió.

El hábito hacía honor a la «suma pobreza» que prescribía el breve pontificio. El cronista Berro lo describe con estas crudas palabras: «Una sotana negra, larga hasta los pies, con una sola abertura en el pecho, cerrada con botones de madera, y un manteo hasta las rodillas del mismo paño negro y tan tosco que espantaba, pues era de esa especie de que se hacen las mantillas para las cabalgaduras; con los pies descalzos y sandalias cerradas, aunque después de unos días se llevaron abiertas, es decir, sandalias a la apostólica; sin camisa al principio, pero luego por consejo de los médicos se hicieron una camisa de cañamazo muy grueso y tosco, y finalmente, al cabo de un tiempo, se pusieron camisas de lana». (35) En la elección de esta vestimenta influyó el P. Domingo Ruzola, particularmente en las sandalias a la apostólica, tal como las usaban los carmelitas descalzos. Y suya fue también la idea de que cambiaran el apellido por una denominación religiosa. Calasanz se llamó desde entonces «José de la Madre de Dios». Era una muestra más de su profunda devoción mariana, cuya advocación de «Madre de Dios» había impuesto a la Congregación de Lucca y luego a la de las Escuelas Pías, además de llevarla él mismo como apellido.

Las primeras andanzas del Fundador

El primer nombramiento que hizo Calasanz fue el de maestro de novicios. El más indicado, sin lugar a dudas, era el P. Pedro Casani, por su larga experiencia de vida religiosa durante veintitrés años en la Congregación de Lucca, por ser el único sacerdote además de Calasanz y por su innegable espíritu de piedad y ascetismo, incluso exagerado. Y la elección recayó en él. Todos los que habían vestido el hábito escolapio el 25 de marzo eran novicios, pero continuaron en sus tareas escolares y cumplieron su noviciado en San Pantaleón. Al aumentar el número de novicios tuvo que alquilarse para ellos una casa en la cuesta de San Onofre, en el monte Janículo. Al año siguiente, 1618, fue trasladado el noviciado al centro de Roma, cerca de Santa María in Via, donde murió santamente Glicerio Landriani, truncando las esperanzas que en él había puesto el anciano Fundador como posible sucesor suyo. En 1619 volvió el noviciado a la cuesta de San Onofre, de donde en 1624 pasó al Quirinal, cerca de le Quattro Fontane.

Las vocaciones fueron abundantes. Durante los cuatro años de Congregación paulina, antes de convertirse en Orden religiosa, entraren al noviciado 153 individuos, de los cuales 18 eran sacerdotes, 72 clérigos y 63 hermanos. Y de ellos salieron o fueron despedidos 66 y murieron 22. El índice de mortalidad era entonces muy elevado. Abundaron también los extranjeros, pero no todos cuajaron: además de los dos españoles citados (Tomás Victoria y Juan García del Castillo) hubo otros tres, y un francés, dos loreneses, un borgoñón, otro de la Valtelina, un bávaro, tres germanos, un portugués y un prusogermano. El gran contingente de novicios luqueses que superaron las pruebas del noviciado nos hace sospechar de la preferencia y selección del P. Casani por sus compatriotas.

La primera fundación que se llevó a cabo fuera de (Roma fue la de Frascati, en el verano de 1616, y los trámites los llevó personalmente Calasanz, mientras el P. Bernardini estaba en Lucca tratando de hacer aceptar a sus religiosos la fórmula de concordia. Desde Lucca escribió a Calasanz, lamentando esa iniciativa y pidiéndole que abandonara el proyecto. Pero Calasanz se defendió, aduciendo que era voluntad expresa de Pablo V, pues ,Frascati, por ser residencia veraniega del Pontífice, era como una «pequeña Roma».

En el breve fundacional había prohibido el Papa que se fundaran, por el momento, nuevas casas más allá de 20 millas de Roma. Pero pronto hubo que abolir esta forma, pues ya en 1618 se aceptó la fundación de Narni, que era feudo señorial del Card. Giustiniani. Ese mismo año se funda en Mentana, pero duró muy poco esta fundación. En 1619 se abre en Roma la casa de Borgo, junto a San Pedro, a la que irá a parar el noviciado definitivamente el año 1639. También se aceptan en 1619 la fundación de Moricone y el cuidado del seminario de Magliano, abandonado este último al año siguiente. En 1621 se abre la casa de Norcia o Nursia, patria de San Benito, y por primera vez se aceptan fundaciones fuera del Estado Pontificio, una en Carcare, pueblecito cercano a Savona (Liguria) y otra en Fanano (Toscana).

Estas fundaciones primeras le obligan a salir de Roma para inspeccionar, orientar, consolidar o simplemente convivir unos días o unas semanas con sus religiosos, particularmente Frascati, que por su cercanía, y tal vez por ser la fundación primogénita de la casa-madre de Roma, se gana su predilección. Los desplazamientos los hace a lomos de borriquillos, ya a sus sesenta años bien cumplidos. El cariño que manifiesta por ellos pone un matiz de delicadeza franciscana en la austeridad de la pobreza. En 1619 escribe a los de Frascati: «Os mando el borriquillo negro para que lo tengáis ahí diez o doce días y lo tratéis bien para que se reponga un poco, pues aquí se le trata como Dios sabe; el blanco quiero mandarlo al noviciado, pues estará mejor que aquí en las escuelas».(36) «Que haya muerto el borriquillo —dice en 1629— no es una maravilla, pues no todos saben cuidar a los animales como conviene y ordinariamente se mueren por falta de cuidados y porque se les maltrata sin darles luego el debido pienso y descanso». (37) Y que él sabía tratarlos bien nos lo recuerda el P. Scassellati, quien declaraba en los procesos que cierta vez fue sorprendido por el cardenal Torres mientras cepillaba o almohazaba un borriquillo, y al preguntarle el purpurado qué estaba haciendo, le respondió que estaba enseñando al hermano encargado. En sus largas caminatas por todas aquellas aldeas de la campiña romana, los borriquillos que le llevaban le hacían pensar en la Providencia de Dios y en páginas del Evangelio, como nos lo sugiere este párrafo de sus Constituciones, hablando de la obediencia: los buenos religiosos «adoptan una actitud gratísima a Dios, dejándose llevar y traer por su Providencia a través de los Superiores, como el borriquillo aquel que cabalgaba Cristo el día de Ramos, que se dejaba conducir y guiar a todas partes» (38)

El P. José, aunque sesentón, viajaba a lomos de asnillos, pero debía sentirse joven al compararse con el más que centenario y venerable P. Gaspar Dragonetti, para quien los borriquillos podían resultar incómodos. Por ello, con una delicadeza exquisita escribía a los de Frascati, en ocasión del traslado a Roma del anciano: «Para el P. Gaspar mandaré una carroza de cuatro caballos si quiere, o la litera, lo que prefiera». (39)

En el otoño de 1620, por mandato del cardenal Giustiniani, se retiró Calasanz a la casa de Narni para componer las Constituciones de la Congregación paulina, y allí estuvo hasta mediados de febrero del año siguiente, en que las dio por terminadas. Fueron cuatro meses de intenso trabajo. Antiguos y modernos hagiógrafos afirmaron que el Fundador de las Escuelas Pías escribió sus Constituciones bajo la inspiración del Espíritu Santo y de la Santísima Virgen María. Pero, una vez más, hay que reconocer que las cosas en las vidas de los santos son mucho más sencillas en cierto aspecto y mucho más laboriosas y complicadas en otro: más sencillas, porque no hace falta recurrir a inspiraciones o a dictados inmediatos del Espíritu Santo cuando bastan simples causas humanas; más complicadas, porque cuesta mucho más el esfuerzo y el trabajo humano que el recibir ya hechas las cosas de modo sobrenatural. Un examen minucioso de las Constituciones escritas por Calasanz nos percata de que el Santo llevaba en sus alforjas, camino de Narni, una serie de constituciones de otras órdenes religiosas y otros escritos, de todo lo cual entresacó, combinó, mezcló y ordenó ideas y párrafos literales, formando así sus propias Constituciones. Las principales fuentes fueron las Constituciones de los jesuitas, las de los Clérigos Regulares Menores o Caracciolini, las de los teatinos y las de los capuchinos, y también las de la Cofradía de la Doctrina Cristiana y las de los Padres de la Congregación homónima, en menor escala. Naturalmente sirvieron también de inspiración y fuentes todos aquellos escritos propios, como memoriales, relaciones, sumarios, fórmulas y breves que habían ido configurando hasta entonces la vida y actividades de la Congregación secular de las Escuelas Pías. Es decir, que Calasanz procedió tal como habían procedido normalmente todos los fundadores anteriores a él, que se inspiraron y bebieron en las constituciones y Reglas de sus predecesores y en los escritos ascéticos en que se condensaban el espíritu y las prácticas de la vida religiosa.

Y el 17 de febrero de 1621 escribió Calasanz a Roma: «Yo, por gracia de Dios, he terminado las Constituciones y si está aquí el borriquillo blanco con la albarda buena y las alforjas buenas el primero o el segundo día de cuaresma, partiré dentro de dos o tres días con la ayuda del Señor, si el tiempo es bueno». (40)

La Orden de las Escuelas Pías

Pablo V, el gran bienhechor de las Escuelas Pías, ha muerto el 28 de enero, y tras un corto cónclave había sido elegido Papa el Card. Alejandro Ludovisi, que se llamó Gregorio XV. Ambos acontecimientos sucedieron estando Calasanz todavía en Narni, quien si lloró apenado la muerte de su gran protector el Papa Borghese, debió alegrarse después por la elección del Card. Ludovisi, a quien había conocido personalmente allí mismo en Narni a últimos de octubre de 1619. Por esas fechas volvía el Card. Giustiniani de Loreto y fue a hospedarse en la casa de las Escuelas Pías de Narni, siendo recibido y tratado como se merecía por el propio Calasanz. Al partir luego para Roma, se encontró con el Card. Ludovisi, que venía de recibir el capelo cardenalicio, y le aconsejó que se hospedara en casa de los escolapios de Narni. y así lo hizo, quedando muy complacido del trato recibido.

El cardenal debía conocer el nombre y la obra de Calasanz, pues el sacerdote florentino D. Juan Francisco Fiamelli, quien a principios de siglo había sido compañero y colaborador de Calasanz y se gloriaba de titularse «Hermano de la Congregación de las Escuelas Pías», había fundado en Bolonia una corporación similar a la de Roma en 1616, llamándola «Congregación de las Escuelas Pías de Bolonia», cuyas Reglas aprobó precisamente el arzobispo boloñés Ludovisi, «benignísimo Protector de las mismas». (41) Y es lógico suponer que en este encuentro de Narni se interesara Ludovisi por las Escuelas Pías de Roma y recordara Calasanz los viejos tiempos en que Fiammelli había sido su fiel colaborador.

Así, pues, llegó a Roma Calasanz a finales de febrero de 1621, montado en su borriquillo blanco, llevando en el fondo de las alforjas buenas su manuscrito de las Constituciones. Y tiempo le faltó para pedir audiencia al Papa y rendirle su primer homenaje, recibiendo del Pontífice muestras de benevolencia y la convicción de que sería, también para las Escuelas Pías de Roma, benignísimo protector como lo fue de las de Bolonia. A mediados de marzo, por mano de Giustiniani, presentó al Pontífice un memorial, suplicando la aprobación de las Constituciones y a la vez, con un ingenioso juego de nombres relacionados entre sí, pidió también de modo velado la elevación de la congregación a Orden religiosa.

Decía que, así como Pablo III, romano, había hecho nacer la Compañía de Jesús, y Gregorio XIII, boloñés, la confirmó y llevó a la perfección en que hoy se encuentra, así también quiso Dios que Pablo V, romano, erigiese la congregación de las Escuelas Pías, y es de esperar que haya elegido a Gregorio XV, boloñés, «para dar a esta obra la solidez y perfección necesaria para satisfacer al mundo, pues casi todo él la desea y la requiere». (42)

El memorial pasó a la Congregación de Obispos y Regulares, de la que era prefecto el Card. Miguel Ángel Tonti, llamado «el Cardenal Nazareno» por su primitivo título de arzobispo de Nazaret. Este prelado era acérrimo adversario de la creación de nuevas órdenes religiosas, basado en la antigua prohibición del Concilio IV de Letrán de 1215. Por tanto, pidió las Constituciones para examinarlas, pero hizo saber que de la elevación a orden no quería oír hablar. Entonces José Calasanz tomó la pluma y dirigió personalmente al Card. Tonti un memorial largísimo, vigoroso, sólidamente razonado, en defensa de la licitud y casi necesidad de elevar las Escuelas Pías a Orden de votos solemnes. Resultó una obra maestra, un canto original, espléndido, a la labor educadora de la escuela, que presentaba como novedad en el campo de evangelización y reforma de la Iglesia.

La interpretación que los Papas han dado al canon del Concilio de Letrán a través de los siglos —decía Calasanz— ha sido prohibir las órdenes superfluas y similares, pero no «otras muchas, principalmente de ministerio diferente, específico y necesario en la Iglesia de Dios. Y entre estas últimas se cuenta la Obra de los Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, con un ministerio insustituible en opinión común de todos, eclesiásticos y seglares, príncipes y ciudadanos, y acaso el primero para la reforma de las corrompidas costumbres del mundo; ministerio que consiste en la buena educación de los muchachos, en cuanto que de ella depende el resto del bien o mal vivir del hombre futuro… Por tanto, no se puede dudar de que será favorecida y agraciada con el nombre de Orden religiosa, título que han recibido hasta este momento tantas otras, tal vez no tan útiles y necesarias, tal vez no tan aplaudidas por todos, tal vez no tan deseadas, y sin tal vez menos solicitadas durante mucho tiempo en comparación de la insistencia con que viene siendo pedido nuestro ministerio en este breve período; ministerio en verdad dignísimo, nobilísimo, meritísimo, beneficiosísimo, utilísimo, necesarísimo, naturalísimo, razonabilísimo, dignísimo de agradecer, agradabilísimo y gloriosísimo». (43) Respetamos los superlativos, como constan en el original italiano, pues su rítmica sonoridad, como inmensa catarata de elogios, nos dan la medida de la admiración y entusiasmo, de la estima y el enamoramiento que sentía Calasanz por el ministerio de la enseñanza. Y sigue luego desmenuzando uno por uno esos superlativos, llenándolos de contenido y de razones. Examina, además, todas las objeciones que pudieran oponerse y añade: «Demostrada, pues, la utilidad y necesidad de esta obra, que comprende todas las personas y condiciones y lugares, toda la instrucción básica y todos los medios para vivir, se deduce con rigurosa consecuencia la necesidad de constituirla establemente como Orden religiosa…; se deduce asimismo la necesidad de ampliarla y propagarla según las necesidades, deseos e instancias de tantos…»

El Card. Tonti debió de quedar atónito al leer aquel larguísimo y espléndido memorial, y de adversario se convirtió en patrocinador entusiasta de la causa de Calasanz. Su apoyo incondicional llegaba en un momento oportuno, pues a finales de marzo de aquel año 1621 había muerto el benemérito cardenal protector de las Escuelas Pías, Benedicto Giustiniani. Y probablemente a ello se debió el que los trámites en curso fueran tan lentos.

A finales de agosto había conseguido ya el Cardenal Nazareno que la Congregación de Obispos y Regulares, que él presidía, diera su aprobación a la elevación de las Escuelas Pías a Orden de votos solemnes. El Papa aceptó la decisión de la Congregación y con fecha del 18 de noviembre de 1621 firmó el breve In supremo Apostolatus, por el cual quedaba instituida en la Iglesia de Dios la última Orden religiosa de votos solemnes de todas las hoy existentes: la de las Escuelas Pías. Y el 31 de enero del siguiente, con otro breve apostólico, quedaban aprobadas Constituciones.

Tres meses después cayó gravemente enfermo el Card. Tonti. En su testamento dejó sus bienes a las Escuelas Pías para que se abriera en Roma un colegio para becarios pobres y selectos, o superdotados, diríamos hoy, como núcleo fundacional, al que luego se añadirían otros niños pobres, ricos, nobles y plebeyos. El colegio fue llamado desde su institución, en honor de su fundador, Colegio Nazareno, y fue considerado justamente durante siglos como uno de los mejores de Roma y sin duda el más famoso de toda la Orden escolapia.

El 20 de abril, al día siguiente de haber hecho testamento, el Card. Tonti llamó junto a su lecho de muerte a Calasanz y a sus cuatro asistentes generales, los PP. Pedro Casani, Viviano Viviani, Francisco Castelli y Pablo Ottonelli, para que en sus manos de moribundo emitieran sus votos solemnes. Y así lo hicieron los cinco. Ese mismo día escribía el P. Casani a su padre: «Esta mañana hemos hecho los votos solemnes en manos del Ilmo. Tonti moribundo, y saliendo de su casa hemos ido a Santa María Mayor y los hemos renovado después de la misa de nuestro Padre, dicha en el altar de la Sma. Virgen». (44) Era una muestra de delicadeza filial hacia la Madre de Dios, que como broche de oro cerraba el proceso largo de la transformación de aquella Congregación secular en Orden de Clérigos Regulares Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías.

Notas

1 A. BERNARDINI, Delle cronache della Congregatione dei chierici regolari della Madre di Dio, en Positio (p.257-281) p.261.
2 Archivum 4 (1978) 280 y 277.
3 A. BERNARDINI, l.c.
4 EGC, II, c.7b.
5 A. BERNARDINI. O.C., p.264.
6 Ibid., p.263.
7 Cal. 6 (1960) 199, nt.18.
8 Ibid., p.189, nt. 18 y 23.
9 EGC, VI, p. 2716-2717.
10 A BERNARDINI, OC., p.265.
11 Ibid.
12 Ibid., p.276.
13 SANTHÁ (BAC) p.364, nt.5.
14 Ibid.
15 Const. p.2, c.3 n.116.
16 EGC, VIII, p.451.
17 EC, VI, p.2866.
18 A. BERNARDINI oc., p.269.
19 Ibid., p.27O.
20 Positio p.156.
21 Ibid., p.205.
22 A. BERNARDINI, O.C., p.278-279.
23 Positio p.206-2O7.
24 A BERNARDINI, OC., p.281.
25 EGC, II, p.50.
26 A. BERNARDINI, OC., p.281.
27 Positio p.24l.
28 EGC, II, c.8.
29. Ibid. p50.
30 Eph. Cal. 9-10 (1959) 337, nt.11.
31. Eph. Cal. 6 (1960) 203, nt.40.
32 EC, VI, p.3044-3047.
33. SÁNTHA, Ensayos p. 136.
34. EGC,II, p.171-172.
35. A. GARCÍA-DURÁN, o.c., p.158.
36. EGC, II. c.32.
37. EGC, IV. c.1233.
38. Const. p.2. c.2 n.108.
39. EGC, II. c.32.
40. Ibid., c.72.
41. L. PICANYOL, Le Scuole Pie e Galileo Galilei (Roma 1942) p.60 nt.2.
42. A. GARCÍA-DURÁN. oc.. p.169-170. nt.750.
43. Ibid., p.17O-172.
44. EC, II, p.504. III



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