sJC (Biografía) - S. Giner - Written by Archivo Calasanz on Martes, Junio 9, 2009 18:05 - 0 Comments

S. JOSÉ CALASANZ (Severino Giner) C4: Por tierras de Seo de Urgel

ÍNDICE

CAPÍTULO 4
POR TIERRAS DE SEO DE URGEL

Ambiente histórico de Seo de Urgel

La diócesis urgelitana era la de mayores rentas eclesiásti¬cas de toda Cataluña. Es¬taba dividida en «oficialatos» o arciprestazgos, algunos de los cuales eran señoríos tempo¬rales con potestad plena de jurisdicción civil y criminal en manos de sus «ofi-cia¬les». Tales señoríos dependían directa¬mente del obispo o del cabildo.

El ambiente de vida cristiana que se respiraba entre el pue¬blo y el clero no debía de ser muy diverso del de otras regiones españolas en este período inmediato al Conci¬lio de Trento, en el que hay abusos y malas costumbres que corre¬gir, y en el que se oyen voces de reformadores, que, como en todos los tiempos, presentan cuadros muy negros para justificar sus reformas. A finales de aquel siglo escri¬ben los jesui¬tas a su P. General un informe para hacerle ver la necesidad de fundar un colegio en la Seo, y entre otras cosas dicen: «Es tierra de gentes muy necesitadas de doc¬trina, ignorantísimos y poco menos necesitados que indios porque por las razones dichas, en aquellas tierras hay po¬cos curas que sepan y cultiven las ánimas de sus fieles… y los eclesiásticos allí viven con mucha libertad sin poderla remediar sus pastores porque se les atreven y son rebel¬des…». (1) Cuando llega a Urgel José Calasanz, tanto el cabildo en «sede vacante» como luego el obispo Capilla se esfuerzan por implantar la reforma mediante frecuentes visitas pastorales, en las que participa activamente nuestro protagonista.

Sin duda, el problema más grave que preocupaba al ca¬bildo y afligía a la diócesis urgelitana era el bandolerismo. No es exclusivo de esta región, pero su proximidad a los Pirineos y a Francia lo complicaban enormemente por la fragosidad del te¬rreno, fácil defensa de los bandidos, y por la infiltración de hugonotes o luteranos, solidarios en sus fechorías con los bandoleros de la región. Particularmente durante los años de «sede vate», la falta de autoridad res¬ponsable envalentonaba a los fora-ji¬dos. Y Calasanz llega en esos años. Como secretario del cabildo escribe al vi¬rrey de Cataluña una serie cartas, de las que se conservan diez, (2) pidiendo inme¬diata in-tervención, desde mayo de 1587 hasta abril de 1558; pero fue inútil. En ellas, no obstante, se trasluce el ambiente de tragedia y de pavor que domina en aquellas tierras. Véanse algunos párrafos, traducidos del original catalán: «[nos senti¬mos] afligidos por la tiranía de esta tierra y por tanta sangre derramada por los caminos, y que tenemos presente por la muerte de dos hombres que estos delincuen¬tes han degollado hace dos días en jurisdic¬ción de S. Majestad y en el camino real al irse de esta ciu¬dad …»; «Ni nosotros hemos conseguido hasta ahora el remedio que es tan necesario, ni esta gente facinerosa a deja de perpetrar cada día enormes crueldades matando y descuartizando a hombres por los caminos y po¬blados, ade¬más de la ti-ranía de los caminos por los que de ninguna manera se puede pasar sin caer en manos de ladrones que los despojan; por lo cual, hemos llegado a tal extremo por la seguridad que tienen de la justicia los forajidos y malos hombres de la propia tie-rra, de modo los enemigos france¬ses, enemigos de la Fe católica, deseosos de pro-bar esta flojedad ya se van atreviendo a robar en las igle¬sias, como han hecho en la villa de Andorra, que la han dejado sin San¬tísimo Sacra¬mento…»; ¨esta ciudad está sin prelado y sin alguien que administre justicia, te¬niendo de ella tanta necesidad para expulsar a delincuentes que tanto la inquie¬tan …¨; «Vª. Exª. a por cosa cierta, como lo es sin duda, que es mucho mayor la mal¬dad de los bandoleros, de lo que en tantas cartas le hemos advertido»; «considere Vª. Exª. los peligros que nos amena-zan y lo que hubiera suce¬dido ya si los puertos no estuvieran cargados de nieve, pues en esto consiste solamente nuestra defensa, y lo que por otra parte sufren los caminos y poblados al ver a los bandoleros muy bien armados y orgullosos de la fal-ta de armas que hay para resistirles»; ¨y como hasta ahora no hemos conseguido el remedio que de mano de Vª. Exª. es¬perába¬mos con tan justo título y con tanta ne-cesidad, ha llegado el descaro de unos y otros a tal extremo que habiendo pasado estos días unos cuantos luteranos de Fran¬cia en número de 20 a 30 bajo la compa-ñía de un tal Plometa con demostraciones en sus palabras de hacerlo, hoy, acompa-ñados de otros ladrones y gente facinerosa, han venido a escaramucear esta ciudad de modo que en defensa de la honra de Dios muchos eclesiásticos han te¬nido nece-sidad de tomar las armas y en la escara¬muza que ha durado desde mediodía hasta la noche ha muerto un hombre de la ciu¬dad, aunque del enemigo ha quedado un muerto en el campo y se han llevado algu¬nos heridos …¨

La última carta citada es de abril de 1588. Pero un año an¬tes, apenas llegado Cala¬sanz a Urgel, hubo un reparto de arcabuces entre los canónigos, del que Calasanz, como se¬cretario del Capítulo, tomó nota en uno de los libros, escri¬biendo: «Memo¬rial de los arcabuces que se han dejado a los señores canónigos el 13 de abril de 1587». Y entre ellos figura: «Calasanz un arcabuz con frasco y frasquillo sin bolsa». Y lo mantuvo durante dos años, pues hay otra nota que dice: «El 27 de enero de 1589 devolvió Calasanz al Ca¬pítulo dos arcabuces, esto es, uno por él y otro por Rostoll, con sus frascos y frasquillos». (3)

Así estaban, pues, las cosas cuando el joven sacerdote José Calasanz abandonaba su villa de Peralta y, atrave¬sando los dos Nogueras y remontando el curso alto del Se¬gre, llegaba, quizás por vez primera, a Seo de Urgel en pleno invierno.

Calasanz y el cabildo catedralicio

El obispo que había ordenado de sacerdote a José Calasanz en el palacio o castillo residencial de invierno en Sanahúja, fray Hugo Ambrosio de Montcada, murió el 8 diciembre de 1586, dejando Urgel en «sede vacante». Uno o dos meses más tarde llegaba Calasanz. En una nota del libro racional se dice que el 24 de marzo de 1587 recibió el salario por sus cargos de secretario del capítulo y maestro de ceremo¬nias, que había empezado día 12 de febrero. Y otra nota correlativa dice que el 7 de fe¬brero de 1589 recibió la úl¬tima paga de lo que se le debía hasta el 27 de enero «en que se despidió». (4) Durante dos años, pues, desempeñó los oficios de secretario capitular y maestro de ceremonias.

Como secretario, debía redactar las actas capitulares, escri¬bir las cartas ocurrentes en nombre del cabildo y lle¬var las cuentas de gastos, junto con otras incumbencias si¬milares. Las páginas por él escritas en los libros oficiales presentan una hermosa caligrafía, que contrasta poderosa¬mente con la de quienes le precedieron y le suce¬dieron. En Roma, mucho más tarde, todavía la perfeccionará cuando se convierta en maestro de escribir y leer, y exigirá repeti¬damente a sus religiosos que aprendan a es¬cribir, como aprendió él: «Yo he estado siempre ocupado — dice — en muchas co-sas y he aprendido a escribir a la perfección para poder enseñarlo a los nuestros. (5)

Como maestro de ceremonias, además de dirigir las funcio¬nes litúrgicas, tenía en-ton¬ces una especial tarea, es decir, acomodar las tradiciones y costumbres litúrgi¬cas a las exi¬gencias de la reforma tridentina, particularmente a las dicta¬das por Pío V. Y entre otras funciones que le toco pro¬gramar merece recordarse la procesión y pre-ces especia¬les, decretadas por el cabildo, para impetrar el triunfo de la Armada In¬vencible, tal como había pedido Felipe II a todas las iglesias de España.

Durante toda su vida mantuvo siempre un sumo aprecio y respeto por las ceremo¬nias litúrgicas, y dedicó un capítulo entero de las Constituciones de su Orden a la observancia de las ceremonias y cuidado del ajuar del culto, Y lo empe¬zaba así: «Conviene mucho a la dignidad de la Iglesia que los llamados al ministerio del altar conozcan perfectamente los ritos y ceremonias sagradas». (6) Otro detalle de su aprecio por el ceremonial y la liturgia: cuando murió, entre los pocos libros que te¬nía en su habitación figuraba uno so¬bre los ritos de la Iglesia católica, de Juan Este¬ban Du¬rando. (7)

Desde junio de 1587 hasta abril de 1589 se hospedó en casa del mercader Antoni Janer. Sus dos libros de cuentas conservados hasta hoy son un arsenal de datos cu-rio¬sos, pues Calasanz no sólo le sirve muchas veces como testigo en sus operacio¬nes comerciales, sino que mantiene una especie de cuenta corriente para sus gastos personales. Con frecuencia el mercader añade detalles, como al especifi¬car las li-mosnas, los viajes, las personas y sus relaciones con Calasanz, etc. Por él sabemos que desde que se hospedó en su casa hasta, al menos, finales de 1590, en que termina el manuscrito, Calasanz tenía con¬sigo a un criado, que luego fue sacer¬dote y a quien, proba¬blemente el mismo Calasanz, consiguió un beneficio. Se lla¬maba Jaime Juan Coromines. Para sus viajes compra unas alforjas o alquila una mula, etc.

Finalmente fue nombrado obispo de Urgel fray Andrés Capi¬lla, que había sido jesuita (1553-1569) y luego cartujo (1569-1588). Pero como Felipe II le había encomen¬dado la visita de los canónigos regulares de San Agustín y de los benedictinos no sujetos a la Congregación de Valladolid, no pudo acudir inmediatamente a su sede y nombró procura¬dor suyo y vicario general de la diócesis a D. Antonio Ga¬llart y Tra-giner, valenciano como él y canónigo de Tarra¬gona, que tomó posesión en abril de 1588. Pasaron los me¬ses, y en noviembre escribía Calasanz en nombre del ca¬bildo una carta a Capilla, pidiéndole que cuanto antes se incorporara a su sede, y decía: «En este tiempo tan calami¬toso ha sido gran misericordia de Dios darnos una per-sona de tantas dotes y tan cabal y esta razón merece que V. S. nos haga merced de tener a bien venir a velar sobre sus ovejas y responder por tantas opresiones como padecen, pues además de que esta ciudad, comarca y cami¬nos públicos están tira-nizados y oprimidos y con toda li¬bertad se derrama sangre humana y pobres no son due¬ños de sus haciendas y mujeres, se han dado los gascones y otras gentes faci-nerosas a cautivar tantos capellanes y maltratarlos para obtener mayores resca¬tes, que la ciudad está llena de curas forzados a abandonar sus residencias para evi¬tar la muerte o el cautiverio¨. (8) Un mes más tarde hacía su entrada solemne en Urgel el obispo Andrés Capilla.

Antes de llegar Capilla, exactamente el 12 de noviembre, fue nombrado Calasanz párroco o plebano de Claverol y Ortoneda, dos aldeas perdidas entre montañas. En realidad era un beneficio no residencial, por lo que Calasanz tuvo que nombrar un vicario que llevara la cura de almas. Pero se preocupó de los dos pueblos y los visitó algunas veces. Probablemente el sueldo que recibía por oficios curiales no era sufi¬ciente, y el vicario general Gallart fue quien le dio el beneficio y quien lo recomendó vivamente a Capilla para que lo llamara a palacio nombrándole su familiar. De hecho, Capilla llegó a Urgel el 24 de diciembre de 1588, y el 27 de enero siguiente renunciaba Calasanz a sus dos oficios de secretario del cabildo y maestro de cere-mo¬nias de la cate¬dral y el 3 de febrero aparece ya como familiar del obispo, (9) aunque quizá su nombramiento fuera anterior a la renun¬cia de cargos capitulares.

Todavía siguió viviendo en casa de Janer, quien le llama en sus notas «secretario y mayordomo de Monseñor Rmo.» Y en abril pasó a vivir en palacio. El obispo tenía consigo a tres cartujos, con quienes intentaba continuar viviendo como en la cartuja dentro de las posibilidades. Y Calasanz convivió con ellos también, como en otro tiempo en el pala¬cio episcopal de Barbastro con el obispo Urríes y sus compa¬ñeros dominicos. Era un acercamiento más a la vida religiosa, y en este caso a la austerí¬sima observancia de los cartujos.

Oficial eclesiástico de Tremp

Poco duró, sin embargo, la convivencia de Calasanz con los cartujos y con Capilla en el palacio episcopal, pues el 28 de junio fue nombrado, junto con D. Pedro Gervás de las Eras, visitador del oficialato de Tremp. Dos días después, Cala¬sanz y su obis-po se hallan en dicha villa, y al día siguiente, 1 de julio de 1589, es nombrado oficial eclesiástico. Tremp era señorío temporal del obispo, y por ello, Calasanz debe¬ría ejercer la jurisdicción eclesiástica y civil. Estando pre¬sente el obispo, es lógico que la ceremonia de la toma de posesión del oficialato la presidiera él, dando al nuevo ofi¬cial las potestades eclesiástica y civil que le competían. En un docu¬mento de 1659 se describen las ceremonias de la toma de posesión del oficialato de Tremp, que poco debían de diferir de las que se observaron en esta ocasión. Cala¬sanz, pues, juraría «a Nuestro Señor y a los santos cuatro Evangelios que tendría y guar-daría todos los privilegios, usos y costumbres… que la Villa de Tremp y sus natu¬rales y habitantes tenían y habían acostumbrado a tener, usar y disfrutar… Luego el Magnífico señor Clavero, tomándole la mano derecha, le hizo entrar en el escaño de dichos seño¬res Cónsules, a la derecha del Clavero y le entregó un par de guantes en señal de la posesión de la jurisdicción Civil, y en prueba de la posesión [de la] Cri-minal alta y baja, mero y mixto imperio, le entregó una espada envai¬nada, la cual desenvainó aquel señor y vibrándola en el aire en forma de cruz, dijo tres veces: Posesión que yo… Oficial y Vicario General del Ilmo. y Rmo… obispo de Urgel… to-mo de la Villa de Tremp, de la jurisdicción alta y baja, civil y criminal, mero y mixto imperio y de los demás derechos y pertenencias que tiene el Ilmo. y Rmo. señor Obispo de Urgel en la Villa de Tremp…». (10)

Es sin duda insólita esta evocación de un Calasanz blan¬diendo en el aire una espada desenvainada y adjudicán¬dose poderes de justicia civil y criminal, mero y mixto im-pe¬rio, como era insólito también verle empuñar un arca¬buz contra hugonotes y ban¬doleros. Son rasgos típicos y no únicos de estos cortos años de experiencias en su diócesis pirenaica.

La villa de Tremp tenía en 1521 sólo cien casas, y no mu¬chas más, por tanto, en tiempos de Calasanz. Su magnifica colegiata, en 1595, tenía siete canónigos y siete beneficia¬dos, dependiendo de ella sesenta y seis parroquias. Había también extra-mu¬ros un convento de dominicos en el que desde 1535 se enseñaba a leer, a escri-bir y gramática a los muchachos de la comarca; se llamaba Schola Christi. Y no es desacertado imaginar que Calasanz, en su calidad de oficial, visitara aquellas es¬cuelas y entablara relaciones amistosas con los dominicos, evocando a su antiguo protec¬tor Urríes, dominico también.

La dignidad de oficial eclesiástico de Tremp, como de otros arciprestazgos, llevaba consigo la de vicario general y así se designa a sí mismo Calasanz en un documento fechado en Talarn el 18 de septiembre de 1589. (11) Los antiguos biógrafos creye¬ron equivocadamente que había sido vicario general de toda la diócesis.

La Patrona de Tremp era la Virgen de Davall de Flors, vene¬rada en la Colegiata, en cuya cofradía se inscribió Calasanz el 25 de septiembre de 1589. El obispo Capilla tuvo la defe¬rencia de celebrar ordenaciones en aquella colegiata el 22 de septiembre de 1590, y entre los ordenandos había dos de Peralta de la Sal, Jaime Huguet y Gas¬par Salas, y uno de Pont de Claverol, Francisco Motes, quien mucho más tarde, siendo ya viejo, allá por 1648 recordaba a Calasanz así: «Siendo yo de catorce a quince años de edad le conocí y vi muchas veces por ser bastante amigo de mi pa¬dre. Como si ahora mismo lo estuviera viendo, era hombre alto, de venerable pre-sen¬cia, barba de color castaño, cara alar¬gada y blanca…». (12) Y aquel otoño de 1590 frisaba aún los treinta y tres años.

Visitador y reformador diocesano

Retrocedamos un poco. Había pasado ya casi un año de la muerte del obispo Mont¬cada (8-XII-1586) y no se hablaba aún de nombrar sustituto. Las necesidades de la diócesis movieron a los canónigos a emprender una visita pastoral y se repartieron entre ellos los arciprestazgos. Al arcediano mayor, Rafael Gomis, se le asignaron los oficialatos de Tremp, Balaguer, Guissona, Agramunt, Sanahúja, Oliana y Pons. Como acompañante se llevó consigo al joven secreta¬rio del cabildo José Calasanz. En el oficialato de Balaguer se encontraba Peralta de la Sal, donde estuvieron el 23 de noviembre de 1587. Allí se firmaron algunos documentos de reducciones de misas para el párroco peraltense y algún otro de los alrededores. La gira apostólica duró cuarenta días, sin posibilidad material de visitar todas las parro¬quias. Probable¬mente fue la primera vez en su vida que Calasanz, aunque como simple secretario de visita, se puso en contacto directo con la vida real de las parroquias, tanto de los curas como de los fieles, saliendo del ámbito cerrado de las curias.

El nuevo obispo Capilla siguió pensando, como los canóni¬gos, que el mejor modo de promover la reforma tridentina era visitar la diócesis. Y en esta actitud general nom¬bró visitadores del oficialato de Tremp, el 28 de junio de 1589, a José Calasanz y al canónigo Pedro Gervás de las Eras. Inmediatamente partió el obispo para Tremp, acompañado por Calasanz, a quien, como vimos, tres días después le consti¬tuía oficial eclesiástico. Un año más tarde, y por lo visto satisfecho de la labor reali¬zada, ampliaba el obispo el campo de acción de los dos visitadores, añadiendo a Tremp los oficialatos de Sort, Tirvia y Cardós, con fecha del 5 de mayo de 1590. No era necesario que fueran juntos, sino que podían dividirse las parroquias entre los dos para facili¬tar el trabajo.

Y ésta debió de ser la ocasión en que Calasanz captó con mayor profundidad las reali¬dades del pueblo y de sus pasto¬res y obró con absoluta responsabilidad perso¬nal, resolviendo problemas, aconsejando, comprendiendo, casti¬gando y perdonando. Y todo ello recorriendo todos aquellos parajes abruptos cercanos al Pirineo, por ca-mi¬nos difíciles y peligrosos, con la angustia de enfrentarse con bandoleros, su¬biendo montes y bajando valles, sintiendo el peso de los días y las horas y la satisfac¬ción de estrenar un sacerdocio que hasta entonces parecía destinado al servi¬cio exclusivo de obispos o cabildos catedralicios. Estos años en el oficialato de Tremp fueron ricos también en anécdotas, que Calasanz, ya viejo y con nostalgias de una juventud le-jana, contaba a sus hijos escolapios de Roma, curiosos siempre de saber qué había sido su vida en España. Y una vez muerto, proliferaron los testi¬gos que recordaban con imprecisión aquellas confidencias del ¨santo viejo¨ sobre los tiempos en que había sido oficial eclesiástico de Tremp, en tierras de Urgel.

En su «breve noticia» escribió Catalucci que Calasanz, siendo vicario de Tremp, «se portó egregiamente, dispo¬niendo que el clero viviese con mucha observancia y no acu¬diese a convites de personas seglares, sino que honesta¬mente se recrease entre eclesiásticos. Y apaci¬guaba sus discordias con suma prudencia». (13) Berro re¬cor¬daba que «habiendo sabido una vez que dos sacerdotes habían llegado a su tribunal muy encolerizados entre sí por cuestión de dineros, compareció, les hizo presentar por es¬crito sus respectivas instancias y razones, y luego, judicial¬mente, les intimó la prohibición terminante de no salir de casa hasta tanto que hubiesen encontrado ellos mismos una fórmula de avenencia y compensación mutua; con lo que a la ma¬ñana siguiente volvieron a su tribunal en per¬fecto acuerdo. José, entonces, hízoles una paternal repren¬sión y les mandó a sus domicilios respectivos, sin exigir el gasto de un solo sello por la administración de su justicia». (14) Catalucci sigue recor¬dando que «efectuando la Visita por los montes Pirineos, encontró al clero muy disi¬pado y fuera de regla, por lo que dio e hizo cumplir muy excelen¬tes ordenamientos y decretó pena de excomunión a los Arci¬prestes y Vicarios Foráneos si no denuncia¬ban a los no observantes. Provocó esta medida sublevación del pueblo y del clero, llegando hasta pretender asesinarle. Pero visto que todo resultaba a mayor gloria de Dios, se calmaron. Y en señal de deferencia le regaló la Comunidad buena canti¬dad de quesos, mostrándole su gratitud y confesando que hasta aquel momento no habían conocido su propio bien y cuán exelsa era su dignidad sacerdotal». (15)

Entre las anécdotas más sabrosas suelen repetir todos los biógrafos la siguiente: yendo un día por aquellos parajes pirenaicos, se encontró con un pobre hombre cu-yo asno, sobrecargado, se había metido en un barrizal y no había manera de sa¬carlo, ni con gritos, ni con palos, ni con blasfe¬mias. José detuvo su caballería y mandó al criado que le acompañaba que ayudara al desesperado arriero. Pero fue inútil. Entre los dos no lograban librar a la bestia del atolladero. Se apeó Calasanz, se quitó la sotana, echó ramas sobre el barro, se metió bajo la panza del animal y levantándolo sobre sus espaldas lo llevó hasta tierra firme. El aldeano quedó pas¬mado, naturalmente. El curita le hizo comprender con cierta soma que con blasfe¬mias no se saca a los burros de los barrizales. Y cada cual siguió su camino.

Otra anécdota sobre su fuerza extraordinaria: vio en cierta ocasión a unos marine¬ros que con todas sus fuerzas tiraban de una maroma para sacar una barca a la playa, sin conse¬guirlo; se acercó él, y sin ayuda de nadie tiró de la maroma hasta colocar la barca en la arena. Seguramente no ocurrió en el mar, sino en el río No¬guera Pallaresa, por el que era frecuente arrastrar troncos de árboles en almadías. O tal vez ocurriera en ese mismo río, cuyo puente de entrada a Tremp estaba de¬rruido en 1589, y para suplirlo había una barca o balsa tirada por una maroma des-de la orilla.

Y otra sobre el mismo tema: en las afueras de Tremp en¬contró un día Calasanz a un grupo de curas que se entrete¬nían en lanzar la barra lo más lejos posible. La cogió el ofi¬cial visitador y la tiró más lejos que nadie, imponiéndoles como vencedor que rezaran unos padrenuestros.

Pero, sin duda, el lance que más ha hecho cavilar a los bió¬grafos hasta hoy día es el del «rapto de la doncella». He aquí cómo lo resumió un testigo procesal. el P. Scas-se¬llati: «Habiendo sido destinado por el Obispo de Urgel a concer¬tar una paz en¬tre dos familias que estaban en contienda armada por motivo del rapto de una donce-lla, asunto en que habían fracasado otros, él lo ajustó y los redujo a con¬cordia con grandísima caridad». (16) Otros testigos de los procesos y primeros cronistas aña-den y abarrocan el re¬lato, que acaba por ocurrir en Barcelona entre familias de alta alcurnia; el caso llega a oídos del rey, quien pide al obispo de Urgel que intente ex-tinguir ¨aquel incendio que amenazaba abrasar a toda España¨; obispo delega en su vicario general Calasanz, quien ¨en el corazón del invierno, por nieves y barros, emprendió la marcha, llegando cuando las gentes armadas estaban orden de bata¬lla, a punto de inminente combate¨. Naturalmente, llegó, vio y venció, y «logró una inmediata suspensión de hostilidades y más tarde una total pacificación». (17) ¡De película! Si el caso ocurrió en Barcelona y es tan ruidoso que preocupa a la corte de Madrid, es muy extraño que el rey no recurra al obispo la Ciudad Condal, sino al de Urgel, y más raro toda¬vía que éste decline tan alta deferencia regia en su joven ofi-cial, totalmente desconocido en Barcelona y a punto de zarpar para Roma. Más aún: se sabe hoy que el obispo Capi¬lla estaba en Barcelona en aquellas fechas. Lo más verosímil es pensar que el caso ocurrió en alguno aquellos pueblos montaraces del Pirineo, cuando Calasanz estaba de visita pastoral, y que tal vez no se enteró si-quiera el obispo de lo que había ocurrido.

Todas estas anécdotas salieron de los labios del anciano Calasanz cuando sus hijos le pedían que les contara cosas de su estancia en España. Eran sus memorias. Los Tremp, por su parte, mantuvieron también vivo el recuerdo y la veneración por el que fue oficial eclesiástico, aunque por tan poco tiempo. En 1666, D. Jaime Galí, un sacerdote de Tremp, declaraba a los escolapios de Roma que en su ciu¬dad ¨tienen grandísima devoción todas aquellas gentes a dicho Venerable Padre y besan con gran¬dísima devoción las firmas que estampó cuando era Oficial …¨ (18)

¿Semillas de su futura vocación?

Es comprensible que los biógrafos hayan intentado encon¬trar indicios de la futura actividad pedagógica de Calasanz, ya en España. Vimos el caso de la escuela de pa¬jes en el palacio episcopal de Barbastro y la denominación coinci¬dente de «ayudante de estudios» dada a Calasanz en aquel período de su vida. En Urgel se encontraron dos alusiones documentales que podían presentar a nuestro joven sacer¬dote como maestro, pero fueron desmentidas por aclaracio¬nes posteriores. La primera fue un acta del Con¬sejo municipal de 25 de agosto de 1586, en que se hablaba de buscar un maestro «para el estudio de la presente ciu¬dad». Y se llegó a pensar que por es-te motivo fue llamado a Urgel nuestro Santo. Pero otros documentos dieron el nom¬bre de ese maestro y no era Calasanz. La segunda su¬gerencia estaba en las notas del mercader Janer, una de las cuales hablaba de un pupilo hospedado en su casa a quien allí mismo se le daban lecciones de escritura y cuen¬tas, y ¿quién más in¬dicado para maestro que el huésped Calasanz? Pero la cronología no encajaba exactamen-te.

De mayor consistencia para sentar antecedentes de la fu¬tura vocación magisterial y educativa de Calasanz es, sin duda, la actitud teórica y práctica de dos personajes, ínti¬mamente relacionados con él, que fueron el obispo Andrés Capilla y el canónigo Pe¬dro Gervás de las Eras. Ambos esta¬ban de acuerdo en que para conseguir la re-forma del pueblo de su diócesis, uno de los medios más eficaces era la fundación de colegios encomendados a religiosos. Ya en 1587, antes de realizar la visita junto con Calasanz a los oficialatos de Tremp, Sort, Tirvia y Cardós, proponía el canó¬nigo Ger-vás al Consejo de Aragón que «para que se consiga el fin que se desea, sería de mucha importancia se fundasen en aquella tierra dos Collegios: el uno en la villa de Graus, que está en medio del Condado de Ribagorça, y este que sea de los de la Compañía de Jesús…, y el otro en la Villa de Areny [su pueblo natal]…, y que este colegio podría ser de frayles carmelitas». (19) La idea fue apro¬bada por el Consejo Supremo de Aragón y pasó luego a la consideración de Felipe II, quien también aprobó la inicia¬tiva.

Al año siguiente fue nombrado obispo de Urgel fray Andrés Capilla, pero no tomó posesión personal de su cargo hasta las Navidades. Y desde principios del siguiente año 1589 empieza a solicitar a los jesuitas la fundación de un colegio en la capital del obispado. Los trámites fueron largos, y eso a pesar de que Capilla había sido jesuita durante dieciséis años, dejando gran renombre en la Compañía, a la que si¬guió estimando toda su da. Y al fin, en 1599, logró ver inau¬gurado el colegio en Ur-gel, al que los jesuitas llamaron «de San Andrés», para honrar el nombre del pre¬lado bien¬hechor. Antes que el colegio, fundó también Capilla el semi¬nario tridentino, inaugurado en 1592 y encomendado también a los jesuitas.

Cuando ambos centros educativos se inauguraron, Cala¬sanz estaba ya en Roma. Pero es sugestivo pensar que pudo menos de participar sentidamente en las pre-ocupa¬cio¬nes educadoras de sus dos íntimos amigos, el obispo Capilla y el canó¬nigo Gervás de las Eras. Y algo de todo esto debió de revelar Calasanz en su vejez roma-na si el fiel P. Caputi, confidente infatigable del Santo, dejó es¬crito en sus Memo¬rias este precioso párrafo: «Para hacer ver el origen y fundamento de donde tomaron pie los moti¬vos para fundar la Pía Obra [de las Escuelas Pías], es cosa digna de re-cordarse y saberse la visión que tuvo [Cala¬sanz] cuando era Vicario Gene¬ral del Obispo de Urgell, como él mismo muchas veces me la refirió a mí, que, como curio-so de saber las cosas, le andaba siempre interrogando y tirándole de la lengua. Pa-recióle una noche como si estu¬viese en Roma y predicase a un grupo de ni¬ños, que le pare¬cían ángeles. Enseñábales el modo de vivir cristiana¬mente, los ben¬decía y después acompañaba a sus casas, viendo entre tanto que los ángeles se le sumaban en la ta¬rea de acompañar a aquellos pobres. Sin hacer caso de la visión, pensaba que era simplemente un sueño de su fanta¬sía y a la mañana siguiente consideraba que era un despro¬pósito, por no haber tenido nunca intención de mar¬char a Roma. No pasaron muchas semanas, cuando empezó a oír una voz en su inter¬ior que le decía: «José ve a Roma; ve a Roma, José». (20)

Un último detalle. Entre las notas de Janer hay una del 6 de febrero de 1589 en que Calasanz, «como mayordomo de Mons. Rmo.», le pide un préstamo para comprar tela para «hacer medias a los pajes». Así, pues, también en el pala¬cio episcopal de Ur¬gel había pajes como en el de Barbastro. Y si Calasanz fue el maestro de estos niños, siendo «fami¬liar» de Urríes, ¿no pudo serlo también de los de Urgel, siendo «familiar» de Capilla?

Hacia Roma

Hemos leído a Caputi relatar «el sueño de José» y la voz interior que le dice: «José, ve a Roma». Esto fue escrito en 1672 aproximadamente. Pero ya en 1652, el P. Fran¬cisco Castelli, íntimo colaborador de Calasanz, había declarado lo mismo, aun¬que con más sobriedad, y lo sabía «por haberlo oído contar o al mismo Padre o a otros que se lo oyeron a él». Y decía que «encontrándose en España dicho Padre, después de ser sacerdote, sentía en sí una voz interna que le decía: Ve a Roma. Y se repetía muchas veces y le incul¬caba siempre la misma incitación. El padre re-flexio¬naba y se respondía a sí mismo: ¨Yo no tengo pretensiones. ¿Qué tengo que hacer yo en Roma?¨. (21) Los hagiógrafos repi¬tieron con emoción estas voces so-bre¬naturales, presagio de un futuro vocacional glorioso. No es que se tengan que ne¬gar a rajatabla. Pero normalmente los mensajes divinos llegan a través de medios más triviales. Y así ocurrió en realidad. En 1648, D. Francisco Motes, que se había tonsu¬rado en la Colegiata de Tremp siendo Calasanz oficial ecle¬siástico, ahora, a sus setenta y tres años, recordaba que al despedirse de su casa, antes de emprender su viaje, «di¬cen que tenía intención de ir a Roma para obtener alguna dignidad digna (sic) de sus cargos… y al cabo de uno o dos años oí que había pretendido no sé qué beneficio en su país, y que habiéndolo obtenido, como Dios le había desti¬nado para co¬sas mayores, le fue promovido un pleito y no saliéndole a su favor, determinó abandonar sus pretensio¬nes y darse de todo corazón a Dios». (22) Era un recuerdo exacto. Ese fue el motivo primario por el que se marchó a Roma, y una vez allí, Dios le dio un viraje de rumbo. Algo así como lo que le ocurrió a Saúl, que buscando sus asnas perdidas llegó hasta Samuel y el profeta le ungió rey de Israel. Calasanz se fue efectivamente a Roma en busca de una canonjía y Dios le constituyó fundador de una Orden religiosa, la primera en la Iglesia de Dios dedicada exclusi¬vamente a la enseñanza y educación de los niños. Se ha insinuado también que aprovecharía el viaje para hacer la visita ‘ad limina’ en vez de su propio obispo, pues en aque¬llos años Felipe II había prohibido que los obispos españo¬les la realizaran por sí mismos. A la vez, durante los prime¬ros años de su estancia en Roma debió de ser por algún tiempo el procurador o agente de negocios del obispado de Urgel.

No sabemos con precisión cuándo tomó la decisión de mar¬char a Roma, pero no fue repentina, pues meses antes de su partida empieza a renunciar a sus cargos. El jo¬ven de catorce o quince años, Francisco Motes, recuerda lo que se decía en su casa sobre el viaje Calasanz a Roma y las condi¬ciones con que renunció a su plebanía de Claverol, su pueblo: «Dejó la plebanía y parroquial de Claverol al Sr. Jaime Segur de Valmitjana, con un personado de 17 escu¬dos y medio a disposición de dicho Sr. Ca-lasanz; y habiendo de servir para obras pías, lo aplicó para los po¬bres de su parro¬quia, sin atender a carne ni sangre; y así en dos fiestas principales del año, esto es en la Pascua y en Pentecostés se dio limosna, según fue dispuesto». (23) Efec¬tivamente, el día 6 de septiembre de 1591 firmó ante notario un documento por el que fundaba para después de su muerte una causa pía a favor de los pobres de Or-toneda y Claverol. Al renunciar la plebanía a favor de Jaime Segur, se reservaba pa-ra sí 17 libras y 10 sueldos mientras vi¬viera. Después de su muerte, ese dinero ser-viría para com¬prar trigo todos los años y distribuirlo entre los necesitados de dichos pueblos. En 1618, al emitir sus votos en la Con¬gregación de las Escuelas Pías, que había fundado, tuvo que renunciar todos sus bienes, por lo que escribió a la fami¬lia Motes de Claverol para que hiciera efectiva ya la donación o causa pía, como si hubiera muerto. En 1620 re¬iteraba las mismas disposiciones al plebano de Ortoneda y Claverol. (24) Esta obra pía duró hasta 1833.

Igualmente debió renunciar a su oficio y beneficio residen¬cial de oficial eclesiástico de Tremp. No sabemos cuándo renunció al beneficio no residencial que gozaba en Monzón desde su ordenación de subdiácono, pero debió de ser an¬tes de irse a Ro-ma, pues a lo largo de todo el engorroso pleito por conseguir una canonjía en Bar¬bastro no se le men¬ciona, mientras sí se nombra otro beneficio en Fraga, que se le concedió en Roma en febrero de 1593.

El triste deber de las despedidas le obligaría a pasar por Benabarre, donde vivía su hermana Juana con su familia, y bajar luego a Peralta para ver a sus hermanas Ma¬ría y Mag¬dalena. Los hagiógrafos repitieron casi unánimemente que en esta ocasión, durante su estancia en su villa natal, repar¬tió Calasanz su hacienda entre sus her-ma¬nas y sobri¬nos, dando también una parte a los pobres y reservándose otra parte para sí mismo. Es probable que así fuera. De to¬dos modos, ni el reparto de sus bie-nes patrimoniales tuvo que hacerse necesariamente ahora ni las despedidas fueron dramáticas y con carácter definitivo, pues el viajero pen¬saba volver pronto, aunque ni él ni sus hermanas podían sospechar que ya no se volverían a ver nunca.

Otra de las cosas que tuvo que hacer antes de dejar Es¬paña fue conseguir el título de doctor en teología. En nin¬gún documento se le da ese título mientras está en Es¬paña. En mayo de 1590 se le llama «Profesor en Sda. Teolo¬gía» y en julio del mis-mo año «Bachiller en Sda. Teolo¬gía». La primera vez que aparece como «Doctor en Sda. Teología» es en un documento romano del 27 de fe¬brero de 1592. Desde esta fecha hemos de retroceder a la del 3 de diciembre de 1591, en que por última vez se le nombra como presente en Urgel, y entre ambas debió de llevar a cabo los trámites para conseguir su doctorado. ¿Dónde?

Los biógrafos de todos los tiempos han barajado, sin prue¬bas, muchos nombres de universidades o colegios mayo¬res. Han hablado del Colegio Romano de los Jesuítas, de las universidades de Alcalá de Henares y de Lérida, del Cole¬gio Schola Christi de los dominicos en Tremp. Y de todas las hipótesis, la más verosímil es la que supone que el título de doctor lo obtuvo en Barcelona. D. Francisco Mo¬tes dijo que Calasanz, después de haber renunciado a la plebanía de Claverol, «se marchó a Roma y a Bar¬celona a los estudios». Y esto sugiere que durante su estancia en Barcelona, antes de embarcarse para Italia, pasó Calasanz por el Estudio General para cumplir con los últimos expe¬dientes que le quedaban para conseguir el título. Puede su¬ponerse también que no recibió el título en el Estudio Gene¬ral, sino en el Colegio Belén de los Jesuitas, hipótesis muy sugestiva si se admiten las antes propuestas de que tan-to en Valencia como en Alcalá estudió Calasanz la teolo¬gía en los colegios locales de jesuitas, todos los cuales te¬nían facultad de conferir grados académicos. Pudo tam-bién facilitar los trámites la mediación de fray Andrés Capilla, ex jesuita y cordial¬mente relacionado con dicho Colegio de Be¬lén y que precisamente en los meses de enero y febrero de 1592 estaba en Barcelona, donde concluía el concilio provin¬cial empezado en Tarragona en los dos meses ante¬riores. Y puestos a supo¬ner, también se ha sugerido la posi¬bilidad de que el título se lo dieran en el Estudio Gene¬ral de Tarragona, con la recomendación de Capilla, pre¬sente allí por el referido concilio, o con la de D. Antonio Ga¬llart, que seguía siendo canónigo de la catedral. Sea como fuere, lo cierto e indudable es que Calasanz, apenas lle¬gado a Roma, era ya doctor en teología, y así firmaba, sa¬tisfecho, sus primeras cartas.

El 2 de febrero de 1592 se consagró solemnemente la nueva basílica de Montserrat, a cuya ceremonia asistieron muchos de los reunidos en el concilio tarraconense que se concluía en Barcelona. Es muy probable que José Calasanz subiera de nuevo a la montaña acompañando a su obispo Capilla y le contara durante el viaje los recuer¬dos agrada¬bles y desagradables de su larga estancia junto al visitador D. Gaspar Juan de la Figuera. Y al bajar del monasterio de¬bió de embarcarse en el puerto de Barcelona, rumbo a Roma, donde consta que se hallaba ya el 27 de febrero de 1592. Partió con la esperanza de volver muy pronto, pero no sabía que era un viaje sin retorno.

Notas

1 Urgellia 2 (1979) 384-385.
2 P. PUJOL I TUBAU, Sant Josep de Calassanç Oficial del Capítol d’Urgell (1587-1589) (Barcelona 1921) p.7O-79
3 Ibid., p.l6.
4 Ibid., p.15.
5 EGC, VII, c.3763.
6 Const., parte 1ª., c.VIII n.66.
7 De ritibus Ecclesiae Catholicae libri tres (Tip. Vaticana, 1591).
8 P. PUJOL I TUBAU, oc., p.79.
9 Ibid., p.15 y 83.
10 Anal. Cal. 4 (1960) 280-281.
11 Ibid., p.337.
12 BAU, BC, p.174.
13 Ibid., p.176-177.
14 Ibid., p.181.
15 Ibid., p.180.
16 Ibid., p.193.
17 Ibid., p.l94.
18 Anal. Cal. 4 (1960) 286.
19 Ibid., p.342.
20 BAU, BC, p.198.
21 Ibid., p.196.
22 Ibid., p.174.
23 Ibid., p.l8.
24 EGC, II, c.16* y 45



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