sJC (Biografía) - S. Giner - Written by Archivo Calasanz on Martes, Junio 9, 2009 17:56 - 0 Comments

S. JOSÉ CALASANZ (Severino Giner) C5: Roma, años de inquietud religiosa

ÍNDICE

CAPÍTULO 5
ROMA: AÑOS DE INQUIETUD RELIGIOSA

Pensando en volverse a España

En la segunda mitad de febrero de 1592 entró José Cala¬sanz en Roma. Tenía treinta y cuatro años. Nada sabemos de sus impresiones estéticas ante la magnificencia imperial de las ruinas romanas y de las basílicas, iglesias y palacios monumentales. Ni entonces, con ojos de recién llegado, ni luego durante sus larguísimos cincuenta y seis años de ro¬mano adoptivo, en sus 4.600 cartas conservadas, dio ja¬más un in-dicio de su admiración o aprecio de la inmensa riqueza artística de la Roma de los Césares y de los Papas renacentistas y barrocos. Y, sin embargo, no faltan alusio¬nes a fenómenos atmosféricos o a prodigios o monstruos nacidos en Italia o en otras latitudes, con su ribete de credu¬lidad en presagios y su no contenido asombro. No fue la riqueza, el arte, el fasto, la suntuosidad de la Ciudad Eterna lo que le subyu-gó, sino la miseria, la pobreza y la ignorancia de sus barrios, de sus gentes lo que le ganaron el corazón y le retuvieron allí. Lo que él creía un viaje con billete de ida y vuelta, se convirtió en permanencia defini¬tiva hasta la muerte.

Llegó con aires de vencedor, de quien tiene todas las cartas en regla y algún as en la manga. Sería cosa de unos me¬ses. Y a los diez de llegado, aún se siente tan op-timista como el primer día: «tengo muy gran confianza de ser pro¬vehido». (1) Por tanto, su esperanza y su deseo de vol¬verse a casa es explícito: «desseo mucho bol-ver presto a España». (2) En el mayo siguiente mantiene los mismos deseos y espe-ranzas: «yo procuraré con la breve¬dad [posi¬ble] de dar la buelta». (3) En ese mis-mo año 1593 tiene un rasgo emotivo para su querida Peralta, que no olvida: manda un cáliz —que todavía se conserva— para la parro¬quia con esta inscripción: Pro fe-rro aurum et argen¬tum. 1593 (Oro y plata en vez de hierro. 1593). Así evo¬caba con nostalgia la vieja herrería de su padre.

En septiembre del año siguiente continúa hablando de vol¬ver, pero ya no hay prisas: «Quando será Dios servido que yo buelva a esa tierra…». (4) Pasan unos años más, y poco después de entrado el nuevo siglo sus prisas no sólo han desaparecido, sino que se han convertido en decisión de permanencia estable: «Encontré en Roma la manera defini¬tiva de servir a Dios haciendo el bien a los pequeñuelos. No la dejaré por cosa alguna del mundo». (5) Poco a poco se ha ido romanizando y su patria queda cada vez más lejos. Así se expresaba en 1632: « (soy) aragonés de nación, pero romano por sentimiento y costumbres, pues son ya cuarenta años que estoy en Roma, olvidado absolutamente de la patria». (6) En el fondo, había acertado desde el princi¬pio al decir en su primera carta a España mayo de 1592: «Hasta hoy, bendito Dios, he tenido salud y confío con su favor de provar bien en esta tierra¨. (7) Más que presagio, era una inconsciente profecía.

El primer documento que nos cerciora de su presencia en Roma es una escritura no-tarial, fechada el 27 de febrero de 1592, por la que presta sin interés alguno 200 escudos a D. Baltasar Compte, canónigo de Tarragona y procurador de su diócesis en Roma, cuyos dispendios y trapisondas obliga¬ron al Cabildo tarraconense a se-cuestrarle sus bienes canonjiles y aun encerrarle en la cárcel episcopal por unos dí-as cuando regresó a Tarragona. Este canónigo aventurero residía en el palacio del cardenal Marcantonio Colonna, y allí llevó también a hospedarse a su protegido Ca-lasanz. (8) Es posible, sin embargo, antes de pasar al palacio de los Colonna viviera Calasanz, por poco tiempo, en una casa de la plaza de los Apóstoles, acogido por D. Rafael Durán, canónigo y ex pro¬curador de Urgel, pues poco antes de llegar Cala-sanz a Roma fue depuesto de su procura por el cabildo urgelitano por sus chanchu-llos, y su cargo debió de recaer en el re¬cién llegado Calasanz.

El viejo cardenal Marcantonio Colonna apreció muy pronto las dotes de su joven huésped Calasanz, pues le nombró su teólogo consultor, encomendándole también la dirección espiritual de su casa cuando ya podía expresarse en ita¬liano, consisten-te sobre todo en exhortaciones o pláticas semanales de vida cristiana a toda la fa-milia reunida. Los biógrafos hablaron también de que puso en sus manos la educa-ción e instrucción de dos sobrinos, Marcantonio y Fe¬lipe, pero no parece probable, no sólo porque nada dicen de ello los primeros testigos procesales, sino también por¬que los príncipes no eran ya tan niños, pues tenían, respecti¬vamente, diecisiete y quince años.

El palacio Colonna es contiguo a la basílica de los Doce Apóstoles, atendida enton-ces y ahora por los franciscanos conventuales, con los que tuvo mucho trato Cala-sanz en estos años de vecindad, y ello fue causa de la profunda transformación que experimentó su alma al ponerse en con¬tacto con la espiritualidad franciscana, sobre todo con la pobreza, tan importante en la gestación y desarrollo de su propia funda-ción de las Escuelas Pías: clérigos pobres al servicio de los niños pobres.

La obsesión por una canonjía

El 16 de mayo de 1592, apenas dos meses y medio de su llegada a Roma, escribía Calasanz al párroco de Peralta, D. José Texidor: «Pretendí luego en llegando un Ca-nonicato de Urgel y favorescióme muy de veras el secretario del Embaja¬dor de Es-paña y por medio de un Camarero secreto del Papa me huvo la gracia de dicho Ca-nonicato y la tuve sin saberlo mas de quinze días. Pero el Datario, por ser nuevo yo en la corte, en ninguna manera quiso que fuesse provehido por esta vez, ofrescién-dome que en la primera ocasión me haría merced. Sintiólo mucho el secretario y aun el Camarero y han propuesto que en tener aviso de alguna vaccante han de sa-lir con su intento. Yo confío que si algo vaccare y a mi noticia viniere, que por favor no lo perderé, porque a más destos me haze mucha merced el mayordomo del Papa por medio de un fraile Cartuxo amigo mío y deudo suyo. Yo tengo asiento en Casa del cardenal Marco Antonio Colonna en compañía de un Canónigo de Ta¬rragona que se llama Baltesar Compte muy querido y favo¬rescido del dicho Cardenal por cuyo medio he yo entrado en su casa. Sé que si ocassión se ofresce me hará también merced». (9)

Desde luego, esto fue llegar y besar el santo. Nuestro jo¬ven pretendiente estaba muy recomendado: le favorece el secretario del embajador, Pedro Jiménez Murillo, zarago¬zano; un camarero secreto del papa, el también aragonés D. Jaime de Pala-fox, más tarde marqués de Ariza, o, según otros, el futuro cardenal Francisco Die-trichstein; el mayor¬domo del Papa, Hércules Estense Tassone; un fraile car¬tujo, amigo suyo y probablemente conocido del también cartujo Mons. Andrés Capilla. Y por si fuera poco, el carde¬nal Colonna también está dispuesto a echarle una mano. Pero contra todos estos protectores que le habían conse¬guido efectivamente la ca-nonjía urgelitana pudo la interven¬ción del datario, futuro cardenal Lucio Sasso. Y gracias a él hubo un canónigo menos y un fundador más.

Pasaron unos seis meses de expectativa, y el cardenal Co¬lonna, cumpliendo su pa-labra, le consigue otro canonicato en Urgel. Calasanz da la noticia a su párroco en carta del 25 de noviembre, y dice: «El Cardenal Colonna, en cuya casa yo estoy, me huvo la gracia del Canonicato que vaccó en Urgell por muerte de Sorribes y después hallamos que havía muerto en mes del Ordinario y así no tuvo effecto. Agora se haze diligencias por otro; no sé en qué parará. En Albarrazín le pudiera tener o en Teruel, pero por tan lexos no he querido pedirlos. Nuestro Señor lo encamine a su ser¬vicio». (10) Son ya dos canonjías conseguidas en Urgel, y las dos sin efecto por motivos diversos. Y no deja de lla¬mar la atención que siendo esta segunda canonjía de provi¬sión del obispo, no se acuerde fray Andrés Capilla que su querido Dr. José Cala¬sanz se ha ido a Roma a buscar una. ¿Cómo no se la reservó para él y le llamó de nuevo a la Seo? Visto el se¬gundo fracaso por conseguir canonjías en su diócesis, Cala¬sanz parece dispuesto a aceptar alguna en otras sedes, pero rechaza las de Al-barracín o Teruel porque están dema¬siado lejos. Y busca naturalmente una que esté más cerca, y por ella se han empezado a hacer ya diligen¬cias.

En enero de 1593 solicita y consigue un beneficio no residen¬cial en Fraga, que le proporciona 24 ducados anua¬les. Parece ser que esta prebenda estaba relacionada con los Agostí, uno de los cuales casó con Juana, hermana de José Calasanz, que, aunque viviera en Benabarre, probable¬mente era pariente de los de Fraga.

En marzo de 1594 se presenta una vacante en Barbastro, y es de provisión pontifi-cia. Aquella catedral le evocaba los tiempos de su sacerdocio recién estrenado. Hizo, pues, los trámites necesarios, y el 17 de junio se le concedió la canon¬jía. Pero en Barbastro, mientras tanto, las cosas se complicaban. Para aquella vacante se pre-sentaron tres pre¬tendientes: los doctores Castillo, Latorre y Navarro. El obispo vota por el primero, la mayor parte del cabildo por el segundo y, por el momento, queda marginado el tercero. El conflicto llegó a oídos de Calasanz, quien, antes de man¬dar a nadie que tomara posesión de su sitial por procura, consiguió del Papa un monito-rio, es decir, un documento conminatorio por el que se obligaba a retirarse a cual-quiera que hubiera osado tomar posesión de aquella canonjía. Se lo había firmado el 27 de septiembre de 1594 el protonota¬rio apostólico Camilo Borghese, el futuro Pa-blo V. Nombró procuradores para tomar posesión de su prebenda, pero al llegar és-tos a Barbastro y presentar sus papeles, el cabildo los consideró inválidos. Mientras sigue la discusión entre cabildo y obispo sobre sus respectivos candidatos, el ter¬cero de ellos, el marginado Dr. Navarro, se presenta en Roma y hace su súplica para que se le conceda la discutida canonjía. Y ante las razones aducidas, se le concede con fecha de 9 de junio de 1595. Con tales papeles en regla vuelve triunfante el Dr. Na-varro a Barbastro, los presenta al cabildo y recibe las mismas objeciones con las que había sido rechazada la pretensión de Calasanz. A todo esto, muere el obispo y el candidato del cabildo toma la decisión de hacerse capuchino, por lo que el pleito entre cabildo y mitra ha terminado. Pero a pesar de haberse quedado sin protector, el candidato episcopal, Dr. Castillo, emprende viaje a Roma y presenta su petición, que es atendida por la Santa Sede y se le concede la canonjía el 7 de diciembre de 1595. ¡Increíble, pero cierto: los tres pretendientes han conseguido la misma ca-nonjía! Y no todo acaba aquí. Cala¬sanz mueve pleito a Castillo y a la vez interpone una se¬gunda petición, cuyos razonamientos convencen a la Data¬ría, que con fecha del 27 de agosto de 1596 se la vuelve a conceder. Naturalmente, los Otros dos con-trincantes están dispuestos a seguir el pleito, que tiene visos de eterni¬zarse, dejan-do desplumados a los litigantes. Por lo que deci¬den ponerse de acuerdo entre ellos: el Dr. Navarro se quedará con la canonjía, reservando 30 ducados anuales al Dr. Castillo y 36 a José Blanch, sobrino de Calasanz, ade¬más de entregar a este último otros 60 por los gastos del pleito. Con todas las explicaciones pertinentes, presen-tan de nuevo súplica a la Dataría para que confirme el referido acuerdo, y así se hace por breve pontificio de primero de enero de 1598. Parece ser, sin embargo, que Calasanz ja¬más cobró nada de todo ello, pues su sobrino y su cuñado se desen-tendieron de estas pensiones, haciéndole excla¬mar en carta de 27 junio de 1599 al párroco de Peralta: «pues esta correspondencia tengo yo en mis deudos, ben¬dito Dios… Holgaría que las bulas más presto viniessen a mano [de V. M.] que de mi cu-ñado o de mi sobrino, porque de quien en tantos años no me ha valido de cosa al-guna, no se qué pueda pensar». (11) Este desengaño respecto a sus parientes se unió al que le produjo todo este largo pleito por la canonjía de Barbastro, y le incli-nó a renunciar para siempre a prebendas residenciales, pero no a las que sin obliga-ción de residir podían proporcionarle entradas para dedicarlas a «una causa pía que yo tengo propósito hacer», como decía en la citada carta de 1599, y que no puede ser más que sus Escuelas, que en 1600 las sacaría del Trastévere para introducirlas en la ciudad, quedando ya bajo su personal responsabilidad.

Otra canonjía se le ofreció en Zaragoza. Los biógrafos dije¬ron que fue en torno a 1605. Pero no parece verosímil, pues en la citada carta de 1599 decía Calasanz: «El Data¬rio, sabiendo que yo no pretiendo beneficios de residencia, me ha ofrescido de darme simples como se ofresca la ocas¬sión». Lo de Zaragoza debió de ser hacia 1594. En efecto, Felipe II, ya desde 1592, empezó los trámites para conver¬tir el ca-bildo de la Seo de Zaragoza, que estaba en manos de los canónigos regulares de San Agustín, en cabildo secu¬lar. En 1594 escribía el rey al duque de Sessa, su em¬bajador en Roma, que los nuevos canónigos «se han de te¬ner por los mejores suje-tos del Reyno de Aragón… todos tenidos por Cristianos viejos, limpios y de buenas costum¬bres», y entre los nombres puestos por el rey había «ocho Aragoneses nom-brados en la memoria que va con ésta, que se entiende que están en esa Corte [Roma]…». (12) En 1952 se encontró un manuscrito en la Seo de Zaragoza con una lista de futuros canónigos para esos años, y en el nú¬mero 26 se lee: «El Dr. Josep-hed de Calasanz, natural de Peralta, junto a Monçon, que está en Roma», y al mar-gen se lee «limpio», es decir, sin ascendientes moros o judíos. El manuscrito zara-gozano confirmaba una noticia ya vieja, pues en el opúsculo editado del primer pa-negírico necroló¬gico de Calasanz se leía: «1604. Le nombraron por canó¬nigo de la Santa Iglesia de Zaragoza». (13) La bula de secu¬larización del cabildo zaragozano es de 1604 y no se ejecutó hasta noviembre de 1605, por lo que se creyó que a esos años había que asignar la candidatura calasancia. No podemos asegurar que en la lista estuviera el nombre de Calasanz, pero todo induce a pensar que sí, te-niendo en cuenta las amistades de que gozaba en la embajada espa¬ñola. Felipe II murió en 1598, y su sucesor siguió con inte¬rés este asunto hasta 1605, en que to-maron posesión los nuevos canónigos. Entre ellos no figuran algunos de la pri¬mera lista de 1594 ni tampoco Calasanz. Por estas fechas de 1605 estaba ya comprome-tido con sus Escuelas Pías y no tenía sentido alguno para él pensar en una canonjía zara¬gozana.

El P. Berro, en sus Memorias, dejó escrito que al morir el párroco de Santa Dorotea del Trastévere (1600) le propu¬sieron a Calasanz que ocupara su puesto, «mas él no quiso aceptar de ningún modo ni la parroquia ni una canongía de mil doscientos es-cudos de ingreso en la ciudad de Sevilla, alegando que para atender a la parroquia necesitaría des¬atender las Escuelas; y al Secretario del Embajador del Rey Católico agradeció sinceramente el tardío ofrecimiento, pero respondió decidido: Encontré ya en Roma la manera definitiva de servir a Dios, haciendo el bien a los pequeñue¬los. No la dejaré, por cosa alguna en el mundo». (14) Podría ser que esta «memoria» de Berro se refiera al canonicato de Zaragoza, aunque no se excluye que la nueva ofer-ta fuera para Sevilla.

El P. Caputi, en sus Memorias, y los testigos procesales Mi¬guel Jiménez Barber y P. Scassellati afirman que por esas fechas, o concretamente en 1605, el embajador español ofreció también a Calasanz, en nombre del rey, la sede arzo¬bispal de Brin-dis, pero él no la quiso aceptar y pre¬sentó en su lugar a un gran amigo suyo, Mons. Juan Falces, natural de Azanuy, que fue quien efectivamente la ocupó. (15) Igual-mente afirmaron los testigos procesales P. Scasse¬llati y H. Francisco Noberasco que Pablo V incluyó el nombre de Calasanz en la lista de promoción al cardena¬lato, pero el Santo lo rehusó. (16) Lo que había sido motivo principal de su viaje a Roma y le había obsesionado du¬rante siete años al menos (1592-1599), es decir, conseguir una canonjía, dejó de preocuparle, cambiando radicalmente de actitud al rechazar canonjías pingües, un arzobispado y quizá el capelo cardenalicio. Algo muy serio y profundo había ocurrido en su alma.

Cambio de rumbo: actividades religiosas y sociales

El fracaso o la renuncia a las canonjías es como el toque de gracia que sugiere un viraje en redondo. Algunos de los primeros testigos que le conocieron coinciden en esa idea. El sacerdote Francisco Motes dijo: «Determinó abando¬nar sus pretensio-nes y darse de todo corazón a Dios». Fran¬cisco Gutiérrez, un pobre pintor que fue acogido por Cala¬sanz en casa, dijo: «El P. José vino a Roma a pre¬tender alguna pre-benda eclesiástica, pero luego, tocado por Dios y reconociendo que todo lo de este mundo es vani¬dad, dejó el siglo y fundó la religión…» Y Tomás Si¬món, un catalán que servía las hostias a la iglesia de San Pantaleón, dijo: «Vino a Roma… por las pretensiones de ser provisto de beneficios. Pero luego se resolvió a otro te¬nor de vida, diciendo que la tal vida por él comenzada no era para él, y por ello se entregó totalmente al espíritu». (17) Con exage¬ración o sin ella, el testigo Jiménez Barber dijo que Calasanz, por esta época, gozaba de unos 2.000 escudos anuales de renta. Por otra parte, tanto este como otros tes¬tigos de primera hora se complacen en de-tallar que el joven sacerdote vestía de seda. Y todo cambió radi¬cal¬mente. Es decir, que en estos años se intuye que está apuntando el Santo.

Nada sabemos en concreto de lo que pudo ocupar sus días y sus horas durante los tres primeros años de estancia en Roma, a no ser sus escasos compromisos en el palacio Co¬lonna, sus diligencias curiales como procurador de su dióce¬sis de Urgel y sus preocupaciones por las pretendidas canonjías. Todo lo cual no puede llenar sa-tisfactoriamente una existencia. Pero ya desde 1595 va abriendo sus ojos a otros horizontes, y su alma va captando otras realidades mucho más preocupantes que sus soñadas prebendas.

En la basílica de los Doce Apóstoles, contigua al palacio Co¬lonna, radica la Archico-fradía de los Santos Apóstoles, cuya finalidad es atender a los pobres —incluso no-bles venidos a menos— y a los enfermos. Pero hay que ir a visitarles a sus propias casas y no esperar que vengan a pedir limosna. El contacto frecuente con los con-ventuales o con los mismos cofrades decide a Calasanz a inscribirse en 1595. Su presen¬cia en la cofradía se prolonga hasta agosto de 1601 en que aparece por últi-ma vez en los libros, porque las nue¬vas responsabilidades con su obra de las Escue-las Pías le impiden dedicar el tiempo a otros queha¬ceres. En 1644 re¬cordará con precisión «haber visi¬tado durante seis o siete años todos los barrios de Roma, por ser de la Compañía de los Santos Apóstoles». (18) Consta, en efecto, en los libros de la cofradía que durante esos años hizo 157 visitas a once barrios romanos. Este frecuente contacto con la po¬breza y la miseria del pueblo, en contraste con la sun-tuosi¬dad y la abundancia que podía ver diariamente en su pro¬pia residencia princi-pesca del pala¬cio Colonna, le trastorna¬ron el alma.

La realidad tangible de la pobreza, vista y palpada en tan¬tos tugurios de los once barrios romanos, le acercan a la personalidad de San Francisco, ‘il poverello’ por an-tonoma¬sia, no sin la lógica influencia de los frailes conventuales, sus vecinos. Y ello se trasluce en su inscripción en la Vene¬rable Archicofradía de las Llagas de San Francisco, en la que ingresa el 18 de julio de 1599. Y probablemente una semana más tarde sale en peregrinación para Asís, junto con otros cofrades. Pero de esto hablaremos luego. En esta cofradía permaneció hasta la muerte, pues no suponía inter¬ferencias en su dedicación a las Escuelas Pías, sino más bien una vivencia de la espiritualidad franciscana.

El 10 de julio del Año Santo 1600 da su nombre a otra cofra¬día: la de la Santísima Trinidad de los Peregrinos y Convalecientes, dedicada a obras de caridad, especial¬mente a catequizar a los peregrinos para que pudieran ga¬nar el jubileo y atenderles en sus necesidades. Esta cofra¬día era muy rica en indulgencias y a ella pertenecían altos personajes de la curia romana, como lo fueron Clemente VIII y Pablo V antes de ser papas, así como muchos carde¬nales y prelados. Sin duda, éste fue un medio para que Cala¬sanz entrara en contacto con personalidades muy influ¬yentes, que luego le tendieron la mano cuando fundó sus Escuelas.

Dos meses más tarde, el 17 de septiembre de 1600, se ins¬cribió en la Archicofradía de Nuestra Señora del Sufra¬gio, cuyo fin primordial era preparar a los moribundos a bien morir y rogar a Dios diariamente por los difuntos. Esta cofradía logró tal creci-miento en poco tiempo, que en el Año Santo de 1600, en la procesión ofi¬cial a las cuatro basílicas, para ganar el jubileo, asistieron unos 300 cofra¬des y unos 40.000 fieles. También aquí pudo Calasanz cono¬cer y tratar, entre otros, a los cardenales Ba¬ronio y Bellarmino, pues eran cofrades.

Fue también miembro del Oratorio de Santa Teresa, de la iglesia de la Scala en el Transtíber, y allí encontró a carme¬litas españoles que influyeron poderosamente en su espiri¬tualidad y en la configuración de su fundación de las Escue¬las Pías, sobre todo los PP. Domingo Ruzola y Juan de Jesús María. Por otra parte, la devoción a Santa Teresa y la admi¬ración por sus escritos fue una característica de Calasanz.

También se dice que perteneció a la Cofradía del Santísimo Sacramento, con sede en San Eustaquio. Y a ello habría que añadir que la Archicofradía de los Santos Apóstoles había sido asociada por Sixto V a la Cofradía del Santísimo Sacramento que existía en la basílica de los Doce Apósto¬les, al quedar ligada a esta basílica, y mantenía entre sus prácticas piadosas una procesión eucarística en los últimos do-mingos de mes. La Archicofradía de la Santísima Trinidad tenía también cada mes una función especial con exposi¬ción solemne del Santísimo Sacramento a los fieles. Y la del Sufragio prescribía la adoración al Santísimo Sacra¬mento en las Cuarenta Horas. La piedad eucarística era, pues, una nota dominante en la espiritualidad de Calasanz de estos años, como lo era también la devoción a la Virgen, cuya advoca-ción romana de la ‘Madonna dei Monti’ fue espe¬ciadísimamente preferida por Cala-sanz desde estos primeros años de su romanización hasta su muerte.

Pero entre todas las cofradías, sin duda ninguna, la que más trascendencia tuvo en el Fundador de las Escuelas Pías fue la Cofradía de la Doctrina Cristiana, en la que debió de inscribirse en el otoño de 1597 o comienzos de 1598, y está a la raíz de la experiencia primitiva de la escuela de Santa Dorotea, germen de la futura Orden. De ello hablare¬mos luego.

La devoción que siempre mantuvo por San Felipe Neri nos hace suponer que lo trató en vida, pues murió en 1595 y era un personaje popularísimo en la Roma de fin de siglo. A él se debió el incremento y aceptación popular que adquirió la práctica peni-tencial de la visita a las siete iglesias. De este pío ejercicio hablan todos los biógra-fos antiguos y mo¬dernos, de San José de Calasanz, basados en las afirmacio¬nes de los primeros testigos y cronistas, y no acaban de ponerse de acuerdo. La idea tradi-cional fue que Calasanz, en estos primeros años que giran en torno al 1600 y du¬rante otros muchos, una vez fundadas sus Escuelas, reali¬zaba diariamente estas vi-sitas a las siete iglesias. En reali¬dad, de todos los testigos procesales primitivos sólo uno afirmó que visitó las siete iglesias todos los días durante el Año Santo (H. Ferra-ri), otros dicen «casi todos los días» (Morelli), «muy a menudo» (Berro), «era muy asiduo en visitarlas» (Catalucci). (19) Lo más verosímil es pensar que durante el Año Santo hiciera con muchísima frecuencia la visita jubilar, que se reducía a las cuatro basílicas princi¬pales, sin negar que también pudiera hacer muchas veces la visita completa a las siete iglesias. Y que antes y des¬pués del Año Santo hiciera también con cierta frecuencia la visita a las siete iglesias. Quien la haya hecho algu-na vez estará de acuerdo en que no es verosímil que alguien la haga todos los días, ni siquiera durante un año, no sólo por el cansancio físico que supone —son unos 20 kilómetros—, sino también por el tiempo que exige, imposible de compagi¬nar con una ocupación fija, pesada y responsable como eran las escuelas de todos los días.

Es tradición, y así lo afirma un testigo, (20) que en la peste de 1596 el joven José Calasanz y San Camilo de Lelis cola¬boraron abnegadamente para asistir a los apes-tados, y algo parecido debió de suceder durante la catastrófica inun¬dación del Tíber del 24 de diciembre de 1598, en la que perecieron 1.400 víctimas (4.000 según otros), y que fue fatal para las escuelas de Santa Dorotea.

Una noticia, generalmente preterida por los biógrafos, es la que conservó Berro en sus Memorias: dice que al poco tiempo de llegar Calasanz a Roma, el cardenal Ca-milo Borg¬hese, vicario del Papa, le nombró confesor y capellán del monasterio de monjas de San Silvestre en el Campo Marzio, y que luego el cardenal Lanti le nom-bró tam¬bién capellán de las carmelitas descalzas de ‘Capo le Case’. (21) Esto su-pondría una ocupación sacerdotal com¬prometida y un aprecio muy prematuro de sus dotes perso¬nales.

¿Por senderos de la mística?

Este José Calasanz de fin de siglo y Año Santo de 1600, inscrito en unas siete cofra-días romanas, con los compromi¬sos sociales y religiosos que implicaban, conmo¬vido profundamente por la pobreza y miseria del pueblo bajo de todos los barrios de Roma y entregado a su servi¬cio, ganado por el ideal de pobreza franciscana, inmer-so en las devociones populares propias de la piedad romana, está ya muy lejos de aquel Dr. José Calasanz que llegó a Roma en 1592 con aires de conquistador, dis-puesto a conseguir a toda costa una canonjía española. Todo aquello acabó en agua de borrajas, con fracasos y con renuncias. Y todos estos años, desde su venida has-ta que se da de bruces con la escuelita de Santa Dorotea, vuelven a ser años de in-deci¬sión, de desorientación, de búsqueda inconsciente de su definitiva vocación, aquella que dará sentido a su vida y su nombre a la historia.

Y quizá en ese tránsito, tan rápido, desde su renuncia a dignidades a su entrega to-tal al prójimo y a la vida de pie¬dad, llega a momentos sublimes que sólo se encuen-tran en la madurez de vida de los santos; es decir, las experiencias místicas. Está rondando aún sus cuarenta años y le quedan todavía casi cincuenta por delante. Por ello estaríamos ten¬tados a creer que estas experiencias le ocurrieron mucho más tarde y no a los seis o siete años de llegar a Roma. Pero, por otra parte, según los testimonios, éstos fueron años verdaderamente ricos en vida espiritual y no se pue-de negar que le envolvieron en un ambiente propicio para lle¬gar a vivencias interio-res de alta intensidad mística.

En la carta que escribió al párroco de su pueblo en junio de 1599 le decía: «Yo he deseado ver algunos lugares de gran devoción que hay por la Italia como son la Sma. Casa de Loreto, el Monte de la Verna donde San Francisco recibió las llagas, el Monte Cassino y Monte Verine y otros y bol¬verme a Roma para el año Santo y no me ha sido posi¬ble hasta agora, todavía pienso hazerlo con el favor de Dios». (22) Hay quien dice que esta larga peregrinación debió de hacerla en 1614, (23) mien-tras la mayor parte de los bió¬grafos, incluso los más críticos, (24) la sitúan en ese mismo verano de 1599, poco después de habérselo anun¬ciado al párroco de Peralta.

Las razones de estos últimos nos parecen más convincen¬tes, e incluso quien propo-ne la primera hipótesis reconoce que tal vez, debido a la avanzada edad de Cala-sanz, que en 1614 contaba ya cincuenta y siete años, todo se redujo a una visita a Asís, que es la que más interesa, por la expe¬riencia mística que allí tuvo, según tes-tigos. Pero no se puede negar que, en efecto, realizara ese propósito de visi¬tar to-dos esos santuarios y «otros» similares en el verano de 1599, como lo sugiere una carta de Calasanz de 1630 en que dice, al referirse a Nursia, patria de San Benito: «Yo estuve allí, de lo que hace ya más de 30 años». (25) Es decir, antes de 1600. Por otra parte, según los libros de la Cofradía de los Santos Apóstoles, desde mayo de 1596, en que aparece por primera vez el nombre de Calasanz, hasta finales de 1599 sus ocupaciones no le hubieran dejado li¬bres más de tres semanas para au-sentarse, y sólo pudo hacerlo desde el 24 de julio hasta el 7 de septiembre de 1599. Ni Asís ni Nursia aparecen nombrados entre los san¬tuarios que piensa visitar, pero añade que hay «otros», y lo lógico es pensar que entre ellos estuvieran Nursia y Asís, donde nacieron San Benito y San Francisco (a quienes piensa venerar también en Monte Cassino y en el Monte de la Verna), y que nos consta que visitó.

Precisamente relacionada con su visita a Asís tenemos de¬claración jurada de fray Buenaventura Claver, obispo de Potenza, quien reveló que «comunicándole yo un día en S. Pantaleón, en Roma, algunos sentimientos míos, él [Cala¬sanz] me confió que habiendo ido a Asís a ganar la indulgen¬cia plenaria en la fiesta del dos de agos-to en Santa María de los Ángeles, se le apareció el Padre San Francisco dos veces, y en una de ellas lo desposó con tres doncellas, que significaban y representaban los tres votos de obedien¬cia, castidad y pobreza, y en la otra le mostró la grandísima dificultad que hay para ganar indulgencia plena¬ria, y me aseguró que no sabía ex-plicarlas, aunque las había entendido por iluminación interior». (26) La perso¬nalidad del declarante y la sobriedad de lo declarado difícilmente podrían dar lugar a dudas sobre la realidad del suceso. No obstante todo lo dicho, nada nos fuerza a admi¬tir que esta visión ocurriera en el verano de 1599, durante su largo recorrido por los santuarios de Italia. Pudo ser que en 1614 volviera a Asís y tuviera entonces esta aparición, tan íntimamente relacionada con la vocación religiosa por el símbolo de los tres votos; en 1599 está todavía lejos de pensar en ser religioso, mientras en 1614 estaba ya en rela¬ción con la Congregación de la Madre de Dios, de Lucca, a quien había encomendado sus Escuelas y a la que precisamente intentará reformar, exigiéndole «suma po¬breza». Digamos además que esta visión de Asís esta rela¬cionada con otra de la pobreza, Madonna Poverta, recor¬dada por todos los biógrafos y apoyada en las memorias de los primeros cronistas. Es, pues, más coherente que ambas visiones ocurrieran en ocasiones temporales próximas y relacionadas con su acercamiento a la vida religiosa, como una invitación a ingresar en ella.

Hay además dos hechos carismáticos que los declarantes sitúan en estos años de fin o principio de siglo, como fruto de su intensa vida espiritual. El primero nos lo cuen-ta el P. Castelli, que dice: «Yendo un día a San Juan de Letrán en la visita de las sie-te iglesias, se encontró [Calasanz] con un grupo numeroso de gente que pugnaba por hacer entrar a la fuerza a un endemoniado en el templo y no podían con él. Se acercó el P. José, armado de fe viva y verdadera, lo tomó de la mano con los dedos de la suya derecha que al¬zan en la Misa la Sagrada Hostia. El energúmeno se dejó llevar como un corderillo y penetró en el interior de la Basí¬lica. Años después pre-gun¬tábale yo si era verdadero el caso y cómo fue. Su contestación fue natural y al mismo tiempo evasiva: ¿Pero no sabéis la fuerza de que son capa¬ces los dedos con-sagra¬dos de un sacerdote?». (27) Según otros testigos, la es¬cena debió de ocurrir en Santa Práxe¬des, y se trató de una posesa y no de un poseso. Pero son detalles que no des¬mienten la narración sustancial.

El otro hecho sería una profecía. Durante los años en que vivía en el palacio Colon-na, muchas veces solía pasar al convento de los franciscanos, contiguo a la basílica de los Doce Apóstoles. En una ocasión encontró jugando y corre¬teando por un claustro a dos jóvenes frailes, llamados San¬tiago Montanari de Bagnacavallo y Juan Bautista Berardice¬lli de Larino, y les llamó buenamente la atención diciéndo¬les que era mejor que aprovecharan el tiempo de manera más digna y no jugando como chiquillos, pues ambos llega¬rían a ser superiores generales de su Orden, como así fue. Con los dos mantuvo más tarde relaciones de gran estima y consideración. Muerto el Santo, se intentó que declararan en el proceso de beatificación, pero no fue posible. Recorda¬ron, sin embargo, esta temprana profecía.

Mucho había adelantado José Calasanz en el camino de la perfección en estos post-reros años del siglo, y quizá sabía ya mucho de «moradas» interiores. Y lo que es más impor¬tante, en esas mismas fechas toda esta inquietud religiosa y ese buscar incesante e inconsciente su personal vocación sacerdotal habían llegado a una meta segura: la dedicación plena a la escuela como medio de promoción social de los po-bres y de reforma cristiana de la sociedad.

Notas

1 EGC, II, c.4.
2 Ibid.
3 Ibid., c.5.
4 Ibid., c.6.
5 BAU, BC, p.278.
6 EGC, y, c.1849.
7 EGC, II, c.3.
8 Ibíd.
9 Ibid.
10 Ibid., c.4.
11 Ibid. c.7.
12 Catalaunia 195 (1977) 38.
13 Ibid., p.37.
14 BAU, BC, p.278.
15 EGC, II, p.186.
16 BAU, RV, p.71.
17 Ibid., p.60 y 62.
18 EGC, VIII, c.4185.
19 A. GARCÍA-DURÁN, Itinerario espiritual de San José de Calasanz (Barcelona 1967) p85-87, nt.463.
20 BAU, RV, p.78.
21 V. BERRO, Memorie f.16.
22 EGC, II, c.7.
23 A. GARCÍA-DURÁN. oc., p.82 y 131.
24 SÁNTHA. Ensayos p.54.
25 EGC IV c.1331.
26 A GARCÍA-DURÁN. OC., p.131-l32.
27 BAU. RV. p.80.



Leave a Reply

Comment

Índice Documental Mensual

PERALTA - Jul 8, 2011 10:22 - 0 Comments

PERALTA

More In Noticias


PERALTA - Jul 8, 2011 10:22 - 0 Comments

PERALTA

More In Noticias


PERALTA - Jul 8, 2011 10:22 - 0 Comments

PERALTA

More In Noticias