sJC (Biografía) - S. Giner - Written by Archivo Calasanz on Martes, Junio 9, 2009 18:32 - 0 Comments

S. JOSÉ CALASANZ (SG) C1: Una infancia feliz

ÍNDICE

CAPÍTULO 1
UNA INFANCIA FELIZ

Peralta de la Sal

El 25 de agosto de 1646, exactamente dos años antes de su muerte, escribía Cala¬sanz a la virreina de Cerdeña, D. Catalina de Moncada y Alagón, consolándola en sus penas, y terminaba la carta con este párrafo: «Mientras tanto, rogaré continua¬mente al Señor que conserve por muchos años la salud a toda la Casa de V. E. y en particular a sus dos hijos, y les aumente constantemente la gracia divina. Que es lo que yo, como afectísimo servidor y vasallo, le puedo desear, presentándole mis res¬petos». (1) Y no por mera pleitesía se declaraba vasallo de la Casa de los Moncada, sino que lo era por haber nacido en la villa de Peralta de la Sal, que en aquellos años era uno de los tantos señoríos de los Moncada. Pero su anexión era reciente. La madre de la virreina, D. Margarita de Castro y Alagón, fue la heredera de las Ba-ro¬nías de Castro y Peralta de la Sal, y casó en 1610 con D. Francisco de Moncada y Moncada, señor de la Casa de Moncada, tercer marqués de Aytona, conde de Oso-na, etc. Por este matrimonio, la Baronía de Peralta con la de Castro pasaba a engro-sar los ya numerosos estados señoriales de los Moncada, marqueses de Ay¬tona. To-dos estos títulos y Posesiones estaban en manos del hermano de la virreina de Cer-deña, D. Guillén Ramón de Moncada y Alagón, Como le recordaba la virreina a Cala-sanz en una carta: «Mi hermano el marqués de Aytona es señor de la Casa de Cas-tro, porque fue de mi madre, que era hija de la baronesa de la Laguna, que pudo conocer en Aragón V. P. Rma.». (2) Los señores de la Baronía de Peralta, de quienes eran vasallos Calasanz y todos los peraltenses, eran, pues, en estas fechas de 1646, el referido D. Guillén Ramón de Moncada y Alagón y su esposa, D. Ana de Silva y Portugal.

El origen de la Baronía de Peralta de la Sal se remonta a principios del siglo XIII y había surgido en el extremo occidental del Condado de Urgel, últimas tierras con-quis¬tadas a los moros por los condes. La repoblación se hizo con gentes venidas so-bre todo del condado conquistador, de lengua y costumbres catalanas, que han permanecido hasta hoy con las modificaciones y desgastes debidos lógicamente al hecho de ser tierras fronterizas y a su posterior incorporación al Reino de Aragón. El origen urgelitano de la conquista fue causa también de que la parroquia de Peralta y las de los pueblos que formaron la baronía se incardinaran a la diócesis de la Seo de Urgel.

Contigua a la Baronía de Peralta surgió la de Castro, creada por Jaime I el Conquis-ta¬dor para su querido bastardo Fernán Sánchez, por lo que los barones de Castro llevarán luego el calificativo honorífico de «Reales». Ambas baronías se unie¬ron a mediados del siglo XIV por enlaces matrimoniales de sus herederos. Cuando nació José Calasanz, eran señores de las Baronías de Castro y Peralta D. Berenguer Arnau de Cervelló, barón de la Laguna, y su esposa, D. Leonor de Boixadors. El ba¬rón mu-rió hacia 1559-60, y sus títulos y señoríos los heredó su hijo homónimo Beren¬guer Arnau, que casó con Margarita de Alagón. De Dª. Leonor de Boixadors y de su hijo Berenguer Arnau oiría oír hablar mucho el pequeño José durante toda su infancia, transcurrida en Peralta, pues ellos eran «los señores» del pueblo. Más toda¬vía: en su propio hogar se sentiría de modo especial la presencia y el nombre de los baro-nes, pues su padre, Pedro Calasanz, consta que era bayle de Peralta en 1559 y 1572, sin que podamos saber si permaneció en el cargo ininterrumpida¬mente tantos años. Y el bayle era el representante directo de los barones y procura¬dor de sus de-rechos e intereses patrimoniales.

La Baronía de Peralta comprendía los pueblos de Gavasa, Calasanz, Pelagriñón, Ro-ca¬fort, San Esteban de Litera, Sonta, Purroi y Caserres, siendo la villa de Peralta la capital de la baronía y su bayle local era también, normalmente, el bayle general de toda la baronía. La capital de la Baronía de Castro era Estadilla, donde tenían resi¬dencia «los señores», y por ello cumplía también funciones de capitalidad de ambas baronías conjuntas. No obstante, tales «capitales» o cabezas de baronía no dejaban de ser pueblos pequeños, pues según datos aproximados Peralta debía de tener por estos años de mediados del siglo XVI unos 70 fuegos, es decir, unos 315 habitantes, y Estadilla 20 o 25 fuegos más, es decir, de 400 a 430 personas.

La villa de Peralta de la Sal, a 523 metros sobre el nivel del mar, se asienta en una abierta hondonada en la confluencia del barranco de Gavasa con el río Sosa o La Sosa, que baja de Calasanz y vierte sus aguas en el Cinca a la altura de Monzón. En sus tierras predomina el secano, con los productos típicos de la trilogía mediterrá¬nea: trigo, vino y aceite. En las márgenes del río hay una zona considerable de re-ga¬dío y en las tierras altas y montañosas predomina la carrasca, tan abundante en tiempos pasados, que en 1798 el historiador Ignacio Asso describía la villa ro¬deada de «dilatados carrascales». A unos mil metros al este de la villa, en los barran¬cos del Manantial, la Collenera y la Poza Grande, brotan tres fuentes, cuyas aguas sala-das convierten toda aquella rinconada en un enorme tablero cuadriculado de sali-nas, que durante siglos, con una sencilla organización artesanal, alimentaron esta industria tan característica que dio a Peralta su propia denominación «de la Sal». Normalmente se exportaba a Cataluña y a Francia.

En esta villa y su entorno transcurrió feliz la infancia de José Calasanz. Las no esca¬sas y variadas tierras, y aun salinas, que poseía su padre, nos cercioran de que el niño debió de conocer y recorrer el término de su pueblo, en Cuyos olivares, por otra parte, tuvo lugar la escena más famosa y recordada de sus años mozos.

En el Reino de Aragón

San José de Calasanz hablaba y escribía perfectamente en catalán. En su pueblo natal persistía una forma dialectal catalana, fuertemente influida por el castellano-aragonés, por ser Peralta y sus pueblos de la baronía la última avanzadilla del con¬dado catalán de Urgel desde el tiempo de la conquista. No fue, pues, un castellano fronterizo, influido y corrompido por el vecino catalán, sino más bien un catalán fron¬terizo, debilitado por el castellano-aragonés que se hablaba en la zona colin¬dante. Durante sus estudios en la Universidad de Lérida y sus años de actividad sa-cer¬dotal en su diócesis de Urgel tuvo ocasión de limar y perfeccionar su lenguaje materno, consiguiendo hablar y escribir correctamente en catalán. Además, como hijo de Peralta de la Sal, pertenecía a la diócesis catalana de Seo de Urgel, y como sacerdote formó parte de su clero. Pero ni la lengua ni la adscripción diocesana defi¬nen propiamente la nacionalidad de las personas.

La Baronía de Castro y Peralta estaba enclavada entre los ríos Cinca y Noguera Ri-ba¬gorzana. Los pleitos sobre fronteras entre los condados catalanes y el Reino de Aragón movieron al Rey D. Jaime I a fijar la línea divisoria en el Cinca a mediados del siglo XIII, pero su nieto Jaime II, en 1300, la pasó del Cinca al Noguera Ribagor¬zana, no sin la lógica protesta de las Cortes catalanas. Pero, a pesar de ello, la fron¬tera permaneció inalterada hasta hoy. Por tanto, desde 1300, las Baronías de Castro y de Peralta quedaron anexionadas o incluidas en el Reino de Aragón, junto con to-do el territorio intermedio entre el Cinca y el Noguera Ribargozana. No obstante, en la primera mitad del siglo XVII fueron publicados en Flandes unos mapas en los que la frontera de Cataluña se colocaba anacrónicamente en el Cinca, provocando con-fusiones.

La Baronía de Castro y Peralta, como todas las otras innumerables baronías, conda¬dos, ducados y marquesados esparcidos por toda la Península, estaban enclavados dentro de los límites de los reinos o principados históricos. No puede, pues, conside¬rarse la Baronía de Castro y Peralta plenamente autónoma y soberana, como un Es¬tado más de la Corona de Aragón. Forzosamente tenía que pertenecer al Reino de Aragón o al Principado de Cataluña. Y los propios habitantes de Peralta tenían con-cien¬cia de pertenecer al Reino de Aragón en aquellos años de la infancia de José Ca-lasanz. En un censal fechado en Peralta de la Sal el 18 de agosto de 1566 se lee: «Dicho lugar de Peralta de la Sal y sus términos están sittios dentro del presente reyno de Aragón y conffrentan con términos de los lugares de Calasanz, Sant Este¬ban de Littera, del Campell, Tamarite de Littera, Çorita y Gavasa». (3) En las Capi-tula¬ciones matrimoniales de Pedro Calasanz, hermano del Santo, firmadas el 20 de febrero de 1576 en Peralta de la Sal, se dice «no se haze el presente matrimonio ni los presentes capítulos según fueros y observancias del presente Reyno de Ara¬gón ni costumbres de Cataluña…». (4) El canónigo de Lérida Miguel Jiménez Barber, gran amigo del Santo, afirmó en el proceso informativo de 1651: «Sé dónde está el lugar de Peralta de la Sal, por el que se me pregunta. Mi madre era de un lugar dis¬tante tres millas de allí y yo de seis [Binaced] y este lugar está en el Reyno de Ara¬gón». (5) El mismo testigo recuerda que cuando estudiaba en la Universidad de Lé¬rida «toda la juventud de nuestro país de Aragón le habían elegido a él [Calasanz] para prior de la nación» (6)

El propio José Calasanz afirma expresamente que era aragonés en un memorial in-for¬mativo sobre los orígenes de las Escuelas Pías, diciendo: «José de la Madre de Dios, del lugar de Peralta de la Sal, diócesis de Urgel, en el Reyno de Aragón». (7) Y en una carta de 1632 dice: «Mientras yo viva, por ser aragonés de nación, pero ro¬mano de sentimiento y costumbres, dado que son ya más de cuarenta años los que vivo en Roma, olvidado prácticamente de la patria…». (8) Pero no debió de ser tan-to el olvido si muchos de los que le trataron y convivieron con él sabían que era aragonés. Incluso la virreina de Cerdeña, en la carta ya mencionada de 1648, le es-cri¬bía: «Supe que V. P. Rma. era aragonés y de su nombre no puse en duda si cono-cía la casa de mis padres» (que eran los señores de las Baronías de Castro y Peral-ta). (9)

A pesar de todo lo dicho, apenas muerto el Santo hubo quienes dijeron que no era aragonés, sino catalán; pero contra esta afirmación reaccionaron los escolapios de San Pantaleón, en cuya casa había vivido y muerto el Fundador, pues sabían que el «santo viejo», como cariñosamente le llamaban a sus espaldas, siempre había afir¬mado ser aragonés. En efecto, el P. Juan Carlos Caputi, uno de los primeros histo-ria¬dores o cronistas de la Orden, escribió en sus memorias que, a raíz del pro¬ceso de beatificación, se pidieron cartas postulatorias al rey de Francia, y «habién¬dome sido ofrecidas por personas de consideración las instancias del Rey de Francia por algunos Sres. Catalanes, que pretendían que N. V. P. Fundador hubiese nacido en el Reino de Cataluña y vasallo del Rey de Francia, que en aquel tiempo lo había ocu-pado en parte, yo renuncié a aquellas ofertas, sabiendo que el Padre era del Re¬ino de Aragón y no catalán, porque cuando ocurrió su muerte en 1648 hubo contras¬tes entre los Aragoneses y Catalanes, pues cada uno de ellos pretendía ser su compa-triota, pero hubo un Doctor Aragonés que aportó historias del Reino de Aragón don-de se decía que no sólo la familia de Calasanz, sino también Peralta de la Sal esta-ban bajo el dominio del Reino de Aragón, como nuestro mismo Padre decía ser Ara-gonés y en todas las Cofradías donde se inscribió en Roma constaba como D. José Calasanz Aragonés» (10)

El, sin embargo, prefería quizá que le consideraran «romano de sentimiento y cos-tum¬bres»…

La familia Calasanz-Gastón

No se puede olvidar que el Fundador de las Escuelas Pías vive y muere en plena época barroca, en la que, entre otras cosas, se exalta la nobleza de origen como uno de los valores máximos de la sociedad. No era suficiente motivo de glorificación el haber fundado una Orden religiosa, sumamente apreciada en muchas partes de Europa, ni tampoco el haber sido elevado al honor de los altares un siglo largo des¬pués de su muerte. A esos honores «eclesiásticos» había que sumar, en lo posible, los «mundanos», los apreciados por la sociedad contemporánea. Y así, ya desde un principio, en los primeros panegíricos que se declamaron en los funerales del Santo, salieron a relucir sus virtudes ciertamente, pero también su noble prosapia, sus pró¬ceres ascendientes, su sello nobiliario. Se escribió a España pidiendo informes sobre su infancia, su actividad y su familia. Y se empezaron a trazar árboles genealógicos, en cuyas raíces no faltaba sangre de reyes. Las biografías de casi tres siglos siguie¬ron repitiendo y ampliando detalles de la nobleza, e incluso riqueza, de sus padres y progenitores. Un santo del Siglo de Oro español debía brillar, a ser posible, entre la rancia nobleza de su tiempo.

Todos estos oropeles retemblaron y cayeron como hojas otoñales cuando en 1921 el canónigo de Urgel, D. Pedro Pujol i Tubau, publicó un estudio titulado Sant Josep de Calassanç oficial del Capítol d’Urgell, en el que aparecía en la nota archivística de la toma de la tonsura de Calasanz que su padre, Pedro Calasanz, había sido herrero (fabri fe.). Se desempolvó el documento correspondiente, en pergamino, que el Santo se había llevado a Roma, junto con los demás referentes a las otras ordena-cio¬nes, y se vio con estupor que habían sido raspadas las palabras fabri fe. (fabri ferrarii), pero todavía se podían adivinar los rasgos de las dos efes. Quien bo¬rró las comprometedoras palabras quiso ocultar ante la historia la cualidad servil y humilde del padre del Santo Fundador. Y la polémica —en 1921— surgió entre los defensores a ultranza de las viejas y tradicionales glorias nobiliarias de los Calasanz y los nue-vos impugnadores, que las negaban rotundamente.

Investigaciones posteriores, más serenas, han llegado a esclarecer que, efectiva¬mente, tanto el padre, Pedro Calasanz, como la madre, María Gastón, eran de fami¬lias de infanzones, equivalentes en Castilla a hidalgos y en Cataluña a «donzell», es decir, el grado ínfimo en la escala de la nobleza. El término de herrero hace pensar a algunos que se trata de «maestro armero», como se comprueba en otros casos de infanzones, pero no hay argumentos apodícticos para desechar la hipótesis de que se trataba de una herrería normal de pueblo y que el tintineo de los martillos sobre el yunque fuera la música de fondo que llenó las jornadas del pequeño José hasta que dejó Peralta para empezar sus estudios superiores.

Otra reminiscencia de la exaltación nobiliaria del Santo fue el intercalar el «de» en¬tre su nombre y su apellido. Así lo exigía la costumbre española. Y así perdura hasta el día de hoy contra la evidencia de un sinnúmero de documentos originales. Hay unos cuantos que nombran a su padre, añadiendo a veces el oficio de «bayle gene¬ral», pero no aparece nunca el «de». En las capitulaciones matrimoniales de su her¬mano mayor, Pedro, y en las de su hermana Esperanza, en que además de los con-tra¬yentes se nombran a otros miembros de la familia Calasanz, ni una sola vez se antepone el «de» al apellido. Véase este ejemplo en que se mencionan a casi to¬dos los miembros de la familia: «Item es pacto y condición entre las dichas partes que el dicho Pedro Calasanz menor trae y los dichos Pedro Calasanz y María Gastón sus padres le dan… reservándose los dichos donantes… a dicho Pedro Calasanz hijo su-yo contrayente matrimonio, a Jusepe Calasanz, María Calasanz, Juana Calasanz, Madalena Calasanz y Isabel Calasanz fijos suyos…». (11) Y si su padre y sus her-ma¬nos y hermanas jamás usaron el «de», lo lógico es que tampoco José lo usara. Y así fue. Pues, además de las cartas primeras que escribió desde Roma, en que no olvida lucir su grado de Doctor, pero escribe simplemente «Joseph Cala¬sanz», hay una abundante colección de documentos en el archivo catedralicio de Seo de Urgel, firmados por Calasanz o que le nombran, y tampoco aparece ni una sola vez el «de». Otra serie muy rica de firmas autógrafas o citas de su nombre y apellido apa-rece en los libros de cuentas del mercader Antoni Janer, en cuya casa de Urgel vivió por un tiempo Calasanz. Unas treinta veces se firma «Joseph Calasanz» y una diez en latín, «Josephus Calasanz». El mercader le cita unas 150 veces así: «Juseph Ca-lesans», y sólo dos veces interpone el «de». Con lo que concluimos, sin género de dudas, que la partícula «nobiliaria» fue añadidura barroca de sus panegi¬ristas. No obstante, sería pecar de excesivo criticismo histórico si quisiéramos elimi¬nar hoy radicalmente esa partícula, consagrada ya por el uso durante siglos.

El descubrimiento de la «herrería» hizo pensar a algunos que la familia Calasanz era más bien pobre y dependía del trabajo manual del padre. Pero los documentos nos sugieren que era una familia bien acomodada y sin estrecheces económicas. Los pa¬dres dotaron a sus cinco hijas, casándolas con jóvenes de su misma condición so¬cial; costearon los estudios de José desde que salió del pueblo y se trasladó a Esta-di¬lla, y luego a las universidades de Lérida, Valencia y Alcalá de Henares; en las ca-pitulaciones matrimoniales de Pedro, el heredero, se nota que la familia dispone de abundantes bienes, que provenían de la dote de la madre, del trabajo manual del padre, de sus largos años de «bayle general» de Peralta, cuyo oficio era bien retri¬buido; en viejas «centenas» de Peralta se habla de las propiedades de Pedro Cala¬sanz y María Gastón, y se dice que tienen casas en el pueblo y campos de viña y olivares, huertos, era y pajar, una salina, un linar, etc. Además de bayle general y herrero, fue sobre todo labrador, todo lo cual no estaba reñido en Aragón con la condi¬ción de infanzón de natura.

Los investigadores de la genealogía del Santo no están de acuerdo en precisar la rama directa de la que brota su padre, cuyos progenitores no consta documental¬mente quiénes fueron. Lo único cierto es que el apellido Calasanz era abundante en estas tierras ribagorzanas, y desde la lejanía del Medievo hasta los tiempos que his-to¬riamos fue normalmente apellido de infanzones. También el apellido Gastón era de infanzones, pero los genealogistas calasancios sólo se han preocupado del árbol pa-terno de los Calasanz y no del materno de los Gastón, secundando con ello la acti¬tud de Mosén José Calasanz Gastón, que se llevó a Roma el sello familiar con las armas de los Calasanz y lo estampó en sus primeras cartas, ostentando así su in-fan¬zonía.

Los padres de nuestro protagonista fueron, pues, Pedro Calasanz y María Gastón o Gastó, ambos de Peralta de la Sal. Hay quien hace a Pedro Calasanz oriundo de otros pueblos vecinos de Peralta. Pero el hecho de que apenas casado fuera ya miem¬bro del Consejo del pueblo y luego desde 1559 a 1572, con o sin interrupción, fuera nombrado bayle general de la Baronía de Peralta, nos sugiere que tales títulos y oficios no podían confiarse a un recién llegado. De este matrimonio nacieron ocho hijos, a saber: Juan, María, Pedro, Juana, Magdalena, Esperanza, Isabel y José. El primogénito, Juan, debió de morir soltero y en edad adulta, y los demás casaron todos, excepto el último, naturalmente. Pedro, Esperanza e Isabel murieron antes de que José marchara a Roma. De las demás hermanas y de sus hijos habla y se preocupa José en sus cartas desde la Ciudad Eterna.

Nacimiento de José

Es curioso que de algunos santos, aun relativamente modernos, se ignore la fecha precisa de su nacimiento, ya sea el día, el mes o el año, o todo a la vez. Así ocurre, por ejemplo, con Juan de Ribera, Ignacio de Loyola, Juan de la Cruz, Vicente de Pa-úl, Antonio María Claret, etc. Tratándose de «hagiografías», lo más adecuado se¬ría imitar a San Buenaventura, que, copiando a Tomás de Celano, empezaba así la Le-yenda de San Francisco: «Hubo en la ciudad de Asís un hombre llamado Fran¬cisco, cuya memoria permanece en bendición…». (12) Pero el estilo hagiográfico, con el encanto de su credulidad y su sabor místico, ha pasado de moda, y las «biogra¬fías» actuales exigen precisión y documentos.

Poco seguros estaban los escolapios de Roma sobre la edad de su Fundador en los días de su muerte y sepultura, pues en la lámina de plomo que introdujeron en el féretro escribieron que había muerto a los noventa y dos años, y en el acta notarial de defunción dejaron entrever su duda añadiendo un circiter (cerca de, poco más o menos). Y ésta fue la opinión generalizada de los primeros cronistas de la Orden, aunque algunos concretaron la duda diciendo que había nacido en 1556 o 1558. Pe-ro prevaleció el 1556 en las «Vidas» del Santo, hasta incluso 1956, en que hubo ce-lebraciones oficiales del aniversario cuatro veces secular. En cuanto al día y mes, se creyó ya en aquellos primeros años después de su muerte, que había nacido el 9 de diciembre o el 11 de diciembre o el 11 de septiembre. Uno de los cronistas más fi-dedignos fue el P. Vicente Berro, cuya opinión fue que había nacido el 3 o 4 de sep¬tiembre y había sido bautizado el 11 del mismo mes. No obstante, la tradición mul-tise¬cular escogió como fecha de nacimiento el 11 de septiembre de 1556.

Ya antes de que se publicaran las cartas de Calasanz hubo quien recurrió a ellas, y encontró algunas en que el Santo hablaba de su propia edad, por lo que, apoyán¬dose en tales declaraciones, propuso como más certera la fecha de 1557. El Santo alude a sus años una docena de veces, diciendo, por ejemplo, «entro en los setenta y cuatro años»; «soy un viejo de setenta y seis años»; «si no fuese de edad de ochenta años», etc. Tales expresiones, a primera vista, parecen obvias, pero se ha sutilizado a veces, diciendo sin probarlo que el Santo no contaba su edad por años cumplidos, sino por cumplir, es decir, seguía la fórmula latina annum agens. Según esta interpretación, el año de su nacimiento sería el 1558, mientras que si contaba por años cumplidos sería el 1557. Y esta última parece ser la hipótesis más acepta¬ble, no sólo por ser el modo normal de contar los años, incluso en su tiempo, sino porque en otras cartas suyas alude a la edad de otros y no hay duda de que cuenta por años cumplidos, como cuando dice que un recién nombrado maestro de novicios «tiene la edad de treinta y cinco años», que era la exigida por el Derecho canónico como años ya cumplidos; o cuando infinitas veces pregunta sobre los Hermanos que han hecho su profesión «antes de los veintiún años», para aplicarles el Breve ponti-fi¬cio que hablaba de veintiún años cumplidos. De todos modos, ateniéndonos a las afirmaciones del Santo, es claro que no pudo haber nacido en 1556.

Y no parece que haya esperanza de poder encontrar su partida de bautismo, pues, como escribía en 1651 el procurador del clero de Peralta, «el dicho lugar de Peralta de la Sal, donde nació y fue bautizado el Doctor CalaSanz, de ocho años a esta par-te ha sido invadido, saqueado y quemado por los franceses dos veces, y a esta cau-sa se han perdido las escrituras de dicho lugar, y entre ellas los cinco libros parro¬quiales en donde estaba escrito el bautismo del dicho Doctor Calasanz y por este respecto no puede sacarse la fe de su bautismo» (13)

Educación hogareña

Es un tópico en las vidas de santos decir que ya desde pequeños dieron pruebas de su futura santidad, debido generalmente a la buena educación recibida de sus pa¬dres. Y no hay por qué negarlo, aunque tal vez muchas de las cosas que se dicen son aplicables también a otros niños buenos que no han llegado a ser canonizados. No faltan testimonios concordantes entre los testigos del proceso de beatificación de nuestro Santo y primeros cronistas. El H. Lorenzo Ferrari, que le atendió en sus últi¬mos años, dijo: «Una vez que me exhortaba a mí y a otros súbditos jóvenes a la piedad cristiana, nos decía que él, de pequeño, atendía a las devociones y rezaba siempre el Oficio Parvo de la Virgen y otras devociones, pero muy particularmente el Santísimo Rosario». Y luego: «Oí decir al mismo P. José que su padre y madre le educaban en el temor de Dios y le hacían aprender las buenas letras… sus padres le educaban separándole con sumo cuidado de las malas compañías». Y el P. Scasse¬llati: «Por cuanto me contó un condiscípulo del dicho nuestro P. General, que era de su misma edad y del cual no recuerdo el nombre… la puericia del P. José fue timo¬rata de Dios y con indicios de no mediocre santidad. Frecuentaba muchísimo las de-vo¬ciones y exhortaba a los niños de su edad al temor de Dios y a la piedad cris¬tiana». (14) Seguramente este condiscípulo era el sacerdote D. José Musquez o Mar¬quet, que, hallándose en Roma, en la iglesia de San Pantaleón, durante los fune¬rales de Calasanz, contó a los escolapios anécdotas y recuerdos de la infancia de su paisano. Y a estos recuerdos se atiene también el P. Scassellati al añadir que el maes¬tro de la escuela de Peralta solía colocar a veces sobre una silla al pequeño Ca-lasanz, y ante el corro de sus condiscípulos le hacía recitar los Milagros de Nues¬tra Señora, de Berceo, tal como se los enseñaba su madre. Y esta actitud del pe¬queño José Calasanz recitando ante los niños de Peralta los Milagros de Nuestra Se¬ñora o exhortándolos a la piedad hacen pensar lógicamente en el futuro maestro y educa-dor y fundador de una Orden para la enseñanza.

Pero entre todos los recuerdos evocados por D. José Marquet, ninguno tan delicioso y tan famoso como el que nos relata el P. Benito Salinieri: «Me contó un cierto D. José Musches en la sacristía de nuestra iglesia de San Pantaleón, al tiempo en que el siervo de Dios estaba expuesto en la iglesia el 26 de agosto de 1648, un hecho singular del mismo siervo de Dios, sucedido en su tierna edad de cinco años aproxi¬madamente, en dicha su patria de Peralta. El dicho D. José me dijo así: Padre, no os maravilléis de que este siervo de Dios sea un santo y muerto en concepto de tal; porque, siendo yo su paisano y de su misma edad aproximadamente, se salió de casa y de la villa con un cuchillo o puñalito desenvainado en la mano. Yendo así y preguntándole yo dónde iba, me respondió: Quiero ir a matar al demonio, porque es enemigo de Dios». (15) La fantasía de los hagiógrafos completó el relato, añadiendo que vio la sombra del maligno aparecer entre las ramas y —como dice Berro— «habiendo ido a aquel olivar, subió a una higuera, rompiéndose la rama a la que había subido». (16) Y el pobre niño volvió descalabrado a su casa. Con todo, aparte los detalles, es una aventura totalmente verosímil, y nos evoca a Teresa de Jesús y a su hermano Rodrigo escapándose de casa, todavía niños, para irse a tierra de mo¬ros a ser descabezados por amor a Cristo.

Y con la piedad, las letras. En Peralta había una escuela de párvulos, en la que hemos visto al pequeño José recitando los Milagros de Berceo ante sus compañeros. Allí debió de aprender a leer y escribir y alguna cosa más. Y en su casa le ayudaría también su padre, que sabía leer y escribir, pues aparece su firma en algunos docu¬mentos, mientras consta que ni su madre, María, ni su hermana Esperanza —y pro-ba¬blemente tampoco las demás— sabían escribir. No pudo estudiar latines en su pueblo porque hasta 1592 no había maestro para ello, como recordaba Calasanz escribiendo desde Roma al párroco: «Hame parescido muy acertado que hayan con¬duhido maestro que enseñe latinidad en esse lugar, que será facilitar a los padres que hagan aprender letras a sus hijos que es una de las mejores herencias que les pueden dexar». (17) Este aprecio por la enseñanza de las letras es muy interesante, pues por estas fechas todavía no había empezado su tarea de maestro y educador en el Trastévere romano.

En Estadilla

Terminados sus estudios elementales en la escuela del pueblo, tuvieron que pensar sus padres en buscarle un colegio donde pudiera cursar humanidades o gramática (latín), como se decía entonces. En Estadilla habían fundado los trinitarios, en 1541, un convento en el que impartían clases de gramática a propios y extraños, tal vez en régimen de internado. La fundación se debió a las solicitudes de los señores de Castro y Peralta, interesados en que hubiera en sus baronías un centro de humani-da¬des, preparatorio para la Universidad. Los había también en Benabarre y en Mon-zón, pero era natural que los niños de las Baronías de Castro y Peralta, los pocos que emprendían estudios superiores, acudieran a Estadilla, cabeza de ambas baro-nías. Y así lo hizo José Calasanz Gastón.

Por lo que se desprende de los estatutos y otros documentos de las universidades de la Corona de Aragón respecto a la enseñanza de la gramática, en el estudio de los trinitarios de Estadilla las humanidades o latines debían dividirse en tres cursos: pequeños, medianos y mayores. El texto básico era el Nebrija, y estudiaban gra-dual¬mente los principios gramaticales, la sintaxis, la prosodia y la retórica. Los auto-res estudiados solían ser Terencio, Cicerón, César, Salustio, Tito Livio, Tácito, Virgi-lio, Horacio, Marcial e incluso los Diálogos de Luís Vives. Uno de los primeros biógra-fos (P. Catalucci) escribe que «después de haber estudiado gramática y retó¬rica con mucho provecho en verso y en prosa, fue mandado a la Universidad de Lé¬rida…». (18) El P. Luís Cavada, que en 1690 estuvo en Peralta y sus alrededores buscando noticias referentes al Santo, nos dejó este testimonio: «Recuerdo también que el vicario de Benabarre, muy amigo de D. José [Calasanz], tenía un libro, como un Ri-tual romano, manuscrito, de variadas y elegantísimas poesías españolas, com¬puestas por dicho Ven. Padre mientras estudiaba en Lérida, Valencia y Huesca (?). Cosa exquisita sobre el sacramento y misterio de la Sma. Trinidad y otros argumen¬tos sagrados». (19) Aunque el P. Cavada sitúe estas poesías en el período universi-ta¬rio de Calasanz, parece más acertado pensar que las compusiera en sus años de estancia en Estadilla, dado que el tema destacado de las poesías es la Santí¬sima Trinidad, y el muchacho estudiaba en el colegio de los trinitarios, además de que en aquellos años estudió retórica y poética, junto con las demás humanida¬des.

Los «hagiógrafos» no nos dieron muchos detalles sobre los estudios humanísticos, pues les interesaba poner de relieve las noticias referentes a la santidad de su vida. Y de este período de Estadilla había declarado lo siguiente en los procesos su amigo el canónigo de Lérida D. Miguel Jiménez Barber: «Sobre la educación del P. José en su puericia, puedo decir lo que oí a los viejos y ancianos de aquel país, como el ci¬tado Antonio Calasanz y el señor Francisco de Ager, ministro familiar del Santo Ofi¬cio, que fue condiscípulo del P. José, con el cual estudió de pequeño en Estadilla. Y es que todos le llamaban el Santet, que quiere decir el Santito, agregando, además, que nunca iba a la escuela sin haber hecho antes oración, y así lo hacía todos los días, aunque sus compañeros se le burlasen». (20) Estos recuerdos de condiscípulos de Estadilla enlazan coherentemente con lo que dijeron sus también condiscípulos de Peralta sobre su piedad, sus exhortaciones a los amigos, sus recitales de los Mi-la¬gros de Berceo y su lucha con el demonio en los olivares de Peralta. Todo ello, lo de Peralta y lo de Estadilla, fructificó en vocación sacerdotal. En este caso es su pro¬pio padre, Pedro Calasanz, quien nos lo atestigua. En un testamento que otorgó el 8 de marzo de 1571 nombra heredero universal de todos sus bienes a su hijo Pedro, pues su primogénito Juan había muerto, y entre sus recomendaciones le dice que no sólo lo mantenga [a José] con la decencia correspondiente a su calidad, dándole todo lo que hubiese menester, sino que «confiando sea clérigo, le sea dado patrimo¬nio suficiente para subir a los órdenes sacros, si ya beneficio alguno no tubiere». (21)

Según algunos biógrafos, entre ellos el primitivo P. Berro, cuando terminó el joven José sus estudios de gramática, es decir, antes de ingresar en las aulas universita¬rias de Lérida, tuvo un enfrentamiento con su padre, que quería encaminarle hacia la carrera militar, en contra de la vocación eclesiástica que sentía ya Calasanz. Pero seguramente hay que diferir este enfrentamiento unos años más: al momento dra-má¬tico en que muere Pedro, el heredero de la casa y esperanza de la continua¬ción del apellido. José entonces estaba ya a mitad de sus estudios de teología. En marzo de 1571 José contaba todavía trece años, y su padre manifestaba expresa¬mente en el testamento firmado en esa fecha, que confía en que sea clérigo. Pudo ceder, sin duda, a los deseos manifiestos de su hijo, pero no es muy probable que, dados los tiempos, dejara prevalecer la voluntad del niño sobre la suya propia. Probable¬mente, el curso 1570-1571 fue el tercero y último que pasó José en Estadilla. Pudo empezar estos estudios en 1568-1569, a los once años recién cumplidos e ingresar en la Universidad a los catorce. De hecho, los alumnos de gramática en el Estudio General de Lérida solían ser niños de diez a catorce años. Por tanto, antes de em-pren¬der su carrera universitaria, es natural que manifestara a sus padres, si no an-tes, su deseo de ser sacerdote. Y su padre, en el testamento de marzo de 1571, pudo ya afirmar que José quería ser clérigo. Pero deberían pasar todavía muchos años y no pocas contradicciones antes de que el herrero y bayle de Peralta viera a su hijo cantar misa en la iglesia parroquial del pueblo.

Notas

1 EGC, VIII, c.4397
2 EHI, p.1464.
3 Rev. Cal. 3 (1925) 178.
4 Reg. Cal. 13,6-8.
5 Ibid., 30 p.209.
6 Ibid., p.213-214.
7 EGC, II, c.132a.
8 EGC, V, c.1849.
9 EHI, p.1463-1464.
10 S. GINER. El proceso de beatificación de San José de Calasanz (Madrid 1973) p.114, nt.98.
11 Reg. Cal., 13,6-8.
12 San Francisco de Asís (BAC, Madrid 1945) p.126.
13 BAU, BC, p.11-12.
14 Ibid., p.82-85; BAU, RV, p.32.
15 BAU, BC, p.86.
16 V. BERRO, Memorie (ms.), Archivo General, Roma, Hist.-Bibl.,1, f.4r.
17 EGC., II, c.4
18 BAU RV, p.11.
19 L. PICANYOL, Rassegna di storia e bibliografia scolopica 26-27 (1957) 56.
20 BAU. BC, p.83.
21 Anal. Cal. 15 (1966) 197.



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