sJC (Biografía) - S. Giner - Written by Archivo Calasanz on Martes, Junio 9, 2009 18:19 - 0 Comments

S. JOSÉ CALASANZ (SG) C3: Primeros años de sacerdocio

ÍNDICE

CAPÍTULO 3

PRIMEROS AÑOS DE SACERDOCIO

Desorientación de biógrafos y… ¿de Calasanz?

A primera vista al menos, la trayectoria de José Calasanz desde que empieza sus estudios, es decir, desde que sale de Peralta de la Sal camino de Estadilla, hasta que se cen¬tra totalmente en la auténtica vocación de su vida en el ba¬rrio romano de Trastévere, da la impresión de inquietud y de desorientación. Parece no saber lo que quiere. Comienza su carrera universitaria en Lérida, donde habría podido tam¬bién cursar los estudios de gramática en vez de ir a Estadilla; de Lérida pasa a Valencia, de Valencia a Alcalá y de Alcalá, tras un intervalo de un año, vuelve a recalar en Lé¬rida. Y todavía los antiguos biógrafos quisieron pasearle por Salamanca, Perpiñán y Huesca. Y aunque ciertas inte¬rrupciones se expliquen, no por ello quedan total¬mente justi¬ficados los cambios de universidad. Podía haber hecho toda la carrera en Lérida, donde la empezó y la terminó.

Apenas ordenado de sacerdote, empieza otro vagabundeo desorientador. Lo lógico y normal hubiera sido que una vez terminada su carrera, y ya sacerdote, se incorpo¬rara a su propia diócesis, a la que no ha renunciado. Pero inexplica¬blemente pasa al servicio del obispo de Barbastro, y cuando se le muere, sale de Barbastro para Mon¬zón, donde se van a celebrar las Cortes de la Corona de Aragón, y allí se agrega al séquito del recién nombrado obispo de Lérida, al que sigue a Montserrat, y al morír¬sele en el monasterio, vuelve a su pueblo, donde transcurre casi un año, y final¬mente se incorpora a su diócesis de Urgel. Y también en esta época los viejos y nue¬vos cronistas alargaron este peri¬plo, pues creyeron que estuvo también en Jaca y luego en Albarracín antes de hacer escala en Monzón. Y esto por¬que al constatar que el obispo La Figuera le ordenó de diá¬cono en Fraga y luego lo tiene de familiar en Monzón y Mont¬serrat, creyeron que se había incorporado al séquito de La Figuera apenas terminados los estudios de teología en Alcalá. Pero los documentos reciente¬mente encontrados han puesto luz definitiva en este oscuro período: las dimiso¬rias para las órdenes menores y el subdiaconado, concedidas nominalmente a José por el vicario general de Lérida ¨sede vacante¨, y los permisos dados también por el cabildo leridano al obispo La Figuera para realizar actos pontificales durante su es-tan¬cia en Fraga, donde ordenó de diácono a Calasanz, sitúan a éste en Lérida du-rante los dos años anteriores a su ordenación sacerdotal. Y la presencia documen¬tada de Calasanz en Barbastro durante año y me¬dio después de su ordena¬ción sa-cerdotal y antes de presen¬tarse en Monzón, como veremos, nos cerciora de que se agregó al séquito de La Figuera en Monzón y no an¬tes.

Los biógrafos, aun los más recientes, se han preguntado cómo consiguió Calasanz entrar al servicio de dos obispos consecutivos —el de Barbastro y el de Lérida—, pe-ro no se han cuestionado el motivo por el que no se incorpora inme¬diatamente a su diócesis hasta después de muerte de su padre. Y son tres años completos, pues se ordena de pres¬bítero el 17 de diciembre de 1583 y aparece en Urgel el 12 de febre-ro de 1587. Esta permanencia fuera de su diócesis y la sucesiva prestación de sus servicios a dos obispos de sedes diferentes tiene que tener una motivación, de lo con¬trario no se puede menos pensar que José va a la caza de un empleo honroso y remunerado, desentendiéndose de su propia diócesis urgelitana, aun con las debi¬das licencias.

Dos son las hipótesis que creemos aceptables, y que pue¬den ser ambas comple-menta¬rias. En primer lugar, Calasanz termina sus cuatro cursos de teología, se or-dena sacer¬dote, pero no ha hecho todavía las prácticas necesarias para obte¬ner el doctorado. Pudo intentar obtener un puesto curial en alguna diócesis vecina o en la misma Lérida para estar cerca del Estudio General y pasar en él los meses ne¬cesarios para cumplir los expedientes académicos. Consi¬guió primero el puesto en la curia de Barbastro y luego junto a La Figuera, que por ser obispo electo de Lérida era de esperar que se trasladara a su sede una vez terminadas las Cortes de Mon¬zón. Y ya en Lérida podría Calasanz fácil¬mente coronar sus aspiraciones de doctor en teología. Los cálculos fallaron, porque desde Monzón tuvo que ir a Mont¬serrat, donde murió La Figuera.

Una segunda hipótesis nos parece más razonable, sin que se excluya la anterior. Jo-sé quiere mantenerse cerca de Pe¬ralta, porque su padre, ya muy anciano, puede morir el día menos pensado y el hijo quiere asistirle. Por ello busca un oficio cerca de Peralta que no le ate demasiado, como po¬dría ser una parroquia con cura de al-mas, que le impediría ausentarse meses enteros. Y encuentra primero colocación en Barbastro. Muerto el obispo protector, se va a Monzón para lograr otra ocupación similar, pues la convocatoria de Cortes es una buena ocasión para ello. Consigue ser acep¬tado como familiar (servidor de confianza), por el obispo electo de Lérida. Tam¬bién en este caso sus planes se compli¬can, pues tiene que alejarse mucho de Pe¬ralta al emprender viaje a Montserrat. Pero fue consecuencia de su ofrecimiento. No podía dejar de seguir al obispo, fuera donde fuere, pues era su familiar. No obs¬tante, como vere¬mos, desde Monzón hace un viaje a Peralta para visitar a su padre antes de marchar a Montserrat. Y apenas muere La Figuera en el monasterio, se vuelve Calasanz a su pue¬blo, y allí permanece hasta la muerte de su padre. Sólo en¬tonces, una vez muerto su padre, se incorpora inmediata¬mente a su propia dióce-sis de Urgel.

No hay, pues, en todo este vagabundeo de diócesis en dióce¬sis deseos de medrar a la sombra de protectores, ni tampoco rompe con este modus vivendi por desilusión o desencanto humano o escrúpulo religioso por no entre¬garse a tareas pastorales en su propia diócesis, a la que se debe. Son simples condicionamientos, impuestos por su obligación filial de atender a su padre o estar cerca de él en sus últimos años de ancianidad.

En el palacio episcopal de Barbastro

La diócesis de Barbastro había sido erigida nuevamente, tras un largo intervalo de siglos, en 1571. Su nuevo primer obispo fue el dominico fray Felipe de Urríes y Urrí-es (1572-1585). Con fecha del 10 de febrero 1584 aparece José Cala¬sanz entre los familiares del obispo. (1) Otras dos firmas suyas se leen en dos documentos fecha¬dos el 28 de mayo del mismo año, y una última alusión en otro docu¬mento notarial del 12 de octubre 1585, que lo nombra así: «Muy Rdo., y muy magnifico mosen Ju-sephe Calasanz, gra¬duado en Sacra Teología», y dice que está ausente de Bar¬bastro. (2) Y, efectivamente, por esas fechas estaba Cala¬sanz en Monzón como fa-miliar de La Figuera.

Para explicar la presencia de José en el palacio episcopal de Barbastro, entre los fami¬liares de Urríes, se recurre al pa¬rentesco del obispo con los barones de Castro y Peralta, que, como señores del nuevo presbítero peraltense e hijo del antiguo bayle general de la baronía, pudieron influir para que lo aceptara en su séquito. Y es vero-sí¬mil.

La ¨Breve noticia¨ de Catalucci dice que se le aceptó como «ayudante de estudio». Y este oficio italiano no es fácil de interpretar. Se sabe que en el palacio episcopal de Barbas¬tro había un grupito de pajes al servicio del obispo y de la catedral, los cuales estaban encomendados a un sacerdote que se preocupaba de su instrucción en las letras y de su educación cristiana. (3) Esto ha hecho suponer que el «ayu¬dante de estudio» signifique en este caso ¨maestro de los pajes¨. Y no deja de ser sugestivo ver al futuro funda¬dor de las Escuelas Pías ejerciendo ya en Barbastro el ofi¬cio de maestro.

El obispo Urríes tenía a su lado algunos dominicos de gran espíritu y con ellos se¬guía observando prácticamente la vida claustral. Si Calasanz vivía en palacio, es pro¬bable que siguiera también esa observancia. Con ello entraba en con¬tacto directo con la vida religiosa, aunque ya antes había tenido varias oportunidades de tratar con religiosos: con los trinitarios en Estadilla, con franciscanos, agustinos y de nue-vo trinitarios en Lérida, pues algunos de ellos regenta¬ban cátedras en el Estudio General durante los estudios de Calasanz; con jesuitas en Lérida, Valencia y Alcalá, y tal vez, desde que era un niño, en Peralta mismo. Y no serán los únicos que trate antes de ser Fundador de una nueva Orden religiosa. Aquí mismo, en Barbastro, tu-vo que ente¬rarse de problemas internos de la abadía de Alguaire, de monjas de San Juan de Jerusalén, pues su primera firma en Barbastro está estampada precisa¬mente en un docu¬mento relativo a un pleito de dichas monjas, en el que Urríes ac-tuó como juez y falló a favor de la priora. Y aun¬que no firmara ningún papel, sí que tuvo que enterarse igualmente de otro pleito ocurrido en 1584 durante su per¬manencia en palacio, y esta vez entre el propio obispo y el monasterio benedictino de San Victorián sobre jurisdiccio¬nes y dominio de ciertos pueblos de la diócesis barbas¬trense. (4)

Nada más sabemos de las actividades de Calasanz al servi¬cio de Urríes. Según los documentos, hemos visto que apa¬rece en Barbastro el 10 de febrero de 1584. Había sido orde¬nado de sacerdote el 17 de diciembre del año anterior, por lo que es pro-ba¬ble que se incorporara al servicio de Urríes después de Navidades. Y también es casi seguro que desde el inicio del curso 1583-84 hasta que se ordenó si¬guiera en Lérida haciendo prácticas en las llamadas «catedri¬llas», paso obligado para el docto¬rado, e incluso luego, desde Barbastro, acudiera alguna temporada al Estu¬dio Gene¬ral para cumplir con estos requisitos. Es de suponer igualmente que durante su es-tan¬cia en Barbastro hiciera algún viaje a Peralta para estar con su padre.

D. Felipe de Urríes y Urríes murió el 19 de junio de 1585. Y poco después abandonó Barbastro su ex familiar José Cala¬sanz, dirigiendo sus pasos hacia Monzón, donde iban a cele¬brarse las Cortes Generales. Su permanencia en Barbas¬tro ya no tenía sen¬tido.

Al servicio del obispo de Lérida en Monzón

El 28 de junio de 1585 se inauguraban las Cortes de la Co¬rona de Aragón en la igle¬sia arciprestal de Santa María del Romeral de Monzón, en presencia de Felipe II. El prior de dicha iglesia y oficial eclesiástico de Monzón era el Dr. D. Bartolomé Cala¬sanz. ¿Fue él quien al enterarse de la muerte del obispo de Barbastro llamó a su pro¬tegido y pa¬riente José Calasanz para presentarlo al obispo electo de Lérida, que iba a llegar a las Cortes como miembro del brazo eclesiástico? ¿O fue el mismo José quien, viéndose sin oficio al morir Urríes, se decidió a marchar a Monzón para solici¬tar que el nuevo obispo de Lérida le aceptara como familiar, con recomendaciones de alguien que descono¬cemos o sin ellas? Lo ignoramos.

La presencia de Calasanz en Monzón fue atestiguada por él mismo en 1637, a peti¬ción de los agustinos, en una declara¬ción jurada en la que escribió: «El año de 1585, volviendo el Rey Felipe II de Barcelona, hasta donde acom¬pañó a la Alteza del Duque de Saboya y a la Infanta de Es¬paña, mujer de la dicha Alteza, vino el dicho Rey a Monzón a tener las Cortes o Estado para los tres reinos de la Co¬rona de Ara¬gón. Hallóse allí entre otros prelados D. Gaspar de La Higuera, natural de Fraga, obispo de Albarracín y electo de Lérida, a cuyo palacio vino a posar un Padre lla¬mado Aguilar, del orden de S. Agustín, gran predicador y pequeño de cuerpo, y me parece que era de aquellas par¬tes de Sevilla. Y estuvimos ambos de compañía en Monzón en servicio del dicho Obispo. El P. Aguilar comenzó a tratar con el dicho Obispo de la Reforma de su Religión, y el dicho obispo el confesor del Rey Felipe II, llamado el P. Chaves, del Orden de Sto. Domingo, trató de esta reforma; y por este medio se comunicó después con el Rey, el cual diputo una Congregación para ajus¬tar este negocio; y hallábanse en ella el dicho Obispo y el dicho confesor del Rey y el Conde de Chinchón y el Justicia de Aragón y el dicho P. Aguilar. Y habiéndose jun¬tado diversas veces, resolvieron a lo último el modo que se había de tener. Y yo fui llamado como secretario para hacer los despachos se habían de en¬viar a Roma, y esto fue el mes de agosto o septiembre del dicho año de 1585. Y los papeles fueron enviados por orden del Rey a su Embajador». (5) Esta declaración nos cerciora no sólo de la presencia de Calasanz en Monzón y de su agre¬gación al servicio del obis-po electo de Lérida, D. Gas¬par Juan de la Figuera, sino también de la única activi¬dad de Calasanz en Monzón de que tenemos noticia.

La reforma de agustinos de que se trata no es la que surgió luego en el Capítulo Pro¬vincial de Castilla, reunido en To¬ledo en 1588, formando la nueva modalidad de re¬coletos. Mucho antes del Concilio de Trento, a finales del siglo XIV empieza una corriente de reforma de las antiguas órdenes religiosas, que concretamente en Es¬paña adquiere mucho vigor en tiempo del cardenal Cisneros. Los reformados se lla-ma¬ban «observantes», y los demás, «claustrales». Tam¬bién entre los agustinos sur¬gió esta reforma, que empezó en Castilla, y de Castilla intentaron implantarla en la Co¬rona de Aragón, pero encontraron gran oposición. Uno de los promotores de la reforma era el citado P. Aguilar, quien en Monzón trata de interesar y hacer interve¬nir al rey para que se imponga la reforma en toda la Corona de Aragón. Por lo que declaró Calasanz, su actuación en este asunto fue simplemente la de escribiente o secretario, pero no in¬tervino para nada en los acuerdos y conversaciones de la co-mi¬sión.

El 21 de septiembre de 1585 Felipe II escribía a su embaja¬dor en Roma, conde de Olivares, comunicándole el envío de los despachos, escritos por Calasanz. (6) Y pre-ci¬samente en aquellos días de septiembre «enfermó gravemente su padre [Pedro Calasanz], y el día 19 de septiembre de 1585 ordenó otro testamento cerrado, en el cual se llama Maes¬tre Pedro Calasanz y después de varias mandas y legados, deja por heredero ejecutor de su testamento y exonerador de su alma y conciencia a su amado hijo Mossén Joseph Calasanz Presbítero, habitante en el lugar de Peralta». (7) Esto hace suponer al P. Jericó, que es quien escribe lo ante¬rior, que José «parece se trasladó a Peralta de la Sal». Y es una suposición lógica. Monzón está muy cerca de Pe¬ralta, y no es presumible que José dejara de enterarse de la grave enfermedad de su padre y mucho menos que de¬jara de ir a su cabecera para asistirle. Si el 21 escribía el rey hablando de los despachos, no quiere decir que éstos se hubieran es¬crito exactamente los días inmediatos ante¬riores, de modo que el 19 no pudiera es-tar ya José junto a su padre cuando extendía el testamento. De todos modos, o an-tes del 21 o después, hay que suponer que José remon¬tara el río Sosa, que unía Monzón con Peralta. Es interesante notar que en el testamento, por lo visto, se dice que José era «habitante en el lugar de Peralta». Lo cual nos sugiere que durante estos años de servicios a Urríes y La Figuera, es decir, mientras viviera su padre, su domicilio oficial lo consideraba en Peralta.

Maese Pedro Calasanz salió de peligro, y su hijo José, cons¬tituido ya oficialmente heredero, se volvió a Monzón. Su protector, D. Gaspar Juan de la Figuera, a finales de agosto había aceptado ya el Breve pontificio que le nombraba, a petición de Fe¬lipe II, visitador apostólico del monasterio de Montserrat. Y el día 22 de octubre sa¬lía de Monzón con su séquito camino de la abadía, donde llegaron el 28 del mismo mes, siendo recibidos solemnemente por los mon¬jes. En el acta oficial de aquella jornada firmaban como «testigos, José Calasanz, presbítero, y Miguel Juan Casta¬nesa, diácono, familiares de dicho Señor Obispo, presentes en dicho monasterio». (8)

La visita apostólica a Montserrat

Los acompañantes del obispo visitador La Figuera fueron los dos familiares citados: José Calasanz y Juan Castanesa, D. Jerónimo Pérez, que actúa de secretario, y D. Juan o Ibán de Bardaxí, delegado regio. Los biógrafos antiguos, siempre propensos a la exageración de los dotes, títulos y actividades del biografiado, dijeron que Cala¬sanz fue el se¬cretario de la visita. Sin embargo, en las actas oficiales fi¬gura Jeró¬nimo Pérez como secretario y Calasanz como fami¬liar. Además, el propio Calasanz dijo en su declaración de 1637: «El dicho Obispo [La Figuera] fue entonces electo con breve apostólico Visitador del Convento o Santuario de la Santísima casa de Mon¬serrate y yo fui con él por su confe¬sor y examinador». (9) Que el obispo visita¬dor le eligiera por confesor es un claro indicio de la espiritualidad y dotes personales del joven sacerdote. Lo de examinador no es fácil entenderlo, a no ser que haga re-fe¬rencia a los interrogatorios y exámenes que tenían que hacerse y se hicieron a to¬dos los monjes.

¿Qué pasaba en Montserrat? Ya hemos visto que los agusti¬nos trataron en Monzón de su reforma, es decir, de aquella promovida durante el siglo pasado en todas las órdenes religiosas. En ese mismo despertar reformístico, los benedic¬tinos españoles emprendieron también su propia vuelta a la antigua observancia, que cristalizó en la llamada Congregación de Valladolid. Y de Castilla pasó a la Corona de Aragón, no sin dificultades, oposiciones y recelos. El re¬formador del monasterio de Montserrat fue el célebre abad García de Cisneros, que trajo consigo un grupo de vallisole¬tanos. Lógicamente, las nuevas abadías reformadas depen¬dían de la de Valladolid. Y a los primeros fervores siguieron tiempos menos espirituales, en que los intereses eco-nómi¬cos, la ambición de poder y el choque entre centralismo y regionalismo hicieron sus estragos en la vida del monaste¬rio. Los monjes de la Corona de Aragón, espe-cialmente los catalanes, se lamentaban de que los castellanos habían mo¬nopoli¬zado todos los cargos, marginándoles a ellos; que ponían constantes impedimentos para admitir novicios de la Corona de Aragón, manteniendo la hegemonía numérica de los castellanos, y que el oro y dinero, fruto de los donati¬vos de los fieles, se lo lle-vaban a Valladolid. Este último detalle es el que dio motivo para que intervinieran la Diputación de Cataluña y el Consell de Cent de Barcelona. Y los monjes catalanes acudieron a estas autoridades civi¬les y políticas en demanda de protección, por lo que el asunto no quedaba dentro del ámbito monástico, sino que trascendía al cam-po político.

Felipe II se interesó por acabar con aquellos desórdenes y consiguió por bulas ponti-fi¬cias que fuera nombrado visita¬dor fray Benito de Tocco, antiguo abad de Montse-rrat y en¬tonces obispo de Lérida. Su visita duró desde el 9 de mayo de 1584 hasta el 13 de enero de 1585, en que murió, no sin sospechas de haber sido envene¬nado. Tras la muerte de Tocco, los ánimos se exacerbaron. Los documentos papales hablan de «graves discusiones y discordias entre los religio¬sos», «mayores es¬cándalos», «atroces y enormes delitos». (10) El día 16 de marzo de 1585, un dona-do fran¬cés, llamado fray Guillén, al frente de una banda de foraji¬dos, irrumpió de noche en el dormitorio de los monjes, no sin connivencia con algunos de ellos, y forzaron a salir a 27 castellanos a quienes escoltaron hasta Cervera, donde fue¬ron liberados por las tropas del virrey de Cataluña, que qui¬sieron devolverlos a la abadía de la montaña, pero los monjes se negaron y se quedaron en el monasterio de San Pablo de Barcelona, dependiente de Montserrat. El am¬biente, pues, no era muy pro-picio para la tranquilidad del espíritu y el gozo de la soledad y vivencia litúrgica. Había que vigilar con prudencia. El biógrafo P. Alejo Armini, el más crítico y docu-men¬tado del siglo XVII, escribía en 1686 que «llegando a penetrar José, quizá con luz del cielo, el dañado ánimo de los administradores, avisó varias veces al Apos¬tólico Visitador, a fin de que viviera cauteloso para todo siniestro accidente. No fal-taron algunos que procura¬ban tentar la entereza de José con varios medios, endere¬za¬dos todos a hacerle cerrar los ojos, pero él… se defendió siempre de ellos dies-tramente… No le valieron al Obispo Visitador los repetidos avisos de su Secreta¬rio o Con¬sultor [Calasanz] para resguardo de su persona: asal¬tado de improviso acciden-te… pasó de repente a mejor vida» O sea, que siguió el pobre La Figuera el mismo ca¬mino que su antecesor fray Benito de Tocco. Murió el 13 de febrero de 1586. Y no todo acabó aquí, pues el 14 de mayo del mismo año murió también el delegado re-gio, D. Ibán de Bardaxí, seguramente por las mismas causas sospecho¬sas que los dos obispos visitadores. El contemporáneo abad D. Martín Carrillo escri¬bió: «D. Gaspar Juan de la Figuera… murió electo Obispo de Lérida, en Montserrat, adonde con el Doctor Ibán de Bardaxí, Asesor del Gobernador de Ara¬gón, hacían la Vi¬sita de aquella casa y murieron los dos con harta priesa, no sin sospechas…». (12) Pero seguramente cuando expiró Bardaxí, José Calasanz no estaba ya en Mont¬serrat. Por mucho que viviera, y vivió mucho, no po¬dría olvidar toda esta aventura dramática de la Visita apos¬tólica montserratina. No obstante, nada de esto dijo a sus confiden-tes romanos de última hora, quienes sí que reco¬gieron en sus memorias que el San-to acompañó al obispo visitador a Montserrat, «queriendo siempre estar retirado y habitar en una estancia desde donde con mucho gusto espi¬ritual oía la misa que en una capilla de enfrente se cantaba todos los días al amanecer». (13) El propio Cala¬sanz fue mucho más lacónico cuando en 1637, en la declara¬ción que le pi¬dieron los agustinos, dijo simple¬mente: «El dicho Obispo [La Figuera] murió en dicha visita y yo me volví a mi patria». (14)

En Peralta de la Sal: muerte de su padre

Las últimas palabras de Calasanz parecen indicar que ape¬nas murió su protector La Fi¬guera, él abandonó Montserrat y se fue a su pueblo, junto a su anciano padre. Su servicio al obispo electo de Lérida había terminado. Personalmente nada tenía que hacer en el monasterio. Tanto el delegado regio, Bardaxí, como el secretario de la visita, Jerónimo Pérez, quedaban allí como responsables o intermediarios para infor¬mar de lo hecho al futuro visitador.

Los antiguos biógrafos dijeron que Calasanz esperó la lle¬gada del nuevo visitador, el obispo de Vich, D. Juan de Car¬dona, que tomó posesión de su cargo el 22 de junio. Pero es que también creyeron que Calasanz había sido el secreta¬rio de la visita. Consta, sin embargo, que el secreta¬rio Jerónimo Pérez fue quien entregó los papeles al nuevo visitador.

Desde mediados de febrero de 1586, en que bajó de Mont¬serrat y «se volvió a su patria», hasta finales de año o prin¬cipios de febrero de 1587, Calasanz estuvo junto a su padre, hasta que le cerró los ojos. Y nos consta que el 7 de noviembre hizo de nuevo testamento, sin que conozcamos qué cambios o nuevas disposiciones intro¬dujo respecto al testamento del año anterior. (15) Lo cierto es que confirmó a su hijo José como heredero universal. Este nuevo testa¬mento nos sugiere que debió de sentirse a las puertas de la muerte, pero no podemos asegurar la fecha exacta en que ocurrió. En el archivo parroquial de Peralta se encontró una nota según la cual José Calasanz instituyó un aniversario de difuntos para el día 27 de febrero, sin indi¬car el año en que empezó. A más de un historiador le ha parecido que esta fecha sería la de la muerte de su padre, (16) para quien su hijo habría fundado aquel ani-ver¬sario. Pero nada obliga a admitir esta hipótesis. Lo mismo podría suponerse que el aniversario era para su madre y hermanos o herma¬nas ya difuntas. Más toda¬vía, el P. Talenti, uno de los más documentados biógrafos del Santo, ya dijo que el tal aniver¬sario perpetuo para las almas del purgatorio. (17) Cualquier otra hipóte¬sis nos parece válida, pero creemos inadmisible que se refiera a su padre, pues consta que el 12 de febrero de 1587 el presbítero José Calasanz empezó a desempe¬ñar su ofi-cio de secretario del cabildo de Urgel y maestro de ceremonias. (18) Parece absurdo que después de estar un año entero junto a su padre, casi espe¬rando de un mo-mento a otro el fatal desenlace, le abandone quince días antes de su muerte para incorporarse definitivamente a propia diócesis de Urgel. Lo lógico es suponer que esperó que muriera su padre para disponer de sí mismo con entera libertad, pues si durante los dos primeros años de su sacer¬docio estuvo ausente de su propia dióce-sis, fue preci¬samente para estar más cerca de Peralta y poder asistir a su padre en el momento oportuno.

Notas

1 Anal. Cal. 15 (1966) 210.
2 Ibid., p.211.
3 Ibid., p.192.
4 Anal. Cal. 20 (1968) 302 y 296.
5 BAU, BC, p132; Anal. Cal. 8 (1962) 374.
6 Anal. Cal. 20 (1968) 431-433.
7 Ibid., 40 (1978) 457-458.
8 Ibid., 20 (1968) 189.
9 BAU. BC. p.132.
10 Anal. Cal. 8 (1962) 433, nt.91.
11 Ibid., p.4O6.
12 Ibid. P.405.
13 BAU, RV, p.11.
14 BAU, BC, p.132.
15 Anal. Cal. 40 (1978) 459-460.461.
16 Ibid., p.467-468.
17 Ibid., p.471.
18 Ibid., p.468, nt.27



Leave a Reply

Comment

Índice Documental Mensual

PERALTA - Jul 8, 2011 10:22 - 0 Comments

PERALTA

More In Noticias


PERALTA - Jul 8, 2011 10:22 - 0 Comments

PERALTA

More In Noticias


PERALTA - Jul 8, 2011 10:22 - 0 Comments

PERALTA

More In Noticias