sJC - Maestro y Fundador - Written by Archivo Calasanz on Viernes, Octubre 30, 2009 11:22 - 0 Comments

sJC - C09: Hacia Roma

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San José de Calasanz, maestro y fundador
Severino Giner Guerri, escolapio
BAC, 1992

Primera parte: Sus años en España

CAPÍTULO 9
HACIA ROMA

Ortoneda y Claverol, Tremp y Seo de Urgel, plebanías, vicarías y oficialatos, todo lo dejó y se fue a Roma. Pero ¿por qué? Los designios de Dios —entonces ocultos y hoy desvelados— se cruzan con los intereses personales, aparentemente motivadores. Los hagiógrafos, poco exigentes, se deslumbran con el recurso sobrenatural. Parece que en la vida de «los santos» todo es posible y que Dios pone un ángel en cada esquina, dispuesto a intervenir de palabra o de obra. Los biógrafos, sin embargo, demasiado exigentes, buscan explicaciones a todo, aun a aquellas cosas que quizá humanamente no las tengan. Pero es su obligación intentar encontrarlas.

El último gran biógrafo de nuestro santo, llegado a este punto de su historia, escribió: «Y hétenos ya ante el problema más grave, ante la incógnita más obscura, ante el tema más debatido de la vida de S. José de Calasanz. ¿Por qué dejó España y emprendió la marcha a Roma?». (1)

La hagiografía tradicional y secular, que llega hasta nuestra propia época, fue consecuente consigo misma y dio su respuesta recurriendo a factores sobrenaturales. Los biógrafos de nuestro tiempo buscaron una solución «más racional», basada en hechos más controlables. (2) Pero, a fuer de sinceros, hemos de reconocer que estas soluciones «controlables» no llegan a convencer plenamente, y que «lo más racional» es dar más oído —al menos por esta vez— a la tradición hagiográfica.

1. El sueño de José

Hacia 1672 escribió en sus Noticias históricas el P. Caputi esta página maravillosa:

«… es cosa digna de recordarse y saberse la visión que tuvo [Calasanz], cuando era Vicario General del Obispo de Urgel, como él mismo muchas veces me la refirió a mí, que como curioso de saber algo de su boca le iba interrogando. Le pareció una vez que estaba en Roma y predicaba a un grupo de niños, que le parecían ángeles. Enseñábales el modo de vivir cristianamente, los bendecía y después los acompañaba a sus casas, y con él le parecía que iban muchos ángeles y le ayudaban a acompañar a aquellos pobres niños. Sin hacer caso de esta visión, pensaba que tal vez fuese un sueño fantástico. Pero a la mañana siguiente empezó a pensar que lo que había visto era un despropósito, por no haber tenido nunca la intención de marchar a Roma. No pasaron muchas semanas, cuando empezó a oír una voz interior que le decía: José ve a Roma; ve a Roma, José». (3)

Las narraciones de Caputi tienen generalmente matices novelescos, fruto de su fantasía típicamente meridional. En este caso nos asegura que esta revelación «él mismo [Calasanz] muchas veces me la refirió a mí». Y no dudamos de que en los dos escasos años que convivió con el Fundador, siendo incluso testigo de su muerte, le iba interrogando y tirándole de la lengua, siendo por tanto depositario de muchas noticias. Pero es probable que después de casi veinticinco años no recordara exactamente los detalles, y aun quizá no supiera distinguir silo que escribía lo había oído de labios del Santo o de algún otro testigo directo.

El caso es que en 1659 y en 1670 el mismo Caputi hizo sacar respectivamente dos copias del Proceso Informativo Ordinario, llevado a cabo en los años 1651-16534, en las que leyó, sin duda, la siguiente declaración del P. Francisco Castelli, fiel compañero, confidente y colaborador de Calasanz desde los primeros tiempos de la Congregación:

«… Y esto lo sé por haberlo oído contar o al mismo Padre [Fundador] o a otros que se lo oyeron a él, que encontrándose en España dicho Padre, después de ser sacerdote, sentía en sí una voz interna que le decía: “Ve a Roma”. Muchas veces le inculcaba lo mismo y se respondía a sí mismo: “Yo no tengo pretensiones. ¿Qué tengo que hacer en Roma?” Pero con mayor insistencia y más a menudo percibía el mismo impulso: “Ve a Roma, ve a Roma”. Y por obedecer a este impulso, se vino a Roma. Y a los pocos días, pasando por una plaza, que no sé cuál fuese, vio una multitud de muchachos descarriados, que hacían mil diabluras y tiraban piedras. Y sintió entonces como una voz que le decía: “Mira, mira”. Y repitiéndose más de una vez los mismos acentos mientras él miraba y pensaba en el sentido de aquellas palabras, le vino a la mente y se dijo a sí mismo: “Quizá el Señor quiere que yo me haga cargo de estos muchachos”. Y desde aquel instante se aplicó al remedio de aquellos niños tan mal educados…». (5)

Los ángeles de Caputi han volado y el sueño se ha desvanecido, pero han quedado esas voces interiores, misteriosas, pero perceptibles para quienes tienen cierto oído interior atento a los mensajes de Dios. Y que José de Calasanz sabía de estas cosas nos lo dice él mismo en una carta de 1622, con una seguridad que asombra: «La voz de Dios es voz del espíritu que va y viene, toca el corazón y pasa; no se sabe de dónde venga o cuándo inspire; por lo que mucho importa estar siempre atentos para que no venga de improviso y pase sin fruto». (6) El P. Berro afirma haberle oído decir: «… la voz de Dios es una brisa suave y delicada; quien no está atento no la puede oír, y quizá en ella ha puesto Dios su salvación y ¡ay de aquel que la pierde y no aprovecha la ocasión!». (7)

No sólo los hagiógrafos de otros tiempos de mayor credulidad aceptaron esas voces interiores que marcaron nuevo rumbo providencial a la vida de Calasanz, sino también modernos biógrafos, como Bau, Picanyol y Sántha, no se atreven a negarlas, dándoles cierta consistencia, (8) aunque recurran a la vez a otras motivaciones más «controlables». De todos modos, quizá no sea necesario un examen escrupuloso y aceradamente crítico para dejar en claro si hubo visión, sueño, voces interiores o sensación indefinible. Ni aun los místicos más expresivos saben concretar los fenómenos interiores que van más allá de la percepción sensorial. Y apenas si ha existido santo alguno que no haya captado fenómenos similares, en los que ha recibido algún mensaje, que incluso a veces no ha sabido interpretar correctamente en un primer momento. Basta recordar la voz del crucifijo que ordena al Santo de Asís: «Francisco, ve y repara mi iglesia, que, como ves, amenaza ruina». Y el santo cree que se trata de restaurar la iglesita de San Damián; (9) o la voz que percibe San Ignacio de Loyola en la visión de ‘La Storta’, y que tampoco sabe interpretar inmediatamente. (10)

La reacción de Calasanz ante la invitación misteriosa de ir a Roma es también de desconcierto. Se pregunta él mismo para qué. Y como lo más normal para un clérigo que decidía irse a Roma era entonces pretender algún beneficio eclesiástico, objeta que nunca ha tenido tales pretensiones. Y una vez en Roma, pasarán algunos años sin que vea con claridad cuál es la voluntad de Dios, o sea, el sentido de la voz misteriosa.

A nosotros nos puede parecer falsa su objeción, porque de hecho, apenas llegado a Roma, pretenderá obtener una canonjía; y aquellos largos años primeros nos darán la impresión lastimosa de desorientación, aunque no le falten ocupaciones. Pero una cosa y otra quizá sólo fueron el velo que ocultaba la angustiosa búsqueda de la voluntad de Dios por todos los caminos, hasta que exclame satisfecho y convencido: «Encontré ya en Roma la manera definitiva de servir a Dios…»

2. Las pretensiones de canonjías

La mera sensatez aconsejaría a Calasanz que consultara su sensación interior con personas expertas en problemas del espíritu. No podía por sí mismo lanzarse a la aventura de un viaje a Roma sin saber para qué. Y lo más acertado es pensar que acudiera a Mons. Capilla, por el hecho de ser un hombre profundamente espiritual, como buen cartujo; por la estima y confianza que siempre le había manifestado desde que le nombró su familiar, y porque, en última instancia, tenía que ser él quien decidiera el viaje, por ser su obispo. Y al menos por esta última razón tuvo que haber forzosamente un encuentro decisivo entre ambos. No sabremos nunca lo que se dijeron. Probablemente reconocieron la realidad de la voz interior y decidieron obedecerla. Algo así como lo ocurrido a San Pablo, camino de Damasco: «¿Qué he de hacer, Señor?» Y el Señor respondió: «Levántate y vete a Damasco; allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas» (Hech 22,10). Y así pudo decirle Capilla, en nombre del Señor: «Levántate y vete a Roma, José; allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas».

No obstante, lo más natural es que este motivo misterioso y oscuro quedara oculto. No podía Calasanz anunciar aquel viaje imprevisto diciendo a los cuatro vientos que una voz interior le mandaba irse a Roma. Hubo que buscar otros motivos justificantes y los encontraron. El primero era el más común: a Roma se va a pretender beneficios. (11)

En efecto, en la primera carta conservada de las que escribió apenas llegado a Roma decía: «Pretendí luego en llegando un Canonicato de Urgel». (12) La frase, sin embargo, da la impresión de que no era ése el motivo primario del viaje, pero una vez llegado empezó a pretender. Y la misma impresión produce el testimonio importantísimo del sacerdote Francisco Motes, que en su atestado de 1648 —el primero que habla del tema después de Calasanz— dijo: «Dicen que tenía intención de ir a Roma para obtener alguna dignidad digna (sic) de sus méritos…, luego se fue a Roma… y al cabo de un año o dos oí que había pretendido no sé qué beneficio en su país». (13) No se lo oyó él directamente el día que pasó por su casa de Pont de Claverol para despedirse, y era el momento más adecuado para decirlo y dar explicaciones de su renuncia a la plebanía de Claverol. Más todavía, parece deducirse que tampoco en su casa, la de los Motes, tuvieron noticia de tales pretensiones hasta un año o dos después de haber llegado a Roma.

En el proceso ordinario de 1651 depuso el pintor español Francisco Gutiérrez, quien convivió con Calasanz unos seis meses en 1620: «Yo he oído que el P. José vino a Roma para pretender alguna cosa eclesiástica…». (14) Otro testigo español, Tomás Simón, en el procesó apostólico de 1686, dijo: «Después vino a Roma, donde tuvo la Agencia de aquel Obispo [de Urgel] y por las pretensiones de ser provisto de Beneficios». (15) Este último testigo añade otra razón y coloca en segundo lugar las pretensiones. El fidedigno y casi siempre preciso Berro nada dice de la voz interior, pero se expresa así: «… se fue algunos días a su pueblo no para quedarse, sino para arreglar sus cosas con la esperanza de medrar [‘di tirarsi avanti’] en la Corte Romana como le prometían sus virtudes… Llegado a Roma… atendía a toda clase de obras de caridad, dándose cuenta muy bien de que para mayores cosas le había conducido Dios a Roma, que el medrar en dignidades eclesiásticas …». (16) Luego no eran éstas las que motivaron su viaje a la Ciudad Eterna.

Bastarían las primeras cartas romanas escritas al párroco de Peralta de la Sal desde 1592 a 1599 para constatar que en todos esos años intentó Calasanz con ahínco conseguir una canonjía en España, como veremos más adelante y con ulteriores documentos. Pero lo que no acabamos de ver con claridad, ni lo afirman tampoco los testimonios aducidos, es que ése fuera el ‘motivo principal y determinante de su viaje a Roma’, como categóricamente proponen Picanyol, Sántha, García Durán, (17) … entre los modernos historiadores. Más cauto se muestra Poch al proponer otras motivaciones que atenúan el exclusivismo decisivo de tales pretensiones, y que no podemos menos de valorar justamente. (18) Más convincente, empero, nos parece en esta ocasión el crítico Bau, que concluye: «al lado de estas motivaciones más o menos humanas y aun terrenales, no hay que silenciar otro impulso de otro carácter, quizá menos consciente pero tal vez más eficaz y a la postre más providencial…». (19) Es decir, aquella voz interior que le dijo Ve a Roma…

La carrera eclesiástica de Calasanz estaba en plena y rápida promoción, pues a sus treinta y cuatro años recién cumplidos era Oficial eclesiástico y Vicario General de Tremp y Visitador General de cuatro arciprestazgos. ¿Y no era esto mucho más que una canonjía? Y si lo consideraba menos, ¿no podía conseguir un canonicato cuando vacara en meses del ordinario? ¿Quién más dispuesto a favorecerle que Capilla? ¿Por qué arriesgar la renuncia de sus cargos actuales por la esperanza —incierta— de una canonjía que vacara en meses papales?

3. La visita ‘ad limina’ del obispo Capilla

Desde mediados del siglo XIII (Gregorio IX) se hizo obligatoria para los obispos la visita a Roma, ‘ad limina apostolorum’, pero con el tiempo se fue descuidando hasta el extremo de que se prescribió que todos los obispos, al ser elegidos, prestaran juramento de cumplir esta obligación por sí mismos la primera vez y por procurador las siguientes, si se estaba impedido. Pero este juramento dejó de cumplirse.

Precisamente el obispo de Urge!, Fray Hugo Ambrosio de Moncada (el que ordenó de sacerdote a Calasanz), escribió desde Sanahuja una carta a Gregorio XIII, fechada el 26 de octubre de 1584, en la que ‘consultaba sobre la obligatoriedad de dicho juramento, y decía:

«De las quales palabras [del juramento] procede para mí este dubio: si a los obispos de Hespanya nos cabe precisa obligación de cumplir con el contenido de dicha cláusula, de tal manera que, no haziéndolo, dexemos de estar tutos [= tranquilos] en conciencia o si la costumbre universal que en estos reynos hay de no ir ni imbiar por procurador a presentarse delante el conspecto apostólico nos assegura en conciencia contra la forma del juramento». (20)

No se sabe si hubo respuesta. Pero al año siguiente emanó Sixto V la bula ‘Romanus Pontifex’, fechada el 20 de diciembre de 1585, en la que regulaba minuciosamente la obligatoriedad de dicha visita y de prestar el mencionado juramento antes de ser consagrados. La visita tenían que hacerla personalmente o, en caso de legítimo impedimento, por procurador, y amenazaba a los transgresores con penas tan graves como la suspensión de la administración espiritual y temporal de la diócesis, la de la percepción de los frutos de sus iglesias y aun la prohibición de entrar en la iglesia mientras no fueran absueltos por la Santa Sede. (21)

Felipe II en un principio dio largas a la aceptación de la bula alegando que las prolongadas ausencias de los obispos por la tal visita causarían daños a las iglesias de sus reinos. Dos años después, en diciembre de 1587, empezó a abrir la mano, permitiendo que fueran poco a poco, y a principios del año 1588 hizo saber que no se oponía a que fueran todos los prelados a Roma. Pero ahora eran los mismos obispos quienes se negaban a ir, alegando su pobreza, edad avanzada, indisposiciones y enfermedades, peligros del viaje, e incluso los daños que padecerían las iglesias por su ausencia. Hubo quien nombró procuradores a sacerdotes de su diócesis residentes en Roma. Pero el enérgico Sixto V hizo saber en diciembre de 1589 «que no admitiría delegados si no venían de España». (22)

Así, pues, en 1590 empieza a ser norma general que los obispos manden a sus delegados o procuradores, movidos incluso por cartas conminatorias del nuncio. Según las Relaciones existentes en el Archivo Vaticano, consta que el obispo de Calahorra fue el único en viajar personalmente a Roma en 1586; los demás lo hicieron por procurador, y concretamente: en 1589, Sevilla; en 1590: Cartagena, Segorbe, Málaga, Compostela, Burgos, Tarragona, Tarazona, Huesca, Córdoba, Oviedo, Jaén, León, Zamora, Pamplona, Barbastro, Lérida, Salamanca, Ávila y Gerona; en 1591: Mallorca, Valencia, Elna, Teruel, Vich, Barcelona, Badajoz, Palencia, Zaragoza y Cuenca; en 1592: Mondoñedo. De todas ellas se conoce incluso el nombre de los procuradores. Hubo, sin embargo, otras cinco diócesis cuyos procuradores son ‘desconocidos’ y que hicieron la visita en fecha también desconocida, pero ‘antes de abril de 1592’. Tales diócesis fueron Jaca, Coria, Segovia, Sigüenza y… ‘Urgel’. (23)

El primer documento encontrado hasta ahora que certifica la presencia en Roma de San José de Calasanz lleva fecha del 27 de febrero de 1592. (24) Luego es muy probable que el ‘desconocido’ procurador del obispo de Urgel que llevó a Roma ‘antes de abril de 1592’ la relación de la visita ‘ad limina’ fuera José de Calasanz. (25) Según la bula sixtina, los obispos españoles debían realizar la visita cada cuatro años, empezando a contar desde el día de la consagración, entrega del palio o traslado de diócesis. Capilla recibió el nombramiento en enero de 1588 y tomó posesión por procurador en abril del mismo año. Luego por esas fechas, cuatro años después, expiraba el tiempo hábil para hacer la visita. Y precisamente en esas fechas llegaba a Roma Calasanz. (26)

Otro detalle significativo La bula sixtina exigía que la visita la hicieran personalmente los obispos, (27) pero si estaban legítimamente impedidos —y todos los españoles encontraron legítimos impedimentos— podían mandar algún procurador, elegido «del gremio del cabildo, o constituido en alguna dignidad eclesiástica o también poseedor de algún ‘personado’, o a un sacerdote diocesano si no tienen a nadie investido de dignidad eclesiástica o ‘personado…’». (28)

Ahora bien, antes de partir para Roma, Calasanz renunció a todos sus oficios y dignidades de Oficial eclesiástico de Tremp, Vicario General y Visitador de Oficialatos, e incluso a sus plebanías de Ortoneda y Claverol. Pero es curioso que al desprenderse de estas últimas, se reservó o instituyó para sí mismo un ‘personado’ con una renta o pensión anual de 17 libras y media, que debía percibir durante toda su vida de don Jaime Segur, a quien cedía la plebanía, y de su hermano; ‘personado’ que se convertiría en ‘obra pía perpetua’ después de su muerte. (29) Este cambio entre plebanía y ‘personado’ se firmó el 6 de septiembre de 1591 ante el notario de Tremp, Luis Vidal, que acompañaba a Calasanz en sus visitas pastorales por su Oficialato.

Calasanz, pues, al emprender su viaje a Roma no goza de ninguna dignidad eclesiástica, salvo el mencionado personado, que induce a pensar que se lo reservara aconsejado por Capilla, quien por esas fechas ya había decidido que fuera Calasanz su procurador para cumplir con su obligación de la visita ‘ad limina’. Y a falta de dignidades mayores —que podría conseguir en Roma— convenía que al menos gozara de un ‘personado’, como pedía la bula sixtina.

4. Procurador de la diócesis de Urge! en Roma

Hemos referido antes la declaración de un testigo que en el proceso apostólico de 1686 dijo: «luego vino [Calasanz] a Roma, donde tuvo la ‘Agenzia de aquel obispo [de Urgel]…». (30) Probablemente no sabría explicarse del todo en qué consistía este oficio, pero ahí queda su declaración. Es el único de todos los declarantes en procesos y fuera de procesos que nos da esta noticia. Y no hay motivo para desecharla pues la misma ambigüedad con que viene expresada es garantía de autenticidad. Era, por otra parte, un testigo digno de crédito por la familiaridad con que trató al Santo. Se llamaba Tomás Simón, era de la diócesis de Vich, y tenía entonces sesenta y ocho años, o sea, treinta cuando murió Calasanz. Dijo: «Yo he conocido al Siervo de Dios, Jo de la Madre de Dios, con ocasión de que proveía de hostias la iglesia de San Pantaleón, y las hacía yo mismo y un compañero que era natural de un pueblecito cercano al del Siervo de Dios, y por esa misma razón el mismo Siervo de Dios venía a nuestra casa alguna vez y hablábamos de nuestras cosas domésticas». (31)

La diócesis de Urgel tenía efectivamente —como otras muchas— su Procurador en Roma, es decir, el representante encargado de tramitar los asuntos relacionados con la Santa Sede. He aquí, por ejemplo, una decisión del cabildo de Urgel, ‘sede vacante’, en sesión del 12 de julio de 1588, siendo Calasanz secretario del mismo: «fue determinado que… todos los negocios del cabildo que se han de tratar en Roma, confíense como se confían ahora, a los señores Arcipreste mayor y canónigo Durán, y que dichos señores escriban las cartas que se han de escribir a Roma y las firmen los dos, y cuando uno esté ausente, el otro elija a un señor Capitular con quien trate dichos negocios y que el cabildo avise al Procurador de Roma y que lo que le escriban dichos señores lo trate como cosa del cabildo». (32)

El mencionado canónigo Rafael Durán, con quien mucho trató personalmente Calasanz mientras fue secretario del cabildo, (33) estaba todavía en Urgel a fines de mayo de 1590, como lo comprueba su presencia en reuniones capitulares. (34) No mucho después fue nombrado Procurador en Roma, donde abusó gravemente de su oficio, del que fue consiguientemente destituido, como consta en esta acta capitular del 10 de abril de 1591, cuya traducción del catalán es como sigue:

«Revocación del canónigo Durán… fue concluido que, habiendo llegado a conocimiento del cabildo que el señor canónigo Durán, hoy como síndico y procurador de aquel residente en Roma, habría intentado impetrar el Arciprestazgo de Andorra, optado por el sr. Antonio Pau i Boquet, nuevo posesor de aquél, con gran menosprecio y perjuicio de dicho cabildo… [Se concluyó] que con acto público se revocasen y anulase todas y cualesquiera procura o procuras, sindicatura o sindicaturas que dicho cabildo hasta ahora le había dado o firmado ante cualquier notario o notarios, de manera que desde ahora en adelante no use ni intente usar de aquéllas, sino que se tenga como no síndico ni procurador de dicho cabildo, ni se le pase salario alguno, mandando como de hecho mandaron y requirieron de mí, Pablo Alonso notario, escribano y secretario de dicho cabildo, que levantase acta de dicha Revocación ‘iuxta cursum’». (35)

Un mes más tarde, en el Capítulo Pascual (10 de mayo de 1591), se vuelve a tratar el asunto, y se decide que «sea privado de todas las distribuciones grandes y pequeñas y de todos los emolumentos del canonicato, así como de cualesquiera otras gratificaciones debidas a su oficio», con la salvedad de que se le devuelvan, si constare ser falsa la inculpación. (36) No hay más noticias concretas para seguir el proceso de esta destitución. El caso es que Calasanz renuncia a su plebanía de Ortoneda y Claverol el 6 de septiembre de ese mismo año, ya con miras a su viaje a Roma. Lo cual hace conjeturar que desde mayo a septiembre cabildo y obispo buscan solución al problema de sustituir al Procurador de Roma y se fijan en Calasanz, quien al llegar a la Ciudad Eterna será recibido por Durán, cuyas funciones de procurador ejercerá luego, como nos aseguró Tomás Simón. Y no faltan otros indicios documentales que comprueban el aserto de este testigo. En efecto, consta que Calasanz escribió el 3 de junio de 1593 una carta al Rdo. Miguel Mir en la que le informa con detalle de los costes de despachos y bulas para conseguir la pabordía de Mur, iglesia del oficialato de Tremp. (37) No deja de ser significativo, además, que en un asunto de composición de beneficios de la Colegiata de Tamarite de Litera el cabildo eclesiástico y el concejo de la villa, en fecha del 10 de agosto de 1594, «ottorgaron y hizieron procuradores suyos a Joan Ulzinelles Oscen. [de Huesca,] Gaspar Vitoria Illerd. [de Lérida] y Josepe Calasanz Urgelen. [de Urgel] dioc. respective residentes en la corte romana». (38) Es probable que los tres fueran procuradores en Roma de sus respectivas diócesis, y por eso recurren a ellos como gente experimentada en tales asuntos.

Es lamentable que hayan desaparecido de los archivos curiales de Urgel —o no se hayan encontrado todavía— las numerosas cartas, relaciones, memoriales y otros numerosos documentos que debieron cruzarse entre el Cabildo y Capilla, por una parte, y el procurador Calasanz, por otra.

La situación conflictiva, provocada por el proceder del canónigo Durán, justificaría la urgencia y precipitación del viaje de Calasanz, quizá más que su delegación para presentar la relación episcopal de la visita ‘ad limina’, al menos en el sentido de que esta última podía llevarse a cabo en algunas pocas semanas sin exigir urgentes renuncias a cargos como la plebanía de Claverol, mientras que el oficio de procurador no tenía límite fijo de tiempo y podía durar muchos años. De todos modos, ambas misiones desvirtúan sustancialmente la importancia o motivación predominante que se intenta dar a la pretensión de una canonjía, dejando, además, intacta la preponderancia motivadora de las misteriosas voces interiores.

5. Momento inoportuno para irse a Roma

La complejidad del momento histórico en que Calasanz decide irse a Roma es tal que exige una motivación tan grave e imperiosa hasta el punto de hacer inaplazable el viaje. Sería por ello inexplicable, por no decir incluso irresponsable y caprichoso, que la razón primordial y decisiva del mismo fuera la ambición personal de una canonjía. Más razonable parece que se viera obligado a partir por alguna de las dos causas que hemos examinado, tanto más por las dos juntas, es decir, la visita ‘ad limina’ y la sustitución del destituido canónigo Durán en su oficio de Procurador diocesano. No menos razonable sería también la urgencia de acatar la voz interior «Ve a Roma», que en estas circunstancias podría agravarse con el eco de aquellas palabras: «Sígueme y deja a los muertos sepultar a sus muertos» (Mt 8,22).

Durante los cinco años que pasó Calasanz en Urgel y Tremp (1587-1591), la situación del Condado de Ribagorza siguió siendo muy conflictiva y dramática. Y no podía menos de seguir con verdadera angustia los acontecimientos no sólo por lo que pudiera ocurrir en Peralta y a su hermana Magdalena y demás familia que allí vivían, sino sobre todo a Juana y a los suyos de Benabarre, capital del condado y escenario de los peores sucesos, y también a los parientes que residían en Arén, zona igualmente candente. No faltan testimonios de sus frecuentes visitas a Benabarre en estos años azarosos, y que, dada la cercanía, debían extenderse a Peralta y Arén. (39)

A pesar de las decisiones tomadas en las Cortes de Monzón, del mandato de Felipe II y del intento del Bayle General de Aragón para dar posesión efectiva del Condado de Ribagorza a su legítimo señor, el Duque de Villahermosa, todo fue inútil, pues seguía en poder de los rebeldes, capitaneados por Juan de Ager. Todo el Reino de Aragón exigía una intervención de las fuerzas reales para castigar a los insurrectos. Pero Felipe II se desentendió de nuevo. Por lo que el Duque y sus partidarios, entre los que no faltaba el Barón de la Laguna, Señor de la Casa de Castro y baronía de Peralta de la Sal, decidieron tomar por su mano el Condado. Y a fines de mayo de 1587 cayó por sorpresa sobre Benabarre y tras enconada lucha logró rendir al indomable Juan de Ager, que fue bárbaramente acribillado en la Plaza Mayor, desnudado, arrastrado por las calles y decapitado, poniéndose su cabeza sobre uno de los portales de la villa. Las tropas del Duque saquearon sistemáticamente las casas y haciendas de todos los supuestos rebeldes de la villa. Y poco después caía también Calasanz, pueblo natal de Juan de Ager, y tan cercano a Peralta, que no dejarían de sentirse también allí las represalias. Otra parte del ejército ducal acabó de desbaratar a los rebeldes tomando por las armas la villa de Arén. (40)

La empresa victoriosa y personal del Duque fue mal vista por Felipe II, que temía por ello perder la posibilidad de incorporar el Condado a la Corona. Después de fracasar los intentos judiciales de incriminar al Duque de fautor de herejes, la Corte misma promovió una reacción contra las fuerzas ducales y hubo un nuevo asalto a la villa en febrero de 1588, pero el castillo se defendió heroicamente. Tras una tregua, se reanudaron las hostilidades y en abril las tropas del Conde de Ribagorza, entre cuyos caudillos estaba el Barón de la Laguna, señor de Castro, atacaron a los insurrectos que se pertrecharon en Tolva. Nuevos refuerzos catalanes apoyaron a los de Tolva y derrotaron al ejército del Duque de Villahermosa.

Este éxito envalentonó a los rebeldes, que se dirigieron a Benabarre, la cercaron, «quemaron más de cien casas de la villa y maltrataron otras muchas. No quedó casa del todo sana; saquearon tres iglesias y el hospital… cercaron la fortaleza, manteniéndola asediada durante un mes». El día 8 de mayo huyeron los sitiadores porque les llegó la noticia de que se acercaba un ejército de tres mil hombres contra ellos… Y una de las víctimas ilustres de estas algaradas fue don Felipe de Castro y Cervellón, Barón de la Laguna, Señor de la Casa de Castro, fiel aliado y defensor armado del Duque de Villahermosa y Conde de Ribagorza. (41)

Un nuevo asedio de Benabarre ocurrió en noviembre de 1588. Uno de los más famosos y perturbadores bandoleros de Aragón era Lupercio Latrás, aliado entonces del Duque de Villahermosa. En aquel mes de noviembre el Gobernador de Aragón persigue inútilmente durante casi quince días a Lupercio, quien al fin se refugia en la fortaleza de Benabarre con los suyos, acogido como otras veces por los adictos al Duque que defendían el castillo. El Gobernador acude con sus huestes y asedia la fortaleza a fines de noviembre. Lupercio se escapa fraudulentamente con los suyos. El 20 de diciembre se rompe el cerco y las tropas del Gobernador entran en el recinto y encuentran a 100 varones y 300 mujeres y niños, «sin duda los pobladores de la villa» (42) ¿No estaría entre esta gente la hermana de Calasanz con su marido y sus hijos? Hubo cinco ajusticiados, además del alcaide del castillo.

La larga y dramática historia del Condado de Ribagorza llegaba a su fin. El Duque fue llamado a Madrid. Hubo componendas, y por fin cedió sus derechos al Rey y fue incorporado definitivamente el Condado a la Corona. El 6 de marzo de 1591, don Alonso Celdrán en nombre de Felipe II tomaba posesión del Condado y derruía el inexpugnable castillo de Benabarre, del que todavía hoy queda en pie un enhiesto torreón. Las perturbaciones de Ribagorza habían terminado, y con ellas uno de los capítulos más dramáticos y angustiosos de la vida, todavía joven, de José Calasanz.

Ni fue menos grave la perturbación originada en aquellas fechas por el secretario de Felipe II, Antonio Pérez, que en abril de 1590 escapaba de las cárceles de Madrid y entraba en Aragón, invocando la protección de sus fueros, pues era aragonés. El 12 de noviembre de 1591 llegaba a Zaragoza el ejército real, provocando una insurrección en defensa de los fueros del reino. El 20 de diciembre rodaba la cabeza del Justicia de Aragón, Lanuza, al que siguieron en enero otras ejecuciones de cabecillas insurrectos, entre los cuales estaba don Martín de Espés, Barón de la Laguna y Señor de la Casa de Castro y baronía de Peralta de la Sal.

Unos días antes de la irrupción del ejército real en Zaragoza había escapado Antonio Pérez a Francia, logrando interesar a los príncipes del Bearn y al mismo rey francés, Enrique IV, en una proyectada «invasión de España», confiando en una sublevación general del reino de Aragón, particularmente de los moriscos. No quedó en simple proyecto, sino que las escasas huestes bearnesas traspasaron la frontera pirenaica llegando a Biescas, donde fueron descalabradas el 19 de febrero de 1592 por los aragoneses que habían reaccionado a tiempo contra la invasión, temiendo que toda Francia se les echara encima. (43)

Precisamente por esas fechas estaba ya José Calasanz en alta mar rumbo a las costas de Italia. Es lógico pensar, pues, que durante los últimos meses no pudo menos de seguir con angustia creciente los acontecimientos dramáticos de Zaragoza y temer —como todo el reino de Aragón— la reacción vindicativa del rey, incluso en las baronías y tierras señoriales de quienes estaban de parte de los fueristas y en contra del proceder real, como era el Barón de la Laguna. Y no podía tampoco quedar indiferente ante las amenazas de una invasión extranjera, que podía irrumpir por el Pirineo y arrasar a sangre y fuego todas aquellas comarcas del norte de Aragón en que vivían los suyos. ¿Qué urgencia inaplazable le movía para abandonar su tierra en aquellos precisos momentos de zozobra y temores de venganzas y guerra inminente? Y que seguía preocupado por tales acontecimientos lo manifiesta él mismo al escribir al párroco de Peralta el 16 de mayo de aquel mismo año de 1592: «Deseo mucho tener nuevas dessa tierra…» Y en noviembre acusaba recibo de carta del párroco y le decía: «Con la carta de V. m. de 29 de septiembre, recebida a los 20 de noviembre, he recebido particular contento y merced entendiendo por ella las nuevas que por essa tierra tienen que como natural della de su bien huelgo mucho y de su mal me ha de pesar». (44)

6. Supuestas renuncias antes de hora

El. viaje a Roma de José de Calasanz cortaría, de hecho, en dos partes su larga vida. Sería un viaje sin retorno. Y los hagiógrafos acentuaron excesivamente este corte presentándolo en cierto modo como un «quemar las naves». Es la voz de Dios la que le impulsa -escribe Armini— «a dejar España, infiltrándole en el alma dulcemente el deseo de Roma…»; no siente ambición alguna de honores y dignidades; tiene, además, el sueño de que hablaba Caputi de verse rodeado de niños, y consulta con hombres de espíritu y le aconsejan hacer el viaje. Y renuncia a sus cargos y beneficios, con cuyos fondos instituye una obra pía para los pobres de Ortoneda y Claverol; se va luego a Peralta y dispone de sus bienes patrimoniales en favor de los pobres y de sus hermanas y sobrinas… «y así, desprendido totalmente de su patria, de sus parientes y de cuanto en Aragón y en España podía esperar, partió para Barcelona, donde embarcó en una nave que iba a hacerse a la vela rumbo a Italia, y zarpó para Roma». (45)

Casi ya se oye el chasquido de las amarras al caer en las aguas del puerto dejando libre la carabela, y se percibe el corte heroico de todos los lazos humanos que vinculaban a Calasanz con sus bienes, sus honores, sus cargos, su familia, su pueblo y su patria. Todo ello suena a despedida definitiva. Fue, de hecho, un viaje sin retorno, pero cuando salió Calasanz del puerto de Barcelona no lo sabía, ni lo sospechaba siquiera. Pensaba volver pronto. En la carta que escribe al párroco de su pueblo, en noviembre del mismo año de su llegada, le pide que anime en los estudios a su sobrino Antonio Joan Pastor, hijo de su hermana Magdalena, «que buelto yo a España —añade— tendré el cuydado que sea menester en todo». Y a las casas de ambas hermanas, Magdalena y María, dice: «A mis sobrinas de la casa de Pere Ferrer de mi parte dará encomiendas y a mi hermana y sus hijas y les dirá que desseo mucho bolver presto a España por poderles ayudar en lo que huvieren menester». (46)

Tenía, pues, intención de volver pronto. Y los motivos principales del viaje no le obligaban tampoco a una permanencia muy prolongada; la visita ‘ad limina’ era cosa de pocos días; el sustituir al procurador Durán podía ser provisional, mientras estuviera en Roma o hasta que nombraran a otro; la obtención de una canonjía podía costar más o menos tiempo, pero implícitamente llevaba la condición de volver para ocuparla personalmente aun la misma voz misteriosa de «ve a Roma» no exigía tampoco sentar sus reales allí para siempre.

No se comprende, pues, por qué tenía que renunciar definitivamente a sus cargos y beneficios, o disponer de su hacienda patrimonial en favor de los pobres o de sus hermanas. Ese desprendimiento total, incluso de afectos familiares, no parece fruto de una conversión interior a la pobreza y humildad evangélicas, como lo suponen los hagiógrafos basados en el hecho real de su viaje sin retorno y de su futura santidad. Las cosas debieron correr por veredas más humanas y normales, lo cual no supone un desdoro de su santidad y de su característico aprecio a la pobreza y al desprendimiento, sino sencillamente aplazar los acontecimientos para colocarlos en su lugar adecuado.

A falta de mayor precisión documental, lo más normal es suponer que mantuvo sus fuentes de ingresos patrimoniales y beneficiales mientras pudo. En Urgel vimos que gastaba mucho más de lo que recibía por sus cargos curiales, y en Roma le vemos también llegar bien provisto de fondos, pues a los pocos días concede un préstamo de 200 escudos sin interés al canónigo tarraconense y amigo Baltasar Compte. (47) Por muchos años se preocupará de la eficiencia de sus administradores en España, cambiándolos varias veces. (48) Desde que empieza su «obra pía» de las Escuelas Pías necesitará mucho dinero para sufragar gastos, y el dinero le llega sobre todo de España. Cabe suponer, pues, que algo cobrara de sus bienes patrimoniales.

Respecto a sus beneficios, nada sabemos de lo que sucedió con el de Monzón, mencionado a raíz de su ordenación de subdiácono. (49) De su cargo de Oficial eclesiástico y Vicario General de Tremp no sabemos si hubo renuncia previa al viaje, o sólo después, al aplazarse su regreso. Los nombramientos de Visitador General de los Oficialatos de Tremp, Sort, Tirvia y Cardós son más bien temporales y no permanentes, y una vez realizada la visita no tenían ya razón de ser.

El único, sin embargo, del que nos consta documentalmente que renunció es la plebanía de Ortoneda y Claverol, pero no podemos asegurar que la renuncia se debiera a su futuro viaje a Roma, aunque es probable que fuera ésa una de las razones. Pero merece que lo examinemos con más detención.

7. Los frutos de la renuncia a las plebanías de Ortoneda y Claverol

Don Francisco Motes declaró en su carta del 11 de diciembre de 1648 que el Dr. Calasanz «dejó la plebanía y parroquial de Claverol al Sr. Jaime Segur de Vilamitjana con un personado de 17 escudos y medio a disposición de dicho Sr. Calasanz, y habiendo de servir para obras pías lo aplicó para los pobres de su parroquia, sin atender a carne y sangre, y así en dos fiestas principales del año, esto es, en la Pascua y en Pentecostés se dio la limosna, según lo dispuesto». (50) Hubo, pues, dos actos jurídicos distintos: la permuta de las plebanías por el personado y la institución o fundación de una obra pía en favor de los pobres de Ortoneda y Claverol. Y ambas cosas han quedado hasta hoy suficientemente documentadas.

En efecto, en fecha desconocida, don Bernardo Rosell, plébano de Ortoneda y Claverol, sacó copia del instrumento original latino de la fundación de la obra pía, en el que se alude expresamente al instrumento anterior de la permuta. (51) Esta última fue firmada el 6 de septiembre de 1591 ante el notario de Tremp, Luis Vidal, del que tantas veces se sirvió Calasanz, y en ella estipulaba la cesión de las plebanías de Ortoneda y Claverol por parte de Calasanz a cambio de un personado, instituido por don Jaime Segur, pbro. de Vilamitjana, (52) y avalado por su hermano Juan Segur, cuya renta o pensionado anual sería de 17 libras y media. En otras palabras, Calasanz permutaba dichas plebanías por un censal perpetuo de 240 libras, (53) a cargo de los hermanos Segur, que producía una, pensión anual de 17 libras y media.

En un segundo tiempo, y ante el notario Gaspar Múa, instituyó Calasanz una fundación con los frutos del mencionado censal, a modo de testamento, es decir, que él recibiría durante su vida esa pensión y después de su muerte sería aplicada a los fines caritativos indicados en la fundación, es decir, para ayudar a los pobres de los dos pueblos de Ortoneda y Claverol. (54) Y consistiría en que, al tiempo de la siega, los administradores de la causa pía gastarían 15 libras comprando trigo y lo guardarían; (55) ocho días antes de la Pascua distribuirían gratis la mitad de ese trigo entre los pobres de ambas plebanías, y la otra mitad, igualmente, ocho días antes de Pentecostés. Nombraba administradores a los párrocos de Pobla de Segur y de Ortoneda y Claverol, que cobrarían sendas libras anuales por su tarea administrativa. Exigía también que cada año el Oficial eclesiástico de Tremp o el Visitador del Oficialato revisaran el libro de cuentas, donde debía constar la cantidad de trigo comprada, junto con los nombres de los pobres atendidos y la porción dada a cada uno. El revisor del libro cobraría también por su trabajo diez sueldos, que con los demás gastos sumaban exactamente 17 libras y media. (56)

La idea caritativa de asistir a los necesitados no con dinero, sino con trigo, la vimos ya aplicada por el obispo de Barbastro, que lo justificaba diciendo que era más fácil repartir trigo que dinero, pues «si las rentas estuviesen en dinero no sé si se repartirían con esta liberalidad». (57) El trigo era realmente la base de la alimentación, y por tanto su abastecimiento una de las preocupaciones fundamentales de las ciudades y los pueblos, particularmente con respecto a los pobres. En la ‘Crónica de Talarn’ se lee a este propósito: «Año 1594. Año de mala cosecha. Había costumbre en Talarn de que el Consejo de la Villa nombrase dos camareros todos los años, quienes cuidaban de comprar de los fondos del común todo el trigo necesario para el consumo del año vendiéndolo a los pobres y administrándolo en beneficio de la Villa…». (58)

Por otra parte, era frecuente que los bien acomodados se acordaran de los pobres en sus testamentos, dejándoles no sólo mandas para ser repartidas una sola vez, sino también mediante censales cuyos frutos —pocos o muchos— fueran distribuidos cada año, como hizo Calasanz. (59)

Dijo bien don Francisco Motes que Calasanz destinó aquel ‘personado’ «Para los pobres de su parroquia, sin atender a carne y sangre». Hubiera podido dejarlo en legado a sus parientes, como hacían otros. (60) Era, sin duda, un gesto de caridad para con los pobres, pero… no suponía ningún acto de desprendimiento personal, pues mientras él viviera cobraría aquella pensión, y de hecho así fue hasta que por razón de su voto de pobreza iba a quedar incapacitado para poseer bienes propios, y entonces él mismo escribió a sus amigos, los Motes de Pont de Claverol, con fecha del 8 de septiembre de 1617, para decirles:

«Quando yo me fui de Tremp dejé encomendado en el Archivo de los Oficiales un instrumento público hecho por Gaspar Mua notario y un libro para que muriendo yo se entregase a V.m., en que se ordena que cada año cobren de la casa de Mn. Segur, de Vilamitjana, 17 (libras), 10 sueldos para comprar tanto trigo y repartirlo entre los pobres de Claverol y Ortoneda, y porque yo no puedo tener más dicha renta, quiero que luego se emplee en esa obra pía…». (61)

Ciertamente, desde que instituyó sus Escuelas Pías en Roma, la renta de su personado la dedicó a sufragar sus muchos gastos. Y no faltaron complicaciones por la ineficacia de sus procuradores españoles que no siempre le hacían llegar a tiempo las pensiones. (62) Pero más complicaciones hubo desde 1617, en que debería haber empezado a funcionar la causa pía, de modo que el 20 de enero de 1620 escribió al Plébano de Claverol una carta en catalán, insistiendo de nuevo y declarando con acta notarial que por su voto de pobreza no podía ya percibir rentas y que debían repartirlas, con los atrasos, según las cláusulas de la fundación. (63) Parece ser, sin embargo, que no empezó a cumplirse su deseo hasta después de su muerte. (64)

En 1740, don Manuel de Motes, Plébano de Claverol, aseguraba que «la sobredicha obra Pía dispuesta por el Vble. Patriarca [Calasanz] en la expresada su carta [del 8-9-1617] tuvo tal efecto que hasta ahora se ha continuado sin la menor discrepación su observancia apellidándola en este lugar de Claverol la Causa Pía de Calasanz…». (65) Y en 1906 escribía Coy y Cotonat: «La última distribución la hizo el párroco de Pobla de Segur, don José Ballarín, ecónomo, y ejerciendo igual cargo en Claverol don Ignacio Vilanova, en el año 1833… Desde dicha fecha ya no hay más memoria de dicha fundación…». (66)

8. El doctorado en Teología

En las cuatro primeras cartas, llegadas hasta nosotros, que escribió Calasanz desde Roma al párroco de su pueblo se firmaba —no sin cierto ribete de vanidad— ‘El Doctor Joseph Calasans’. (67) La primera llevaba fecha del 16 de mayo de 1592. Pero ya en el primer documento que nos atestigua su presencia en Roma, fechado el 27 de febrero del mismo año, se lee en latín: «Rdo. Josepho Calasans de Peralta, Urgellensis dioc., etc., in sacra pagina doctore», (68) o sea, doctor en teología, como se dice expresamente luego en múltiples escrituras. (69)

En otras muchas referentes a su estancia en la diócesis de Urgel le dan el título de Bachiller o Profesor de Teología, (70) pero en ninguna aparece calificado de Doctor. (71) Particularmente indicativos son los dos nombramientos de Visitadores hechos para Calasanz y Gervás de las Eras: el primero, fechado del 28 de junio de 1589, se refiere al Oficialato de Tremp y al citarles se dice que Gervás es «Doctor en Teología y Deán de Senterada», mientras que de Calasanz sólo dice que es «Plébano de Claverol y Ortoneda»; (72) el segundo, del 5-5-1590, se refiere a los Oficialatos de Tremp, Sort, Tirvia y Cardós, y se dice que Gervás es Doctor en Teología, mientras Calasanz es Profesor de Sagrada Teología. (73) Lógicamente, si por estas fechas Calasanz fuera ya Doctor constaría en estos documentos oficiales en que se le da ese título a su compañero de visita.

La última vez que se alude a títulos académicos, antes de su viaje a Roma, es en una copiosa serie de escrituras firmadas en Durro, con fecha del 5 de julio de 1590, en las que al nombre de Calasanz se añaden la siglas S. T. B. (‘Sacrae Theologiae Bacchalaureus’), es decir, Bachiller en Teología. (74) De todo lo cual hay que concluir que el título de Doctor en Teología lo consiguió entre el 5 de julio de 1590 y el 27 de febrero de 1592, con toda probabilidad en España, donde había cursado sus estudios universitarios. Pero ¿dónde?

El tantas veces mencionado sacerdote Francisco Motes, en su carta del 11 de diciembre de 1648, dijo que Calasanz «se fue a Roma y a Barcelona ‘alli Studi’», cuya última expresión italiana tradujo Picanyol en latín por ‘studiorum causa’ (75) y luego en castellano para los ‘estudios’. (76) La misma idea recogen también Bau (77) y Poch. (78) Lo más obvio es que Motes se refiera expresamente al «Estudio General» o Universidad de Barcelona. (79) Y aunque no hizo en ella sus estudios, es muy probable que formara parte de las Universidades que se reconocían mutuamente los estudios, pues consta que en 1581 la de Valencia aceptó en su larga lista las de Barcelona y Méjico, y en ella se incluían ya entre otras muchas las de Lérida y Alcalá. (80) Calasanz había estudiado teología en Lérida, Valencia y Alcalá, y por tanto podía graduarse en cualquiera de ellas y en las reconocidas por ellas, como Barcelona.

No se pudo graduar de doctor en 1583, cuando terminó sus estudios en Lérida, entre otras muchas razones porque se requerían veintisiete años de edad, según los Estatutos vigentes, (81) y Calasanz los cumplía en septiembre de 1584. Por otra parte, y dado el reconocimiento mutuo, las exigencias en Barcelona podían ser idénticas a las de Lérida, en cuya Universidad —escribe el P. Poch— «la ‘licenciatura teológica’ (“licentia ubique docendi”) y el Doctorado se conferían en una sola prueba de suficiencia, que podía desarrollarse en tres días consecutivos. En el caso concreto del universitario José Calasanz, y después de nuestras averiguaciones en los fondos archivísticos de los centros de Huesca y Lérida (también en Tarragona y Barcelona), opinamos que nuestro cursante consiguió el título de Bachiller teólog0 (después de aprobar cuatro cursos en examen oficial y universitario) A este título se añadió la consideración de ‘professor sacrae theologiae’ (no era ningún título) después de haber cumplido el requisito de cierto número de “lecciones” o ejercicios de docencia pública en esta materia, como disponían los Estatutos universitarios de aquellos años». (82)

La afirmación de Motes tendría también valor ampliándola en el sentido de que fue a Barcelona por cuestión de estudios para conseguir el doctorado, que le pudieron conferir los jesuitas del colegio Belén, si como dijimos, tanto en Valencia como en Alcalá pudo también asistir a las clases públicas que tenía la Compañía abiertas a los no jesuitas, con la facultad de dar títulos académicos. Y el Colegio de Belén había obtenido reconocimiento oficial de sus estudios de teología, equiparándolos a los del ‘Studi’ general, por una deliberación del Consejo de Ciento, fechada el 2 de octubre de 1574. (83)

Como apoyo e influencia para aligerar los trámites y congraciarse con los jesuitas de dicho Colegio barcelonés, podía contar sin duda con su propio obispo y protector Capilla que en los últimos meses de 1591 y primeros de 1592 asistió al Concilio Provincial de Tarragona, cuyas primeras sesiones se celebraron en esta ciudad y las otras en Barcelona. (84) Capilla, además de haber sido jesuita, era particularmente bienhechor del Colegio de Belén, en el que tenía muy buenos amigos. (85)

Todavía hoy no es posible dar solución definitiva a esta cuestión, en la que han aparecido otras hipótesis con bases más o menos sólidas, que proponían las universidades de Lérida, Tarragona, Perpiñán, Zaragoza… y aun el Colegio dominico ‘Schola Christi’ de Tremp. (86) Pero hay que convenir en que la hipótesis más convincente es la que señala Barcelona como lugar en que consiguió Calasanz su borla doctoral en teología. (87)

¿Por qué decidió alcanzar el título de doctor en teología antes de partir para Roma? Como hemos dicho, entre los motivos de su viaje no puede descartarse su pretensión por una canonjía, y concretamente en Urgel, pues así lo comunica a su párroco: «Pretendí luego en llegando un canonicato de Urgel». (88) Y parece ser que una de las condiciones era poseer el título de doctor o licenciado. (89)

Contra toda evidencia documental la tradición le atribuía el doctorado en ambos derechos y aun el de filosofía, (90) además del único y abundantemente documentado de teología. Como requisito para conseguir canonjías le sirvió sin duda, pero el fracaso de las mismas le hizo olvidar poco a poco su título universitario a medida que avanzaba por el luminoso sendero de la humildad. Y un buen día cogió las tijeras e hizo trizas el precioso pergamino y compuso con las tiras una especie de látigo para fustigar a los alumnos revoltosos. (91) … ¡pero sin ira!

9. Despedidas

El día 3 de diciembre de 1591 anotaba en su libro de cuentas el mercader de Urgel Antonio Janer un asiento de 14 libras, 3 sueldos y un dinero que le pagaba su amigo Calasanz «por lo que constaba en el Manual». (92) Y comenta Pujol: «sería esta cuantiosa partida el importe de los géneros adquiridos en vísperas de su salida hacia Roma?». (93)

Esa es la última fecha documentada de la estancia de Calasanz en España. La siguiente nos lo sitúa ya en Roma el 27 de febrero de 1592 y la anterior es la de la permuta de sus plebanías por el personado, el 6 de septiembre de 1591. Hay, además, otro acontecimiento que indirectamente pudo influir en los probables desplazamientos de Calasanz de última hora. En efecto, el 19 de octubre de 1591 empezaba en Tarragona un Concilio de toda la Provincia eclesiástica, que acabaría en Barcelona, (94) y al que asistió el obispo de Urgel, Andrés Capilla, aunque por sus achaques no estuvo presente en todas las sesiones, pero lo seguía desde su querida cartuja vecina de Scala Dei. (95) Las primeras 15 sesiones se tuvieron en Tarragona hasta el 16 de noviembre y se interrumpió para continuar en Barcelona a fines de año o principios de 1592. (96)

La presencia de Calasanz en Urgel a primeros de diciembre encaja perfectamente con las fechas de interrupción del concilio y hace posible que antes o después se desplazara a Barcelona para conseguir el doctorado, apoyado quizá en las recomendaciones de Capilla, y que incluso le acompañara por un tiempo en su retiro de Scala Dei. Probablemente, desde la fecha de su renuncia a las plebanías de Ortoneda y Claverol preparaba ya su viaje, y por tanto se desentendería de sus funciones de Oficial eclesiástico de Tremp y Visitador, quedando libre para la cuestión de su doctorado, para acompañar a Capilla a Tarragona y para las despedidas de su familia.

Aunque aquel viaje a Roma en su intención tenía retorno, lo más natural era despedirse de sus hermanas y sobrinos, de su pueblo y de los amigos más íntimos. Y volvió —por última vez, sin saberlo— a Peralta, para ver a su hermana Magdalena, que moriría al año siguiente; (97) a su marido, Antonio Pastor, y al hijo e hijas de ambos; a su cuñado Pere Ferrer, viudo de su hermana María, y sus hijas. Hablaría también con el Párroco don José Texidor y los demás sacerdotes beneficiados. De Peralta pasaría a Benabarre para despedirse de su hermana Juana, su esposo, Pedro Juan Blanch, y su hijo e hijas, y comentar con amargura los últimos sucesos del ya fenecido Condado de Ribagorza, con la esperanza de que llegara por fin una paz duradera. De Benabarre subiría hasta Arén para dar también su adiós a la familia de su difunta hermana Isabel. Y finalmente, antes o después bajaría sin duda a Alcampel para despedirse de su sobrina Catalina Carpi, huérfana de su hermana Esperanza, pero heredera universal de la casa de su padre, que no tuvo descendencia de su segunda mujer. Era entonces una muchacha de unos diecisiete años. (98)

Inconscientemente se despidió también del paisaje y de aquellas tierras de la Litera y Ribagorza, de colinas bajas, no tan áridas y desnudas como ahora. Miraría una vez más —y era la última— las casas de su pueblo, arracimadas en la hondonada, y el bloque de piedra de la vieja iglesia románica, donde quedaban las tumbas de sus padres y de sus hermanos Juan, Pedro y María. Y su propia casa y herrería, con la fragua apagada, el yunque mudo y mudos también los martillos, y colgando aún de las paredes exteriores las argollas, donde antaño se ataban los borriquillos que esperaban pacientemente su turno para cambiar de herraduras. Volvería también a entrar en el valle de las salinas, donde reverberaba el sol en las aguas densas y azuladas y hasta el aire respiraba salitre. Y los olivares…, sobre todo aquel en el que un día de su infancia, armado de un cuchillo, entró decidido a matar al demonio.

Antes o después de despedirse de su familia debió pasar por la casa de los Motes de Pont de Claverol, sus amigos, donde el clérigo Francisco le ayudaría la Misa en la capilla familiar y le oiría decir que se iba a Roma. Y en su memoria de adolescente de dieciséis años quedaría la figura de aquel «hombre alto, de venerable presencia, barba de color castaño, cara alargada y blanca…». (99)

Bajaría luego a Tremp y Talarn, donde dejaba amigos y colaboradores, experiencias, sudores y buenos recuerdos, (100) pero sobre todo momentos de devota oración ante la Virgen de Valldeflors. Subiría, al fin, Segre arriba, hasta Urgel, fría y blanca de nieves en aquellos días de diciembre. También quedaban allí muchos amigos entre los canónigos y beneficiados, con quienes podía recordar horas de angustia, de miedos, de esperanzas y trabucazos desde las saeteras y galerías altas de la Seo. Y reanudaría en silencio antiguos coloquios, profundamente sentidos, con aquella adorable imagen de Santa María de Urgel, cargada de siglos.

No podía menos de recorrer, quizá con prisas, las callejuelas estrechas, oscuras, medievales, y las amplias aceras porticadas de la calle Mayor, encontrando aquí y allá caras conocidas, dando y recibiendo saludos, noticias, buenos deseos, para ir a parar, casi a ciegas, a casa de Antonio Janer, amigo entre los más amigos.

Y de los Pirineos a Barcelona, puestos los ojos en el Mediterráneo.

10. De Barcelona a Roma

La tradición ininterrumpida de los biógrafos no ha dudado nunca en afirmar que Calasanz hizo su viaje a Roma por vía marítima. (101) Y ciertamente, las circunstancias históricas de los últimos meses de 1591 y primeros de 1592, con la fuga de Antonio Pérez al sur de Francia, la descabellada «invasión bearnesa» de primeros de febrero, ya recordadas, (102) y la tensión general de la España de Felipe II contra el primer Borbón Enrique IV y a favor de la Liga Católica, desaconsejaban, si no impedían absolutamente, el viaje por tierras francesas.

La travesía del Mediterráneo se hacía normalmente bordeando las costas para evitar la furia del mar abierto y los peligros de la constante piratería, lo cual alargaba sin duda las jornadas de navegación. El cabotaje de Italia a España podía durar más de un mes cuando viajaban príncipes o grandes personajes que solían hacer escala en varios puertos con pretexto de visitas, recepciones y descansos o amagos de tormenta, y convertían el viaje en una fiesta continua. (103) Otras veces tenían que reducir la velocidad para sortear el mal tiempo, obligados incluso a fondear en puertos inesperados. (104) La travesía normal, sin embargo, era mucho más breve; así por ejemplo Adriano VI en 1522 hizo el trayecto de Palamós a Génova en unos 10 días; (105) Lamberto de Wyts, en la armada de don Juan de Austria, en 1571, embarca en Barcelona el 18 de julio y «nueve días después —dice— llegamos a la grande y rica ciudad de Génova»; (106) el P. Pedro de Ribadeneyra, en 1574, «aviendose embarcado en Génova a 8 de noviembre en un Galeón, llegó el 14 a la costa de Cataluña…»; (107) San Ignacio de Loyola, en 1523, hizo su viaje «con viento tan recio en popa, que llegaron desde Barcelona hasta Gaeta en cinco días con sus noches», (108) aunque en este caso quizá fue travesía directa por las islas (Baleares, Córcega y Cerdeña) y no bordeando la costa. Podemos, pues, suponer que el viaje de Calasanz desde la costa catalana hasta Génova fue de unos diez días.

Desde Génova a Civitavecchia duraba la travesía marítima más o menos un día con sus dos noches. (109) Y de Civitavecchia a Roma solía hacerse el camino a pie, recorriendo los setenta y dos kilómetros en menos de dos días. (110) Aproximadamente, por tanto, el viaje completo de nuestro protagonista giraría en torno a dos semanas. Nos consta que el 27 de febrero de 1592 estaba ya en la Ciudad Eterna, lo cual da amplio margen para suponer que su nave pudo zarpar en los primeros días de febrero. (111)

Ha sido también casi constante la tradición al indicar Barcelona como puerto de salida de José Calasanz hacia Roma, (112) aunque, en realidad, competían con él como puntos de partida hacia Italia los de Palamós al norte y Vinaroz al sur, sin que podamos negar la posibilidad de que en uno de ellos pisara por última vez tierra española José de Calasanz. (113)

Las fechas del viaje dejan, pues, holgado margen para que antes de embarcar pudiera Calasanz acompañar a su querido obispo de Urgel a Montserrat, donde acudió gran parte de los participantes en el Sínodo Provincial que se había trasladado a Barcelona desde Tarragona. Y el motivo era la consagración de la nueva iglesia monástica, que tuvo lugar el día 2 de febrero. Casualmente se ha conservado una carta que escribió Capilla al Rey Felipe II el día siguiente a la gran solemnidad de la consagración, dándole cuenta de ella. Dice:

«Señor. La de V. Mag. de los 22 del pasado he recibido a los dos deste en esta Santa casa de N. Sra. de Montserrate por manos del Abad della. Hízose el día de la Purificación de N. Sra. la consagración de la nueva Iglesia con mucha solemnidad y concurso grande de pueblo, la qual ha salido muy acertada y hermosa y qual convenía a la devoción deste santo lugar. Oy, lunes, se ha transferido el Smo. Sacramento de la yglesia vieja a la nueva con una solemne procesión ordenada particularmente para rogar a N. Señor por la vida y salud y felice estado de V. Mag. como se ha hecho. Quanto a lo demás que V. Mag. me haze merced de mandarme acerca de la traslación de la imagen de N. Sr.a, yo he oído sobre ello al Abbad y a otros religiosos y para tomar mejor acuerdo he querido pensar más en ello y desde Barcelona (donde todos los obispos que aquí nos hemos hallado bolveremos para continuar la synodo Provincial, que porque pudiéramos hallarnos en esta jornada, se prorrogó para los cinco de éste) escriviré largamente cumpliendo lo mejor que supiere con lo que V. Magestad me manda. De N. Sra. de Montserrat 3 de Hebrero 1592. El obispo de Urgel». (114)

La venerable imagen permanecía, pues, en la vieja iglesia románica, contigua a la nueva, y allí quedó hasta el 11 de julio de 1599 en se hizo el traslado solemne, ante el rey Felipe III. (115)

La presencia de Calasanz en Barcelona en torno a los primeros días de febrero para embarcar rumbo a Italia; la excepcional coincidencia de la consagración del templo montserratino, que tantos recuerdos personales le evocaba; el hecho de que su propio obispo Capilla tan delicado de salud, se animara a subir a la santa montaña; la oportunidad de visitar también la tumba de su protector y amigo, obispo de Lérida y Visitador del Monasterio, don Gaspar Juan de la Figuera, son todo razones de peso para admitir la hipótesis de que, efectivamente José Calasanz estuvo en Montserrat en aquella histórica fecha.

Y una vez más renacía su diálogo íntimo con la amabilísima Virgen Moreneta, interrumpido bruscamente seis años antes en otro aciago mes de febrero del que era mejor no acordarse.

Si el día 5 se reanudaba el sínodo en Barcelona y el 3 escribía Capilla su carta al Rey desde Montserrat, lo más probable es que el día 4 bajara de la montaña acompañado de Calasanz. Y ya en la Ciudad Condal, con las últimas recomendaciones, encargos, saludos y bendiciones despediría el obispo a su querido sacerdote diocesano, quien por primera vez subía a una nave y se dejaba mecer por el mar Mediterráneo.

Notas

1 BAU, BC, p.195.
2 Entre los más críticos véanse: J. POCH, ‘S. José de Calasanz, Oficial eclesiástico’. p.288-289; L. PICANYOL, EGC II, p.29-31; SÁNTHA, SJC, p.8, n.27; BAU, BC, p.195-202; ID., ‘Historia de las E. Pías en Cataluña’, p.67-68; ID., ‘Historia de las Escuelas Pías en Cuba’, p.27-28.
3 Cit. en BAU, BC, p.198, con retoques según texto original. Cf. A. GARCÍA-DURÁN, ‘Itinerario espiritual de San José de Calasanz de 1592 a 1622’ (Barcelona 1967), p.39 y 33, n.292.
4 Cf. S. GINER, ‘El proceso de beatificación de San José de Calasanz’ (Madrid 1973), p.114-115. Ambas copias se conservan en el Arch. Gen. de la Orden (RegCal 30 y 31). La copia RegCal 30 la cotejamos personalmente con el volumen original del Arch. Secret. Vaticano (Arch. Congr. Ss. Rit., proc. 2696), cuyas variantes tenemos en cuenta cuando citamos dicho proceso en esta obra.
5 Cit. en BAU, BC, p.196-197, con retoques, según ProcIn, p.446-448 (cf. A. GARCÍA-DURÁN, o.c., p.36).
6 C.131.
7 BERRO I p.168.
8 «Respetuosos con la versión antigua de la voz y el ensueño, que fueron sin duda confidencias del propio Santo, no les pedimos que se retiren» (BAU, BC, p.202). «… né si deve negare in maniera veruna che il pensiero del Calasanzio di andare a Roma non fosse accompagnato da qualche ispirazione interna e persino da una voce che misteriosamente gli suonasse agli orecchi: ‘Ve a Roma’» (L. PICANYOL, EGC II, p.31. «Todo ello [la pretensión de canonjías] no impide, valga la advertencia, el creer que en su decisión haya tenido alguna parte cierta voz interior que le decía: Ve a Roma» (SÁNTHA, SJC, p.8, n.27). Quizá excesivamente crítico se muestra García-Durán negando no sólo la visión o sueño, sino radicalmente la voz interior (cf. A. GARCÍA-DURÁN, o.c. p.32-41).
9 Cf. T. DE CELANO, ‘Vida segunda de San Francisco’, n. 10 (BAC, ‘San Francisco de Asís’, 19563, p.391-392). Y comenta Celano: «… y puso manos a la necesaria reparación de la iglesia… aunque el sentido de las palabras se refería a aquella otra Iglesia que Jesucristo adquirió con su propia sangre…» (ib., p.392).
10 Laínez escribió de Ignacio: «… me dijo que le parecía que Dios Padre le imprimía en el corazón estas palabras: ‘Ego ero vobis Romae propitius’. Y no sabiendo nuestro Padre qué es lo que querían significar, decía: Yo no sé qué será de nosotros, si acaso seremos crucificados en Roma» (cit. en R. GARCÍA-VILLOSLADA, ‘San Ignacio de Loyola. Nueva Biografía’, BAC Maior, p.440).
11 El obispo de Jaén escribía hacia 1588: «teniendo uno un poco de habilidad, sin acabar sus estudios se van a Roma a cursar al Datario y con pocas letras y ninguna virtud les dan los beneficios» (cit. en A. GARCIA-DURÁN, o.c., p.32, n.286).
12 EGC II, c.3.
13 Cf. texto original en A. GARCÍA-DURÁN, o.c., p.35, n.302; trad. en BAU, BC, p. 174, quien lee ‘suoi oneri’ en vez de ‘suoi meriti’.
14 Cf. A. GARCÍA-DURÁN, o.c., p.41; BAU, BC, p.199; S. GINER, o.c., p.82.
15 Cf. BAU, BC, p.200 y texto original en EphCal 17 (1948) 118; S. GINER, O.C., p. 158.
16 BERRO I, p.65-66.
17 Dice Picanyol que de las primeras cartas romanas «risulta evidente —diciamolo pure senza eufemismi— che il Calasanzio face il viaggio a Roma per ottenere una prebenda ecciesiastica, come tanti altri spagnoli di quei tempi» (EGC II, p.31). Sántha concuerda también en que por dichas cartas «omnibus facile constat Josephum Calasanctium propterea imprimis ad Urbem appulisse, quo facilius in ipsa Curia Romana Canonicatum quemlibet… adipisci posset» (G. SÁNTHA, ‘De canonicatu Barbastrensi a Sto. Josepho Calasanctio obtento’: EphCal 6 [1957] 138); ID., SJC, p.8, n.27. Y García- Durán: «… una sana crítica… ha demostrado hasta la saciedad que Calasanz fue a Roma en busca de una canonjía» (A. GARCÍA-DURÁN, o.c., p.32-33).
18 Cf. J. POCH, ‘Mossén Josep Calassanç a la diócesi d’Urgell’: Cat 195 (1977) 28-32.
19 BAU, RV, p.63.
20 R. ROBRES-V. CASTELL, ‘La visita «ad limina» durante el pontificado de Sixto V (1585-1590)’: Anthologica Annua 7 (1959) 149. Léase ib. el texto del juramento mencionado.
21 Cf. ib., p.152-153 (la bula en ‘Bullarium Romanum’, VIII [Napoli 1883] p.641-645).
22 Cf. ib., p.189, 191.
23 Cf. ib., p.208-211.
24 Cf. G. SÁNTHA, ‘Antiquissimum de praesentia Romana S. P. N. et eiusdem in Sacra Theologia doctoris dignitate documentum’: EphCal 2 (1959) 55-56.
25 En 1966 insinuaba Poch —basado en «atisbos documentales» no especificados- que el «motivo primordial» del viaje de Calasanz a Roma habría sido realizar la visita ‘ad limina’, comisionado por Capilla (cf. J. POCH, ‘Aportación documental…’: AnCal 15 [1966] 246, n.201).
26 En el estudio cit. en la nota 20 anterior, después de enumerar una larga serie de diócesis españolas que habían cumplido con la visita ‘ad limina’, se lee: «Consta que cumplieron el cuadrienio algunas más. Se entiende que a su debido tiempo, pues en otro caso se indicaría «pro primo et secundo»; lo dice el nuncio Caetani al Card. Aldobrandini el 6 de noviembre de 1593: Coria, Jaca, Urgel: Andrés Capilla. ¿Por procurador?» (l.c., p.204).
27 «… personaliter ac per se ipsos visitaturos» (Buli. Rom., VIII, p.643).
28 «… aut alium in dignitate ecclesiastica constitutum, seu alias personatum habentem; aut si hujusmodi hominem ecclesiastica dignitate et ‘personatu’ praeditum non habeant, per diocesanum sacerdotem. …» (ib.). El ‘personado’ es una dignidad eclesiástica, sin jurisdicción, ni oficio, pero con beneficio compatible con otros.
29 Así empieza el documento de fundación de dicha obra pía: «Ego Josephus Calasans olim Plebanus de Ortoneda, postmodum vero ‘Personatum’ obtinens permutatione mediante cum ipsa Plebania et ‘Personatu’ facta inter me et D. Jacobum Segur Presbyterum…» (EphCal 5 [1932] 200). De la obra pía hablaremos luego.
30 EphCal 17 (1948) 118.
31 Ib.
32 Cit. en J. POCH, ‘Mossén Josep Calassanç a la diócesi d’Urgell’, p.29-30.
33 El 25 de agosto de 1587, sede vacante, decide el cabildo mandar a Barcelona al canónigo Durán hasta pascua del año siguiente, para que como procurador trate los asuntos pendientes con el Virrey, particularmente la ayuda contra los bandoleros (cf. P. PUJOL I TUBAU, ‘Ob. Comp’., p.304, n.56 y 57). Por este motivo Calasanz, como secretario del cabildo, tuvo que relacionarse mucho con él, de lo que se conserva una carta de Calasanz a Durán, fechada el 1 de abril de 1588 (ib., p.329, c.XXXVI; EGC, p.413) X, y este apunte en el Diario de Janer: «(12 de febrero de 1588) E mes [debe Calasanz a Janer] 10 reals per tants ne donats en Barcelona al sor. Rafel Durán, canonge per son horde [de Calasanz], 1 lliura». Y da su visto bueno Calasanz: «Ita est. Josephus Calasanz» (ID., ‘Noves dades’, Apend. V p.15).
34 Cf. J. POCH, l.c., p.30.
35 Ib.
36 Ib.
37 Ib., p.31.
38 RegCal, 74, Doc. Merigó, n.217.
39 En 1651 declaraba Francisco Fuster, vecino de Benabarre: «el deponente conoció muy bien al Dr. Joseph Calasanz nombrado en el artículo por haberle visto y hablado en esta villa de Benabarre algunas veces en ocasión que venía a ella desde la villa de Tremp a ver a Juana Calasanz su hermana que estaba casada con Pedro Juan Agustí y posaba en su casa» (cit. en Rass 26-27 [1957] 44).
40 Cf. G. COLÁS-J. A. SALAS, ‘Aragón en el siglo XVI. Alteraciones sociales y conflictos políticos’, p.136-141.
41 Ib., p.141-147; J. R. MONER, ‘San José de Calasanz y el bandolerismo en la Corona de Aragón’: An Cal 9(1963)135-136.
42 Cf. G. COLÁS-J. A. SALAS, o.c., p.268.
43 Cf. G. MARAÑÓN, ‘Antonio Pérez’ (Madrid 1952)11, p.477-549.
44 EGC II, c.3 y 4. Poch y López Navío creen igualmente que estas palabras de Calasanz se refieren a «los sucesos de Zaragoza» (cf. J. POCH, ‘San José de Calasanz oficial eclesiástico…, p.35O, n.56; J. LÓPEZ NAVÍO, ‘Ambiente histórico y social…’, p.214).
45 Cf. ARMINI, ‘Vita’, p.40-42 Talenti repite la misma versión: cf. TALENTI, ‘Vita’, .28-30.
46 EGC II, c.4.
47 Cf. EphCal 2 (1959) 55-58.
48 Cf. EphCal 6 (1959) 219-226.
49 Probablemente renunció a él, al pretender en Roma otros beneficios mayores, pues al suplicar la canonjía de Barbastro en 1594 dice que no posee otro beneficio eclesiástico más que el de Fraga, no residencial, que había conseguido, ya en Roma, el 20 de febrero de 1593 (EphCal 6 [1957] 140; 11 [1960] 323-324).
50 Cf. BAU, BC,p.174, cotejado con el original (RegCal 13, 1.1.).
51 Publicado por L. Picanyol en EphCal 5 (1932) 200-201. De él se conserva el original de Rossell y dos copias más en RegCal 13, 6-7.
52 Don Manuel Motes, Plébano de Ortoneda y Claverol, revisando en 1740 los libros parroquiales observaba que el 16 y 20 de febrero de 1588 tuvo dos bautizos el Plébano Antonio Berenguer, antecesor de Calasanz, y desde esos días «no encuentro que Plebán alguno bautizase sino vicarios hasta que entró a ser Plebán Jaime Segur Presbo. de la Villa de Villamediana [Vilamitjana] el cual en 10 de diciembre de 1591 bautizó a uno como Plebán» (J. POCH, ‘Un documento inédito sobre San José de Calasanz’: Argensola 42 [1960] 105).
53 Como censal lo define don Manuel Motes en su declaración citada en la nota anterior: «… en fuerza de dos autos que se firmaron de censal…» (ib., p.107); en un documento notarial de 1604, en que Calasanz nombra procuradores de su «obra pía», se lee: «omnes et singulos fructus decursos et in futurum decurrendos census ad favorem dicti Domini [Calasanz]…» (EphCal 6 [1959] 224-225). El censal era un documento similar a un depósito bancario, en el que constaba que cierta persona había prestado a otra una cantidad de dinero por tiempo determinado o indeterminado, con la carga de que le pagara una pensión o interés anual.
54 «Ego Josephus Calasans olim Plebanus de Ortoneda, postmodum vero Personatum obtinens permutatione mediante cum ipsa Plebania et Personatu facta inter me et D. Jacobum Segur Presbyterum de Villa Meana (sic) dimitto, et consigno post obitum meum totam illam annuam pensionem 17 librarum et 10 solidorum, quam quolibet anno tenetur persolvere ratione dicti Personatus praedictus D. Jacobus Segur principalis, et frater eius Joannes Segur, ut fideiiussor, Instrumento mediante in posse discreti Ludovici Vidal Notarii Villae Trempi die 6 septembris 1591 recepto et testificato, pro subveniendis Pauperibus in oppido de Ortoneda et Claverol habitantibus…» (ib., p.200). En esta copia, debida a don Bernardo Rossell, no se alude al notario Gaspar Mua, que avala la fundación, pero lo testifica Calasanz en una carta del 8 de septiembre de 1617, dirigida a los Motes (cf. c.16).
55 En los años 1587-1590, una carga de trigo costaba en Urgel en torno a 3 libras (cf. P. PUJOL I TUBAU, ‘Ob. Comp’., p.537).
56 Cf. EphCal 5 (1932) 200-201.
57 Cf. cap. 6, n.5 de esta obra.
58 Cit. en J. POCH, ‘San José de Calasanz, Oficial eclesidstico…’, p.304.
59 El 25 de agosto de 1546 Juan Calasanz, supuesto hermano del padre del Santo, dispuso en su testamento: «ltem quiero, ordeno y mando que de mis bienes se funden diez sueldos jaqueses de renta perpetua… para que aquellos se distribuyan y repartan en pobres puramente necessitados en cada un año en la villa de Benabarre… para lo qual por mis executores infrascriptos se tomen de mi hazienda 200 sueldos jaqueses» (J. LÓPEZ NAVÍO, ‘Testamento de Micer Juan Calasanz’, p.20). Mayor es la generosidad de José de Calasanz, que instituye una renta anual de 17 libras y media, mientras este Micer Juan deja sólo media libra.
60 Recuérdese, por ejemplo, al fundador del Santo Hospital del Tremp, que instituye una «causa pía» con una renta anual de 100 libras «para las doncellas casaderas de su linaje o parentela» (cf. n.55 del c.8).
61 C.16. Los votos simples los emitió al año siguiente (19 de marzo de 1618), pero expresamente quería que se empezara a aplicar a la obra pía la renta de 1617.
62 Véanse los diversos cambios de tales procuradores, ante los notarios romanos Panizza y Betti, en los años 1599-1609, en G. SÁNTHA, ‘Quinque instrumenta…’ EphCal 6 (1959) 219-226. Y una deuda atrasada de cinco años, reconocida en 1610 por el canónigo Segur: «Deu lo señor Canonge Seguer (sic) della Villa de Tremp a la Rda. Comunidad de Peralta 87 lliures 10 sous per lo de ms. Calasans…» (cf. J. POCH, ‘Tres testamentos…’, p.475, n.33 ter).
63 C.45.
64 Cf. EGC II, p.68.
65 Cf. J. POCH, ‘Un documento inédito…’, p.107.
66 A. Co y COTONAT, o.c., p.350. Además de esta fundación, hablaron también los biógrafos de otra distinta para dotar a muchachas pobres casaderas (cf. ‘Breve Notizia’: BAU, BV, p.12, y lo dicho en el cap. 8, n°. 5 y n.55 de esta obra). En una carta de Alacchi a Calasanz, fechada en Guissona el 2 de mayo de 1638, le dice: «Mi hanno detto che il lascito fece sua paternitá di vestir si tanti orfani ogni anno…» (EHI I, p.40). Ninguna de esas dos obras pías han sido avaladas por ulteriores testimonios documentales. No se pueden, por ello, negar absolutamente, pero lo más probable es que fueran supuestas ampliaciones de la tan variadamente comprobada «obra pía» del trigo para los pobres, como supone Sántha respecto a la aludida por Alacchi (cf. ib., n.19).
67 Cf. c.3, 4, 5 y 6.
68 Cf. EphCal 2 (1959) 58.
69 En la petición al papa Clemente VIII de un beneficio de Fraga, hecha a finales de 1592 o principios de 1593, se presenta: «orator Josephus Calasanz, presbyter Urgellensis, Sacrae Theologiae Doctor…» (EphCal 11 [1960] 309). En otras súplicas de beneficios, de 1594 y 1596, se nombra: «Magister in Theologia et in Romana curia praesens» (EphCal 6 [1957] 147-148), etc.
70 Cf. J. POCH, ‘Aportación documental biográfico-calasancia’, p.279, n.9.
71 En 1750 don Antonio de Ager y Ferrer dice haber leído un documento latino, fechado el 11 de enero de 1588, en que se hablaba del «Dr. Dn. Josephum de Calasanz Presbyterum…», y él mismo se extrañaba, pues en la firma sólo decía «Joseph Calasanz» (cf. J. POCH, o.c., p.278). Y era un error, pues después de esa fecha le siguen llamando ‘bachiller’.
72 «Die XXVIII junii 1589 fuit expedita provisio visitandi Officialatum Trempi pro Rdis. dominis Petro Gervas, Theologie Doctori, Decano de Sancta Arada, et Josepho Calaçans, plebano de Claverol et Ortoneda, et eorum altero» (P. PUJOL I TUBAU, ‘Ob. comp.’, p.335, doc. VII.
73 «… dilectis nobis in Christo Rdis. Gervasio de las Eras presbitero, sacre Theologie doctori, Decano de Sancta Arada et Josepho Calaçans, presbitero, et professori sacre Theologie, plebano de Claverol et Ortoneda, Officiali nostro in villa et officialatU Trempi…» (ib., p.336, doc. XII).
74 Cf J. MIR DURÁN, o.c., p.344, n. y 347, n. (por error se lee SJB, en vez de STB).
75 Cf. EphCal 3(1957) 112.
76 Cf. Rass 26-27 (1957) 62.
77 «… y a Barcelona a los estudios» (BAU, RV, p.60). En sus obras anteriores escribió «y a Barcelona a los Estudios» (BAU, BC, p.174; ID., ‘Historia de las E. Pías en Cataluña, p.55), entendiendo «a los Estudios, a la Universidad de Barcelona», lo cual pareció una exageración a Picanyol (Cf. EGC II, p.36).
78 Cf. J. POCH, ‘San José de Calasanz y seis obispos españoles’: RevCal 12 (1957) 153-161; ID., ‘Cuatro cartas inéditas de D. Ramón Gayá Massot’: Ilerda 37 (1976) 307.
79 El documento original, hoy conservado (RegCal 13,1,1), es una traducción italiana de Caputi del texto original de la carta de Motes, dirigida al Dr. Figuerola, de Barcelona. Lo normal es suponer que Motes, catalán, escriba a Figuerola, catalán, en esa lengua, y por tanto la expresión usada sería «a lo Studi», en singular. Pero Caputi lo leyó plural o lo dejó como estaba, que en italiano es plural (Studi = estudios).
80 Cf. n.55 de nuestro cap.5.
81 Cf. carta de Gayá Massot, en J. POCH, ‘Cuatro cartas…’, p.306.
82 Cf. J. POCH, ‘Aportación documental a la historia de la Univ. de Huesca…’, p.223-224, n.168.
83 «Lo present Consell de Trentans [del Consell de Cent de Barcelona] avisat y congregat dins la (?) Nova de dit consell y enteses les ordinacions presentades contenint en efecte que les lliçons oyran los Studiants de Theologia en la Casa de Bellem los valga als oms com si fossin llegides dins lo Studi general de la present ciutat» (2 de octubre de 1574). Deliberations del Consell, f. 123v. Biblioteca Massan de Barcelona.
84 Véase su nombre en la lista de asistentes en J. SÁENZ DE AGUIRRE, ‘Collectio maxima Conciliorum omnium Hispaniae et Novi Orbis’ (Roma 1693) t.IV, p.604-605.
85 «Dom Andrés Capilla, Obispo de Urgel, que fue aliquando ex nostris… a 12 de noviembre de 1590 hizo donación a este Colegio [de Belén] de todas las pensiones de aquel censal que la Casa del Duque de Sousa y Sesa tiene en la Calle Ancha de esta ciudad [de Barcelona]. Responde a la mesa episcopal de Urgel» («De los bienes raíces del Colegio de Belén, de Barcelona»). (Cit. en J. POCH, AnCal 4 [1960] 292.)
86 Entre la bibliografía citada hasta ahora véase sobre todo: J. POCH, ‘San José de Calasanz y seis obispos españoles’, p.153-161; ID., ‘San José de Calasanz Oficial eclesiástico…, p.290-293; Rass 26-27 (1957) 62-64; EGC II, p.35-36; J. LÓPEZ NAVÍO, ‘Ambiente histórico…’, p.217-219. Sobre la hipótesis de Alcalá de Henares, cf. J. POCH, ‘Aportación doc. a la historia de la Univ. de Huesca…, p.198, n.123.
87 Y ésa fue la última convicción de Poch (cf. Cat 258 [1983] 4-6).
88 EGC II, c.3.
89 «Antes de Fernando VII (1814-1833) no se daba posesión de ningún canonicato de la Catedral de Urgel si el agraciado no estaba adornado con título de nobleza o con grados académicos de Doctor o Licenciado» (J. CORTS, ‘Historia de la Seo de Urgel’ [Barcelona 1953] p.160).
90 Ya desde los primeros biógrafos, como Catalucci en su ‘Breve Notizia’ (BAu, RV, P. 11), Berro (BERRO I, p.55), Fr. Jacinto (cf. n.4 del cap.4 de esta obra), etc.
91 El P. Scassellati declaró en el proceso de 1651: «mié stato detto che il privilegio del su Dottorato lo stracció et ne fece tanti stafili per correggere li putti» (RegCal 30, p.96). Es interesante notar que, contra la tradición imperante, habla de un solo doctorado. Talenti, sin embargo, recogiendo la noticia, lo pluraliza: «delle cartapecore de’ soui Privilegi e lauree dottorali, lacerate a strette e lunghe strisce e annodate fece sferze a uso defle scuole…» (TALENTI, ‘Vita’, p.126).
92 «E a 3 de Dezembre 1591, 14 lliures, 3 sous, 1 diner, per lo que apar en Manual» (cf. P. PUJOL I TUBAU, ‘Noves dades’, Apend. V, p.21).
93 Ib., p.20 del texto. Los Apéndices llevan paginación distinta en el manuscrito que Poseemos.
94 Cf. ‘Constitutionum Provincialium Tarraconensium libri quinque, Tarracone. Apud Philippum Robertum’. MDXCIII, f.4.
95 Cf. J. VALLS, ‘Primer Instituto de la santa Religión de la Cartuxa’ (Barcelona 1792) P.79-80.
96 Cf. Episcopologio de Vich, t.III (1904), p.111-112.
97 Cf. EGC II, c.5.
98 Se casó con Juan Giró el 7 de septiembre de 1597 y en los capítulos matrimoniales se dice que «la dicha Catharina Carpi doncella [trae al matrimonio]… y los dichos Juan Carpi su padre y María Segarra conyuges y su aguela Madalena Abella le dan y hazen donación propter nuptias de todos sus bienes muebles y sitios…» (Doc. Merigó n.65).
99 Cf. BAU, BC, p.174.
100 En unas declaraciones hechas en Benabarre en 1651 dijo Tomás Pallás, natural de Tremp, que «conoció muy bien al Dr. Calasanz, natural de Peralta y Oficial de la villa de Tremp, de vista y plática que con él tuvo por más de dos años hasta que se fue a Roma y sabe y vio… que se hacía mucho caso de él y daba muestras de ser gran persona…» (cit. en Rass 26-27 [1957] 45). En 1666 el P. Caputi se encontró en la romana iglesia de Montserrat con don Jaime Galí, sacerdote de Tremp, quien le dijo «che hanno grandissima devotione tutte quelle genti al d. Venerabile Pre., e che baciano con grandissima devotione le sottoscrittioni [firmas] che faceva mentre era officiale» (cit. en EcoCen 11-12 [1948] 92).
101 Uno de los primeros historiadores y más fidedignos confidentes del protagonista escribió; «si imbarcó per la volta di Roma» (BERRO I, p.65).
102 Véase el apartado 5 de este mismo cap.
103 El nuncio extraordinario, Camilo Borghese (futuro Pablo V), enviado por Clemente VIII al rey Felipe II salió de Civitavecchia en una galera pontificia el 27 de noviembre de 1593 y llegó a Barcelona el 2 de enero. Pero se detuvo dos días en Livorno, tres en Génova, siete en Savona y nueve en Marsella para agasajos y otros motivos. Los días de navegación, sin embargo, fueron sólo quince o dieciséis (cf. J. GARCÍA MERCADAL, ‘Viajes de extranjeros por España y Portugal’ (Aguilar, Madrid 1952) vol.I, p.1464-1468).
104 Andrés Navaggero emplea dieciocho días desde Génova a Barcelona en abril de 1525, pero dice que «desde el día seis al doce navegamos muy despacio, porque el tiempo no era bueno», y de Marsella van a parar al norte de Córcega, llegando el 24 a Palamós (ib., p.840).
105 Cf. J. LÓPEZ NAVÍO, ‘Ambiente histórico y social…’, p.222.
106 Cf. J. GARCÍA MERCADAL, o.c., I, p. 1171.
107 Cf. B. ALCÁZAR, S. I., ‘Chrono-historia de la Compañía de Jesús en la Provincia de Toledo’, II, p.450.
108 Cf. R. GARCÍA-VILLOSLADA, ‘San Ignacio de Loyola. Nueva Biografía’, BAC, p.239.
109 El 14 de noviembre de 1643 escribe el P. V. M. Gavotti, Sch. P., al P. S. Pietrasanta, S. I.: «il viaggio nostro con le Gallere é stato buono et in un giorno e due notti siamo gionti per la gratia di Dio a salvamento da Civitá Vecchia in Genova» (FC III, p.1525).
110 S. Juan Bta. de la Concepción, Reformador de los trinitarios, en su viaje a Roma el año 1598, desembarcó en Civitavecchia y escribe que el Jueves Santo «partimos de Civitavieja aquella misma tarde a pie, gustando de pisar tierra tan Santa, o por mejor decir gozar. Tardamos en llegar hasta el Sábado Santo [21 de marzo de 1598], porque no hay sino 21 millas era poco lo que andábamos y muy extraqueados y cansados de tan largo camino… Entramos por las puertas de Roma Sábado Santo al tañer las campanas al empezar los Alleluyas…» (Obras del B. Juan Bta. de la Concepción, t.VIII [Roma 1831] p.97). Entonces la misa de Sábado Santo se tenía por la mañana. Luego tardaron dos días, aun sin prisas.
111 Sin tantos testimonios convergentes así lo creyó Sántha, comentando el nuevo documento del 27 de febrero de 1592, por él encontrado: «Calasanctius enim die 27 mensis Februarii iam Romae commoratur et operatur, ita ut nunc iam maxima probabilitate asserere possimus eundem saltem initio mensis Februarii Barcinone solvisse sub ‘fledietatem eiusdem mensis ipsam Urbem ingressurum» (EphCal 2 [1959] 56).
112 Cf. ARMINI, ‘Vita’, p.42; TALENTI, ‘Vita’, p.30. Nada dice Berro (cf. BERRO I, p.65), ni la ‘Breve Notizia’ (cf. BAU, RV, p.12).
113 Esa parece la idea de J. LÓPEZ NAVÍO (cf. ID., o.c., p.219-223). El P. Jerónimo Gracián en los primeros meses de 1592, poco después de Calasanz, se embarcó en Vinaroz y llegó directo a Génova y desde allí «tornamos —dice— a navegar hasta Civitá Vecchja, caminando desde allí a Roma por tierra con peligro de bandidos» (P. J. GRACIÁN, ‘Peregrinación de Anastasio’: Obras del P. Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, ed. por P. SILVERIO DE Sta. TERESA [Burgos 1933], t.III, p.113).
114 Cf. J. POCH, ‘Montserrat i Calassanç, encara’: Cat 252 (1982) 19. Felipe II había escrito el 22 de enero de 1592 al Abad de Montserrat: «Y en lo que ha respecto a la mudanza de la Santa Imagen son muchas las consideraciones que obligan a que no se haga, como vos muy bien las apuntais… Pero para que mejor se acierte, he querido pedir a cada uno de los prelados en particular… su parescer y escribirles sobre ello las cartas que aquí van…» (ib., p.18). He aquí los que asistían al obispo consagrante: «el domingo de Sexagésima, a 2 de febrero, la consagró el obispo de Vique Pedro Jaime, con asistencia de Jaime Cassador, obispo de Gerona, Andrés Capilla de Urgel y Francisco Robuster y Sala, de Elna, y Fray Plácido de Salinas, abad del Monasterio. Hallóse presente el virrey de Cataluña, Pedro Galcerán, marqués de Navarrés» (VILLANUEVA, ‘Viaje literario’, t.VII, p.140-141).
115 F. CRUSELLAS, ‘Nueva historia del Santuario y Monasterio de Na. Sra. de Montserrat’ (Barcelona 1896) p.74-75.



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