sJC - Maestro y Fundador - Written by Archivo Calasanz on Miércoles, Febrero 10, 2010 11:42 - 1 Comment

sJC - C10: Los años romanos

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San José de Calasanz, maestro y fundador
Severino Giner Guerri, escolapio
BAC, 1992

Segunda parte: génesis de su obra

 

CAPÍTULO 10:
LOS AÑOS ROMANOS DE PALACIO, DE CURIA Y DE PRETENSIONES.

Gozoso y con el alma abierta a las sorpresas del espíritu, desembarcó en Civitavecchia José de Calasanz y tomó el camino de Roma por la Vía Aurelia. Quizá, como un romero más, vistió el hábito de peregrino y echó sobre sus hombros las alforjas de piel de gamuza, ajadas ya por las lluvias y el sol del Pirineo. Era a mediados de febrero y en las colinas del Lazio florecían los almendros.

1. Un español en Roma

Llegó tarde a la gran fiesta de la coronación. El 2 de febrero, mientras Calasanz asistía —quizás— a la consagración de la nueva iglesia del Monasterio de Montserrat, se celebraba en Roma la consagración episcopal del Cardenal Hipólito Aldobrandini, que había sido elegido papa el 30 de enero con el nombre de Clemente VIII. Y el 9 de febrero de 1592 tenía lugar con la pompa y solemnidad acostumbradas la entronización y toma de posesión de San Juan de Letrán. Ciertamente, ni lo sospechaba siquiera, pero tendría ocasión de asistir a la coronación de los cinco papas sucesivos.

Por otra parte, llegó en buena hora, pues el año y medio anterior había sido aciago para Roma. Desde que murió Sixto V a finales de agosto de 1590, habían ocupado la silla de San Pedro cuatro papas: Urbano VII (+ 27 de septiembre de 1590), Gregorio XIV (+ 15 de octubre 1591), Inocencio IX (+ 30 de diciembre de 1591) y el recién elegido Clemente VIII. Lo más grave, sin embargo, fue que en aquel agosto de 1590 se declaró una epidemia y duró hasta septiembre del ano siguiente. Si no exageran los datos, murieron unos 60.000 habitantes, más de la mitad de la población, que en febrero de 1591 una estadística calculaba en 116.698. (1) Parece confirmar la exageración otra noticia de mayo del mismo año, según la cual en dos meses habían muerto 40.000 personas. (2) Quizá haya que restar bastantes miles a esos cálculos redondos, pero muchos miles debieron ser las víctimas si dos años más tarde, en 1593, una detallada Relación daba un total de 9.627 almas. (3)

Y como los males nunca vienen solos, sobre todo para los pobres a la epidemia se unió el hambre y la carestía que encareció progresiva mente el precio del trigo, llegándose incluso a tumultos graves del pueblo desesperado, que a principios de febrero de 1591 tomó Por asalto los graneros que había junto al Panteón, en la Plaza Judía y en Campo dei Fiori. (4) En noviembre de 1592 todavía era preocupante la situación, y Calasanz escribía al párroco de su pueblo:

«Aquí… el año tenemos muy caro y las provisiones muy ruines y si de la tierra del Rey no vienen, se espera muy mala primavera, valdrá ya la carga de trigo dessa tierra aquí a diez escudos. Después que murió Sixto V es la ciudad más cara que ay en Italia y padesce mucho la gente común». (5)

Roma era la ciudad más cara de Italia y sin duda era también, en aquel fin de siglo, una de las más populosas de Europa. Las mayores que había visto Calasanz en España eran Valencia con unos 60.000 habitantes y Barcelona con 30.000. La mayor metrópoli española era Sevilla, con 90.000 almas. (6) La preeminencia de Sevilla se debía al hecho de ser, en cierto modo, la capital del Nuevo Mundo, pues en ella se concentraba todo el tráfico con las Indias; la de Roma, sin duda, provenía de su condición de capital del mundo católico. Y, en efecto, como se decía en una Relación de 1605, «la ciudad puede tener cerca de 100.000 almas, de las cuales más de los dos tercios son forasteros». (7) Y entre ellos, uno más, el español José de Calasanz.

Muchos de estos grupos de forasteros, además de la embajada de su país, tenían su propia iglesia nacional e incluso en ciertos casos su propio hospital u hospicio para pobres, y en torno a estas sedes solía girar toda la colonia de connacionales. Para los españoles, la embajada estaba en la plaza a la que dio nombre, Piazza di Spagna, donde sigue todavía. Y dos eran las iglesias propias: la de Santiago de los Españoles, que daba a la Plaza Navona, y la de Montserrat, con hospital, erigida por Alejandro VI para los de la Corona de Aragón, y hoy única iglesia nacional española, desde que en el siglo pasado se abandonó la otra.

José de Calasanz, además de frecuentar la embajada en estos años primeros de su llegada a Roma, debió acudir muchas veces durante su vida a la iglesia de Montserrat, por ser la de su «nación», además de que guardaba recuerdos recientes de otros sacerdotes de su mismo apellido y familia, tal vez. (8) Hasta su muerte conservó entre sus papeles unas letanías marianas, con los siete dolores y gozos que se cantaban dicha iglesia romana. (9)

Los «forasteros» —en este caso, más las naciones que los individuos- tenían en Roma otros protectores, dispuestos siempre a defender ante el papa los intereses de sus naciones protegidas a cambio de pensiones, recompensas y distinciones. Eran las familias de la aristocracia, entre las que ordinariamente había algún miembro en el colegio cardenalicio. En un memorial del Duque de Sesa, embajador de España en aquellos años, figuraban los nobles que recibían o pretendían pensiones españolas, y eran los Colonna, Orsini, Conti, Sermoneta, Frangipani, Caetani y Cafarelli, (10) a los que hay que añadir obviamente los Farnese y los Doria, tan ligados junto con los Colonna a los grandes fastos de la historia de España. Y Calasanz hallará espléndida acogida en el palacio de los Colonna.

2. La Roma monumental de fin de siglo

La grandiosidad de la Roma del imperio volvió en cierto modo a resurgir en la época barroca, en que quedó plasmada para siempre la nueva fisonomía de la Roma papal. Y de toda esa larga etapa de transformación urbanística, el período más decisivo empieza con el pontificado de Sixto V (1585-1590) y termina con el de Alejandro VII (1655-1667). Ambos papas, junto con Pablo V, Urbano VIII e Inocencio X, contribuyeron particularmente al embellecimiento de la ciudad, con sus basílicas e iglesias, sus palacios y sus plazas, sus fuentes y sus obeliscos. Y José de Calasanz vivió en Roma precisamente en ese periodo comprendido entre Sixto V y Alejandro VII (1592-1648).

El trazado de nuevas calles proyectado y realizado bajo Sixto V configuró sustancialmente el plano urbanístico de los siglos futuros. Además, en sólo un año (1587) se pavimentaron con ladrillos 121 calles; se restauraron y aislaron las dos enormes columnas de Trajano y Marco Aurelio, coronándolas con las estatuas de San Pedro y San Pablo; se levantaron los obeliscos de las plazas de San Pedro, Santa María Mayor, San Juan de Letrán y Plaza del Pueblo; se edificó el nuevo palacio papal de Letrán, se inició la construcción del actual del Vaticano, se adquirió el Quirinal y se empezó a ensancharlo; se restauró la ruinosa basílica de los Doce Apóstoles y transformó el convento contiguo de franciscanos, junto a los que viviría Calasanz sus primeros años romanos. Con Sixto V, pues, empezaba una nueva época de febril actividad edilicia. Apenas si quedó iglesia sin reformar, particular mente las grandes basílicas. (11)

Cuando por primera vez llegó Calasanz a la de San Pedro, probablemente en hábito de peregrino, estaba todavía allí intacto el gran cuadripórtico medieval de su entrada, con la gigantesca piña de bronce en el centro bajo su templete —hoy en el patio del Belvedere—, con la escalinata de acceso y el campanario románico. Sobre la fachada de la vieja basílica brillaba el mosaico del Salvador sobre fondo de oro. Y por encima de los tejados, allá al fondo, asomaba la mole inmensa de la cúpula nueva, desnuda aún, sin su revestimiento de plomo, con la linterna apenas terminada, pero sin el remate de la gran bola dorada y la cruz, que se colocó en noviembre de 1593. Y hasta 1606 quedaron en pie las cinco naves de la venerable basílica constantiniana, con sus altares, capillas, tumbas, reliquias, mosaicos, lámparas y mil detalles más que se habían ido acumulando durante más de doce siglos. Las cinco naves se cerraban con una pared enorme que dividía la parte nueva y la vieja, y que no se derribó hasta 1615. Detrás de ella quedaba el sepulcro de San Pedro y el altar papal o «confesión», encerrados en un espacioso templete, llamado la «Santa Casa», construido por Bramante al principio de la demolición para protegerlos y dejarlos accesibles durante los larguísimos trabajos de reconstrucción. Precisamente en el verano de 1592 se echó abajo la «Santa Casa» y se empezó la obra del altar central de la basílica, que fue terminado y consagrado solemnemente en 1594. (12)

La actividad constructiva y renovadora de Clemente VIII hasta el fin de siglo se manifestó también en la transformación completa del crucero de San Juan de Letrán, la restauración de los mosaicos de la nave central de Santa María Mayor, cuya venerable imagen ‘Salus Populi Romani’, que sería una de las preferidas por Calasanz, corono con diadema de brillantes en 1597. Se erigieron también las iglesias de Santa María de ‘la Scala’ (1592), San Nicolás Tolentino, San José de ‘Capo le Case’, San Bernardo ‘alle Terme’; se concluyó San Juan de los Florentinos (1600) y la ‘Chiesa Nuova’ (1599); se puso la primera piedra de San Andrés ‘della Valle’ (1591). Y el afán de renovación alentó igualmente a muchos cardenales a restaurar sus iglesias titulares.

Ni fueron sólo las basílicas y las iglesias las únicas obras favorecidas por Clemente VIII, pues en 1596 terminaba el nuevo palacio Vaticano, siendo el primero en habitarlo, y continuaba a la vez las obras del otro gran palacio papal del Quirinal; se construía la hermosa fachada del palacio central del Capitolio y se empezaba el tercero y último, junto a Araceli, con el que se cerraría la espléndida plaza, siguiendo los planos de Miguel Ángel. Otra de las más famosas plazas romanas, la Navona, fue empedrada entonces (1600); ya tenía las dos fuentes monumentales de los extremos, pero sin estatuas (1574), mientras faltaba aún la central; tampoco existía la barroca iglesia de Santa Inés, ni el gran palacio Pamfili en que está engastada, ni el palacio Braschi. Y para que calles y plazas nuevas y viejas fueran más transitables se estableció que se limpiaran semanalmente, prohibiendo además que se tuvieran cerdos en la parte habitada de la ciudad, pues hasta aquellas fechas (1599) solían ir sueltos por las calles, (13) como en muchas ciudades de Europa.

Formaba también parte de aquel mundo esplendoroso de la Roma papal de fin de siglo el gran poeta Torcuato Tasso, que llegó a la Ciudad Eterna en mayo de 1592, alabado, exaltado y agasajado como un Dante redivivo por el Papa y sus nepotes, cardenales y nobles, a quien se quiso coronar de laurel en el Capitolio, como a Petrarca en otros tiempos, pero murió en la primavera de 1595. Y es probable que aquella tarde de abril en que se bajó su cadáver desde el monasterio de San Onofre hasta ‘Santo Spirito in Sassiá’ para hacerle las exequias y se le volvió a subir para enterrarle, en el séquito de cardenales, curiales, profesores de universidad, letrados y poetas, nobles, sacerdotes y religiosos, (14) se encontrara también José de Calasanz… ¡poeta malogrado!

Quizá aprendió el nombre de otros dos genios universales, allá en Urgel, conversando con su amigo mosén Pere Rostoll, organista de la catedral, o con el ya jubilado y famoso compositor y maestro de capilla, el lemosín Juan Brudieu (+ 1591). (15) Y era una suerte impagable encontrarlos a los dos en Roma: Pedro Luis de Palestrina y Tomás Luis de Victoria, y oír cantar su música inmortal en las basílicas romanas. El primero murió el 2 de febrero de 1594 y fue enterrado en el Vaticano. El segundo llegó a Roma hacia 1565, a sus veinte años, y permaneció al menos hasta 1594. (16)

Pero la Roma de fin de siglo era algo más. Por aquellas calles recién empedradas y más limpias que antaño, y por aquellas plazas donde surgían obeliscos, fontanas e iglesias como una floración de primavera, corrían, jugaban, mendigaban muchos niños porque para ellos no había lugar en las escuelas. Hasta que…

3. Acogido por dos canónigos

El 16 de mayo de 1592 escribía Calasanz su segunda carta al párroco de Peralta de la Sal y le decía: «Yo tengo asiento en Cassa del Cardenal Marco Anthonio Colona en compañía de un Canónigo de Tarragona que se llama Baltasar Compte, muy querido y favorecido del dicho Cardenal por cuyo medio he yo entrado en su cassa». (17) En mayo del mismo año de su llegada estaba ya viviendo en el palacio familiar de los Colonna, situado en la plaza de los Santos Apóstoles, contiguo a la basílica homónima. Pero cuando llegó, fue acogido por el canónigo de Urgel, Rafael Durán, el destituido Procurador de su diócesis, a quien él venía a sustituir, como ya vimos. (18) Residía en la mencionada plaza de los Apóstoles y en su casa se hospedó Calasanz por poco tiempo. La razón de abandonar su compañía nos la cuenta Berro, asegurando que «esto me lo dijo nuestro Padre». Y fue:

«… volviendo una vez a casa encontró al Canónigo hablando por la ventana con una mujer, cuya ventana daba al mismo patio de la casa, y apenas la mujer le vio dijo: “Hable más bajo, Sr. Canónigo, que viene el que no puede ver a las mujeres”. Y no pudiendo fingir que no lo había oído… nuestro don José respondió a la mujer: “No decís bien, pues yo os estimo más que el Sr. Canónigo. Como bien sabéis, todos tenemos alma y cuerpo, y sin duda el alma es más noble que el cuerpo. Yo estimo vuestra alma y quisiera que fuerais buena cristiana, devota, casta y muy santa; pero el Sr. Canónigo os quiere de otro modo”. Bajó los ojos la mujer y no sabiendo qué decir se retiró. Y viendo luego nuestro don José que su exhortación al Sr. Canónigo para que dejara aquella mala relación era inútil, dejó aquella residencia y se fue a vivir a otra parte». (19)

Es evidente que el canónigo aludido y no nombrado por Berro no era Baltasar Compte, como supusieron Talenti y Bau entre otros, (20) pues esto ocurrió cuando Calasanz todavía no habitaba en el palacio Colonna. (21) Y precisamente es Compte quien le echa una mano, sacándole de la casa del canónigo Durán y consiguiendo que se le admita en el palacio Colonna, donde él vive. Y no es que el canónigo de Tarragona fuera más virtuoso y ejemplar que el de Urgel, pues si éste fue destituido de su cargo y privado de sus gratificaciones por su propio cabildo a causa de su ambición y abuso de poderes, igualmente ocurrió a Compte, cuyas trapisondas, enredos y malversación de bienes de la catedral y cabildo de Tarragona le valieron pleitos, procesos, secuestros de sus emolumentos y aun algunos días de encierro en la cárcel capitular. (22)

Calasanz, sin embargo, dice que era «muy querido y favorecido de dicho Cardenal» (Colonna). Probablemente por esas fechas de 1592 todavía no había dado pruebas de sus trapicheos. Con todo, parece un hombre metido siempre en asuntos de dinero y sus pleitos consiguientes. Y quizá por este motivo entró en el palacio Colonna, pues consta que el cardenal Marco Antonio tenía intereses económicos en Tarragona, cuyo cabildo catedralicio se encargaba de cobrar las rentas eclesiásticas de que gozaba en España. (23) Quizá llegó a Roma cargado de tales rentas y el cardenal le retuvo en su palacio cinco años (1591-1595), empleándole en asuntos pecuniarios. (24)

Por otra parte, no es difícil explicar la relación personal entre Calasanz y Compte, si se piensa que una de las personalidades más relevantes del Cabildo de Tarragona era entonces don Antonio de Gallart y de Mongay, tan amigo del Santo, y también era canónigo su hermano Francisco, ambos muy amigos del obispo Capilla y asiduos visitadores de la cartuja de Scala Dei, (25) donde en los últimos meses de 1591 residía el citado obispo, alternando su descanso con la asistencia al Concilio Provincial. Pudo muy bien ocurrir que el cabildo tarraconense, mediante los Gallart, supiera del viaje a Roma de Calasanz y le dieran dinero del cardenal Colonna para entregarlo a Compte. De hecho, la primera referencia que tenemos de la llegada de Calasanz a Roma es un sablazo del insaciable canónigo al recién llegado: el 27 de febrero de 1592 le pide prestados 200 escudos «gratis et amore», es decir, sin interés alguno. Y el prudente prestamista exige documento notarial con la fianza de un beneficiado de Tarragona y dos testigo. (26) Quizá este favor le valió la entrada en la mansión de los Colonna.

4. En el palacio de los Colonna

Del palacio que él conoció apenas si queda rastro, pues fue casi totalmente reconstruido en torno a 1730, conservándose alguna de las piezas más suntuosas, como la célebre Galleria Colonna, convertida en museo, que había sido edificada entre 1654-1665. (27) No obstante, sabemos por las indicaciones de Caputi que Calasanz ocupó dos habitaciones contiguas a la basílica de los Apóstoles, con ventanas o celosías que daban sobre la capilla del Santísimo Sacramento, lo cual —dice— «le era de grandísimo consuelo por estar más cerca de su amado Señor y poder darse a la oración cuando quería». (28) Tampoco por este detalle podemos situar exactamente tales habitaciones, pues la basílica actual fue totalmente reformada por Francisco Fontana y su padre Carlos en los años 1702-1714, de la que se respetó solamente el pórtico de entrada, que databa de fines del siglo XV. (29)

Son numerosos los testimonios que coinciden en concretar que Calasanz fue admitido en el palacio para desempeñar las funciones de teólogo del Cardenal Marco Antonio Colonna y de padre espiritual o capellán de toda la casa, de cuyos testimonios fue el primero y uno de los más sobrios el P. Catalucci en su ‘Breve Notizia’:

«Fue conocida su bondad por el Emo. Cardenal Antonio Colonna, que le incluyó en su corte como teólogo suyo y como padre espiritual de toda su casa. Y era tanta la estima en que le tenía que ordenó al Príncipe, su nepote, no salir nunca de casa sin tomar antes la bendición del P. José Calasanz». (30)

De los diversos declarantes en el proceso ordinario de 1651-53 merecen destacarse los que aluden a la propia familia Colonna, como el P. Scassellati, que dijo: «Me contó la Sra. Ana Colonna que en casa del Cardenal, su tío, era tenido por Santo y tenían a gala cosa semejante y se gloriaban de que hubiese estado en su casa y he visto muchas veces al Condestable y a su Señora venir a San Pantaleón a saludar al dicho Padre». (31) Y la Sra. Laura, viuda del Sr. Juan Bta. de Ariccia, emparentada con los Colonna, los Caetani y los della Valle, declaraba: «estando dicho Padre en casa del Señor Cardenal Marco Antonio Colonna, tío mío y primo de mi señor padre, el Sr. Cardenal Colonna solía enviar a dicho P. José a visitar en su nombre a la Sra. Victoria della Valle Caetana, mi Sra. madre, y saber si necesitaba alguna cosa…». (32)

Naturalmente, los testigos exaltan las virtudes y cualidades espirituales junto con sus dotes y títulos de hombre de ciencia para justificar su elección como teólogo y padre espiritual de los Colonna. Y no dudamos de la verdad de tales aseveraciones, pues el aprecio y estima de estos nuevos protectores de Calasanz concuerdan perfectamente con el sentir de los obispos de Barbastro, Lérida y Urgel que le eligieron también como «familiar», además de honrarle con otros cargos y distinciones. La trayectoria es totalmente lógica.

Ni hay que desvalorizar el significado de la escena picaresca del canónigo y la moza flirteando en la ventana, para celebrar la entereza moral y la firmeza de actitudes sacerdotales de este hombre, joven aún de treinta y cinco años, que reacciona como a los veintiuno ante la procacidad de una dama de Valencia. La frase de esta moza romana: «Hable más bajo, Sr. Canónigo, que viene el que no puede ver a las mujeres», hace entrever que más de una vez había intentado abordar al recién llegado, sin conseguir sus intentos. Y al final, el acosado tiene que optar por la huida de casa, como la primera vez en la ciudad del Turia.

Por otra parte, como vamos a ver, estas frases vagas de los testigos procesales, elogiando las virtudes del nuevo teólogo y capellán de los Colonna, son un simple bosquejo de la profunda piedad e incansable caridad que manifiesta Calasanz en estos años, tan ricos en santidad y decisivos para toda su larga vida.

5. Teólogo del cardenal Marco Antonio

Cuando llegó a Roma José de Calasanz, dos eran los cardenales de la familia Colonna: Marco Antonio y Ascanio. El primero había recibido el capelo de manos de Pío IV, en 1565, y el segundo en 1586, de manos de Sixto V. (33) Marco Antonio vivía en el palacio familiar de la plaza de los Apóstoles, y fue quien llamó a Calasanz y le nombró su teólogo, como expresamente recuerdan los testimonios ya aducidos. (34) El joven Ascanio —que tenía dos años menos que Calasanz— vivía en el recién terminado palacio papal de Letrán, por expresa concesión de Gregorio XIV, en atención a que era Arcipreste de la basílica contigua y con el fin de que habitándolo lo conservase debidamente. (35)

Calasanz, pues, estuvo al servicio del Cardenal Marco Antonio, hasta que murió el 13 de marzo de 1597 en la mansión ancestral de Zagarolo, cerca de Palestrina, donde se hizo trasladar, ya enfermo de muerte. Este viejo purpurado fue siempre una de las personalidades más conspicuas del Sacro Colegio, particularmente en los conclaves, en los que por dos veces fue propuesto para la tiara sin conseguirlo, concretamente después de la muerte de Sixto V y de Urbano VII, en la segunda mitad del año 1590. (36) Los que denodadamente se oponían a su candidatura tenían sus razones, pues —dice Pastor— «por su vida mundana no parecía apropiado para la suprema dignidad eclesiástica y mucho menos si, como parece ser, tenía hijos ilegítimos. (37) Era ciertamente un hombre muy culto y por ello fue nombrado por Clemente VIII Bibliotecario Apostólico, en cuyo oficio le sucedió al morir nada menos que el doctísimo Cardenal César Baronio. (38) Sobresalió entre los cardenales más amigos y promotores del arte (39) y fue también liberal y generoso con los pobres. (40) En una palabra, era una reminiscencia de aquellos grandes cardenales del Renacimiento que armonizaban pacíficamente el esplendor de su estirpe principesca con la dignidad de la púrpura romana; el lujo, la mundanidad y los deslices amorosos con la piedad, las sacras ceremonias y la caridad generosa; la cultura y el amor al arte con la política, la intriga y la diplomacia.

Entre otras incumbencias y responsabilidades de Curia y en el marco de las Congregaciones Romanas, creadas o reestructuradas por Sixto V en 1588, formó parte de la del Índice, junto con otros cuatro cardenales, que fueron su pariente Ascanio Colonna, Jerónimo della Royere, Felipe de Lenoncourt y Guillermo Allen. Para poder cumplir con diligencia su difícil cometido de velar por la ortodoxia se les facultó para solicitar ayuda a las Universidades de París, Bolonia, Salamanca y Lovaina, además de «llamar para que tuviesen parte en su trabajo a teólogos, canonistas y otras personas de formación científica y permitirles la lectura de libros prohibidos a fin de que pudiesen prestar su ayuda». (41) Esta recomendación justificaría la decisión del Cardenal de admitir en su propia casa a Calasanz como teólogo —además de la norma o costumbre de que los cardenales tuvieran sus propios teólogos consultores—, tanto más si sabía que acababa de obtener el título de Doctor en Teología y que había cursado también cánones y leyes en el Estudio General de Lérida.

La constatación de que en 1596 saliera de la imprenta vaticana una edición del ‘Índice’ de los libros prohibidos (42) nos sugiere la probabilidad de que en su preparación interviniese José de Calasanz, como teólogo del cardenal Colonna, el viejo.

6. Capellán de palacio

La más antigua tradición biográfica dice que además de su teólogo, el cardenal le designó como «padre espiritual de toda su casa». (43) Esta escueta noticia fue ampliada con un precioso detalle sobre uno de los modos con que cumplía Calasanz con este cometido, y consistía en que «cada sábado por la tarde tenía una devotísima plática en la sacristía [de la basílica de los Stos. Apóstoles] a la familia del Emo. Sr. Cardenal Colonna, con orden expresa de S. E. de que no faltase nadie». Así lo atestiguaron dos franciscanos conventuales, que vivían entonces en el convento, al P. Silvestre Bellei en 1625 y este último se lo preguntó personalmente al Santo, quien le dijo que efectivamente se tenían tales sermones o charlas «por un sacerdote secular y —aclara el P. Bellei— no quiso decirme que era él quien sermoneaba, pues solía esconder siempre sus virtudes bajo la ceniza de la santa humildad». (44)

En el ámbito de esta misión de capellán de palacio o «padre espiritual» de la familia parece hay que entender la tarea de preceptor de príncipes que le atribuyen ciertos biógrafos. Hay una serie de testigos procesales que recuerdan la estancia de Calasanz en casa del cardenal Antonio Colonna, pero no aluden a sus relaciones especiales con los príncipes sobrinos del cardenal. (45) Otros más tardíos hablan de sobrinos —en plural— encomendados al cuidado de Calasanz como educador o padre espiritual, (46) pero delatan su dependencia de Catalucci y Berro, que hablaron sólo de un sobrino y del mandato de su tío, exigiendo la bendición o saludo a Calasanz al entrar o salir de casa. (47) Talenti y Tosetti mencionan igualmente a un solo nepote y le llaman Felipe, aludiendo exclusivamente a su instrucción espiritual o cristiana. (48) Los sobrinos que vivían en el palacio Colonna eran dos: el mayor, heredero de títulos y fortuna de la familia, era Marco Antonio hijo de Fabricio (+ 1580) y nieto del gran héroe de Lepanto, todos ello duques de Paliano. Había nacido en 1575, y por tanto andaba por los diecisiete al entrar Calasanz en su casa. Murió en 1595, casado ya y con un hijo de pocos meses que murió niño, en 1609. No estaba, pues en edad de preceptores. Su hermano Felipe (1578-1639) rondaba entonces los quince años, y al morir su hermano y su hijo pequeño quedó heredero universal de todas las glorias, títulos y bienes de su estirpe entre ellos el de Condestable (de Nápoles), como se le llamaba en Roma. (49)

Sin duda, fue el príncipe Felipe quien desde sus quince años gozó de la especial atención o asistencia espiritual de Calasanz, a quien estimó toda su vida, visitándole muchas veces, cuando era ya General de las Escuelas Pías, y todavía entonces mantenía la vieja costumbre reverencial de besarle la mano. (50) En realidad, no era ésta una tarea nueva en su vida sacerdotal, sino que enlazaba armoniosamente con sus pasadas experiencias de preceptor de pajes en los palacios episcopales de Barbastro y Urgel. Ni hay por qué excluir categóricamente que también en la mansión de los Colonna —siempre tan culta en artes y letras— tratara con el príncipe Felipe, y aun con otros, de latines y de cuentas, como antaño.

7. Con el joven cardenal Ascanio Colonna

Al morir el viejo cardenal Marco Antonio el 13 de marzo de 1597, ocuparía, sin duda, su lugar en el palacio Colonna el joven cardenal Ascanio, dejando su residencia del palacio sixtino de Letrán, pues él era el varón con más edad de toda la familia y, por tanto, responsable de sus destinos y de la protección de sus dos sobrinos, Felipe, de diecinueve años, y Marco Antonio (el heredero de la casa), de dos años tan sólo. Ascanio era hermano de Fabricio, el padre de Felipe y de su difunto hermano Marco Antonio. Al trasladarse, pues, el cardenal Ascanio al palacio de la plaza de los Apóstoles, debió confirmar a Calasanz en sus funciones de teólogo —en este caso a su servicio personal— y padre espiritual de la familia. Pues, de hecho, consta documentalmente que al inscribirse Calasanz en la Archicofradía de las Llagas de San Francisco, el día 18 de julio de 1599, se dice expresamente que vive «en casa del Ilmo. Cardenal Colonna». (51)

Una tradición tardía, que ha llegado hasta nuestros tiempos, afirmaba que el Cardenal Ascanio y Calasanz se conocieron ya en Alcalá de Henares, siendo compañeros de universidad. Pero ya vimos que las referencias documentales lo desmienten. (52) No fue, pues, esta razón la que justificaría la entrada de Calasanz al servicio de los Colonna, ni tampoco su permanencia, una vez muerto el viejo cardenal que le había admitido.

A fines de 1600 emprendió el cardenal Ascanio un viaje a España con una misión especial que le encomendó el papa cerca del rey, y estando allí fue nombrado Virrey de Aragón, de cuyo cargo tomo posesión el 19 de julio de 1602 y lo mantuvo al menos hasta marzo de 1605, en que todavía estaba en Zaragoza. Y en España continuaba durante los dos conclaves de la primavera de aquel año 1605 en que fueron elegidos León XI y Pablo V. Su nombre no aparece entre los conclavistas. (53) Durante esta larga ausencia del Cardenal Ascanio en España, Calasanz decidió abandonar el palacio Colonna, pues ya había puesto los fundamentos de su obra y para entregarse de lleno se trasladó a vivir en la sede de sus Escuelas Pías. Según la autorizada voz del P. Berro, este traslado tuvo lugar en 1602. (54)

Biógrafos hay que creyeron que el cardenal Ascanio salió para España en 1602, una vez nombrado Virrey de Aragón, y que Calasanz aprovechó el pretexto para abandonar su palacio. (55) Sin embargo, según lo dicho, permaneció todavía unos dos años más (1600-1602), en los que quedaba al frente de la familia su encomendado «discípulo», el príncipe Felipe, de veintidos a veinticuatro años En tales circunstancias, cabe suponer que la presencia de don José de Calasanz, en sus cuarenta y tres a cuarenta y cinco años de edad, asumiera en cierto modo un carácter de tutoría y responsabilidad, que iba más allá de sus funciones espirituales, por lo que don Felipe le guardará luego gran estima y agradecimiento.

Mientras moraba en uno de los palacios más espléndidos de Roma, a la sombra de una de las estirpes de más rancio abolengo, se acordaba de que era hijo del herrero de Peralta y mandó para la iglesia de su pueblo, en 1593, un cáliz —lo recordamos de nuevo— con esta inscripción alusiva en el pie: Pro ferro aurum et argentum. 1593 (Oro y Plata en vez de hierro). Era casi una ironía.

8. El Procurador de Urgel

No debieron ser pocos ni de poca monta los asuntos en que tuvo que mediar José de Calasanz en sus funciones de Procurador de la diócesis de Urgel. Ya aludimos antes a cuestiones de concesión de beneficios eclesiásticos y arreglos económicos en que intervino desde Roma, como la referente a la pabordía de Mur en el oficialato de Tremp o a la composición de beneficios de la Colegiata de Tamarite de Litera. (56)

Es muy probable que interviniera igualmente en otro asunto referente a los beneficiados de la Colegiata de Tremp —la suya—, en el que se interesa personalmente Felipe II, movido sin duda por los ruegos de su querido protonotario y asesor trempense Jerónimo Gassol. El Rey recomienda el asunto a su embajador romano el Duque de Sessa en carta fechada el 25 de septiembre de 1595, de la que entresacamos estos párrafos:

«Los Canónigos y Clero de la Iglesia Colegiata de la Villa de Tremp… me ha hecho entender que… por averse disminuido y perdido mucha parte en las rentas de que fue dotada… se sustentan con mucha necesidad… y que por augmento dellas… dessean obtener de su Santidad la unión y aplicación perpetua de la mitad de las rentas dellas Rectorías de Limiana y de Orcau que son del dicho Obispado de Urgel, y de tanta consideración que con la restante mitad podrán congruamente sustentarse los Rectores dellas… Por ende, os encargo y mando que haziendo sobre esto, de mi parte, con su Santidad y las demás personas a quien tocare tan apretados officios como convengan, procuraréis…». (57)

Desde 1592 hasta finales de siglo estaba tratando el obispo Capilla de fundar en La Seo de Urgel un colegio de enseñanza para niños y un Seminario Conciliar, encomendando ambas instituciones a los jesuitas. Para dotar el primero contribuyó generosamente el propio obispo de su propio peculio, al que se añadió una donación testamentaria del gran amigo de Calasanz, el mercader urgelitano Antonio Janer. (58) La base económica del Seminario, sin embargo, se apoyaba en la aplicación de las rentas del suprimido monasterio benedictino de San Saturnino de Tavérnoles y sus prioratos de San Pedro de Vellánega y San Salvador de la Vedella, para cuya cesión de bienes hubo que recurrir a Roma y fue concedida por Clemente VIII en 1592 precisamente. (59) Y es probable que para estos trámites y otros posteriores interviniera Calasanz como Procurador diocesano, pues también en todo esto interviene el embajador romano, Duque de Sessa, como se ve en estos párrafos de una carta de Felipe II a él dirigida y fechada el 28 de marzo de 1592:

«Para la erección del Seminario de Urgel, se puede asentar en la forma que ha parecido a los Cardenales de la Congregación… Se ha escrito al Obispo Capilla que avise si, por su parte, dará la recompensa que de ahí se pidió… En teniendo su respuesta se os avisará de la resolución que se tomare…». (60)

Como ambos institutos iban a encomendarse a los jesuitas, aunque los más interesados fueran los Superiores de la provincia de Aragón, que tenían que aceptar ambas fundaciones, no se excluye que hubiera que hacer también alguna diligencia en Roma ante el P. General Claudio Aquaviva, por medio del procurador Calasanz. (61)

9. Proceso contra el obispo Capilla

Una de las razones justificantes del viaje de Calasanz a Roma hemos supuesto que fue el presentar la relación de la visita ‘ad limina’, como procurador personal de Capilla. Y por las explicaciones dadas parecía que todo estaba en regla. No obstante, sin que podamos explicarnos las razones, el caso es que en el acta capitular del 14 de diciembre de 1594 —es decir, casi tres años después de la llegada de Calasanz a Roma con la supuesta relación— leemos con estupor la acusación del Cabildo de Urgel contra el obispo por no haber cumplido debidamente las prescripciones de Sixto V referentes a la visita ‘ad limina’. Traducimos del texto catalán:

«Convocado el Capítulo… Vista y entendida la relación del Sr. Arcipreste mayor y los votos de los doctores de Barcelona, acerca del ‘Motu proprio’ de Sixto V, ‘De visitandis liminibus Apostolorum’, en los cuales votos se ha resuelto que, considerando que el Sr. Obispo ha caído en las penas de dicho ‘Motu proprio’ y que el Cabildo tiene el ‘iusquesitum’ [derecho] en la suspensión, cobro y administración de los frutos de la Mesa episcopal desde el día en que el Sr. Obispo cayó en dicha suspensión y considerando que también el Procurador de Roma [¿Calasanz?] ha recibido un monitorio del Auditor de la Cámara Apostólica para la ejecución de dichas penas, se determinó y eligió la persona del canónigo Coll para que comparezca en Sanahuja o donde se encuentre el Sr. Obispo, junto con el notario capitular y presente a dicho Sr. Obispo dicho monitorio y ‘Motu proprio’ según forma de dichos votos y parecer y levantando Acta la envíe por duplicado a Roma, expresada en forma pública». (62)

El monitorio llegó a manos del obispo, quien —según Acta del Cabildo del 12 de enero de 1595— sintió mucho que se hubiera introducido esta causa contra él y procedió a su modo para impedir la ejecución de las penas que le amenazaban. Los canónigos, por su parte con rara unanimidad decidieron seguir adelante contra el obispo tomando precauciones incluso contra posibles represalias o molestias procedentes del obispo o de otros jueces. (63)

La falta de ulterior documentación nos impide saber cómo terminó el asunto, aunque es fácil conjeturar que el obispo logró capear la situación con el valimiento de Felipe II, de cuya estima y confianza era acreedor. Por otra parte, todo hace suponer que fue excesivo el celo pastoral del Cabildo, pues Capilla se había acomodado en este asunto al modo común de obrar de los demás obispos de la provincia tarraconense. (64)

Cabe preguntarse, sin embargo, si en este desagradable asunto intervino efectivamente Calasanz como Procurador en Roma. Si así fue, no habría hecho nada personalmente contra Capilla, a quien sin duda alguna estimaba mucho, pues se habría limitado a cumplir con su deber, tramitando el monitorio en nombre del Cabildo y confiando que las cosas se resolvieran a favor de su obispo, en cuyo nombre él mismo había presentado la relación ‘ad limina’. Pero podría también suponerse que por esas fechas ya no era Calasanz el Procurador diocesano, entre otras razones porque el 17 de junio de 1594 había conseguido el nombramiento de canónigo penitenciario de la catedral de Barbastro, mientras la primera reunión del Cabildo de Urgel en que se habla de este asunto fue el 14 de diciembre del mismo año. ¿Es razonable que siendo canónigo de Barbastro siguiera —después de seis meses— ejerciendo el cargo de Procurador del Cabildo de Urgel? La respuesta negativa nos parece la más aceptable y, por lo tanto, desde entonces quedaría al margen de todos los trámites relacionados con aquella procura. (65)

Este encontronazo violento entre el Cabildo y Capilla nos hace ver que no había mucha concordia entre ambos, como solía ocurrir generalmente en aquella sede, en la que, además de los muchos privilegios y exenciones de que gozaban los canónigos, se sentían como los genuinos representantes y responsables de la iglesia de Urgel. (66) Más todavía, se ha llegado a pensar que el mismo Calasanz había tenido dificultades con el Cabildo y que por esa razón se fue a Roma a conseguir una canonjía, aconsejado por Capilla, que deseaba verle canónigo para contrarrestar el influjo de otros. (67)

10. La supresión de los Canónigos Regulares de San Agustín en Cataluña.

Mas que como Procurador diocesano, es posible que de algún modo interviniera Calasanz como enviado especial del obispo Capilla en la gravísima cuestión de la supresión de los canónigos regulares de San Agustín en todo el Principado de Cataluña y Condados de Cerdaña y Rosellón. Esto formaba parte de la política religiosa de Felipe II, preocupado por la reforma de las antiguas órdenes. De ello se trató en las Cortes de Monzón de 1585, y allí precisamente vimos a Calasanz relacionado con la reforma de los agustinos claustrales de la Corona de Aragón y de los benedictinos de Montserrat, como «familiar» del obispo La Figuera.

Paralelamente a estas reformas consiguió el Rey bulas apostólicas para la reforma de los benedictinos claustrales de la congregación tarraconense y de los Canónigos Regulares mencionados. Fueron nombrados Visitadores Apostólicos en 1585 Fray Andrés Capilla, prior entonces de la cartuja de Scala Dei; don Pedro Benito Santa María, canónigo de Barcelona y luego obispo de Elna (1586-1588); don Jaime Agullana, canónigo de Gerona, y el maestro Fray Ramón Pascual, prior del convento de Santa Catalina, de los dominicos de Barcelona. Concluidas las visitas, fueron enviadas las actas a Roma. Y después de concienzudo examen se decidió la supresión total de los Canónigos Regulares de San Agustín en todo el ámbito de Cataluña, Rosellón y Cerdaña. (68) El estado de relajación a que habían llegado estos Canónigos debía ser francamente lamentable y así se reconoce en la Bula, llegando a la gravísima conclusión de que no había esperanza alguna de reforma. (69) La supresión afectó a las tres grandes abadías de Santa María de Solsona, San Pedro de Ager y San Vicente de Cardona, en la diócesis de Urgel; otras dos en la de Vich, una en la de Elna, cuatro en la de Gerona y tres en la de Barcelona. Y fueron encargados de llevar a cabo la supresión el nuncio apostólico, el arzobispo de Tarragona, don Juan Terés, y el obispo de Urgel, Fray Andrés Capilla. (70)

La bula llevaba fecha del 13 de agosto de 1592, seis meses tan sólo después de la llegada de Calasanz a Roma, pero ya antes de su promulgación debió empezar a pensarse en el destino que se daría a las abadías, prioratos, iglesias y demás bienes eclesiásticos. Y si algunas debían convertirse en colegiatas seculares, tenía que decidirse también quiénes serían los nuevos canónigos o beneficiados. De hecho, por ejemplo, el 22 de agosto, a los once días de firmada la bula de supresión, se promulgaba otra, creando la colegiata secular de Cardona a ruegos de los duques de Cardona, detallando el número de prebendados, las normas de provisión, derechos de presentación, etc. (71) Y es presumible que en todo esto no quedara al margen el obispo Capilla, no sólo por ser uno de los tres ejecutores del Breve de supresión, sino también porque la colegiata de Cardona caía dentro de su diócesis. No es, pues, inverosímil que en las disposiciones referentes a este asunto se sirviera Capilla de su procurador diocesano en Roma, José de Calasanz.

11. Desmembración de la diócesis de Urgel

Íntimamente relacionado con este problema, surgió otro mucho más grave, cual fue la creación de la diócesis de Solsona. Respondía, en realidad, a los deseos de Felipe II de vigorizar la zona fronteriza con los Pirineos con nuevas diócesis, pues siendo más pequeñas estarían mejor atendidas por los nuevos obispos contra las infiltraciones reales o supuestas de hugonotes o ideas luteranas. «La diócesis del obispado de Urgel —escribía el rey a su embajador romano, duque de Sessa— es tan grande y en tierra tan áspera y de frontera de herejes, que después de haberse considerado mucho el remedio que en esto se podría poner para que fuese mejor y con menos trabajo governada, ha parecido que ninguno sería tan a propósito como dividir dicha diócesis y erigir e instituir de nuevo una iglesia catedral del monasterio de Na. Sra. de Solsona, como más cómoda y conveniente de todas las demás». (72)

La petición real fue atendida por Clemente VIII, quien en bula de 1 de agosto de 1593 creó el obispado de Solsona. (73) Pero la bula no se publicó, dada la oposición que hicieron los comisionados de la extinción y secularización de los canónigos regulares, «especialmente el obispo de Urgel, a quien se le quitaba Solsona y el territorio competente de su obispado para darlo al nuevamente erigido y se le frustraban sus proyectos, pues, sin duda, juzgaba que de las rentas del monasterio de Solsona podría disponer en favor de la Catedral de Urgel, o para otros fines que a él pareciesen oportunos». (74) No pudo, sin embargo, guardarse por mucho tiempo el secreto, y aprovechando la coyuntura, hallándose en Roma Lucas Soriguera pidió y obtuvo del Papa, con fecha del 21 de febrero de 1594, uno de los doce canonicatos establecidos en la bula de creación de la diócesis. El 4 de agosto del mismo año fue nombrado el nuevo obispo oficialmente, don Luis Sans, canónigo de Barcelona. (75)

En la bula de erección del obispado se decía que se desmembraría de los de Urgel y Vich, y con fecha 8 de mayo de 1595 expidió Clemente VIII otra bula encomendando esta delicada tarea al arzobispo de Tarragona, al obispo de Tortosa y al nuncio apostólico, pero este último delegó en el abad del monasterio de Poblet. La desmembración quedó sancionada el 23 de diciembre de 1597 y supuso la anexión a la nueva diócesis de 258 iglesias con sus respectivos territorios, desgajados del obispado de Urgel, y los decanatos de Cervera y Tárrega, pertenecientes al obispado de Vich. Los dos obispos y sus respectivos cabildos apelaron, pero se les denegó la apelación No obstante, el prelado de Urgel y su cabildo suscitaron un pleito que duro hasta 1623, consiguiendo al fin que fueran sólo 114 las iglesias anexionadas y quedaran para la diócesis de Urgel las otras 144. (76)

En todo este intrincado proceso, que tan gravemente afectaba a la diócesis entera de Urgel y cuya solución definitiva dependía de Roma, es lógico suponer que interviniera Calasanz mientras mantuvo sus funciones de procurador diocesano, al menos hasta mediados de 1594 en que obtuvo el canonicato de Barbastro.

Lo verdaderamente extraño —insistimos— es que desde la salida de Urgel de José de Calasanz no tengamos documento alguno que lo ponga en relación directa con el cabildo o con el obispo Capilla. ¿Cómo es posible que no se haya conservado ninguna carta cruzada entre Calasanz y Capilla? Y que sepamos, nada hay tampoco —al menos publicado— que aclare documentalmente la actitud del obispo y el cabildo de Urgel en este larguísimo pleito de la desmembración y la Posible intervención del procurador en Roma, José de Calasanz.

12 El primer fracaso del pretendiente de canónigo

A los tres meses escasos de su llegada a Roma, con fecha del 16 de mayo de 1592, escribe Calasanz una carta a don José Texidor, párroco de Peralta, en que le dice:

«Por el camarero Escala de Benavarri he escrito a v. m. del sucesso de mi camino y llegada en Roma y hasta hoy bendito Dios he tenido salud y confío con su favor de provar bien en esta tierra. Pretendí luego en llegando un Canonicato de Urgel y favorescióme muy de veras el secretario del Embajador de España y por medio de un camarero secreto del Papa me huvo la gracia de dicho canonicato y la tuve sin saberlo más de quinze días. Pero el Datario por ser nuevo yo en la corte en ninguna manera quiso que fuesse provehido por esta vez ofresciéndome que en la primera ocasión me haría merced. Sintiólo mucho el secretario y aun el Camarero y han propuesto que en tener aviso de alguna vacante han de salir con su intento. Yo confío que si algo vaccare y a mi noticia viniere que por favor no lo perderé, porque a más destos me haze mucha merced el mayordomo del Papa por medio de un frayle Cartuxo amigo mío y deudo suyo. Yo tengo asiento en Casa del Cardenal Marco Antonio Colonna… sé que si ocassión se ofresce me hará también merced». (77)

La carta es un fiel reflejo del mundillo característico de todas las cortes, incluso la vaticana, en que se mueve una serie de personajes y personajillos a los que necesariamente hay que acudir para conseguir algo. En esa enmarañada madeja no es fácil encontrar el hilo justo entre tantos cabos sueltos. Quizá antes de salir de España metió en el fondo de sus alforjas alguna que otra carta de recomendación de su propio obispo, de Gallart o de alguien más. Si entre las finalidades del viaje estaba la pretensión de alguna canonjía —lo cual es indudable— no podía llegar con las manos vacías, aunque luego pudiera encontrar a alguien influyente, que fuera como el cabo de la madeja. Y es posible que ese cabo fuera precisamente el camarero Escala de Benabarre, hombre de confianza de Calasanz y quizá conocido ya en aquella villa en que vivía su hermana Juana con su familia. (78) El camarero Escala, ya cesado, le recomendaría al camarero secreto en funciones y éste al secretario del embajador y el embajador hizo lo demás.

Esta primera concatenación de influencias nos presenta al aragonés Calasanz que se apoya en aragoneses, empezando con el benabarrés Escala. Parece indudable que el camarero secreto fue don Jaime de Palafox, clérigo y beneficiado aragonés, que está en Roma al menos desde 1584 hasta 1606, y es nombrado camarero secreto por el recién elegido Clemente VIII, en cuyo cargo se mantiene hasta la muerte del pontífice. (79) Vuelto a España, dejó el estado eclesiástico y se casó con su prima Ana de Blanes y Palafox en 1610 y, al morir sin sucesión su hermano mayor, heredó en 1613 sus señoríos, siendo el segundo marqués de Ariza. (80) Al año siguiente escribió a Calasanz pidiéndole una fundación de Escuelas Pías para sus tierras señoriales, cuando todavía no eran ni congregación religiosa, y a esta primera carta siguieron otras, a las que respondió Calasanz dándole esperanzas, todo lo cual nos cerciora de que la amistad entre ambos se remontaba a los años romanos del marqués, entonces camarero secreto y valedor del pretendiente de canonjías. (81)

El «camarero secreto del Papa», el aragonés Palafox, intervino ante el secretario del embajador, el también aragonés Pedro Ximénez Murillo, (82) quien —dice Calasanz— «favorescióme muy de veras». Realmente, había acertado el camino, porque quien disponía de todos los beneficios eclesiásticos de España era el embajador, en este caso el duque de Sessa, don Antonio Fernández de Córdoba, que mantuvo el cargo desde 1592 hasta 1603. Y fue tan excepcionalmente rápido que el Datario, Lucio Sasso, (83) anuló el nombramiento, con harto sentimiento de los protectores camarero y secretario de embajada, como dice Calasanz. El cabildo de Urgel perdió un canónigo, (84) gracias a Dios, pero la Iglesia universal ganó un fundador.

Era un fracaso, pero siendo el primero no se desanimó. Ya estaba preparado para el segundo asalto, pues a los dos primeros valedores añadía el mayordomo del Papa, el conde Hércules Tassone, (85) a quien había accedido por medio de un cartujo, «amigo mío y deudo suyo», dice Calasanz. Y tratándose de cartujos, fácil es imaginar la larga mano de fray Andrés Capilla, quien además de su estancia en Roma como jesuita, profesor del Colegio Romano, fue cartujo visitador de la provincia de Lombardía y prior de San Ambrosio de Milán y de San Martín de Nápoles. (86) Todavía confiaba en una «tercera vía», quizá la más eficaz, y era el recurso a la intercesión del cardenal Marco Antonio Colonna. (87)

13. Segundo fracaso de canonjía urgelitana

Y efectivamente, el 25 de noviembre de 1592 escribe al párroco de Peralta:

«El cardenal Colonna en cuya casa yo estoy me huvo la gracia del canonicato que vaccó en Urgell por muerte de Sorribes y después hallamos que havía muerto en mes del ordinario y así no tuvo effecto. Agora se haze diligencias por otro, no sé en que parará. En Albarrazín le pudiera tener, o en Teruel, pero por ser tan lexos no he querido pedirlos. Ntro. Sr. lo encamine a su servicio. El canonicato de Raxadell de Lérida se ha provehído a instancia del Embaxador en uno de la misma ciudad. Yo tuve aviso por vía de Barcelona muy presto…». (88)

Sin duda, en esta larga parrafada, en que se mezclan un nuevo fracaso seguro en Urgel, quizá una frustración en Lérida, dos rechazos de intento para Albarracín y Teruel y una vaga esperanza, que —dice— «no sé en qué parará», lo más acertado es el inciso: «Nuestro Señor lo encamine a su servicio». Y es lo que estaba haciendo, aunque él todavía tardará al menos cinco años en darse cuenta claramente de cuál es ese servicio.

No hay duda: Calasanz quería volver a Urgel con una canonjía. Y por segunda vez la consigue, pero… ¡no era mes papal!. (89)

Efectivamente, Sorribes había muerto en junio de 1592 y junio era mes del ordinario. (90) Y uno se pregunta sorprendido: si tocaba al obispo adjudicar la canonjía, ¿cómo no se la concedió a Calasanz, si tanto le estimaba? Y la respuesta, en parte, se la sabía bien Calasanz, pues siendo secretario del cabildo de Urge!, con fecha del 8 de enero de 1589, había escrito en el libro de Actas, que traducimos:

«Concordia acerca de las opciones, con el Señor Obispo. Convocado el Capítulo, etc. Dado que el Señor Obispo, para evitar pleitos e inquietudes, está de acuerdo en consentir al Cabildo tres opciones siempre que llegue a vacar alguna dignidad o canonjía en los meses en que toca a dicho Obispo la presentación, determinaron aceptar dicha concordia durante la vida de dicho Señor Obispo, lo cual quieren que se sancione en acta y conste de ella en poder de Mosén Gari, notario capitular». (91)

Era una auténtica cabildada. Y suponemos que el obispo tuvo que someterse a ella por bien de la paz, aunque nos quedamos sin saber si con ello quieren decir que de los seis meses del ordinario, el Cabildo dispone de tres, o que siempre que ocurre vacante en mes ordinario, el cabildo tiene derecho a presentar una terna de candidatos.

Después de dos intentos fracasados, Calasanz se desentiende de canonjías de Urgel. Y mientras está haciendo nuevas diligencias, le llega la noticia de la muerte de Gaspar Agostí, titular de un beneficio no residencial de la parroquia de Fraga. Había muerto en noviembre, que era mes papal. Calasanz cursa la primera súplica adecuada y se le concede con fecha del 20 de febrero de 1593. (92) La facilidad con que lo consigue no depende en este caso de las influencias de curia, sino más bien de relaciones familiares. Su cuñado de Benabarre, Pedro Juan Blanch, alias Agostí, es de la familia Agostí de Fraga, patronos y con derecho de presentación de dos beneficiados en la parroquial de San Pedro. (93) El beneficio es de 24 escudos de oro anuales, que añadidos a los 17,5 del personado de Claverol de que disfruta, suman 41,5, cantidad no despreciable, si se tiene en cuenta que las retribuciones por sus servicios en el palacio Colonna y por su oficio de procurador diocesano podían bastar para cubrir sus gastos personales de manutención y vida ordinaria. (94)

No era tan fácil conseguir en Roma un beneficio, pues si es cierto que era un pozo sin fondo, (95) era también incesante la marea de súplicas y recomendaciones que afluían —en nuestro caso— al duque de Sessa. Y uno de los más asiduos y exigentes era Felipe II, quien llega a poner coto a las demandas de sus propios ministros, como puede verse en esta elocuentísima carta:

«El Rey. Duque de Sessa, primo, de mi Consejo y mi Embajador. [Por mis cartas precedentes] havéis echado de ver los inconvenientes que pueden resultar de las negociaciones que suelen traer ministros míos pidiendo (…) Beneficios en essa Corte sin licencia mía impetrándoos a Vos en modo distinto a como fuera razón, y sabréys si alguna vez por complazeros se ha concedido gracia y vacante a quien no la merezca. Para escusar estas cosas cuidad de ordenar que ningún ministro pida ni acepte para sí ni para otros en essa Corte cosa ninguna sin darme primero quenta y tener licencia mía. Y en esta cuenta he mandado escribir a los ministros de Italia las cartas del tenor que veréys por la copia y a Vos os ordeno y mando que tengáis la mano en que si alguno intentase algo en contrario desto no le vaya adelante el negocio. Y no hagáis officio a instancia de ninguno dellos sin orden mía sobre semejantes materias, pues por los que conviniere os mandaré yo aviso, como se suele, y me avisaréis del recivo desta y cómo lo pensáys executar. De San Lorenço a 23 de Septiembre de 1595. Yo el Rey. Francisco de Idiáquez, secretario». (96)

14. Tres canónigos para una misma canonjía

Más de un año antes de esta carta consiguió Calasanz un Breve de Clemente VIII, fechado el 17 de junio de 1594, por el que se le concedía una canonjía en la catedral de Barbastro, con la prebenda de magistral y penitenciario cuya pensión anual era de 170 ducados de oro. Había quedado vacante por la muerte de Jaime Spluga, ocurrida en marzo de 1594, mes papal. (97) No sabemos concretamente quiénes fueron los patrocinadores pero se puede pensar en todos los nombrados por Calasanz en ocasiones anteriores: Jaime de Palafox, Pedro Ximénez Murillo, Hércules Tassone, el cartujo anónimo y el Cardenal Marco Antonio Colonna.

Demasiado fácil le había salido. Con ello volvía Barbastro a cruzarse en su camino. Quizá dejó allí menos amigos de los que creía entre los canónigos. Pero, sin duda, fue testigo entonces de las desavenencias entre el cabildo y el obispo Felipe de Urríes acerca de la provisión de dignidades y canonjías vacantes en los meses del ordinario, que forzaron a un arreglo o concordia —como en Urgel en 1589—, en que se dispuso que «el obispo y el cabildo las proveyesen alternativamente, concurriendo ambos a la colación y nombrando vicario general del obispo al deán para este efecto y en ausencia de éste a su vicegerente. Sixto V confirmó esta concordia por su bula, dada en Roma en las calendas de mayo de 1585». (98)

Murió, pues, el canónigo Jaime Spluga en marzo de 1594. Era mes papal, pero según las bulas de la erección de la diócesis, de 1571, las prebendas de magistral, penitenciario y doctoral debían proveerse en concurso. Y así se hizo. Se presentaron tres pretendientes: los doctores Jaime Castillo, Pedro Latorre y Pedro Navarro. El 27 de abril se procedió a la votación. El obispo, don Miguel Cercito (1586-1595) se decidió por el doctor Castillo, pero la mayoría de los canónigos votaron al doctor Latorre, que tomó posesión de la canonjía. El tercer pretendiente doctor Navarro, quedó excluido. No obstante, siguió el desacuerdo y se recurrió al tribunal metropolitano de Zaragoza; pero sin esperar su sentencia, el doctor Latorre, disgustado por estas desavenencias, resignó su canonicato en manos del papa e ingresó en la orden de los capuchinos.

Mientras tanto, Calasanz, aconsejado y ayudado por sus protectores de Roma y cerciorado de que la colación del beneficio barbastrense pertenece al papa, por haberse producido la vacante en un mes Papal, pide y consigue que se le adjudique con fecha 27 de junio del mismo año 1594. Pero probablemente sabía ya por estas fechas, o se enteró en los meses siguientes, lo que estaba pasando en Barbastro. Y para defender sus derechos adquiridos contra intrusos y desobedientes obtuvo de la Santa Sede un «monitorio», firmado el 27 de septiembre por el protonotario apostólico, referendario de ambas Signaturas, auditor general de la cámara apostólica, juez ordinario de la Curia romana, etc., llamado Camilo Borghese (futuro Pablo V), cuyo valimiento sería más efectivo para hacer de Calasanz el Fundador de las Escuelas Pías de lo que fue ahora para convertirle en canónigo magistral de Barbastro. Un monitorio era un documento larguísimo, de estilo rimbombante y amenazador, cargado de censuras y excomuniones contra cualquiera que osara oponerse a las disposiciones de la Santa Sede, y que por su extremada gravedad solía lanzarse sobre todo contra reyes y emperadores, en situaciones desesperadas, quedando por ello normalmente ineficaz.

Con la firma todavía fresca, el mismo día 27 de septiembre, envolvió debidamente Calasanz el furibundo monitorio y lo expidió por correo a su cuñado de Benabarre, dándole instrucciones. Y a la vez, en el mismo correo, escribió al párroco de Peralta otra carta en la que le decía, entre otras cosas:

«Con el presente ordinario he imbiado a Pere Joan Blanch mi cuñado un monitorio del Auditor de la Cámara para que se me dé posesion de un Canonicato que vacó en la cathedral de Barbastro… y porque es menester sea eclesiástico el que lo tomare, me hará V. m. merced si el dicho mi cuñado le substituyere de acompañarle a dicha ciudad… Y si el Capítulo diere la posesión como yo confio que lo hará por no meterse a peligro de ser todos escomulgados y citados a Roma personalmente, v. m. se servirá en tratar por medio del Sr. Canónigo Luis Torres y de otros que me hazen amistad que me hagan presente hasta que yo vaya… La posesión no la pueden negar porque aunque recurran al Papa jamás los oirá que primero no obedescan al breve en virtud del qual se imbía el monitorio del Auditor de la Cámara…». (99)

Llegaron las cartas, pero el cura de Peralta no se quiso comprometer. Hubo que buscar nuevo procurador y desde Roma renovar el nombramiento. Aceptó don Pedro Vicent, prior de Roda, que fue Barbastro con Pedro Juan Blanch y presentó las bulas al cabildo el 14 de enero de 1595, luego el monitorio al intruso Castillo, y al rechazarlo éste y su procurador, lo presentó al cabildo el 4 de febrero. El monitorio cayó muy mal. Hubo protestas, sobre todo por parte del procurador del pretendiente doctor Castillo. Monitorio y bulas papales fueron tratados de obrepticios y subrepticios, porque la colación de la magistralía y penitenciaría era de derecho episcopal y no pontificio. El cabildo se dispuso a mandar a Roma un procurador para que justificara la reacción ante los documentos papales. (100)

15 Tercero y último fracaso: no será canónigo

Aprovechando el litigio, el marginado pretendiente doctor Navarro se va a Roma y presenta petición del canonicato, alegando que ‘todavía está vacante’ y aunque en un principio su colación competía al obispo y al cabildo, ha sido tan larga la controversia entre ambos que el derecho de nombramiento ha recaído en la Santa Sede, y con fecha del 9 de junio de 1595 el papa le concede la canonjía. Vuelve Navarro a Barbastro con bulas y amenazas. El cabildo las rechaza por las mismas razones que antes. Navarro protesta ante notario de la negativa, mandándole que reitere periódicamente la protesta para que no prescriba el derecho.

El 15 de agosto muere el obispo de Barbastro y su candidato y protegido doctor Castillo se siente desamparado. Por otra parte, la renuncia de su contrincante doctor Latorre y su entrada en los capuchinos deja ya sin sentido el pleito pendiente en Zaragoza. Emprende él también viaje a Roma para pedir allí la canonjía y su súplica hace notar que al morir Spluga hubo dos elegidos, es decir, él mismo y el doctor Latorre, que fue quien tomó posesión; pero sin esperar el veredicto de Zaragoza, resignó la canonjía en manos del papa, el cual tiene desde entonces el derecho de conferirla. Y, naturalmente, pide que se la conceda a él. Y el papa se la concede el 4 de diciembre del mismo año.

El pleito, sin embargo, se entabló ahora entre Castillo y Calasanz, marginándose de nuevo a Navarro. Pasaron otros ocho meses, y Calasanz vuelve a la carga dirigiendo una nueva súplica, en la que —al menos en la pluma del abogado que la escribe— se advierte un tono despectivo e injustamente diferenciante respecto a Castillo, (101) que refleja la tirantez y el exceso verbal a que se había llegado en este largo y lamentable pleito. Se dice que mientras están pendientes de la futura sentencia, ante la posibilidad de que se les niegue a ambos el derecho a la canonjía, ruega Calasanz que se la conceda a él de nuevo. Y se la concedieron el 27 de agosto de 1596. (102)

No desistieron los otros dos contrincantes, ni en Barbastro daban muestras de consentir en la investidura y mientras tanto seguían el pleito y los gastos. Pasó, no obstante, un año y medio, y a finales de 1597 llegaron los tres litigantes a un acuerdo: la canonjía se la quedó el doctor Navarro, el marginado, a quien Calasanz y Castillo cedieron sus derechos, reservándose una pensión anual de 30 ducados para Castillo y de 36 para José Blanch, sobrino de Calasanz, a quien daría además Navarro otros 60 ducados para resarcirle de los gastos del proceso. El papa aprobó la concordia el día primero de enero de 1598, aunque el breve se demoró hasta el 27 de mayo en que se le puso la data. (103)

¡Ironías de la vida! El doctor Navarro tomó posesión de la controvertida canonjía el 1 de agosto de 1598 y sólo la disfrutó un año. Murió el 4 de septiembre de 1599. Ni fue más afortunado Calasanz, pues ni su sobrino, el agraciado, ni su padre se preocuparon excesivamente por cobrar la pensión reservada, sufriendo las consecuencias el mismo Calasanz, quien había cedido la costosa pensión al sobrino con la salvedad de que «tuviese a bien —escribía al párroco de Peralta— que por tiempo de ocho años yo pudiese disponer de dicha pensión en una causa pía que yo tengo propósito de hazer». (104) La causa pía eran las Escuelas Pías que estaban ya en embrión. Pero no pudo cobrar ni un céntimo de aquella malhadada pensión, fruto de tantos sinsabores y desengaños, el último de los cuales lamentaba en la citada carta al cura de su pueblo: «… pues esta correspondencia tengo yo en mis deudos, sea dello bendito Dios… y holgaría que las bullas más presto viniessen a mano [de V. m.] que de mi cuñado o de mi sobrino porque de quien en tantos años no me ha valido cosa alguna no sé qué pueda pensar». (105)

Pero a estas alturas, cuando escribía estas cosas el 27 de junio de 1599, había tomado ya una decisión: no sería jamás canónigo, ni optaría por ningún otro beneficio residencial. Si llegaba alguno simple, lo aceptaría para poner en marcha aquella «obra pía» que llevaba entre manos, pero sólo si valía la pena. Y de todo ello había hablado ya con el datario, como le decía al párroco de Peralta en la referida carta:

«El Datario, sabiendo que yo no pretiendo beneficios de residencia, me ha ofrescido de darme simples como se ofresca la ocassión y assí habrá como un mes que sin pedírselo yo me imbió a dezir que me havía dado un beneficio de 80 ducados y después hallamos que no valía vente y assí le dije que lo proveyesse a otro que en otra ocassión me provehería a mí». (106)

Esa ocasión ya no llegó. Pero aún tenía que decir Calasanz su última palabra sobre canonjías.

Notas

1 PASTOR, vol.22, p.301. Nótese que en febrero de 1591 se estaba aún a mitad de la epidemia
2 Ib., n.2.
3 Ib., vol.24, p.344, n.1.
4 Ib., vol.22, p.302-307. El estado achacoso de Gregorio XIV le impedía enterarse personalmente del estado deplorable de la ciudad. Un simple párroco, en un discurso «ad Gregorium XIV P. M. de veritate dicenda», le decía: «Populus Romanus panis ac frugum precio in dies magis crescenti rerum penuria mendicare cogitur» (ib., p.304, n.4).
5 EGC II, c.4. El trigo debía salir de las tierras o reinos de Felipe II, particularmente de Sicilia, de donde se abastecía tradicionalmente incluso la Corona de Aragón. En diciembre de 1590 escribía Gregorio XIV carta autógrafa a Felipe II en demanda de trigo (cf. PASTOR, o.c., p.302). Quizás estas noticias dadas por Calasanz provenían de sus conversaciones con el camarero secreto del papa, don Jaime de Palafox, que en todos estos años hasta final de siglo, al menos, interviene en la importación de trigo en Roma (cf. J. LÓPEZ NAVÍO, ‘Ambiente histórico y social…’, p.232-235).
6 Cf. n.3 del c.5, aplicando el índice demográfico 5.
7 Cf. PASTOR, vol.24, p.344, n.3. Por «forasteros» se entiende no romanos.
8 Particularmente dos: el primero, Antonio Calasanz, que durante cuarenta años fue cantor de la capilla papal y decano de la misma al final de su vida. Fue prior de la Iglesia desde 1568 a 1570 (cf. Arch. de dicha iglesia, Libro 5, E, f.lv; Libro 1213, fechas: 3 de diciembre de 1568 a 1 de enero de 1570). En el ‘Liber mortuorum’ 1021 se lee: «a 6 juliol de 1577 enterraren mossen Antoni Calasanz, decano de la capella del papa». Su lápida sepulcral se encuentra hoy frente a las tumbas de los papas Borja. El segundo Calasanz fue el arcipreste y prior de Santa María del Romeral, de Monzón, sobrino y heredero del anterior, que asistió a su muerte y entierro y pagó unas mandas de su tío a dicha iglesia: «oy 6 de sept. de 1577 el sr. Bartolomé Calasanz, sobrino y heredero del redicho Antonio [Calasanz] ha pagado al sr. Matheo Corvera, clavario de la dicha iglesia [de Montserrat], a buena cuenta de dicha donación [de 600 escudos] 400 escudos…» para decir las misas que dejó encargadas Antonio Calasanz (ib., Libro 1637, f.19). Son notas inéditas dejadas por el P. J. López Navío. Cf., además, J. LÓPEZ NAVÍO, ‘Ambiente histórico y social…’, p.211-212; ID., ‘Testamento de Micer Juan Calasanz’, p.14 y 26; J. POCH, ‘El Fundador de las Escuelas Pías…’, p.389-390.
9 Cf. RegCal 13,23*.
10 Cf. PASTOR, vol.24, p.281.
11 Cf. ib., vol.22, p.169-260.
12 Cf. ib., vol.24, p.310-314.
13 Cf. ib., p.316-325, 343-353.
14 Cf. ib., p.301-306.
15 Cf. A. DELLA CORTE-G. PANNAIN, ‘Historia de la música’, Labor (Barcelona 1950) P.292 y 325; J. FORNS, ‘Historia de la música’ (Madrid 1948) t.II, p.58 y 180.
16 Cf. A. DELLA CORTE-G. PANNAIN, O.C., p.291; J. FORNS, o.c., p.61-65.
17 EGC II, c.3.
18 Cf. cap.9, n.4.
19 BERRO I p.67.
20 Cf. TALENTI, ‘Vita’, p.33; BAU, BC, p.207. En la traducción excesivamente libre del texto de Berro introduce Bau el nombre de «D. Baltasar» donde Berro dice solo «Sr. Canónigo».
21 «In tempo che non ancora habitava in palazzo di detto Emmo.», sino que «era di camerata con un Canonico spagnolo, comorante nella piazza de’ S. Apostoli» (BERRO I p.67).
22 En 1581 estuvo ya en Roma, siendo canónigo de Gerona, según consta en el ‘Libro de difuntos’ de la Iglesia de Montserrat, donde fue enterrado Francisco Castello el 17 de marzo de 1581, estando presentes entre otros «lo revd. mossen Baltasar Compte, canonge de Sant Feliu de Girona» (cf. J. LÓPEZ NAVÍO, ‘Ambiente histórico y social…’, p.239). Obtuvo luego una canonjía en Tarragona y en 1591 volvió a Roma, comisionado por su cabildo para solucionar un pleito en la Auditoría de la Rota, que duraba ya años, entre la ‘Mensa’ arzobispal y cabildo tarraconenses por una parte y el municipio de Reus (de donde era natural Compte) por otra. Abusó de su oficio, obteniendo la encomienda la abadía de Bagá, malversó fondos de la iglesia tarraconense, pleiteó con su cabildo y le fueron secuestrados los frutos o emolumentos de su canonjía. Volvió en 1595 a Tarragona y sus violentas reacciones le merecieron ser encerrado en el calabozo del cabildo (cf. J. POCH, ‘Mossén Josep Calassanç a la diócesi d’Urgell’: Cat 195 [1977] 34). Fue luego nombrado subcolector de los espolios y derechos de la Santa Sede en su diócesis, pero no fue administrador fiel y se le instruyó nuevo proceso en 1602-1603, del que hablan en su correspondencia el Nuncio en España y el Cardenal Secretario Aldo Brandini y se habla del «carácter turbulento del subcolector Compte», «cargos contra el abad Balthasar Compte», «abusos en el cobro de cuentas y salarios», «sumario de partidas defraudadas por el subcolector» (cf. J. LÓPEZ NAVÍO, o.c., p.239-240). Otras ticias en J. POCH, ‘Baltasar Compte, canonge del capítol de Tarragona’: Cat 218 (1979) 16-30.
23 Cf. J. POcH, o.c., p.28.
24 Poch afirma: «Gairebé cinc anys (159 1-1595) romangué Compte al palau dels Colonna» (I.c., p.34). Se le atribuye un tratado, precisamente sobre rentas eclesiásticas, titulado ‘De Ecclesiasticorum redituum origine ac jure’, que otros dicen ser de su pariente Antonio Marsilio, llamado el Colonna de Bolonia, a quien el Cardenal cedió el arzobispado de Salerno (cf. ‘Biografía eclesiástica completa, t.IV, p.22).
25 Cf. Rass 26-27 (1957) 81-82.
26 Cf. EphCal 2 (1959) 58.
27 T. C. 1., ‘Guida d’Italia del T. C. L Roma e dintorni’ (Milano 1965) p.257.
28 Cf. el texto citado en EcoCen 13-14 (1949) 23. También en Montserrat ocupó una habitación semejante «desde donde con mucho gusto espiritual oía la misa que una capilla de enfrente se cantaba todos los días al amanecer» (‘Breve Notizia’: BAU, RV,p.11. Cf. BERRO I, p.59).
29 Cf. T. C. I., o.c., p.259.
30 Cf. BAU, RV, p.12; BERRO I, p.67.
31 Cf. BAU, BC, p.209.
32 Ib., p.210. Véanse además los testimonios de don Pedro de Massimi, H°. F. Noberano, PP. Morelli, Fedele, Biscia, Bianchi y Armini (cf. ib., p.209-213).
33 Cf.PA5T0R, vol.16, p.327 y vol.21, p.214, respectivamente.
34 Cf. BAU, BC, p.207-213.
35 Cf. el documento pontificio, firmado el 4 de marzo de 1591, en PASTOR, vol.22, P.379, doc.45.
36 Cf. PASTOR, vol.22, p.266-271 y 283-287. Durante el último largo cónclave, que duró 57 días, los partidarios de la candidatura del cardenal Simoncelli hicieron uso y abuso de la famosa «Profecía de Malaquías», para forzar su elección, sin conseguirlo. Fue editada luego en Venecia en 1595 (cf. ib., p.293).
37 Cf. PASTOR, o.c., p.266 y n.2.
38 Cf. PASTOR, vol.24, p.294.
39 Ib., p.345.
40 Cf. CIAC0NIUS, ‘Vitae et res gestae Pont. Rom et S. R. E. Cardinalium’, vol.III c.946; MORONI, ‘Dizionario Eclesiastico’, vol. 13-14, p.305; ‘Biografía eclesiastica completa’, t.IV, p.22.
41 Cf. PASTOR, vol.21, p.227.
42 ‘Index librorum prohibitorum. Romae. Apud Impressores Camerales. Cum Privilegio S. Pontificis, ad Biennium. MDXCVI’.
43 Cf n.30 anterior.
44 Texto italiano de la declaración hecha en 1678 por el P. Silvestre Bellei (RegCal, 2,6) en A. GARCÍA-DURÁN, ‘Itinerario espiritual…’, p.51-52, n.357. Los PP. conventuales eran Jacobo Montanari de Bagnacavallo y Santi Sala de Rimini, de los que hablaremos luego.
45 Véanse las declaraciones de Pedro de Massimi, P. Scassellati, Laura Caetani, H° Noberano. P. Morelli, P. Fedele, P. Biscia (BAU, BC, p.209-210).
46 «… a más de la asistencia que prestaba a la educación de los nepotes del Cardenal Colonna. El cual tenía en tal concepto al Siervo de Dios, que tenía mandado a sus sobrinos no entrar ni salir de casa sin besarle a él la mano» (P. Bianchi, en 1690). «… se le asignó también el cargo de Padre espiritual de sus sobrinos, que no salían ni entraban sin licencia. Y entonces empezó a llamarse el P. José» (Armini en 1691. Pero en 1686, cuando escribió su ‘Vita’ nada dice de esto, además de confundir a ambos cardenales, Marcantonio y Ascanio; cf. o.c., p.45-46 y 76). «… quei medesimi Signori [Colonna] dati sopra sotto la sua custodia, non ardivano mai uscir di casa se prima non andavano dal medesimo Servo di Dio a prender la beneditione» (P. Benito Quarantotto, en 1690). Cf. los dos primeros textos en BAU, BC, p.213, y el tercero en A. GARCÍA-DURÁN, o.c., n.356.
47 Cf. Breve Notizia (texto de la n.30 anterior); «et ordinó al Principe suo nepote, nell’uscire e ritornare in palazzo fosse sempre a baciar la mano al nostro D. Giosepe» (BERRO I, p.67).
48 «… gli esibi la istruzione spirituale del Principino D. Filippo Colonna, suo pronipote, nella cristiana pietá» (TALENTI, ‘Vita’, p.34 y 35, 36, 46, 49); «la cristiana istruzione spirituale del giovinetto Principe D. Filippo Colonna suo pronipote…» (Tosetti, ‘Compendio’, p.31).
49 Cf. BAU, BC, p.207-208; J. LÓPEZ NAVÍO, ‘Ambiente histórico…’, p.241.
50 Dice el P. Quarantotto en el proceso de 1690: «mi ricordo che ogn’anno essendo soliti di venire alla festa di San Pantaleo li medesimi Sig. Contestabile et altri della Casa Colonna di quel tempo cognitamente e con fiocchi, mai si partivano se prima non riverivano e bagiavano le mani al Servo di Dio Padre Fondatore, raccomandandosi alie sue orazioni, e ció facevano o in Sagrestia se ivi lo trovavano o pure nella sua Camera andandovi a posta ad usargli quest’atto di riverenza e di stima» (A. GARCÍA-DURAN, o.c., p.51, n.356).
51 «Don Giuseppe Calasantio, Sacerdote della diocesi de Urgelle in Casa del Illmo. Cardinale Colonna a dí 18 luglio 1599» (‘Nome de Fratri della Compagnia di S. Francesco’, 1594-1661, f.47, G, cit. en G. SÁNTHA, ‘Operositas atque industria Calasanctii in Archiconfraternitatibus. SS. Stigmatum…: EphCal 9-10 [1959] 328-329).
52 Cf. cap.5. n.9.
53 Cf. J. LÓPEZ NAVÍO, ‘Ambiente histórico…’, p.243-249 PASTOR, vol. 25, p.6-12, 24-32.
54 Al hablar del traslado de las escuelas al Palacío Vestri dice: «e questo é necessario che fosse del 1602…» y «in questa casa [Palacio Vestri] si trasferi del tutto il Nostro O. Giuseppe Calasanz, lasciando il Palazzo del Emo. Ascanio Colonna» (cit. por A. GARCÍA-DURÁN, o.c., p.96, n.490-491).
55 Entre los recientes cf. BAU, RV, p.92; A. GARCÍA-DURÁN, o.c., p.96.
56 Cf. cap. 9, n.4.
57 Cf. carta completa en Cat 195 (1977) 43.
58 Cf. J. POCH, ‘Tria documenta urgellensia episcopi Andreae Capilla’: EphCa 3 (1968) 110-121. Además del documento de fundación y dotación de Capilla (10-11-1599) y el legado testamentario de Janer, se publican dos fotografías de lo que fue antaño el llamado «Colegio de San Andrés», de los Jesuitas.
59 Cf. P. PUJOL I TUBAU, ‘Estatut de regim interior del Seminari de la Seu d’Urgell (any 1600): Obra completa’, p.179.
60 Cf. Cat 195 (1977) 42.
61 En el acta de fundación (10-11-1599) consta de hecho la licencia obtenida del P. General, Claudio Aquaviva (cf. J. POCH, ‘Tria documenta…’, p.117).
62 Cf. Cat 195 (1977) 32.
63 Ib.
64 «No hemos encontrado hasta 1862 ningún testimonio de que algún obispo de la Tarraconense cumpliese personalmente la obligación de la visita ‘ad limina’. Las excusas son de muy diverso género y pueden presentarse en forma de cartas del obispo al papa o en el siglo XVI - XVII en forma de atestado médico de falta de salud» (J. M. MARQUES, ‘Relationes ad limina de la Provincia eclesiástica tarraconense en el Archivo Vaticano’. Anal. Sacra Tarrac. 47 [1974] 212, n.10).
65 Puede corroborar nuestra sospecha este párrafo de una carta del duque de Sessa, muy pertinente: «Mandó su Santidad que los Cabildos envíen a sus negocios personas que no estén obligadas a residencia y ‘que los muden más a menudo’…» (Cat 195 [1977] 41)
66 «No es gens d’estrany que moltes vegades es posás enfront del bisbe de torp, i encara que la correspondéncia escrita fos normalment respectuosa, el capítol sovint esdevenía fiscal i martell del bisbe, i es considerava el representant de l’església d‘Urgel pel seu caracter permanent» (L ROURERA ‘Pau Duran’ (1582 1651) [Barcelona 1987] p.28).
67 «Mossén Pere Pujol afirmava que la partença a Roma de Calasanz s’havía d’atribuir a dificultats amb lo capítol. Potser Capilla el volía canonge per contrarrestar la influencia d’altres» (ib., p.29).
68 Cf J POCH ‘S José de Calasanz y seis obispos españoles’: RevCal 12 (1957) 169-171; ID., ‘S. José de Calasanz «Oficial eclesiástico» de la villa de Tremp’: AnCal 4 (1960) 326,329,341 (n.42); Rass 26-27 (1957) 76.
69 «… qui quidem visitatores… deprehenderunt canonicos ipsos gravissimis morbis laborare ac vitam licentius agere multaque passim contra Regulae observantiam ad mittere ac denique canonicalis disciplinae nedum normam sed ne quidem ullum illius vestigium usquam retinere… ut in illis… iam nulla prorsus supersit spes fructuosae reformationis» (‘Bullarium Romanum’ IX p 580 584)
70 Ib. Una traducción casi íntegra de esta Bula puede verse en D. COSTA Y BOFARULL, ‘Memorias de la ciudad de Solsona y su Iglesia’, ed. Balmes (Barcelona 1959), Vol. I, p.328-329.
71 Cf. ‘Bullarium Romanum’, IX, p.609-613.
72 Cf. ‘Diccionario de Historia Ecles. de España’, vol. IV, p.2503.
73 Cf. D. COSTA Y BOFARULL, o.c., p.335 y Apend. XXIX.
74 Ib., p.336. Entre esos fines habría que colocar la fundación del colegio de jesuitas y del Seminario Conciliar.
75 Ib., p.336-339.
76 Ib., p.344-346.
77 EGC II, c.3.
78 En el ‘Libro de Matrimonios de Benabarre’, 1°, f.3, se lee: «En 10 de septiembre de 1567 fueron desposados… el magnífico Ramón Calasanz con Gracia Scala…». El P. LÓPEZ NAVÍO, basado en esta noticia, propone la hipótesis —muy verosímil— de que el Escala nombrado por Calasanz fuera hermano de la desposada, con lo que se descubre cierta relación de parentesco entre los Calasanz y los Scala de Benabarre. Pero aun sin parentesco, fácil es relacionar a José Calasanz con el camarero Escala, tanto si lo conoció personalmente en Benabarre como si llevaba sólo recomendaciones cuando partió para Roma. Es probable que Escala se volviera a España al morir el papa de quien había sido camarero (cf J. LÓPEZ NAVÍO, ‘Ambiente histórico…’, p.225).
79 Ib., p.229-238. Apenas elegido papa, Clemente VIII nombró varios camareros secretos, según costumbre, y entre ellos hubo tres más estrechamente ligados al servicio del pontífice, que fueron Francisco de Dietrichstein y Guido Bentivoglio, ambos futuros cardenales, y el aragonés Jaime de Palafox, mal llamado Palafei por Pastor (cf PASTOR, vol.23, p.57-58). Dietrichstein fue más tarde muy amigo de Calasanz e introductor y gran protector de las Escuelas Pías en Germania, lo cual hizo suponer a algunos autores que él había sido el «camarero secreto» nombrado en la carta de Calasanz (cf BAu, BC, p.214; BAU, RV, p.66; L. PICANYOL, EGC II, p.32). Aunque no se pueda negar categóricamente la hipótesis, parece más aceptable que se tratara de Palafox por lo que diremos después. Era muy estimado por el papa, como lo prueba el hecho de haber sido por dos veces comisionado para entregar la birreta roja a los cardenales españoles Bernardo de Rojas y Sandoval en 1599 y Antonio Zapata en 1604, además de encargarle durante varios años las gestiones para conseguir trigo de los graneros de España (cf J. LÓPEZ NAVÍO, l.c.).
80 En uno de sus viajes a España tuvo un hijo natural, nacido el 24-6-1600, y llamado don Juan de Palafox y Mendoza, a quien reconoció y legitimó después de casarse con Ana de Blanes. Fue el famoso y controvertido obispo de Puebla de los Ángeles (Méjico) y luego de Burgo de Osma, acérrimo adversario de los jesuitas, escritor ascético, cuyo proceso de beatificación fue incoado. El segundo marqués de Ariza fue también Comendador de la Orden de Santiago (cf L. DE SALAZAR Y CASTRO, ‘Los comendadores de la Orden de Santiago’ [Madrid 1949] vol. I, p.135-136).
81 Las dos cartas de Calasanz al marqués véanse en EGC VIII, p.451-453; EphCal 2 (1954) 39-41; EphCal 1 (1965) 6-10. De ellas se deduce que el marqués escribió a Calasanz al menos tres cartas, hoy perdidas. Aunque no aceptan decididamente que se tratara de Palafox en vez de Dietrichstein, como hace López Navío, lo consideran probable A. García Durán (o.c., p.47, n.343) y Sántha (EphCal 1 [1965] 8).
82 En el Libro de sesiones de la Congregación de la iglesia romana de Montserrat aparece varias veces desde 1593 a 1604 «el secretario Pedro Ximénez Murillo», «Dms. Petrus Ximenez Murillo secretarius legationis catholicae» (cf J. LÓPEZ NAVÍO, o.c., p.227-228). Aparece también en documentos vaticanos (cf, por ejemplo, PASTOR, vol. 23, p. 496, doc. 50). Volvió a Zaragoza, donde ya en 1605 aparece casado con una hija del Justicia de Aragón, don Urbano Ximénez de Aragües (cf J. LÓPEZ NAVÍO, o.c., p.228, n.20).
83 El datario preparaba y fechaba la concesión de gracias, especialmente beneficios y dispensas. Sasso fue nombrado por Urbano VII y ejerció hasta noviembre de 1593 en que Clemente VIII le hizo cardenal (cf Hier.Cath. IV, 4; MORONI, ‘Dizionario, art. Dataria y Sasso’; J. LÓPEZ NAVÍO, o.c., p.22).
84 Picanyol hizo pesquisas en los libros del archivo capitular de Urgel sobre las vacantes y nuevos nombramientos de canónigos desde fines de 1591 y todo el primer semestre de 1592, pero no sacó nada en limpio (cf EGC II, p.32).
85 Fue primero embajador en Roma del duque de Ferrara; abrazó luego el estado eclesiástico y Gregorio XIV le nombró mayordomo de palacio en 1591, donde se mantuvo, habiéndole creado Clemente VIII nada menos que Patriarca de Constantinopla. Murió el 17 de diciembre de 1597 (cf. MORONI, o.c., vol. 41, p.262, y PASTOR, vol. 23, p.57).
86 Cf. F. ORTÍ Y FIGUEROLA, ‘Memorias históricas de la fundación y progreso de la insigne Univ. de Valencia’, p.273.
87 Existe relación entre los cardenales Colonna y los Tassone, pues ya en 1597 el poeta Alejandro Tassone era secretario del Cardenal Ascanio en Roma, y luego le sigue a España cuando Ascanio es nombrado Virrey de Aragón (cf. J. LÓPEZ NAVÍO, o.c., p.239).
88 EGC II, c.37.
89 La colación del beneficio dependía del mes en que había muerto su poseedor, quedando a merced del papa las vacantes en ciertos meses y las otras a merced de las diócesis: «Regula nona Cancellariae Apost. reservantur Romano Pontifici certa officia. v.g. canonicatus ecclesiarum cathedralium octo mensibus papalibus, i.e., Jan., Feb., Apr., Mai., Jul., Aug., Oct., Nov. vacantia. In favorem Episcoporum residentium (id quod nostra aetate sine dubio regulariter obtinet) simpliciter alternativa mensium inter Rom. Pontificem et Episcopos est introducta, ita ut Rom. Pontifici collatio competat mensibus Jan., Mart., Maii, Jul., Sep., Nov., reliquis autem mensibus episcopis sit propria» (F. X. WERNZ, ‘Jus decretalium’ [Roma 1899] t.II, p.454). Las ‘Regulae Cancellariae Apost.’ fueron reducidas a 72 por Nicolás V y cada papa solía promulgarlas al día siguiente de su elección. La recordada era la ‘Regula nona’.
90 Respecto a este canonicato escribe Picanyol: «… i documenti d’Urgelle da me consultati intorno a siffatto canonicato non sono concordi, almeno a prima vista, con le parole del Calasanzio. Dal citato ‘Liber conclusionum’ d’Urgelle appare che il canonico Maciá de Sorribes morí a Puigcerdá negli ultimi giorni di giugno e la vacante fu coperta fi 12 aprile 1593 nella persona di Giacomo Baget, in virtú di bolla emanata da Clemente VIII; si vede, quindi, che la provista del canonicato fu effettivamente di competenza del Papa, e non giá dell’Ordinario» (EGC II, p.38). Lo que se ve es que de hecho hay una bula papal de concesión, pero no que fuera de competencia papal, pues el mes de junio era mes del ordinario. La anomalía tiene que tener otra explicación. Quizá hubo conflicto entre el obispo y el cabildo —a pesar del acuerdo de que hablaremos— y se recurrió a Roma para que decidiera. Es sospechosa la demora, pues si en noviembre de 1592 se le niega a Calasanz la canonjía, ¿por qué no se adjudica hasta abril del año siguiente? Algo similar ocurrió más tarde en Barbastro respecto a una canonjía disputada y requerida también por Calasanz: «Jus collationis eiusdem —e sententia oratoris— principio Episcopus et Capituium communiter habuere; ast discordia inter Episcopum et Capitulum de eodem canonicatu conferendo exorta, vacatio canonicatus adeo est protacta, ut omne ius conferendi ad Sanctam Sedem sit devolutum» (EphCal 6 [1957] 141). Tampoco acierta Poch al decir que Sorribes murió «a finals de 1592 o els mesos de gener-octubre de 1593» (Cat, 195 [1977] 34), pues la carta de Calasanz es del 25 de noviembre de 1592 y habla, lógicamente, de la muerte de Sorribes.
91 Cf. Cat 195 (1977) 32.
92 Cf. G. SÁNTHA, ‘Primum beneficium ecclesiasticum a S. Josepho Calasantio in Urbem ingresso obtentum’: EphCal 11(1960) 306-3 12.
93 En el ‘Llibre dels benifets’ de la diócesis de Lérida, a la que pertenece Fraga, consta que los Agostí presentaban para el «Beneficium S. Mariae Veteris in Ecclesia S. Petri Ville Frage» y el «Beneficium Sancti Martini et Augustini…». Desde 1485 a 1576 (el libro termina en 1590) presentan: Francisco Agostí, Gaspar Agostí, Juana Agostí, Melchor Agostí, Isabel Agostí, Felipe Agostí y Vicente Agostí (cf. J. POCH, o.c., p.36). Además, el 25 de agosto de 1563 poseyó el mismo beneficio de Calasanz otro personaje ya conocido, el cantor papal Antonio Calasanz, enterrado en la iglesia romana de Montserrat, del que ya hemos hablado.
94 Recuérdese que en Urgel por sus cargos de secretario del cabildo y maestro de ceremonias recibía 60 escudos anuales y gastaba 70 por su pensión completa y la de su criado en casa Janer.
95 En las Constituciones de los carmelitas descalzos italianos, en 1597, introdujeron el voto «de no pretender dignidades eclesiásticas» y definían Roma como «omnium ecclesiasticarum dignitatum parente» (cit. en A. GARCfA-DURÁN, o.c., p.31, n.286).
96 Cit. en J. POCH, o.c., p.42. Véanse textos de cartas del rey pidiendo beneficios en 1592 y 1593, así como al conde de Chinchón dos meses antes de la citada carta real (ib., p.41-42).
97 Cf. la súplica de Calasanz y la concesión pontificia en G. SÁNTHA, ‘De canonicatu Barbastrensi a Sancto Josepho Calasanctio obtento’: EphCal 6(1957)147, n.10. La Bula de nueva erección de la diócesis (18 de junio de 1571) «instituye dos arcedianatos con los títulos de Barbastro y Funes, y dos canonjías, ‘una con título de lector y penitenciario para un maestro en sagrada teología’ [que es la concedida a Calasanz], y la otra con el de doctoral para un doctor en derecho canónico, las cuales debían proveerse en concurso, con arreglo a las disposiciones vigentes, y dota con doscientos escudos a cada una de estas cuatro prebendas. Con arreglo, pues, al nuevo plan, la iglesia catedral debía componerse de las cuatro dignidades susodichas, de trece canónigos, un vicario y doce racioneros» (‘España Sagrada’, t.48, p.45).
98 Ib., p.50. La tirantez conflictiva entre obispo y cabildo es característica en toda esta segunda época (1571-1851) de la diócesis, como escribe A. Lambert al definirla como «modeste diocése pyrénéen où la restauration du culte, la réorganisation des ressources des églises, ‘la résistance traditionnelle’ —pas toujours couronnée de succès— aux prétentions du chapitre semble surtout avoir retenu l’attentiofl de ses évèques» (‘Dict. d’Histoire et Géogr. Ecciés.’, vol. VI, c.608).
99 EGC II, c.6. El texto latino íntegro del monitorio en EphCal 4 (1950) 106-112, y la traducción de la primera mitad en C. BAU, ‘Historia de las E. Pías en Cataluña’ p.70-71.
100 Cf. BAu, RV, p.67-68. Quizá esta actitud envalentonada del cabildo se apoyara precedentes como el que revela esta carta de Felipe II a su embajador romano, el duque de Sessa, fechada el 20 de mayo de 1592: «huvo en essa Corte quien impetró surepticiamente los dichos Arcedianatos y Canonicatos de la catedral de Balbastro… Y después se han ido continuando algunas otras pretensiones y diferencias entre los impetrantes y los nombrados por mí… Ultimamente se sabe que uno… ha traydo sus Bullas y presentádolas al Official del Obispo de Balbastro. Haviendo tenido yo noticia dello, he mandado escrivir al dicho Obispo y a su Cabildo, que no se dé la possessión, ni se executen las Bullas… Que se revoquen las gracias de estas prebendas obtenidas surepticiamente y que se provean en las personas que he nombrado o nombraré… Pondréis la mano en que no se proceda contra el Obispo y Cabildo de Balbastro por la oposición havrán puesto a la execución de las Bullas que presentó Francisco Espluga» (J. POCH, ‘Mossèn Josep Calassanç a la diòcesi d’Urgell’: Cat 195 [1977] 46-47).
101 Se ha entablado pleito «’inter devotum’ Sanctitatis Vestrae oratorem Josephum Calasans ‘presbiterum’ Urgellensis Civitatis vel diocesis in sacra theologia magistrum ex una et quemdam Jacobum Castillo assertum clericum, partibus ex altera… oratori vestro apostolica, adversario vero predictis ordinaria auctoritate provisum seu quoad fructum ordinarium provideri mandatum existit» (G. SÁNTHA, o.c., p.148, n.11). También Castillo era ‘presbítero y doctor’ y tenía bula ‘apostólica’ de provisión, y no sólo aprobación ‘ordinaria’ de su obispo.
102 Cf. súplica y concesión en ib.
103 Ib., p.149-152, n.12. En el documento se declara también que el sobrino de Calasanz, José Blanch, gozaba ya de dos beneficios no residenciales, cuyos frutos anuales eran de 24 ducados de oro uno de ellos en Benabarre (Lérida) y de 60 escudos el otro en Eresue y Sos (Barbastro).
104 Carta fechada el 27 de junio de 1599 (EGC II, c.7).
105 Ib. Para todo este largo tema de la canonjía de Barbastro el estudio mas documentado y definitivo es el de Sántha, cit. en la n.97. Con las luces que aporta quedan condicionados los anteriores de Picanyol (EphCal 4 [1950] 103-105; EGC II, p.41-44) y de Bau (BC, p.217-221; ‘Historia de las E. Pías en Cataluña’, p.69-73), e iluminados los posteriores de Bau (RV, p.66-70) y de A. García-Durán (o.c., p.45-65).
106 EGC II, c.7.



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Chapter 7 Bankruptcy
Abr 14, 2012 13:07

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