Reflexión - Written by Archivo Calasanz on Jueves, Marzo 4, 2010 12:03 - 0 Comments
MAESTRO
En la escuela se dignificó la presencia de los padres de familia al darles, junto con el estado, autoridad para participar en la toma de decisiones en la vida colegial – como debe ser -; también a los alumnos estableciendo los derechos y deberes de los niños y jóvenes, se les protegió ante cualquier abuso – bien hecho -. Pero en este proceso, el maestro, el único que realmente educa, el único que está frente al alumno horas y horas, ha estado marginado, quedando como el pato de la fiesta. A lo mejor este ser el ‘pato de la fiesta’ de los maestros es una de las causas de la debilidad de la educación pues la educación será lo que sean los maestros.
Todo lo que se haga por dignificar al maestro, de darle el respeto que merece, contribuye a la calidad de la educación en mayor grado que los planes educativos. Hablar de calidad de la educación, es hablar de calidad de los alumnos, que es hablar del nacimiento de una sociedad de más calidad.
Al releer los papeles que Calasanz guarda en sus alforjas facilmente nos damos cuenta que la dignidad del maestro es una de sus preocupaciones más sentidas. Critica a los que no quieren dar clase por ser ofensivo a su dignidad; en cuanto puede corrige esa atitud y siempre ensalza la dedicación a los alumnos pues es un trabajo propio de ángeles y aun de la Madre de Dios.
Les cuento una historia. Es historia tal cual, así ocurrió. Quizá no ocurrió con todo el barroquismo con que lo contaré. Pero ocurrir, ocurrió.
Corren los años 80. Nicaragua – junto con otros pueblos de Centroamérica -, está siendo destrozada por la violencia. Es la guerra de la contra. En Managua apenas se nota. Sólo, pero también ni más ni menos, las levas forzadas de jóvenes, el éxodo de estos – la creación del Hogar Calasanz en Costa Rica para acogerlos -; los ataúdes que bajan de la montaña, el sufrimiento de las familias, las misas de difuntos. En la montaña, en las pequeñas rancherías, en los ranchitos aislado, allá donde el campesino está solo, allí sí estalla la violencia con todo el esplendor de sus sádicas filigranas. Unos y otros esquilman al campesino; convierten en invivible su vida. El campesino siente la muerte siempre, constantemente, día y noche, pagada a él como su sombra. No queda más que marcharse para salvar la vida propia y de lo que le queda de familia; hay que cruzarse a Costa Rica, ir un campo de refugiados.
Comida, techo, seguridad, salud lo tiene, pero ha perdido su nombre. Ha perdido sus raíces, aquellas que lo situaban en el mundo, su mundo, y con ellas la conciencia de lo que es. Ha perdido su tierrita, poca, áspera, de espeque pero que maneja con habilidad metiendo entre piedra y piedra la semilla de maíz, de frijol que fecundan su pedregal; su ranchito, poca cosa, paredes de taquezal, techo de paja, pero es el ranchito que el construyó, donde ama – amó - a su esposa y nacieron sus hijos; ha perdido los senderos que lo introducen en el misterio de la montaña, su montaña, sus montes, sus quebraditas; los valles pintados por el blanco amarillento sonrosado y azul del sacuanjoche, del amarillo salvaje de la caña fístula, el roble con sus flores moradas y la rojas del malinche; su sol, sus reflejos, sus noches, sus lluvias, sus sequías, sus fantasmas; su hambre, sus dolores, sus alegrías, pocas pero alguna hay; sus amigos, sus enemigos; sus muertos tan recientes. Ha perdido todas sus referencias y no sabe quién es. Ha perdido su Nombre.
En el campo de refugiados, en este y en todos, los maestros ticos se preocupan que haya escuela, que sus alumnos mantienen en todo material que se necesite. Maestros voluntarios se responsabilizan de ellas. Los niños refugiados aprenden a leer y escribir.
Una niña, emocionada ante el primer fruto de su esfuerzo, va corriendo a enseñárselo a su papá:
“Mire, tata, SU nombre”. “Que alegre que ya sepa escribir ‘su’ nombre”. “No, tata, no es mi nombre. Es SU nombre”.
Y el nica lloró.
Hasta aquí la historia
Está claro que el nica no oyó a su hija. Ésta desde el principio le dijo claramente que era ‘su’ nombre, el de él. No es extraño que no oiga pues está eximismado, perdido en su mundo vacío. La alegría de su hija lo trae de vuelta y aún alcanza a oír … ‘nombre’ y debió pensar, lógicamente, que era su nombre, el de su hija. Ella es la que está aprendiendo a escribir, razona. ¿Quién iba a pensar otra cosa? Pues, no, tata, es SU nombre. Entonces, al devolverle su nombre, la niña recrea a su tata anclándolo en la realidad nueva, dolorosa pero que le da la oportunidad de empezar a construir su historia nueva.
En este ambiente de violencia, donde todo dialogo esta excluido, que no hay más solución que aniquiliar al contrario, al enemigo. Al enemigo lo primero que se la mata es su rostro, su nombre. Primero se le convierte en anónimo, a- nónimo, carente de nombre para matarlo sin tener que mirarle a los ojos. Multitud de gente anónima es sacrificada al poder/capital, el nombres del dueño del mundo ante el cual los otros nombres quedan anulados. En medio de esta radical incomprensión, un maestro y una niña anónimos, a – nónimos, carentes de nombre, se atreven a enseñar/aprender a leer/escribir sembrando así en medio de tanto absurdo una esperanza. Solo aprenden/enseñan a leer/escribir los que saben, a pesar de las apariencias, que solo es posible el mundo vivido como red de fraternidad, lo que hace necesarias las herramientas que la construya. Con lo que nos dan un nuevo nombre, nombre de persona entre personas. El nombre que la violencia nos arrebata nos lo devuelve el aprender/enseñar a leer/escribir.
Para terminar un recuerdo de aquel, el buen Chus, que en la muerte perdió su nombre; pero en su recreación se le entregó un Nombre por encima de todo Nombre ante el cual toda rodilla se dobla en el cielo y en la tierra. Amén
Gracias por la paciencia
Manolo
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