Sacerdocio escolapio - Written by Archivo Calasanz on Miércoles, Mayo 19, 2010 9:57 - 0 Comments

EL SACERDOCIO ESCOLAPIO; 4. Sacerdocio escolapio

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El sacerdocio escolapio hoy.
Cómo vivir el ministerio en la escuela.
(Madrid-Valencia; Abril, 2010)
Carles Such

4. Sacerdocio escolapio

Pero ya hemos comentado en otras ocasiones que debemos distinguir ‘lo calasancio’ de ‘lo escolapio’. Lo primero hace referencia a la experiencia concreta de José de Calasanz y su deseo de transmitirlo. Lo escolapio es la concreción de esa ‘recepción’ a lo largo del tiempo. Lo calasancio es fijo, siempre está ahí de la misma manera. Lo escolapio está en constante cambio y evolución merced a la vivencia de cada generación en su tiempo concreto.

La segunda o tercera generación hizo lectura e interpretación del carisma legado. Así los siglos XVIII y XIX. No hay tiempo de desarrollar cómo en estos siglos se han situado los escolapios y vivido su ministerio sacerdotal.

Nosotros, todos nacidos en el siglo XX, hemos de enmarcar nuestro ministerio en este siglo y el que ahora nos toca vivir.

Concilio Vaticano II

Al igual que hemos hecho con Calasanz hemos de hacer con nuestro tiempo. Si queremos presentar un marco donde vivir nuestro ministerio sacerdotal hemos de hacerlo inexcusablemente, al menos, desde la perspectiva del Vaticano II. Todo lo emanado en el Concilio es susceptible de ser acogido y llevado a la práctica, pero si hemos de centrarnos en el sacerdocio ministerial nos centramos en dos documentos: la Lumen Gentium y la Presbiterorum Ordinis.

La LG es el documento quicio y fundamento de todo el Concilio. Es la materia prima de cómo hemos de vivir nuestra fe en los tiempos actuales. Por ello, tras la presentación de la Iglesia como Misterio, aparece la clave de todos los ministerios y estilos de vida que hay o puedan surgir en la Iglesia: la categoría de ‘Pueblo de Dios’. Y es aquí donde hemos de situar el ministerio sacerdotal. Y no debemos caer en la trampa de acudir a la hª para ahondar en el pueblo de Israel y sus entramado relacional. Este ‘Pueblo de Dios’ del que habla el Vat. II es el nacido de la Pascua de Jesús: donde ya no hay esclavo ni libre, varón ni mujer, ni judío ni griego… es decir separación o segregación por motivos de dignidad humana, sino que la única distinción se hace a partir de servicios distintos pero complementarios. Es aquí donde entra la segunda categoría que depende estructuralmente de la anterior: el Cuerpo de Cristo.

Por aludir a algunos aspectos concretos, me centro en algunas afirmaciones que hace el Concilio al referirse específicamente a los sacerdotes en la PO.

El Decreto Presbiterorum ordinis - PO - nos da una clave nada más empezar:

PO 1: Lo que aquí se dice se aplica a todos los presbíteros,
en especial a los que se dedican a la cura de almas, haciendo las salvedades debidas con relación a los presbíteros religiosos.

Con lo cual, el Concilio considera el ministerio sacerdotal en la VR con determinadas peculiaridades que no lo asimilan al ministerio ejercido por la cura de almas. Yo afirmaría que en una lectura amplia de todos los documentos, el sacerdocio ministerial en la VR queda sometido a la consagración religiosa, tanto en su ejercicio como en su identidad.

Destaquemos algunas afirmaciones claves en torno al ministerio sacerdotal.

La primera es muy sutil. La iglesia es lenta, pero sabia. En el tercer punto, recoge toda la tradición anterior en donde el sacerdote ha sido considerado persona ‘especial’ pero le da una vuelta con tal sutileza que mal leído parace que diga lo contrario:

PO 3:
Los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y por su ordenación, son segregados en cierta manera en el seno del pueblo de Dios, no de forma que se separen de él, ni de hombre alguno, sino a fin de que se consagren totalmente a la obra para la que el Señor los llama. No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de otra vida distinta de la terrena, pero tampoco podrían servir a los hombres, si permanecieran extraños a su vida y a su condición. Su mismo ministerio les exige de una forma especial que no se conformen a este mundo; pero, al mismo tiempo, requiere que vivan en este mundo entre los hombres, y, como buenos pastores, conozcan a sus ovejas, y busquen incluso atraer a las que no pertenecen todavía a este redil, para que también ellas oigan la voz de Cristo y se forme un solo rebaño y un solo Pastor.

La invitación es clara, hemos de estar en el mundo, no separados de él, aunque nuestra propuesta sea otra. La diferencia no es separación, sino oferta de sentido. Este texto se apoya en Pablo VI Eclesiam Suam, cuando dice: Sin embargo, esta diferencia no es lo mismo que separación, ni manifiesta indiferencia, ni miedo, ni desprecio.

Creo que es otro de los documentos de lectura obligada este año. Pero por no alargarme, me centraré en otros dos puntos que hacen referencia al ministerio y a la vida de los sacerdotes.

PO 4:
Los presbíteros, como cooperadores de los obispos, tienen como obligación principal el anunciar a todos el Evangelio de Cristo …

… es siempre su deber enseñar, no su propia sabiduría, sino la palabra de Dios, e invitar indistintamente a todos a la conversión y a la santidad… Pero la predicación sacerdotal, muy difícil con frecuencia en las actuales circunstancias del mundo, para mover mejor a las almas de los oyentes, debe exponer la palabra de Dios, no sólo de una forma general y abstracta, sino aplicando a circunstancias concretas de la vida la verdad perenne del Evangelio. Con ello se desarrolla el ministerio de la palabra de muchos modos, según las diversas necesidades de los oyentes y los carismas de los predicadores.

En el siguiente nº hablará de la centralidad de la Eucaristía como fuente y cima de toda la evangelización.

Creo que no es nuevo que nos recordemos que nuestra vida está llamada a ser ‘filial’ y, por tanto, establecemos una relación diaria e íntima con Dios Padre en Jesús. La oración, la liturgia y especialmente la celebración eucarística nos posibilitan de manera privilegiada poder vivir así.

Para nuestro tema, el sacerdocio escolapio, cobran una importancia capital las últimas palabras de este punto 3º de la PO: se desarrolla el ministerio de la palabra de muchos modos, según las diversas necesidades de los oyentes y los carismas de los predicadores.

¿Quiénes son nuestros oyentes? ¿Cuál es nuestro carisma?

PO 6:
… atañe a los sacerdotes, en cuanto educadores en la fe, el procurar personalmente, o por medio de otros, que cada uno de los fieles sea conducido en el Espíritu Santo a cultivar su propia vocación según el Evangelio, a la caridad sincera y diligente y a la libertad con que Cristo nos liberó. (Tonti: ayuda al resto de ministerios)

PO 17:
… los presbíteros, y lo mismo los obispos, mucho más que los restantes discípulos de Cristo, eviten todo cuanto pueda alejar de alguna forma a los pobres, desterrando de sus cosas toda clase de vanidad. Dispongan su morada de forma que a nadie esté cerrada, y que nadie, incluso el más pobre, recele frecuentarla …

El ministerio sacerdotal escolapio hoy

Como ya he dicho, no existe ‘el ministerio sacerdotal escolapio’ sino sacerdotes escolapios que ejercen su ministerio. Pero ciertamente podemos aportar desde la experiencia, en este caso la mía y la compartida con vosotros, cierta luz a este ministerio y su vivencia.

Como apunte personal aludiría a mis primeros años de ministerio cuando quise vivirlo “como Calasanz”. ME dieron una clase de 1º de Primaria y cuidé hasta el extremo los detalles, las formas, los ritos, (hasta impedí que limpiaran mi clase para hacerlo yo como pedía Calasanz a sus maestros). Tras años ya de ministerio escolapio, sin duda, aquellos primeros años fueron estupendos, pero a día de hoy, lo que más valoro es ‘el todo’, la globalidad, la suma de las pequeñas acciones y gestos de cada día como sacerdote escolapio que soy en la escuela. Creo que la cotidianeidad, la rutina, el día a día compartido en el roce con niños y jóvenes es lo más valioso de mi ministerio.

Pero intentaré a modo de titulares, describir de manera más concreta qué quiero expresar sobre el ministerio sacerdotal escolapio hoy a la luz del Vaticano II en el contexto en los que estamos:

1. El ministerio sacerdotal no tiene sentido
sin tener un pueblo en el que vivirlo y desarrollarlo (LG2), el nuestro es claro y definido y marca la prioridad del mismo: los niños y los jóvenes. Y podríamos decir que en un contexto privilegiado que es la escuela y cualquier ámbito educativo.

2. Nuestra identidad viene dada
precisamente por la relación que se establece con ellos. Somos cristianos con ellos y sacerdotes – presbíteros para ellos.

3. Presidimos la asamblea litúrgica,
pero una asamblea propia de este pueblo, esto es, una asamblea de niños y jóvenes, por ello la presidencia la ejercemos desde la acomodación a su entender.

Nos abajamos a dar luz podría ser la regla de oro de nuestro ministerio, por encima de otras consideraciones propias del sacerdocio vivido por los curas de almas o por otros presbíteros. La adaptación y acomodación al entender y vivir de nuestro pueblo es tarea propia del ministerio escolapio, y no al revés. Quien marca nuestra acción litúrgica son los destinatarios por encima de las rúbricas, los ritos, y las normas. Y en esto hemos de ser, a la fuerza, pioneros y autodidactas, pues seguramente nadie más lo hará.

4. En este sentido, nuestra acción sacramental
está en función de ellos, de manera que vivimos y administramos los sacramentos de manera peculiar:

Sacramentos de iniciación:
son fuente y meta de nuestra misión escolapia y de nuestro ministerio sacerdotal:

a. Bautismo:
lo administramos perseverando en ellos la gracia bautismal, la presencia de la vida de Dios en ellos. La educación es un instrumento poderosísimo para preservar la vida del Espíritu que ya está en ellos.

b. Confirmación:
lo administramos cada vez que con nuestra presencia y acción certificamos que son habitados por el Espíritu Santo y bendecimos con lo que decimos y hacemos esta presencia en ellos.

c. Eucaristía:
los introducimos en el misterio eucarístico, de manera sencilla, breve y eficaz, haciéndoles vivir la entrega pascual, la alegría de una vida entregada, centrada en los más pequeños y pobres. ¿Cómo van a descubrir realmente a un Cristo muerto y resucitado, entregado, sin tener contacto con los pobres? Es como amar a Dios y aborrecer al hermano (carta de Juan).

Sacramentos de sanación:
son la metodología de nuestro ministerio sacerdotal:

d. Reconciliación:
la experiencia del perdón suministrada por un sacerdote escolapio va más allá de la reconciliación sacramental; somos ministros de la reconciliación de su propio crecimiento y los desajustes que se producen en el mismo. La infancia, la adolescencia y la juventud son procesos de duras rupturas y separaciones que el escolapio está llamado a reconciliar o ayudar a integrar.

e. La unción de enfermos:
es la oportunidad de balsamizar tantas heridas y dolencias vividas y expresadas o acalladas en este crecimiento. Ungimos con nuestro aceite de la escucha, la acogida cordial, el trato personalizado, el amor incondicional… ¡Cuán importante es vivir este sacramento hoy en nuestro ministerio entre las nuevas generaciones!

Sacramentos de opción o estado:
es propiamente la finalidad de nuestro ministerio en la Iglesia (recordar el Memorial al Cardenal Tonti: un ministerio insustituible –en opinión común a todos, eclesiásticos y seglares, príncipes y ciudadanos y acaso el principal para la reforma de las corrompidas costumbres; ministerio que consiste en la buena educación de los muchachos en cuanto que de ella depende todo el resto del buen o mal vivir del hombre futuro), porque hablamos de vocación, de llamada única y personal de Dios al cada hombre y mujer. Hablamos del trabajo vocacional.

f. Matrimonio:
una llamada a poder formar y educar en el amor de pareja. Siendo promotores y cultivadores de las familias del futuro, y por tanto, del futuro de la Iglesia.

g. Orden sacerdotal:
despertar del sueño y del letargo a tantos jóvenes que han adormecido y silenciado la llamada de Dios a este ministerio nuestro.

En definitiva, ayudamos a bien vivir. Y creo que sólo así podemos afirmar sin temor a errar con nuestro santo padre, que nuestro ministerio es un “ministerio diferente, necesario y específico en la Iglesia de Dios”.

5. El ministerio sacerdotal escolapio
está llamado a más que el sacerdocio, a ser pontífice, puente, para poder ser ‘pisoteados’, manteniéndonos firmes en las dos orillas: la realidad de cada niño en su contexto y situación y la realidad de Dios.

6. El sacerdote escolapio
lo vivimos con la presencia, el ejemplo, no tanto con las formas sino con las rutinas. Tenemos la gran oportunidad de vivir entre ellos, de compartir más horas que ningún otro sacerdote: ahora doy una clase, después juego en el patio, más tarde me revisto en una celebración… Esta suma de contrastes, en el roce cotidiano, ya evangeliza. (Las visitas de escolapios mayores…)

7. El sacerdote escolapio
está llamado a exorcizar demonios, miedos, dudas… que viven nuestros niños y jóvenes.

8. El ministerio sacerdotal escolapio
tiene otros dos grandes ámbitos (o pueblos), no es exclusivo de los pequeños o adolescentes:

- los laicos que comparten la tarea educativa (educadores y educadoras);

- las familias de nuestros alumnos. Son otros pueblos donde ejercer el ministerio.

Finalmente, citaría, desde la propia experiencia, las dos defensas de todo escolapio:

- La oración personal y comunitaria junto con la misma experiencia comunitaria- (centrada en los niños-jóvenes): intercesión…

- La entrega incondicional al ministerio (que no es exactamente a los niños).

Los dos últimos años también nuestro santo padre insistirá precisamente en estas dos realidades.

Es desde aquí donde cada uno de nosotros puede pronunciar su personal y particular: En Roma he encontrado la manera definitiva de servir a Dios, haciendo el bien a estos pequeños, y no la dejaré por cosa alguna del mundo.



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