Personal, Reflexión - Written by Archivo Calasanz on Jueves, Mayo 12, 2011 10:42 - 0 Comments

… y Horacio estaba allí, 2008

Ocurre que la Asociación de Exalumnos del Calasanz de Managua quiere honrar la memoria de Horacio, también exalumno, su compañero y amigo, instituyendo un fondo para becas que llevará su nombre. Para esta memoria piden datos. Como Horacio pasó casi su vida religiosa entre Bogotá y Roma trasladé el problema a Diego , pues, como su compañero en Bogotá y ahora residiendo en Roma es el mejor situado para buscarlos.

Diego tomó el encargo con gran cariño y, por lo mismo con gran ilusión, tanta que desbordó los limites del favor que le pedí, y nos preguntó: ´¿por qué los que estuvimos en aquella Bogotá no escribimos unas líneas sobre aquel tiempo para que su memoria no se pierda?’.

Que no es desviar la atención de Horacio. Él estaba allí.

Y me tentó. Y, como pueden darse cuenta, he caído en la tentación. Desde siempre me pican los dedos para hacer lo que Diego sugiere. ¡Tentación más oportuna! Buena excusa para escribir estas líneas y reconocer la deuda impagable de agradecimiento y cariño que tengo con la Escuela Pía que educa en Colombia. Mucho agradecimiento y mucho cariño. Nada más alegre para el que quiere y está agradecido que tener la oportunidad de hablar de su que-rencia.

Y, además, puedo escribirlo con toda tranquilidad, sin falso o verdadero pudor pues en la historia que sigue no soy el héroe, tampoco el villano, solo el mendi-go; aquel mendigo que al borde del camino extendía su mano para recibir muchísimo más de lo que soy capaz de dar.

… Y Horacio estaba allí.

Es difícil presentar ‘aquel tiempo’, ‘aquella vida’, ‘aquella pasión’, ‘aquel mo-mento escolapio’ porque aquel tiempo, aquella Bogotá, aquella Colombia y aquel momento no existen; solo en mi presente y en el presente de mis herma-nos.

… también, ahora, en el presente eterno de Horacio.

Para decirlo con pocas palabras, ‘aquel tiempo’ en ‘aquella Colombia’ – sobre 1976 – era pasión. Tiempo apasionante.

… Y Horacio estaba allí.

En ‘aquel tiempo’ Colombia entera estaba en ebullición en todos los aspectos de su vida nacional, se respiraban aires pre - revolucionarios. Todo hablaba de revolución. La revolución era el sudor que manaba de todo el cuerpo de la nación. El pueblo prácticamente en armas y realmente armado en su brazo guerrillero. La guerrilla en ‘aquel tiempo’ era guerrilla, ¨el pueblo en armas para su liberación¨. Paralelamente se fortalecía la doctrina de la seguridad nacional - Allende muerto en 1973 -. Doctrina y mucho peor, violenta represión. Rechazo frontal contra el ejército y policía. También contra alguna jerarquía de la Iglesia muy unida al ejército – el cardenal de Bogotá, general de cinco estrellas -. La República de Marquetalia y la violenta represión - 1964 - era te-ma de conversación, de referencia con testigos directos de los acontecimientos – Como que Pablo Antonio Marín, ¨Marulanda¨, dirigente de los grupos campesinos de Marquetalia, fundó después las FARC -. Gaitán, su asesinato y el consiguiente ‘Bogotazo’ – 1948 – también tema central y de referencia con testigos y participantes de primera línea -. Junto a esto se dio una ola de desalojos violentos en los barrios pobres asentados en las estribaciones de los Cerros Orientales – Ahora vistas las construcciones que hay en la zona se ex-plican aquellos desalojos -. En medio de toda esta realidad estaba el Seminario Calasanz.

Y la Escuela Pía, el Seminario Calasanz estuvieron a la altura de los pobres. Mis hermanos dieron la talla.

… y allí estaba Horacio.

En ‘aquel tiempo’ la muerte del P. Camilo Torres - 1966 – estaba viva, a flor de piel. Se puede discutir si blanco o negro; si, sí o si, no; pero no se puede discutir que fue la campanada que despertó a la Iglesia – mejor a los eclesiásticos – de la modorra que veníamos arrastrando desde la colonia. La Iglesia ya no es la misma después de la muerte del P. Camilo Torres. Todo se precipitó. Los primeros en reaccionar – que yo sepa – fueron los jesuitas. El P. Arrupe, su P. General, en la ¨Carta a los Provinciales de América Latina¨ – fines de 1966; el P. Camilo Torres moría a principios de este año – permite abrir y mantiene abierta la puerta de la nueva pastoral jesuita en América de la cual fuimos alumnos.

… Y también Horacio.

Todo se precipita. En Julio de 1968 se tiene el I Encuentro Sacerdotal en Golcon-da. A los dos meses – setiembre - el CELAM se reúne en Medellín diseñando un nuevo modelo de ser Iglesia en América Latina. Al poco tiempo - diciembre de 1968 – se tiene el II Encuentro del Grupo de Golconda que difunde ¨La declara-ción de Golconda¨ que es pensada como el inicio de la Teología de la Liberación. Paralelamente, la teología tradicional ante las nuevas perspectivas que abre el concilio Vaticano II – 1965 – y Medellín – 1968 -, ante la nueva historia, se siente fuera de base; asustada y encogida no da respuestas, no tiene respuestas, no crea respuestas, no puede dar respuestas, no se atreve a dar respuestas.

Hay que crearlas.

Las creamos

… E inventamos la Teología de la Liberación.

… Y Horacio estaba allí

Sé que el P. Gustavo Gutiérrez publicó en 1971 su libro ya titulado ‘Teología de la liberación’; pero también sé que lo anterior no es presunción, ni descubrir el agua tibia. Es verdad.

En ‘aquel tiempo’ la teología de la Liberación aún era río de montaña que des-ciende recogiendo el agua de arroyos, arroyuelos, quebradas, quebraditas, cri-quers para, poco a poco, crear el río grande de los llanos.

Éramos uno de esos arroyuelos.

En ‘aquel tiempo’, en contacto con fuerzas políticas que evidentemente querían manipular la fe, aprovechar la capacidad de convocatoria de la Iglesia, tuvimos que abrirnos a intuir la verdad de Cristo, descubrir la teología primigenia, la in-tuición de Dios. Y éste como liberación. La intuición de Dios que brota en medio del sufrimiento de los sufrientes. Y esa intuición de Cristo – teología original ori-ginante - resucitado en medio del sufrimiento, fuerza liberadora, transformado-ra, salvadora, redentora; piedra fundamental de un mundo nuevo, muy a pesar de mi pecado aun no me ha abandonado.

La Escuela Pía, el Seminario Calasanz estuvieron a la altura de este reto de Dios y de los sufrientes. Y mis hermanos dieron la talla

… Y Horacio estaba ahí

La teología, en un segundo momento, también es ciencia. Esto exigió, paralela-mente a la intuición de Cristo, que esta no quedase en la pura intimidad, ni en indicios políticos, sino que trascendiera también al nivel racional. Creamos un Instituto de Teología para Religiosos que con toda seriedad, mucha profundidad, se criticaba la Gran Intuición, sus implicaciones, sus exigencias.

La Escuela Pía, el Seminario Calasanz estuvo a la altura de este reto de la razón. Mis hermanos dieron la talla.

… Y Horacio estaba allí.

A nivel más personal, de lo mucho que recibí en ‘aquel tiempo’, destaco aquí el gran regalo de la vocación renovada.

En ‘aquel tiempo’ la Escuela Pía aparecía como una viejita cargada de espaldas por el mucho peso llevado sobre ellas; llena de canas venerables por su fiel en-trega a Dios; pero también con su pizquita de alzhaimer, la suficiente como para olvidar su utopía, y su mucha osteoporosis, como para estar a punto de quebrarse a cualquier momento. Viejita a la que hay que tratar con mucho miramiento y cariño; a la que ya no se le puede pedir mucho y sí hay que cuidar mucho.

En cambio la Escuela Pía en Colombia se me presentó como alegre y cariñosa quinceañera. En la flor de la vida, capaz de mirar con picardía; atractiva, deseable, amorosa, seductora a la par que luchadora pues como pobre, pequeña, poca cosa, y con toda la vida por delante, sabe que su futuro no se lo regalarán. Tendrá que construirlo. Que la Escuela Pía se hace y rehace continuamente.

Y pasó lo que tenía que pasar, … me enamoré.

Con ocasión de Horacio y por indicación de Diego he revivido ‘aquel tiempo’, ‘aquella Bogotá’, ‘aquella Colombia’, ‘aquel momento escolapio’. No sé si con esta subjetiva objetividad habré atinado al describir aquel corazón apasionado; pero seguro que sí acierto en decir que nunca un mendigo recibió tanto con solo extender la mano y con un ¨Dios se lo pague¨. Que así sigo deseándolo.

Manolo Nebot, escolapio
31 de Octubre de 2008



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