Personal, Reflexión - Written by Archivo Calasanz on Lunes, Noviembre 5, 2012 6:29 - 0 Comments

MONOLOGO, DESCONOCIDO Y CHINGASTILLOS

LAS ALFORJAS DE CALASANZ
Manolo Nebot, Escolapio
31 de octubre de 2012
La Malvarrosa, Valencia (Betania)

UN MONOLOGO, UN DESCONOCIDO Y CHINGASTILLOS IMPERTINENTES

30 de octubre de 2012

No sé si usted se lo creerá. Sucede que este, su humilde servidor, uno de los españolitos que vino al mundo cuando en España gobernaba el General Franco y se fue, no de este mundo sino de España aún gobernando el General Franco, le ocurre -vea cosa más rara-, que tiene la impresión que va cargando unos anteojos que le hacen ver las cosas con ciertos matices que pareciera no son los adecuados; más bien son falsos, acaso mentirosos. Talmente como si viera el hermoso amanecer con tonalidades tétricamente oscuras.
Empiezo, pues, a decir –a lo mejor usted piensa lo mismo-. que entra dentro de lo normal que a todo gobierno, ya sea explícito como el estatal, ya implícito como el control social, les interese que sus respectivos gobernados lleven anteojos con los vidrios de la misma tonalidad de color –Ya sabe, por aquello que ‘nada es verdad o mentira, todo es del color del cristal con que se mira’-. Evidentemente se organizan mejor los ciudadanos: más uniformidad, pero menos personalidad.
No sé si usted pensará como este españolito que los anteojos solo son eficaces si nadie sabe de ellos. Si todo el mundo está convencido que ve todo lo que hay y hay todo lo que ve y lo ve como es, sin posibilidades de duda. Encajarnos los anteojos sin darnos cuenta es una obra que muestra gran habilidad de parte de quien nos los coloca. Cuando más distraídos estamos; anteojo que nos encajan. ¿Será por esto que nos incitan tanto a divertirnos?
Pero usted mismo habrá advertido en su propia vida que divertidos como estamos no nos damos cuenta de la basura que nos vierten atravesando la conciencia dormida: ‘Los pueblos X son la mismita maldad’ ‘Hay que limpiar el mundo de esa gente’ ‘esto, aquello y lo de más allá es lo mejorcito de lo mejorcito’ ‘todo lo que venga de allá hay que rechazarlo’ ‘no te fíes de tu vecino: es un terrorista’ y así…
Usted estará conmigo al pensar que, aunque difícil, es posible darse cuenta que estamos cargando un anteojo y ¡qué anteojo! Unas veces por lo absurdo de una idea que se nos ocurre o que escuchamos, o por la brutalidad de una opinión dicha o escuchada. Tal absurdo y tal brutalidad nos espanta tanto como personas que asqueados nos preguntamos qué caminos hemos hecho que nos han llevado a decir o a estar en un ambiente donde tanta brutalidad pueda decirse con toda normalidad. Nos preocupamos por la pésima calidad de la información obtenida y nos preguntamos, si no habrá algo en nosotros que distorsione nuestra percepción de la realidad. Otras veces es por habernos encontrado con el Buen Chus, nos damos cuenta de los hechos tan malignos que perpetramos y nos duele tanto que queremos liberarnos de esa espina y tanto porfiamos y tanta ayuda del Buen Chus recibidos que al final descubrimos los antejos y logramos arrancárnoslos.
Pero, no sé si usted estará de acuerdo, quitándonos los anteojos, no está todo el problema resuelto pues queda el chingastillo. Tanto tiempo llevándolos. Acostumbrados a ver a su través lo que nos rodea, habituados a pensar en base a los datos que nos presentan esos anteojos. Anteojos tan nuestros que ya estaban encarnados.
¿Que qué es el chingastillo me pregunta? Pues es lo que queda después de quitarnos los anteojos: las ‘verdades’ irrenunciables que hemos adquirido y tan nuestras que se nos han convertido en instinto; los hábitos de pensar que habíamos adquirido. Y más: el chingastillo se mueve como nube por nuestra conciencia, oscureciendo ya unas zonas, ya otras. Por lo que el peligro de tomar al error como verdad siempre estará presente. Ahora más peligroso por ser más inconsciente y exigirnos mayor vigilancia de nuestra parte.
Pienso que ya debo estar aburriéndole demasiado y debe estar pensando cómo zafarse de alguna forma elegante. Normalmente no suelo hablar tanto – nada; mejor dicho-. El guarillo que me estoy tomando me suelta la lengua. ¡Cómo no acostumbro, hace más efecto!
No sé si a usted lo ocurre lo mismo. No respecto al guarillo, desde luego, sino respecto a las palabras. A este su humilde servidor le suele ocurrir que escuchando una palabra, se aparecen en torrentada e inmediatamente, decenas de otras de algún modo relacionadas entre sí por referirse a aspectos diferentes de un mismo proceso.
Le pongo un ejemplo. Escucho la palabra: ‘Hispanidad’ e inmediatamente se abre como un ojo de agua, pero de palabras. Así como del ojo de agua nace un arroyuelo, del de palabras, sale, por ejemplo, todas las que siguen.
Señor, déjeme que le explique. Escucho pues ‘Hispanidad’ y pienso que se refiere a Hispania, es decir a España. Pero en ese mismo instante me doy cuenta que ordinariamente se piensa en otra realidad que llamamos ‘América’. Y un razonamiento: si hay una palabra que está uniendo dos realidades distintas, está indicando que están relacionadas de alguna forma. Pero con una relación no simétrica pues es España la que pone el nombre y ¡su nombre! a la relación. La parte España se siente –algún motivo habrá- como superior, o mejor, como amo y señor pues es la que da el nombre.
Pienso, igual que usted, que ante tal evidencia se hayan construido nombres dúplex para la relación América - España: Hispanoamérica, Iberoamérica, Latinoamérica, América Española.
Usted se está dando cuenta que en lugar de resolver el problema -introduciendo el ‘América’ en toda etiqueta que se refiera a ella- lo han estropeado, pues estos nombres, que hacen referencia a la totalidad de América, la definen en referencia a su atributo: ‘Latino…’, ‘Ibero…’, ‘Hispano…’ que hacen referencia, de alguna forma, a un sentido de propiedad: Hispanoamérica, la América de España. Otro problema se percibe ante los varios prefijos utilizados: ¿a quién corresponde la gloria de haber parido a América? ¿a los pueblos latinos? ¿los ibéricos? ¿de sólo España? Que es lo que ésta defiende: Hispanoamérica es su nombre dice el gobierno español. Celos de ‘Madre Patria’.
Seguirá estando de acuerdo conmigo que con los nombres duplex se sigue afirmando cuál es la parte de mayor peso, que desde luego no es América. Más peor: América es definida ya por iber…, lat…, hispa…; pero no desde ella. Dos realidades a primera vista está develando: por un lado, incapacidad de América de nombrarse a sí misma, de pensarse como una; por otro, el complejo de suegra, con perdón, de la Madre Patria que muere de ganas por meterse en la vida de las naciones americanas.
Se habrá dado cuenta que no me he hecho problema de llamar a América, América. Aparte de toda problemática más o menos folclórica es un nombre que ha sido aceptado universalmente –siempre que ‘Universal’ signifique europeo-; y por ser un nombre totalmente aséptico, una referencia geográfica, por lo que lo tomo, de momento sin más, como nombre del continente ‘Americano’. Tampoco me hecho problema en llamar ‘indios’ a los aborígenes y hasta me parece bien que se llamen ‘indios’ ya que este apelativo surge de un error y es bueno que al tratar con un indio se encienda el aviso aunque sea inconsciente de ‘error’ para darnos cuenta que hemos tratado a ‘indio’ de una forma errada
No sé si usted concluirá lo mismo que este, su seguro servidor: todo españolito, y más el españolito que vino al mundo gobernando el General Franco si quiere asomarse a las gentes, pueblos y naciones de la otra orilla del Atlántico, deberá hacerlo con mucha prudencia: asegurarse que no anda los anteojos –con ellos puestos no verá nada de las Américas-. Cuidarse del chingastillo que los anteojos sin duda le fueron dejando, día a día, como poso en el fondo de su espíritu; si no, mirará y no verá – o verá mal. Verá la realidad de las Américas desde los ojos de ‘Señor’
Usted ignora, no tiene porque saberlo, que los españolitos que íbamos a la escuela nos arropaban, entre otras cosas, con consignas patriótico-histórico-religiosas; necesarias, según los ideólogos, para justificar la unión ejercito-jerarquía iglesia, para inyectar ánimos a los vencedores, para amenazar a los perdedores. Una de ellas, de las más significativas: ‘Por el Imperio hacia Dios’. Aunque de origen falangista fue aceptada plenamente por el gobierno. Esta consigna tantas veces repetida, como para recordarla aún pasados tantos años, algún chingastillo debe haber dejado en nuestro espíritu, aunque –seguro- en su zona más oscura y por tanto más peligroso. Es fácil rebatir la consigna en el nivel externo, más difícil limpiar nuestro espíritu del chingaste que ha ido acumulando.
Usted, Señor, se dará cuenta que el chingastillo es puro veneno. ‘Por el imperio hacia Dios’ exige la reconstrucción del imperio, la vuelta a la situación de antes de la independencia de las naciones americanas, y es tarea urgente pues este imperio reconstruido es lugar de nuestro encuentro con Dios.
Pienso que usted y este, su humilde servidor, estamos claros en que es un absurdo lo que la consigna propone, aunque alguillo se intenta: ‘Día de la Hispanidad’, ‘Iberoamérica’, ‘Reuniones de Presidentes Iberoamericanos’. E igual de claro estaba el ideólogo que la diseñó. Lo que le importa no es la posibilidad o imposibilidad del cumplimiento de su materialidad, sino el chingastillo que podía dejar en los espíritus: una íntima relación entre victoria militar y voluntad de Dios, o lo mismo: la ‘unión cruz-Espada’
Quizá, usted, señor, esté de acuerdo conmigo que la consigna ‘por el imperio hacia Dios’ refuerza este principio -unir el ‘imperio’ con la gloria de Dios- al hacer presente ante los ojos del gran público el ‘éxito’ que tuvo la aplicación de este binomio por parte de los conquistadores que conquistando América, construyendo el reino de Castilla, construyen el Reino de Dios. Con la cruz y la espada el cristianismo y el castellano fueron sembrados en tierras Americanas creando una nueva cultura. El conquistador con mano fuerte y brazo extendido construye un imperio para la gloria de Dios.
Se dará cuenta que inmediatamente surge una pregunta y un grave problema humano y de conciencia. ¿Y la cultura aborigen? ¿Dónde está? ¿Hay una bodega de culturas o estas son expresión de la vida de las gentes? ¿La espada – cruz causante un genocidio?
¿Me sigue acompañando para encontrar alguna respuesta? Examinaré, muy por encima y muy esquemáticamente, desde luego, el caso del imperio Inca -en ese momento el estado más desarrollado de América-. Pronto van enfrentarse dos fuerzas armadas: las del imperio y las de las gentes que en ínfimo número vinieron en barco junto a los aliados que rápidamente se le adhirieron.
Pero usted se habrá dado cuenta, como este su humilde servidor se ha dado cuenta, que el Imperio Inca presentado como una entidad fuerte, quizá su método de construcción nos lleva a pensar en su ‘solidez’, pero realmente no es nada sólido. Nos olvidamos que los incas como cualquier gobierno cuya legalidad no procede de elección popular sino de cualquier otro criterio, está sometido a las rupturas que generan aquellos pares que piensan cumplen mejor ese criterio, como era el caso en el momento que llegaron los desconocidos de las grandes naves: había guerra civil en el Imperio, aunque a punto de terminar. También al escuchar a los incas explayarse en su acción civilizadora, que no dominadora, siempre, junto a las maravillas que cuentan de su gobierno, la palabra que más usan es ‘levantamiento en armas’ o equivalente y se explayan también contando sus métodos de prevención y represión. Los documentos dan la imagen de un Imperio sumamente frágil: débil en la cabeza y el cuerpo.
Pero, hombre de Dios, como se le ocurre que presente documentos en una mesa de tragos. No es aula universitaria para tener cada palabra bien apuntalada en los llamados documentos, admitidos como validos por la comunidad estudiosa. Aquí se reflexionan al calor de los tragos puras verdades de bolos. Pero, eso sí. No se hace en el vacío, sino en ese chingastillo que va dejando en el espíritu las lecturas, reflexiones, meditaciones, vivencias que uno hace y tiene, y que día a día van constituyendo uno de sus patrimonios más valioso.
Mire señor qué maravilla, cómo es que las palabras se enseñan a sí mismas. Espontáneamente he usado ‘Chingaste’ al tratar de hablar de la impresión que imprime en nuestro espíritu lo estudiado, meditado; también, ciertamente, lo reflexionado en mesa de tragos y, en fin, todo lo vivido. No sólo deja su chingaste en nosotros aquello especialmente diseñado para que lo produzca, sino todo lo que pasa por nuestras manos. ¡los ‘chingastillos’ también pelean entre sí! Quizá más peligroso que el guaro, sea su chingaste.
Ahora si gusta y me lo permite le voy a llevar al campo de batalla en el que pronto van a pelearse quién queda como amo y señor del Imperio. Están, pues, por enfrentarse: aquí, el ejercito de un inca; allá otro ejército, pero es más difícil de describir porque depende de si llevamos anteojo puestos o no. Qué vemos con los anteojos: una formación en orden de batalla: infantería en el centro, la caballería a los lados, examinando con gran concentración el espacio frente al cual van a combatir; los arcabuceros y cañones en lugares elevados próximos para proteger a la infantería y desbaratar las primeras oleadas del ejercito inca. Y si mira usted hacia el cielo podrá ver, además, a un caballero en poderoso caballo blanco armado para la guerra
Si usted sigue mirando verá a las dos culturas que se hacen presente en el campo de batalla. Una, la de los incas, cultura degradada, idolátrica: culto a los demonios, comedores de carne humana, sodomitas y … la otra, la de los cristianos bajados del gran cayuco. Cultura basada en el amor hasta al enemigo porque el Señor ha derramado también su sangre por ello.
Quizá estará pensando que no están preparándose para un encuentro de culturas, sino, más bien, para un total desencuentro. Y usted tiene razón. Pero solo es en un primer momento, cuando, contumaces, hay que obligarlos a entrar en la obediencia al rey y a la iglesia. Pero una vez pacificados y encomendados a un cristiano viejo que les enseñe el catecismo. Entonces empezará a apuntar una nueva cultura.
Aún estando en el escenario construido mirando a través de los anteojos de colores, usted, señor, puede notar varios detalles. Que su religión es demoniaca. La maldad es su esencia. Que hay indios encomendados como catequizandos a catequistas encomenderos y sabemos que los encomenderos eran grandes terratenientes a los que se les ‘encomienda’ –se les responsabiliza- la evangelización de ‘sus’ indios. Estos grandes terratenientes quiénes son; son conquistadores que por derecho de vencedor –saqueo- le corresponded la posesión de tierras de los vencidos. Efectivamente se reparten las tierras del Imperio. Se las han de quitar a su dueño. Una de las normas del manual del perfecto terrateniente dice que tierra sin indios no sirve para nada, ¡a repartir a los indios! Más resumido aún, tres palabras: religión demoniaca, expropiación, indio sin tierra.
¡Fíjese usted, señor, qué distinto resulta todo al quitarse los anteojos! Allí está, a un lado, el mismo ejército inca. Allá, al otro lado, están también los desembarcados en perfecto orden batalla. Al fin y al cabo son magníficos soldados, los mejores de Europa. Han aprendido el oficio, primero, en las guerras de Italia sirviendo bajo las órdenes del Gran Capitán. ¡Su orgullo! Después en la guerra de Granada. Son buenos soldados que saben bien su oficio. Aquí hay que señalar que también forma parte de su profesión la institución del saqueo –el expolio violento y sin medida de todos y cada uno de los bienes que el enemigo vencido tiene-. Es un derecho que todo soldado tiene, al que no quiere renunciar. Institución que hay que tener presente en lo que sigue. Sigamos observando sin anteojos. Los desembarcados están en la perfecta formación ya vista. Pero fíjese, señor, en un detalle que con anteojos con vidrios de colores no se veía. Fíjese en aquel grupito de soldados detrás de la primera fila de arcabuceros que llevan atrailados unos enormes perros: son mastines entrenados para dar caza y despedazar a los indios. Cumplen a cabalidad su tarea. Muy apreciados por los soldados, como muy temidos por el indio. Vemos, también, la presencia de otro ejército inca igual al que tienen enfrente y una multitud de grupos de indios armados de los pueblos sometidos al Inca.
Ahora, señor, ¿cuántas culturas se hacen presente en el tenso diálogo del combate? Podríamos pensar que dos: la incaica y la de los soldados. Pero observando con más detalle sólo hay una: la del Imperio Inca. ¿Pero los soldados acaso no están haciendo presente su cultura? Pues no, porque los llamados ‘soldados’ en realidad no lo son. Quizá lo fueron en los ejércitos del Gran Capitán, o en el de los reyes Isabel y Fernando en la conquista del reino de Granada. Ahora solo son unos facineroso –no encuentro una palabra más suave para calificar sin falsear la realidad- su ideal es robar, lo más que se pueda. No representan a ningún pueblo, ni nación, ni gobierno: Sólo se representan a sí mismos. Sin tener más ley que su máximo provecho, ni más lealtad que la mínima que exige su beneficio personal.
Habrá oído, señor, lo que narran las antiguas crónicas: cómo los conquistadores cargaban, sin problemas de conciencia –saqueo-, sobre sus hombros enormes láminas de oro arrancadas de los templos o de las casas del Inca; como el conquistador aquel que se llevó la enorme imagen de oro puro del sol que preside el gran templo del sol y como la pierde en juego de cartas. Su cultura, si se la quiere etiquetar, sería la del depredador cuyo objetivo último es regresar inmensamente rico a la península, por lo que sólo saquea sin miramientos.
Pero le digo que, para ser justos, que en cierta manera contribuyen a crear cultura. En este momento el capitalismo naciente está con la mano gestando lo que se llamará Renacimiento, pero que a la vez, sin quererlo, con el codo va destruyendo otras culturas. En este caso es el conquistador, por el que obtiene, sin preguntar, el oro necesario para engrasar los ejes que mueven los mercados del capitalismo europeo, dándole así el impulso definitivo.
Usted, señor, me podría argüir que si al naciente capitalismo le podemos reconocer su capacidad de generar ‘cultura’, por ejemplo el ya citado Renacimiento -financiado por las riquezas extraídas de América y de otras regiones-, se le podría conceder a su brazo depredador una participación de su cultura. Desde luego sí participa, pero a través de los substratos más ocultos de su cultura: el que contiene el desprecio de la persona para así, sin problemas de conciencia, explotar su trabajo – ya sabemos que la tierra sola, sin indios, no sirve de nada-.
Siga usted, señor, por favor, siga sin los anteojos y escuche la queja del conquistador al recibir grandes extensiones de tierra, quería también poseer indios, no por ser indios, sino por su fuerza de trabajo que quiere aprovechar al máximo, quiere ser rico pronto y regresar a la península a codearse con la nobleza y dejar a estos malolientes indios.
Pero usted no se extrañará si le digo que no todos pudieron regresar. Unos por ser muertos en la gran violencia que se desató durante años entre los conquistadores. Otros por haber perdido su riqueza en esos conflictos, o simplemente jugando a las cartas y más simple aun, los viajes eran muy incómodos y peligrosos. Prefirieron quedarse unos como ricos terratenientes poseedores de muchas tierras y muchos indios, otros como medianos o pequeños campesinos, otros como artesanos y otros simplemente como pobres, como mendigos. A estos se les añadieron los que, a la llamada de las grandes riquezas de esta tierra vinieron ya como colonizadores, como funcionarios de la corona con lo que se fue creando una capa de población que aplastó a la población india, la invisibilizó
¿Usted ha estado en alguna erupción del Cerro Negro? Las cenizas invisibles pero muy eficaces. Tiñen la atmósfera de un color grisáceo que llaman de ‘panza de burra’. Van depositándose en el suelo, en los techos de las casas cubriéndolos de una pesada capa de cenizas metálicas que silenciosamente crece con gran rapidez que al poco rato está hundiendo los techos de las casas, obligando a que esté siempre alguien en el techo, barriéndolo constantemente para que no se acumulen. Esto mismito fue lo que hizo el Cerro Negro de la conquista con la población india: la fue cubriendo con una capa de nuevos migrantes que la fue aplastando contra el suelo, contra los rincones. La fue invisibilizado.
Tiene usted que saber, señor, que si por un lado al indio se le hizo invisible, por otro se le distinguió demonizándolo. Al dictaminar que las religiones de los indígenas son de inspiración demoniaca, declarándolo adorador del diablo. Con esto ya se podía degradarlo como hombre colocándolo al nivel de bestia irracional.
Ya usted se da cuenta que con este panorama ni encuentro, ni diálogo, ni encontronazo de culturas, ya que no hay culturas ni de parte india, ni de parte de los conquistadores. La única –la del inca fue destruida-. La otra, la que se podría pensar que traían los conquistadores, la cultura que el capitalismo en crecimiento estaba desarrollando en Europa. Como esta es una cultura centrada en el dinero por lo que en el proceso de conquista el único aspecto de su cultura que le interesaba mostrar era la que justificase su dimensión depredadora. Le hacemos un favor a la cultura europea si no consideramos cultura este arte depredatoria.
Estamos claros que no todo conquistador regreso a la península, unos se quedaron como grandes señores poseedores de grandes extensiones de tierra y minas de gran riqueza –con la indiada correspondiente-; junto a estos sus servidores de todo nivel. Aunque resulte extraño muchos quedaron de pobres. Las nuevas migraciones que atraídos por la fama de su riqueza fueron llegando; llegaron los colonizadores, artesanos, campesinos. Y, no faltaba más, los funcionarios gubernamentales. Los que en base a la cultura que traían de su lugar de origen y con las necesarias adaptaciones por las exigencias locales fue fructificando en las Américas un fuerte desarrollo cultural como se advirtió en las cortes de Cádiz –última oportunidad para construir una sola nación transatlántica- en que los diputados de ultramar tuvieron una actuación destacable. Pero queda la sospecha que ese alto desarrollo cultural no es propiamente americano, sino europeo nacido en tierras de América. Pues el indio ha permanecido arrinconado y humillado donde el conquistador lo dejó. Solo ahora, al tomar la Teología de la Liberación al indio, al campesino sin tierra, al peón, al obrero, a la mujer, a la madre soltera, a los hambrientos, a todos los oprimidos como el nuevo lugar desierto donde se escucha resonar la palabra de Dios, podrá desarrollarse la cultura americana, americana, pero, oiga, americana de verdad … que es decir, Universal.
Muchas gracias señor por escucharme. Normalmente no soy así, pero es que el guarillo es así: suelta la gran torrentera de palabras. Fíjese cuanto palabrerío ha salido de una sola palabra, hispanidad, y de cargar un solo par de anteojos de colores ¡Qué cosas tan distintas vemos!. Pero en el fondo no importa pues la realidad pura y dura es un invariante frente al color del vidrio de nuestros anteojos. Pues bueno, muchas gracias por su paciencia. … y discúlpeme ¿cuál es su nombre?
Rejodido. Estás de verdad borrachitico perdido. ¿No me reconoces? Soy tu amigo, el Chus. Al que tu llamas el Buen Chus



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