sJC (Biografía) - S. Giner - Written by Archivo Calasanz on Martes, Noviembre 26, 2013 12:06 - 0 Comments

Capítulo 24 - PIETRASANTA, CHERUBINI, Y LA COMISION CARDENALICIA

José de Calasanz, maestro y fundador
Severino Giner Guerri, escolapio
BAC, 1992

PARTE CUARTA: EL DRAMA FINAL
Capítulo 24
PIETRASANTA, CHERUBINI, Y LA COMISION CARDENALICIA

Apenas si es posible aligerar el lastre de execración que han cargado los biógrafos y memoralistas calasancios sobre los nombres de Mario, Cherubini, Pietrasanta y Albizzi. La abundancia de documentos conservados acusa a los cuatro como causantes de la humillación del Fundador, así como del descrédito y destrucción final de la Orden, aunque no sean los cuatro a la vez corresponsables conscientes en igual medida.

Habría que descartar, no obstante, en todos ellos -y aun en sus colaboradores- una premeditada intención casi diabólica de perseguir malignamente al Santo Fundador y de destruir y aniquilar su Obra. Hubo en cada uno de ellos razones humanamente comprensibles que les motivaron a actuar, aun a sabiendas de que a veces ni las palabras, ni los juicios, ni los hechos se acomodaban a la verdad y a la justicia. Difícilmente pueden excusarse unos u otros de calumnia consciente, de malignidad, de mentira, de abusos de poder, de graves imprudencias, de omisiones irresponsables, todo ello reprobable en quienes ostentan la autoridad y deben ser garantes de la verdad y la justicia en la Iglesia.

Con todo, entre las excusas o razones que pueden alegarse a favor de ellos, haciendo un poco más comprensible este pequeño «misterio de iniquidad», creo que pueden aducirse estas dos: 1) la actitud obsesiva de Albizzi por defender el honor del Santo Oficio, que ni por nada ni por nadie se supone que debe reconocer /haberse equivocado, y no precisamente en cuestiones doctrinales; 2) la idea de que ni Mario, ni Cherubini, ni Albizzi ni Pietrasanta intentaron destruir la Orden aniquilándola, sino simplemente «reformarla».

Aparentemente prevaleció la pretensión reformadora, pero fue más allá de lo que esperaban sus promotores y no llegó a concretarse en algo estable, sobre todo porque nunca se aprobaron las nuevas Constituciones que debían recoger y legitimar la reforma. Eso es lo que vamos a ver en este capítulo.

1. La Comisión Diputada

Uno de los momentos más cruciales de todo este drama que estamos examinando fue, sin duda, la sesión que tuvo el día 15 de enero de 1643 la Congregación del Santo oficio, presidida por Urbano VIII. En ella se promulgó el decreto ‘In causa P. Marii’, en el que se imponía visita Apostólica a toda la orden, se suspendía al P. General y se deponía a sus cuatro Asistentes de sus respectivos cargos, nombrando al P. Mario Primer Asistente. La trascendencia de estas decisiones estaba en que, lo que hasta el momento había sido un problema personal de Mario en relación con las autoridades de la Orden, pasaba a ser un problema de la Orden en sí, pues se la destituía de sus legítimos superiores y se la sometía a visita canónica.

Era explicable que hasta entonces todo el problema estuviera en manos del Santo Oficio, pues en el fondo se trataba de una defensa a ultranza del P. Mario, como favorecido por dicho Tribunal. Pero desde este momento en que «la causa del P. Mario» se trastocaba en causa o cuestión de toda la Orden, no parecía tan lógico que siguiera en manos del Santo Oficio. Más de un cardenal y prelado de dicho dicasterio debieron de pensar lo mismo, pero uno solo se atrevió a declararlo en una de las sesiones inmediatas, diciendo que no entendía por qué tenía que entremeterse el Santo Oficio en el gobierno de las Ordenes religiosas si había una Congregación especial para ello, o sea, la de Obispos y Regulares. Era el cardenal dominico Vicente Maculano, pero el Emo. Francisco Barberini no le dejó continuar. [1]

Cuando en 1635 Albizzi fie nombrado Asesor del Santo Oficio, Maculano llevaba ya tres años como P. Comisario, y desde entonces hubo litigios entre ambos oficiales sobre derechos de presidencia en las sesiones ordinarias de censores y calificadores. En 1641 Maculano fue hecho Cardenal y siguió perteneciendo a la Congregación del Santo Oficio y no perdía ocasión de incordiar y entorpecer las iniciativas de Albizzi, quien «para realizar sus planes hubo de recurrir a la creación de comisiones especiales, presididas por cardenales de su elección». [2]

Nada tiene, pues, de extraño, que la mencionada intervención de Maculano -que no ignoraba la preponderancia de Albizzi «en la causa del P. Mario»- hiciera temer a Mons. Asesor futuras intromisiones del cardenal dominico en los asuntos de las Escuelas Pías. por lo que consiguió, con el probable apoyo del cardenal F. Barberini, [3] que el papa nombrara una ‘Comisión especial’, compuesta por miembros del Santo oficio, más o menos elegidos por él. Fueron los siguientes: cardenal Julio Roma, Presidente, en cuyo palacio tendrían lugar las reuniones de la Comisión; cardenal Bernardino Spada, cardenal Juan Bta. Pamfili, futuro Inocencio X, que no consta que asistiera nunca a las sesiones; cardenal Lelio Falconieri, que había formado parte -antes de recibir el capelo- de la Comisión Pontificia, que trató los problemas de los «reclamantes»; cardenal Marzio Ginetti, Prefecto a su vez de la Sda. Congregación de Obispos y Regulares, Vicario de Roma, gran protector y admirador del P. General y de su Orden. A estos cinco purpurados se añadían Mons. Francisco Paolucci, Secretario de la Sda. Congregación del Concilio, que había sido miembro también de la recordada Comisión Pontificia para «los reclamantes», [4] y el propio Mons. Albizzi, que se reservó el cargo de Secretario de esta Comisión, [5] con lo que podría hacer prevalecer más fácilmente sus opiniones.

Para hacer hincapié en el trascendental papel que desempeñó Albizzi en todo este asunto, desde el principio hasta el final, no está de más recordar que sus biógrafos y contemporáneos reconocieron sus excelentes dotes de «hablador y orador» (loquentissimo dicitore e oratore) y su capacidad de convencer y de imponer su opinión a todos, de modo que «su irresistible facundia parece haber sido un factor importante de su éxito, incluso en las Congregaciones romanas». [6] Lo que tendremos ocasión de constatar en esta Comisión Cardenalicia o «diputada»

Esta Comisión tenía por cometido examinar la situación de la Orden de las Escuelas Pías, ateniéndose particularmente a los informes del P. Visitador apostólico, y decidir los remedios pertinentes. Según Berro, en agosto de 1643 fue promulgado un breve erigiendo la Comisión y nombrando a sus miembros. [7] Por esas mismas fechas terminó Pietrasanta su visita a las casas de Roma, y creyéndose ya suficientemente enterado de toda la problemática y situación actual de la Orden, como reconocerá luego, [8] redactó un largo informe o «relación» y la presentó a los miembros de la Comisión hacia finales de septiembre, precedida o acompañada de otra relación oral [9] que lógicamente coincidiría con la escrita.

2. La Primera Relación del P. Visitador

A nadie se le oculta la importancia de esta Primera Relación, pues en ella se refleja no precisamente el estado real de la Orden en aquellos momentos, sino la idea que se formó Pietrasanta, dados los medios y métodos empleados para informarse. No obstante, «su idea» fue la que aceptaron los miembros de la Comisión como diagnóstico objetivo de la realidad, y sobre ella centraron sus discusiones y sus decisiones. He aquí una síntesis del larguísimo documento:

A) El Instituto de las Escuelas Pías es laudable y útil, pues

a) referente a la vida religiosa, es de mucha perfección y de pobreza y austeridad muy rigurosas;

b) referente al servicio del prójimo, el ministerio escolar, dicen personas de crédito que tal servicio era necesario en la Iglesia;

c) pero se puede dudar si el rigor de su pobreza y austeridad es adecuado a las fatigas de su ministerio. (Esta salvedad es muy importante, porque en ella se centrará la pretendida reforma institucional, querida por Mario y los suyos.)

B) La corporación -que cuenta con 500 religiosos, de los cuales más de cien están en Roma- tiene la cabeza y muchos miembros del todo sanos, «siendo el P. General y otros religiosos de gran virtud y de bondad no ordinaria. Pero hay en todo el cuerpo actualmente una notable inquietud», a saber:

a) muchos quieren probar la nulidad de su profesión para marcharse al siglo;

b) un buen número de legos pretenden ser clérigos y luego sacerdotes;

c) estos tales reclaman la precedencia según su profesión. (Y se extiende el Visitador exponiendo las razones, causas y remedios, ya examinados y resueltos en las Comisiones Pontificias que actuaron desde 1641.)

C) Fuera de estos tres grupos de reclamantes «hay muchos hábiles y muy buenos religiosos, y en lo que atañe al buen olor de la honestidad… encuentro generalmente que no hay nada inconveniente a su estado religioso y conservan en esto el buen nombre y la buena fama». Pero

a) en los que gobiernan se descubre ambición y que oprimen a los súbditos, siendo muy indulgentes consigo mismos; se nota avaricia en el manejo del dinero, sospechas de beneficiar a su familia y resistencia a rendir cuentas;

b) en los súbditos, hablando en general, se nota que la pasión irascible domina a la razón, abundando las palabras y actitudes de violencia y venganza.

D) Remedios: «abrir la puerta y dejar salir la sangre podrida e infecta, quiero decir, dar libertad de irse a quienes están a disgusto, quedando los buenos y voluntarios y arreglar la religión». Pero

a) parecería inaceptable dejar salir a tantos religiosos de votos solemnes;

b) será factible si se acepta la opinión de «varios y grandes teólogos» de que esta Religión no es verdadera Orden Y, Por tanto, los votos solemnes son nulos;

c) la razón está en que el breve de Gregorio XV con que confirma la Orden y aprueba las Constituciones es subrepticio y obrepticio:

subrepticio por apoyarse en la falsedad de que las Constituciones fueron hechas por el General y sus Religiosos, mientras las hizo él solo;
obrepticio por conceder lo no concedible, es decir, que el General puede despachar de la Orden y dispensar de votos solemnes;

d) por tanto, si es nulo el breve, los votos serían simples, como lo eran en la Congregación Paulina.

E) En definitiva:

a) «yo debo suplicar, como lo hago humildemente, por la conservación de esta Religión»…, «pues no es costumbre de la Iglesia disolver o destruir una Congregación religiosa, a no ser que esté toda depravada, de modo que no quede ni la cabeza, ni muchos miembros sanos, como yo afirmo en verdad que hay muchos con Su cabeza y Fundador en esta de las Escuelas Pías»;

b) despachando a los miembros podridos se cumplirá la primera parte del programa de la Visita: ‘ut evellas et destruas’;

c) la segunda parte, ‘ut aedifices et plantes’, se obtendrá:

1) intimando un Capítulo General en el que se revisen uno a uno todos los puntos de las Constituciones y se conserven los que son «provechosos para el fin de su vocación y a la vez practicables y atemperados a los ejercicios y ministerios que les ocupan»;

2) que pidan luego al Papa la confirmación de las mismas;

3) así como un breve que supla las deficiencias habidas, «fundándolos y confirmándolos de nuevo a gloria de Dios y beneficio de la Iglesia». [10]

Presentada así la Relación en sus líneas esenciales, con sus afirmaciones o juicios globales sobre la actualidad de la Orden y sus soluciones a los problemas, cabría aceptarla como positiva, añadiendo además sus ulteriores protestas en propia defensa, de haber «suplicado con reiteradas instancias por escrito y de viva voz a dicha Sda. Congregación [Comisión Cardenalicia] a favor de Ia conservación y arreglo de la Religión y de la reintegración del P. General en su cargo, quitándosele toda suspensión impuesta por Tribunales Superiores». [11] Y no hay por qué dudar de estas palabras del P. Visitador, que le honran. Pero hay que matizar o resaltar los claroscuros que enturbian su Relación, pues indudablemente fue ella la que formó conciencia en la Comisión de que el estado de la Orden era tan lamentable que se podía pensar en suprimirla en absoluto o reformarla sustancialmente.

Lo primero que hay que lamentar es el método de información, que condiciona todo lo referido en la Relación. Pietrasanta lo expone en su «autodefensa», ya aludida, diciendo que en Roma oyó a todos los que quisieron hablarle y recogió sus deposiciones por escrito, firmadas por los deponentes; no pudiendo salir de Roma, escribió carta circular, invitando a todos a escribirle lo que creyeran conveniente; nombró delegados para que visitaran ciertas casas más problemáticas, y redactó un interrogatorio de 34 puntos como base de información. [12] Lo cierto fue, sin embargo, que el control estricto que llevaron tanto el P. Mario como sobre todo el secretario de la Visita y redactor de deposiciones, P. Ridolfi, no sólo redujo considerablemente el número de los «voluntarios» dispuestos a hablar al Visitador por miedo a represalias, sino que los «voluntarios» mismos fueron amaestrados sobre los temas que interesaban, con miras a la reforma pretendida. Y ese mismo control, por todos sabido, influyó igualmente en las comunicaciones recibidas de fuera de Roma, reduciendo su número y condicionando su contenido. [13]

Por lo que a Roma se refiere, parece ser que de más de cien religiosos que había, sólo hablaron con el Visitador unos veinticinco. [14Y con mucha seguridad afirman algunos que no fueron interrogados ni el P. General, ni los Asistentes viejos o nuevos, que eran los más enterados de todo. [15] De las casas de fuera de Roma, visitadas por delegados, cita Pietrasanta las de Génova y su Noviciado, Savona, Cárcare, Cáller, Pisa y Chieti, de cuyas actas de visita se sirvió también para componer la Relación -dice en su «autodefensa» de principios de febrero de 1644. [16]. Total, siete casas, de las treinta que tenía entonces la Orden, como se recuerda en algunos memoriales. [17] Pero de esas siete casas, cuando escribió la Relación, en septiembre de 1643, no pudo tener el acta de las de Cáller y Pisa, que fueron visitadas en octubre-diciembre del mismo año. [18]. Y a duras penas podría valerse de las actas de las otras cinco casas. [19] De todo lo cual se concluye que, en definitiva, apenas si tuvo otra fuente abundante de información sobre los problemas de la Orden, viejos y nuevos, que el cerrado círculo de Mario, Cherubini y Ridolfi, a más de los pocos que ellos dejaron pasar, indujeron a hablar y amaestraron antes, según sus ideas.

En cuanto al contenido de la Relación hay que lamentar que sus informadores le presentaron los tres temas correlativos de reclamantes como si fueran conflictos actuales, con la virulencia que habían tenido en años pasados, evocando su historia, sus razones y sus causas, sin dejar en claro que ya se habían discutido y solucionado en Comisiones Pontificias especiales. Y si quedaban algunos tercos e impertinentes, no era razón para exagerar, como si nada se hubiese conseguido hasta entonces: «Estos tres principales desórdenes -escribía- son los que alteran grandemente ahora la Religión de las Escuelas Pías». [20] Y dedicó a la exposición de tales problemas y a sus soluciones casi seis de las ocho páginas hoy impresas de la Relación.

Eran problemas y situaciones ya superadas, como reconocían quienes levantaron su voz de protesta contra el Visitador por estas tergiversaciones y demás abusos; [21] incluso le achacaban haber permitido él y los de su gobierno ordenaciones y promociones al clericato de gente tenida por indigna e inepta en el gobierno anterior. [22] Volvieron a desempolvarse los decretos clementinos no observados; las ceremonias y exigencias de las Constituciones no observadas; los breves pontificios no atendidos; los salidos per ‘vim et metum’; apoyados en testigos falsos; las acusaciones de falta de selección y formación en los noviciados; el excesivo número de casas sin gente preparada; las dudas sobre la validez de la profesión con las consecuencias de sentirse libres de los votos; se generalizaba diciendo que la obediencia era servil, que la pobreza degeneraba en propiedad y que la castidad no era más perfecta que la de los cristianos célibes o de los ordenados ‘in sacris’, sin sentido religioso alguno.

Todo esto, sin atenuantes, sin explicaciones, sin aducir razones justificantes, ni poner en claro lo que se había resuelto y lo que había quedado aún sin resolver, no podía menos de causar -como un vulgar panfleto- una pésima impresión en la Comisión, aunque luego, tendiendo un velo sobre todo lo dicho, añadiera el Visitador que, salvo las tres clases de reclamantes, los demás eran «muy hábiles y buenos religiosos… y generalmente -decía- veo que no hay cosa que desdiga a su estado religioso, y conservan su buen nombre y buena fama». [23] Mas los miembros de la Comisión se quedaban sin saber la situación real de la Orden.

Uno de los aspectos más interesantes del análisis de esta Relación, considerado como posible causa o raiz de los desórdenes ocurridos, consiste -dice- «en la cualidad misma del Instituto, que, aun siendo en sí mismo santo, en la práctica no parece discreto, al unir dos cosas difíciles de ir juntas, y son la suma austeridad en la comida y la suma fatiga, siendo su profesión extremadamente trabajosa». [24]

Esta idea trascendental le fue inculcada al P. Pietrasanta, sin duda, por Mario y los suyos. [25] El núcleo de la reforma o reajuste, [26] pretendido por ellos y plenamente aceptado por la Comisión hasta el final, será precisamente moderar la austeridad de vida y la suma pobreza para compensar y poder soportar la dureza del propio ministerio escolar. Y en esto ciertamente la Historia dio razón a Mario y Pietrasanta, aunque a gran parte de los escolapios contemporáneos les pareciera no una reforma, sino una destrucción. No hay duda de que Mario consiguió -con el control de los que iban a hablar con el Visitador- que éste captara en toda su crudeza la austeridad de vida, como algo odiado por la mayoría. He aquí un párrafo muy realista de la Relación:

«… comúnmente ‘casi todos’ sienten repugnancia por la desnudez de pies y piernas; por la abstinencia y los ayunos que tienen cada semana, uno de ellos a pan y agua; por las tres disciplinas semanales y el cilicio los viernes; por las camisas de sayo y jergones de paja, que no se les cambian quizás en cinco o seis años; por la comida ordinaria muy ligera, que por lo general es de sobras y de géneros no comprados, de modo que con sólo nombrarlos da náuseas, etc. Y todo ello, aun los que quieran perseverar en la Religión, piden que se suavice y modere». [27]

Si descentró anacrónicamente el P. Visitador el primer cuadro de desórdenes o inquietudes de la Orden en su Relación, al hablar de los tres tipos de reclamantes, no fue más moderado al presentar el segundo, distinguiendo entre gobernantes y súbditos. No obstante, apenas si supo disimular que la ambición de poder, la avaricia de dinero y despotismo del mando caracterizaban precisamente a los nuevos superiores, empezando por Mario y continuando por aquellos de quienes el propio Mario se lamentaba ante el General en la famosa escena que nos narró el Hº. Lorenzo Ferrari.

En cuanto a la irascibilidad y violencia de los súbditos queda muy claro que el informador principal fue el propio Mario con su Memorial calumnioso, pues tanto en los sucesos de Florencia como en otros se le presenta como víctima inocente, sin aludir a su irascibilidad -reprobada por el cardenal Barberini- y sus demás trapacerías. De otros ejemplos aducidos nos enteramos por Berro que se trataba de un enfermo ‘malenconico assai’ y de un lego indeseable, pero protegido por el Vicegerente Mons. Altieri y por el embajador de Savoia. [28] Además, la larga alusión a la actitud de protesta de los tres nuevos Asistentes contra Mario y Pietrasanta no necesita comentarios, a no ser lamentar la falta de objetividad del P. Visitador.

Respecto a los remedios propuestos, dos cosas hay que lamentar: la primera, que se pida abrir las puertas para dejar salir a todos los indeseables, «la sangre pútrida», y aun a todos los que no estén a gusto. Y veremos que ésa será una de las soluciones definitivas. El lamento se refiere al hecho de que tanto el Fundador como los Capítulos Generales habían insistido en que se concediera al P. General usar de la facultad que le concedían las Constituciones de expulsar a los indeseables, «al menos por una sola vez», como pedían todavía en 1641 al papa y al Cardenal Protector, antes de que se hablara de la Visita Apostólica. [29] Pero no se lo concedieron.

La segunda queja se refiere a la duda maliciosa de que las Escuelas Pías fueran verdadera y canónica Orden de votos solemnes, intentando probar que el breve de Gregorio XV (31 de enero de 1622) en que se aprobaban las Constituciones era inválido, sin citar siquiera el breve anterior (18 de noviembre de 1621) con el que había sido elevada la Congregación a Orden. Con ello facilitaban la operación de «reducir la Orden a Congregación». Pero era una iniquidad.

Con esta Relación Primera de Pietrasanta quedaban inmersos los miembros de la Comisión Diputada en un atmósfera confusa de elogios y vituperios a la Orden, de problemas pasados y presentes, de soluciones y remedios ambiguos, de la que no saldrían ya hasta el final.

3. En torno a la sesión primera

En los treinta meses que duró esta Comisión Diputada, sólo tuvo cinco sesiones, según ha mantenido nuestra tradición histórica, pero hubo otras preliminares o complementarias. [30] Según esta tradición, la sesión primera se celebró el día primero de octubre de 1643, pero sabemos que el P. Pietrasanta había dado ya su Relación oral y escrita a la Comisión antes de esa fecha. [31] Consta, además, que el 27 de septiembre hubo una reunión, en que se trataron tres cuestiones muy importantes, que parecen resumir las conclusiones a que se llegó tras la lectura y examen de la Relación del Visitador, en privado o más bien en otra sesión anterior. Tales cuestiones nos dan idea de la reacción inmediata, producida en la Comisión, por la Relación del Visitador. Eran las siguientes:

1. Aclarar si fue válida la confirmación o declaración de Gregorio XV sobre la Orden y si subsiste hasta hoy.
2. Si subsiste, hay que decidir si conviene suprimir la Orden o mantenerla.

3. Si se mantiene, hay que decidir si se modera y cómo se la provee de buen gobierno: [32]

En esta sesión del 27 de septiembre, por lo visto, cada uno opinó sobre cada uno de los puntos o iban preparados para ello, como hizo Paolucci, que nos ha conservado su «voto». Y dado que este monseñor se manifiesta en sus apuntes no sólo como defensor de la Orden y del P. General, sino también como quien convence y arrastra a su posición a otros, es interesante saber lo que piensa desde un principio, para corregir levemente el concepto tradicional que de él se ha tenido.

A la primera cuestión responde defendiendo con textos jurídicos la validez del breve de Gregorio XV. A la segunda, que no debe suprimirse la Orden, aduciendo estas razones: la aprobación y reconocimiento de los papas Pablo V, Gregorio XV y Urbano VIII; aun el Visitador la considera útil para los pobres; ya ha sido admitida en Alemania y Polonia y, por tanto, su extinción podría provocar la oposición de los respectivos príncipes (como así fue); según el Visitador, hay muchos religiosos hábiles y probos, especialmente el P. General; la supresión podría suscitar un escándalo; tanto al mal gobierno como a otros inconvenientes se puede proveer, como lo hace respondiendo a la 3ª. cuestión.

La respuesta a la 3ª. cuestión es la más interesante y digna de tenerse en cuenta. Cree que hay que reducirse al primitivo ejercicio de enseñar a leer, escribir y primeros elementos de gramática y rudimentos de la fe, manteniendo los votos sustanciales; deben hacerse nuevas Constituciones más discretas y proporcionadas al ejercicio propio del Instituto; los que quieran pueden pasar a otras Religiones, pero salir libremente no es compatible con los votos emitidos ni con el breve de confirmación de Gregorio XV; da también solución a los tres géneros de reclamantes (nulidad de profesión, aspiración al clericato o sacerdocio y derechos de precedencia); a los inconvenientes debe proveerse en las nuevas Constituciones adaptadas; no hay que extrañarse de que haya inconvenientes en esta Orden, pues en todas las Ordenes los hay, y quizá mayores. [33] Y curiosamente concuerda con el P. General al afirmar: «Al P. Mario, ‘de cuya persona han surgido tantas riñas’, póngasele al frente del Colegio Nazareno o en otro lugar más honroso». [34] Con ello reconocía -acaso con otros miembros de la Comisión- que la causa de muchos trastornos actuales era Mario, pero se debía continuar honrándole por sus pasados méritos ante el Santo Oficio. Su remoción, empero, contribuiría al buen gobierno.

La noticia de que la Comisión Cardenalicia había empezado a tratar los problemas de las Escuelas Pías llegó a oídos del P. Fundador por vía autorizada y confidencial. Tanto él como sus depuestos Asistentes debieron quedar consternados al saber el tema concreto que se iba a debatir inmediatamente. Y con mano temblorosa escribió el P. General a la Comisión una carta tan vibrante y nerviosa, que refleja las prisas y la tensión en su inconcluyente sintaxis:

«Emos. y Rvmos. Sres: El General de las Escuelas Pías, habiendo sabido por un Ministro de esa Sda. Congregación, que en ella se ha de deliberar sobre estos dos artículos: uno, si hay que suprimir esta Orden, y el otro si se ha de regular [reformar]. Por decir algo de uno y de otro artículo. En cuanto al primero, no sabiendo él por la misericordia de Dios que haya tales culpas por las que esa Sta. Sede suele proceder con infinita circunspección para tomar tales resoluciones, como se lee en las Bulas de extinción de los Humillados y otros, [35] suplica humildemente a VV. SS., que cuando se reúnan, se dignen escuchar a los Asistentes viejos y nuevos y a los Provinciales informados para poder sincerarse de las razones públicas de esta pobre Religión, y no encontrando nada relevante, librarla de este concepto con el que se dice, sin culpa, que merece este castigo.

Sobre todo, que ellos están dispuestos a mostrar lo contrario con el testimonio de Príncipes y Prelados y de los municipios en que se halla esta Religión, además del de S. Santidad y de Gregorio XV, Pablo V y Clemente VIII y de la Sda. Congregación de Regulares en el momento de la erección y aprobación de sus Constituciones, que sobrepasan infinitamente la fe de cualquiera que intente desacreditarla.

En cuanto al segundo artículo de regularla [reformarla], él mismo [presenta] las doce propuestas adjuntas, que sus Padres han estimado muy apropiadas y suplica la facultad de convocar un Capítulo o Dieta para deliberar adecuadamente sobre cada cosa, además de lo que les parezca ordenarle a VV. EE.

Ni obsta lo que se dice de las profesiones de todos y de las provisiones de los Hermanos, pues sólo son fomentadas por quien quiere mantener inquieta y soliviantada la Religión, pudiéndose resolver eficazmente con las propuestas mencionadas». [36]

Y siguen las 12 propuestas en un latín enrevesado y confuso, quizá redactado por alguno de los viejos Asistentes (¿Casani?), con las que, sin duda, no podrían ponerse de acuerdo ni con sus defensores, empezando por Paolucci. Nada decían, en efecto, sobre la moderación de la austeridad y la pobreza, y aunque hablaban de retoques en las Constituciones, se referían a cuestiones marginales de las que nadie hablaba, y que, por otra parte, eran las únicas que proponían como tema de un próximo Capítulo General. [37]

Enorme fue la avalancha de documentos; memoriales, informes, súplicas, cartas, alegatos jurídicos, relaciones oficiales, etc., que llegaron a la Comisión en los 30 meses de existencia. Y nos referimos a los escritos conservados, pues no hay que olvidar el cúmulo de documentos que fueron quemados hacia el año 1659, tantas veces recordados por Berro entre ayes y lamentos. [38] Todas esas escrituras son generalmente anónimas y sin fecha, de modo que no es fácil determinar a cuál de las cinco sesiones «tradicionales» pertenecen, ni los historiadores concuerdan siempre en darles autor y fecha a cada una.

Parece, no obstante, que para la sesión del Primero de octubre de 1643 («primera») se escribió también un alegato, atribuido al P. Cherubini, en el que lanza injustamente esta malévola queja contra los viejos Asistentes: «ahora se ve -dice- a qué han reducido la pobre Religión». En realidad, las cinco sextas partes de su memorial las dedica a exponer los problemas de los reclamantes. Pero vale la pena poner de relieve el último párrafo, pues desde un principio señala con cierto terror el destino al que no quisiera que llegara la Orden, pero fatalmente llegará bajo su propio gobierno personal. Por ironía de la Historia, desde sus contemporáneos hasta nuestros días, todos han repetido unánimemente, refiriéndose a su gobierno y al de Mario y Pietrasanta, la queja que lanzó él contra los viejos Asistentes: «ahora se ve a qué han reducido la pobre Religión». Y éste es el párrafo agorero:

«Si se pensara como remedio prohibir vestir [a nuevos novicios] y aceptar más casas, y así irla extinguiendo [a la orden] a medida que vayan faltando, esto sería un morir continuo y una pena atroz para quienes tienen un poco de espíritu y habilidades; las cosas han llegado a tal punto que es necesario darle los remedios que se juzguen adecuados para su acomodación, o bien extinguirla para que no perjudique a la Iglesia». [39]

Y no es temerario sospechar que tales ideas de extinción empezara a oírlas Cherubini desde un principio y temblara al pensar que llegaran a ponerlas en práctica, como así fue.

Llegó, pues, el primero de octubre, y en el palacio del cardenal Julio Roma, como Presidente, se reunió la Comisión Diputada. Excepto el cardenal Pamfili, estaban presentes todos: los cardenales Roma, Spada, Falconieri y Ginetti, los Mons. Paolucci y Albizzi y el Visitador Pietrasanta. De los tres puntos propuestos en la sesión del 27 de septiembre sólo se discutió el segundo: si se ha de extinguir o conservar la Orden. Y las opiniones se dividieron: votaron por su extinción absoluta Roma y Spada; los demás votaron por su conservación. Pero Albizzi matizó su voto, abogando por reducirla a «su primer estado» (¿de Congregación Paulina?) quedando sujeta a los Ordinarios, simplemente anulando los breves. [40]

Mons. Paolucci escribe muy ufano que los que se opusieron a la extinción lo hicieron movidos por las razones aducidas por él en su «voto» ya mencionado, a las que añadió ahora: que en la orden no había delitos, ni nada que lamentar en las costumbres o trato con los niños, y que en las demás cosas se podía proveer; que otras Religiones se habían mantenido teniendo peores sujetos; que suprimiéndola habría oposiciones de príncipes, incluso extranjeros, muy afectos a estos Padres (como ocurrió, de hecho); que los Humillados fueron suprimidos, habiendo precedido preceptos, provisiones, órdenes y diligencias, que no han ocurrido en nuestro caso; que sería un daño para el bien público, etc.

Los partidarios de la extinción alegaban que este instituto había tenido malos inicios, y que si no se extinguía ahora, se tendría que extinguir más tarde con más dificultades; que había muchas disensiones y faltaba disciplina regular; que los religiosos eran desobedientes, poco morigerados, ambiciosos y reacios a todo mandato; que su utilidad podría ser suplida por los párrocos en la instrucción necesaria; que eran incapaces de aceptar remedios; que ni el General ni los superiores eran buenos; que eran nulas la erección y confirmación de la Orden por la invalidez de los breves obrepticios y subrepticios; que otras Ordenes se habían abolido y otras más se abolirían si se podía; que no se dañaría el bien público, pues seguirían atendiéndolo mejor quizá reducidos a Congregación; difícilmente se daría la desesperación, pues muchos desean salir, etc. [41] Indudablemente, la Relación de Pietrasanta había dejado huellas muy hondas.

Todo da a entender que la discusión fue larga y bien razonada por ambas partes, y sin ponerse de acuerdo en el punto esencial y único que habían escogido -extinción o conservación-, concluyeron la sesión, decidiendo que se estudiaría mejor la validez de los breves fundacionales, además de los decretos de la Congregación de Regulares sobre aprobación de la Orden y de sus Constituciones. [42] Y eso fue todo. Y era mucho y muy grave.

4. Et P. Cherubini, Superior General

Muy optimistas parece que eran las noticias que Pietrasanta comunicaba a Nápoles, apenas concluida la sesión anterior, pues hacia concebir fundadas esperanzas de la reintegración del P. General en el gobierno de la Orden, suponiendo incluso que el P. Mario no se opondría. [43] Igualmente, parece que fue satisfactorio el informe que el P. Visitador dio al P. General sobre lo tratado en dicha Comisión, si los de Nápoles se alegraban de ello. El General, por su parte, la primera vez que alude al tema en carta del 10 de octubre a Berro, dice muy lacónicamente: «hará santamente si prosigue rezando para que los asuntos de nuestra Religión tengan buen éxito, pues los adversarios son muchos y grandes». [44]

No es fácil adivinar a quiénes se refería el Fundador al hablar ya de tales adversarios. Es improbable que el P. Pietrasanta le revelara el detalle de que los cardenales Spada y Roma habían votado por la extinción de la Orden, aunque se podía suponer que su actitud no sería favorable, dado que era de dominio público que ambos eran contrarios a las Órdenes Religiosas y a la instrucción de los pobres, que debían mantenerse en sus menesteres de artes y oficios serviles para el equilibrio de la sociedad, sin vanas aspiraciones de mejorar su posición. [45] Con todo, si se refería a ellos el Fundador considerándoles «grandes» adversarios, no podía hacer lo mismo al decir también «muchos». Más tarde volverá a insistir en esta idea y se referirá expresamente a los jesuitas, por lo que es probable que ya aluda a ellos desde ahora, pues no faltaron voces en este sentido por parte de gente extraña a la Orden, desde el primer momento en que se enteraron de que el Visitador Apostólico era un jesuita. [46]

De todos modos, ni Pietrasanta ni su antecesor, Ubaldini, aceptaron a gusto y voluntariamente el ingrato oficio de Visitador, como confesaron ellos mismos. [47] Igualmente, como había ocurrido con Ubaldini, también Pietrasanta creyó que su Visita podía darse por terminada una vez que había entregado la Relación a los cardenales de la Comisión, y así se lo pidió al cardenal Barberini para que se lo concediera el papa. [48] La diferencia entre ambos estuvo en que a Ubaldini le destituyeron y a Pietrasanta le obligaron a continuar. Pero en toda la Orden, por lo visto, se formó la opinión de que con la presentación de la Relación y consiguiente sesión de la Comisión Diputada se había terminado la Visita. [49] Lo extraño es que ni Pietrasanta ni nadie de los entonces responsables desmientan esta opinión tan generalizada.

El desencanto llegó por otro camino. Mientras el P. Mario se debatía entre la vida y la muerte, envuelto en su caparazón de costras malolientes, había tomado las riendas del mando provisionalmente su íntimo colaborador y Procurador general, P. Cherubini, hasta el extremo de que aun fuera de Roma se hablaba de que era su sucesor. [50] Habían llegado también a la comunidad de San Pantaleón los rumores de que el moribundo Mario había conseguido de Albizzi y Pietrasanta la promesa de que efectivamente nombrarían sucesor suyo a Cherubini. Y queriendo impedir este vergonzoso nombramiento, el P. Baldi y el Hº. Felipe Loggi, nombrados tiempo atrás por Pietrasanta diputados oficiales de la Orden para presentar instancias en pro del buen gobierno de la misma, haciendo uso de sus facultades, escribieron un memorial al cardenal Roma, suplicando en nombre de la Orden que no se pusiera el gobierno en manos del P. Cherubini por el descrédito general de que gozaba, y que estaban dispuestos a probar jurídicamente, incluso el P. General. [51]

Las extrañas prisas con que se sucedieron los acontecimientos no excluyen la probabilidad de que este memorial llegara al Presidente de la Comisión, cardenal Roma, antes de que expirara el P. Mario, previendo el futuro. En efecto, Mario murió el 10 de noviembre y fue enterrado en secreto la noche misma. La mañana del 11, Mons. Albizzi comunicó la noticia a la Comisión y sin duda, fiel a la promesa hecha al pobre moribundo, propuso como sucesor a Cherubini; la Comisión, aun habiendo leído el memorial de los dos diputados oficiales de la Orden, no hizo caso alguno de la súplica, ni intentó cerciorarse de las acusaciones insinuadas contra el candidato de Monseñor; dio, por tanto, a Cherubini plenos poderes de gobierno, que debería compartir con el Visitador y con nadie más, eliminando expresamente cualquier injerencia del P. General y de los Asistentes, viejos o nuevos; finalmente, ese mismo día 11, Mons. Asesor escribió y firmó una carta, dirigida al P. Pietrasanta, explicándole todo esto y mandándole que lo comunicara a las comunidades escolapias de Roma y del resto de la Orden. Esta importantísima carta, desconocida por los historiadores hasta 1960, dice:

«Habiéndose dado noticia esta mañana a los Sres. Cardenales de la Comisión instituida por S. S., sobre la Religión de las Escuelas Pías, de la muerte del P. Mario de S. Francisco, el cual junto con V. P. la gobernaba y administraba el Colegio Nazareno, y leído en dicha Comisión el memorial dado de parte de la misma Orden y firmado por los PP. Francisco [Baldi] de la Anunciación y Felipe [Loggi] de S. Francisco, Sus Eminencias han elegido para el gobierno de dicha Orden y Administrador del Colegio Nazareno junto con V. P. e independientemente de cualquier otro que no sea V. P., y dicha Comisión, al P. Esteban [Cherubini] de los Ángeles, ahora Procurador General de dicha Orden, hasta nueva provisión de Sus Emcias., dando a dicho P. Esteban, junto con V. P. y no de otro modo, sin intervención del P. General, cuya potestad queda todavía en suspenso a beneplácito de S. S., ni de los PP. Asistentes viejos o nuevos, plena autoridad para poder gobernar dicha Orden y administrar dicho Colegio, queriendo que… haga intimar esta orden en S. Pantaleón, en el Noviciado y en el Colegio Nazareno y a las otras casas fuera de Roma y registrar en las Actas de la Religión, para que sea obedecida por todos…»[52]

La carta tiene visos de un decreto en toda regla, sin esperar ulteriores confirmaciones oficiales: El lector, sin embargo, queda algo escéptico sobre la verdad del contenido narrativo, es decir, que a las pocas horas del entierro nocturno de Mario hubiera convocatoria inesperada y reunión de ‘todos los miembros de la Comisión y que sin más informes sobre el candidato -acusado por otra parte en memorial oficial de la Orden- se decretara el nombramiento de Cherubini. Conociendo el despótico modo de proceder del Asesor Albizzi y las triquiñuelas y artimañas jurídicas con que imponía su voluntad -ya vistas en el cesende Ubaldini, nombramiento de Pietrasanta, suspensión de los tres Asistentes legítimos- es probable que hablara del asunto solamente con el Presidente de la Comisión, cardenal Roma, y le hiciera aprobar la nominación de Cherubini con sus amplias atribuciones, quedando como decisión de la Comisión. Y no queda en probable sospecha, pues afirma Berro que uno de los cardenales de la Comisión dijo no saber nada del asunto. [53]

El P. Visitador, habiendo recibido la carta de Albizzi, se presentó el mismo día en San Pantaleón para leerla en público. No había otro documento oficial. Una simple carta, como otras veces, un simple «billete». Pero cuando salió de la capilla el P. Pietrasanta empezó a aflorar la protesta interior, el disgusto y la indignación de los presentes, que sabían que Baldi y Loggi, como delegados oficiales, habían intentado evitar este bochorno con el memorial. El P. Cherubini advirtió en los rostros de muchos y en los murmullos que subían de tono un peligro inminente y -cuenta Berro- se precipitó hacia la habitación del P. General, que estaba al fondo del oratorio, y postrado a sus pies le pidió ayuda y protección, temiendo ser maltratado. Salió de su cuarto el Santo Viejo acompañando a Cherubini y «con paternas palabras exhortó a todos a tener paciencia y aceptarlo todo de manos de Dios, sometiéndose a la obediencia del P. Esteban, el cual prometió que no haría nunca nada no sólo contra la voluntad del P. General, sino que lo haría todo con su consentimiento.» [54] Tenía entonces cuarenta y cuatro años.

No exagera Berro en sus palabras, pues en la carta circular que el P. Cherubini escribió a toda la Orden el 14 de noviembre decía expresamente: «les aseguro que procuraré darles la mayor satisfacción, como cercioré de ello al P. General, a quien respetaré siempre y escucharé complacido sus buenos y santos consejos, ni me apartaré lo más mínimo de S. P.»[55] Vanas promesas, fruto de las circunstancias del momento más que de la sinceridad, pues en el fondo del alma estaba decidido a seguir la línea de reforma contraria a la suma pobreza y austeridad, propuesta y fomentada por Mario, Pietrasanta y Albizzi, como veremos dentro de unos meses.

El P. Pietrasanta, el mismo día 11, en que había leído en San Pantaleón la carta de Albizzi, escribió otra circular a las casas de la Orden, comunicando la muerte del P. Mario y el nombramiento del P. Cherubini como «Superior universal de toda la Religión -decía- al que V. R. [el Rector] rendirá la debida obediencia, procurando que sea reconocido como tal por todos sus súbditos». [56] Y no menos consecuente consigo mismo, el P. General continuó exigiendo a todos que reconocieran al P. Esteban y le prestaran obediencia, como en esta carta a Berro: «Al presente le digo, como ya sabrá por otros, que el P. Esteban ha sido introducido en el Gobierno de la Orden como estaba el P. Mario y como es favorecido por el P. Visitador, por Mons. Albizzi y también, según dicen, por la Comisión de Sres. Cardenales diputados, no está bien mostrarse contrario a cuanto ordenen dicho Padre junto con el Visitador, como V. R. podrá hacer saber a los nuestros de esa casa». [57]

Parece, pues, fuera de duda que toda esta ambigua tramoya del nombramiento de Cherubini fue debida al trapacero Mons. Asesor, lo mismo que el cambio de Visitadores, la anulación de los Asistentes nuevos y tantas otras maniobras injustas de abusos de poder a favor de Mario y en contra del paciente General y sus Asistentes. Y aún faltaban otras más graves. No nos parece, por tanto, justo y acertado el juicio de Berro, que€ atribuye en este caso las culpas de Albizzi aPietrasanta: «Era el P. Visitador -dice- el que tramaba todas estas cosas y solicitaba a dicho Monseñor para mantener la promesa hecha al difunto P. Mario de defender y exaltar al P. Esteban». [58] No es Pietrasanta quien se vale de Albizzi y de Cherubini, sino Albizzi quien mueve las piezas desde el principio hasta et fin de este drama.

5. Reacción violenta contra Cherubini

Quizá no fue sincero el P. Cherubini cuando, al anunciar su nombramiento a toda la Orden, dijo: «mi mayor consuelo es que será para poco tiempo»; [59] lo mismo dijo Pietrasanta a la Comunidad de San Pantaleón, precisando además que por Navidad estaría todo arreglado y el P. General habría recuperado su oficio. [60] No hay que olvidar que era opinión general, compartida por Pietrasanta, que la visita prácticamente había terminado. Pero llegó Navidad y las cosas seguían como antes. La gente empezó a impacientarse, sobre todo cuando a principios de año se corrió la voz de que iban a nombrar al P. Esteban vicario General, y que estaba intentando la reforma de la Orden, aligerando el peso de las austeridades y moderando el concepto de suma pobreza, con lo que de nuevo aparecía como fiel continuador de las ideas reformadoras de Mario y Pietrasanta. De ambos rumores se hacía eco el P. General escribiendo a Berro el 6 de febrero de 1644:

«En cuanto a las cosas de la Orden, se trata ahora entre los Sres. Cardenales- diputados, si el P. Esteban deberá ser Vicario General, y toda la Orden está en contra de ello, como habrá sabido por cartas de otros. Y en cuanto a relajar la Religión, se dice que el P. Esteban con su secretario [P. Ridolfi] y el Visitador son de la opinión de relajarla en algunas cosas y particularmente acerca de la pobreza, pero se hará todo lo posible para mantenerla en su rigor». [61]

Por estos motivos, en febrero de 1644, se desató una verdadera tormenta de protestas y memoriales en toda la Orden, dirigidos a los cardenales de la Comisión Diputada, en una especie de plebiscito, sobre todo si se tiene en cuenta que, además de las casas que suscribieron formularios propios, hubo uno que se generalizó y que decía simplemente: «Nosotros, los infrascritos Padres y Hermanos de las Escuelas Pías de… , respecto a la persona del P. Esteban de los Ángeles, suscribimos todo lo que han suscrito nuestro P. General, Asistentes y demás Padres y Hermanos de las Escuelas Pías de Roma. Y en fe de la verdad hemos suscrito la presente de nuestra propia mano». El memorial a que se alude, firmado por treinta religiosos romanos, precedidos por el P. General, decía:

< Sabiendo los Padres de las Escuelas Pías de Roma que VV. EE. Por su benignidad, están por terminar cuanto antes las cosas de su Religión, dándoles Superior Mayor, suplican, por cuanto aman la tranquilidad y el buen gobierno de dicha Religión, que no permitan que sea elegido o confirmado el P. Esteban de los Ángeles, al presente Procurador General, ni otro propuesto por él, si antes no se toman informes de la vida y milagros (de vita et moribus) de quien venga propuesto, con juramento de quien deponga, como se ofrecen a jurar respecto a dicho Padre que es indigno de tal cargo. Se ruega también que no den fe a los informes que haya dado o tenga que dar él o alguno de sus adictos acerca de la Orden, considerando a estos tales como contrarios a dicha Orden y de opinión distinta respecto a la observancia regular y al instituto profesado por ellos. Todo lo cual se recibirá como gracia y en pro de la paz y tranquilidad universal de dicha Orden, pues toda ella, si le dan tiempo, suscribirá todo lo dicho, siendo común a todos los buénos tal sentimiento». [62]

Y efectivamente, dice Berro que este memorial, con la otra fórmula breve, fue firmado por más de 300 religiosos de las Provincias más cercanas a Roma. [63] De hecho, se han conservado -y editado- unas veinte cartas, escritas por las comunidades de Ancona, Cárcare, Génova, Fanano, Florencia, Pisa, Narni, Pieve di cento, Moricone, Roma, Nursia, Frascati, Poli y Nápoles, con unas 325 firmas, algunas repetidas por haber escrito su comunidad más de una carta. [64] En algunos formularios comunes se alude a la pretendida reforma, contra la que habían firmado «el P. General, Asistentes y todos los Padres y Hermanos -dicen-, excepto unos pocos, de las Escuelas Pías de Roma» [65] O bien se dice que «se haga todo con la consulta y relación de los Padres más observantes». [66] No se puede menos de dar el debido peso a este plebiscito, a este clamor universal de toda la Orden, Que pedía cosas tan justas y santas como el restablecimiento del P. General y Fundador en sus funciones de gobierno; se oponía a que fuera confirmado como cabeza de la Orden el P. Cherubini, «el trapo más sucio de todo el Instituto», como lo califica Bau; [67] y se mantenía fiel al espíritu del fundador, rechazando la relajación de la pobreza y demás austeridades que intentaban imponer desde dentro y desde fuera.

A pesar de toda esta avalancha de memoriales, no se veía indicio alguno de que hicieran mella en la Comisión Diputada. Por lo que seguían escribiéndose otros, cada vez más osados, acusadores y temerarios, como uno de la comunidad de San Pantaleón, probablemente escrito por Baldi, en que lamentaban no sólo que se hubiera nombrado a Cherübini, sino que se le hubieran dado más poderes de los que permitían las Constituciones, y rogaban de nuevo que se les escuchara, «pues -decían- aun los condenados por la justicia son atendidos». Y señalaban con el dedo a Albizzi y Pietrasanta como sospechosos, «pues sin hacer caso de las reiteradas súplicas han propuesto a dicha persona». [68]

Más temeraria aún era otro carta de Baldi al cardenal Roma, en que acusaba a Mons. Asesor de haber mostrado a Cherubini el memorial que contra él había presentado la comunidad de San Pantaleón, antes de que se leyera en la Comisión, con la consecuencia desagradable de que, siendo Superior, «va ahora mortificando y solicitando a éste y a aquél por haber suscrito contra él. Y acababa con esta gravísima acusación contra Albizzi: «De aquí se puede ver la parcialidad y protección de dicho Prelado, que muestra a la parte contraria lo que nosotros escribimos de ella, pero no nos muestra a nosotros lo que se nos opone. Tanto más cuando que estamos ciertos de los donativos hechos por la misma persona (que para su descrédito acusamos de inhábil para el gobierno) al mencionado prelado para la conservación del oficio». [69] Y no era una calumnia, pues no faltan testimonios que acusan a Cherubini de haber dilapidado unos cuatro mil escudos de acciones de la Orden, mientras era Superior General, [70] así como de haberse servido de la generosidad de sus parientes para ganarse protección y apoyo entre «Ministros de Palacio» parasus propios fines. [71] Ni queda exento de ambición y de codicia Mons. Asesor, siempre dispuesto a recibir donativos y pensiones fijas para hacerse pagar favores e influencias, como lo prueban tantos casos. [72]

Naturalmente, Mons. Asesor, como secretario de la Comisión Diputada, tenía que leer todo este aluvión de memoriales, así como también Pietrasanta y Cherubini debían de estar al corriente. En efecto, en ese mismo mes de febrero de 1644, tanto el visitador como Cherubini reaccionan con violentas cartas, amenazando a los individuos en concreto y a toda la Orden. Al P. Berro le escribe Cherubini el 6 de febrero: «el tiempo nos mostrará cosas sorprendentes con daños irreparables para la Orden, tan revuelta por estos tales [¿los Superiores antiguos?] que no tienen más que ambición en los ojos para reinar, sin preocuparse para nada del ser o no ser de la Religión, cuya acomodación había yo encaminado tan bien, pero todo se ha perdido». [73] y el mismo dia 6 escribía a uno de los Rectores de Nápoles: «[el memorial] ha sido suscrito por V. R. y los demás simplones, que no saben en qué laberinto han entrado al firmarlo. Si se llega a las pruebas, veremos y oiremos cosas interesantes; pues por mi honor es necesario que yo les haga parecer a todos o temerarios o mentirosos o falsarios… Y les enseñarán qué quiere decir firmar y jurar que uno como yo no es hombre que merezca el gobierno… Sentiré mucho que la Orden pague lo peor…». [74] ¡Estas bravatas le definen como Superior más que cualquier comentario! El día 7 escribía a Génova: «yo por mí nada temo, pues la conciencia no me remuerde de nada, pero temo alguna sacudida a la Orden con daño irreparable… V. R. no deje de orar, pues lo veo todo en gran peligro». [75]

La barahúnda de memoriales, pidiendo que la Comisión se enterara de lo que todo el mundo sabía en la Orden sobre la vida pasada de Cherubini, movió a pedir al P. General, hacia fines de febrero, un atestado. Y el pobre viejo, que tantas pruebas había dado de favorecer y estimar al P. Esteban, olvidando sus lejanos descarríos, no tuvo más remedio, por el bien de la Orden y por solidaridad con todos sus hijos, que redactar un informe gravísimo el 23 de febrero, detallando lo que había ocurrido en Nápoles en 1630, es decir, siendo Rector del Colegio de la Duquesca el P. Cherubini, fue acusado de tratos nefandos con algunos chicos; se le destituyó de su cargo y se le mandó a Roma, dándole un oficio para disimular su cese y evitar escándalos; se hizo en Nápoles un proceso secreto, cuyas actas, llegadas a Roma, fueron casualmente a parar a manos del reo, quien consiguió por influencias que el propio P. General, para evitar la infamia de su ilustre familia, anulara el proceso y ordenara que el acusado no fuera molestado en adelante por ese motivo; en otra ocasión tuvo que declarar que no se había procedido hasta entonces jurídicamente contra él por no deshonrar a su familia; nunca le quiso dar cargos de jurisdicción, como Rector o Provincial, aunque se lo habían pedido «personas graves» que ignoraban su pasado. [76]

No ha quedado para la Historia el menor indicio del impacto que produjo en los miembros de la Comisión la lectura de este atestado. Sí queda en el lector el que produce la actitud de esta Comisión que ratifica y mantiene en el poder a un hombre como Cherubini, a sabiendas de lo que es y en contra de la voluntad mayoritaria de la Orden. Quizá alguien se acordó de las palabras de Mario y comentó al acabar la lectura: «Este viejo chochea!».

6. Autodefensa de Pietrasanta y amenazas de destrucción

A los lamentos, protestas y amenazas del P. Cherubini se unieron las de P. Visitador, incluso con tonos más subidos, conminando excomuniones y suspensiones ‘a divinis’ y dando órdenes en virtud de santa obediencia. Pero el alegato más solemne fue una larga carta circular, enviada a toda la Orden con fecha del 7 de febrero, en defensa propia y del denigrado P. Esteban. He aquí en síntesis su vibrante contenido: empezaba lamentando las siniestras acusaciones de haber pretendido desde un principio destruir la Orden, mientras al contrario había insistido reiteradamente de palabra y por escrito en que se conservara como tal, se arreglaran sus problemas y se reintegrara al P. General en sus funciones. Explicaba a continuación el método empleado en la Visita, y las fuentes de información que tuvo para redactar su Relación conclusiva a la Comisión Diputada. Respecto a su tarea de gobierno distinguía el primer período, en que colaboraron los cuatro Asistentes del segundo, en que tres de ellos ‘renunciaron’ al cargo. En el primer caso, todos los nombramientos se hicieron ‘nemine discrepante’ (por unanimidad), y en el segundo -confiesa que «me vino orden de gobernar con la asistencia de uno solo»- apenas si ha habido de qué disculparse.

En términos generales, pregunta en qué ha perjudicado a la Religión, y propone los tres puntos más graves de que se le acusa. El primero consiste en que pretende destruir la Orden. Sin embargo, en su Relación abogó por la conservación de la misma, alegando que su cabeza, el P. General, «era un óptimo religioso de santísima intención y laudabilísimas costumbres, y que había gran número de religiosos ejemplares». Libraba también a la Compañía de Jesús de la acusación de intentar por su medio destruir las Escuelas Pías «por enseñar gratis a la juventud y ser semejante en vocación e instituto». Y recordaba haberse negado a emanar un decreto de Visita, pedido por el P. General y un Asistente, prohibiendo fundar casas donde hubiera jesuitas o limitando sus enseñanzas hasta donde empiezan las suyas los de la Compañía.

El segundo punto le acusaba de no querer la reintegración del P. General, a lo que respondía que una de sus primeras solicitudes fue ésa, para lo que redactó un memorial y lo hizo firmar a los cuatro Asistentes nuevos, rogando a Mons. Albizzi que lo presentara a la Comisión. Y luego lo volvió a pedir a los cardenales, como deseo común de la Orden y de personas importantes y tituladas.

El punto tercero sugería que estaba intentando conseguir para Cherubini un breve de nombramiento de Vicario General. Nunca se había pensado en ello; más bien suplicaba a los cardenales que, en atención a la avanzada edad del viejo General, le dejaran elegírselo a él mismo. Por otra parte, tampoco pretendió tal título el P. Esteban, pues le había escrito un billete al P. Visitador rogándole que pidiera a los cardenales la reposición del P. General y la creación de una comisión de ocho o diez religiosos selectos para que decidan la solución de los problemas actuales de la Orden. Este billete se lo entregó al Visitador antes de que se presentara el Memorial contra él.

Por fin, respecto a este Memorial, no parece aceptable, pues unos dicen haber firmado sin saber el contenido; otros, por respeto al P. General, que encabezaba las firmas; algunos, que pusieron su nombre sin consultarles; todos perjudicando el buen nombre del P. General, pues bastaba él solo pana dar valor al Memorial, sin mendigar las firmas de los cocineros y otros oficiales de último rango en la Religión. Y ello, además de otras razones que lo hacen inadmisible.

Y acababa diciendo que todo esto ya lo preveía en un principio, y por ello aceptó a disgusto el encargo de Visitador, del que pidió que le libraran una vez presentada la Relación a la Comisión. [77]

¡Demasiado inocente para ser creíble! Hay, sin duda, mucha verdad, pero no toda. Y las verdades a medias disimulan las mentiras. Ciertamente, había insistido en ponderar no sólo la santidad del P. General, sino también en pedir su restablecimiento en el cargo y mantener la Orden como tal. Y lo seguiría pidiendo. Pero el cuadro de brocha gorda que compuso en su primera Relación era lo menos indicado para ganarse el voto positivo de los cardenales Roma y Spada, dado que Albizzi ya tenía formada su opinión personal irreductible. No tan suave se mostró en sus cartas personales, pues toda su contenida indignación por la campaña de memoriales contra Cherubini, acusada y condenada en la autodefensa, estalló en amenazas y vituperios. Al Provincial de Nápoles le dice que «el daño que han acarreado a la Orden ha sido gravísimo y me parece irremediable», y le ordena «en-virtud de santa obediencia y bajo pena de suspensión inmediata», que le envíe las cartas de quienes han inducido á firmar tales memoriales. [78] Mucho más dura la que escribe al p. Alejandro Novari a Germania, porque todavía no se han recibido de allí muestras de acatamiento al nuevo «Superior General». Dice así:

«He querido dar tiempo al tiempo para excluir toda excusa que pudiera presentarme su obslinación. Pero me he persuadido finalmente que la malignidad de un corazón pervertido no sé cambia con el mudar del tiempo. Aviso a VV. RR. qué el P. Esteban de los Angeles ha sido nombrado Superior General de su Religión por orden de S, Santidad, y de ahí no se le ha mandado el debido reconocimiento, ni se le ha rendido obediencia, quizás porque desde Roma alguien les há contado mentiras. Con la presente ordenó a V. R. y a toda su comunidad en virtud de Sta. obediencia, bajo pena de excomunión y suspensión ‘a divinis’, que en el primer correo mande el reconocimiento del p. Esteban de los Ángeles por su Superior… De lo contrario se recurrirá a los remedios que pre-prescribe la ley contra los contumaces… Roma, 14 de febrero de 1644». [79]

El 23 de marzo llegaba la carta a su destino, y al día siguiente el P. Novari respondía al indignado Visitador con una frialdad rayana en la ironía, diciéndole entre otras cosas: «Como V. P. M. Rda. nos ordena y manda, y por parte de Su Santidad, que reconozcamos al P. Esteban de los Ángeles por Superior nuestro y General de toda la religión, Por tal ahora ‘et in futurum’ será dicho Padre reconocido, respetado y humildemente obedecido por nosotros… Y si en el pasado no hemos reconocido y estimado a dicho Padre por nuestro Superior General, la culpa no ha sido nuestra, pues nadie nos ha avisado ni hecho sabedores de ello…». [80] Cabe sospechar que en esta respuesta hay más sutileza que sinceridad, pues difícilmente es creíble que en tres meses no llegara a alguna de las casas de Germania la noticia de la muerte de Mario y nombramiento de Cherubini como sucesor. La carta de Pietrasanta tardó en llegar cinco semanas. Quizá Novari pretende decir que hasta entonces nadie les había aclarado que el P. Esteban fuera legítimo Superior General. Y esta actitud, en efecto, se refleja en otra carta de Pietrasanta escrita a Nikolsburg el 2 de abril lamentando que le hayan escrito a él y al P. Esteban, diciendo que le obedecerían, «si consta que haya sido elegido legítimamente». Por ello, nuevamente se indigna -y con razón- el P. visitador, afirmando que «todas las demás Provincias y sus comunidades han admitido como Superior al P. Esteban de los Angeles», y sólo se niega a obedecerle la Provincia de Germania. Y conmina: «Ni los Emos. Cardenales podrán aprobar demasiado que se tenga en tan poco a los Supremos Tribunales de la Iglesia, en los que se desprecia al Vicario de Cristo y su autoridad». Instaba, por tanto, a exigir obediencia. [81] Y estaba en su pleno derecho. Pero a estos lejanos súbditos «morosos» nadie les había dado las suficientes garantías de la legitimidad de su nuevo Superior General.

Indudablemente, la tensión estaba al máximo. Conocemos la indignación de Cherubini y la de Pietrasanta ante la no menos indignada reacción general de la Orden contra la persistencia de Cherubini como Superior General. Y no tenía menos motivos pana indignarse Mons. Albizzi, no sólo porque era responsable de aquel nombramiento, sino por las acusaciones directas de soborno y parcialidad, así como también debía estar sobre ascuas el presidente de la Comisión, cardenal Roma, a cuyas manos habían llegado los memoriales.

El P. Baldi, en un memorial posterior del que hablaremos, menciona por tres veces un «Breve de aniquilación» de la Orden, atribuyendo la culpa al P. Pietrasanta y a Mons. Albizzi de consuno. Dice: «Ya se ha descubierto que se consiguió un Breve de su destrucción, mas por la intervención de un Emo. Sr. Cardenal (que quisiéramos conocer) ante el Emo. Sr. Card. Barberini, siniestramente informadoantes por enemigos de nuestra Orden, si no fue impedido, al menos no ha sido publicado». Y lamenta luego «haber susurrado (Pietrasanta)… junto con dicho Prelado (Albizzi) al difunto Pontífice (Urbano VIII) tantas cosas que pudieran exasperarlo e incitarle a la destrucción de la Religión». [82] Esto ocurrió -comentaba Baldi- después de haber ejercido ocho o nueve meses su cargo de visitador, es decir, precisamente en enero o febrero de 1644, cuando arreciaba la tormenta de memoriales y acusaciones contra Cherubini, Pietrasanta y Albizzi a la vez.

La facilidad con que Albizzi conseguía breves, aunque luego no se promulgaran, así como el recurso a «billetes personales», dando disposiciones que confirmaba o debía confirmar luego con breves, manipulando incluso las fechas de promulgación, hace perfectamente verosímil la acusación de Baldi, aunque nadie la confirme. Y el ambiente de irritación general que hemos observado hace todavía más probable la noticia.

7. En torno a la segunda sesión

El 10 de marzo de 1644 se tuvo la «segunda» sesión en el palacio del cardenal Roma, a la que asistieron, además del mencionado Presidente, los cardenales Spada, Falconieri y Ginetti con los Mons. Pao-¡lucci y Albizzi y el P. Pietrasanta, es decir, los mismos de la sesión «primera», pues faltó también el cardenal Pamfili, cuya ausencia nadie ha justificado hasta ahora.

Según las notas personales de Paolucci, se trató en primer lugar de la cuestión propuesta en la sesión anterior, es decir, la validez de los breves de Gregorio XV de erección de la Orden y aprobación de las Constituciones. Paolucci solucionó el problema concluyendo que no había ni obrepción ni subrepción, y por consiguiente los breves eran válidos. Los cardenales Ginetti y Falconieri estaban de acuerdo, pero Spada, Roma y Albizzi se quedaron con dudas. [83]

Es probable que se hablara de los tres problemas propuestos por Pietrasanta en su Relación a la sesión primera, considerados como «los tres principales desórdenes», es decir, las pretensiones de que las profesiones eran nulas; de los aspirantes al clericato y al sacerdocio, y de las precedencias. En efecto, las notas incompletas de Paolucci hablan del primer asunto, tratado por él y considerado ya resuelto en la sesión del 12 de mayo de 1639 de la Comisión Pontificia, de la que formó parte. No hay indicio de que se aludiera a los otros dos. Más aún: aunque entre los treinta y cinco documentos que componen el dossier Paolucci, una docena de ellos se refieren a estos tres temas, [84] todo hace pensar que, si se trataron, ocuparon poco tiempo y preocuparon menos aún, quedando marginados ante otros problemas más graves, que fueron la supresión o reducción de la Orden, su reforma y la rehabilitación del P. General.

En la sesión primera, del 1 de octubre de 1643, Roma y Spada habían votado por la extinción absoluta; todos los demás, por la no extinción; pero Albizzi ya propuso la «reducción al primer estado», o sea, a Congregación Paulina, anulando simplemente los breves de Gregorio XV que la habían elevado a orden. Y añadía que debería someterse a los Ordinarios. Ahora, en esta sesión del 10 de marzo de 1644, Spada, Roma y Albizzi votaron por la reducción a simple Congregación, como al principio, sometida a los Ordinarios; los profesos mantendrían sus votos y los nuevos profesarían votos simples. Y añadían que se reformaran las Constituciones y que no se fundaran nuevas casas sin permiso del papa. Nótese que la opinión de Albizzi es la que se va imponiendo y la que se impondrá hasta el final.

Falconieri, Ginetti y Paolucci abogan por su continuación como Orden, pero -ya empiezana cedér- «se han de moderar muchas cosas, que parecen convenir al buen gobierno y al género de vida». [85] El P. Pietrasanta apoya a estos últimos, diciendo que era más conveniente que se mantuviera como Orden y «que había gente idónea para gobernarla». [86] Mas como el P. Visitador no tenía voto, la Comisión quedaba empatada: tres por la «reducción y tres por la conservación como Orden. De modo que para desempatar había que nombrar a otro miembro. Y así quedó el asunto.

Tal como estaban los ánimos en esas fechas, no sólo de los escolapios, sino también de Albizzi,Pietrasanta y aun los demás miembros de la Comisión, parece imposible que no se tratara el asunto de Cherubini en todos sus graves aspectos; es decir: la oposición general a su superiorato; la petición de que se investigara su vida; el atestado del P. General sobre su pasado en Nápoles; el nombramiento hecho sin breve alguno; las acusaciones contra el modo de procede del Visitador y de Mons. Asesor. En los apuntes de Paolucci no hay alusión alguna a estos asuntos, por lo que si no se trataron, alguien debió encomendar su solución al omnipotente secretario ALbizzi, o él mismo asumió la tarea -de acuerdo quizá con el Presidente Roma- de acallar el tumulto imponiendo a la fuerza a Cherubini como Superior mediante un breve apostólico. Lamentable hubiera sido que la Comisión entera o su Presidente consintieran semejante desacato a la justicia y dejaran una vez más las manos libres al trapacero Monseñor, que no tendría escrúpulo en sonsacar un breve a destiempo con fecha atrasada. Parece ser, sin embargo, que Albizzi se arrogó poderes que no tenía, pues –escribe Baldi- «los Emos. Sres. Cardenales [atestiguaron] y entre ellos el Cabeza de la Comisión, que es el Emo. Roma, no haber sabido ni saber nada de dicho breve». [87]

En efecto, la carta escrita y firmada por Albizzi el 11 de noviembre de 1644, al dia siguiente a la muerte de Mario, en la que se dice que la Comisión nombraba a Cherubini sucesor de Mario, estaba dirigida personalmente al P. Pietrasanta para que la leyera en San Pantaleón, como lo hizo. Una vez leída, la devolvió a Albizzi o la conservó hasta estas fechas de marzo de 1644, en que de nuevo fue a parar a manos del autor, quien la remitió a Mons. Maraldi, secretario de breves, ordenándole que expidiera uno recomponiendo el texto de la carta, pero poniéndole fecha de 11 de noviembre y no de abril. [88] Y efectivamente, Maraldi obedeció a Albizzi, y saltándose la honestidad profesional, puso fecha del 11 de noviembre de 1644. [89]

A nadie pudieron engañar, sin embargo, pues el chanchullo era demasiado evidente. Si el nombramiento de Cherubini y los poderes que se le confirieron el 11 de noviembre por la simple carta de Albizzi -sin decreto alguno de la Comisión Diputada- eran legítimos, no había por qué sacar un breve en abril simulando fecha de noviembre, pues le concedía exactamente lo mismo sin alusión alguna de que fuera confirmación de lo ya concedido. Luego con la publicación del breve se reconocía implícitamente que el nombramiento anterior no era a todas luces válido. Y, por consiguiente, razón tenían los religiosos que no habían querido reconocer al P. Cherubini por legítimo Superior General y pedían que se mostrara el breve o decreto de nombramiento. Temiendo, empero, probables represalias, esperaron el momento oportuno para denunciar este atropello. [90]

Una de las acusaciones de Pietrasanta contra la Orden en general había sido que los religiosos -muchos o algunos- habían incurrido en «notable contumacia, calificando a dicho P. Esteban sólo como Procurador general y no reconociéndolo y nombrádolo Superior al presente de dicha Religión, a pesar de que hay decreto de la Sda. Congregación, publicado por mí -decía el Visitador- de viva voz en San Pantáleón y luego por carta a toda la Orden». [91] No hubo decreto alguno. Pietrasanta sólo pudo leer la carta de Albizzi en la que expresamente se dice que SS. Emcias. habían elegido al P. Esteban para el gobierno de dicha Religión»… «dándole al P. Esteban la plena autoridad de poder junto con V. P. y no de otro modo…», [92] pero no le dan título alguno, a no ser expresamente el de «Procurador General». ¿Qué era, pues? Con Mario se habían inventado el título de «Primer Asistente», que nunca tuvo poder alguno especial en la Orden. Ahora no podían llamarlo así, porque no había Asistentes, y la figura de este Superior era totalmente inexistente en las Constituciones. Hubiera podido definirse más en el breve, después de la desagradable polémica del visitador. pero lo único que se les ocurrió a Albizzi y a Maraldi fue llamarle «Gobernador» (sic), [93] además de las perífrasis traducidas directamente de la carta italiana de Albizzi. No faltan, por otra parte, en la redacción del breve indicios de prisas y nerviosismos [94] Y, sin embargo, aunque se obtuvo en abril, tardó todavía algunos meses en publicarse. ¿por qué? [95]

De lo tratado en la «sesión segunda» trascendió muy poco al exterior, pues con fecha del 19 de marzo escribía el Fundador a Berro que los cardenales no habían «resuelto otra cosa sino que se continúe la obediencia al P. Esteban hasta que decidan otra cosa». [96] De ello nada decían las «actas» de Paolucci. Pero el Santo Viejo siguió aconsejando y exigiendo a todos constantemente plena obediencia al P. Cherubini, con fórmulas tan perfectas como éstas al escribir a las recalcitrantes comunidades de Pisa y Génova:

«Yo no he escrito nunca a nadie de esa casa de Pisa que no obedecieran las órdenes del difunto P. Mario, ni al P. Esteban, actualmente Superior de la Religión, antes bien con la presente les exhorto cuanto sé y puedo a ser obedientes no sólo a las órdenes de dicho P. Esteban, sino aun a su meras insinuaciones». «V. R. exhortará de mi parte particularmente a los PP… y algunos más de su opinión, que no contradigan a cuanto se les ordene, particularmente si el P. Esteban Superior ordenara o insinuara algo, pues como Superior de toda la Religión debe ser obedecido por todos». «Me parece que en esta ocasión que se trata de arreglar nuestra Religión puede ser de grandísimo daño contradecir las órdenes mandadas por el P. Visitador Apostólico y P.Esteban de los Ángeles, Superior de la Religión…». [97]

Es fácil comprender que la obediencia de los santos -como todas las demás virtudes- haya de ser heroica. Pero es difícil exigir que toda una corporación, en la que la inmensa mayoría no pueden ser héroes, tenga que someterse forzadamente a un Superior, cuya personal indignidad es de dominio público, cuya elección no consta que haya sido legítima y sobre cuyos electores -Albizzi y Pietrasanta- recaen tantos indicios de parcialidad, malevolencia y aun soborno. Y no había apelación posible a otro tribunal, a no ser el papa.

8. Un documento polémico

El P. Bau lo llamó «Documento siniestro» y el P. Talenti «escritura calumniosa», compuesta de «diez párrafos sanguinarios». [98] No es posible prescindir de él. pues constituye uno de los peores y más despiadados alegatos de cuantos se escribieron contra la Orden en estos años cruciales. Para colmo, es un escrito anónimo y sin fecha, desconocido por los antiguos, dado que aparece por primera vez en el dossier Paolucci, en 1717.

El recopilador de este dossier atribuyó su autoría al P. Cherubini, apoyándose en un párrafo que dice: «los religiosos afirman que son nulas todas las órdenes y disposiciones dadas por mí en el gobierno sin el consentimiento de los Asistentes nuevos y viejos». [99] El P. Talenti apostilló esta atribución en nota marginal, negándola, porque, en el párrafo anterior al citado se hablaba del P. Cherubini en tercera persona, pasando luego a primera («dadas por mí»)), y propuso como autoral P. Pietrasanta, a quien cuadraba también el párrafo citado, pues él gobernó con y sin Asistentes nuevos. [100] Asimismo, en su gran ‘Vita’ siguió atribuyendo el «calumnioso» alegato al P. Visitador jesuita, [101] y toda la bibliografía posterior ha mantenido esa opinión hasta nuestros día. [102]

Parece indiscutible que no pudo ser Cherubini el autor, tanto por lo que dice Talenti como por otras razones de incongruencia, [103] sobre todo porque es impensable -por muy pérfido y despechado que se le suponga- que dijera tales cosas contra la Orden y contra el VenerableFundador. Lo que nos parece muy cuestionable es la opinión de Talenti, seguida luego por la tradición. Una lectura desapasionada del detestable documento, cotejado con otros escritos ciertos del jesuita, nos lleva a la conclusión de que no pudo ser Pietrasanta el autor. Quizá para probarlo basten estas pocas referencias:

En primer lugar, en sus dos Relaciones oficiales a la Comisión para las sesiones primera y tercera -una anterior y otra posterior al «documento siniestro»-no sólo propone, sino que incluso suplica que las Escuelas Pías se mantengan como Orden y no se reduzcan a Congregación. [104] Y lo mismo defiende en la sesión segunda, en la que se supone generalmente que presentó el referido documento como Relación oficial. [105] Sin embargo, el «documento siniestro» propone la reducción a Congregación sin votos, como el Oratorio de San Felipe Neri, sometida a los Ordinarios.

En segundo lugar, el autor del referido documento se pregunta malévolamente: «Acerca de enseñar, les fue limitado por la Sede Apostólica a leer, escribir, ábaco y los principios de la gramática, ni pueden estos Padres mostrar con qué autoridad enseñan también las letras humanas, Retórica y Matemáticas y Filosofía». [106] Sin embargo, Pie-trasanta, en su Relación para la sesión tercera, dice sin ambages: «Le da también -Gregorio XV- que puedan enseñar retórica y casos de conciencia… y quien ha pretendido decir que estos Padres no lo pueden hacer y que no tienen facultad, está en un error». [107]

Finalmente, dejando atrás consideraciones para otro momento, si en el «documento siniestro» hay ideas o frases casi textuales de escritos anteriores o posteriores de Pietrasanta, no significa que el autor sea é1, sino simplemente que en un caso el documento copia a Pietrasanta y en otro caso que Pietrasanta copia del documento. [108] Las semejanzas no fuerzan a admitir identidad de autor, sino dependencia; mientras que los conceptos contrarios exigen autores distintos.

Al descartar a Cherubini y a Pietrasanta, todos los indicios, más que sospechas, recaen sobre Mons. Albizzi. En efecto, la sesión segunda, del 10 de marzo de 1644, decidió que, ante el empate de opiniones, se recurriera al Papa en busca de solución. Y, naturalmente, el recurso, con su adecuado informe, sería incumbencia del secretario de la Comisión, que era Albizzi. Ni Urbano VIII ni su nepote el cardenal F. Barberini estaban al margen de todo este largo conflicto de las Escuelas Pías, en el que Mons. Asesor había intervenido desde un principio tan apasionadamente. No es de extrañar, pues, que AlbIzzi no se contentara con informar sobre el resultado de la última sesión y del empate, sino que se explayara manifestando su opinión personal sobre el asunto, cuyo contenido corresponde fielmente al «documento siniestro».

El P. Baldi, en su violento «Manifiesto a toda la orden», del 18 de agosto de 1644, acusa a Albizzi de «la información hecha por él mismo a S. S. […] llamándonos a todos nosotros refractarios, desobedientes y contumaces a la Comisión de Cardenales».[109] Y Pietrasanta, en su carta del 9 de febrero de 1646 a la Comunidad de San pantaleón, recuerda que «por orden de Palacio en tiempos de Urbano [VIII] de feliz memoria, se publicó en la Sda. Comisión “que su Religión había crecido desobedeciendo a la Sede Apostólica”, y se citaban los casos ocurridos, que son unos cuantos». [110] Ambas citas coinciden, incluso literalmente, con el «documento siniestro», como veremos en seguida. Y de ambos textos se desprende que Albizzi calificó a los escolapios con esos títulos infamantes ante S. S. Urbano VIII y que de palacio, o sea, por orden del papa o del cardenal Barberini, fue remitido a la Comisión un escrito en que constaba la frase citada por Pietrasanta y … sus ejemplos comprobantes. Y así es, en efecto, el «documento siniestro».

Añádase que en las actas personales de Paolucci se alude expresamente a veces a las «relaciones» de Pietrasanta, pero nunca a las de Albizzi, mientras consta en la única acta oficial que conocemos –la última-, que se leyó una «relación» de Albizzi, y probablemente presentó otras dentro o fuera de las sesiones, pues era el secretario. [111]

El documento, tal como está redactado, va dirigido a los cardenales de la Comisión, y por ello puede ser resultado del encuentro de Albizzi con el papa y su nepote, con toda la carga calumniosa que tuvo su informe personal. Ni puede excluirse que, debido a este pésimo informe el cardenal Barberini y el papa decidieran la «aniquilación»de la Orden mediante el breve del que ya hablamos en páginas anteriores. De todos modos, por criterios internos y externos, parece deducirse que el documento en cuestión fue redactado en los últimos meses de vida de Urbano VIII. [112]

Todo el documento es una virulenta acusación de desobediencia de la Orden a Ia Santa Sede desde el principio de su existencia hasta el momento presente, de la que no se libra ni el Fundador. Y se pone énfasis especial en que esa desobediencia es y ha sido contra los Tribunales Supremos, con lo que deja como su sello personal el Asesor del Supremo Tribunal del Santo Oficio, al que hemos visto obsesionado por el respeto y acatamiento debido a ese Tribunal desde que empezó la aciaga aventura de Mario en el caso de la Faustina.

De las tres páginas y media impresas, dos las emplea para trazar a grandes rasgos el primer cuadro de las desobediencias de la Orden, y en página y media esboza el segundo -como improvisado Fundador- de la nueva Congregación de las Escuelas Pías, reducida a semejanza del Oratorio de San Felipe Neri. En ambos diseños se advierte la colaboración de informadores como Cherubini y Ridolfi, aportando datos históricos desenfocados y calumniosos, así como la síntesis más o menos completa de las ideas de reforma promovida por Mario y sus secuaces. El párrafo de introducción es como la tesis que se expone en el documento:

«Reduciendo a los PP. de las Escuelas Pías a una Congregación semejante a la de los PP. del Oratorio, instituida por S. Felipe Neri, se consigue conservar el instituto, que es enseñar gratis a leer, escribir [omite el ábaco. o contar], los principios de la gramática junto con los principios más importantes de la doctrina y piedad cristiana… y a la vez se consigue remediar los desconciertos y desórdenes que ha sufrido hasta ahora esta Religión». [113]

Y empieza con los desórdenes. El lector esperaría cierta coincidencia con los que señalaba el Visitador en su Relación primera, es decir, los tres famosos puntos de la nulidad de votos, la pretensión al clericato y las precedencias. Nada de eso. Todo se reduce a desobediencias, empezando con estas palabras:

«El primer desorden -no se habla ya de un ‘segundo’- es que ha faltado notablemente a la debida subordinación y sujeción a la Sede Apostólicay a sus Supremos Tribunales, valiéndose del beneficio de la exención de los Ordinarios. Y en este particular veo que tiene fundamento lo que dijo el Emo. Sr. Card. Barberini, que esta Religión ha crecido y se ha dilatado desobedeciendo siempre…». [114]

Y empieza evocando la prohibición hecha en el breve fundacional, de Pablo V, de no extenderse más allá de 20 millas de Roma, mientras han llegado no sólo a otras provincias de Italia, sino hasta Germania y Polonia. [115] Una segunda desobediencia era el no haberse mantenido en los límites de la escuela primaria, enseñando también Retórica, Humanidades, Matemáticas, etc. Ya hemos oído a Pietrasanta defendiendo este derecho de los escolapios, aunque no faltaron jesuitas que se lo negaron tanto en Italia como fuera de ella. Y el acusador sigue elevando el tono y generalizando: ha habido Diputaciones, Visitas Apostólicas, Capítulos presididos por Autoridad Apostólica; se han expedido breves y dado disposiciones adecuadas, pero de todo ello la Orden no ha hecho caso, tachando de nulos todos esos decretos. Y remata la acometida con este puyazo: «se puede dudar si no serán siempre inútiles los remedios que pueda aportar en el futuro la Sede Apostólica a sus necesidades». [116]

Y cambia de tercio, acusando a todos de «refractarios a los Supremos Tribunales de la Sta. Sede» por los conflictos pasados ocurridos en Toscana al tiempo de Mario y por los que están ocurriendo ahora al no admitir de Superior a Cherubini; al negarle incluso el título y llamarle simplemente Procurador General, [117] al acusarle de indigno, cuando Sus Emcias. lo han considerado digno. Asimismo afirman que los cardenales no podían deponer a los Asistentes nuevos, elegidos por breve, sin que otro breve los deponga, concluyendo que los actos hechos sin su consentimiento son nulos. [118]

Ultimo cambio de tercio: «Debo también decir -escribe-que el mismo P. General, aun siendo óptimo religioso y de buena intención, no sabe abstenerse durante la suspensión de su cargo del ejercicio del mismo, aun en cosas prohibidas por la Sda. Congregación del Sto. Oficio…», y pone algún ejemplo para acabar el párrafo diciendo: «¡tanta es la licencia y costumbre de contravenir las disposiciones de los Supremos Tribunales y de la Santa Sede!». [119] La estocada, lanzada con tanta ligereza contra el Santo Fundador, era muy grave, y tuvo su eco lejano en el proceso de beatificación, en que, junto con otras muchas calumnias surgidas durante estos años, tuvieron su necesaria y adecuada respuesta. [120]

La consecuencia de esta desobediencia general era que, como quien no sabe obedecer tampoco sabe mandar, esta Orden se había encontrado muchas veces en graves desconciertos por falta de gobierno. Y asestaba el autor otra gravísima estocada al pobre Fundador: «tanto los Asistentes nuevos como los viejos y los mismos partidarios del P. General aseguran que con su gobierno no puede mantenerse la Religión». [121] Es lamentable que el Asesor del Sto. Oficio –verdadero verdugo y responsable final de toda esta persecución contra el Santo Fundador y su obra- tuviera los ojos tan cerrados y los oídos tan sordos a la evidencia, pues precisamente en aquellos meses se había dado un auténtico plebiscito dentro de la Orden, pidiendo en memoriales que fuera restablecido el P. General en sus funciones de gobierno. [122]

Concluido el cuadro calumnioso, propone la solución, tan drástica y descabellada que resulta ser a la vez otro ataque feroz a la Orden y en cierto modo a la vida religiosa en sí misma. La propuesta reduc-ción de la Orden a Congregación semejante al Oratorio quedaría concretada con estas medidas: someterla a los Ordinarios; abolir los cargos de General, Visitadores, Provinciales, Asistentes, pues -dice- «en esos cargos se fomentan la ambición, el ocio y las propias comodidades»; con ello se evitarían muchos gastos en pro de la pobreza suma, como son los exigidos por el correo, visitas y viajes para capítulos y cambio de sujetos; cada cual quedaría fijo en su convento, evitándose las diferencias odiosas, pues unos viajan a caballo, en carroza o en litera, mientras otros van descalzos, en pobres jumentos, a pie y mendigando; además, se evitarían las faltas contra la hospitalidad al recibir de mala manera a los de otras casas; no harían falta tantos legos, pues se omitirían las cuestaciones al exigir fondos fijos para el sustento proporcionado de los individuos en cada casa; todos trabajarían igual, sin eximirse los Superiores; se observaría plena uniformidad en el vestir, sin diferencias entre Superiores y súbditos; se podrían moderar los rigores, austeridades y penitencias, aborrecidas por la mayoría como incompatibles con el peso de la escuela y del acompañamiento de los niños a sus casas.

Finalmente se pregunta que quizá diga alguien que con estas medidas «se viene a destruir la Religión…» Y responde que a pesar de la incomunicación de casas quedarían todas unidas en la semejanza del Instituto, «el cual, en cuanto a su fin esencial y principal, quedaría en su plena perfección, que es enseñar las costumbres cristianas y los principios de las letras». [123]

En resumen, ésta era la opinión -y la voluntad- de Mons. Albizzi: reducción de la Orden a Congregación como el Oratorio -y, por tanto, sin votos-, sometida a los Ordinarios, sin Superiores Generales ni Provinciales, con independencia de las casas entre sí, con fondos estables para el mantenimiento de las personas y la obra, con atenuación de las austeridades y rigores de la pobreza suma y con limitación de la enseñanza a la escuela primaria. Esto está ya claro en abril de 1644 en la mente de Monseñor. Pasarán dos años de angustias, promesas, zozobras y falsas esperanzas y largos silencios. Todo inútil, porque al fin será la voluntad de Albizzi la que se imponga. Y como él supuso, eso será «destruir la Religión».

9. Tiempo de callar y tiempo de hablar

Cuanto más graves son los problemas tanto más absorben la atención de la Historia, dejando marginada la sencillez de la vida ordinaria. Mientras esta ruidosa tormenta se cierne y descarga sobre la casa de San Pantaleón, las escuelas siguen su ritmo y los niños -pobres y ricos, nobles y plebeyos-, como si nada pasara a su alrededor, siguen deletreando en la clase de párvulos, trazando rasgueos elegantísimos en la de caligrafía del Maestro Sarafellini, o recitando versos de Horacio y Virgilio en la escuela superior. A mediodía y al caer la tarde salen de las Escuelas Pías las cinco filas de muchachos -unos mil-, acompañados por religiosos que los van distribuyendo por todos los barrios de Roma.

Los niños y las escuelas siguen ocupando el corazón del Santo Pedagogo, no obstante los demás problemas gravísimos que le atañen de cerca. He aquí cómo se expresa en carta del 28 de junio de 1644 al Provincial de Roma:

«Vengo con la presente a exhortar a V. P. a un acto de perfección y buen ejemplo para todos los de casa y aun para los seglares de fuera. Y es que todos los días, al menos una vez, pase por las escuelas y tome la lección a cuatro o cinco alumnos, ya sean de la clase de escribir, o de leer o de los pequeñines, pues así dará buen nombre a las escuelas y con su ejemplo incitará a los demás Padres y Hermanos a hacer lo misino. Y le aseguro que haciendo esto por mera caridad, adquirirán más mérito ante Dios que si hiciesen oración, siendo verdad aquel dicho, que no me acuerdo de qué-Santo es, aunque creo que es de S. Agustín, que dice: «qui orat bene facit, sed qui iuvat melius facit» [el qué ora hace bien, pero el que ayuda hace mejor]. Yo, aun siendo viejo, como soy, muchas veces voy por las escuelas a echar una mano. Que el Señor nos bendiga a todos y nos haga conocer y cumplir esta verdad». [124]

Un mes más tarde, el 29 de julio, moría el papa Urbano VIII. El P. General, al comunicar la noticia, manifiesta su convicción de que no se destruiría la Orden, y sus esperanzas de que «el remedio total venga del nuevo Pontífice, que no estará tan mal informado como el anterior». [125] pero se equivocaba de plano. En tono más agrio y reivindicativo escribía a todos los Provinciales el P. Baldi desde Roma el 7 de agosto:

«Habiendo muerto el Papa, reinando el cual nuestra Orden… se vio cerca del exterminio, y deseando nosotros publicar cómo han ido hasta ahora nuestras cosas… queremos librarnos del yugo de esta Visita, procurada por quienes no pretenden sino la destrucción y muerte de la Orden. Por tanto… debemos orar sin desfallecer para que el Altísimo nos conceda un Pontífice que sepa compadecer nuestras tribulaciones y escuchar a la vez nuestras razones». [126]

La Sede Vacante le daba óptima oportunidad de exponer las cosas sin miedo a represalias, pero demasiado confiado quizás en que perdieran poder los que de él habían gozado y abusado en perjuicio de la Orden. Y tal como lo prometía, lo cumplió, escribiendo una larguísima circular, que firmaba en Roma el 18 de agosto, y empezaba con estas significativas palabras: «Hay tiempo para callar y tiempo para hablar». Hasta entonces no se había tenido reparo en hablar en contra de Cherubini, pero sí contra el Visitador Apostólico y especialmente contra Mons. Albizzi. De hecho, la circular del primero en propia defensa había quedado sin respuesta, y por ello creía Baldi que había llegado el momento propicio para darla. No obstante, lo que a primera vista parece y es un ataque directo contra el Visitador, no es difícil advertir que va dirigido asimismo contra Monseñor Asesor. Sin duda, Baldi confió buenamente en lo que calificó de «derecho natural que tiene todo el mundo para dar sus razones y tomar la propia defensa». [127] Pero olvidó que generalmente la verdad de los pobres no pasa de ser mera temeridad cuando se lanza contra los prepotentes. Y ALbizzi era prepotente.

Hubo, además, otra respuesta paralela a la misma circular de autodefensa del Visitador, fechada el 22 de agosto en Nikolsburg, pero en anónimo, la cual, aunque dirigida al P. Pietrasanta, suponen los autores que iría «a manos del Sacro Colegio, Obispos, Príncipes y Comunidades del Cristianismo». [128] Es mucho más moderada que la de Baldi, y sobre todo no lleva referencias a la actuación de Mons. Asesor. Por ello, preferimos dar una síntesis de la primera en su doble aspecto de respuesta a Pietrasanta y acerada crítica a la conducta de Monseñor.

En primer lugar, pues, acusa al Visitador, siguiendo el esquema que presentaba su autodefensa, y haciendo ver que su culpabilidad deriva tanto de las cosas mal hechas como de aquellas que hubiera debido impedir que se hicieran. Así, reconociendo expresamente que en la Orden sigue habiendo buenos miembros y una santa cabeza, ha permitido que sea gobernada por elementos «pútridos». Critica la supuesta objetividad de los informes de Visita, basados en las declaraciones de quienes estaban mediatizados por Mario y Ridolfi, tanto los que hablaron con el Visitador como los que le escribieron. Asimismo, descubre el favoritismo de la elección del delegado de Visita, P. Gavotti, y su desechable conducta. Lamenta que los Asistentes nuevos se vieran forzados a consentir las decisiones de Mario, porque el Visitador les amenazaba diciendo que eran órdenes de Albizzi o de Palacio. Y rechaza la versión ingenua de que hubiera renuncia de los mismos cuando hubo dimisión sin breve. Se queja de que sacaran como problemas presentes cuestiones viejas ya resueltas o antiguas calumnias. Es también lamentable que no se haya preocupado de que se abolieran las restricciones de admitir novicios y fundar nuevas casas y de reponer al General en sus funciones. Recuerda que prometió en un principio que el gobierno de Cherubini sería provisional, sólo para unos quince días, luego se alargó hasta Navidad y hasta febrero, y el caso es que aún perdura. Arremete contra el breve «subrepticio» de nombramiento de Cherubini y de haberle concedido más poderes que si fuera de hecho Vicario General; ratifica su ambición de poder y defiende la legitimidad de los memoriales firmados contra él, lamentando el poco o nulo valor que les ha concedido Pietrasanta. [129]

En cuanto a Monseñor Asesor, le acusa de haber «informado siniestramente» al Card. Barberini; de haber elegido y mantenido «miembros pútridos» en el gobierno de la Orden; de haber asegurado que mientras viviera Urbano VIII no se restablecería al General; del denigrante traslado al Santo Oficio, afirmando que él -el P. Baldi- fue testigo presencial del registro del conde Corona y del supuesto «documento del Santo Oficio» que llevaba Mario. Recrimina su defensa de Mario a capa y espada (a spada tratta),la sustitución de Ubaldini por breve y aun la disposición de deponer también a Pietrasanta con otro breve si no complacía a Mario. Lamenta sus acusaciones ante el papa de rebeldes, contumaces, desobedientes y refractarios, referidas en general contra todos los de la Orden. Propone que se vuelva a interrogar a todos, pero quitando de en medio a Pietrasanta y a Monseñor, «tenidos por jueces parciales». Recuerda que fue él quien propuso a la Comisión como Superior al P. Cherubini por habérselo prometido a Mario en el lecho de muerte. Le acusa de haber aceptado la renuncia de los tres Asistentes sin comunicarlo al papa y sin abolir con otro el primer breve de nombramiento, interpretando «a su modo» el primero. Pietrasanta escribió que recibió órdenes de gobernar con un solo Asistente, y la orden vino de Albizzi, quien dirá qüe se lo ordenó el cardenal Barberini (pues la Comisión aún no existía), e[ cual dirá que fue mal informado.

Si Monseñor asegura que todo lo que hizo antes de crearse la Comisión fue por orden del papa (‘vivae vocis oraculo’),los cardenales mismos saben cuántas cosas se hicieron con esta excusa, «que han exacerbado luego los ánimos contra aquella alma de santísimas intenciones [Urbano VIII] y Dios sabe si se le dijo palabra alguna». Pietrasanta, «junto con dicho Prelado», incitaron al papa a dar el breve de aniquilación, que no se publicó. Tenía razón quien aconsejó a Pietrasanta que no aceptara ser Visitador, porque «o debería procurar la aniquilación de la Orden por ‘secundar la voluntad de un Prelado’, o hacérselo enemigo si obraba en justicia». Al P. General se le quitó el gobierno «por un mero capricho y pésimo informe hecho por un Prelado sin ningún proceso o examen precedente, o querer admitir la defensa que se concede incluso a un condenado a la horca».

Aún había más alusiones a Mons. Asesor, pero acabamos con esta apelación, válida para los dos, es decir, el Visitador y el Asesor, no por lo que tiene de intento de amenaza profetica, sino por lo que manifiesta de temeridad en este corcel desbocado y fogoso que es Baldi: «Dios es juez, y aunque había mostrado claramente su justicia con un mal que no parecía previsible [en Mario]… debería bastar a personas religiosas, que muchas veces encuentran leyendo ejemplos semejantes de castigos memorables contra los que persiguen a los Fundadores de Ordenes». [130] Y esta otra visión de futuro, relativa al Fundador y a sus detractores domésticos: «Hablará un día la inocencia de este Santo Padre, a quien Dios permite ahora que se refine el oro de su paciencia en el crisol de la mortificación con el fuego de las contradicciones, y será tan notable que podrá verse bien cuál era la casta de bastardos en la Orden». [131]

10. Forcejeos e intentos de conciliación

El 15 de septiembre fue elegido papa el cardenal Juan Bta. Pamfili, que tomó el nombre de Inocencio X. Era uno de los cardenales de la Comisión Diputada, pero no asistió a ninguna de sus sesiones. Su elección dio nuevas esperanzas al P. General por lo que dice en sus primeras cartas:

«… esperamos cuanto antes la exaltación de nuestro Instituto, el cual en el pasado, por causa de algunos nuestros relajados se ha visto en grandísimo peligro, habiendo tenido el Papa difunto y su Nepote muchos malos informes contra nuestra Orden, lo que no ocurrirá con el actual. V. R. dé ánimos a todos nuestros religiosos, que esperen ver cuanto antes volver la debida observancia y facultad de poder dar el hábito y fundar nuevas casas». [132]

También Cherubini andaba preocupado por el giro que iban tomando las cosas de la Orden. A fines de julio escribía al P. Alejandro Novari, recién nombrado por él Vicario Provincial de Germania, que «nuestras cosas habían llegado ya al fin deseado», pero la muerte del papa lo paralizó todo. «Esperamos encontrar óptima correspondencia en el sucesor para beneficio común». [133] A mediados de octubre decía: «nuestras cosas van despacio, dado que S. S. es reacio a hacer cosas nuevas y nuestra Orden la consideran incurable sin alguna innovación de importancia». [134] Un mes más tarde le anunciaba que había mandado licencias para ordenar y profesar y que esperaba conseguir pronto permiso para vestir novicios, rogando cartas de recomendación del emperador y del rey de Polonia a favor de la Orden. [135] Con ello queda de manifiesto que Cherubini no pretendía la ruina de la Orden, sino simplemente procuraba una adecuada reforma, mitigando las austeridades y pobreza, como hemos visto en páginas anteriores.

El creciente optimismo de Cherubini se vio turbado seriamente por las nuevas iniciativas del P. General, decidido a aprovechar la ocasión del cambio de pontificado con excesiva confianza en ganarse la voluntad del nuevo papa. La situación, sin embargo, pareció empeorar, como le decía Cherubini a Novari en carta del 26 de noviembre de 1644:

«Nuestras cosas están de nuevo en peligro. La causa es un Memorial presentado por quienes, con la adhesión de los viejos, se hacen procuradores de la Orden, en el cual se ha hablado mal de Mons. Asesor, del P. Visitador, de los vivos y de los muertos; más aún, se ha suplicado contra la Comisión misma de los Emos. Cardenales con una petición temeraria de que nuestras cosas se remitieran al juicio de un solo Prelado. Omito los presupuestos falsos que han presentado, de los que se ha asqueado toda la Corte». [130]

Ciertamente, la violenta circular de Baldi no podía haber sentado bien «a la Corte», y menos aún a Mons. Albizzi y a Pietrasanta. Pero la imprudente actitud de un nuevo intercesor agravó las cosas. La Comisión Diputada había quedado diezmada por la elección del cardenal Pamfili a papa y por la salida del cardenal Lelio Falconieri hacia Bolonia, de donde había sido nombrado Legado Pontificio. [137] Aprovechando estas circunstancias, el P. General acudió al abate Juan Domingo Orsi, Residente u Orador del rey de Polonia en Roma, gran amigo y protector de las Escuelas Pías, como lo era el rey mismo, Ladislao IV. Y he aquí lo que escribía el abate al rey el 9 de noviembre de 1644 sobre lo que pedía el Fundador y lo que el abate expuso al papa en una audiencia:

«En nombre de V. M. le encomendé calurosamente la Orden de las Escuelas Pías, que es de tan buen ejemplo y provecho en Polonia, [138] y supliqué humildemente a S. S. que la protegiera y favoreciera, y particularmente le supliqué que encomendara el asunto de esta Religión al Sr-Card. Ginetti, Vicario de S. S., y a Mons. Cecchini, Auditor de Rota y Datario de S. S., conforme me había rogado el P. General. Me dijo que ya había una Comisión especial diputada para ello. Le repliqué, como me había instado el P. General, que dicha Comisión se reunía de tarde en tarde, de modo que la solución del asunto se prorrogaría demasiado, y si a S. S. no le parecía bien encomendarlo a dicho Card. Ginetti y a Mons. Datario, al menos se dignara encomendarlo a la Congregación ordinaria de Religiosos, que se reúne a menudo. Dijo S. S. que era más difícil informar a los Cardenales de la Congr. de Religiosos, por ser muchos, que a los de la Comisión particular. Así que yo dejé el Memorial que me había dado el P. General, y he sabido luego que se entregó a Mons. Asesor del Sto. Oficio, quien, por lo que dicen los PP., les es muy contrario». [139]

Tiempo le faltó a Albizzi para comunicar estos manejos del P. General a Cherubini y Pietrasanta, los cuales presentaron al papa una súplica, diciendo que mantuviera la misma Comisión para no verse forzados a empezar de nuevo, ahora que estaban ya llegando al final felizmente. [140] Por su parte, el P. General no sólo consiguió a su favor la intercesión de la corte polaca, sino también la del embajador de España y de la corte florentina. En una de las cartas de Gondi desde Roma al príncipe Leopoldo de Médicis se leen estos párrafos interesantes: «este otro P. Francisco [Baldi] es un hombre muy inquieto y tan enfrentado con el P. Cherubini y con el Asesor, que no llegarán nunca a entenderse y la Religión sufrirá las consecuencias… Hoy que ha venido a hablarme, me he enfadado algo con él, diciéndole que mejor sería que se pusieran de acuerdo, porque al final llevarán la Orden a la muerte». [141]

No sin amargura constataba el Fundador que de nada valían las recomendaciones diplomáticas de España, Florencia y Polonia, pues todos los memoriales presentados por esos medios y otros más iban a parar, por voluntad del papa, a manos de Mons. Albizzi, de modo que al final quedaron las cosas como estaban, encomendadas a la misma Comisión, que fue completada, llenando las vacantes de Pamfili y Falconieri con los nuevos cardenales Alfonso de la Cueva y Jerónimo Colonna, pero este último no intervino nunca en las sesiones. [142]

Hubo todavía en enero de 1645 otra intentona diplomática, más peligrosa y temeraria que las anteriores, llevada a cabo por el abate Orsi, quien había pedido al rey de Polonia que escribiera personalmente al papa en favor del P. General y de la Orden. El rey, efectivamente, cumplió, pidiendo nada menos que el papa excluyera de la Comisión a Mons. Albizzi, «de cuya poca inclinación hacia ellos [los escolapios] y hacia mis asuntos -decía el rey- tengo señales indudables». [143] El abate tuvo audiencia pontificia y presentó la carta del rey, a quien comunicaba con fecha del 21 de enero de 1645 el deprimente diálogo mantenido con Inocencio X, precisamente informado e influido por el intrigante Monseñor Asesor. He aquí lo que Orsi escribía al rey:

«Habiendo presentado a S. S. la carta de puño y letra de V. M., le dije que por ser los PP. de las Escuelas Pías de grandísimo buen ejemplo y utilidad en Polonia, V. M. los recomendaba calurosamente a S. S. y le suplicaba se dignase excluir a Mons. Asesor del Sto. Oficio de la Comisión que trata la causa de dichos Padres, por tenerles mucha aversión y serles sospechoso, y restablecer en su cargo al P. General, dándole un compañero de sus Padres para que le ayude a gobernar bien la Religión, si es que por su avanzada edad no puede ya sostener solo tanto peso. S. S. dijo que sentía mucho gusto de que los escolapios fueran de buen ejemplo y utilidad en Polonia, y que tendrá en cuenta las recomendaciones de V. M. a favor de dichos Padres, pero que conoce muy bien a los de Italia y está informadísimo de sus acciones y sabe cómo se comportan; que Mons. Asesor no tiene aversión sino a sus malas acciones y que no tenían razón de lamentarse de Mons. Asesor; que no se les hará agravio alguno, pero que es una Orden mal hecha y poco buena. A esto respondí que se-podía corregir lo que estaba mal y cambiarlo en bien, pero no seguí adelante por miedo a que S. S. lanzase alguna declaración contra dichos Padres, de los que descubrí que está pésimamente impresionado, pero he pensado encontrar ayuda en este asunto en los Sres. Cardenales de la Comisión, que son los jueces, no pudiendo en definitiva hacer mucho mal a los Padres dicho Mons. Asesor, pues no es más que el Secretario de dicha comisión» [144]

En esta última apreciación se equivocaba de plano al abate, como quizá tuvo ocasión de comprobar cuando a los pocos días fue a hablar de todo el asunto con Albizzi, quien le expuso -como quien ya lo ha decidido personalmente- (que no se suprimiría la Religión, y me ha dicho -escribe Orsi al rey el 18 de enero de 1645- que puedo escribírselo a S. M. de su parte; es cierto que me ha insinuado que se podrá reducir a simple Congregación, como era antes, pero respecto a restablecer al P. General en su cargo, incluso con Ayudante, no se puede hacer, dado que es un viejo decrépito y demasiado testarudo; ahora su Orden está gobernada muy bien por uno de sus Padres, al cual han encomendado el cuidado». [145]

Paralelamente a estos forcejeos diplomáticos se intentaba llegar a un acuerdo entre el Fundador y Cherubini, o más ampliamente, entre la corriente conservadora, fiel a la mentalidad de suma pobreza, austeridad y rigor primitivo, propia del Fundador, y la corriente innovadora, reformista y moderadora, propuesta por Mario, Cherubini y Albizzi, e incluso por los componentes de la Comisión Diputada. En efecto, ya el 5 de noviembre de 1644 decía el P. General a Berro: «nuestras cosas estarían ya arregladas si yo hubiera querido aceptar las condiciones que proponía de parte del P. Esteban el Sr. D. Lucio, tales como hacer nuevas Constituciones y Reglas, lo cual no le toca a él ni a otros, sino al Sumo Pontífice o a quien él designe». [146] Otros aspectos de la pretendida reforma los exponía un mes más tarde al mismo Berro: «no he consentido nunca y haré todo lo que pueda para que no se reduzca el Instituto a leer, escribir y ábaco, ni tampoco a Congregación de votos simples». [142]

Quizá el Santo Fundador abrigaba cierta confianza de llegar a algo positivo si hablaba personalmente con el papa. Desde su elección, el 15 de septiembre, había pensado en ello, pero no fue fácil conseguir audiencia. Por fin, la obtuvo el día 28 de diciembre€, y no debió de ser muy satisfactoria por la parquedad con que habla de ella en sus cartas a Berro: la primera vez 31 de diciembre, sólo le dice que habló con el papa, «el cual ha remitido el arreglo de la Orden a cinco cardenales»; la segunda vez, 14 de enero, le repite escuetamente la misma idea, precedida de esta expresión: «Tuve gratísima audiencia con N. Señor»; la tercera vez, el 18 de febrero, es bastante más explícito, y dice:

«Hablé con S. S. con toda comodidad, como cualquier otro, y espero buen éxito para nuestras cosas, aunque no faltan personas que pueden mucho ante S. S., que quisieran estropear la Orden con uno de estos tres puntos: 1º, que en la Orden no se pueda enseñar sino a leer, escribir y abaco; 2º, que vistamos como Clérigos Regulares y aceptemos entradas; 3º, que en adelante no se hagan votos solemnes, sino que sea Congregación de votos simples». [148]

Aunque aparentemente no lo diga, la impresión es que el papa le habló de esas condiciones y otras más, tal vez, que componían desde meses anteriores el tema de tentativas de conciliación entre él y Cherubini. Debió de palpar, además, que de poco habían servido las influencias diplomáticas, pues manifiesta en este intervalo sentimientos de desconfianza en los recursos humanos y su confianza plena en que Dios no permitirá que se destruya su obra. Véase este ramillete de frases:

«Espero que no permita el Señor que una obra tan ejemplar y tanacepta en toda Europa puedan impedirla las malas lenguas, esperando que ‘portae inferi non praevalebunt adversus religionem nostram’», «hemos de esperar más en la ayuda divina que en los favores humanos… ‘si Deus erit nobiscum, quis contra nos?’»; el Señor «no permitirá, como pretende el enemigo infernal, que se destruya» el Instituto; «nuestras cosas están puestas primero en las manos de Dios y después en las de estos Emos. Señores Cardenales»; «aunque, por ser nuestra causa, la causa de Dios, convendría dejarla tratar a S. D. M., no dejaremos de buscar también ayudas humanas para que no falte nada de nuestra parte» [149]

A los temores y esperarzas, recelos y desconfianzas, propuestas y contrapropuestas hay que añadir la desesperante tensión por la próxima sesión de la Comisión, que se preveía en enero, en Cuaresma, el sábado ‘in albis’, dentro de unos días… pero pasaban los meses sin que se reuniera. [150]

El Sábado Santo -día 15 de abril de 1645- escribía el P. General al P. Berro sobre la próxima sesión de la Comisión Cardenalicia: «algunos dicen que se hará la semana después de la octava de Pascua y pretenden que se decidirá que en adelante no se hagan ya votos solemnes, sino simples y que se ha de dejar la pobreza [suma] y admitir ingresos [fijos]. A todo esto he hecho responder por abogados y recurriremos también a recomendaciones necesarias». [151] efectivamente, a las mencionadas intervenciones de las cortes de Polonia y Florencia y de la embajada de España, se añadía el recurso a abogados de oficio, como fueron el romano Francisco Firmiani y el flamenco Teodoro Ameyden, cuyos preciosos alegatos se conservan, así como otros dos anónimos, muy bien estructurados y convincentes. [152]

No son menos interesantes los memoriales dirigidos a los cardenales que intervienen en las sesiones de la Comisión: Roma, Spada, Ginetti y Cueva; hay un texto único para los tres últimos y otro semejante, pero más prolijo, para Roma, además de dos versiones o minutas variantes de otro distinto para Ginetti tsr. [153] Del cardenal Colonna tenemos su respuesta a las recomendaciones que le hace el príncipe de Nikolsburg, Maximiliano Dietrichstein. [154] Asimismo, se conservan copias de memoriales mandados al cardenal Horacio Giustiniani Ludovisi, sobrino de Gregorio XV, y a otros dos cardenales anónimos. [155] Es muy probable que el P. Casani no sólo interviniera en la copia de estos memoriales por su elegante caligrafía, sino también en su misma composición, así como en otros parecidos, dirigidos a toda la Comisión o a algún personaje particular. [156] Igualmente, el P. Castelli debió de escribir por estos meses anteriores a la sesión tercera su larga ‘Apología’ de las Escuelas Pías para la Comisión. [157]

Se recurrió también a la Congregación de Propaganda Fide, de la que formaban parte los cardenales Roma y Ginetti, y cuyo Secretario, Mons. Francisco Ingoli, era muy amigo del P. General. El interés de esta Congregación por la labor pastoral de los escolapios en la conversión de herejes en Alemania fue el motivo de recurrir a ella para que intercediera ante la Comisión Diputada. Desde 1640, la Congregación de Propaganda Fide pedía una relación anual de las conversiones conseguidas por los escolapios. En mayo de 1644, al dar dicha relación de 198 conversiones el P. Vicario Provincial, Alejandro Novari, escribió también el príncipe Maximiliano Dietrichstein al cardenal Roma recomendándole los asuntos de las Escuelas Pías. De nuevo en enero de 1645, el P. Novari mandó a la misma Congregación una vibrante ‘Apología’, pidiendo protección, y especialmente que consiguieran del papa poder admitir novicios. De todo ello se habló en la sesión que tuvo lugar el 3 de julio de 1645, y se dieron copias de todas las cartas recibidas hasta entonces al cardenal Ginetti, añadiendo recomendaciones a favor de la Orden para la próxima sesión de la Comisión Diputada, que fue el 17 de julio. Y algo tuvo que influir en el resultado favorable de dicha sesión. [158]

En tales circunstancias no dejaba de ser muy grave el verse privada la Orden de un Cardenal Protector, cuando más falta le hacía. Fue lamentable que por el decreto del 14 de agosto de 1642 -a raíz del registro de la habitación del P. Mario- quedara privado totalmente el cardenal Cesarini de sus funciones de Protector de la Orden hasta su muerte, ocurrida el 15 de enero de 1644. Un año más tarde, el abate Orsi, hablando con el cardenal Juan Bta. Pallotta, le insinuó la posibilidad de que aceptara la protección de las Escuelas Pías. El cardenal estaba dispuesto, pues tenía al Fundador «por un gran Siervo de Dios» y a la Orden como «utilísima en la Cristiandad e Iglesia de Dios». El abate escribió al rey de Polonia que presentara a Pallotta para este oficio, como de hecho lo hizo con fecha del 11 de marzo de 1645. [159] Pero el papa no hizo caso.

En octubre de ese mismo año, el P. General elevó al papa otra petición de Protector en la persona del cardenal Horacio Giustiniani, a la que respondió Inocencio X con un cumplido «se considerará». [160] Y en eso quedó. Todavía en 1646 hubo otro intento de conseguir que dicho cardenal Giustiniani fuera nombrado Protector, pero nada se obtuvo. [161] Y murió el Santo Fundador sin conseguir un Cardenal Protector.

Hubo, finalmente, un personaje cuya intervención fue providencial, Mons. Bernardino Panícola, amigo y colaborador de Calasanz desde 1616, abogado de la Curia Romana hasta 1642, en que fue nombrado obispo de Ravello, en el reino de Nápoles. [162] A principios de 1645 se habla de su venida a Roma por asuntos personales, [163] pero no realizó el viaje hasta mayo. Asumió la tarea de mediador entre el P. Generaly el P. Cherubini, intentando satisfacer ambas tendencias opuestas respecto a la reforma de la Orden y reposición del P. General en sus funciones. Y efectivamente, el 12 de mayo escribía a Berro, residente en Nápoles, que había conseguido ya el restablecimiento del P. General con sus Asistentes, añadiendo dos más, que luego pretendían que fueran cuatro, es decir, ocho en total, y todos con voto decisivo, lo cual no acababa de convencer al Fundador. Esto sería hasta septiembre, en que se tendría Capítulo General y se resolverían las demás cuestiones. [164] No obstante, al cabo de un mes siguen todavía las cosas sin decidirse, pues -como dice Panícola a Berro- «el P. Esteban se escurre como una anguila y hay que tener paciencia». [165] Se llega finalmente a mediados de julio y Mons. Panícola anuncia la próxima reunión de la Comisión, sin confiar demasiado en el éxito: «Se tendrá pronto la Congregación de Cardenales, sin duda, la semana que viene -escribe el día 15 de julio-. He hecho lo que he podido para llegar a un arreglo. No se cumple nada de lo que se dice». [166] Y efectivamente, no será fácil la reunión, y seguirá el forcejeo por ambas partes.

En los numerosos memoriales que habían recibido los miembros de la Comisión, las peticiones más repetidas eran las siguientes: que se quitara el gobierno presente, por ser contrario o no contemplado en las Constituciones, y se repusiera en sus funciones al P. General; que no se suprimiera la Orden, ni se redujera a Congregación de votos simples, ni se sometiera a los Ordinarios; que no se limitara la enseñanza simplemente a leer, escribir y ábaco, sino que se siguiera enseñando latín; y esto para defender el derecho de los pobres a la cultura y propugnar que no eran superfluas las Escuelas Pías, porque ya existían los jesuitas, sino que hay campo para todos en la Iglesia de Dios; que no se moderara la pobreza suma y demás austeridades de la Orden.

Es interesante observar que a estas alturas, los tres asuntos referentes a la nulidad de la profesión, aspiraciones al sacerdocio y litigio por la precedencia, apenas si tienen relieve, pues en realidad lo que se discutía e interesaba de verdad era la supervivencia de la Orden y su pretendida reforma moderadora. No sin, cierta ironía insinuaba el abogado Ameyden que los papas, a través de los siglos, se habían interesado en promover la observancia austera en las religiones relajadas, pero no en introducir relajación en las normas antiguas. [167]

Habrá ocasión más tarde de escuchar los amargos lamentos del Santo Fundador al no comprender cómo se había llegado a destruir una obra tan beneficiosa para los pobres. Pero no queremos dejar de observar que quizá nunca, desde la fundación de las Escuelas Pías, se escribieron páginas tan vibrantes y tan hermosas para defender el derecho de los niños pobres a la enseñanza y a la cultura, para justificar con ello la existencia histórica de la Orden. Y de esas páginas citemos sólo unos párrafos, salidos del alma de Casani y de Castelli, los dos viejos Asistentes Generales y compañeros del Fundador desde los primeros tiempos de la Congregación Paulina:

«El Institutó de las Escuelas Pías -escribe Casani a un cardenal-… no se puede negar que en la sociedad cristiana no sólo no es superfluo, sino necesario… sobre todo porque la Sociedad Cristiana consta en su mayor parte de ciudades, pueblos-y gentes pobres, Que por atender al sustento cotidiano con las propias fatigas, no pueden atender a sus hijos, los cuales, por el hecho de ser pobres, no deben ser abandonados, siendo, como se ha dicho, la mayor parte de la sociedad cristiana, y también ellos redimidos con la preciosa sangre de Jesucristo, y tan queridos por S. D. M., que dijo haber sido mandado al mundo por su eterno Padre para enseñarles: ‘evangelizare pauperibus misit me’. De aquí se deduce cuán lejos esté de la piedad cristiana y del sentimiento de Cristo aquella política que enseña ser nocivo a la sociedad el enseñar a los pobres, al desviarles -dicen- del ejercicio de las artes mecánicas, razón, además, que la experiencia demuestra falsísima, pues aquí en Roma, después de casi 50 años que las Escuelas Pías enseñan a los pobres, no se ve que haya penuria de artesanos». [168]

En los párrafos de la Apología de Castelli se nota incluso un matiz moderno en la valoración de los pobres:

Las Escuelas Pías -se dice- son nocivas a la sociedad «por ser contrarias a la buena política… pues con tanta facilidad de estudiar se da ocasión a todo pobre de aspirar a un estado superior, abandonar las artes y oficios y aborrecer los servicios más bajos…». Pero -rebate Castelli- «si la buena educación es cosa buena, ¿por qué han de quedar excluidos de ella tantos pobres beneméritos? ¿Acaso los pobres no son aquellos mismos que, según decís vosotros, sustentan al mundo con sus fatigas? ¿Y quiénes han sido los inventores y perfeccionadores de las artes? ¿No es cierto lo que dice Botero, que los mayores negocios y los más difíciles son pensamientos de hombres pobres, que para conseguir algo deben estar vigilantes mientras los ricos duermen, y cuando está ya todo hecho suelen aparecer en escena para autorizar y garantizar los negociados de los mismos pobres? ¿Acaso las grandezas de los ricos y las riquezas de los grandes no han tenido su origen en la destreza de los últimos pobres entre sus antepasados? ¿Y qué seríais vosotros quizá, los que estáis leyendo esto, si hubieran tenido vuestras ideas los ricos en tiempo de los últimos pobres de vuestra prosapia?». [169]

Esta ‘Apología’ está dirigida a la Comisión Cardenalicia, cuyo Presidente, cardenal Roma, se sabía de cierto que era decididamente contrario a la culturización de los pobres. Y dichas las cosas así, con esa crudeza y ese aire oratorio ciceroniano, es probable que produjeran un efecto contrario. Muchas veces la verdad desnuda ofende, sobre todo a los grandes.

12. La sesión tercera

El 18 de julio de 1645 se tuvo finalmente la esperada sesión tercera en el palacio del cardenal Roma, según costumbre, a la que asistieron los cardenales Roma, Spada, Ginetti y Cueva, los monseñores Paolucci y Albizzi y el Visitador Pietrasanta, que empezó la reunión leyendo su relación. [170] No en vano había pasado un año y casi diez meses desde la precipitada relación que presentó en la sesión primera del 1 de octubre de 1643, demasiado confiado en los informes de Mario, Cherubini, Ridolfi y sus partidarios. No habían faltado situaciones tensas y ataques virulentos contra su persona, como las dos famosas cartas acusatorias de Baldi y de la comunidad de Nikolsburg. No obstante, se ve que supo reaccionar religiosamente y distinguir entre la verdad y el apasionamiento de unos y otros, pues esta nueva relación no parece escrita por la misma mano que escribió aquélla.

En su primera parte histórico-descriptiva habla de la fundación y aprobación de la Orden por los papas, sin aludir a sus antiguas dudas sobre obrepción y subrepción de breves. Reconoce el derecho de enseñar no sólo a leer, escribir y contar -enseñanza primaria-, sino también retórica -enseñanza secundaria-. Da unos datos estadísticos interesantes: la Orden se divide en provincias, distribuidas en Italia, Germania y Polonia, contando con unos 500 religiosos, de los cuales 220 son sacerdotes, 110 clérigos y 160 Hermanos. Describe el rigor de la pobreza en que viven, así como las demás austeridades de Regla, puntualizando que «quizás sean excesivas y no adecuadas a las fatigas diarias de la escuela y de acompañar a los niños a sus casas». Recuerda que ha habido dificultades, «como ocurre siempre -matiza- en los principios de las nuevas Religiones», y por ese motivo han tenido algunas visitas apostólicas, como la actual. Sin bajar a detalles y justificaciones, refiere escuetamente que por decretos y breves apostólicos fue suspendido el General, depuestos los Asistentes, nombrado Superior Cherubini, cuyo gobierno comparte con el Visitador. No hay una sola frase de crítica, ni de queja, ni de recriminación.

En una segunda parte podríamos notar la sintética descripción de la Visita y sus impresiones personales. Vuelve a recordar lo que en su primera relación calificó de «tres principales desórdenes… que alteran grandemente a la Orden», y que llama ahora «tres necesidades (‘bísogni’) principales, por las que se mantenía en cierto desconcierto la Orden», es decir, las cuestiones sobre nulidad de las profesiones, aspiración de los Hermanos al clericato y las precedencias. Reconoce -quizá con excesiva benevolencia- que «por singular misericordia de Dios N. S. no ha ocurrido en la Orden ningún caso grave de inobservancia o desorden público, que haya producido escándalo a los seglares o bien deshonra a la Religión, ni ha llegado a mis oídos ningún exceso notable en detrimento grave de la caridad o en perjuicio de los tres votos esenciales de la Orden, particularmente de la castidad».

En cuanto a la obediencia exigida por el Santo Oficio a la Provincia Toscana respecto al P. Mario, no ha habido nunca dificultad en Florencia, sino sólo en la casa de Pisa, que está ya bien dispuesta, dadas las nuevas relaciones de la corte del Granduque. Y respecto al P. Cherubini, parecía haber cierta repugnancia en reconocerle como Superior, pero fue cosa de unos pocos de Roma que fueron alejados de aquí por orden de esta Comisión Cardenalicia.

Y no hay más quejas ni críticas del Visitador. ¡Increíble!

La última parte de su relación es la más importante, pues en ella propone sus peticiones o conclusiones de Visita. Y son: que se les permita aceptar nuevas casas y admitir novicios; que se reponga al P. General en su cargo, dándole un Vicario; que se elijan seis Padres, uno por Provincia -no dice que sean Asistentes Generales-, para que revisen las Constituciones y los rigores del Instituto respecto a la pobreza de las casas y sacristías, al vestido y demás austeridades, de modo que todo sea practicable y proporcionado al ejercicio de las escuelas; que en cada Provincia haya una casa de estudios para formar sujetos idóneos.

Es de justicia destacar expresamente tres puntos finales de esta relación, pues nos dan la definitiva mentalidad de Pietrasanta como conclusión -junto con los otros puntos mencionados- de su Visita Apostólica. Con ellos se opone diametralmente no só0lo a las opiniones de Spada, Roma y Albizzi, sino también a aquella corriente de jesuitas, que abogaba por restringir el campo de enseñanza de las Escuelas Pías, y que él -por referencias de palabra o por escrito- no podía ignorar en manera alguna, pues tan conocida era entre los escolapios. Con dignidad, pues, olvidando magnánimamente la acritud con que le habían atacado en circulares públicas, proclamó al final de su relación:

1. Contra los jesuitas: «el querer restringir sus facultades [de los escolapios] a enseñar a leer, escribir y contar, es privarles del privilegio concedido por los papas Pablo V y Gregorio XV, que es de enseñar humanidades, retórica y casos de conciencia [moral]…»

2. Contra el cardenal Roma y otros muchos: «a quienes objetan que impiden las artes [u oficios serviles] al dejar estudiar letras a los pobres, se responde que resulta en gran servicio del Estado civil y político de una Comunidad el que las artes mismas las hagan personas que sepan leer, escribir y hacer cuentas…»

3. Contra Spada, Roma y Albizzi: «el tratar de querer reducir esta Religión que tiene votos solemnes a una Congregación que tenga sólo votos simples y esté sujeta al Ordinario, sería querer destruirla… además, no parece que haya otro ejemplo en la Iglesia, de una Religión ya aprobada y confirmada por la Sede Apostólica, que haya sido reducida a simple Congregación». [171]

No es menos importante observar que el último tema tratado en esta relación se refiere a los «tres desórdenes», tan traídos y llevados en tantos memoriales y relaciones y tan exagerados por los historiadores, como motivo determinante de esta dramática Visita Apostólica, a saber: la nulidad de profesiones y las pretensiones al clericato y a las precedencias. Y es muy significativo que la última palabra del Visitador sobre el tema sea ésta: respecto a la nulidad, ya se trató el problema y hay que atenerse a las soluciones que dieron los teólogos; respecto a las dos especies de pretensiones, en parte fue provisto por decretos de Urbano VIII y comisión de prelados y en parte se proveerá por el futuro gobierno de la Orden [172] Es decir, que estos «gravísimos problemas» -según algunos- estaban ya estudiados y resueltos antes de esta Visita Apostólica, y si algo queda por resolver, ya lo resolverá el futuro P. General y su gobierno. ¡Sin comentarios!

Oída la relación del Visitador -dice Paolucci en sus notas-, hubo una larga discusión sobre el asunto, en la que los cardenales manifestaron primero su opinión, es decir, Cueva y Ginetti abogaron por la no extinción de la Orden, mientras Spada y Roma propusieron de nuevo la extinción absoluta. [173]. Esto significa que ni la relación de Pietrasanta, ni las razones aducidas en tantos memoriales, ni la dignidad y el número de los intercesores a favor de las Escuelas Pías, hicieron huella en el ánimo de los purpurados Roma y Spada. [174] Por el contrario, quizá la carta circular de Pietrasanta en propia defensa, las respuestas virulentas de Baldi y Nikolsburg y particularmente el «Documento siniestro» de Albizzi, además de las propias convicciones, tuvieron tal fuerza que les hicieron volver a los dos a su primera posición de octubre de 1643, dejando de parte lo que ya habían decidido en marzo de 1644, al inclinarse por una reducción de la Orden a simple Congregación.

Así las cosas, después de hablar los cuatro cardenales, tomó la palabra Mons. Paolucci, impugnando el voto de la extinción, considerado como un remedio violento y extraordinario. Había que usar antes «todos los medios ordinarios, sobre todo tratándose de una Religión establecida desde tantos años, a favor de la cual interviene una particular Providencia divina d, y a la que no es imposible proveer, según la relación del P. Pietrasanta». Excluía expresamente compararla con la congregación del Oratorio, a cuya semejanza se la quería reducir [175], y proponía los siguientes remedios: reformar el gobierno presente «reintegrando al P. General, pero dándole los Asistentes y Adjuntos que el P. visitador juzgare idóneos y neutrales, y para ello el Rmo. card. Roma que los convoque y amoneste bajo amenaza de supresión y hágase todo con caridad». Además, nómbrese un Cardenal Protector con autoridad extraordinaria que actúe junto con el P. Visitador; que se cierren algunas casas en las que no puedan vivir cómodamente de limosnas; que se corrijan las Constituciones y se modere el rigor de las Reglas.

Al terminar Paolucci su exposición, habló el secretario Mons. Albizzi y -dejando de lado, por lo visto, todo lo dicho en el ‘Documento siniestro’- aceptó las propuestas de Paolucci, con lo que cambiaron de opinión también los cardenales Roma y Spada, quedando todos providencialmente de acuerdo en que así se pidiera al papa. 176 La sesión había concluido.

13. Alborozo, imprudencia y desengaño

De todo lo tratado en la larga y discutida sesión tercera trascendió al exterior inmediatamente -quizá la misma tarde del día 18- la noticia casi escueta de que el P. General había sido reintegrado en su cargo. Naturalmente fueron los mismos componentes de la Comisión quienes la divulgaron. Escribe Berro: «los Emos. Cardenales e Ilmos. Prelados de la comisión corrieron la voz por Roma, y fue acogida por todos con gran consuelo y alegría, y lo comunicaron también fuera por carta los Rmos. PP. Procuradores Generales de casi todas las Religiones, por su amabilidad, y aun otros personajes». [177] Efectivamente, se conservan cartas del cardenal Spada, de Mons. Panícola y del P. Cherubini, escritas el 19, comunicando Io que había ocurrido «ayer», [178] a las que siguieron otras muchas en días sucesivos. [179]

Entre todas ellas, la más interesante es la del P. Pedro Pablo Berro, que escribe desde Roma el 20 de julio a su hermano Vicente, el cronista, dándole muchos detalles de la reunión, y diciendo entre otras cosas que «tras muchas dificultades y diferencias de pareceres… finalmente, por persuasión del Asesor y del visitador… concluyeron que el General fuera repuesto con seis Asistentes». [189] Es curioso que atribuya a Albizzi y a Pietrasanta el haber persuadido a los discrepantes, cuando Paolucci parece atribuirse el mérito de haber convencido a Albizzi y luego a los demás. Y algo dirían también a favor los cardenales Cueva y Ginetti, sobre todo este último, que llevaba el encargo de presentar las recomendaciones favorables de la Congregación de Propaganda Fide. Con todo, no sin mucha razón se pregunta Sántha por qué Albizzi abandonó su opinión respecto a la reintegración de Calasanz y a la reducción de la orden; si lo hizo por convicción o por mera conveniencia diplomática de no ser el único que se mantuviera intransigente frente a todos. De hecho, le veremos pronto defender de nuevo sus ideas». [181]

La noticia de la reintegración del P. General fue recibida por los escolapios, y aun por otros muchos simpatizantes y amigos, con grandísimo alborozo a medida que llegaban de Roma las primeras cartas. En algunos sitios se contentaron con manifestar su agradecimiento al Señor cantando el ‘Te Deum’, pero en privado, como hace notar Berro respecto a las dos casas de Nápoles. [182] En otros, se excedieron un poco, dándole un tono de fiesta mayor, como cuenta Caputi respecto a Frascati, donde se lanzaron al vuelo las campanas, se dispararon cohetes y hasta hubo salvas de artillería en el Palacio de Mondragone, por disposición y con la complacencia del príncipe Borghese, mientras se cantaba un solemne ‘Te Deum’ en la iglesia-santuario de las Escuelas Pías. [183]

En Roma duró poco la alegría, según cuentan los cronistas. Parece ser que alguien de la comunidad de San Pantaleón llevó muy pronto la noticia a los llamados ‘Avisos públicos’ o gaceta de entonces y la publicaron, diciendo en síntesis que «después de haber visto los Sres. Cardenales designados la inocencia del P. General de las Escuelas Pías, suspendido tiempo ha de su oficio, han determinado sea reintegrado en el mismo con fiesta de todos sus religiosos». [184] Se leyó en pública recreación y hubo comentarios lógicos, dado el momento, algunos punzantes, como desahogo natural después de tantas tribulaciones, como el del Hº. Felipe Loggi, uno de los más antiguos de la orden: «¡Alabado sea Dios! -dijo-. Ahora se verá quién ha perseguido a N. P. General y se le pedirán cuentas de todos los atropellos que le han hecho, como también a los PP. Asistentes. ¡No sé si podrá ya mucho Mons. Asesor!» Y sigue contando Berro que, oídas estas palabras u otras parecidas, el P. Juan Antonio Ridolfi salió inmediatamente con un compañero para referir a Mons. Albizzi lo que se había dicho en público en la comunidad contra él, añadiendo y exagerando las cosas, que terminaron siendo -como siempre- contra el honor del Santo Oficio de la Inquisición.

Monseñor montó en cólera y mandó decir al cardenal Roma que por orden del papa sobreseyera la publicación del decreto de reintegración del General; o bien le dijo que no lo publicara, porque antes quería hablar con el papa. [185] No acaba de aclararse Berro sobre los detalles. Lo que parece cierto es que los comentarios ofensivos que le refirió Ridolfi excitaron las iras de Albizzi, quien personalmente debió de referirlos al papa, apoyándose en su calidad de Secretario de la Comisión. El cardenal Roma debió ser informado asimismo por Albizzi, antes o después del coloquio de éste con el Pontífice. Y dado que la Comisión había llegado ya a su conclusión, el cardenal Roma, como Presidente de la misma, hubo de hablar también al papa sobre el asunto.

A todo esto, según lo decidido en la Comisión, el cardenal Roma había avisado al P. General y al P. Pietrasanta que acudieran a su palacio el viernes siguiente, día 21, para ultimar el decreto final de la Comisión. Mas ante la decisión pontificia de sobreseimiento, tuvo que dar contraorden al P. General hasta nuevo aviso. [186]. Y empezó, de nuevo, otro período angustioso de esperanzas y temores, de silencio impenetrable de la Comisión y de amenazas y rumores de destrucción definitiva. Las cartas del Santo Viejo reflejan esta situación embarazosa. Véanse algunos párrafos:

«… el l8 del pasado -escribe el 6 de agosto a Berro- se hizo decreto de que yo fuera reintegrado en mi oficio, pero como tenemos dentro de la Religión algunos adversarios a mi reintegración y fuera de ella a muchos y poderosos, no sólo contra mí, sino también contra el Instituto, no ha salido aún el decreto y Dios sabe cuándo y cómo saldró». «No habiendo sabido impedir la reintegración en mi oficio -le escribe el 19- se hace lo que se puede para impedir el efecto de dicha resolución para mantenerse en la posesión del oficio (¿Cherubini?); se proponen varios modos de componendas sin decidirse por cuál de ellas, pues debe resolverse en la misma Comisión de Cardenales». «Se ha corrido la voz –le dice el 26- que no pudiéndose destruir nuestra Religión ex directo, procuran que en la próxima reunión se destruya la Religión ex indirecto, procurando que en el futuro no se pueda leer gramática, sino sólo [leer], escribir y ábaco, o bien que pueda leer de todo, pero que en adelante esté sujeta al Ordinario, y no faltan algunos que sospechan que este asunto lo fomentan secretamente algunos Padres Principales, siendo alguno de los Cardenales diputados del mismo parecer: que no se enseñe a los pobres sino sólo los primeros elementos dichos. De la reintegración no se duda, sino del modo de elegir a los Asistentes». [187]

No eran, probablemente, simples rumores, sino ideas ya barajadas en documentos anteriores y tratadas también en las sesiones pasadas de la Comisión, que volvían a considerarse por algunos de los miembros de dicha comisión y que llegaban a oídos del P. General. Es probable que esos «Padres Principales», partidarios de limitar la enseñanza de los escolapios, fueran jesuitas que influyeran en Albizzi secretamente, dado el trato familiar y frecuente que Monseñor tenía en la curia o Casa del Gesü. Lo que no parece aceptable es que tal idea la defendiera Pietrasanta, dado lo tajante que se había mostrado en su última relación.

Por fin, el 9 de septiembre escribía el P. General a Berro que la Comisión iba a reunirse «mañana domingo, día 10». [188] Pero estaba equivocado, pues la sesión se había tenido el viernes día 8 de septiembre en el mismo palacio de siempre y con los mismos asistentes de la sesión anterior, salvo quizá Pietrasanta, a quien no se nombra. Las actas de Paolucci dicen que el cardenal Roma comunicó la orden del papa de que la Religión de las Escuelas Pías se redujera a Congregación y que no se pensara ya en otra cosa que en la forma de dicha reducción. La Comisión, por tanto, después de discutir el asunto, deliberó que se celebrara una última sesión para decidir el modo y forma de la reducción. Para ello determinó pedir la opinión de tres religiosos; a saber: el P. Menochi, jesuita; el P. Medici, teatino, y el General de los Menores Conventuales, que seguía siendo el P. Juan Bta. Berardicelli de Larino, el gran amigo de Calasanz». [189] Su última intervención en asuntos de las Escuelas Pías había sido la revisión de las Constituciones por mandato del cardenal Protector Cesarini, que fue examinada en el Capítulo General de 1641 [190]

Además de estos nombramientos, la Comisión llegó a ciertas conclusiones en el transcurso del debate, aunque luego serían modificadas en la última sesión. Tales conclusiones fueron: «que no puedan ejercitar los tres votos sustanciales», pero luego se especifica que los que profesaron dichos votos quedan obligados a éllos, mientras los que entren en adelante harán votos simples, sólo dispensables por la Santa Sede; estarán sometidos a los obispos, como los de la Doctrina Cristiana (no se nombra el Oratorio); cada casa tendría su Superior; podrán enseñar lo que los obispos crean conveniente. [191] Tanto la fecha exacta de esta sesión cuarta como su contenido preciso fueron desconocidos por entonces.

14. Nervioso intervalo hasta la sesión final

Según se expresa en sus cartas, el P. General se formó la idea –y con él, todos- de que los cardenales de la Comisión habían terminado ya su cometido y que la solución definitiva dependía ya solamente del papa. [192] por ello, centró su atención en las recomendaciones de los embajadores y demás personas amigas que debían entrevistarse con el pontífice. Y el primero que intervino en aquel mes de septiembre de 1645 fue el embajador de Toscana, Riccardi, a quien el Santo entregó un memorial para el papa. El resultado fue nulo y el pobre General se quedó con la idea de que Inocencio X sólo había dicho «palabras generales» al embajador. [193] Sin embargo, el embajador refiere el diálogo en el que el papa se expresa con palabras muy duras y despectivas contra los escolapios, lamentando, además, que se quejen del cardenal Roma y de Mons. Albizzi como de enemigos declarados. [194] Ni faltan tampoco otras declaraciones de Riccardi en las que claramente se advierte el pésimo concepto que se había formado Inocencio X de las Escuelas Pías, así como las actitudes adversas de Roma y Albizzi. Pero, obediente a los deseos del Granduque y su corte, siguió intercediendo a favor de la Orden. [195]

Recurrió también al Almirante de Castilla, Virrey de Nápoles, pues se esperaba que antes de irse a España pasara por Roma para visitar al papa. Y para congraciarse con él, saca todos los registros de españolismo de la Orden y de sí mismo, diciendo que abogue a favor de «nuestro Instituto, por ser tan acepto y requerido por toda Europa y particularmente en los reinos de su Majestad Católica, y fundado por un Padre Español, conocido por el Exmo. Condestable Colonna». [196] Pero supo luego que no pasaría por Roma, a pesar de que el Condestable Colonna ya le había preparado alojamiento en su palacio. [197]

Por entonces -ya lo dijimos- se preocupó de que el papa nombrara como Protector de la Orden al cardenal Horacio Giustiniani, y fue precisamente el embajador florentino quien presentó el memorial de petición en una de sus audiencias, pero el Pontífice respondió «que se considerará, como ha respondido igualmente a otros memoriales», decía el Santo. [198]

En octubre, al menos, empieza también a intervenir un nuevo personaje, Mons. Bernardino Biscia, prelado de Curia, antiguo alumno de Calasanz en las escuelas de San Pantaleón, a quien el Granduque de Toscana requirió especialmente sus servicios a favor de las Escuelas Pías. [199]

En la sesión general de la Congregación de Propaganda Fide, del 18 de diciembre, se leyeron varias cartas sobre la acción apostólica de los escolapios en Germania, en la conversión de herejes, por lo que se decidió que se mandaran copias a la Comisión Diputada que trataba la causa de las Escuelas Pías, suplicándole permiso para que pudieran vestir novicios en aquellas tierras. El secretario, Mons. Francisco Ingoli, compuso para la acasión dos preciosos memoriales en apología de las Escuelas Pías, rogando encarecidamente que no se extinguieran por el inmenso bien que estaban haciendo en todas partes a la sociedad y a la Iglesia, sobre todo a los pobres. Uno de los párrafos más hermosos quizá es el colofón vibrante de uno de los dos memoriales, en el que se percibe el dedo de Gamaliel apuntando contra el Sanedrín. Dice:

«Considérese finalmente que las Religiones de Sto. Domingo y de S. Francisco tuvieron también en sus principios graves oposiciones, de modo que, cémo inútiles y llenas de gente ociosa, se las quería destruir, y S. Tomás de Aquino y S. Bonaventura las defendieron con su pluma. Y como eran obras de gran piedad e instituidas por orden de Dios, no prevalecieron las malas lenguas. Así puede suceder en el futuro con las Escuelas Pías, que si son obra de Su Divina Majestad, aunque se den ordenes contra ellas, habrá quien lo impida, quedando comprometida la Sede Apostólica, por el peligro de no lograr extinguirlas». [200]

Las poquísimas noticias que se tenían sobre lo que estaba pasando, la angustia ante una posible aniquilación o deformación sustancial de la Orden, las pocas esperanzas que daban las intervenciones de personajes, los memoriales, las súplicas no podían menos de crear una atmósfera de pesimismo. El Santo Fundador se esfuerza por levantar los ánimos e infundir esperanzas en el futuro, como en estas palabras casi irónicas a Berro: «parece que el asunto va para largo y será necesario que alarguemos también nosotros la paciencia y esperanza en Dios bendito». Y estas otras con énfasis de profecía:

«… en cuanto a nuestras cosas, le puedo decir que el Instituto no se destruirá, pero estamos pendientes de la decisión de la Sta. Sede… Yo, mientras me quede aliento, no perderé nunca el deseo de ayudar al Instituto con la esperanza de verlo de nuevo asegurado, basándome en aquellas palabras de un Profeta que dice: ‘constantes estote et videbitis auxilium Dei super vos’» [sed constantes y veréis la ayuda de Dios sobre vosotros]. [201]

Pero a veces, esa sublime fortaleza se resiente, como se nota en otra carta de apenas una semana después de la anterior, en que escribe: «hemos llegado a tales extremos -¿- , que si Dios milagrosamente no lo remedia, difícilmente se arreglarán nuestras cosas, aunque dicen algunos, confiando en sí mismos, que Dios bendito ya no hace milagros». [202]

A todo esto, como el decreto de rehabilitación del P. General no salía, el P. Cherubini siguió desempeñando sus funciones de Superior General, como hace notar Calasanz con cierto matiz crítico. [203] Y por lo que cuenta Berro, «eran tales los atropellos que sufrían todos nuestros pobres religiosos, particularmente los que estaban en Roma y no condescendían con las irreverencias y mortificaciones que hacía el P. Esteban, a sabiendas del Rmo. P. Pietrasanta jesuita y Visitador Apostólico, a N. V. P. Fundador y a sus verdaderos hijos, y por el contrario era tal la libertad y relajación de los pocos partidarios del P. Esteban, que era intolerable convivir con ellos». [204] Y va tejiendo Berro las mallas de esa relajación, a la que se reducían en la práctica las ideas de reforma y moderación de austeridades, pobreza y rigores de observancia, llegando a extremos francamente escandalosos, ante los cuales apenas si cabe creer que no interviniera el Visitador: no había para ellos, dice Berro, ni Reglas ni Constituciones; ni asistían a los actos comunes de oración; ni observaban los ayunos y disciplinas semanales… Y continúa: «Los paseos en carroza que se daban aun públicamente, como amigotes, las mascaradas en la calle del Corso [una de las más céntricas] y en la ciudad de Roma, en cuyo indigno espectáculo [de Carnaval] fueron detenidos por los gendarmes, y todo lo arreglaron a costa de la casa de San Pantaleón, digo de la bolsa. Las comedias que con tanto gasto y poca vergüenza hacían en el Colegio Nazareno…» [205] ¡Y éstos eran los protegidos por Albizzi, como antes lo fue Mario!

Relacionando los despilfarros de Cherubini y sus amigotes con la pobre bolsa de la comunidad de San Pantaleón, hay que añadir que había sido nombrado rector naturalmente uno de ellos, el P. Fernando Gemmellario, quien, condescendiendo con la prodigalidad del P. Esteban, gastaba el dinero alegremente, mientras los religiosos no tenían lo necesario para comer y vestir, por lo cual -refiere Berro- «había muchas quejas a las que él respondía: “La casa es pobre y no puede más; el que no tenga, que se provea”, y cosas semejantes». [206] No es de extrañar, pues, que algunos o muchos de los religiosos de aquella castigada comunidad se ingeniaran en procurarse dinero para cubrir sus parcas necesidades, mediante limosnas y otros medios, y se lo guardaran sin entregarlo al P. Rector. Viendo estos desórdenes contra la pobreza, Cherubini y Pietrasanta reaccionaron publicando el día primero del año 1646 un decreto prohibiendo bajo pena de excomunión ‘latae sententiae’ que nadie se procurara dinero pidiendo limosna, o lo tuviera en su poder o en el de otros. Nada se decía de los gastos superfluos y abusivos de Cherubini y sus compinches, ni de la actitud y consejos del rector, por lo cual la comunidad entera -excepto seis partidarios de Cherubini- protestó tan fuertemente, que el asustado Cherubini suspendió el decreto, pero inmediatamente recurrió a Mons. Albizz| dándole una versión personal del tumulto y rogándole que hiciera confirmar el decreto de marras por los cardenales de la Comisión. Y así se hizo, pero con el agravante de añadir a las penas de excomunión inmediata, la amenaza de cárcel y galera. De nada valieron las nuevas protestas.

No encontrando otro tribunal de apelación posible -pues estaban complicados en la supuesta injusticia el Superior General, Cherubini; el Visitador Apostólico, Mons. Albizzi, y la Comisión Cardenalicia decidieron recurrir al papa con dos memoriales: en el primero referían los casos concretos ocurridos en San Pantaleón; en el otro, de más envergadura, suplicaban respetuosamente que confirmara el Instituto de modo que pudiera continuar existiendo tal como era y «no permitiera que, viviendo la Cabeza, se sometiera, como acéfalo, a la jurisdicción de los ordinarios». [207] Un memorial llevaba 25 firmas y el otro 32.

Sin saber nada el P. General de todo esto, un grupo de 20 o 25 se fueron a San Pedro a las segundas vísperas de la fiesta de la Epifanía, presididas por el pontífice. Al terminar la liturgia, algunos de ellos lograron entrar en palacio y se apostaron en una de las salas por donde debía pasar el cortejo papal. Al llegar el papa, se arrodillaron, y el P. Gabriel Bianchi y el Hº. Lucas Anfosso le presentaron los dos memoriales diciendo: «”Beatísimo Padre, nosotros, los Padres de las Escuelas Pías, presentes y ausentes, damos todos las Buenas Pascuas a V. S. y le exponemos que son ya tres años que estamos tan angustiados por los Superiores, que han gobernado la Religión hasta ahora, que ya no podemos más. Por tanto, suplicamos justicia y solución rápida”. El papa respondió: “Marchaos, que seréis atendidos cuanto antes”. Estaban presentes muchos príncipes y otra gente, y todos esperaban maravillados el fin de esta novedad. Se ha tenido luego el rescripto de los memoriales, esto es, que Mons. Albizzi atienda con toda prisa a lo establecido sobre esta Religión y hable de ello con el papa». [208]

La escena debió de sentar muy mal a la corte papal y al mismo Inocencio X y fue desaprobada igualmente por el P. General apenas se enteró, aunque luego con paterna compasión y aun con realismo justificó el hecho, escribiendo a Berro, a quien habían llegado ya noticias de lo ocurrido, acusando al Santo Viejo de ser el provocador: «en cuanto a lo que se dice que los Padres de Roma fueron incitados por mí en sus motivaciones, V. R. no lo crea, pues todos estaban hartos hasta el gollete, como ellos mismos le han dicho [al papa] por el gobierno de tres años sin fruto y con mucho daño».[209] Esta insólita escena de palacio no influyó probablemente, ni en bien ni en mal, en lo que estaba ya decidido desde la última sesión de la Comisión, en septiembre, pero quizá aceleró notablemente los acontecimientos.

15. La sesión quinta y definitiva

Mientras los escolapios se debatían entre dudas, temores y esperanzas, la Comisión, en secreto absoluto, empezó a estudiar los complicados problemas que presentaba la decisión papal, propuesta en la sesión cuarta del 8 de septiembre, de reducir sin más la Orden a Congregación. Recordemos que en aquella sesión última sólo se habían aportado estas ideas sobre el tema: los profesos mantendrán sus votos solemnes, mientras en adelante los que profesaran lo harían con votos simples, sólo dispensables por el papa; estarían todos sometidos a los obispos, como los de la Doctrina Cristiana, incluso en lo que tuvieran que enseñar; tendrían superiores locales.

El secretario de la Comisión, Mons. Albizzi dio las debidas instrucciones al secretario de breves, Mons. Maraldi, para que preparara uno con las ideas mencionadas y así lo hizo: después de una larga introducción histórica sobre la fundación y consiguientes breves, justificaba las gravísimas decisiones de este breve con estas simples líneas: «Y habiendo sabido que en esta Religión se suscitaron graves perturbaciones, que aún perduran, a fin de calmarlas…» Y éstos eran los cambios: la Orden quedaba reducida a Congregación de votos simples, tal como había sido instituida por Pablo V; quedaba sometida a los ordinarios de lugar; los ya profesos mantendrían sus votos solemnes, sin dispensarlos, ni reducirlos a simples. No había más decisiones. [210]

Es muy probable que para facilitar el estudio de la complicada problemática que suscitaba esta reducción -de la que no había antecedente alguno en la Historia de la Iglesia, como se decía en la Comisión- el secretario Mons. Albizzi, con la ayuda de otros quizá, compuso una especie de cuestionario en nueve puntos, acompañando el esbozo o primera redacción del breve. En síntesis, preguntaba:

1 El nombre de la nueva Congregación.
2 Quién y cómo se gobernará, respetando la sumisión al Ordinario.
3 ¿Se reintegra al P. General y Asistentes?
4 ¿Se ordenarán a título de pobreza?
5 ¿Hay que moderar la pobreza y austeridades, adaptándolas al ministerio escolar?
6 ¿Se mantienen los privilegios?
7 ¿Se someten al ordinario aun en casos leves o sólo en cuestiones de gobierno y enseñanza?
8) ¿Nuevas Constituciones o simple adecuación a Congregación?
9) Condiciones para que el General pueda expulsar a religiosos.
Terminaba diciendo que se podían proponer otras cuestiones (antes de que se publicara el Breve». [211]

Hay otro documento adjunto, que por su estilo y semejanza con las notas que acompañan las llamadas «Actas de Paolucci» -y del que forma parte final el acta de la quinta sesión- parece indudable que fue escrito por él, aunque seguramente no sean ideas suyas, sino las propuestas por otros en la sesión quinta o en los documentos de los peritos, que no tenemos. Su interés radica en que recoge las respuestas dadas al mencionado cuestionario. He aquí un resumen de ideas, ordenadas según la numeración anterior de dicho cuestionario:
1) se propone como nuevo nombre: Congregatio Clericorum B. Mariae Scholarum Piarum (El Santo Viejo se hubiera disgustado mucho, por haber quitado el título de «Madre de Dios»;
2) el gobierno depende de la forma nueva, según se parezca a la Doctrina Cristiana, a los luqueses o al Oratorio filipino; si es como este último, las casas serían independientes, cada una con su noviciado;
3) nada se dice de la reintegración del P. General y otros detalles pertinentes;
4) no deben ordenarse a título de pobreza, sino asegurando el porvenir, como lo hacen en el Oratorio y en la Doctrina Cristiana;
5) no parece incompatible la pobreza que profesan con el ministerio de la enseñanza;
6) tendrían privilegios propios de Congregación y no de Orden, como ahora;
7) sujetos al Ordinario, pero no en cosas leves;
8) Constituciones reformadas, acomodadas a su nueva realidad de Congregación;
9) el General no podría expulsar a nadie sin consentimiento del obispo y del papa.

A estas respuestas se añaden otros puntos nuevos, algunos de los cuales serán acogidos en el breve definitivo y otros merecerán nuevos comentarios. Helos aquí: a) se reduce la enseñanza a leer, escribir y ábaco; b) vistan hábito clerical modesto y decente; c) los profesos mantienen sus votos solemnes, pero pueden pasar a otra Religión ‘etiam laxiorem’ (más moderada); d) no funden más casas sin permiso papal y del Ordinario correspondiente. Hay finalmente una idea reveladora de la malévola intención que se tiene -aunque no todos- de conseguir la ‘total supresión’ de la Orden y que en otros documentos merecerá formulaciones más concretas. Aquí apunta simplemente Paolucci que se objeta que no tendrán limosnas suficientes para vivir, dado el desprestigio que supone la reducción a Congregación, y que, por tanto, poco a poco se irá extinguiendo por sí misma ‘iuxta intentionem’, es decir, que eso es lo que se pretende. [212] ¿Supo alguna vez todos estos proyectos e intenciones el pobre P. General? Sin duda, era mucho mejor que los ignorara, y que todo esto quedara en secreto.

Hay finalmente dos documentos similares o complementarios que proponen implícita y explícitamente la extinción total de la Orden a pesar de que la voluntad expresa del papa Inocencio era la simple reducción, aunque cabe dudar si en el fondo también el pontífice deseaba la supresión total, dado el pésimo concepto que de ella tenía. El hecho de que sólo dos documentos hablen sin tapujos de la extinción y que uno de ellos sea con toda probabilidad de un cardenal [213] y que alabe y pretenda ser como un complemento del otro, nos sugiere que también este último sea de otro cardenal, dado que desde el principio sólo dos miembros de la comisión han abogado reiteradamente por la extinción absoluta. Y esos dos miembros son precisamente dos cardenales: Spada y Roma. La importancia, además, de ambos documentos radica en el hecho de que, no habiendo podido conseguir la extinción total de la Orden, lograrán que se adopten en la práctica dos medidas -una de cada uno- con las que la Orden llegó al borde de la desintegración.

No se pueden leer dichos documentos, sobre todo el primero (nº. 21 del dossier Paolucci), sin sentir cierta repulsión por el cinismo que rezuman, por los matices despectivos y por las supuestas objeciones, que no son específicas de las Escuelas Pías, sino del sistema de vida religiosa en general, de la que sentía fobia declarada el Emo. Roma, al menos. Su idea central és la siguiente: son tales los excesos (?) que se atribuyen a estos religiosos, que los hacen inhábiles para instruir a posibles novicios futuros, así como a los niños en general. «Sería quizás mejor -matiza- hacerles proceso, y una vez verificados esos excesos, suprimirlos totalmente. Este sería el verdadero camino para salir de este atolladero más fácil y justificadamente, si no hubiera dos grandes dificultades…», que son: la primera, porque parece imposible darles el necesario sustento para vivir a los sacerdotes y profesos solemnes, dado que esta Orden no tiene bienes propios, como los tenían la «Orden de los Humillados» y la «de S. Bernabé y S. Ambrosio ‘ad Nemus’», recientemente suprimidas, asegurándoles de por vida el sustento con sus propias rentas; y la segunda, porque están extendidos no sólo por toda Italia, sino también fuera, donde no sería fácil la supresión por varias razones.

Por otra parte, no podrían continuar viviendo de limosnas, porque los pueblos en que están, al ver reducida de rango la Orden, pensarán que lo han merecido por sus culpas y les negarán su ayuda material y su aprecio… Pero la sutileza sarcástica de este purpurado va más lejos. Al proponerse luego si conviene que mantengan su austeridad y rigor de vida, responde que cabría mitigarlo, pero en cuanto a la comida, dejarla como está, «incluso por necesidad, no siendo verosímil que no puedan encontrar para vivir, aunque sea miserablemente. [214]

Por ironía de la Historia, quizá, si no se decidió suprimir tajantemente la Orden de las Escuelas Pías, fue porque profesaba ‘pobreza suma’, cuando todo este camuflado intento de reforma, promovido por Mario y Cherubini -y aun por la misma Comisión Diputada-, tenía de mira acabar con la ‘pobreza suma’ y sus consecuencias. Los cardenales promotores de la extinción radical no sabían qué hacer con más de 500 religiosos de votos solemnes echados a la calle sin medios de subsistencia asegurados. Y por esta razón no podía aplicarse el método de extinción de las dos Órdenes mencionadas. Espontáneamente vienen a la memoria las palabras con que el Santo Fundador empieza el capítulo de sus Constituciones, dedicado a la pobreza, que adquieren así un sentido nuevo y glorioso: «La venerable pobreza… ha de ser amada por los religiosos por ser la más firme defensa de nuestra Orden». [215]

No le faltaba tampoco ingenio y solapada malicia al plan propuesto por el otro cardenal, deseoso de la extinción lenta, pero segura. Proponía un noviciado único en Roma, controlado por el cardenal vicario. Aunque las casas serían independientes unas de otras, sin superiores comunes, como el Oratorio, el noviciado único de Roma debería proveerlas de personal. Pero si no iban bien o escaseaban las limosnas, se les negarían refuerzos, por no poder sustentar a todos, lo cual, «sin violencia, las llevaría a la extinción». Además, si el tener un solo noviciado en Roma pareciera un peso excesivo para esta ciudad, difícil de mantener, habría que tender a reducir las casas dentro de las 20 millas en torno, como al principio, siendo entonces necesarios menos novicios. Pero nada habría que publicar ahora de esta estrategia última, por no provocar reacciones en príncipes y ciudades. Dejar que las casas se fueran cerrando por falta de refuerzos sería «cosa de menos ruido y dificultad».

A esta maquiavélica solución añadía otra más expeditiva este cardenal: conceder a todos los profesos que lo pidieran la facultad de pasar a otra religión, incluso más laxa, y si parece excesivo un éxodo provocado en masa, se podría conceder, caso por caso, a los religiosos que pareciere más conveniente. [216] El complicado plan «de extinción» que proponía se dejó de lado, pero esta última sugerencia -no original, como veremos luego- sí que se aceptó.

El 3 de febrero de 1646 se tuvo finalmente la quinta y última sesión de la Comisión Pontificia en el palacio del cardenal Roma, como siempre. Asistieron Roma, Spada, Cueva, Ginetti, Paolucci, Albizzi y Pietrasanta. El secretario Albizzi manifestó que la voluntad expresa del papa era que se redujera la Orden a Congregación semejante al Oratorio de San Felipe Neri, sin que se emitieran votos en adelante y con plena sumisión a los Ordinarios. Se oyó -dice expresamente el acta oficial- el parecer de Pietrasanta, y después de discutir detenidamente el asunto, partiendo de los documentos que ya se les habían entregado, es decir, los que hemos analizado y otros más, como los de los tres peritos, llegaron a estas conclusiones «por unanimidad»:

1º. se concede facultad a todos los religiosos de pasar a otras Ordenes, incluso más laxas, si les reciben en ellas;

2º. no se permite en adelante recibir más novicios, ni admitir los actuales a la profesión «sin licencia de la Sede Apostólica»;

3º. todos los religiosos, las casas y las escuelas se someten a la absoluta jurisdicción y autoridad de los Ordinarios, quedando destituidos en todas sus funciones el P. José Colasantio (sic), antes Ministro General, los Visitadores incluso Apostólicos, y los superiores locales o de inferior gradación, de modo que en adelante nadie podrá tener otra autoridad que la concedida por el Ordinario;

4º. la Orden queda reducida a Congregación como el Oratorio de S. Felipe Neri y según las Constituciones nuevas, cuya confección puede encomendarse a los Mons. Fagnani, Paolucci y Albizzi al P. Pietrasanta y a un sacerdote del Oratorio;

5º. el gobierno del Colegio Nazareno se deja en manos de los PP. Pietrasanta y Cherubini, y demás Ministros nombrados por ellos, como hasta ahora.

El acta, firmada por el secretario Albizzi, fue presentada al papa, quien todavía hizo dos retoques: uno muy grave al punto 2º, quitando el inciso «sin licencia de la Sede Apostólica», con lo que la prohibición de admitir al hábito y a la profesión era absoluta; el otro fue cambiar el punto 5º, dejando el gobierno del Nazareno en manos de la Rota Romana, sin más. El primer retoque se lo sugirió quizá el cardenal Roma, presidente de la Comisión, pues responde a su idea radical de extinguir la Orden; el segundo se debió, al parecer, al cardenal Ginetti, de lo que se lamentó el interesado, P. Cherubini. Y con estos cambios dio orden el papa de que se expidiera un breve. [217]

Con ello se puede decir que concluía sus tareas la Comisión Cardenalicia, aunque sus decisiones sólo serían efectivas al publicarse el breve. En efecto, después de tan larga andadura de la Comisión Diputada y bajo dos pontificados distintos, al fin se cumplió la voluntad de Mons. Asesor, manifestada desde la primera sesión: unos pedían la extinción absoluta, otros la conservación de ta Orden, mientras sólo Albizzi proponía la reducción de Orden a Congregación, aun sabiendo que no había antecedentes de semejante cambio en la Historia de la Iglesia. Y así fue.

NOTAS

1 BERRO II, p.36. Al morir Urbano VIII habrá otro intento más serio de recurso a la Congregación de Religiosos (cf. G. SÁNTtHA, ‘Card. M. Ginetti et Scholae Piae’: EphCal 3 [1972] 106).
2 L. CEYSSENS, o.c., p.87-88. Particularmente en la cuestión jansenista.
3 Berro duda en atribuir la iniciativa entre Albizzi y el cárdenal Bárberini (cf. BERRO II, p.58).
4 Cf. G. SÁNTHA, ‘Probatio ac institutio juniorum…’: EphCal 6 (1966) 227.
5 Hasta nuestros días se ha mantenido el error de que el secretario de esta Comisión fue Mons. Paolucci. En 1717 apareció entre los papeles de su archivo particular, heredado por su sobrino Fabrizio Paolucci, un dossier de documentos relativos a esta Comisión, cinco de los cuales parecían ser las Actas oficiales de sesiones, redactadas por él, lo cual indujo a pensar que él había sido el secretario. Con esta convicción las publicó -incompletas- Picanyol (cf. EGC IX, p.134, 177, 210-214) y las ha vuelto a publicar íntegras Tosti, junto con los demás documentos del dossier, manteniendo la opinión de que son las actas oficiales (verbale) y que Paolucci había sido el secretario (cf. PALOLUCCI, p.2, 6, 26, 30-38, 67). Sin embargo, Picanyol, en el citado volumen de 1956 había publicado ya unas cartas en que claramente se decía que Albizzi era el secretario de dicha Comisión (cf. EGC IX, p.152-154) y lo mismo había hecho Sántha en 1959 (cf.EphCal I [1959] 11) y en 1961. En esta última ocasión publicó la interesantisima ‘Acta oficial’ de la sesión quinta, del 3 de febrero de 1646, junto con otros documentos complementarios, en la que firmaba Albizzi como secretario y se demostraba, por tanto, que las actas de Paolucci no eran las oficiales, sino meros apuntes personales (cf. EphCal 1 [1961] 28-30). Otros testimonios del propio Albizzi cf. en EC, p.68-69, n.3 y p.1088.
6 L CEYSEENS, o.c., p.263. Cita el testimonio de varios autores. Y no sin cierta ironía añade que «hablando siempre sin escuchar, dándose aires de saberlo todo, incluso
en teología y patrología, Albizzi se sobreestimó terriblemente».
7 BERRO II, p.58. Sántha supone que fue a principios de septiembre, como dice Bartlik (BARTLIK, Archivum 1 [1977] 26) (G. SÁNTHA, ‘Card. M. Ginetti…’, 1.c., p.105-106). El breve no es conocido.
8 En la circular del 7 de febrero de 1644 (EC, p.2097), de que hablaremos.
9 Con fecha del 26 de septiembre de 1643 escribia Calasanz a Berro: «El P. Visitador ha hecho ya la relación a los Sres. Cardenales diputados» (c.4134); y el 28 del mismo mes escribía Pietrasanta a Apa: «por orden de N. S. he dado la relación a la Sda. Congregación» (EC, p.2084). Y en la circular del 7 de febrero de 1644 dirá que hizo la relación de viva voz, dejándola también por escrito (EC, p.2098).
10 EC, p.2084-2092.
11 EC, p.2097. Circular de Pietrasanta, del 7 de febrero de 1644.
12 EC, p.2098. La circular aludida, con el interrogatorio, en ib., p.2078-2080.
13 Cf. BERRO II, p.5l-53. De todo ello se le acusa en las dos famosas cartas de Baldi (EC, p.205 -207) y Nikolsburg (EC, p. 1079- 1080). No se ha conservado ninguna respuesta al cuestionario.
14 Cf. EGC IX, p.69.
15 Cf. EC, p.1079. Pietrasanta afirma en su Relación que habló con el Fundador sobre quién redactó las Constituciones (EC, p.2091). El Fundador escribió el 29 de agosto de 1643 que aún no ha podido hablar con el P. Visitador (c.4125). Quizás Pietrasanta sólo quiso saber de él el origen de las Constituciones. Un mes más tarde, entregada ya la Relación, el Fundador pide a los cardenales de la Comisión que «se dignen escuchar a los Asistentes viejos y nuevos y a los provinciales informados…»> (EGC X, p.330), con lo que se concluye que no habían sido interrogados.
16 EC, p.2098.
17 Cf. PAOLUCCI, p.94, 103.
18 Cf. EC, p.1508, 1512.
19 El 11 de septiembre ya tenía las de Savona, pero quizá aún no las de Génova y Noviciado; las de Cárcare aún no se las había mandado el Visitador Gavotti (cf. EC, p.1499). El 12 de septiembre aún no había terminado la visita de Chieti el P. Provincial (cf. EC, p.2083). Y el 26 ya sabía Calasanz que Pietrasanta había entregado la Relación (c.4134).
20 Relación 1ª. (EC, p.2088).
21 Cf. Baldi (EC, p.208 y EGC IX, p.68). Pietrasanta dijo que los que querían probar la nulidad de su profesión eran «molti», «persone in numero grande» (EC, p.2086). Mons. Paolucci, que fue miembro de la Comisión especial que trató este asunto en 1639, aclara: «Sunt satis in minori numero, ut alias ponderavi in voto meo 12 maii 1639» (son en número muy reducido) (PAOLUCCI, p.36), y eso entonces, ¡cuánto menos ahora!
22 EC, p. 1083-1085.
23 EC, p.2088.
24 EC, p.2086.
25 Véase la coincidencia casi literal entre el texto de Mario y el de Pietrasanta: «… con tutto che l’Istituto sia stato et è santo e buono, ma non era ben guidato» (Mario a Berro, en carta del 23 de mayo de 1643: EC, p.2539); «nasce dalla qualità istessa dell’Istituto, il quale sebene per se stesso é santo, in pratica non pare sia discreto» (Relación 1ª.: EC, p.2086).
26 Mario lo llama «accomodamento», «aggiustamento» (EC, p.2539, 2538).
27 EC, p.2086.
28 BERRO II, p.59.
29 «… que al menos por una sola vez se hubiese podido abrir la puerta a los predichos y a otros semejantes» (EGC X, p.303); «les parecería muy eficaz por una sola vez ‘(pro úna vice tantum)’ poderse desprender de ‘unos pocos’ sujetos singularmente inquietos y, según su parecer, incorregibles» (ib., p.306). Subrayamos unos pocos para insistir en la idea de que no era una inquietud general, sino cosa de unos pocos inquietos, en 1641. Y tanto la Visita como la Comisión no lo tomaron demasiado en serio, pues nada decidieron sobre el particular.
10 La tradición se apoya probablemente en los documentos de Paolucci, que conservaron «actas personales» (creídas oficiales) de cinco sesiones con fecha fija, aunque sin numerarlas.
31 Cf. n.9 de este capítulo.
32 Cf. PALUCCI, p.34. En la nota se dice que al margen del documento se lee: «Votum die 27 sept. 1643…», de mano de Paolucci, según el contexto.
33 En 1644, los PP. Bafici (ex «nuevo Asistente») y Conti, asqueados del ambiente provocado por la Visita, pasaron al Noviciado de los Capuchinos, pero al cabo de unos meses volvieron ambos a las Escuelas Pías. El P. Cherubini escribía a Berro el 30 de julio de 1644, refiriéndose al regreso de Bafici: «ha aprendido por experiencia que nuestros disturbios son menores que los de los otros» (EC, p.906).
34 PAOLUCII, p.36. El documento entero (7) en ib., p.34-36.
35 Los Humillados (Ordo Fratrum Humiliatorum), reconocidos como Orden en 1201, fueron suprimidos por Pío V con breve del 7 de febrero de 157 (cf. Bull. Rom. 7 , p.885-888). Y ese mismo año en que escribe Calasanz, Urbano VIII suprimió la (Ordo SS. Barnabae et Ambrosii ad Nemus, con breve del 2 de diciembre de 1643 (cf. Bull. Rom. 15, p.292-295). En ambos breves se dice en la introducción, que se les había avisado e intentado hacerles volver a la observancia por varios medios, aunque en vano: « 36 PAOLUCCI, doc. 35, p.107-108.
37 De los 12 puntos, los cuatro primeros proponían soluciones al tema de la nulidad de profesiones, aspiraciones al clericato y sacerdocio y pretensión a precedencias; los tres siguientes daban disposiciones para una mejor observancia de los tres votos comunes; los tres siguientes limitaban el ejercicio de la confesión en pro de los niños y de las tareas escolares, mantenían el ámbito de la enseñanza hasta la gramática inclusive y coordinaban las horas de clase con el acompañamiento de los niños a sus casas; y los dos últimos trataban sobre todo de la inmediata convocatoria del Capítulo General y aditamentos a las Constituciones, cuya observancia y lectura diaria recomendaban, recalcando intencionadamente que habían sido aprobadas por la Santa Sede y Congregación de Regulares (PAOLUCCI, doc. 32, p.98-101).
38 Habla de dos cajas con muchas escrituras (BERRO II, p.50).
39 PAOLUCCI, doc. 9, p.47.
40 Ib., p.36-37. Con las «actas» de Paolucci no se puede aquilatar más la opinión de Albizzi, quedándonos sin saber si ese ‘primum statum’ se refiere a Congregación paulina ‘con votos simples’, como dirá en la sesión segunda, o bien a Congregación secular ‘sin votos’, del tiempo de Clemente VIII, como dirá al final definitivamente. Según esto, la anulación se referiría a los breves de Gregorio XV o incluso a los de pablo V.
41 PAOLUCCI, doc. 7, p.36-37.
42 Ib., p.37. Uno de los mejores alegatos a favor de la conservación de la Orden tal como era, se debió al abogado Francisco Firmiani, cuyos servicios solicitó, al parecer, el P. General (ib., doc. I , p.l9-23).
43 Cf. EC, p.414.
44 C.4137.
45 Cf. BAU, BC, p. 1046-1047 . Con fecha del 21 de abril de 1652 el canónigo compostelano Francisco A. Díez de Cabrera escribía desde Roma: «Entra a ser Decano el cardenal Roma… Los frailes sólo están mal con él, porque temen que si fuera papa les apretaría demasiado y aun quitaría algunas Religiones» (cit. en M. DE LA PINTA LLORENTE. ‘Aspectos históricos del sentimiento religioso en España. Ortodoxia y heterodoxia C. $. I. C. [Madrid 1961] p.37′).
46 Cf. BERRO II, p.42.
47 Ib., p.37 y EC, p.2102.
48 Cf. EC, p.2102-2103 y 470.
49 Con fecha del 18 de julio de 1643 Calasanz escribe: «dicen que dentro de un mes se terminará» la visita (c.4116); un mes más tarde (22 de agosto de 1643) el provincial de Nápoles escribe a Pietrasanta: «como la visita ya ha terminado» (EC, p. 1331); el 1 de septiembre de 1643 escribía el P. J. Papa a Pietrasanta: «la cual [visita] al presente, habiendo terminado felizmente…» (EC, p. 1999); el 21 de septiembre de 1643 el P. Salazar Maldonado dice a Pietrasanta: «creyendo nosotros que había terminado la Visita por haber escrito… el P. Juan Francisco… que ya había terminado» (EC, p.2272-2271); el 18 de diciembre de 1643 se escribe qué el F. Rapallo no quería reconocer la autoridad de Pietrasanta «por no haber mandado el Breve-y por haber terminado el tiempo de su visita» (EC, p.1559); lo mismo se dice en febrero y marzo de 1644 en dos memoriales de Nápoles (EC, p.1065, 1067). Y así lo reconoce también Pietrasanta en su Relación a la sesión 3ª. del 18 de julio de 1645, diciendo: «concluida la visita personal que yo hice en Roma a la Cabeza y miembros de esta Religión… hice una Relación…» (EC, p.2117).
50 Cf. BERRO II, p.71-72. Desde- Savona le dice uno que ha escrito al P. Mario «y como se encuentra muy enfermo -añade-, creo que no podrá atenderme; pero he oído que V. P. es su sucesor en los asuntos…» (EC, p.1438).
51 Este primer memorial ha desaparecido, pero debió de ser idéntico en contenido a otros muchos que se mandaron en enrero y febrero de 1644, pidiendo lo mismo. Véase un ejemplo, firmado sólo por Baldi y Loggi, en EC, p.197.
52 G. SÁNTHA, ‘Tria Brevia Pontificia P. Stephano Cherubíni concessa…’: EphCal 9-10 (1960) 311-312.
53 Cf. BERRO II, p.80.
54 Ib., p.73-74; III, p.112. También Caputi recuerda la escena y ambos debieron de leerla en la declaraciones procesales del P. Fedele (cf. BAU, BC, p.1000).
55 EC, p.896.
56 EC, p.2094.
57 C.4142.
58 BERRO II, p.75.
59 EC, p.896.
60 BERRO II, p.72. Según otros, habló de 15 días de gobierno solamente (EC, p.1087-1088).
61 C.4153.
62 EC, p.2495. Otro memorial semejante en contenido dirigieron a Mons. Paolucci, reconociendo que, por anteriores intervenciones suyas, «después de Dios, a V. se debe la persistencia de la Orden y del Institituto». Pero en vez de mandárselo a él directamente, rogaron al buen amigo, protector y fundador del Colegio de Cárcare, Mons. Juan A. Castellani, que se lo presentara él con particular recomendación. Y así lo hizo con carta del 12 de febrero de 1644 (cf. PAOLUCCI, doc. 30 y 31, p.96-97).
63 BERRO II, p.78. Lo mismo dice el Memorial de Nikolsburg contra Pietrasanta (cf. EC, p.1088)
64 Cf. EC, p.983-1107, 2490-2496. Todas estas casas son nombradas en un Memorial adjunto de la misma época, en el que se dice que las firmas eran «circa duecento,» pero nosotros hemos contado 325 (cf.PAOLUCCI, doc.29, p.93-95).
65 Cf. EC, p.1052-1054, 1062.
66 EC, p.1044.
67 Cf. BAU. RV, p. 253
68 EC, p.2492 Y EGC IX, p,159-160. Nos queda la duda de si todos esos memoriales con centenares de firmas llegaron al seno de la comisión. Pietrasanta dice el 7 de febrero de 1644: «De este Memorial, que me han remitido para que yo informe a la Comisión y de otros formados en otras casas y provincias yo encuentro que se han procurado de modo indebido …» y añade luego que «no debe ser admitido» (EC, p.2101-2102) comentando esto, los de Nikolsburg le escriben el 22 de agosto de 1644, que dicho memorial fue presentado al cardenal Roma, presidente, quien lo hizo llegar a Albizzi, secretario, para que se leyera en la próxima sesión (10 de marzo de 1644) (EC, p 1088). Pero ¿se les pasó a Albizzi y a Pietrasanta y entre los dos decidieron que no eran admisibles?
69 EC, p.196.
70 Cf BAU, BC, p.1004; EC, p.2507-2508; BERR0 II, p.179-181.
71 Cf. EC,p.2I6.
72 Cuenta Berro que al morir el P.Mario «dejó algunos baúles y cajas con no sé qué cosas dentro a Mons. Ilmo .y Rvmo. Asesor» (BERRO II, p.66). Mas esto son minucias comparado con lo que dice Ceyssens: Albizzi recibía dei rey de España una pensión anual de tres mil escudos para defender los intereses de su Córona en la corte romana, y luego aceptó otra del rey de Francia, aun siendo generalmente contrarios los intereses de ambos reyes. Ya dijimos que recibía también otra pensión anual de los jesuitas (cf. L. CEYSSENS, o.c., p.209, 215-216, 204).
73 EC, p.899.
74 EC, p.900.
75 EC, p.902. Véase también la carta siguiente, 174.
76 Cf. EGC X, p.340. Traducción íntegra en BAU, BC, p.998-999. En el reverso de la copia conservada se lee: «Facta de mandato S. Congreg. particularis super rebús Religionis Sch. P.» Luego la Comisión leyó el informe
77 EC, p.2O97-2103. Traducción íntegra en BAU, BC, p.1009-1029.
78 EC, p.2104.
79 EC, p.2105.
80 EC, p.1912-1913.
81 EC, p.2113-2114.
82 EC, p.202-203,211.
83 Cf. PAOLUCCI, doc. 4, p.30. Aunque anónimo, probablemente el «voto» de Paolucci es el doc. 3(p27-29), al que hay que añadir el acta de la ‘Congr. de Religiosis’ en que se aprobaron las Constituciones, pedida también en la sesión anterior (cf. doc.28, p.89-92).
84 Cf. PAOLUCCI, doc.9, 11-18, 25-27.
85 Ib., p.30.
86 Ib.
87 EC, p.216.
88 En el reverso de la carta se lee: «Facta relatione Smus. annuit et mandavit expediri Breve sub data Aprili. Fr. Albitius» (G. SÁNTHA, ‘Tria Brevia Pontificia P. Stephano Cherubini concessa…’: EphCal 9-10 [1960] 272, n.26). La minuta de este breve no se encuentra en noviembre de 1643, sino en el volumen intitulado Urbanus VIII, 1644, Aprilis (ib., n.23).
89 Cf. EGC IX, p.136-137.
90 La denuncia Ia hará el P. Baldi y la Comunidad de Nikolsburg (al parecer), en sendas larguísimas cartas circulares con que responderán a la larga autodefensa de Pietrasanta, como veremos luego.
91 EC, p.2102.
92 Cf. G. SÁNTHA, o.c., p.263.
93 «… praedictum StePhanum.una cum dicto Silvestro ‘gubernatorem’ praedictae
Congregationis…» (EGC IX, p. 137).
94 La primera vez que se nombra al Visitador se le llama sin más «dilecto filio Petra Sancta», sin anteponerle el nombre propio, y luego, olvidándose de ello, se le llamá «praedicto Silvestro».
95 Baldi, en su carta del 18 de agosto de 1644, dice que el breve fue presentado por Pietrasanta «alcune settimane fa» a tres o cuatro confidentes suyos y notificado al P. General (EC, p.216), el cual, con fecha del 20 de agosto de 1644, escribe que el breve no ha sido aún intimado ni publicado en Roma (c.4214).
96 C.4162. Lo mismo dice Baldi (cf. EC, p.212-213).
97 C.4165, 4167, 4170, y además cf . c.4169, 4171, 4173, 4174, 4180, 4188, 4190, 4198, 4212, etc.
98 BAU, BC, p.1046-1058; TALENTI, o.c., p.398; EC, p.2106-2109; EGC IX, p.178-181.
99 PAOLUCCI, p.14.
100 Ib.
101 TALENI, o.c., p.398.
102-Picanyol añadió a la apostilla marginal de Talenti la suya propia:«certissimamente é del P. Pietrasanta; presentata alla Congregazione particolare nel 1644, ma non nella seconda seduta (EGC IX, p.76). Y añade una serie de razones que no convencen. También Vilá -siguiendo a Bau- dice que «es clarísima obra del P. Silvestre Pietrasanta (PosCas, p.1249), aunque luego se queda dudoso (ib., p. 1268). El último en aceptar la atribución es Tosti (cf. PAOLUCCI, p.39).
103 Hablando, por ejemplo, de los bienes que el Nazareno tenía en Cesena, dice el autor que «no sabe» exactamente qué eran (EC, p.2107), lo cual no podía decirlo Cherubini, que estuvo en Cesena dos años y medio administrando dichos bienes (EHI, p.631).
104 «… devo supqlicarli, come fo umilmente, per la conservatione si questa Religione».(Relación 1ª.: EC, p.2092); «… non pare che vi sia esempio nella chiesa, che una Religione già approvata e confirmata dalla Sede Apostolica siá ridotta a semplice Congregatione» (Relación 3ª.: EC, p.2119).
105 «P. Pietrasanta Jesuita retulit magis expedire continuationem in Religionis statu, in quo est (Acta de la sesión: PAOLUCCI, p.30). Lo mismo dice en su autodefensa (EC, p.2097).
106 EC, p.2107.
107 EC, p.2116.
108 Por ejemplo: en el ‘Doc. Siniestro’ se dice que las Religiones en sus principios son más observantes; se describen las austeridades de los escolapios; se teme el peligro de que por ignorancia se caiga en herejías, etc. Y lo mismo se encuentra en ta Relación 1ª. de Pietrasanta, anterior a dicho documento. Por otra parte, la desobediencia a la Santa Sede se menciona en el ‘Doc. Sin’. y en la circular posterior del 9 de febrero de 1646, de Pietrasanta (cf. EGC IX, p.84-85).
109 EC, p.205.
110 EGC lX, p.215. Nótese la omisión de una línea de este texto en la misma carta de EC, p.2121.
111 En la sesión del 17 de julio de 1645: «audita Relatione P. Pietrasanctae…» (PAOLUCCI, p.31); en la última, del 3 de febrero de 1646: «et audito P. Pietrasancta» y nada se dice de Albizzi (ib., p.68-69), mientras en el Acta oficial: «Et in primis facta fuit relatio ab eodem Albitio…» (EphCal I [1961] 28). En una carta del Secretario de Estado, del 9 de junio de 1546, se habla en plural de «relationi di Mons. Albizzi… nel negotio delle Scuole Pie» (EC, p.2097, n.2).
112 las referencias de Baldi al contenido del documento lo sitúan necesariamente antes del 18 de agosto de 1644, fecha de su carta. El papa Urbano VIII murió et 29 de julio de 1644 (cf. EGC IX, p.82-84).
113 EC, p.2106.
114 Ib.
115 El General y los PP. Casani y Castelli atestiguaron en sendos escritos que todas esas fundaciones se habían hecho con las debidas licencias de la Sta. Sede (cf. n.150 del cap. 16 y EC, p.615-616; EGC X, p.347).
116 EC, p.2106-2107.
117 Sólo alude al nombramiento hecho por los cardenales y no al Breve, ‘obtenido en abril’, como bien sabía Albizzi. Luego el documento es anterior a este breve.
118 Y aquí está el mencionado inciso «ordini e disposizioni da me fatte nel governo» (EC, p.2107), que forzó a unos a admitir que quien habla es Cherubini y a otros que es Pietrasanta. Sería lo más lógico. Pero las razones aducidas contra ambos son tan fuertes que nos parecen inadmisibles ambas hipótesis. Podría igualmente referirse a Albizzi, pues en él breve de nombramiento de Cherubini se dice expresamente que se le elige para gobernar «una cum praedicto Silvestro ac independenter ab omnibus et quibuscumque, praeterquam ab eodem Silvestro, ‘ac dicta Congregatione’ a Nobis ut praefertur ‘deputata’» (EGC IX, p.136). Y Albizzi era de dicha Congregación o Comisión y el que transmitía las órdenes a Pietrasanta y su gobierno.
119 EC, p.2107.
120 Cf. S. GINER, ‘El Proceso de Beatificación…’, p.300. Con fecha del 6 de agosto de 1644 escribió el Santo a Florencia: «Siento mucho que el Hº. Angel… diga que no depende de otro más que de mí, y no dice bien, pues todos al presente dependen del P. Visitador y del P. Esteban… me gustaría que V. R. se lo dijera de mi parte, pues yo hasta ahora, después de la suspensión, no me he entrometido en mandar a nadie» (c.4212).
121 EC, p.2108.
122 Probablemente, a raíz de las críticas de este documento contra el gobierno del P. General, firmaron el 16 de marzo de 1644 una declaración conjunta los Asistentes viejos Casani y Castelli, los únicos que quedaban de los cuatro nombrados por Gregorio XV (28 de abril de 1622), haciéndose corresponsables de todos los actos de gobierno del denostado Fundador (cf. PosCas, p.1973). Y un mes más tarde, el 15 de abril de 1644, repetían el mismo atestado, con los cambios adecuados, dichos Asistentes y el P. General, confirmando que siempre habían obrado de común acuerdo (cf. EGC X, p.341-342). Sin fecha, pero de esta época, escribió el P. Castelli dos memoriales a los cardenales de la Comisión Diputadá con estos elocuentes títulos: ‘Giustificatione del Governo del Fondatore e Compagni’ (EC, p.655-658, 2825-2828); ‘Difesa del Governo del Fondatore e Compagni delle Scuole Pie’ (EC, 659-662, 2821-2824).
123 EC, p.2108-2109. Pietrasanta no podía suscribir, como religioso-que era, algunas de las afirmaciones anteriores, pero sobre todo es evidente que no pudo ser autor del último párrafo, dado que en su Relación posterior, del 18 de julio de 1645 escribió: «Tratar de querer reducir esta Religión que tiene votos solemnes a una Congregación que tenga sólo votos simples y que esté sujeta al Ordinario, sería quererla destruir (EC, p.2119).
124 C.4204
125 C4211, 4212, 4214, 4217, 4218.
126 EC, p.201.
127 EC, p.214.
128 EC, p.1080.
129 Esta importantísima carta la incluyó íntegra -18 pág.- Berro en sus Memorias (cf. BERRO II, p.93-110), así como la paralela de la comunidad de Nikolsburg (ib., p.111-123), últimamente editadas de nuevo (cf. EC, p.202-219 y 1078-1089)
130 EC, p.218-219.
131 EC, p.214.
132 C.4224, cf. también c.4222 y 4223.
133 EC, p.906 y 907.
134 EC, p.907.
135 EC, p.907-908.
136 EC, p.909.
137 EC, p.907.
138 En junio de 1642, tras la derrota de los imperiales de Schweidnitz -en la Guerra de los Treinta Años-, entraron los suecos en Moravia a sangre y fuego y algunos escolapios huyeron a Viena con intención de volverse a Italia. Pero el nuncio Gaspar Mattei los acogió, convenciendo al P. Provincial, Onofre Conti, que fueran a Varsovia, pues hacía años que el rey de Polonia estaba pidiendo una fundación de Escuelas Pías. El P. Conti, con otros cinco religiosos, llegó a Varsovia, donde fueron recibidos con gran satisfacción por la corte polaca. Antes de acabar el año 1642 se fundaba la primera casa en la capital del reino y al año siguiente la segunda para noviciado, en Podoliniec. A pesar de ser tan recientes las fundaciones, el rey y la corte polaca se convirtieron providencialmente en los máximos defensores de la Orden y del Fundador en estos años aciagos de contradicciones que empezaban precisamente ahora (cf. DENEs I, Polonia, Varsovia, Podoliniec).
139 EC, p.2949-2950.
140 EC, p.2096.
141 EGC IX, p.139 (Imperfecta la versión en EC, p.2951).
142 Cf. c.4236, 4237, 4247, 4248, 4249.
143 EC, p.3034. La fecha propuesta debe ser errónea (cf. EGC IX, p.152).
144 EC, p.2951.
145 EC, b.2953. En carta del 4 de marzo de 1645 confirma las mismas ideas (cf. EC, p.1956).
146 C.4233.
I47 C.4243. Fecha del 10 de diciembre de 1644.
148 C.4247, 4250, 4253 y 4261.
149 C.4248, 4249, 4251, 4252, 4252*.
150 Cf. c.4248-4254, 4201, 4265.
151 C.4261.
152 Cf. PAOLUCCI, doc. 1,29 y 33; BARTLIK, Archivum 3 (1978) 16-18.
153 Cf. EC, p.614-615, 603-607; EGC X, p.343-345.
154 EC, p.980. Con fecha del 14 de enero de 1645 se prometen cartas de recomendación del secretario del rey de Polonia para los cardenales Cueva y el nepote Camilo Pamfili (EEC, p.1062).
155 EC, p.619-623.
156 EC, p.607-610, 615-618.
157 EC, p.2829-2836.
158 Cf. G. SÁNTHA, ‘Sacra Congr. de Propaganda Fide et Scholae Piae in quinquenio 1644-1648:’ Eph.Cal 4(1960 112-114; EC, p. 1375-1376,1693-1376, 1913-1915
159 Cf. EC. P.2953 y EEC,p.1070. n2
160 C. 4303 y 4315
161 Cf. EC, EHI, P.322 Y 272
162 Cf. EHI, P.1575 EHI, p.322 y 772,
163 EHI,
164 Cf. EC, p.1991 y c.4270. La exigencia de ocho o diez Asistentes con voto decisivo ya la propuso Pietrasanta en su autodefensa del 7 de febrero de 1644, como propia de Cherubini y unida a la reintegración del P. General (cf. EC, p.2101). Sin embargo, Cherubini y Pietrasanta gobernaron sin Asistentes, y Mario con Pietrasanta lograron eliminar a los tres, nombrados por breve pontificio.
165 EC, p.1992.
166 EC, p.1993.
167 Cf. BARTLIK, O.C., p.17.
168 EC, p.620-621.
169 EC. p.2832-2833.
170 Cf. PAOLUCCI, doc. 5, p.31. Las actas de las cinco sesiones publicadas por Picanyol (EGC IX, p.134-135, 177, 210-212, 214-215) son incompletas por haberlas sacado de los procesos de beatificación impresos y no de los documentos originales de Paolucci, como ha hecho Tosti. La fecha de esta sesión tercera, según PicanyoI, es el 17 de julio, pero es un error, atribuible a quien las copió de su original en 1717, pues una notable cantidad de cartas escritas aquellos días inmediatos coinciden en que fue el 18 de julio. Véanse las de Calasanz (de¡¡r]io. véanse las de Calasanz (c. 4279, 4280, 4283, 4284), Cherubini (EHI, p.304, EC, p.913, 914), Panicola (EC, p.1994), P. P. Berro (EC, p.3
181 Cf. G. SÁNTHA, ‘Card. F. Albitius…’, p.19.
182 BERRO II, p.144.
183 Cf. BAU, BC, p.1092.
184 G. BIANCHI, ‘Príncipio de la ruina de la Religión’, cit. en BAU, BC, p.1101

181 Cf. G. SÁNTHA, ‘Card. F. Albitius…’, p.19.
182 BERRO II, p.144.
183 Cf. BAU, BC, p.1092.
184 G. BIANCHI, ‘Príncipio de la ruina de la Religión’, cit. en BAU, BC, p.1101
10) y BERRO II, p. 143-147, etc.
171 EC, p.2116-2119.
172 Los dos últimos párrafos de la Relación, referentes a este tema, han sido omitidos por descuido en EC, p.2116-2119. Véase texto completo en EGC IX, p.205-210.
173 Cf. PAOLUCCI, doc. 5, p.31.
174 Aunque este «voto» se refiere expresamente a la extinción de la Orden, lógicamente incluye el rechazo de la reintegración del P. General. Sin embargo, con cierta sutileza diplomática, el cardenal Spada respondía el 24 de enero de 1645 al Duque de Altemps Gallese: «La bondad ejemplar y el celo del P. José, General de las Escuelas Pías merecen el afecto de V. E., y las señales que manifiesta en su carta eficaz del 20 del corriente merecen que yo desee ocasión propicia para poder corresponder a tan afectuosa recomendación. Por tanto, puede V. E. confiar que haré todo lo posible ‘dentro de los límites de la justicia y de la conveniencia’, asegurándole que…» (EC, p.2541).
175 Esta idea la propuso ya antes el ‘Documento Siniestro’ y se impondrá al final.
176 Cf. PAOLUCCI, p.31-32.
177 BERRO II, p.144.
178 Ib.: EC. p 1994,913. El cardenal Spada vuelve a escribir al Duque de Altemps Gallese y con idéntica diplomacia,sin aludir a su primer voto negativo, le dice: «Ayer tarde se tuvo congregación para el asunto de las Escuelas Pías y en atención a la bondad del P. General con la recomendación de V. E. se le ha restituido el gobierno de su Religión».
179 De Calasanz (c. 4279, 4280, 4283, 4284);de Cherubini (EHI, p.304;EC, p.914).
180 EC, p. 310-311. En un párrafo, omitido por su hermano en las Memorias al copiar esta carta (BERRO II, p.146), dice de si mismo: «Yo bajo mano he hecho cuanto he podido, ni nadie podía hacer más de lo que he hecho yo para mover a los cardenales a reunirse y reintegrar al General…».
181 Cf. G. SÁNTHA, ‘Card. F. Albitius…’, p.19.
182 BERRO II, p.144.
183 Cf. BAU, BC, p.1092.
184 G. BIANCHI, ‘Príncipio de la ruina de la Religión’, cit. en BAU, BC, p.1101
185 BERRo II, p.152.
186 Cf. BIANCHI (BAU, BC, p.1102) y BERRO II, p.151-152.
187 C.4283, 4286, 4287.
188 C.4292. El 16 volvía a decir que la Comisión se había reunido el domingo pasado, día 10 (c.4293).
189 Cf. PAOLUCCI, p.33.
190 Cf. Actas de dicho Capítulo General en Archivum 13 (1954)70. De ninguna de estas dos intervenciones en asuntos escolapios habla el P. Vilá en su artículo ‘Dos amigos de Calasanz: los PP. Bagnacavallo y Larino’: Archivum 27 (1990) 81-147. El P. Larino fue Vicario General de su Orden los años 1632-1635 y luego P. General desde 1635 hasta 1647
191 Cf. PAOLUCCIr, 1.c.
192 «… resta in petto di S. Stà.» (c.4295 y 4293-4296).
193 C. 4301 y 4294, 4295.
194 Cf. EC, p.2984.
195 Ib., p.2979-2987.
196 C.4300 (fecha del 14 de octubre de 1645).
197 C.4303,4304.
198 C.4315 (fecha del l6 de diciembre de 1645) y carta de Riccardi (EC, p.2984).
199 Cf. EC,p.2986, c.4317. Sus padres, los Marqueses de Biscia, y su abuela materna, Laura Caetani, Marquesa de Ariccia, se establecieron hacia 1616 cerca de San Pantaleón, y mantuvieron desde entonces una gran amistad con el P. General (cf. CS, I, p.188, n.7; S. GINER, ‘El Proceso de Beatificación…’, p.82-83).
200 EC, p.2915. Ambas apologías o memoriales en ib., p.2912-2915.
201 C.4298 (fecha del 7 de octubre de 1645),4309 (fecha del 18 de noviembre de 1645).
202 C.4311 (fecha del 25 de noviembre de 1645).
203 C.4296 (fecha del 30 de septiembre de 1645), 4298 (fecha del 7 de octubre de 1645).
204 BERRO II, p.176.
205 BERRo II, p.178-179. Caputi narra con detalle la aventura del carnaval de 1645, que acabó en escándalo, pues al romperse el eje de la carroza en que iba el grupo, la gente les obligó a quitarse la careta y fueron reconocidos. El grupo lo componían los PP. Cherubini, Nicolás Mª. Gavotti, Juan A. Ridolfi, Baltasar Cavallari, Juan Carlos Gavotti y Antonio Lolli, apodado de la Farina (cf. BAU, BC, p.1002-1004).
206 BERRO II, p.167-168.
207 pl primer memorial no se ha conservado, pero sí el segundo (cf. BARTLIK, ‘Archivum’ 3 [1978] 14-15).
208 Véase la carta del P. Gabriel Bianchi, del 10 de enero de 1646, dirigida a toda la Orden, en la que narra como testigo todo lo ocurrido desde el primero de año (EC, p.352-353). Berro dice que los que hablaron al papa fueron dos: el Hº. Lucas y el P. Bianchi, y que el hecho ocurrió la vigilia, día 5 (cf. BERR0 II, p.176). En una carta colectiva de la comunidad de San Pantaleón del 16 de febrero de 1646 se dice también que fue la vigilia de la Epifanía (EC, p.2508).
209 C. 4333 y 4332; EHI, p.310-312; BERRO II, p.177.
210 El texto íntegro en G.SÁNTHA, ‘Quomodo perventum sit a quarta Congregatione Cardinalium negotiis Sch. P. Praepositorum (8 sept. 1645) ad Breve reductionis innocentianae (19 mart. 1646)’?: EphCal 1.(1961) 26-28. Es el doc. 24 de Paolucci, pero en la edición de O. Tosti, que venimos citando, por descuido, se ha editado el bréve definitivo, ya fechado, y no este primer esbozo (cf. PAOLUCCI, p.78-81 y Bull. Sch. P., p.45-49)
211 Cf. PAOLUCCI, doc.22, p.74-75.
212 lb., doc. 19, p.67-68. Sántha piensa que Paolucci es el autor y no simple «anotador» como creemos (cf. G. SÁNTHA, o.c., p.21).
213 Es el n.23, en que dice el autor anónimo: «Me remito al juicio y parecer de cada uno ‘de los otros Emos. Señores míos» (ib., p.76). Lo mismo cree Sántha (l.c., p.26)
214 Cf. PAOLUCCI, doc. 21, p.7l-73. Sántha sugiere que el autor fue el jesuita P. Menocchi (cf. G. SÁNTHA, o.c., p.24).No parece probable, pues también deberían haberse conservado los «votos» del teatino y del conventual entre estos papeles de Paolucci, y no sólo el del jesuita. Además, un religioso no diría «questi Preti» (estos curas) refiriéndose a otros religiosos, ni supondría tantas dificultades en coordenar la autoridad de los obispos y el General, como cosa especial de las Escuelas Pías, siendo común a las congregaciones sometidas al ordinario, etc. Nos parece más probable que el autor fuera el cardenal Roma o Spada, como ya dijimos, añadiendo el detalle de que el doc.23,que es de uno de esos dos cardenales (cf. n. anterior) empieza alabando expresamente este otro doc. 21, Citando su mismo título.
215 CC, n.137.
216 Cf. PAOLUCCI, doc. 23, p.76-77 .
217 Cf. G. SÁNTHA, o.c., p.16-18, 28-29; BERRO III, p.5. En las Actas o apuntes de Paolucci no se dan los nombres de quienes tienen que hacer las nuevas Constituciones, ni se habla del gobierno del Colegio Nazareno (cf. EGC IX, p.214-215). N. B.: muchos de los documentos citados parcialmente o resumidos en este capítulo 24 pueden verse traducidos al castellano en el estudio de M. A. ASIAIN, ‘Defensa de Calasanz y de las Escuelas Pras’: AnCal 61 (1989) 99-171. Los más notables son: algunos memoriales de Castelli y Casani; las dos Relaciones de Pietrasanta y el Documento siniestro, considerado como otra Relación del Visitador, según costumbre; la autodefensa de este último y las dos respuestas a la misma, de Baldi y de la comunidad de Nikolsburg; las actas de Paolucci de las cinco sesiones de la Comisión.



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