BIBLIOTECA ESCOLAPIA - Written by Archivo Calasanz on Martes, Enero 28, 2014 16:54 - 0 Comments

La Vida Comunitaria en el proceso de revitalización de la Orden

Pedro Aguado, P. General

Como sabéis, uno de los temas centrales de nuestro próximo Capítulo General será el de la Vida Comunitaria Escolapia. Sería muy bueno que en todas las se reflexionara sobre el tema, teniendo en cuenta las orientaciones del último Seminario sobre Vida Comunitaria celebrado en Madrid, en abril de este año 2013.

Esta carta fraterna quiere ser sólo una sencilla contribución a la que entre todos tenemos que hacer.

Simplemente quiero compartir con vosotros algunas inquietudes y convicciones. Todos conocemos la variada y rica literatura que existe en torno a los diversos modelos de comunidad que existen en el conjunto de la Vida Consagrada, las diversas épocas a la que estos modelos se corresponden, los valores y que suponen. No falta desarrollar esta reflexión, y expresamente renuncio a hacerlo. Creo que nuestro desafío no “modelos (reducir las este tipo mucho, porque siempre simplificamos) como de “apuestas claras” en relación con nuestras comunidades. Lo digo porque conozco comunidades que podrían encajar en un modelo que podríamos llamar más o menos tradicional basado en el cumplimiento de mediaciones bastante normales y en el que da gusto compartir la Vida Comunitaria, y comunidades que podrían responder a un modelo más “renovado” (un grupo más pequeño, en una vivienda muy simple, muy centradas en la misión) en la que la vida comunitaria es muy frágil. Y también conozco lo contrario.

Creo que el desafío es más profundo que un simple “escaparate de modelos” para ver cuál es el que más nos gusta. El desafío está más centrado en “apuestas” u “opciones” desde las que podamos trabajar y vivir como escolapios. Quisiera exponer algunas de estas apuestas que creo que la Orden puede y debe hacer, en todas las demarcaciones. Soy también consciente de que hay al menos dos perspectivas desde las que podamos hablar de esto: por un lado, teniendo en cuenta las claves desde las que queremos formar a los jóvenes y orientar las comunidades, y por otro, considerando las ideas desde las que podemos intentar cambiar algunas sensibilidades, quizá ya muy consolidadas. En todo caso, creo que lo esencial es que las comunidades vivan realmente las “claves de vida de la Orden”. Este es el camino.

Quiero también decir que cada una de las características de las apuestas que tenemos que hacer es que sean susceptibles de ser programadas y trabajadas. No podemos reducir esto a “buenas intenciones”. No hace mucho que leí una reflexión que se titulaba “eso de nacer de nuevo es un don, pero a lo mejor también podemos trabajar por conseguirlo”. Por ejemplo, un grupo puede plantearse seriamente organizar procesos fuertes y acompañados de crecimiento espiritual –con formación espiritual seria para los religiosos- o creer que todo está bien como está, o puede plantearse una dinámica de trabajo y apertura con los temas sociales o creer que estas cosas no son para nosotros y cerrar puertas, etc…

Voy a presentar diez apuestas que yo creo que debemos intentar hacer en nuestra Orden, en este momento de las Escuelas Pías. Lo hago convencido de que la renovación de nuestra Vida Comunitaria no es sólo una “clave de vida de la Orden”, sino la condición de posibilidad del proceso de revitalización que estamos tratando de impulsar.

1. Comunidades centradas en Jesucristo y que comparten su fe. Su tesoro es el seguimiento del Señor (y a lo que invitan es a compartirlo), cuidan su oración común, su Eucaristía, sus retiros espirituales, el acompañamiento del proceso personal y vocacional de cada uno (tenga la edad que tenga), están abiertas a compartir la oración con otras personas, favorecen el encuentro personal de cada uno con el Señor, en su formación permanente hablan de su proceso de fe y trabajan sobre ello, y reflexionan sobre lo que significa que el centro de la comunidad es Cristo, quien nos convoca. El “centro configurador” de un grupo es fácil de comprobar; basta con vivir un tiempo en una casa para ver cómo funciona y desde qué claves lo hace.

2. Comunidades configuradas desde un proyecto comunitario basado en las Constituciones, elaborado conjuntamente, evaluado periódicamente, acompañado por los responsables de la Demarcación, vinculado a la presencia escolapia en la que están insertas y utilizado como herramienta de exigencia y crecimiento vocacional. Un proyecto que sea exigente y generador de comunidad. Necesitamos comunidades en las que personas de edades y de historias diferentes puedan encontrar su manera de vivir y de compartir.

3. Comunidades construidas desde el compromiso de cada uno por “construir comunidad”, por dedicar tiempo, por compartir las cosas, por el cuidado de las relaciones fraternas, por la capacidad de acoger y perdonar. Hay una clave que debemos introducir con más fuerza, y que es de tipo “espiritual”, forma parte de nuestra vocación y hay que cuidarla. Tenemos que ser “seres espiritualmente comunitarios”, y valorar la comunidad como central. La mayor parte de las cosas que necesitamos son de tipo espiritual, son de fondo, y debemos situarlas en esa clave.

4. Comunidades que se plantean claramente su misión de ser “alma escolapia de la Obra”, sin confundir esto con ser los “dueños de la Obra”, sino los transmisores del carisma y generadores de identidad calasancia entre todas las personas vinculadas a cada presencia escolapia. Esto supone también capacidad de acogida y acompañamiento de jóvenes, de profesores, de laicos y laicas, de personas que buscan, de personas que se plantean una vocación escolapia, etc.

5. Comunidades que hagan posible aspectos básicos como estos: relaciones fraternas, corresponsabilidad, acompañamiento de las personas, apreciarse y quererse, saber los unos la vida de los otros, visitar al enfermo en el hospital en vez de no verle en varios días porque tengo mucho trabajo, capacidad de reconciliación personal, no murmurar de los hermanos, acoger a los huéspedes, limpiar y ordenar la casa, saber confrontar con respeto y cariño y pensar siempre en los demás hermanos de la comunidad, también en los pequeños detalles.

6. Avanzar en claridad sobre nuestra propia realidad comunitaria, llamando a las cosas por su nombre. Sólo desde un análisis honesto de nuestra realidad comunitaria podremos avanzar. Creo que debemos reconocer:

a) La vitalidad de una comunidad no depende esencialmente del número de miembros o de su edad, sino de la determinación profundad de vivir lo esencial de la “vida escolapia”.

b) La vida comunitaria no se puede llevar adelante sin una gran capacidad de cuestionarse y de un proceso de formación que nos ayude a superar el individualismo. Tenemos síntomas de individualismo.

c) No saldremos adelante si los proyectos de las comunidades no son considerados como “propios” por cada uno de los miembros.

d) Los superiores deben ayudar a las comunidades estancadas o inconscientes de su propia situación, y asumir que será difícil cambiar esa dinámica. Y tenemos comunidades así, sin duda.

e) Debemos hacernos honestamente esta pregunta: ¿hemos trabajado o reflexionado alguna vez sobre nuestra capacidad de vida comunitaria?

7. Reflexionar cómo debemos formarnos para la vida comunitaria. No podemos dejar a la espontaneidad el aprendizaje de la Vida Comunitaria. Del mismo modo que hay cursos para aprender a ser un buen educador, también los hay para aprender a ser un buen hermano de comunidad. No os sorprenda esto, “necesitamos aprender”. Aprender lo que significa una buena reunión comunitaria, lo que quiere decir compartir la fe como hermanos, lo que significa transmitir el carisma a quienes comparten nuestra misión, lo que significa ser un buen superior (alguien que lidera según el Evangelio) de una comunidad, y ¡tantas cosas! Me bastaría con que aprobáramos que la Orden debe dotarse a sí misma de un proceso de aprendizaje de la vida comunitaria.

Por lo menos sería señal de que reconocemos que tenemos que aprender.

8. Comunidades que potencien los acentos que la Orden está planteando en estos momentos: mentalidad de Orden, interés por los desafíos de las Escuelas Pías, capacidad misionera, importancia de la identidad escolapia en nuestra misión. Comunidades que lean las cartas circulares de los superiores, que pongan a disposición de los hermanos las publicaciones de la Orden, que se interesen por enviar sus aportaciones en los temas que se les plantea desde la Demarcación o desde la Orden, que rezan frecuentemente por la Orden y sus necesidades, etc.

9. Comunidades capaces de acogida vocacional y acompañamiento de los religiosos más jóvenes. Una comunidad es de acogida cuando este valor, el de la acogida, es capaz de cambiar la dinámica de la propia comunidad, cuando la comunidad es capaz de adaptarse a quien viene, y no sólo al revés. Comunidades que sepan lo que dicen cuando piden que vengan jóvenes a formar parte de ellas. Las que son casas de formación, con una priorización clara de lo que significa estar dedicadas a la formación de los jóvenes.

10. Comunidades en permanente tensión ante la vivencia de la pobreza. En los medios de que disponemos, en el cuidado de nuestros bienes, en el tipo de casa, en los contextos que elegimos para vivir, en el cuidado de la dinámica económica desde la que vivimos, etc. Siempre me llamó la atención el mandato de nuestras Constituciones:

“intentamos descubrir nuevas formas de pobreza, más adaptadas a nuestro carisma y a la exigencias de nuestro tiempo”(C75)

No olvidemos que podemos plantearnos más apuestas. La lista de diez no agota los desafíos que tenemos planteados. Nuestro reto está en impulsar, de modo creativo, el objetivo de avanzar hacia una revitalización de la Orden basada, también, en una atención especial a nuestras Comunidades, a todas ellas. La comunidad será la “caja de resonancia” de este proceso, quizá una de las más claras y significativas.

Recibid un abrazo fraterno

Pedro Aguado

Padre General



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