sJC - Maestro y Fundador - Written by Archivo Calasanz on Viernes, Febrero 28, 2014 12:18 - 0 Comments

Capítulo 25 EL FINAL DEL DRAMA P. Severino Giner

S. José de Calasanz, maestro y fundador

Severino Giner Guerri, escolapio

BAC, 1992

PARTE CUARTA: EL DRAMA FINAL

Las obras de Dios no acaban con la muerte, pero difícilmente se libran de pasar por ella. Lejos estaban los buenos tiempos en que el papa Pablo V, en el primer breve papal en que se nombraban las Escuelas Pías, en 1607, dijo que habían tenido a Dios por autor: ‘Auctore Deo institutae’. [1] Ahora, sin embargo, el papa Inocencio X acababa de decir «que es una Orden mal hecha y poco buena» [2]

Podría parecer presunción considerar a Dios como autor de las Escuelas Pías, aun siendo palabras de un papa, si no se pensara que tan obras de Dios son las grandes como las pequeñas. Y asimismo podría parecer presuntuoso evocar en este caso la pasión, muerte y resurrección de Cristo, cuando estamos asistiendo al «via crucis» lento de un hombre y de su obra, que llegan hasta la muerte con la esperanza de una segura resurrección. En los momentos de angustia que precedieron a la publicación del breve fatal, antes de que se trasluzca cualquier noticia de su contenido, ésta es la actitud del Santo, manifestada en carta al P. Berro: «yo le digo que todavía no ha salido cosa alguna a luz, respecto a la resolución de nuestras cosas… Y si bien algunos van propalando malos augurios, espero no obstante en Dios bendito que la Orden quedará en pie y que ha de crecer más aún para utilidad del prójimo». [3]

Siempre hubo en el corazón de este hombre mucha más esperanza que desesperación, mucha más confianza en la mano protectora de Dios, que no veía, que resignación en la adversa realidad que tocaba con sus propias manos. Y Dios se puso al fin de su parte.

1.     Despedida del P. Visitador

Aún no se habían extinguido los ecos del tumultuoso encuentro del grupo de escolapios con el papa la tarde del día de Reyes, cuando hubo otro revuelo en San Pantaleón a principios de febrero. En los salones del Vaticano había levantado su voz el Hº. Lucas Anfosso, casi Con desesperación, diciendo al papa: «Hace ya tres años que estamos angustiados por los Superiores que han gobernado hasta ahora la Religión, y no se puede ya más». [4] Y entre los insoportables superiores, el más inmediato era el rector de San Pantaleón, P. Fernando Gemmellaro, causante de los anteriores tumultos por no atender a las necesidades, ya de por sí precarias, de su comunidad, que esperaba la ocasión para librarse de su yugo. Y la ocasión llegó.

Al renovar los «decretos clementinos» mediante la promulgación del breve sobre Regulares apóstatas y expulsos (21 de septiembre de 1624), Urbano VIII prescribía que tales decretos y breve «fueran leídos al menos dos veces al año en público comedor» en todas las casas de religiosos, amenazando con la privación inmediata de su oficio a los superiores que no cumplieran cualquiera de las disposiciones de dichos decretos. [5] Habiendo constatado, pués, que durante todo el año el P. Rector no se había preocupado de que se leyeran tales decretos, según lo mandado, le negaron la obediencia, considerándolo como depuesto ‘ipso facto, y reconocieron como legítimo superior local al‘P. Francisco Baldi, el más antiguo en profesión, ateniéndose a la norma común, hasta que los superiores competentes proveyeran. Para mayor garantía de legalidad, comunicaron los hechos al cardenal vicario, Marzio Ginetti. [6]

Esta aparente arbitrariedad excitó los ánimos del P. Pietrasanta, ya revueltos por el conflicto del mes anterior, que provocó la protesta pública ante el papa, y con fecha del 9 de febrero escribió una carta abierta a la comunidad de San Pantaleón, que sabe a amarga despedida del P. Visitador apostólico. Se explica que los últimos acontecimientos alteraran sus nervios y se dejara llevar inmoderadamente por la indignación. Pero es lamentable que en esta su última carta pública a las Escuelas Pías se olvidara casi por completo de las magníficas cosas que dijo en su segunda Relación a la Comisión cardenalicia, para la sesión del 18 de julio de 1645, y volviera a evocar acusaciones propias y ajenas de su Primera Relación, su autodefensa y del ‘Documento Siniestro’. He aquí en síntesis las quejas del Visitador:

1.     Por no haber hecho leer la consabida Bula el P. Rector, han elegido a otro, sin recurrir a tribunales superiores, como el P. Visitador, la Comisión Cardenalicia o el P. Cherubini;

2.     siguen poniendo en duda la validez del breve de nombramiento de este último;

3.     les reprocha de nuevo la acusación de desobedientes, tal como venía formulada en el ‘Documento Siniestro’, aplicada a toda la Orden, repitiendo el juicio calumnioso del Card. Barberini: «que su Religión creció desobedeciendo a la Santa Sede Apostólica», añadiendo: «se adujeron los casos ocurridos, que son unos cuantos y algunos con bastante fundamento aparente. Si fue o no fue así, suspendo el juicio…». [7]

4.     Como experiencia personal aduce la actitud rebelde o desobediente de las casas de Pisa, Cáller, Génova y Chieti;

5.     confiesa que Dios y su conciencia son testimonios de que ha procurado el bien de la Orden todo lo que ha podido, y si no ha hecho más es porque no gozaba de plena libertad, teniendo por encima una Comisión de cardenales a quienes competía deliberar y resolver.

6.     Y concluía así: «Termino recordándoles que en la Religión ‘obedientia sola virtus est’ (la obediencia es la única virtud), y faltando ésta, sobre todo respecto a la Sede Apostólica, es necesario que falten y se disuelvan las mismas Religiones. Dios N. S. conserve la suya y les conceda el bien que yo les deseo». [8]

Aunque esta carta iba dirigida a la comunidad de San Pantaleón, fue mandada a otras casas, causando la consiguiente indignación, que respira Berro, calificándola de «infame» al escribir al P. General, lamentando «esta tiranía en que nos encontramos» y esperando que «la haga responder para gloria de Dios». [9] Y efectivamente, los Padres de la comunidad respondieron el 16 de febrero a la carta de Pietrasanta, dividiéndola en diez puntos, que acomodamos a los seis del resumen anterior:

1º En cuanto al hecho, aclaran que no han elegido nuevo Rector, sino simplemente han seguido la costumbre -que el Visitador debería conocer después de tres años en el cargo- de obedecer al sacerdote más antiguo en profesión cuando no hay rector, hasta que los Superiores Mayores provean. No le recordaron que no era éste el primer caso, sino que otras veces había habido idénticos problemas por no haberse leído los Decretos Clementinos, como ocurrió en Nikolsburg en 1634 y en San Pantaleón en 1639; y durante la Visita de Pietrasanta, en Bisignano en 1644 y en Campi en 1645. [10] Por otra parte, notificaron el hecho al cardenal vicario.

2º. Vuelven a insistir en que se publique el supuesto decreto de la Comisión Cardenalicia del 11 de noviembre de 1643, con que se nombraba Superior General al P. Cherubini, pues sólo consta que hubo un billete o carta de Mons. Albizzi a Pietrasanta. Y ésa era la verdad. Tampoco se había publicado aún el Breve de nombramiento, al que se puso la falsa fecha del 11 de noviembre de 1643. Lamentan, además, que el Visitador no se haya esmerado en descubrir la vida y milagros de Cherubini, a pesar de tantos requerimientos de la Orden. Acusan también por dos veces al Visitador de «superabundancia de afecto hacia el P. Esteban», así como a Mons. Albizzi de favorecerle tanto, movido «por algún fin desconocido para nosotros» (aunque ya expresamente denunciado al Cardenal Roma por el P. Baldi: cierta especie de soborno por dinero). [11]

3º. Respecto al concepto que se tenía en Palacio de que la Orden había crecido en la desobediencia a la Santa Sede, dada la gravedad de la acusación, era obligación del Visitador haber puesto en claro las cosas y no permitir que se mantuviera este concepto sin escuchar las explicaciones de la Orden misma en propia defensa. Pero no lo hizo.

4º. En cuanto a los casos concretos de Pisa, Cáller, Génova y Chieti, cada una de ellas sabrá responder debidamente. [12]

5º. Agradecen su buena voluntad, pero lamentan que no se haya fiado de tantos religiosos, dignos de crédito, y haya favorecido tanto al P. Cherubini, con consecuencias fatales para la Orden. Por otra parte, ante la excusa de su falta de libertad frente a la Comisión deliberante, sólo le acusan de no haberla acelerado más, dejando que pasaran tantos meses entre las sesiones.

6º. Respecto a la acusación de desobediencia en general, responden que no es tal el recurso de la autoridad inferior a la superior. Y así se ha hecho muchas veces con memoriales dirigidos al papa. La última vez el día de Reyes. Los cardenales de la Comisión quizá tengan que tacharnos -dicen- de molestos e importunos por las muchas veces que a ellos hemos recurrido. Lamentan de nuevo la parcialidad del Visitador en favorecer a Cherubini, así como su drástica manera de proceder recurriendo últimamente a excomuniones y toda suerte de penas espirituales y temporales, no excluida la cárcel ni la galera. «Este modo de proceder -dicen- no creemos que sea costumbre en su Orden».

Dado que volverá a aparecer en seguida el tema de los jesuitas y su relación con este drama de las Escuelas Pías, es interesante leer lo que al respecto se dice en esta carta. Aunque no dudan que haya alguno que otro de ellos que les tenga poco afecto,

«no obstante -dicen-, creemos que generalmente se nos tiene. Ni damos oído a quienes aseguran que su Religión intenta por política destruir la nuestra, antes bien, creemos que se alegran de que crezca el número de los obreroq que trabajan en la-viña del Señor. Y por tener nosotros este concepto de la integridad y rectitud de la Compañía, no hemos querido nunca dar fe a algunos de Vdes. que dijeron a los nuestros que no cabía esperar de V. P. arreglo alguno, sino que se podía más bien temer algún daño notable o la ruina». 13

Para acabar, suena a franqueza y a ironía a la vez esta especie de colofón de toda la larga respuesta al P. Visitador: «Finalmente, no hemos de ser acusados de independencia y de no total subordinación al Vicario de Cristo, antes bien admirados y alabados por la paciencia tenida durante tres años en que no hemos gozado de ningún efecto bueno de la Visita Apostólica». [14]

Era la última vez que se cruzaban palabras en público entre el P. Pietrasanta y los escolapios, con toda la dureza de la autodefensa y del ataque. Las grandes esperanzas que habían puesto en el Visitador tantos escolapios en un principio, se fueron derrumbando poco a poco, y aún falta oír las quejas moderadas del Santo Fundador. Con todo, creemos que la historia ha sido excesivamente dura en juzgarle, atribuyéndole más culpabilidad y malicia de la que tuvo. Sin negar sus desaciertos, sus acciones y reacciones precipitadas o irreflexivas, quizá su culpa principal fue la que denunciaban los Padres de San Pantaleón en su última carta: no haberse esforzado por hacer cambiar el mal concepto que se habían formado de las Escuelas Pías en la Curia Romana, desde Mons. Albizzi hasta los dos papas, Urbano vlII e Inocencio X, indagando y descubriendo la verdad y la mentira. En cierto modo, también Pietrasanta fue víctima más o menos inconsciente de Mario y Cherubini, a quienes creyó y favoreció con «superabundancia», y su deseo de salvar la Orden chocó contra las decisiones de la Comisión, cuyos hilos manejó con sutileza y diplomacia el omnipotente Mons. Albizzi.

2.     Publicación del breve

El 9 de marzo de 1646, Mons. Asesor escribía a Mons. Marco Antonio Maraldi, secretario de breves: «Remito a V. S. Ilma. el Breve de la Religión de las Escuelas Pías con algunas notas, para que conforme a ellas se digne expedirlo». [15] Había pasado un mes largo desde el 3 de febrero en que se había tenido la 5ª. y última sesión de la Comisión Diputada, que decidió los cambios que debían hacerse al esbozo del breve. En ese mes Mons. Albizzi, como secretario de dicha Comisión, presentó sus conclusiones al papa, quien hizo algunos retoques, como ya vimos, mandando que se expidiera el breve. Y con todo ello a la vista, el mismo Monseñor compuso el texto definitivo o dejó la última redacción a Maraldi, pues ambas posibilidades caben en la citada carta. [16]. El breve empezaba con las palabras ‘Ea quae pro felici’ y llevaba la fecha del 16 de marzo de 1646. [17]

Antes de que Albizzi lo pasara a Maraldi, el P. General tuvo noticias de su contenido y creía que estaba ya preparado el 2 de marzo, a punto de salir. En las dos cartas que escribe al día siguiente sólo sabe que los profesos de votos solemnes los mantendrán, pero en adelante no podrán ya hacerse; que estarán sometidos al ordinario «y otras cosas que no ha querido declarar» la persona que le ha informado. [14] En otras dos cartas del día 17 dice que el papa firmó la minuta del breve el 14, pero no da ninguna idea del contenido. [19] No obstante, algo más debía saber, pues las consideraciones que hace en esas cuatro cartas indican que tenía idea de la catástrofe. Tales consideraciones son de doble signo: una esperanza firme de que los enemigos no podrán destruir la Religión, que después de estas calamidades «sin duda volverá a ser quizá más gloriosa que antes». Por tanto, hay que confiar en el Señor, pues «en lo que fallen los hombres lo suplirá Dios ciertamente». [20] Y la segunda consideración es una queja amarga del poco fruto que ha producido la Visita del P. Pietrasanta y su convicción de que los enemigos del Instituto de quienes habla son los PP. Jesuitas. Léanse estos párrafos:

«Este es el hermoso fruto que ha producido después de tres años la Visita del M. R. P. Pietrasanta y se habrá cumplido el deseo de tantos PP. Jesuitas que ahí en Alemania y en Polonia han publicado que dentro de poco debería destruirse nuestra Religión… Mientras tanto, V. R. comuníquelo a esos Padres, para que todos juntos rueguen a Dios por los RR. PP. Jesuitas que nos han procurado esta contrariedad y mal nombre». Y en otra carta: «me parece gran cosa que la visita de tres años de nuestro Visitador haya producido tal fruto, pues los Emos. diputados habrán dado más crédito al Visitador que a ningún otro». [21]

Al atardecer del día 17 de marzo llegó a San Pantaleón don José Palamolla, secretario del cardenal vicario Ginetti, y ante la comunidad reunida en el oratorio doméstico leyó el breve apostólico, tan esperado y temido. Y una vez concluida su lectura se guardó el papel y salió del oratorio. Quedaron todos mudos y consternados, sin querer dar fe a lo que acababan de escuchar. Y en el silencio embarazoso y dramático del momento -cuenta Caputi- se oyó la voz del P. General que recitaba los versos de Job: ‘Dominus dedit, Dominus abstulit. Sicut Domino placuit, ita factum est. Sit nomen Domini benedictum’ (Job 1,21) (El Señor dio, el Señor quitó. Como plugo al Señor, así se hizo. Bendito sea su nombre). 22

Aquella misma tarde escribió las primeras cartas, casi telegramas, comunicando la triste noticia a varias casas, y decía simplemente:

«Habiéndosenos publicado esta tarde el Breve de N. Sr., cuyo contenido podrán ver en el billete adjunto, se les comunica a VV. RR. Para que sepan cómo están las cosas de la Religión. Pero no dejen de continuar con alegría el Instituto y de estar unidos y en paz, esperando que Dios lo remediará todo…». [23]

Además de esta fórmula para las comunidades, escribió otras cartas personales en las que da la síntesis del breve leído, como la dirigida al P. Novari, Vicario Provincial de Germania. Es una carta muy curiosa, pues la tenía ya terminada y fechada cuando llegó el señor Palamolla y leyó el breve. Al volver a su habitación añadió una postdata comunicando la síntesis del mismo. El contraste entre ambas partes es impresionante. En la carta decía:

«Con la presente le advierto a V. R. que, aunque le escriban que nuestra Religión será destruida, no dé crédito a tales noticias, porque esperamos que Cristo bendito y su Madre Santísima estarán de nuestra parte y desbaratarán en breve las maquinaciones de los adversarios. Cuanto antes saldrá el Breve, que no se sabe aún con certeza su contenido, y se le comunicará a V. R…» Y en la ‘postdata’ añadía; «Ha llegado en este momento a las 24 horas [24] el secretario del Emo. Vicario del Papa y ha publicado el Breve en que se contiene que cada casa de nuestra Religión se ha de gobernar por sí misma, sujeta al Ordinario del lugar según la Congreg. del Oratorio de S. Felipe Neri, y los profesos nuestros que quieran pasar a otra Religión ‘etiam laxiorem’ pueden hacerlo, y en adelante no se puede admitir al hábito sino como los de la Chiesa Nuova [Oratorio] sin voto alguno, y que no haya ni General, ni Provincial, y se deberá gobernar cada cual según las Constituciones que harán algunos Prelados y que el Colegio Nazareno quede sometido a la Rota Romana; pero de todo esto se mandará copia más amplia con comodidad. V. R. no pierda el ánimo porque esperamos en el Señor que se arreglará todo si estamos unidos». [25]

Cotejando esta síntesis con el texto del breve se advierten tres diferencias, a saber: a) dice el Santo que «en adelante no se puede admitir al hábito, sino como los de la Chiesa Nuova, sin voto alguno», es decir, que se ‘pueden admitir’, pero sin votos. Mientras el breve dice taxativamente que en adelante no se admita a nadie en dicha Religión. [26] b) El Santo continúa: «y que no haya ni General, ni Provinciales…» Ese es el sentido obvio, pero, curiosamente, el texto del breve omite -por descuido, nombrar a los Provinciales, pasando del General y Visitadores a los superiores de las casas. [27] c) Dice el Santo que las Constituciones las harán algunos Prelados, mientras el breve dice simplemente que se harán por mandato del papa (‘iussu nostro edendas’). Estos detalles nos fuerzan a preguntar: ¿qué se leyó en púbtico, el Texto del breve que conocemos u otro texto previo a la redacción definitiva? ¿Estaba ya firmado por el papa? Y no son ociosas las preguntas si pensamos que en toda esta larga ‘historia los breves de Albizzi’ no fueron trigo limpio: nadie vio jamás el de nombramiento de Mario para Vicario General, aunque existió, pero ¿firmado por el papa?; el del nombramiento de Cherubini para suceder a Mario fue un chanchullo lamentable, con fecha fraudulenta, ¿firmado por el papa? Con todo, la trascendencia de este último que comentamos exigía mayor garantía de autenticidad y más seriedad al promulgarse iQué menos que dar a los condenados una copia oficial del breve’ para que pudieran leerlo despacio y enterarse exactamente de lo que decía! Pero no. Se leyó un papel en latín -los Hermanos no entendieron nada- y se lo llevaron para editarlo. [28]

El día 13 ó 14 de abril salió de la imprenta y se empezó a distribuir directamente desde el Vaticano a los obispos interesados como superiores de las casas escolapias de su diócesis, así como a las casas mismas, pero lentamente y no a todos ni a todas. [29] Indudablemente, desde el 16 de marzo en que está fechado hasta estas fechas de edición hubo todavía algunos retóques, incluso graves, [30] que hacen exclamar a Berro: «este Breve ha sido alterado tantas veces antes de darlo a la imprenta que es una crueldad grandísima». [31] Y tales retoques –que desconocemos en concreto- naturalmente eran nuevas chapuzas de Albizzi, pues es inverosímil que recurriera cada vez al papa, una vez que había firmado el breve. Júzguese, pues, la temeridad y osadía de este hombre que altera a su gusto un texto ya firmado por Inocencio X,el de la torva mirada velazqueña. Pero así quedó para la historia.

En realidad, el breve no fue el fruto de las largas deliberaciones de la Comisión Pontificia, ni tampoco el resultado de la Visita Apostólica. Ambas habían llegado -en uso de su plena libertad de decisión- a lo que se determinó en la sesión tercera, con la reintegración del P. General en sus funciones. Lo que siguió luego fue mandato e imposición personal del papa, que marginó sin contemplaciones el libre resultado a que había llegado la Comisión, sin olvidar la responsabilidad y prepotencia de quien hizo tomar al papa esta determinación.

El breve no propuso una simple «reducción»: ni a congregación paulina de votos simples o a su primitivo estado de Congregación Paulina sujeta al Ordinario, como se sugería en la sesión 4ª. y en el primer esbozo del breve; ni siquiera a Congregación sin votos como el Oratorio, pues todos mantenían sus votos, solemnes, por una parte, y, por otra, se prohibía la admisión de nuevos miembros, condición absurda para la supervivencia de cualquier sociedad constituida. Era una disimulada «reducció» a la extinción, lenta, inexorable, bajo el sudario de una inexistente «Congregación sin votos».

Ni el visitador Apostólico por sí mismo, ni la Comisión Diputada como tal dieron decreto alguno de reforma. Todo se redujo al breve, cuya supuesta reforma quedaba encomendada  a las nuevas Constituciones, que no salieron nunca a Ia luz del día. Mientras tanto, las facilidades para abandonar aguel despojo de Congregación -desprovista de Constituciones legítimas y de contextura interna jerárquica y la imposibilidad de darle savia nueva, la condenan miserablemente a la muerte.

3.     La abominación de la desolación

En la carta en que comunicaba al rector de Frascati la lectura del breve fatal en el oratorio de San Pantaleón -carta escrita por su secretario de entonces, el P. Bandoni, puso el Santo Viejo su acostumbrada firma, dejando para la Historia la expresión más sincera de su estado de ánimo profundamente abatido y desconcertado. Las letras de su nombre, no ya temblorosas por sus muchos años, sino angulosas, confusas, apelotonadas y emborronadas, van bajando de izquierda a, derecha como algo que se derrumba, apoyadas en el extremo de su firma española que mantiene, no obstante, su perfecta horizontalidad, como base inquebrantable. [32] Y le decía, como un comentario anticipado a esa firma: «Yo no sé a qué agarrarme; digo esto, si bien yo no quiero otra Religión, sino estarme así hasta que Dios quiera. El mismo día había escrito a Génova: «Ha salido el Breve que manifiesta claramente la ruina de la religión, pero yo espero que cuanto más la mortifiquen tanto más la exaltará Dios». [33]

Entre tales sentimientos de ruina, desolación y esperanza, hay uno especial de desconcierto, de enigma incomprensible, qué repite con frecuencia: «no puedo acabar de entender que un Instituto tan útil y requerido en toda Europa y alabado aun por los herejes, pueda la malicia humana destruirlo tan fácilmente, y mientras me quede aliento tendré esperanza de verlo restablecido en su prístino estado». [34] Ni deja tampoco de reiterar la convicción, propia y ajena, de que los causantes de la ruina han sido los jesuitas, y no concretamente Pietrasanta. Escribe a Messina: «Aquí [en Roma] se dice públicamente que todo ha sido una operación de los PP. Jesuitas, porque ya hace tiempo que algunos de ellos en diversas provincias han dicho a los nuestros que pronto se destruiría Ia Religión de las Escuelas Pías». Y al obispo de Malta le decía: «Habrá sabido por el aviso de las gacetas la ruina de nuestra Religión, procurada por quienes Dios sabe». y de las gacetas de Venecia le escribía su amigo Miguel Jiménez Barber en sabroso castellano:

«La mala nueba presto corre, pues toda Benetia está llena de la mala determinación que se a tomado cerca de las cosas de su Instituto de V. Rma., Pues todas las gacetas hablan dello cómo, a mandado el Papa que no se vistan más y queden sujetos a I’ordinario; y tan bien dicen los avisos públicos, que todo ha sido a instancia de los bravos padres de la compañía de Jesús, de que aquí no pocos murmuran de su ambición… Me perdone i lleve con paciencia estas mortificaciones que sus hijos tan malos le an causado, que Dios les dará el pago que merecen i Móns. de Albis [Albizzi] lo pagará con pena de Dios…». [35]

Berro recuerda los juicios que sobre el breve dieron algunos personajes amigos de la Orden. Así Mons. Ingoli, secretario de Propaganda Fide, dijo al ver el breve impreso: «En otro pontificado podrán servirse de él para tapón de frasco». El Abate Orsi, Internuncio de Polonia dijo: «Es un Breve hecho a hachazos… No dudéis… que en otro pontificado será anulado». Y el cardenal Fabio Chigi, futuro Alejandro VII: «Es un Breve hecho con poca consideración; gran carrera han hecho, destruyendo sin causa una Religión… Pero os prometo que si me viene a tiro la pelota, la jugaré a favor vuestro». [36] ¡Y bien que la jugó cuando sucedió a Inocencio XI

A estos juicios condenatorios del breve se unieron las manifestaciones de condolencia: «Aquí en Roma -escribía el Santo- todos nos tienen compasión, pero nadie quiere ser el primero en tratar del asunto con el papa». [37] Y de fuera de Roma escribían al atribulado General destituido, expresándole la solidaria compasión de la gente, sobre todo en los pueblos pequeños: «No se puede imaginar V. P. -le escriben desde Pieve di Cento- el gran disgusto que tienen en general estos paisanos, sintiendo en extremo nuestra contrariedad, y aún más lo sentirían si tuviéramos que irnos. Pero les hemos asegurado que no les abandonaremos, mientras nos provean de la acostumbrada ayuda para vivir». Desde Cárcare le dicen: «En estos pueblos todos nos compadecen y sienten estos contratiempos, manteniendo hacia nosotros aquel afecto y caridad de antes, pues procuramos darles satisfacción en el pueblo y fuera de él». Desde Ancona: «Aquí no puede imaginarse cuánto se nos compadece y todos en general esperan nuestra reintegración». Y de Cesena: «El Sr. Card. Fachinetti le manda doble saludo a V. P. y al P. Pedro [Casani]… y siente mucho el asunto de la Religión; casi lloraba y se maravilla, pero no puedo escribir todo lo que me ha dicho». De Varsovia le decían: «Los PP. Carmelitas descalzos nos compadecen mucho y su P. Prior, que es persona docta, me decía el domingo, que en conciencia se podría decir que no obedezca nuestra Religión, porque lo que se ha hecho procede de ‘male narratis’, y creo que habrá otros que digan lo mismo». Y los había. [38]

Pero frente a la general compasión de los amigos abundaron también las burlas y denuestos, insultos y humillaciones de otros, particularmente en las calles, como escribe Berro de Roma:

«Los que iban a la cuestación por la ciudad oían mil despropósitos; los Padres que acompañaban a los alumnos a sus casas, según costumbre, eran afrentados y mortificados, sobre todo cuando se encontraban con otros muchachos que salían de otras escuelas diciendo en alta voz: “Mira los Padres de la ‘Descongregación’; mira las Escuelas de aluvión (‘Scuole delle Piene’, en vez de Scuole Pie); están excomulgados, desobedientes al Sumo Pontífice, dan escuela contra la voluntad del Papa”, y otras cosas que no recuerdo. Así que se evitaba en cuanto era posible salir de casa para no avergonzarse tanto. Y no sólo en Roma sucedía esto, sino también en otras ciudades, donde había Escuelas Pías. En verdad se podía decir de los Pobres de la Madre de Dios lo que decía S. Pablo de sí mismo: Hemos venido a ser como la basura del mundo y el desecho de todos (1 Cor 4,13)». [39]

Efectivamente, de todas partes llegaban a manos del Santo los ecos de las injurias y desprecios de que eran víctimas sus hijos y las lamentaciones y lágrimas de quienes se sentían heridos, desconcertados como él, desesperanzados, y que pedían cartas y palabras suyas como único consuelo. Véanse algunos ejemplos. De Nápoles: «Somos ya la fábula del mundo». De Cáller: «Quería Dios perdonar a las ciudades nefandas de Sodoma y Gomorra si había cinco justos, en tiempos del ‘Dios de las venganzas’, y ahora ¿es posible que no haya cinco justos en las Escuelas Pías?… No puedo casi tener la pluma en la mano, no veo bien por las lágrimas; después de cuatro años de martirio hemos salido con esto… un Instituto tan Santo y necesario en la Iglesia de Dios, Religión de la virgen ¿es posible?; no lo acabo de creer hasta que no vea el Breve editado». De Nursia: «quién nos hubiera dicho después de tantos años, que nos veríamos reducidos a este estado al que nos ha llevado la malignidad humana, o mejor dicho, diabólica… No creo que Dios perdone a quien ha hecho tanto mal… el mundo dirá: algún gran mal habrán hecho éstos si se les ha reducido a ese extremo». De Florencia: «No sé qué decir, sino consolarme con V. P. y llorar la miseria común, a la que tan difícilmente me resigno… Pero siento la gracia particular de N. Señor, que si bien me aflige la ignominia, que creo hemos recibido, sin embargo, tengo viva la esperanza de que Dios nos pondrá en pie de nuevo». Otro de Cáller: «Aquí estamos desacreditados fuera de lo creíble, y no sabemos qué partido tomar… por amor de Dios, no deje de consolarnos con algún consejo, pues entre tantos disgustos no encontramos más consuelo que en sus cartas». Y otro más: «¿Quién podrá explicar, Padre mío carísimo, la pesadumbre de nuestra desdicha, el rubor, la vergüenza en que estamos? Tengo por cierto, que si el Señor no nos consuela, caeremos enfermos de dolor; después de tres años y meses de pena, considere, Padre, en qué laberinto nos encontramos con estos benditos Jesuitas. El Señor perdone al causante de tal resolución. Tendrá que vérselas con Dios y no con los hombres… Todos llorando como niños nos ponemos a sus pies, rogándole que no pierda el ánimo, que€ espero que el Señor nos consolará». Uno de Génova: «Los pobres limosneros están ya cansados de oír tantos reproches de los seglares y lo que es peor, de no encontrar apenas limosnas, siendo despedidos por todos diciéndoles: Vuestra Religión está disuelta, y no se da limosna a quien quiere volver al siglo, y cosas así. Somos el escarnio de todos y todos nos señalan con el dedo. Mas no falta quien nos tenga lástima. Le aseguro, padre, que a muchos les caen los brazos». Y otro de Génova: «Escribo y no sé lo que escribo por la enorme angustia que siento por la desgracia ocurrida a nuestra afligidísima Religión. Si supiera que la Religión es inútil en la Iglesia, o bien, que ha hecho algún mal grave, sería un alivio para mi dolor. Pero sabiendo que todo ha sucedido por la pasión de unos pocos, tanto de dentro como de fuera, no puedo sosegarme ni encontrar descanso». [40]

A todos estos insultos exteriores y angustias interiores se unían las voces de los agoreros y falsos consejeros que les decían que no estaban obligados ya a los votos; que se podían ir tranquilamente a sus casas sin pedir breves ni dispensas que sólo servían para sacar dinero y dar de comer a los oficiales de curia. Más todavía, que el papa quería que todos se fueran a sus casas o se buscaran medios de subsistencia; que iba a lanzar excomunión para que dentro de pocos días todos dejaran la descalcez y se vistieran como el clero secular; que el papa no quería ya que se hicieran escuelas de gramática y humanidades para los pobres y, por tanto, las Escuelas Pías eran nocivas a la sociedad; que sólo enseñaran catecismo; que el papa había dado órdenes de que se despojase, aun a la fuerza y acudiendo a esbirros, a quienes fueran por la ciudad con el viejo hábito de las Escuelas Pías. [41]

Por segunda vez, y no ya solamente el Santo Fundador y sus venerables Asistentes, sino todos los pobres escolapios sin distinción, en Roma y fuera de Roma, pasaban por la ‘Calle de la Amargura’. Y no es fácil decir qué era más doloroso, si oír las voces exteriores que les llenaban de vergüenza, o las interiores que les incitaban a dejarlo todo, porque ya no había esperanza de sobrevivir.

4.     La gran desbandada

Ni las decisiones definitivas de la última sesión de la Comisión Diputada, ni el breve apostólico que las sancionaba, dejaban otra puerta abierta para abandonar las Escuelas Pías que el paso a otra Orden religiosa ‘etiam laxiorem’. Y algunos la aprovecharían. Pero a los pocos días de haberse fechado el breve de reducción, el P. Esteban Cherubini suplicaba al papa que le concediera volverse a su casa en hábito del clero secular, para vivir decentemente el resto de sus días con su propio patrimonio familiar. Y apoyaba su petición en estas razones:

«… ahora que V. S. ha reducido esta Religión en Congregación con otras limitaciones, se ha ganado [el P. Cherubini] el odio de casi todos los religiosos, como que él hubiese procurado todo lo que santamente ha hecho V. S., llamándole destructor [42] y enemigo de la Religión, habiendo incluso intentado quitarle la vida, por lo que se ha visto precisado a retirarse; y como no ve poder vivir seguro y tranquilo con estos Religiosos por el odio que le tienen y el peligro evidente de la propia vida, siendo de 47 años de edad, desea vivir tranquilamente el resto de su vida Y no condenar su alma». [43]

En el reverso de esta carta súplica se lee: «Recomendado por Mons. Albizzi». [44] Y Maraldi, siempre tan obsequioso en componer breves a petición del Asesor del Santo Oficio, compuso uno más y le puso fecha del 13 de abril de 1646. El breve va dirigido al cardenal vicario de Roma, Ginetti, a quien se dice que, después de constatar que dicho Esteban tiene suficientes medios para vivir fuera de la Religión, le dé «licencia de llevar hábito de presbítero secular y de permanecer con él fuera de esta Religión y de sus casas mientras viva, con tu licencia y la del Ordinario del lugar donde resida». [45] Nada se dice de dispensa de votos -y eran solemnes-, ni de incardinación a alguna diócesis al servicio del obispo.

Con este breve se iba mucho más allá de lo concedido por la Comisión Diputada primero, y por el breve de reducción, después. Una y otro sólo habían abierto una puerta: pasar a otra Religión, manteniendo los votos solemnes. Ahora se abría otra distinta, en cierto modo trasera -ciertamente legal por apoyarse en breve pontificio, pero al margen de lo establecido oficialmente-. Una nueva manipulación, ligada al nombre trapacero de Albizzi, tanto más grave y destructora si se piensa que no quedó en concesión personal para Cherubini, pomposamente justificada, sino que se convirtió en el medio preferido para abandonar la pobre Congregación malparada de las Escuelas Pías. Y es lamentable constatar que el primero que abrió esa puerta falsa fue Cherubini, dando con ello un motivo más para que se le llamara «Destructor de la Orden». Abrió la puerta, pero se quedó dentro. Recogió el breve y se lo guardó, por si acaso, pero no lo usó nunca. Lo que no sabía el pobre hombre es que sólo le quedaban 21 meses escasos de vida, y que la puerta por donde tenía que salir no era otra que la que abrió Mario para dejar este mundo.

Un día antes de que se firmara el nuevo breve para Cherubini, cuando no había salido aún al público el de la reducción, ya habían llegado noticias algo confusas a oídos del Fundador sobre lo que se estaba tramitando en la curia romana. Y así se lo comunicaba a Berro:

«Se dice que el P. Jerónimo [Laurenti] de S. Francisco, de Savona, ha obtenido Breve para poder volver al siglo en hábito clerical, pero de modo que tenga comodidad para vivir, presentando el breve al obispo, bajo cuya jurisdicción deberá estar, y dicen que el expediente le cuesta 6 escudos de oro. Se dice también que hará lo mismo el P. Juan Bta. [Barone] de Sto. Domingo y algunos otros. Se cree también que a los Hos. se les dará amplia dispensa para volver al siglo, pagando el Breve un Poco más caro». [46]

Todo era cierto. En cartas posteriores sigue hablando del tema y de otros religiosos que tienen breve, [47] pero no sabía que el primero en obtenerlo y abrir camino había sido Cherubini. A primeros de junio se entera que lo tienen tanto él como el P. Juan Esteban Spinola, nuevo rector de San Pantaleón, aunque ninguno de los dos parece que quieren servirse de él por ahora. 48

También es exacta la referencia a los Hermanos Operarios, con la particularidad desconcertante de que el breve que conseguían llevaba el mismo texto exacto que para los sacerdotes y nadie en la Secretaría de breves se preocupó de acomodar el texto a los religiosos «laicos» o legos. Resultaba así la incongruencia de que en el formulario estereotipado de absolución de censuras se les librara de posibles ‘suspensiones’ que hubieran merecido, cuando la suspensión es una pena propia de sacerdotes. Pero lo más llamativo era la concesión misma. Se comprende que a los sacerdotes se les permitiera vestir como el clero secular, pues continuaban ejerciendo el sacerdocio fuera de la Orden. Pero no se entiende que a los Hermanos se les dejara volver al siglo y para ello se les concediera vestir el hábito del clero secular, viviendo en sus casas bajo la obediencia del obispo diocesano 49, a no ser que continuaran ligados con los votos solemnes, de cuya dispensa no se habla en estos breves, ni para sacerdotes ni para legos. Y en efecto, así era. No se trataba de secularización, ni de reducción al estado laical, sino simplemente de dejar el hábito y las casas de las Escuelas Pías para vivir fuera de ellas, vestidos como el clero secular y manteniendo los votos solemnes. Pero esta extraña concesión no era del todo original, como tampoco la facultad de pasar a otras Religiones ‘etiam laxiores’. Por ello, volvemos a evocar los dos documentos, el 2I y el 23 del dossier Paolucci, que atribuimos a los cardenales Spada y Roma.

En ambos, no sin cierta lamentable osadía, se pretendía destruir totalmente la Orden, mientras el papa Inocencio había ya decidido que no se pensara más que en la «reducción a Congregación». En el primero de ellos, el autor alude por tres veces a la reciente supresión de la ‘Orden de los Humillados’ y de la ‘Orden de S. Bernabé y S. Ambrosio ad Nemus’, intentando aplicar las mismas medidas a las Escuelas Pías, pero no lo consigue, porque estas últimas no tienen bienes propios ni rentas estables. En efecto, se parte de la idea de que, al suprimirse las Órdenes, todos los religiosos permanecen ligados con sus votos solemnes. Pío V, cuando declara abolida la ‘Orden de los Humillados’ (breve del 7 de febrero de l57I), determina «que todos los religiosos existentes, que emitieron su profesión regular, se reúnan en adelante en las casas y lugares que les designaremos luego con todo lo necesario para su sustento, para que puedan llevar allí una vida regular conforme a su profesión, bajo el cuidado y visitas de los ordinarios del lugar u otro que delegaremos; o bien que pasen, según el derecho canónico, a otras Órdenes de ‘igual o más estricta observancia’». [50]

En un breve suplementario distribuía a los 84 religiosos y 17 criados entre las 22 casas de la extinguida Orden, asignándoles a cada uno mientras viviera 40 escudos de oro anuales de sus propias rentas. [51] Esta solución era inviable para los escolapios, no sólo por no tener rentas, sino porque, si se suprimía la Orden, dejarían de enseñar y, por tanto, de percibir lo que se les asignaba para sustento. Sí que se podía aplicar la segunda opción, de pasarse de Religión. Y se hizo.

Con breve del 2 de diciembre de 1643 Urbano VIII suprimió la ‘Orden de S. Bernabé y S. Ambrosio ad Nemus’, con las mismas características que la anterior, pero dejando a los Ordinarios la facultad de agrupar en alguna de sus casas a los religiosos profesos, asignándoles también de sus rentas lo necesario para subsistir durante su vida. Y añadia también que podían pasar a otra Religión ‘incluso de menor rigor (etiam laxiorem)’. [52] No debieron cumplir los Ordinarios debidamente con su cometido si con breve del 1 de abril de 1645 el papa Inocencio X volvía a intervenir en lo referente a distribución de religiosos y rentas, designando media docena de casas -de las 22 que tenían- para que en ellas se reunieran todos los que preferían continuar viviendo según su regla propia, hasta la muerte, asegurándoles con sus rentas el necesario sustento. La novedad de este breve estaba en que «muchos religiosos de esta Orden suprimida -decía el breve- habían conseguido licencia tanto de Nos, como de nuestro predecesor Urbano, para salir de dicha Religión y volver al siglo para permanecer en él ‘en hábito de presbítero o clérigo secular…’ y otros permanecen en ella, conservando su hábito regular». [53]

Las fechas de ambos breves nos explican el hecho de que tanto el Santo Fundador de las Escuelas Pías como la Comisión Diputada estuvieran al tanto de lo que se estaba decidiendo respecto a la supresión de la ‘Orden de S. Bernabé y S. Ambrosio ad Nemus’ y sus semejanzas con la ya extinguida Orden de los Humillados. Y no sin asombro constatamos que las medidas adoptadas para las Escuelas Pías eran las mismas dentro de lo posible. Es decir, se abrió la puerta para que se fueran a otra Religión ‘etiam laxiorem’, se concedió que volvieran al siglo en hábito de presbítero o clérigo secular, manteniendo en ambos casos los votos solemnes y asegurando que tenían patrimonio para subsistir; y los que quisieran permanecer en su hábito regular, quedarían en sus conventos. La única diferencia estaba en que mientras «los suprimidos» vivían de renta, los escolapios seguirían viviendo «de limosna», como hasta ahora lo habían hecho, para lo cual era necesario que subsistiera la corporación, en la mínima expresión de Congregación sin votos, ejerciendo el mismo ministerio de siempre, que era la justificación de las limosnas. Pero al cerrarse la puerta de entrada a otros nuevos miembros, se extinguirían las Escuelas Pías con la muerte de los últimos escolapios. La «no extinción», pues, no era benevolencia, sino necesidad para poder sustentar a «los fieles a su vocación».

Hubo quien optó por pasarse a otras Religiones, pero la inmensa mayoría, casi la totalidad de los que salieron, lo hicieron por la puerta falsa, abierta por Cherubini. Según los cálculos aproximados, la Orden contaba entonces entre 500 y 550 religiosos. [54] En los registros de la Secretaría de breves del Vaticano el P. Sántha contó 102 breves «para vestir el hábito de presbítero secular», concedidos a religiosos escolapios, tanto sacerdotes como clérigos o Hermanos, desde el mes de abril de 1646 hasta diciembre de 1648. [55] Es cierto que no todos los que consiguieron el breve dejaron la Orden, pero también lo es que después de la muerte del Fundador en agosto de 1648 siguió la desbandada hasta 1656, en que fue restablecido el Instituto a Congregación con votos simples. Berro calcula que, en total, «más de 150 de nuestros sacerdotes cambiaron de hábito, unos entrando en diversas Ordenes y Congregaciones y otros tomando el hábito del clero secular»; y luego añade que unos 200 religiosos profesos volvieron a sus casas, además de los que pasaron a otras Religiones. [56] Una verdadera hecatombe.

A ejemplo de Cherubini, algunos o muchos que habían obtenido el breve para salir, no salían. Eran sobre todo sus partidarios y amigos de Mario, es decir, precisamente aquellos que se esperaba que se fueran. Estos tales -dice Berro- «<querían vivir a su capricho como seculares y estar en casas regulares, sirviéndose de las cosas de casa, guardándose limosnas para procurarse muebles para sus casas, sin trabajar en el ejercicio de las Escuelas Pías y mucho menos observar nuestras antiguas Constituciones y los ejercicios de mortificación y oración, lo cual era una molestia para todos los demás que con más afecto y diligencia que nunca, para obtener la misericordia de S. D. M., se desvivían por observarlas». [57] Ya en julio de 1646 advertía el Santo Fundador estos abusos y prometía que se pondría remedio. [58] Y, en efecto, se cursó un memorial a la Santa Sede pidiendo que los que tenían el breve, que se fueran dentro de cuatro meses, y si no se iban, quedarían anulados los breves. Y el breve salió el 4 de diciembre de 1646. [59]

5.     Los que se fueron

No sería justo pensar que esta gran desbandada es una prueba del mal estado en que se hallaba la Orden y que tanto los buenos como los malos aprovecharon la ocasión para marcharse: los buenos lamentando la falta de ambiente religioso y observante, y los malos para buscar mayor libertad y librarse a la vez de las austeridades y rigores de la pobreza y de la regla. No hay que olvidar, ante todo, que había terminado hacía años aquel período en que algunos o muchos habían conseguido salirse apelando a la nulidad de su profesión. Ahora, salvo rara excepción, todos salían con votos solemnes no dispensados.

Hay que comprender que el ambiente que se había creado favorecía la salida aun de los buenos e ilusionados con su vocación religiosa. Se requería cierto temple de héroe para soportar las humillaciones, dudas, acusaciones y amenazas de total aniquilación; la inseguridad del futuro y las presiones familiares; los consejos píos e impíos de quienes querían tranquilizar las conciencias declarando inexistentes los votos y sus obligaciones; las enormes dificultades que se acrecentaban para mantener casas y escuelas con tan poca gente; las facilidades legales que se daban para ceder y abandonar. Ni se puede dejar de afirmar que el gobierno impuesto por el Santo Oficio, por Albizzi y por la Comisión Diputada y concentrado en las indignas manos de Mario y Cherubini y del complaciente y veleidoso Pietrasanta, había crispado los nervios de todos y exaltado los ánimos y las iras de tantos que se rebelaban inútil e imprudentemente contra la injusticia y el abuso de poder. Y aunque sea contra la injusticia, la protesta no deja de ser protesta y la rebelión no deja de considerarse delito. Y todo ello repercutía forzosamente en el seno de las comunidades, haciendo el ambiente irrespirable y provocando las salidas. No era justo que se lamentaran de desórdenes y rebeldías los mismos que las habían provocado.

No se puede, pues, considerar este desangramiento de la Orden como una expurgación saludable, consolándose con el consabido refrán «no hay mal que por ien no venga». Quizá la mayor parte de los que se fueron hubieran perseverado hasta la muerte dignamente, de no haberse provocado el desorden e impuesto la prepotencia desde el encumbramiento de Mario. Quizá aquel grupo selecto de ‘galileyanos’ florentinos hubiera sido una espléndida escuela de científicos para la Orden, pero, excepto Morelli, todos se fueron, unos antes y otros después de la muerte del Fundador.

Sin embargo, hubiera sido saludable que se marcharan unos cuantos más, precisamente aquellos que la mayoría esperaba y deseaba que se fueran y no se fueron, aun teniendo algunos de ellos el breve en el bolsillo, como Cherubini, Ridolfi, Gavotti, Cerutti y otros del mismo jaez. A ellos, y a otros descontentos, inquietos y viciados por las circunstancias ambientales, se referían las quejas de quienes escribían al Fundador, como Berro: «ya que parece que el Papa da fácilmente licencia para salir a quien no quiere estar con nosotros, vea V. P. al menos de obtener que cada casa pueda despachar a quien crea conveniente». [60] O el P. Patera: «en cierto modo estaría bien que algunos sacaran el Breve y se fueran. Siento que por no tener de qué vivir en sus casas estos tales no salgan y queden viviendo a su modo, infectando a los demás y dando continuo tormento a los pobres Superiores y a quienes tienen celo por el Instituto». [61] Pero quien así escribía obtuvo el breve al año siguiente y se marchó.

Sin duda, en esta atmósfera de derrotismo, de confusión e inquietudes, exageraban algunos Ia situación, como los beneméritos PP. Provinciales de Germania, escribiendo al pobre ex General: «Ruego a V. P. -decía Conti desde Cracovia- que dé ánimo a todos los que tienen deseos de ser verdaderos religiosos… y por el contrario empuje hacia fuera a los díscolos y malcontentos del estado religioso… Bien está, que ahora que tienen la puerta abierta, que se vayan, y nos basta que queden de 50 para abajo ahí en ltalia, incluso en toda la Religión, como opinan todos los que aman a nuestra pobre Religión y son celosos del honor de Dios». [62] Y el P. Novari desde Nikolsburg: «le hago saber a V. P. en nombre de toda la Provincia, que ni yo, ni dicha Provincia queremos recibir en modo alguno ni bajo ningún pretexto el Breve que nos mandarán… Así que quien quiera estar en ‘Congregación’ que esté. Todos nosotros, de esta Provincia, no queremos estar. Y sepa V. P. que apenas se publique dicho Breve en estos lugares de Germania, Polonia y Bohemia, todos unánimemente se saldrán, haciéndose párrocos seculares para tener su libertad… Escribe V. P. que los profesos que quieran pasar a otra Religión más laxa, lo pueden hacer. Respondo en nombre de todos, que no se preocupen de tal licencia… pues queremos ser Religiosos de las Escuelas Pías o sacerdotes seculares y ‘numquam amplius et in aeternum’ religiosos de cualquier otra Religión». [63] Eran gritos de dolor y de angustia, pero Novari –como Conti- se mantuvo firme y salvó para la Orden, con otros fieles, aquellas fundaciones centroeuropeas de tan glorioso futuro.

Sobre todo en Italia, el desconcierto era mayor, y aun los buenos y acérrimos defensores de la Orden y del Fundador dudaban de sí mismos por las dificultades o por el despotismo de los obispos locales, como era el caso de Nápoles, cuyo arzobispo-cardenal Filomarino y su Vicario General dejaron sentir su pesada y caprichosa mano sobré las comunidades. El P. Carlos Patera escribe al P. General: «Por amor de Dios, vean de poner remedio, pues pocos van a quedar; … el que tenía algo de ánimo para perseverar, lo perderá de hecño. y dudo aun de mí mismo, pero espero en Dios que no llegaré nunca a tales extremos de dejar el hábito. Pero en Nápoles seguro que no me quedo, a pesar de que voy dando ánimo a los demás de perseverar». [64] Y antes dé un año pidió el breve y se fue.

Conmovedoras las palabras del P. Vanni, que se atormenta entre dudas y esperanza en la virgen, y escribe al Santo desde Nursia: «Estamos aquí arriba entre montañas y creemos más que sentimos. Nos dicen que la Religión después de todos estos sucesos está trastornada más que nunca, si bien no puedo creer que la Virgen María, bajo cuyo escudo y protección estamos, nos quiera abandonar. V. P. díganos algo. Esto es seguro, que yo por mi parte, con palabras y obras quiero ayudar al Instituto y perseverar ‘in vocatione qua vocatus sum’, aunque se preparen y se prevean mayores tribulaciones en el porvenir que las que ha habido en el pasado… yo espero que no estaremos siempre en esta humillación y oprobio de las gentes, mas espero que la Virgen María se acordará de sus siervos». [65] Y tampoco resistió. y se fue.

Y el óptimo P.Mussesti, que le escribe desde Florencia: «Ruego a V. P. que me diga libremente si se puede esperar algún bien, o si las cosas están en tal estado, que lo mejor sería que cadá cual provea por sí mismo, como parece que escriben y dicen todos. porque viendo que unos se van, que otros se procuran patrimonio y otros ya se lo han procurado, me da que pensar y me mueve a hacer lo que veo que hacen todos». [66] Pero se quedó.

No es de extrañar que muchos de estos religiosos que se fueron a disgusto, como empujados por las circunstancias adversas o desconfiando del futuro incierto, abrumados por la convicción de que todo había terminado por la voluntad del papa, sintieran deseos de volver cuando -pasado un decenio de supresión- se restableció la Congregación, primero con votos simples y luego con votos solemnes, recuperando la categoría de Orden. Los que se quedaron no temían el regreso de estos buenos religiosos, cuyo delito era más debilidad y pusilanimidad que otra cosa, sino la vuelta de los inquietos e indeseables. y por ello, ya antes de morir el P. Fundador se fue imponiendo la idea unánime de no admitir a nadie de los que se habían ido. Con cierta floritura poética se lo proponía así al Santo Viejo el P. Bianchi:

«Conviene dejar que el mal tiempo haga su curso en espera del bueno, en el cual, si de nuevo quisieran embarcarse los rechazados en laplaya por el mar del mundo para hacernos peligrar más que antes, estoy seguro que, habiendo nosotros sentido el daño que nos supuso su pesada presencia en la pobre barquilla de nuestra Religión, no los admitiremos tan fácilmente, a no ser que algún descabezado les dé entrada. No es conveniente que habiéndonos desprendido de malos humores, volvamos a acoger otra vez la serpiente en nuestro seno». [67]

Y así se cumplió, sin excepciones, a pesar de las instancias.

Todas estas cartas angustiosas de los hijos buenos que expresaban sus dudas, ansiedades, temores y promesas al Santo Viejo, debieron llenar su alma de una amargura profunda, y su pobre cuerpo, que sentía el peso de sus casi 89 años, acusaba los golpes. El 25 de agosto de 1646 -cinco largos meses después de la promulgación del breve fatal- escribía: »Todavía estoy con los dolores causados por el calor del hígado, y hace más de un mes que no digo Misa por no poder estar de pie tanto rato; me siento, sin embargo, más aliviado con la esperanza, si Dios quiere, de volver pronto a celebrar Misa». Pero a primeros de diciembre aún se siente débil para caminar «después de la enfermedad del pasado verano».[88] Ni la santidad puede impedir que se resienta por los disgustos el hígado de los santos.

6.     Los que se quedaron

No se había arrancado sólo la cizaña, ni todo el residuo era trigo, pero el campo había quedado esquilmado. No se cerró, sin embargo, ninguna casa, a pesar de la imponente desbandada, pero algunas daban lástima, si no todas. Y los rectores, aunque las casas habían sido declaradas independientes y autónomas, seguían recurriendo al depuesto P. General en demanda de ayuda, pero muchas veces inútilmente.

Desde Pieve di Cento el P. Paoletti escribía al «P. General»: «con lágrimas en los ojos le ruego y suplico que tenga misericordia de esta pobre casa donde estoy yo solo para servir a tres enfermos en cama, a quienes no puedo dar el socorro que necesitan. Le suplico, digo, que quiera concederme algún Padre o Hermano para ayudarles un poco más». [69] El rector de Génova, P. Juan Lucas Rapallo, le escribe el 23 de junio de 1646 diciéndole que en «esta pobre casa arruinadísima» sólo quedan 10 religiosos, de los cuales 6 sacerdotes, mientras antes eran 20. No obstante, añade, «hasta las vacaciones se mantendrán todas las escuelas, pero si no viene ayuda, será imposible». [70] En noviembre obtuvo el breve y se marchó.

No faltaron dificultades de parte de algunos protectores, como la marquesa de Campi, María Paladini, que al enterarse de que la Orden había sido reducida a Congregación pensó seriamente en expulsar a los escolapios y convertir su casa de Campi en monasterio de monjas. [71] Pero se consiguió a duras penas mantener la casa.

Más dramática fue la dureza, incomprensión y prepotencia con que fueron tratados los pobres escolapios por algunos obispos locales. Berro hace el recuento de muchas casas, poniendo de relieve la relación de los obispos, y de sus vicarios generales a veces, respecto a cada una de ellas. Por una parte hay que lamentar los abusos, caprichos e intromisiones destempladas del obispo de Conversano en la casa de Turi, así como la de su vicario general y otros personajes de su curia, que se turnaban para pasar semanas y semanas en la casa escolapia a toda pensión gratuita; el vicario general de Frascati, que ordenó sin consideración alguna a Hermanos ignorantes y relajados, que no habían querido ordenar nuestros superiores; el obispo de Savona, que convirtió prácticamente el colegio en seminario diocesano; del cardenal arzobispo de Nápoles y su vicario general se lamenta mucho Berro, que residía entonces en aquella ciudad, y entre sus abusos recuerda el edicto de expulsión de todos los «forasteros» (no napolitanos), entre los cuales estaban los PP. Berro y Caputi, que se incorporaron a la comunidad de San Pantaleón; igualmente hay quejas contra los obispos de Lecce respecto al colegio de Campi, y de Módena respecto al de Fanano. [72]

La mayoría de obispos, por el contrario, se comportaron admirablemente con los pobres escolapios de sus diócesis, como se ve por las cartas de éstos al Fundador y por el reconocimiento expreso de Berro respecto a los siguientes: el de Alba en relación al colegio de Cárcare; el cardenal arzobispo de Génova y su vicario general respecto al colegio y noviciado de la ciudad; los obispos respectivos de las casas de Narni, Poli, Moricone, Ancona, Nursia, Chieti, Nocera dei Pagani, Florencia, Pisa, islas de Sicilia y Cerdeña y los correspondientes de Germania y Poloniatt. En algunos sitios no llegó a publicarse el breve de reducción, o por benevolencia de los obispos, como en Florencia, Germania y Polonia, o por la de otras autoridades, como en Sicilia, de la que escribe: «el Ilmo. y Revmo. Luis Cameros , juez de la Monarquía en dicho Reino [de Sicilia], acogió a todos nuestros religiosos bajo su protección y no permitió nunca que los Arzobispos les pusieran la mano encima, sino que quiso que fueran siempre estimados por todos como verdaderos Religiosos y por tales les mantuvo siempre hasta que el Papa Alejandro VII nos hizo la gracia de la reintegración». [74]

La precaria situación en que quedaban las casas a medida que se iban los que conseguían el breve; la disminución de limosnas por el descrédito de la reducción de la Orden; la actitud de algunos obispos y sus vicarios contra los pobres escolapios; las amenazas y rumores que corrían de una próxima extinción irremediable fueron causa de que apareciera otra clase de enemigos preocupantes: «los herederos».

El 10 de marzo, seis días antes de que se firmara el breve aciago escribe un Padre de Génova al P. General que los jesuitas han hecho ya un proyecto para transformar la casa escolapia en colegio propio y tienen el dinero preparado para pagar la venta a quien fuere] [75]; en abril, los agustinos descalzos y el clero local de Nursia se disputan como un despojo la casa escolapia y al año siguiente la pretenden los capuchinos para hospicio; [76] también los agustinos descalzos presentan sus instancias a la marquesa de Campi en mayo de 1 646 para entrar en posesión del colegio escolapio, mientras la marquesa piensa cederlo a unas monjas; [77] la casa de Cárcare la solicitan los franciscanos conventuales y el P. General escribe al rector, P. Ciriaco Beretta, en marzo de 1647: «aquí se les ha desengañado, que no piensen en poner pie en ese lugar mientras haya uno solo de los nuestros que quiera quedarse»; [78] también son los conventuales los que recurren al papa pidiendo el colegio de Ancona, y el papa pasa la solicitud a Albizzl quien se encarga de desengañarles; [79] en Savona son los carmelitas descalzos los que recurren al Senado local para comprar el colegio en septiembre de 1647, pero desgraciadamente el 7 de julio de 1648 explotó el polvorín de la fortaleza de S. Jorge y destrozó gran parte de la ciudad, asolando la casa escolapia, entre cuyas ruinas murieron seis religiosos; [80] en 1647 los frailes «mínimos» de S. Francisco de Paula intentan   recuperar el convento renovado que habían cedido ruinoso en Cáller para noviciado escolapio en 1645, provocando un escándalo, pero no lo lograron por la intervención de las autoridades [81] Los de Pieve di Cento temían ser despedidos simplemente por el fundador, el capitán Francisco M. Mastellari, ante la inseguridad del futuro, y se preguntaban con angustia dónde irían, si no querían pasar a otra Religión, y quién les mantendría, si las casas eran autónomas y con derecho a excluir [82]

Pasados los primeros meses de lamentaciones, humillación y desesperanza, cuando había cesado ya la desbandada, empiezan a reanimarse los perseverantes y a reorganizar sus trabajos y tareas escolares según las fuerzas vivas, y a sentirse más tranquilos y deseosos de vivir mejor su vida de observancia. Son numerosos los testimonios de esta nueva época de paz y tranquilidad, de entusiasmo y optimismo, de espíritu religioso redivivo después de la tormenta de la Visita Apostólica y el breve de destrucción.

Es interesante leer las abundantes cartas que de todas partes llegaban al Santo Viejo en este crepúsculo de su larga vida, con indudable luz de atardecer para él y de amanecer de esperanzas para sus hijos. Veamos algunos párrafos selectos:

De Génova(25 de enero de 1648): «El Instituto, por la gracia de Dios, se ejercita bien, y aunque es tiempo de escasez, no hemos tenido nunca tanta abundancia de alumnos… En casa se vive con observancia y mediante la protección de V. P. espero ver un día exaltada la Religión». De nuevo (15 de agosto de 1648): «Aquí no hay nadie que haga el oficio de perturbador, y pluguiera a Dios que todas las casas tuvieran sujetos tan pacíficos como lo están en Génova, haciendo cada uno su oficio». De Cáller (26 de enero de 1648): «desde el tiempo en que se fundó esta casa de Cáller, en cuya fundación estuve yo, no la he visto caminar con mayor observancia de lo que camina ahora». Y otro (23 de noviembre de 1647): «las escuelas están, por la gracia de Dios, llenas y florecientes. Y esto es tanto más de apreciar, pues si V. P. supiera las diligencias que hacen los jesuitas para quitarnos los alumnos, se asombraría». Y el P. Salazar (28 de diciembre de 1646): «Aquí nadie ha salido ni al siglo ni a los conventos, ni pedido el Breve de 30 que somos…-Yo no he perdido aún la esperanza y sea lo que fuere, espero morir en las Escuelas Pías». De Pisa escribe Michelini (6 de noviembre de 1646): «yo no he perdido aún la esperanza y sea lo que fuere espero morir en las Escuelas Pías esta casa de Pisa se ha arreglado muy bien con gente buena y hasta ahora me parece estar en el Paraíso y espero que se siga así… queremos, en cuanto sea posible, hacer una casa de Santos, y los inquietos los mandaremos a otra parte a ejercitar su mal talento.» De Nursia (2 de septiembre de 1647): «esta casa nuestra… me parece hoy lo mejor y la más hoy la mejor y la más tranquila para quien quiera de verdad atender a la salud de su alma y del prójimo, según profesamos». De Campi (1 de mayo de 1646): «las escuelas, por gracia de Dios, van muy bien ahora, y hay más de cien alumnos, no habiendo llegado nunca a tantos>>. De Fanano (22 de septiembre de 1646): «nosotros estamos aún con aquella observancia antigua, o mejor dicho, ordinaria, que la casa de Fanano ha profesado siempre. Aquí no se omite ninguno de los ejercicios de costumbre…». De Cárcare (30 de mayo de 1646): «no se omite nuestro acostumbrado modo de vivir, tanto de las escuelas, como del resto. Y así pensamos hacer siempre». El rector de la Duquesca, de Nápoles (13 de junio de 1646): «Procuro, para la gloria de Dios, que la casa y las escuelas vayan con toda exactitud en la observancia… El ábaco está llenísimo, con más de setenta muchachos que prometen mucho… y las otras 5 clases bien arregladas, la iglesia bien servida… las limosnas llegan… se está con gran paz». Y el rector de Puerta Real, de Nápoles también (24 de abril de 1648): «en cuanto a reanudar el instituto con mayor fervor, en mi casa, por la gracia de Dios, no sólo no se ha interrumpido, sino que se hace con mayor provecho por la diligencia de los Padres y Hermanos, que lo han tomado siempre muy a pecho. En efecto, ha aumentado el número de alumnos… y los oratorios y doctrinas se mantienen, con confesiones, comuniones y con catecismo diario a los alumnos… y la familia es de 23 personas». Y Michelini, resumiendo (20 de octubre de 1646): «Espero en Dios, que nuestras cosas, es decir, su obra irá adelante mejor que antes, pues con esta puerta abierta se va purgando la Religión de aquella escoria que tenía infecto todo el cuerpo y lo volvía impotente para acciones virtuosas. No me perturba la salida de la gente, por el contrario, me anima a Ia esperanza o espectación de personas fervorosas, con cuyo ejemplo pueda yo volver o al menos encaminarme mayormente haCia el espíritu de nuestra primitiva iglesia, del cual cuando me acuerdo, suspiro y lloro mi desgracia». [83]

Indudablemente, los que se quedaron supieron mantener o recuperar el espíritu de la Orden, cumplir con fidelidad, con esfuerzo heroico y con plena esperanza en el futuro de la misión propia de la Orden, sin cerrar -repitámoslo- ni una sola de las casas en el crítico decenio de la reducción inocenciana. Estas cartas preciosas serían para el Santo Viejo un consuelo para las amarguras de su alma, e incluso un alivio físico para sus dolores de hígado, más eficaz que las placas de mármol que solía aplicarse como remedio.

7 . La casa madre de San pantaleón

No había en toda la curia romana un cardenal tan amigo y condescendiente con el P. Calasanz como Marzio Ginetti, que, por-su oficio de vicario del papa y ordinario de la diócesis de Roma, quedaba constituido jurídicamente, según las disposiciones del breve de reducción, en superior de las casas escolapias de la Urbe, salvo el Colegio Nazareno que él mismo consiguió -según Berro- quitarlo de las manos del P. Cherubini y Pietrasanta y ponerlo bajo la inmediata dependencia de la Rota Romana. [84] Aunque, según el breve, cada casa dependía directamente del Ordinario del lugar, de hecho, por tácito consentimiento, la casa-madre de San Pantaleón, dada la tradición ininterrumpida de ser la sede del P. General y de su curia y por vivir todavía en ella el venerable P. Fundador, mantuvo no sólo el honor, sino también cierta preponderancia y autoridad central reconocida por todas las demás casas de la Orden. Con ello, el cardenal Ginetti adquirió en cierto modo la autoridad de superior universal de toda la corporación desmembrada, pero en realidad, con suma delicadeza, no hizo más que dejar al P. General moverse con toda la libertad posible para mantener la unidad y llevar a cabo los intentos de restauración.

El 25 de marzo de 1646, domingo de Ramos, apenas una semana después de haberse leído el breve, volvía a reunir en el oratorio a toda la comunidad don José Palamolla, secretario del cardenal vicario, y en su nombre les rogó que eligieran por votación al rector de la casa. Por condescendencia del cardenal serían admitidos también a la votación los Hermanos. La comunidad estaba formada entonces por 23 Padres y 18 Hermanos, es decir, 41 religiosos en total. [85] Después de un primer sondeo decidieron que el P. General -le seguían llamando así [86]- propusiera una terna para votarla, y eligió a los PP. Spinola, Baldi y Fedele. Se votó y salió elegido el P. Spinola, pero no se dio por nombrado, pues debía hacerlo el cardenal. El secretario Palamolla le comunicó el resultado y al día siguiente el Emo. Ginetti fue a San Pantaleón a proclamarlo, después de una votación formal ‘nemine discrepante’. Aprovechó la ocasión para consolarles y animarles a todos a vivir en paz, [87]

A principios de junio ya se decía que el P. Spinola había sacado el breve para irse, aunque nunca lo usó. [88] Pero algunos díscolos de la comunidad le debieron importunar tanto, que antes de cumplir el año de rectorado renunció al cargo y se fue a Narni. [89] En su lugar fue elegido y aprobado por el cardenal el P. Juan García, que se mantuvo hasta mayo de 1649, en que le sucedió el P. Francisco Baldi. [90]

No fue, de hecho, tan tajante la autonomía e independencia de las casas, debido en parte a la benignidad de Ginetti, qué dejaba hacer, o a decisiones personales y caprichosas de algunos obispos, como la recordada del cardenal Filomarino, arzobispo de Nápoles, que expulsó de su diócesis a los «forasteros». Había un cierto trasiego de religiosos, pero la nota dominante entre estos inquietos o desplazados era su deseo de ir a Roma para vivir en San Pantaleón, junto al P. Fundador. Esta comunidad, en los dos años y medio que van desde el breve de reducción hasta la muerte del Fundador, tuvo muchos altibajos. Cuando se leyó el breve eran 41 religiosos, de los cuales 23 sacerdotes y 18 Hermanos. De ellos se fueron, consiguiendo el breve, 6 sacerdotes y 7 Hermanos, y cambiaron de casa 8 sacerdotes y 3 Hermanos. Total. 20 bajas. Aprovechando estos vacíos lograron incorporarse 6 padres y 7 Hermanos, [91] entre los cuales, procedentes de Nápoles, llegaron los PP. Berro y Caputi, los dos testigos de los últimos años de vida del Fundador que pudieron recoger tantísimos recuerdos, confidencias y testimonios suyos, así como documentos en abundancia que nos dejaron en sus Memorias.

No fue, sin embargo, tan fácil encardinarse a esta Comunidad privilegiada, que, como otras, había tomado la norma de someter a votación el ingreso de nuevos miembros. Ni el interés personal del Santo Patriarca consiguió a veces la admisión de algunos como fue concretamente el caso del p. Berro y del H. Agapito Sciviglietto, teniendo que recurrir él rriismo al vicegerente, Mons. Alejandro Vitrice, para lograrlo. [92]

El desconcierto producido por las salidas relativamente numerosas y el consiguiente trasiego de personal, junto con los efectos desastrosos de la difamación pública, provocada por la Visita Apostólica y reducción-destrucción pontificia, amenazaron con cerrar las escuelas, notándose a la vez la disminución de limosnas. Ello forzó a elevar una súplica a los «conservadores» del Capitolio. Es conmovedor pensar que aquel hombre que medio siglo antes había subido al Capitolio para pedir aumento de sueldo para los maestros públicos a fin de que pudieran admitir en sus aulas municipales a los niños pobres, tiene que volver a rogar una ayuda económica, una limosna para mantener las Escuelas Pías. Es un memorial sobrecogedor, en que aparecen de nuevo las ideas machaconas de la utilidad de las Escuelas Pías, dado que «no ha faltado quien haya dicho que este Instituto es perjudicial para la sociedad por el hecho de enseñar a los pobres». Y después de exponer el estado lamentable en que se encuentran, debido al breve de reducción, añade «y, en fin, porque con esta incertidumbre de su estado, no encontrarán ya quien quiera hacerles una limosna… por tanto, quedando así abandonados, recurren a VV. SS. Ilmas. pidiéndoles la ayuda que les parezca según su prudencia y caridad». [91] No sabemos en qué acabó la cosa.

De no ser por estas dificultades económicas y por las estrecheces de la casa, el Santo Viejo hubiera acogido a todos los que se lo pedían, sintiéndose padre de todos y «siendo esta casa la madre de piedad», como decía a Berro, invitándole a ir, al saber que le desterraban de Nápoles. [94]

El Fundador sigue siendo el centro de la Congregación, como en los tiempos pasados. A él se acude en demanda de gente, de consejos, de decisiones, y lo que no puede hacer por falta de autoridad -no tiene absolutamente ninguna- acude al cardenal vicario para que los autorice. Así, apenas publicado el breve de reducción consigue que Ginetti dé licencia al P. Onofre Conti y al Ho. Agapito para que vayan a Germania y Polonia, aunque no logra de la Congregación de Propaganda Fide que le den a Conti el título de Misionero apostólico, porque Mons. Albizzi les informa que era uno de los «perturbadores de la orden» [95] De Cáller le piden que les mande un visitador, y les manda en 1648 al P. Onofre Conti. [96] De Turi le ruegan les envíe a dos sacerdotes, en 1648 [97]. En Florencia, decide él la salida de algunos hacia otras casas. [98] De Nikolsburg le escriben en julio de 1648: «todas las decisiones y órdenes que se hagan, se mandarán siempre a V. P, ni haremos nada sin su conocimiento y consenso». [99] Y de Nápoles le dice al rector de Puerta Real: «la carta de V. P, Rma. ha sido de gran consuelo, no sólo para mí, sino también para todos los padres y Hermanos de esta familia, los cuales nos preciamos de ser súbditos de S. P. y deprñner

y depender, en cuanto lo permitan los tiempos presentes, de su mandato y consejo.Y en cuanto al asunto de Aversa esperemos el resultado y la solución, como escribe». [100] son sólo ejemplos de una actitud generalizada.

8.     Promotor de esperanza

«La esperanza de V. nos da ánimo a todos», escribió Berro al Santo, en frase lapidaria. [101]. Y era verdad. Fue como un surtidor inagotable. Antes de que saliera el breve nefasto, entre los malos pronósticos y amenazas de ruina inminente, hasta el último momento esperó ’in spe contra spem’ que la Orden quedaría en pie, que no se destruiría: «yo espero -decía a Berro- que todo lo que han hecho y harán nuestros adversarios, todo se deshará con la ayuda de Dios y podrá más la verdad que la envidia, pero V. R. esté de buen ánimo, junto con los que aman el instituto, que sin duda volverá a ser quizá más glorioso que antes. [102]

Apenas recibió la fatal noticia del breve, aunque le tembló el pulso y se le desmoronaron las letras de su firma, seguía diciendo: «no pierda el ánimo, porque esperamos en el Señor que se ha de arreglar todo, si estamos unidos»; «espero que cuanto más la mortifiquen [a la Religión], tanto más la exaltará Dios»; «manteniendo el Instituto en pie, el Señor pondrá orden oportuno a servicio del pueblo»; «Dios benditono permitirá que se pierda un Instituto tan requerido en toda Europa»; «tenga por cierto que el Instituto quedará en pie… y ruegue al Señor que se digne ayudar la causa de los pobres»; «aquí tenemos firme esperanza ‘in spem divinam contra spem humanam’ y estamos con ánimo resuelto a mantener el Instituto hasta que Dios bendito nos mande el remedio». [103]

Y así continuó impertérrito sembrando esperanzas, sin desfallecer. De tantas cartas para elegir, he aquí unos párrafos de tres selectas: la primera La dirige al P. Novari, Provincial de Germania y Polonia, desesperado por la situación de desamparo, y dice:

<<… siento mucho que, siendo V. el piloto de esa barca, se muestre dudoso, debiendo tener pqor cierto que aunque los vientos sean contrarios, no sumergirán esa barca, aunque fueren pocos en compañía dem-V. R. para sostener el Instituto. Aquí no dejaremos de ayudar con oraciones y con personal a su tiempo. Y cuanto más le parezca estar abandonado de ayudas humanas, tanto más cerca estará de ser ayudado por ayuda divina».

Y a Palermo:

<<Si alguien le escribe o dice que nuestro asunto no tiene remedio, no lecrea, porque espero que el Señor nos ayudará más pronto de lo que algunos creen. Exhorte a todos a perseverar en tener la escuela con diligencia y esté seguro que donde fala lten medios humanos, vendrán los divinos. Pero hagan oración y persistan en el ejercicio con la esperanza cierta de la ayuda divina». persistan en el ejercicio con la esperanza cierta de la ayuda divina. [104]

Finalmente, he aquí una carta histórica, por ser la última que escribió entera de su puño y letra. Es una verdadera joya, con su último mensaje escrito con palabras de profeta:

«Constantes estote et videbitis auxilium Dei super vos. Et nunc sumus orantes pro vobis, ut non contristemini, sed in tiibulatione magis elucescat virtus vestra. [Perseverad y veréis el auxilio de Dios sobre vosotros. Mientras tanto, oramos por vosotros para que no os contristéis, sino que en la tribulación brille más vuestra virtud (2 Par 20,17; 2 Mac 1,6; 1 Tes 4,12)]. Por defecto de vista no puedo alargarme en escribir. El Señor nos bendiga siempre a todos. Roma, 20 de mayo de 1647». [105]

Esta siembra de esperanzas iba arraigando en muchos y junto a tantas cartas de amargura y derrotismo, le llegaban también otras cargadas de optimismo y de fe en el futuro, reconociendo con frecuencia que necesitaban el apoyo de su consuelo y de su aliento. Valgan de ejemplo las siguientes expresiones: (espero que V. P. verá aún en sus días restablecida de nuevo la Religión»; «aora navegamos en continua tormenta -le escriben en castellano desde Cerdeña-, pero espero que vendrá tempo quando nos volverá al rostro; a este fin no se falta rogar con continuas plegarias al soberano y celestial Neptuno se haga placentero y en su Reyno sea nuestro Piloto»; «nos alegramos todos de las buenas esperanzas que nos da del próximo arreglo de nuestra Religión y por ello no dejaremos de hacer oración con mayor instancia por la total satisfacción de todos. Hace ya dos años que con este fin decimos el miserere de la mañana con los brazos en cruz haciendo también, otras penitencias por lo mucho que nos urge el bien de la Religión. Nuestra Madre»; «aquí [en Florencia] se hace y hará lo posible por cada uno de nosotros. Pero la mayor de nuestras esperanza está en lo mucho que V. P. puede hacer»; <Alabado sea el Señor, que por boca de S. P. nos consuela con la esperanza de la cierta y pronta, no digo conservación, sino aumento del Instituto y del número de los que lo profesen», «nos vamos consolando con las buenas esperanzas que S. P. nos da y no dejaremos de elevar preces a S. D. M. para que oiga los piadosos deseos, no sólo suyos, sino de todos los buenos»; «se ha leído su última carta con mucha ternura y afecto, y a mí en particular me ha causado gran resignación rogando al Señor por aquellos que se han opuesto a una obra de tanta caridad. Viendo la serenidad de S. P., ruegue al Señor que me infunda su Espíritu Santo en esta vida miserable»; y Michelini, desde Pisa, le dice: «Tengo por cierto que V. P. debe recibir de nuestros religiosos más consuelo que en el pasado, y pienso que será mucho más venerado y estimado que antes. Los inquietos se han ido y los demás harán grandes cosas». [106]

No son menos significativas las numerosas cartas que le escriben en estos últimos años pidiéndole que les escriba alguna de consuelo y lamentándose de que las esperan y no llegan. El Provincial de Liguria: «Ha llegado el correo, pero no he tenido carta de V. P., lo cual es para mí una grandísima mortificación. Y no sé qué pueda significar esto. Por favor, mortifíqueme V. P. de cualquier otro modo, pero no de éste». El P. Beretta desde Cárcare: «Deseamos que V. P. se acuerde de nosotros y nos escriba con frecuencia para nuestro consuelo>; «en tiempo de mayor necesidad y deseos de recibir cartas suyas, nos vemos privados de ellas». El P. Grien desde Nikolsburg: «nos sentimos mortificados y admirados de no recibir de ahí ni siquiera una línea de consuelo. Quizá el no podernos dar esperanza cierta sea causa de tan prolongado silencio; pero no nos preocupamos tanto de lo que nos escribe, como del afecto y amor con que nos escribe». Y esta última del P. Juan B. Morandi, que vistió la sotana escolapia el mismo día que el Fundador y morirá pocos días después que él: «como hijo que siempre le he sido y profeso serlo siempre, le ruego que quiera consolarme alguna vez con una suya, de las que recibo tanto contento… que me siento como renacer el ánimo y mi espíritu desfallecido». [107]

Supo infundir esperanza y todas las esperanzas estaban puestas en éL. Pero en los últimos años no todo fueron palabras y promesas, ni se cruzó de brazos esperando que le llegaran del cielo auxilios milagrosos. Con una energía impropia de sus casi noventa años y con una profunda convicción de que el papa Inocencio X había sido mal informado, siniestramente informado, emprendió con entusiasmo la última batalla diplomática, muriendo prácticamente en la brecha.

9.     La última batalla: dos apologías y un panfleto

Con ese resabio de idea manida se siente uno tentado de decir que rondando sus noventa años emprendió la última batalla de su vida este Santo General, depuesto y degradado, y la perdió. Pero la guerra se ganó. Simplemente hubo que esperar que muriera el papa Inocencio X.

La corte florentina de los Médicis mantuvo su actitud de protección y defensa de las Escuelas Pías, y apenas tuvieron noticia del breve destructor escribieron al embajador en Roma Gabriel Riccardi, interesándose particularmente en que al menos en sus Estados los escolapios «pudieran continuar enseñando en el mismo modo que han hecho hasta ahora aquí, esto es, también las ciencias, a pesar de que hayan sido limitadas sus facultades». Pero además de este deseo del Granduque€, el príncipe Leopoldo rogaba al embajador «hacer por ellos todo lo que humanamente se pueda, no sólo respecto al sobredicho deseo, sino también respecto a sus demás intereses, según se lo pidan dichos Padres». [108] En realidad, los temores de Calasanz en los últimos meses habían sido que les privaran de enseñar humanidades y latines, considerándolo como una destrucción ex indireclo, temores que manifestaba aún después de haberse leído en público el breve famoso. [109].La petición de los Médicis se refería concretamente a las ciencias matemáticas, pero al fin de cuentas coincidían ambas preocupaciones en que las Escuelas Pías no debían limitarse a la enseñanza primaria.

El embajador Riccardi habló con Inoeencio X a mediados de abril -estaba saliendo entonces el breve fatídico de la imprenta- y el papa le dijo «que no quisiera derogar un Breve, hecho cuatro días ha, y que el Granduque se sirva de dichos Padres en la forma y manera descrita por ese Breve, y me ha dicho -añade Riccardi- una infinidad de mal de estos Padres». También prometía hablar de ello con Mons. Albizzi, pero sospechaba que la Comisión Diputada ya no se reuniría más y que el asunto estaba «como terminado». [110] Quizá confirmó sus sospechas al hablar con Mons. Asesor, y ya no volvió a insistir. El protagonismo de la defensa a ultranza de las Escuelas Pías pasaba a la corte de Polonia.

Apenas firmado el breve de reducción, un supuesto capuchino, llamado Fr. Tomás de Viterbo, escribió en Roma una breve composición de apenas dos folios, titulada: ‘Amara Passio Congregationis Matris Dei Sch. P. secundum Thomam’ (Amarga Pasión de la Congregación de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, según Tomás). Es una especie de paráfrasis de algunos textos evangélicos de la Pasión, aplicados a las Escuelas Pías, en los que los jesuitas se presentan como el sanedrín que decide ante Caifás sacrificar por el bien público –de ellos- a las Escuelas Pías, nombrando expresamente a Pietrasanta, Mario y Cherubini. [111] Un folleto intrascendente, pero que el autor -según carta del 24 de marzo de 1,646- distribuyó entre los obispos y nuncios de diócesis y naciones en que había escolapios, además de mandarlo a la Curia Romana. Si la carta de presentación era idéntica a la que mandó al nuncio en Polonia, Mons. Juan Torres, su efecto tuvo que ser contraproducente por atacar a los jesuitas, acusar a Mons. Asesor de haber «protegido y exaltado» a «algunos miembros pútridos y perniciosos» de la Orden y haber afirmado que el Papa fue «persuadido por el Card. Spada y otros Prelados jesuitas» para decidir la destrucción. [112]

Más seria, fundada, pero igualmente comprometedora, fue la ‘Apología de las Escuelas Pías’, compuesta por el P. Valeriano Magni, capuchino, conocidísimo en toda Polonia, en Alemania, en la Curia Romana, tanto por sus méritos personales como por ser hermano del Conde imperial Francisco Magni, ambos protectores declarados de las Escuelas Pías en Germania y Polonia, y el Conde, Fundador del colegio scolapio de Strasnitz, en Moravia [113]. La Apología, compuesta en mayo de 1646, fue mandada por toda Polonia, por toda la Orden escolapia, a varios personajes y cardenales de la Curia Romana y personalmente al Papa Inocencio. En ella, el renombrado capuchino, no sin nobleza y osadía, intenta demostrar que el breve de reducción era subrepticio por haber sido mal informado el Pontífice sobre la realidad de las Escuelas Pías. Pedía, por tanto, que se sobreseyera la aplicación del Breve en la reducción de la Orden a Congregación, hasta cerciorarse de que era subrepticio, y para ello se pedía al papa que nombrara un nuevo Visitador Apostólico imparcial y objetivo, que informara luego a la Comisión Cardenalicia y al papa; que repusiera en su oficio al destituido General y viejos Asistentes, y que pidiera el testimonio sincero de los obispos y príncipes en cuyos dominios estaban las Escuelas Pías, sobre el provecho o perjuicio de las mismas. [114]

La importancia de esta llamada «Apología» radica en que prácticamente fue como el fundamento racional de la acción diplomática emprendida por el Rey Ladislao IV de Polonia, sus magnates, la Dieta Nacional o Parlamento y otros estamentos y personajes públicos a favor de las Escuelas Pías. El proyecto del Rey fue que la Universidad o Academia Teológica de Cracovia examinara y corroborara con su autoridad oficial las ideas de la Apología, declarando subrepticio el Breve y librando a los Padres de la aceptación del mismo. La intervención del Nuncio Torres impidió que las cosas se precipitaran demasiado, provocando en Roma ulteriores decisiones perjudiciales para las Escuelas Pías. [115].

Con el fin de que fomentara la campaña defensiva a favor de las Escuelas Pías en tierras del Imperio y de Polonia, donde era ya conocido, había mandado Calasanz al P. Onofre Conti, acompañado del Hº. Agapito, después de salir el famoso Breve. Llegado a Austria, consiguió con el apoyo del Príncipe Maximiliano de Dietrichstein cartas de recomendación del mismo Príncipe y de otros magnates del Imperio, así como del nuncio en Viena, Mons. Carlos Melzi, para que escribieran a la Curia Romana, sobre todo a la Congregación de Propaganda Fide, pidiendo el restablecimiento de la Orden. [116].

En agosto, la mencionada Congregación examinó todas estas cartas y decidió escribir sólo al nuncio para que tranquilizara a todos los Príncipes que habían intercedido a favor de la Orden, atenuando notablemente y a sabiendas la gravedad del Breve, «no habiéndose hecho otra cosa en esta materia -decía el secretario Mons. Ingoli- que reducir dichos Padres bajo la jurisdicción de los Ordinarios del lugar en que residen». Y no era ésa toda la verdad. [117] Como no lo era tampoco, sino que era sencillamente falso, lo que escribía el Cardenal Secretario de Estado, Camilo Pamfili, con fecha del 23 de junio de 1546, al Mariscal Kasanowski, Presidente de la Dieta de Polonia: «los Padres de las Escuelas Pías quedan en el estado de su primera fundación». [118] ¿Tan mal informados estaban en la Secretaría de Estado y en la Congregación de Propaganda Fide, o es que Albizzi informaba sólo a medias?

Mientras tanto, el Rey de Polonia esperaba una respuesta concreta a la Apología del P. Magni, decidido completamente a seguir defendiendo las Escuelas Pías y esperando, por consiguiente, una especie de retractación del Papa respecto al Breve. Y la respuesta llegó. El cardenal secretario de Estado, Camilo Pamfili, escribió al nuncio Mons. Torres, con fecha del 1 de diciembre de 1646, mandándole un «Memorial» en que informaba de todo lo que se había hecho con las Escuelas Pías y rogándole que de ello usara «oportunamente la parte que su prudencía juzgara eficaz para convencer al Rey de aceptar la solución tomada por lo.s Cardenales». [119]

El mencionado «memorial» se conoce con el nombre de ‘Racconto difuso’ (Relato difuso), tal como lo calificó el Card. Pamfili en la carta que lo acompañaba, y aunque anónimo, es atribuido certeramente a Mons. Albizzi por los historiadores calasancios, como el hombre más enterado de todo lo ocurrido desde el principio. Se intentaba hacer ver que la «santa resolución» de los Cardenales -y, por tanto, el Breve- no pretendía extinguir el Instituto, sino reformar la Religión, reduciéndola a Congregación, sometida a los Ordinarios y liberada de tantas austeridades y rigores que la hacían impracticable. «En la Congregación -se dice- serán menos rigurosos el hábito y los ayunos, las disciplinas tolerables, la comida proporcionada y las comodidades adecuadas, siendo capaz de recibir legados y herencias, y de poseer bienes estables en común sin alterar la pobreza en particular…» (De todo esto se legislaría en las Constituciones). Se insistía particularmente en que no podía mantenerse como Religión en Polonia y como Congregación en otros lugares, no sólo por ser inaudito en la Iglesia, sino porque si se hacía excepción para el Rey, no podría negarse al Emperador y a otros Príncipes.

Al dar razón, sin embargo, de los hechos históricos se decía entre otras lindezas calumniosas: «en el pontificado de Gregorio XV, en que se tenía muy en cuenta a quien afectaba santidad, entró la hipocresía en los que gobernaban la Congregación -no se olvide que la referencia va directamente contra el Santo Fundador-, y decididos a llevar un hábito más austero y a descalzarse los pies, pensaron también salir de los confines de Roma y su distrito». Y sigue esta increíble tergiversación de los hechos, en que Albizzi había sido protagonista, pero no daba el brazo a torcer, calumniando de nuevo: «en tiempos de Urbano VIII fueron continuas las contiendas entre Superiores y súbditos, unos por querer mandar despóticamente, los otros por vivir a su modo, por no saber en qué consistía la obediencia, y finalmente, prorrumpiendo en querellas, tuvo a bien el Papa suspender d**–e su oficio al General Calasanz». [120] Esa era, pues, la versión oficial de la Secretaría de Estado.

Ciertamente, esas noticias del ‘Racconto’ enan una pequeña muestra de la antología de calumnias y tergiversaciones con que el círculo de Maro y  Cherubini había envuelto al Fundador y la historia de los orígenes de la Orden para conseguir la destitución definitiva de uno y la proyectada reforma de la otra. Y Albizzi había tragado el anzuelo. casualmente se conserva una especie de decálogo con las principales imputaciones que contra el propio Santo Viejo circulaban por Sicilia y que el buen P. Tomás Accardo le mandó en una carta, en septiembre de 1646. Helas aquí, casi literalmente traducidas

El P. General ha sido la causa total de nuestra destrucción por no haber seguido que su propio criterio, no dejando que ocupara su cargo el P. Cherubini, que nos podía hacer mucho bien y era apoyado por los Cardenales.

Le faltaban talentos necesarios para un buen Superior y Fundador, y no se los había pedido con insistencia a Dios, que le había dejado caer en defectos notables.

Le faltaba prudencia, no habiendo sabido dar remedio a los problemas, como la controversia con los Hermanos Operarios y otros conflictos de la Religión.

Le faltaba discreción de espíritus, no habiendo sabido conocer a sus súbditos, conformándose con la apariencia religiosa de los relajados.

Desconsiderado en nombrar Superiores a los que no lo merecían.

Parcial con sus súbditos, marginando a los verdaderamente buenos y callados.

Soberbio, por decir:«Aunque todos se fueran de la Orden, yo y el Hº. Agapito bastaríamos para mantenerlo>.

Ambicioso, por no haber querido ceder a otros el Generalato, aun siendo ya de edad decrépita y casi inepto.

Negligente en las urgentísimas necesidades de la Religión, no valiéndose de medios humanos.

Se hace chacota de sus predicciones sobre la reintegración, concluyendo que Dios lo ha abandonado como cosa no suya. [121

Son tan burdas las acusaciones, que no merecen comentario, sobre todo si se lee la preciosa respuesta que dio el propio acusado a quien se las mandó. Dice:

«He recibido su carta del 13 de agosto en la que me escribe ciertas acusaciones que algunos, más curiosos de la vida ajena que de la propia, lanzan contra mí, a todos los cuales respondo en una palabra: que pronto nos veremos todos ante el tribunal de Cristo, donde se encontrará y conocerá la pura verdad, y será juzgado cada cual según sus obras. Yo tengo un testimonio de mi vida por encima de toda exigencia, que es del Papa actual, quien estando conmigo el P. Castilla, me dijo estas palabras: "contra Vos no hay cosa alguna", al ofrecerme yo mismo a responder a todo lo que contra mí hubieran dicho». [122]

Es una satisfacción saber que ése era el concepto personal que Inocencio X tenía del Santo Fundador, y por ello es lamentable que no hiciera nada para devolverle la honra personal -al menos, y por justicia-,tan maltrecha todavía, como se ve en el ‘Racconto difuso’ de Mons. Albizzi.

10. El fracaso de dos legaciones

El panfleto de Mons. Asesor llegó a manós del Nuncio de Polonia a primeros del año 1647 , y habiéndolo leído, creyó conveniente no decir nada al Rey, aprovechando la excusa de que a finales de diciembre había salido camino de Roma el Conde Magni para proponer al Papa la formación de una Liga Católica contra los turcos, después de haberla propuesto al Emperador y a Venecia. Y el Rey le había encomendado también que tratara con sumo interés con el Papa el restablecimiento de las Escuelas Pías, al menos en Polonia. El Nuncio, pues, esperaba el resultado de esa entrevista. [123]

El Conde fue agasajado calurosamente en San Pantaleón por el P. General y la comunidad, que le honraron con una solemne Academia. El P. Fundador le entregó tres memoriales: uno para él mismo, instándole a que, cumpliendo la voluntad del rey, suplicara al pontífice con decisión la restauración de la Orden; el segundo para el papa, pidiéndole «la reintegración de esta Religión en sus primeros honores y privilegios»; y el tercero para doña Olimpia Maidalchini, cuñada del papa, para que intercediera ante él por el mismo fin. [124] La embajada del Conde Magni fue un fracaso, tanto en el asunto de la Liga antiturca como respecto a las Escuelas Pías, en cuya peroración debió de sobrepasar los límites de la diplomacia, la corrección y la prudencia. La actitud del Pontífice fue inflexible, tanto respecto a la Orden en general como a su restablecimiento parcial en Polonia. [125]

No por ello apocaron velas en la corte polaca, sino que con renovado empeño se propuso la cuestión en la Dieta General de mayo, que decidió un nuevo recurso oficial a la Santa Sede por parte del Brazo Eclesiástico y del Brazo de los Caballeros, suplicando la reintegración de las Escuelas Pías en Polonia. El primero decía que aquello era defender la causa de Dios (‘Dei nos causam agere existimamus’) y el segundo rogaba incluso expresamente que se mantuviera el rigor y la austeridad de la Orden. [126] Pero además de las dos cartas al Papa, escribían también a los Cardenales Spada y Roma, y el Duque Ossolinski -Gran Canciller del Reino y primer defensor e introductor de las Escuelas Pías en Polonia- y el Conde Magni enviaron sendas cartas al nuevo Secretario de Estado, Cardenal Juan Jacobo Panziroli. [127] El Rey volvió a suplicar al Papa que se dignara conservar en su reino a estos religiosos «tan beneméritos en la Iglesia de Dios» y que no permitiera que fueran perturbados ya más o que se les cambiara su norma de vivir. [128] Con ello rechazaba expresamente la reforma moderadora propuesta por el ‘Racconto difuso’ de Albizzi.

La respuesta de la Secretaría de Estado por mano de Panziroli fue terminante: «este asunto depende inmediatamente del Papa que ya lo ha cerrado y no se debe hablar más de él». [129] Y a primeros de agosto daba cuenta al Nuncio de las cartas de obispos y caballeros de la Dieta y le reiteraba: «responderá a todos sirviéndose del ‘Relato difuso’ que se le mandó de todo lo sucedido, porque la resolución se tomó ciertamente con todas las consideraciones… y no se debe ni se puede retractar». [130] El indigno ‘Relato difuso’ seguía siendo la versión oficial que debía imponerse a los arzobispos, obispos, prelados y caballeros de la Dieta, así como al mismo rey. A este último además se le mandó un Breve papal, fechado el 7 de agosto de 1647, en el que se le decía taxativamente: «Por lo tanto, habiéndose tratado y resuelto el asunto justísimamente, no ha lugar ninguna nueva deliberación». [131] Palabra definitiva.

El Santo Fundador tenía puestas sus esperanzas en la intervención del rey y de la Dieta, [132] y, mucho antes de enterarse de la respuesta negativa del papa, escribió al rey, el 20 de agosto, una preciosa carta latina agradeciéndole lo mucho que estaba haciendo por la Orden, considerándole como «el único Aquiles y Mecenas» (defensor y bienhechor) de «nuestra mínima Religión en las adversidades». [133]

Hasta noviembre no comunicó el Nuncio Torres al Rey el contenido del último breve papal, intentando con suma diplomacia que aceptara la irrevocable decisión pontificia. No lo consiguió. Y aun después de enterarse del breve siguió impertérrito en su empeño de doblegar la voluntad de Inocencio X. Fue su última tentativa. A finales de 1647 mandó a Roma como legado extraordinario a Mons. Domingo Roncalli para conseguir del Papa el capelo cardenalicio -del que había abdicado el Príncipe heredero Casimiro- a favor del P. Valeriano Magni. A la vez debía intentar que el Papa nombrara otra Comisión cardenalicia para tratar de nuevo el asunto de las Escuelas Pías. Y desde que llegó a Roma tomó su misión tan a pecho y con tan poca diplomacia que exacerbó el ánimo del papa y del Cardenal Panziroli. De ello se lamentaba este último escribiendo en mayo al Nuncio en Polonia: «El papa le respondió -a Roncalli- que ya se había discutido lo suficiente, y que desde el primer día de su llegada a Roma, habiendo siempre insistido en lo mismo, podía haber comprendido por la negativa que se le dio seriamente, que la decisión era irrevocable… Dice S. S. que si todos los Reyes hablaran de la forma con que Roncalli hace hablar al Rey de Polonia, la Santa Sede se hallaría en un estado muy lamentable». [134]

Fracasó también esta misión, pero Roncalli no sólo había alentado vanamente las esperanzas del santo Fundador, [135] sino que le animó para que consiguiera cartas de recomendación de la familia imperial. Y el Santo se movió para que interviniera en ello el Príncipe de Dietrichstein, logrando efectivamente que la Emperatriz Eleonora Gonzaga escribiera al Sumo Pontífice el 3 de marzo de 1648, intercediendo por las Escuelas Pías. [136] Pero en vez de favorecer no hizo más que irritar los ánimos, obligando a Panziroli a escribir al Nuncio en Viena que hiciera comprender a la Emperatriz que el asunto estaba ya zanjado y no se podía tratar de nuevo, y que «dichos Padres deben contentarse y tranquilizarse de lo ya tan maduramente establecido, y que no den mayores molestias a S. S. sin esperanza de poderlo obtener». [137] La esperanza, sin embargo, era lo único que no podían prohibir.

El 20 de mayo murió el rey de Polonia. Calasanz, entre las cartas que escribió hablando de su muerte y rogando oraciones por su alma, dijo al P. Orselli: esperamos «que nos ayudará en el cielo con S. D. M. mucho más de lo que hizo con su Vicario en la tierra». [138] Orselli, por su parte, a principios de junio escribía al P. General diciendo que el Gran Canciller del Reino, duque Ossolinski, le había asegurado que seguiría protegiendo la Orden, y que había escrito a Mons. Roncalli que continuara con nuestra causa y dijera a S. S. (que mientras esté en pie la Corona de Polonia, siempre estará protegida esta Religión». [139] A principios de julio, al recibir esta carta el Santo Fundador, escribió otra en elegantísimo latín -increíble para sus noventa y un años- al duque Ossolinski, reconociéndole como el máximo protector en Polonia, después del rey, y asegurándole que era tal la esperanza que les infundía para conseguir favores futuros (que sintiéndonos perecer irremediablemente al morir el rey, nos parece con razón que sólo en ti podremos respirar y vivir». [140] Y con esos sentimientos de un futuro esperanzador llegó al final de sus largos días antes de pasar dos meses.

El bochornoso final de Cherubini

No había sido posible conseguir que el papa anulara el breve en su totalidad o que dejara subsistir la Orden como tal, al menos en Polonia. Pero ya desde un principio se tenía cierta esperanza de obtener, al menos, dos concesiones parciales, es decir, que no se llegaran a hacer o publicar las nuevas Constituciones, y que se permitiera vestir novicios otra vez. Y ambas cosas se lograron en vida del Fundador. Fueron, sin duda, dos triunfos con los que se conseguía la continuidad del espíritu de la Orden y la victoria sobre una muerte lenta e inexorable. El decreto de la última sesión de la Comisión Diputada, del que saldría el breve definitivo, recomendaba la composición de nuevas Constituciones a una comisión formada por los Mons. Fagnani, Paolucci y Albizzi, el P. Pietrasanta y un Padre del Oratorio. [141] Y no deja de llamar la atención que a-ninguno de los miembros de la Comisión se le ocurriera la conveniencia de añadir al menos a un Padre escolapio como conocedor de la vida, costumbres, necesidades y exigencias de la corporación existente. El papa, sin embargo, en el breve, prescindió de nombres y de comisión, diciendo simplemente que las tales Constituciones «proporcionadas a dicho Instituto» serían hechas por mandato propio (iussu nostro edendas). [142] Lo más probable es que Albizzi pasara por alto lo insinuado en la Comisión y dejara también indefinido el asunto en el breve para tener la posibilidad de encomendar la tarea al P. Cherubini, el más indicado para plasmar en normas concretas la reforma que se pretendía desde los tiempos de Mario.

El Santo Fundador capta y comenta con particular interés las noticias que le llegan referentes al nuevo engendro de las Constituciones. El 17 de marzo se había leído el breve de reducción y hasta fines de ese mes asegura que las Constituciones las harán «algunos Prelados por orden del Papa» y teme que «nos quitarán la pobreza y el vestido a la apostólica, que es como extinguirla [la Religión], y se duda también que nos quitarán la lengua latina de las escuelas, que será quedar extinguida del todo en un momento». [143] En junio se entera de que el P. Cherubini está haciendo las Constituciones y supone con razón que se las ha encomendado Mons. Albizzi, aunque él (Cherubini) se gloría de que es por orden del papa, y comenta con sorna: «considere V. R. [Berro] qué Constituciones podrán salir por este medio». [144] A mediados de julio matiza la noticia diciendo que Cherubini hará un esbozo y dos o tres prelados las revisarán; a fines de mes corre la voz de que ha renunciado a sus tareas en el Nazareno y piensa marcharse con el breve conseguido tiempo atrás, por lo que concluye el Santo que no terminará las Constituciones que había empezado [145]

Pero Cherubini no se ha ido y en agosto vuelve a temblar el Santo Viejo diciendo que, una vez terminadas, serán revisadas por Prelados y promulgadas «con un nuevo breve más destructor que el primero». [146] En septiembre parece que ya están terminadas «con muchos despropósitos -comenta el Santo-, todos contrarios al bien del Instituto. Algunos Prelados las han visto, pero ninguno las ha querido aprobar y firmar, salvo el P. Pietrasanta. Hay que ver ahora si se publicarán». [147].Y esta duda se va convirtiendo poco a poco en convicción de que no se publicarán, hasta finales de abril del 1647 en que incluso bromea sobre el asunto: «no sólo no han salido las Constituciones, sino que ni siquiera se han traducido al latín, por no saberlo bien el legislador que las ha hecho, y mucho menos se sabe si saldrán. [148]

Viene aquí a cuento una larguísima narración de Caputi sobre el último destino que tuvieron las famosas Constituciones, y aunque él mismo es el protagonista, no podemos dejar de sospechar -como ocurre generalmente en sus Noticias Históricas- que hay en todo ello mucha imaginación, propia de su estilo novelesco, pero sustancialmente debe ser histórico. El relato en síntesis es el siguiente: en marzo NMde 1647 Mons. Próspero Fagnani, secretario de la Congregación obispos y Regulares, pide al P. Fundador que le envíe a un religioso para un encargo que les atañe, y el elegido es el P. Caputi, acompañado por el P. Bonaventura Cantalucci. El encargo consiste en que entreguen en´propias manos al Card. Ginetti las Constituciones nuevas, que han sido hechas -dice- por los PP. Pietrasanta, Cherubini y Ridolfi con el parecer de Gavotti y examinadas por un Padre del Oratorio. Han sido vistas, firmadas y selladas por los cardenales Roma, Spada y Cueva, y los Mons. Fagnani y Albizzi. El único que no firmó fue Ginetti. Los dos mensajeros Caputi y Catalucci, en el trayecto hacia Ginetti, pasan por la iglesia de San Agustín y, como es viernes de cuaresma, entran a oír el sermón de un célebre predicador. Mientras esperan que empiece, les entra curiosidad y rompiendo los sellos del envoltorio leen con interés las esperadas Constituciones. Van directos a San Pantaleón, confiesan la travesura al P. General, quien les regaña, pero se hace leer por completo el texto y les dice que rueguen encarecidamente al Card. Ginetti que impida a toda costa su publicación.

A la mañana siguiente, Caputi y Catalucci van a llevarle al cardenal el paquete abierto y se excusan de la fechoría, añadiendo la súplica del P. General. El cardenal alude simplemente al hecho de que el P. General las leyera y se alegra mucho de que lo hiciera, y les encarga decirle «que nunca verán Ia luz estas Constituciones», «que nunca serán publicadas ni vistas por nadie». Caputi vuelve a casa y cuenta al General la entrevista, asegurándole de parte del cardenal «que las pondría en un sitio, de modo que nadie jamás las pueda encontrar ni ver». Al día siguiente, domingo, Caputi volvió con el P. General a visitar a Ginetti para agradecerle de corazón la promesa de que no se publicarían las Constituciones. Todo acabó con una amabilísima conversación entre el Fundador y el cardenal, que ofreció su carroza para llevar a casa al Santo Viejo, pero éste se excusó por estar cerca San Pantaleón, a cinco minutos del Vicariato. [149]

Sea lo que fuere, dejando de lado las incongruencias novelescas de Caputi, [150] parece indudable que el núcleo del relato consiste en que el Card. Ginetti, como Prefecto de la Congregación de Religiosos -a la que competía en última instancia aprobar Constituciones, antes del breve papal definitivo-, cuando ya habían visto, aprobado, firmado y sellado las del P. Cherubini todos los Prelados competentes, excepto él, se guardó los originales que no fueron presentados a la Congregación ni volvieron a salir de su personal custodia. Por su parte, afirma Berro que las Constituciones «hechas por el P. Esteban» pasaron por manos de los cardenales de la Comisión, fueron aprobadas también por Pietrasanta y retenidas por el Card. Ginetti y «no se ha visto más el original». Pero él sacó copia de «una minuta hecha por el mismo P. Esteban» y la incluyó en sus Memorias, salvando así el curioso texto para la posteridad. [151]

Cherubini y sus colaboradores se atuvieron a las exigencias y limitaciones del breve de reducción y a las ideas «reformadoras» de la Comisión Pontificia, dado que, como se dice en el Proemio, las antiguas habían resultado, según la experiencia, «excesivamente rigurosas y austeras… imposibles de cumplir… suscitando diariamente disensiones y daños». Ciertamente no podían agradar al Santo Fundador, pues con ellas cambiaba casi sustancialmente la fisonomía del escolapio, particularmente por la atenuación de la pobreza y demás austeridades. Ni tampoco podían gustar a la mayoría, quizá, que querían mantenerse fieles al espíritu del Fundador. Pero, hay que reconocer que ciertas críticas de Berro son injustas y aun calumniosas, e intenta descubrir malicia donde no la hay. [152]

La malicia y debilidades de Cherubini iban por otro camino. El breve de reducción, paradójicamente, le había asestado dos golpes: Ie había apeado de su cargo de Superior General al abolir el oficio; y, contrariamente a cuanto se disponía en el decreto de la sesión 5ª. de la Comisión Diputada -mantenerle como Rector del Colegio Nazareno, junto con Pietrasanta-, se le marginaba también, dejando el nombramiento al arbitrio de la Rota Romana. Es probable que todas sus prisas por conseguir un breve permitiéndole salir de la Orden en hábito del clero secular obedecieran no a las razones truculentas que exponía en su súplica, sino a la esperanza de que los Auditores de Rota le confirmaran en el cargo vitalicio de Rector más fácilmente. [153] No fue necesario que hiciera uso del breve, pues los Auditores -con la probable sugerencia protectora de Mons. Albizzi- le mantuvieron en su sitio hasta mediados de julio. Mas de improviso, según escribe el Santo a Berro con fecha del 21 de dicho mes, por cierto accidente ocurrido, «el P. Esteban, según se dice comúnmente, ha renunciado al cuidado del Colegio Nazareno para volverse al siglo». [154] Y ciertamente, algo muy grave debió ocurrir, si por segunda vez decide marcharse.

Con esta misma fecha escribe al Santo desde Nápoles el P. Patera: «he oído que el P. Esteban ha sido cogido, etc., en el colegio por el Hº. Horacio; por favor, dígame cómo y qué., ha hecho porque aquí multi multa dicunt [muchos dicen muchas cosas]. Particularmente, escribe el P. Vicente M.” [Gavotti] a un partidario suyo, que todo son calumnias y persecuciones y que por ello lo acoge y favorece aún más Monseñor [Asesor], añadiendo que por esta razón hay peligro de que sea generalísimo». [155]. El P. Caputi, que estaba entonces de comunidad en S. Pantaleón, nos da otra Larga narración de estos hechos, cuyas líneas fundamentales nos acaban de dar las dos cartas precedentes. El caso fue que el P. Cherubini volvió a las andadas e intentó abusar de un alumno del Colegio Nazareno, el cual recurrió al Hº. Horacio Rinaldi. El nuevo escándalo se aireó pronto, como hemos visto por la carta de Nápoles, y llegó a conocimiento de los Auditores de Rota, algunos de los cuales con disimuladas excusas fueron al Nazareno para cerciorarse de los hechos. Confirmadas las acusaciones, Cherubini fue alejado del Colegio y mandado a Frascati, pero no volvió al siglo, como se esperaba. Los Auditores de Rota recurrieron al P. General para que designara nuevo Rector del Nazareno y propuso al P. Camilo Scassellati. [156]

12. La muerte de Pietrasanta y Cherubini

El P. Pietrasanta sufría del llamado mal de piedra desde 1642, es decir, antes de ser nombrado Visitador Apostólico de las Escuelas Pías. La enfermedad se fue agravando progresivamente con dolores tan insoportables que decidió someterse a operación quirúrgica el 3 de mayo de 1647 . El P. General de la Compañía, Vicente Caraffa, le ofreció la celebración de 500 misas para el buen resultado de la operación, y él las aceptó queriendo que se aplicaran a las almas del Purgatorio para que le protegieran. Llamó al P. Nicolás Mª. Gavotti, de quien se había servido como delegado de la Visita Apostólica para algunas casas, comunicándole la decisión de su inmediata operación, rogándole que le encomendaran en sus oraciones los religiosos de San Pantaleón. Y así se hizo.

La operación resultó con éxito, pero los dolores postoperatorios no le dejaban dormir. Pidió calmantes y le suministraron opio la noche del 5 de mayo, y pudo conciliar el sueño, pero ya no despertó. A la mañana del día 6 le encontraron muerto en la cama. Tenía cincuenta y seis años. Su cadáver fue expuesto en la Iglesia del Gesü y algunos padres de San Pantaleón fueron a verle, como confiesan de sí mismos Berro y Caputi. [157] El P. Fundador -cuenta Berro- pidió al P. Juan García, rector de la casa, y al señor Pedro Ciesi, maestro de la clase de música de las Escuelas Pías, que se celebrara una solemne misa cantada de réquiem por el P. Pietrasanta y rogó también a todos los sacerdotes que aplicaran misas y sufragios por su alma, «tal como se acostumbra hacer por nuestros Superiores religiosos». [158] Muchos le ofrecieron misas privadas, pero la misa cantada no se tuvo, para no dar ocasión a que alguien lo interpretara torcidamente. El Santo, sin embargo, lo sintió, porque «lo deseaba verdaderamente de corazón -sigue escribiendo Berro-, para devolver bien a quien tanto mal nos había hecho». Y añade esta notable afirmación: «Yo puedo decir con toda verdad y afirmar que N. V. P. Fundador no hablaba nunca de dicho P. Pietrasanta, sino en bien, excusando todas sus acciones, y cuando alguien persistía en lamentarse, lo reprendía con mucho énfasis, manifestando particular disgusto». [159] Quizá esta actitud no era simplemente fruto de esa caridad heroica que exige amar a los enemigos, sino expresión a la vez de que el Santo sabía algo más de la intimidad del P. Visitador, que intentó de veras salvar a la Orden como tal y defendió su derecho a enseñar ciencias, humanidades y latines, pero en otras cosas se sintió forzado «por los de arriba» a condescender con sus exigencias contrarias al bien de la Orden. Y eso no era malicia, sino debilidad.

El mismo día 6 de mayo volvió a Roma Cherubini, probablemente al enterarse de la grave situación de Pietrasanta. Fue a verle al Gesù, pero se lo encontró ya de cuerpo presente en el catafalco. Parece ser que ya no regresó a Frascati, pero se encontraba como desplazado, sin saber adónde ir. Berro habla de esta situación en términos dramáticos que mueven a compasión. Dice: «al verse aborrecido por toda la Curia Romana [¿quiza por su reciente escándalo en el Nazareno?], señalado con el dedo por todos, llamado destructor de las Escuelas Pías y que ni siquiera lo querían los Padres en San Pantaleón, y que por lo demás tenía que ir vagando por Roma, solo, como un fracasado, se envenenó todo y se le corrompió la sangre de tal manera que le salió una especie de roña que ni con purgas, ni con unturas podía curarse y cuantos más remedios se le aplicaban era peor, así que de roña se volvió lepra de la pésima, quedando por algunos meses en las partes ocultas…». [160] Quizá clínicamente no sea válida del todo la explicación de Berro, pero que era lepra lo confirma el testimonio que aduce del Dr. Juan Ma. Castellani, que fue -como ya dijimos- médico personal de Gregorio XV, profesor de la Universidad de la Sapienza, y a la vez médico de la comunidad de San Pantaleón y gran amigo del P. Fundador.

Probablemente desde su regreso de Frascati fue recibido en el Colegio Nazareno por su rector, P. Camilo Scassellati, futuro tercer General de la Orden. Se hallaba entonces el Colegio en el Borgo Angélico «detrás de los Arcos o Puente que va del Vaticano al Castillo de Sant’Angelo, cerca de la iglesia de Santa Ana». [161] Y pasamos la palabra al P. Scassellati, que declara en el proceso informativo ordinario del Santo:

«Yo soy-testigo de que uno de estos de quienes había recibido [el P. Fundador] muchos agravios, que se llamaba Esteban Cherubini, habiendo llegado al puntode muerte en el principio de su enfermedad me impuso que en su nombre pidiese perdón a dicho P. General de los agravios que le había hecho y de los disgustos que le había dado. Al cumplir yo este encargo, el P. General enardecido en el rostro y cruzando los brazos con gran espíritu dijo estas precisas palabras: “De todo corazón le perdono, le perdono de todo corazón; así perdone Dios mis pecados. Yo no he deseado nunca otra cosa que la salvación de su alma”. Palabras dichas con tanto espíritu, que cada vez que las recuerdo seriamente, no puedo contener las lágrimas. Y a mi sencilla petición vino a visitarle dos veces al Borgo, al Colegio Nazareno y lo consoló como Padre amable, exhortándole a la salvación del alma». [162]

Cuenta Berro por su parte que él acompañó al P. General a visitar al P. Esteban, que estaba en cama, como aletargado, pero al oír el saludo del P. José volvió en sí y con gran alegría le dijo: «P. General, ayudadme que estoy muy mal…», y «en presencia de todos nosotros .

-añade Berro- le pidió perdón en general de todos los disgustos que le había dado. N. V. P. Fundador le dio la bendición y le exhortó paternalmente a actos de contrición de las culpas pasadas y a la esperanza de la divina misericordia». Le dijo que se confesara, y él quiso hacerlo con el Santo, pero éste se negó, recomendándole que lo hiciera con más tranquilidad con el P. Juan García. Terminada la visita, se volvió a San Pantaleón y mandó al P. García, que le confesó. Luego comulgó y al poco rato le dio un delirio del que ya no volvió en sí, y al entrar en agonía se le administró la Extremaunción. Murió a mediodía del 9 de enero de 1648, a los cuarenta y ocho años de edad. Fue trasladado el cadáver en privado a San Pantaleón, donde le hicieron los funerales y fue enterrado el día 10 hacia las 5 de la tarde en San Pantaleón. Ese mismo día escribió el Santo Fundador en una carta a Nikolsburg:

«Esperamos también aquí nosotros algo en favor de nuestro Instituto, habiendo pasado a la otra vida ayer, a las 19 horas, el P. Esteban de los Ángeles y esta tarde a las 23 ha sido enterrado en nuestra Iglesia de San Pantaleón, al cual, tanto en la enfermedad como después de muerto todos nuestros Padres le mostraron particular caridad y benevolencia, con mucha satisfacción de sus parientes y amigos». [163]

Así acabó la triste historia de Cherubini, sin que sepamos si su gran amigo y protector Mons. Albizzi se dignó hacerle alguna visita en su última enfermedad o a su cadáver, mientras estuvo expuesto en San Pantaleón.

13. Resquicios de esperanza

El fracaso de tantas intervenciones diplomáticas y otros intentos para conseguir algo positivo, hace que el Santo Fundador desconfíe cada vez más de los medios humanos y espere los auxilios divinos. Concretamente alude a ellos en la muerte de algunos personajes. La triste noticia de la del rey de Polonia le hace expresar en dos cartas la esperanza de que desde el cielo podrá conseguir más favores ante Dios de los que consiguió en la tierra ante su Vicario. [164] La muerte de Cherubini le da también esperanzas en sentido inverso, es decir, por haber desaparecido un obstáculo. Probablemente, su mayor confianza en estas ayudas de los difuntos se la dio la muerte del P. Pedro Casani, sobre todo por la afluencia de gente que asistió a sus funerales y ciertos rumores de que había obrado gracias o milagros, todo lo cual testificaba su fama de santidad y, por consiguiente, su mayor poder de intercesión. Murió el día 17 de octubre de 1647 a las 9 de la noche. En tres cartas escritas el 19 repetía el Fundador el mismo párrafo comunicando la noticia. Decía:

«Plugo a Dios Bendito que nuestro P. Pedro de la Natividad de la B. Virgen, después de larga enfermedad se le agravase el mal con un catarro muy fastidioso. Y como en el curso de su vida vivió muy devotamente, así plugo a Dios Bendito que el jueves por la tarde, 17 de los corrientes, en edad de 76 años, a dos horas y media de la noche. [las.9] muriera santamente. Llevado su cuerpo a la iglesia, todo el día del viernes hubo innumerable afluencia de pueblo. Nada diré por ahora de las gracias que algunos han recibido, salvo que fue necesario para impedir tanta afluencia meter el cuerpo dentro de casa. Esperamos que ayudará a la Religión más en la muerte que en vida. Tengan la bondad de hacerle los sufragios acostumbrados y si pasara algo de nuevo respecto a su cuerpo, les avisaremos». [165]

Antes de terminar el año 1647 empieza a interesarse por recoger información «sobre la vida, virtudes y obras maravillosas», obradas por Dios por intercesión del P. Casani. A principios de 1648 hizo editar un folleto con la imagen del mismo y con el título de ‘Venerable’, «con licencia -dice- del Maestro del Sacro Palacio», con la esperanza de que «ahora ruegue por las necesidades de la Religión». Tiene, pues, intención de iniciar el proceso de Beatificación, pero, como dice a primeros de agosto de 1648, «veo también ahora las dificultades que hay al presente por falta de dinero para llevar a un notario y otros ministros por tantos lugares diversos. Me parece que será mejor diferir esto para otra ocasión más oportuna». [166]

El sembrador de esperanzas se iba acercando también a la muerte. Al escribir la citada carta sólo le quedaban 25 días de vida. Sin duda, mucho hubiera sido mantener su ilusión y su confianza en vivos y difuntos hasta el último momento y haber legado a los demás su optimismo. Pero, en realidad, hubiera sido demasiado poco. Hacía falta algo más que promesas y esperanzas. En aquel ambiente cerrado, en que las puertas sólo servían para salir, había sensación de asfixia. Y el Santo Viejo tuvo la inmensa satisfacción de ver abrirse una nueva puerta: la del noviciado.

En el nefasto decreto ‘In causa P. Marii’ del 15 de enero de 1643, por primera vez se había prohibido la admisión de nuevos novicios sin licencia del papa, licencia que no se había concedido nunca desde entonces. A mediados de 1645, dando crédito a ciertas cartas llegadas de Génova, que aseguraban que ya había licencia para vestir novicios, el P. Salazar Maldonado y su comunidad de Caller (Cerdeña) admitieron a siete novicios, pero al recibir luego noticias de que tal licencia aún no existía, escribió dicho Padre a Cherubini explicándole el error y rogándole por amor de Dios que no lo dijera a nadie «ni menos a la Comisión, porque es cosa certísima que si esto se sabe, sucedería alguna ofensa de Dios y la ruina de alguien». [167] Y el mezquino Cherubini lo comunicó a la Comisión, de modo que medio año más tarde Pietrasanta se servía de ello para acusar a toda la Orden de desobediencia a la Santa Sede. [168]

El decreto de la sesión 5ª. de la Comisión Diputada ‘renovaba’ la prohibición del breve ‘In causa P. Marii’ de admitir al hábito a nadie «sin licencia de la Santa Sede», pero una mano desconocida borró esta alusión a las licencias pontificias, de modo que el Breve final de reducción prohibía categóricamente la admisión de nuevos candidatos al hábito religioso. [169] El Santo respetó la prohibición, escribiendo el 5 de abril de 1647: «aquí no se ha dado el hábito a nadie hasta ahora». [170] No obstante, la cuestión no parece que estaba muy clara, porque en julio de 1646 escribía el Fundador a Nikolsburg que el P. Salazar Maldonado había ido a Roma y «el Card. Vicario Ginetti le había exhortado a que diera libremente el hábito a novicios, dado que antes de que pasasen los dos años de noviciado dijo que se encontrará remedio para hacerlos profesar». [171] De nuevo, en octubre, escribe a Nikolsburg, matizando que no se puede vestir novicios «conforme a las Constituciones antiguas». [172] Pero sea por lo ya permitido en Cáller o por concesiones del obispo local, el caso es que en mayo de 1647 se empieza a admitir novicios en Nikolsburg. [173] Mas no debe ser la cosa muy ortodoxa, si en julio de ese mismo año presenta el Santo cartas de Bohemia a la Congregación de Propaganda Fide, pidiendo licencias para vestir novicios y el secretario Ingoli apoya la petición, sin que se consiga una concesión expresa. [174]

Sé llega por fin a enero de 1648 en que Mons. Albizzi da una interpretación de la prohibición del breve, según se expresa el P. General en carta a Nikolsburg: «No le he escrito antes en los dos correos anteriores, esperando saber la voluntad de Mons. Asesor, el cual anteayer dijo a dos de nuestros Padres que no tenemos prohibido dar el hábito, y que podemos vestir tal como estamos ahora, pero no dar la profesión sin nueva orden de S. S.» [175] A mediados de julio completaba el Santo la noticia anterior con esta otra: «En cuanto a dar el hábito a novicios, no hay Breve particular, sino licencia por escrito del Emo. Card. Vicario y

dice que podemos vestir conforme al Breve, pero no se puede admitir a la Profesión a iradie sin nueva orden de S. S.»[176]

No se puede menos de reconocer la benevolencia del Card. Ginettiti y de Mons. Albizzi al conceder licencia para vestir de nuevo a novicios interpretando lo establecido en el Bqeve. Pero, francamente, no hay leyes exegéticas que permitan tal ‘interpretación. Por otra parte, nuestra admiración sube de punto al constatar la coincidencia de ambas opiniones en que no se puede admitir a nadie a la Profesión sin ‘nueva orden de S.S.» Tal licencia posible de S. S. quedaba excluida también en el Breve. Y con mucha lógica, pues la nueva Congregación de las Escuelas Pías no debía tener votos. Todo este embrollo de licencias y a prohibiciones con Breve o sin Breve -como otras veces- delatan a Albizzi. No obstante, el primero que da «licencia» expresa para vestir es Ginetti en julio de 1646 al P. Salazar, mientras Albizzi la da año y medio más tarde, en enero de 1648, que es cuando se empieza  a generalizar.

Desde la «concesión» de Albizzi empieza, en efecto, el P. General a comunicar a todas partes la posibilidad de vestir novicios y en San Pantaleón empiezan a aplicarla a fines de mayo de 1648. [177] Sin embargo, cuando en Nápoles admitieron a los primeros novicios, el cardenal Filomarino llamó a los superiores locales pidiéndoles razón de su osadía por estar prohibido por el breve. Le explicaron que el Vicario General de la diócesis les había dado licencia de viva voz y que en Roma se admitían ya novicios con todas las licencias de la Curia Romana. Pero el despótico Cardenal, sin atender a tales razones, metió en la cárcel pública a tres Padres: Francisco Trabucco, Juan Francisco Apa y Marcos Manzella. Escribieron a los de Roma, y Berro –que lo cuenta- se encargó del asunto, recurriendo a los Mons. Albizzi y Farnese y al Card. Ginetti. Dos cartas tuvo que escribir Albizzi al Cardenal de Nápoles para forzarle a liberar a los pobres encarcelados, después de más de cuarenta días de prisión, diciéndole «que no había nadie que pudiese saber mejor la mente del Papa Inocencio X y que era una injusticia tenerles prisioneros». [178] Que era exactamente la idea de Albizzi y, por tanto, que Berro es fiel en transcribirla lo prueba otra carta del Monseñor, escrita el 10 de mayo de 1653 al obispo de Savona, que aún sentía escrúpulos por conceder licencias para vestir. Decía Albizzi que al reducir el papa la Religión de las Escuelas Pías en Congregación «no fue intención de S. S. prohibir que pudieran vestir, con tal que no se les obligara a cualquier clase de votos, no queriendo que se extinguiera el Instituto tenido por útil en la Iglesia. De esta intención de S. S. estoy plenamente informado por haber sido Secretario de aquella Comisión y haber redactado la Bula». [179]

Un poco tarde aclaraba Albizzi su propia mentalidad y aun la del Papa, aunque más que aclaración era tergiversación, pues todos habían entendido el Breve como prohibición absoluta de admitir novicios. Cabría sospechar, ante estas incongruencias interpretativas de Albizzi que después de tanto forcejeo de la Corte de Polonia y de otros personajes, tanto el Papa como Albizzi comprendieron que habían ido demasiado lejos y «no pudiendo retractarse», decidieron dar esta extraña versión del breve, que en realidad no era sólo un resquicio de esperanza, sino una verdadera puerta abierta de par en par.

En estos últimos años, tan cargados de tribulaciones, debieron parecerle también como nuevas puertas abiertas a la esperanza las dos propuestas de fundación en España, concretamente en los Reinos de Valencia y Aragón. La primera la ofrecieron los Marqueses de Quirra y Nules y Condes de Centelles (Castellón) en agosto de 1646, residentes entonces en Cáller. La Marquesa era dirigida espiritual del P. Salazar, y ambos muy afectos y bienhechores del colegio. El P. Salazar, sin duda, les informaría de la prohibición de fundar y del estado lamentable en que se encontraba la Orden después del breve de marzo de aquel mismo año. Por ello, la Marquesa alude a la intervención buscada de un agustino, Asistente de España, «para que alcanze de el Sr. Cardenal Ginetti licenzia para dilatar esta Religión al Reino de Valencia, donde tenemos nuestro estado… y… comodidad de podérsela hazer a los Padres». [180] El P. General se excusó, no pareciéndole oportuno hablar de ello con el papa, «habiendo mostrado ánimo de querer más bien extinguirla que extenderla [la Religión], pero si el Señor nos consuela poniéndola de nuevo en pie, v. Sría. Ilma. será servida en primer lugar». [181] Y así quedó la cosa…

La segunda petición se la dirigió el 4 de febrero de 1648, a nombre del Consejo Real de Aragón, don Miguel Pablo Gamón, que termina su carta diciendo: «holgaríame cierto ser instrumento para la introducción de tan Santa Religión y tan provechosa al bien común y particularmente de los menesterosos». [182] A esta petición, cuya respuesta no conocemos, puso el Santo mayor interés, relacionándola con su amigo y casi paisano don Miguel Jiménez Barber, que había manifestado su deseo de ser escolapio y que Calasanz ya le veía en Cerdeña haciendo el noviciado y partiendo luego con algunos Padres a fundar el primer colegio de Escuelas Pías en sus tierras de Aragón. [183] Pero todo quedó también en agua de borrajas.

14. Ultima enfermedad, despedidas y milagros

Estaban acostumbrados a llamarle el Santo Viejo, pero nadie sabía exactamente su edad; sin duda, era avanzadísima, casi rozando ya lo inverosímil. Y si por carta hacía ya tiempo que le deseaban y pedían a Dios le conservara aún la vida por muchos años, es que en realidad temían que se les fuera de un momento a otro. El P. Salazar le escribía en marzo de 1645: «El Señor nos lo guarde un poquito más, pues le necesitamos mucho»; y en abril de 1646: «padre mío, yo sufriré mientras v. P. viva (si no muero antes, y ojalá Dios lo quiéra, para no ver tal ruina), porque no puedo creer que la bondad del Señor le haga morir con tanto dolor. Pero si V. cierra los ojos y nosotros quedamos así, se acabó el Instituto. Hasta ahora he luchado, rogado y procurado que algunos de aquí no dejaran el hábito y por ello digo que los de Cáller seremos los últimos en morir, pero si V. P. vive». [184] Y se equivocaba. Ni aun para la continuación de las obras de Dios son necesarios los santos.

A mediados de julio de 1648 salió de casa por última vez el ya achacoso P. General, acompañado del p. Angel Morelli y del joven clérigo siciliano Juan Domingo, para ganar ciértas indulgencias en la vecina iglesita de San Salvador, hoy desaparecida, que estaba situada en el extremo del actual Palacio del Senado, que da a la fachada de San Luis de los Franceses. Al volver hacia casa tropezó con una piedra y se lastimó el pie descalzo, pues llevaba sandalias «a la apostólica».No fue. gran cosa, pero lo suficiente para que le retuviera en casa sin poder salir. [185]

El primero de agosto, sábado, celebró su última misa, después de la cual se sintió indispuesto y se echó en la cama. Pero al día siguiente, aun siendo domingo, no se atrevió a decir misa por sentirse sin fuerzas, y esperó la hora de la misa de niños que se tenía todos los domingos en el oratorio doméstico, contiguo a su habitación. La celebró el P. Berro y el Santo Maestro asistió rodeado de los alumnos, recibiendo la comunión. Y éste es el momento que inmortalizó Goya en su célebre cuadro «Ultima comunión de San José de Calasanz», [186] más exacto si hubiera añadido «entre los niños», pues todavía comulgó varias veces antes de morir

La persistencia de su indisposición aconsejó llamar a los médicos, concretamente a cuatro en distintas ocasiones, que fueron: Juan María Castellani, ya médico de Gregorio XV, gran amigo y fundador con sus hermanos del Colegio de Cárcare y catedrático de Anatomía de la Universidad cercana de la Sapienza; Pedro Prignani, médico ordinario de casa, Ludovico Berlanzani y Juan Jacobo, médico que fue de Pablo V y su familia Borghese. Todos estaban de acuerdo en que era debilidad, cosas de la vejez, sin darle mayor importancia. Pero el enfermo insistía en que era cuestión del hígado, cuya dolencia padecía desde muchos años atrás. Y comentaba a los suyos: «Los médicos no conocen mi mal. Cuando el Señor quiere llevarse a uno al cielo, quita a los médicos el conocimiento del mal, para que no apliquen los remedios oportunos». [187] Y el remedio casero que usaba él para calmar sus ardores era aplicarse al costado una lastra de mármol que mojaba con agua fresca. [188] Otro remedio que prescribió el doctor Castellani, contra la opinión de los otros médicos, fue hacerle una sangría, recurso bastante frecuente entonces para muchos males.

De lo que más sufría, al parecer, era de sed, tanto por el ardor del hígado como por fiebre alta y continua y en pleno agosto romano. Los médicos le prohibieron beber, por lo que tenía que resignarse a mojarse la lengua o enjuagarse la boca. Un día le visitó un gran amigo, noble inglés, llamado Tomás Cocchetti, a quien había favorecido desde su llegada a Roma en 1616. [189] Y he aquí lo que contó de esta visita el P. Angel Morelli el 6 de marzo de 1652 como testigo en el Proceso Informativo:

«… estando muy abrasado por la fiebre y no pudiendo apenas hablar, le dijo el Sr. Tomás Cucchetti (sic), [189] gentilhombre inglés, camarero del entonces Rey Carlos Stuart de Inglatera, que tomara tajaditas delgadas de limones pequeños con azúcar y se las pusiera sobre la lengua, pues se la mantendrían más fresca; así hacía dicho Rey de Inglaterra. Habiéndole nosotros preparado algunas tajaditas cogió una, pero luego reflexionando que había sido un remedio usado por aquel hereje no quiso usarlo en modo alguno, abominando de aquel remedio por relación a la persona que lo había inventado. Y todo sucedió en mi presencia; más aún, yo mismo le serví dichas cosas». [191]

Berro añade en su narración que en aquel momento entró él en el cuarto y preguntó qué pasaba. El P. García se lo explicó y entonces terció Berro para convencer al Santo Viejo, diciéndole: «padre, los limoncitos han nacido en Roma; el azúcar será de España o Sicilia; el

Rey Carlos ha muerto hace muchos años; os los damos nosotros, que somos sus hijos, que tiene que ver, pues, el ‘Rey Carlos’?» Mas de nada valieron estas palabras -continúa Berro- y no hicieron más que aumentar sus protestas: «No lo quiero, no lo quiero, que es invención de un hereje», y conminó al P. Caputi, que tenía en sus manos la tacita de limones, que los tirara por la ventana. [192]

Aunque un tanto exagerada la reacción, manifestaba con ello el Santo su aversión a la herejía y su profunda adhesión y reverencia a la fe católica que es lo que procuran resaltar los testigos-con esta famosa anécdota. Quizás esto le hizo reflexionar para buscar un medio más positivo y elocuente de profesar su fe, como veremos luego. Es curioso, sin embargo, que la biografía tradicional calasancia hasta el día de hoy atribuyó la invención de aquel remedio a Enrique VIII, contra quien iría concretamente la aversión del Santo enfermo. [193] Pero Morelli y Berro nombraron al Rey Carlos, y Caputi habló simplemente del «Rey de Inglaterra», sin darle nombre en un principio. [194] Y quien, podía zanjar la cuestión, es decir, el Sr. Cocchetti, nada dijo de esto en su declaración procesal, pero sí recordó que había servido «la Majestad del Rey de Inglaterra, ‘por nombre Jacobo Estuardo’, de camarero secreto». [195] Por consiguiente, lo más seguro es que «el Rey hereje» fuera Jacobo I de Inglaterra (1603-1625), hijo de María Estuardo, cuyos secretos y detalles de alcoba y mesa debía conocer bien su camarero, Tomás Cocchetti, y no los del lejano Enrique VIII (+ 1547). [196]

Desde que se corrió por Roma la noticia de que el P. José de las Escuelas Pías estaba gravemente enfermo, empezó un desfile interminable de ex alumnos, viejos amigos y personalidades de rango o enviados de las mismas que iban a visitarle… y a despedirse. Los testigos oculares recuerdan nominalmente a los religiosos: P. Constantino Palamolla, barnabita, santo varón, de noventa años como él, hermano del secretario del cardenal Ginetti; P. Tomás del Bene y P. Zacarías Pasqualino, célebres teatinos de la cercana comunidad de Sant’Andrea della Valle; P. Lucas Wadding, franciscano irlandés, fundador del convento romano de San Isidoro, que tuvo encontronazos con Mons. Albizzi; P. Vicente Cándido, dominico, Maestro del Sacro Palacio, con quien habló -recuerda Caputi- del P. Nicolás Ridolfi, General de los Dominicos, depuesto y encarcelado en el pontificado de Urbano VIII; [197] a los cuatro Monseñores’, ex alumnos suyos, Bernardino Biscia, Nicolás Oreggio, Carlos Vicente de Totis y Juan Francisco Ferentillo, Auditor del cardenal Antonio Barberini; a los enviados personales de algunos cardenales, como don Julio César, Maestro de Cámara del cardenal Ginetti, que le visitó varias veces; don Juan Bautista, hermano del cardenal Pallotta; don Julián, hermano del cardenal Giustiniani; otros mensajeros de los cardenales Lanti, Franciotti, Chigi, Cecchini, Colonna, así como del Condestable Colonna; a Pedro della Valle y sus cuatro hijos, todos discípulos de las Escuelas Pías. Quizás las lamentables condiciones en que había quedado el Fundador y su obra, prácticamente en desgracia de la Santa Sede, impidieron «diplomáticamente» la visita personal de todos estos y otros purpurados amigos. El único que se sabe que estuvo en casa fue el cardenal Sacchetti, forzado un poco porque el día de los Santos Justo y Pastor (6 de agosto) se dedicó una solemne Academia o velada a dos nepotes suyos, y es de suponer que entrara a ver al Santo moribundo.

Hubo otras dos visitas especiales que acabaron en milagro: la de Sebastián Previsano, tendero de los bajos de San Pantaleón, que conocía al P. José desde hacía más de cuarenta y un años. Subió con muletas hasta la habitación del santo amigo y bajó sin ellas, después de haberle trazado la señal de la cruz al enfermo sobre la rodilla impedida. [198] El otro agraciado fue el niño de cuatro años Francisco Domingo Piantanidi. Su padre Félix, notario, había sido discípulo del P. José. Su madre, viuda ya, le llevó a San Pantaleón, empeñada en que alguien subiera al niño al cuarto del Santo para que le tocara los pies, deformes de nacimiento, por lo que llevaba siempre zapatos ortopédicos. El P. Fedele lo llevó al P. José, acompañado del P. Caputi, y le rogaron que tocara los pies del niño y rezara por él. No sin cierta resistencia por sospechar que pretendían un milagro, el Santo Viejo hizo ambas cosas. Y a los cuatro días volvía la madre con el niño curado y con zapatos nuevos, para agradecer de algún modo la gracia recibida. [199]

Y ya que de milagros hablamos, no podemos omitir dos famosas visiones o sueños o apariciones, reveladas por el Santo a algunos confidentes. Coincidieron un día en su habitación para visitarle el P. Castelli, que residía en el Noviciado del Borgo, y el P. Camilo Scassellati, Rector del Nazareno. De lo que confesó el P. General entonces hicieron declaración jurada ambos en el Proceso informativo de 1651-1653. El P. Castelli depuso:

«… fui a visitarle y le dije: “Padre, me temo que queréis hacernos una mala pasada; queréis dejarnos; me da de ello mucho miedo”. Respondióme: “Estoy en las manos de Dios; haga S. D. M. cuanto le plazca”. Y al replicarle yo “En todo caso, V. P. no puede caer sino de pie”, él me respondió bajito, confidencialmente: “Sí, la Virgen me lo ha dicho, que esté contento y que no dude de nada”. Quedé yo suspenso ante aquella declaración, y para que la repitiera le dije: “¿Cómo, Padre, cómo está eso?” Y él repitió lentamente: “La Virgen dé los Montes me ha dicho que esté contento, que no dude de nada”. Y lo hice repetir para que lo oyera otro Padre y lo repitió». [200]

En términos análogos hizo su declaración ese otro Padre, que era Scassellati, confirmándola otros, como Armini y Bianchi, que lo sabían de oídas, y especialmente Caputi, que asegura que el Santo lo volvió a revelar a él y a los PP. García, Berro, Morelli y al Padre barnabita Constantino Palamolla. [201] A este último hizo otra portentosa revelación, estando presentes en la habitación el P. Castelli y el P. Berro, que es quien la cuenta. Debió ser otro sueño o visión en la que fueron a visitarle todos los escolapios difuntos hasta entonces. Unos estaban de pie y otros sentados. Y preguntó el Santo al P. Constantino qué podría significar esa diferencia. El barnabita le preguntó a su vez con quiénes estaba el P. Glicerio Landriani, y el Santo respondió que con los sentados. Dedujeron, pues, que los sentados estaban ya en la gloria y los demás en el purgatorio. Añadió todavía el Santo que solamente faltaba uno, y al preguntarle luego Berro quién era, no quiso responder. [202]

15. La muerte del justo

Durante su vida romana fue muy devoto de San Carlos Borromeo y de San Felipe Neri y en su lecho de muerte dio las últimas pruebas de ello: a petición propia o insinuación ajena le trajeron un bonete de San Felipe, venerado entre las reliquias de su habitación de Chiesa Nuova, y el P. Palamolla le trajo un cíngulo de San Carlos Borromeo, conservado en la Iglesia de ‘San Carlo ai Catinari’, propia de los barnabitas.

Ambos objetos se puso el enfermo con suma veneración, aunque no para pedir la salud. Cuenta Morelli que rezaba el rosario muchísimas veces, de día y de noche, durante su última enfermedad, [203] y fue una de las devociones que más recomendó a sus religiosos en aquellos días, como recuerdan entre otros testigos Berro y Caputi. [204] Fue también fiel hasta el último momento a la otra profunda devoción de su vida: la Pasión y Muerte del Señor, y se la hizo leer con frecuencia durante la última enfermedad. Dio también testimonio de pobreza suma, queriendo expresamente desprenderse de todo lo poco que tenía en su cuarto entregando lo al Superior, P. Garcia, para morir sin nada propio. El noble inglés Cocchetti declaró en el proceso: «lo que más he admirado entre todas las cosas de este Padre ha sido su gran pobreza, y puedo decir que todo lo que tenía en su celda a la hora de su muerte, esto es, cama y vestidos, creo que no valía ni un escudo, tan raídos y viejos estaban». [205]

Para muchos, sin embargo, todas aquellas cosas míseras que le rodeaban empezaron a adquirir un valor incalculable como reliquias de un Santo y con más o menos disimulo se las llevaban, como tazas, platitos y tarros de loza, un par de sandalias que había debajo de la cama, prendas de ropa, varios solideos que le ponían y quitaban con la excusa de que estaban sudados, etc.

Pocos días antes de morir llamó al P. José Fedele y le encomendó que fuera a pedir al Cardenal Datario, Cecchini, que le consiguiera del Papa Inocencio la Bendición Apostólica e indulgencia plenaria ‘in articulo mortis’, y la obtuvo con inmensa satisfacción. Si para otros era un signo normal de veneración y adhesión postrera al Papa y a la Santa Sede, [206] para Calasanz adquiere este gesto un matiz más emotivo y profundo, si se piensa que aquella mano cuya bendición suplicaba era la misma que dos años antes había firmado el breve de reducción, deponiéndole a él definitivamente de su oficio de General y condenando a la Orden al exterminio lento, pero inexorable. El mismo día mandó también a los PP. Berro y Caputi a la Basílica Vaticana para que besaran el pie de la estatua de San Pedro, pidieran su bendición y -matiza Morelli en su declaración procesal- «en su nombre hicieran protesta a S. Pedro y Stos. Apóstoles de que quería morir en la santa fe católica» [207].Y así lo hicieron. Con ello completaba más dignamente su gesto anterior de rechazar la receta refrescante de limón y azúcar del «hereje Rey de Inglaterra».

No es posible concretar en qué días volvió a recibir la comunión desde que se metió en cama; quizá los domingos, que fueron los días 9, 16 y 23, y el día 15, festividad de la Asunción, y alguna vez más. [208] Tanto Caputi como Berro recuerdan escenas distintas de estas últimas comuniones, hechas en presencia de muchos religiosos de la comunidad, con exhortaciones conmovedoras del Santo, consciente de que se iba. Caputi, por ejemplo, describe una ocurrida en la madrugada del día 10 ó 12 de agosto, en que recibió el viático por vez primera. Estaban presentes Berro, Morelli, Caputi y cuatro o cinco más. El P. García le dio la comunión, pero antes de recibirla -traduce y resume Bau-, (comenzando por pedir perdón a cuantos hubiese ofendido, se explayó en exhortación conmovidísima, llena de recuerdos y de consejos, hablándonos de la santa humildad, de la paciencia en los trabajos, de la caridad fraterna, bendiciendo y llamando hijos queridísimos a los presentes y ausentes, a los de Roma y de las otras casas y perdonando de corazón a cuantos a él le habían ofendido, repitiéndoles también el título de ‘hijos amadísimos’. Y si nuestras lágrimas brotaban empujadas por la ternura y el amor que le profesábamos, las de él no eran en menor número, pues había roto a llorar desorbitadamente, como si todos los afectos del alma se le escaparan por los ojos, y por aquellas expresiones de ‘hijos queridísimos’» [209] Tanto Berro como Caputi coinciden en que la mañana del domingo 23 recibió de nuevo el viático y tuvo otra fervorosa exhortación a toda la comunidad presente.

Se acercaba el fin. «Al anochecer de aquel domingo (23 de agosto) -sigue traduciendo Bau- pidió por favor a los Padres que le administraran el Sacramento de la Extrema Unción, protestando querer recibirlo con pleno conocimiento. Se tocó la campanay acudieron todos los Padres y Hermanos al oratorio. El P. Castilla, su confesor y Rector, se lo administró en su contigua habitación, con las preces acostumbradas, y él con su habitual devoción respondía a todo, mientras toda la comunidad y algunos seglares que se agregaron llorábamos conmovidos». [210]

Pasó el domingo 23 y el lunes 24, y aquella noche se quedaron a velarle los PP. Berro y Morelli. Hacia la medianoche, declaraba Morelli en 1652,

«estaba yo rezando maitines del día siguiente, arrodillado junto a su lecho y al darme cuenta de que le iba faltando la respiración… llamé al P. Vicente [Berro] que estaba descansando en la misma habitación sobre un arcón, y me fui a tocar la campana para que vinieran todos los Padres y Hermanos de casa, como hicieron en seguida, para asistir a su muerte. Y mientras el P. Rector, Juan de Jesús María,-alias Castilla, decía las últimas oraciones que se dicen en la recomendación del alma, según el Ritual Romano, repitiendo el mismo P. General, por lo que se adivinaba en él movimiento de los labios, el nombre de Jesús, que otros Padres le sugerían, expiró con grandíéima paz, como si entrara en un dulce sueño». [211]

Los recuerdos de Berro son más tardíos, de 1664, y añaden otros detalles, como éstos:

«El Venerable Padre -durante la recomendación del alma- contestaba a todo. Alzó el brazo derecho como para bendecir y en este momento, sin movimiento ni estertor, sin ahogó ni torcimiento de labios voló al cielo pronunciando tres veces Jesús, Jesús, Jesús. Eran las cinco y media [o sea, la una y media según el computo actual] de la madrugada del martes, día 25 de agosto de 1648. Quedó su cuerpo tan hermoso y bien parecido como si vivo estuviera… De todos nosotros se apoderó una singular e interna alegría que nos tenía como fuera de sentido y de tal modo consolados que nos parecía estar de fiesta en vez de luto y en lugar de abatirnos por el dolor propio del caso, experimentábamos gozo común y universal». [212]

¡Preciosa ante los ojos de Dios -y de los hombres- la muerte de sus Santos!

El P. Rector encomendó a los pp. Berro y Caputi y a cuatro Hermanos que lavaran el cadáver según costumbre y lo prepararan para el funeral, mientras los demás volvían a la cama, dada la hora de la noche. Siguieron siendo, pues, testigos de lo ocurrido, entrando con estupor en la atmósfera de lo prodigioso -si no exagera el relator Caputi en sus memorias-. Al levantar la cubierta de la cama, todo estaba limpísimo, a pesar de no haberle cambiado las sábanas durante las tres semanas de enfermedad y haber sudado tanto; es más, el lecho olía a rosas frescas y «lo puedo jurar con juramento», dice Caputi, y «al quitarle la ropa para proceder a aquel último servicio del lavatorio -resume Bau-, el cadáver acudió con su mano derecha a cubrir lo que sin inmodestia no puede verse, y al cambiarle de posición repitió el gesto con la mano izquierda». [213] Lo vistieron con su sotana y con ornamentos sacerdotales y lo dejaron expuesto en el oratorio contiguo.

Al amanecer fueron avisados los PP. Rectores del Noviciado y del Nazareno, y una vez llegados, se tuvo a puertas cerradas el oficio y Misa de difuntos. Los tres Rectores decidieron no comunicar la noticia todavía, excepto al Card. Ginetti, como Superior de la Casa, y reservaron todo el día 25 para velarle los de la comunidad y poder sacarle la mascarilla mortuoria y practicarle la autopsia, como era normal en personas de categoría. Y mientras tanto avisaron a los Rectores de las tres casas más cercanas a Roma, es decir, Frascati, Moricone y Poli, para que pudieran mandar representantes al funeral público que se celebraría el día 26.

Vivía con los jesuitas del Gesù un pintor de cierta nombradía entonces y olvidado por la Historia, llamado Juan Barbarino, a quien encomendaron que sacara la mascarilla, que salió perfecta, salvo en un detalle: al carecer el Santo de dentadura por la avanzadísima edad, el labio inferior quedó demasiado hundido. [214] No obstante, gracias a ella se ha mantenido uniforme la iconografía calasancia a través de los siglos. Varias veces se intentó con estratagemas pintarle un retrato al vivo, y al parecer sólo se consiguió en dos ocasiones [215]

Tal como habían decidido aquella misma mañana del 25, fueron llamados para hacerle la autopsia los médicos que le habían asistido durante la última enfermedad, es decir, el catedrático de anatomía de la Sapierza, Juan Mª. Castellani, el médico de casa Pedro Prignani, otro médico luqués llamado Ludovico Berlinzani, y el practicante - quirurgo Cristóbal Antoni, que había sido alumno de las Escuelas Pías de San Pantaleón, a cuya comunidad prestaba sus servicios junto con Prignani. Por cierto que los dos últimos, Antoni y Prignani, fueron interrogados como testigos en el Proceso Informativo en junio de 1651 y diciembre de 1652 respectivamente. Y es digna de recordarse una declaración de Prignani, según la cual el P. José, «el día antes de morir, me dijo estas precisas palabras: Sr. Pedro, mañana asistid a mi autopsia [la llamaban ‘notomía’ o ‘anatomía’], y mirad qué hay aquí, esto es, en la región del hígado». [216] La declaración del médico fue hecha para manifestar que el P. José en este caso predijo algo futuro, es decir, su propia muerte. Pero a la vez indica que el Santo veía natural que después de muerto le harían la autopsia.

Se la hicieron después de comer, a la hora de la siesta, a la que en cierto modo obligó a todos el P. Rector, para evitar aglomeración y estorbos cerca del cadáver. Se permitió la asistencia como testigos de los tres Padres Rectores romanos, más los PP, Baldi, Fedele, Morelli, Berro y Caputi y los Hos. Pablo Vastello y José Toni. Se hizo una especie de procesión con velas encendidas, trasladando el cadáver desde el oratorio hasta el aula que le está enfrente, donde se tuvo la operación. El Sr. Castellani se arrodilló y tras breve oración empezó la carnicería. Observaron efectivamente que el hígado, empequeñecido y compacto, había sido la causa de los terribles ardores que le causaron la muerte. Se advirtió también que el corazón, por el contrario , era mayor de lo normal. Le extrajeron el cerebro, la lengua, el hígado y el bazo y los metieron en tarros de cerámica, mientras el corazón lo pusieron en una gran copa de cristal. Es probable, aunque no consta expresamente, que todas esas piezas quedaran impregnadas o inmersas en algún líquido especial para preservarlas por un tiempo de la corrupción. Todos estos recipientes fueron encerrados luego en una arqueta metálica, que a su vez fue colocada en un cofrecillo de nogal, hecho a propósito, junto con el relicario del corazón del V. Glicerio Landriani y otra caja de lata en que Berro encerró los manuscritos originales de las Constituciones de la Orden y del Colegio Nazareno, de mano del Santo Fundador. El cofrecillo de nogal fue cerrado con tres llaves y guardado en la habitación del P. General, que no sería ya ocupada por nadie. [217]

A pesar del sigilo con que se hicieron las cosas, todavía se enteraron de la muerte y fueron a rendirle homenaje conmovido los Mons. Ferentillo, Oreggio, Totis, Biscia, Vannucci, Pallotta y otros Prelados, una vez trasladado el cadáver al oratorio después de concluida la autopsia. Y allí quedó toda la noche, velándole los PP. García y Caputi solamente.

16. Funerales gloriosos

A la mañana siguiente, día 26, fueron llegando los religiosos venidos de Frascati, Moricone y Poli, tras muchas horas de viaje en plena noche. Acudieron también las comunidades del Noviciado y del Nazareno, esta última con todos los colegiales. Doblaron a muerto las campanas de la espadaña, pero al poco rato llegó un mensajero del Palacio Orsini, situado en el área del actual Palacio Braschi, junto al Pasquino, pidiendo por favor que no tocaran a muerto, porque el Duque de Bracciano estaba muy grave y le molestaban las campanas. Y no tocaron más.

Hacia las 8 se formó el cortejo fúnebre partiendo del oratorio. Llevaban el féretro los PP. Baldi, Scassellati, Fedele y Berro. El detallista Caputi escribe: «salimos por la portería, se dio una vuelta por la plazoleta y entramos en la iglesia, donde solamente estaba el Sr. Marcantonio Magalotto y un niño de seis o siete años, llamado Tomás, sobrino del P. Francisco lBaldi] de la Anunciación, el cual, cuando vio el cuerpo del Padre, empezó a gritar, tan fuerte que asombró a todos los que le oían, con estas palabras: He aquí el Santo, he aquí el Santo». [218] El féretro fue colocado en el centro de la iglesia sobre un sencillo catafalco y junto a él se quedaron de guardia los PP. Berro y Caputi. Poca resonancia tuvieron las voces del niño, pues en la iglesia sólo estaban los religiosos y el Sr. Magalotto para oírle. Pero durante el funeral entró una mujer casualmente, quizá para abreviar el camino pasando de puerta a puerta, y al ver el catafalco y enterarse de que era el P. José cuya fama de santidad bien conocía, se acercó y animada por Caputi -dice él mismo- puso su mano y brazo derechos, que no podía mover, en contacto con los pies del cadáver y al instante quedó curada, lanzando un grito de júbilo incontenible: «¡Milagro, milagro!». Se llamaba Catalina d’Alessandro. Salió a la calle y siguió pregonando el portento, y fueron sus gritos más sonoros de lo que lo hubieran sido las campanas enmudecidas, no ya doblando a muerto, sino repicando a gloria.

Y empezó a acudir gente y más gente por ambas puertas, y antes de que terminaran los funerales la pequeña iglesia rebosaba, luego las dos plazuelas también, y las calles adyacentes parecían ríos de muchedumbre que confluía hacia San Pantaleón. Más tarde empezaron a llegar carrozas de la nobleza y corte, aumentando el tumulto y la confusión. Probablemente contribuyeron a esta rápida y tumultuosa concentración de gente los niños de las Escuelas Pías. No se les había podido avisar de lo ocurrido el día anterior por ser San Bartolomé día festivo. Y al llegar el 26 a clase y enterarse que no había, volvieron a sus casas aquella mañana esparciendo por todos los barrios de Roma la noticia de la muerte del P. José, que estaba haciendo milagros en la iglesia de las Escuelas Pías. Y las voces de más de mil niños fueron también más sonoras que el interrumpido doblar de las campanas.

Los pobres Caputi y Berro se vieron pronto incapaces de contener al gentío que se agolpaba para tocar al Santo y aumentó la guardia en dos más, en cuatro, llegando hasta diez. Rodearon el túmulo con bancos, pero seguía la increíble avalancha. Y es que de vez en cuando se volvía a oír el grito de «¡milagro!». Y allí estaban con sus ojos abiertos los dos historiadores Berro y Caputi, esforzándose por retener en la memoria todo lo que veían para escribirlo luego. Y en verdad, Caputi se superó a sí mismo. [219] Parece ser que aquella mañana abundaron las curaciones de brazos lisiados, aunque no faltó algún caso extraño, como el de una mujer llamada Catalina Joannini, que se metió entre la multitud, decidida a llegar hasta besar los pies y manos del Santo, aunque no tenía que pedir ninguna curación. Mas entre tantos apretujones le rompieron en dos el delantal que llevaba, quedándosele una mitad enganchada entre los bancos del catafalco. Lo recuperó, besó el cadáver y antes de salir de la iglesia se dio cuenta, estupefacta, de que el delantal estaba de nuevo recompuesto en una sola pieza. Y sonó de nuevo el grito de «¡milagro!». El delantal prodigioso se convirtió a su vez en preciosa reliquia, cuya aplicación produjo nuevos milagros. [220] Hubo otra mujer que curó también de su brazo inutilizado y tuvo un gesto hermoso: salió, compró flores, volvió a entrar con el regazo lleno y con su brazo recién curado las fue esparciendo sobre el cadáver sagrado, pero desaparecieron pronto, convertidas en reliquias a cuyo contacto se produjeron otros prodigios.

Pero no sólo se llevaba la gente las flores, sino que empezaron a cortar a trozos el alba, la sotana, el pelo, incluso las uñas del pie, convirtiéndose casi en un verdadero expolio. Se tuvo que llamar a unos soldados corsos del servicio papal para impedir los abusos. Lograron cambiar de sitio el túmulo, metiéndolo en el presbiterio para que quedara más resguardado con la balaustrada de nogal. Pero al poco cedió igualmente la balaustrada, como antes los bancos.

No faltó el detalle desagradable del anónimo resentido y malintencionado que recurrió al Vicariato, denunciando los desórdenes que ocurrían en San Pantaleón y pidiendo que se impusiera el mandato de sepultura inmediata. El Vicegerente se negó, diciendo: «¡Por Dios!, ¿pero es posible? ¡Aun después de muerto le persiguen!».

Entre la afluencia de altas damas, duquesas, esposas de embajadores y Prelados de Curia, acudió del vecino Palacio de Massimi Mons. Camilo dei Massimi, que fue con su hermano discípulo del P. José y acabaría nuncio en España y cardenal, pero entonces era simple camarero secreto pontificio. [221] Estuvo largo rato contemplando desde el coro aquel emotivo espectáculo y fue a informar al papa Inocencio, de quien consiguió un piquete de guardias suizos para custodiar el cadáver en peligro.

Entre los numerosos nombres concretos que nos dan los testigos oculares, merece recordarse al P. Agustín Ubaldini, ex Visitador de la Orden, que junto con otros religiosos somascos, barnabitas, franciscanos, dominicos, teatinos, carmelitas descalzos, etc., acudió a veneraral Santo Fundador. Pero entre los nombres de los Prelados de Curia, que fueron muchos, no consta que se acercara por allí Mons. Albizzi. No menos digno de mención, el P. Pedro Caravita, uno de los jesuitas más famosos del momento, quien tuvo un improvisado panegírico –el primero- exaltando las virtudes del P. José ante la muchedumbre enfervorizada. Pero esto ocurrió por la tarde.

A duras penas lograron a mediodía cerrar las puertas, subieron de nuevo el cadáver al oratorio para cambiarle las vestiduras, víctimas del expolio, con ánimo de no volverlo a exponer en público. Pero la gente comenzó a acudir de nuevo en masa, logrando entrar en casa, incluso rebasando los límites de la clausura, por lo que forzaron a que se bajara de nuevo el cadáver a la iglesia para continuar el desfile piadoso del pueblo.

El Hº. Lucas Bresciani, uno de los limosneros o cuestores de casa, fue a suplicar a la Duquesa Farnese que encargara el ataúd para el P. José. Y con admirable rapidez, a media tarde trajeron a la iglesia dos ataúdes, uno de nogal y otro de plomo para encerrar el primero. Y ocurrió el mayor portento de toda la jornada. Aprovechando la entrada de quienes llevaban el ataúd de plomo, logró que le dejaran entrar un pobre lisiado de treinta y cinco años que se arrastraba sentado en el suelo, apoyándose en los codos para poder avanzar. Le dejaron acercarse hasta el túmulo que estaba en el presbiterio, y al llegar allí -declaró en el Proceso Informativo el estañador que había traído el ataúd de plomo-

«me vi a los pies al lisiado, que he dicho, el cual se encomendaba y rogaba que alguien le levantara de tierra para que pudiera besar las manos y vestidos del P. José. Yo, movido a compasión, alcé al pobrecillo cogiéndole en brazos, lo acerqué al cuerpo de dicho Padre y empezó a besarle las manos y el vestido… y… dijo públicamente: “¡Oh Jesús! ¡Yo toco los pies en tierra, estoy de pie por mí mismo!” Y empezó a extender los dedos de la mano y los brazos como atónito, no pareciéndole verdad el haber recibido esta gracia, pues de hecho empezó a mover los miembros, y  caminar en torno al túmulo muchas veces diciendo .que no quería irse, sino quedarse a dormir aquella noche en la Iglesia junto al cuerpo, y se le arremolinó la gente en torno para saber si era él quien había recibido aquella gracia singular, y yo quedé verdaderamente estupefacto, dado que le había visto mucho tiempo antes, y aun aquel mismo día, arrastrándose por las calles, y de hecho estando en mis brazos extendió las piernas y recibió la salud perfecta». [222]

Hacia la una de la noche lograron cerrar las puertas, aunque seguía afluyendo el gentío. A la madrugada del día 27 acudieron de nuevo los dos Rectores Scassellati y Castelli y con el de San Pantaleón decidieron proceder a la inhumación inmediata del cadáver antes de que comenzara a llegar más gente. Tanta glorificación espontánea de la multitud debió sembrar temores en los religiosos, dado el descrédito oficial en que habían quedado relegados el Fundador y su Orden. Toda aquella apoteosis póstuma podía parecer imprudente a la Curia romana. Excavaron, pues, la fosa sepulcral en el presbiterio, al pie del altar mayor, al lado del evangelio; cerraron de modo provisional el doble ataúd que contenía el cuerpo y con las preces litúrgicas de rigor lo bajaron a la fosa y la cubrieron con tierra y ladrillos. Eran más o menos las seis de la madrugada cuando de nuevo se abrieron las puertas para dejar entrar a la gente que esperaba impaciente. Hubo desilusión, pues confiaban todavía ver expuesto el féretro. Se resignaron, orando arrodillados ante el improvisado sepulcro y muchos se llevaron como reliquia algo de tierra sagrada, que era posible arañar entre los ladrillos. El flujo de la gente fue menguando a medida que se corría la voz de que ya había sido enterrado el milagroso cuerpo del P. José.

A media tarde llegó don José Palamolla, secretario del Card. Vicario y comisionado suyo para proceder oficialmente al reconocimiento del cadáver. A puertas cerradas se desenterró el féretro y se abrió. Dicen que el cuerpo mantenía flexibilidad, sin el menor indicio de descomposición, y se percibía un olor suavísimo. Levantaron acta notarial, que firmaron como testigos los Mons. Juan F. Ferentillo, Nicolás Oreggio, Carlos V. de Totis y Camilo dei Massimi, don Pedro Pablo Baldelli y el médico Juan M. Castellani. Se permitió también la asistencia de personajes de consideración, junto con los numerosos religiosos de las comunidades escolapias de Roma. Junto a la cabeza del cadáver se colocó una placa de plomo con una inscripción latina que decía: «Aquí yace el Cuerpo del V. Siervo de Dios P. José de la Madre de Dios, Fundador y Propagador de la Religión de los Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, que murió a los noventa y dos años de edad eI25 de agosto de 1648». No era su verdadera edad. A principios de septiembre hubiera cumplido los noventa y uno, pues había nacido en 1557. [223] Se cerró otra vez el féretro, se recubrió la tierra y se rehízo eI pavimento. Al abrirse la iglesia, los primeros en acercarse al sepulcro fueron el Príncipe Borghese, el Condestable Colonna y los embajadores de Toscana y Saboya.

El día 29 escribía a toda la Orden una circular el P. Juan García, comunicando la muerte «de nuestro P. General» y animando a todos a alegrarse «por haber ido él al lugar donde mucho mejor nos podrá ayudar, pudiéndolo esperar muy bien, dados los signos milagrosos ocurridos con el tacto de su cuerpo antes de enterrarle y después en la sepultura, donde todavía sigue frecuentísimo el concurso…». [224] Y tenía razón. Entre tantos milagros que habían empezado a florecer ante sus despojos mortales y su sepulcro, no cabía dudar que un día florecería también la firme esperanza que todos sus hijos tenían puesta en sus palabras proféticas, tan repetidas desde los días aciagos del breve de reducción: «Yo espero que todo cuanto han hecho y harán nuestros adversarios, todo se deshará con la ayuda de Dios y podrá más la verdad qup la envidia. V. R. tenga buen ánimo junto con los que aman el Instituto, que sin duda volverá a ser quizás más glorioso que antes».[225] Era el mejor epitafio que podían poner sobre aquel sepulcro, que -como el de Cristo- hablaba más de resurrección que de muerte.

EPILOGO OBLIGADO

A principios del Año Santo de 1650 se introdujo el Proceso de ‘non cultu’, y se llevó a cabo en un mes. Era el primer paso firme en el largo camino de la Beatificación del Siervo de Dios. Y a mediados de abril de 1651 prestaron juramento los primeros testigos del Proceso Informativo Ordinario, cuya última sesión se tuvo en octubre de 1653. Ambos procesos se celebraron durante el pontificado de Inocencio X y -naturalmente- con su consentimiento. Pero fue inconmovible en la cuestión de restablecer la Orden. Murió en enero de 1655.

En marzo le sucedió Alejandro vII, quien a fines de enero del año siguiente ,1656 -después de las deliberaciones de una Comisión Pontificia especial-, firmó un breve por el que las Escuelas Pías eran reconocidas de nuevo como Congregación de votos simples, tal como la había creado Pablo V. A raíz de estas decisiones pontificias y sus trámites preliminares, Mons. Albizzi -creado cardenal en marzo de 1654 por Inocencio X- tuvo ocasión de confesar personalmente a los PP. Berro, Caputi y Morelli: adres míos, yo fui engañado». Y también: «Si la importunidad de algunos no hubiera puesto a prueba mi reputación, el Breve de Inocencio X no hubiera salido nunca». [1] Era una especie de autoacusación de que había sacrificado la supervivencia de la Orden de las Escuelas Pías y el honor de su Fundador a su propio prestigio y orgullo personal, además de haber sido engañado.

Murió Alejandro vII y le sucedió Clemente IX en junio de 1667. En octubre del mismo año daba el nuevo Papa su consentimiento para que pudiera incoarse el Proceso Apostólico de Beatificación del P. José, una vez concluida positivamente su primera fase del Proceso Ordinario. Y el 23 de octubre de 1669, después de haber reexaminado a fondo toda la cuestión una especial Comisión Pontificia y haber dado también su veredicto positivo la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, firmó Clemente IX el Breve que restablecía las Escuelas Pías a su antiguo rango de Orden de votos solemnes con todos sus privilegios, con que se cumplían las proféticas esperanzas del Fundador.

El Proceso de Beatificación siguió lentamente su curso y en 1704 se incorporó como ayudante de los abogados defensores el joven Abogado Consistorial Próspero Lambertini; en 1708 fue nombrado Vicepromotor de la Fe y en 1712 Promotor de la Fe o »<Abogado del Diablo», desentrañando por oficio las enormes dificultades que encerraba la causa de un hombre acusado de desobediencia a la Santa Sede y suspendido por el papa de sus funciones de gobierno, además de quedar reducida su Orden a simple Congregación secular. Pero a la vez que afilaba sus armas como acusador, el gran Lambertini se desvivió por encontrar solución a sus propias acusaciones, quedando prendado de admiración y amor profundo por el Siervo de Dios. En abril de 1728 dejó el oficio de Promotor de la Fe al recibir la púrpura cardenalicia y dio su «voto» extraordinariamente laudatorio a favor de la heroicidad de las virtudes del P. José, declaradas solemnemente por Benedicto XIII en septiembre de aquel año.

En 1740 era elegido Papa el cardenal Lambertini con el nombre de Benedicto XIV y con inmensa satisfacción propia celebró la Beatificación de José de Calasanz el 18 de agosto de 1748 en la Basílica Vaticana. El 25 del mismo mes se cumplía exactamente el centenario de la muerte del nuevo Beato y empezaba en la iglesia de San Pantaleón el solemne triduo para celebrarlo. Y aquella tarde, siguiendo la ‘Via Papalis’ por donde un día pasó Calasanz cautivo hacia el Santo Oficio, llegó el papa Benedicto XIV para postrarse reverente ante el sepulcro del Beato José de Calasanz. [2]

Finalmente, el 16 de julio de 1767 Clemente XIII le inscribió en el catálogo de los Santos. Aquella noche se iluminaron con las típicas antorchas la cúpula, fachada y columnata de San Pedro. Era la apoteosis final, la glorificación definitiva.

Al conmemorarse el tercer Centenario de su muerte y segundo de su Beatificación, en 1948, Pío XII proclamó a San José de Calasanz Celestial Patrono ante Dios de todas las Escuelas Populares Cristianas del mundo.

NOTAS

1 Breve ‘Cum pridem’ (24 de marzo de 1607); Archivum VIII (I943) 23.

2 EC, p.2951.

3 C.4335.

4 Cf. carta del P. Bianchi (EC, p.352).

5 «mandat… ut tam decreta supradicta fel. rec. Clementis VIII, quam praesentes ordinationes in singulis eiusmodi locis (… domibus quorumque monachorum ac regularium ubique locorum existentibus) bis saltem in anno legantur in publica mensa. Si quis vero ipsorum adversus ea, quae superius praescripta sunt, vel eorum aliquid, quomodo facere vel moliri praesumpserit, ‘ipso facto poenam incurrat prívationis’ omnium officiorum, quae tunc obtinebit, vocisque activae et passivae ac perpetuae inhabilitatis ad illa imposterum obtinenda…» (Bull. Rom., XIII, p.204).

6 Cf. BERRO II, p.167-168; EC, p.2505.

7 Como ya dijimos (cf. cap. 2-4, n.8), este párrafo parece demostrar que el llamado ‘Documento Siniestro’, al que se refiere, no fue de Pietrasanta, pues afirma «che d’ordine di Palazzo a tempo d’Urbano VIII di fel. mem. si pubblicò nella Congreg. (Diputada)», mientras sus Relaciones no tenían que leerse por ‘Orden de Ia *Sta. Sede.’ Asimismo, la frase conclusiva: «se sia cosi, io mi rimetto, e solo dico…», indica que el texto aludido no era suyo y por ello suspende el juicio.

8 EC, p.2121-2122 (texto defectuoso; perfecto en EGC IX, p.215-216).

9 EHI, p.313. A las duras palabras de Berro responde el santo sin conmoverse: «Si è vista la lettera del P. Pietrasanta alla quale hanno li Padri fatto risposta, e credo che anco costi sarà mandato> (c. 4335).

10 Cf. EEC, p.1198; EH, p. 1234; EC, p.2130 y 2354.

11 Cf. EC, p.196.

12 Respecto a Pisa se sugiere que la solución había dependido de los Ministros del Granduque y no de la casa misma; el caso de Cáller estaba suficientemente explicado en una carta del P. Salazar a Cherubini (12 de julio de 1645), que fue a parar al dossier Paolucci, es decir, a la Comisión, y por tanto era conocida por el Visitador (cf. EC, p.2293-2294; Paolucci, p.24-26); los Padres de Génova respondieron a tono directamente al P. Pietrasanta, lamentando una vez más y con profusión de ejemplos la actuación del Visitador P. Gavotti, cuyas aventuras en Cáller no podía desconocer tampoco el P. Pietrasanta, pero ellos se limitan a su paso por Liguria (cf. BERRO II, p.194-198). En EC, p.2510, n.11, se da la síntesis latina que hizo Bartlik de esta carta creyendo desaparecido el texto italiano. Es de suponer qúe también los de Chieti se explicaron.

13 EC, p.2509.

14 Ib.

15 G. SÁNTHA, ‘Card. F. Albitius et Scholae Piae’: Archivum 11 (1982) 81, n.127.

16 Albizzi confesó más tarde que él mismo había redactado el Breve: «per essere stato io secretario di quella Congregatione et havere steso la Bolla». (ib.)

17 Cf. ‘Bull. Sch. P.’, p.45-49; ‘Bull. Rom.’, 15, p.459-462.

18 C.4336, 4337.

19 C.4340,4341.

20 C.4336, 4337, 4340.

21 C.4137,4341. Sobre la oposición, deseos y habladurías de los jesuitas en Alemania y Polonia a que alude el Fundador, véase el ‘Apéndice II: Incomprensione e rivalità dei Gesuiti’, en G. L. MONCALLERO, ‘La fondazione delle Scuole degli Scolopi nell’Europa centrale al tempo della Controriforma (Alba 1972) p.145-156.

22 BAU, BC, p.1111.

23 Se han conservado dos cartas idénticas, dirigidas a Chieti y a Narni (c.4342, 4343). Lo cual sugiere que hubo otras iguales para otras casas.

24 En otra carta escrita el día siguiente dice que «hier sera ad hore 23 fu portato il Breve» (c.4346).

25 C. 4344. Lo mismo. repite en c.4347 y en parte en 4345, 4346.

26 «ne de coetero ulli amplius in dicta Religione recipiantur… interdicimus et prohibemus» (‘Bull. Sch. P.’, p.47).

27 «Sublata tam… olim Ministro Generali… quam aliis etiam auctoritate Apostolica Visitatoribus ac Superioribus deputatis Domorum Ministris, ceterisque inferioribus Superioribus, omni et quacumque facultate et superioritate…» (ib,). La enumeración descendente exige que se nombre a los Provinciales.

28 En la carta con que Albizzi enviaba a Maraldi la minuta del Breve (9 de marzo de 1646) hablaba de dos copias: una para los Auditores de Rota y la otra -se supone- para la Orden. Pero no fue entregada entonces, sino luego, una vez impresa. (Cf. G. SÁNTHA, ‘Card. F. Albitius et Scholae Piae’: Archivum 11 [1982] 81, n.127). Berro expone sus dudas y las de los presentes a la lectura del Breve «o trozo de papel y no Breve> (BERRO III, p.4).

29 C. 4359 y 4361.

30 El 21 de abril escribe Calasanz: «en el Breve impreso últimamente han añadido algunas palabras más agravantes que en el primero» (c.4361 y 4355).

31 BERRO II, p.214. Dice Berro (ib., p.215) que el P. Virgilio Spada, hermano del cardenal Bernardino, de la Comisión Diputada, siendo entonces Prepósito del Oratorio hizo añadir algo a su favor. Lo cual concuerda con lo dicho por Calasanz (c.4355), que para enmendar algo relativo al Oratorio fue llevado el Breve, ya en la imprenta, a Palacio. Y en efecto, después de nombrar la relación de semejanza con el Oratorio, se lee «de modo que tales Religiosos nunca puedan llamarse Presbíteros o Clérigos de de la Congregación del Oratorio o de S. Felipe Neri ni ser tenidos por tales». Probablemente temía el P. Virgilio Spada alguna especie de usurpación, pero en este caso hubiera significado renunciar al propio nombre de Escuelas Pías, lo cual era absurdo.

32 Véase fotograbada en CS, II, p.160-161 y compárese con otras seis en ib., p.64-65.

33 C.4346 y 4345, fechadas el 18 de marzo de 1646.

34 C.4341 y 4348, 4366…

35 C.4347, 4353 y EHI, p.165. Es innegable la constante referencia, al menos desde la década de los años 30, de la hostilidad de los jesuitas; la insistencia cóñ que hablaban de la próxima destrucción de las Escuelas pías desde que empieza el periodo aciago provocado por Mario; la difundida convicción de que ‘ellos fueron los causantes del desastre’, como dicen estos últimos textos citados. Con todo, no es fácil probar con documentos fehacientes quiénes fueron las personas concretas de la Compañía –si las hubo- responsables de esa obra de destrucción; o cuáles fueron los medios, hechos y escritos con que intervinieron, particularmente respecto a la Comisión Diputada. La hipótesis más verosimil gira en torno a las presiones ejercidas sobre Albizzi, dada la familiaridad con ellos, como ya vimos, o sobre los cardenales Spada y Roma, tan empeñados en la destrucción absoluta de la Orden. Pero es sólo hipótesis y faltan hechos documentados. Por otra parte, lo que más interesaba a los jesuitas era quitar la enseñanza secundaria, de latín y humanidades, a los escolapios (como harán luego en el transcurso de la historia), pero eso no lo consiguieron, y aun Pietrasanta, en este caso, se pone de parte de los derechos de los escolapios. Es un tema, por consiguiente, en el que quizá se ha supuesto demasiado, pero se ha probado muy poco.

36 BERRO II,p.215 y III, p.5-6.

37 C.4366 y BERRO III, p.5.

38 EHI, p.1438, 275, 1788, 2101; EEC, p.1086.

39 BERRO III, p.7.

40 EHI, p. 1616, 1892, 2211, 1519, 194, 820, 147 , 1341.

41 BERRO III, p.7 y II, p.220. Con fecha 24 de marzo de 1646-ya escribía el Santo a Berro: «se duda si nos quitarán la pobreza y el vestir a la Apostólica [ir descalzos], que es como extinguirla: se duda también que nos quiten el latín de las escuelas, que quedaría extinguida del todo, en seguida». (c.4348)

42 Cf. BERRO III, cap. 6.

43 G. SÁNTHA, ‘Tria Brevia Pontificia P. Stephano Cherubíni concessa…’: EphCal 9-10 (1960) 267; EC, p.918-919.

44 G. SÁNIHA, o.c., p.274,n.39.

45 Ib., p.265-266.

46 C.4357 (fecha del 12 de abril de 1646). Ya habla de ello el 3l de marzo de 1646 (c.4349)

47 Cf. c.4358, 4361, 4369, 4373, 4384.

48 Cf. c.4380 (fechada el 9 de junio de 1646) y 4390,4391,4442.

49 Todos los Breves fueron copiados del concedido a Cherubini, cambiando sólo el nombre del Ordinario y el del interesado (cf. G. SÁNTHA, o.c., p.265-266 y n.37). Berro trae en sus Memorias el Breve concedido al Hº.Carlos Vuolo, del que tampoco se sirvió, cuyo núcleo principal dice: «mandamus ut constito ‘tibi’ (el obispo) prius, ‘quod dictus’ Carotus habeat, ‘ut praefertur’, unde extra dictam Religionem, eiusque domos ‘Regulares commode vivere possit, eidem Carolo assumere Habitum Praesbyteri saecularis in eoque extra dictam Reiígionem eiusque domos sub tuae.(sic, por tua) et ordinarii loci ubi pro tempore commorabitur obedientia quoad vixerit, permanendi, licentiam auctoritate nostra Apostolica concedas» (Berro III, p:10. Las palabras en

cursiva han sido omitidas por descuido en esta edición de Berro). En el texto,se lee <sub tuae (?)… ‘obedientía’)», mientras en el Breve de Cherubini se lee «sub tua…’licentia’». Tampoco se preocuparon de cambiar el texto mismo del Breve de Cherubini, que, al estar dirigido al Card. Vicario de Roma, decía que el peticionario (Cherubini) podía vestir el hábito clerical «sub tua et Ordinarii loci úUi pró tempore commorabitur licentia quoad vixerit…», o sea, con la licencia del Cardenal y del Ordinario del lugar. Los demás Breves iban dirigidos a los obispos, y como no sabían el nombre concreto, empezaban en anónimo: «<Venerabilis Frater salutem et Apost. benedictionem». Y al llegar a este inciso pusieron ‘obedientia’ por ‘licentia’, pero dejaron ‘sub tua’ et Ordinarii ‘loci’… obedientia», en donde ‘tua’ no tiene sentido alguno. No hay que extrañarse de estos y otros descuidos y deficiencias estilísticas de Maraldi y su Secretaría de Breves, que quedan de manifiesto al leerlos en el Bulario Romano. Véase como ejemplo uno de Inocencio X en Bull. Rom., vol. 15, p.372-377.

50 ‘Bull. Rom., 7, p.887

51 Ib., p.888-893

52‘Bull. Rom., 15, p.292-295

53 Ib., p.373-374

54 Pietrasanta, en sus dos Relaciones del 1 de octubre de 1643 y del 18 de julio de 1645, dijo que la Orden tenía «circa 500 religiosi» (EC, p.2085 y 2116), y Calasanz, en un memorial al Papa de enero de 1647, dice que tiene «più di 550 religiosi», quizá exagerando un poco (EGC X, p.359).

55 Cf. EEC, p.1088, n.17; G. SÁNTHA, o.c.,p.265.

56 Cf. BERRO II, p.221 y III, p.9.

57 Cf. BERRO III, p.14.

58 C.4391.

59 Cf. BERRO III, p.14-17; ‘Bull. Sch. P.’, p.50-52; ‘Bull. Rom.’, 15, p.487-489. Hubo nuevos subterfugios, como volver a pedir, el breve con nombre de pila o de Religión, distinto del empleado en el primer breve, o tenerlo detenido en la Secretaría de Breves sin fecha, para pedirlo a su tiempo, etc. De todo lo cual se pidió el debido remedio (cf. EC, p.2511-2512).

60 EHI, p.327.

61 EHI, p.1597.

62 EEC, p.323.

63 EEC, p.886-887.

64 EHI, p.1601

65 EHI, p.2212.

66 EHI, p.1520.

67 EHI, p.385.

68 C.4396 y 4428.

69 EHI, p.1577. Al P. Vicente Paoletti le llama una nota necrológica «religiosu ejemplar y de eximia caridad con los enfermos». Murió en 1683, a sus 66 años, rector de Pieve di Cento, de fiebre maligna contraída asistiendo a enfermos (ib., p.1578).

70 EHI, p.1759-1762 y la carta siguiente, p.1762-1764.

71 Cf. EHI, p.1383 y 2068; c.4371.

72 Cf. BERRO III, p.27-68; c.4352.

73 Ib., p.26-27, 30,69-75, 78-94; BARTLIK: Archivum 4 (1978) 148-151; 167-170. No faltan a veces quejas aisladas contra algunos de estos obispos, que Berro alaba en general, como es el caso del arzobispo de Génova (cf. EHI, p.149), o el de Cáller en 1648N- (ib., p.469-470). Por otra parte, hay también alabanzas al arzobispo de Nápoles en los primeros meses (Ib., p.496-499).

74 BERRO III, p.85. Se confirma la noticia en CCP, let.96, 97,102. Del arzobispo de Florencia Niccolini dice: «no podemos menos de alabarlo mucho mucho, porque ni publicó el Breve, ni hizo acto alguno de jurisdicción, dejando a nuestros religiosos en su estado regular, exento de la jurisdicción del Ordinario…» (ib., p.79). De Germania y Polonia dice: «No faltaron tribulaciones en todas aquellas partes, aunque nunca fue publicado por los Ordinarios del lugar el Breve reductivo de la Orden en Congregación» (ib., p.90).

75 Cf. EHI, p.1340-1341.

76 Cf. EHI, p.184 y 2140.

77 Cf. EHI, p.1385, 1383,2068.

78 C.4443 y EHI, p.281.

79 Cf. BERRO III, p.11-12.

80 Cf. CCP, p.345 y EHI, p.403 y 386. El colegio fue reconstruido por los escolapios.

81 El P. Battaglione se lo comunicaba a Calasanz en castellano local: «Seppa, pues, como a los 24 del passado en el amaneçer nos saltearon todos los frayles de San Francisco de Paula con armas y garrotes muy gruessos, dando grandes bozes, diziendo que querían a su Convento…» (EHI, p.205). Más detalles en ib., p.1900-1902.

82 Cf. EHI, p.1437.

83 EHI. p. 403-404, 391, 1269, 832, 1898, 1456, 2139, 1383, 1584, 276, 1404, 882, 1434

84 Cf. BERRO II, p.223-224.

85 Cf. en RegCal, 69, lista de los Padres y Hermanos que estaban presentes en San Pantaleón mientras se leía el breve de reducción, con notas interesantes del movimiento del personal hasta la muerte del Fundador.

86 Muchos sustituyeron el título de ‘General’ por el de ‘Fundador’, otros siguieron llamándole General y otros General y Fundador. Alguno incluso se excusa de no llamarle ‘General’ «per non dare ammirazione alli inquieti della Religione» (EHI, p. 1439). Nunca fue amigo de títulos rumbosos. A Cherubini le decía: «Escríbame sin títulos» (c.1962); a Alacchi: «ponga en la dirección, a la española: “Al P. General de las Escuelas Pías de Roma”» (CCP, p.219); al P. Vitali: «No me escriba nunca Rmo., sino sólo al P. General» (c.431), etc.

87 El P. Bianchi, testigo ocular, le refería a Berro todos los detalles en carta del 31 de marzo (BERRO II,p.222-223). Cf. c.4349, 4350, 4357.

88 C.4380. Su vida ejemplar -se le incluye entre los Venerables de la Orden- y los cargos que desempeñó antes y después de la reducción inocenciana hasta su muerte en 1674 (cf. EEC, p.1119-1120) manifiestan una vez más que aun entre los muy buenos hubo quien obtuvo el breve, debido a la confusión y a la desesperanza de supervivencia de la Religión en aquellas circunstancias.

89 Cf. n.85 anterior.

90 Cf. G. SÁNTHA, ‘Card. Martius Ginetti…’: EphCal 4-5 (1972) 149-150.

91 Cf. n.85 anterior.

92 Cf. G. SÁNTHA, o.c., p.151 y 159, n.46-47; EC, p.2515.

93 EC, p.2513-2514.

94 C.4426.

95 Cf. c,4362, 4562; G. SÁNTHA, o.c., p.151; ID., S. Congregatio de propagandan Fide… :EphCal 4 (1960) II9-120.

96 Cf. EHI, p.226,233.

97 Ib., p.2203.

98 Ib., p.236.

99 EEC, p.602.

100 EHI, p.882.

101 lb., p.327.

102 C.4336 y 4333, 4335, 4337, 4340, 4341.

103 C. 4342-4345, 4341, 4348, 4350, 4351, 4353, 4354, 4364, 4366, 4369 (todas desde el 17 de marzo al 28 de abril).

104 C.4393,4434 y cf. c.4379, 4390, 4406, 4429, 4435, 4437, 4438, 4474,4483, 4484, 4556, 4557.

105 C.4463.

106 EHI, p. 395; EC, p.257-258 (al P. García); EHI, p.222, 170, 148, 152, 78, 1456.

107 EHI, p.1669, 274, 537-538, 1481.

108 EC, p.2906 y EGC IX, p.149-150.

109 Cf. c.4287, 4288, 4327 , 4348

110 EGC, IX, p 149-150

111 Texto en EEC, p.1088-1090. El P. Orselli lo considera como una especie de Pasquinata (ib., p.1086) y el P. Conti cree que fue obra de una monja (ib., p.309). Es probable que el nombre sea un seudónimo, pues es desconocido para los historiadores capuchinos.

112 Cf. EGC IX, p.221.

113 Cf. G. SÁNTHA, ‘P. Valerianus Magni O. M. Cap. et Scholae Piae: EphCal 3 (1959) 130-145; Id., ‘Comes Franciscus Magni et Scholae Piae: EphCal 1 (1960) 1-24.

114 Cf. el texto editado por primera vez por G. Sántha en EphCal 1 (1959) 11-18. Y en EC, p.3088-3093. El estilo sugiere que es un «consejo teológico» dado al rey Ladislao IV de Polonia , paÍa que pida al papa lo que se expone.

115 Cf. G. SÁNTHA, ‘P. Valerianus Magni…’, p.137; ID., ‘Calasanz, las Escuelas Pías y el Duque Jorge Ossolinski’; RevCal 12 (1957) 321-324.

116 Véase sobre todo la carta que Conti escribe a Calasanz desde Steyr el 22 de mayo de 1646 (EEC, p.311-313). Cf. también G. SÁNTHA, ‘S. Congregatio de Propaganda Fide…’, p.118-120.

117 En una primera redacción de esta carta se decía algo más, aunque tampoco toda la verdad: «habiéndose mucho antes terminado el asunto     de la supresión (sic) de la Orden en simple Congregación bajo la jurisdicción de los obispos Ordinarios del lugares en que resider(ib., p.I29,n.20). Y ésa había sido la frase usada en la sesión del 24 de agosto de 1646 en labios de Ginetti (ib., p.118). Nada decía de la reducción a Congregación «sin votos»; ni de la prohibición absoluta de vestir y profesar; ni de las facilidades de abandonar la Orden.

118 EC, p.2969. Eso era lo-que proponía el primer esbozo del breve, examinado por la Comisión Diputada: «… illam (la Orden) ad Congregationem praedictorum trium votorum simplicium dumtaxat, ‘iuxta primaevam eius’ a praedicto Paulo Praedecessore factam, ut praemittitur, ‘erectionem reduci» (EphCal 1 [1961] 27).

119 Cf.EC, p.2971.

120 Ib. Texto italiano en EC, p.69-71; texto español en RevCal 12 (1957) 331-333, n.250. Para la autoría de Albizzi véase EC, p.3012, n.4, 2013-2014 y 72, n.I.

121 EGC VIII, p.346.

122 C.4400. La calificación del testimonio es la traducción italiana de la expresión jurídica ‘omni exceptione maior’. Sobre el tema de las acusaciones volvió todavía el Santo tres meses más tarde (c. 4430).

123 Cf. EC, p.3012-3014.

124 Cf. los tres memoriales en G. SÁNTHA, ‘Comes Franciscus Magni…, p.22-23, n.36-38. Entre los biógrafos calasancios se ha mantenido la idea de que Dª. Olimpia Maidalchini intervino ante su cuñado el Papa en contra de la Orden por un supuesto desplante recibido del P. General, de haberle quitado a su confesor, mandándolo fuera de Roma. No parece probado ni probable, sino todo lo contrario (cf. Bau, BC, p.1097-1098).

125 Cf. G. SÁNTHA, o.c., p.10-12; c.4436-4438, 4451; ID., ‘Calasanz, las Escuelas Pías y el Duque Jorge Ossolinski, p.331-335.

126 «illos in integerrimo incorrupti vigoris statu conservari bono publico prorsus fructuosum… ut sacrum hunc coetum sanctum tutumque servare dignetur [S. S.], qui solidis austerioris vitae documentis ac sperimentis obvia catholicorum firmat studia, infensa haereticorum debilitat odia…» (G. SÁNTHA, ‘Calasanz, las Escuelas Pías y el Duque Jorge Ossolinski’, p.338-339).

127 Panziroli es otro de los adversarios de las Escuelas Pías. Berro dice de él: «sentía una pasión extraordinaria contra nuestro S. Instituto, pareciéndole no sólo que no era necesario en la Iglesia, estando los PP. Jesuitas (de quienes había sido alumno), sino también nocivo al mundo por enseñar a los pobres» (BERRO II, p.202). Cf. S. Giner, ‘El proceso de Beatificación…’, p.42, n.47.

128 «… quatenus tam benemeritos in Ecclesia Dei Religiosos, et vere pios in Regno meo Dominiisque his annexis circa Sacra Sanctaque Instituta conservare eosque vel turbari amplius vel primaevam vivendi normam non patiatur immutari» (G. SÁNTHA, o.c., p.340). Muy deficiente el texto en EC, p.3036.

129 Cartas del 6 y 20 de julio (ib., p.342, n.258 y EC, p.2972).

130 Cf. ib.,p.342, n.258.

131 Ib,. p.345, n.263. Texto íntegro del breve.

132 Cf. c.4472-4474, 4478, 4479, 4483, 4485, 4490, 4495.

133 C.4475

134 EC, p.2973-2974.

135 Cf. c.451 5, 4522, 4524, 4532, 4537, 4555, 4556.

136 Cf. EC, p.2907, c.4524.

137 Ib., p.2973.Para este último período de la embajada de Roncalli cf. G. SÁNTHA, ‘Ultimus S. J. Calasanctii ad redintegrandum Ordinem conatus…’: EphCal 4-5 (1958)

109-115.

138 C.4573 y 4559-4562, 4575.

139 EEC, p.1099.

140 «Tu, qui in isto Regno… quasi a Rege secundus, secundus nemini post ipsum in testificanda amoris tui erga nos voluntate semper es cognitus, tantum spei facis ad secunda omnia in futurum expectanda, impetrandaque, ut qui rege extincto interiisse penitus visi sumus, in Te uno respirare et vivere non inmerito posse existimemur» (RevCal 12 [1957] 351-352, n.282. Carta omitida en EGC, incluso en el vol. X suplementario). Probablemente esta carta la compuso el gran latinista P. Carlos Mazzei, que vivía entonces en San Pantaleón.

141 Cf. EphCal I (1961) 29.

142 Cf. Bull. Sch. P., p.48.

143 C.4347, 4348,4350.

144 C.4386. Una semana más tarde ya le llegan de Génova tales noticias con idénticos sentimientos de estupor y rechazo (EHI, p.I763).

145 C.4388,4390.

146 C.4394,4395.

147 C.4401y 4402,4404,4406. En agosto y septiembre, sobre todo, escriben algunos al Santo sobre las Constituciones que van a salir, tachándolas de perjudiciales a la Orden (cf. EHI, p.359, 396, 757, 1346:1347 …)

148 C.4456 y 4413, 4436, 4440, 4442, 4443, 4448, 4449; CCP, p.333-334.

149 Véase íntegro el relato original en italiano en EphCal 4-5 (1972) 152-158, n.38.

150 No parece verosímil que Fagnani pida a Calasanz un religioso para «correo»: que Caputi y Catalucci con tal encargo se detengan a oír un sermón de cuaresma; que violen el paquete lacrado; que lean el contenido; que vayan a su casa y no directamente al Vicariáto, que está a dos pasos; que el General se haga leer las Constituciones; que esperen al día siguiente para ir al cardenal; que el cardenal pase por alto la fechoría de abrir un paquete lacrado… Caputi dice que se dio una copia a cada uno de los cardenales y prelados de la Comisión que las firmaron y sellaron. La lógica pide que, si fue así, todos los ejemplares fueran aparar a manos de Fagnani, como secretario de la Congregación de Religiosos, y eü€ él los mandara todos juntos al Presidente de dicha Congregación, que era Ginetti, el cual los retuviera todos y los hiciera desaparecer. En las cartas que escribe Calasanz en abril (cf. c.4456 y CCP, p.333, 334) insiste en que no se sabe si se publicarán o si saldrán, y mal podría decir esto si la entrevista con Ginetti fue en marzo. Quizá también en esto falla Caputi y su relato se refiere a abril o mayo.

151 BERRO III, p.238. Prescindiendo de los comentarios que añade Berro, sus 32 breves capítulos con el Proemio ocupan unas 20 páginas impresas (ib., p.213-238). Véase una síntesis: 1. Define con amplitud y claridad el marco de enseñanza, que tanto hacía temer al P. Fundador, y dice que consiste en «enseñar gratis y por amor de Dios y sin estipendio, a leer, escribir, ábaco, gramática, humanidades, retórica y casos de conciencia y toda otra ciencia con permiso del Ordinario>> (cap. 1). 2. En ningún momento se alude a niños «pobres» y comenta Berro que «por ello vendrían pronto excluidos los pobres, para los que principalmente habían sido fundadas las Escuelas Pías» (ib.). 3. Aunque los obispos son Superiores «como para los demás sacerdotes… no por ello pueden o deben tener dominio alguno sobre las casas, bienes y entradas de dichos operarios, y mucho menos tener votó en las congregaciones para elegir Superiores y otros oficios, sino sólo autoridad para visitar las escuelas, iglesias y personas y preocuparse de que se observen las Constituciones (cap.2).4. A pesar de la incomunicación de las casas, se permite relacionarse entre las de la misma diócesis o ciudad, con intercambio de individuos e incluso entre diócesis con licencia de los ordinarios y comunidades respectivas (c. 3). 5. Podrán tener bienes estables, entradas, rentas anuales y recibir testamentos, legados y donaciones. Y no aceptarán fundaciones sin las asignaciones necesarias para su sustento (c. 4). 6. Irán calzados y vestidos prácticamente como el clero secular, sin sedas ni lujos, aunque los oblatos o Hermanos con sotana corta hasta media pierna; ni afeitados ni con barba larga, Sino como el clero; comerán carne todos los días, ayunando los viernes y los días que manda la Iglesia solamente; comerán lo suficiente sin exceso «para mantener la vida y no para satisfacer el gusto y el placer del sentido» (c. 5-6). 7. Tendrán por la mañana media hora de oración mental en común y por la noche un cuarto de hora de examen de conciencia después de las Letanías de los Santos, añadiendo los viernes la disciplina por espacio de un Miserere y un De profundis. La noche de Navidad, Semana Santa y Día de Difuntos dirán el Oficio en común. Muchas fiestas del año se celebrarán con música y gran solemnidad. Los clérigos comulgarán cada ocho días y los Hermanos cada quince (c. 7-9). 8. El Superior de la casa se llamará Rector y no Ministro, y durará tres años. Sólo pueden votar para su elección los sacerdotes, diáconos y subdiáconos, excluidos los clérigos y los «Hermanos Oblatos, llamados Operarios o Clérigos Operarios» (c. 10. Muy interesante que siga manteniendo aún la institución de Clérigos Operarios, no abolida en los Cap. Gen. de 1637 y 1641.como hicimos notar. Los nombra de nuevo en el c. 30). 9. Todos (sacerdotes y clérigos) estarán dispuestos a dar clase cuando lo ordene el Rector y demás sacerdotes. Pero los «oblatos» «ni en tiempo de necesidad extrema…» ni para leer y escribir (c. 17). 10. Sólo el Rector puede admitir novicios, con el consenso de todos los sacerdotes; para ser clérigos tendrán no menos de diecisiete años ni más de cuarenta, y para Oblatos, si son necesarios en casa, no menos de veintidós ni más de treinta y cinco años (c. 27). 11. No se admitan alumnos menores de siete años. Habrá dos horas y media de clase por la mañana y otras tantas por la tarde (c. 31). 12. En los demás capítulos trata de los diversos oficios, como rector, vicerrector, prefecto, maestro de novicios, procurador, confesores, maestros, secretario, sacristán, enfermero, portero, ecónomo, refitolero, cocinero, limosneros-cuestores, etc. NB. Véase una edición anterior, con traducción española y estudio preliminar de estas Constituciones: D. CUEVA, ‘Las Constituciones del P. Esteban Cherubini’: AnCal 50 (1983) 633-681; el texto es el de Berro, pero se han omitido sus comentarios. Por otra parte, no se comprende cómo dice Cueva que en estas Constituciones «se hace desaparecer a los Hermanos». (ib., p.641) Véase cáp.9,10, 17, 20-25,27…

157 Califica a Cherubini y a sus partidarios de «enemigos de la virtud cristiana y de la perfección religiosa»; (p.213) «el fin de hacer estas nuevas Constituciones es sólo huir de la mortificación de la carne y darse a las comodidades de comer bien y beber mejor y luego practicar con muchachos». (p.214) Esto es simplemente calumnioso (cf. resumen anterior, puntos 5-6). «Cuánta malicia pone el compositor para destruir la santa pobreza religiosa y atar las almas de sus Operarios y guiarlos a todos por el camino derecho del infierno». (p.217) Así comenta el cap. 4. Y sigue: «Malditas Escuelas Pías serían estas inventadas por el P. Esteban de los ‘Ángeles negros’. (sic) Cherubini no inventa esta Congregación. Todo esto de poseer bienes estables y aligerar la austeridad era idea común de la Comisión y lo aprobaron expresamente no ya los que piden la reducción o extinción, sino también Ginetti, Falconieri, Cueva, Paolucci y Pietrasanta en las sesiones 2ª. y 3ª., y mucho más en la 4ª. y 5ª., en que se decide lo definitivo. Dice Cherubini que se dé pan y vino lo que sea necesario, y Berro comenta: «el que tiene todo el vino que quiera ¿qué hará?». (p.219) Lo cual es también calumnioso, etc.

153 Las razones para justificar el breve de salida (odiado por todos y amenazado de muerte) seguían aún en pie: ¿por qué, pues, no se fue? Luego la verdadera razón del breve era otra y no ésas.

154 El texto resulta oscuro por omisión de palabras o deficiencias gramaticales: «qui quando speravamo quando contrario accidente è successo, che il P. Stefano, secondo comunemente si dice, ha renontiata la cura del Colegio Nazareno per ritornarsene al secolo» (c.4391). El ‘speravamo’ exige un complemento, y lo siguiente (‘quando contrario accidente’) no tiene sentido.

155 EHI, p.1615.

156 Cf.BAU, BC, p.1004-1005; BERRO II, p.223-224; G. SÁNTHA, ‘P. Camillus Scassellati Rector Collegii Nazareni et Tertius Ordinis Sch. P. Generalis: EphCal 5 (1961) 167.

157 Cf. EC, p.2074; BAU, BC, p.1133; C. VIlÁ, ‘P. Silvestre Píetrasanta s. I. Datos biograficos y bibliograficos’; Archivum I (1977) 107-108.

158 BERR0 III, p.109.

159 Ib , p.109-110.

160 ib., p.113-114.

161 Ib., p.116.

162 ProcIn, p.108-109.

163 C.4522. BERRO III, p.115-117 (equivoca las fechas diciendo que murió el 6 y fue enterrado el 7).

164 C.4562, 4573.

165 C.4497-4499. En la c.4500 modifica algo, diciendo que estuvo expuesto el viernes «y el sábado» y que hubo afluencia de pueblo «y nobleza»

166 C.4575 y 4504, 4517, 4529, 4534,4551, 4563. Más documentación sobre la muerte, fama de santidad y principios del proceso en posCas, p.1516-1606.

167 EC, p.2294.

168 EC, p.2121. La carta de Salazar apareció en el dossier de Paolucci (doc. 2), lo cual prueba que Cherubini la entregó a la Comisión Diputada, aun siendo carta dirigida personalmente a é1.

169 EphCal 1 (1961) 29; EGC IX, p. 115-116. El breve final decía: «ne de coetero ulli amplius in dicta religione recipiantúr et ne iam recepti in novitiatibus degentes Professionis emissionem admittañtur». (EGC IX, p.218)

170 ef. c.4448.

171 C.4390.

172 C.4418.

173 C.4469; EGC, p.549,552.

174 Cf. G. SÁNTHA, ‘S. Congr. de Propaganda Fide…’, p.120-121.

175 C.4522.

176 C.4568.

177 C.4551 y 4528, 4531, 4533, 4552.

178 BERRO III, p.61-63.

179 EC, p.68, n.3.

180 EHI, p.1762.

181 C.4428. Fechada el 1 de diciembre de 1646.

182 EcoCen 8 (1947) 28-29.

183 Cf. c.4543,4547.

184 EHI, p.1880, 1891.

185 Los dos máximos cronistas primitivos, Berro y Caputi, nos dejaron relaciones muy detalladas de todo lo ocurrido en la enfermedad, muerte y funerales del Fundador de todo lo cual fueron testigos presenciales. Caputi escribió una primera relación en 1656, titulada ‘Breve narratione dell’infermità et morte del V. P. Gioseppe della Madre di Dio, Fondatore delle Scuole Píe (cf. CAPUTI, ‘Notizie Historiche’, vól. IV, parte IX, f.56-65). De ella sacó luego otra copia cambiando algo el texto y alargándola mucho al final (cf. ib., f.26-55). En 1673 escribió en Nápoles la ‘6ª. Relatíone’, en la que volvió a tratar el tema con mucha mayor amplitud y como nuevo relato (cf. ib., vol. III, parte VI, párrafo I., f.1-120). Fr. Egidio de Marigliano, OFM, amigo de Caputi y revisor de sus manuscritos napolitanos, compuso un Índice de esta relación -como hizo con otras- que dividió en números marginales (dos por página) (cf. EcoCen 11-12 [1948] 79-83). Por su parte, Berro escribió en 1664 una Vita del P. Fondatore delle Scuole Pie, cuya única copia existente la llevó a cabo Caputi en 1675 y fue incluida en su vol. IV (parte IX, f .1-26). Su cap. XXII (f.18-27) trata de la enfermedad y muerte del Santo, es decir, el mismo tema de las «Breves narraciones» de Caputi. La distancia de años respecto a los hechos les hace confundir detalles a ambos, qué pueden corregirse y ampliarse con las declaraciones de testigos oculares, como Castelli, Morelli, Scassellati, etc., hechas en el Proceso Informativo de 1651-1653.

186 Hasta 1990 se conservaba en la Iglesia de San Antón (Madrid), aneja al Colegio homónimo. Vendido éste, el cuadro se instaló en el Oratorio del ex Colegio Mayor Calasanz (Gaztambide, 65. Madrid).

187 Cf. BAU, BC, p.1166.1

188 En el inventario de objetos conservados en la habitación del Santo, hecho el 17 de junio de 1649, se incluyen cinco lastras de éstas, dos de ellas medio rotas (cf. R. PUIGDOLLERS, ‘Texto y actualización del inventario de 1688 de las reliquias de S. Jósé de Calasanz…’: Archivum 11 [1982] 163-164, n.50 y 56). Las cinco se conservan todavía (cf. ib., p.101, n.1-2).

189 Llegó a Roma viudo y con cuatro hijos, de los cuales tres fueron alumnos del P. General. Uno de ellos entró luego en el Colegio Nazareno y otro fue sacerdote escolapio. Además también los otros tres fueron sacerdotes: canónigo Regular de Letrán, monje celestino y monje benedictino respectivamente (cf. S. GINER, ‘El Proceso…, p.78-79).

190 Generalmente escriben Coechetti, más siendo inglés, lo más probable es que se llamara Cook o algo parecido y que al llegar a Italia lo cambiara por Cocchetti, pronunciando Cucchetti, como debió de hacer Morelli

191 ProInf, p.407-408.

192 Cf. ‘Vita’, de Berro, en Caputti, o.c., parte IX, f.20.

193 Cf. ARMINI, p.170; TALENTI, ‘Vita’, p.469; TOSETTI, ‘Compendio’, p.194; BAU, BC, p.1168 y 1186, etc.

194 Caputi en la primera versión de 1656 de su ‘Breve narratione’ (cf. n. anterior 185) no da nombre al Rey de Inglaterra, ni tampoco en la segunda versión, aunque no literal (cf. Caputi, o.c., parte IX, f.32r y 59r). Pero en la versión tercera, su 6ª.’Relatione’, escrita en 1673, ya le dio el nombre de Enrique VIII Rey de Inglaterra (cf . Caputi, o.c., vol. III, parte VI, párrafo 1,f.77v, n.307), y fue recogida la enmienda expresamente en el Índice de Fr. Egidio de Marigliano (cf. EcoCen 11-12 [1948] 81), que probablemente fue quien aconsejó el detalle. Berro compuso su ‘Vita’ en 1664, haciendo mucho uso del Proceso Informativo de 1651-1653, y por tanto copió de Morelli el nombre (equivocado) del Rey Carlos, como hemos visto en la cita textual. Pero cuando Caputi escribió la copia en 1675, añadió al texto de Berro una nota marginal que dice: «quiere decir que el inventor es Enrique Rey de Inglaterra» (Caputi, o.c., vol. IV, parte IX, f.20r). Naturalmente, los autores posteriores al copiar a Caputi usaron por facilidad el Indice de Fr. Egidio y aceptaron el nombre de Enrique VIII, más famoso «como hereje» que el rey Carlos.

195 ProcIn, p.178. El reinado de Carlos Stuart I empezó el 27 de marzo de 1625, mientras Cocchetti estaba ya en Roma en 1616. Luego nada tuvo que ver con él, sino con su predecesor Jacobo I. No obstante, Morelli nombró al rey Carlos, cuyo nombre debió sonar mucho en toda Europa entonces por su deposición del trono el 30 de noviembre de 1648 y su decapitación el 30 de enero de 1649. Y Morelli depone el 6 de marzo de 1652, creyendo qué Cocchetti había servido a Carlos.

196 Cocchetti debió hablar mucho a Calasanz sobre el rey Jacobo I, quien profesaba el calvinismo típico de Escocia, donde fue rey (1567-1603). La «Conspiración de la pólvora» (1605) avivó la persecución contra los católicos de Inglaterra, imponiéndoles en 1606 el juramento de que habla Cocchetti en su declaración: «salió un edicto, que todos los de la corte debían profesar cada Pascua con juramento que el rey de Inglaterra era la cabeza de la Iglesia» (ProcIn, p.178). Por ello, Cocchetti huyó de Londres. A este «Rey hereje» aludía, pues, Calasanz y no a Enrique VIII, del que es inverosímil que se recordara en la corte inglesa, después de medio siglo (1547-1603) y tras el cambio de la dinastía Tudor por la Stuart, la minucia de «las tajaditas de limón con azúcar».

197 Sobre los PP. Wadding, Vicente Cándido y Nicolás Ridolfi y sus relaciones con Albizzi y los Barberini cf. L. CEYSSENS, o.c., p.102, 200-201; 113; 105, 251-252.y Caputi en EcoCen 11-12 (1948) 81.

198 .BAU, BC, p.1170. Declaró en el primer Proceso Informativo (cf. S. GINER, o.c.,p.86-87).

199 En el proceso testificaron la madre, llamada Victoria Gracchi, y el P. Fedele (cf. S. GINER, o.c., p.85). Caputi lo recuerda también (cf. BAU, BC, p.847-849, 1165).

200 BAU, BC, p.1179-1180.

201 Véanse los-textos originales en italiano, de Armini, Scassellati, Castelli, Caputi y Bianchi en C.VIlÁ, ‘La Madonna dei Monti e il Calasanzio’: EphCal 9-10 (1980), 388-392. Y de Berro en su ‘Vita’ (Caputi, o.c., parte IX, f.91). No podemos menos de aludir -por objetividad histórica- a otra supuesta «Aparición de la Virgen», ocurrida -se dice- en el Oratorio doméstico de S. Pantaleón, llamado hasta hoy «Capilla de la Aparición», presidida por un lienzo que representa la escena: estando el Santo con los niños en la Oración Continua, se le apareció la Virgen con el Niño, quien bendijo a los presentes, es decir, a las Escuelas Pías, por sugerencia de su Santa Madre. Para perpetuar el hecho hizo pintar el Fundador un cuadro -hoy desaparecido- del que el actual (anónimo) sería una segunda-versión más artística. El primer autor que refiere el hecho es Armini en su ‘vita’, editada en 1710 (cf. p.238), pero ya compuesta en 1686. y no estaría muy seguro, si en el Proceso de 1690 no se atrevió a recordarlo, aunque sí habló de la Aparición de la Virgen de los Montes. El silencio absoluto de todos hasta ese momento, sobre todo habiendo hablado tantos de dicha visión de la Virgen de los Montes, deja sin apoyo serio la tardía narración de Armini. No obstánte, Talenti la recogió en su ‘Vita’ de 1753 (cf. p.127-128) y lo mismo Tosetti en su ‘Compendío’ (cf. p.78), dando así cuerpo a la falsa tradición. El primero en negarla fue Bau (cf. BC, p.495-501). No hay duda de que el cuadro, por tanto, no quiso representar «un hecho», sino un símbolo: la protección de la Virgen a las Escuelas Pías (cf. L. PICANYOL, ‘La Capella dell’Apparizione della casa di S. Pantaleo dedicata a Maria Assunta’: Rass XVI [1950], 2-12).

202 BAU, BC, p.1190; TALENTI, ‘Vita’, p.463.

203 procInf, p.400.

204 Cf. BAU, BC, p.1184 y 1189.

205 ProcIn, p.200.

206 También San Ignacio de Loyola pidió al P. Polanco que le obtuviera la Bendición Apostólica de Pablo IV. Polanco no creyó que el enfermo esluviera tan grave y dejó el encargo para el día siguiente, pero el Santo murió hacia las 7 de la mañana, murió antes de que volviera Polanco de malcumplir su misión (cf. J. J. TELLECHEA, ‘Ignacio de Loyola solo y a pie’ [Madrid 1986], p.402-403).

207 Procln, p.405.

208 Bau supone que comulgó los días 9, 12, 15, 20, 23(cf. BAU, BC, p.1185); Talenti los días 10, 18, 20, 23 (TALENTI, ‘Vita’, p.460-466; en el ‘índice’ de Fr. Egidio sólo se recuerdan los días 10 y 20 (cf. EcoCen, cit., p.80).

209 BAU, BC, p.1167.

210 Ib., p.1175.

211 ProcIn, p.422-423; BAU, BC, p.1192-1195.

212.BAU, BC, p.1190. La versión de Caputi en Italiano, cf. en EcoCen I (1945), 7; traducción libre en BAU, BC, 1177. El mismo día 25, el P. Mazei, testigo de los hechos, escribía en su elegante latín al también latinista y amigo Pedro della Vallé, que vivía cerca: (cum omnes per eos dies, quibus ille aegrotábat, moerore ac dolore maximo vexarentur… illo tamen mortuo, mira pace sunt omnes, ei iucunditate perfussi». (Ec, p.1849)1

213 BAU, BC, p.1195, y CAPUTI, o.c., parte VI, f.86.

214 Este pintor le sacó también un grabado cuando estaba expuesto el cadáver, y luego llevó a cabo varios cuadros y grabados de los que habla largarnente Caputi (cf. L. PICANYOL, ‘De origine primarum S. Iosephi Calasanctii imaginum’: EphCal 4 [1933],151-158; ID., ‘S. Giuseppe Calasanzio nell’arte e iconografía varia’: EcoCen 13-14[1949], 32-37). Véanse dos fotogramas de grabados de Barbarino en el primer artículo cit., p.152-153, y en el segundo, p.18-19. Este segundo véase también en BAU, BC, p.49. Ambos grabados bastante mediocres.

215 Cf. n.63 del cap. 12.

216 procIn, p.573.

217. BERRO I, p.191; CAPUTI, ‘Not. Hist’., vol. III, parte VI, p.88; BAU, BC, p.1196-1197; R. PUIGDOLLERS, o.c., p.116-118. En 1688 ya se habían perdido las tres llaves. El cofre quedó, pues, cerrado un siglo entero y el día 2 de agosto de 1748 se tuvo que descerrajar, sacando a la luz las insignes reliquias, que se mantenían perfectamente incorruptas (cf. RegCal,49,28). En 1752 fueron encerradas en un precioso relicario de plata, obra de Ángel Spinazzi, padre de Inocencio, que fue el autor de la grandiosa estatua de mármol-de Calasanz de la Basílica Vaticana. Esas insignes reliquias (corazón, lengua, hígado y bazo) siguen aún intactas en su relicario. Quien esto escribe tuvo la fortuna -como el P. Bau (cf. BC, p.1200)- de tener en sus manos y besar el corazón, cuando en 1948 se le sujetó con hilillos de oro, en vista del largo viaje triunfal por España, al celebrar el tercer centenario de su muerte.

218 Cf. CAPUTI, o.c., vol. IV, parte IX, f.45v. En la otra copia (cf. ib., f.65) dice que el niño tenía 5 ó 6 años. Berro dice también: «si passò dalla portaria di casa per la miétá (sic) della Piazza, si girò et entrò in Chiesa per la porta piccola di quella» (cf. ib., f.25v). No se dio la vuelta por la ‘Via della Cucagna’ para entrar por la puerta principal, como dice Bau (cf. BC, p.1204), confundido por Talenti (o.c., p.478). La iglesia tenía dos puertas, la principal, como ahora, daba a la Plaza de San Pantaleón, antes ‘dei materassai’, por donde pasaba Ia ‘Via Papalis’ (cf. G. SPAGNESI, ‘San Pantaleo’, Roma 1967).

219 Escribió dos relaciones de milagros: la primera reúne 181 casos, ocurridos desde el 26 de agosto de 1648 hasta el 13 de junio de 1650; la segunda 418, desde el 26 de agosto de 1648 (de nuevo) hasta el 15 de noviembre de 1673 (cf. S. GINER, o.c., p.37, n.30. y 31; BAU, BC, p.1217). Más famoso que todos estos centenares de milagros y gracias, recordado en todas las biografías calasancias y tema de preciosos cuadros, es el llamado «milagro de Frascati», atribuido al Santo en vida: hallándose él en el colegio de esa localidad, una mujer ahogó involuntariamente a su hijito durante el sueño. Llevó el cadáver a las Escuelas Pías pidiendo al P. José que recurriera a la Virgen para devolverle la vida. El Santo lo cogió en brazos, lo llevó a la iglesia ante la imagen de la Virgen e hizo rezar a los niños la Salve y el muerto resucitó. El primero que habla del caso es Dionisio Mícara en una declaración ante notario del 23 de agosto de 1703, a sus 79 años. Dice que ocurrió 63 años antes y que él fue testigo. Pero el 24 de noviembre de 1692 había ya  declarado con juramento en el Proceso y nada dijo del caso. Ni nadie hasta 1703 habla del asunto. ¿Cómo es posible que un portento tan llamativo como la ‘resurrección de un muerto’ quedara totalmente olvidado? El primer autor que la citó fue el P. Inocencio Cinnacchi en su ‘Vita’ del Fundador, de 1734. Y después de él la recuerdan todos, hasta Bau, que cita íntegra y en italiano la declaración notarial de Mícara, de 1703. El argumento de silencio tanto en el Sr. Mícara como en todos los demás es abrumador, por lo que no se puede menos que rechazar la mal fundada tradición. (Cf. BAU, BC, p.829-832 ;BAU, RV, p.337, n.312; S. GINER, o.c., p.172-174.)

220 Fue llamada a declarar en el Proceso el 20 de junio de 1651 (cf. ProcIn, p.144-152). Entregó el milagroso delantal a los Padres, que lo conservan hasta hoy en un no menos curioso relicario (cf. R. PUIGDOLLERs, o.c., p.97, n.2).

221 Cf. TALENTI, ‘Vita’, p.481-482; L. PASTOR, o.c., t.30, p.82-84.

222 ProcIn, p.135-136. El declarante se llamaba Carlos Antonio Gamorra, de 35 años.-Depuso el 16-de junio de 1651. El protagonista de este espléndido milagro se llamaba Salvador Morelli, y en 1695, a sui 82 años, volvió a Roma y se sometió a un proceso especial -él y su hijo- para testificar el milagro (cf. S. GINER, o.c., p.181-182).

223 Aún exageraron más su edad algunos diaristas romanos, como Teodoro Ameyden, que anotó que tenía 93 años, como habían dicho los Avvisi di Roma (cf. SÁNTHNA, SJC, p.3, n.1). En el Diario de Gigi (p.322) se lee: (A dí 23 agosto morí con nome di santo il P. Gioseppe della Madre di Dio fondatore delle Scuole Pie di anni 95». (Cf. Ricerche l8 [1986] 376.)

224 EC,p.1493.

225 C.4336.

Epìlogo 0bligado

1 BERRO III, p. 14; CAPUTI, ‘Not. Hist’,, vol. II, parte lV , f .7 4.

2 Véase nuestro estudio exhaustivo sobre el tema: ‘El proceso de Beatificación de San José de Calasanz’.



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